Filosofía- Prof. Alejandra Sánchez- 3ºE.M.S.
2025
3ºE.M.S.-
FILOSOFÍA-
Prof. Alejandra
Sánchez-2025
META
FÍSICA
• ¿Qué es
la Metafísica? Etimología, ramas, orígenes.
• El problema: ¿Qué es el amor?
➢ Platón, “El mito de Eros” (El Banquete)
➢ Platón, “El mito del andrógino” (El Banquete)
➢ Fromm, E. “El arte de amar”
¿Qué es la Metafísica?
La palabra metafísica (del griego: metá tá physiká) debe su origen a una denominación especial en la
clasificación de las obras de Aristóteles hecha en el siglo I por Andrónico de Rodas. Como los libros que tratan
de la filosofía primera (14 libros en total que no estaban destinados originalmente a su publicación, sino a
servir como soporte para la enseñanza) fueron colocados en la edición de las obras del Estagirita detrás de los
libros de la Física, se llamó a los primeros Metafísica, es decir, "los que están detrás de la Física".
Es importante saber que Aristóteles nunca empleó la palabra metafísica en su obra, sino los términos
“ontología” (ciencia del ser) o “filosofía primera”, para tratar del concepto más general y abstracto: el Ser, que
es lo común a todo lo existente, lo ente, y no puede reducirse a lo puramente material.
Se puede decir, entonces, que la Metafísica es la parte de la filosofía que se plantea cuestiones acerca de la
realidad, de lo que es y de lo que aparenta ser.
Su origen se les atribuye a los primeros filósofos presocráticos que buscaban el arjé o principio originario de
todo lo que existe.
Una de las ramas de la Metafísica es la ontología, que se ocupa de investigar qué entidades existen y cuáles
no, más allá de las apariencias. En base a esta división surgen varias teorías que se pueden clasificar según:
-Número de realidades existentes: MONISMO/PLURALISMO.
-Naturaleza de lo real: MATERIALISMO/IDEALISMO
Otra rama es la teleología, que estudia los fines como causa última de la realidad.
El objeto de estudio de la metafísica, por lo tanto, no puede ser examinado o demostrado mediante
una investigación empírica. Suele decirse que, mientras que la biología toma como punto de partida la
existencia de la vida y la química hace lo propio con la materia, la metafísica se encarga de definir qué es la
vida y qué es la materia.
“Decimos que la metafísica consiste en que el hombre busca una orientación radical en su
situación. Pero esto supone que la situación del hombre-esto es, su vida-consiste en una
radical desorientación. No, pues, que el hombre, dentro de su vida, se encuentre desorientado
parcialmente en este o el otro orden, en sus negocios o en su caminar por un paisaje, o en la
política. El que se desorienta en el campo busca un plano o la brújula, o pregunta a un
transeúnte y esto le basta para orientarse. Pero nuestra definición presupone una
desorientación total, radical; es decir, no que al hombre le acontezca desorientarse, perderse
en su vida, sino que, por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido, y por eso
existe la metafísica.”
Ortega y Gasset, J., “Unas lecciones de metafísica”
El problema: ¿QUÉ ES EL AMOR?
Es un lugar común fuertemente instalado: el amor y la
filosofía no forman una buena pareja. Viven en cuartos
separados, al menos desde el comienzo de los tiempos
modernos.
Al parecer, el amor, el sentimiento que más nos ha sabido
atrapar, no pudo sobrevivir al desencantamiento
generalizado del mundo. El pequeño Cupido, con su aspecto
al mismo tiempo aniñado y hostil, que oculta entre sus alas
un arco asesino, habría terminado en el cementerio de las
antiguallas junto con los demás dioses. En el fondo, la
tradición pesimista de los moralistas franceses habría
ganado la batalla del amor. El sentimiento amoroso no merecía siquiera dos horas de esfuerzo conceptual.
Cuando se aborda un tema tan central en la vida humana, sorprende comprobar que es casi un terreno yermo
descuidado, abandonado.
Condición sine qua non de la felicidad para la mayoría de las personas, tema inagotable de todo drama literario,
el amor es tratado por los filósofos con la prudencia de quien entra en la jaula de una fiera que amenaza con
comérselo crudo.
