0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas18 páginas

Codificación y Decodificación en Comunicación

Stuart Hall critica el modelo lineal de comunicación de masas, proponiendo en su lugar una estructura compleja que incluye momentos de producción, circulación, distribución/consumo y reproducción. Este enfoque destaca que el significado y el mensaje son vehículos de signos organizados a través de códigos, y que la codificación y decodificación son procesos interdependientes que pueden generar malentendidos. La comunicación es un proceso dinámico y relacional, donde la producción y recepción del mensaje están profundamente interconectadas y no pueden ser entendidas de manera aislada.

Cargado por

Camila
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas18 páginas

Codificación y Decodificación en Comunicación

Stuart Hall critica el modelo lineal de comunicación de masas, proponiendo en su lugar una estructura compleja que incluye momentos de producción, circulación, distribución/consumo y reproducción. Este enfoque destaca que el significado y el mensaje son vehículos de signos organizados a través de códigos, y que la codificación y decodificación son procesos interdependientes que pueden generar malentendidos. La comunicación es un proceso dinámico y relacional, donde la producción y recepción del mensaje están profundamente interconectadas y no pueden ser entendidas de manera aislada.

Cargado por

Camila
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

TEM – Clase 2:

Stuart Hall Codificar y Decodificar

Tradicionalmente, la investigación en comunicación de masas ha conceptualizado el


proceso de comunicación en términos de circuito de circulación. Este modelo ha sido
criticado por su linealidad Emisor/Mensaje/Receptor- por su concentración en el nivel
del intercambio de mensaje y por la ausencia de una concepción estructurada de los
diferentes momentos como una estructura compleja de relaciones. Pero también es
posible (y útil) pensar este proceso en términos de una estructura producida y
sostenida a través de la articulación de momentos relacionados pero distintivos -
Producción, Circulación, Distribución/Consumo, Reproducción-. Esto llevaría a pensar
el proceso como una "estructura compleja dominante", sostenida a través de la
articulación de prácticas conectadas, cada una de las cuales, retiene sin embargo, su
carácter distintivo y tiene su modalidad específica propia, sus propias formas y
condiciones de existencia. Esta segunda aproximación, homóloga a la que forma el
esqueleto de la producción material ofrecida en los Manuscritos y El Capital de Marx,
tiene además la ventaja de descubrir más agudamente cómo un circuito continuo -
producción-distribuciónproducción- puede sostenerse a través del "pasaje de formas".
También ilumina la especificidad de las formas en que el producto del proceso
"aparece" en cada momento, y de ese modo, qué distingue "producción" discursiva de
otros tipos de producción en nuestra sociedad y en los sistemas de comunicación
modernos. El "objeto" de estas prácticas es el significado y los mensajes en la forma de
vehículos de signos de una clase específica organizados, como cualquier forma de
comunicación o lenguaje, a través de las operaciones de códigos dentro de la cadena
sintagmática de un discurso . Los aparatos, relaciones y prácticas de producción así
concebidas, en un cierto momento (el momento de producción/circulación) en la
forma de vehículos simbólicos construidos dentro de las reglas del "lenguaje". Este
proceso requiere, de este modo, en el fin de la producción, sus instrumentos
materiales -sus "medios"- así como sus propios equipos de relaciones sociales (de
producción)- la organización y combinación de prácticas dentro de los aparatos de los
medios masivos de comunicación, pero es en la forma discursiva que la circulación del
producto tiene lugar, así como su distribución a las distintas audiencias. Una vez
completado, el discurso debe entonces ser traducido-transformado nuevamente en
prácticas sociales si el circuito va a ser a la vez completado. Si no hay "significado"
puede no haber "consumo". Si no se articula el significado en la práctica, no tiene
efecto. El valor de esta aproximación es que mientras cada uno de los momentos, en
articulación, es necesario para el circuito como un todo, ningún momento puede
garantizar completamente el momento siguiente con que está articulado. Desde que
cada momento tiene su modalidad específica y sus condiciones de existencia cada
una puede constituir su propio corte o interrupción del "pasaje de formas" de cuya
continuidad depende el fluir de producción efectiva (esto es, reproducción). Así, no
queriendo limitar la investigación "a seguir sólo aquellas líneas guías que emergen de
los análisis de contenido", debemos reconocer que la forma discursiva del mensaje
tiente una posición privilegiada en el intercambio comunicativo (desde el punto de
vista de la circulación), y que los momentos de "codificación" y "decodificación" son
momentos determinados, a través de una "autonomía relativa" en relación con el
proceso de comunicación como un todo. Un hecho histórico no puede, de este modo,
ser transmitido "en bruto" en, por ejemplo, un noticiero televisivo. Los hechos pueden
ser significados sólo dentro de las formas auditivo-visuales del discurso televisivo. En
el momento en que un hecho histórico pasa bajo el signo del discurso, está sujeto a
todas las "reglas" complejas formales a través de las cuales el lenguaje significa. Para
decirlo en forma paradójica, el evento debe convertirse en una "historia/relato" antes
de que pueda convertirse en un evento comunicativo . En ese momento las sub-reglas
formales del discurso están "en función dominante", sin, por supuesto subordinar la
existencia del evento histórico así significado, las relaciones sociales en las cuales las
reglas trabajan o las consecuencias sociales o políticas del evento que ha sido
significado de este modo. La "forma mensaje" es la "forma de aparición" necesaria del
evento en este pasaje entre la fuente y el receptor. De este modo la transposición
dentro y fuera de la "forma mensaje" (el modo de intercambio simbólico) no es un
momento "azaroso" que podamos olvidar o ignorar de acuerdo con nuestra
conveniencia. La "forma mensaje" es un momento determinado, aunque, a otro nivel,
comprende los movimientos superficiales del sistema de comunicaciones y requiere,
en otro nivel, ser integrado dentro de las relaciones sociales del proceso de
comunicación como un todo, del cual el sólo forma parte. Desde esta perspectiva
general, podemos caracterizar el proceso de comunicación televisivo, grosso modo,
como sigue. Las estructuras institucionales de broadcasting, con sus prácticas y redes
de producción, sus relaciones organizadas o infraestructuras técnicas, se requieren
para producir un programa. Usando la analogía de El Capital éste es el "proceso de
trabajo" en el modo discursivo. La producción aquí, constituye el mensaje. En un
sentido, entonces el circuito comienza aquí. Por supuesto, el proceso de producción
no carece de su aspecto "discursivo": éste también está estructurado a través de
significados e ideas conocimiento en uso acerca de las rutinas de producción,
desempeños técnicos históricamente definidos, ideologías profesionales,
conocimiento institucional, definiciones y creencias, creencias acerca de la audiencia,
etc., la estructura o marco de constitución del programa a través de su estructura de
producción. Más aún, aunque las estructuras de producción de televisión originan el
discurso televisivo, ellas no constituyen un sistema cerrado. Ellas reúnen temas,
tratamientos, agendas, eventos, personas, imágenes de audiencia, "definiciones de
situación" de otras fuentes y otras formaciones discursivas dentro de estructuras
políticas y socioculturales más amplias, de las cuales son sólo una parte diferenciada.
Philip Elliot expresó esto suscintamente, dentro de un marco de trabajo más
tradicional, en su discusión sobre el modo en que la audiencia es a la vez "origen" y
"receptor" del mensaje televisivo. Así, tomando prestados términos de Marx -
circulación y recepción son, en efecto, "momentos" del proceso de producción en
televisión y son incorporados mediante un número deretroalimentaciones
estructuradas e indirectas, en el proceso mismo de producción. El consumo y
recepción del mensaje televisivo es también él mismo un "momento" del proceso de
producción en un sentido más amplio, a pesar de ser el último en "predominante"
porque es el "punto de partida de la efectivización" del mensaje. La producción y
recepción del mensaje televisivo no son, por lo tanto, idénticas pero están
relacionadas: son momentos diferenciados dentro de la totalidad formada por las
relaciones sociales del proceso comunicativo como un todo. En cierto punto, sin
embargo, las estructuras de radiofonía deben ofrecer mensajes codificados en la
forma de discurso significativo. Las relaciones institucionales y sociales de producción
deben pasar por las reglas discursivas del lenguaje para que su producto se haga
efectivo.

