La zorra, el oso y el león
Habiendo encontrado un león y un oso al mismo tiempo a un cervatillo, se retaron
en combate a ver cuál de los dos se quedaba con la presa.
Una zorra que por allí pasaba, viéndolos extenuados por la lucha y con el cervatillo
al medio, se apoderó de éste y corrió pasando tranquilamente entre ellos.
Y tanto el oso como el león, agotados y sin fuerzas para levantarse, murmuraron:
-- ¡ Desdichados nosotros ! ¡ Tanto esfuerzo y tanta lucha hicimos para que todo
quedara para la zorra !
Por empeñarnos en no querer compartir, podemos perderlo
todo.
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El mito se define como:
La leyenda se define como:
La última noche del mundo
[Cuento - Texto completo.]
Ray Bradbury
¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?
-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
-Sí, en serio.
-No sé. No lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre
la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la
tarde había un suave y limpio olor a café tostado.
-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
-¡No lo dirás en serio!
El hombre asintió.
-¿Una guerra?
El hombre sacudió la cabeza.
-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?
-No.
-¿Una guerra bacteriológica?
-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que
se cierra.
-Me parece que no entiendo.
-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no
siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que
brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro
noches.
-¿Qué?
-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero
una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho
en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis
mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño
anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho.
Pero dejé que me lo contara.
-¿Era el mismo sueño?
-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al
contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No
concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas
partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o
que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.
-¿Y todos habían soñado?
-Todos. El mismo sueño, exactamente.
-¿Crees que será cierto?
-Sí, nunca estuve más seguro.
-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.
-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose
alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron
mirándose a los ojos.
-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.
-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo.
¿Por qué?
-Creo tener una razón.
-¿La que tenían todos en la oficina?
La mujer asintió.
-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas
soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario
de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.
-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes
miedo?
-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.
-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?
-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo
con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?
-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada,
excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas
cosas abominables.
En el vestíbulo las niñas se reían.
-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.
-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada,
excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un
vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados,
hablando de este modo?
-No se puede hacer otra cosa.
-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la
historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.
-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.
-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños,
acostarse. Como siempre.
-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.
El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.
-¿Por qué crees que será esta noche?
-Porque sí.
-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?
-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa
más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y
por eso es el fin.
-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del
océano y que nunca llegarán a tierra.
-Eso también lo explica, en parte.
-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?
Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a
las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron
la puerta.
-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los
labios.
-¿Qué?
-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de
luz?
-¿Lo sabrán también las chicas?
-No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco
de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las
diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que
también habían pasado la velada cada uno a su modo.
-Bueno -dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.
-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.
-Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la
fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.
-Las sábanas son tan limpias y frescas…
-Estoy cansada.
-Todos estamos cansados.
Se metieron en la cama.
-Un momento -dijo la mujer.
El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba
de vuelta.
-Me había olvidado de cerrar los grifos.
Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.
La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse,
y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas
muy juntas.
-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.
-Buenas noches -dijo la mujer.
FIN
1. ¿El autor logró captar tu atención con esta breve historia?
2. ¿Qué aspectos de la historia te parecieron más interesantes?
3. ¿La historia anterior te parece posible? ¿Por qué?
4. ¿Qué características del cuento ves reflejadas en el texto?
5. ¿Qué parte de la historia fue la más impactante?
La Cenicienta
[Cuento folclórico - Texto completo.]
Anónimo: Cuentos folclóricos
Hubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda
impertinente con dos hijas a cuál más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la
casa, y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban
Cenicienta.
Un día el rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las
jóvenes casaderas del reino.
-Tú, Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y
preparando la cena para cuando volvamos.
Llegó el día del baile y Cenicienta, apesadumbrada, vio partir a sus hermanastras hacia el
Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.
-¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó.
De pronto se le apareció su Hada Madrina.
-No te preocupes -exclamó el Hada-. Tú también podrás ir al baile, pero con una condición:
que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta.
Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.
La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el
Príncipe quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras
no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.
En medio de tanta felicidad, Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.
-¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó.
Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata, perdiendo en su huida un zapato,
que el Príncipe recogió asombrado.
Para encontrar a la bella joven, el Príncipe ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera
calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban
en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito.
Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el
zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le quedaba perfecto.
Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.
FIN
La muerte viaja a caballo
Ednodio Quintero
Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña
figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar
su propia muerte. Se levantó con calma y entró en la sala. Y con gesto firme, en el que
se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la
muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la
silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la
mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria
del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre ese momento, disparó. El
caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló
sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de
zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un
acuerdo previo, en semicírculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se
despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido,
lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del
atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.
Producción de textos
Deberás elaborar un cuento con las siguientes características:
Paso 1. Selección del tema
Elijan una idea principal, puede ser un hecho, una imagen, un sueño, un problema, el cual
será el punto de partida del cuento y la esencia de lo que quieren expresar.
Paso 2. Mapa del cuento
De acuerdo con el tema que han elegido, describan brevemente cada uno de los elementos
estructurales de su cuento. Posteriormente, esta información les servirá de guion para
desarrollar su texto.
Paso 3. Selección de los personajes
Elijan los personajes que les permitirán desarrollar cada uno de los elementos estructurales
que han descrito.
Paso 4. Producción del texto
Comienza a escribir la historia
Lee el fragmento inicial de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha del
escritor Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Redacta, en uno o dos
párrafos, lo que sientas al leerlo, de modo que te acerques al placer estético.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1: Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D. Quijote de la
Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía
un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los
sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las
fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellorí de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que llegaba
a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de
carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna
diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se
deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración del no se salga un punto de la verdad.
¿Cómo fue tu experiencia lectora?
¿Qué emociones, ideas o sensaciones te provocó el texto?
¿Qué puede favorecer o impedir que haya gozo estético al leer una novela?