—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí,
estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley
estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del
dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con
atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los
Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que
no podría soportarlo.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente,
pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su
mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque
los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a
él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de
ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo
que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en
la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una
estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló
cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas
volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo
tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola
del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy
anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el
cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas
con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de
unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la
hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en
donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy
ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo
observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde
la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre
dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de
plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se
apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a
oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que
quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora
Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que
sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue
hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró,