Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—.
Voldemort tenía poderes
que yo nunca tuve.
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora
Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe
lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo
detuvo?
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa
estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría
pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal
intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera
«aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era
verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció
en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter
están... están... bueno, que están muertos.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no
pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no
pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha
ido.
Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.
—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo
que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre
todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del
cielo?
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo
sepamos.
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos,
por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo
y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número;
pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía
de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a
decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda
ahora.
—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la
profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no
puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta
de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por
la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán