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Predicar a Cristo: Clave del Evangelio

El documento argumenta que predicar el evangelio implica siempre centrar el mensaje en Cristo, mostrando cómo toda la Biblia se relaciona con Su obra de salvación. Se enfatiza que predicar sin esta perspectiva puede llevar a una moralización que no aborda las verdaderas necesidades espirituales de la audiencia. Finalmente, se advierte sobre los peligros de predicar sobre Jesús sin conectar Su mensaje con el evangelio, lo que puede resultar en una comprensión distorsionada de la fe.

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Predicar a Cristo: Clave del Evangelio

El documento argumenta que predicar el evangelio implica siempre centrar el mensaje en Cristo, mostrando cómo toda la Biblia se relaciona con Su obra de salvación. Se enfatiza que predicar sin esta perspectiva puede llevar a una moralización que no aborda las verdaderas necesidades espirituales de la audiencia. Finalmente, se advierte sobre los peligros de predicar sobre Jesús sin conectar Su mensaje con el evangelio, lo que puede resultar en una comprensión distorsionada de la fe.

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Dos razones por las que deberíamos predicar a

Cristo siempre

Entonces, para predicar el evangelio en una forma penetrante, no solo

debes hablar sobre un concepto abstracto de perdón y aceptación. Es

necesario que le muestres a tu audiencia a Jesús y todo lo que vino a

hacer por nosotros. Predicar el evangelio es predicar a Cristo

siempre, a partir de cada pasaje.

Solo si predicamos a Cristo siempre, podremos mostrar cómo la

Biblia encaja como un todo.

Cuando Jesús se reunió con los dos discípulos en el camino a Emaús,


descubrió que habían perdido la esperanza porque Su Mesías

había sido crucificado. «—¡Qué torpes son ustedes —les dijo—, y

qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas!

[...] Entonces, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les

explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Luc. 24:25-27).

Más tarde, Jesús se apareció a los apóstoles y a otros discípulos en el

aposento alto y les explicó lo mismo, es decir, que Él es la clave para

entender «la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Luc.

24:44). Jesús atribuyó la confusión de los discípulos a su incapacidad

de ver que el Antiguo Testamento trata sobre Él y Su obra de

salvación.

A los escritores apostólicos se los conoce por su interpretación

«cristocéntrica» de las Escrituras hebreas. A menudo, citan los salmos

como las palabras de Cristo, y no solo los salmos «mesiánicos» o

«reales», donde el que habla es sin duda una figura mesiánica. Por

ejemplo, Hebreos 10:5-7 cita el Salmo 40:6-8 como algo que Cristo

pronunció «al entrar en el mundo».


A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me

preparaste un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni

sacrificios por el pecado. Por eso dije: «Aquí me tienes —

como el libro dice de mí—. He venido, oh Dios, a hacer tu

voluntad».

Pero, cuando consideramos el Salmo 40, no vemos absolutamente

nada que indique que el que habla es Jesús o alguna figura mesiánica.

¿Por qué el autor de Hebreos supone que el Salmo 40 es sobre Jesús?

Lo interpreta así porque sabe lo que Jesús dijo a Sus discípulos en

Lucas 24, que toda la Escritura es en realidad sobre Él. La Biblia es

en última instancia una sola gran historia que culmina en Jesucristo.

