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Responsabilidad social en universidades

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1.

Responsabilidad social y ambiental del quehacer universitario

En la actualidad enfrentamos diversos problemas ecológicos y ambientales asociados


causalmente con las actividades humanas. Desde la pérdida de biodiversidad, el
calentamiento global hasta la escasez de agua, son fenómenos que constituyen la crisis
ambiental que nos aqueja como humanidad desde hace algunas décadas. Las
preocupaciones por el medio ambiente surgieron durante la segunda mitad del siglo XX.
Podemos rastrear los orígenes del llamado movimiento ecologista en 1960. El libro Primavera
silenciosa (1962) de Rachel Carson ha sido una de las obras más influyentes en la
conformación de la conciencia ecológica. En él, la científica estadounidense señala que las
actividades de origen antropogénico tienen un impacto negativo en el equilibrio ecológico, de
tal manera que el uso de algunas sustancias, como los pesticidas, podrían terminar con
algunas especies de vida que habitan la Tierra.

Encontrar soluciones a la crisis ecológica es complejo. Estamos frente a un problema de


orden global que involucra a todos los seres vivos que habitan el planeta. No obstante,
debemos ser conscientes de que la responsabilidad de hallar alternativas es exclusivamente
de los seres humanos. Además de las dimensiones geográficas, en este escenario confluyen
diversas disciplinas no sólo científicas, sino también políticas, jurídicas, económicas,
sociales, filosóficas e históricas. En suma, se requiere de una visión multi, inter y/o
transdisciplinaria para abordar, analizar y proponer soluciones a este reto. Al respecto, el
historiador ambiental Humberto Urquiza en su libro ¿Un granito de ciudadanía puede
salvarnos? (2023) señala lo siguiente:

En nuestro caso, que pertenecemos a una comunidad universitaria, tenemos la


responsabilidad de participar en la resolución de los grandes problemas nacionales, pero el
deterioro ecológico ya no es un asunto que nos compete solo a nosotros sino a todo el
mundo. En este sentido es importante recordar que los universitarios debemos ir más allá de
nuestras fronteras académicas, salir de nuestros cubículos y salones de clase; caminar por
donde transitan los ciudadanos, llegar a ellos. (....)
Todos los ecosistemas están interconectados. El cambio climático, la deforestación, la
erosión y la contaminación de los suelos y del aire o la escasez de agua no son problemas
diferentes e independientes; cada uno de ellos se relaciona con el otro y sus vínculos abren
otro tipo de problemáticas, como la emergencia de nuevos virus, por ejemplo, el que causó la
pandemia de Covid-19. Cada uno de los desastres ambientales globales tiene un vínculo
directo con los deterioros ambientales locales, y tenemos ejemplos puntuales relacionados
directamente con nuestro día a día en distintos puntos del planeta; conflictos que nos
conectan como ciudadanos. (....)

Pienso que nuestra responsabilidad es buscar nuevas rutas para convertirnos en ciudadanos
responsables con nuestro entorno. Muchas veces, y sin pensarlo, nuestras acciones y
hábitos de consumo afectan tanto a la naturaleza como a otras personas. El reto que
tenemos no consiste solamente en ser “consumidores responsables”, sino en avanzar hacia
una “ciudadanía ecológicamente responsable”. Sería mucho más efectivo actuar como
ciudadanos ecológicamente responsables, porque el centro de la crisis ambiental global y
local es provocada por el consumo desmedido que hacen unos pocos individuos de los
recursos que se extraen de la naturaleza, a lo que hay que agregar que gran parte de esos
recursos sirven para producir o empacar productos superfluos e incluso considerados
suntuosos. (....)
Esto significa que debemos dejar de lado la idea de consumidor responsable para transitar a
una ciudadanía ecológicamente responsable, donde predomine nuestro compromiso con las
futuras generaciones de heredarles un mundo con menores índices de pobreza y mayores
oportunidades de disfrutar de un medio ambiente sano. (Urquiza García, 2023, pp. 20-30)

¿Qué ha hecho la UNAM al respecto?

