Diálogos morales de Leopardi
Diálogos morales de Leopardi
humanas. En estas prosas, Leopardi combina, con gran virtuosismo, diversos recursos
estilísticos y formales para ofrecernos, con amarga lucidez, las contradicciones de un
tiempo histórico que en muchos aspectos sigue siendo el nuestro. Muy pocos
pensadores han sabido conjugar con mayor brillantez la paradójica relación entre el
hastío vital y el placer. Con su escritura, Leopardi nos hace sentir la profunda vanidad
de todo, y lo hace con una trágica sonrisa.
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Giacomo Leopardi
Diálogos morales
Una investigación histórica y estética de las raíces de las miserias
humanas
ePub r1.0
Titivillus 25.10.2024
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Título original: Operette morali
Giacomo Leopardi, 1827
Edición y traducción de Álvaro Otero, 2017
Retoque de cubierta: Titivillus
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Índice de contenido
Introducción
Bibliografía
Cronología
DIÁLOGOS MORALES
Historia del género humano
Diálogo de Hércules y Atlas
Diálogo de la Moda y la Muerte
Propuesta de premios hecha por la Academia de xilógrafos
Diálogo entre un duende y un gnomo
Diálogo entre Malambruno y Farfarello
Diálogo de la Naturaleza y un alma
Diálogo de la Tierra y la Luna
La apuesta de Prometeo
Diálogo de un físico y un metafísico
Diálogo de la Naturaleza y un islandés
Diálogo entre Torcuato Tasso y su genio familiar
Parini o de la gloria
Diálogo de Federico Ruysch y sus momias
Dichos memorables de Filippo Ottonieri
Diálogo entre Cristóbal Colón y Pedro Gutiérrez
Elogio de los pájaros
Cántico del gallo silvestre
Fragmento apócrifo de Estratón de Lampsaco
Diálogo de Timandro y Eleandro
Copérnico. Diálogo
Diálogo de Plotino y Porfirio
Diálogo entre un vendedor de almanaques y un paseante
Diálogo entre Tristán y un amigo
Noticias sobre estos diálogos
Sobre el autor
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A Beatriz Hervella,
que ha dividido el tiempo en dos
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INTRODUCCIÓN
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El conjunto de escritos que presentamos a continuación, reunidos bajo el nombre
genérico de Operette morali, muestran la reflexión de Leopardi sobre el presente que
le tocó en suerte vivir. En ellos, a pesar de la aparente ligereza de alguno, se hace
patente la sensación de catástrofe que le transmite su tiempo histórico, pues como
veremos más adelante, las fuerzas revolucionarias italianas fracasaron en su intento
de crear un orden social democrático e igualitario.
Los acontecimientos históricos más importantes durante la breve vida de
Leopardi estuvieron marcados por las convulsas consecuencias de la Revolución
francesa. El discurso teórico-político inaugurado por el levantamiento se convirtió en
una potente herramienta para la praxis revolucionaria. Los textos ilustrados franceses
señalaban las causas de la miseria y los medios para subsanarla. La península Itálica
mantenía a finales del XVIII una organización socioeconómica feudal, lo que
implicaba el progresivo empobrecimiento de la clase campesina, pues el usufructo de
la tierra cada vez rendía menos en comparación con la escalada de precios de los
productos manufacturados de las metrópolis del norte. La Revolución francesa
mostró el camino para subvertir este estado de cosas. Las discusiones y rupturas que
mantendrán las fuerzas progresistas sobre la idoneidad de la revolución o de la
reforma finalizarán en un fracaso que franqueará el camino de los poderes
contrarrevolucionarios.
La censura ejercida por la nobleza y el clero y la escasez de espacios públicos
contribuyeron al surgimiento de sociedades secretas que a partir de este momento
serán una constante en la historia italiana. Estas sociedades consideraban que para
acabar con la pobreza y el bandidaje se necesitaba renovar otra vez todo el sistema
político, crear una nueva utopía. Sin embargo, los Illuminati o los masones, por citar
las sociedades secretas más importantes, carecían de la fuerza para poder llevar a
cabo las reformas.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX transcurrió la campaña de Italia
comandada por Napoleón. La debilidad de las ciudades-Estado italianas consintió el
rápido avance del ejército francés. La llegada de los gobernantes franceses permitió
que las ciudades fueran gobernadas bajo las leyes revolucionarias, estas implicaron la
venta de tierras de la Iglesia, la abolición de los privilegios feudales, un mayor
número de servicios sociales y un sistema educativo. Formalmente rigieron las leyes
revolucionarias, sin embargo, la mayor parte de los jacobinos italianos eran
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propietarios de tierras, lo que supuso una resistencia a la mancomunidad. De hecho,
la venta de tierras fue a parar a la incipiente burguesía y a terratenientes que
pertenecían a la baja nobleza, aquellos que podían adquirir la tierra, con lo que la
redistribución fue mucho más limitada que en Francia. Sin embargo, hubo
excepciones, como el caso de Oneglia, ciudad de la Liguria gobernada por Filippo
Buonarroti, perteneciente a los Illuminati, en la que se ensayó una forma de gobierno
fundamentado en la igualdad, redistribuyó la riqueza entre los ciudadanos y fue asilo
político de los prófugos italianos, que fueron empleados como profesores en la
enseñanza pública.
La vuelta de Napoleón, esta vez como emperador, no tuvo las celebraciones de la
primera. La península era el campo de confrontación de las potencias europeas, lo
que implicaba que las fronteras de los diferentes territorios estuvieran poco claras.
Esta confusión impedía poner en funcionamiento un sistema administrativo eficiente
que gestionara los problemas de la comarca, con la consiguiente insatisfacción de la
población, que reclamaba ayuda y protección a la nobleza, con lo que las reformas
jurídicas realizadas los años anteriores eran inservibles. El imperio napoleónico
defendía un potente centralismo, con lo que las provincias periféricas carecían de los
derechos que regían en el Estado francés. Además, hay que añadir que los ideales
revolucionarios no fueron implantados y que la campaña de Italia consistía en un
saqueo continuo para financiar las costosas empresas militares realizadas por
Napoleón.
La invasión napoleónica tuvo como consecuencia el despertar de una conciencia
nacional, que se reclamaba originada en los ideales renacentistas y que era
fundamentada en un nacionalismo cultural. En la esfera política, esta conciencia
gravitaba entre dos posturas diferenciadas: por una parte, estaban aquellos que
consideraban la importancia de la unidad del pueblo italiano, y por otra, aquellos que
juzgaban prioritarios la independencia y el poder de sus propias ciudades. El conflicto
entre estas dos actitudes debilitó a las fuerzas progresistas, que no pudieron hacer
frente a la contrarrevolución católico-monárquica la cual, ante la idea de que los
ideales ilustrados habrían llevado a la revolución, volvió a la censura y al control
policial.
La contrarrevolución se apoyaba en la jerarquía, la tradición y la autoridad.
Volvieron los antiguos nobles; el poder de la Iglesia quedó de manifiesto al encargar a
los jesuitas educar a las nuevas generaciones, basándose esta formación en el repudio
de las ideas progresistas. La restauración del poder de la Iglesia no solo fue
promovida desde el campo institucional, además se pusieron en marcha sociedades
secretas católicas que alentaron revueltas campesinas en nombre de esta.
La nobleza recuperó sus cargos de gobierno y, para poder mantenerse en ellos,
debido a las acechanzas tanto de las potencias europeas como Francia o Austria,
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como de la propia desconfianza que existía entre los reinos itálicos, tuvieron un
ingente gasto militar financiado por unos duros impuestos y por una subida de precios
que empobrecía aún más a la clase campesina.
La Restauración introdujo una censura más férrea que trajo problemas a los
intelectuales y literatos italianos, como es el caso de nuestro autor. El clero y el trono
suponían un obstáculo político, una enorme barrera para la diseminación del espíritu
humanista ilustrado y para las ideas de democracia que se fraguaban en Europa y,
sobre todo, en la guerra de Independencia americana.
A pesar de la vigilancia y el control, emergió un concepto de Italia por el que,
además de ser una unidad cultural, esta debería convertirse en una unidad política,
una nación cuyo fundamento consistiría en una soberanía popular que tendría el
derecho colectivo para determinar la forma bajo la cual vivir como ciudadano. Para
hacer realidad esta idea, y por culpa de la vigilancia y la represión ante ellas, las
fuerzas progresistas se unieron bajo la sociedad de la Carboneria. Esta organización
adquiría su fuerza del secreto en el que se movía, pero esto también sería su
debilidad.
El pronunciamiento liberal en Cádiz fue acogido con gran interés en Italia y
numerosos intelectuales consideraron que era el momento de la insurrección. Así se
llevó a cabo en 1820 en el reino de Nápoles y al año siguiente en el Piamonte;
aunque, por motivo de discusiones internas y por la fortísima represión, se diluyó en
pocos meses. El fracaso de este levantamiento supuso una agudísima sensación de
desilusión, que acompañó al joven Leopardi el resto de su vida.
La Carboneria quedó formalmente proscrita y se propagó por toda la península un
control opresivo por el cual en algunos ducados estaba prohibido escribir la palabra
Italia.
A pesar de los desesperados intentos de los gobernantes por aniquilar cualquier
disensión, diez años más tarde la Carboneria volvió a alzarse en armas en el ducado
de Módena, en Bolonia y en las Marcas, región esta última de la que era originario
Leopardi, y de hecho fue escogido por unanimidad como diputado por Recanati en la
Asamblea Nacional que debía convocarse en Bolonia. Sin embargo, la reocupación
austríaca impidió este gobierno. De nuevo este levantamiento no pudo mantenerse
más allá de unos meses, siendo derrotado por el ejército austríaco, que impuso la
condena a muerte a los cabecillas vencidos. Este último golpe acabó definitivamente
con la Carboneria.
En 1831, habiendo aprendido de los errores del pasado, G. Manzzini funda la
Giovine Italia. Una asociación también secreta cuyo principal objetivo consistía en la
liberación y en la unidad de Italia. A lo largo de la década se adherirán a esta causa
políticos y literatos de renombre, y revolucionarios como Garibaldi, desembocando
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en la década siguiente en las guerras de independencia italiana; pero estos últimos
hechos nuestro autor ya no los pudo contemplar.
En esta obra Leopardi realiza una ontología del presente, un estudio sobre sí
mismo para el que es necesario dar un rodeo por lo que podríamos llamar «espíritu
del tiempo». Una de sus características principales consiste en el dominio de la
naturaleza gracias a la técnica; la hegemonía de este rasgo se convertirá en una
mediación de la propia autoconciencia, «es bien sabido que el dominio sobre las
cosas pasa por la relación con los otros; y esta implica siempre relaciones de uno
consigo mismo, e inversamente» (Foucault, 1999).
Leopardi vinculará estos tres ámbitos; su pensamiento sobre la nulidad de todo,
incluido de sí mismo, se establece dentro del ámbito que el desarrollo técnico del
siglo XIX abre y del que podríamos decir que todavía hoy sufrimos con violenta
intensidad. Leopardi va a entender su presente como aniquilación; la Ilustración, o
más bien la concepción vulgar de Ilustración, ha dejado de ser un movimiento
emancipatorio para significarse como una pérdida irreparable de los objetivos que le
dieron origen, como dice el mismo Leopardi, el Siglo de las Luces no ha iluminado el
mundo, lo ha quemado.
La revolución científica con la que se abre el mundo moderno se convierte en el
paradigma hegemónico desde el que interpretar el mundo; ha pasado de convertirse
en un potente medio de eliminación de prejuicios a convertirse en prejuicio ella
misma. El horizonte epistemológico en el que se sitúa Leopardi consiste en el de la
supremacía de la cuantificación, en la reducción de los objetos a valores discretos con
los que realizar sistematizaciones. Esta cuantificación que nos permite el dominio
sobre las cosas se fundamenta en considerarlas como una nada, como algo que surge
y vuelve a la nada, y que por eso mismo podemos manipular mediante la técnica y el
análisis.
Las Operette morali han conocido diversas ediciones en vida del autor, y a lo
largo de ellas se han ido añadiendo, reordenando y eliminando alguna de ellas.
Siguiendo a Toni Negri (2001), podemos dividir los diálogos en tres grupos
diferenciados: los que fueron escritos en 1824, que comprenden «Historia del género
humano» hasta «Cántico del gallo silvestre», que a su vez subdivide en dos clases:
desde «Historia» hasta «Prometeo», y por otra parte el resto. En segundo lugar, se
encontrarían los editados en el 1827, de «Copérnico» a «Plotino». Y, por último, los
compuestos en 1831, destacando sobre todo «Tristán», que es un trasunto del propio
poeta.
La obra se abre con una parodia del Génesis, en el que irán apareciendo los temas
que se desarrollarán en el resto de los diálogos. En esta primera parte, Leopardi
constata el dolor y el tedio que se ha adueñado de la existencia humana.
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En el segundo subconjunto, con el fondo anterior presente, el autor desmantela las
falsas creencias de su tiempo: la humana presunción de la ciencia, la denuncia del
antropocentrismo y de la teleología. Concibe la razón instrumental como una locura
humana, que animada por la presunción, nutrida por el conocimiento pervertido,
destruye a la humanidad y a la naturaleza. Desmitifica del pretendido fin del
conocimiento la conquista de la felicidad.
Durante el tercer período reflexiona sobre el tiempo y su diferencia con la vida,
considera otro tiempo más allá del discurrir de la vida, un tiempo que es
potencialidad y deseo. El tiempo abstracto se confirma como absoluto, y debe
buscarse otro abstracto con el que oponerse, las cosas particulares vienen aniquiladas
cuando se enfrentan a este absoluto. El placer, la gloria no son absolutos y por ello no
pueden oponerse. Hay que oponerse con un absoluto temporal y vital, aunque este
absoluto (esperanza) puede ser ilusorio; por otra parte, la búsqueda de una vida y de
un tiempo diferentes se encuentra con la enormidad de la ley.
Sin embargo, Leopardi intenta trascender la nada, construirse como otro; la sola
esperanza es la imaginación. La analítica de la razón se destruye en su posibilidad de
construir una línea de verdad, porque la verdad es la construcción de una alteridad, y
para ello hay que aceptar la muerte como parte de la vida. Por lo tanto, perder el
miedo a la muerte y el tiempo diferente que es necesario a la imaginación se mueve
en esta esperanza. La imaginación debe sufrir el peso de la muerte internamente y
hacerlo suyo.
Por último, en los editados en 1832 el nihilismo leopardiano se conforma como
una reacción contra la razón analítica, que se pone a sí misma como totalidad. La
nada, aunque sea el destino de todo ente, no impide que una cosa que es, sea, esté
delante. La actividad poética es un acto metafísico que evita la abstracción filosófica;
se desarrolla en la praxis, que produce conocimiento verdadero. Fija en el tiempo-
ahora, completamente diferente al tiempo abstracto y homogéneo, una figura creativa,
un tiempo como dimensión del actuar, una posibilidad y una decisión. El engaño de la
cultura y del saber es total porque ese mundo no sabe hacerse portador de la realidad
de la vida. El sentido de la catástrofe deviene una reafirmación de la subjetividad
poética.
Leopardi reflexiona a partir de la evidencia originaria del devenir e intenta
conocer cómo se pueden constituir sobre él las condiciones de verdad para que pueda
darse un conocimiento verdadero. Se intenta comprender el devenir, saber cuáles son
sus causas y si realmente podemos prever lo que sucederá. El éxito que ha alcanzado
el pensamiento técnico-científico en este aspecto ha sido extraordinario, pero al
confiar en su poderío el ser humano se ha vuelto audaz. Para nuestro autor, lo que la
ciencia proporciona no son más que las reglas de un juego, de uno de los posibles e
infinitos juegos de la naturaleza. En cualquier momento puede desvanecerse, pues
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este conocimiento se basa en la ingenua ilusión de la estabilidad y de la racionalidad
de la naturaleza, sin embargo, esta es un movimiento de creación y de destrucción sin
porqué.
Esta conclusión se cimenta en el enérgico materialismo leopardiano. En primer
lugar, estima que la realidad es única y exclusivamente materia, no hay ninguna
teleología ni ningún orden que sea previo a ella; la necesidad se funda y es siempre
posterior al acontecimiento, pero este se da como podría no darse en la configuración
natural; por lo tanto, la necesidad se instaura a partir del caso. En segundo lugar, si
consideramos, como consideran sus contemporáneos, que el acceso privilegiado a la
verdad es a través de la razón (razón científico-tecnológica, recordemos) y que esta es
además el atributo distintivo del ser humano, ¿por qué la verdad que nos es más
propia la experimentamos de manera dolorosa? El pensamiento técnico, en su
expresión más alta, se muestra como nihilismo. El análisis y la cuantificación nos
permiten descomponer el mundo dado, pero este mundo es devenir, es decir, emerger
y sumergirse en la nada; este es el fundamento que tienen todas las cosas. Los
resultados de la analítica de la razón son completamente insatisfactorios, las
condiciones en las que puede darse la verdad son demasiado estrechas para nuestras
inquietudes; si consideramos la razón como nuestro rasgo privativo, ¿cómo podemos
explicar que sus resultados puedan turbar nuestra mente tal como lo hacen? ¿No es la
búsqueda de la verdad un movimiento que se pone en marcha por la ilusión de
encontrar algo? Por ahora, realizamos la conjetura de que la razón técnica, que se ha
puesto como base del ser humano, se ha extralimitado en sus funciones. Podemos
adelantar que para Leopardi la razón solo tendrá sentido cuando esta se basa en la
ilusión; cuando no es así, destruye sus propios fundamentos convirtiéndose en un
instrumento inerte. Leopardi piensa que la verdad entendida como análisis de las
condiciones dadas es la aniquilación de la vida y de las cosas. Esta verdad es
insatisfactoria y por ello produce dolor.
Pensando en su radicalidad, observamos en el devenir que su movimiento y
transformación no es solo imprevisible, sino que su imprevisibilidad es absoluta. Las
cosas están unidas a la nada, mantienen una existencia efímera. Cualquier
conocimiento concluyente se funda a sí mismo en la nada; la obligación de pensar el
devenir se trasmuta en fracaso. No existe una estabilidad epistémica desde la cual
contemplar el devenir, solo restan fragmentos, juegos sin motivo.
Tenemos las cosas delante, esto es cierto con una certeza que solo pueden darnos
las sensaciones: es algo incontrovertible. Sin embargo, estas no son más que
configuraciones de la materia sin un modelo preexistente, son el puro devenir de
aquella que en su contenido no son más que nada. El devenir es un juego de
producción y destrucción sin motivo; la finalidad se inscribe dentro de este juego y
tiene la misma consistencia. Nos apoyamos en nuestra subjetividad para considerar
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cuáles son las condiciones posibles del conocimiento y de la verdad, pero siempre
dentro de este juego. El mundo será entonces el sistema de las cosas que nosotros
conocemos, pero ¿qué podemos conocer realmente y por qué deseamos conocer?
El análisis consistirá, por una parte, en la eliminación de la ilusión, y por la otra
en la creación de una mediación abstracta que se pone como inmediata en el mundo
cultural, civilización o segunda naturaleza, como la llama Leopardi. Esta mediación
abstracta es una mistificación que el arte debe desenmascarar con toda su crudeza y
dolor. El desenmascaramiento de la ilusión es dolor, pues la ilusión es la que me
constituye a mí mismo, la que funda mi identidad a pesar de que esta sea también
nada, es el desenmascaramiento el que me hace ver como una nada, una sólida nada;
pero es necesario recorrer este camino del dolor para poder ejercer nuestro rasgo
distintivo, que no es razón sino potencia, imaginación creativa.
Dejamos más arriba señalada una pregunta a la que debemos dar cumplida
respuesta, ¿por qué el conocimiento produce dolor? Si el conocimiento se bastase a sí
mismo, si hacemos lo que por naturaleza nos es más propio, no habría motivo para
que esto causase dolor. La muerte solo es dolorosa para quien no la ha asumido, si
nuestra condición es la de mortal, el sabernos mortales no debería generar angustia de
ningún tipo; incluso, desde la perspectiva de la muerte, podemos considerar este
dolor más ridículo que trágico. Podemos sospechar entonces que el camino
emprendido por la razón calculadora es un callejón sin salida y doloroso, pues se
postula a sí misma como salvación de los problemas que ella misma causa. La
promesa de esperanza y la constatación de su imposibilidad de cumplirla se sufre
como dolor, pues la razón, cuando ahonda en su fundamento, es la demostración
patente del fracaso; la evidencia suprema y terrible de que todo es nada.
La civilización, o segunda naturaleza de la que el ser humano no puede
prescindir, es interpretada por Leopardi como alienación. La autoconciencia está
mediada por la razón cuantificadora, atendiendo solo a las cualidades cuantificables
de los entes, obviando las otras dimensiones. El mundo cultural que así surge pone
como condiciones supremas del criterio de verdad las condiciones del modelo
axiomático-deductivo de la matemática. La naturaleza es interpretada desde un
lenguaje matemático, sin embargo, este modelo no puede contener la intensidad del
dolor que desborda los estrechos marcos de la razón analítica. El dolor es un exceso
que evidencia la disparidad entre la magnitud de la promesa del pensamiento
moderno y la parvedad de sus resultados. La sensación de desánimo y nihilismo que
nos embarga es debida a que la autoconciencia abandona aquello que le es más
propio al deseo. El deseo es la raíz del conocimiento, pero este puede aniquilarse a sí
mismo cuando, en lugar de concretarse como voluntad de potencia, se cristaliza como
voluntad de dominio; cuando la existencia se asienta en esta última, la vida es
duración, y no es vida. Esta voluntad se desgarra a sí misma, se anula, aliena el deseo
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y lo transforma en tedio, convirtiéndose este último en la experiencia primordial de la
vida moderna.
Dejemos por ahora las consecuencias que la noción de tedio tiene para Leopardi y
continuemos observando la relación entre la verdad y la ilusión. La verdad basada en
las condiciones críticas de nuestro conocimiento es análisis; descripción de una
pequeña parte de nuestras facultades, que ni siquiera son para nuestro autor las más
significativas, y que por eso mismo produce insatisfacción. La experiencia es
experiencia del devenir, experiencia de la transitoriedad de la existencia en un
continuo proceso de producción y destrucción que acarrea angustia. Sin embargo, la
angustia no está motivada por el devenir, sino por el incumplimiento de la promesa
que el conocimiento expresa al ponerse a sí mismo como remedio contra el devenir.
La angustia emerge en el interior de la conciencia de la nulidad. Si el pensamiento
concibe la naturaleza como sistema, Leopardi la intuye como espontaneidad y no
como sistema, la necesidad se busca después del acontecimiento, pero ninguna
necesidad guía la aparición del acontecimiento.
La infelicidad no proviene tanto del pensamiento de que todas las cosas son nada
como de la desilusión a la que tal verdad conduce. El saber, o al menos cierta clase de
saber, ha desvalorizado el mundo, ha condenado a la materia para presentarse como
salvación del sufrimiento que el mundo material produce. Ha transformado el mundo
humano, mistificando una realidad que en el fondo se muestra como nada.
Si el saber que todas las cosas son nada produce infelicidad, es más bien debido a
la ilusión que albergábamos de que hubiera algo eterno duradero que guiara nuestra
voluntad de existir. Pero esta voluntad de existir es lo mismo que la voluntad de
potencia. Veremos más adelante que la voluntad de existir será una de las
manifestaciones del deseo, y como el mundo mistificado lo que hace es dirigir el
deseo al padecimiento y no hacia la actividad.
El ser humano es voluntad, querer; y este querer no radica en otra cosa que
prevalecer en el propio ser. Sin embargo, el ser humano se nos presenta como la
existencia de lo imposible, pues la voluntad de existir puede ser al mismo tiempo
voluntad de aniquilarse por la propia mano; el suicidio muestra una aporía en la que
la voluntad se quiere y no se quiere al mismo tiempo y al mismo respecto.
En el acto suicida se ejemplifica como en ningún otro acto la corrupción de la
naturaleza, pues el deseo de existir se transmuta en deseo de aniquilación. La
corrupción de la naturaleza no es otra que la civilización científico-técnica, porque la
voluntad de existir es voluntad de potencia, tiene que expresarse como actividad; sin
embargo, la técnica ha transformado la voluntad de potencia en voluntad de dominio,
que no es un poder activo ejercido sobre las cosas, sino una adecuación violenta del
mundo y sus componentes a un orden falaz. Hasta 1824, Leopardi creía
ingenuamente en la ilusión, pensando que poseíamos un criterio con el que podíamos
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designar algo como ilusión enfrentado a un conocimiento verdadero, pero esta
concepción ingenua se desmorona, pues la ilusión es inseparable del propio
conocimiento, aquella funda a este. Solo la experiencia de la nada sirve como criterio
extrínseco para considerar todo conocimiento una ilusión; la necesidad que las
diversas disciplinas creen encontrar es hipotética, depende de la pura factualidad del
existir.
No podemos separar el conocimiento de la ilusión, ni esta del deseo, pues es este
el que la produce. Cuando la razón analítica se examina a sí misma no considera el
deseo, pues lo estima como productor de engaños. Pues la razón así entendida no
soporta la energía del deseo. La razón se convierte en análisis de lo dado, valorando
lo producido por el deseo como fuente de error o de desvarío. De este modo se ciega
una parte importante de nuestra subjetividad, ya que esta no es solo conocimiento. Se
cancela del mismo modo la posibilidad de transformación, pues el saber se presenta
como inventariado, y no como producción de realidad.
La imaginación productiva también puede presentarse como verdad, lo que
permanece lo fundan los poetas. La imaginación no es una facultad engañadora, y por
lo tanto despreciable, sino que abre un horizonte en el que también se puede dar el
conocimiento.
El desprecio del deseo es causa de la impotencia, de la frustración de nuestra
facultad más íntima. Esto se experimenta en el interior de la edad de la técnica como
dolor, y uno de los remedios ante este dolor será el amor por el placer. Una tensión
hacia los objetos que se nos presentan como apetecibles. Pero esta experiencia de
placer está determinada por el cálculo de tales placeres. Hemos hablado de objetos
apetecibles porque, desde el momento en que aplicamos un tipo de medida, estamos
eliminando cualquier diferencia, lo único que importa es lo computable, lo que
convierte a los entes en objetos manipulables para la voluntad de dominio, inclusive
otros sujetos que puedan aparecer en este horizonte. El placer así entendido también
está sometido irremediablemente a la mediación abstracta del tiempo considerado
como suma de unidades, siempre iguales y siempre las mismas. El placer además es
algo pasivo, es consumo, entendiendo este como la repetición de lo mismo que
mantiene al ser humano en la esterilidad, que rinde impotente. Placer que es cedido y
no producido.
Si la desesperación se origina a través del conocimiento, es porque este se
fundaba en las expectativas de hallar un alivio del sufrimiento, a la dolencia de la
vida. La angustia es producida por la voluntad de permanecer en el propio ser y por la
certeza de saber que esto es un imposible.
La voluntad de permanecer es una ilusión poderosa que se genera a partir del
conocimiento que se pone a sí mismo como remedio y consuelo ante el terror del
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devenir. Pero este conocimiento es en el fondo una interpretación mistificada de la
realidad.
La voluntad de existir, de prevalecer, también es nada. El sentimiento es ilusión
incluso cuando es sentimiento de la nada. El contenido de la autoconciencia es una
recepción de lo ya dado; sin embargo, el sentimiento más doloroso, la contemplación
más atroz, siempre viene acompañada de la intensidad que tal sentimiento produce.
La intensidad ya no es algo que nos viene dado, sino que es producido por nosotros;
es la cualidad más importante de la materia que permite la transformación.
Si tornamos a la idea de suicidio, podemos constatar que el suicidio, a pesar de
ser la aniquilación de la voluntad, es intensidad, es potencia. En el mundo civilizado
que rinde impotente a la voluntad, el suicidio se presenta como la última capacidad de
deseo, como la única capacidad de dar salida a la voluntad de potencia, a la
transformación de lo real, aunque esta solo sea por un momento. Este instante es un
tiempo diferente, y que trasciende el tiempo abstracto que consiste en la adición de
unidades siempre iguales de la repetición de lo mismo. La voluntad de potencia es
una transformación sin garantías, es una producción del acontecimiento que no puede
ser valorada de antemano. Es una literal mise en abîme, el miedo del alma bella,
miedo del instante revolucionario que se debe asumir y superar.
El conocer limitado a la espontaneidad del concepto sobre la sensación receptiva
es impotencia; si el deseo no puede expresarse, si no consigue ser transformación, se
vuelve contra nosotros mismos, se convierte en tedio. La imaginación productiva es
la que permite sobrepasar este profundo tedio, esta parálisis vital. El tedio no
pertenece al orden natural, es el mal del ser humano moderno, y según Leopardi es
desconocido en otras culturas y también es desconocido por los animales.
El uso de la razón que hemos venido utilizando consiste en considerar el
raciocinio como una operación matemática del intelecto en la que solo se valora el
aspecto cuantitativo de los entes, como expresa Galileo diciendo que la naturaleza es
un libro escrito en lenguaje matemático. Para Leopardi, esta razón es una ilusión que
horada su propia base; como decíamos antes, desvaloriza el mundo, y no solo eso,
además representa la infinitud como la iteración indefinida de la unidad.
Uno de los subterfugios para escapar de la angustia de la impotencia consiste en
intentar alcanzar la infinitud, con la que auxiliar la fragilidad y contingencia de la
existencia singular; pero esta infinitud es una mala infinitud, es una acumulación
perpetua, ya que la iteración de la unidad puede ser indefinida. Es un consuelo
momentáneo porque en la base se encuentra la potencia del deseo, pero al no ser
producción es un deseo que se agota a sí mismo y que no logra romper con el tedio,
es un vértigo inmóvil.
Algunos autores, como Severino (1990 y 1997), afirman que la tendencia hacia el
infinito y el sufrimiento por no alcanzarlo derivan del sentimiento de placer. Como
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sabemos, estos son efímeros y desearíamos que duraran el mayor tiempo posible; sin
embargo, al fundar la idea del infinito en el placer, nos movemos en la razón del
cálculo; el placer es una de las posibles caracterizaciones del deseo, pero que no
recoge su elemento principal, la capacidad de producción. El placer solo es pasión,
padecimiento; el dolor no surge por el querer frustrado, sino por la impotencia de no
poder realizar una actividad transformadora.
El devenir solo puede ser entendido como la energía en movimiento de la materia.
Es una fuerza que arrastra, es producción y destrucción. La destrucción solo es tal
desde un punto de vista, ya que toda ruptura es el origen de algo nuevo. La ruptura es
la muerte de la singularidad, pero quien sienta viva y fuertemente el sentimiento de la
muerte y de la nada recibirá vida de ello; es más, hay que atravesar tal sentimiento,
que la intensidad producida por él no se pierda; si la producción imaginativa no
atraviesa por tal sentimiento se convierte en una creación vacía e inútil, en un
contenido de la civilización, en expresión de una vida que es muerte.
El principio fundamental de la naturaleza es potencia de la naturaleza; es un juego
en el que las reglas se van creando a medida que vamos jugando, y que deben
abandonarse una vez establecidas. Esta potencia que se expresa en el ser humano es
voluntad de crear de hacer, como una dulce catástrofe. El sensismo ilustrado no
permite recoger esta característica de la materia; entiende la naturaleza como un
proceso sin sujeto y al ser humano como espectador, sin embargo, el materialismo,
aunque también entiende a la naturaleza como un juego sin porqué, se funda en la
capacidad humana de la creación gozosa.
El principio de la existencia es un puro hecho sin fundamento; dado el hecho, de
ello derivan necesariamente ciertas consecuencias ilusorias, pues no hay un criterio
que sea garante de la verdad. La ilusión solo es ilusión desde fuera, pero ¿quién
puede ponerse en ese lugar? Caeríamos otra vez en un realismo ingenuo, solo el
sentimiento de la nada puede funcionar como un criterio, en este caso negativo, pues
no proporciona contenido alguno que acuse el engaño de las ilusiones. Por otra parte,
la necesidad de la naturaleza es una convicción candorosa; tal y como ha surgido este
sistema, puede volver a desaparecer.
El principio de la existencia es un puro hecho sin fundamento; a partir de este
hecho sin fundamento procuramos buscarle un sentido (cualquier sentido, sea el que
sea, es una pura ilusión), existe por lo tanto un enfrentamiento entre la ilusión y el
conocimiento de la nada.
La imaginación puede concebir las cosas que no son, y en un modo en el que las
cosas reales no son, pero ello no implica que lo que concibe sea simple ingenuidad; si
lo concebido está vinculado con la fuerza de la materia, puede concebir las cosas que
no son pero que pueden llegar a ser gracias a la imaginación productiva. Cuando la
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creación imaginativa es mímesis de lo real no amplía los límites del mundo, no es
actividad transformadora, es evasión y escapismo.
Las ilusiones no son consideradas como tales por quien las vive, sino como
verdad. La muerte es la suprema potencia demistificadora. La nada será el criterio
externo que permitirá poner en cuestión todos los conocimientos y saberes de la
civilización, todo aquello que se presente bajo las condiciones de verdad en el fondo
es una nada, no existe ningún tipo de garantía para que algo sea verdadero; solo se
puede entender la verdad como transformación, y el criterio que empleamos para
poder considerar algo como verdadero es el sentimiento de alegría que notamos
durante la realización de una actividad.
El deseo también es devenir y, como tal, también es nada.
El placer, sin embargo, es una concreción del deseo que ahonda en el tedio, se
vuelve tedio, pues puede llegar a la saciedad, al hartazgo. Durante el aburrimiento, el
ser humano no encuentra ningún objeto que calme su ansiedad, aun cuando todos los
objetos son novedades incesantes, siempre es la repetición de lo mismo. El consumo
de la novedad para abandonar el tedio produce un alivio momentáneo que empuja a
un consumo continuo, a una acumulación perpetua, pero que no puede eliminar jamás
la sensación de aburrimiento. El deseo es imaginación productiva, no solo pura
receptividad, en cuanto se circunscribe al placer es receptividad, padecimiento,
impotencia; de ahí el tedio, lo más contrario y lejano de la naturaleza.
Aunque la razón muestre que todo es nada, queda todavía un resto imposible de
eliminar que es el mostrar mismo, este mostrar es un hecho sin porqué. Si
reflexionamos sobre el dolor, que puede en determinados momentos saturar la
conciencia, nos percatamos de que no es solo pura presencia, sino que implica su
relación con la ilusión, con la esperanza. No puede existir el dolor por sí solo, no es
algo positivo en sí. El propio dolor es una ilusión, ya que se fundamenta en el
paradigma de la estabilidad, concibiendo que cualquier cambio tiene que ser sentido
como doloroso. La muerte es dolorosa para quien tenga la ilusión de ser eterno o para
quien no haya vivido. En el pensamiento de la muerte se halla el alzamiento trágico
de la autoconciencia de la propia nulidad, es el mayor grado de autoconciencia y, por
ello, hasta cierto punto, de libertad. La libertad absoluta que proporciona el
pensamiento de la muerte no necesita garantías para obrar, obra a partir de sí misma.
El espectáculo de la nulidad engrandece el alma.
La intensidad es fuerza de la materia, la intensidad de la visión de la nada libera
de los límites. La ilusión, si la entendemos como el horizonte epistemológico en el
que se hace presente la visión de la nulidad, es imperecedera e insuperable. A pesar
de que todo sea nada, que esta sea el destino de todo ente, permanece el instante de la
apercepción de la propia nulidad, que es expresión de la voluntad de potencia; y ese
instante podrá ser aniquilado pero jamás anulado.
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La indiferencia e insensibilidad del tedio, la apercepción de la propia nulidad,
consigue superarse cuando se nos presenta sensiblemente la nulidad de las cosas y de
mí mismo.
Aunque el contenido de la apercepción produce angustia, parálisis, cuando es
asumida en la acción estética no es mera receptividad pasiva, revivifica; la relación se
establece dentro de la sensibilidad de lo «bello», entendido esto no como un concepto
positivo, sino como la relación que se establece por medio de la obra entre dos
subjetividades. En la obra artística se produce el reconocimiento de la imaginación
creadora y se establece una comunicación que no se da en otras partes del mundo
civilizado. En el acto estético, que es una de las determinaciones de la voluntad, se
muestra su potencia: ya que la muerte es trascendida, se toma conciencia de ello
como un elemento profundamente íntimo, y se supera.
La nada constituye la natura corrupta del ser humano, pero ¿cuáles son las
condiciones de verdad que me muestra la nada como verdad? Podemos adelantar que
las condiciones de verdad son las del análisis del raciocinio. El devenir de todos los
entes, su salir de la nada y a ella regresar implica necesariamente la inexistencia de
ningún ser inmutable y eterno. El conocimiento analítico solo nos proporciona una
certeza parcial, impotente, que deja fuera la base en que ese conocimiento se apoya,
que es la ilusión. La abstracción en la que se basa el tiempo cuantitativo es la mala
infinitud; ante ello hay que oponer un tiempo diverso, el tiempo de lo concreto, que
es la producción imaginativa.
El contenido de nuestra autoconciencia es también esperanza y deseo, capacidad
deseante o fuerza que nos arrastra, pero este deseo cuando es posesión se agota a sí
mismo, formalmente el deseo es inagotable, pero este deseo es producción, es
potencia. Cuando el deseo formal viene negado, se vuelve impotencia y apagarse de
la existencia. El suicidio es cuando la impotencia del deseo se dirige hacia su último
elemento o límite, el propio cuerpo, por ello el deseo de suicidio vuelve a revivificar,
recrea, aunque en su grado más bajo, la sensación de potencia, como dijo Nietzsche
en Más allá del bien y del mal, en el aforismo 157: «Siempre es consolador pensar en
el suicidio: de este modo se puede sobrellevar más de una mala noche».
En la obra artística se conjugan un contenido de verdad negativo, es decir, la
nulidad de todas las cosas como elemento demistificador, y la forma sensible del arte.
Este instante abre un nuevo horizonte de tiempo, un nuevo espacio en el que a través
del médium sensible aumenta nuestra capacidad de potencia.
Le evidencia del devenir exige necesariamente que no exista ningún eterno ni
ningún inmutable. Cuando la razón es análisis detiene este proceso y se convierte en
cosificación, pone sus contenidos como verdad incontrovertible y se convierte en
mitología, corrupción, fanatismo; la naturaleza se contradice si es razón.
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El origen del juego es pura accidentalidad, estamos en este como perfectamente
podríamos estar inmersos en cualquier otro, es pura accidentalidad. Pero como todo
juego, para que no se niegue a sí mismo, también tiene sus reglas, y la más
importante de todas ellas es la fuerza de la materia, que en el ser humano se
concretiza en voluntad de existir.
La razón es contradicción, pero no porque su contenido sea contradictorio, sino
porque ella necesita tener un sentido, pero se percata de que el acaecer de la razón es
absolutamente gratuito y sin porqué. En la existencia aparece el sentimiento de la
nulidad de la existencia, y la razón es la forma más acabada de tal sentimiento, se
funda en él. La existencia misma es un acontecer que tiene como fundamento la nada.
La razón y la ilusión están unidas indisolublemente, ya que la razón sin ilusión no
tendría contenidos, mientras que para la naturaleza la aparición de la razón es
puramente fortuita, no hay nada que les ligue; es un instrumento que ha aparecido
pero que no es esencial. En un primer momento parece que la razón desmonta sus
propios fundamentos porque introduce en la voluntad de existir la voluntad de no
existir, pero como hemos dicho más arriba, creemos que esta es una contradicción
aparente, porque a fin de cuentas la voluntad no deja de ser voluntad. La razón tiene
necesidad de lo que ella destruye; la razón, en un sentido preciso, cuando es análisis
(acumulación) o mistificación, es impotencia, nulidad, parálisis de la acción;
trascender la nada es la potencia.
El artista, pero no solo él, despliega su imaginación creativa, es potente, capaz de
crear cuando todo es estéril, es la voluntad que puede sobrevivir a la aniquilación de
cualquier otra forma, porque es la fuerza con la que se ve la nulidad de toda voluntad
de potencia.
La voluntad de dominio es una voluntad deturpada, manifestación de la razón
mistificada. Al interno de esta mistificación se produce el análisis, la descomposición
entendida como cálculo. La razón mistificadora se origina al interno de la ilusión de
eternidad; la ilusión de espiritualidad es una herida decisiva en el corazón mismo de
la materia; esta razón horada la propia conciencia hasta extirpar el mismo vigor
físico.
La razón es corrupción de la vida, devenir, angustia inacción, impotencia; el
progreso es el progreso de la nada; la civilización es la destrucción creciente del ser
humano, pues busca durar en su impotencia.
La razón considera que lo existente aparece como numerable y calculable.
Aparece en su carácter matemático, incluso el tiempo en el que la autoconciencia se
despliega va tener este carácter calculable y homogéneo. Cálculo que también afecta
a los placeres, y que por eso mismo no puede desembarazarse del dolor, ya que el
placer se constituye al interno de la abstracción matemática; la voluntad de potencia
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no acepta medida, la imaginación no es calculable, se despliega en otro tiempo, el
tiempo del instante, un tiempo-ahora.
La filosofía moderna es la voluntad de poner como fundamento del saber la
observación y la experiencia, y el sentido del mundo que emerge en tales
fundamentos. La observación es pasiva, y muestra que la experiencia es la
experiencia del devenir de los entes.
La naturaleza es existencia, y es prevalecer en la existencia, la alegría es aumentar
la capacidad de actuar, y eso solo puede conseguirse a través de la ilusión y la
imaginación.
Para poder confrontar ilusión con verdad, y mostrar lo erróneo de las ilusiones,
debemos utilizar un criterio que nos sirva de guía para hacer tal trabajo; además de tal
criterio debemos saber cuáles son los presupuestos que deben satisfacer las
condiciones por las que algo se presenta como verdad. Como vemos, en la época de
Leopardi el criterio es el paradigma científico; este se ha apoderado de las
condiciones por las cuales debe juzgarse todo saber que se presente como saber; sin
embargo, Leopardi nos muestra lúcidamente cómo estas condiciones hablan más de
la muerte en vida que de lo que conviene y es más propio al ser humano. La razón
rápidamente se vuelve mistificación y análisis; estas condiciones traspasan la mera
subjetividad para convertirse en fundamento y sentido del mundo. Pero este sentido
son determinaciones y contenidos del puro dato, dato que es sin porqué; las
conexiones necesarias que el ser humano cree descubrir son debidas a su
antropocentrismo y no porque haya una mente que diseñe la naturaleza y se
despliegue de manera necesaria. El conocimiento consiste en averiguar la conexión
necesaria de las determinaciones internas de un sistema formal cuyo contenido es lo
dado; pero este conocimiento, que es una facultad de la mente, se pone a sí mismo
como totalidad; excluye el deseo y condena todo aquello que no respete sus límites.
La naturaleza es movimiento productivo del «juego», detrás del juego no hay más
que la indeterminada materia, la dimensión constituida por el mismo devenir de las
cosas. La voluntad no precede a la existencia, es la existencia misma, la voluntad de
la naturaleza es la consecuencia necesaria del puro hecho de existir.
La razón hará sentir su fuerza aniquiladora sobre la voluntad de potencia,
alienando al ser humano de su único recurso, al alienarlo de su voluntad de potencia
aparece con su presencia abrumadora el tedio. La consolación es la consolación del
desierto.
La imaginación productiva se apoya nada más que en la conciencia de
inexistencia de cualquier apoyo; no necesita garantías, además, ¿qué tipo de garantías
se pueden dar para el futuro? La fuerza de la imaginación productiva en su vertiente
estética nos hace sentir el tiempo-ahora cuando niega todo tiempo. Cuando niega toda
eternidad y nos traslada del tiempo homogéneo; la eternidad del instante.
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La infelicidad como culpabilidad no es sino una falta contra la propia naturaleza
de la potencia; al igual que el deseo que se objetiva en algo concreto, así como la
culpa, no dejan de ser dos expresiones de la impotencia.
La potencia, sin embargo, es entusiasmo, en su sentido clásico, una posesión
divina; en cuanto que es imaginación creativa, en cuanto es producción, es también
acción. Entusiasmo aunque sea producción, que tiene como contenido la nada, la
nulidad incluso del propio entusiasmo.
El canto poético anima a los seres humanos, hacen que se reconozcan entre sí,
aumenta la potencia y la alegría del devenir, de estar en un mundo infinitamente
posible. Cuando la voluntad de dominio se cosifica en algo inmutable, lo afirma de
manera soberbia; esta es la razón mistificadora que establece la verdad, una fábula
que, como tela de araña, enreda a quien en ella se apoya. En el último
desenmascaramiento que realiza la obra artística se encuentra la intensa y fría mirada
de la nada, sin embargo, es en esta fría intensidad en la que la conciencia se reconoce,
y esa fuerza es la que permite asumirla y transcenderla, y no huir de ella. La huida es
distracción y la perversión del tedio, que es matar el tiempo. Separada de su raíz, el
amor entre los hombres no es posible, y la sociedad es el prevaricar de los más fuertes
sobre los más débiles; prevalece la voluntad de dominio y la forma que ella se
expresa: la mediocridad, el statu quo o el conservadurismo. La voluntad de dominio
es reacción y supresión de la voluntad de potencia apoyada en la muerte. La voluntad
de dominio sofoca la creación, en el siglo de la estadística no hay espacio para la
singularidad.
El progreso de la razón empuja hacia la esterilidad y el agotamiento, se convierte
en «ciertísima locura… La locura más razonable de la tierra, es decir, la sola cosa
razonable», una razonabilidad que no tiene más fin que la acumulación y en la que
todo deviene un medio para tal fin; implica la homogeneización de todo ente, ya que
estos solo tienen una característica importante: su calculabilidad, su abstracción
matemática; los entes están mediados por su abstracción matemática, que en el fondo
es nihilismo y asolamiento de las cosas y de los seres humanos que pierden sus
características para convertirse en meras cosas entre las cosas. El criterio de verdad
será lo útil o lo inútil en referencia a la acumulación del capital. La voluntad de
dominio se muestra a sí misma como movimiento que busca la producción del
paraíso, pero no se da cuenta que la tendencia fundamental de ese movimiento es
hacia la esterilidad y la desolación.
El carácter analítico-matemático es el trazo esencial de lo existente, pero este
trazo es una mediación de la racionabilidad, en cuanto voluntad de dominio; y ese
carácter es la cosificación, de que algo no sea más que una cosa. Esa voluntad de
dominio es evasión, distracción, es no afianzarse en la muerte, es huida de la muerte,
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que es lo más íntimo y propio, y se muestra en el fondo como contradicción e
impotencia. La racionalidad es una de las más potentes formas de ilusión.
La naturaleza corrupta no es una naturaleza totalmente destruida, y en la
búsqueda de la felicidad, en la huida del dolor, el ser humano busca salvarse por
medio de la razón y de la expresión más absoluta, que es la voluntad de dominio en
su vertiente técnico-matemática; sin embargo, los resultados que esta obtiene no son
vivificantes; al contrario son, a lo sumo, duración, una duración que se hace más
insoportable que la propia muerte. Al menos esta última, al presentarse por mi propio
deseo, reabre, aunque sea por un instante, la dimensión de la vida.
El mundo de la abstracción, que es el mundo de la civilización, impide una vuelta
atrás, cualquier intento de huir de este mundo por medio de una reconciliación con la
naturaleza está condenado al fracaso. El abandono de la sociedad nos deja aún con
menos armas ante el azar de la naturaleza, incluso puede ser sentido como crueldad el
perpetuo crear y destruir de la natura cuando no es más que puro juego, puro caso. La
felicidad fundada en la voluntad de dominio es una ilusión ingenua. El deseo, la
imaginación productiva, no responden a ningún criterio matemático, no son
cuantificables ni analizables; además constituyen mundo, abren el horizonte de la
acción, no puede descomponerse. El porvenir, pues, no es algo estable, fijo, sino que
es algo dinámico, que siempre está en proceso y que no se agota en lo creado. Por
ello, la voluntad de potencia contrasta con el carácter matemático de la voluntad de
dominio, que necesariamente compete a todo aquello que ya es, que ya existe, sujeto
a la ilusión del conocimiento. Este nuevo mundo que el crear funda es irreducible a la
realidad analítico-matemática, porque en el momento que se constituye se solidifica y
cosifica, es anticuariado y no producción.
La obra de arte literaria es la potencia del lenguaje antes de devenir palabrería: la
designación de las virtudes iban acompañadas de la potencia activa que les daba su
significado, hoy es un simple flatus vocis. La voluntad de dominio está destinada al
fracaso, a la aniquilación de sí misma; sin embargo, la voluntad de poder todavía
puede resistir.
La voluntad de potencia, en cuanto imaginación creativa, es principio de
producción de lo que es deseado, de lo que es querido, no depende del cálculo de los
medios ni de los límites de este, es creación absoluta. A pesar de que la creación
tenga como destino la nada, el acto mismo de creación es siendo, no puede anularse,
el instante creativo es un tiempo-ahora que se despliega y trasciende el tiempo
homogéneo. Ese tiempo puede ser recuperado a partir de la intensidad con la que un
sujeto accede y experimenta a la obra creada, aniquilando la mistificación de los
contenidos de su conciencia en el médium continuum de la experiencia estética.
El poeta crea ilusiones sensibles en las que se puede dar la terrible conciencia de
que todo es nada, una nada yo mismo; pero esto es libertad y no inacción. El saber no
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es tal cuando no implica acción, el único criterio que nos queda para esclarecerse
entre el mundo de ilusiones es comprobar si el saber ilusorio conduce a la acción o al
tedio. Observar la vida desde el mundo de los muertos, ilusión suprema para que
podamos observar el ridículo de la existencia.
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CRONOLOGÍA
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DIÁLOGOS MORALES
UNA INVESTIGACIÓN SATÍRICA
Y ESTÉTICA DE LAS RAÍCES
DE LAS MISERIAS HUMANAS
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Historia del género humano
Cuéntase que todos los hombres que desde el principio poblaron la Tierra fueron
creados en todas partes al mismo tiempo, y todos niños, y fueron nutridos por las
abejas, por las cabras y por las palomas del mismo modo que los poetas fabularon la
educación de Júpiter. La Tierra era mucho más pequeña de lo que ahora es, casi todos
los países llanos, el cielo sin estrellas, no había sido creado el mar, y se mostraba en
el mundo mucha menor variedad y magnificencia de la que se descubre hoy. Pero a
pesar de todo, los hombres se complacían incansablemente mirando y contemplando
el cielo y la Tierra, se fascinaban sobremanera, y reputaban uno y otro bellísimos, y
no vastos sino infinitos, tan llenos de grandeza como de esplendor y de gracia; se
apacentaban con alegres esperanzas, y obtenían con cada sensación de su vida
increíbles placeres, crecían con gran contento, y poco menos que estimándose felices.
Consumida dulcemente la niñez y la primera adolescencia, y llegados a edad más
firme, comenzaron a sentir algún cambio. Las esperanzas, que ellos hasta aquel
momento habían estado aplazando día tras día, no se habían verificado y les parecía
que merecían poca fe; y contentarse con lo que disfrutaban presentemente, sin
prometerse un crecimiento de bien, no les parecía posible; sobre todo cuando el
aspecto de las cosas naturales y cada una de las partes de la vida diaria, o por la
costumbre o por haber disminuido en su ánimo la primera intensidad, no eran desde
hace tiempo tan placenteros y gratos como al principio. Marchaban por la Tierra
visitando lejanísimos territorios, cosa que podían hacer cómodamente, por ser los
lugares llanos, y no separados por mares ni por otras dificultades impedidos. Pasados
no muchos años, la mayoría advirtió que la Tierra, aunque grande, tenía confines
definidos, y no tan extensos que fueran inabarcables; y que todos los lugares de la
Tierra y todos los hombres, salvo ligerísimas diferencias, eran semejantes los unos a
los otros. Por tales cosas crecía su insatisfacción, de modo que no habiendo todavía
salido de la juventud, sentían ya un gran fastidio de ser sí mismos que había ocupado
todo su ánimo. Y poco a poco en la edad adulta, y especialmente en el declinar de los
años, se convirtió la saciedad en odio; algunos tuvieron tal desesperación que, no
soportando ni luz ni vida que en los primeros años habían tenido en tanto amor,
voluntariamente, de uno u otro modo, se privaron de ella.
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Les parecía horrendo a los dioses este suceso, que en las criaturas vivientes la
muerte fuera preferida a la vida, y que esta misma en algunos individuos, sin ser
forzados por la necesidad ni por otra causa, fuera instrumento para deshacerse de ella.
Ni se puede decir fácilmente cuánto les sorprendía que sus dones fueran considerados
tan viles y abominables que debiesen con toda su fuerza despojarse de ellos y
rechazarlos, pues estimaban que habían dispuesto en el mundo tanta bondad y gracia,
y tal orden y condición, que la estancia debía ser, no solo tolerada, sino sumamente
amada por cualquier animal, y máximamente por los hombres, cuyo género habían
formado con singular estudio y maravillosa excelencia. Se compadecieron de la
miseria humana que se mostraba en tales casos, y albergaban la creencia de que
renovándose y multiplicándose aquellos tristes ejemplos, la estirpe humana en poco
tiempo, contra el orden de los hechos, llegase a perecer, y las cosas fueran privadas
de la perfección que procedía de nuestro género, y ellos de los honores que recibían
de los hombres.
Decidido, por tanto, Júpiter a mejorar, pues parece que era necesario, la condición
humana, y de dirigirla a la felicidad con mayores auxilios, comprendió que los
hombres se lamentaran principalmente porque las cosas no eran inmensas de
grandeza ni de infinita belleza, perfección y variedad, como ellos con anterioridad
habían juzgado; por el contrario, las cosas eran angostísimas, todas imperfectas y más
o menos de una sola forma; y que doliéndose no solo de la edad provecta, sino
también de la naturaleza, y de la misma juventud, y deseando la dulzura de sus
primeros años, rogaban fervientemente ser devueltos a la niñez, y en ella persistir
toda la vida; de lo cual no podía Júpiter satisfacerles, siendo contrario a las leyes
universales de la naturaleza y a los deberes y utilidad que los hombres debían, según
la intención y los designios divinos, ejercer y producir. Ni tampoco podía comunicar
la propia infinitud a las criaturas mortales, ni hacer la materia infinita ni infinita la
perfección y la felicidad de las cosas y de los hombres. Mas le pareció conveniente
alargar los confines de lo creado, y de orlarlo y variarlo: y siguiendo esta resolución,
aumentó la Tierra en todas partes, y ahondó el mar para que, interponiéndose entre
los lugares habitados, diversificase la semblanza de las cosas e impidiese que sus
confines pudieran ser fácilmente conocidos por los hombres, interrumpiendo los
caminos, y representando a la mirada una viva semejanza de la inmensidad. En aquel
tiempo ocuparon las nuevas aguas la Atlántida, y no solo ella, sino un conjunto de
innumerables y extensísimos territorios, si bien de aquella quede especial memoria
que sobrepasa la infinidad de siglos. Muchos lugares sumergió, muchos cubrió
levantando montes y colinas, diseminó de estrellas la noche, hizo más fina y purificó
la naturaleza del aire, y acrecentó el día de claridad y de luz, consolidó y mezcló los
colores del cielo y del campo, confundió las generaciones de los hombres de modo
que la vejez de unos concurriese al mismo tiempo con la juventud y la niñez de otros.
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Y se resolvió a multiplicar las apariencias del infinito que los hombres sumamente
deseaban (puesto que él no podía realizarlo con la sustancia), queriendo promover y
alimentar su imaginación, con la virtud de la que, principalmente comprendía, era
precedida la felicidad de la niñez; entre las muchas estratagemas que puso en marcha
(como fue la del mar), creó el eco y lo escondió en los valles y en las cavernas, y
puso en las selvas un rumor sordo y profundo, con un vasto ondear de ramas y copas.
Creó igualmente el país de los sueños, y les encomendó que engañaran de muchas
maneras el pensamiento de los hombres para que se imaginaran la plenitud de una
ininteligible felicidad, que él no veía modo de hacer sensible: ya que de esa imagen
indefinida e indeterminada, de la cual él mismo, aunque habría querido hacerlo, y por
la que los hombres suspiraban ardientemente, no podía producir ningún ejemplo real.
Fue por estas disposiciones de Júpiter, distraído y confortado el ánimo de los
hombres, y reintegrada en cada uno la gracia y el amor por la vida, además de la
opinión, el placer y el estupor por la belleza y por la inmensidad de las cosas terrenas.
Y duró este buen estado más largamente que el primero, sobre todo por la diferencia
temporal introducida por Júpiter en los nacimientos, por lo que los ánimos fríos y
cansados por la experiencia de las cosas eran reconfortados viendo el calor y las
esperanzas de la juventud. Mas con el pasar del tiempo y faltada de nuevo por
completo la novedad, y resurgido y reconfirmado el tedio y la desestima por la vida,
se redujeron los hombres a tal abatimiento que nació entonces, como se cree, la
costumbre referida en las historias, practicada por algunos pueblos antiguos y que
algunos aún conservan[1], consistente en que en un nacimiento se reúnen parientes y
amigos para llorarlo, y en la muerte se celebra ese día con fiestas y proclamas
congratulándose con el extinto. Finalmente todos los mortales se volvieron impíos,
pues les parecía que no eran escuchados por Júpiter, o la propia naturaleza de las
miserias endurecían y corrompían los ánimos, incluso los de mejor carácter, y los
desvinculaba de lo honesto y lo correcto. Por lo que se engaña quien estima que la
infelicidad humana ha nacido primeramente de la iniquidad y de los actos cometidos
contra los dioses; no de otra cosa tuvo origen la maldad de los hombres que de sus
calamidades.
Tras ser castigada por los dioses con el diluvio de Deucalión la soberbia de los
mortales, y habiéndose vengado de las injurias, los dos únicos salvados del naufragio
universal de nuestro género, Deucalión y Pirra, convenciéndose de que con ninguna
cosa podrían ayudar a la estirpe humana al ser del todo apagada, se sentaban en la
cima de un peñasco llamando a la muerte con ardentísimo deseo, pues ni temían ni
deploraban la suerte de sus semejantes. Obligados por Júpiter a reparar la soledad de
la Tierra; y sin ser capaces, tal como estaban apesadumbrados y desdeñosos de la
vida, de dar comienzo a la generación, los dioses les mostraron las piedras de la
montaña y, arrojándolas por encima de sus hombros, restauraron la especie humana.
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Júpiter, reparando, por las cosas pasadas, en la naturaleza de los hombres, y que no se
satisfacen, como los demás animales, con vivir y estar libres de dolores y molestias
corporales; que, al contrario, anhelan siempre y en todo modo lo imposible, y más se
afanan en este deseo cuando menos afligidos están por otros males, decidió valerse de
nuevas artes para conservar este mísero género, las cuales fueron principalmente dos:
introducir en su vida verdaderos males y envolverla en mil ocupaciones y fatigas, al
efecto de entretener a los hombres y distraerlos lo más posible de conversar con el
propio ánimo, o al menos del deseo de su desconocida y vana felicidad.
Por consiguiente, primero difundió entre ellos una varia multitud de
enfermedades y un infinito género de desventuras: pues por una parte quería, con el
variar las condiciones y las fortunas de la vida mortal, que los mortales obviasen la
saciedad y creciesen, tras soportar los males, apreciando más los bienes; y por otra
parte, que los espíritus se ejercitaran en cosas desagradables, con el fin de que el
defecto de los goces fuera más llevadero que en el pasado; y en parte también con
intención de enervar y amansar la ferocidad de los hombres, amaestrarlos a inclinar la
cabeza y ceder a la necesidad, que se contentasen más fácilmente con la propia
suerte, y reprimir, en los ánimos debilitados tanto por las enfermedades del cuerpo
como por los esfuerzos propios, la agudeza y la vehemencia del deseo. Además de
esto, pensaba que los hombres, oprimidos por las enfermedades y por la calamidad,
estarían menos dispuestos que antes a dirigir las manos contra sí mismos, que
devendrían viles y postrados, como sucede por el hábito de los padecimientos. Los
cuales también suelen, dando lugar a esperanzas mejores, anudar el alma a la vida:
pues los infelices tienen la firme opinión de que serán felicísimos cuando se
recuperen de sus males; cosa que, por la naturaleza humana, no dejan nunca de
esperar que les sucederá de algún modo. Después creó las tempestades de vientos y
de nubarrones, se armó del trueno y de los relámpagos, dio a Neptuno el tridente,
decretó la órbita de los cometas y ordenó los eclipses. Con tales cosas y con más
signos y efectos terribles se dispuso a atemorizar a los mortales de tiempo en tiempo:
sabiendo que el temor y los presentes peligros reconciliarían con la vida, al menos
por breves horas, no solo a los infelices, sino incluso a aquellos que la tuvieran como
cosa abominable y que estuvieran dispuestos a eludirla.
Y para excluir la pasada ociosidad, indujo en el género humano la necesidad y el
apetito de nuevos alimentos y de nuevas bebidas, de las que con mucho y grave
esfuerzo se pudieron proveer; mientras que, antes del diluvio, los hombres se
refrigeraban solo con el agua y se apacentaban con las hierbas y con las frutas que la
tierra y los árboles les suministraban espontáneamente, y de otros alimentos sencillos
y fáciles de procurar, como acostumbran a alimentarse incluso hoy día en California.
Asignó a los diferentes lugares diversas cualidades celestes y dividió en partes el año,
que hasta ese día había sido siempre y en toda la Tierra benigno y agradable, de modo
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que los hombres no habían tenido necesidad de usar vestimenta; pero de ahí en
adelante estuvieron obligados a abastecerse y resguardarse de los cambios y de las
inclemencias del cielo con muchas prevenciones. Impuso a Mercurio fundar la
primera ciudad y diferenciar el género humano en pueblos, naciones y lenguas,
creando rivalidad y discordia entre ellos; y mostrar a los hombres el canto y otras
artes que, sea por su naturaleza sea por su origen, fueron llamadas, y todavía se
llaman, divinas. Él mismo dio leyes, estados y órdenes civiles a las nuevas gentes; y,
por último, queriendo con un incomparable don obsequiarlos, les envió ilusiones
excelentísimas y sobrehumanas, a las cuales concedió en gran parte el gobierno y la
potestad sobre esa gente: y fueron llamadas Justicia, Virtud, Gloria, Amor patrio y
nombres semejantes. Entre las ilusiones hubo una llamada Amor que, por vez
primera, al igual que las demás, llegó a la Tierra: por lo que antes del uso de
vestimentas no era amor, sino el impulso de la concupiscencia, que no se distinguía
en los hombres del que experimentaban los animales, lo que empujaba un sexo hacia
el otro, en el modo en que cada uno es atraído por los alimentos y a símiles objetos,
los cuales verdaderamente no se aman pero se apetecen.
Fue cosa admirable cuánto fruto proporcionaron estas divinas disposiciones a la
vida mortal, y cuánto la nueva condición de los hombres, a pesar de las fatigas, los
miedos y los dolores, cosas antes ignoradas por nuestro género, superase en
comodidad y dulzura a la que había antes del diluvio. Y este efecto provino en gran
parte por las maravillosas ilusiones, las cuales fueron por los hombres consideradas
ora genios ora dioses, y seguidas y honradas con ardor inestimable y con vastos y
portentosos esfuerzos por larguísima edad: encendiendo a esto con su canto con
infinito esfuerzo los poetas y los nobles artistas, tanto que un grandísimo número de
mortales no dudaron donar y sacrificar, a una u otra de esas ilusiones, la sangre de la
propia vida. Cosa que no desagradaba a Júpiter, al contrario, le placía sobremanera,
entre otros motivos por el hecho de juzgar que debía ser para los hombres tanto
menos fácil quitarse voluntariamente la vida cuanto más dispuestos estuvieran a
gastarla por motivos bellos y gloriosos. Incluso en duración estas buenas prácticas
excedieron grandemente a las antiguas, pues, a pesar de que muchos siglos después
estuvieron en manifiesta decadencia, el declinar y la ruina de estas fueron suficientes,
hasta entrada una edad no muy remota de la presente para la vida humana, la cual por
virtud de tales prácticas, que habían concedido incluso en algún tiempo, casi la
alegría, se mantuvo para su beneficio mediocremente fácil y tolerable.
Las causas y los motivos de sus trastornos fueron los muchos inventos hallados
por los hombres para proveer cómodamente y en poco tiempo a las propias
necesidades; el desmesurado crecimiento de la disparidad de condiciones y de oficios
establecida por Júpiter entre los hombres cuando fundó y dispuso las primeras
repúblicas; la ociosidad y la vanidad que por estos motivos, de nuevo, después de
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antiquísimo exilio, ocuparon la vida; el haber, no solo por la sustancia de las cosas,
sino también por la estimación de los hombres, disminuido en esa vida la gracia de la
variedad, como siempre sucede por la larga costumbre; y finalmente otras cosas más
graves, las cuales por haber sido ya descritas y tratadas por muchos, no es el caso de
tratar ahora. Lo cierto es que en los hombres se renovó el aburrimiento por las cosas
que los habían abatido antes del diluvio, y se refrescó el amargo deseo de felicidad
ignota y ajena de la naturaleza del universo.
Pero la completa perturbación de su fortuna y el desenlace del estado de cosas
que hoy solemos llamar antiguo vino principalmente de un motivo diverso de los
precedentes, y fue este. Había entre aquellas ilusiones, tan apreciadas por los
antiguos, una llamada en su lengua Sabiduría que, honrada universalmente como
todas sus compañeras, y en particular seguida por muchos, había cooperado en gran
medida en la prosperidad de los siglos pasados. Esta, una y otra vez, continuamente,
había prometido y jurado a sus partidarios querer mostrarles la Verdad, de la que
decía que era un genio grandísimo, su propia señora, que nunca había descendido a la
Tierra y que se sentaba con los dioses en el cielo; ella aseguraba que con su propia
autoridad y gracia pretendía traerla y obligarla, por algún espacio de tiempo, a
peregrinar entre los hombres: y gracias al uso y a la familiaridad con la verdad, debía
el género humano alcanzar tal estado, que por la altura de los conocimientos,
excelencia de instituciones y de costumbres, y felicidad de vida, poco se diferenciase
del divino. ¿Pero cómo podía una pura sombra y un semblante vacío cumplir sus
promesas, e incluso llevar a la Tierra la Verdad? Los hombres, después de muchísimo
creer y confiar, agudizados por la vanidad de las promesas; y al mismo tiempo
famélicos de cosas nuevas, sobre todo por el ocio en que vivían; y estimulados en
parte por la ambición de igualarse a los dioses, en parte por el deseo de la felicidad
que por boca de la ilusión reputaban, conversando con la Verdad, capaces de
conseguir; se dirigieron con insistentísimas y presuntuosas voces pidiendo a Júpiter
que por algún tiempo concediese a la Tierra el nobilísimo genio, reprochándole que
vedase a sus criaturas la utilidad infinita que la presencia de ella les reportaría, y
además se quejaban de la suerte humana, renovando las antiguas y odiosas querellas
sobre la pequeñez y la pobreza de sus cosas. Y porque las bellísimas ilusiones,
principio de tantos bienes en las edades pasadas, ahora se tenían por la mayor parte
en poca estima; no porque ya eran notas por lo que verdaderamente eran, sino porque
la común vileza de los pensamientos y la pereza de las costumbres hacía que casi
ninguno hoy día las siguiera, por ello los hombres blasfemaban perversamente contra
el mayor obsequio que los eternos habían hecho y habían podido hacer a los mortales,
gritaban que a la Tierra solo habían sido concedidos genios menores; y a los mayores,
a los cuales la estirpe humana más adecuadamente se inclinarían, no les era ni lícito
ni digno poner el pie en esta ínfima parte del universo.
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Muchas cosas habían desde hace ya mucho tiempo alejado nuevamente la
voluntad de Júpiter de los hombres; y entre ellas los innumerables vicios y fechorías,
que por número y por maldad habían desde hace mucho dejado atrás las maldades
vengadas por el diluvio. Le indignaba completamente, después de tantas experiencias
hechas, la inquieta, insaciable, inmoderada naturaleza humana; a la tranquilidad de la
cual, ya que no a la felicidad, no veía por cierto, ninguna decisión que tomar, ningún
estado que le conviniese ni ningún lugar suficiente; aun cuando él hubiese querido
por mil veces aumentar los espacios y los placeres en la Tierra, y la universalidad de
las cosas, aquellos y estos a los hombres, igualmente incapaces y ansiosos de lo
infinito, en breve tiempo habrían parecido estrechos, desagradables y de poco valor.
Pero finalmente la estulta y arrogante petición suscitó de tal modo la ira del dios, que
resolvió, eliminando toda piedad, punir perpetuamente a la especie humana,
condenándola por toda la edad futura a miserias mucho más grandes que las pasadas.
Para lo cual decidió no solo enviar a la Verdad a estar entre los hombres, como ellos
pedían, por bastante tiempo, sino dándole eterno domicilio entre ellos, y excluidas de
aquí abajo las vagas ilusiones que él había asentado, hacerla perpetua moderadora y
señora de la gente humana.
Y sorprendiéndose los demás dioses con esta decisión, como a los que parecía que
él hubiese conseguido ensalzarlos demasiado de su estado y en perjuicio de su
superioridad, Júpiter les disuadió de esa opinión mostrándoles que no todos los
genios, incluso los grandes, tienen propiedad benéfica; y no es de tal índole la Verdad
que ella deba hacer los mismos efectos en los hombres que en los dioses. En el lugar
donde los inmortales encontraban su felicidad descubrirían los hombres y
encontrarían continuamente delante de su mirada la infelicidad representándola
además, no como obra solamente de la fortuna, sino tal que por ningún accidente ni
por ningún medio la puedan evitar, ni nunca, viviendo, interrumpir. Y teniendo la
mayor parte de sus males esta naturaleza, que lo son en la medida que lo cree quien
los soporta, y más o menos grave según como los estime; se puede juzgar de cuán
grandísimo daño sea para los hombres la presencia de este genio. A los cuales
ninguna cosa parecerá verdadera salvo la falsedad de todos los bienes mortales y
ninguna sólida, sino la vanidad de toda cosa excepto los propios dolores. Por estos
motivos estarán también privados de la esperanza; con la cual desde el principio hasta
el presente, más que con otro placer o consuelo alguno, sostuvieron la vida. Y nada
esperando ni viendo en sus empresas y esfuerzos fin digno alguno, llegarán a tal
negligencia y aborrecimiento de toda obra profunda o magnánima que la común
costumbre de los vivos será poco diversa de la de los sepultos. Mas de esta
desesperanza y lentitud no podrán evitar que el deseo de una inmensa felicidad,
congénito a sus almas, no les punce y atormente tanto más que antes, ya que estará
menos obstaculizado por la variedad de las curas y del ímpetu de las acciones. Y al
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mismo tiempo se encontrarán destituidos de la natural virtud imaginativa, que sola
podía por algunos instantes satisfacerlos de esta felicidad imposible e incomprensible
para mí e incluso para ellos que la desean. Y todas las semejanzas del infinito que yo
estudiadamente había puesto en el mundo para engañarlos y pacerlos conforme a sus
inclinaciones, de pensamientos vastos e indeterminados, serán insuficientes para este
efecto por la doctrina y por las costumbres que ellos aprenderán de la Verdad. De
modo que la Tierra y las otras partes del universo, si antes les parecían pequeñas, les
parecerán a partir de ahora mínimas porque serán instruidos y aclarados los arcanos
de la natura; y porque, contra la presente expectación de los hombres, aparecen tanto
más estrechas cuanto más de ella se sepan. Finalmente, serán arrebatados de la Tierra
sus fantasmas, y por las enseñanzas de la Verdad, por las cuales los hombres tendrán
pleno conocimiento del ser de aquellos, carecerá la vida humana de todo valor, toda
rectitud, tanto de pensamiento como de hecho; y no solo el estudio y el amor, sino
que el nombre mismo de las naciones y de las patrias será apagado en todas partes,
llevándose a todos los hombres, como ellos están acostumbrados a decir, a una sola
nación y patria, como fue desde el principio, y haciendo profesión de amor universal
hacia toda su especie, pero verdaderamente disipándose la estirpe humana en tantos
pueblos como hombres. Por lo tanto, no proponiendo ni patria a la que
particularmente amar ni extranjeros para odiar, cada quien odiará a todos los demás,
amando solo, de todo su género, a sí mismo. De tal cosa, cuántos y cuáles males
hayan de nacer sería infinito de contar. Ni por tanta y tan desesperada infelicidad se
arriesgarán los mortales de abandonar la luz espontáneamente, pero el imperio de este
genio les hará no menos viles que míseros; y aumentado grandemente la dureza de su
vida, les privará del valor de rechazarla.
Por estas palabras de Júpiter parecía a los dioses que nuestra suerte sería mucho
más cruel y terrible de lo que la divina piedad podría autorizar. Pero Júpiter prosiguió
diciendo: Tendrán, sin embargo, algún mediocre consuelo del fantasma que ellos
llaman Amor; el cual estoy dispuesto, quitando todos los demás, dejar en el consorcio
humano. Y no estará permitido a la Verdad, aun cuando potentísima y combatiéndolo
de continuo, ni exterminarlo nunca de la Tierra, ni vencerlo sino raramente. Así que
la vida de los hombres, igualmente ocupada en el culto de ese fantasma y de este
genio, estará dividida en dos mitades; y uno y otro tendrán en las cosas y en las almas
de los mortales común imperio. Todas las demás ocupaciones, excepto unas pocas y
de poca importancia, se minimizarán en la mayor parte de los hombres. En la edad
anciana la carencia de la consolación de Amor será compensada por el beneficio de
su natural propiedad de estar casi contentos con la vida misma, como acaece en otras
clases de animales, y de cuidarla diligentemente por su propia causa, no por el placer
ni por la ventaja que obtengan.
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Así eliminados de la Tierra los beatos fantasmas, salvo solamente Amor, el menos
noble de todos, Júpiter envió entre los hombres a la Verdad, y le concedió entre ellos
perpetua estancia y señorío. De lo que derivaron todos los luctuosos efectos que él
había previsto. Y sucedió cosa de gran maravilla: mientras el genio antes de su
descenso, cuando él no tenía poder ni convicción alguna entre los hombres, había
estado por ellos honrado con un grandísimo número de templos y de sacrificios,
ahora llegado a la Tierra con autoridad de príncipe, y manifestando su presencia, a
diferencia de todos los otros inmortales que además son más venerados, entristeció de
tal modo las mentes de los hombres y las golpeó con tantos horrores que ellos, si bien
esforzándose en obedecerlo, rechazaron adorarlo. Y mientras que las ilusiones en
cualquier ánimo habrían usado su fuerza, y por ello solían ser más respetadas y
amadas, este genio obtuvo más fieras maldiciones y mayor odio de aquellos en los
que él tuvo mayor imperio. Pero no pudiendo por ello ni sustraerse ni repugnar su
tiranía, viven los mortales en la suprema miseria que ellos sufren hasta hoy, y que
siempre sufrirán.
Si la piedad, que en el ánimo de los celestes no está nunca apagada, conmovió no
hace mucho tiempo la voluntad de Júpiter ante tanta infelicidad; y sobre todo por
algunos hombres singulares por exquisitez de intelecto, unida a la nobleza de
costumbres e integridad de vida, a los cuales él veía estar comúnmente oprimidos y
afligidos más que los demás, por la fuerza y por la dura dominación de aquel genio.
Habían usado los dioses en los antiguos tiempos, cuando Justicia, Virtud y los otros
fantasmas gobernaban las cosas humanas, visitar alguna vez a sus criaturas,
descendiendo uno u otro en la Tierra y manifestando su presencia de diversos modos,
lo que había sido siempre de grandísimo beneficio para todos los mortales o para
alguno en particular. Pero corrupta de nuevo la vida, y sumergida en toda indignidad,
desdeñaron aquellos por muchísimo tiempo la conversación humana. Ahora Júpiter,
compadeciéndose de nuestra suma infelicidad, propuso a los inmortales si alguno de
ellos estaría dispuesto a visitar, como habían hecho en la Antigüedad, y consolar de
nuevo de las fatigas a su progenie, y particularmente a aquellos que demostraban ser,
en cuanto a sí, indignos de las desgracias universales. A lo que callando todos los
demás, Amor, hijo de Venus Celeste, conforme de nombre al fantasma así llamado,
pero de natura, de virtud y de obras diversísimas, se ofreció (como es singular entre
todos los númenes su piedad) a hacer el oficio propuesto por Júpiter y descender del
cielo, de donde él nunca antes había salido; no soportando el concilio de los
inmortales, por tenerlo indeciblemente querido, que él partiera, ni por poco tiempo,
de su asamblea. Si bien de cuando en cuando muchos hombres antiguos, engañados
por transformaciones y por diversos fraudes por el fantasma llamado con el mismo
nombre, pensaron tener signos indudables de la presencia de este gran dios. Pero él
no visitó a los mortales, antes de que ellos estuvieran sometidos al imperio de la
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Verdad. Después del cual, no suele descender sino raramente y poco se detiene; tanto
por la general indignidad de la gente humana como porque los dioses soportan de
mala gana su lejanía. Cuando viene a la Tierra, escoge los corazones más tiernos y
más amables de las personas más generosas y magnánimas; y aquí se detiene por
breve espacio, difundiendo tan rara y admirable dulzura, y llenándolos de afectos tan
nobles y de tanta virtud y fortaleza que ellos entonces sienten cosa del todo nueva en
el género humano, más bien verdad que apariencia de felicidad. Rarísimamente une
dos corazones, abrazando uno y otro al mismo tiempo, e incitando recíproco ardor y
deseo en ambos; aunque se lo suplican con grandísima insistencia todos aquellos que
él ocupa; pero Júpiter no le consiente complacerlos salvo a unos pocos porque la
felicidad que nace de tal beneficio es por pequeño intervalo separada de la divina. De
todos modos, los seres llenos con su numen vencen de cualquier modo a la que fuese
la condición más afortunada en los mejores tiempos. Donde él se posa, circundan,
invisibles a los demás, las estupendas ilusiones, ya segregadas de la costumbre de los
hombres, las cuales ese dios reconduce para este efecto sobre la Tierra, permitiéndolo
Júpiter; y no pudiendo ser prohibido por la Verdad, a pesar de ser enemiguísima de
esos fantasmas, y en el ánimo gravemente ofendida por su retorno: pero no es dado a
la naturaleza de los genios confrontarse con la de los dioses. Y así como los hados le
dotaron de niñez eterna, convenientemente a su naturaleza, satisface de algún modo
el primer voto de los hombres, que fue el de volver a la condición de la niñez. Por
ello en los ánimos que él escoge habitar, suscita y reverdece por todo el tiempo que él
permanece la infinita esperanza y las bellas y queridas imaginaciones de los años
tiernos. Muchos mortales, inexpertos e incapaces de sus placeres, lo escarnecen y
muerden todo el tiempo, tanto lejano como presente, con desenfrenada osadía: pero él
no oye tales oprobios; y cuando los oyese ni una represalia tomaría; tanto es de
naturaleza magnánima y mansa. Además, los inmortales, contentos con la venganza
que infligen a toda la estirpe, y de la incurable miseria que les castiga, no se cuidan
de las singulares ofensas de los hombres ni con nada más son castigados los
fraudulentos y los injustos y los despreciadores de los dioses, que de ser ajenos a su
gracia.
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Diálogo de Hércules y Atlas
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HÉRCULES.— Yo me inclino a creer que duerme, y que este sueño sea de la calidad del
de Epiménides[2], que duró más de medio siglo, o como se cuenta del de
Ermotimo[3], que el alma le salía del cuerpo cuando quería, y estaba fuera muchos
años, yendo por diversión por diferentes países, y después volvía hasta que los
amigos, para terminar con esta historia, le quemaron el cuerpo; y así el espíritu,
cuando volvía a su morada, descubrió que la casa estaba deshecha, y que si quería
alojarse a cubierto le convenía tomar otra en alquiler o ir al albergue. Pero para
hacer que el mundo no duerma eternamente o que algún amigo o benefactor,
pensando que está muerto, le prenda fuego, yo quiero que nosotros intentemos de
algún modo despertarlo.
ATLAS.— Bien, ¿pero de qué forma?
HÉRCULES.— Yo le daría un buen golpe con esta maza, pero quizá acabaría por
achatarlo y haría una oblea; o la corteza, visto que parece tan ligera, no haya
disminuido tanto que se resquebraje bajo el golpe como un huevo. O podría
ocurrir que los hombres, que en mi tiempo combatían cuerpo a cuerpo con los
leones y ahora con las pulgas, no sean todos sacudidos al momento del golpe. Lo
mejor será que yo pose la maza y tú el manto, y juguemos juntos a la pelota con
esta esferucha. Siento no haber traído las cestas o las raquetas que usamos
Mercurio y yo para jugar en casa de Júpiter o en el jardín, pero los puños
bastarán.
ATLAS.— Cierto; seguro que a tu padre, si ve nuestro juego, le entran ganas de ser el
tercero, y con su pelota encendida nos arroje a ambos quién sabe dónde, como
Faetón en el Po.
HÉRCULES.— Podría suceder, si yo fuera como Faetón, hijastro de un poeta y no su
propio hijo; y no fuese también tal que si los poetas poblaron las ciudades con el
sonido de la lira, a mí me es suficiente el sonido de maza para despoblar el cielo y
la Tierra. Y su pelota, con una patada que le diese, la haría rebotar de aquí hasta el
último tejado del cielo empíreo. Y ten por seguro que aunque tuviese en mente
desclavar cinco o seis estrellas para jugar a las tabas, o de tirar al blanco
utilizando un cometa, a modo de honda, asiéndolo por la cola o servirme incluso
del Sol para jugar al disco, mi padre haría como que no ve. Además, nuestras
intenciones con este juego es hacer bien al mundo, y no como Faetón, cuya
intención fue mostrar la agilidad de su cuerpo a las Horas, que le sujetaban el
estribo cuando subió en el carro; y adquirir opinión de buen cochero ante
Andrómeda y Calixto y las demás bellas constelaciones, a las cuales es sabido
que al pasar echaba montoncitos de rayos y bolitas de luz confitadas; y de dar una
bella muestra de sí ante los dioses del cielo durante el desfile de aquel día, que era
de fiesta. En suma, por la cólera de mi padre no te preocupes, que yo me
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comprometo, en cualquier caso, a compensar los daños y, sin más, sácate el manto
y lanza la pelota.
ATLAS.— O por agrado o por fuerza, tendré que hacer como dices; porque tú eres
robusto y estás armado, y yo estoy desarmado y soy viejo. Pero evita al menos
dejarla caer, que no se la añadan más bultos o que alguna parte se abolle o parta,
como cuando Sicilia se separó de Italia y África de España; o no salte alguna
astilla como, por ejemplo, una provincia o un reino, y que por ello que naciese
una guerra.
HÉRCULES.— Por mi parte no te preocupes.
ATLAS.— Hacia ti va la pelota. Mira que renquea, porque está estropeada su figura.
HÉRCULES.— Vamos, dale un poco más fuerte, que las tuyas no llegan.
ATLAS.— Aquí el golpe no vale, porque suele haber Garbino, y la pelota se la lleva el
viento porque es ligera.
HÉRCULES.— Este es un viejo defecto suyo, andar en busca del tiempo.
ATLAS.— La verdad es que no le vendría mal que la hinchásemos, pues veo que ella
no rebota en el puño más que un melón.
HÉRCULES.— Este es un defecto nuevo, antiguamente rebotaba y saltaba como un
corzo.
ATLAS.— ¡Corre rápido! Deprisa, te digo; mira, por Dios, que cae: madito el momento
en que has venido.
HÉRCULES.— Así, a contrapié y a ras de tierra como me la has lanzado, no podría llegar
a tiempo aunque me partiese el cuello. Escúchame, pobrecita, ¿cómo estás? ¿Te
has hecho daño en algún sitio? No se oye un aliento y no ve moverse un alma,
parece que todos duerman como antes.
ATLAS.— Déjala, por todos los cuernos de la Estigia, que yo la ponga sobre la espalda;
y tú recoge la maza, y vuelve enseguida al cielo a disculparme ante Júpiter de este
caso que ha sucedido por tu culpa.
HÉRCULES.— Así haré. Hace muchos siglos que está en casa de mi padre un cierto
poeta, de nombre Horacio, admitido como poeta de corte a instancia de Augusto,
el cual había sido deificado por Júpiter por las consideraciones que se debieron
tener al poder de los romanos. Este poeta va canturreando ciertas cancioncillas, y
entre ellas una donde dice que el hombre justo no se mueve aunque caiga el
mundo. Creeré que hoy todos los hombres son justos, porque el mundo ha caído y
ninguno se ha movido.
ATLAS.— ¿Quién duda de la justicia de los hombres? Pero tú no pierdas más tiempo y
sube inmediatamente a disculparme con tu padre, que yo temo que en cualquier
momento un rayo me transforme de Atlas en Etna.
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Diálogo de la Moda y la Muerte
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naturaleza y rutina común es la de renovar continuamente el mundo; pero tú,
desde el principio, te abalanzaste sobre las personas y la sangre; yo me contento
como mucho con las barbas, los cabellos, con los vestidos, los enseres, con los
edificios y cosas así. Sin embargo, bien es cierto que no me he detenido y no ceso
de hacer juegos semejantes a los tuyos; por ejemplo, agujereando orejas o labios o
nariz, y rasgarlos con las naderías que yo les obligo a prenderse: abrasando las
carnes de los hombres con estampas incandescentes que yo sé que se imprimen
por belleza; deformando la cabeza de los niños con vendajes y otros artificios,
introduciendo la costumbre de que todos los hombres del país pongan el sombrero
de la misma manera, como he hecho en América y en Asia[1]; lisiando a la gente
con calzados ceñidos; quitando el aliento y haciendo que los ojos les estallen por
la estrechez de los corsés; y cien cosas más de esta clase. Incluso, hablando en
general, persuado y constriño a todos los hombres benévolos a soportar cada día
mil penas y mil incomodidades y, a menudo, dolencias y tormentos, y a alguno a
morir gloriosamente, por el amor con el que me obsequian. Y nada quiero decir
de los dolores de cabeza, de los resfriados, de las congestiones de todo tipo, de las
fiebres cotidianas, tercianas, cuartanas, que los hombres se ganan por
obedecerme; consintiendo temblar de frío o ahogarse de calor según yo disponga,
o protegerse la espalda con prendas de lana y el pecho con las de tela, y hacer
cada cosa a mi modo, aunque sea en perjuicio suyo.
MUERTE.— Concluyendo, creo que eres mi hermana y, si quieres, lo tengo por más
cierto que la muerte, sin necesidad de consultar documentos. Pero estando tan
quieta, yo desvanezco; si tienes aliento para caminar a mi lado, intenta no
desfallecer, pues yo huyo bastante, y en la carrera me podrás contar tu necesidad;
si no, en consideración al parentesco, te prometo que cuando muera te dejaré
todas mis cosas, y quédate en buena hora.
MODA.— Si nosotras tuviésemos que competir en el palio, no sé quién de las dos
vencería la prueba porque si tú corres, yo galopo; y detenidas en un lugar, si tú
desvaneces, yo me desahogo. Así que retomemos la carrera y corriendo, como tú
dices, hablaremos de nuestras cosas.
MUERTE.— Sea en buena hora. Puesto que has nacido del cuerpo de mi madre, sería
conveniente que tú me ayudases de algún modo a hacer mis asuntos.
MODA.— Los he hecho ya, en el pasado, más de lo que te imaginas. Yo, que anulo o
trastorno continuamente todas las costumbres, no he permitido nunca abandonar
en lugar alguno la costumbre de morir, y por ello ves que dura universalmente,
desde los orígenes del mundo hasta hoy.
MUERTE.— ¡Gran milagro, que tú no hayas hecho lo que no podías!
MODA.— ¿Cómo, no podía? Tú demuestras ignorar el poder de la Moda.
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MUERTE.— Bien, bien. Estaremos a tiempo de discutirlo cuando comience la
ocurrencia de no morir. Pero ahora querría que, como buena hermana, me
ayudases a obtener lo contrario más fácilmente y más deprisa de lo conseguido
hasta ahora.
MODA.— Ya te he contado algunas de mis obras con las que logras mucho beneficio.
Pero ellas son naderías en comparación con lo que te voy a contar. Un poco cada
vez, y sobre todo en los últimos tiempos, para favorecerte he difundido el desuso
y el olvido de las fatigas y ejercicios que eran útiles para el bienestar corporal;
introduciendo y valorizando innumerables hábitos que abaten el cuerpo de mil
modos y que acortan la vida. Además he puesto en el mundo tales disposiciones y
costumbres, que la vida misma, tanto respecto del cuerpo como del alma, está
más muerta que viva; de tal modo que de este siglo se puede decir con verdad que
es ciertamente el siglo de la muerte. Y mientras antiguamente no tenías más
hacienda que fosas y cavernas, donde sembrabas osarios y polvaredas en la
oscuridad, que son simientes que no arraigan; ahora tienes terrenos al sol; y
gentes que se mueven y que corretean con sus pies; son cosas que aunque tú no
hayas cosechado, se pueden considerar tuyas por derecho tan pronto como nacen.
Es más, donde antiguamente solías ser odiada y vituperada, hoy, por obra mía,
hemos conseguido incluso que quien tiene intelecto te aprecie y te alabe, y te
prefiera a la vida, y te quiera tanto que siempre te invoque, y a ti dirija los ojos
como a su mayor esperanza. Finalmente, veía que muchos proclamaban con
orgullo querer hacerse inmortales, es decir, no morir del todo, pues una buena
parte de ellos no habrían caído bajo tus manos; y aun cuando supiese que estas
eran habladurías, y que cuanto estos u otros viviesen en la memoria de los
hombres, vivirían, como decir, de engaño, y no gozarían de su fama más de lo que
padecerían la humedad de la sepultura; acordando que este negocio de los
inmortales te escocía porque parecía que disminuyese tu honor y reputación, he
suprimido la usanza de buscar la inmortalidad, e incluso la costumbre de otorgarla
en caso de que alguno la mereciese. De modo que al presente, de cualquiera que
muera, estate segura de que no quedará una brizna que no esté muerta, y le
convenga ir de inmediato bajo tierra entero, como un pececito que sea tragado en
un bocado con toda la cabeza y las espinas. Estas cosas, que no son pocas ni
pequeñas, han sido hechas hasta ahora por amor hacia ti, queriendo acrecentar tu
poder en la Tierra, como así ha sido. Y con este propósito estoy dispuesta a hacer
cada día lo mismo y más; con tal intención te estuve buscando; y me parece
conveniente que nosotras en el futuro no nos apartemos la una del lado de la otra,
pues estando siempre en compañía podremos consultarnos según los casos, y
tomar mejores decisiones y ejecutarlas mejor juntas que por separado.
MUERTE.— Dices verdad, y así quiero que hagamos.
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Propuesta de premios hecha por la Academia de
xilógrafos
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que los hombres se liberen todo lo posible de las ocupaciones de la vida y que, poco a
poco, permitan que las máquinas ocupen su lugar; y está decidida a contribuir con
todo su poder al progreso de este nuevo orden de cosas, proponiendo actualmente tres
galardones a quienes hallen las tres máquinas infrascritas.
El objetivo de la primera será hacer las funciones y el papel de un amigo que no
culpe ni censure al amigo ausente ni deje de apoyarlo cuando oiga reprobarlo o
escarnecerlo; ni anteponga la fama de ingenioso y mordaz, ni la obtención de la risa
de los hombres al compromiso de la amistad; ni divulgue, para tener materia de
charla o para jactarse o por otro propósito el secreto confiado; ni se sirva de la
familiaridad y de la franqueza del amigo para suplirlo y dominarlo más fácilmente; ni
envidie su preeminencia; tenga cuidado de su bien y obvie o repare sus daños, y sea
solícito, no solamente de palabra, con sus peticiones y necesidades. Además de otras
cosas, al componer este autómata se tendrán en cuenta los tratados de Cicerón y de la
marquesa de Lambert sobre la amistad. La Academia piensa que la invención de una
máquina con las cualidades descritas no debe ser juzgada ni imposible ni tampoco
excesivamente difícil, dado que, dejando a un lado los autómatas del Regiomontano,
de Vaucanson y otros semejantes, y aquel que en Londres dibujaba figuras y retratos,
y escribía cuanto le era dictado por cualquier persona, más de una máquina se ha
visto que jugaba al ajedrez por sí misma. Y, a juicio de muchos sabios, la vida
humana es un juego, y hay quien afirma que es más sencilla, puesto que, en
comparación, el ajedrez es más acorde a la razón, y sus casos más prudentemente
ordenados de lo que están los de la vida. La cual, además de esto, según lo dicho por
Píndaro, no siendo cosa de mayor sustancia que el sueño de una sombra, bien debe
ser capaz de realizarla la vigilia de un autómata. En cuanto al habla, parece que no
pueda ponerse en duda que los hombres tengan facultad de concederla a la máquina
que ellos crean, conociéndose varios ejemplos, y en particular por lo que se lee de la
estatua de Memnón y de la cabeza fabricada por Alberto Magno, la cual era tan
locuaz que por ello santo Tomás de Aquino, lleno de odio, la rompió. Y si el
papagayo de Nevers[1], a pesar de ser un animalito, sabía responder y charlar con
conciencia, cómo no podría cumplir estas mismas acciones una máquina imaginada
por la mente del hombre y construida con sus manos; la cual ya no debe ser tan
lenguaraz como el papagayo de Nevers y otros similares que se ven y oyen todos los
días, ni como la cabeza hecha por Alberto Magno, que molesta al amigo hasta el
punto de inducirlo a romperla. El inventor de esta máquina recibirá como premio una
medalla de oro de cuatrocientos cequines de peso, y en un perfil llevará grabadas las
imágenes de Pilades y de Orestes, y en el otro el nombre del premiado, con el título
Primo verificador de las fábulas antiguas.
La segunda máquina debe ser un hombre artificial a vapor, apto y preparado para
hacer obras virtuosas y magnánimas. La Academia reputa que el vapor, pues otro
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medio no parece que se encuentre, debe ser provechoso para avivar un semoviente y
encaminarlo al ejercicio de la virtud y de la gloria. Aquel que intente hacer esta
máquina, repare en los poemas y novelas a partir los cuales se deberá gobernar, y en
lo tocante a las cualidades y las operaciones que se exigen a este autómata. El premio
será una medalla de oro de cuatrocientos cincuenta cequines de peso; en el anverso se
cincelará cualquier pintura significativa de la edad de oro y en el reverso el nombre
del inventor de la máquina con este título tomado de la cuarta égloga de Virgilio, Quo
ferrea primun desinet ac toto surget gens aurea mundo.
La tercera máquina debe estar dispuesta a hacer las funciones de una mujer
conforme a la imaginada, en parte por el conde Baltasar Castiglione, el cual describió
su hechura en el libro El Cortesano; en parte por otros, que la representaron en varios
escritos, que sin esfuerzo se encontrarán y que se podrán consultar o adaptar, como
con el libro del conde. Ni siquiera la invención de esta máquina deberá parecer
imposible a los hombres de nuestro tiempo, puesto que Pigmalión, en tiempos
antiquísimos y ajenos a las ciencias, pudo fabricarse una esposa con las propias
manos, la cual se juzga como la mejor mujer que haya habido hasta el presente. Se le
asigna al autor de esta máquina una medalla de oro con peso de quinientos cequines,
en la cual será representada el fénix árabe de Metastasio posada sobre una planta de
especie europea, y en la otra cara estará escrito el nombre del premiado con el título
Inventor de las mujeres fieles y de la felicidad conyugal.
La Academia ha decretado que los gastos que se necesiten para estos premios se
sufraguen con cuanto fue encontrado en la bolsa de Diógenes, que fue secretario de
esta Academia, o con uno de los tres asnos de oro que pertenecieron a tres
académicos xilógrafos, es decir, a Apuleyo, a Firenzuola y a Maquiavelo, bártulos
que obtuvieron los xilógrafos por testamento de los susodichos, como se lee en la
historia de la Academia.
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Diálogo entre un duende y un gnomo
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DUENDE.— ¿Acaso tienes miedo de que si no los llamas por su nombre, no vengan? ¿O
quizá crees que, una vez pasados, puedas hacerlos volver si los llamas?
GNOMO.— Y no se podrá saber el número de los años.
DUENDE.— Así pasaremos por jóvenes aun después del tiempo; y no sabiendo la edad
pasada nos afligiremos menos; y cuando seamos viejísimos no estaremos
esperando la muerte día tras día.
GNOMO.— ¿Pero cómo han podido desvanecerse esos granujas? DUENDE.— En parte
guerreando entre ellos, en parte navegando, en parte comiéndose unos a otros, en
parte matándose y no pocos de propia mano, en parte marchitándose con el ocio,
en parte devanándose el cerebro con los libros, en parte festejando, y
excediéndose en mil cosas; en fin, estudiando todas las maneras de arruinar la
propia naturaleza y de acabar mal.
GNOMO.— De todos modos, soy incapaz de entender cómo toda una especie animal se
pueda perder por completo, como tú dices.
DUENDE.— Tú, que eres maestro en geología, deberías saber que el caso no es nuevo, y
que varias clases de animales que existían antiguamente hoy no se encuentran,
salvo algunos osarios fosilizados. Y cierto que esas pobres criaturas no adoptaron
ninguna de las muchas destrezas que, como anteriormente indicaba, han usado los
hombres para ir a la perdición.
GNOMO.— Sea como tú dices. Bien querría que resucitara uno o dos de aquella chusma
y saber lo que pensarían viendo que las demás cosas, aunque haya desaparecido el
género humano, todavía duran y continúan como antes, cuando ellos creían que
todo el mundo había sido hecho y conservado para ellos solos.
DUENDE.— Y no querrían oír que el mundo está hecho y conservado para los duendes.
GNOMO.— Ciertamente enloqueces, si hablas en serio.
DUENDE.— ¿Por qué? Digo la verdad, en serio.
GNOMO.— Anda, bufón, vete. ¿Quién no sabe que el mundo está hecho para los
gnomos?
DUENDE.— ¿Para los gnomos, que siempre están bajo tierra? ¡Oh! Es lo más gracioso
que he oído. ¿De qué utilidad es para los gnomos el Sol, la Luna, el mar, los
campos?
GNOMO.— ¿De qué utilidad es para los duendes las minas de oro y de plata, y todo el
cuerpo de la Tierra, excepto su primera piel?
DUENDE.— Está bien, útil o inútil, olvidemos esta discusión; tengo por seguro que
incluso las lagartijas y los mosquitos creen que el mundo entero está hecho a
propósito para uso de su especie. Por ello, cada uno guarde su parecer, que nadie
se lo sacará de la cabeza: por mi parte digo solo esto, que si no hubiera nacido
duende, me desesperaría.
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GNOMO.— Lo mismo me sucedería a mí, si no hubiese nacido gnomo. De buena gana
me gustaría saber qué dirían ahora los hombres sobre su presunción, por culpa de
la cual, además de las cosas que les hacían a unos y otros, descendían bajo tierra
mil brazos y nos arrebataban nuestras cosas a la fuerza, diciendo que pertenecían
al género humano, y que la naturaleza las había escondido y sepultado allá abajo,
como si de un juego se tratase, para comprobar si las encontraban y eran capaces
de extraerlas.
DUENDE.— Era asombroso, cuando no solo se persuadían de que las cosas del mundo
no tenían otro objeto que el de estar a su servicio, incluso hacían la consideración
de que todas juntas, frente al género humano, eran una nimiedad. Sin embargo, a
sus propias vicisitudes las llamaban revoluciones del mundo, y las historias de sus
gentes, historias del mundo. Aunque se pudieran contar, dentro de los confines de
la Tierra, sin ni siquiera considerar todas las criaturas, quizá tantas especies de
animales como cabezas de hombres vivos. Y pese a todo, tales animales, que
habrían sido creados expresamente para su uso, no advertían nunca que el mundo
se movía.
GNOMO.— ¿También los mosquitos y las pulgas fueron creados para beneficio de los
hombres?
DUENDE.— Sí, así es; para adiestrarlos en la paciencia, como ellos decían.
GNOMO.— En verdad que les faltaría ocasión de adiestrar la paciencia, si no fuese por
las pulgas.
DUENDE.— Además los puercos, según Crisipo[1], eran piezas de carne dispuestas
intencionadamente por la naturaleza para las cocinas y las despensas de los
hombres y, para que no se pudriesen, sazonados con las almas en lugar de sal.
GNOMO.— Sin embargo, creo que si Crisipo hubiese tenido en el cerebro un poco de
sal en lugar del alma, no habría imaginado un despropósito similar.
DUENDE.— Y no deja de ser cómico que infinitas especies de animales no hayan sido
nunca vistas ni conocidas por los hombres, sus amos; o porque tales especies
viven en lugares donde los hombres no han puesto pie, o por ser tan menudas que
ellos no han sido capaces de descubrirlas. Y de otras muchísimas especies no las
advirtieron sino en los últimos tiempos. Y lo mismo se puede decir acerca del
género vegetal y de otros mil más. Igualmente, de cuando en cuando, gracias a
sus telescopios, se percataban de alguna estrella o planeta, que hasta entonces, por
miles y miles de años, no habían sabido que estuviese en el mundo; y enseguida
lo registraban entre sus enseres, porque se imaginaban que las estrellas y los
planetas eran, cómo decir, pábilos de velas plantados allá arriba en lo alto, con el
objeto de dar luz a sus señorías, que por la noche atendían importantes asuntos.
GNOMO.— Entonces, en verano, cuando veían caer pequeñas llamas que ciertas noches
descienden por el aire, habrán dicho que algún espíritu andaba atizando las
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estrellas en servicio de los hombres.
DUENDE.— Pero ahora que han desaparecido todos, la Tierra no siente que le falte
nada, y los ríos no se cansan de discurrir, y el mar, aunque ya no sirva ni para la
navegación ni para la comunicación, no se observa que se seque.
GNOMO.— Y estrellas y planetas no cesan de nacer y de declinar, y no han guardado
luto.
DUENDE.— Y el Sol no se ha envuelto en herrumbre, como sucedió, según Virgilio, a
la muerte de César, de la cual yo creo que el Sol padeció tanta angustia como la
estatua de Pompeyo.
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Diálogo entre Malambruno y Farfarello
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FARFARELLO.— Sí, cierto. Ten en cuenta que como hay hombres también hay diablos de
bien.
MALAMBRUNO.— Pues tú ten en cuenta que yo te cuelgo aquí mismo por la cola en una
de estas vigas si no me obedeces rápidamente y sin más preámbulos.
FARFARELLO.— Aunque me mates, no podré contentarte en lo que me pides.
MALAMBRUNO.— Entonces regresa con el mal año, y venga Belcebú en persona.
FARFARELLO.— Aunque viniera Belcebú con toda la Giudecca y todos los Fosos, no
podría hacerte feliz ni a ti ni a otros de tu especie más de lo que puediera hacerlo
yo.
MALAMBRUNO.— ¿Ni siquiera por un solo instante?
FARFARELLO.— Es tan posible por un instante, es más, por la mitad de un instante o por
la milésima parte de un instante, como por toda la vida.
MALAMBRUNO.— Pero, no pudiendo hacerme feliz en manera alguna, ¿al menos tienes
suficiente espíritu para liberarme de la infelicidad?
FARFARELLO.— Si tú puedes conseguir no amarte supremamente.
MALAMBRUNO.— Eso lo podré después de muerto.
FARFARELLO.— Pues en vida no lo puede ningún animal, porque vuestra naturaleza os
permitiría cualquier otra cosa antes que esta.
MALAMBRUNO.— Así es.
FARFARELLO.— Entonces, por amarte necesariamente con el mayor amor del que eres
capaz, necesariamente deseas todo lo posible la felicidad propia; y no pudiendo
nunca ser satisfecho de este deseo tuyo, que es sumo, resulta que no puedes huir
por ningún medio de no ser infeliz.
MALAMBRUNO.— Ni siquiera en los momentos en que yo sienta algún placer, pues
ningún placer me hará sentir ni feliz ni satisfecho.
FARFARELLO.— Ninguno, ciertamente.
MALAMBRUNO.— Es más, no igualando el natural deseo de felicidad que fijo mantengo
en el alma, no será verdadero placer; y aun a pesar del tiempo que este dure, yo
no cesaré de ser infeliz.
FARFARELLO.— No cesarás, pues en los hombres y en los otros seres vivientes la
privación de la felicidad, aunque sin dolor ni desventura alguna e incluso en la
duración de aquellos que vosotros llamáis placeres, comporta manifiesta
infelicidad.
MALAMBRUNO.— Tanto que, desde el nacimiento hasta la muerte, nuestra infelicidad no
puede cesar por espacio, ni siquiera, de un solo instante.
FARFARELLO.— Sí, cesa siempre que durmáis sin sueños o que padezcáis un desmayo u
otra cosa que os interrumpa el uso de los sentidos.
MALAMBRUNO.— Sin embargo, nunca mientras sintamos nuestra propia vida.
FARFARELLO.— No, nunca.
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MALAMBRUNO.— De modo que, hablando claramente, el no vivir es siempre mejor que
vivir.
FARFARELLO.— Si la privación de la infelicidad es simplemente mejor que la
infelicidad.
MALAMBRUNO.— ¿Entonces?
FARFARELLO.— Entonces, si decides darme el alma antes de tiempo, yo estoy aquí
preparado para llevármela.
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Diálogo de la Naturaleza y un alma
NATURALEZA.— Ve, predilecta hija mía, que de tal modo serás considerada y llamada
por la larga serie de los siglos. Vive y sé grande e infeliz.
ALMA.— ¿Qué mal he yo cometido antes de vivir para que tú me condenes a esta
pena?
NATURALEZA.— ¿Qué pena, hija mía?
ALMA.— ¿No me prescribes el ser infeliz?
NATURALEZA.— Pero solo en cuanto que yo quiero que seas grande, y no se puede esto
sin aquello. Además, tú estás destinada a vivificar un cuerpo humano; y todos los
hombres, por necesidad, nacen y viven infelices.
ALMA.— Pero sería razonable que tú proveyeses el modo en el que ellos fueran felices
por necesidad o, no pudiendo hacer esto, te convendría abstenerte de ponerlos en
el mundo.
NATURALEZA.— Ni una ni otra cosa está en mi poder, pues estoy sometida al destino; el
cual, cualquiera que sea la causa, ordena de tal modo que ni tú ni yo lo podemos
entender. Ahora bien, como tú has sido creada y dispuesta a conformar una
persona humana, cualquier fuerza, mía o de otros, no está en grado de librarte de
la infelicidad común a los hombres. Además de esta, te hará falta sostener una
infelicidad propia, y bastante mayor, por la excelencia con la cual yo te he
provisto.
ALMA.— Yo, comenzando a vivir en este momento, todavía nada he aprendido; y de
ello debe depender que no te entienda. Pero dime, ¿excelencia e infelicidad
extraordinaria son sustancialmente la misma cosa?, o, si son dos cosas, ¿no
podrías separar la una de la otra?
NATURALEZA.— En las almas de los hombres, y proporcionalmente en todos los géneros
de animales, se puede decir que una y otra cosa son casi lo mismo; porque la
excelencia de las almas ocasiona una mayor intensidad de la vida, lo cual
conlleva un mayor sentimiento de la propia infelicidad. Igualmente, la mayor vida
de los animales incluye mayor eficiencia de amor propio, dondequiera que se
dirija o bajo cualquier aspecto que se manifieste: la mayor cantidad de amor
propio conlleva mayor deseo de felicidad, y por eso mayor descontento y
pesadumbre al ser privados de ella, y mayor dolor ante las adversidades que
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sobrevienen. Todo esto está contenido en el orden primigenio y perpetuo de las
cosas creadas, el cual yo no puedo alterar. Además de esto, la delicadeza de tu
propio intelecto y la vivacidad de la imaginación te excluirán de una grandísima
parte del dominio de ti misma. Los animales usan fácilmente todas sus facultades
y su fuerza para los fines que ellos se proponen. Pero los hombres en contadas
ocasiones hacen todo lo que pueden; impedidos ordinariamente por la razón y la
imaginación, las cuales crean mil dudas al deliberar, y mil reservas al actuar. Los
menos aptos o menos acostumbrados a reflexionar y examinarse a sí mismos son
los más diligentes en resolver, y los más eficaces en el obrar. Mas tus semejantes,
envueltas continuamente en sí mismas, y como superadas por la grandeza de sus
propias facultades, y por lo tanto impotentes ante sí mismas, yacen la mayor parte
del tiempo en la incertidumbre, tanto deliberando como actuando, lo cual es una
de las mayores miserias que afligen a la vida humana. Añade que, mientras por la
excelencia de tus disposiciones naturales superarás fácilmente y en poco tiempo a
casi todas las otras de tu tiempo en conocimientos más graves, e incluso en las
más complejas disciplinas, no obstante te resultará siempre o imposible o
sumamente penoso aprender o poner en práctica muchísimas cosas mínimas, pero
muy necesarias para convivir con los otros hombres; y estas cosas se las verás
ejercitar perfectamente y aprender sin fatiga de mil ingenios, no solo a hombres
inferiores a ti, además, más despreciables en todos los aspectos. Estas y otras
infinitas dificultades y miserias ocupan y circundan las grandes almas. Pero ellas
son recompensadas abundantemente por la fama, por las alabanzas y por los
honores que rinden a estos egregios espíritus su grandeza, y por la duración de la
memoria que dejan de sí a la posteridad.
ALMA.— Pero estas alabanzas y estos honores de los que tú me hablas, ¿los recibiré yo
del cielo, de ti o de quién?
NATURALEZA.— De los hombres, porque, aparte de ellos, nadie los puede dar.
ALMA.— Ahora bien, yo pensaba que no sabiendo hacer aquello que es sumamente
necesario, como tú dices, para el comercio con los otros hombres y que incluso
resulta sencillo hasta a los más pobres ingenios, quizá yo sea vilipendiada y
evitada más que loada por esos mismos hombres; o quizá deba vivir ignorada por
casi todos ellos, como inepta para el consorcio humano.
NATURALEZA.— A mí no me es dado prever el futuro ni, por lo tanto, predecirte
infaliblemente lo que los hombres harán y pensarán sobre ti mientras estés sobre
la Tierra. Si bien es cierto que de la experiencia del pasado yo concluyo que lo
más verosímil es que ellos te persigan con envidia; la cual es otra calamidad que
acostumbra ir al encuentro a las almas excelsas; o bien te oprimirán con el
desprecio y la indiferencia. Además, la misma fortuna, e igualmente el caso,
suelen ser enemigos de tus símiles. Pero, inmediatamente después de la muerte,
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como aconteció a uno llamado Camoens, o como mucho de allí a algunos años,
como ocurrió a otro llamado Milton, tú serás alabada y alzada al cielo, no diré que
por todos pero sí al menos del pequeño número de los hombres de buen juicio. Y
quizás las cenizas de la persona en la que tú habrás demorado reposarán en
magnífica sepultura; y tu semblante, imitado de diversos modos, estará por las
manos de los hombres; las vicisitudes de tu vida serán descritas por muchos y
mantenidas por otros en la memoria con gran estudio; y al final todo el mundo
civilizado estará lleno de tu nombre. A menos que, por la maldad de la fortuna o
por la sobreabundancia misma de tus facultades, no te sea perpetuamente
impedido mostrar a los hombres algún adecuado signo de tu valía; de lo cual no
han faltado ciertamente muchos ejemplos, advertidos a mí sola y al hado.
ALMA.— Madre mía, no obstante de estar todavía de otros conocimientos, siento, sin
embargo, que el mayor, es más, el solo deseo que tú me has dado es el de la
felicidad. Y aunque sea capaz de aquel de la gloria, si bien es cierto que no sé si
para bien o para mal, pues yo no puedo desear de otra manera, es solamente como
felicidad, o como útil para adquirirla. Ahora bien, según tus palabras, la
excelencia con la cual me has dotado bien podrá ser o necesaria o de provecho
para la obtención de la gloria, sin embargo, no me conduce a la felicidad, es más,
me arrastra violentamente a la infelicidad. Ni siquiera la misma gloria es creíble
que me sobrevenga antes de la muerte, llegada la cual, ¿qué utilidad o qué gozo
me podrá alcanzar de los mayores bienes del mundo? Y por último, puede
fácilmente suceder como tú dices, que esta modesta gloria, precio de tanta
infelicidad, no me venga concedida de manera alguna, ni siquiera tras la muerte.
De modo que de tus propias palabras concluyo que tú, en lugar de amarme
singularmente, como afirmabas al principio, sientes más bien una ira y una
animosidad mayor de la que me tendrán los hombres y la fortuna mientras esté en
el mundo, pues no has dudado en hacerme tal calamitoso don como es esta
excelencia que tú me ensalzas. La cual será uno de los principales obstáculos que
me impedirá alcanzar mi único propósito, es decir, la felicidad.
NATURALEZA.— Hija mía, todas las almas de los hombres, como te decía, están
destinadas a ser presas de la infelicidad, sin que yo tenga la culpa. Pero en la
universal miseria de la condición humana, y en la infinita vanidad de cada uno, sé
sus gozos y prerrogativas, la gloria es juzgada por la mayor parte de los hombres
el más preciado bien concedido a los mortales, y el más digno objeto al que ellos
pueden dirigir sus cuidados y sus acciones. De donde, no por odio, sino por
verdadera y especial benevolencia con la que te consideraba, resolví prestarte
para la consecución de este fin todas las ayudas que estaban en mi poder.
ALMA.— Dime, de los animales que mencionabas, ¿está por ventura alguno previsto
de menor vitalidad y sentimiento que los hombres?
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NATURALEZA.— Comenzando por aquellos que son como plantas, todos son en esto, los
unos más, los otros menos, inferiores al hombre, el cual tiene mayor abundancia
de vida y mayor sentimiento que ningún otro animal, por ser de todos los
vivientes el más perfecto.
ALMA.— Entonces alójame, si me amas, en el más imperfecto; o si no puedes esto,
despojada de las funestas dotes que me ennoblecen, hazme conforme al más
estúpido e insensato espíritu humano que jamás hayas producido nunca.
NATURALEZA.— De esta última cosa yo puedo complacerte y estoy dispuesta a hacerlo,
pues tú rechazas la inmortalidad, hacia la cual yo te había encaminado.
ALMA.— Y en lugar de la inmortalidad, te ruego que apresures la muerte lo antes que
puedas.
NATURALEZA.— De esto consultaré con el destino.
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Diálogo de la Tierra y la Luna
TIERRA.— Querida Luna, sé que puedes hablar y responder por ser una persona, según
he oído muchas veces decir a los poetas. Además, nuestros niños dicen que en
verdad tienes boca, nariz, ojos, como ellos; y que los ven con sus propios ojos,
que en esa edad razonablemente deben ser agudísimos. En cuanto a mí, no dudo
que sepas que soy, ni más ni menos, que una persona; tanto que, cuando era más
joven, tuve muchos hijos, así que no te maravilles por sentirme hablar. Entonces,
Luna, hermosa mía, con todo lo cercana que he estado a ti durante tantos siglos,
que no recuerdo el número, no te he dicho nunca una palabra hasta ahora porque
los quehaceres me han tenido ocupada de tal modo que no me sobraba tiempo
para charlar. Pero hoy, que mis ocupaciones han disminuido a poca cosa, que
incluso puedo decir que van por sí solas, no sé qué hacer y exploto de
aburrimiento: por eso quiero, en lo venidero, fabular contigo a menudo y
ocuparme de tus cosas, siempre que no te cause ninguna molestia.
LUNA.— No lo dudes, la fortuna me salve de cualquier otro fastidio; estoy segura de
que tú no me darás fastidio alguno. Si quieres fabular conmigo, fabulemos si te
place, que, aunque amiga del silencio como creo que sabes, yo te escucharé y te
responderé, para servirte.
TIERRA.— ¿Oyes ese sonido placenterísimo que hacen los cuerpos celestes con sus
movimientos?
LUNA.— A decir verdad, yo no oigo nada.
TIERRA.— Tampoco yo oigo nada, salvo el estrépito del viento que va de mis polos al
Ecuador y del Ecuador a los polos, y no muestra saber nada de música. Pero
Pitágoras dice que las esferas celestes hacen cierto sonido tan dulce que es una
maravilla, y en el que tú tienes tu parte y eres la octava cuerda de esta lira
universal, pero yo estoy ensordecida por el sonido mismo, y no puedo oírlo.
LUNA.— También yo sin duda estoy ensordecida y, como he dicho, no lo oigo; y no
sabía que fuera una cuerda.
TIERRA.— Pues mudemos propósito. Dime, ¿estás realmente poblada, como afirman y
juran mil filósofos antiguos y modernos desde Orfeo a De la Lande? Pues yo, por
más que me esfuerce en alargar estos cuernos míos, que los hombres llaman
montes y picos, con la cima de los cuales te vengo observando, como los
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caracoles, no llego a descubrir ningún habitante: si bien he oído que un tal David
Fabricio, que veía mejor que Linceo, una vez descubrió algunos que extendían la
colada al Sol.
LUNA.— De tus cuernos no sé qué decir, pero el hecho es que estoy habitada.
TIERRA.— ¿De qué color son estos hombres?
LUNA.— ¿Qué hombres?
TIERRA.— Aquellos que tú contienes. ¿No dices estar habitada?
LUNA.— Sí, ¿y qué?
TIERRA.— Y por ello no serán desde luego solo bestias todos tus habitantes.
LUNA.— Ni bestias ni hombres; que yo no sé qué clase de criatura sean ni unos ni
otras. Y, a propósito, creo que de las varias cosas que me has venido señalando de
los hombres yo no he comprendido un comino.
TIERRA.— ¿Pero qué clase de pueblos son estos?
LUNA.— Muchísimos y diversísimos, que tú no conoces, como yo no conozco los
tuyos.
TIERRA.— Esto me resulta tan extraño de modo que, si yo no lo escuchase de ti misma,
no lo creería por ninguna cosa del mundo. ¿No has sido nunca conquistada por
ninguno de los tuyos?
LUNA.— No, que yo sepa. ¿Y cómo? ¿Y por qué?
TIERRA.— Por ambición, por codicia, con las artes políticas, con las armas.
LUNA.— Yo no sé qué quieren decir armas, ambiciones, artes políticas, en fin, nada de
lo que dices.
TIERRA.— Pero si no conoces las armas, seguro que conoces bien la guerra; porque
hace poco un físico de aquí abajo, con ciertos anteojos, que son instrumentos
hechos para ver desde muy lejos, ha descubierto ahí una gran fortaleza, con sus
derechos bastiones, que es un signo de que tus gentes se sirven, cuando menos, de
los asedios y de las batallas murales.
LUNA.— Perdona, señora Tierra, si te respondo un poco más libremente de lo que
quizá convendría a una súbdita tuya o una sirvienta, como yo soy. Pero, la verdad,
me pareces más que fatua si piensas que todas las cosas de cualquier parte del
mundo son conformes a las tuyas; como si la naturaleza no hubiese tenido otra
intención que la de copiarte puntualmente por todas partes. Yo digo que estoy
habitada y tú de esto concluyes que mis habitantes deben ser hombres. Te hago
notar que no lo son; y tú, consintiendo que sean otras criaturas, no dudas de que
tengan las mismas cualidades y los mismos lances que los de tus pueblos, y alegas
los anteojos de no sé qué físico. Pero estos anteojos no ven mejor en otras cosas;
yo creeré que tienen la buena vista de tus niños: que descubren en mí los ojos, la
boca, la nariz, que yo no sé dónde los tengo.
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TIERRA.— Entonces tampoco será cierto que tus provincias estén provistas de caminos
largos y limpios, y que tú estés cultivada, cosas que desde Alemania, utilizando
unos anteojos, se ven claramente[1].
LUNA.— Si yo estoy cultivada, no me lo noto y mis caminos yo no los veo.
TIERRA.— Querida Luna, tú tienes que saber que yo soy de gruesa pasta y de cerebro
necio, y no es sorprendente que los hombres me engañen fácilmente. Pero te digo
que si los tuyos no se preocupan de conquistarte, sin embargo, no estás libre de
peligro porque en diferentes tiempos muchas personas de aquí abajo tuvieron en
mente conquistarte, y con este objetivo hicieron muchos preparativos; pero, a
pesar de que se subieron a lugares altísimos, y se elevaron sobre la punta de los
pies, y extendieron los brazos, no te pudieron tocar. Además de esto, desde hace
no pocos años, veo espiar minuciosamente cualquiera de tus parajes, recabar los
mapas de tus territorios, medir la altura de esos montes, de los cuales sabemos
hasta los nombres. Estas cosas, por la benevolencia que siento por ti, me ha
parecido bien advertírtelas, a fin de que no dejes de protegerte de cualquier
eventualidad. En este punto, vayamos a otro. ¿Eres incordiada por los perros que
te ladran? ¿Qué piensas de aquellos que te muestran a los demás dentro de un
pozo? ¿Eres tú hembra o macho?, pues antiguamente hubo varias opiniones[2].
¿Es cierto o no que los arcadios estuvieron en el mundo antes que tú?[3] ¿Que tus
mujeres, o del modo en que yo deba llamarlas, son ovíparas, y que uno de sus
huevos cae aquí abajo de vez en cuando?[4] ¿Que tú estás horadada a modo de las
cuentas del rosario, como cree un físico moderno?[5] ¿Que estás hecha, como
afirman algunos ingleses, de queso fresco?[6] ¿Que Mahoma un día, o quizás una
noche, te partió por la mitad, como una sandía, y que un buen pedazo de tu cuerpo
se deslizó dentro de su manga? ¿Cómo estás gustosamente en la cima de los
minaretes? ¿Qué te parece la fiesta del Bairam?
LUNA.— Continúa si quieres que, mientras sigas así, no tengo intención de
responderte ni de faltar a mi acostumbrado silencio. Si tienes estima de
entretenerte con tonterías y no encuentras otras materias que estas, en lugar de
dirigirte a mí, que no te puedo entender, será mejor que te hagas fabricar por los
hombres otro planeta para girarte alrededor, que sea compuesto y habitado a tu
modo. No sabes hablar de otra cosa que no sea de hombres y de perros y de cosas
símiles, de las cuales tengo tantas noticias como de aquel sol grande grande,
alrededor del cual oigo que gira nuestro Sol.
TIERRA.— Realmente, por más que yo intente, en el fabular, de abstenerme de tocar las
propias cosas, no lo consigo. Pero de ahora en adelante tendré más cuidado.
Dime, ¿eres tú quien se divierte atrayendo el agua del mar, y después dejándolo
caer?
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LUNA.— Puede ser. Pero admitiendo que yo te cause este o cualquier otro efecto, yo
no me percato de hacerlo, como igualmente, por lo que creo, no reparas en los
muchos efectos que aquí causas que deben ser mayores que los míos, en tanto que
me superas en grandeza y fuerza.
TIERRA.— De estos efectos realmente yo no sé más que de tanto en tanto te quito la luz
del Sol, como tú me la quitas a mí; como también que yo te doy gran luz en tus
noches, cosa que en parte algunas veces veo[7]. Pero me olvidaba una cosa que
importa más que cualquier otra. Querría saber si realmente, según escribe Ariosto,
todo aquello que cada hombre va perdiendo, es decir, la juventud, la belleza, la
salud, las fatigas y gastos que invierten en los estudios para ser honrados por los
otros, para encaminar a los niños en las buenas costumbres, en el hacer o
promover las instituciones útiles, todo sube y se reúne allí, de modo que se
encuentran todas las cosas humanas excepto la locura, que no se aleja de los
hombres. En caso de que esto sea cierto, yo me doy cuenta de que tú debes estar
tan llena que no te sobra espacio; especialmente cuando, en los últimos tiempos,
los hombres han perdido muchísimas cosas (por ejemplo, el amor patrio, la virtud,
la magnanimidad, la rectitud), y no tan solo parte ni una u otra de ellas, como
antaño, sino que todas y por completo. Y cierto que si ellas no se encuentran allí,
no creo que se puedan encontrar en sitio alguno. Por eso querría que nosotros
hiciésemos juntas un convenio por el cual tú me restituyeses ahora y después,
poco a poco, todas estas cosas; además creo que tú misma tienes ganas de ser
desescombrada, sobre todo del juicio, el cual entiendo que ocupa allí un
grandísimo espacio, y yo te haré pagar por los hombres todos los años una buena
suma de dinero.
LUNA.— Tú regresas a los hombres; y, aunque la locura, como afirmas, no se aleja de
tus confines, quieres de todos modos hacerme enloquecer, y quitarme el juicio
buscando el de ellos; el cual no sé dónde está ni si se va o permanece en algún
lugar del mundo; sé bien que aquí no se encuentra, como tampoco se encuentran
las otras cosas por las que tú consultas.
TIERRA.— ¿Al menos me sabrás decir si ahí son habituales los vicios, los crímenes, las
desdichas, los dolores, la vejez… En conclusión, los males? ¿Entiendes estos
nombres?
LUNA.— ¡Oh, estos sí que los entiendo! Y no solo los nombres, también las cosas
designadas las conozco perfectamente porque estoy llena de ellas, en vez de
aquellas otras que tú creías.
TIERRA.— ¿Qué prevalece en tus pueblos, las virtudes o los defectos?
LUNA.— Los defectos.
TIERRA.— ¿De qué tienes mayor abundancia, de bienes o de males?
LUNA.— De males, sin comparación.
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TIERRA.— ¿Y, generalmente, tus habitantes son felices o infelices?
LUNA.— Tan infelices que yo no me cambiaría por el más afortunado de ellos.
TIERRA.— Lo mismo sucede aquí. De modo que me sorprende que, cómo siendo tan
diferente en las otras cosas, en esta concordemos.
LUNA.— También en la figura y en el girar, y en el estar iluminadas por el Sol
concordamos; y no es más maravilloso aquello que esto, porque el mal es algo
común a todos los planetas del universo, o al menos de este mundo solar, como la
redondez y las otras condiciones que he dicho, ni más ni menos. Y si tú pudieses
alzar tanto la voz que fueras escuchada por Urano y por Saturno, o por cualquier
otro planeta de nuestro mundo, y les preguntases si en ellos tiene lugar la
infelicidad o si los bienes prevalecen o ceden a los males, cada uno te responderá
como yo he hecho. Digo esto por haberles preguntado las mismas cosas a Venus y
a Mercurio, a los cuales de cuando en cuando me encuentro más cercana que tú;
como también les he preguntado a algunos cometas que me han pasado cerca: y
todos me han respondido como he dicho. Y pienso que el mismo Sol y cada
estrella responderían otro tanto.
TIERRA.— A pesar de todo, yo espero el bien, y sobre todo hoy, los hombres me
prometen para el advenir mucha felicidad.
LUNA.— Espera cuanto te plazca: yo te prometo que podrás esperar eternamente.
TIERRA.— ¿Sabes qué pasa? Estos hombres y estas bestias alborotan: porque en la
parte donde yo fabulo contigo es de noche, como tú ves, o más bien no ves; así
que todos duermen y, con el estrépito que nosotros hacemos hablando, se
despiertan con gran miedo.
LUNA.— Mas aquí de esta parte, como tú ves, es de día.
TIERRA.— Ahora bien, yo no quiero ser causante de asustar a mi gente ni de quebrar su
sueño, que es el mayor bien que tienen. Pero hablaremos en otro momento. Adiós
entonces, buenos días.
LUNA.— Adiós, buenas noches.
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La apuesta de Prometeo
En el año ochocientos treinta mil doscientos setenta y cinco del reino de Júpiter,
el colegio de las Musas hizo imprimir y pegar en los lugares públicos de la ciudad y
los suburbios de Hipernéfalos diversos carteles que invitaban a todos los dioses
mayores y menores, y a los demás habitantes de dicha ciudad, que recientemente o en
la Antigüedad hubieran hecho cualquier loable invención, a presentarla, ya
físicamente o en figura o por escrito a los jueces representantes de ese colegio. Y
excusándose por su notable pobreza, pues no podrían mostrarse tan dadivosos como
hubieran querido, prometían como premio a aquel cuyo hallazgo fuese juzgado más
bello o más provechoso una corona de laurel con el privilegio de poderla llevar en la
cabeza de día y de noche, privada y públicamente, en la ciudad y fuera de ella; y
poder ser pintado, esculpido, grabado, forjado, representado de cualquier modo y
material, con el signo de aquella corona alrededor de la cabeza.
Concurrieron a este premio no pocos de los celestes por pasatiempo, pues era este
un asunto tan necesario para los habitantes de Hipernéfalos como para los de otras
ciudades, y sin ningún deseo de aquella corona, la cual en sí no valía la consideración
de una gorra de esparto; y en cuanto a la gloria, si los hombres desde que se han
convertido en filósofos la desprecian, se puede conjeturar qué estima le tendrán los
dioses, más sabios que los hombres. Es más, los únicos sabios, según Pitágoras y
Platón. Por tanto, con ejemplo único y hasta ahora inaudito en casos similares de
recompensas propuestas a los más malignos, fue otorgado este premio, sin
intervención de apremios ni de favores ni de promesas ocultas ni de artificios; y tres
fueron los preferidos: Baco, por la invención del vino; Minerva, por la del aceite,
necesario para las unciones, del que los dioses hacen cotidianamente uso después del
baño; y Vulcano, por haber descubierto una olla de cobre, llamada económica, que
sirve para cocer cualquier cosa con poco fuego y velozmente. De este modo,
debiéndose repartir el premio en tres partes, le quedaba a cada uno una ramita de
laurel, pero los tres rechazaron tanto la parte como el todo; Vulcano alegó que,
estando la mayor parte del tiempo al fuego de la fragua con gran fatiga y sudor, le
sería muy inoportuno aquel estorbo sobre la frente. Además, lo pondría en peligro de
ser achicharrado o quemado si por casualidad alguna chispa, enredándose a aquellas
ramas secas, prendiera fuego. Minerva dijo que teniendo que sostener sobre su cabeza
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un yelmo, suficiente —como escribe Homero— para ocultar con él a los ejércitos de
cien ciudades, no le convenía en modo alguno aumentar este peso. Baco no quiso
cambiar su mitra y su corona de pámpanos por aquella de laurel, si bien la habría
aceptado gustoso si le hubieran permitido colocarla como divisa fuera de su taberna;
pero las Musas no consintieron dársela para este fin, de modo que permaneció en su
erario.
Ninguno de los competidores sintió envidia de los tres dioses que lo habían
conseguido y, rechazado este premio, ni se quejó a los jueces ni reprobó la sentencia,
excepto uno, Prometeo, que tomando parte del concurso tras mandar el modelo en
tierra que había hecho y empleado para formar a los primeros hombres, añadía un
escrito en el que declaraba las cualidades y los oficios del género humano descubierto
por él. Produce asombro el pesar mostrado por Prometeo en este caso, que todos los
demás, tanto vencidos como vencedores, consideraban un juego. Por ello,
investigando el motivo, se ha sabido que él deseaba poderosamente no ya el honor,
sino el prestigio que habría alcanzado con la victoria. Algunos pensaron que
pretendía servirse del laurel para proteger la cabeza de las tempestades, como según
se cuenta hizo Tiberio, que siempre que oía tronar se ponía la corona, creyendo que el
laurel no es sacudido por los rayos[1]. Pero en la ciudad de Hipernéfalos no caen
rayos ni truena. Otros, más verosímilmente, afirman que Prometeo, por defecto de los
años, comenzó a perder pelo, desventura soportada, como sucede a muchos, de
malísima gana, y no habiendo leído las loas a la calvicie escritas por Sivesio, o no
habiendo sido convencido por ellas, que es más creíble, querría bajo la diadema
esconder, como César dictador, la desnudez de la cabeza.
Pero volviendo a los hechos, un día entre otros, razonando Prometeo con Momo,
se lamentaba amargamente de que el vino, el aceite y las ollas hubieran sido
antepuestos al género humano, el cual decía ser la mejor obra de los inmortales que
ha aparecido en el mundo. Y pareciéndole que no persuadía lo bastante a Momo, el
cual aducía no sé qué razones en contra, le propuso descender ambos a la Tierra, y
posarse por azar en el primer lugar que descubrieran habitado por los hombres de las
cinco partes en que la Tierra estaba dividida. Hacían antes recíprocamente esta
apuesta: si en los cinco lugares, o en la mayor parte de ellos, encontrarían o no
argumentos manifiestos de que el hombre es la más perfecta criatura del universo.
Una vez aceptada por Momo, y conviniendo el precio de la apuesta, comenzaron sin
demora a descender hacia la Tierra; dirigiéndose en primer lugar al Nuevo Mundo,
como aquel que por el nombre mismo, y por no haber puesto pie hasta entonces
ninguno de los inmortales, estimulaba poderosamente su curiosidad. Detuvieron el
vuelo en el país de Popairon, de la parte septentrional, no muy lejos del río Cauca, en
un lugar donde aparecían muchos signos de actividad humana: vestigios de cultivo en
los campos, bastantes caminos a pesar de haber troncos en muchos lugares y
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escombros en la mayor parte, árboles cortados y caídos, y, particularmente, algunos
que parecían sepulturas, y algún hueso de hombre de cuando en cuando. Pero no por
esto pudieron los dos celestes, alargando las orejas o extendiendo la vista a cada
confín, escuchar una voz o descubrir la sombra de un hombre vivo. Marcharon ora
caminando ora volando por espacio de muchas millas, pasando montes y ríos, y
encontrándose en todas partes los mismos signos y la misma soledad. ¿Cómo están
ahora desiertas estas aldeas, decía Momo a Prometeo que, sin embargo, muestran
evidencias de haber sido habitadas? Prometeo recordaba las inundaciones del mar, los
terremotos, los temporales, las lluvias descomunales, que sabía que eran comunes en
las regiones cálidas, y ciertamente al mismo tiempo oían, de todos los boscajes
vecinos, las ramas de los árboles que, sacudidos por el aire, goteaban agua
continuamente, Momo no podía comprender cómo podía aquel lugar estar sujeto a las
inundaciones del mar, tan lejano de allí que no aparecía por ningún lado; y tampoco
entendía por qué destino los terremotos, los temporales y las lluvias hubieran llegado
a destruir a todos los hombres del pueblo, perdonando a los jaguares, a los simios, a
los osos hormigueros, a los canguros, a las águilas, a los papagayos y a otros cientos
de animales terrestres y voladores que estaban por los alrededores. Al fin,
descendiendo a un valle inmenso, descubrieron, por decirlo así, un pequeño grupo de
casas o cabañas de madera cubiertas por hojas de palma y rodeada cada una por una
cerca a modo de empalizada: delante de una de ellas se encontraban muchas
personas, unas de pie, otras sentadas, alrededor de una vasija de tierra puesta sobre un
gran fuego. Se acercaron los dos celestes, tomando forma humana, y Prometeo,
saludando a todos cortésmente, al volverse uno que tenía trazas de ser el más
importante, lo interrogó: ¿Qué hacéis?
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SALVAJE.— Y las otras mujeres que tengo, cuando sean inútiles para parir, me las
comeré igualmente. Y estos esclavos míos que veis, no los tendría vivos si no
fuera para tener de cuando en cuando hijos de ellos y comérmelos. Pero cuando
sean viejos, si yo aún vivo, uno tras otro me los comeré también a ellos[2].
PROMETEO.— Dime, ¿estos esclavos son de tu mismo pueblo o de algún otro?
SALVAJE.— De otro.
PROMETEO.— ¿Muy lejano de aquí?
SALVAJE.— Lejanísimo, tanto que entre sus casas y las nuestras transcurre un
arroyuelo.
E indicando una montaña, añadió: «He allí el lugar en el que estaba. Pero los
nuestros lo han destruido»[3]. En ese momento le pareció a Prometeo que no sé
cuántos de ellos lo estaban contemplando con una cariñosa mirada semejante a la que
el gato hace al ratón. Así que, para no ser comido por sus propias criaturas, alzó
súbito el vuelo, y con él igualmente Momo; y fue tanto el temor que tuvieron el uno y
el otro que, al partir, cubrieron el alimento de los bárbaros con aquella clase de
inmundicias que las arpías derramaran por envidia sobre las mesas troyanas. Pero
ellos, más famélicos y menos reticentes que los compañeros de Eneas, prosiguieron
con su comida. Prometeo, insatisfecho del Nuevo Mundo, se volvió enseguida al más
viejo, es decir, a Asia. Transcurrido casi en un momento el intervalo que hay entre las
nubes y las antiguas Indias, descendieron ambos cerca de Agra en un campo lleno de
infinita gente, reunida alrededor de una fosa colma de madera, sobre el borde de la
cual, de un lado, se veían a algunos con antorchas encendidas, a punto de prenderle
fuego; y del otro lado, sobre un cadalso, una mujer joven, cubierta con vestidos
suntuosísimos y con toda clase de ornamentos bárbaros, la cual danzando y
vociferando, hacía signos de grandísima alegría. Prometeo, viendo esto, imaginaba
para sí mismo a una nueva Lucrecia o a una nueva Virginia o a alguna emuladora de
las hijas de Ereteo, de Ifigenia, de Codro, de Meneceo, de Curcio, o de los Decios,
que guiándose por la fe de algún oráculo, se inmolara voluntariamente por su patria.
Comprendiendo después que el motivo del sacrificio de la mujer era la muerte del
marido, pensó que ella, poco diferente de Alcestes, quisiera con el precio de sí misma
recomprar el espíritu de él. Pero cuando supo que ella no resolvía arder sino porque
esta era la costumbre de las mujeres viudas de su secta, y que había siempre sentido
odio por el marido, y que estaba embriagada y que el muerto, en lugar de resucitar,
debería arder en aquel mismo fuego, dando de súbito la espalda a ese espectáculo,
tomó el camino de Europa y mientras partían, tuvo con su compañero este coloquio:
MOMO.— ¿Habías pensado, cuando robaste con un grandísimo peligro el fuego del
cielo para transmitirlo a los hombres, que estos lo utilizarían, unos para cocerse
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los unos a los otros, otros para quemarse espontáneamente?
PROMETEO.— No, ciertamente no. Pero considera, querido Momo, que aquellos que
hasta ahora hemos visto son bárbaros, y que de los bárbaros no se debe enjuiciar
la naturaleza de todos los hombres, pero sí de los civilizados hacia los cuales
vamos al encuentro. Y tengo la firme opinión de que entre ellos veremos y
oiremos casos y palabras que te parecerán dignas no solo de alabanza, sino de
asombro.
MOMO.— No entiendo por qué, si los hombres son el género más perfecto del
universo, es necesario que sean civilizados para que no se quemen entre ellos ni
se coman a sus propios hijos: pues los demás animales son todos bárbaros y, no
obstante, ninguno se quema espontáneamente, excepto el fénix, que no se
encuentra; raramente se comen a algún semejante; y mucho más raro es que se
alimenten de sus crías, quizá por algún accidente insólito y no porque las hayan
generado para este menester. Advierto también que de cinco partes del mundo,
una sola, y no toda entera, y esta no parangonable por grandeza a ninguna de las
otras cuatro, está dotada de la civilización que tú alabas; añade alguna pequeña
porción de otra parte del mundo. Y ni siquiera tú podrás decir que esta
civilización sea completa, de modo que hoy día los hombres de París o de
Filadelfia no pueden tener por completo todas las perfecciones que les puedan
convenir a su especie. Ahora bien, para llegar al presente estado de civilización
no todavía perfecta, ¿cuánto tiempo han debido penar tales pueblos? Tantos años
como se puedan contar desde el origen del hombre hasta nuestros tiempos. Y casi
todas las creaciones que eran o de mayor necesidad o de mayor provecho para la
obtención del estado civilizado han tenido su origen no en la razón, sino en los
casos fortuitos; de modo que la civilización humana es obra de la fortuna más que
de la naturaleza; y donde tales casos no han ocurrido, vemos que los pueblos son
todavía bárbaros. Entonces yo digo: si el hombre bárbaro demuestra ser inferior
por muchos aspectos a cualquier otro animal; si la civilización, que es lo opuesto
de la barbarie, no es poseída ni siquiera hoy sino por una pequeña parte del
género humano; si además de esto, esta parte no ha podido llegar de otro modo
que con esfuerzo al presente estado civil después de una cantidad innumerable de
siglos, y gracias al azar, más bien que a cualquier otra causa; y por último, si
dicho estado civilizado no es ni siquiera perfecto, considera un momento si quizá
tu sentencia sobre el género humano no sería más certera enmendándola de la
siguiente manera, es decir, diciendo que es verdaderamente sumo entre los
géneros, como tú piensas, pero sumo en la imperfección, más bien que en la
perfección; cuanto más, que los hombres, en el hablar y en el juzgar cambian
continuamente una por otra, argumentando desde ciertos presupuestos que ellos
han inventado y toman por verdades palpables. Es cierto que los otros géneros de
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criaturas desde el comienzo son perfectísimos cada cual en sí mismo. Y aun
cuando no estuviese claro que el hombre bárbaro, considerado respecto a otros
animales, es el menos bueno de todos, yo no creo que el ser naturalmente
imperfectísimo en el propio género, como parece que sea el hombre, se tenga que
tener en consideración como perfección mayor que cualquier otra. Agrega que la
civilización humana, tan difícil de obtener y quizás imposible de llevar a su
consumación, no es tampoco tan estable de manera que no pueda caer, como de
hecho se observa que ha ocurrido muchas veces y en diferentes lugares que
habían adquirido una buena parte de ella. En suma, concluyo que si tu hermano
Epimeteo llevara el modelo que empleó cuando formó al primer asno o a la
primera rana, quizá obtendría el premio que tú no has conseguido. De todos
modos, yo te concederé gustosamente que el hombre sea perfectísimo, si tú te
avienes a decir que su perfección se asemeja a aquella que Plotino atribuía al
mundo, el cual, decía Plotino, es óptimo y perfecto absolutamente, pero para que
el mundo sea perfecto es necesario que contenga, entre otras cosas, también todos
los males posibles; y de hecho, se encuentran en él tantos males cuantos puedan
caber. Y a este respecto, quizá concedería igualmente a Leibniz que el mundo
presente sea el mejor de todos los mundos posibles.
No hay duda de que Prometeo tendría preparada una respuesta que en modo
distinto, preciso y dialéctico contestara a todas estas razones, pero es igualmente
cierto que no la dio, pues en ese mismo momento se encontraron sobre la ciudad de
Londres, a la que descendieron, y viendo una gran multitud concurriendo a la puerta
de una casa privada, mezclándose entre la muchedumbre, entraron en la casa y
encontraron sobre una cama a un hombre tendido boca arriba que tenía una pistola en
la diestra, herido en el pecho, y muerto. Junto a él yacían dos niños, igualmente
muertos. Había bastantes personas de la casa en la habitación, y algunos jueces que
les interrogaban mientras que un oficial escribía.
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PROMETEO.— Pero ¿quizá era pobre o despreciado por todos, o desafortunado en
amores o en palacio?
FAMILIAR.— Al contrario, era riquísimo y creo que todos lo estimaban, de amores no se
preocupaba y en palacio tenía mucho favor.
PROMETEO.— Entonces, ¿cómo ha caído en esta desesperación? SIRVIENTE.— Por tedio
de la vida, según lo que ha dejado escrito.
PROMETEO.— ¿Y estos jueces qué hacen?
SIRVIENTE.— Averiguan si el patrón había enloquecido o no, pues en el caso de que no
hubiera enloquecido, sus bienes recaerán en el erario público por ley. Y,
ciertamente, no se podrá evitar que no recaigan.
PROMETEO.— Pero dime, ¿no tenía ningún amigo o pariente a quien pudiera
encomendar estos niños en lugar de matarlos?
SIRVIENTE.— Sí tenía, y entre todos, uno que le era muy íntimo, y al cual ha confiado
su perro[4].
Momo estaba por congratularse con Prometeo sobre los buenos efectos de la
civilización, y sobre la satisfacción que aparecía resultase de ella para nuestra vida; y
quería también recordarle que ningún otro animal, fuera del hombre, se mata
voluntariamente ni por desesperación de la vida apaga la de sus hijos. Pero Prometeo
se anticipó y, sin preocuparse de ver las dos partes del mundo que quedaban, le pagó
la apuesta.
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Diálogo de un físico y un metafísico
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natural en el hombre. Como es la naturaleza de cada viviente el amor por la
propia felicidad, antes caería el mundo que alguno de ellos cesase de amarla y
procurarla a su manera. Que después, la vida sea un bien por sí misma, espero que
tú me lo demuestres con sutilísimas razones metafísicas o de cualquier otra
disciplina. Por mi parte, digo que la vida feliz sería un bien sin duda: pero en
cuanto feliz, no como vida. La vida infeliz, en cuanto es infeliz, es un mal; y
considerando que la naturaleza, al menos la de los hombres, comporta que vida e
infelicidad no se pueden separar, examina tú mismo las consecuencias.
FÍSICO.— Tenga la amabilidad, dejemos esta materia, que es demasiado melancólica y,
sin tantas sutilezas, respóndame sinceramente: si el hombre viviese y pudiera
vivir eternamente, es decir, sin morir, y no después de muerto, ¿crees tú que no le
agradaría?
METAFÍSICO.— A un presupuesto fabuloso responderé con una fábula: tanto más, dado
que nunca he vivido la eternidad, así que no puedo responder por experiencia ni
tampoco he hablado con alguien que fuera inmortal; y a no ser en las fábulas, no
he tenido noticias de personas de tal clase. Si estuviera aquí presente Cagliostro,
quizás nos podría dar un poco de luz, habiendo vivido bastantes siglos; si bien, ya
que después murió como los otros, no parece que fuera inmortal. Diré por lo tanto
que el sabio Quirón, que era divino, con el pasar del tiempo se hastió de la vida,
pidió permiso a Zeus para poder morir y murió[3]. Ahora piensa, si la
inmortalidad aflige a los dioses, qué no hará con los hombres. Los hiperbóreos,
pueblo desconocido pero famoso, al cual no se puede acceder ni por tierra ni por
mar, ricos de todo bien y especialmente de hermosísimos asnos con los cuales
suelen hacer hecatombes, pudiendo, si yo no me engaño, ser inmortales, pues no
tienen enfermedades ni guerras o discordias ni carestía ni vicios ni culpas, no
obstante mueren todos porque, al cabo de aproximadamente miles de años de
vida, saciados de la Tierra, saltan espontáneamente desde una cierta roca en el
mar, y allí se ahogan[4].
Escucha esta otra fábula: Bitón y Cleobi, hermanos, un día de fiesta que no
estaban dispuestas las mulas, tomaron su puesto en el carro de su madre,
sacerdotisa de Júpiter, y la condujeron al templo; ella suplicó a la diosa que
remunerase la piedad de sus hijos con el mayor bien que pudiera concedérsele al
hombre. Júpiter, en lugar de hacerlos inmortales, como habría podido y entonces
se acostumbraba, hizo que uno y otro pereciesen en esa misma hora. Lo mismo le
sucedió a Agómede y a Trofonio. Una vez finalizado el templo de Delfos,
hicieron ruegos a Apolo para que les recompensase: él les respondió que los
satisfaría en siete días; que durante ese tiempo se entregaran a hacer fiestas a su
costa. La séptima noche les envió un dulce sueño del cual todavía no se han
despertado. Y habiendo obtenido esta, no reclamaron otra paga. Mas ya que
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estamos con las fábulas, he aquí otra, acerca de la cual quiero proponer una
cuestión. Yo sé que hoy los de vuestra laya tienen por dato cierto que la vida
humana, en cualquier país habitado y bajo cualquier cielo, dura de modo natural,
excepto pequeñas diferencias, la misma cantidad de tiempo considerando cada
pueblo en su conjunto. Pero algún buen antiguo[5] cuenta que los hombres de
ciertas partes de la India y de Etiopía no se mantienen más de cuarenta años;
quien muere a esta edad muere viejísimo, y las niñas de siete años de edad están
en tiempo de casarse. Y de este último fenómeno sabemos que, desde hace poco,
se verifica en Guinea, Decon y en otros lugares expuestos a la zona tórrida. Por lo
tanto, tomando por cierto que haya una o más naciones, los hombres de las cuales
regularmente no pasen de los cuarenta años de vida, y esto sea por naturaleza, y
no, como se ha creído de los Hotentotes, por otras causas; pregunto si respecto a
esto te parece que dichos pueblos deban ser más miserables o más felices que los
demás.
FÍSICO.— Más míseros, sin duda, debiendo morir más pronto.
METAFÍSICO.— Yo creo lo contrario por esa misma razón. Pero en esto no consiste el
asunto. Presta atención: yo negaba que la pura vida, es decir, el simple
sentimiento de ser uno mismo, fuese cosa amada y deseable por naturaleza. Mas
aquello que quizá más dignamente recibe también el nombre de vida, es decir, la
eficiencia y abundancia de las sensaciones, es naturalmente amado y deseado por
todos los hombres, pues cualquier acción o pasión viva e intensa, con tal de que
no nos sea desagradable, molesta o dolorosa, con solo ser viva e intensa nos
resulta grata, aunque carezca de cualquier otra cualidad deleitosa. Con que en
aquella clase de hombres, la vida de los cuales se consume en cuarenta años, es
decir, en la mitad del tiempo destinado por la naturaleza a los otros hombres; esa
vida en cada una de sus partes sería el doble de viva que la nuestra: pues,
debiendo ellos creer y alcanzar la perfección e igualmente marchitarse y
desaparecer en la mitad de tiempo, las operaciones vitales de su naturaleza,
proporcionalmente a esta celeridad, serían en cada instante el doble de intensas en
comparación con lo que nos sucede a nosotros; e incluso las acciones voluntarias
de estos, la movilidad y la vivacidad extrínseca, corresponderían a esta mayor
eficacia. De modo que ellos tendrían en menor espacio de tiempo la misma
cantidad de vida que tenemos nosotros; la cual, distribuyéndose en menor número
de años, bastaría para colmarlos, o solo dejaría pequeños vanos; cuando, sin
embargo, ella no es suficiente para henchir un espacio doble y las acciones y las
sensaciones de ellos, siendo más fuertes y recogidas en círculos más estrechos,
serían casi suficientes para ocupar y vivificar toda su existencia; mientras que en
la nuestra, mucho más larga, permanecen frecuentísimos y grandes intervalos,
privados de cualquier acción y viva afección. Y puesto que no el simple ser, sino
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únicamente solo el ser feliz es deseable; y la buena o mala fortuna de cualquiera
no se evalúa por el número de días, yo concluyo que la vida de esas naciones,
cuanto más breve, menos pobre será de placeres o de eso que es designado con
este nombre; y se preferiría anteponer su vida a la nuestra, e incluso la preferirían
los primeros reyes de Asiria, de Egipto, de China, de India, y de otros países que
vivieron para volver a la fábula miles de años. Por eso no solo no me preocupo de
la inmortalidad y estoy contento de dejársela a los peces, a los cuales la dona
Leeuwenhoek, con tal de que no sean comidos por los hombres o por las ballenas;
pero, en lugar de demorar o interrumpir la energía de nuestro cuerpo para alargar
la vida, como propone Maupertuis[6], yo querría que la pudiésemos acelerar de
modo que nuestra vida se redujese a la medida de la de algunos insectos, llamados
efímeros, de los cuales se dice que los más longevos no viven más allá de un día,
y, no obstante, mueren bisabuelos y tatarabuelos. En tal caso, yo estimo que no
quedaría lugar para el tedio. ¿Qué piensas de este razonamiento?
FÍSICO.— Pienso que no me convence y que si tú amas la metafísica, yo me atengo a la
física; quiero decir que mientras tú te atienes a lo sutil, yo observo lo general y
me contento con ello. Pero sin utilizar el microscopio, juzgo que la vida sea más
bella que la muerte, y le doy la manzana a aquella, mirando a ambas vestidas.
METAFÍSICO.— Así juzgo también yo. Pero cuando me vuelve a la mente la costumbre
de aquellos bárbaros, que por cada día infeliz de su vida arrojaban en una aljaba
un canto negro, y por cada día feliz uno blanco[7], piensas que poco número de los
blancos es verosímil que fueran encontrados en el carcaj de cada uno, y que gran
multitud de los negros, y deseo verme delante de los cantos de los días que me
quedan; y, separándolos, tener la facultad de deshacerme de los negros y
eliminarlos de mi vida; reservándome solo los blancos, a pesar de que yo bien
sepa que no harían un gran número, y serían de un blanco turbio.
FÍSICO.— Muchos, por el contrario, aun cuando todos los guijarros fueran negros, y
más negros que el carbón, querrían seguir añadiéndolos, aunque fueran del mismo
color: porque están seguros de que ningún guijarro sería tan negro como el
último. Y estos, de cuya clase soy también yo, podrán añadir en efecto muchos
guijarros a sus vidas, valiéndose del arte que se muestra en este libro mío.
METAFÍSICO.— Cada cual piense y obre según su deseo; tampoco la muerte dejará de
obrar a su modo. Pero si tú quieres, prolongando la vida, favorecer
verdaderamente a los hombres, halla un arte gracias al cual sean multiplicados en
número e intensidad sus sensaciones y acciones. De tal modo acrecentarás
realmente la vida humana, y colmando esos desmesurados intervalos de tiempo
en los cuales nuestro ser es más bien durar que vivir, te podrás vanagloriar de
prolongarla. Y eso sin andar en busca del imposible o violentar la naturaleza, es
más, secundándola. ¿No te parece que los antiguos vivieron más que nosotros,
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dado que, por los graves y continuos peligros que solían padecer, murieron
habitualmente más pronto? Y harás un grandísimo beneficio a los hombres, cuya
vida fue siempre, no diré feliz, pero tanto menos infeliz cuanto más fuertemente
agitada, y en mayor parte ocupada sin dolor ni pesar. Llena de ocio y de tedio, que
es como decir vacua, permite creer cierta aquella sentencia de Pirrón, que entre la
vida y la muerte no hay diferencia. Que si yo lo creyese, te juro que la muerte me
atemorizaría no poco. Mas en fin, la vida debe ser viva, es decir, verdadera vida o
la muerte la supera incomparablemente en mérito.
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Diálogo de la Naturaleza y un islandés
Un islandés que había recorrido la mayor parte del mundo y habitado en distintas
tierras, marchando una vez por el interior de África, y cruzando bajo la línea
equinoccial en un lugar nunca penetrado por hombre alguno, tuvo un caso similar a
aquel que le aconteció a Vasco de Gama al pasar el Cabo de Buena Esperanza;
cuando el mismo cabo guardián de las mareas australes le salió al encuentro bajo la
forma de un gigante para disuadirlo de conocer aquellas nuevas aguas[1]. Vio de lejos
un busto enorme que al principio imaginó hecho de piedra y a semejanza de los
hermes colosales vistos por él, muchos años antes, en la isla de Pascua. Pero
acercándose más, descubrió que era una forma desmesurada de mujer sentada en
tierra, con el busto erguido, apoyando la espalda y el codo en una montaña; y no
imaginada sino viva, el rostro entre bello y terrible, negrísimos los cabellos y los ojos
que le miraban fijamente; y permaneciendo así un cierto tiempo sin hablar. Al final le
dijo:
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infligiéndose mutuamente infinitos tormentos e infinitos males, que
apesadumbran y dañan al fin, más se alejan de la felicidad cuanto más la buscan.
Por estas consideraciones, depuesto cualquier otro deseo, deliberé sin causar mal
a nadie, sin procurar en modo alguno salvarme de mi estado, sin proceder contra
los otros por ningún bien del mundo, vivir una vida oscura y tranquila; y
desesperanzado de los placeres, como de cosa negada a nuestra especie, no me
propuse otra disposición que la de mantenerme lejos de los padecimientos. Con lo
cual no quiero decir que yo pensara en abstenerme de las ocupaciones y de las
fatigas corporales, que bien sabes qué diferencia hay entre la fatiga y la molestia,
y entre el vivir en calma y el vivir ocioso. Y ya al poner en acto esta resolución,
conocí en carne propia cómo es vano pensar, si vives entre los hombres, de poder,
sin ofender a ninguno, huir de tal modo que los otros no te ofendan; y cediendo
siempre voluntariamente, y contentándose con el mínimo de cada cosa, conseguir
que te sea permitido un lugar cualquiera, y que este mínimo no te sea disputado.
