0 calificaciones 0% encontró este documento útil (0 votos) 9 vistas 11 páginas ORACIÓN
Giovanni Pico della Mirandola, en su obra 'Oración sobre la dignidad del hombre', argumenta que el ser humano es la creación más admirable de Dios, dotado de la libertad para elegir su propio destino. El hombre, colocado en el centro del universo, tiene la capacidad de elevarse hacia lo divino o degradarse a lo inferior, lo que resalta su dignidad y potencial. Esta obra invita a la reflexión sobre la naturaleza humana y la responsabilidad de alcanzar las más altas aspiraciones espirituales.
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GIOVANNI PICO DELLA MIRANDOLA
ORACION
acerca de la dignidad
del hombre
zn
puPA
EDITORIAL DE LA UNIVERSIDAD
DE PUERTO RICOORACION ELEGANTISIMA DE
GIOVANNI PICO DELLA MIRAN-
D,O.L-A ;, GO; NyD\E ~D1EY GO NeG:O;R DPA)
EI, Padres venerabilisimos, en los escritos de los Ara- [1]
bes, que interrogado Abdala el Sarraceno* sobre
JUSSI] qué se le presentaba en esta como escena del mun-
do como mAximamente digno de admirar, respondiera que
nada se le presentaba mas admirable que el hombre. Con cuya
sentencia se acuerda aquello de Mercurio ?: Grande milagro.
oh Asclepio*, es el hombre (1). Pensando la razén de estos
dichos no me satisfacian aquéllas que en gran nimero son
traidas por muchos sobre la preeminencia de la naturaleza
humana: ser el hombre, el intermediario de las creaturas, fa-
miliar de las superiores, rey de las inferiores; intérprete de la
naturaleza por la perspicacia de sus sentidos, por la indaga-
cién de su razon, por la luz de su inteligencia; intersticio en-
tre la estable edad y el tiempo fluyente, y (como dicen los
Persas) cépula, y cual himeneo, del mundo; apenas menor
que los angeles, segiin el testimonio de David (2). Grandes co-
sas éstas ciertamente, pero no las principales, esto es que
vindiquen por su solo derecho el privilegio de la suma admi-
racién. ;Por qué, en efecto, no admiraremos mAs a los ange-
les y a los beatisimos coros del cielo? Pero finalmente paré-
ceme haber comprendido por qué el hombre sea el animal
1 Pudiera ser, entre muchos, el primo de Mahoma, o tal vez “Abdallah
ibn al-Muqaffa” (718-775), conocida figura de las letras 4rabes y traductor
del famoso libro Kalila wa Dimna.
2 Hermes Trismegisto (“tres veces grande"). Asi identificaron los griegos
al dios egipcio Tat, Thoth o Theuth, uno de los personajes de los didlogos
que Feiine el Corpus Hermeticum y el Asclepius (100-300 d. JC).
3 Asclepio (—Imbotep), otro de los personajes divinos.
1[2]
mas feliz y por ende digno de toda admiracién, y cual sea
precisamente aquella condicién que le tocé en suerte en la
serie del universo, envidiable no sdlo por los brutos, sino por
los astros, como por las mentes ultramundanas. {Cosa incref-
ble y admirable! ;Cémo no? Pues a causa de eso justamente
el hombre se dice y se tiene por ser un milagro grande y un
animal ciertamente admirable. Mas, cu4l pues sea ésa, oid,
Padres, y prestad benignos ofdos por vuestra humana gene-
Tosidad a esta mi obra.
Ya el sumo Padre arquitecto Dios hab{a fabricado se-
gin las leyes de una arcana sabiduria esta morada mundana
cual la vemos, templo augustisimo de la divinidad. Habia
decorado con mentes la regién supraceleste; habia avivado
con almas eternas los etéreos globos; habia llenado con una
turba de todo género de animales Jas partes excrementales
y feculentas del mundo inferior. Mas, consumada la obra,
deseaba el artifice que hubiera alguien que ponderara la
raz6n, que amara la belleza, que admirara la magnitud de
obra tanta. Por esto, estando ya acabadas todas las cosas
(como atestigua Moisés y Timeo * (3) ), pensd al ultimo en
producir al hombre. Pero no habia en los arquetipos de dén-
de forjar el nuevo linaje, ni en los tesoros qué alargar en
herencia al nuevo hijo, ni en los sitiales de todo el orbe dén-
de sé sentara este contemplador del universo. Ya todos es-
taban Ilenos; todos, tanto en los sumos, medios como infi-
mos 6rdenes, habfan sido distribuidos (4). Pero no era
propio de la paterna potestad que defeccionara como inefi-
ciente en la Ultima hechura; no era de su sabidurfa vacilar
en una cosa necesaria por falta de recursos de consejo; no
de su benéfico amor, que aquel que habria de alabar en los
otros Ja divina liberalidad fuera obligado a condenarla eo
si mismo. Establecié finalmente el 6ptimo artesano que a
aquel a quien nada podia darle de propio le fuera comin
todo lo que fuera exclusivo de cada uno de los otros. Asi,
‘ Timeo de Locres, hombre ptiblico y sabio, que nos presenta Platén
en el didlogo del mismo nombre, una de sus obras capitales. Trata el Timeo
de los origenes del universo y del hombre.
2:pues, acogié al hombre como obra de indiscernible imagen
y habiéndolo puesto en el meollo del mundo, asi le habl6é:
{No un determinado asiento, ni un aspecto propio, ni enco-
mienda alguna peculiar, te dimos, oh Adan, a fin de que
aquel asiento, aquel aspecto, aquellas encomiendas que th
mismo deseares, segtin tu voto, segin tu sentencia las ob-
tengas y las poseas. La naturaleza delimitada de los demas
esta confinada dentro de leyes prescritas por nosotros; ti,
por ninguna barrera confinado, segtin tu arbitrio, en manos
Sel cual te puse, la tuya te prefijaras. En el medio del mun-
do te puse para que desde alli mires en toro con mas como-
didad todo lo que hay en el mundo. Ni celeste ni terreno, ni
mortal ni inmortal te hicimos, a fin de que de ti mismo casi
arbitrario y honorario artifice, te plasmes y esculpas td mis-
mo en la forma que prefieras. Podras degenerar en las cosas
inferiores que son los brutos; podras regenerarte, segin el
decreto de tu espiritu, en las superiores que son divinas”.
{Oh suma liberalidad de Dios padre, suma y en deber
admirable felicidad del hombre! a quien es dado tener lo
que elija, ser lo que quiera. Los brutos tan pronto, en cam
bio, como nacen, consigo traen, como dice Lucilio ° (5), de la
bolsa de la madre, todo lo que habran de poseer. Los supre-
mos espiritus o desde el inicio 0 poco después fueron aquello
que habrén de ser en las perpetuas eternidades. En el hom-
bre naciente, simientes de toda especie y gérmenes de todo
género de vida infunde el Padre; las que, segtin cada uno
Jas cultivare, crecerén y llevaran en él sus frutos. Si vegeta-
les, planta se hard. Si sensuales, embrutecer4. Si racionales,
Megara a ser animal celeste. Si intelectuales, angel sera e
hijo de Dios (6); y si, no contento con la suerte de creatura
alguna, se recogiere hacia el centro de su unidad, hecho su
espiritu uno con Dios, en Ja solitaria caligine del Padre,
aquel que fue constituido sobre todas las cosas estar4 delan-
te de todas. ,Quién no admirara este nuestro camaleén? 40,
absolutamente, quién admirara otra cosa mds? Acerca de él
© EI poeta latino (180-103 [Link].).
5
(3]
G4con argumento no sin mérito Asclepio Ateniense * dijo que
por su piel cambiante y su metamorfa naturaleza, en los
misterios se simbolizaba por Proteo *. De aqui las metamor-
fosis aquellas celebradas entre los Hebreos y los Pitagéricos.
En efecto, aun la més secreta teologfa de los Hebreos trans-
forma ya al santo Enoch * en Angel de la divinidad, al que
Maman ®... 5.06.23 +++, Ya a otros en otros ntiimenes (7).
Y los Pitagéricos convierten a los hombres criminales en
brutos y, si se cree a Empédocles, también en plantas (8).
Imitando lo cual Mahoma repetia frecuentemente y con ra-
z6n ciertamente: quien de la ley divina se aparta en bruto
se convierte. No es en verdad la corteza quien hace la plan-
ta, sino la estupefacta e insensible naturaleza; ni el cuero a
las bestias de carga, sino el alma bruta y sensual; ni el cuer-
po orbicular al cielo, sino la recta razén; ni la separacién
del cuerpo, sino la inteligencia espiritual hace al Angel. Si
pues vieres a alguno dedicado al vientre, hombre serpiente
de la tierra, vegetal y no hombre es el que ves; si a alguno
casi enceguecido, como por Calipso °, por las vanas fantas-
magorias de la fantasia y reblandecido por su excitante
atractivo, esclavo de los sentidos, bruto es y no hombre el
que ves. Si un filésofo que con la recta razén todas las cosas
discierne, a éste venera: animal celeste es, no terreno. Si un
Puro contemplador ignorante del cuerpo, recogido en las
secretas moradas de la mente, éste ni es terreno, ni animal
celeste, éste es un numen més augusto revestido de carne hu-
mana. {Quién pues al hombre no admirar4? Que no sin moti-
vo en las sagradas escrituras mosaicas y cristianas ora se le de-
signa con el nombre de toda carne, ora con el de toda crea-
tura, desde que él mismo se plasma, fabrica y transforma ¢
s{ mismo en el aspecto de toda carne, en el ingenio de toda
® No sabemos cuél.
7 Dios marino de la mitologla griega, hijo de Poseidén, que tenfa Ia
facultad de cambiar de formas a voluntad.
8 Uno de los patriarcas del Antiguo Testamento, hijo de Jared y padre
de Matusalem. C. Gn 5, 21, 24; 6, 9; Eceli 49, 16; Jd 14-16; He 11, 5. EL
libro de Enoch se considera como uno de los primeros “Apocalipsis™ apécrifos.
° Ninfa, hija de Océano y de Tetis, reina de Ogigia, que retuvo a Ulises
con sus encantos siete afios,creatura (9). Por lo que escribié Evante Persa ™, alli donde
expone la teologia caldea, no ser del hombre una propia v
hativa imagen, sino muchas extrafias y adventicias. De don-
de aquello de los Caldeos *
esto es: el hombre es un animal de varia como multiforme
y tornadiza naturaleza. Pero, ,a qué estas cosas? A fin de {5}
que comprendamos, desde que hemos nacido en esta condi-
cién, de que seamos aquello que queramos ser, que nosotros
debemos cuidar por encima de todo de esto; que en esto en
Verdad de nosotros no se diga que estando en honor no su“
pimos que nos haciamos semejantes a los brutos y a los insi-
pientes jumentos (10). Pero vale mas aquello de Asaf pro-
feta ® (11): “Dioses sois e hijos todos del altisimo”, para
que no sea que abusando de la indulgentisima liberalidad
del Padre, la libre opcién que él nos concede, de saludable
nos la hagamos nociva. Invada el espiritu cierta ambicién
sagrada a fin de que no contentados con mediocridades an-
hhelemos las cosas més altas y nos empefiemos con todas las
fuerzas en alcanzarlas (toda vez que podemos si queremos)-
Desdefemos las cosas terrestres, menospreciemos las celes-
tes, y, finalmente, dejando atr4s todo lo que es del mundo,
volemos a la ultramundana sede, préxima de la eminentisima
divinidad. Alli, como nos lo narran los sagrados misterios,
los Serafines, los Querubines y los Tronos ™ poseen las pri-
meras sillas (12); de éstos, nosotros —ya no sabiendo ceder
y no sufriendo las segundas—, la dignidad y la gloria emu-
Jemos. A ellos, como lo queramos, seremos en nada infe-
riores.
Mas jpor qué manera y, en fin, haciendo qué cosa? Vea- [6]
mos lo que ellos hacen, qué vida Viven. Que si nosotros la
30 No identifieado con seguridad.
4M Trétese 0 no aqui de los Ordeulos Caldaicos, obra del tiempo de Marco
‘Aurelio, todo esto corresponde a Ia misma tradici6n religiosa-literaria irania
que, con sus equivalentes egipcia y judfa, era invocada en ese entonces como
fuente imporante por el hermetismo neoplaténico y por el gnosticismo em
general.
32 Asaph, de Ia tribu de Levi, hijo de Baraquias, director del coro de
misicos Ievitas que constituyé David para honrar a Dios ante el Arca eo
medio del Taberndculo (I Paralip. 6, 39 y 15, 5).
13 Ordenes angélicos en la teologia cristina. Véase: Is 6, 2 s88-
57]
[8
viviéremos (pues podemos), ya habremos igualado la suerte
de ellos. Arde el Serafin en el fuego de la caridad; fulge el
Querubin en el esplendor de la inteligencia; se alza el Trono
en la firmeza del juicio. As{, pues, si entregados a una vida
activa, el cuidado de las cosas inferiores com recto examen
asumiéremos, en la estable solidez de los Tronos nos afirma-
vemos. Si de las acciones descargados, meditando en la obra
1 artifice y en el artifice la obra, en el ocio de contemplar
nos afanamos, en la luz querubjnica por todas partes resplan-
deceremos, Si ardiéremos tinicamente Por el amor al artifice
mismo, en su fuego que consume, de stibito, en serdfica fi-
gura, crepitaremos. Sobre el Trono, esto es sobre el justo
juez, tiene su asiento Dios juez de los siglos. Sobre el Queru-
bin, esto es sobre el contemplador, vuela y —como incub4n-
dolo— lo abriga. El espiritu del Seiior, en efecto, se mueve
sobre las aguas (13), ésas —digo— que estén sobre el cielo
Y que, como en Job, a Dios alaban con himnos desde antes
de apuntar el alba (14). El que es Serafin, esto es, amante,
en Dios est4, y Dios en él, 0 mejor dicho Dios y él son uno.
Grande es Ja potestad de los Tronos, a la cual alcanzamos
juzgando; suma la sublimidad de los Serafines, a la cual al-
canzamos amando. Mas jen qué forma alguien puede juzgar,
© amar, lo que no conoce? Amé6 Moisés a Dios, a quien vio,
y, juez, administré en el pueblo aquellas cosas que vio pri.
mero como contemplador en el monte. Por tanto, mediador.
el Querube con su luz, al serafico fuego nos prepara y al
juicio de los Tronos parejamente nos ilumina; éste es el nudo
de las primeras mentes, el orden paladico “ (15) que preside
a la filosoffa contemplativa; éste por nosotros ha de ser emu-
lado primero y rodeado con afén y comprehendido hasta el
punto desde donde a las cimas del amor seamos arrebatados
y, a las responsabilidades de las acciones, bien instruidos y
preparados, descendamos. Mas, en verdad, es el precio de
esta obra, si a ejemplo de la vida querubinica la vida nuestra
se ha de modelar, tener ante los ojos y en contante qué y
14 Ordo palladicus —aparte de entender la alusién a Palas, no tenemos
ninguna indicacién més precisa sobre esta designacién.
6cudl sea aquélla, cudles las acciones, cudles las obras de
Stes. Lo cual, como no nos sea licito conseguirlo por noso-
tros mismos, que carne somos y gustamos Jas cosas que son
Ge la tierra (16), acerquémonos a los antiguos padres, quie-
Ses de estas cosas, como de familiares y connaturales, puc-
den proveernos testimonio cierto y abundantisimo. Consul-
temos a Pablo apéstol, vaso de eleccién (17), que é1 mismo al
ser sublimado al tercer cielo vio Jos activos ejércitos de los
Querubines (18). Responder4, de acuerdo con la interpreta-
cién de Dionisio": que ellos eran purificados, luego jlumi-
nados y, finalmente, perfeccionados (19): luego, también
nosotros, emulando en tierra la vida querubinica, dominan-
do por la ciencia moral el impetu de los afectos, disipando
por la dialéctica la caligine de la raz6n, limpiando Jas in-
veundicias de la ignorancia y los vicios, purifiquemos el al-
ma a fin de que ni los afectos a ciegas bailen bacanalmente
ni la raz6n imprudente Iegue a delirar. Entonces al alma
bien compuesta y reparada inundémosla con la luz de la
filosofia natural, para que finalmente la levemos a la per-
feccién en el conocimiento de Jas cosas divinas. Y a fin de
que los nuestros no nos ‘basten, consultemos al patriarca
Jacob, cuya imagen resplandece esculpida en sede de glo-
Ha, Nos recordaré el padre sapientisimo que durmiendo en
el mundo de abajo, velaba en el de arriba. Mas nos recordar&
por medio de una figura (asi acontecfanles todas las cosas)
que hay unas escalas tendidas desde el fondo de la tierra a
Jas partes mds altas del cielo divididas en una serie de mu-
chos grados: en cuyo remate el Sefior esté sentado (20). Y,
que los Angeles contempladores, por ella, a uno y otro lado,
48 El Pseudo Dionisio el Areopagita. Una de las fuentes més importantes
del pensamiento medieval es el conjunto de escritos que forman el Corpus
Greopagiticum. Su autor se presenta alli como ¢l diseipulo de S. Pablo (Ci.
ide 17, 34), testigo del eclipse de sol que acompafié la muerte de Cristo, ets.
Esos escritos aparecen el 532 en un coloquio teolégico en que los partidarios
de Severo de Antioqufa los invocan en apoyo de su tesis mientras los eatéli-
cos los recusan como apécrifos.
18 Jacob, nieto de Abraham, hijo de Isaac, en cuya descendencia se cum-
pliré la Promesa, que tiene el suefo de Ia escala y lucha también con el Sage.
de quien recibe el nombre de Isracl. (Véase: Génesis, cap. 24-50.)
7alternativamente, ascienden y descienden. Asi que si esto
mismo hemos de practicar nosotros, imitando la vida angé-
lica, pregunto: ,quién alcanzard la escala del Sefior con pie
sérdido o con manos poco limpias? Al impuro, como guardan
los misterios, es impiedad alcanzar lo que es puro. Mas,
gcuales son estos pies?, jcudles estas manos? Ciertamente
Pie del alma es aquella parte despreciabilisima con la que
se apoya en la materia, como en el suelo de la tierra; la
facultad, digo, nutriz y sustentadora, yesca de la libidine y
maestra de la molicie voluptuosa. iManos del alma, por qué
no Uamaremos a lo irascible, que, propugnador de la apeten-
cia, para ella combate y, bajo el polvo y el sol, predatorio
arrebata aquellas cosas que ella, dormitando en la sombra,
devorard? A estas manos, a estos pies, esto es, a toda la parte
sensual en que tienen su asiento las seducciones del cuerpo
que mantienen al alma, como dicen, con el cuello apreta-
do (21), para que no seamos rechazados de la escala como
Profanos y polutos, lavémoslos en la filosofia moral como
€n un rio vivo. Pero ni esto sera suficiente, si queremos set
compafieros de los dngeles que discurren por 1a escala de
Jacob, si no fuéremos bien capacitados e instruidos prime-
ramente en movernos debidamente de un grado a otro gra-
do y a nunca deorbitar de la via de la escala ni a estorbar-
nos unos a otros el recorrido. Una vez que hayamos conse-
guido esto por medio del arte discursivo 0 del raciocinio, ya
por el querubjinico espiritu animados, por los grados de la
escala, esto es, de la naturaleza, filosofantes, atravesando to-
das las cosas de centro a centro, ora descenderemos desga-
rrando con fuerza titdnica lo uno en la multiplicidad, como
Osiris", ora ascenderemos recogiendo con fuerza’ apoli-
nea * la multiplicidad, como los miembros de Osiris, en el}
’7 Muerto y despedazado por Seth, sus miembros quedaron dispersos,
hasta que Isis vuelve a reunirlos,
38 Plutarco ys. I. d. JC.) establece la semejanza entre los ritos de Osiris
¥ de Dionysos (Cf. PLUTARCO, de Is. et Os XXXV) y en otra parte (de
Ei ap. Deiph. IX) explica el contraste en que Apolo viene a ser el principio
do Ia simpticidad, unidad y pureza, y Dionysos el de los cambios y metamor
fosis y de la divisién. Esta es la docirina esotérica conocida por los i
(Ct. Jane HARRISON, Prolegomena to the Study of Greek Religion).uno, hasta que, en el seno del Padre, que sobre la escala
esta, finalmente descansando, seamos consumados en la
teologica felicidad, Preguntemos también al justo Job, que [9]
entré en una alianza con el Dios de vida antes que él mismo
naciera a la vida, qué cosa el sumo Dios desea mas en aque-
jlas decenas de cientos de miles que lo asisten (22): la paz,
ciertamente responderd; proximo esto a aquello que se lee:
‘Aquel que hace la paz en los cielos (23). Y porque las ad-
moniciones del orden supremo, el orden medio las interpreta
a los inferiores, las palabras del tedlogo Job nos las inter-
preta Empédocies el filésofo. Este, la doble naturaleza sita
en nuestras almas —de cuyas partes por una somos eleva-
dos a la altura celeste, por la otra arrojados a la hondura
jnfernal—, nos la simboliza por la disputa y la amistad, o
Ja guerra y la paz, como atestiguan sus versos. En los cuales