Explicación:

En este texto, Stuart Hall problematiza el modelo tradicional de la comunicación de


masas, que suele entenderse como un proceso lineal y simple en el que un emisor
transmite un mensaje a un receptor. Este enfoque, dice Hall, resulta limitado porque se
concentra solamente en el intercambio del mensaje, sin considerar la complejidad
estructural del proceso comunicativo en su totalidad. Para superar esa mirada
reduccionista, propone una forma más amplia y articulada de pensar la comunicación,
en la que intervienen distintos momentos que, aunque relacionados, mantienen
características propias. Estos momentos son la producción, la circulación, la
distribución/consumo y la reproducción.

Cada uno de estos momentos está atravesado por reglas, condiciones y prácticas
específicas, y ninguno de ellos puede garantizar por sí mismo el funcionamiento del
siguiente. Es decir, por más que un mensaje sea producido con una intención
determinada, esto no asegura que se circule, se consuma o se reproduzca tal como fue
pensado. Esta articulación de momentos da lugar a lo que Hall llama una “estructura
compleja dominante”, en la que se sostiene el circuito de la comunicación mediante el
pasaje de formas. Esta idea de pasaje tiene relación con la forma en que los
significados se transforman, se codifican y se decodifican a medida que pasan de una
etapa a otra.

Para Hall, lo que circula en este proceso no es simplemente un objeto o un contenido,


sino un significado, es decir, un mensaje que funciona como vehículo de signos
organizados según las reglas del lenguaje. En otras palabras, en el corazón del proceso
comunicativo está la producción de sentido, y esta producción no puede separarse
del lenguaje que la hace posible. Por eso, incluso si hablamos de un hecho histórico
concreto, ese hecho no puede simplemente "mostrarse" tal cual es en un medio como
la televisión: tiene que pasar por el lenguaje del medio, por sus formas visuales,
auditivas, narrativas. Tiene que convertirse en una historia para poder ser comunicado.
El evento se transforma, entonces, en una “forma-mensaje”, que es la única manera
en la que puede aparecer en el circuito comunicativo.

Este paso por la forma discursiva no es un momento azaroso que podamos omitir o
ignorar: es esencial. El mensaje se produce siguiendo ciertas reglas del lenguaje, pero
también está condicionado por los medios materiales y las relaciones sociales de
producción que lo hacen posible (por ejemplo, las instituciones mediáticas, sus
prácticas, sus técnicos, sus creencias sobre la audiencia, etc.). La televisión, como
caso particular, se convierte en una herramienta privilegiada para observar este
proceso. La producción de un programa televisivo requiere una infraestructura técnica
e institucional compleja, que organiza no solo los aspectos técnicos, sino también los
significados que se buscan transmitir.

Además, Hall señala que estos medios no funcionan de forma cerrada o aislada.
Incorporan contenidos, temas, discursos de otras fuentes, de otras estructuras
sociales, culturales o políticas. Por eso, aunque el mensaje se origine en las
estructuras de producción de la televisión, esas estructuras están a su vez influidas por
otros discursos. Incluso la audiencia, tradicionalmente vista como receptora pasiva,
aparece también como origen del mensaje, ya que su imagen influye en cómo se
produce y se organiza el contenido.

Finalmente, Hall insiste en que la recepción no es simplemente el final del camino,


sino un momento clave en el circuito, porque es allí donde el mensaje cobra vida,
donde el significado se actualiza, se interpreta, se resignifica. La producción y la
recepción no son idénticas, pero están profundamente vinculadas. De hecho, el
circuito no se completa hasta que el mensaje es interpretado por alguien, es decir,
hasta que el contenido codificado es también decodificado. Y dado que la
codificación y la decodificación no son procesos idénticos, pueden ocurrir
malentendidos, resistencias, lecturas alternativas o incluso apropiaciones creativas
del mensaje.

