21 de marzo de 2023
Amanda Harrison
Empieza el otoño, y una bella brisa acaricia mi rostro mientras tomo mi café. Las hojas que caen al
suelo hacen que mis labios sonrían al escuchar tan hermoso sonido. Un sonido que me hace
recordar cuando mi hermana mayor, Abigaíl, y yo jugábamos descalzas en el jardín de la casa de
nuestros padres. Recuerdo muy bien la hermosa sensación de estar juntas. Siempre saltábamos
sobre las hojas que papá había juntado, y nos reíamos tanto cuando él culpaba al perro por el
desastre que nosotras habíamos provocado.
Abigaíl y yo éramos muy unidas, pero todo cambió cuando tuvo que mudarse con Adrián, su novio.
Ella tomó esa decisión porque nuestros padres no aprobaban la relación, y se fue con él a los
dieciocho años a rehacer su vida. Me sentí destruida al escuchar la noticia. Pensar que mi hermana
se iría y me dejaría sola me partía el corazón.
Yo tenía solo once años cuando Abigaíl se fue de casa. El mundo que me rodeaba se sentía tan vacío
y solitario. Me acostumbré a esta rutina de soledad. Tenía a mis padres, pero estaban tan ocupados
en sus trabajos que tal vez no me daban el tiempo que necesitaba... Aunque no me quejaba, en
realidad, los entendía.
Cada vez que me aburría, llamaba a Abigaíl y le contaba todo: lo que comía, lo que había pasado en
la escuela y los chismes del vecindario. En realidad, le contaba todo. Desde hace siete años hacemos
lo mismo: yo llamo, ella me contesta, le cuento mi vida, y ella hace lo mismo. Se volvió una
costumbre.
Hoy fue diferente. Esta vez fue ella quien llamó. Pero no a mí, sino a nuestros padres (lo cual es muy
raro, la verdad). Por lo que entendí, les pidió si podía quedarse en nuestra casa por un tiempo con su
novio, ya que la casa de ellos está en refacción y no tienen otro lugar a donde ir. A papá,
obviamente, no le gustaba la idea de que Adrián conviviera con nosotros, pero mamá lo convenció
diciendo que podía ser una buena oportunidad para reconciliarse.
¡Y bueno, aquí estoy! Sentada, recordando el pasado con una taza de café en la mano, esperando a
mi hermana.
Hace mucho que no la veo, y la verdad es que me siento algo ansiosa.
De repente, veo un auto que se acerca a la casa. Mi corazón comienza a latir de alegría cuando veo a
Abigaíl. Me levanto lo más rápido que puedo, y al verla bajar, corro a abrazarla con fuerza.
—¡Abigaíl! No sabes cuánto te extrañé.
—¡Princesa! Te he extrañado tanto. No imaginas cuánto necesitaba abrazarte.
—¡Tengo tanto que contarte! —digo emocionada—. ¡Ven, hay que ponernos al día!
De repente, escucho una voz masculina:
—¡Hola, Amanda! ¿No piensas en saludarme?
¡Oh! Cierto, me había olvidado de que él también venía...
—¡Perdón, Adrián! No debí ser tan grosera. Discúlpame, en serio —le digo mientras lo saludo con la
mano.
—¡Ay, no seas tan fría! —me jala del brazo y me abraza—. ¡Somos como familia!
Mi corazón se detuvo por un momento. No sabía por qué.
Adrián es un chico muy atractivo, se ajusta bastante a los gustos de mi hermana. Tiene ojos verdes,
rizos dorados y buena estatura. Tiene sus encantos. Mi hermana también es atractiva, aunque
comparada conmigo... Ella tiene los ojos azules, los míos son marrones, y es más alta que yo. En lo
único que nos parecemos es en el color del cabello: ambas lo tenemos negro, aunque el de Abigaíl es
lacio y el mío, ondulado.
—No le hagas caso —dice Abigaíl con voz dulce—. Amanda, ¿nos ayudas con las maletas, por favor?
—¡Por supuesto! Así aprovecho para mostrarles su habitación.
Ayudo a mi hermana y a su novio a subir las maletas a su dormitorio.
—Bien, aquí es. Cualquier cosa que necesiten, me llaman.