Dios creó el mundo y nos creó a nosotros para servirlo y disfrutarlo

a Él y al mundo que había hecho. Pero los seres humanos dejaron de


servirlo; pecaron y se dañaron a sí mismos y a la creación. Con todo,

Dios prometió no abandonarlos (aunque estaba en todo Su derecho),

sino rescatarlos, pese a la culpa y la condenación bajo la que estaban,

y a su corazón y su naturaleza irremediablemente viciados. Para esto,

lo primero que hizo Dios fue llamar a una familia para que lo

conociera y lo sirviera. Luego, hizo crecer a esa familia hasta

transformarla en una nación; entró en una relación personal y en un

pacto vinculante con ellos; les dio Su ley para guiar sus vidas, la

promesa de bendición si la obedecían y un sistema de ofrendas y

sacrificios para afrontar sus pecados y faltas. Sin embargo, la

naturaleza humana está tan trastornada y es tan pecaminosa que, pese


a

todos los privilegios y a los siglos de paciencia de Dios, incluso Su

pueblo del pacto (que había recibido la ley, las promesas y los

sacrificios) le dio la espalda. Parecía que se había perdido la


esperanza para la raza humana. Pero Dios se hizo carne y entró al

mundo del tiempo, del espacio y de la historia. Llevó una vida

perfecta, pero después fue a la cruz a morir. Cuando fue levantado de

entre los muertos, se reveló que había venido a satisfacer la ley con

Su vida perfecta, ofrecer el sacrificio final, cargar con la maldición

que nosotros merecíamos y así asegurar las bendiciones prometidas

para nosotros por la gracia gratuita. Ahora, aquellos que creemos en

Él estamos unidos a Dios pese a nuestro pecado, y esto cambia al

pueblo de Dios de una nación-estado a una nueva comunidad

internacional y multiétnica de creyentes de cualquier nación y cultura.

Ahora, lo servimos a Él y a nuestro prójimo mientras aguardamos, con

la esperanza de que Jesús retorne y renueve toda la creación, y arrase

con la muerte y el sufrimiento.

¿Qué es todo eso? Es una historia, un argumento narrativo unificado,

que se resuelve y tiene su clímax en Jesús. Los discípulos conocían

las historias de cada profeta, cada sacerdote, cada rey, cada libertador
desde Gedeón hasta David. Conocían sobre el templo y los

sacrificios. Pero aunque sabían todas las historias secundarias, no

podían, hasta que Él se los mostró, ver la historia sobre el máximo

profeta, sacerdote, rey, libertador, el templo y sacrificio supremos.

Ellos no pudieron ver de qué se trataba toda la Biblia.

Trata de leer solo un capítulo de una novela de Charles Dickens o

Víctor Hugo sin leer nada antes o después en el libro. ¿Podrías

comprender y apreciar el capítulo? Sin duda, conocerías algo sobre

los personajes y algún relato relativamente completo de una acción o

trama secundaria que podría estar ocurriendo dentro de la porción del

libro que has leído. Pero mucho del contenido sería incomprensible
porque no sabrías lo que sucedió antes, y muchas cosas que el autor

realiza en este capítulo serían invisibles si no vieras cómo se

desarrolla la historia. Algo así es leer y predicar un texto de la Biblia

y no mostrar cómo este señala a Cristo. Si no ves cómo el capítulo

encaja en toda la historia, no entiendes el capítulo.

Entonces, predicar a Cristo siempre es la manera de mostrar a las

personas cómo encaja toda la Biblia. Como se ha visto, sin embargo,

el predicador tiene dos responsabilidades no solo ante la verdad de la

Biblia, sino además ante las necesidades espirituales de los oyentes.

Y, por cierto, predicar a Cristo siempre es la única manera de ayudar

realmente a las personas a cambiar desde el interior.

Cualquier sermón que indica a sus oyentes solo cómo deberían vivir,

sin poner ese estándar en el contexto del evangelio, les da la

impresión de que podrían arreglárselas solos si realmente se

esforzaran. Ed Clowney señala que, si contamos una historia

particular de la Biblia sin ponerla en la historia global de la Biblia

(sobre Cristo), en realidad cambiamos su significado para nosotros.

Se vuelve una exhortación moral a «esforzarnos más» y no un llamado

a vivir por la fe en la obra de Cristo. En definitiva, hay solo dos formas


de leer la Biblia: ¿Se trata en esencia sobre mí o sobre

Jesús? Es decir, ¿se trata sobre lo que debo hacer o sobre lo que Él ha

hecho?