Sobre todo, porque el amor resiste a toda racionalidad. Este es, sin duda, otro elemento que permite comprender
la desconfianza secular que le inspira a la Filosofía.
La filosofía del amor es un territorio para explorar e incluso para defender con urgencia (…) Dime cómo amas y
te diré quién eres. Existen muchas clases de amor un capricho de pocos días, inclinación obstinada, ternura
duradera, arrebato ciego, fría costumbre. Y los filósofos no escapan a ello: por el contrario, ofrecen un
muestrario bastante espectacular de todas esas actitudes (…)
Lancelin, A., Lemonnier,M. “Los filósofos y el amor”, Editorial El Ateneo, Buenos Aires,2013. (selección de textos)
1. EL NACIMIENTO DE EROS, EL DIOS DEL AMOR
“Cuando el nacimiento de Afrodita hubo entre los dioses un gran festín, en el que se
encontraba, entre otros, Poros hijo de Metis . Después de la comida, Penia se puso a
la puerta, para mendigar algunos desperdicios. En este momento, Poros, embriagado
con el néctar (porque aún no se hacía uso del vino), salió de la sala, y entró en el
jardín de Zeus, donde el sueño no tardó en cerrar sus cargados ojos. Entonces, Penia,
estrechada por su estado de penuria, se propuso tener un hijo de Poros. Fue a
acostarse con él, y se hizo madre de Eros.
Por esta razón Eros se hizo el compañero y servidor de Afrodita, porque fue
concebido el mismo día en que ella nació; además de que el Amor ama naturalmente
la belleza y Afrodita es bella.
Y ahora, como hijo de Poros y de Penia, he aquí cuál fue su herencia. Por una parte,
es siempre pobre, y lejos de ser bello y delicado, como se cree generalmente, es flaco, desaseado, sin calzado,
sin domicilio, sin más lecho que la tierra, sin tener con qué cubrirse, durmiendo a la luna, junto a las puertas o
en las calles; en fin, lo mismo que su madre, está siempre peleando con la miseria. Pero, por otra parte, según el
natural de su padre, siempre está a la pista de lo que es bello y bueno, es varonil, atrevido, perseverante, cazador
hábil; ansioso de saber, siempre maquinando algún artificio, aprendiendo con facilidad, filosofando sin cesar;
encantador, mágico, sofista.
Por naturaleza no es ni mortal ni inmortal, pero en un mismo día aparece floreciente y lleno de vida, mientras
está en la abundancia, y después se extingue para volver a revivir, a causa de la naturaleza paterna. Todo lo que
adquiere lo disipa sin cesar, de suerte que nunca es rico ni pobre (…)
Ocupa un término medio entre la sabiduría y la ignorancia, pues ningún dios filosofa ni desea hacerse sabio,
puesto que la sabiduría es ajena a la naturaleza divina, y en general, el que es sabio no filosofa. Igual sucede con
los ignorantes: ninguno de ellos filosofa, ni desea hacerse sabio, porque la ignorancia produce precisamente el
pésimo efecto de persuadir a los que no son bellos, ni buenos, ni sabios, de que poseen estas cualidades; porque
ninguno desea las cosas de que se cree provisto (…) La sabiduría es una de las cosas más bellas del mundo, y
como Eros ama lo que es bello, es preciso concluir que Eros es amante de la sabiduría, es decir, filósofo.”
Platón, “El Banquete”, pp. 194-196, Biblioteca Edaf, Madrid, España, 2007.
[Link] MITO DEL ANDRÓGINO
“En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo
que es hoy. Primero había tres clases de hombres: los dos sexos
que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual
ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal
formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque
reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su
nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres
tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en
círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a
un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza,
que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas,
dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma
proporción. Marchaban rectos como nosotros, y sin tener
necesidad de volverse para tomar el camino que querían.
Cuando deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente
sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante
un movimiento circular, como los que hacen la rueda con los
pies al aire.