—Para ser una adolescente, atiendes bien a tus invitados —comenta Adrián con un tono burlón que
me molesta, aunque mantengo la calma.
—Tengo dieciocho años. Es normal que a mi edad actúe como una persona amable y respetuosa —
digo, orgullosa de lo que soy.
—Ella tiene razón. Además, tú, con veinticinco años, no sabes ni prender la lavadora —dice Abigaíl
entre carcajadas.
—¡Oye! No te burles. Aparte, no es que no sepa, lo que pasa es que me da miedo que un día esa
cosa explote —dice Adrián exagerando.
—Eso lo hace peor —nos miramos con mi hermana y empezamos a reír—. Hacía rato que no me reía
así. ¡Ah! Por cierto, ¿dónde están mamá y papá?
—En un rato vienen. Están trabajando.
—Cierto... Ellos nunca salen de su rutina —dice con una cara triste—. Seguramente fue muy difícil
para ti estar sola en una casa tan grande.
Es verdad. Siempre me he sentido sola en este lugar. Cada vez que volvía de la escuela tenía la
esperanza de encontrar a alguien esperándome... aunque sea una vez. Pero no pensaba decirle eso a
mi hermana. No quiero que se sienta triste, y mucho menos culpable.
—No, la verdad es que me acostumbré —ella me mira con tristeza—. Jaja, de verdad estoy bien, no
tienes que preocuparte. Aparte, Nona estaba conmigo.
—Es verdad. Por cierto, ¿dónde está?
—Le pidió a mamá el día libre para ir al cumpleaños de su nieto.
—¿De Esteban? —pregunta Adrián.
—¿Sí? ¿Cómo lo conoces?
—Cómo olvidar al primer amor de tu hermana.
—Adrián, no era necesario que digas eso.
—¿Qué? ¿Acaso miento?
—¡No! Pero podrías haber dicho que lo conociste en la escuela.
Esto se está poniendo tenso. Mejor cambio de tema.
—¿Y por cuánto tiempo se van a quedar?
—Mmm... La verdad no sé, mi cielo. Supongo que hasta que termine la remodelación de la casa.
—Ah, entiendo.
De repente, se escucha el sonido de la puerta abriéndose y unos pasos que reconozco muy bien:
¡eran mis padres!
—¡Ya llegaron mamá y papá! —Miro a mi hermana y veo que está nerviosa—. Tranquila, todo saldrá
bien.
—Eso espero...
—Tranquila, amor. Yo estoy contigo —dice Adrián mientras acaricia con ternura la mejilla de mi
hermana. Esa acción me pareció muy tierna.
—Tienes razón —ella sonríe—. ¡Vamos, tenemos que ir a saludar!
Bajamos por las escaleras y encontramos a mis padres en la puerta principal. Mamá se estaba
quitando el saco, mientras papá bajaba unas bolsas que, al parecer, eran del supermercado. No
tardaron mucho en darse cuenta de nuestra presencia. Se emocionaron al ver que Abigaíl estaba en
casa, y no era para menos: es normal que extrañen a su hija después de tanto tiempo.
—¡Hija! —grita mi mamá con emoción—. ¡Cuánto tiempo sin verte, mi amor!
—¡Ven, abraza a tus queridos padres! —Mi hermana les hace caso y los abraza a ambos.
—¡Los he extrañado mucho!
Adrián y yo observamos la escena. La verdad, me sentí un poco triste por él. Cuando papá se dio
cuenta de que Adrián estaba ahí, lo miró con cierto rechazo. Eso me hizo pensar que su opinión
sobre él no ha cambiado.
La verdad, no sé por qué no lo quieren. Una vez le pregunté a papá por qué se oponía a la relación
de mi hermana, y solo respondió: “Eres muy joven para entenderlo.” Desde entonces, nunca más
toqué ese tema.
Pero había algo que me sorprendía aún más: Adrián no parecía inmutarse por el rechazo de mis
padres. Es más, parecía disfrutarlo.
—¡Hola, suegros! ¿Cómo han estado? —Adrián se acerca y le da la mano a papá a modo de saludo
(obviamente, a papá no le agradó, pero lo soportó por respeto a Abigaíl). Luego se acercó a mamá y
la saludó con un beso en la mejilla, a lo cual ella respondió de forma amable.