Mas de la molestia de los hombres me liberé fácilmente, separándome de su
sociedad, y retirándome en soledad, cosa que en mi isla nativa se puede llevar a
cabo sin dificultad. Hecho esto, y viviendo sin casi ninguna visión del placer, no
podía yo, sin embargo, mantenerme sin padecimiento: porque la duración del
invierno, la intensidad del frío y el ardor extremo del verano, que son distintivos
de aquel lugar, me abatían continuamente; y el fuego, cerca del cual necesitaba
pasar gran parte del tiempo, me aridecía las carnes y me desgarraba las cejas con
el humo, de modo que ni en casa ni en cielo abierto me podía librar de una
perpetua penuria. Tampoco podía conservar aquella tranquilidad de la vida, a la
que se habían vuelto principalmente mis pensamientos, pues las espantosas
tempestades en el mar y en la tierra, los bramidos y las amenazas del monte
Hecla, el recelo de los incendios, frecuentísimos en las casas, como son las
nuestras, hechas de madera, no cesaban nunca de turbarme. Incomodidades que,
en una vida siempre conforme consigo misma y desnuda de cualquier otro deseo
y esperanza, y casi de cualquier otra preocupación que no sea la de estar
sosegada, salen airosas no pocas veces, y mucho más graves de cuanto aparecen
cuando la mayor parte de nuestro ánimo está ocupado con los pensamientos de la
vida civil y con las adversidades que provienen de los hombres. Por tanto, viendo
que por más que yo me recogía y casi me contraía en mí mismo, con el fin de
evitar que mi ser no causase molestia ni daño a ninguna cosa del mundo, menos
evitaba que las otras cosas me inquietaran y me atormentasen, me dispuse a
cambiar lugares y climas para ver si en alguna parte de la Tierra, no ofendiendo,
no fuera ofendido; y no gozando, no padecer. Y a esta decisión fui llevado
también por un pensamiento que tuve, que quizá tú no hubieses destinado al
género humano si no a un solo clima de la Tierra (como has hecho con cada una
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de las otras especies de animales y de plantas) y a ciertos lugares, fuera de los
cuales los hombres no podrían prosperar ni vivir sin dificultad y miseria; y
deberían ser imputadas no a ti sino a ellos mismos, cuando ellos despreciaron y
traspasaron los confines que fueron prescritos por tus leyes a las moradas
humanas. Casi todo el mundo he recorrido, y hecho vivido en casi todos los
países, siempre observando mi propósito, no causar molestias a otras criaturas,
siempre que pudiera, y procurar la sola tranquilidad de la vida. Pero me he
quemado con el calor de los trópicos, crujido por el frío en los polos, maltrecho
en los climas templados por la inconstancia del viento, asolado por las
perturbaciones de los elementos en todas partes. Lugares he visto en los cuales no
transcurre un día sin temporal, que es como decir que tú asaltas y luchas contra
esos habitantes sin ser culpables de haberte hecho injuria alguna. En otros lugares
la regular serenidad del cielo se combina con la frecuencia de los terremotos, con
la multitud y furia de los volcanes, con la convulsión subterránea de todo el
territorio. Vientos y huracanes desmedidos reinan en los lugares y en las
estaciones libres de otros furores del aire. A veces yo he sentido derrumbarse el
techo sobre mi cabeza por la gran carga de nieve; otras, por la abundancia de la
lluvia; la misma tierra, hundiéndose, se ha disipado bajo mis pies; algunas veces
he debido huir hasta quedarme sin aliento de las riadas, que me persiguen como si
yo fuera culpable de haberles hecho cualquier ofensa. Muchos animales salvajes,
no provocados por mí con un mínimo ultraje, me han querido devorar; muchas
serpientes envenenarme; en diversos lugares poco ha faltado para que los insectos
no me hayan consumido hasta los huesos. Dejo los peligros diarios, siempre
inminentes al hombre e infinitos de número, tantos que un antiguo filósofo[2] no
encuentra contra el temor otro remedio más válido que la consideración de que
toda cosa es terrible. Ni las enfermedades me han perdonado, a pesar de que yo
fuera, como todavía soy, no digo frugal, pero sí contenido con los placeres del
cuerpo. Suelo admirarme no poco considerando como tú me has infundido tanta y
tan firme e insaciable avidez por el placer, alejado del cual nuestra vida, privada
de eso que ella desea naturalmente, es algo imperfecto y, por otra parte, hayas
dispuesto que el uso de ese placer sea de todas las cosas humanas casi la más
nociva para las fuerzas y la salud del cuerpo, la más calamitosa en los efectos
para toda persona y la más contraria a la duración de la misma vida. Pero de
cualquier modo, absteniéndome casi siempre y totalmente de todo deleite, no he
podido evitar caer en muchas y diferentes enfermedades, algunas me han puesto
en peligro de muerte, otras a perder el uso de algún miembro, o de llevar
perpetuamente una vida más mísera que la pasada; y todas, por días o por meses,
me han oprimido el cuerpo y el alma con mil penurias y mil dolores. Y cierto,
aunque cada uno de nosotros experimente en el tiempo de la enfermedad males
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para él nuevos e insólitos e infelicidad mayor que la acostumbrada (como si la
vida humana no fuese suficientemente miserable de ordinario), tú no has
proporcionado al hombre, para compensarle, un período de salud sobreabundante
e inusitado, el cual fuera motivo de algún deleite extraordinario por cualidad y
grandeza. En los países cubiertos de nieve yo casi me ciego: como sucede
frecuentemente a los lapones en su patria. Del Sol y del aire, cosas vitales, es más,
necesarias para nuestra vida y, sin embargo, de las que no podemos huir, somos
dañados continuamente: de este por la humedad, por el rigor y por otras
disposiciones; de aquel por el calor y por la misma luz, tanto que el hombre nunca
puede, sin mayor o menor incomodidad o daño, estar expuesto a ninguno de los
dos. En fin, yo no recuerdo haber pasado un solo día de mi vida sin algún pesar;
ni puedo enumerar aquellos que he consumido sin ni siquiera una sombra de
placer: advierto que tanto nos está destinado y es necesario el padecer como el no
gozar; tan imposible el vivir de alguna manera sosegado como el vivir inquieto
sin molestias. Y me resuelvo a concluir que tú eres enemiga encarnizada de los
hombres y de los otros animales, y de todas tus obras; pero ahora nos insidias,
ahora nos amenazas, ahora nos asaltas, ahora nos juzgas, ahora nos golpeas, ahora
nos laceras, y siempre o nos ofendes o nos persigues; y que, por costumbre o
disposición, eres verdugo de tu propia familia, de tus hijos y, por así decir, de tu
sangre y tus vísceras. Por lo tanto, quedo privado de toda esperanza, habiendo
comprendido que los hombres cesan de perseguir a quien les huye o se oculta con
verdadera voluntad de huirles o de ocultarse; pero tú, por ningún motivo, jamás
cejas de hostigarnos hasta que nos abates. Y creo cerca el tiempo amargo y
lúgubre de la vejez; verdadero y manifiesto mal, es más, cúmulo de males y de
pasadas miserias; y además no accidentalmente, sino destinado por ti por ley a
toda clase de viviente, previsto para cada uno de nosotros desde la niñez, y
ejercitado en él de continuo, desde su quinto lustro en adelante, con un tristísimo
declive y pérdida sin culpa suya, de modo que apenas un tercio de la vida de los
hombres es asignado a florecer, pocos instantes a la madurez y el
perfeccionamiento, y todo el resto a decaer y a las incomodidades que le siguen.
NATURALEZA.— ¿Creías tú quizás que el mundo era para vosotros? Ahora sabes que en
las hechuras, en las órdenes y en mis operaciones, excepto poquísimas, siempre
tuve y tengo la intención de otra cosa que la felicidad y la infelicidad de los
hombres. Cuando yo os ofendo en cualquier modo o con cualquier medio, no me
percato sino rarísimas veces: del mismo modo que, ordinariamente, si yo os
plazco u os beneficio, no lo sé; y no he hecho, como creéis vosotros, tales cosas o
tales acciones para deleitaros o favoreceros. Y finalmente, si incluso se me
ocurriese extinguir vuestra especie, yo no lo advertiría.
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ISLANDÉS.— Supongamos que alguien me invitase espontáneamente a su villa con gran
insistencia, y yo por complacerlo fuese. Que allí me fuese dada para vivir una
celda toda dañada y ruinosa, donde me encontrase en continuo peligro de ser
aplastado, húmeda, fétida, abierta al viento y a la lluvia. Que él no se preocupara
de entretenerme con algún pasatiempo o de darme alguna comodidad; por el
contrario, apenas me suministre lo necesario para sustentarme; y además de esto
se permitiera insultarme, menospreciarme, amenazarme y hacerme pegar por sus
hijos y sus siervos. Si a él me quejara de estos maltratos, me respondería:
«¿Quizás he hecho esta villa para ti? ¿Mantengo yo a mis hijos y a mis siervos
para tu servicio? ¿Y no tengo otra cosa en qué pensar que en tu entretenimiento, o
en procurarte una buena estancia?» A esto replicaría: «Mira, amigo, era tu
facultad no invitarme. Pero puesto que espontáneamente has querido que yo
venga, es tu deber obrar de tal modo que yo, en cuanto estoy bajo tu poder, viva
por lo menos sin sufrimientos y sin peligro.» Tal digo ahora. Sé bien que tú no
has hecho el mundo en servicio de los hombres. Más bien creería que lo hubieses
hecho y ordenado expresamente para atormentarlos. Ahora pregunto: ¿Acaso yo
te he rogado que me instalaras en este universo? ¿O me he entrometido
violentamente y contra tu deseo? Pero si por tu voluntad y sin mi conocimiento, y
de manera que no pudiera desconsentirlo ni rechazarlo, tú misma, con tus manos,
me has colocado: ¿no es por tanto tu deber sino tenerme alegre y contento en este
reino tuyo, al menos evitar que yo no sea atormentado y desgarrado, y que el
existir no me dañe? Y esto que digo de mí lo digo de todo el género humano, lo
digo de los otros animales y de toda criatura.
NATURALEZA.— Tú pruebas no tener en mente que la vida de este universo es un
perpetuo círculo de creación y destrucción, unidos ambos entre sí de manera que
cada una sirve continuamente a la otra y a la conservación del mundo; el cual,
siempre que cesase una y otra vez, vendría asimismo disuelto. Por lo tanto, le
resultaría perjudicial que hubiese en él alguna cosa libre de padecimiento.
ISLANDÉS.— Esto mismo oigo razonar por parte de los filósofos. Pero puesto que aquel
que es destruido, padece; y aquel que destruye, no goza, y en breve es destruido
igualmente; dime aquello que ningún filósofo me sabe decir: ¿a quién place o a
quién gusta esta vida infelicísima del universo, conservada con el daño y con la
muerte de todas las cosas que lo componen?
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encima le edificó un soberbísimo mausoleo de arena bajo el cual, disecado
perfectamente y convertido en una bella momia, fue después hallado por ciertos
viajeros y colocado en el museo de no sé cuál ciudad europea.
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Diálogo entre Torcuato Tasso y su genio familiar[1]
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en el bolsillo para no deslumbrar al mortal que se pone delante.
TASSO.— Dices la verdad, pero no te parece este un gran pecado de las mujeres, que
ellas nos parezcan tan diferentes de como nos las imaginábamos.
GENIO.— Yo no soy capaz de observar qué culpa tengan en ser de carne y sangre, y no
de ambrosía y néctar. ¿Qué cosa hay en el mundo que tenga siquiera una sombra
o una milésima parte de la perfección que vos pensáis que tengan que tener las
mujeres? Y paréceme extraño que, no asombrándoos de que los hombres sean
hombres, es decir, criaturas poco loables y poco amables, no sepáis comprender,
como resulta, que las mujeres no sean ángeles.
TASSO.— A pesar de todo, yo ardo en deseos de volver a verla y volver a hablarle.
GENIO.— Bien, esta noche en sueños yo te llevaré a su lado; bella como la juventud y
cortés en tal modo que tendrás necesidad de ser mucho más franco y más
encaminado que nunca; es más, le cogerás la mano; y ella, mirándote fijamente, te
provocará en el alma una dulzura tal que tú quedarás sobrepasado; y durante todo
el día, cuando te acuerdes de este sueño, te sentirás acariciar el corazón por la
ternura.
TASSO.— Gran consuelo: un sueño en lugar de la verdad.
GENIO.— ¿Qué es la verdad?
TASSO.— Pilatos lo supo tanto como lo sé yo.
GENIO.— Bien, responderé yo por ti. Sabed que de la verdad a lo soñado no hay más
diferencia que este es más bello y más dulce de lo que aquella lo será jamás.
TASSO.— Entonces, ¿tanto vale un placer soñado como uno verdadero?
GENIO.— Así lo creo. Es más, tengo noticia de uno que cuando la mujer que ama se le
aparece en algún amable sueño, al día siguiente evita por todos los medios
encontrarse con ella, sabiendo que ella no podría soportar la comparación con la
imagen que el sueño le dejó impresa, y que la verdad, borrándole de la mente lo
falso, le privaría del placer extraordinario que la imagen le proporciona. Pero no
puedo condenar a los antiguos, mucho más solícitos, atentos e industriosos que
vos, sobre cada clase de goce accesible a la naturaleza humana, que tuvieron por
costumbre procurarse en varios modos la dulzura y la felicidad de los sueños; ni
siquiera a Pitágoras se puede reprender por haber prohibido comer habas, creídas
contrarias a la tranquilidad del sueño y aptas para enturbiarlo[2], y también hay
que disculpar a los supersticiosos, que antes de acostarse solían orar y hacer
libaciones a Mercurio, conductor de los sueños, para que no les privase de tal
placer; y para ello tenían su imagen al pie de la cama[3]. Así, no encontrando
nunca la felicidad en la vigilia, intentaban ser felices durmiendo; y creo que en
parte y de algún modo lo consiguieron y que Mercurio a eso accediese mejor que
los otros dioses.
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TASSO.— Por tanto, ya que los hombres nacen y viven para el solo placer, o del cuerpo
o del alma; y si por otra parte el placer está solo o máximamente en los sueños,
conviene que nos determinemos a vivir para soñar; y a tal cosa, en verdad, no
consigo reducirme.
GENIO.— Ya estáis reducido y determinado, pues vivís y consentís en vivir. ¿Qué cosa
es el placer?
TASSO.— No tengo tanta experiencia de él para poder saber qué cosa sea.
GENIO.— Nadie lo conoce por experiencia, sino por especulación; porque el placer es
un sujeto especulativo, y no real; un deseo, no un hecho; un sentimiento que el
hombre concibe con el pensamiento y no prueba; o para decirlo mejor, un
concepto y no un sentimiento. ¿No os percatáis que en tiempo mismo de vuestro
placer, aunque deseado infinitamente, y procurado con fatigas y molestias
indecibles; no pudiéndoos contentar el goce que obtenéis en cada uno de esos
instantes, estáis siempre esperando un goce mayor y más verdadero del que
consiste en suma tal placer; y os proyectáis continuamente a los instantes futuros
de ese mismo placer? El cual acaba siempre antes de llegar al instante que os
satisfaga; y no os deja más bien que la esperanza ciega de gozar mejor y más
verdaderamente en otra ocasión, y el consuelo de fingir y contaros a vos mismo
que habéis gozado, y contarlo también a los demás, no solo por orgullo, sino para
ayudaros a persuadiros a vos mismo. Pero quien consiente vivir no lo hace en
sustancia por otro efecto ni con otra utilidad que la de soñar; creer que se gozará o
de haber gozado; ambas cosas fantásticas y falsas.
TASSO.— ¿No pueden los hombres creer de gozar al momento presente?
GENIO.— Siempre que creyesen eso, gozarían, es verdad. Pero dime tú si en algún
instante de tu vida recuerdas haber dicho con plena sinceridad y opinión: «yo
gozo». Más bien cada día has dicho y dices sinceramente: «yo gozaré»; y muchas
veces, pero con sinceridad menor: «he gozado». De modo que el placer es
siempre pasado o futuro, y nunca presente.
TASSO.— Que es como decir nunca.
GENIO.— Así parece.
TASSO.— También en los sueños.
GENIO.— Propiamente hablando.
TASSO.— Y, sin embargo, el objeto y la tendencia de nuestra vida, no solo esencial
sino único, es el placer mismo; entendiendo por placer la felicidad, que debe en
efecto ser placer; de cualquier cosa venga o proceda.
GENIO.— Ciertísimo.
TASSO.— Por lo tanto, nuestra vida, faltándole siempre su fin, es continuamente
imperfecta: y el vivir es por su propia naturaleza un estado violento.
GENIO.— Quizá.
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TASSO.— Para mí no es suficiente el quizá. ¿Para qué vivimos? ¿Por qué consentimos
en vivir?
GENIO.— ¿Qué sé yo de eso? Mejor lo sabréis vos, que sois humano.
TASSO.— Yo te puedo jurar que no lo sé.
GENIO.— Pregunta a alguien más sabio y quizá encuentres quien te resuelva esta duda.
TASSO.— Así haré. Pero cierto que esta vida es un estado violento: porque
olvidándonos del dolor, el tedio me aniquila.
GENIO.— ¿Qué es el tedio?
TASSO.— Sobre esto la experiencia no falta para satisfacer tu pregunta. A mí me
parece que el tedio tenga la naturaleza del aire, el cual rellena todos los espacios
entre las cosas materiales y todos los vanos contenidos en cada una de ellas; y
cuando un cuerpo se parte y otro no lo rellena, entonces sucede inmediatamente.
Así todos los intervalos de la vida humana alternando placeres y displaceres son
ocupados por el tedio. Y como en el mundo material, según los peripatéticos, no
se da vacío alguno, así en nuestra vida no se da vacío sino cuando la mente, por la
razón que sea, interrumpe el uso del pensamiento. El resto del tiempo, el ánimo,
considerado tanto en sí mismo como separado del cuerpo, se encuentra
conteniendo alguna pasión; y cuando está libre de cualquier placer o displacer,
está lleno de tedio, el cual también es pasión, tanto como el dolor y el deleite.
GENIO.— Además, todos vuestros placeres son de una materia similar a la tela de
araña, tenue, sutil y transparente; y como el aire en ella, así el tedio penetra en
todos vuestros placeres y los atesta. Verdaderamente por tedio no creo que se
pueda entender más que el deseo puro de felicidad, no satisfecho por el placer y
no ofendido abiertamente por el displacer. El buen deseo, como decíamos poco
antes, no es nunca satisfecho; y el placer propiamente no se encuentra. Así que la
vida humana, por decirlo de algún modo, está compuesta y tejida en parte por el
dolor y en parte por el tedio; y tales pasiones no encuentran reposo sino cayendo
la una en la otra. Y este no es tu destino particular, sino el de todos los hombres.
TASSO.— ¿Qué remedio podría utilizar contra el tedio?
GENIO.— El sueño, el opio y el dolor. Y este es el más potente de todos, porque el
hombre mientras padece no siente el tedio en manera alguna.
TASSO.— Ante tal medicina yo prefiero aburrirme toda la vida. Pero la variedad de
acciones, ocupaciones y sentimientos, si bien no nos libra del tedio, aunque no
nos proporciona deleite, nos consuela y conforta. Incluso en esta prisión, separado
del comercio humano, siéndome quitado el escribir, reducido a contar por
pasatiempo las campanadas del reloj, a enumerar las vigas, las ventanas y las
termitas de la madera, a considerar los ladrillos del pavimento, a distraerme con
las mariposas y con los mosquitos que vuelan por la habitación, pasar casi todas
las horas del mismo modo; no encuentro nada que disminuya la carga del tedio.
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GENIO.— Dime, ¿hace cuánto tiempo que estáis reducido a esta forma de vida?
TASSO.— Varias semanas, como sabes.
GENIO.— ¿No habéis notado desde el primer día hasta hoy alguna diferencia en el
fastidio que te produce?
TASSO.— Es verdad que yo lo sentía mayor al principio, pues poco a poco la mente, no
ocupada en otra cosa y no distraída, se está acostumbrando a conversar consigo
misma cada vez más y con solaz mayor que antes, adquiriendo un hábito y una
virtud de fabular consigo misma, es más, de charlar; tanto, que varias veces me
parece casi tener compañía, que están dialogando, y cualquier mínimo tema que
se me presente a la mente me basta para tener entre yo y yo mismo una gran
parrafada.
GENIO.— Este hábito lo verás conformarse y crecer día tras día, de modo que cuando
se te devuelva la facultad de estar con otros hombres te parecerá estar más
desocupado en su compañía que en soledad. Y esta costumbre en sí, de hecho,
modo de vida, no creas que solo suceda a tus iguales, ya habituados a meditar; le
sucede en mayor o menor medida a cualquiera. Es más, el estar separado de los
hombres y, por así decir, de la vida misma, porta consigo esta utilidad; que el
hombre, saciado, aclarado y desenamorado de las cosas humanas por la
experiencia, poco a poco se acostumbra a mirarlas de lejos, desde donde parecen
mucho más bellas y dignas que desde cerca; se olvida de su vanidad y miseria;
torna a formarse y casi crearse el mundo a su modo; a apreciar, amar y desear la
vida; de tales esperanzas, si no le ha sido arrebatado el poder o el confiar ser
restituido a la sociedad, se va nutriendo y deleitando, como él solía en sus
primeros años. De modo que la soledad hace casi el oficio de la juventud, y
ciertamente rejuvenece el ánimo, revaloriza y vuelve activa la imaginación, y
renueva al hombre experimentado los beneficios de la primera inexperiencia por
la que tú suspiras. Yo te dejo; que veo que el sueño te viene buscando; y me voy a
proporcionarte el bello sueño que te he prometido. Así, entre soñar y fantasear,
irás consumiendo la vida sin otra utilidad que la de consumarla; que este es el
único fruto que en el mundo se puede tener, y el único objetivo que os debéis
proponer cada mañana nada más despertaros. Muchísimas veces os conviene
arrastrarla con los dientes: beato el día que podáis traerla con las manos o llevarla
encima. Pero, en fin, tu tiempo no corre más lento en esta cárcel de lo que corre
en las salas y en los huertos de quienes te oprimen. Adiós.
TASSO.— Adiós. Pero escucha. Tu conversación me reconforta mucho. No interrumpe
mi tristeza; esta, la mayor parte del tiempo es como una noche oscurísima, sin
Luna ni estrellas; mientras que contigo se asemeja a la bruma del crepúsculo, más
grata que molesta. Confío en que de ahora en adelante yo pueda llamarte o
encontrarte cuando te necesite, dime dónde acostumbras habitar.
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GENIO.— ¿Todavía no lo sabes? En cualquier vino generoso.
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Parini o de la gloria
1. CAPÍTULO PRIMERO
Giuseppe Parini fue, en nuestra opinión, uno de los poquísimos italianos que a la
excelencia en las letras aunaron la profundidad de pensamiento y un gran
conocimiento y uso de la filosofía presente; cosas, por otra parte, tan necesarias a las
bellas letras que no se concibe que puedan excluirse, si no fuera por los infinitos
ejemplos que de esto se ve en Italia. Fue también, como es sabido, de singular
inocencia, piadoso con los infelices y con la patria, confiado con los amigos, noble de
ánimo y perseverante ante la adversidad de la naturaleza y la fortuna, que lo
atormentaron toda su mísera y humilde vida hasta que la muerte lo libró de la
oscuridad. Tuvo bastantes discípulos, a los cuales enseñaba primero a conocer a los
hombres y sus cosas, y luego a complacerles con la elocuencia y con la poesía. Entre
ellos había un joven de índole y ardor increíble para los buenos estudios, y con
grandes expectativas, llegado no hacía mucho a su disciplina, al que un día habló del
siguiente modo.
Tú buscas, hijo, la única gloria que, de entre todas, consiente hoy ser acogida por
hombres de nacimiento humilde; que, a veces, se alcanza con la sabiduría, y con los
estudios de las buenas doctrinas y de las buenas letras. En primer lugar, no ignores
que esta gloria, a pesar de que la de nuestros sumos predecesores no se ha olvidado,
fue, sin embargo, tenida en poca consideración, comparada con las demás; y bien has
visto en cuántos lugares y con cuánto esfuerzo Cicerón, su calurosísimo y felicísimo
seguidor, se disculpa ante sus conciudadanos por el tiempo y el trabajo que invertía
en procurarla, alegando que el estudio de las letras y de la filosofía no lo mermaban
en modo alguno de los asuntos públicos, o que forzado por la iniquidad de los
tiempos a abstenerse de asuntos mayores, aguardaba con el estudio consumir
dignamente su ocio; y anteponiendo siempre a la gloria de sus escritos la de su
consulado y la de las cosas hechas por él en beneficio de la república. Y si,
ciertamente, la trama principal de las letras es la vida humana, la primera motivación
de la filosofía consiste en ordenar nuestras acciones. No hay duda de que el actuar es
mucho más digno y más noble que el meditar y el escribir, como es más noble el fin
que el medio, y como las cosas y los sujetos importan más que las palabras y los
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razonamientos. Es más, ninguna disposición es creada por la naturaleza para el
estudio ni el hombre nace para escribir, sino solo para actuar. Por ello vemos que la
mayor parte de los excelentes escritores, y máxime de los poetas ilustres de esta
nuestra época, como por ejemplo Vittorio Alfieri, fueron desde el principio inclinados
extraordinariamente a emprender grandes acciones: las cuales, rechazadas en su
tiempo y quizá impedidas por la propia fortuna, se encaminaron a escribir grandes
cosas. Tampoco son particularmente aptos para escribir aquellos que no tienen
disposición ni valor para actuar. Y puedes fácilmente considerar que en Italia, donde
casi todos son de ánimo ajeno a los hechos egregios, cuán pocos adquirirán fama
perdurable con la escritura. Creo que la Antigüedad, especialmente romana o griega,
puede adecuadamente comprenderse por el modo en que fue esculpida en Argos la
estatua de Telesilla, poetisa, guerrera y salvadora de la patria. La estatua la
representaba con un yelmo en la mano que observaba atenta, manifestando el deseo
de querer ponérselo; y a sus pies algunos volúmenes, casi descuidados por ella, como
pequeña parte de su gloria[1].
Pero entre nosotros, modernos, excluidos por lo general de otra posible vía de
celebridad, los que se afanan en el camino de los estudios demuestran en tal elección
la mayor grandeza de ánimo que hoy puede manifestarse, y no tienen necesidad de
disculparse con su patria. De manera que, en cuanto a la magnanimidad, alabo
sumamente tu propósito. Mas por el hecho de que esta vía no es según la naturaleza
de los hombres, no se puede seguir sin perjuicio del cuerpo ni sin multiplicar de
muchos modos la infelicidad natural del propio ánimo; por eso, antes de nada, juzgo
que sea conveniente y sea mi obligación, tanto por mi oficio como por la gran estima
que mereces y que te tengo, hacerte presente, gracias a lo que hasta ahora he podido
saber a través de la experiencia o la razón, las muchas dificultades que se interponen
a la obtención de la gloria a la que aspiras; y también del fruto que ella te producirá
en caso de que la consigas; para que valores por ti mismo, por una parte, cuál es la
importancia y el valor del fin, y cuál la esperanza de obtenerlo; y por otra, los daños,
el cansancio y el malestar que porta consigo el buscarlo (de los cuales te hablaré
claramente en otra ocasión); de modo que puedas con pleno conocimiento considerar
y decidir si es más conveniente seguirlo u orientarte en otra dirección.
2. CAPÍTULO SEGUNDO
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dificilísimos de superar, y a menudo insuperables, hacen que a más de un escritor, no
solo en vida, sino también tras la muerte, le sea hurtado el honor que se le debe.
Porque, viviendo sin fama por el odio o la envidia de los demás, muerto persiste en la
oscuridad, olvidado, pudiendo arduamente ocurrir que la gloria de alguno nazca o
resurja en un tiempo en que, aparte de los escritos de por sí inmóviles y mudos, ya
nada se recuerde de él. Mas las dificultades que nacen de la malicia de los hombres,
habiendo sido ya abundantemente descritas por muchos, y a las cuales puedes
recurrir, tengo intención de dejarlas aparte. Ni tampoco tengo ánimo de narrar los
impedimentos que tienen origen en la propia fortuna del escritor, o en el caso, o en
sutiles causas, las cuales no raramente hacen que algunos escritos dignos de gran
alabanza y fruto de sudores infinitos sean perpetuamente excluidos de la celebridad, o
sean conocidos breve tiempo, borrándose y disipándose enteramente de la memoria
de los hombres; mientras que otros escritos de inferior o igual valor obtienen y se
conservan con grandes honores. Yo solo quiero exponerte las dificultades y los
apuros que, sin intervención de maldad humana, contrarrestan robustamente el
premio de la gloria, no a uno u otro excepcionalmente, sino por lo común a la mayor
parte de los grandes escritores.
Bien sabes que nadie se hace digno de este título ni se dirige a gloria cierta si no
es por obras excelentísimas y perfectas, o próximas de algún modo a la perfección.
Presta atención a una sentencia certísima de un autor lombardo, hablo del autor de El
Cortesano[2], el cual dice: «Raras veces sucede que quien no está habituado a escribir,
por erudito que sea, pueda nunca conocer el esfuerzo y la industria de los escritores ni
apreciar la melosidad y excelencia de los estilos ni las intrínsecas advertencias que a
menudo se encuentran en los antiguos». Ahora, en primer lugar, piensa cuán pequeño
número de personas están acostumbradas y adiestradas a escribir, y por eso de qué
ínfima parte de los hombres, presentes o futuros, puedas en algún modo esperar una
magnífica opinión, que has propuesto como objetivo para tu vida. Además, considera
la importancia en la escritura de la fuerza del estilo; de cuya virtud, principalmente, y
de cuya perfección depende la perpetuidad de las obras que caen de algún modo en el
género de las letras amenas. Y muy a menudo sucede que si despojas de su estilo una
escritura famosa, de la que pensabas que casi todo el valor estaba en las sentencias, la
reduces a un estado que ella te parece cosa de escasa estima. También la lengua
forma parte del estilo, es más, tiene tal conjunción con él que difícilmente se puede
considerar una de estas cosas separada de la otra; a cada poco se confunden ambas,
no solamente en las palabras de los hombres, también en el intelecto; y mil cualidades
y mil méritos o defectos, apenas, o quizá en modo alguno, ni con la más sutil y
minuciosa especulación se puedan distinguir y asignar a cuál de las dos cosas
pertenece, por ser casi comunes e indivisas una y otra. Cierto que ningún extranjero
está, volviendo a las palabras del Castiglione, habituado a escribir elegantemente en
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tu lengua. De modo que el estilo, parte tan importante y tan relevante del escribir, y
cosa de inexplicable dificultad y esfuerzo, tanto para aprender la íntima y perfecta
maestría como para ejercitarla, por instruido que se sea no tiene propiamente otros
jueces ni más adecuados críticos ni capacitados para poder alabar su mérito que
aquellos que en una sola nación del mundo tienen costumbre de escribir. Y para el
resto del género humano todas las inmensas dificultades y esfuerzos sostenidos sobre
ese estilo resultan en buena parte, o quizá en su totalidad, inútiles y esparcidos al
viento. Omito la infinita variedad de juicios e inclinaciones de los literatos para los
que el número de personas aptas para escuchar las cualidades loables de este o de
aquel libro se reducen todavía mucho más.
Mas quiero que consideres indiscutible que para conocer el valor de una obra
perfecta o cercana a la perfección, y capaz verdaderamente de la inmortalidad, no
basta estar acostumbrado a escribir; es preciso saber hacerlo casi tan perfectamente
como el mismo escritor que quieras juzgar. Por tanto, la experiencia te mostrará que
cuando vayas conociendo más íntimamente las virtudes en que consiste el perfecto
escribir, y las infinitas dificultades que se experimentan para conquistarlo, aprenderás
mejor el modo de superar unas y conseguir otras; de tal modo que ningún vano ni
ninguna diferencia habrá entre conocer y aprender a poseer dicho arte. El hombre no
llega a poder distinguir ni apreciar completamente la excelencia de los escritores
óptimos antes de que adquiera la facultad de poder representar tal excelencia en sus
escritos porque la excelencia no se conoce ni se aprecia totalmente sino por medio del
uso y del propio ejercicio, es casi, por así decir, transferida a sí misma. Y antes de tal
maestría, ninguno en verdad sabe qué y cuál sea propiamente el perfecto escribir. Mas
no sabiendo esto, no puede tampoco tener la debida admiración por los escritores
sumos. Y la mayor parte de aquellos que atienden a los estudios, escribiendo
fácilmente, y creyendo escribir bien, tiene como verdad segura, aunque digan lo
contrario, que escribir bien es cosa fácil. Ahora sabes a qué se reduce el número de
aquellos que deberían poder admirarte y saber alabarte dignamente cuando tú, con
sudores y con trastornos infinitos, seas al fin capaz de producir una obra egregia y
perfecta. Puedo decirte (y cree a esta edad canosa) que hay apenas dos o tres hoy en
Italia que posean el modo y el arte del óptimo escribir. Y si tal número te parece
excesivamente pequeño, no pienses que sería mayor en otro tiempo o en otro lugar.
Muchas veces me sorprendo de cómo, pongamos por caso, Virgilio, ejemplo
supremo de perfección para los escritores, ha llegado y se mantiene en la cima de la
gloria. A pesar de que yo presuma poco de mí mismo, y crea no poder nunca disfrutar
y conocer cada parte de todo su valor y de toda su maestría, realmente tengo por
cierto que el número máximo de sus lectores y aduladores no aprehende en sus
poemas más que una belleza por cada diez o veinte que a mí, por el mucho releerlo y
meditarlo, alcanzo a descubrir. En verdad, sostengo que la altura de la estima y de la
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reverencia hacia los escritores sumos provenga comúnmente, incluso en los que los
leen y tratan, más bien de la costumbre ciegamente abrazada que del juicio propio y
del reconocer en ellos de alguna manera tal mérito. Recuerdo el tiempo de mi
juventud, cuando leyendo los poemas de Virgilio con plena libertad de juicio por una
parte, y ninguna preocupación de la autoridad de los demás, lo que no es común a
muchos; y por otra parte con la impericia habitual a esa edad, pero quizá no mayor a
la que en muchísimos lectores es perpetua, rechazaba participar del juicio común, no
descubriendo en Virgilio mucha mayor virtud que en los poetas mediocres. Incluso
casi me sorprendía de que la fama de Virgilio haya podido prevalecer sobre la de
Lucano. Ves que la multitud de lectores, no solo en los siglos de juicio falso y
corrupto, más incluso de sanas y bien templadas letras, está más embelesado por las
bellezas toscas y evidentes que por las delicadas y veladas; más del ardid que de la
sinceridad, de lo aparente que de sustancial y, por lo general, más de lo mediocre que
de lo óptimo. Leyendo las cartas de un príncipe, ciertamente de escaso ingenio pero
acostumbrado a disponer en las argucias, en la inestabilidad, en la sutileza, casi toda
las excelencias del escribir, advierto manifiestamente que él, en la intimidad de sus
pensamientos, anteponía la Henríada a la Eneida; aunque no osase proferir esta
sentencia por el temor de ofender los oídos de los hombres. En fin, me asombro de
que el juicio de poquísimos, aun cuando correcto, haya podido vencer el de infinitos,
y producir de modo universal la conformidad de estima tan ciega como justa. Lo que
no sucede siempre, pero presumo que la fama de los escritores óptimos suele ser
efecto del caso más que de su mérito, como quizá te será confirmado por lo que voy a
decirte en el desarrollo de mi discurso.
3. CAPÍTULO TERCERO
Hemos visto cuán pocos tendrán la capacidad de admirarte cuando hayas llegado
a la excelencia que te propones. Considera que más de un impedimento puede
interponerse también ante estos pocos, y que no tengan una digna estima de tu valor,
aunque vean sus signos. Sin ninguna duda, los escritos elocuentes o poéticos, de
cualquier clase, no se juzgan tanto por sus íntimas cualidades cuanto por el efecto que
hacen en el ánimo de quien lee. De modo que los lectores, al formarse un juicio, los
juzgan más, por así decir, por estos efectos que por sus cualidades. De ello resulta que
los hombres de naturaleza torpe y de corazón e imaginación fríos, aunque dotados de
buen entendimiento, gran agudeza de ingenio y de doctrina no mediocre, son casi
todos incapaces de juzgar convenientemente sobre tales escritos, no pudiendo en
parte alguna identificar el ánimo propio con el del escritor y, ordinariamente, en su
fuero interno, los desprecian porque leyéndolos y sabiéndolos famosísimos no
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descubren la causa de su fama, pues no les llega de su lectura ni emoción ni imagen
alguna ni, por tanto, ningún deleite significativo. Ahora bien, a aquellos que por
naturaleza están dispuestos y preparados para recibir y renovar en sí alguna imagen o
afecto que los escritores han sabido adecuadamente expresar, les sobrevienen
muchísimos tiempos de frialdad, despreocupación, languidez de ánimo, insensibilidad
y disposiciones tales que, mientras duran, los rinde o conforma o asimila a los
anteriores; y ello por diversísimas causas, intrínsecas o extrínsecas, pertenecientes al
espíritu o al cuerpo, transitorias o permanentes. En tales tiempos, ninguno, incluso si
fuera otro escritor sumo, es buen juez de los escritos destinados a conmover el
corazón o la imaginación. Omito la saciedad de los deleites probados poco antes a
tales lecturas; y las pasiones, más o menos fuertes, que sobrevienen de tiempo en
tiempo, y que teniendo muy a menudo ocupado gran parte del ánimo, no dan lugar a
los movimientos que en otras ocasiones os habrían suscitado las cosas leídas. Así, por
las mismas o símiles causas, a menudo vemos que idénticos lugares, espectáculos
naturales o de otro género, las músicas y cientos de cosas tales que en otros tiempos
nos conmovieron o habrían sido propicias para conmovernos si las hubiéramos visto
u oído, viéndolas y escuchándolas ahora, nada nos conmueven ni placen, y no por
ello son menos bellas o eficaces de lo que entonces fueron.
Pero cuando, por alguna de dichas razones, el hombre está mal dispuesto a los
valores de la elocuencia y de la poesía, no deja, sin embargo, ni cesa de realizar un
juicio sobre los libros pertenecientes a un género u otro, que acontece que lea
entonces por primera vez. Yo acostumbro a retomar a Homero o a Cicerón o a
Petrarca, y no conmoverme por tal lectura en modo alguno. Sin embargo, como
sabedor y seguro de la trascendencia de escritores tales, tanto por la antigua fama
como por la experiencia del placer obtenido con ellos otras veces, no hago por la
insipidez presente dictamen alguno contrario a su mérito. Pero en los escritos que se
leen por primera vez y que, al ser nuevos, no han podido todavía hacerse escuchar o
confirmarse de tal modo que no quede lugar a dudas sobre su valor, nada prohíbe que
el lector, juzgándolo por el efecto que causan presentemente en el ánimo propio, y no
encontrándose este en disposición de recibir los sentimientos y las imágenes deseados
por quien escribe, haga un mermado juicio de autores y obras excelentes. Juicio que
no es fácil que modifique más tarde por otras lecturas de los mismos libros, hechas en
tiempos mejores, porque es muy probable que el tedio probado en la primera lo
desalentará de las siguientes y, en todo caso, ¿quién no sabe lo importantes que son
las primeras impresiones, y el estar condicionado por un juicio previo, aunque sea
falso?
Por lo contrario, algunas veces encuéntranse los ánimos, por una u otra razón, en
un estado de emoción, sentido, vigor y calidez tal, o igualmente abiertos y preparados
que siguen el más mínimo impulso de la lectura, sienten vivamente cada ligera
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pincelada, y con la ocasión de lo que leen, crean en sí mil movimientos y mil
imaginaciones, errando a veces en un delirio dulcísimo y casi arrebatados, fuera de sí.
De esto fácilmente deriva que, observando los deleites obtenidos en la lectura, y
confundiendo los efectos de la virtud y de la disposición propia con lo que pertenecen
verdaderamente al libro, resten presos de un gran amor y admiración hacia ellos, y
tengan una estima mucho mayor de la apropiada, incluso anteponiéndolos a otros
libros más dignos, pero leídos en coyuntura menos propicia. Observa entonces a
cuántas incertidumbres están sometidas la verdad y la rectitud de los juicios, incluso
de las personas idóneas, sobre los escritos y los ingenios ajenos, omitida incluso
cualquier malignidad o favor. La incertidumbre es tal que el hombre disiente
grandemente de la propia estimación de obras de igual valor, e incluso de la misma
obra, en diferentes momentos de la vida, en diferentes casos, e incluso en diferentes
horas del día.
4. CAPÍTULO CUARTO
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mezquina disciplina del uso práctico, máxime donde la experiencia está unida al
hábito de especular y a la doctrina.
De este discurso se concluiría que, generalmente, los jóvenes serían mejores
jueces de las obras dirigidas a suscitar afectos e imágenes de lo que lo son los
hombres maduros o viejos. Pero por otra parte, se observa que los jóvenes no
habituados a la lectura buscan en ella un placer de cualidad imposible o infinito más
allá de lo humano; y no encontrándolo, desprecian a los escritores, lo que también en
otra edad, por causas símiles, ocurre algunas veces a los iletrados. Aquellos jóvenes
que se entregan a las letras anteponen fácilmente, tanto en el escribir como en el
juzgar los escritos de otros, lo excesivo a lo moderado, lo soberbio o el amanerado de
los modos, los ornamentos a lo simple y natural, y las bellezas falaces a las
verdaderas; en parte por la poca experiencia, en parte por el ímpetu de la edad. De
donde los jóvenes, que sin duda alguna son la parte de los hombres más dispuesta a
alabar lo que a ellos les parece bueno, de la manera más veraz y sincera, raras veces
son aptos para apreciar la madura y completa bondad de las obras literarias. Con el
progreso de los años crece la aptitud que procede del arte y decrece la natural. No
obstante, ambas son necesarias a tal fin.
Cualquiera que viva en una gran ciudad, por mucho que sea por naturaleza cálido
y despierto de corazón e imaginación, no sé (excepto si, por ejemplo, como tú, no
pasa en soledad la mayor parte del tiempo) cómo puede obtener de la belleza de la
naturaleza o de las letras algún sentimiento tierno o generoso, alguna imagen sublime
o graciosa, porque pocas cosas son tan contrarias al estado de ánimo que nos hacen
capaces de tales deleites como el parloteo entre hombres, el estrépito de estos lugares,
el espectáculo de la magnificencia vana, por la ligereza de las mentes, por la falsedad
perpetua, por las preocupaciones míseras y por el ocio aún más mísero que imperan
en ella. En cuanto al vulgo de los literatos, aseguraría que los de las ciudades grandes
son menos capaces de juzgar libros que los de las pequeñas: las grandes ciudades,
como las demás cosas, son por lo común falsas y vanas, así la literatura usualmente es
falsa y vana, o superficial. Y si los antiguos reputaban los ejercicios de las letras y de
las ciencias como reposo y placer, en comparación con los negocios, hoy la mayor
parte de los que en la gran ciudad hacen profesión de estudiosos reputan y,
efectivamente, acostumbran los estudios y el escribir como placer y reposo de los
otros placeres.
Creo que las obras estimables de pintura, escultura y arquitectura serían más
apreciadas si estuvieran distribuidas por provincias, en las ciudades medianas y
pequeñas, que acumuladas como lo son en las metrópolis, donde los hombres, en
parte atiborrados de infinitos pensamientos, en parte ocupados en mil divertimentos,
y con el ánimo dispuesto naturalmente o constreñido a su pesar a la distracción, a la
frivolidad y a la vanidad, rarísimas veces son capaces de placeres íntimos del espíritu.
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Además, la multitud de tantas bellezas reunidas distrae el ánimo de modo que no
atendiendo a ninguna de ellas sino poco, no puede recibir un sentimiento intenso; o
genera tal saciedad que ellas se contemplan con la misma frialdad interna como se
hace con cualquier objeto vulgar. Lo mismo dicen de la música: la cual en las otras
ciudades no se encuentra ejercitada tan perfectamente, y con tal aparato, como en las
grandes, donde los ánimos están menos dispuestos a las emociones admirables de tal
arte y son menos, por así decir, musicales que en otro lugar. Pero con todo, a las artes
le es necesario la sede en las ciudades grandes para conseguir y para poner en marcha
su perfección, pero no por ello es menos cierto que el placer que ofrecen en tal sede a
los hombres sea bastante menor del que ofrecería en otra parte. Y se puede decir que
los artífices, en la soledad y en el silencio, procuran con asiduas vigilias, ingenios y
afanes, el deleite a personas que, acostumbradas a moverse entre la muchedumbre y
el ruido, no gustarán sino una pequeñísima parte del fruto de tantas fatigas. Tal suerte
de los artífices cae también de modo proporcional en los escritores.
5. CAPÍTULO QUINTO
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ameno, poquísimas y rarísimas veces ponen tanta atención y tanto estudio como es
necesario para descubrir la fatigosa perfección, el arte íntimo y las virtudes modestas
y recónditas de los escritos. De modo que hoy es peor la condición de los libros
perfectos que la de los mediocres; las bellezas o dotes de una gran parte de los cuales,
verdaderas o falsas, son expuestas a la mirada de manera que, por pequeñas que sean,
fácilmente se vislumbran a primera vista. Y podemos decir con razón que el
esforzarse en escribir perfectamente es casi inútil para obtener la fama. Por otra parte,
los libros compuestos, como son casi todos los modernos, apresuradamente, y lejanos
de cualquier perfección, aunque sean celebrados por algún tiempo, no cesan de
perecer en breve, como se ve continuamente. Bien es verdad que el uso que hoy se
hace del escribir es tan grande que aunque muchos escritos dignísimos de
reconocimiento, y elevados a la fama, de allí a poco, y antes hayan podido (por así
decir) arraigar la propia celebridad, por el inmenso flujo de libros nuevos que vienen
continuamente a la luz, perecen sin otra razón, dejando lugar a otros, dignos o
indignos, que ocupan la fama por breve espacio. Así, a un mismo tiempo, una sola
gloria nos es dada seguir, de las tantas que fueron propuestas a los antiguos; y esa
misma con mucha mayor dificultad se alcanza hoy que antiguamente.
Solos, en este naufragio continuo y común tanto de los escritos nobles como de
los plebeyos, emergen los libros antiguos, los cuales por la fama ya establecida y
corroborada por lo dilatado de la edad, no solo se leen todavía diligentemente,
también se releen y estudian. Y nota que un libro moderno, aunque si de perfección
fuese comparable a los antiguos, difícilmente o de ningún modo podría, no digo
poseer el mismo grado de gloria, sino producir tanta alegría como de los antiguos se
recibe. Y esto por dos razones: la primera es que no sería leído con el esmero y
sutileza que se usa en los escritos célebres desde gran tiempo, y por pocos releído, y
por nadie estudiado, porque no se estudian libros, excepto científicos, hasta que no
hayan devenido antiguos. La otra es que la fama perdurable y universal de la
escritura, suponiendo que al principio no naciese de más causa que del mérito propio
e intrínseco, una vez nacida y crecida, multiplica de tal modo el valor de lo escrito
que se torna bastante más grato a leer de lo que fue antes; y tal vez la mayor parte del
deleite que se prueba nace simplemente de la misma fama. Y a tal propósito
vuélvenme a la mente algunas advertencias notables de un filósofo francés; el cual[3],
en resumen, discurriendo en torno al origen de los placeres humanos, dice así:
«Muchas causas de goce compone y crea nuestro mismo ánimo a sí propio, máxime
uniendo entre ellas diversas cosas. Por ello, muy a menudo acaece que lo que place
una vez, plazca similarmente otra solo por haber sido placentero anteriormente,
uniendo nosotros la imagen del presente con la del pasado. A modo de ejemplo, una
comediante que ha gustado a los espectadores en la escena placerá verosímilmente a
los mismos también en sus habitaciones; pues ya sea el sonido de su voz, sea la
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recitación, sea el haber estado presentes en los aplausos dirigidos a la mujer, y de
algún modo el concepto de princesa unido al que le es propio, se compondrá una
combinación de varias causas que producirá un placer solo. Indiscutiblemente en la
mente de cada uno abundan todo el día imágenes de consideraciones accesorias a las
principales. De aquí surge que las mujeres provistas de gran reputación y empañadas
por algún pequeño defecto agregan de tal modo honor a ese defecto, provocando que
los demás lo aprecien con estima y gentileza. Y verdaderamente el particular amor
que ponemos unos en una, otros en otra mujer, está fundado la mayor de las veces
sobre la sola preocupación que nace en su favor o de la nobleza de la sangre, o de las
riquezas, o de los honores que le rinden o de la estima que le es dada por algunos»; a
menudo también por la fama, verdadera o falsa, de belleza o de gracia, o por el
mismo amor que le han tenido antes o ahora otras personas. ¿Y quién no sabe que
casi todos los placeres vienen más de nuestra imaginación que de las propias
cualidades de las cosas placenteras?
Tales advertencias convienen óptimamente a los escritos no menos que a las
demás cosas. Si hoy saliese a la luz un poema de igual o superior valor a la Ilíada,
leído atentísimamente por algún perfecto juez de cosas poéticas le resultaría bastante
menos agradable y menos placentero que aquella, y por tanto lo tendría en mucha
menor estima porque las virtudes propias del poema nuevo no serían ayudadas por la
fama de veintisiete siglos ni de mil memorias y mil respetos, como están las virtudes
de la Ilíada. Del mismo modo, quien leyese cuidadosamente o la Jerusalén o el
Furioso, ignorando totalmente o en parte su celebridad, sentiría en la lectura mucho
menor deleite que los demás. En fin, hablando generalmente, los primeros lectores de
cualquier obra egregia y los contemporáneos de quien la escribió, suponiendo que
obtenga fama en la posteridad, son los que al leerla gozan menos de todos, lo que
resulta un grandísimo perjuicio para los escritores.
6. CAPÍTULO SEXTO
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Venus, el sueño, el canto y las canciones
7. CAPÍTULO SÉPTIMO
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mayor número de personas que el valor de los poemas y demás escritos que
conciernen a lo placentero y a lo bello. Mas yo estimo que el juicio equilibrado y el
perfecto entendimiento sea poco menos raro sobre aquellos que sobre estos.
Primeramente, ten por cosa cierta que para hacer progresos notables en la filosofía no
bastan un ingenio sutil y una gran facultad para razonar, también se precisa abundante
fuerza en la imaginación; Descartes, Galileo, Leibniz, Newton, Vico, con la innata
capacidad de sus intelectos, habrían podido ser sumos poetas, y a la inversa Homero,
Dante, Shakespeare, sumos filósofos. Pero debido a que esta materia, para explicarla
y tratarla plenamente, necesitaría muchas palabras y nos alejaría demasiado de
nuestro propósito, me contentaré con esta breve observación y, continuando, digo que
solo los filósofos pueden conocer perfectamente el valor y sentir el deleite de los
libros filosóficos. Refiriéndome a la sustancia de dichos libros, y no a cualquier
ornamento que puedan tener de palabra, estilo o de otro tipo. Por lo tanto, como los
hombres de naturaleza, por decirlo así, impoética, si bien entienden las palabras y el
sentido, no reciben las emociones ni las imágenes del poema, sucede a menudo a los
que no están habituados ni a meditar ni a filosofar, o que no son aptos para pensar
profundamente, por verdaderos y cuidadosos que sean los discursos y las
conclusiones del filósofo, y por claro que sea el modo empleado para exponer los
unos y las otras, entienden las palabras y lo que él quiere decir, pero no la verdad de
sus dichos. Ya que, no teniendo la facultad o el hábito de penetrar con el pensamiento
en la intimidad de las cosas ni de analizar y dividir las propias ideas en sus mínimas
partes ni de unir y sintetizar un buen número de esas ideas, ni de contemplar con la
mente al mismo tiempo muchos particulares para poder deducir una idea general, ni
de seguir infatigablemente con el ojo del intelecto un largo orden de verdades
conexas entre ellas sucesivamente, ni de descubrir las sutiles y secretas afinidades
que tiene cada verdad con otras ciento, no pueden fácilmente, o de manera alguna,
imitar o repetir con la propia mente las operaciones hechas ni probar las impresiones
probadas por la mente del filósofo, siendo este el único modo de ver, comprender y
estimar convenientemente todas las causas que indujeron al filósofo a hacer este o
aquel juicio, afirmar o negar esta o aquella cosa, dudar de tal o de tal otra. Así que,
aunque entiendan sus conceptos, no entienden que sean verdaderos y demostrables,
no teniendo y no pudiendo hacer una experiencia de su verdad y de su probabilidad.
Cosa poco diversa de la que a los hombres naturalmente fríos sucede con la
imaginación y los afectos expresados por los poetas. Y bien sabes que es común al
poeta y al filósofo el internarse en la profundidad de los ánimos humanos y traer a la
luz sus íntimas cualidades y variedades, los funcionamientos, los movimientos y los
sucesos ocultos, las causas y los efectos de las unas y de los otros: cosas que, los que
no son aptos para sentir en sí la correspondencia de los pensamientos poéticos con los
verdaderos, tampoco sienten ni conocen la de los filósofos con la de los poetas.
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De dichas causas nace lo que cada día vemos, que muchas obras egregias, no
obstante de ser igualmente claras e inteligibles para todos, a algunos les parece que
contienen mil verdades ciertísimas, mientras a otros mil manifiestos errores: por lo
que ellas son impugnadas, pública o privadamente, no solo por malignidad o por
interés o por otras símiles razones, sino también por imbecilidad de mente y por
incapacidad de sentir y de comprender la certeza de sus principios, la rectitud de las
deducciones y conclusiones y, generalmente, la conveniencia, la eficacia y la verdad
de sus razonamientos. Demasiadas veces las más estupendas obras filosóficas son
acusadas de oscuridad, pero no es por culpa de los escritores, sino por la profundidad
o la novedad de los sentimientos, por un lado, y por el otro, por la oscuridad del
intelecto de quien no las podría comprender en modo alguno. Considera entonces
cómo en el género filosófico también son muchas las dificultades para obtener
alabanza, por merecida que sea. Y ten presente que, aunque yo no lo exprese, el
número de filósofos verdaderos y profundos, fuera de los cuales no hay quien sepa
tener adecuada estima de los demás, es mínimo incluso en la edad presente, aunque
se consagre al amor de la filosofía más que las pasadas. Omito las varias facciones, o
como se convenga en llamarlas, en las que están divididos hoy, como siempre ha
sido, aquellos que hacen profesión de filosofar: cada una de las cuales niega
ordinariamente la debida alabanza y estima a las otras no solo por voluntad, sino por
tener el intelecto ocupado por otros principios.
8. CAPÍTULO OCTAVO
Si más tarde (pues nada puede augurarse de este talento) ascendieses gracias al
saber y la meditación a gran altura y fueras capaz, como han hecho los espíritus
electos, de descubrir alguna principalísima verdad, que no solo había sido
desconocida en todo tiempo, sino que era completamente ajena a la experiencia de los
hombres, y de todo diversa o contraria a las opiniones presentes, incluso la de los
sabios, no pienses que recibirás en vida alguna alabanza no vulgar por este
descubrimiento. Es más, no te será dada alabanza ni siquiera de los doctos
(exceptuando quizá la mínima parte), hasta que repetidas mil veces ora por uno ora
por otro, poco a poco y tras largo tiempo, los hombres se acostumbren primero con
las orejas y después con el intelecto a esas mismas verdades. Puesto que ninguna
verdad, nueva y del todo ajena a los juicios corrientes, aun cuando fuese demostrada
con evidencia y certeza conforme o similar a la geométrica por el primero que la
advierte, no fue nunca posible, si es que las demostraciones no fueron
experimentales, introducirla y establecerla en el mundo súbitamente, sino que solo
fue posible con el curso del tiempo mediante la costumbre y el ejemplo:
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acostumbrándose los hombres a creerlas como a cualquier otra cosa; es más,
creyendo generalmente por costumbre, no por la certeza de pruebas evidenciadas en
su mente, tanto que finalmente esa verdad, comenzada a enseñar a los niños, fue
aceptada comúnmente, recordada con asombro la ignorancia de la misma, y
escarnecidas las sentencias diversas, tanto de los antepasados como de los presentes.
Y la aceptación de las verdades fue más difícil y compleja cuando nuevas e inauditas,
fueron mayores y más importantes y, por lo tanto, contrarias a la opinión mayoritaria
radicada en la mente. Tampoco los intelectos agudos y activos comprenden
fácilmente la validez de las razones que demuestran verdades inusitadas y que
sobrepasan demasiado los términos presentes del conocimiento y del uso de esos
intelectos; máxime cuando tales razones y tales verdades repugnan a las creencias
inveteradas de tales términos. Descartes, en su tiempo, en la geometría, que amplificó
maravillosamente adaptando el álgebra y con otros descubrimientos, no fue ni
siquiera entendido sino por poquísimos. Lo mismo le sucedió a Newton. En verdad,
la condición de los hombres extraordinariamente superiores en sabiduría a la propia
época no es muy diferente a la de los literatos y doctos que viven en ciudades o
provincias carentes de estudios, ya que ni estos, como diré más adelante, por sus
conciudadanos o provincianos, ni aquellos por los contemporáneos, son tenidos en
cuenta como merecerían; es más, muchísimas veces son vilipendiados por la
diversidad de vida o de opinión con respecto a los demás y por la común ineptitud
para reconocer el valor de sus capacidades y obras.
No hay duda de que el género humano en estos tiempos, e incluso desde la
restauración de la civilización, va prosiguiendo adelante continuamente en el saber.
Pero su proceder es torpe y moderado, mientras los espíritus sumos y singulares que
se dedican a la especulación de este universo sensible o inteligible al hombre, y al
descubrimiento de lo verdadero, caminan, es más, a veces corren velozmente, y casi
sin mesura alguna. Y no por ello hacen que el mundo, al verlos proceder así
expeditos, apresure tanto el camino que los alcance un poco más tarde, allí donde se
detengan. Al contrario, no muda su paso y no alcanza a veces a este o aquel fin sino
solamente tras uno o más siglos y después de que un alto espíritu se haya dirigido a
él.
Es opinión, se puede decir, universal que el saber humano debe la mayor parte de
su progreso a los intelectos supremos, que surgen de tiempo en tiempo, cuando uno
cuando otro, casi como milagros de la naturaleza. Yo, por lo contrario, estimo que el
progreso se deba más a los intelectos ordinarios y poquísimo a los extraordinarios.
Supongamos un intelecto brillante, provisto de todos los conocimientos de sus
contemporáneos, que procede en el saber, por así decir, diez pasos adelante. Los
demás hombres, no solo no se dispondrán a seguirlo, sino que la mayor parte de las
veces, por no decir lo peor, se reirán de su progreso. Mientras tanto muchos ingenios
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mediocres, quizá en parte ayudándose por los pensamientos y los descubrimientos del
brillante, pero principalmente por medio de los estudios propios, hacen
conjuntamente un paso; debido la brevedad del espacio, es decir, por la poca novedad
de las sentencias y también por la multitud de autores, pasando algún año, serán
seguidas universalmente. Así, procediendo como lo habitual, poco a poco, y por obra
y ejemplo de otros intelectos mediocres, los hombres cumplen finalmente el décimo
paso, y las afirmaciones de aquel intelecto brillante son comúnmente aceptadas por
verdaderas en todas las naciones civiles. Pero él, ya apagado hace tiempo, no
adquiere por tal éxito una tardía e intempestiva reputación, en parte por haber sido
olvidado su recuerdo, o porque la opinión injusta tenida hacia él mientras vivía,
confirmada por la larga costumbre, prevalece a cualquier otra consideración, en parte
porque los hombres no han llegado a este grado de conocimiento por obra suya; y en
parte porque siendo parejos en el saber, pronto lo superarán, y quizá incluso son
superiores en el presente, por haberse podido a lo largo del tiempo demostrar y
exponer mejor las verdades deducidas por él, reducir sus conjeturas a certezas,
ordenar y dar mejor forma a sus hallazgos, y casi concebirlos. A no ser que alguno de
los estudiosos, retornando a las investigaciones de tiempo atrás, repare en las
opiniones de aquel grande y, comparándolas con la de sus posteriores, advierta cómo
y cuánto él precedió al género humano y le ofrezca algunas alabanzas de escasa
repercusión y que van presto al olvido.
Si bien el progreso del saber humano, como la caída de los graves, adquiere de
momento en momento mayor celeridad, es muy difícil que suceda que una misma
generación de hombres mude opinión o reconozca los errores propios de manera que
crea hoy lo contrario de lo que creía ayer. Aunque prepare los medios para las
generaciones siguientes, y que estas después reconozcan y crean en muchas
disciplinas lo contrario de aquella. Del mismo modo que nadie siente el perpetuo
movimiento que nos trasporta en elipse junto con la Tierra, así la mayor parte de los
hombres no se percata del continuo adelanto que hacen sus conocimientos ni del
asiduo variar de sus juicios ni nunca advierte que muda opinión. Pero ciertamente no
podría no percatarse ni no advertir cada vez que abrazase súbitamente un juicio ajeno
a aquellos tenidos por ciertos. Por tanto, ninguna verdad, salvo que no sea tangible,
será creída comúnmente por los contemporáneos del primero en saberla.
9. CAPÍTULO NOVENO
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de conocerte en persona, el ser señalado con el dedo, el honor y la reverencia
expresada por los presentes con los actos y con las palabras, y cosas tales en que
consiste la máxima utilidad de esta gloria que nace de los escritos, parecería que más
fácilmente te deberían suceder en las ciudades pequeñas que en las grandes, ya que en
estas últimas los ojos y las mentes están distraídos y arrebatados en parte por el
poder, en parte por la riqueza y, por último, por las artes que sirven para el
entretenimiento y la alegría de la vida inútil. Además, como todo lo raro y lo
apreciable concurre y se reúne en las ciudades grandes, y como las ciudades pequeñas
carecen por lo general de medios y de subsidios para que alguien alcance la
excelencia en las letras y en las doctrinas, raramente se hallan habitadas por doctos y
ordinariamente están privadas de buenos estudios, por lo que suelen darle poca
importancia no solo a la doctrina y a la sabiduría, sino a la misma fama que alguno se
ha procurado con estos medios, que la una y la otra en aquel lugar no son ni siquiera
motivo de envidia. Y si por caso alguna persona respetable o incluso extraordinaria
de intelecto y de estudios se encuentra viviendo en un lugar pequeño, el ser del todo
única no solo no aumenta la admiración, sino que le daña de tal modo que, muchas
veces, por muy famosa que sea, es para la mayor parte de los habitantes la más
negligente y oscura persona del lugar. De igual modo que allí donde el oro y la plata
fueran ignorados y sin valor, quien siendo privado de todo otro haber acopiase estos
materiales, no sería más rico que los demás: al contrario, sería misérrimo, y como tal
considerado; así, allí donde el intelecto y la doctrina no se conocen, y desconocidos
no se aprecian, si hay alguien en que tales cualidades abunden, no tendrá poder de
destacar sobre los demás, y si no tiene otros bienes, será considerado vil. Y está tan
lejos de poder ser apreciado en símiles lugares, que muy a menudo aunque es
reputado por mayor de lo que es, no le ocasiona estima alguna. Cuando siendo joven
me recogía a veces en mi pequeño Bosisio, se supo en la población que yo solía
dedicarme a los estudios y que me ejercitaba un poco en la escritura; los vecinos me
consideraban poeta, filósofo, físico, matemático, médico, abogado, teólogo y perito
en todas las lenguas del mundo; y me preguntaban, sin hacer una mínima diferencia,
sobre cualquier punto de cualquier disciplina o idioma que ocurriese por casualidad
en la conversación. Mas no por ello a su juicio debían estimarme mucho; es más, me
creían inferior a los hombres doctos de los demás lugares. Pero si yo les dejaba poner
en duda que mi doctrina fuese un poco menos inmensa de lo que ellos pensaban, su
opinión sobre mí descendía muchísimo, y finalmente se persuadían de que mi
doctrina no se extendía más que la de ellos.
En las ciudades grandes, cuántos obstáculos se interponen tanto a la adquisición
de la gloria como al goce del fruto por ella adquirido; no te será difícil evaluarlo por
las cosas dichas anteriormente. Además, ninguna fama es más difícil de merecer que
la de egregio poeta o de escritor o de filósofo, a las cuales principalmente aspiras, ni
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ninguna es más infructuosa para quien la posee. No te son desconocidas las quejas
perpetuas, los antiguos y modernos ejemplos de la pobreza y de la desventura de los
poetas sumos. En Homero todo es (por así decir) vago y elegantemente indefinido,
tanto en la poesía como en la persona; de quien la patria, la vida, todo, es como un
arcano impenetrable a los hombres. Solo, entre tanta incertidumbre e ignorancia, se
sostiene por una constantísima tradición que Homero fue pobre e infeliz, como si la
fama y la memoria de los siglos no hayan querido dejar lugar a dudas de que la
fortuna de los demás poetas excelentes será común a la del príncipe de la poesía. Pero
callando de los otros bienes, y hablando solo del honor, ninguna fama en el transcurso
de la vida suele ser menos honorable o menos útil para ser alabado por los demás que
las especificadas hasta ahora. Puesto que la multitud de las personas que la obtienen
sin mérito alguno y la misma inmensa dificultad de merecerla, quitan valor y
prestigio a tales consideraciones; o más bien porque casi todos los hombres de mente
ligeramente culta creen que tienen, o que pueden adquirir con facilidad, tanta destreza
y facultad, tanto de letras amenas como de filosofía, que no reconocen como
superiores a ellos a los que verdaderamente son diestros en estas cosas; por uno o por
otro motivo, cierto es que el tener nombre de mediocre matemático, físico, filólogo,
arqueólogo; de mediocre pintor, escultor, músico; de ser ligeramente versado incluso
en una sola lengua, antigua o moderna, es suficiente para obtener del común de los
hombres, incluso en las más cultas ciudades, mucha más consideración y estima de la
que se puede lograr siendo conocido y celebrado con grandes alabanzas por filósofos
o poetas insignes o por hombres excelentes en el arte del bello escribir. Así las dos
partes más nobles, más fatigosas de adquirir, más extraordinarias, más estupendas, las
dos cimas, por decir así, del arte y de la ciencia humana, digo la poesía y la filosofía,
son en quien las profesa, especialmente hoy, las facultades más descuidadas del
mundo; pospuestas incluso a las artes que se ejercitan manualmente, entre otras
consideraciones, porque ninguno presume ni de poseer este arte sin haberlo
procurado ni de poder obtenerlo sin estudio y fatiga. En fin, el poeta y el filósofo no
tienen en vida otro fruto de su intelecto, otro premio a sus estudios que, quizá, una
gloria nacida y mantenida entre un pequeñísimo número de personas; y también es
esta una de las muchas cosas en las cuales concuerdan la poesía y la filosofía, pobre
también ella y desnuda, como canta Petrarca[4], no solo de todo bien, sino de
reverencia y honor.
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disfrutarla en el silencio de tu soledad, y tomarla como estímulo y consuelo ante
nuevas fatigas, y asentar en ella el fundamento de nuevas esperanzas. Pero la gloria
de los escritores, al igual que los demás bienes de los hombres, es más grata de lejos
que de cerca, y nunca está, se puede decir, presente en quien la posee ni se halla en
lugar alguno.
Así pues, por último, recurrirás con la imaginación a la posteridad, extremo
refugio y consuelo de almas grandes. En el modo que Cicerón, rico no de una simple
gloria ni esta vulgar y tenue, sino de una múltiple y extraordinaria, y tanta como un
sumo antiguo y romano, entre hombres romanos y antiguos, era posible alcanzar; no
obstante, se dirigió vehementemente a las generaciones futuras diciendo, si bien bajo
otro nombre[5]: «¿Crees tú que me hubiese decidido a escoger y soportar tantas
fatigas día y noche, en la ciudad y en el campo, si no hubiese creído que mi gloria
pasaría los términos de mi vida? ¿No sería mucho mejor elegir un vivir ocioso y
tranquilo, sin ninguna fatiga o ansiedad? Pero el ánimo mío, no sé cómo, erguida, alta
la cabeza, miraba continuamente a la posteridad de modo que, una vez pasada la vida,
entonces finalmente pudiera vivir». Cicerón se refiere a un sentimiento de la
inmortalidad de los propios ánimos, implantado por la naturaleza en el pecho
humano. Pero el verdadero motivo es que todos los bienes del mundo, apenas
adquiridos, se reconocen indignos de las preocupaciones y de las fatigas soportadas
para obtenerlos; máximamente la gloria, que entre todas, es la de mayor precio y la de
menor utilidad. Como dijo Simónides[6]:
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tras la muerte; igualmente ninguno es tan feliz hoy, que despreciando la vana
felicidad presente no se consuele con el pensamiento de la igualmente vana que él se
promete en el advenir.
Pero en fin, ¿en qué consiste este recurso que hacemos a la posteridad? La
naturaleza de la imaginación humana provoca que se tenga de los venideros mayor y
mejor estima que de los presentes, e incluso que de los pasados; solo porque de los
hombres que todavía no son no podemos tener ningún conocimiento, ni por
experiencia ni por fama. Pero recurriendo a la razón y no a la imaginación, ¿podemos
suponer que, en efecto, los que vendrán serán mejores que los presentes? Creo más
bien lo contrario, y tengo por cierto el proverbio que dice que el mundo envejece
empeorando. Y creo que serían de mejor condición los hombres egregios antiguos,
los cuales, al decir de Cicerón[7], no fueron inferiores de número a los que vendrán, y
en virtud serán bastante superiores. Mas hay que reconocer que el más valeroso
hombre de este siglo no recibirá de los antiguos alabanza alguna. Concédase que los
futuros, en tantos sean libres de la competición, de la envidia, del amor y del odio, no
ya entre ellos, sino hacia nosotros, serán por ello más objetivos jueces de nuestras
cosas de lo que son los contemporáneos. ¿Quizá también lo serán para las demás
cosas? ¿Afirmamos, por hablar solamente de lo que atañe a los estudios, que los
posteriores tendrán un mayor número de poetas excelentes, de escritores óptimos, de
filósofos verdaderos y profundos? Puesto que se ha visto que solo estos pueden tener
digna estima de sus símiles. ¿O, que el juicio de estos tendrá mayor eficacia en la
multitud de entonces de la que tiene la de los nuestros en la edad presente? ¿Creemos
que en la mayoría de los hombres las facultades del corazón, de la imaginación, del
intelecto, serán mayores de las que son hoy?
En la letra amena, ¿no vemos cuántos siglos han sido de tan perverso juicio que,
despreciada la verdadera excelencia de la escritura, olvidados o desdeñados los
óptimos escritores antiguos o nuevos, han amado y valorado constantemente este o
aquel modo bárbaro, considerándolo incluso como el único adecuado y natural
porque cualquier costumbre, por corrupta y pésima que sea, difícilmente se discierne
de la naturaleza? ¿Y no se sabe que esto ha sucedido en siglos y naciones, en gentiles
y nobles? ¿Qué certeza tenemos de que la posteridad alabe siempre los modos de
escribir que nosotros alabamos? Si es que hoy se alaban los que son loables
verdaderamente. Los juicios y las inclinaciones de los hombres sobre la belleza de la
escritura son variables y mudan según los tiempos, las naturalezas de los lugares y de
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los pueblos, las costumbres, los usos, las personas. Ahora a esta variedad e
inconstancia es necesario que se someta igualmente la gloria de los escritores.
Todavía más variada y cambiante es la condición tanto de la filosofía como de las
otras ciencias, si bien a primera vista parece lo contrario. Las letras amenas
conciernen a lo bello, que depende en gran parte de las costumbres y de las
opiniones; mientras que la ciencia compete a la verdad, que es inmóvil y no padece
cambio. Pero la verdad está oculta a los mortales y los siglos descubren parte solo
poco a poco. Mas los hombres, esforzándose por conocerla, hacen conjeturas y,
abrazando esta o aquella apariencia en su lugar, se dividen en muchas opiniones y
muchas sectas, por lo que se genera en la ciencia una gran división. Por otra parte,
gracias a las nuevas noticias y con los nuevos destellos de la verdad, que aparecen
poco a poco, crecen las ciencias de continuo; por tal cosa, y porque en distintas
épocas prevalecen diversas opiniones, que ocupan el lugar de las certezas, sucede que
ellas poco o nada duran en un mismo estado, cambiando forma y cualidad cada poco.
Dejo el primer punto, es decir, la variedad, que quizá no es de menor daño para la
gloria de los filósofos o de los científicos, tanto venideros como contemporáneos.
Pero la mutabilidad de la ciencia y de la filosofía, ¿cuánto crees que perjudicará a
esta gloria en la posteridad? Cuando por la realización de nuevos descubrimientos o
por nuevas suposiciones y conjeturas, el estado de una y otra ciencia cambie
notablemente de lo que ella es en nuestro siglo, ¿en qué estima se tendrán los escritos
y las ideas de los hombres que hoy en dicha ciencia tienen mayores alabanzas?
¿Quién lee hoy día las obras de Galileo? Obras que fueron en su tiempo
admiradísimas y que entonces en aquella materia no se podrían escribir ni cosas
mejores ni más dignas de un intelecto brillante, ni llenas de mayores descubrimientos
y de conceptos más nobles. No obstante, todo mediocre físico o matemático de la
edad presente está en una posición, en una u otra ciencia, muy superior a Galileo.
¿Cuántos leen los escritos del canciller Bacon? ¿Quién se preocupa de Malebranche?
Y la misma obra de Locke, si los progresos de la ciencia casi fundada por él serán en
el futuro tan rápidos como muestran ser, ¿cuánto tiempo estará en la mente de los
hombres?
Sin duda, la misma fuerza del intelecto, los mismos trabajos y fatigas que los
filósofos y científicos emplean para alcanzar la propia gloria, al pasar de los años son
la causa de apagarla u oscurecerla. El progreso que ellos ocasionan en cada una de
sus disciplinas, y por el que alcanzan la fama, origina otros avances por los cuales su
nombre y sus escritos van poco a poco olvidándose. Y ciertamente resulta muy difícil
a la mayoría de los hombres admirar y venerar en alguien unos conocimientos
inferiores a los propios. Con todo esto, ¿quién puede dudar que la época próxima no
dé a conocer la falsedad de tantas cosas afirmadas o creídas hoy por quien es
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sobresaliente en el saber y supere en mucho el conocimiento que de la verdad se tiene
en la edad presente?
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Diálogo de Federico Ruysch y sus momias[1]
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Triste pero segura,
Porque ser feliz
Niega a los mortales y niega a los muertos el hado.
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gusto, por curiosidad, sin molestaros.
MUERTO.— No podemos hablar más que respondiendo a alguna persona viva. Quien
no ha de contestar a los vivos, concluida la canción, se calla.
RUYSCH.— Lo siento verdaderamente, porque imagino que sería un gran divertimento
escuchar lo que os diríais, si pudieseis hablar entre vosotros.
MUERTO.— Aunque pudiésemos, no escucharías nada; porque nada tendríamos que
decirnos.
RUYSCH.— Mil preguntas que haceros me vienen a la mente. Pero como el tiempo es
corto y no da lugar a elegir, decidme brevemente qué sensaciones sentisteis en el
cuerpo y en el alma al momento de la muerte.
MUERTO.— Del momento mismo de la muerte, yo no me di cuenta.
LOS OTROS MUERTOS.— Ni tampoco nosotros.
RUYSCH.— ¿Cómo, no os disteis cuenta?
MUERTO.— Verbigracia, como tú no te das cuenta nunca del momento en que
comienzas a dormir, por mucha atención que pongas.
RUYSCH.— Pero dormir es cosa natural.
MUERTOS.— ¿Y el morir no te parece natural? Muéstrame un hombre o una bestia o
una planta que no muera.
RUYSCH.— Estoy tan sorprendido de veros cantar y hablar como de saber que no os
percataseis de morir. «Así él, del golpe no advertido / Estaba combatiendo, y
había fenecido», dice un poeta italiano. Pensaba que sobre este asunto de la
muerte vuestros pares supiesen algo más que los vivos. Pero por lo tanto,
volviendo al asunto, ¿no sentisteis ningún dolor en el momento de la muerte?
MUERTO.— ¿Qué dolor es ese que el que lo siente no se apercibe?
RUYSCH.— En cualquier caso, todos piensan que la experiencia de la muerte es
dolorosísima.
MUERTO.— Como si la muerte fuera una experiencia, y no lo contrario.
RUYSCH.— Tanto quienes sobre la naturaleza del alma se unen al parecer de los
epicúreos como quienes lo hacen a la opinión común a todos, o la mayor parte,
concuerdan con lo que yo digo, es decir, creer que la muerte sea por propia
naturaleza, y un dolor vivísimo sin comparación alguna.
MUERTO.— Muy bien, pues preguntarás de nuestra parte a unos y a otros: si el hombre
no tiene capacidad para advertir el momento en que las operaciones vitales, en
mayor o menor grado, se interrumpen, o por sueño o por letargo o por síncope o
por alguna otra causa, ¿cómo lo advertirá cuando las mismas operaciones cesen
del todo, y no por breve espacio de tiempo, sino perpetuamente? Además, ¿cómo
puede ser que una viva sensación tenga lugar en la muerte? Es más, ¿que la
misma muerte sea por propia cualidad un sentimiento vivo? Cuando la facultad de
sentir es débil y exigua, reducida a cosa tan mínima que falta y se anula, ¿creéis
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vos que la persona será capaz de un sentimiento intenso? Es más, este mismo
extinguirse de la facultad de sentir, ¿creéis que deba ser un sentimiento
grandísimo? No advertís que incluso los que mueren de males agudos y
dolorosos, al avecinarse la muerte, más o menos poco antes de expirar, se calman
y reposan de tal modo que puede observarse que su vida, reducida a pequeña
cantidad, no es suficiente para el dolor, ya que este cesa antes que aquella. Eso
podrá decir de nuestra parte a quien crea que morirá de dolor en el instante de la
muerte.
RUYSCH.— A los epicúreos quizá puedan bastar estas razones. Pero no a quienes
conciben la sustancia del alma de otro modo; como yo he hecho en el pasado, y
como haré de ahora en adelante con mayor motivo, tras haber oído hablar y cantar
a los muertos. Porque estimando que el morir consista en una separación del alma
del cuerpo, no comprenderán cómo estas dos cosas, enlazadas y casi fundidas
entre ellas de modo que constituyen la una y la otra una sola persona, puedan
separarse sin una grandísima violencia y un esfuerzo indecible.
MUERTO.— Dime, ¿el espíritu está quizá prendido al cuerpo con algún nervio, o con
algún músculo o membrana que necesariamente tenga que romperse cuando el
espíritu parte? ¿O acaso es un miembro del cuerpo, de modo que tenga que ser
quebrado o cortado violentamente? ¿No ves que el alma sale del cuerpo cuando
ya no puede permanecer en él y no tiene más lugar, y no por una fuerza que la
arranque y desarraigue? Respóndeme también a lo siguiente: ¿Quizá al
introducirse en el cuerpo, ella siente que la clavan o atan fuertemente, o como tú
dices, funden? ¿Por qué, por lo tanto, sentirá desatarse al salir de él o, digamos,
experimentará una sensación abrupta? Ten por seguro que la entrada y la salida
del alma son igualmente calmadas, fáciles y suaves.
RUYSCH.— Entonces, ¿qué es la muerte, si no es dolor?
MUERTO.— Más bien placer que otra cosa. Sabed que el morir, como el dormirse, no se
hace en un solo instante, sino por grados. Verdad que estos grados son más o
menos, mayores o menores, según la variedad de las causas y los géneros de la
muerte. En el último de tales instantes la muerte no produce ni dolor ni placer
alguno, como tampoco el sueño. En los precedentes no puede generar dolor:
porque el dolor es cosa viva, y los sentidos del hombre en aquel tiempo, es decir,
comenzada la muerte, están moribundos, que es como decir extremadamente
atenuados de fuerzas. Puede bien ser causa de placer: porque el placer no siempre
es cosa viva; es más, quizá la mayor parte de los deleites humanos consisten en
alguna clase de languidez. De modo que los sentidos en el hombre son capaces de
sentir placer incluso cuando se extinguen, visto que muchísimas veces la misma
languidez es placer, máxime cuando os libera de un padecimiento. Para mí, si
bien en la hora de la muerte no puse mucha atención a lo que sentía, porque me
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estaba prohibido por los médicos fatigar la mente, recuerdo, sin embargo, que la
sensación que experimenté no fue muy diferente del deleite que es causado a los
hombres por la languidez del sueño en el momento en que se adormecen.
LOS OTROS MUERTOS.— También a nosotros nos parece recordarlo igual.
RUYSCH.— Sea como vos decís. Si bien todos con los que tenido ocasión de hablar
sobre este asunto juzgaban muy diversamente; mas, que yo recuerde, no aducían
la propia experiencia. Ahora decidme, ¿en los momentos de la muerte, mientras
sentíais aquella dulzura, creíais morir, y que el deleite fuese una cortesía de la
muerte, o imaginasteis otra cosa?
MUERTO.— Hasta que estuve muerto no me convencí de no poder escapar de tal
peligro; y, si no otra cosa, hasta el último momento que tuve facultad de pensar
esperé que me quedase de vida una hora o dos, como estimo que suceda a muchos
cuando mueren.
LOS OTROS MUERTOS.— A nosotros nos sucedió lo mismo.
RUYSCH.— Por eso Cicerón[4] dice que nadie está tan decrépito que no se prometa
vivir al menos un año. Pero ¿cómo advertisteis al fin, que el espíritu había salido
del cuerpo? Decid: ¿cómo supisteis que estabais muertos? No responden. Hijos,
¿no me oís? Habrá pasado el cuarto de hora. Toquémoslos un poco. Han vuelto a
morir de nuevo: no hay peligro de que me asusten otra vez, volvamos al lecho.
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Dichos memorables de Filippo Ottonieri
1. CAPÍTULO PRIMERO
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ocupaciones en las que Epicuro ubicaba el sumo bien de los hombres. Afirmaba que
la doctrina epicúrea, adecuadísima en la edad moderna, fue del todo ajena a la
antigua.
En filosofía, le placía considerarse socrático y a menudo, como Sócrates, se
entretenía buena parte del día razonando filosóficamente con unos y con otros, y
sobre todo con alguno de sus familiares, con cualquier asunto ofrecido por la ocasión.
No frecuentaba, como Sócrates, ni las tiendas de los zapateros ni las de los
carpinteros ni las de los herreros ni de otros semejantes, pues estimaba que si los
herreros y los carpinteros de Atenas podían perder el tiempo en filosofar, los de
Nubiana, si hubieran hecho lo mismo, habrían muerto de hambre. Ni tampoco
razonaba al modo de Sócrates, interrogando y argumentando continuamente porque
decía que, aun cuando los modernos sean más pacientes que los antiguos, no se
encontraría hoy quien soportase responder a un millar de preguntas seguidas, y
escuchase un centenar de conclusiones. Y en verdad no tenía de Sócrates más que el
hablar a veces irónico y embaucador. Y buscando los orígenes de la famosa ironía
socrática, decía, Sócrates que nacido con ánimo afable, y con grandísima disposición
para amar, pero desventurado en las hechuras de su cuerpo, probablemente ya desde
la adolescencia, desahució el poder ser amado con más amor que el de la amistad,
poco apta para satisfacer un corazón delicado y ardiente, que a menudo siente hacia
los demás un afecto mucho más dulce. Además, por mucho que en él abundase el
valor que nace de la razón, no parece que estuviese bastante provisto del que proviene
de la naturaleza ni demás cualidades que en tiempos de guerra y de sedición, de las
que tanto abusaron los atenienses, eran necesarias para tratar los asuntos públicos en
su patria. Su aspecto ingrato y ridículo le habría causado un gran perjuicio en un
pueblo que, incluso en la lengua hacía poca diferencia entre lo bueno y lo bello, y que
además era propenso a bromear. Por lo tanto, en una ciudad libre y llena de estrépito,
de pasiones, de negocios, de pasatiempos, de riquezas y de otras fortunas, Sócrates,
pobre, rechazado por el amor, poco apto para los negocios públicos y, sin embargo,
dotado de un intelecto grandísimo que, sumado a sus otras condiciones, debía
acrecentar exageradamente sus pesares, se dispuso por pasatiempo a razonar
sutilmente de las acciones, de las costumbres y de las cualidades de sus
conciudadanos, ocupación en la que empleaba cierta ironía, como naturalmente debía
suceder a quien se hallaba impedido de formar parte, por así decir, de la vida. Mas la
mansedumbre y la magnanimidad de su naturaleza y también la celebridad que él
conquista con sus razonamientos, con la que debió sentir de alguna manera consuelo
su amor propio, hicieron que esta ironía no fuese desdeñosa y acerba, sino reposada y
dulce.
Así, la filosofía por primera vez, según el famoso dicho de Cicerón, apeada del
cielo, fue introducida por Sócrates en las ciudades y en las casas; alejada de la
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especulación de las cosas ocultas, en las cuales había estado ocupada hasta ese
momento, se dirigió a considerar las costumbres y la vida de los hombres, y a
disputar sobre las virtudes y los vicios, sobre las cosas buenas y útiles, y sobre las
contrarias. Pero Sócrates nunca tuvo la intención de hacer esta innovación ni de
enseñar cosa alguna ni de obtener el nombre de filósofo por sus conversaciones y
diálogos, pues en aquel tiempo estaba reservado solo para físicos y metafísicos, por lo
que no podía esperar tal apelativo. Es más, proclamó abiertamente no saber cosa
alguna y no se propuso más que entretenerse fabulando sobre los asuntos ajenos,
prefiriendo este pasatiempo a la filosofía misma o a cualquier otra ciencia o arte, pues
inclinado por naturaleza a las acciones mucho más que a las especulaciones, no
intervenía en el discurrir sino por las dificultades que le impedían el obrar. Y en los
diálogos siempre se ejercitó con mayor asiduidad y gusto con personas jóvenes y
bellas; casi engañando el deseo y complaciéndose de ser estimado por aquellos de
quien hubiera preferido mucho más ser amado. Desde el momento en que todas las
escuelas de los filósofos griegos, que a su vez precedían de los indios, en adelante
derivan de algún modo de la socrática, concluía Ottonieri que el origen de casi toda la
filosofía griega, de la cual nace la moderna, fue la nariz chata y el rostro de sátiro de
un hombre de excelente intelecto y calidísimo corazón. También decía que, en los
libros de los socráticos, la persona de Sócrates es similar a las máscaras de nuestras
comedias antiguas, tiene un nombre, un vestido, una índole, pero en lo restante varía
en cada comedia.
No dejó escrita cosa alguna de filosofía ni de nada que perteneciese a su
intimidad. Y siéndole preguntado por qué no se había dedicado a filosofar también
por escrito, como solía hacerlo en voz alta, y por qué no disponía sus pensamientos
en papel, respondió: «El leer es un conversar que se hace con quien escribe». Ahora,
como en las fiestas y en los divertimentos públicos, los que no forman o no creen ser
parte del espectáculo, velozmente se aburren, así en la conversación es más grato
generalmente el hablar que el escuchar. Pero los libros es inevitable que sean como
las personas que, estando con otras, no cesan de hablar y no escuchan nunca. Por
tanto, es necesario que el libro diga muchas bellas y buenas cosas, y las diga muy
bien, de tal modo que le sea perdonado por los lectores el hablar siempre. De lo
contrario, a la fuerza se odiará cualquier libro, como a todo charlatán insaciable.
2. CAPÍTULO SEGUNDO
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había estado un momento sin ocupación, confesaba no haber tenido en ese intervalo
pasatiempo alguno.
Decía que los placeres más ciertos que tiene nuestra vida son los que nacen de las
imaginaciones falsas; y que los niños encuentran el todo incluso en la nada, y los
hombres la nada en todo.
Asemejaba cada placer, llamado comúnmente real, a una alcachofa a la que,
queriendo llegar al corazón, era necesario antes roer y tragar todas las hojas. Y añadía
que tales alcachofas son rarísimas; que se encuentran en mayor número otras que,
similares por fuera, carecen de corazón; y por ello, incapaz de habituarse a engullir
tales hojas, se contentaba por lo general de abstenerse de unas y de otras.
Respondiendo a uno que le preguntó cuál sería el peor momento de la vida
humana, dijo: «Excepto el tiempo del dolor, como el del temor, yo afirmaría que los
peores momentos son los del placer, porque la esperanza y el recuerdo de estos
momentos, los cuales ocupan el resto de la vida, son cosas mejores y bastante más
dulces que los mismos deleites». Y equiparaba universalmente los placeres humanos
con los olores, pues juzgaba estos más intensos y destacados que cualquier otra
sensación, como sucede con el placer; y de todos los sentidos del hombre, el más
lejano de poder ser satisfecho por los propios placeres estimaba que fuese el olfato.
También parangonaba los olores a la expectativa de los bienes, diciendo que las cosas
fragantes que son buenas para comer o degustar de algún modo, ordinariamente
vencen con el olor al sabor, pues gustados placen menos que olidos, o menos de lo
que por el olor se estimaría. Y contaba que a veces le había ocurrido tener que
soportar impacientemente la demora de algún bien que estaba seguro de alcanzar, y
ello no por una gran avidez de dicho bien, sino por temor a que menguase el goce por
haberse hecho sobre él tales expectativas que lo representasen mucho mejor de lo que
en realidad era. Y que, mientras tanto, había puesto todo su interés en librar la mente
de la idea de aquel bien, como se hace de los malos pensamientos.
Decía también que cada uno de nosotros, desde que viene al mundo, es como uno
que se acuesta en un lecho duro e incómodo y, una vez dentro, sintiéndose incómodo,
comienza a removerse a uno y otro lado, a mudar lugar y posición cada poco, y así
toda la noche, esperando siempre poder al fin conciliar un poco el sueño y creer estar
incluso a punto de dormirse hasta que, llegada la hora, sin haber nunca reposado, se
levanta.
Observando con más gente a algunas abejas ocupadas en sus cosas, dijo: «Beatas
vosotras, si no comprendéis vuestra infelicidad.»
No creía que se pudiese ni contar todas las miserias de los hombres ni deplorar
una lo suficiente.
A la cuestión de Horacio, de cómo es posible que nadie esté contento del propio
estado, respondía: «El motivo es que ningún estado es feliz. No menos los súbditos
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que los príncipes, no menos los pobres que los ricos, no menos los débiles que los
poderosos, si fueran felices, estarían contentísimos de su suerte, y no tendrían envidia
a los demás, pues los hombres no son más insaciables de lo que lo son otros géneros:
pero no se pueden satisfacer sino con la felicidad. Ahora, siendo siempre infelices,
¿qué sorpresa hay en que no estén nunca contentos?»
Notaba que en el caso de que alguien se encontrase en el estado más feliz posible
en esta tierra, sin que pudiera prometerse de superarlo en ninguna parte y en ningún
modo; casi se podría asegurar que este sería el más mísero de los hombres. Incluso
los más ancianos tienen aspiraciones y esperanzas de mejorar su condición de alguna
manera. Y recordaba una cita de Jenofonte[1] en la que se aconsejaba que, si se debe
comprar un terreno, se compre de los que estén mal cultivados porque, dice, un
terreno que no te dé más fruto del que da, no te alegrará tanto como lo haría si tú lo
vieses prosperar de bien a mejor; y todos aquellos bienes que vemos que van
mejorando nos dan más alegría que los demás.
Al contrario, advertía que ningún estado es tan mísero que no pueda empeorar, y
que ningún mortal, por infelicísimo que sea, no puede ni consolarse ni jactarse
diciendo ser tan infeliz que no pueda serlo más. Aunque la esperanza no tenga
límites, los bienes de los hombres son limitados; es más, la condición del rico y el
pobre, del señor y el siervo, se avecina, si nosotros compensamos la jerarquía de su
estado con sus rutinas y deseos, descubrimos que generalmente tienen una misma
cantidad de bien. La naturaleza no ha puesto término alguno a nuestros males; la
misma imaginación no puede fingir tanta calamidad que no se verifique o no haya
sido verificada por alguno de nuestra especie en el presente. Por tanto, mientras la
mayor parte de los hombres no tienen en verdad que esperar aumento alguno de la
cantidad de bienes que poseen, a nadie le faltará nunca en el espacio de su vida
fundado motivo de temor, y aunque la fortuna puede reducirse rápidamente en tal
grado que verdaderamente no tiene virtud para beneficiarnos más, no pierde, sin
embargo, en tiempo alguno la facultad de ultrajarnos con daños nuevos, y tales de
vencer y romper la misma firmeza de la desesperación.
Se reía muchas veces de los filósofos que consideraron al hombre capaz de
sustraerse del poder de la fortuna, despreciando y reputando como ajenos todos los
bienes y males que no están en su propia mano el conseguir o el evitar, o mantener o
librarse; y que ubicaban la beatitud y la infelicidad propia en las cosas que dependen
totalmente solo del hombre. Sobre tal opinión, entre otras cosas, decía: «Olvidemos
ahora si hubo persona alguna que con las otras viviese como verdadero y perfecto
filósofo, ninguno vivió ni vive en tal modo consigo mismo; y que tanto es posible no
preocuparse de las cosas propias más que de las ajenas como preocuparse de las
ajenas como si fueran propias. Suponiendo que la disposición de ánimo de la que
hablan estos filósofos no solo fuese posible, que no es, sino que se encontrase aquí,
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cierta y actual en uno de nosotros; si fuese incluso más perfecta de lo que ellos dicen,
confirmada y acrecentada por uso larguísimo, comprobada en mil casos, ¿quizá por
ello la beatitud y la infelicidad de este no estarían bajo el poder de la fortuna? ¿No
subyacería la fortuna en esa disposición de ánimo de la que tales filósofos dicen
deberíamos sustraernos? ¿La razón del hombre no está sometida continuamente a
infinitos accidentes? Innumerables enfermedades que causan estupidez, delirio,
frenesí, furor, tontería, y otros cientos de locuras breves o perennes, temporales o
permanentes, ¿no la pueden turbar, debilitar, trastornar, extinguir? La memoria,
custodia de la sabiduría, ¿no va siempre agotándose y disminuyendo desde la
juventud en adelante? ¡Cuántos en la vejez se vuelven niños de mente! Y casi todos
pierden el vigor del espíritu en esa edad. Como también por alguna mala disposición
del cuerpo, aunque salva e intacta toda facultad del intelecto y de la memoria, el valor
y la constancia suelen, cuando más, cuando menos, marchitarse, y no es rareza que se
apaguen. En fin, es gran estulticia confesar que nuestro cuerpo está sujeto a cosas que
no están en nuestro poder, y con todo ello negar que la mente, que depende casi en
todo del cuerpo, se someta necesariamente a cosa alguna aparte de nosotros mismos.»
Concluía que el hombre íntegramente, siempre y sin posibilidad de huida, está en
poder de la fortuna.
Preguntado para qué nacen los hombres, respondió bromeando: «Para conocer
cuanto mejor sea el no haber nacido.»
3. CAPÍTULO TERCERO
A propósito de cierta desventura que le ocurrió, dijo: «El perder a una persona
amada, por motivo de algún accidente repentino, o por enfermedad breve y rápida, no
es tan amargo como verla desvanecerse poco a poco —y esto le había sucedido a él—
por una larga enfermedad, de la cual ella no sea extinta sino después de mudado
cuerpo y ánimo, y casi reducida a algo diferente de la que era. Cosa llena de miseria
porque en tal caso la persona amada no se disipa dejándote, a cambio, la imagen de sí
que conservas en el alma, no menos amable de lo que había sido en el pasado; sin
embargo, tras larga enfermedad, resta en los ojos diversa a la que antes amabas: de
modo que todos los engaños del amor son arrancados violentamente del alma y
cuando ella parte del presente para siempre, aquella imagen primera que guardabas en
el pensamiento es cancelada por la nueva. Así pierdes a la persona amada por
completo, como la que no te pudo sobrevivir ni siquiera en la imaginación, que en
lugar de alguna consolación, no te ofrece más que materia de tristeza. Y en fin,
desventuras similares no dejan lugar alguno para reposar del dolor que causan.»
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Lamentándose uno de no sé qué pena diciendo: «Si pudiese librarme de este,
todos los otros pesares serían soportables»; le respondió: «Al revés, entonces te
parecerían graves, ahora te son ligeros.»
Diciendo otro: «Si este dolor hubiera durado más, no habría sido soportable»;
respondió: «Al contrario, por la costumbre, lo habrías soportado mejor.»
En muchas cosas relativas a la naturaleza de los hombres se alejaba de los juicios
comunes de la muchedumbre y, a veces, incluso del de los sabios. Por ejemplo,
negaba que en peticiones y ruegos deban presentarse tales demandas y rogativas
cuando aquellos que puedan satisfacerlas estén exultantes. Máximamente, decía,
cuando la petición es tal que ella no puede ser satisfecha inmediatamente por parte de
quien es rogado o solicitado, con solo o poco más que un simple consentimiento.
Creo que en las personas el júbilo sea cosa, al hacer un ruego, no menos inoportuna y
contraria que el dolor. Pues una y otra pasión colman igualmente al hombre del
pensamiento de sí mismo, de modo que no dejan lugar a cosa ajena. Como en el dolor
nuestro mal, así en la gran alegría el bien, tienen atentos y ocupados nuestros ánimos
e ineptos para la preocupación de las necesidades y deseos de los demás. De la
compasión especialmente son ajenísimos uno y otros sentimientos. El del dolor
porque el hombre está dirigido totalmente hacia la autocompasión. El de la alegría,
porque entonces todas las cosas humanas, y toda la vida, nos parecen deleitables y
placenteras; tanto, que desventuras y afanes semejan casi imaginaciones vanas o son
rechazadas por el pensamiento, al ser demasiado discordes con la presente
disposición de nuestro ánimo. Las mejores ocasiones para intentar conseguir que
alguien obre inmediatamente, o se resuelva obrar en beneficio ajeno, son aquellas de
alguna plácida y moderada alegría, ni extraordinaria ni intensa; o incluso mejor, las
de una tal felicidad que, aunque intensa, no tiene objeto alguno determinado sino que
nace de pensamientos vagos y consiste en una tranquila agitación del espíritu. En tal
estado, los hombres están más dispuestos a la compasión que nunca, más confiados a
quien les ruega y tal vez abracen de buena gana la ocasión de gratificar a los demás y
de dirigir el movimiento confuso y el placentero ímpetu de sus pensamientos en
alguna acción loable.
Negaba igualmente que el infeliz, contando o de algún modo demostrando sus
males, obtenga ordinariamente mayor compasión y mayor preocupación de los que
tienen con él un gran número de penas semejantes. Al contrario, después de oír las
quejas o escuchar los pesares no se preocuparán más que de anteponer los suyos y
considerarlos más graves; y sucede a menudo que, cuanto más conmovidos pienses
que estén por tu estado, te interrumpirán contando su suerte, esforzándose en indicar
que es menos tolerable que la tuya. Y decía que en tales casos sucede ordinariamente
lo que en la Ilíada se lee de Aquiles, cuando Príamo, suplicante y lloroso, se le postró
a los pies, toda vez que hubo terminado con su lamento miserable, Aquiles comenzó
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a llorar, no ya por los males de aquel, sino por las desventuras propias y por el
recuerdo del padre y del amigo asesinado. Añadía que bien algo suele conferir a la
compasión el haber experimentado otras veces en carne propia los mismos males que
se oyen o se ven en otros, pero no el ampararlos al presente.
Decía que la negligencia y la desconsideración son la causa de cometer infinitas
cosas crueles o malvadas, y muy a menudo tienen apariencia de maldad o crueldad:
como, a modo de ejemplo, contaba que uno que se entretenía a la intemperie con
algún pasatiempo dejaba a los siervos en un lugar descubierto enfriándose bajo la
lluvia; no por ánimo duro y despiadado, sino por no pensar o por no evaluar con la
mente su malestar. Y estimaba que en los hombres la desconsideración es mucho más
común que la maldad, la inhumanidad y cosas similares; y que ella es el origen de un
enorme número de malas obras, y que una grandísima parte de las acciones y de los
comportamientos de los hombres que se atribuyen a una pésima cualidad moral, no
sea verdaderamente más que desconsideración.
Dijo en cierta ocasión: «Para el benefactor es menor desaire la plena y expresa
ingratitud que el verse retribuido de un beneficio grande con uno pequeño; pues el
favorecido, o por grosería de juicio o por maldad, se cree o se pretende liberado de la
obligación y el benefactor se ve obligado a parecer, o la educación le fuerza a hacer
demostración de considerarse recompensado. De modo que, por una parte, es
defraudado incluso de la desnuda e infructuosa gratitud del ánimo, la cual, en todo
caso, verosímilmente se habría prometido; y por otra, le es arrebatada la posibilidad
de quejarse abiertamente de la ingratitud o de manifestarse, pues que así
efectivamente ha sido mal e injustamente correspondido.»
He escuchado también contar como suya esta sentencia: «Estamos inclinados y
acostumbrados a creer en aquellos con quien conversamos, mucha agudeza y
maestría para descubrir nuestros, o los que nos imaginamos nuestros, verdaderos
valores, y para conocer la belleza o alguna otra virtud de todo dicho o acto nuestro;
además suponemos en ellos mucha profundidad, y habitual costumbre de meditar, y
mucha memoria para considerar esas virtudes y esos valores, y tenerlos siempre en
mente: aunque si bien es cierto que, respecto a los demás, o no descubrimos tales
virtudes o no nos confesamos el descubrirlas.»
4. CAPÍTULO CUARTO
Advertía que algunas veces los hombres irresolutos son perseverantísimos en sus
propósitos, no obstante cualquier dificultad, y esto por su misma irresolución ya que
si desechan la deliberación hecha, deberían decidirse de nuevo. En ciertas ocasiones
son dispuestísimos y eficacísimos al poner en obra lo que han decidido: pues
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temiendo persuadirse en cualquier momento de abandonar la posición tomada y de
retornar a la fatigosísima perplejidad y suspensión de ánimo, en la cual estuvieron
antes de determinarse, apresuran la ejecución e invierten todas sus fuerzas,
estimulados más por la ansiedad y la incertidumbre de vencerse a sí mismos que por
el propio objeto de la empresa o por los obstáculos que tengan que superar para
conseguirlo.
A veces decía riendo que las personas acostumbradas a comentar a los demás
continuamente los propios pensamientos y sentimientos, se lamentan en voz alta,
incluso estando solos, si una mosca les muerde o se les derrama un vaso o se les
escapa de la mano, y que, por el contrario, las que están habituadas a guardar dentro
de sí todo sentimiento, incluso si sufren una apoplejía, encontrándose en presencia de
otros no abren la boca.
Estimaba que una buena parte de los hombres, antiguos y modernos, que son
reputados grandes o extraordinarios consiguieron esta reputación en virtud
principalmente del exceso de alguna cualidad suya sobre las demás. Y que uno en que
las cualidades del espíritu estén equilibradas y proporcionadas, aun cuando ellas
fueran o extraordinarias o formidablemente grandes, solo con dificultad podría hacer
cosas dignas de uno u otro título y parecer a los presentes o futuros grande o
extraordinario.
Distinguía en las modernas naciones civiles tres clases de personas. La primera,
aquella en que la naturaleza propia, e incluso en gran parte la naturaleza común de los
hombres, se encuentra cambiada y transformada por las convenciones y por las
costumbres de la vida ciudadana. A esta clase de personas pertenecen todas aquellas
que son aptas para los negocios privados o públicos, que participan gustosamente en
el comercio humano y son recíprocamente gratas con quienes les coincide convivir o
tratar personalmente de uno u otro modo, en fin, al uso de la presente vida civilizada.
Únicamente a este género decía, hablando universalmente, atañe y pertenece en
dichas naciones la estima de los hombres. El segundo es aquel en que la naturaleza no
se encuentra cambiada suficientemente de su primera condición; o por no haber sido,
como se dice, cultivada o porque, por su estrechez e insuficiencia, fue poco apta para
recibir y conservar las impresiones y los efectos de las convenciones, de la práctica y
del ejemplo. Decía que este, el más numeroso de los tres, despreciado tanto por sí
mismo como por los demás, digno de poca consideración, y en suma formado por
gente que tiene o merece nombre de vulgo, en cualquier orden o estado sea puesto
por la fortuna. El tercero, incomparablemente inferior de número a los otros dos, casi
tan despreciado como el segundo, y a veces incluso más, lo constituyen personas en
que la naturaleza por exuberancia de fuerza ha resistido las convenciones de nuestro
vivir presente, y excluidas y rechazadas tales convenciones, les afectan de manera
mínima, escasa para los negocios y para gobernarse con los hombres o para saber ser
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capaz de conversar o agradar o ser estimadas. Y subdividía este género en dos
especies: una absolutamente fuerte y valiente, despreciadora del desprecio que le
tienen todos, y a menudo más feliz con él que con el honor; diversa de los demás no
solo por naturaleza, también por voluntad y de buen grado; lejana de las esperanzas o
de los placeres del comercio con los hombres, y solitaria en el medio de la ciudad,
tanto porque es rehuida como porque huye de los demás. De esta especie, añadía, no
se encuentran sino rarísimos. En la naturaleza de la otra decía que se había unido y
mezclado a la fuerza una clase de debilidad y de timidez, de modo que esta naturaleza
combate consigo misma. Los hombres de esta segunda especie, no siendo por
voluntad en absoluto contrarios a conversar con los demás, deseando en muchas y
diversas cosas mostrarse conformes o similares a los de la primera clase,
lamentándose en el propio corazón del menosprecio que le dispensan, y despreciados
por hombres desmedidamente inferiores tanto en ingenio como de ánimo, no son
capaces, a pesar del cuidado y diligencia que muestran, de adiestrarse en el uso
práctico de la vida ni de rendirse en la conversación tolerable ni para sí ni para los
demás. Tales seres han sido en los últimos tiempos, y son en nuestra época (unos
más, otros menos) no pocos de los mayores y más delicados ingenios. Como ejemplo
insigne, utilizaba a Jean Jacques Rousseau, añadiendo a este otro ejemplo tomado de
los antiguos, Virgilio, del cual en la Vida latina escrita por Donato el gramático[2], se
cuenta con la autoridad de Meloso, también gramático, liberto por Meccenate, que en
la conversación era torpe, muy poco diverso de los incultos. Y que esto sea verdad, y
que Virgilio, por la misma maravillosa pureza de ingenio, fuese poco apto para
prácticas con los hombres es algo que podía entenderse muy francamente, tanto por el
artificio sutilísimo y fatigosísimo de su estilo como por la particular índole de su
poesía, como también por lo que se lee al final de la segunda de sus Geórgicas.
Donde el poeta, en contra de la costumbre de los antiguos romanos, y principalmente
de los de gran ingenio, profesa el deseo de una vida oscura y solitaria; y tan
vehementemente que observamos que él es forzado más que inclinado por su
naturaleza; y que la desea más como remedio y refugio que como bien. Generalmente
hablando, los hombres de una y otra especie no son tomados en consideración,
excepto algunos, quizás, después de muertos; y los del segundo género, vivos o
muertos, son considerados de poco o ningún valor. Pensaba que podía afirmarse
universalmente que en nuestros tiempos la estima común de los hombres no se
obtiene en vida de otra manera que apartándose y cambiando profundamente el ser
natural. Además, porque en la presente época, por así decir, toda la vida civilizada es
establecida por las personas de la primera clase, la naturaleza de las cuales es
intermedia entre las dos restantes; concluía que también por esta vía, como por otras
miles, se puede conocer que hoy día la costumbre, el manejo y la potestad de las
cosas están casi totalmente en manos de la mediocridad.
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Distinguía también tres estados de la vejez considerada respecto a las demás
edades del hombre. En el principio de las naciones, cuando por costumbre y hábitos
todas las edades fueron justas y virtuosas, y mientras la experiencia y el conocimiento
de los hombres y de la vida no tuvieron como propiedad alienar las mentes de lo
honesto y lo correcto, la vejez fue venerada sobre las demás edades porque con la
justicia y afines valores, entonces comunes a todas, concurría en ella, como es
natural, que se encuentre mayor cordura y prudencia que en las otras. Con el pasar del
tiempo, por el contrario, corruptas y pervertidas las costumbres, ninguna edad fue
más vil y abominable que la vejez; inclinada con el afecto al mal más que las otras,
por la más larga costumbre, por el mayor conocimiento y práctica de las cosas
humanas, por los efectos de la maldad de los demás, más largamente y en mayor
número soportadas, y por la frialdad que ella tiene por naturaleza; y al mismo tiempo
la impotencia a hacerlo, salvo con calumnias, fraudes, perfidias, astucias,
simulaciones y, en definitiva, con las artes que entre las vilezas son abyectísimas.
Desde que la corruptela de las naciones ha traspasado todo límite y que el desprecio
de la rectitud y de la virtud es anterior en los hombres a la experiencia y el
conocimiento del mundo y de la triste verdad; es más, por así decir, la experiencia y
el conocimiento del desprecio precedieron al saber de la virtud, y el hombre, ya en su
niñez, fue en ella experto, adoctrinado y depravado; la vejez devino, no digo ya
venerable, que de ahí en adelante muy pocas cosas fueron capaces de este título, sino
más tolerable que las demás edades. Desde el momento en que el fervor del ánimo y
el vigor del cuerpo, que en el pasado, aprovechando la imaginación, y la nobleza de
pensamientos, no raramente habían sido en alguna parte motivo de costumbres, de
sentimientos y de obras virtuosas, fueron solamente estímulos y funciones del mal
querer y del mal obrar, y dieron espíritu y viveza a la maldad, la cual en el declinar de
los años fue mitigada por la frialdad del corazón y por la debilidad de los miembros;
cosas por lo demás que conducen más al vicio que a la virtud. Además que por la
mucha experiencia y conocimiento de las cosas humanas, convertidas en algo
completamente despreciable, fastidioso y vil; en lugar de dirigir contra la iniquidad a
los buenos como en el pasado, adquirió la fuerza de disminuir y a veces apagar el
amor a ellas en los tristes. Así que, en cuanto a las costumbres, hablando de la vejez
en comparación con las demás edades, se puede decir que fue en los primeros
tiempos, como es respecto a lo bueno lo mejor; en los tiempos corruptos, como a lo
malo lo pésimo; y en los siguientes y peores, al contrario.
5. CAPÍTULO QUINTO
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Razonaba a menudo sobre la cualidad del amor propio que hoy día se llama
egoísmo, ofreciéndosele, creo yo, frecuentemente ocasión de hablar. Contaré algunos
de sus dichos con tal argumento. Decía que hoy, cuando alguien que ha estado
contigo o todavía está, te alaba o vitupera, sinceramente o no, lo tendrás por bueno si
te elogia, por malo si te censura, sea o no acertado su juicio.
Negaba que alguien en estos tiempos pueda amar sin rival; y preguntado del
porqué, respondía: «porque ciertamente el amado o la amada es rival ardentísimo del
amante».
Pongamos por caso, decía, que tú requieras un favor de cualquier persona, de tal
demanda no te pueda satisfacer sin incurrir en el odio o en la mala voluntad de un
tercero; y este tercero, tú y la persona solicitada, supongamos que por condición y
poder sois los tres iguales, poco más o menos. Seguramente tu demanda no será
satisfecha de ningún modo, añadiendo incluso que por haberte ayudado estás en
deuda con quien te ayudó, y hacerlo más benévolo hacia ti que enemigo del tercero.
Sin embargo, del odio y de la ira de los hombres se teme bastante más que del amor,
y de la gratitud poco se aguarda. Y razonablemente, porque en general se ve que las
dos primeras pasiones obran más a menudo, y en el obrar muestran mucha mayor
eficacia que las contrarias. El motivo es que quien se esfuerza en dañar a quien odia y
quien busca venganza, obra para sí; quien se resuelve a agradar a quien ama y quien
agradece los beneficios recibidos, obra para los amigos y benefactores.
Decía que, universalmente, los obsequios y los favores que se hacen a los demás
con esperanzas e intenciones de utilidad propia, raramente alcanzan ese fin porque los
hombres, hoy sobre todo, que tienen más ciencia y más saber que en el pasado, son
prestos a recibir pero avaros a dar. No obstante, de tales obsequios y favores, los que
son prestados por algunos jóvenes a viejas ricas o poderosas, obtienen su fin, no solo
más veces que los demás, sino que la mayor parte de las veces.
Estas consideraciones recién escritas, que conciernen principalmente a las
costumbres modernas, recuerdo haberlas escuchado de su boca. Hoy no hay cosa
alguna que ultraje a los hombres expertos y experimentados salvo el avergonzarse;
sin embargo, de cosa alguna estos hombres se avergüenzan excepto de esto, si es que
a caso alguna vez en eso incurren.
Asombroso poder es el de la moda. La cual, incuso donde las naciones y los
hombres son tenaces con sus costumbres y obstinadísimos en juzgar, obrar y proceder
según las tradiciones, incluso contra razón y con daño propio; ella, siempre que
quiere, en un momento les hace deponer, variar, asumir usos, modos y juicios, aunque
lo que abandonen sea razonable, útil, bello y conveniente, y lo que abrazan, lo
contrario.
De infinitas cosas que en la vida común, o en los hombres particulares, son
ciertamente ridículas, es rarísimo que se ría; y si alguno lo intenta, no siendo capaz de
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comunicar su risa a los demás, pronto para. Al contrario, de mil cosas gravísimas o
convenientísimas todo el día se ríe, y con gran facilidad se contagia la risa en los
demás. Es más, la mayor parte de las cosas de las que se ríe ordinariamente son, en
efecto, opuestas al ridículo; y de muchísimas se ríe por este motivo mismo, que ellas
no son dignas de risa o en absoluto o en modo alguno.
Decimos y escuchamos en todo momento: «los buenos antiguos», «nuestros
buenos antepasados» y «hombre hecho a la antigua», queriendo decir hombre de bien
y en el que se puede confiar. Cada generación cree, por una parte, que los pasados
fueron mejores que los presentes; por otra parte, que los pueblos mejoren alejándose
cada día más de su primer estado, hacia el cual, si ellos retrocediesen, sin duda alguna
empeorarían.
Ciertamente lo verdadero no es bello. No obstante, incluso lo verdadero puede
muchas veces ofrecer algún placer, y si en las cosas humanas lo bello es de anteponer
a lo verdadero, donde falte lo bello, es preferible esta a cualquier otra cosa. Ahora
bien, en las grandes ciudades se está alejado de lo bello porque lo bello no tiene ya
lugar alguno en la vida de los hombres. Está distante incluso lo verdadero: porque en
las grandes ciudades toda cosa es fingida o vana. De modo que, por así decir, no se
ve, no se oye, no se toca, no se respira más que falsedad, y es torva y desagradable.
Lo que para los espíritus sensibles se puede decir que sea la mayor miseria del
mundo.
Los que no tienen necesidad de abastecerse para satisfacer sus necesidades y
dejan su cuidado a los demás, no pueden por lo común satisfacer, en modo alguno, o
solo y con grandísima dificultad y peor que los demás, una necesidad principalísima
que de todos modos tienen. Es decir, la de ocupar la vida que es bastante mayor que
las demás necesidades particulares a las que, ocupándola se provee, y mayor incluso
que la necesidad de vivir. Es más, el vivir, por sí mismo, no es necesidad porque
separado de la felicidad no es un bien. Supuesta la vida, es suma y primera necesidad
el conducirla con la menor infelicidad que se pueda, ya que la vida desocupada o
vacua es infelicísima y el modo de ocupación con el cual la vida se hace menos
infeliz que con ningún otro es el que consiste en atender a las propias necesidades.
Decía que la costumbre de vender y comprar hombres era cosa útil al género
humano y aducía que la costumbre de inocular la vacuna de la viruela llegó de
Constantinopla, de donde pasó a Inglaterra y de allí al resto de Europa, desde la
Circassia, donde la enfermedad de la viruela natural, perjudicando la vida o las
formas de los niños y los jóvenes, dañaba mucho el mercado que hacen esos pueblos
con sus doncellas.
Contaba de sí mismo que, cuando salió de la escuela e ingresó al mundo se
propuso, como jovenzuelo inexperto y amigo de la verdad que era, no alabar nunca a
persona o cosa con lo que tropezase en el comercio con los hombres, a no ser que
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fuese tal que le pareciese verdaderamente loable. Pero que tras un año manteniendo
tal propósito, no alabó cosa o persona alguna, temiendo olvidarse del todo por falta
de ejercicio de lo aprendido no mucho antes sobre el género encomiástico o
laudatorio en la retórica rompió el propósito, y poco después lo olvidó por completo.
6. CAPÍTULO SEXTO
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universalmente, respecto a los errores naturales del hombre, lo que del niño vencido
con engaños a tomar la medicina dice Tasso: «Y de su engaño vida recibe.»
En las Paradojas de Cicerón[8], siéndole leído un pasaje, que en vulgar se
traduciría como sigue: «¿Quizá la voluptuosidad hace a las personas mejores o más
loables? ¿Hay por casualidad alguno que de gozarlas se honre o pavonee?» Dijo:
«Querido Cicerón, que los modernos devengan por la voluptuosidad o mejores o más
loables no me atrevo a decirlo, pero más loados, seguro. Es más, has de saber que hoy
solo este camino de elogio se proponen y siguen casi todos los jóvenes, es decir, el
que lleva a la voluptuosidad. De las cuales no solo se jactan al obtenerlas, y hacen
infinitas charlas con los amigos y extraños, con quien quiere y con quien no querría
oír; además de esto, muchísimos las ansían y procuran, no solo como voluptuosidad,
sino como motivo de elogio y de fama; y como materia para vanagloriarse;
muchísimos incluso se atribuyen las no obtenidas o no buscadas o fingidas del todo.»
Notaba de la historia que escribió Arriano sobre las empresas de Alejandro
Magno[9], que en la jornada de Isso, Darío colocó los soldados mercenarios griegos al
frente del ejército, y Alejandro los suyos en la retaguardia; y estimaba que de esta
sola circunstancia sin más se habría podido prever el éxito de la batalla.
No reprendía, es más, alababa y amaba que los escritores razonasen mucho de sí
mismos, porque decía que en esto son casi siempre y casi todos elocuentes, y tienen
por lo general un estilo bueno y adecuado, incluso contra lo acostumbrado del
tiempo, o de la nación, o de ellos mismos. Y decía que aquello no era maravilla, pues
los que escriben de las cosas propias tienen el ánimo fuertemente preso y ocupado de
la materia; no carecen nunca ni de pensamientos ni de pasiones nacidas de tal materia
en su mismo ánimo, sin necesidad de tomarlos de otros lugares ni beberlos de otras
fuentes, comunes o habituales; y con facilidad se abstienen de ornamentos frívolos o
inadecuados, de gracias y de bellezas falsas o que tienen más apariencia que sustancia
o de la afectación, y de todo lo que está fuera de lo natural. Y decía que era falsísimo
que los lectores atiendan poco a lo que los escritores dicen de sí mismos: primero,
porque todo lo que verdaderamente es pensado y sentido por el escritor mismo, y
dicho de modo natural y apropiado, genera atención y causa efecto; luego, porque en
ningún modo se representan ni vienen dichas con mayor verdad y eficacia las cosas
de los demás que las propias, considerando que todos los hombres se asemejan, tanto
en las cualidades naturales como en las accidentales, como en lo que depende del
azar, y que las cosas humanas, al considerarlas en uno mismo, se ven mucho mejor y
con mayor sentimiento que en los demás. Confirmando tales pensamientos aducía,
entre otras cosas, la arenga de Demóstenes Sobre la Corona, en la que el orador,
hablando de sí continuamente, se venció a sí mismo en elocuencia; y Cicerón, el cual
las más de las veces donde toca las cosas propias hace otro tanto, lo que se ve en
particular en la Miloniana, toda ella maravillosa, pero el fin maravillosísimo, donde
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el orador se introduce a sí mismo. Como igualmente bellísimo y elocuentísimo en las
oraciones de Bossuet: entre todos los pasajes, aquel que cerrando los elogios al
Príncipe de Condé, el orador hace mención de su propia vejez y cercana muerte. De
los escritos del emperador Juliano, que en todos los demás es un sofista, y a menudo
insoportable, el más juicioso y más loable es el titulado Misopogone, es decir, contra
la barba; donde responde a los motes y a las calumnias de los de Antioquía contra él.
En tal obra, dejando a un lado otras consideraciones, no es inferior a Luciano ni de
gracia cómica ni de abundancia, agudeza y vivacidad de argucias, mientras que en la
obra de los césares, a pesar de imitar a Luciano, está falto de gracia, pobre de agudeza
y además de la pobreza, débil y casi insulso. Entre los italianos, que casi están
privados de escrituras elocuentes, la apología que Lorenzo de Medici escribió para
justificación propia es un ejemplo de gran elocuencia y perfecto en todo; y Torcuato
Tasso, de gran elocuencia en sus escritos, es casi siempre elocuentísimo cuando habla
mucho de sí mismo, y sobre todo en las cartas, donde no razona, por así decir, sino de
sus propios casos.
7. CAPÍTULO SÉPTIMO
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replicó: «Lamentaría mucho que estuvieras preocupado por culpa nuestra. Pido a
Dios que no te haga nunca rico.»
De joven, habiendo compuesto algunos versos y adoptando ciertas palabras
arcaicas, diciéndole una señora entrada en años, a la cual, por petición suya, le
recitaba, que no las entendía porque esas palabras en este tiempo no se usaban,
respondió: «Vaya, pensaba que eran adecuadas; porque son muy antiguas.»
De un avaro riquísimo, al cual le habían hecho un robo de poca cantidad, dijo que
se había portado avaramente incluso con los ladrones.
De un calculador, que de cualquier cosa que oía o veía se ponía a computar, dijo:
«Los otros hacen las cosas y este las cuenta.»
A unos arqueólogos que discutían sobre una figura antigua de Júpiter, hecha de
terracota; preguntado por su parecer, dijo: «¿No veis que este es un Júpiter de Creta?»
De un necio que presumía de saber razonar muy bien y que en sus discursos, a
cada dos palabras, recordaba la lógica, dijo: «Este es propiamente un hombre
definido a la griega, es decir, un animal lógico.»
Cercano a la muerte, compuso él mismo esta inscripción, que después fue
esculpida en su sepultura:
HUESOS Y LA GLORIA
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Diálogo entre Cristóbal Colón
y Pedro Gutiérrez
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agua, seguís que también el occidental deba estar dividido entre esta y aquella?
¿Cómo puedes saber que no esté todo ocupado por un mar único e inmenso? ¿O
que en vez de tierra, o incluso tierra y agua, no contenga también cualquier otro
elemento? Dado que haya tierra y mar, ¿no podría suceder que fuese inhabitado, o
fuese inhabitable? Digamos que no está menos habitado que el nuestro: ¿qué
certeza tienes de que haya criaturas racionales, como en este? Y aun cuando las
haya, ¿cómo te aseguras de que sean hombres y no cualquier otro género de
animales intelectivos? Y, siendo hombres, ¿que no sean diferentísimos de
aquellos que tú conoces? Pongamos por caso, mucho mayores de cuerpo, más
gallardos, más diestros, dotados naturalmente de mucho mayor ingenio y espíritu,
incluso, bastante más civilizados y ricos de mucha más ciencia y arte. Estas cosas
vengo pensando para mí mismo. Y la verdad, la naturaleza debe estar fornida de
tanta potencia, y sus efectos ser tan varios y múltiples que no solo no se puede
tener un juicio cierto de aquello que haya obrado y obre en lugares lejanísimos y
del todo desconocidos al mundo nuestro, sino que incluso podemos dudar de que
uno no se engañe mucho argumentando sobre esto y aquello, y no sería contrario
a la verosimilitud el imaginar que las cosas del mundo desconocido, o todas o
parte, fueran maravillosas y extrañas respecto a nosotros. He aquí que nosotros
observamos con los propios ojos que la aguja en estos mares difiere de la estrella
por un no pequeño espacio sobre poniente, cosa novísima, y hasta ahora inaudita
a todos los navegantes, y de la cual, por mucho que fantasee, no consigo
encontrar una razón que me contente. No digo con todo esto que se deba prestar
oído a las fábulas de los antiguos acerca de las maravillas del mundo desconocido
y de este océano como, por ejemplo, a la fábula narrada por Hannan[1] de los
países que por las noches estaban llenos de llamas y de los torrentes de fuego que
de allí desembocaban al mar: al contrario, vemos cómo hasta ahora cuán vanos
han sido todos los temores de milagros y de novedades espantosas, sostenidos por
nuestra gente en este viaje, como cuando al ver aquella cantidad de algas, que
parecía que hiciesen de la marina casi un prado y nos impedían el seguir adelante,
creían estar sobre los últimos confines del mar navegable. Pero quiero solamente
inferir, respondiendo a tu pregunta, que aun cuando mi conjetura sea fundada en
argumentos probabilísimos, no solo a mi juicio, sino de muchos geógrafos,
astrónomos y excelentes navegantes, con los cuales he discutido, como sabes, en
España, en Italia y en Portugal, sin embargo, podría suceder que errase porque,
vuelvo a decir, vemos que muchas conclusiones deducidas con óptimas
argumentaciones no resisten a la experiencia; y esto sucede más que nunca
cuando ellas pertenecen a cosas en torno a las cuales se tienen poquísimas luces.
GUTIÉRREZ.— De modo que tú, en esencia, has puesto tu vida y aquella de tus
compañeros sobre el fundamento de una simple hipótesis.
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COLÓN.— Así es, no puedo negarlo. Pero, dejando aparte que los hombres cada día
ponen en peligro su vida con fundamentos mucho más débiles y por cosas de
pequeñísima importancia, o incluso sin pensarlo; considéralo un momento. Si en
el presente tú y yo, y todos nuestros compañeros no estuviéramos sobre esta nave,
en medio de este mar, en esta soledad incognoscible, en estado incierto y
arriesgado cuanto se quiera, ¿en qué otras condiciones de vida nos
encontraríamos? ¿En qué estaríamos ocupados? ¿De qué modo pasaríamos estos
días? ¿Quizás más felices? ¿O no estaríamos más bien soportando un mayor
trabajo o diligencias, o bien llenos de aburrimiento? ¿Qué quiere decir un estado
libre de incertidumbre y peligro? Si contento y feliz, este es preferible a cualquier
otro; si tedioso y mísero, no veo que otro estado no sea preferible. No quiero
recordar la gloria y la utilidad que conseguiremos, finalizando la empresa en
modo conforme a lo esperado. Aunque otro fruto no nos venga de esta
navegación, me parece que ella nos sea provechosísima en cuanto que por un
tiempo ella nos tiene libres del tedio, nos hace amada la vida, nos hace
apreciables muchas cosas que de otro modo no tendríamos en consideración.
Escriben los antiguos, como habrás leído o escuchado, que los amantes infelices,
arrojándose desde la roca de Santa Maura (que entonces se llamaba de Léucade)
al mar, y salvándose, quedaban por gracia de Apolo libres de la pasión amorosa.
Yo no sé si se deba creer que obtuvieran este efecto, pero sé bien que, escapados
de aquel peligro, habrían por un poco de tiempo, incluso sin el favor de Apolo,
tenido amor por la vida que antes sentían con odio, o por lo menos más amor o
más aprecio que antes. Cada navegación es, a mi juicio, casi un salto desde la
roca de Léucade, produciendo los mismos beneficios pero más perdurable que
aquel, y por este motivo ella es bastante superior. Se cree comúnmente que los
hombres de mar y de guerra, estando a cada poco en peligro de muerte, tienen
menos estima por la vida propia que los demás de la suya. Yo al mismo respecto
juzgo que pocas personas tienen tanto amor y aprecio por la vida como los
navegantes y soldados. Estos bienes que, teniéndolos, no se cuidan e incluso las
cosas que ni siquiera tienen nombre de bienes, aparecen queridísimos y
preciosísimos a los navegantes, solo por estar privados de ellos. ¿Quién pondría
en el número de los bienes humanos el tener un poco de tierra que le sostenga?
Nadie, excepto los navegantes, y más nosotros, que por la mucha incertidumbre
sobre el éxito de este viaje no tenemos mayor deseo que la visión de un pedazo de
tierra. Este es el primer pensamiento que se nos forma al despertarnos, con esto
nos adormecemos; y, si incluso alguna vez descubrimos desde lejos la cumbre de
un monte o de una selva, o cosa tal, no cabremos en nosotros mismos de
contento; y tomada tierra, solamente el pensar de encontrarnos en tierra firme, de
poder andar aquí y allí, caminando a nuestras anchas, nos parecerá por muchos
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días ser dichosos.
GUTIÉRREZ.— Todo esto es muy cierto, tanto que si aquella especulativa conjetura tuya
resulta tan cierta como es la justificación de haberla seguido, no podremos
privarnos de gozar esta dicha un día u otro.
COLÓN.— Por lo que a mí respecta, si bien no oso asegurármelo; con todo, esperaría
que estuviésemos para gozarla pronto. Desde hace algunos días, la sonda, como
sabes, toca fondo, y la calidad de aquella materia que le viene dentro me parece
buen indicio. Hacia la tarde, las nubes alrededor del Sol se mostraron de otra
forma y de otro color que las de los días precedentes. El aire, como puedes sentir,
se ha hecho un poco más dulce y más templado que antes. El viento no corre más,
como antes, tan lleno ni tan derecho ni constante, sino más bien incierto y
variado, como si fuese interrumpido por algún obstáculo. Añade aquella caña que
flotaba sobre el mar que parecía haber sido cortada hace poco; y aquella rama de
árbol con aquellas bayas rojas y frescas. También las bandadas de pájaros, a pesar
de que me han engañado otras veces, ahora son tantos que pasan, y tan grandes, y
se multiplican de tal modo día tras día que pienso que se pueda tener cualquier
fundamento, más aún cuando se ven entremezclados algunos pájaros que, por la
forma, no me parecen marítimos. En suma, todos estos signos recogidos juntos,
por mucho que yo quiera ser desconfiado, me tienen en expectativa grande y
buena.
GUTIÉRREZ.— Quiera Dios que esta vez ella se verifique.
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Elogio de los pájaros
Amelio, filósofo solitario, estando una mañana de primavera con sus libros,
sentado a la sombra de su casa en el campo, leyendo, turbado por el cantar de los
pájaros en la naturaleza, poco a poco se aplicó a escuchar y pensar, dejando la
lectura; al final empuñó la pluma y en aquel mismo lugar escribió las cosas que
siguen.
Son los pájaros, por su naturaleza, las más alegres criaturas de mundo. No lo digo
porque al verlas o al oírlas siempre alegran, sino porque ellas de por sí sienten más
alegría y felicidad que otros animales. Los demás animales se ven comúnmente serios
y graves, y muchos de ellos parecen incluso melancólicos: raras veces dan signos de
alegría, y estos son pequeños y breves; en la mayor parte de sus goces y placeres no
reflejan ni dan signo alguno de alegría; de las campiñas verdes, de los panoramas
abiertos y bellos, de los soles espléndidos, del aire cristalino y dulce; si disfrutan de
ellos, no dan indicio alguno excepto las liebres, de las que se dice que de noche,
cuando hay luna, y más con luna llena, saltan y juegan juntas, complaciéndose del
claro, según escribe Jenofonte[1]. Los pájaros por lo general se muestran en los
movimientos y en el aspecto jubilosos; y no de otra cosa procede la virtud que tienen
de alegrarnos al verlos, sino de sus formas y actos que, generalmente son tales que
por naturaleza denotan habilidad y especial disposición a sentir goce y dicha, cuya
apariencia no se puede reputar vana y engañosa. Por cada placer y cada contento que
tienen, cantan; y cuanto mayor es el placer o el contento, más vigor y empeño ponen
en el cantar. Y cantando buena parte del tiempo se deduce que ordinariamente están
de buen humor y disfrutan. Y si bien se ha notado que mientras están en celo, cantan
mejor y más a menudo, y más largamente que nunca, no hay que afirmar, sin
embargo, que no canten por otros placeres y otros contentos más allá de los del amor.
Y esto se sabe porque se observa claramente que el día sereno y plácido cantan más
que en el oscuro e inquieto, y en la tempestad callan, como hacen con cualquier temor
que sienten; y pasada aquella, reaparecen cantando y jugando los unos con los otros.
Igualmente se advierte que por la mañana al despertarse acostumbran cantar, a lo que
son movidos en parte por la dicha que tienen por el nuevo día, y en parte por el placer
que tiene generalmente todo animal al sentirse restablecido y renovado por el sueño.
También se alegran sumamente por las plantas verdes lozanas, por los valles fértiles,
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por las aguas puras y relucientes, por los bellos paisajes. En tales cosas se nota que lo
que nos parece ameno y hermoso a nosotros también se lo parece a ellos; como se
puede conocer por los cebos con los que son atraídos a las redes o a los cepos en los
apostaderos y manganetas. Se puede conocer también por la condición de los lugares
en el campo, que normalmente están más frecuentados por los pájaros, y su canto es
asiduo y entusiasta. Mientras los demás animales, excepto quizá los que están
domesticados y acostumbrados a vivir con los hombres, o ninguno o pocos sienten e
interpretan al mismo modo el atractivo y la belleza de los lugares. Y no hay de qué
sorprenderse, pues no se satisfacen sino de lo natural. Aunque, sin embargo, en estas
cosas una grandísima parte de lo que llamamos natural no lo es; al contrario, es más
bien artificial, como por ejemplo, los campos labrados, los árboles y las otras plantas
cultivadas y dispuestas en orden, los ríos encauzados y cosas similares, no tienen el
estado ni la semblanza que tendrán naturalmente. De modo que la vista de cualquier
país habitado por cualquier generación de hombres civilizados, sin ni siquiera
considerar las ciudades ni los demás lugares donde los hombres se resuelven a estar
juntos es cosa artificiosa, y muy diferente de la que sería por naturaleza. Dicen
algunos, y coincidiría con nuestro propósito, que la voz de los pájaros es más gentil y
más dulce, y el canto más modulado en nuestros parajes que aquellos en los que los
hombres son salvajes y bastos; y concluyen que los pájaros, aun siendo libres,
alcanzan un poco de la civilización de los hombres cuyas moradas suelen frecuentar.
Aunque lo que digan estos sea verdad o no, lo cierto es que es notable previsión
de la naturaleza el asignar a un mismo género de animales el canto y el vuelo; de
modo que los que tienen que recrear a los demás vivientes con la voz estén por lo
general en lugar alto desde donde puede expandirse por mayor espacio y llegar a
mayor número de oyentes. De tal modo que el aire, elemento destinado al sonido, esté
poblado de criaturas cantoras y musicales. Verdaderamente mucho consuelo y placer
nos otorga tanto, a mi parecer, a los demás animales como a los hombres, el oír el
canto de los pájaros. Y ello creo que nazca principalmente, no de la dulzura de los
sonidos, por mucha que ella sea ni de su variedad ni de la armonía entre ellos, sino
por el significado de alegría que está contenida por naturaleza, tanto en el canto en
general como en el canto de los pájaros en particular. El cual es, por así decir, una risa
que el pájaro emite cuando siente un apacible bienestar.
Por lo que se podría decir de algún modo que los pájaros participan del privilegio
que tiene el hombre de reír, el cual no tienen los otros animales; y por ello algunos
pensaron que así como el hombre es definido como animal intelectivo o racional,
pudiese no menos apropiadamente definirse como animal risible, pareciéndole a ellos
que el reír no es menos propio y particular del hombre que la razón. Cosa ciertamente
asombrosa esta que el hombre, que entre todas las criaturas es la más atormentada y
mísera, tenga la facultad de reír, ajena en los demás animales. Admirable es incluso el
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uso que nosotros hacemos de esta facultad, pues se ve a muchos que en alguna
sombría desventura, a otros con gran tristeza de ánimo, a otros que casi no conservan
amor alguno a la vida, ciertísimos de la vanidad de todo bien humano, incapaces de
cualquier alegría y privados de toda esperanza, a pesar de todo, ríen. Es más, cuando
conocen mejor la vanidad de los antedichos bienes y la infelicidad de la vida, y
cuanto menos esperan y menos capaces son de disfrutar, tanto mayormente suelen los
singulares hombres inclinarse a la risa. La naturaleza de la cual generalmente, y sus
últimos principios y causas, en cuanto forma parte del ánimo, apenas se podría definir
y explicar si no fuese diciendo que la risa es una especie de locura no perdurable o de
desvarío y delirio. Por tal cosa los hombres, no estando nunca satisfechos ni nunca
complacidos verdaderamente por cosa alguna, no pueden tener causa de risa que sea
razonable y justa. Incluso sería curioso saber, dónde y en qué ocasión más
verosímilmente el hombre se animó por primera vez a usar y conocer esta potencia.
Porque no hay duda de que él, en el estado primitivo y salvaje, se muestra por lo
general más serio, como hacen los demás animales, más melancólico. Por lo que hay
opiniones de que la risa no solo apareció después del llanto, cosa que no se puede
objetar, sino que se necesitó un buen espacio de tiempo para experimentarla y vivirla
por primera vez. En aquellos tiempos ni la madre sonreía al niño ni este la reconocía
por la sonrisa, como dice Virgilio. Que si hoy, al menos donde la gente se conduce en
la vida civilizada, comienzan los hombres a reír poco después de nacer; lo hacen
principalmente por virtud del ejemplo, porque ven a otros que ríen. Y creo que la
primera ocasión y la primera causa de risa haya sido la embriaguez, otro efecto
propio y particular del género humano. Esta tuvo origen mucho tiempo antes de que
los hombres hayan tenido cualquier clase de civilización, pues sabemos que casi no
se encuentra pueblo tan tosco que no se haya previsto de cualquier bebida o de
cualquier otro medio de embriagarse, y no lo suela usar abundantemente. De tales
cosas no hay que asombrarse; considerando que los hombres, como son infelicísimos
entre todos los animales, se complacen más que de cualquier otra cosa de toda
alienación de mente no dolorosa, del olvido de sí mismos, de la suspensión, por así
decir, de la vida; donde la interrupción o la disminución por algún tiempo del sentido
y el conocimiento de los propios males reciben no poca satisfacción. Y en cuanto a la
risa, se observa que los salvajes, aunque de aspecto serio y triste en otros tiempos, en
la embriaguez ríen descocadamente, fabulando mucho y cantando, en contra de su
costumbre. Pero sobre estas cosas trataré más detenidamente en una historia de la risa
que tengo intención de hacer, en la cual, después de buscar su nacimiento, continuaré
narrando sus hechos y casos y fortunas, de allí en adelante hasta el tiempo presente,
en el cual él adquiere una dignidad y estatus que nunca tuvo, ocupando en las
naciones civilizadas un lugar y desempeñando una función con la que suple de algún
modo a las ejercidas en otro tiempo por la virtud, la justicia, el honor y otras
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similares; y en muchas ocasiones conteniendo y alejando a los hombres de las malas
obras. Para concluir con el canto de los pájaros, digo que desde el momento en que la
alegría vista o conocida en otros, de la cual no se tenga envidia, suele consolar y
animar; por ello, muy loablemente, la natura previó que el canto de los pájaros, el
cual es demostración de júbilo y una especie de risa, fuese público, mientras que el
canto y la risa de los hombres, por respeto al resto del mundo, fuese privado, y
sabiamente obró para que la tierra y el cielo fueran poblados de animales que todo
día, con voces de contento resonantes y solemnes, casi aplaudieran a la vida universal
e incitasen a los demás vivientes al gozo, dando continuo testimonio, aunque falso, de
la felicidad de las cosas.
Y que los pájaros sean y se muestren más jubilosos que los demás animales no es
sino una gran razón. Porque ciertamente, como he señalado al principio, tienen una
naturaleza mejor adaptada para gozar y ser felices. Primeramente, no parece que
estén sometidos al tedio. Cambian de lugar cada poco; pasan de un país a otro por
lejanos que estén, y de la ínfima a la superior parte del aire en poco espacio de tiempo
y con facilidad admirable; ven y experimentan en su vida cosas infinitas y
diversísimas: ejercitan continuamente su cuerpo, gozan sobremanera de la vida al aire
libre. Los demás animales, satisfechas sus necesidades, aman estar quietos y ociosos;
ninguno, excepto los peces y algunos insectos voladores, se mueve por deporte. Así,
el hombre salvaje, excepto por satisfacer día tras día sus necesidades, las cuales
requieren pequeña y breve obra, o si la tormenta o alguna fiera u otra razón no le
fuerza, apenas acostumbra a mover un paso: ama principalmente el ocio y la
negligencia; consume, poco menos, días enteros sentado perezosamente en silencio
en su cabañuela informe o al abierto o en las grutas y cavernas de los peñascos y las
rocas. Los pájaros, por el contrario, poquísimo se demoran en un mismo lugar; van y
vienen de continuo sin necesidad alguna; acostumbran a volar por placer y tal vez
vuelan por entretenimiento a más de un centenar de millas del lugar que suelen
frecuentar y el día mismo, al crepúsculo, regresan. Incluso en el breve tiempo que se
detienen en un lugar no los ves nunca estar parados: siempre se vuelven aquí o allí,
siempre deambulan, se repliegan, se despliegan, se agitan, se sacuden; con esa viveza,
agilidad, esa presteza de movimientos indescriptibles. En suma, desde que el pájaro
ha salido del huevo hasta que muere, salvo en los intervalos del sueño, no reposa ni
un momento. Por tales consideraciones parece que puede afirmarse que naturalmente
el estado normal de los animales, comprendido también el hombre, sea el reposo; el
de los pájaros, el movimiento.
A estas cualidades y condiciones exteriores corresponden las intrínsecas, es decir,
las del ánimo; por las cuales igualmente son más aptos para la felicidad que los otros
animales. Tienen el oído agudísimo y una vista penetrante y perfecta, de modo que
nuestro intelecto fatigosamente se puede hacer una imagen adecuada; por tal potencia
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gozan cada día de inmensos y variadísimos espectáculos, además, descubren en un
vistazo tanto espacio de tierra y divisan claramente tantos países con la mirada,
tantos, que apenas se pueden comprender con la mente del hombre; se deduce que
deben tener una grandísima fuerza y vivacidad, y una gran potencia de imaginación.
No de la profunda, férvida y tempestuosa, como tuvieron Dante y Tasso, el cual es
funestísimo don y principio de afán y angustias gravísimas y perpetuas; sino de la
rica, varia, ligera, inestable y candorosa, la cual es fortísima fuente de pensamientos
amenos y agradables, de errores dulces, de varios placeres y consuelos; y la mayor y
que es la más fructífera gracia con la que la naturaleza puede ser generosa con las
ánimas vivas. De modo que los pájaros tienen de esta facultad gran abundancia,
buena y útil para la jovialidad del ánimo, sin por ello participar de lo nocivo y
penoso. Y así como abundan de vida exterior, igualmente son ricos de la interior, pero
de tal modo que tal exuberancia redunda en su beneficio y placer, como en los niños;
no en daño y miseria insigne, como sucede por lo general en los hombres. Pues el
pájaro, en cuanto a la perspicacia y a la movilidad corporal, tiene con el niño una
manifiesta similitud; así en la cualidad del ánimo, razonablemente se puede pensar
que se le asemeje. Si los bienes de la infancia fueran comunes a las otras edades y los
males no mayores en estas que en aquella, quizá el hombre tendría motivos para
soportar la vida pacientemente.
Según mi parecer, la naturaleza de los pájaros, si nosotros la consideramos bajo
ciertos aspectos, supera en perfección a la de los demás animales. A modo de
ejemplo, si consideramos que el pájaro vence por mucho al resto de los animales en
los sentidos de la vista y el oído, que según el orden natural al que pertenece el
género de las criaturas animadas, son los sentidos principales, de esto se deriva que la
naturaleza del pájaro es más perfecta que el resto de naturalezas de dicho género. Es
más, siendo los otros animales, como está arriba escrito, inclinados naturalmente al
reposo y los pájaros al movimiento; y el movimiento siendo cosa más viva que el
reposo, mejor dicho, consistiendo la vida en el movimiento, y los pájaros prodigando
movimiento más que cualquier otro animal; y además de esto, la vista y el oído, que
superan a los demás animales, y que predominan entre sus potencias, siendo los dos
sentidos más particulares de los vivientes, por ser los más vivos y móviles, tanto por
sí mismos como por las repercusiones que producen; y, finalmente, además de las
cosas antedichas, se concluye que el pájaro posee mayor acopio de vida exterior e
interior de la que tienen los demás animales. Ahora bien, si la vida es cosa más
perfecta que su contrario, al menos en las criaturas vivientes; y si por ello la mayor
abundancia de vida es mayor perfección, también por ello se deriva que la naturaleza
de los pájaros es más perfecta. A tal propósito no ha de quedar en silencio que los
pájaros están igualmente adaptados a soportar los extremos del frío y del calor;
incluso sin intervalo de tiempo entre uno y otro, pues muchas veces vemos que desde
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la Tierra, en poco más de un instante, se elevan en el aire hasta lugares altísimos, que
es como decir a sitios desmesuradamente fríos; y muchos de ellos, en breve tiempo,
atraviesan volando diferentes climas.
En fin, así como Anacreonte deseaba poder transformarse en espejo para ser
mirado continuamente por quien amaba, o en falda para cubrirla, o en ungüento para
ungirla, o en agua para lavarla, o en estola que ella ciñese al pecho, o en perla que
portase al cuello, o en zapato, que al menos ella apretase con el pie, igualmente yo
querría, por breve tiempo, convertirme en pájaro para sentir el contento y la alegría
de su existencia.
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Cántico del gallo silvestre
Afirman algunos sabios y escritores hebreos que entre el cielo y la Tierra, mejor
dicho, en medio de uno y otra, vive cierto gallo salvaje que tiene sus pies en la tierra
y toca con la cresta y el pico el cielo[1]. Este gallo gigante, además de otras
particularidades que sobre él se pueden leer en los autores citados, tiene uso de razón;
o quizá, como un papagayo, ha sido amaestrado no sé por quién para proferir palabras
a modo de los hombres: porque se ha encontrado en un pergamino antiguo, escrito en
caracteres judíos y lengua entre caldea, targúmica, rabínica, cabalística y talmúdica,
un cántico titulado, Scir detarnegòl bara letzafra, es decir, Cántico matutino del gallo
silvestre, el cual, con gran esfuerzo y preguntando a más de un rabino, cabalista,
teólogo, jurisconsulto y filósofo hebreo, he sido capaz de entender y de traducir como
se muestra a continuación. No he podido todavía descubrir si este cántico es repetido
por el gallo de tiempo en tiempo, o todas las mañanas; o ha sido cantado una sola
vez; o si se oye cantar o alguien lo ha oído; o si dicha lengua es propiamente la
lengua del gallo o ha sido traducida de alguna otra. En cuanto a lo infrascrito, para
hacerlo lo más fiel posible (en lo que me he esforzado todo lo que he podido), he
preferido usar la prosa más bien que el verso, si bien es prosa poética. El estilo
discontinuo, y quizá alguna vez ampuloso, no me debe ser imputado, siendo
conforme al del texto original y que responde en esto al uso de la lengua, máxime de
los poetas de Oriente.
¡Arriba, mortales, despertad! El día renace, torna la verdad sobre la Tierra y
parten las vanas imágenes. Resurgid, retomad la gravedad de la vida, regresad del
mundo falso al verdadero.
Cada uno en este tiempo recoge y recorre con la mente todos los pensamientos de
su vida presente; reclama a la memoria los proyectos, los estudios y ocupaciones;
requiere los placeres y afanes que le sucederán durante el día nuevo. Y cada cual en
este momento está más deseoso que nunca de encontrar en la propia mente
expectativas gozosas y pensamientos dulces. Pero pocos son satisfechos de este
deseo: para todos el despertar es dañino. El mísero no está siquiera alzado, que
retorna en manos de su infelicidad. Placibilísima cosa es el sueño, que a conciliarlo
concurren o alegría o esperanza. Una y otra hasta la vigilia del día siguiente se
conservan enteras y salvas, pero en esta falta o declina.
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Si el sueño de los mortales fuese perpetuo y una misma cosa con la vida; si bajo
el astro diurno, languideciendo por la Tierra en profundísima calma todos los
vivientes, no apareciese obra alguna, ni el mugido de los bueyes por los prados ni el
estrépito de las fieras por la foresta ni cantos de los pájaros en el aire ni susurro de
abejas o mariposas recorriese por la campiña; ni voz ni movimiento alguno, sino de
las aguas, del viento o la tempestad, surgiese en parte alguna, cierto, el universo sería
inútil pero, ¿se encontraría cantidad menor de felicidad o mayor de miseria, de la que
hoy se encuentra? Yo te consulto a ti, ¡oh, Sol!, autor del día y gobernador de la
vigilia: en el espacio de los siglos por ti distinguidos y consumados hasta hoy
surgiendo y tramontando, ¿viste alguna vez a uno solo de los vivientes ser feliz? De
las obras innumerables de los mortales por ti vistas hasta ahora, ¿piensas tú que
siquiera una alcanzase su propósito, que fue la satisfacción o durable o transitoria de
la criatura que la produjo? Es más, ¿ves en el presente o viste alguna vez la felicidad
dentro de los confines del mundo? ¿En qué campo reside, en qué bosque, en qué
montaña, en qué valle, en qué país habitado o desierto, en qué planeta de tantos que
tus llamas iluminan y calientan? ¿Quizá se oculta a tu presencia y reside en el fondo
de las cavernas o en la profundidad de la tierra o del mar? ¿Qué cosa animada es
partícipe de ella, qué planta o qué cosa a la que das vida, qué criatura provista o
privada de virtudes vegetativas o animales? Y tú mismo, tú que casi un gigante
incansable, velozmente, día y noche, sin sueño ni descanso, recorres el desmesurado
camino que te ha sido prescrito, ¿eres tú feliz o infeliz?[2]
Mortales, despertad. No estáis todavía libres de la vida. Vendrá un tiempo en que
ninguna fuerza externa, ningún intrínseco movimiento os sacudirá de la calma del
sueño, sino que en ella siempre e insaciablemente reposaréis. Por ahora no se os ha
concedido la muerte: solo de cuando en cuando se os concede por breve espacio de
tiempo una semejanza de aquella. Pues la vida no podría conservarse si no fuese
interrumpida frecuentemente. Una falta demasiado larga de este sueño breve y caduco
es mal de por sí mortífero, y motivo de sueño eterno. Tal cosa es la vida, que para
soportarla es necesario de tiempo en tiempo deponerla, retomar un poco de aliento y
reanimarse experimentando casi una parte de muerte.
Parece que la esencia de las cosas tenga por propio y único objeto el morir. No
pudiendo morir lo que no era, por ello de la nada brotan las cosas que son. Cierto que
la causa final del ser no es la felicidad por el hecho de que ninguna cosa es feliz.
Cierto es que las criaturas animadas se proponen este fin en cada obra suya pero de
ninguna lo obtienen, y a pesar de que toda su vida se las ingenian, se esmeran y penan
siempre por ella, no logran verdaderamente otra cosa y sus fatigas no se encauzan, al
final, más que a alcanzar el designio de la naturaleza, que no es otro que la muerte.
De todos modos, el primer tiempo del día suele ser para los vivientes el más
soportable. Pocos al momento de despertarse reencuentran en su mente pensamientos
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agradables y felices pero casi todos los producen y forman al momento, pues los
ánimos en esa hora, aunque sin materia alguna especial y determinada, se inclinan
sobre todo a la alegría o están dispuestos más que en los otros tiempos a soportar los
males. Donde si alguno, cuando fue ganado por el sueño, se encontraba ocupado por
la desesperación, despertándose, acepta nuevamente en el ánimo la esperanza, aunque
ella en ningún modo le convenga. Muchos infortunios y aflicciones, muchas causas
de temor y afán parecen en ese tiempo bastante menores de lo que parecían la tarde
anterior. Incluso a menudo la angustia del día pasado es desdeñada y tomada a broma,
como efecto de errores y de vanas imaginaciones. La tarde es comparable a la vejez;
por el contrario, el principio de la mañana se asemeja a la juventud: esta por ser más
reconfortante e ingenua; la tarde por triste, desalentadora e inclinada a esperar el mal.
Pero como la juventud de la vida entera, así como la que los mortales experimentan
cada día, es brevísima y huidiza, rápidamente el día también se torna para ellos edad
anciana.
La flor de los años, si bien es lo mejor de la vida, es cosa en el fondo mísera. No
obstante, este pobre bien se desvanece en tan poco tiempo que cuando el viviente
tiene más signos de la decadencia del propio ser, apenas ha experimentado la
perfección ni ha podido sentir y conocer plenamente sus propias fuerzas, que ya
menguan. En cualquier género de criaturas mortales, la mayor parte de la vida es
marchitarse. La naturaleza inclina y dirige cada obra suya a la muerte: pues no por
otro motivo la vejez prevalece tan manifiesta, y de tan largamente, en la vida y en el
mundo. Cada parte del universo se apresura infatigablemente a la muerte, con
solicitud y celeridad admirables. Solo el universo mismo parece inmune a la
decadencia y a la languidez: ya que si en otoño e invierno se muestra casi enfermo y
viejo, rejuvenece siempre en la estación nueva. Pero así como los mortales, si bien
desde el primer momento de cada día retoman alguna parte de juventud, envejecen,
sin embargo, todos los días y finalmente se extinguen; así el universo, si bien en el
principio de los años rejuvenece, no obstante continuamente se marchita. Tiempo
vendrá en que este universo y la naturaleza misma se apaguen. Y del mismo modo
que de grandísimos reinos, de imperios humanos, y de asombrosos descubrimientos,
que fueron famosísimos en otras épocas no resta hoy signo ni fama alguna,
igualmente del mundo entero, y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas
creadas, no permanecerá siquiera un vestigio, solo un desnudo silencio y una calma
altísima llenarán el inmenso espacio. Así este arcano admirable y espantoso de la
existencia universal, antes de ser esclarecido ni entendido, se desvanecerá y se
perderá[3].
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Fragmento apócrifo de Estratón de Lampsaco
Este fragmento, que yo por pasatiempo he traducido del griego, está tomado de un
manuscrito que se encontraba hace algunos años, y quizá todavía se encuentre, en la
biblioteca de los monjes del monte Athos. Lo titulo «Fragmento apócrifo» porque,
como todos podrán observar, las cosas que se leen en el capítulo del fin del mundo no
han podido ser sino escritos hace poco; mientras que Estratón de Lampsaco, filósofo
peripatético, llamado el Físico, vivió cerca de trescientos años antes de la era
cristiana. Si bien es cierto que el capítulo del origen del mundo concuerda con lo
poco que nos ha llegado de las opiniones del filósofo a través de los escritores
antiguos. Y se podría afirmar que el primer capítulo, e incluso el principio del otro,
sean verdaderamente de Estratón, aunque el resto haya sido añadido por cualquier
docto griego no antes del siglo pasado. Juzguen los eruditos lectores.
Las cosas materiales, así como todas perecen y tienen un fin, también todas
tuvieron un comienzo. Pero la materia misma ningún comienzo tuvo, es decir, que
ella es por su propia fuerza ab aeterno. Podemos advertir que las cosas materiales
crecen y disminuyen y al fin se disuelven, por lo que se concluye que ellas no son
desde siempre, sino que son generadas y producidas; por el contrario, de aquello que
ni crece ni disminuye y que nunca perece deberá creerse que no ha tenido origen ni
proviene de cosa alguna. Y ciertamente en ningún modo se podría probar que de las
dos argumentaciones, si una fuera falsa, la otra sería verdadera. Mas si estamos
seguros de que una es verdadera, lo mismo tenemos que conceder a la otra.
Observamos que la materia no se incrementa nunca ni una mínima cantidad ni
ninguna mínima cantidad se pierde, de modo que tal materia no está sujeta a perecer.
Por tanto, los diversos modos de ser de la materia son caducos y pasajeros, pero
ningún signo de caducidad ni de mortalidad se descubre en la materia universalmente,
ni ningún signo de que haya tenido comienzo ni que para ser le hiciese falta o
necesite causa alguna o fuerza fuera de sí. El mundo, es decir, el ser de la materia, es
cosa comenzada y caduca. Ahora hablaremos del origen del mundo.
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La materia en general, así como las plantas y las criaturas animadas en particular,
tiene en sí por naturaleza una o más fuerzas propias que la agitan y mueven en
diversísimos modos continuamente. Tales fuerzas podemos conjeturarlas e incluso
denominar por sus efectos, pero no conocer en sí ni descubrir su naturaleza. Ni
tampoco podemos saber si los efectos que nosotros referimos a una misma fuerza
procedan verdaderamente de una o de más o si, por el contrario, esas fuerzas que
nosotros denominamos con diferentes nombres son verdaderamente diferentes
fuerzas o una sola. Dado que continuamente el hombre con diversos vocablos denota
una sola pasión o fuerza, a modo de ejemplo, la ambición, el amor al placer y
similares, de cada una de estas fuentes derivan efectos a veces simplemente
diferentes, a veces también contrarios a los de las demás y son, de hecho, una misma
pasión, es decir, el amor a sí mismo, el cual obra en distintos casos diversamente.
Esta fuerza, por lo tanto, o se debe decir esta fuerza de la materia, moviéndose como
hemos dicho y agitándose continuamente, forma de la materia innumerables criaturas,
es decir, las modifica de variadísimos modos. Tales criaturas, comprendiéndolas todas
juntas, y considerándolas distribuidas en ciertos géneros y ciertas especies, y unidas
entre sí en cierto orden y en ciertas relaciones que provienen de su naturaleza, se
llaman mundo. Pero puesto que dicha fuerza no cesa jamás de actuar y modificar la
materia, las criaturas que ella continuamente forma también las destruye, formando
de la materia nuevas criaturas; aunque se destruyen las criaturas individuales, los
géneros y las especies de las mismas se mantienen, o todas o la mayor parte, y que los
órdenes y las relaciones naturales de las cosas no se cambian o en todo o en la mayor
parte, por lo que se dice que tal mundo dura todavía. Pero infinitos mundos en el
espacio infinito de la eternidad, habiendo durando más o menos tiempo, finalmente
han desaparecido, perdiéndose por los continuos cambios de la materia ocasionados
por la antedicha fuerza, los géneros o las especies de los que ese mundo se componía,
carentes de las relaciones y órdenes que los gobernaban. Mas no por ello la materia
ha disminuido en cualquier partícula, solo han desaparecido tales modos de ser,
sucediendo inmanentemente a cada uno de ellos otro modo, es decir, otro mundo,
sucesivamente.