La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres,
nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el
compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de
moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron
la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses (…) Zeus examinó con los dioses el partido que
debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres como en otro
tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los
sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin,
después de largas reflexiones, Zeus se expresó en estos términos: Creo haber encontrado un medio de
conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos;
así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan;
marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y
no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pie (…).
Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo lo mismo que cuando
se cortan huevos para salarlos, o como cuando con un cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida
mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había
hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del
lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una
bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros
pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se
sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el
vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo.
Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y
cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con
un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre é inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la
una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de
una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba
extinguiéndose. Zeus, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación,
porque antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las
cigarras. Zeus puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión
del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los
hijos; y si el varón se unía al varón, la sociedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás
cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; él nos recuerda
nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra
antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo,
como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades”
Platón, “El Banquete”, pp.177-179, Biblioteca Edaf, Madrid, España, 2007
3. ERICH FROMM: EL ARTE DE AMAR
¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿O es el
amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar,
algo con lo que uno «tropieza» si tiene suerte? Este libro se basa en la
primera premisa, si bien es indudable que la mayoría de la gente de hoy
cree en la segunda.
No se trata de que la gente piense que el amor carece de importancia. En
realidad, todos están sedientos de amor; ven innumerables películas basadas en
historias de amor felices y desgraciadas, escuchan centenares de canciones
triviales que hablan del amor, y, sin embargo, casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor.
Esa peculiar actitud se basa en varias premisas que, individualmente o combinadas, tienden a sustentarla. Para
la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la
propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que se los ame, cómo ser dignos
de amor. Para alcanzar ese objetivo, siguen varios caminos. Uno de ellos, utilizado en especial por los hombres,
es tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita el margen social de la propia posición. Otro, usado
particularmente por las mujeres, consiste en ser atractivas, por medio del cuidado del cuerpo, la ropa, etc.
Existen otras formas de hacerse atractivo, que utilizan tanto los hombres como las mujeres, tales como tener
modales agradables y conversación interesante, ser útil, modesto, inofensivo. Muchas de las formas de hacerse
querer son iguales a las que se utilizan para alcanzar el éxito, para «ganar amigos e influir sobre la gente». En
realidad, lo que para la mayoría de la gente de nuestra cultura equivale a digno de ser amado es, en esencia, una
mezcla de popularidad y sex-appeal.
La segunda premisa que sustenta la actitud de que no hay nada que aprender sobre el amor, es la suposición de
que el problema del amor es el de un objeto y no de una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil
encontrar un objeto apropiado para amar -o para ser amado por él-. Tal actitud tiene varias causas, arraigadas en
el desarrollo de la sociedad moderna. Una de ellas es la profunda transformación que se produjo en el siglo
veinte con respecto a la elección del «objeto amoroso». En la era victoriana, así como en muchas culturas
tradicionales, el amor no era generalmente una experiencia personal espontánea que podía llevar al matrimonio.
Por el contrario, el matrimonio se efectuaba por un convenio -entre las respectivas familias o por medio de un
agente matrimonial, o también sin la ayuda de tales intermediarios; se realizaba sobre la base de
consideraciones sociales, partiendo de la premisa de que el amor surgiría después de concertado el matrimonio-.
En las últimas generaciones el concepto de amor romántico se ha hecho casi universal en el mundo occidental
(…)
Hay en la cultura contemporánea otro rasgo característico, estrechamente
vinculado con ese factor. Toda nuestra cultura está basada en el deseo de
comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad
del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de
los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos.
El hombre (o la mujer) considera a la gente en una forma similar. Una mujer
o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. «Atractivo»
significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y
por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad. Las
características específicas que hacen atractiva a una persona dependen de la
moda de la época, tanto física como mentalmente. Durante los años que
siguieron a la Primera Guerra Mundial, una joven que bebía y fumaba,
emprendedora y sexualmente provocadora, resultaba atractiva; hoy en día la moda exige más domesticidad y
recato. A fines del siglo XIX y comienzos de éste, un hombre debía ser agresivo y ambicioso -hoy tiene que ser
sociable y tolerante- para resultar atractivo. De cualquier manera, la sensación de enamorarse sólo se desarrolla
con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio. Quiero
hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y, al mismo
tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. De ese
modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado,
dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. Lo mismo que cuando se compran
bienes raíces, suele ocurrir que las potencialidades ocultas susceptibles de desarrollo desempeñan un papel de
considerable importancia en tal transacción. En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la
que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las
relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de
trabajo.