La flora y fauna representativa del Pedregal de San Ángel es un elemento constitutivo del
espacio natural que ocupa la UNAM al sur de la Ciudad de México. En este sentido, desde el
inicio de la construcción del campus central en 1950, quedaron delimitadas zonas del
Pedregal que, gracias a su riqueza y diversidad biológica, así como al esfuerzo de la
comunidad universitaria, se convirtieron en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel
(REPSA).

Sobre el origen de la RESPA, el investigador Antonio Lot nos comenta lo siguiente:


La Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel se creó en octubre de 1983, cuando fue
declarada como zona ecológica inafectable con una superficie de 124.5 hectáreas. El
encabezado del Acuerdo publicado en Gaceta UNAM para dar a conocer dicha acción, fue
‘Beneficia a la zona sur del Distrito Federal la Reserva Ecológica de Ciudad Universitaria’.

Este hecho histórico está directamente relacionado con la propuesta que elaboraron un
grupo de profesores y estudiantes de la Facultad de Ciencias, secundado por otras entidades
académicas de la UNAM, en el sentido de proteger los fragmentos del Pedregal que aún
existían en terrenos universitarios. Desde entonces, quedó bajo la responsabilidad de la
Coordinación de la Investigación Científica el funcionamiento del primer Comité Técnico y la
conservación del ecosistema. (Lot Helguera, 2008, p. 17)

¿Cuál es la importancia de la REPSA?

La protección de la zona destinada a la conservación de la REPSA es una de las actividades


de cuidado ambiental que lleva a cabo la UNAM. Sumado a esta labor Antonio Lot acota lo
siguiente sobre la REPSA:

Es una reserva ecológica de carácter urbano particular por su biodiversidad, geomorfología


de gran valor paisajístico y protegida por una universidad, lo cual garantiza su conocimiento
ejemplar a través de las numerosas instituciones dedicadas a la investigación y divulgación
científica. Sin embargo, el reto de conservar tan valioso patrimonio es complejo por tratarse
de un ecosistema fragmentado que ocupa 237 hectáreas y representa el 33% del campus
universitario, con la presión del crecimiento urbano de la segunda ciudad más grande del
mundo. (Lot Helguera, 2008, p. 14)

2. Privacidad y protección de la información personal

De acuerdo con la Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información de la


UNAM, “Un dato personal es cualquier información concerniente a una persona física
identificada o identificable a partir de la cual su identidad pueda determinarse directa o
indirectamente” (DGB, 2023). En este sentido, el cuidado de este tipo de información resulta
fundamental, debido a que su difusión indebida o sin autorización del titular, compromete la
seguridad de la persona.

En el ejercicio de las actividades que se realizan en la Universidad, se requiere recabar


algunos de los datos revisados en el cuadro anterior. Dicha colecta permite a las personas
que coordinan las actividades de difusión, docencia e investigación realizar las funciones
sustantivas de nuestra Universidad. Al respecto existe un compromiso ético y profesional de
quienes tienen acceso a dicha información, al observar que los datos se empleen para el
propósito para el cual se solicitaron. Al respecto cabe preguntarnos ¿a qué se refiere la
protección de datos? Sobre este tema la biblioguía de “Gestión de Investigación” de la
biblioteca de la CEPAL señala que “se refiere a los derechos de las personas cuyos datos se
recogen, se mantienen y se procesan, de saber qué datos están siendo retenidos y usados y
de corregir las inexactitudes. Si la investigación involucra a personas, se deben considerar las
obligaciones legales y éticas con respecto a compartir los datos” (CEPAL, 2024).

Ciertamente es necesario discernir nuestra responsabilidad y reflexionar sobre la manera en


que, como profesionistas o alumnos, debemos actuar con el tratamiento de la información
personal. Esto debido a que:

Muchas veces, por desconocimiento, en nuestros trabajos escolares, resultados académicos


y publicaciones hacemos uso indiscriminado de los datos personales de otras personas, sin
una adecuada protección y sin medir el riesgo que puede implicar que un tercero los
conozca.

¿Te has puesto a pensar que un nombre, un rostro en una fotografía, el tatuaje de alguien o los
datos fiscales de una persona que pudiste haber mencionado “inocentemente” en un trabajo
escolar, una grabación audiovisual o un informe académico, puede generar un riesgo para esa
persona? (DGB, 2023)

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