—Parece que no has cambiado nada desde la última vez que te vimos —dice papá, mirándolo de
arriba abajo.
—¿Está seguro, suegro? Yo creo que estoy mucho más atractivo que la última vez —Abigaíl, al
escucharlo, le da un pellizco en la espalda.
—¡Auch! Solo estoy bromeando. Después de todo, somos una familia.
—Es verdad. Queramos o no, somos una familia —dice mamá mirando a papá—. Y pase lo que pase,
hay que estar unidos.
No puedo describir la tensión que había en esa sala, pero de algo estoy segura: esto no va a terminar
bien.
Capítulo 2
“Mañana de otoño”
22 de marzo de 2023
Amanda Harrison
Me despierto a las ocho de la mañana muy agitada, y la razón de esto fue por la causa de un sueño
muy horrible que tuve. En este sueño me encontraba en un hermoso campo lleno de flores amarillas
donde también se podía apreciar un lago, este tenía sus aguas muy cristalinas, tanto que se podía
ver hasta mi reflejo en ella.
De repente, escucho un maullido que provenía de las flores, por obvia razón deduje que era un
gato, me acerco y ahí lo veo, sus ojos eran de color azul y su pelaje negro como la noche, era
hermoso. Pero algo andaba mal con este pequeño animal y es que parecía estar enfermo, lo agarré y
lo puse arriba de mi falda para darle calor. Luego de las sombras aparece un señor muy alto con un
sobrero que tapaba su rostro, yo por instinto le pregunto quién es.
- ¿Quién eres tú?
- Ese pequeño animal no va a sobrevivir - ¿está evadiendo mi pregunta?
- Te pregunte que quien eres
-Soy solo un ser que está enamorado de la vida – dice con una risa aterradora.
- No te entiendo – mis manos empiezan a temblar.
- La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor.
- ¿Qué? - pregunto confundida.
De repente siento mis manos calientes, estaban cubiertas de sangre, miro hacia mi regazo y veo a al
gato ensangrentado, solté un grito y fue ahí que me desperté.
- ¿Qué demonios fue ese sueño?
Me levanto y veo que todo mi cuerpo esta sudado.
-Necesito bañarme urgentemente...
Busqué mi ropa y me dirigí al baño. Ya se me estaba haciendo tarde para ir a la universidad, así que
tenía que darme una ducha rápida. Termine de bañarme, junte todas las cosas que necesitaba y
luego baje a desayunar.
-Amanda! Buen día.
Dirijo la mirada hacia la mesa y veo a Adrián desayunando solo.
-Buen día. ¿Y Abigail?
- Se fue al trabajo.
Adrián se veía un poco deprimido, parece que no le gusta estar separado de mi hermana. Pero, a
pesar de estar de ese ánimo, siempre me contesta con una sonrisa.
-Tan temprano? Pero si ella trabaja en la tarde, ¿o no?
- Si eso es cierto, pero la llamaron porque tenía una reunión importante.
-Ah, entiendo.
- Es aburrido desayunar conmigo Amanda?
-No, claro que no, yo solo preguntaba.
El me mira y luego se ríe.
-Tranquila Amanda, yo solo bromeaba.
Por un momento mi mente se quedó en blanco y me quede viendo su sonrisa...Era perfecta.
Mis ojos seguían cada movimiento que el hacía. Como sus manos agarraban la taza, y luego, lo
posaba entre sus labios. Estaba hipnotizada.
-Abigail! ¡Buen día mi cielo!
La voz de nona me devuelve a la realidad y un sentimiento de culpa se apodera de mí.
¡En qué diablos estaba pensando!
-Oh! ¡Nona, buen día!
Nona me abraza y me besa la frente. Desde que era muy chiquita, ella siempre me ha saluda de esa
manera.
-Te eh preparado unas deliciosas magdalenas. -alegremente nona las trae y la colca en la mesa.
-Lo siento nona, pero no tengo tiempo para desayunar. Si no me apuro, voy a llegar tarde.
Nona me mira con desaprobación y antes de que ella diga algo Adrián habla primero.
-deberías comer algo, el cerebro no funciona bien con el estómago vacío.