Si, en mayor o menor medida, creo que a través de esfuerzos

morales (como vivir una vida casta, rendir mi voluntad a Dios, ayudar

al pobre, convertir a otros a la fe) puedo asegurar el favor de Dios

por mis oraciones o ganar Su bendición, entonces mi motivación para

hacer estas cosas es una mezcla de temor y orgullo. El temor es el


deseo de evitar el castigo y obtener alguna defensa y ventaja con Dios

y otros. El orgullo es el sentimiento de que, como soy tan decente y

cabal, «no soy como otros hombres» (Luc. 18:11), sino que estoy por

encima de ellos. Al fin y al cabo, todo lo bueno que hago, lo hago por

mí mismo. Mis acciones de servicio para Dios y mi prójimo son

maneras de usar a Dios y a mi prójimo para construir mi propia

imagen, para asegurarme el respeto y la admiración de otros y ganar

influencia sobre Dios, de modo que Él esté en deuda conmigo. Irónica

y trágicamente, toda mi bondad es por mí, y alimento así mi

egocentrismo pecaminoso, la máxima idolatría, en medio de mis

esfuerzos por llevar una vida buena y moral.

Esta manera moralizante de vivir es como estar en el extremo de un

yoyo. Si siento que alcanzo mis objetivos y cumplo con las normas,

me vuelvo autosuficiente; creo que tengo derechos y soy menos

paciente y misericordioso con otros. Si fracaso de cualquier forma,

caigo en el autodesprecio, porque mi identidad está basada en mi

propia imagen como una mejor persona que otras. Esta existencia

moralizante del yoyo es transcultural, dicho sea de paso. Las personas

en las culturas tradicionales adquieren su identidad y autoestima por

estar a la altura de las expectativas familiares y enorgullecer a la

familia. Las personas en las sociedades individualistas occidentales

adquieren su identidad y autoestima a través de la expresión personal,


de la identificación y el logro de sus sueños y deseos. Tan

radicalmente diferentes como parecen estos dos modos de pensar,

ambos son estrategias de autosalvación, y el evangelio desafía tanto a

uno como al otro.

¿Qué pasa si estás predicando un texto sobre José cuando este


resiste la tentación de la esposa de Potifar, o sobre Josías cuando lee

la olvidada ley de Dios a la nación reunida, o sobre David cuando

encara con valentía a Goliat, y comunicas la enseñanza para la vida

(como huir de la tentación, amar la Escritura y confiar en Dios ante el

peligro), pero terminas el sermón allí? Entonces, solo estás

reforzando la condición defectuosa de la autosalvación en el corazón

humano. Tu sermón se interpretará como una exhortación a que los

oyentes procuren la bendición de Dios mediante una vida correcta. Si

no encajas siempre con énfasis y claridad ese texto en la salvación de

Cristo y no muestras cómo Él nos salvó al resistir la tentación,

satisfacer la ley a la perfección y enfrentar a los gigantes del pecado y

la muerte (todo por nosotros, como nuestro sustituto), entonces solo

estás confirmando a los moralistas en su moralismo.

Únicamente si insistimos en el evangelio, en que somos pecadores

amados en Cristo (tan amados que no tenemos por qué perder la

esperanza cuando obramos mal, tan pecadores que no tenemos

derecho a sentirnos envanecidos cuando obramos bien), podemos

ayudar a nuestra audiencia a escapar del mundo espiritualmente

bipolar del moralismo. Y las personas seculares, incluso si están en

contra del moralismo, necesitarán escuchar la crítica en su contra en

nuestra predicación por dos razones. Una es que no considerarán el

cristianismo auténtico, a menos que vean que no es idéntico al

moralismo. La segunda es que toda persona que comienza a sentirse

atraída hacia Dios automáticamente avanza hacia Él esperando tener

una relación moral. El evangelizador del siglo XVIII George Whitefield


predicó sobre esta advertencia en uno de sus sermones. Podemos

elegir un lenguaje menos teológico o arcaico, pero debemos


comunicar este concepto básico de las cosas.