Así, Hall propone una visión dinámica, relacional y compleja de la comunicación, que
no puede reducirse a un simple intercambio de información. En su lugar, plantea un
proceso estructurado en múltiples niveles, donde el sentido se construye, se
transforma y se disputa constantemente.

------------------------------
Esto inicia un momento diferenciado posterior, en el cual las reglas formales del
discurso y de lenguaje están en función dominante. Antes de que este mensaje pueda
tener un "efecto", satisfacer una "necesidad" o ser puesto en "uso" debe primero ser
apropiado en tanto discurso significativo y estar significativamente codificado. Es este
conjunto de significados codificados el que "tiene un efecto", influye, entretiene,
instruye o persuade, con consecuencias de comportamiento, porceptuales, cognitivas,
emocionales, ideológicas muy complejas. En un momento "determinando" el
"mensaje" a través de su decodificación seemite dentro de la estructura de las
prácticas sociales. Estamos completamente advertidos de que esta re-entrada en las
prácticas de recepción de audiencia y "uso" no puede ser entendida en términos
simples de conductismo. Los procesos típicos identificados en la investigación
positivista como elementos aislados -efectos, usos, "gratificación"-, están ellos
mismos encuadrados en estructuras de entendimiento, a la vez que son producidos
por relaciones sociales y económicas que modelan su "efectivización" en la recepción
al final de la cadena y que permitan que los contenidos significados en el discurso sean
transpuestos en práctica o conciencia (para adquirir valor de uso social o efectividad
política). Obviamente lo que hemos etiquetado en el diagrama como "estructuras
significativas 1" y "estructuras significativas 2" pueden no ser las mismas. No
constituyen una "inmediata identidad". Los códigos de codificación y decodificación
pueden no ser perfectamente simétricos. Los grados de simetría -esto es, los grados de
"comprensión" o "incomprensión" en el intercambio comunicativo-depende de los
grados de simetría/asimetría (relaciones de equivalencia) establecidos entre las
posiciones de " personificaciones", codificador-productoy y decodificador-receptor.
Pero esto a su vez depende de los grados de identidad - no identidad entre los códigos
que perfecta o imperfectamente transmiten, interrumpen o sistemáticamente
distorcionan lo que tiene que ser transmitido. La ausencia de ajuste entre los códigos
tiene mucho que ver con las diferencias estructurales de relación y posición entre los
emisores radiales y las audiencias, pero también tiene algo que ver con la asimetría
entre los códigos de la "fuente" y el "receptor" en el momento de transformación dentro
y fuera de la forma discursiva. Lo que se llama "distorsiones" o "malentendidos" surge
precisamente por la falta de equivalencia entre dos lados del intercambio
comunicativo. Una vez más, esto define la "autonomía relativa" pero "determinación"
de la entrada y salida del mensaje en sus momentos discursivos. La aplicación de este
paradigma rudimentario ha comenzado a transformar ya nuestra comprensión del viejo
término, "contenido" televisivo. Estamos comenzando a ver cómo puede también
transformar nuestra comprensión de la recepción de la audiencia, "lectura" y
respuesta. Los comienzos y los finales ya han sido anunciados antes en la
investigación de comunicaciones, por lo tanto debemos ser cuidadosos. Pero parece
haber base para pensar que se está abriendo una faz nueva y excitante en la llamada
investigación de audiencia, pero de un nuevo tipo. En cualquiera de los extremos de la
cadena comunicativa el uso del paradigma semiótico promete disipar el behaviorismo
que ha entorpecido la investigación en medios masivos por tanto tiempo,
especialmente en esta aproximación al contenido. Aunque sepamos que el programa
de televisión no es un input de conducta, ha sido casi imposible para los investigadores
tradicionales conceptualizar el proceso comunicativo sin patinar en una u otra variante
del behaviorismo de corto vuelo. Sabemos como Gerbner ha indicado que las
representaciones de violencia en la pantalla de televisión "no son violencia sino
mensajes acerca de violencia" pero hemos continuado investigando la cuestión de la
violencia, por ejemplo, como si fuéramos incapaces de comprender la distinción
epistemológica. El signo televisivo es complejo. Está constituido por la combinación de
dos tipos de discurso, visual y auditivo. Más aún, es un signo icónico, en la terminología
de Pierce, porque "posee algunas de las propiedades de la cosa representada". Este es
un punto que ha conducido a grandes confusiones y ha instalado una intensa
controversia en el estudio del lenguaje visual. En la medida en que el discurso visual
traspone un mundo tridimensional a planos bidimensionales, no puede, por supuesto
ser el referente o concepto que significa. Un perro en una película puede ladrar pero no
puede morder. La realidad existe fuera del lenguaje pero está constantemente mediada
por y a través del lenguaje en relaciones y condiciones reales. Así no existe un discurso
inteligible sin la operación de un código icónico y los signos son por lo tanto signos
codificados también -aún si los códigos funcionan en forma muy diferente aquí en los
de otros signos. No hay grado cero en el lenguaje. En el naturalismo y "realismo" la
aparente fidelidad de la representación de la cosa o del concepto representado, es el
resultado, el efecto de una específica articulación del lenguaje sobre lo "real". Es el
resultado de una práctica discursiva. Ciertos códigos pueden, por supuesto, estar tan
ampliamente distribuidos en el lenguaje específico de una comunidad o cultura, y
haber sido aprendidos a tan temprana edad, que puede parecer que no están
construidos -el efecto de una articulación entre signo y referente- sino ser dados
"naturalmente". Los signos visuales simples parecen haber adquirido una "casi-
universalidad" en este sentido: aunque reste evidencia de que son aparentemente
códigos visuales "naturales" son específicos de una cultura. Sin embargo, esto no
significa que no existan códigos que han sido profundamente "naturalizados". La
operación de códigos naturalizados revela no la transparencia y "naturalidad" del
lenguaje sino la profundidad del hábito y la "casi-universalidad" de los códigos en uso.
Ellos producen reconocimientos aparentemente "naturales". Esto tiene el efecto
(ideológico) de ocultar las prácticas de codificación que están presentes. Pero no
debemos ser engañados por las apariencias. En realidad lo que el código naturalizado
demuestra es el grado de hábito producido cuando hay un vínculo y reciprocidad -una
equivalencia- entre los extremos de codificación en un intercambio de significados. El
funcionamiento de los códigos en el extremo de la decodificación frecuentemente
asumirá el status de percepciones naturalizadas. Esto conduce a pensar que el signo
visual de "vaca" en realidad es (más que representa) el animal, vaca. Pero ni pensamos
en la representación visual de una vaca en un manual y más aún en el signo lingüístico
"vaca" -podemos ver que ambos, en diferentes grados son arbitrarios con respecto al
concepto de animal que ellos representan. La articulación de un signo arbitrario -ya
sea visual o verbal- con el concepto de un referente es el producto, no de la naturaleza
sino de la convención, y la convención de los discursos requiere la intervención, el
soporte, de códigos. Así Eco sostiene que los signos icónicos "lucen como los objetos
en el mundo real porque reproducen las condiciones (esto es, los códigos) de
percepción en el sujeto que los ve". Estas "condiciones de percepción" son, sin
embargo, el resultado de una alta codificación, (aún si son virtualmente inconscientes)
de un conjunto de operaciones de decodificación. Esto es tan cierto con respecto a la
imagen fotográfica o televisiva como lo es de cualquier otro signo. Los signos icónicos
son, sin embargo particularmente vulnerables de ser leídos como naturales porque los
códigos de percepción visual están ampliamente distribuidos y porqué este tipo de
signo es menos arbitrario que el lingüístico: el signo lingüístico "vaca" no posee
ninguna de las propiedades de la cosa representada, mientras que el signo visual
parece poseer algunas de estas propiedades. Esto puede ayudarnos a clarificar la
confusión en la teoría lingüística y a definir con precisión algunos términos claves que
se utilizan en este artículo La teoría lingüística frecuentemente emplea la distinción
entre "denotación" y "connotación".