El tercer error que lleva a suponer que no hay nada que aprender sobre el amor, radica en la confusión entre la
experiencia inicial del "enamorarse" y la situación permanente de estar enamorado, o, mejor dicho, de
«permanecer» enamorado. Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos,
dejan caer de pronto la barrera que las separa, y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad
constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso y milagroso para
aquellas personas que han vivido encerradas, aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse
facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por
su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez
más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por
matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto: en realidad,
consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar «locos» el uno por el otro, como una prueba de la
intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.
Esa actitud -que no hay nada más fácil que amar- sigue siendo la idea prevaleciente sobre el amor, a pesar de las
abrumadoras pruebas de lo contrario. Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie
con tan tremendas esperanzas y expectativas, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor. Si ello
ocurriera con cualquier otra actividad, la gente estaría ansiosa por conocer los motivos del fracaso y por corregir
sus errores -o renunciaría a la actividad-. Puesto que lo último es imposible en el caso del amor, sólo parece
haber una forma adecuada de superar el fracaso del amor, y es examinar las causas de tal fracaso y estudiar el
significado del amor.
El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir. Si
deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender
cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería.
¿Cuáles son los pasos necesarios para aprender cualquier arte?
El proceso de aprender un arte puede dividirse convenientemente en dos partes: una,
el dominio de la teoría; la otra, el dominio de la práctica. Si quiero aprender el arte de
la medicina, primero debo conocer los hechos relativos al cuerpo humano y a las
diversas enfermedades. Una vez adquirido todo ese conocimiento teórico, aún no soy
en modo alguno competente en el arte de la medicina. Sólo llegaré a dominarlo
después de mucha práctica, hasta que eventualmente los resultados de mi
conocimiento teórico y los de mi práctica se fundan en uno, mi intuición, que es la esencia del dominio de
cualquier arte. Pero aparte del aprendizaje de la teoría y la práctica, un tercer factor es necesario para llegar a
dominar cualquier arte -el dominio de ese arte debe ser un asunto de fundamental importancia; nada en el
mundo debe ser más importante que el arte. Esto es válido para la música, la medicina, la carpintería y el amor-.
Y quizá radique ahí el motivo de que la gente de nuestra cultura, a pesar de sus evidentes fracasos, sólo en tan
contadas ocasiones trata de aprender ese arte. No obstante, el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene
más importancia que el amor: éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la
forma de alcanzar esos objetivos y muy poca a aprender el arte del amor (…)
Sin amor, la humanidad no podría existir un día más. Sin embargo, si llamamos «amor» al logro de la unión
interpersonal, nos vemos frente a una seria dificultad. La fusión puede lograrse en distintas formas -y las
diferencias no son menos significativas que lo que tienen de común las diversas formas del amor-. ¿Deberíamos
llamar amor a todas ellas? ¿O tendríamos que reservar la palabra amor únicamente para una forma específica de
unión, una forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos humanísticos
en los cuatro mil años de historia occidental y oriental?
Como ocurre con todas las dificultades semánticas, la respuesta sólo puede ser arbitraria. Lo importante es que
sepamos a qué clase de unión nos referimos cuando hablamos de amor. ¿Trátase del amor como solución
madura al problema de la existencia, o nos referimos a esas formas inmaduras de amar que podríamos llamar
unión simbiótica?
La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación entre la madre embarazada y el feto. Son dos y, sin
embargo, uno solo. Viven «juntos» (sym-biosis), se necesitan mutuamente. El feto es parte de la madre y recibe
de ella cuanto necesita; la madre es su mundo, por así decirlo; lo alimenta, lo protege, pero también su propia
vida se ve realzada por él. En la unión simbiótica psíquica, los dos cuerpos son independientes, pero
psicológicamente existe el mismo tipo de relación.
La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión, o, para usar un término clínico, el masoquismo. La
persona masoquista escapa del intolerable sentimiento de aislamiento y separatidad convirtiéndose en una parte
de otra persona que la dirige, la guía, la protege, que es su vida y el aire que respira, por así decirlo. Se exagera
el poder de aquel al que uno se somete, se trate de una persona o de un dios; él es todo, yo soy nada, salvo en la
medida en que formo parte de él. Como tal, comparto su grandeza, su poder, su seguridad. La persona
masoquista no tiene que tomar decisiones, ni correr riesgos; nunca está sola, pero no es independiente; carece de
integridad; no ha nacido aun totalmente.
La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación, o, para utilizar el término correspondiente a
masoquismo, el sadismo. La persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de estar aprisionada
haciendo de otro individuo una parte de sí misma. Se siente acrecentada y realzada incorporando a otra persona,
que la adora.
La persona sádica es tan dependiente de la sumisa como ésta de aquélla; ninguna de las dos puede vivir sin la
otra. La diferencia sólo radica en que la persona sádica domina, explota, lastima y humilla, y la masoquista es
dominada, explotada, lastimada y humillada. En un sentido realista, la diferencia es considerable; en un sentido
emocional profundo, la diferencia no es mayor que lo que ambas tienen en común: la fusión sin integridad.
Desde ese punto de vista, tampoco es sorprendente encontrar que, por lo general, una persona reacciona tanto en
forma sádica como masoquista, habitualmente con respecto a objetos diferentes
(…) El amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la
propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre; un poder que
atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás;
el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no
obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad. En el amor se da la
paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.
El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un «estar continuado», no un «súbito
arranque». En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor
afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.
¿Qué es dar? Por simple que parezca la
respuesta, está en realidad plena de
ambigüedades y complejidades. El malentendido más común
consiste en suponer que dar significa «renunciar» a algo,
privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha
desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la
orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar.
El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de
recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa. La gente
cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un
empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido
de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto
mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor
sufrir una privación que experimentar alegría.
Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión
de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de
vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante,
pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino
porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos
elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto
y conocimiento.
Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna
declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de alimentarlo,
de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico; y creemos en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo
ocurre incluso con el amor a los animales y las flores. Si una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos
que se olvida de regarlas, no creeríamos en su «amor» ú las flores. El amor es la preocupación activa por la vida
y el crecimiento de lo que amamos. (…)
La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad, si no fuera por un tercer
componente del amor, el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz
de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su
individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es.
De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle
por sí misma, en la forma que les es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con
ella, pero con ella_ tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el
respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar
ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad (…)
Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los
guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación. (…) Sólo es posible
cuando puedo trascender la preocupación por mí mismo y ver a la otra persona en sus propios términos. Puedo
saber, por ejemplo, que una persona está encolerizada, aunque no lo demuestre abiertamente; pero puedo llegar
a conocerla más profundamente aún; sé entonces que está angustiada, e inquieta; que se siente sola, que se
siente culpable. Sé entonces que su cólera no es más que la manifestación de algo más profundo, y la veo
angustiada e inquieta, es decir, como una persona que sufre y no como una persona enojada. Pero el
conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el problema del amor. La
necesidad básica de fundirse con otra persona para trascender de ese modo la
prisión de la propia separatidad se vincula, de modo íntimo, con otro deseo
específicamente humano, el de conocer el «secreto del hombre». Si bien la vida en
sus aspectos meramente biológicos es un milagro y un secreto, el hombre, en sus
aspectos humanos, es un impenetrable secreto para sí mismo -y para sus
semejantes-. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar,
no nos conocemos. Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los
conocemos, porque no somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes.
Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros,
más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir
el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que
es «él».
