Carta al rey
LAS TRES EDADES
Y DIJO LA ESFINGE:
SE MUEVE A CUATRO PATAS POR LA MAÑANA,
CAMINA ERGUIDO AL MEDIODÍA
Y UTILIZA TRES PIES AL ATARDECER.
¿QUÉ COSA ES?
Y EDIPO RESPONDIÓ: EL HOMBRE.
To d o s lo s d erech o s reservad os.
C u a l q u i e r f o rm a d e rep ro d u cció n , d ist rib u ción, comunicación
p ú b l i c a o t ran sf o rm ació n d e est a o b ra so lo p uede ser realizada
c o n l a a u t o r i z a ció n d e su s t it u lares, salvo excep ción prevista por la ley.
D i r í j a s e a CED RO ( Cen t ro Esp añ o l d e D erechos R eprográficos,
w [Link] [Link]) si n ecesit a f o t o co p iar o escanear
algú n f ragm en t o d e est a o b ra.
Tít u lo o rigin al: D e b rief v oor d e koning
En cu b iert a: ilu st ració n © Iren e Pérez
D iseñ o gráf ico : G lo ria G au ger
© D e l t e x t o y d e las ilu st racio n es d e in t erio r, Tonke Dragt, 1 9 6 2
© D e la t rad u cció n , María Lerma
© Ed icio n es Siru ela, S. A., 2005 , 2 0 2 4
c/ Alm agro 25 , p p al. d ch a.
28010 Mad rid . Tel.: + 34 91 355 57 2 0
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ISBN: 978-84-10415-33-1
D ep ó sit o legal: M- 20.507 - 2024
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d e acu erd o co n crit erio s d e so st en ibilidad
Tonke Dragt
CARTA AL REY
Ilustraciones de la autora
Traducción del neerlandés de
María Lerma
Las Tres Edades
Índice
Introducción
Los caballeros del rey Dagonaut 15
Primera parte
LA MISIÓN
1. La vigilia en la capilla 21
2. La petición de un desconocido 23
3. El camino a la posada 28
4. La posada Yikarvara 31
5. El Caballero Negro del Escudo Blanco 35
6. Los Caballeros Rojos 40
7. La huida 43
Segunda parte
EL VIAJE POR EL BOSQUE
1. De camino. El caballo negro 53
2. El Loco de la Cabaña del Bosque 59
3. Toque de trompetas. El anillo 69
4. Los ladrones 72
5. Los Caballeros Grises 77
6. Los monjes y el monasterio Marrón 84
Tercera parte
EL CASTILLO DE MISTRINAUT
1. El peregrino y los Caballeros Grises 97
2. Prisionero 111
3. El señor del castillo y su hija 116
4. La lucha con los Caballeros Grises 123
5. La reconciliación 130
6. El nombre del Caballero del Escudo Blanco 137
Cuarta parte
BORDEANDO EL RÍO AZUL
1. Otra vez en camino 151
2. La posada La Puesta de Sol. La historia de Ewain 157
3. Lo que Ristridín contó del Caballero del Escudo Blanco 168
4. Los Caballeros Rojos 173
5. La despedida de los Caballeros Grises 185
Quinta parte
EN LAS MONTAÑAS
1. Un compañero de viaje 193
2. El ermitaño 202
3. La despedida de Jaro 213
4. Piak 220
5. Niebla y nieve 226
6. Vista del reino de Unauwen 235
7. Taki e Ilia. El descenso continúa 241
Sexta parte
AL ESTE DEL RÍO ARCO IRIS
1. Hacia Dangria con Ardoc 251
2. El alcalde de Dangria. La artimaña de Piak 261
3. La carta 265
4. La huida 270
5. En El Cisne Blanco 276
6. La liberación de Piak 286
7. El impuesto del río Arco Iris 300
8. El paso del río Arco Iris 310
9. El señor del pontazgo 318
Séptima parte
AL OESTE DEL RÍO ARCO IRIS
1. El Bosque de Ingewel 337
2. Una noche angustiosa en las Colinas Lunares 342
3. Slupor 351
4. La ciudad de Unauwen. El mendigo de la puerta 369
5. El rey Unauwen 377
6. El caballero Iwain y Tirillo 384
7. Slupor por última vez 391
8. Espadas y anillos 397
9. Lo que anunció el rey Unauwen 402
Octava parte
DE VUELTA A LA CIUDAD DE DAGONAUT
1. De la ciudad de Unauwen a Dangria 413
2. De Dangria a Menaures 418
3. La despedida de Piak 425
4. El castillo de Mistrinaut 428
5. El bosque 433
6. El rey Dagonaut 439
7. Un Caballero de Escudo Blanco 445
8. Un reencuentro al amanecer 450
Dedicado a las tres estrellas de Occidente
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EL REINO DE UNAUWEN
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⁓ 12 ⁓
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TIERRA INHÓSPITA del Sur
⁓ 13 ⁓
Introducción
Los caballeros del rey Dagonaut
Esta es una historia de hace mucho tiempo, de cuando aún ha-
bía caballeros. Se desarrolla entre dos reinos: el país del rey Da-
gonaut al este de la Gran Cordillera y el país del rey Unauwen al
oeste de la Gran Cordillera. Así se llamaban también las capitales
de los dos reinos: la ciudad de Dagonaut y la ciudad de Unauwen.
También se habla de otro país, pero ahora no es el momento de
referirnos a ello.
La historia comienza en el reino de Dagonaut. Es preciso que
antes sepas algo de él y de sus caballeros. Para ello he copiado al-
gunos fragmentos de un libro muy, muy antiguo.
Nuestro rey Dagonaut es un rey poderoso; su reinado es elo-
giado como sensato y justo, y su reino es grande y hermoso. Hay
colinas, campos y tierras fértiles, anchos ríos y extensas selvas. Al
norte hay montañas y al oeste hay otras aún más altas. Más allá se
encuentra el país del rey Unauwen, del que nuestros trovadores
cantan bonitas canciones. Al este y al sur no hay montañas, y por
allí a veces intentan entrar enemigos en nuestro país, envidiosos de
la prosperidad que reina. Pero nadie ha podido conquistar nunca
el reino porque los caballeros del rey lo guardan bien y lo defien-
den con valentía. Se vive bien dentro de nuestras fronteras, donde
hay paz y seguridad.
El rey Dagonaut es servido por muchos caballeros; hombres
resueltos y valientes que le ayudan a gobernar el reino y a man-
tener el orden. Muchos de ellos son famosos: ¿quién no ha oído
hablar del caballero Fartumar y de Tiuri el Valiente, y de Ristri-
dín del Sur, por citar algunos de ellos? El rey ha cedido parte de
su territorio a la mayoría de sus caballeros, que deben gobernar
⁓ 15 ⁓
en su nombre. También están obligados a acudir inmediatamente
cuando él los llama, para ayudarle con su fuerza y sus guerreros.
También hay caballeros que no poseen tierras; en primer lugar
aquellos que aún son jóvenes, pero que sucederán después a sus
padres. Y además están aquellos que no desean tener posesiones,
los caballeros errantes, que viajan por todo el país y ofrecen sus
servicios en todas partes, que guardan las fronteras y que incluso
salen del país para contar después al rey lo que allí sucede.
Hay muchos caballeros en el reino de Dagonaut, a pesar de lo
cual no es fácil convertirse en uno de ellos. Porque aquel que desee
recibir el espaldarazo ha de demostrar que lo merece. Ha de pasar
un severo periodo de prueba: primero debe servir como escudero
a un caballero experimentado y después pasar un año más junto
a los guerreros del rey. No solo debe manejarse con las armas y
tener conocimiento de muchas cosas, sino que sobre todo debe
demostrar que es leal y honesto, servicial y valiente. Debe ser un
caballero en todos los aspectos.
Una vez cada cuatro años, en el verano, el rey Dagonaut con-
voca a todos los caballeros a la ciudad, donde permanecen siete
días. Le cuentan cómo va todo en las distintas partes del reino y lo
que ellos mismos han hecho y emprendido.
En esa semana, en el solsticio de verano, los jóvenes que han
conseguido merecerlo, son nombrados solemnemente caballeros
por el rey.
¡Qué gran día es ese! Después del espaldarazo se celebra una
misa en la catedral seguida de una comida en palacio. A continua-
ción, un magnífico desfile por la ciudad en el que participan todos
los caballeros, con sus armas, escudos y estandartes. Los jóvenes
caballeros van a la cabeza. De todas partes llega gente para verlo.
Entonces se celebra una gran fiesta, no solo en palacio, sino en
toda la ciudad. Hay feria en la plaza del mercado, por todas partes
se toca música y en todas las calles se baila y se canta, al principio
con la luz del sol y después a la luz de cientos de antorchas. Al día
siguiente el rey convoca a los caballeros a una reunión a la que los
jóvenes caballeros pueden acudir por primera vez. Un día después
⁓ 16 ⁓
participan en un gran torneo, que para muchos es el momento
álgido de la semana. Nunca se ve tanta pompa y esplendor, tanto
valor y destreza juntos.
Pero antes de esos espléndidos días, los nuevos caballeros han
debido pasar su última prueba. Las veinticuatro horas antes de
su espaldarazo deben ayunar, no pueden comer ni beber nada.
Y deben pasar la noche velando en una pequeña capilla fuera de
los muros de la ciudad. Allí están sus espadas delante del altar, y
ellos, vestidos con blancas ropas, se arrodillan y meditan sobre la
gran labor que tienen por delante. Como caballeros de Dagonaut,
hacen el propósito de servir con lealtad a su rey y a su reino que
es su patria. Prometen ser siempre honestos y serviciales, y luchar
por el bien.
Deben velar y meditar durante toda la noche, y rezar pidiendo
tener fuerza para realizar su labor. No pueden dormir ni hablar,
ni escuchar voces del mundo exterior hasta que, a las siete de la
mañana, son conducidos por una delegación de caballeros hasta
el rey.
Esta historia comienza en una de esas noches, en una peque-
ña capilla sobre la colina a las afueras de la ciudad de Dagonaut.
Cinco jóvenes pasan allí la noche en vela antes de ser nombrados
caballeros: Wilmo, Foldo, Yiusipú, Armán y Tiuri. Tiuri es el más
joven de ellos, acaba de cumplir dieciséis años.
⁓ 17 ⁓
Primera parte
LA MISIÓN
1. La vigilia en la capilla
Tiuri estaba arrodillado en el suelo de piedra de la capilla y
miraba la pálida llama de la vela que tenía delante.
¿Qué hora sería? Tenía que pensar seriamente sobre las obliga-
ciones que tendría cuando fuese caballero, pero sus pensamientos
se desviaban una y otra vez. A veces ni siquiera pensaba. Se pre-
guntaba si a sus amigos les sucedería lo mismo.
Miró hacia un lado, a Foldo y a Armán, a Wilmo y a Yiusipú.
Foldo y Wilmo observaban sus velas, Armán se había tapado la
cara con las manos. Yiusipú estaba sentado y miraba hacia arriba,
pero de pronto cambió de postura y miró a Tiuri directamente a
los ojos. Se quedaron un momento mirándose, después Tiuri apar-
tó la vista y volvió a dirigir los ojos hacia la vela.
¿En qué pensaría Yiusipú?
Wilmo se movió e hizo un sonido chirriante en el suelo con los
zapatos. Los demás le miraron a la vez. Wilmo inclinó la cabeza
como avergonzado.
«Qué silencio hay», pensó Tiuri un poco después. «En mi vida
he sentido tanto silencio. Solo oigo nuestras respiraciones y, a lo
mejor, si escucho bien, los latidos de mi propio corazón...».
Los cinco jóvenes no podían hablar entre sí, no podían decir ni
una palabra en toda la noche. Y no podían tener ningún contacto
con el mundo exterior. Habían cerrado incluso la puerta de la ca-
pilla con candado y volverían a abrirla a la mañana siguiente, a las
siete, cuando viniesen los caballeros del rey Dagonaut a buscarlos.
¡Mañana por la mañana! Tiuri imaginaba el festivo desfile: los
caballeros con sus corceles bellamente enjaezados, los coloridos
⁓ 21 ⁓
escudos y los ondeantes estandartes. También se veía a sí mismo,
montado en un fogoso caballo, vestido con una armadura resplan-
deciente, con casco y ondeante plumaje.
Apartó aquella imagen de sí. No debía pensar en los aspectos
externos de la caballería, sino proponerse ser leal y honesto, va-
liente y servicial.
La luz de la vela le dañaba la vista. Miró al altar donde reposa-
ban las cinco espadas. Encima colgaban los escudos; brillaban en
la luz oscilante de las velas.
«Mañana habrá dos caballeros llevando las mismas armas», pen-
só, «mi padre y yo». Su padre también se llamaba Tiuri. Le llama-
ban «El Valiente». ¿Estaría despierto pensando en su hijo? «Espe-
ro convertirme en un caballero tan bueno como él», pensó Tiuri.
Poco después tuvo otro pensamiento: «¿Te imaginas que ahora
llamase alguien a la puerta? No podríamos abrirla». Se acordó de
algo que una vez le contó el caballero Fartumar, del que había
sido su escudero. Cuando este estaba velando en la capilla la no-
che antes de su espaldarazo, alguien llamó con fuerza a la puerta.
Él estaba entonces con tres amigos, pero ninguno de ellos abrió.
¡Menos mal!, porque después resultó ser un sirviente del rey que
quería ponerlos a prueba.
Tiuri volvió a mirar a sus compañeros. Seguían en la misma
postura. Seguro que ya había pasado la medianoche. Su vela casi
se había consumido; era la más pequeña de las cinco. Tal vez fue-
ra porque estaba sentado más cerca de la ventana. Allí había co-
rriente, no dejaba de sentir el aire. «Cuando se apague mi vela no
encenderé otra», pensó. Le parecía más agradable estar sentado en
la oscuridad para que los otros no pudieran verle. No tenía miedo
de quedarse dormido.
¿Dormía Wilmo? No, se movía.
«No estoy haciendo bien la vigilia», pensó Tiuri. Cruzó las ma-
nos y fijó los ojos en la espada que solo podría usar para una buena
causa. Pronunció para sí las palabras que le diría al rey Dagonaut al
día siguiente: «Juro, como caballero, servirle con lealtad, así como
a sus súbditos, y a todo aquel que solicite mi ayuda. Juro...».
⁓ 22 ⁓
Entonces llamaron a la puerta con suavidad, aunque se escuchó
perfectamente. Los cinco jóvenes contuvieron la respiración pero
permanecieron sentados inmóviles.
Volvieron a llamar.
Los jóvenes se miraron, pero no dijeron una palabra ni se mo-
vieron.
Oyeron cómo giraba el pomo de la puerta. Después se oyó el
sonido de pisadas que se alejaban lentamente.
Los cinco suspiraron a la vez.
«Ya ha pasado», pensó Tiuri. Era extraño, pero tenía la sensa-
ción de que había estado esperando aquello durante todo el tiempo
que llevaba velando. Su corazón latía tan fuerte que se le ocurrió
que los demás también debían de oírlo. «Vamos, tranquilo», se
dijo a sí mismo. «A lo mejor era un extraño que no sabía que velá-
bamos aquí, o alguien que quería gastarnos una broma, o ponernos
a prueba...».
Sin embargo, se quedó en tensión esperando volver a oír otra
cosa. Su vela brilló con más intensidad durante un instante y des-
pués se apagó con un suave sonido siseante. Ahora estaba sentado
en la oscuridad.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando oyó un ruido
muy débil encima de su cabeza. Era como si alguien estuviera ras-
cando la ventana con las uñas. Y entonces escuchó una voz, débil
como un suspiro, que decía:
—¡Por amor de Dios, abre la puerta!
2. La petición de un desconocido
Tiuri se enderezó y miró hacia la ventana. No vio nada, ninguna
sombra, por lo que podía pensar que eran imaginaciones suyas.
¡Ojalá fuese así! No podía hacer, de ninguna de las maneras, lo que
aquella voz le había pedido por muy urgente que pareciera. Ocultó
su cara entre las manos e intentó apartar cualquier pensamiento de
su mente.
⁓ 23 ⁓