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Misterios en la vida de los Dursley

El señor Dursley se siente desconcertado tras ser abordado por un desconocido que lo llama muggle y al ver un gato que parece tener un comportamiento extraño. Mientras intenta mantener la normalidad en su hogar, se entera de reportes inusuales sobre lechuzas y estrellas fugaces, lo que lo inquieta aún más. Su preocupación aumenta cuando menciona a su esposa la posibilidad de que estos eventos estén relacionados con su cuñada y su familia, los Potter.

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Misterios en la vida de los Dursley

El señor Dursley se siente desconcertado tras ser abordado por un desconocido que lo llama muggle y al ver un gato que parece tener un comportamiento extraño. Mientras intenta mantener la normalidad en su hogar, se entera de reportes inusuales sobre lechuzas y estrellas fugaces, lo que lo inquieta aún más. Su preocupación aumenta cuando menciona a su esposa la posibilidad de que estos eventos estén relacionados con su cuñada y su familia, los Potter.

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El señor Dursley se quedó completamente helado.

Lo había abrazado un
desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso
fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa,
deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes,
porque no aprobaba la imaginación).
Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su
humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento
estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía
unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa. El señor Dursley se
preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la
casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le
informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que
Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»). El señor Dursley trató de
comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo
para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy
las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas
habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han
producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la
salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas
han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—.
Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo.
¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han
tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent,
Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí
ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a
celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores!
Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran
Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los
Potter...
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien.
Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de
todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—.
Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con
aspecto raro...
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se
preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se
atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?

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