Hay una manera, una manera desesperada, de conocer el secreto: es el poder absoluto sobre otra persona; el
poder que le hace hacer lo que queremos, sentir lo que queremos, pensar lo que queremos; que la transforma en
una cosa, nuestra cosa, nuestra posesión (…)
El amor es la única forma de conocimiento, que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda. En el acto de amar,
de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a
ambos, descubro al hombre. El anhelo de conocernos a nosotros mismos y de conocer a nuestros semejantes fue
expresado en el lema délfico: «Conócete a ti mismo.» (…)
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen un
síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura; esto es, en la persona que desarrolla
productivamente sus propios poderes, que sólo desea poseer los que ha ganado con su trabajo, que ha
renunciado a los sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa
fuerza interior que sólo la genuina actividad productiva puede proporcionar. (…)
Para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a los diez años (…), el problema consiste casi
exclusivamente en ser amado -en ser amado por lo que se es-. Antes de esa edad, el niño aún no ama;
responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda. A esa altura del desarrollo infantil, aparece en el
cuadro un nuevo factor: un nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad. Por
primera vez, el niño piensa en dar algo a sus padres, en producir algo -un poema, un dibujo, o lo que
fuere-. Por primera vez en la vida del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en crear
amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo hasta la madurez del amor. Eventualmente, el
niño, que puede ser ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo; la otra persona ya no es
primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las necesidades de la otra persona son
tan importantes como las propias; en realidad, se han vuelto más importantes. Dar es más satisfactorio,
más dichoso que recibir; amar, aún más importante que ser amado. Al amar, ha abandonado la prisión
de soledad y aislamiento que representaba el estado de narcisismo y autocentrismo. Siente una nueva
sensación de unión, de compartir, de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor -antes que la
dependencia de recibir siendo amado- para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo -o «bueno»-. El
amor infantil sigue el principio: «Amo porque me aman.» El amor maduro obedece al principio: «Me
aman porque amo.» El amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito.» El amor maduro dice: «Te
necesito porque te amo.» (…)
LOS OBJETOS AMOROSOS
El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del
carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un «objeto»
amoroso. Si una persona ama sólo a otra y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, sino
una relación simbiótica, o un egotismo ampliado. Sin embargo, la mayoría de la gente supone que el amor está
constituido por el objeto, no por la facultad. En realidad, llegan a creer que el hecho de que no amen sino a una
determinada persona prueba la intensidad de su amor. (…). Como no comprenden que el amor es una actividad,
un poder del alma, creen que lo único necesario es encontrar un objeto adecuado -y que después todo viene
solo-. Puede compararse esa actitud con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte
sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre. Si amo
realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si puedo decirle a alguien «Te
amo», debo poder decir «Amo a todos en ti, a través de ti amo al mundo, en ti me amo también a mí mismo».
Decir que el amor es una orientación que se refiere a todos y no a uno no implica, empero, la idea de que no hay
diferencias entre los diversos tipos de amor, que dependen de la clase de objeto que se ama (amor fraternal,
amor materno, amor erótico, amor a sí mismo, amor a Dios)
Hemos llegado ahora a las premisas psicológicas básicas que fundamentan las conclusiones
de nuestro argumento. En términos generales, dichas premisas son las siguientes: no sólo los
demás, sino nosotros mismos, somos «objeto» de nuestros sentimientos y actitudes; las
actitudes para con los demás y para con nosotros mismos, lejos de ser contradictorias, son
básicamente conjuntivas. En lo que toca al problema que examinamos, eso significa: el amor
a los demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas. Por el contrario, en todo individuo capaz de amar
a los demás se encontrará una actitud de amor a sí mismo. El amor, en principio, es indivisible en lo que atañe a
la conexión entre los «objetos» y el propio ser. El amor genuino constituye una expresión de la productividad, y
entraña cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento. No es un «afecto» en el sentido de que alguien nos
afecte, sino un esforzarse activo arraigado en la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento y la
felicidad de la persona amada.
Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar. (…) De ello se deduce que mi
propia persona debe ser un objeto de mi amor al igual que lo es otra persona. La afirmación de la
vida, felicidad, crecimiento y libertad propios está arraigada en la propia capacidad de amar, esto
es, en el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento. Si un individuo es capaz de
amar productivamente, también se ama a sí mismo; si sólo ama a los demás, no puede amar en
absoluto. (…)
Fromm, E. El arte de amar, Editorial Paidós, España, 1959 (Selección de texto)
Material elaborado por la Profa. Alejandra Sánchez