se queja de que él, movido por la disputa y la discordia, se-
mejante a un furioso, proscrito de los dioses, es arrojado a fo}
Jo profundo (24). Multiple es, en efecto, padres, en nosotros,
la discordia; tenemos en casa guerras intestinas mas graves
y peores que guerras civiles (25). Las cuales si no las quisié-
Yinos, y si quisiéramos alcanzar aquella paz que a lo
sublime asf nos levanta que somos colocados entre los mas
altos del Sefior, sdlo la filosofia en nosotros las contendra
enteramente y las calmara: la moral primero, si nuestro
hombre pidiere sdlo tregua de sus enemigos, abatira las de-
senfrenadas correrfas del bruto multiforme y las querellas,
jras e impetus del leén. Entonces, si aconsejindonos mejor
deseéremos la seguridad de la perpetua paz, vendré aquélla
y nuestros votos colmar4 generosamente, puesto que muertas
una y otra bestia, como puerca herida ®, santificar4 entre la
carne y el espiritu un inviolable pacto de santisima paz. Cal-
mara la dialéctica las turbaciones de la razén agobiada an-
gustiosamente entre las pugnas de los discursos y las trampas
de los silogismos. Calmara la filosofia natural las disputas
y disidencias de la opinin que vejan, distraen y laceran por
todas partes al alma inquieta. Y asi la aquietaré que nos
haga recordar que la naturaleza es, conforme a Hericlito,
Victima inmolada en el sacrificio.
>nacida de la guerra, por esto de Homero llamada contien-
da (26), y, por lo mismo, que en ésta ella no puede prestar-
nos un verdadero descanso y una sdlida paz, que esto es
encomienda y privilegio de su sefiora, es decir, de la santi
ma teologia. Aquélla misma el camino nos mostrarA y, com-
Pafiera de viaje, nos guiard a ésta, la que viéndonos acercar-
nos afanados, desde lejos: “venid —gritaréa— a mi, los que
trabajasteis; venid y yo os restauraré; venid a mi y os daré
Ja paz que el mundo y la naturaleza no pueden daros” (27).
Tan dulcemente lamados, tan benignamente invitados, con
alados pies como terrestres Mercurios, volando al abrazo de
la beatisima madre, gozaremos en Ia deseada paz; en la paz
santisima, en la indisoluble uni6n, en la amistad concorde,
Por Ia cual todos los espfritus no sélo se acuerdan en aquella
Unica mente, que esté sobre toda mente, sino que de cierto
modo inefable vendran a fundirse en uno solo. Esta es aque-
lla amistad que los Pitagéricos dicen ser el fin de toda la
filosoffa; esta es aquella paz que Dios obra en sus alturas,
que los angeles descendiendo a la tierra anunciaron a los
hombres de buena voluntad (28), a fin de que por ella los
mismos hombres ascendiendo al ciclo Hegaran a ser Ange-
les (29); esta paz deseamos a los amigos, ésta a nuestro siglo,
deseémosla a toda casa en Ja cual entremos, deseémosla al
alma nuestra, para que por ella se haga ella misma casa de
Dios; para que después que hubiere sacudido sus inmundic
cias por la moral y la dialéctica, que se hubiere adornado
con la miltiple filosofia como con aulico aparato y hubiere coro-
nado los remates de sus puertas con las guimuldas teoléei.
cas, descienda el Rey de la gloria y viniendo con el Padre
haga mansién en ella. Que si de tan gran huésped-se mos-
trare digna, porque es inmensa su clemencia, con dorado
vestido, como con toga nupcial, circundada con la multiple
variedad de las sentencias, al bello huésped recibir no ya
como a huésped sino como a esposo, del cual nunca sera
separada; y desear separarse de su pueblo y olvidada de la
casa de su padre, y, sin duda, de si misma, desear4 morir en
si misma a fin de vivir en el esposo, en cuya presencia, pre-
ciosa es, en efecto, la muerte de sus santos (30); muerte, digo,
10