Explicación:

En esta segunda parte del texto, Hall profundiza en lo que ocurre una vez que el
mensaje ha sido producido y codificado: ahora entra en un momento diferente del
circuito comunicativo, en el que las reglas del discurso y del lenguaje asumen un rol
central. Antes de que ese mensaje pueda tener un efecto, satisfacer alguna
necesidad o ser utilizado, debe ser interpretado como un discurso significativo, es
decir, debe ser decodificado de manera que cobre sentido para quien lo recibe.

Esto significa que lo que realmente puede generar efectos emocionales, ideológicos o
de comportamiento en el receptor no es el mensaje en sí, sino la forma en que ese
mensaje ha sido codificado con significados, y cómo luego es decodificado. Esos
efectos, entonces, no son automáticos ni mecánicos, sino el resultado de un complejo
entramado de procesos perceptivos, cognitivos, sociales e ideológicos. En otras
palabras, no basta con que un mensaje sea emitido para que cumpla su función
comunicativa: debe pasar por todo un proceso de comprensión situada.

Hall advierte que no se puede pensar la recepción en términos conductistas, como


si los receptores simplemente reaccionaran a estímulos externos. Las teorías
positivistas tradicionales trataban elementos como los efectos o las gratificaciones
como entidades aisladas, pero Hall propone que estos elementos están enmarcados
en estructuras de comprensión que dependen de condiciones sociales, económicas
y culturales. Por eso, el hecho de que un mensaje llegue a tener un valor político o
social, o que produzca algún tipo de práctica concreta, depende de todo el circuito
por el que ha pasado, incluyendo la forma en que fue leído y apropiado por la
audiencia.

Uno de los puntos clave de esta parte es que Hall diferencia entre lo que llama
“estructuras significativas 1” (codificación) y “estructuras significativas 2”
(decodificación). Estas estructuras pueden no coincidir, ya que los códigos de quien
emite y de quien recibe el mensaje pueden ser diferentes. La asimetría entre estos
códigos puede generar malentendidos, resistencias o interpretaciones inesperadas.
Esto no es simplemente un “error” de comunicación, sino que revela la autonomía
relativa de cada momento del proceso, donde cada instancia tiene sus propias
condiciones de posibilidad.

Hall también señala que esta perspectiva ha comenzado a transformar nuestra forma
de entender no solo el “contenido” televisivo, sino también la manera en que las
audiencias lo interpretan y responden. Gracias a la incorporación del paradigma
semiótico, se empieza a superar la visión conductista que dominó durante tanto
tiempo los estudios sobre medios. Ya no se trata de pensar la televisión como un
simple “input de conducta”, sino como un sistema de signos que debe ser
interpretado a partir de códigos.

Esto lleva a Hall a introducir una reflexión sobre los signos televisivos. A diferencia del
signo lingüístico (como la palabra “vaca”, que no tiene ninguna relación visual con el
animal), los signos audiovisuales tienen un componente icónico, es decir, parecen
compartir propiedades con aquello que representan. Por eso, una imagen de una
vaca puede parecer más “natural” que la palabra “vaca”, aunque en realidad también
es un signo que ha sido construido discursivamente.

Este punto es crucial: incluso lo que parece “natural” en la imagen —como una vaca
que parece “ser” una vaca— es en verdad el efecto de una codificación cultural
profundamente arraigada. Hall retoma aquí la idea de códigos naturalizados: aquellos
que han sido tan ampliamente compartidos y aprendidos desde edades tan tempranas
que se nos presentan como “obvios” o “naturales”, aunque no lo sean. Este tipo de
códigos producen una ilusión de transparencia: hacen que olvidemos que estamos
frente a una representación construida y no ante la “realidad misma”.

La operación de estos códigos naturalizados tiene, además, un efecto ideológico:


ocultan las prácticas discursivas y las decisiones que se tomaron al representar ese
objeto o escena. En otras palabras, borran su condición de construcción, y con ello,
también los intereses, valores o puntos de vista que están en juego en esa
representación.
Por eso, incluso los signos visuales más simples —como una imagen de una vaca, un
árbol o una persona— deben ser comprendidos como signos codificados, productos
de convenciones culturales específicas. Hall cita a Umberto Eco para reforzar esta
idea: los signos icónicos parecen reales porque reproducen las condiciones de
percepción que se activan en quien los ve. Pero esas condiciones de percepción
también son el resultado de una codificación previa, aunque muchas veces
inconsciente.

Entonces, el signo televisivo —y por extensión, cualquier signo audiovisual— no


escapa al lenguaje ni a la cultura. Aunque pueda parecer más directo, más “real”, su
comprensión también depende de códigos sociales e históricos, y su interpretación
nunca es automática ni universal. Hall insiste en que no hay un “grado cero” del
lenguaje: toda representación está atravesada por convenciones que nos permiten
reconocer y dar sentido a lo que vemos y escuchamos.

------------------------

El término "denotación" se equipara con el sentido literal de un signo. "Connotación"


en cambio suele ser empleado simplemente para referirse a significados menos fijados
y por lo tanto más convencionalizados, asociativos, los cuales varían y dependen de la
intervención de códigos. Nosotros no usamos la distinción denotación/connotación en
este sentido. Desde nuestro punto de vista se trata de una distinción analítica que no
debe ser confundida con distinciones en el mundo real. Hay muy pocas instancias en
que los signos organizados en un discurso signifiquen sólo su sentido "literal" (es decir,
un consenso casi universal). En el discurso real la mayoría de los signos combinan
ambos aspectos, el denotativo y el connotativo. Se puede preguntar entonces si es útil
mantener esta distinción. El valor analítico reside en que el signo parece adquirir su
valor ideológico pleno -parece estar abierto a la articulación con discursos y
significados ideológicos más amplios- en el nivel de los significados "asociativos" (esto
es, en el nivel connotativo) -porque los significados no están fijados en una natural
percepción (no están naturalizados) y su fluidez de significado y asociación puede ser
más ampliamente explotada y transformada. Por lo tanto, es en el nivel connotativo del
signo que las situaciones ideológicas alteran y transforman la significación. En este
nivel podemos ver más claramente la intervención de las ideologías en y sobre el
discurso: aquí el signo se abre a nuevos acentos, entonaciones y, en términos de
Voloshinov, entra plenamente en una lucha acerca de las significaciones, la lucha de
clases dentro del enunciado. Esto no significa que el significado denotativo o "literal"
está fuertemente fijado porque se ha vuelto tan plenamente universal y "natural". Los
términos "denotación" y "connotación" entonces son herramientas analíticas, no para
distinguir en contextos particulares, entre la presencia/ausencia de ideología en el
lenguaje sino para distinguir los diferentes niveles en los cuales ideologías y discursos
se interceptan. El nivel de la connotación en el signo visual, de su referencia contextual
y posición en los diferentes campos discursivos de significación y asociación, es el
punto donde los signos ya codificados se intersectan con los códigos semánticos
profundos de una cultura y toman una dimensión ideológica adicional, más activa.
Podemos tomar un ejemplo del discurso publicitario. Aquí tampoco existe lo
puramente denotativo y ciertamente no hay representación "natural". Todo signo visual
en publicidad connota una cualidad, situación, valor o inferencia, que está presente
como un significado de implicancia o implicación que depende de su posición
connotacional. En el ejemplo de Barthes, el sweater siempre significa "abrigo cálido"
(denotación) y de allí la actividad/valor de "conservar el calor". Pero en sus niveles más
connotativos también puede significar "la llegada del invierno" o "un día frío". Y en
subcódigos de la moda especializados sweater puede significar muy diversas cosas.
En este nivel claramente se contrae relaciones del signo con un universo de ideologías
en la sociedad. Estos códigos son los medios por los cuales el poder y la ideología
significan en los discursos particulares. Ellos remiten los signos a los "mapas de
significados" en los cuales cualquier cultura está clasificada; y estos "mapas de
realidad social" tienen un amplio espectro de significados sociales, prácticas, usos,
poder e intereses "escritos" en ellos. Los niveles connotativos de significación como
resalta Barthes, "tienen una estrecha comunicación con la cultura, el conocimiento, la
historia, y es a través de ellos que el contexto, entorno del mundo invade el sistema
lingüístico y semántico. Ellos son, fragmentos de ideología" (Barthes R: Elementos de
semiología). El sí llamado nivel denotativo del signo televisivo está fijado por ciertos
códigos muy complejos pero limitados o "cerrados". Su nivel connotativo, aunque
también está limitado, es más abierto, sujeto a transformaciones más activas, que
explotan sus valores polisémicos. Cualquier signo ya constituido es potencialmente
transformable en una configuración connotativa (o varias). La polisemia no debe ser
confundida sin embargo con el pluralismo. Los códigos connotativos no son iguales
entre ellos. Cualquier sociedad o cultura tiende, con diferentes grados de clausura, a
imponer sus clasificaciones del mundo político, social y cultural. Estas constituyen el
ORDEN CULTURAL DOMINANTE aunque nunca sea unívolco o no contestado. La
cuestión de la "estructura de discursos dominantes" es un punto crucial. Las
diferentes áreas de la vida social están diseñadas a través de dominios discursivos
jerárquicamente organizados en significados dominantes o preferentes. Los eventos
nuevos, problemáticos o conflictivos que quiebran nuestras expectativas o nuestras
construcciones de sentido común, deben ser asignados a sus dominios discursivos
antes de que puedan "tener sentido". El modo más común de ubicar en el "mapa" estos
hechos es asignar lo nuevo a algún dominio de los existentes en el "mapa de la realidad
social problemática". Decimos "dominantes" y no "determinantes" porque siempre es
posible ordenar, clasificar y decodificar un evento dentro de más de uno de los
dominios. Pero decimos "dominante" porque existe un patrón de "lecturas preferentes"
y ambos llevan el orden institucional/político e ideológico impreso en ellos y se han
vuelto ellos mismos institucionalizados. Los dominios de los significados "preferentes"
están embebidos y contienen el sistema social como un conjunto de significados,
prácticas y creencias: el conocimiento cotidiano de las estructuras sociales, de "cómo
funcionan las cosas para todos los propósitos prácticos en esta cultura", el rango de
poder e interés y la estructura de limitaciones y sanciones.

Explicación:

En esta sección, los autores abordan los conceptos de denotación y connotación, dos
nociones clave en la semiología, pero lo hacen desde una postura crítica. En lugar de
aceptar las definiciones tradicionales —que entienden la denotación como el
significado literal, y la connotación como los significados asociados, simbólicos o
culturales—, proponen no pensar estas categorías como realidades del mundo, sino
como herramientas analíticas útiles para entender cómo funcionan los signos dentro
del discurso.

Dicen que en el mundo real es casi imposible encontrar un signo que signifique solo
de manera literal, es decir, sin ningún tipo de connotación cultural o ideológica. La
mayoría de los signos combinan estos dos niveles: el denotativo (lo que en principio
designan) y el connotativo (los sentidos asociados, que dependen del contexto, la
cultura y los códigos sociales). Por eso, para ellos no tiene sentido separar ideología
y lenguaje, como si existiera una forma "pura" de comunicación sin connotación. El
lenguaje siempre está atravesado por ideologías, sobre todo a nivel connotativo.

Ahora bien, ¿por qué seguir usando esta distinción si en la práctica los signos mezclan
ambos niveles? La utilidad —dicen— está en que el nivel connotativo es donde los
signos adquieren su valor ideológico más fuerte, porque sus significados son más
abiertos, variables y disponibles para ser apropiados, resignificados o disputados. A
diferencia de la denotación (más estable), la connotación es el espacio donde el
signo entra en una "lucha de clases dentro del enunciado", como diría Voloshinov:
una lucha por el sentido, por el control de los significados.

Esto no significa que la denotación sea neutra o universal. Lo "literal" también está
fijado por códigos culturales, aunque más cerrados y naturalizados. Lo que se percibe
como “obvio” o “real” está mediado por sistemas de sentido establecidos. Pero en la
connotación, el signo se vuelve más flexible, más maleable, más ideológicamente
activo.

Un ejemplo muy claro lo da Barthes con la imagen de un sweater. En su nivel


denotativo, puede simplemente significar "abrigo cálido". Pero en su nivel connotativo
puede sugerir cosas como "la llegada del invierno", "un día frío", o incluso valores
relacionados con la moda, el estilo de vida, la clase social, según el contexto y los
códigos culturales que lo enmarcan. Esa capacidad del signo para evocar sentidos
múltiples es lo que le da su potencia ideológica.

Este funcionamiento se ve claramente en la publicidad, donde los signos visuales no


son nunca neutrales ni naturales: todo connota algo, todo está cargado de valores,
aspiraciones, emociones, ideas. Cada signo visual se conecta con un universo más
amplio de significados sociales, muchas veces organizados en lo que los autores
llaman "mapas de significados": estructuras simbólicas a través de las cuales cada
cultura clasifica el mundo. Estos mapas están imbuidos de poder, prácticas sociales,
creencias e intereses. De ahí que los signos, en su nivel connotativo, sean fragmentos
de ideología (como dice Barthes).

Ahora bien, que un signo sea polisémico —es decir, que pueda tener varios
significados— no significa que todos los significados sean igual de válidos o
aceptados. La polisemia no es pluralismo. En toda sociedad hay un intento constante
de organizar, jerarquizar y fijar los sentidos. Esa tendencia produce lo que los autores
llaman el orden cultural dominante: un sistema de discursos que establece cuáles
son las interpretaciones preferentes, más naturales o más visibles de los signos. Estas
lecturas dominantes no son únicas ni incuestionables, pero sí tienen un peso
institucional, político e ideológico muy fuerte, que las vuelve difíciles de desarmar.

Cuando ocurre un hecho nuevo o inesperado, la sociedad tiende a asignarlo a un


dominio discursivo ya existente, dentro de ese “mapa de la realidad social”. Esa
clasificación permite que el hecho tenga sentido, se vuelva comprensible. Y aunque
ese proceso no es totalmente determinista (siempre hay lugar para la disputa), sí está
orientado por estructuras de poder que favorecen ciertos sentidos por sobre otros. De
ahí que los autores insistan en hablar de lecturas dominantes, y no simplemente de
múltiples interpretaciones.

En resumen, esta parte del texto profundiza en cómo los signos, a través de su
dimensión connotativa, están atravesados por ideologías, y cómo los discursos
sociales tienden a organizar y controlar el sentido, estableciendo ciertas lecturas como
preferentes o más legítimas. Pero al mismo tiempo, esa connotación abierta deja
espacio para la disputa, la resignificación y la transformación del sentido.

----------------------

Entonces para clarificar un "malentendido" en el nivel connotativo, debemos hacer