Cuando una pobre alma despierta, […] entonces la pobre

criatura, habiendo nacido bajo el pacto de las obras, vuela otra

vez a este pacto. Y así como Adán y Eva se escondieron entre

los árboles del jardín y cosieron hojas de higuera para cubrir

su desnudez, el pobre pecador, al despertar, vuela a sus

deberes y sus obras para esconderse de Dios, y trata de

coserse una justicia propia. Dice: «Ahora seré muy bueno, me

reformaré, haré todo lo que esté a mi alcance y, ciertamente,

así Jesucristo tendrá misericordia de mí». Pero […] nuestras

mejores obras no son más que pecados espléndidos […]. Tiene

que haber una convicción profunda antes de que podamos

abandonar el fariseísmo; es el último ídolo que se saca del

corazón […]. Y tal vez puedan decir ahora de corazón: «Señor,

¿puedes en tu justicia condenarme por las mejores obras que

realicé?». Si no dejan a un lado el yo, pueden hablarse a sí

mismos de paz, pero no tienen paz […]. Tienen que apropiarse,

por fe, de la justicia de Jesucristo y entonces tendrán paz.

15

La única manera de evitar lo que Whitefield describe (la persona

que está buscando espiritualmente una relación con Dios y que cae en

la trampa universal de la religión moralizadora) es predicar a Cristo a

partir de cada texto de la Biblia, es predicar el evangelio siempre.

Dos peligros que hay que evitar

1. Predicar un texto, incluso sobre Jesús, sin predicar en realidad

el evangelio

Si encuentras un ensayo sobre «predicar a Cristo a partir de todas las


partes de la Biblia», esperarás que aborde cómo ver a Cristo en el

Antiguo Testamento. Pero es posible predicar el Nuevo Testamento,

incluso pasajes de los Evangelios sobre Jesús, sin predicar el

evangelio. Hace algunos años, leí dos sermones sobre Marcos 5 escritos
por

dos predicadores diferentes sobre la sanación del endemoniado. Sin

duda, ambos sermones eran sobre Jesús, pues el texto es un relato de

un episodio de Su vida. El primer sermón tenía varios puntos

excelentes. Hablaba de Jesús como Cristo el libertador. El hombre

torturado del pasaje está desnudo, encadenado. Está separado de toda

comunidad humana, gritando en su agonía. Cristo toma a este hombre

encadenado y lo libera; toma a este hombre solitario y lo hace apto

otra vez para que viva entre los hombres. El hombre deja de gritar por

su agonía y se llena de paz. Ahora está en su sano juicio. Entonces, el

mensaje del sermón era, en esencia, que tú vienes a Jesús y no importa

cuál sea tu problema; Él puede arreglarlo. Puede sanarte de cualquier

mal que te aqueje. Si tienes una baja autoestima, Jesús te mostrará

cuánto te ama. Si tienes adicciones, te liberará de esas ataduras.

Bueno, todo esto es absolutamente cierto (mientras no generes falsas

expectativas de una santificación fácil e instantánea). Y nunca querría

predicar ese texto sin mencionar a Cristo como un libertador.

Sin embargo, leí el segundo sermón poco después y en este, cerca

del final, el predicador formulaba una pregunta importante. Decía que

la desnudez, las cadenas, el aislamiento, el desvarío y los gritos de

este hombre son un retrato de todos nosotros. Todos somos pecadores

y la Biblia afirma que estamos espiritualmente esclavizados al

pecado, a los ídolos y al «príncipe de la potestad del aire» (Ef. 2:2,


LBLA). Necesitamos ser trasladados del reino de la oscuridad al

reino de la luz. Todos estamos en esta condición; el caso del

endemoniado es solo más evidente y doloroso. Él y nosotros estamos

en esta condición como pecadores. Entonces, Jesús lo libera. Y esta

es la pregunta: ¿Por qué Jesús puede perdonarlo y restaurarlo?

El predicador contestó que la razón por la cual Él podía perdonar a

este hombre y a nosotros viene al final de la vida de Jesús. En ese


punto, vemos a Jesús desvestido, como un prisionero, solitario y

crucificado, fuera de la puerta de la ciudad, que clama: «Dios mío,

Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Esa es la respuesta. Jesús

pudo sanar al endemoniado aunque este era un pecador porque, al

final, tomó su lugar. Jesús es nuestro sustituto. Pudo venir a la vida de

este hombre y sanarlo porque murió por él, pagó el castigo y

esencialmente cargó con todas estas cosas. Él fue desvestido para que

nosotros pudiéramos ser vestidos. Fue lanzado en la más profunda

desesperación y agonía para que nosotros pudiéramos conocer el

amor y el perdón de Dios, y tuviéramos paz interior.

