cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.
El señor Dursley no
soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los
jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el
volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban
entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los
desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa
verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna
tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía
que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al
aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del
noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse
en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que
las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra.
La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin
embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a
cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy
buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la
panadería que estaba en la acera de enfrente.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al
lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían
nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha.
Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas
palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que
murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su
secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había
terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó
los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido. Potter no
era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se
llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera
estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría
llamarse Harvey. O Harold. No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se
trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si
él hubiera tenido una hermana así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las
cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un
hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa
violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con
una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de
los que pasaban:
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que
alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como
usted deberían celebrar este feliz día!
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.