referencia, a través de los códigos, a los órdenes de la vida social, del poder
económico y político. Más aún, en tanto estos campos están estructurados en
"dominantes" pero no cerrados, el proceso comunicativo, consiste no en una
asignación aproblemática de cada item visual a su posición dada dentro de un
conjunto de códigos pre-asignados, sino que consiste en reglas performativas -reglas
de competencia y uso, de lógicas -en uso- que buscan activamente reforzar o proferir
algún dominio semántico sobre otro del mismo modo que items o normas dentro y
fuera de sus conjuntos apropiados de significaciones. La semiología formal ha
descuidado a menudo esta práctica de trabajo interpretativo aunque constituya de
hecho, las relaciones reales de transmisión de prácticas en televisión. Al hablar de
significaciones dominantes, entonces, no estamos hablando de un lado del proceso
que gobierna cómo los hechos serán significados. Consiste en el "trabajo" necesario
para reforzar, ganar plausibilidad y dirigir como legítima la decodificación de un evento
dentro del límite de definiciones dominantes en las cuales ha sido connotativamente
significado. Terni ha resaltado: "con la palabra lectura no queremos decir sólo la
capacidad de identificar y descodificar un cierto número de signos, sino también la
capacidad subjetiva de ponerlos en una relación creativa entre ellos y otros signos: una
capacidad que es, por sí misma, la condición para una conciencia completa del
entorno total de cada uno" ("Entendiendo la Televisión"). Nuestra discusión aquí es con
la noción de "capacidad subjetiva", como si el referente de un discurso televisivo fuera
un hecho objetivo pero el nivel interpretativo fuera un asunto individualizado y privado.
El caso parece ser el opuesto. La práctica televisiva toma la responsabilidad "objetiva"
(esto es, sistemática) precisamente por las relaciones que vinculan los signos con
otros en cualquier instancia discursiva, y así, continuamente reacomoda, delimita y
prescribe dentro de qué "conciencia del entorno total de uno" se incluyen estos items.
Esto nos lleva al problema de los "malentendidos". Los productores de televisión que
encuentran que sus mensajes "fracasan en ser comunicados" están frecuentemente
preocupados por ordenarnos, alisar los pliegues en la cadena de comunicación. La
mayoría de las investigaciones que reclaman la objetividad de un "análisis de
planificación" reproduce el objetivo administrativo tratando de descubrir en qué
medida la audiencia reconoce un mensaje y de incrementar el grado de comprensión.
Sin duda existen malentendidos de tipo literal. Si un televidente no conoce los términos
empleados, no puede seguir la lógica compleja del argumento o la exposición, por no
estar familiarizado con el lenguaje. Pero es más frecuente que los productores se
preocupen porque la audiencia no ha entendido el significado como ellos intentan
transmitirlo. Lo que quieren decir es que los televidentes no están operando dentro del
código "dominante". Su ideal es el de una "comunicación perfectamente
transparente". En cambio, con lo que tienen que confrontarse es con una
"comunicación simultáneamente distorsionada". En los últimos años las discrepancias
de este tipo han sido explicadas habitualmente refiriéndose a la "selección
perceptiva". Esta es la puerta a través de la cual el pluralismo residual evade las
compulsiones de un proceso altamente estructurado, asimétrico y no equivalente. Por
supuesto, habrá siempre lecturas privadas, individuales y variables. Pero "percepción
selectiva" no es prácticamente nunca tan selectiva, casual o privada como el término
parece sugerir. Los patrones, normas, exhiben a través de las variantes personales,
confluencias. Y una nueva aproximación a los estudios de audiencia deberían
comenzar con una crítica de la teoría de la "percepción selectiva". Se argumentó antes
que no existe correspondencia necesaria entre codificación y decodificación, la
primera puede intentar dirigir pero no puede garantizar o prescribir la última que tiene
sus propias condiciones de existencia. A no ser que sea dislocada, la codificación
tendrá el efecto de construir alguno de los límites y parámetros dentro de los cuales
operará la decodificación. Si no hubiera límites la audiencia podría simplemente leer lo
que se le ocurriera en un mensaje. Sin duda existen algunos "malentendidos totales"
de este tipo. Pero el espectro vasto debe contener algún grado de reciprocidad entre
los momentos de codificación y decodificación, pues de lo contrario no podríamos
establecer en absoluto un intercambio comunicativo efectivo. De cualquier forma esta
"correspondencia" no está dada sino construida. No es "natural" sino producto de una
articulación entre dos momentos distintivos. Y el primero no puede garantizar ni
determinar, en un sentido simple, qué códigos de decodificación serán empleados. De
lo contrario el circuito de la comunicación sería uno perfectamente equivalente, y cada
mensaje sería una instancia de una "comunicación perfectamente transparente".

Explicación:

Esta sección se centra en el malentendido comunicativo, pero no lo trata como un


simple error individual, sino como un fenómeno profundamente relacionado con las
relaciones de poder y con las estructuras sociales e ideológicas en las que circulan
los mensajes.

Primero, los autores nos dicen que para entender un “malentendido” a nivel
connotativo, no alcanza con pensar en errores individuales o en falta de información.
Para aclarar ese malentendido, tenemos que mirar hacia los códigos culturales y, a
través de ellos, hacia los órdenes sociales, políticos y económicos. Es decir, no es
solo una cuestión de percepción: hay estructuras detrás que organizan qué sentidos
circulan y cuáles se imponen como "correctos".

El proceso comunicativo como lucha por el sentido

En este marco, la comunicación no es una transferencia simple de significados ya


dados, sino una práctica performativa, es decir, activa, que busca imponer ciertos
significados por sobre otros. Los mensajes visuales (por ejemplo, los de la televisión)
no se leen automáticamente según códigos fijos. Más bien, entran en competencia,
y se despliegan reglas de uso que luchan por reforzar ciertas lecturas y desplazar
otras. Cada signo puede ser leído de distintas maneras, pero las instituciones
intentan moldear esas lecturas para que se alineen con los sentidos dominantes.
Aquí es donde los autores critican a la semiología formal, que muchas veces deja de
lado este trabajo interpretativo real. En lugar de asumir que los signos tienen
significados fijos, habría que observar cómo la televisión (por ejemplo) trabaja
activamente para guiar, encauzar y legitimar ciertas interpretaciones.

Cuando hablamos de significaciones dominantes, no hablamos de un solo momento


del proceso comunicativo (como si fuera “la intención del emisor”). Hablamos de un
trabajo constante y sistemático que busca que ciertos sentidos sean tomados como
“naturales”, “plausibles” y “correctos”. Es un esfuerzo por controlar el modo en que
se interpretan los eventos, delimitando las posibilidades de lectura dentro de un
marco que ya ha sido cultural e ideológicamente construido.

La lectura como práctica activa

En este punto, los autores citan a Terni, quien propone una idea amplia de “lectura”:
no solo como el reconocimiento de signos, sino como la capacidad de relacionarlos
activamente con otros signos. Es una forma creativa de leer que implica cierta
conciencia del entorno social. Pero los autores problematizan esta noción si se la
entiende como algo puramente subjetivo o individual. Lo que cuestionan es la idea de
que la lectura (la interpretación) depende solo del sujeto, mientras que el mensaje (el
discurso televisivo, por ejemplo) es objetivo. Para ellos, es al revés: la televisión se
organiza sistemáticamente para estructurar esas lecturas, para delimitar dentro de
qué conciencia del mundo se incluyen ciertos signos. Es decir, no se trata de una
lectura libre, sino condicionada por el sistema que produce el mensaje.

¿Qué pasa cuando hay malentendidos?

Cuando los productores de televisión se preocupan por “malentendidos”, en realidad


no les preocupa tanto que no se entienda el mensaje literal, sino que no se
entienda de la forma en que ellos quieren. Es decir, les preocupa que los
televidentes no estén leyendo desde el código dominante. Su ideal es una
“comunicación perfectamente transparente”, en la que el mensaje sea recibido tal
cual fue pensado. Pero en la práctica, eso casi nunca ocurre: la comunicación está
atravesada por distorsiones, resistencias, interpretaciones múltiples.

En los estudios de comunicación, muchas veces esta falta de “transparencia” se


explicó apelando a la idea de “percepción selectiva”: cada persona ve lo que quiere o
lo que puede, según su experiencia previa. Pero los autores critican esa idea, porque
parece sugerir que la lectura es algo puramente privado, casi caprichoso, cuando
en realidad las interpretaciones están también condicionadas por estructuras
sociales, culturales e ideológicas. Lo que parecen decisiones individuales
responden a patrones colectivos. Por eso proponen una nueva manera de estudiar
a las audiencias, que no parta de la suposición de que cada lector interpreta como
quiere, sino que observe cómo esas interpretaciones están estructuradas.

Codificación y decodificación: una relación tensa

Volvemos aquí al núcleo del modelo que Hall propone: la codificación y la


decodificación no son dos momentos automáticos ni equivalentes. El emisor (por
ejemplo, la televisión) puede codificar un mensaje con una intención dominante, pero
no puede garantizar que será leído así. La decodificación tiene sus propias
condiciones de existencia. Sin embargo, la codificación sí establece ciertos límites
dentro de los cuales es más probable que ocurra la interpretación. No puede
determinar el sentido, pero sí condicionarlo.

La comunicación, entonces, no es una relación perfecta, ni completamente


descontrolada. Es un juego tenso entre la dirección ideológica de los emisores y las
capacidades (también sociales) de lectura de las audiencias. Si no existieran esos
límites, los mensajes podrían ser interpretados de cualquier forma, pero eso no
sucede completamente en la práctica. Hay malentendidos totales, sí, pero también
hay muchas lecturas que, aunque diversas, están dentro de un espectro de sentidos
posibles, que no son arbitrarios.

Por eso, concluyen, la correspondencia entre codificación y decodificación no es


natural ni garantizada: es construida, resultado de una articulación compleja entre
los dos momentos. La comunicación no es un tubo por donde pasa un contenido
inalterado, sino un campo de lucha por el sentido, donde se juegan tensiones,
resistencias, consensos y conflictos.

-----------------------

¡Perfecto! Acá te dejo un resumen general del texto completo de Stuart Hall sobre
codificación y decodificación, manteniendo un lenguaje claro pero respetando la
profundidad conceptual del texto:

📺 Resumen general del texto de Stuart Hall – Codificación /


Decodificación

Stuart Hall plantea en este texto un modelo comunicativo que rompe con la idea
tradicional de que la comunicación consiste simplemente en transmitir un mensaje
del emisor al receptor. En lugar de eso, propone entender la comunicación como un
proceso complejo, en el que el sentido se construye y se negocia en distintos
momentos.

1. La producción del mensaje (Codificación)

Hall señala que los mensajes mediáticos no son neutros: ya desde el momento de su
producción, están codificados dentro de marcos ideológicos y culturales. Las
instituciones que producen mensajes (como la televisión) organizan el sentido de
manera estructurada, guiadas por intereses, normas, valores dominantes y relaciones
de poder.

No es que simplemente “representen la realidad”, sino que la construyen desde


ciertos puntos de vista.

2. La lectura del mensaje (Decodificación)

Sin embargo, Hall advierte que el sentido de un mensaje no está fijado de una vez y
para siempre. Cuando una audiencia recibe ese mensaje, no necesariamente lo
interpreta tal como fue pensado.

La decodificación es el momento en el que el receptor interpreta el mensaje, y puede


hacerlo desde distintas posiciones:

• Lectura hegemónica-dominante: se acepta el mensaje tal como fue


codificado, desde los marcos ideológicos del emisor.
• Lectura negociada: se acepta parte del mensaje, pero se lo ajusta, negocia o
adapta a la propia experiencia.
• Lectura oposicional: se rechaza el sentido dominante y se le da una
interpretación crítica o contraria.

Esto implica que la audiencia no es pasiva, sino que puede resistir o reinterpretar el
sentido de los mensajes.

3. El problema de los malentendidos

Hall profundiza en los llamados “malentendidos” en la comunicación. Explica que no


son simples errores individuales, sino que surgen porque la codificación y la
decodificación no siempre coinciden. Esta diferencia se debe a que los mensajes
circulan en un contexto social estructurado por relaciones de poder, ideologías y
luchas culturales.

Cuando un productor se queja de que “no se entendió bien” el mensaje, en realidad lo


que está diciendo es que no fue leído desde el código dominante, es decir, no fue
interpretado según la ideología desde la cual fue producido.

Por eso, el ideal de una “comunicación perfectamente transparente” es una ilusión:


en la práctica, los mensajes son siempre interpretados, resignificados, y
negociados.

4. Crítica a la percepción selectiva

El texto también critica la idea de que cada persona interpreta los mensajes “a su
manera” como si la percepción fuera puramente individual. Hall sostiene que eso
oculta las estructuras colectivas, sociales e ideológicas que condicionan nuestras
formas de leer los mensajes. Las interpretaciones están marcadas por códigos
culturales, por nuestra clase social, educación, entorno, experiencias.

✅ Conclusión

El modelo de Hall nos obliga a repensar la comunicación no como un canal neutro sino
como un campo de lucha por el sentido, donde emisores y receptores no se
relacionan en igualdad de condiciones, y donde los mensajes son siempre parte de
una disputa ideológica.

Así, la comunicación se vuelve política, porque lo que está en juego no es solo qué se
dice, sino cómo se dice, desde qué lugar, y con qué efectos en la interpretación.

También podría gustarte