El contraste entre los dos sermones era extraordinario. Ambos eran

sobre Jesús, pero solo uno exponía el evangelio con claridad. El

primero podía dar la impresión de que la salvación consistía en sanar

tus heridas y que la manera de obtener esa sanidad era solo pedirle a

Jesús que entrara y satisficiera tus necesidades. No se exponía con

claridad el tema del pecado y la gracia. No había necesidad de la cruz

ni se dejaba claro el evangelio. El segundo sermón sí lo hacía. La

miseria del hombre endemoniado se usó para retratar vívidamente el

dolor y la agonía que cayeron sobre Jesús en la cruz. Una enseñanza

central del Evangelio de Marcos es que Jesús es nuestro sustituto. Él


dio Su vida en rescate por nosotros (Mar. 10:45).

16 Ese sermón leía

este episodio del endemoniado teniendo en cuenta el gran tema del

evangelio de todo el libro.

Después de eso, no es difícil trazar la aplicación práctica para la

audiencia. Reconocer Su muerte sacrificial es lo único que puede

quebrantar el poder del pecado en nuestras propias vidas. Eso es lo

que nos revela la maldad de nuestros esfuerzos para salvarnos a

nosotros mismos, y es lo que los hace innecesarios. Y cuando dejamos

de tratar de salvarnos a nosotros mismos, entonces las cosas que nos

impulsan y que nos esclavizan ya no pueden hacerlo más. Es posible


predicar el Nuevo Testamento y no predicar realmente a

Cristo y Su obra salvífica. Pensamos que nuestro problema es cómo

llegar a Cristo en determinado salmo o en 2 Reyes. No, el problema

es mucho más grande. Predicar a Cristo significa predicar el

evangelio. Predicar el evangelio es predicar a Cristo y Su obra

salvífica y Su gracia, y podemos fallar en esto en cualquier parte de la

Biblia.

2. Predicar a «Cristo» sin predicar en realidad el texto

Hay otro error en el cual podemos caer. Es posible «llegar a Cristo»

tan rápido al predicar un texto que no somos sensibles a las

particularidades del mensaje del texto. Saltamos sobre realidades

históricas hasta Jesús, como si los pasajes del Antiguo Testamento

hubieran tenido poca importancia para sus lectores originales.

Ferguson escribe que este error «puede producir una predicación

distante e insensible a la rica topografía de la teología bíblica».

17
El resultado será este: como no le dedicamos tiempo al texto, la

manera en que se describe a Jesús parecerá lo mismo semana tras

semana. Jesús no será la resolución ni el clímax del tema particular

teológico y la respuesta al problema práctico específico. Pero, si

profundizas en el contexto histórico original, habrá tantas maneras

diferentes de predicar a Cristo como temas y géneros y mensajes en la

Biblia.

Hay muchos pasajes en los profetas, por ejemplo, donde Dios habla

de que enviará a un rey e instaurará una justicia completa e imparcial.

Isaías 11:3 dice que este rey: «no juzgará según las apariencias, ni

decidirá por lo que oiga decir». Rectificará los agravios e impartirá

justicia al oprimido y al débil. Isaías 11:1-16 habla de un «vástago»

justo (Jer. 23:5) que hará todo esto, y esta persona suele verse como

el Mesías. Los lectores originales de Isaías quizás entendieron que

estaba hablando de un futuro gran rey. Los predicadores de este capítulo


tenderán a presentar con rapidez todas las maneras en que las

descripciones de Isaías 11 encajan con Jesús y Su obra de salvación.

Sin embargo, los oyentes originales primero escucharon una

afirmación resonante sobre la importancia de la justicia social, de no

oprimir al pobre, de vivir con generosidad. Al pasar al futuro

demasiado rápido y no permanecer lo suficiente en el tiempo del autor

(y sus oyentes), el predicador puede pasar por alto mucho del

significado del pasaje.

Entonces, tenemos que alcanzar un equilibrio: no predicar a Cristo

sin predicar el texto y no predicar el texto sin predicar a Cristo.

Charles Spurgeon relató la historia de un viejo pastor galés que una

vez amonestó a un ministro más joven sobre su sermón después de


escucharlo.

—Fue un sermón sumamente deficiente —le dijo al joven. —¿Por qué


piensa que fue un sermón sumamente deficiente? —fue la respuesta. —
Porque no dijo nada sobre Cristo. —Bueno, Cristo no estaba en el texto;
nosotros no debemos

predicar a Cristo siempre, sino predicar lo que está en el texto.

El intercambio continuó:

—¿No sabe, joven, que desde cada pueblito, villa y aldea en

Inglaterra hay un camino que llega a Londres? —Sí —dijo el joven—. —


¡Ah! —exclamó el viejo ministro—. Por ello, desde cada

texto en la Escritura hay un camino a la metrópolis de la

Palabra, que es Cristo. Y, mi querido hermano, al llegar a un

texto, tu obligación es decir: «Entonces, ¿cuál es el camino a

Cristo?», y luego predicar un sermón que recorra el camino

hacia la gran metrópolis: Cristo. —Y añadió—: Aún no he

encontrado un texto que no tenga un camino a Cristo en él y, si

alguna vez encuentro uno, abriré el camino; cruzaré cualquier

obstáculo, pero llegaré a mi Maestro; pues un sermón no hace ningún


bien a menos que haya un sabor de Cristo en él.

18

Esta ilustración es bastante útil. Estirémosla un poquito y

apliquémosla a nuestra predicación:

Conoce el punto principal del autor y pasa tiempo allí. Primero

(para extender nuestra metáfora), debemos identificar la «calle o

avenida principal» del pueblo. Es decir, deberíamos asegurarnos de

identificar la idea central y el mensaje del texto para los oyentes

originales, los «residentes del pueblo». Algunos textos tienen un punto

único y simple, mientras que otros son un poco más complejos, al

igual que algunos pueblos tienen una amplia calle principal y otros
tienen un par de arterias principales que pasan a través de ellos.

Conócelos; viaja por ellos; no te vayas del pueblo demasiado pronto.

Profundiza en el texto y asegúrate de conocer lo que quiso decir el

autor a sus oyentes. Así estarás seguro de mantenerte fiel a lo que

Dios está diciendo. Si hay tiempo, incluso dales un vistazo a algunas

calles laterales. Algunas veces, encontrarás tiendas interesantes. Pero

nunca te alejes demasiado de la calle principal, no sea que ya no

puedas encontrar tu camino de regreso a tiempo.

Segundo, como sugiere Spurgeon, de una u otra forma, toda calle

principal se conecta a un camino que sale desde el pueblo hacia

Londres. Encuentra cómo la calle principal se conecta con el camino

hacia Londres. Sin duda, no todo camino que sale del pueblo va para

Londres. Si tomas el camino equivocado, quizás acabes teniendo que

tomar un atajo por la propiedad o los campos de alguien para llegar a

Londres. ¡Eso es arduo y quizás ilegal! De la misma manera, no

cualquier cosa en el texto que te recuerde ligeramente a Jesús es una

manera de llegar a Jesús. Si el texto del Antiguo Testamento es sobre

el templo, entonces puedes predicar a Cristo como el Templo final

(Juan 2). Así es como la calle principal de ese texto se conecta con

Jesús. Sin embargo, no puedes decir cualquier cosa que se te ocurra.


Quizás el cordón rojo que Rahab ató a la ventana (Jos. 2:18) te

recuerde la sangre de Cristo, pero eso no significa que sea lo que

representa. A partir del punto principal de cada texto, hay alguna

forma de predicar a Cristo con integridad. Señala ese camino y viaja

por él antes de terminar tu sermón.

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