Este mundo presente del que los hombres forman parte, es decir, una de las
especies del cual está compuesto, cuánto tiempo ha durado hasta aquí no se puede
decir fácilmente, como tampoco se puede saber cuánto tiempo durará de hoy en
adelante. Los órdenes que lo rigen parecen inmutables y como tales son creídos,
porque ellos no cambian sino poco a poco y tras una duración incomprensible de
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tiempo, de modo que las mutaciones casi no caen bajo el conocimiento, y mucho
menos de los sentidos del hombre. Tal extensión de tiempo, sea la que sea, es, no
obstante, mínima con respecto a la duración eterna de la materia. Se ve en este mundo
presente un continuo perecer de los individuos y un continuo transformarse unas
cosas en otras; pero puesto que la destrucción es compensada continuamente por la
producción y los géneros se conservan, se estima que ese mundo no tenga ni tenga
por qué tener en sí causa alguna por la cual deba ni pueda perecer, ni tenga que
demostrar signo alguno de caducidad. No obstante, se puede conocer lo contrario, y
esto por más de un indicio, entre ellos, este.
Sabemos que la Tierra, por motivo de su continuo girar alrededor del propio eje,
huyendo del centro las partes alrededor del Ecuador, y empujándose hacia el centro
las de alrededor de los polos, ha cambiado y cambia continuamente de figura,
deviniendo en torno al Ecuador cada día más colmada, y por lo contrario en torno a
los polos siempre deprimiéndose más. Por lo tanto, de este hecho debe suceder que
tras cierto tiempo, la cantidad del cual, por cuanto sea mensurable en sí, no puede ser
conocida por los hombres, la Tierra se aplane por un lado y otro del Ecuador de modo
que, perdida completamente la figura globosa, se transforme en una delgada mesa
redonda. Esta rueda, girando continuamente en torno a su centro, atenuándose y
dilatándose cada día más, en algún momento, al huir del centro todas sus partes,
quedará horadada por el medio. Y tal agujero, ampliándose día tras día, reducirá la
Tierra a la figura de un anillo y al final se deshará en pedazos, los cuales alejados de
la presente órbita de la Tierra, y perdido el movimiento circular, se precipitará al Sol
o quizá a cualquier otro planeta.
Podría aventurarse para confirmar este razonamiento un ejemplo: el del anillo de
Saturno, sobre la naturaleza del cual no concuerdan los físicos. Y aunque nueva e
inaudita, no sería por ello inverosímil conjetura el presumir que dicho anillo fuese al
comienzo uno de los planetas menores destinados al sistema de Saturno; hasta
aplanado y después horadado en el centro por motivos conformes a los que hemos
dicho sobre la Tierra, pero bastante más pronto, por ser de materia quizá menos densa
y más blanda, cayese de su órbita en el planeta de Saturno, en el cual, por virtud
atrayente de su masa y de su centro, haya sido retenido, tal como lo vemos estar
verdaderamente, alrededor de tal centro. Y se podría creer que este anillo, que
continúa todavía girando alrededor, como hace en torno a su centro, que es
igualmente el del globo de Saturno, disminuya y se dilate continuamente, y siempre
crezca el intervalo que hay entre este y el globo antedicho, aun cuando esto ocurra
más lentamente de lo que se requeriría para que tales mutaciones hubieran podido
notarse y conocerse por los hombres, máxime tan distantes. Estas cosas, o seriamente
o por broma, son dichas sobre el anillo de Saturno.
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Ahora bien, este cambio que nosotros sabemos que ha acaecido y acaece cada día
en la figura de la Tierra, no hay razón alguna de que por los mismos motivos no
intervenga igualmente en cada planeta, aunque en los demás no sea tan manifiesto a
la vista como en Júpiter. Ni que solo intervenga en los que, a semejanza de la Tierra,
giran alrededor del Sol, y que por eso, lo mismo, sin duda alguna, interviene incluso
en aquellos planetas que, la razón presume, orbitan alrededor de cada estrella. Por lo
tanto, igual que se ha conjeturado para la Tierra, todos los planetas al cabo de cierto
tiempo, reducidos por sí mismos a pedazos, tenderán a precipitarse, algunos en el Sol,
otros en sus estrellas. En cuyas llamas manifiesto es que no solo pocos o muchos
individuos, sino que universalmente esos géneros y esas especies que ahora se
comprenden en la Tierra y en los planetas serán destruidos desde, por así decir, la
raíz. Y esto por ventura, o alguna cosa a esta semejante, tuvieron en la mente los
filósofos, tanto griegos como bárbaros, los cuales afirmaron que al final este mundo
perecerá por el fuego. Pero como nosotros observamos que también el Sol gira
entorno al propio eje, y que lo mismo se debe creer de las estrellas, se sigue que uno
y otras al pasar el tiempo deban no menos que los planetas desvanecerse y sus llamas
dispersarse por el espacio. Entonces el movimiento circular de las esferas mundanas,
el cual es principalísima parte de las presentes leyes naturales y que es principio y
fuente de la conservación de este universo, será causa también de la destrucción de tal
universo y de dichos órdenes.
Disipados los planetas, la Tierra, el Sol y las estrellas, pero no su materia, se
formarán de esta nuevas criaturas, distintas en nuevos géneros y nuevas especies, y
nacerán por las fuerzas eternas de la materia nuevos órdenes de las cosas y un nuevo
mundo. Pero las cualidades de este y de aquellos, como también de los innumerables
que ya han sido y de los infinitos que serán, no podemos nosotros ni siquiera
conjeturarlas.
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Diálogo de Timandro y Eleandro
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TIMANDRO.— Vos estáis obligados como todos los demás hombres a procurar ser útil a
vuestra especie.
ELEANDRO.— Si mi especie procura hacerme lo contrario, no entiendo cómo tengo esta
obligación que vos decís. Pero supongamos que la tenga. ¿Qué debo hacer, si no
puedo?
TIMANDRO.— No podéis, y otros pocos pueden, con los hechos. Pero con los escritos
bien podéis servir, y debéis. Y no se ayuda con los libros que muerden
continuamente al hombre en general; al contrario, se daña muchísimo.
ELEANDRO.— Acepto que no se apoye y estimo que no se dañe. ¿Pero creéis vos que
los libros puedan ser útiles a la especie humana?
TIMANDRO.— No solo yo, sino que todo el mundo lo cree. ELEANDRO.— ¿Qué libros?
TIMANDRO.— De muchos géneros, pero especialmente de moral.
ELEANDRO.— Esto no es creído por todo el mundo porque yo, entre otros, no lo creo,
como respondió una mujer a Sócrates. Si algún libro pudiese ser útil, pienso que
serían sobre todo los poéticos: digo poéticos tomando este vocablo en sentido
lato, es decir, libros destinados a estimular la imaginación; y comprendo no
menos de prosa que de versos. Ahora bien, yo tengo en poca estima la poesía que,
leída y meditada, no deja en el ánimo del lector un sentimiento noble tal que por
media hora le impida considerar un pensamiento vil y hacer una acción indigna.
Pero si el lector carece de confianza en su principal amigo una hora después de la
lectura, yo no desprecio por ello esa poesía, pues entonces me convendría
despreciar las más bellas, más cálidas y más nobles poesías del mundo. Además,
excluyo de este discurso a los lectores que viven en grandes ciudades, los cuales,
aun en el caso de que lean atentamente, no pueden ser ayudados ni por media
hora ni muy complacidos ni conmovidos por clase alguna de poesía.
TIMANDRO.— Vos habláis, como vuestra costumbre, malignamente, y de modo que dais
a entender que por lo general sois muy mal acogido y tratado por los demás, pues
esta es la mayor parte de las veces la causa del mal ánimo y del desprecio que
algunos hacen profesión de tener a la propia especie.
ELEANDRO.— Verdaderamente yo no digo que los hombres me hayan dado o me den
muy buen trato, sobre todo porque, diciendo esto, sería ejemplo único. Pero
tampoco me han causado un gran daño pues, no deseando nada ni compitiendo
con ellos, no me he expuesto a sus ofensas sino poquísimo. Aunque os digo y os
aseguro que conozco y sé clarísimamente no ser capaz de hacer una mínima parte
de lo que se requiere para rendirse grato a las personas; y de ser, cuanto se pueda
decir, inepto para conversar con los demás, es más, para la misma vida, por culpa
o de mi naturaleza o mía propia; por eso si los hombres me tratasen mejor de lo
que lo hacen, yo les estimaría menos de lo que les estimo.
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TIMANDRO.— Entonces todavía sois más condenable, porque el odio y la voluntad de,
por así decir, vengarse de los hombres, habiendo sido ofendido injustamente,
tendría excusa. Pero vuestro odio, según lo que decís, no tiene causa particular
alguna; sino quizá una ambición insólita y mísera de adquirir fama por la
misantropía, como Timón: deseo abominable en sí, ajeno por lo demás a este
siglo, dedicado sobre todo a la filantropía.
ELEANDRO.— De la ambición no es el caso de que yo os responda, porque ya he dicho
que no deseo nada de los hombres, y si esto no os parece creíble, aunque sea
cierto, al menos debéis creer que la ambición no me mueve a escribir cosas que
hoy, como vos mismo afirmáis, producen vergüenza y no alabanzas a quien las
escribe. Del odio luego hacia toda la especie estoy tan lejano que no solamente no
quiero, sino que no puedo ni siquiera odiar a quien me ofende personalmente; es
más, soy del todo incapaz e impenetrable al odio. Cosa que no es pequeña parte
de mis tantas ineptitudes para el comercio con el mundo. Mas no puedo
enmendarme: pienso que, comúnmente, cualquiera se persuade, que perjudicando
o dañando a quien sea, se beneficia o se place a sí mismo; se induce a ofender; no
por hacer mal a los demás (que esto no es propiamente el fin de ningún acto o
pensamiento posible), sino para hacer bien a sí; tal deseo es natural y no merece
odio. Además de a todo vicio o culpa que veo en los demás, antes de indignarme,
quiero examinarme a mí mismo, presuponiendo en mí los casos antecedentes y las
causas convenientes a tal propósito; y encontrándome siempre deshonrado o
capaz de los mismos defectos, no tengo ánimo para irritarme. Reservo siempre el
enojo para cuando vea una maldad que no pueda tener lugar en mi naturaleza:
pero hasta ahora no la he visto. Por lo demás, el concepto de la vanidad de las
cosas humanas me llena continuamente la mente de modo que no me decido a
meterme en ninguna de sus batallas; y la ira y el odio me parecen pasiones mucho
mayores y más fuertes de lo que es conveniente a la tenuidad de la vida. Del
ánimo de Timón al mío, observad qué diferencia hay. Timón, odiando y huyendo
de los demás, amaba y acariciaba solo a Alcibíades, como causa de muchos
futuros males a su común patria. Yo, sin odiarlo, lo habría rehuido más que a los
demás, y advertiría a los ciudadanos del peligro, y los exhortaría a prevenirlo.
Algunos dicen que Timón no odiaba a los hombres, sino a las fieras con
semblanza humana. Yo no odio ni a los hombres ni a las fieras.
TIMANDRO.— Pero tampoco amáis a ninguno.
ELEANDRO.— Escuchad, amigo mío. He nacido para amar, he amado, y quizá con tanto
afecto cuanto jamás pudo alma viva. Hoy, si bien no estoy todavía, como veis, en
edad naturalmente fría ni quizá siquiera templada, no me avergüenza decir que no
amo a nadie salvo a mí mismo, por necesidad natural y lo menos que me es
posible. Con todo, estoy dispuesto y preparado a escoger padecer yo que ser
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motivo de padecimiento para los demás. Y de esto, por poca noticia que tengáis
de mis costumbres, creo que podéis ser testigo.
TIMANDRO.— No os lo niego.
ELEANDRO.— De modo que yo no ceso de procurar a los hombres por mi parte,
posponiendo incluso mi propio interés, el mayor, es más, el único bien al que me
he restringido a desear por mí mismo, es decir, el no padecer.
TIMANDRO.— ¿Mas confesáis vos explícitamente no amar ni siquiera nuestra común
especie?
ELEANDRO.— Sí, explícitamente. Pero como si a mí correspondiese, haría castigar a los
culpables, si bien no les odio; así, si pudiese, haría cualquier beneficio a mi
especie, aunque no la ame.
TIMANDRO.— Bien, así sea. Pero en fin, si no os mueven injurias recibidas ni odio ni
ambición, ¿qué os empuja a emplear este modo de escribir?
ELEANDRO.— Diversas cosas. En primer lugar, la intolerancia a toda simulación e
hipocresía, a las cuales me pliego tal vez en el hablar, pero nunca en los escritos,
pues a menudo estoy obligado a hablar, pero nunca soy forzado a escribir; y si
tuviese que decir lo que no pienso, no me produciría un gran placer destilar mi
cerebro sobre el papel. Todos los sabios se ríen de quien escribe latín en el
presente, que nadie habla esa lengua, y pocos la entienden. Yo no entiendo cómo
no es igualmente ridícula esta continua presuposición que se hace escribiendo y
hablando de ciertas cualidades humanas que todos saben que ya no se encuentran
en hombre nacido, y ciertos entes racionales o fantásticos, adorados tiempo atrás,
pero hoy tomados enteramente por nada por quien los nombra y por quien los oye
nominar. Que se usen máscaras y disfraces para engañar a los demás o para no ser
reconocidos no me parece extraño, pero que todos vayan enmascarados con la
misma máscara y disfrazados del mismo modo, sin engañar el uno al otro, y
conociéndose óptimamente entre ellos, me parece una niñería. Arránquense las
máscaras, permanezcan con sus ropas: no harán menor efecto que antes y estarán
más cómodos. Pues finalmente, este fingir siempre, si bien inútil, y este
representar una persona diversa de la propia, no se puede hacer sin apuro y gran
incordio. Si los hombres del estado primitivo, solitario y salvaje, hubieran pasado
a la civilización moderna de golpe y no por grados, ¿creemos que se encontrarían
en las lenguas los nombres de las cosas dichas anteriormente, así como en las
naciones la costumbre de repetirlas cada poco, y de hacer mil razonamientos
sobre ellas? En verdad este uso me parece como una de esas ceremonias o
prácticas antiguas, extrañísimas a los hábitos presentes, las cuales con todo se
mantienen, por virtud de la costumbre. Pero yo que no me puedo adaptar a las
ceremonias, no me adapto tampoco a ese uso: y escribo en lengua moderna, y no
la de los tiempos troyanos. En segundo lugar, no busco yo tanto morder en mis
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escritos a nuestra especie cuanto dolerme de su destino. Ninguna cosa creo sea
más manifiesta y palpable que la infelicidad necesaria de todos los vivientes. Si
esta infelicidad no es verdadera, todo es falso, y dejamos este y cualquier otro
discurso. Si es verdadera, ¿por qué no ha de ser lícito el quejarme abierta y
libremente, y decir, yo padezco? Pero si me lamentase llorando (y esta es la
tercera causa que me mueve), aburriría no poco a los demás y a mí mismo sin
fruto alguno. Riendo de nuestros males encuentro algún consuelo; y procuro
causarlo en otros del mismo modo. Si esto no sucede, tengo por seguro que el reír
de nuestros males es el único provecho que se pueda obtener, y el único remedio
que tenemos. Dicen los poetas que la desesperación tiene siempre en la boca una
sonrisa. No debéis pensar que yo no compadezca la infelicidad humana. Pero no
pudiéndose remediar con ninguna fuerza, ningún arte, ninguna industria, ningún
pacto; estimo bastante más digno del hombre, y de una desesperación
magnánima, el reír de los males comunes que el ponerme a suspirar, lagrimar y
chillar junto a los demás, o incitarles a hacerlo. Por último, me queda decir que yo
deseo tanto como vos, y tanto como cualquier otro, el bien de mi especie en
general, pero no lo espero de ningún modo; no sé complacerme ni deleitarme con
ciertas buenas expectativas, como veo hacer a muchos filósofos en este siglo y mi
desesperación, por ser entera, y continua, y fundada en un juicio seguro y en una
certeza, no me deja lugar a sueños e imaginaciones agradables sobre el futuro, ni
ánimo de emprender cosa alguna y ponerla en práctica. Y bien sabéis que el
hombre no se dispone a intentar lo que sabe que no conseguirá, y cuando se
dispone, obre de mala gana y con poca fuerza; y que escribiendo de modo diverso
o contrario a la opinión propia, aunque esta fuese falsa, no se hace nunca cosa
digna de consideración.
TIMANDRO.— Pero es bien necesario reformar el juicio propio cuando es diverso de la
verdad, como el vuestro.
ELEANDRO.— Yo juzgo que soy infeliz, y en esto sé que no me engaño. Si los demás no
lo son, me congratulo con ellos con toda el alma. También estoy seguro de no
librarme de la infelicidad, antes de que muera. Si los otros tienen esperanzas
diferentes para sí, me alegro igualmente.
TIMANDRO.— Todos somos infelices y todos lo han sido, y creo no queráis
vanagloriaros de que esta sentencia vuestra sea novedosa. Pero la condición
humana se puede mejorar mucho de lo que ella es, como ya ha sido mejorada
indescriptiblemente de lo que fue. Vos demostráis no recordar, o no querer
recordar, que el hombre es perfectible.
ELEANDRO.— Perfectible lo creeré fiándome de vos; pero perfecto, que es lo que
mayormente importa, no sé cuándo lo creeré ni fiándome de quién.
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TIMANDRO.— No ha llegado todavía a la perfección, porque le ha faltado tiempo; pero
no se puede dudar que esté por alcanzarla.
ELEANDRO.— No lo dudo. Estos pocos años que han transcurrido desde el principio del
mundo al presente no podían ser suficientes; y no se debe hacer juicio de la
índole, del destino y de las facultades del hombre, además, que ha habido otros
asuntos. Pero ahora no se atiende a otra cosa que a perfeccionar nuestra especie.
TIMANDRO.— Cierto que a esto se atiende con sumo estudio en todo el mundo civil. Y
considerando la abundancia y la eficacia de medios, una y otra aumentadas
increíblemente desde hace poco, se puede creer que el resultado se deba conseguir
en más o menos tiempo: y esta esperanza es de no pequeña alegría por motivo de
las empresas y operaciones útiles que ella promueve o alumbra. Por eso si fue
alguna vez dañino y reprensible, en el presente es dañosísimo y abominable el
ostentar esta vuestra desesperación, e inculcar a los hombres la necesidad de su
miseria, la vanidad de la vida, la debilidad y pequeñez de su especie, y la maldad
de su naturaleza, lo que no puede hacer más que postrarles el ánimo; despojarles
de la autoestima, primer fundamento de la vida honesta, de la útil, de la gloriosa;
y disuadirlos de procurar el propio bien.
ELEANDRO.— Yo querría que me dijeseis precisamente si os parece que lo que yo creo
y digo sobre la felicidad de los hombres es verdadero o falso.
TIMANDRO.— Vos retomáis vuestras habituales armas; y cuando yo os confiese que lo
que decís es cierto, pensáis vencer la disputa. Ahora, yo os respondo que no toda
verdad hay que predicarla a todos ni en todo tiempo.
ELEANDRO.— De gracia, satisfacedme de otra pregunta. Estas verdades que digo pero
no pregono, ¿son en la filosofía, verdades principales o accesorias?
TIMANDRO.— Yo considero que sean la sustancia de toda la filosofía.
ELEANDRO.— Entonces se engañan grandemente los que dicen y predican que la
perfección del hombre consiste en el conocimiento de la verdad, y que todos sus
males provienen de las opiniones falsas y de la ignorancia, y que el género
humano, por lo tanto, finalmente será feliz, cuando cada uno o la mayor parte de
los hombres conozcan la verdad y siguiéndola compondrán y gobernarán su vida.
Y estas cosas las dicen más o menos todos los filósofos antiguos y modernos. He
aquí que a vuestro juicio las verdades que son la sustancia de toda filosofía deben
ocultarse a la mayor parte de los hombres; y creo que fácilmente consentiréis que
deban ser ignoradas u olvidadas por todos: porque sabidas, y conservadas en la
mente, no hacen sino dañar. Lo que es tanto como decir que la filosofía deba
extirparse del mundo. No ignoro que la última conclusión que se obtiene de la
filosofía verdadera y perfecta es que no es necesario filosofar. De lo que se
deduce que la filosofía, primeramente, es inútil porque para esta consecuencia de
no filosofar no es necesario ser filósofo; segundo, es dañosísima porque esta
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última conclusión no se aprende sino en detrimento propio, y una vez aprendida
no puede realizarse; no estando en arbitrio de los hombres olvidar las verdades
conocidas, y deponiéndose más fácilmente cualquier otro hábito que el de
filosofar. En suma, la filosofía, esperando y prometiendo al principio curar
nuestros males, al final se reduce a desear en vano remediarse a sí misma. Dado
todo esto, pregunto por qué se deba creer que la edad presente sea más próxima y
dispuesta a la perfección que las pasadas. ¿Quizá por el mayor conocimiento de la
verdad; el cual se ve que es contrario a la felicidad de los hombres? ¿O quizá
porque en el presente solo unos pocos conocen que no es necesario filosofar, sin
que por ello tengan la facultad de abstenerse de ello? Pero los primeros hombres
de hecho no filosofaron, y los salvajes se abstuvieron sin dificultad. ¿Qué otros
medios, nuevos o mayores, que no tuvieron los antepasados, tenemos nosotros
para aproximarnos a la perfección?
TIMANDRO.— Muchos, y de gran utilidad, pero el exponerlos requeriría un discurso
infinito.
ELEANDRO.— Dejémoslos a un lado por ahora, y volviendo a lo que a mí se refiere,
digo que si en mis escritos yo recuerdo algunas verdades duras y tristes, por
desahogo del alma o para consolarme con la risa, y no por otra cosa, yo no ceso
sin embargo en los mismos libros de deplorar, desaconsejar y reprender el estudio
de esa mísera y fría verdad, el conocimiento de la cual es fuente de
despreocupación e indiferencia o de bajeza de ánimo, iniquidad y deshonestidad
de acción, y perversidad de costumbres; mientras, por el contrario, alabo y exalto
las opiniones, si bien falsas, que generan actos y pensamientos nobles, fuertes,
magnánimos, virtuosos y útiles al bien común o privado: las imaginaciones bellas
y felices que, a pesar de vanas, dan valor a la vida, las ilusiones naturales del
ánimo, y en fin, los errores antiguos, muy diferentes de los errores bárbaros, los
cuales solamente, y no los antiguos, habrían debido caer por obra de la
civilización moderna y de la filosofía. Pero estos, según mi opinión, traspasando
los límites (como es propio e inevitable de las cosas humanas): no mucho después
de alejarnos de una barbarie, nos han precipitado en otra, no menor que la
primera, aunque nacida de la razón y del saber, y no de la ignorancia, por ello
menos presente y manifiesta en el cuerpo que en el espíritu, menos robusta en las
obras, y por así decir, más débil e intrínseca. En cualquier modo, dudo, o me
inclino más bien a creer que los errores antiguos, en cuanto son necesarios para el
buen estado de las naciones civilizadas son y deben ser cada día más difíciles de
renovar. Sobre la perfección del hombre, yo os juro que si fuese ya alcanzada,
habría escrito al menos un volumen de alabanzas al género humano. Pero puesto
que no me ha tocado a mí verla, y no espero que me corresponda en mi vida,
estoy dispuesto a asignar en mi testamento una buena parte de mi patrimonio para
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que, cuando el género humano sea perfecto, se emplee en escribirle y declamarle
públicamente un panegírico todos los años, y para que le sea edificado un templo
a la antigua o una estatua o lo que se crea conveniente.
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Copérnico
Diálogo
1. PRIMERA ESCENA
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HORA PRIMA.— ¿Y en qué modo, Excelencia, quiere que se provean los pobres?
Mantener sus lucernas o encender tantas velas que se consuman en el espacio de
un día será un gasto excesivo. Que si fuese ya descubierto cierto aire que sirve
para quemar y para iluminar las calles, las habitaciones, los comercios, las
cantinas y cualquier cosa, y todo con poco dispendio, entonces diría que el caso
no sería tan nocivo. Pero el hecho es que deben pasar todavía trescientos años,
poco más o menos, antes de que los hombres encuentren tal remedio, y mientras
agotarán el aceite y la cera y la pez y el sebo, y no tendrán más que quemar.
SOL.— Irán a la caza de las luciérnagas, y de esos gusanos que brillan.
HORA PRIMA.— ¿Y del frío, cómo se resguardarán? Pues sin la ayuda que les prestaba
vuestra Excelencia no bastará prender fuego a todas las selvas para calentarlos.
Sin contar que morirán también de hambre porque la tierra no dará ya sus frutos.
Y así, al cabo de pocos años, se perderá la simiente de esos pobres animales, los
cuales cuando hayan andado un trecho aquí y allá por la tierra, a tientas, buscando
de qué vivir y cómo calentarse; finalmente consumida toda cosa que puedan
engullir, y apagada la última chispa de fuego, morirán todos en la oscuridad,
helados como pedazos de cuarzo.
SOL.— ¿Qué me puede importar esto? ¿Qué soy yo, la niñera del género humano, o
quizá el cocinero, que deba hacer germinar y preparar los alimentos? ¿Y por qué
me debo preocupar si una pequeña cantidad de criaturitas invisibles, alejadas de
mí millones de kilómetros, no ven y no pueden soportar el frío sin mi luz?
Además, si yo debo también servir, como si dijéramos, de estufa o de fogón a esta
familia humana, es razonable que, queriendo la familia calentarse, venga ella
cerca del fogón y no que el fogón vaya en busca de la casa, por esto, si la Tierra
tiene necesidad de mi presencia, camine ella y se esfuerce en procurarla, que yo
no tengo necesidad de cosa alguna de la Tierra para que yo la busque a ella.
HORA PRIMA.— Vuestra Excelencia quiere decir, si entiendo bien, que lo que en el
pasado ha hecho lo haga ahora la Tierra.
SOL.— Sí, ahora, y en el futuro también.
HORA PRIMA.— Cierto que vuestra Excelencia tiene motivos para actuar así, además,
puede hacer lo que crea oportuno. Pero con todo, dígnese, Excelencia, de
considerar cuántas cosas bellas es necesario que se arruinen para establecer este
nuevo orden. El día ya no tendrá su hermoso carro dorado, con sus majestuosos
caballos purificados en el mar, y dejando otras particularidades, nosotras, pobres
Horas, no tendremos ya lugar en el cielo, y de sirvientes celestes devendremos
terrestres; si es que no nos convertimos, como yo creo, en humo. Pero sea esto
como sea: el punto será persuadir a la Tierra de girar a nuestro alrededor; cosa
que ha de ser bastante difícil, pues no está acostumbrada, y le debe parecer
extraño tener que correr siempre y fatigarse tanto, no habiéndose movido nunca
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de su sitio hasta ahora. Y si vuestra Excelencia, por lo que parece, comienza a
prestar atención a la pereza, yo oigo que la Tierra no esté inclinada a la fatiga más
de lo que estuvo en otros tiempos.
SOL.— La necesidad, en esta cosa, le espoleará, y le hará saltar y correr cuanto
convenga. Pero de todos modos, para conseguirlo, la vía más rápida y la más
segura es encontrar un poeta o un filósofo que persuada a la Tierra para moverse
o que, si no la puede convencer, la haga ir por la fuerza. Porque al final este
asunto está en manos de los filósofos y de los poetas; es más, ellos pueden casi
todo. Los poetas han sido los que en el pasado (porque yo era más joven y los
escuchaba), con aquellas bellas canciones, me han hecho hacer de buena gana
como adiestramiento o como un ejercicio honorable este estupidísimo esfuerzo de
correr desesperadamente, tan grande y grueso como soy, alrededor de un granito
de arena. Pero ahora que he madurado, y que me he adiestrado en filosofía, busco
en cada cosa la utilidad y no lo bello; y los sentimientos de los poetas, si no me
mueven el estómago, me hacen reír. Quiero, para hacer una cosa, tener buenas
razones y que sean profundas; y puesto que yo no encuentro ninguna razón para
anteponer a la vida ociosa y acomodada la vida activa, la cual no podría dar fruto
que pagase el esfuerzo, quizá exceptuando solamente la esperanza (no habiendo
en el mundo un fruto que valga mucho); por ello he decidido dejar las fatigas y el
malestar a los demás, y yo por mi parte viviré en casa quieto y sin
preocupaciones. Esta mutación en mí, como te he dicho, además de lo que ha
cooperado la edad, la han hecho los filósofos; gente que en este tiempo ha
comenzado a tener más poder, y aumenta cada día más. Así que, queriendo hacer
ahora que la Tierra se mueva y se ponga a correr en círculos en mi lugar; por una
parte verdaderamente sería necesario más que un filósofo un poeta; porque los
poetas, bien con una fábula, bien con otra, dando a entender que las cosas del
mundo sean de valor y de peso, y que sean placenteras y bellas, y creando mil
esperanzas alegres, a menudo animan a los demás a esforzarse; y los filósofos los
desaniman. Pero por otra parte, porque los filósofos han comenzado a sobresalir,
yo temo que un poeta no sería escuchado hoy en la Tierra más de lo fuese a
escucharlo yo; o que aun cuando fuese escuchado, no causaría efecto alguno. Será
mejor que recurramos a un filósofo: que si bien los filósofos son generalmente
poco aptos, y menos inclinados a mover a los demás a obrar, sin embargo, puede
ser que en este caso tan extremo sientan el impulso contrario a su costumbre,
excepto si la Tierra juzga que le es más ventajoso disiparse que tener que afanarse
tanto; cosa de la que no diría que estuviese equivocada: basta, nosotros ya
veremos qué sucede. Tú deberás hacer una cosa: irás allá a la Tierra o mandarás a
una de tus compañeras, la que quieras, y si ella encuentra alguno de esos filósofos
que esté fuera de casa al fresco, explorando el cielo y las estrellas; como
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probablemente encontrará, por la novedad de esta noche tan larga; ella, sin más,
lo alzará, se lo echará a la espalda y así vuelva y me lo traiga hasta aquí, que yo
veré de convencerlo a hacer lo necesario. ¿Has entendido bien?
HORA PRIMA.— Excelencia, sí. Seréis complacido.
2. ESCENA SEGUNDA
Gran cosa es esta. O todos los relojes fallan o el Sol debería haberse elevado ya
hace más de una hora: y aquí no se ve, ni siquiera se vislumbra, el alba; a pesar de
que el cielo esté claro y terso como un espejo. Ve ahora al Almagesto o al
Sacrobosco, y di que te indiquen las razones de este caso. He escuchado hablar
muchas veces de la noche que Júpiter pasó con la mujer de Anfitrión, y también
recuerdo haber leído hace poco en un libro moderno de un español que los
peruanos cuentan que una vez, en la Antigüedad, hubo en su país una noche
larguísima, interminable; y que al final el Sol salió fuera de cierto lago, que
llaman Titicaca. Pero hasta hoy he pensado que cosas tales no eran sino
habladurías, y lo tenía por seguro, como hacen todos los hombres razonables.
Ahora me doy cuenta de que la razón y la ciencia no explican, a decir verdad,
nada; me inclino a creer que estas y símiles cosas puedan ser ciertas ciertísimas:
es más, estoy por ir a todos los lagos y a todos los pantanos que pueda e intentar
pescar el Sol. Pero ¿qué es este estruendo que oigo, que parece como las alas de
un pájaro grande?
3. ESCENA TERCERA
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HORA ÚLTIMA.— Bien creo que esta te será más querida que las demás, cuando te
encuentres en el coro.
COPÉRNICO.— Pero ¿cómo sabes que soy canónico? ¿Y cómo me conoces, que incluso
antes me has llamado por el nombre?
HORA ÚLTIMA.— Yo he recabado información sobre ti de algunos que aquí abajo
estaban por la calle. Brevemente, yo soy la última Hora del día.
COPÉRNICO.— Ah, entiendo: la primera Hora está enferma y por eso el día todavía no se
ve.
HORA ÚLTIMA.— Déjame decir. El día ya no tendrá lugar ni hoy ni mañana ni nunca si
tú no lo remedias.
COPÉRNICO.— Estaría bien esto; que me tocase a mí el encargo de hacer el día.
HORA ÚLTIMA.— Yo te diré cómo. Pero primero es necesario que vengas conmigo sin
demora a la casa del Sol, mi amo. Te contaré el resto; y parte te será dicho por su
Excelencia cuando lleguemos.
COPÉRNICO.— Todo esto está muy bien. Pero el camino, si yo no me engaño, debe ser
bastante largo. ¿Y cómo podré portar tantas provisiones que sean suficientes para
no morir de hambre algún año antes de llegar? Además, que la tierra de su
Excelencia no creo que produzca ni siquiera para un desayuno.
HORA ÚLTIMA.— Olvida esas dudas. Tú no tendrás que estar mucho en casa del Sol y el
viaje se hace en un momento, porque yo soy espíritu, por si no lo sabes.
COPÉRNICO.— Pero yo soy un cuerpo.
HORA ÚLTIMA.— Está bien, no tienes por qué entorpecer con esos discursos, que no eres
un filósofo metafísico. Ven aquí, súbete a mis espaldas y déjame hacer a mí el
resto.
COPÉRNICO.— Bien, hecho. Veamos cómo acaba esta novedad.
4. ESCENA CUARTA
COPERNICO Y EL SOL
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dificultades?
COPÉRNICO.— Primeramente, por grande que sea el poder de la filosofía, no estoy
seguro de que sea tan grande como para persuadir a la Tierra para que se ponga en
movimiento, en lugar de estar quieta y acomodada; y esforzarse en lugar de estar
ociosa: máxime en estos tiempos, que no son ya los tiempos heroicos.
SOL.— Pues si no puedes persuadirla, la obligarás.
COPÉRNICO.— De buena gana, Ilustrísimo, si yo fuese un Hércules o un Orlando y no
un canónico de Varmia.
SOL.— ¿Qué importa eso? ¿No se cuenta de un matemático antiguo vuestro, el cual
decía que si tuviera un lugar fuera del mundo, estando allí, confiaba en que podría
mover el cielo y la Tierra? Ahora tú no tienes que mover el cielo; y he aquí que te
encuentras en lugar que está fuera de la Tierra. Por lo tanto, si no eres menos que
el antiguo, no puede suceder que tú no la puedas mover, quiera o no quiera ella.
COPÉRNICO.— Señor mío. Esto se podría hacer pero se necesitaría una palanca; la cual
necesitaría ser tan larga que no solo yo, sino que vuestra Señoría Ilustrísima, aun
cuando sea rica, no tiene, sin embargo, tanto que alcanzase a sufragar la mitad del
gasto de la materia para hacerla, y de la fabricación. Una dificultad más grave es
la que sigue, que es como un nudo enredado de dificultades. La Tierra hasta hoy
ha tenido la sede más importante en el universo, que es decir el centro; y (como
vos sabéis) estando ella inmóvil, y sin otra preocupación que mirar entorno, todos
los astros del universo, tanto los mayores como los más pequeños, y tanto los
resplandecientes como los oscuros, han girado arriba y abajo y a los lados
continuamente, con una prisa, una fachenda, una furia que asombra pensarlo. Y
así, mostrando todas las cosas estar ocupadas en su servicio, parecía que el
universo era semejante a una corte; en la cual la Tierra se acomodaba en un trono
y los demás astros, a modo de cortesanos, guardias, sirvientes, atendían a unas
cosas u otras. Así que, en efecto, la Tierra ha creído ser siempre emperatriz del
universo; y en verdad estando así las cosas como han estado en el pasado, no se
puede decir que ella discurriese mal, incluso no diría que su convicción fuese
infundada. Además, ¿qué os podría decir de los hombres? Que considerándonos
(como nos consideraremos siempre) más que primeros y más que importantísimos
entre las criaturas terrestres, cada uno de nosotros, aunque estuviera vestido con
harapos y no tuviese más que un trozo de pan duro para roer, se tendría seguro
por un emperador; y no solo de Constantinopla o de Alemania o de la mitad de la
Tierra, como eran los emperadores romanos, sino un emperador del universo; un
emperador del Sol, de los planetas, de todas las estrellas visibles e invisibles; y
causa final de las estrellas, los planetas, de vuestra Señoría Ilustrísima, y de todas
las cosas. Pero ahora, si queremos que la Tierra abandone su lugar en el centro, si
hacemos que se mueva, que rote, que se afane continuamente, que cumpla lo que
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ni más ni menos han hecho los demás planetas hasta hoy; en fin, que ella se
convierta en otro planeta, implicará que su majestad terrestre y la majestad
humana deberán desalojar el trono y dejar el imperio, quedándose, sin embargo,
con sus andrajos y sus miserias, que no son pocas.
SOL.— En suma, ¿qué quiere concluir con este discurso el señor Nicolás? ¿Quizá
tiene cargo de conciencia de que el hecho sea un delito de lesa majestad?
COPÉRNICO.— No, Ilustrísimo; porque ni los códices ni el Digesto ni los libros que
tratan de derecho público ni del derecho del Imperio ni del derecho internacional
o de derecho natural hacen mención de este crimen de lesa majestad, que yo sepa.
Pero quiero decir, en esencia, que nuestro hecho no será simplemente material,
como parece a primera vista que sea; y que sus efectos no pertenecerán solamente
a la física, pues desbaratará los grados de dignidad de las cosas, y el orden de los
entes, trastocará los fines de las criaturas, y por tanto, hará una grandísima
alteración incluso en la metafísica, es más, a todo lo que concierne a la parte
especulativa del saber, y resultará que los hombres, si bien sabrán y querrán
razonar sanamente, encontrarán ser otra cosa de lo que han sido hasta ahora, o de
lo que han imaginado ser.
SOL.— Hijo mío, estas cosas no me dan miedo, que tanto respeto tengo a la metafísica
como a la física, y también a la alquimia o a la nigromancia, si quieres. Y los
hombres se contentarán de ser lo que son: y si esto no les gusta, razonarán
erradamente y argumentarán menospreciando la evidencia de las cosas, como
facilísimamente podrán hacer, y de este modo continuarán a considerarse por lo
que quieran, o barones o duques o emperadores o lo que prefieran para
consolarse, que a mí con estos juicios no me crearán pesar alguno.
COPÉRNICO.— Está bien, dejemos a un lado los hombres y la Tierra. Considerad,
Ilustrísimo, lo que es razonable que suceda con los otros planetas. Que cuando
vean a la Tierra hacer todas las cosas que hacen ellos, y convertida en uno de
ellos, ya no querrán permanecer tan lisos, simples y desguarnecidos, tan desiertos
y tristes como han estado siempre; ni que la Tierra sola tenga tantos ornamentos.
También querrán ellos ríos, mares, montañas, plantas, y entre otras cosas animales
y habitantes; no viendo razón alguna de ser menos que la Tierra en ninguna parte.
Y he aquí otra transformación grandísima en el mundo; y una infinidad de
familias y poblaciones nuevas, que en un momento se verán surgir en todas
partes, como setas.
SOL.— Y tú dejarás que surjan; y sean cuantas sean, que mi luz y calor bastará para
todas sin que yo aumente el gasto; y el mundo tendrá con qué alimentarlos,
vestirlos, alojarlos, tratarles confortablemente, sin débitos.
COPÉRNICO.— Pero vaya vuestra Señoría Ilustrísima un poco más allá y verá nacer otro
contratiempo. Que las estrellas, viendo que habéis decidido posaros, no ya sobre
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un taburete, sino sobre un trono; y que tenéis alrededor esta corte y este pueblo de
planetas; no solo querrán también sentarse ellas y reposar, sino que también
querrán reinar: y para que pueda haber reino tiene que haber súbditos, querrán
tener sus planetas, como tenéis vos; cada una los suyos propios. Tales planetas
nuevos, convendrá que estén habitados y ornados como está la Tierra. Y aquí no
os voy a hablar del pobre género humano, convertido ya antes, respecto a este
mundo solo, en poco más que nada; a qué se reducirá cuando broten tantos miles
de mundos, de manera que no habrá una mínima estrella de la Vía Láctea que no
tenga el suyo. Mas considerando solamente vuestro interés, digo que hasta hoy
vos habéis sido, si no primo del universo, ciertamente segundo, es decir, después
de la Tierra, y no habéis tenido ningún igual; visto que las estrellas no han tenido
el coraje de igualaros: pero en este nuevo estado del universo tendréis tantos
iguales como sean las estrellas con sus mundos. Así que cuidad de que esta
mutación que queremos hacer no sea con perjuicio de vuestra dignidad.
SOL.— ¿No recuerdas lo que dijo vuestro César cuando, atravesando los Alpes, pasó
cerca de un suburbio de pobres bárbaros: que preferiría ser el primero en ese
suburbio que segundo en Roma? A mí igualmente debería complacerme más ser
primero en este mundo que segundo en el universo. Pero no es tal ambición lo
que me empuja a querer mudar el estado presente de las cosas; solo es el amor a
la tranquilidad, o para decirlo todo, a la pereza. De manera que el tener iguales o
no tenerlos, o de estar en primer lugar o en el último, no me preocupo demasiado
porque, a diferencia de Cicerón, tengo en más estima al ocio que a la dignidad.
COPÉRNICO.— Este ocio, Ilustrísimo, yo por mi parte, lo mejor que pueda, me las
ingeniaré para alcanzarlo. Pero dudo, aun entendiendo la intención, que os dure
mucho. Es más, estoy casi seguro de que no pasarán muchos años antes de que
estéis obligado a girar como una polea de pozo, o como un molino, sin cambiar
lugar. Además, sospecho que al final, en un plazo de más o menos tiempo,
volveréis a orbitar; no digo en torno a la Tierra pues ¿qué os importa a vos esta?
Sino que el mismo girar que vos haréis servirá de argumento para moveros. Mas
basta, que ocurra lo que deba ocurrir; no obstante todas las dificultades y
cualquier otra consideración, si vos perseveráis en vuestro propósito, yo trataré de
serviros; pero si no soy capaz de hacerlo, pensad que no he podido, y no digáis
que soy de poco ánimo.
SOL.— Está bien, Copérnico. Prueba.
COPÉRNICO.— Quedaría solo una pequeña dificultad.
SOL.— Dime, ¿cuál?
COPÉRNICO.— Que yo no querría, por esta cosa, ser quemado vivo, como el Fénix:
porque sucediendo esto, estoy seguro de no poder resucitar de mis cenizas como
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hace el pájaro, y de no ver nunca más, de tal hora en adelante, la faz de vuestra
Señoría.
SOL.— Escucha, Copérnico. Tú sabes que hubo un tiempo, cuando vosotros los
filósofos no habíais nacido, en el tiempo en que la poesía tenía el campo libre, en
que yo he sido profeta. Quiero que me dejes profetizar una última vez y que, en
recuerdo de mi antigua virtud, confíes en mí. Digo que quizá, después de ti, a
algunos de los que aprueben lo que hayas hecho, puede que les toque cierta
quemadura o alguna cosa similar; pero tú, por culpa de esta empresa, por lo que
yo puedo saber, no padecerás nada. Y si quieres estar más seguro, toma este
partido: el libro que escribirás sobre este propósito dedícalo al Papa[1]. De este
modo, te prometo que ni siquiera perderás la canonjía.
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Diálogo de Plotino y Porfirio
Una vez habiendo yo, Porfirio, acariciado el pensamiento de quitarme la vida, fui
advertido por Plotino, y salió a mi encuentro súbitamente, cuando estaba en casa, y
diciendo que no procede tal pensamiento de la meditación de mente sana, sino de
alguna disposición melancólica, me conminó a cambiar de país. Porfirio en la Vida de
Plotino; lo mismo en aquella de Porfirio escrita por Eunapio, que añade que Plotino
escribió en un libro las disputas tenidas con Porfirio en aquella ocasión.
PLOTINO.— Porfirio, sabes que soy tu amigo, y sabes cuánto. No debes asombrarte si
vengo observando tus acciones y dichos y tu estado con cierta curiosidad; pues
nace de esto que te tengo en mucha estima. Hace ya muchos días que te veo triste
y muy pensativo; que con tal mirada y por ciertas palabras que se te escapan, en
fin, sin más preámbulo ni más rodeos, creo que tienes en mente una mala
intención.
PORFIRIO.— ¿Cómo, qué quieres decir?
PLOTINO.— Una mala intención contra ti mismo. El hecho es estimado pésimo augurio
nombrarlo. Mira, Porfirio mío, no me ocultes la verdad, no hagas tal injuria al
gran amor que nos profesamos desde tanto tiempo. Sé bien que te incomodo al
decirte esto, y entiendo que preferirías tener tu propósito en secreto, pero en
momento de tanta gravedad yo no puedo callar, y no debes tomar a mal hablar
con alguien que te quiere tanto a ti como a sí mismo. Conversemos
reposadamente y pensemos los motivos: desahogarás tu ánimo conmigo, te
afligirás, llorarás; que yo lo sufro contigo: y al final yo no impediré que hagas lo
que encontremos que sea razonable, y de tu utilidad.
PORFIRIO.— Yo nunca he rehusado hacer nada que me pidieses, Plotino. Y ahora te
confieso todo lo que querría haber tenido en secreto y que no confesaría a otros
por cosa alguna del mundo; la intención que en mí sospechas, es cierta. Si quieres
que nos pongamos a razonar sobre esta materia, si bien a mi ánimo repugna
mucho, pues tales deliberaciones parece que se complazcan de un silencio
altísimo, y que la mente en pensamientos así ame estar solitaria y recogida en sí
misma más que nunca, estoy dispuesto a hacerlo a tu modo. Es más, comenzaré
yo mismo; esta inclinación no procede de una desgracia que me haya sucedido, o
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que creo que me sucederá; es un fastidio de la vida, del tedio que siento, tan
vehemente que parece dolor y ansia; y no solo lo conozco, lo veo, gusto y toco en
la vanidad de toda cosa que acontece en la jornada. De manera que no solo mi
intelecto, sino todas las sensaciones, incluso del cuerpo, están (con un modo de
decir extraño, pero conforme al caso) llenas de esta vanidad. No podrás decirme
que esta disposición mía no sea razonable, aunque consentiré fácilmente que sea
debida en gran parte a algún mal corporal. Pero no obstante es muy procedente:
las demás disposiciones de los hombres fuera de esta, por la cual, de alguna
manera, se vive y se estima que la vida y las cosas humanas tengan alguna
sustancia, son, alguna más alguna menos, lejanas a la razón, y se fundan en algún
engaño o en alguna imagen falsa. Y ninguna cosa es más cabal que el tedio. Los
placeres son todos vanos. El dolor mismo, hablo del dolor del alma, por lo general
es también vano; pues si observas la causa o la materia, considerándola bien, es
de poca realidad o de ninguna. Lo mismo digo del temor; lo mismo de la
esperanza. Solo el tedio, que nace siempre de la vanidad de las cosas, no es nunca
vanidad ni engaño; nunca está fundado en lo falso. Y se puede decir que, siendo
todo lo demás vano, al tedio redúzcase, y en él consista todo cuanto la vida de los
hombres tiene de sustancial y de real.
PLOTINO.— Así sea. No quiero ahora contradecirte sobre esta parte. Pero debemos
considerar el hecho que has planteado: considerarlo más profundamente y en sí
mismo. Yo no diré que es sentencia de Platón, que conoces, de que al hombre no
es lícito, al modo de siervo fugitivo, sustraerse por propia autoridad de la casi
cárcel en la cual se encuentra por voluntad de los dioses, es decir, privarse de la
vida espontáneamente.
PORFIRIO.— Te suplico, Plotino; dejemos a un lado a Platón y sus doctrinas y fantasías.
Una cosa es alabar, comentar y defender ciertas opiniones en las escuelas y en los
libros; y otra es seguirlas en la vida práctica. En la escuela y en los libros me es
lícito aprobar las opiniones de Platón y seguirlas, pues tal es la costumbre de hoy;
en la vida, no es que no lo apruebe, abomino de él. Sé que se dice que Platón
esparció en sus escritos doctrinas sobre la vida del advenir, de modo que los
hombres, con dudas y sospechas sobre su estado después de la muerte, por tal
incertidumbre, y por temor de penas y de calamidades futuras, se abstuvieran en
vida de hacer injusticia y otras malas obras[1]. Si yo estimase que Platón hubiese
sido autor de estas dudas y de estas creencias, y que fueran invenciones suyas, yo
diría: «Ves, Platón, cuanto o la naturaleza o el destino o la necesidad, o cualquier
poder autor y señor del universo ha sido y es perpetuamente enemigo de nuestra
especie.» A la cual muchas, innumerables razones podrán contender la
superioridad que nosotros, por otros títulos, nos arrogamos de tener entre los
animales; pero ninguna razón se encontrará que le despoje del principado que el
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antiquísimo Homero le atribuía; el principado de la infelicidad. Sin embargo, la
naturaleza nos destinó como medicina para todos los males la muerte: que aun por
los que no acostumbraran a razonar sería poco temida; por los demás deseada. Y
sería un consuelo dulcísimo en nuestra vida, llena de tantos dolores, la
expectación y el pensamiento de nuestro final. Tú con esta duda terrible, suscitada
por ti en la mente de los hombres, has arrebatado a este pensamiento toda dulzura,
y lo has hecho el más amargo de todos. Tú eres el motivo de que se vea a los
infelicísimos mortales temer más al puerto que a la tempestad, y rechazar con la
mente el único remedio y reposo contra las presentes angustias y ansias de la
vida. Tú has sido con los hombres más cruel que el destino o la necesidad o la
naturaleza. Y no pudiéndose esta duda de algún modo resolver ni nuestras mentes
ser libradas nunca, has reducido para siempre a tus semejantes a esta condición,
que ellos entenderán la muerte llena de aflicción y más mísera que la vida. Ya que
por obra tuya, mientras los animales mueren sin temor alguno, la calma y la
seguridad del ánimo están excluidas perpetuamente de la última hora del hombre.
Esto faltaba, oh Platón, a la infelicidad de la especie humana.
El propósito que te habías propuesto, salvaguardar a los hombres de la violencia y
de la injusticia, no lo has conseguido. Pues esas dudas y creencias asustan a todos
los hombres en las horas extremas, cuando no son capaces de hacer daño: en el
curso de la vida atemorizan frecuentemente a los buenos, que no tienen voluntad
de perjudicar, sino de servir; atemorizan a las personas apocadas y a los débiles
de cuerpo, que a la violencia y a la iniquidad no tienen ni la naturaleza inclinada
ni suficiente el corazón y la mano. Pero los taimados y los atrevidos, los que poco
sienten el poder de la imaginación, en fin, a aquellos que en general requerirían
otro freno que la sola ley, no se asustan ni evitan el mal obrar, como vemos
ejemplos diariamente, y como la experiencia de todos los siglos, de tus días hasta
hoy, hace manifiesto. Las buenas leyes, y la buena educación, y la cultura de las
costumbres y de las mentes conservan en la sociedad de los hombres la justicia y
la mansedumbre; pero en el momento en que los animales amaestrados y
suavizados por un poco de civilización, y acostumbrados a considerar las cosas, y
a obrar un poco con el entendimiento, casi por necesidad aborrecen casi siempre
poner mano en las personas y en la sangre de los compañeros, se abstienen por lo
general de hacer daño a los demás de cualquier modo, y raras veces y con
esfuerzo se inducen a correr los peligros que porta consigo el contravenir la ley.
Nada hacen ya a este buen empeño las imágenes amenazantes ni los tristes relatos
de cosas feroces y espantosas: al contrario, como suele hacer la multitud y la
crueldad de los suplicios que se usan en los estados, aumentan, por un lado la
vileza del ánimo, y por otro la atrocidad, principales enemigas y pestes del
consorcio humano.
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Pero tú, sin embargo, has mostrado y prometido recompensas a los buenos. ¿Qué
recompensa? Un estado que nos parece lleno de tedio y todavía menos tolerable
que esta vida. A todos es evidente la acerbidad de tus suplicios, pero la dulzura de
tus premios es oculta y arcana, e incomprensible a la mente del hombre, por lo
que ninguna eficacia tienen tales premios para alentarnos a la rectitud y a la
virtud. Y en verdad, muy pocos canallas, por temor del pavoroso Tártaro, se
abstienen de alguna mala acción; me atrevo a afirmar que ningún bueno se
dispuso a obrar bien, con cualquier mínima acción, por ansia de tu Eliseo, que no
puede tener en nuestra imaginación semblanza de cosa deseable. Además que
muy leve consuelo sería incluso la espera de este bien, ¿qué esperanza has
permitido que puedan tener los virtuosos y los justos, si tu Minos, Eaco y
Radamante, jueces rigurosísimos e inexorables, no perdonarán cualquier sombra o
vestigio de culpa? ¿Y qué hombre puede sentirse o creerse tan íntegro y puro
como tú requieres? De tal modo que alcanzar esa felicidad sea lo que sea es casi
imposible, y no bastará la conciencia de la más recta y trabajosa vida para salvar
al hombre en su última hora de la incertidumbre de su estado futuro y del temor
de los castigos. Así en tu doctrina el temor, superando infinitamente la esperanza,
es nombrado señor del hombre, y el fruto de tales doctrinas al final consiste en
esto: que el género humano, ejemplo admirable de infelicidad en esa vida, espera
no que la muerte sea el final de sus miserias, sino de tener que ser después de ella
bastante más infeliz. Con lo que has sido más cruel, no solo que la naturaleza o el
destino, sino más que el tirano más fiero y el más despiadado carnicero que
hubiese en el mundo.
¿Con qué barbarie se puede parangonar tu decreto, que el hombre no pueda poner
fin a sus padecimientos, a los dolores, a las angustias, venciendo el horror de la
muerte y, voluntariamente, privándose del espíritu? Cierto que no tiene lugar en
los demás animales el deseo de poner fin a la vida, porque su infelicidad tiene
más estrechos confines que la infelicidad de los hombres; ni tendría tampoco
lugar el coraje de extinguirla voluntariamente. Pero si tales disposiciones cayeran
en la naturaleza de los animales, ningún impedimento tendrían de poder morir;
ninguna prohibición, ninguna duda les despojaría de la facultad de sustraerse de
sus males. He aquí que tú eres incluso en esto inferior a las fieras: y la libertad
que tendrían si fuesen en grado de usarla; esa que la naturaleza misma, tan avara
con nosotros, no nos ha negado; falta por tu culpa en el hombre. De modo que
solo el género de vivientes que es capaz de desear la muerte es el único que no
tiene en su mano el morir. La naturaleza, el destino y la fortuna la flagelan de
continuo sanguinosamente, con pena nuestra y dolor inestimable: tú acudes y nos
atas fuertemente los brazos y encadenas los pies, de modo que no nos sea posible
ni protegernos ni retraernos de sus golpes. En verdad, cuando yo considero la
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grandeza de la infelicidad humana, pienso que de ella se deba más que a otra cosa
inculpar a tus doctrinas, y que conviene a los hombres lamentarse más de ti que
de la naturaleza, la cual, ciertamente, no nos destinó otra vida que la infelicísima,
aunque por otra parte nos permitió ponerle fin cuando quisiéramos. Y no se puede
decir que sea muy grande la miseria que, solo con que yo quiera, puede durar
brevemente; después, aun cuando la persona no se decidiese a dejar la vida, el
solo pensamiento de poder a su voluntad sustraerse de la miseria sería tal
consuelo y tal alivio de cualquier calamidad que por virtud de ello todas serían
fáciles de soportar. De modo que la gravedad intolerable de nuestra infelicidad se
debe no a otra cosa que a la duda de que si truncando voluntariamente la propia
vida se incurrirá en miseria mayor que la presente. Ni solo mayor, sino que tan
indefinible atrocidad y duración, que puesto que el presente sea cierto y esas
penas inciertas, no obstante razonablemente deba el temor de ellas, sin proporción
o comparación alguna, prevalecer sobre el sentimiento de cualquier mal de esta
vida. Tal duda, ¡oh, Platón!, bien sencillo te ha sido suscitar, pero antes
desaparecerá la estirpe de los hombres que tal duda resuelta. Por ello cosa alguna
nació ni nacerá en tiempo alguno, tan calamitosa y funesta para la especie
humana, como tu ingenio.
Diría estas cosas si creyese que Platón ha sido autor e inventor de tales doctrinas,
aunque sé muy bien que no lo fue. Pero de todos modos, sobre esta materia se ha
dicho bastante y yo querría dejarla a un lado.
PLOTINO.— Porfirio, ciertamente yo amo a Platón, como sabes. Pero no quiero razonar
basándome en el principio de autoridad, y menos contigo y en una cuestión tal,
sino que quiero discutir con razones. Y si he pasado de puntillas por la sentencia
platónica, lo he hecho más a modo de proemio que por otra cosa. Y retomando el
razonamiento que tenía en mente, digo que ni Platón ni cualquier otro filósofo
solamente, sino que la naturaleza misma parece que nos enseñe que el sustraerse
del mundo por mera voluntad nuestra no sea cosa lícita. No es necesario que me
extienda sobre este artículo: pues si piensas un poco, no puede ser que
desconozcas que el matarse por propia mano sin necesidad es contra natura. Es
más, para decirlo mejor, es el acto más contra natura que se pueda cometer.
Porque todo el orden de las cosas sería subvertido si se destruyesen por sí
mismas. Y parece que haya cierta repugnancia en que uno se valga de la vida para
apagar esa vida que el ser sirva al no ser. Además, que si cosa alguna nos es
impuesta y ordenada por la naturaleza, seguro que ella nos manda
severísimamente y, sobre todo, y no solo a los hombres, igualmente a cualquier
criatura del universo, es atender a la conservación propia y de favorecerla de
todos los modos, que es justo lo contrario de matarse. Y sin más argumentos, ¿no
sentimos que nuestra inclinación por sí misma nos empuja y nos hace odiar la
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muerte y temerla y tener horror incluso a nuestro despecho? Por lo tanto, este acto
de matarse es contra natura y tan contrario cuanto vemos que no podría deducir
que fuese lícito.
PORFIRIO.— Yo ya he considerado todo lo que me has dicho: que, como muestras, es
imposible que la mente no se percate por poco que uno se detenga a pensar sobre
este asunto. Me parece que a tus razones se puede responder con muchas otras, y
en más modos, mas intentaré ser breve. Dudas que sea lícito morir sin necesidad:
yo te pregunto si nos es lícito ser infelices. La naturaleza prohíbe matarse.
Extraño me parecería que no teniendo ella o voluntad o poder para hacerme ni
feliz ni libre de la miseria, tuviese facultad de obligarme a vivir. Si la naturaleza
nos ha originado amor por la conservación propia y odio a la muerte, ella no nos
ha dado menos odio por la infelicidad y amor a nuestra mejoría; al contrario, tanto
mayor y tanto más principales estas últimas inclinaciones cuanto que la felicidad
es el fin de cada uno de nuestros actos y de todo nuestro amor y odio; y que no se
huye la muerte ni la vida se ama por sí misma, sino respecto al amor de nuestra
mejora y odio del mal y de nuestro daño. ¿Cómo entonces puede ser contrario a la
naturaleza que yo rehúya la infelicidad del único modo que tienen los hombres de
evitarla? Que es el de quitarme de en medio, pues mientras vivo no la puedo
eludir. ¿Y cómo puede ser cierto que la naturaleza me prohíba arrojarme a la
muerte, que sin duda es lo mejor para mí; y repudiar la vida, que me es
manifiestamente dañosa y mala; pues no me sirve más que para padecer, y a esto
por necesidad me vale y me conduce de hecho?
PLOTINO.— De cualquier modo, esas razones no me convencen de que el matarse no
sea contra natura, pues nuestro sentido porta demasiado manifiesta contrariedad y
aversión a la muerte: y vemos que las bestias, las cuales (cuando no son forzadas
por los hombres o extraviadas) obran en toda cosa naturalmente; no solo no
realizan nunca este acto, sino que por más que se sientan atribuladas y míseras, se
muestran lejanísimas de él. Y en fin, no se encuentra, sino entre los hombres, a
algunos que lo cometen; y no entre la gente que tiene un modo de vivir natural; ya
que en estos no se encontrará ninguno que no abomine, aunque tenga noticia o
imaginación alguna; sino solo entre las mentes alteradas y corruptas, que no viven
según la naturaleza.
PORFIRIO.— Muy bien, te concedo que esta acción sea contra natura, como tú quieres.
¿Pero qué importancia tiene si nosotros no somos criaturas naturales, por así
decir? Me refiero a los hombres civilizados[2]. Compáranos no ya a los vivientes
de cualquier otra especie que quieras, sino a las naciones allá de las partes de la
India y de Etiopía, las cuales, como se dice, todavía conservan las costumbres
primitivas y salvajes, y difícilmente podrás decir que estos hombres y aquellos
sean criaturas de una misma especie; y esta mutación de vida, y máximamente de
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ánimo, he tenido siempre por seguro que no ha sido sin infinito crecimiento de
infelicidad. Cierto que las gentes salvajes no sienten nunca el deseo de dar fin a la
vida ni tampoco fantasean con el deseo de la muerte: mientras que los hombres
acostumbrados a nuestro mundo, como decimos, civilizado, la desean muchísimas
veces, y algunos la obtienen. Ahora bien, si es lícito al hombre civilizado vivir
contra natura, y contra natura ser tan mísero, ¿por qué no le será lícito morir
contra natura? Ocurriendo que de esta infelicidad nueva, que a nosotros resulta de
la alteración del estado natural, no nos podemos librar de otra manera que con la
muerte. En cuanto a retornar al estado primigenio y a la vida proyectada por la
naturaleza, no se podría apenas, y quizá de ningún modo, en cuanto a la vida
material, y respecto a la vida interior, que es lo que más nos interesa, sin duda
alguna sería absolutamente imposible. ¿Qué cosa es menos natural que la
medicina, tanto la quirúrgica como la que obra con fármacos? Que una y otra, la
mayor parte de las veces, tanto en las operaciones que hacen, tanto en los
materiales, en los instrumentos y en los modos que utilizan, están alejadísimos de
la naturaleza; y los animales y los hombres salvajes no los conocen. No obstante,
por el hecho de que incluso las enfermedades que intentan curar son ajenas a la
naturaleza y no tienen lugar sino por motivo de la civilización, es decir, de la
corrupción de nuestro estado; por ello tales artes, si bien no son naturales, son y
se estiman oportunas e incluso necesarias. Por lo tanto, este acto de matarse, que
nos libera de la infelicidad producida por la corrupción, de que sea contra natura
no se deriva que sea censurable, proporcionando a males no naturales remedios
no naturales y sería duro e inicuo que la razón, que por hacernos más míseros de
lo que naturalmente somos, soliendo contrariar a la naturaleza en las demás cosas,
en esta se aliase con ella para arrebatarnos el extremo refugio que nos queda, el
único que la razón enseña y obligarnos a perseverar en la miseria.
La verdad es esta, Plotino. La naturaleza primitiva de los hombres antiguos y de
las gentes salvajes e incivilizadas ya no es la nuestra: el hábito y la razón nos han
proporcionado otra naturaleza que tenemos y tendremos siempre, en lugar de la
primera. No era natural en el hombre originario el buscar la muerte
voluntariamente ni tampoco el desearla. Hoy estas cosas son naturales, es decir,
conformes a nuestra nueva naturaleza, la cual, tendiendo ella todavía y
moviéndose necesariamente como la antigua hacia lo que parece lo mejor para
nosotros, hace que muchas veces deseemos y busquemos lo que verdaderamente
es el mayor bien del hombre, es decir, la muerte. Y no es asombroso, pues esta
segunda naturaleza está gobernada y dirigida en la mayor parte por la razón. La
cual tiene por ciertísimo que la muerte no es que sea verdaderamente un mal,
como dicta la impresión primitiva, sino que es el único remedio válido para
nuestros males, la cosa más deseable para los hombres y la mejor. Entonces, me
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pregunto: ¿miden los hombres civilizados el resto de las acciones por su
naturaleza primitiva? ¿Cuándo y qué acciones? No mesuran con la naturaleza
primitiva, sino que con esta otra nuestra, es decir, la razón. ¿Por qué entonces solo
este acto de quitarse la vida debe medirse no con la nueva naturaleza o de la
razón, sino con la naturaleza primitiva? ¿Por qué debería la naturaleza primitiva,
la cual no da ya leyes a nuestra vida, legislar la muerte? ¿Por qué no debe la razón
gobernar la muerte, si rige la vida? Y vemos que, de hecho, la razón y la
infelicidad de nuestro presente estado no solo extinguen, sobre todo en los
desafortunados y afligidos, el aborrecimiento de la propia muerte de la que
hablabas, sino que lo transforman en deseo y amor, como he dicho antes. Nacido
tal deseo y amor, que según la naturaleza no habría podido nacer, y siendo la
infelicidad generada por alteración nuestra y no causada por la naturaleza, sería
manifiesta repugnancia y contradicción que todavía tuviese lugar la prohibición
natural de matarse. Esto parece que baste para saber si el matarse a sí mismo es
lícito. Falta saber si es útil.
PLOTINO.— De esto no es necesario que me hables, Porfirio mío, que cuando esta
acción sea lícita (pues una que no sea justa ni recta no concedo que pueda ser
lícita), no albergo duda alguna de que no sea utilísima. Pues la cuestión en suma
se reduce a esto: cuál de las dos cosas es mejor, el no padecer o el padecer. Yo
bien sé que el gozar unido al placer verosímilmente sería elegido por casi todos
los hombres antes que el no padecer y el no gozar: tanto es el deseo, y por así
decir, la sed que el ánimo tiene del goce. Pero la elección no cae bajo estos
términos: porque el goce y el placer, para hablar propio y bien, es tan imposible
cuanto el padecimiento es inevitable. Y hablo de un padecimiento tan continuo
como es continuo el deseo y la necesidad que tenemos del goce y de la felicidad,
el cual no es satisfecho nunca. Dejando a un lado los padecimientos particulares y
accidentales que intervienen en cada hombre, y que son igualmente ciertos, quiero
decir que deben suceder (más o menos, y de una u otra cualidad) incluso en la
más afortunada vida del mundo; y en verdad, un padecimiento único y breve, que
la persona estuviese segura de que, continuando su vida, le debiese ocurrir, sería
suficiente para hacer que, según razón, la muerte fuese preferible a la vida, pues
tal padecimiento no tendría compensación alguna, no pudiendo sobrevenir en
nuestra vida un bien o un placer verdadero.
PORFIRIO.— A mí me parece que el tedio mismo y el encontrarse privado de toda
esperanza de mejorar estado y fortuna sean causa suficiente para originar el deseo
de dar fin a la vida incluso a quien se encuentre en estado y en fortuna no solo
mala, sino incluso próspera. Y muchas veces me he asombrado de que en ningún
lugar se haya hecho mención de príncipes que hayan querido morir solamente por
el tedio y por saciedad de la propia condición, como de gentes anónimas se lee y
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se oye continuamente. Quiénes eran aquellos que, después de oír a Hegesías,
filósofo cirenaico, recitar sus lecciones sobre la miseria de la vida, saliendo de la
escuela, iban y se mataban (por lo que Hegesías fue llamado con el sobrenombre
de inductor de la muerte); y se dice, como creo que sabes, que al final el rey
Ptolomeo le prohibió que volviese a tratar esa materia[3]. Si bien se encuentra de
algunos, como del rey Mitrídates, de Cleopatra, de Otón romano, y quizá de
varios príncipes más, que a sí mismos se dieron muerte, estos lo hicieron por
encontrarse entonces en adversidad y miseria, y para huir de otras más graves.
Tengo por verosímil que los príncipes, más fácilmente que los demás,
engendrasen odio por su estado y fastidio por todas las cosas y deseasen morir.
Porque, estando ellos más o menos en la cima de la llamada felicidad humana,
teniendo poco más que esperar, o quizá nada, de los demandados bienes de la vida
(pues los poseen todos), no se pueden prometer mejor el mañana que el día de
hoy. Y siempre el presente, por afortunado que sea, es infeliz y desagradable: solo
el futuro puede ser placentero. Pero lo que sea esto, en fin, podemos conocer que
(excepto el temor de las cosas de otro mundo) lo que retiene a los hombres para
no abandonar la vida voluntariamente, y lo que les induce a amarla y a preferirla a
la muerte no es más que un simple y manifestísimo error, por así decir, de
cómputo y de medida, es decir, un error que se hace en el computar, en el medir,
en el parangonar entre ellos los beneficios y los daños. Tal error tiene lugar, se
podría decir, tantas veces como son los momentos en que se abraza la vida o se
consienta vivir y se contenta ya sea con el juicio y con la voluntad o con el simple
hecho.
PLOTINO.— Así es ciertamente, Porfirio mío. Pero pese a todo, deja que te aconseje, y
permíteme que te ruegue que prestes atención sobre este diseño tuyo, más bien a
la naturaleza que a la razón. Y hablo de la naturaleza primitiva, a esa madre
nuestra y del universo, que si bien no ha mostrado amarnos y nos ha hecho
infelices, sin embargo, ha sido bastante menos enemiga y maléfica de lo que
hemos sido nosotros con el propio ingenio, con la curiosidad incesante y
desmesurada, con la especulación, con los discursos, con los sueños, con
opiniones y míseras doctrinas; y que, particularmente, se ha esforzado en medicar
nuestra infelicidad al ocultársenos o transfigurándose la mayor parte. Y por
cuanto sea grande nuestra alteración, y disminuida la potencia de la naturaleza, no
ha sido reducido a nada ni hemos cambiado e innovado tanto que no permanezca
en cada uno gran parte del hombre antiguo. Lo cual, a pesar de nuestra estulticia,
no podrá ser nunca de otro modo. He aquí lo que tú llamas error de cálculo,
verdaderamente error y no menos grande que palpable; se comete continuamente
y no solo por los estúpidos y los idiotas, también por los ingeniosos, los doctos,
los sabios; y se cometerá eternamente si la naturaleza misma que ha originado
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nuestro género o el raciocinio y la misma mano del hombre no lo apaga. Y
créeme que no hay molestia de la vida ni desesperación ni sentido de la nulidad
de las cosas, de la vanidad de las preocupaciones, de la soledad del hombre ni
odio del mundo y de sí mismo que pueda durar mucho: si bien estas disposiciones
del ánimo sean muy razonables y sus contrarias irracionales. Mas con todo esto,
pasado un poco de tiempo, cambiado ligeramente la disposición del cuerpo poco a
poco y muchas veces en un instante, por causas insignificantes y apenas
perceptibles, retorna el gusto por la vida, nace una u otra esperanza nueva y las
cosas humanas retoman aquella apariencia, y muéstranse dignas de atención; no
ciertamente al intelecto pero sí, por decirlo de algún modo, al ánimo. Y esto basta
para que la persona, aun bien conocedora y persuadida de la verdad, a pesar de la
resistencia de la razón, persevere en la vida y proceda como hacen las demás,
pues tal sentido (se puede decir) y no el intelecto es lo que nos gobierna.
Sea razonable matarse, sea contra razón acomodar el ánimo a la vida: ciertamente
es un acto orgulloso e inhumano. Y no debe satisfacer más ni escoger ser un
monstruo según la razón un hombre que según naturaleza. ¿Y por qué no
queremos tener consideración alguna por los amigos; de los lazos de sangre; de
los hijos, de los hermanos, de los padres, de la mujer; de las personas familiares
con las que estamos acostumbrados a vivir desde hace tiempo; que, muriendo, es
necesario dejar para siempre? ¿No sentiremos en nuestro corazón dolor alguno
por esta separación? ¿No tendremos en cuenta lo que sentirán ellos por la pérdida
de la persona querida o familiar, y por la atrocidad del caso? Bien sé que el ánimo
del sapiente no debe ser demasiado blando ni dejarse vencer por la piedad y la
aflicción de modo que sea perturbado, que caiga a tierra, que ceda y que
disminuya como vil, que se abandone a lágrimas inmoderadas, a actos indignos
de la estabilidad de quien tiene pleno y claro conocimiento de la condición
humana, pero esta fortaleza de ánimo se use en los acontecimientos tristes que
provienen de la fortuna, y que no se pueden evitar; no abusar de ella para
privarnos voluntariamente, para siempre, de la vista, del coloquio, de la
costumbre de los amados. Tener por nada el dolor de la separación y de la pérdida
de los parientes, de los íntimos, de los compañeros, o no ser capaz en tal
momento de dolor alguno, no es de sabio sino de ignorante. No dar ninguna
importancia a apenar con la muerte propia a los amigos y a los familiares es de
quien no presta atención a los demás y demasiada presta a sí mismo. Y en verdad,
quien pone fin a su vida no tiene preocupación o pensamiento alguno por los
demás, no busca más que la propia utilidad; se deshace, por así decir, de sus
prójimos y de todo el género humano, tanto que en esta acción de privarse de la
vida aparece el más franco, el más sórdido, o cierto, el menos bello y menos
moderado amor por sí mismo que se encuentre en el mundo. Por último, Porfirio
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mío, las molestias y los males de la vida, si bien muchos y continuos, aun cuando
como en ti hoy se verifican, no tienen lugar infortunios y calamidades
extraordinarias, o dolores amargos en el cuerpo; no son difíciles de soportar,
sobre todo a un hombre sabio y fuerte como tú. Y la vida es cosa de tan poca
importancia que el hombre, en cuanto a sí, no debería ser muy solícito ni de
retenerla ni de dejarla. Por ello, sin querer ponderar, es asunto demasiado curioso;
por cada leve causa que se le ofrezca de tomar un partido u otro, no debería
rechazar hacerlo, y siendo ello rogado por un amigo, ¿por qué no deberías
complacerle? Ahora yo te ruego encarecidamente, Porfirio mío, por la memoria
de los años que nuestra amistad ha durado, abandona ese pensamiento, no quieras
ser motivo de gran dolor para tus buenos amigos, que te aman con toda el alma; a
mí, que no tengo persona más querida ni compañía más dulce. Ayúdanos a
soportar la vida antes de, sin más recuerdo de nosotros, abandonarnos. Vivamos,
Porfirio mío, y reconfortémonos: no rechacemos cargar con la parte que el destino
ha establecido de los males de nuestra especie. Atendamos a hacernos compañía y
alentémonos, y ayudémonos recíprocamente para cumplir del mejor modo esta
fatiga de la vida. La cual, sin duda, será breve. Y cuando la muerte venga,
entonces no nos doleremos, e incluso en este último tiempo los amigos y los
compañeros nos confortaremos y nos alegrará el pensamiento de que, después de
apagarnos, muchas veces nos recordarán y nos amarán todavía.
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Diálogo entre un vendedor de almanaques y un paseante
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VENDEDOR.— Esto creo.
PASEANTE.— ¿Ni tampoco vos regresaríais atrás con este pacto, no pudiendo de otro
modo?
VENDEDOR.— Señor, no; de verdad, no regresaría.
PASEANTE.— ¡Oh! ¿Qué vida querríais entonces?
VENDEDOR.— Querría una vida así, como Dios me la mandase, sin más condiciones.
PASEANTE.— ¿Una vida al azar y no saber nada más, como no se sabe del nuevo año?
VENDEDOR.— Eso es.
PASEANTE.— Así querría también yo si tuviese que revivir, y así todos. Pero esto es
signo de que el caso, hasta este último año, ha tratado a todos mal. Y se ve
claramente que cada uno es de la opinión de que ha sido más o de más peso el
mal que le ha tocado que el bien; pues con la condición de tener la vida de antes,
con todo su bien y todo su mal, ninguno querría renacer. Esa vida que es una cosa
bella no es la vida que se conoce, sino la que se ignora; no la vida pasada, sino la
futura. Con el nuevo año, el azar comenzará a tratar bien a vos, a mí y a todos los
demás, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?
VENDEDOR.— Esperemos.
PASEANTE.— En fin, mostradme el almanaque más hermoso que tengáis.
VENDEDOR.— Aquí está, ilustrísimo. Este vale treinta monedas.
PASEANTE.— Toma las treinta monedas.
VENDEDOR.— Gracias, ilustrísimo. Hasta la vista. ¡Almanaques, almanaques nuevos,
lunares nuevos!
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Diálogo entre Tristán y un amigo
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quien quiere vivir, las dos primeras ofenden la soberbia del hombre, la tercera y
también las anteriores necesitan coraje y fortaleza de ánimo para ser creídas. Y
los hombres son cobardes, débiles, de ánimo innoble y miserable; dóciles siempre
a esperar bien, porque están siempre inclinados a variar la opinión sobre el bien
según la necesidad gobierne su vida; raudos a abandonar las armas, como dice
Petrarca[1], a su fortuna, raudos y resolutísimos para consolarse de cualquier
desventura, y aceptar cualquier compensación a cambio de lo que les es negado o
han perdido, acomodarse a cualquier condición, a cualquier suerte más inicua o
más bárbara, y cuando son privados de toda cosa deseable, vivir de creencias
falsas, tan fuertes y firmes como si fuesen las más verdaderas o más fundadas del
mundo. Yo, al igual que la Europa meridional ríe de los maridos enamorados de
las mujeres infieles, así río del género humano enamorado de la vida; y juzgo
poco firme el querer dejarse engañar y estafar como estúpidos, y además de los
males que se sufren, ser casi el hazmerreír de la naturaleza y el destino. Hablo
siempre de los engaños, no de la imaginación, sino del intelecto. Si estos
sentimientos míos nacen de la enfermedad, no lo sé. Sé que, enfermo o sano,
pisoteo la bellaquería de los hombres, rechazo toda consolación y todo engaño
pueril, y tengo el coraje de sostener las privaciones de toda esperanza, de mirar
intrépidamente el desierto de la vida, no disimular parte alguna de la infelicidad
humana, y de aceptar todas las consecuencias de una filosofía dolorosa, pero
cierta. La cual si no es útil para nada más, procura a los hombres fuertes la
orgullosa complacencia de ver arrancado todo manto de la cubierta y misteriosa
crueldad del destino humano. Yo decía estas cosas para mí, casi como si tal
filosofía dolorosa fuese de mi invención, viéndola rechazada por todos, como se
rechazan las cosas nuevas y nunca escuchadas. Pero más tarde, meditando,
recordé que era tan nueva como Salomón y Homero, y como los poetas y
filósofos más antiguos que se conocen, los cuales están todos llenos, llenísimos,
de representaciones, de fábulas, de sentencias, expresando la extrema infelicidad
humana; y entre ellos quien dice que el hombre es el más miserable de los
animales; quien dice que mejor es no nacer, y para quien ha nacido, morir en la
cuna; otros, que quien es amado por los dioses muere joven, y una infinidad de
cosas más con este argumento[2]. Y también recordé que desde aquellos tiempos
hasta ayer o anteayer, todos los poetas, y todos los filósofos, y todos los grandes o
mediocres escritores, de un modo u otro, han repetido o confirmado las mismas
doctrinas. Así que volví de nuevo a sorprenderme; y así entre el asombro, la
indignación y la risa pasé mucho tiempo hasta que, estudiando más
profundamente esta materia, conocí que la infelicidad del hombre era uno de los
errores inveterados del intelecto, y que la falsedad de esta opinión y la felicidad
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de la vida eran unos de los grandes descubrimientos del siglo decimonoveno.
Entonces me aquieté, y confieso que me había equivocado al creer lo que creía.
AMIGO.— ¿Y habéis cambiado de opinión?
TRISTÁN.— Seguro. ¿Queréis que yo contradiga las verdades descubiertas por el siglo?
AMIGO.— ¿Y creéis vos todo lo que cree el siglo? TRISTÁN.— Ciertamente. ¿Es una
sorpresa?
AMIGO.— ¿Creéis entonces en la perfectibilidad infinita del hombre?
TRISTÁN.— Sin duda.
AMIGO.— ¿Creéis que, de hecho, la especie humana va mejorando día a día?
TRISTÁN.— Sí, cierto. Y bien es verdad que algunas veces pienso que los antiguos
valían, por la vigorosidad de su cuerpo, cada uno por cuatro de nosotros. Y el
cuerpo es el hombre, pues (dejando todo lo demás) la magnanimidad, el coraje,
las pasiones, la capacidad de hacer, de gozar, todo lo que hace noble y viva la
vida, depende del vigor del cuerpo, y sin él no tiene lugar. Uno que sea débil de
cuerpo no es hombre, sino niño; incluso peor, pues su suerte es estar viendo vivir
a los demás, a lo sumo charlar, pero la vida no es para él. Y no obstante
antiguamente la debilidad del cuerpo fue ignominiosa, incluso en los siglos más
civilizados. Pero entre nosotros ya desde hace muchísimo tiempo la educación no
se digna a pensar en el cuerpo, cosa demasiado baja y abyecta, piensa en el
espíritu: y por querer cultivar el espíritu, arruina el cuerpo, sin percatarse de que,
arruinándolo, arruina también el espíritu. Y aunque eso se podría remediar gracias
a la educación, no se podría nunca sin cambiar radicalmente el estado moderno de
la sociedad, encontrar remedio que valiese en orden a las demás partes de la vida
privada y pública, que todas, por sus propiedades, contribuyeron antiguamente a
perfeccionar o conservar el cuerpo y hoy contribuyen a corromperlo. El efecto es
que, en comparación con los antiguos, nosotros somos poco más que infantes, y
que de los antiguos confrontados con nosotros se puede decir que más que nunca
fueron hombres. Hablo así de los individuos comparados con los individuos,
como de las masas (por usar esta graciosísima palabra moderna) comparadas con
las masas. Y añado que los antiguos fueron incomparablemente más vigorosos
que nosotros incluso en los sistemas morales y metafísicos. De todos modos, yo
no me dejo amedrentar por tan pequeñas objeciones, creo constantemente que la
especie humana va siempre perfeccionándose.
AMIGO.— Creéis entonces, o al menos así se entiende, que el saber o, como se dice, la
ilustración, crece continuamente.
TRISTÁN.— Ciertísimo. Si bien veo que cuanto crece la voluntad de aprender, así
desciende la de estudiar. Y es cosa sorprendente contar el número de doctos, de
verdaderos doctos, que vivían contemporáneamente cincuenta años atrás, e
incluso antes, y ver cuán desmesuradamente mayor era que en la edad presente.
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No me digáis que los doctos son pocos porque en general los conocimientos no se
acumulan ya en pocos individuos, sino que se dividen entre muchos: y que el
número de estos compensa la rareza de los otros. Los conocimientos no son como
las riquezas, que se dividen y se reúnen, y siempre suman lo mismo. Donde todos
saben poco, poco se sabe, pues la ciencia persigue la ciencia, y no se esparce. La
instrucción superficial puede ser, no propiamente dividida entre muchos, sino
común a muchos indoctos. El resto del saber no pertenece sino a quien sea docto,
y gran parte de él a quien sea doctísimo. Y, exceptuando los casos fortuitos, solo
quien sea doctísimo y provisto de un inmenso capital de conocimientos es capaz
de comprender sólidamente y aumentar el saber humano. Ahora, excepto quizá en
Alemania, donde la doctrina no ha podido todavía brotar, ¿no os parece que el ver
surgir estos hombres doctísimos sea cada día más difícil? Hago estas reflexiones
así por hablar, y por filosofar un poco, o quizá por sofistería; no porque yo no esté
persuadido de lo que decís. Al contrario, aun cuando viese el mundo lleno de
ignorantes impostores por un lado, y de ignorantes presuntuosos por otro, no
obstante creeré, como creo que el saber y la ilustración crecen continuamente.
AMIGO.— En consecuencia, creéis que este siglo es superior a los pasados.
TRISTÁN.— Seguro. Así han creído de sí todos los siglos, incluso los más bárbaros; y
así lo cree mi siglo, y yo con él. Si más tarde me preguntase en qué es superior a
los demás, si en lo que pertenece al cuerpo o en lo que pertenece al espíritu, me
remito a las cosas dichas antes.
AMIGO.— En suma, en dos palabras, ¿pensáis vos acerca de la naturaleza y los
destinos de los hombres y de las cosas (pues ahora no hablamos ni de literatura ni
de política) lo que piensan los diarios?
TRISTÁN.— Exacto. Creo y abrazo la profunda filosofía de los diarios, los cuales,
matando toda literatura y todo estudio, máximamente graves y fastidiosos, son
maestros y luz de la edad presente. ¿No es cierto?
AMIGO.— Ciertísimo. Si esto que decís, lo decís de verdad y no por burla. Vos os
habéis convertido en uno de los nuestros.
TRISTÁN.— Sí, ciertamente, de los vuestros.
AMIGO.— ¡Oh!, ¿entonces, qué haréis con vuestro libro? ¿Queréis que pase a la
posteridad con esos pensamientos tan contrarios a las opiniones que ahora tenéis?
TRISTÁN.— ¿A la posteridad? Río porque bromeáis; y si no bromeáis, más reiré. No
diré por deferencia a mí, sino por deferencia a los individuos o a las cosas
individuales del siglo décimo noveno, bien sabéis que no se ha de temer a la
posteridad, la cual tendrá tanta noticia cuanto tuvieron los antepasados. «Los
individuos han desaparecido ante las masas», dicen elegantemente los pensadores
modernos. Lo que quiere decir que es inútil que el individuo sienta preocupación
alguna, pues, por cualquier mérito, ni siquiera el mísero premio de la gloria puede
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esperar ni en vigilia ni en sueño. Deje hacer a las masas; las cuales qué cosa estén
por hacer sin individuos, estando compuestas por individuos, deseo y espero que
me lo expliquen los que entienden de individuos y de masas, y que hoy ilustran el
mundo. Pero para volver al propósito del libro y de la posteridad, los libros,
especialmente los que ahora se escriben, por lo común se escriben en menor
tiempo del que se necesita para leerlos, veis bien que, así como cuestan lo que
valen, así duran proporcionalmente a lo que cuestan. Yo creo que el siglo futuro
hará un grandísimo borrón sobre la inmensa bibliografía del siglo decimonoveno;
o dirá: yo tengo bibliotecas enteras de libros que han costado veinte, treinta años
de esfuerzos, y algunos menos, pero todos un enorme trabajo. Leamos estos
primero, porque es verosímil que de ellos se saque mayor provecho; y cuando de
esta clase no tenga más para leer, entonces comentaré con los libros
improvisados. Amigo mío, este siglo es un siglo de niños, y los poquísimos
hombres que quedan deben esconderse avergonzados, como el que caminaba
derecho en el país de los cojos. Y estos buenos chicos quieren hacer en todo lo
que en otro tiempo han hecho los hombres y hacerlo como niños, así de golpe, sin
más esfuerzo preparatorio. Es más, quieren que el grado que ha alcanzado la
civilización, y que la índole de tiempo presente y futuro los absuelvan a ellos y a
sus sucesores perpetuamente de cualquier necesidad de sudores y fatigas para
convertirse en aptos para las cosas. Me decía hace pocos días un amigo, hombre
de manejos y asuntos, que incluso la mediocridad es una rareza: casi todos son
ineptos, casi todos incapaces para los oficios o acciones para los que necesidad o
fortuna o vocación los han destinado. En esto me parece que consiste en parte la
diferencia que hay entre este y los demás siglos. En los anteriores, como en este,
lo grande ha sido escasísimo; pero, sin embargo, la mediocridad ha sido
abundante y no como hoy. Donde es tal el ruido y la confusión, queriendo todos
ser todo, que no se presta atención alguna a los pocos grandes que todavía creo
que hay; los cuales, entre la inmensa multitud de competidores, no pueden abrirse
camino. Y así, mientras todos los ínfimos se creen ilustres, la oscuridad y la
nulidad del éxito se convierte en el hecho común, tanto de los ínfimos como de
los sumos. ¡Pero viva la estadística! ¡Vivan las ciencias económicas, morales y
políticas, las enciclopedias portátiles, los manuales, y las hermosas creaciones de
nuestro siglo! ¡Y viva siempre el siglo decimonoveno! Quizá pobre de cosas, pero
riquísimo y larguísimo de palabras: que siempre ha sido una señal óptima, como
sabéis. Y consolémonos, que por otros sesenta y seis años este siglo será el único
que hable y diga sus razones.
AMIGO.— Vos habláis, por lo que parece, irónicamente. Pero deberíais recordar al
menos que este es un siglo de transición.
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TRISTÁN.— ¿Qué queréis decir vos con eso? Todos los siglos, más o menos, han sido y
serán de transición, pues la sociedad humana no se detiene nunca ni llegará nunca
un siglo en el cual ella alcance un estado que perdure. Así que esta bellísima
palabra o no excusa en absoluto al siglo decimonoveno, o tal excusa es común a
todos los siglos. Queda saber, andando la sociedad por las vías que hoy sigue, qué
llevará a término, es decir, si la transición que ahora se hace, sea de lo bueno a lo
mejor o de lo malo a lo peor. Quizá queréis decirme que la presente es transición
por excelencia, es decir, un pasaje rápido de un estado de la civilización a otro
diversísimo del precedente. En tal caso, pido licencia para reír de este pasaje
rápido, y respondo que todas las transiciones convienen que sean hechas
despacio; porque si se hacen de golpe, de allí a poquísimo tiempo se vuelve atrás,
para después rehacerlas paso a paso. Así ha sucedido siempre. La razón es que la
naturaleza no da saltos y que forzando la naturaleza no se consiguen efectos
permanentes. O para decirlo claramente, que tales transiciones precipitadas son
transiciones aparentes, pero no reales.
AMIGO.— Os ruego no hagáis estos discursos con demasiadas personas porque os
ganaréis muchos enemigos.
TRISTÁN.— Poco importa. Ni enemigos ni amigos me harán gran daño.
AMIGO.— O más probablemente seréis despreciado como poco conocedor de la
filosofía moderna y poco preocupado por el progreso de la civilización y de la
Ilustración.
TRISTÁN.— Me desagrada, pero ¿qué se puede hacer? Si me desprecian, trataré de
consolarme.
AMIGO.— ¿Pero al final habéis cambiado de opinión o no? ¿Y qué se ha de hacer con
este libro?
TRISTÁN.— Quemarlo es lo mejor. No queriendo quemarlo, conservarlo como un libro
de sueños poéticos, de invención y de caprichos melancólicos, o como una
expresión de la infelicidad del autor: porque, en confianza, querido amigo, os creo
felices a vos y felices a los demás; pero en cuanto a mí, con vuestro permiso y del
siglo, soy infelicísimo y por tal me tengo; y todos los diarios de los dos mundos
no me convencerán de lo contrario.
AMIGO.— Yo desconozco los motivos de la infelicidad de la que me habláis. Pero si
uno es feliz o infeliz solo puede juzgarlo la persona misma, y tal juicio no puede
ser errado.
TRISTÁN.— Ciertísimo. Y además os digo francamente que yo no me someto a mi
infelicidad ni agacho la cabeza ante el destino ni hago pactos con él, como hacen
los demás hombres; y oso desear la muerte, y desearla sobre todo con tanto ardor
y con tanta sinceridad con cuanto creo firmemente que no sea deseada en el
mundo sino por poquísimos. No os hablaría así si no fuese bien cierto que,
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llegada la hora, el hecho no desmentirá mis palabras, pues aunque no vea todavía
ningún fin a mi vida, tengo un profundo convencimiento que casi me hace seguro
que la hora que yo digo no sea lejana. Demasiado maduro estoy para la muerte,
demasiado absurdo e increíble me parece tener que, muerto como estoy
espiritualmente, concluida en mí totalmente la fábula de la vida, durar todavía
cuarenta o cincuenta años, con los que me amenaza la naturaleza. Con el solo
pensamiento me estremezco. Pero como sucede con todos los males que vencen,
por así decir, la fuerza de la imaginación, así este me parece una ilusión o un
sueño, imposible de verificarse. Es más, si alguien me habla de un advenir lejano
como de algo que me pertenezca, no puedo evitar sonreír para mí mismo: tanta
confianza tengo en que la vida que me queda por cumplir no sea larga. Y esto,
puedo decir, es el único pensamiento que me sostiene. Libros y estudios, que a
menudo me sorprendo de haber amado tanto, propósitos de cosas grandes, y
esperanzas de gloria y de inmortalidad, son cosas de las cuales ha pasado también
el tiempo hasta de reírse. De los propósitos y de las esperanzas de este siglo no
me burlo: les deseo con todo el alma el mayor éxito posible, y alabo, admiro y
honro alta y sincerísimamente la buena voluntad, pero no envidio por ello a los
sucesores ni quienes deben vivir todavía largamente. En otros tiempos he
envidiado a los idiotas y estultos, y a quienes tienen un gran concepto de sí
mismos; y de buena gana me habría convertido en uno de ellos. Hoy ya no
envidio ni estultos, ni sabios, ni grandes, ni mediocres, ni débiles, ni poderosos.
Envidio a los muertos, y solo con ellos me intercambiaría. Cada imaginación
agradable, cada pensamiento del advenir que yo me hago, como acaece, en mi
soledad, y con lo que voy pasando el tiempo, consiste en la muerte, y de ahí no
sabe salir. Ni en este deseo el recuerdo de los sueños de la primera edad y el
pensamiento de haber vivido en vano logran turbarme como solían. Si obtengo la
muerte, moriré tranquilo y contento, como si nada más hubiera esperado ni
deseado en el mundo. Esta es la única gracia que puede reconciliarme con el
destino. Si me fuese propuesta por un lado la fortuna y la fama de César o de
Alejandro, limpia de toda mancha, y por otro el morir hoy, y que debiese escoger,
yo escogería morir hoy, y no necesitaría tiempo para decidirme.
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Noticias sobre estos diálogos
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Giacomo Leopardi nació el 29 de junio de 1789 en Recanati, Las Marcas (Italia) en
el seno de una familia aristocrática en decadencia, siendo su padre el Conde Monaldo
y su madre la Marquesa Adelaide Anticci.
Tenía dos hermanos menores, Carlo y Paolina, que crecieron al igual que Giacomo en
un ambiente ultrareligioso, conservador y autoritario.
Leopardi vivió una infancia enfermiza y solitaria, pasando mucho tiempo enfrascado
en la lectura de los muchos volúmenes que poseía la extensa biblioteca de su padre y
sobresaliendo en el estudio de las lenguas clásicas.
Viajó por diversas ciudades italianas, como Roma, Milán, Bolonia, Pisa, Florencia o
Nápoles, en muchas ocasiones acompañado por su gran amigo Antonio Ranieri, quien
junto a su hermana Paolina fueron las personas más allegadas en su existencia.
Hombre de vasta cultura, sus textos poéticos de inspiración clásica, espíritu
romántico y profunda emotividad, están caracterizados por la melancolía, el dolor y
el pesimismo que dominó su existencia, marcada por los muchos achaques de salud
(asma, problemas en su columna y mala visión) que sufrió desde temprana edad, así
como por su desgraciada vida amorosa condicionada por sus defectos físicos, en
especial por su fallida relación con Fanny Targioni Tozzetti y por su deseo romántico
con su prima Gertrude Cassi.
Falleció víctima del cólera en Nápoles el 14 de junio de 1837. Tenía 47 años.
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Notas
[1] Heródoto, lib. 5, cap. 4. Estrabón, lib. 11, edit. Casaub. pág. 519. Mela, lib. 2,
cap. 2. Antologia greca, ed. H. Steph, pág. 16. Coricio sofista, Orat. fun. in Procop.
gaz. cap. 35, ap. Fabric. Bibl. Graec. ed. vet. vol. 8, pág. 859. [Para no sobrecargar el
texto hemos decidido incorporar únicamente las notas añadidas por el propio
Leopardi a su obra. N. del T.]
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[1] De todos modos, se ha dicho muchísimas veces que Atlas sostenía el cielo, como
se ve en el primer libro de la Odisea, vers. 52 y siguientes, y en el Prometeo de
Esquilo, v. 347 y siguientes; y los antiguos también se imaginaban que sostenía la
Tierra.
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[2] Plinio, lib. 7, cap. 52. Diógenes Laercio, lib. 1, segm. 109. Apollonio, Hist.
commentit. cap. 1. Varrón, de Ling. lat. lib. 7. Plutarco, an seni gerenda sit respub.
opp. ed. Francof. 1620, tom. 2, pág. 784. Tertuliano, De anima cap. 44. Pausanias, lib.
1, cap. 10, ed. Kuhn, pág. 35. Appendice vaticana dei Proverbi, centur. 3, proverb. 97.
Suida, voc. Έπιμενίδης; Luciano, Timon. opp. ed. Amstel. 1687, tom. 1, pág. 69.
Página 198
[3] Apolonio, Hist. commentit. cap. 3. Plinio, lib. 7, cap. 52. Tertuliano, De anima
cap. 44. Luciano, Encom. Musc. opp. tom. 2, pág. 376. Orígenes, Contra Cels. lib. 3,
cap. 32.
Página 199
[1] A propósito de esta costumbre, la cual es común en muchos pueblos bárbaros, de
cambiar a la fuerza las cabezas, es notable un texto de Hipócrates, De Aere, Aquis et
Locis, opp. ed. Mercurial, class. 1, pág. 29, sobre una nación del Ponto, llamada de
los Macrocéfalos, es decir, Cabezaslargas, los cuales tuvieron por costumbre apretar
la cabeza de los niños de manera que fueran lo más largas que se pudiese: olvidad
esta práctica, los niños nacían con la cabeza alargada porque, dice Hipócrates, así
eran los progenitores.
Página 200
[1] Véase el Vert-Vert de Gresset.
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[1] «En verdad Crisipo llega a decir que el alma se le dio a él para que le sirviera de
sal y lo preservara de la putrefacción», Cicerón, de Nat. Deor. lib. 2, cap. 64.
Página 202
[1] Ciudad fabulosa llamada también El Dorado, la cual buscaron los españoles y
creyeron que se encontraba en América del Sur entre el río Orinoco y el Amazonas.
Véase los geógrafos.
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[1] Véase en las revistas alemanas del mes de marzo de 1824 los descubrimientos
atribuidos al señor Gruithuisen.
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[2] Véase Macrobio, Saturnal. lib. 3, cap. 8. Tertuliano, Apologet. cap. 15. La Luna
también era honrada bajo nombre masculino, como dios Luno. Espariano, Caracall.
cap. 6 y 7. Y también hoy en las lenguas teutónicas el nombre de la Luna es de género
masculino.
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[3] Menandro retórico, lib. 1, cap. 15, in Rhetor, grac. veter. A. Manut. vol. 1,
pág. 604. Meursio, ad Lycophron. Alexandr. opp. ed. Lamii, vol. 5, col. 951.
Página 206
[4] Ateneo, lib. 2, ed. Casaub. pág. 57.
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[5] Antonio de Ulloa. Véase Carli, Lettere Americane, par. 4, lett. 7, opp. Milano
1784, tom. 14, pág. 313 y siguientes, y las Memor. encicloped. dell’anno 1781,
compilate dalla Società letterar. di Bologna, págs. 6 y siguientes.
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[6] That the moon is made of green cheese. Se dice en un proverbio sobre aquellos
que esperan cosas fantásticas.
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[7] Véase los astrónomos donde hablan de la luz, llamada opaca o cenicienta, que se
ve en la parte oscura del disco lunar durante la luna nueva.
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[1] Plinio, lib. 16, cap. 30; lib. 2, cap. 55; Suetonio, Tiber. cap. 69.
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[2] Quiero reproducir un texto poco agradable ciertamente y poco amable con la
materia, pero muy curioso, por la manera tan natural de describir que el autor usa. Él
es un tal Pedro de Cieza, español, que vivió durante los primeros descubrimientos y
conquistas hechos por sus compatriotas en América, de las cuales formó parte durante
diecisiete años. De su veracidad y fe en la narración se puede ver la primera nota de
Robertson al sexto libro de Historia de América. Reproduzco las palabras en
ortografía moderna. «La segunda vez que volvimos por aquellos valles, cuando la
ciudad de Antioquía fue poblada en las sierras que están por encima de ellos, oí decir
que los señores o caciques de estos valles del norte buscaban por las tierras de sus
enemigos todas las mujeres que podían; las cuales, traídas a sus casas, usaban con
ellas como con las suyas propias y si se empreñaban de ellos, los hijos que nacían los
criaban con mucho regalo hasta que tenían doce o trece años; y de esta edad, estando
bien gordos, los comían con gran sabor, sin mirar que eran su sustancia y carne
propia; y de esta manera tenían mujeres para solamente engendrar hijos en ellas para
después comer; pecado mayor que todos los que ellos hacen. Y para tener por cierto
lo que digo, ved lo que pasó con el licenciado Juan de Vadillo (que en este año está en
España; y si le preguntan lo que digo, dirá ser verdad): y es que la primera vez que
entraron cristianos españoles en estos valles, que fuimos mis compañeros y yo, vino
de paz un señorete que tenía por nombre Nabonuco, y traía consigo tres mujeres; y
viniendo la noche, dos de ellas se recostaron encima de un tapete o estera, y la otra
atravesada para servir de almohada; y el indio se echó encima de los cuerpos de ellas,
muy tendido; y tomó de la mano a otra mujer hermosa, que quedaba atrás con otra
gente suya, que luego vino. Y como el licenciado Juan de Vadillo le viese de aquella
suerte, preguntóle que para qué había traído aquella mujer que tenía de la mano y,
mirándolo al rostro el indio, respondió mansamente que para comerla y que si él no
hubiera venido, lo hubiera ya hecho. Vadillo, oído esto, mostrando espantarse, le dijo:
“¿Pues cómo, siendo tu mujer, la has de comer?” El cacique, alzando la voz, tornó a
responder diciendo: “Mira, mira; y aun al hijo que pariere comería”. Esto que he
dicho pasó en el valle del norte, y en el Guaca, que es el que queda atrás; oí decir a
este licenciado Vadillo que algunas veces, como supo por dicho de algunos indios
viejos, por las lenguas que traíamos, que cuando los naturales de él iban a la guerra, a
los indios que prendían en ella hacían sus esclavos, a los cuales casaban con sus
parientas y vecinas; y los hijos que hacían en ellas aquellos esclavos, los comían, y
que después que los mismos esclavos eran muy viejos y sin potencia para engendrar,
los comían también aquellos. Y la verdad, como estos indios no tenían fe ni conocían
al demonio, que tales pecados les hacía hacer, cuán malo y perverso era; no me
espanto de ello, porque hacer esto más lo tenían ellos por valentía que por pecado.»
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Parte Primera de la Crónica del Perú hecha por Pedro de Cieza, cap. 12, ed. de
Anvers 1554, hoja 30 y siguientes.
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[3] El número de indígenas que viven en las dos Américas descienden anualmente. Se
cuenta que todavía alrededor de 500 000 en el norte y al oeste de los Estados Unidos,
y 400 000 en el sur de las repúblicas de Río de la Plata y de Chile. Han sido
diezmadiados no tanto por las guerras que han tenido contra los gobiernos
americanos, que por su funesta pasión por los licores fuertes y a los combates y
exterminios que libran entre ellos, a lo que debemos atribuir su rápido decrecimiento.
Llevan a un tal punto estos dos excesos, que podemos predecir con certeza que antes
de un siglo habrán desaparecido completamente de esta parte del globo. La obra de
M. Schoolcraft (titulada, Travels in the central portions of the Mississipi Valley;
publicada en Nueva York, el año 1825) está llena de detalles curiosos sobre los
dueños primitivos del Nuevo Mundo; tendrá que ser por tanto más investigado, ya
que es, por así decir, la historia del último periodo de existencia de un pueblo que va
a desaparecer. Revue Encyclopédique, t. 28,noviembre 1825, pag. 444.
Página 214
[4] Este es un hecho real.
Página 215
[1] Famosa voz de Arquímedes, que habría pronunciado cuando encontró el modo de
conocer el robo hecho por el fabricante de la corona votiva de Gerón.
Página 216
[2] Los objetivos de este arte podrán, en efecto, no sé si aprenderlos pero sí
ciertamente estudiarlos en diversos libros tanto modernos como antiguos como, por
ejemplo, en las Lecciones del arte de prolongar la vida humana, escritas en nuestros
días por el alemán Hufeland, que han sido incluso traducidas y editadas en Italia. Una
nueva manera de adulación fue la de un Tommaso Giannotti, médico de Ravena,
llamado con el apodo de el filólogo, fue famoso en sus tiempos y en el año 1550
escribió a Julio III, llegado aquel mismo año al pontificado, un libro De vita hominis
ultra CXX annos protrahenda, muy a propósito de los Papas, porque cuando
comienzan a reinar, suelen ser de edad avanzada. Sería libro de risa si no fuera tan
oscuro. Dice el médico haberlo escrito con el principal fin de prolongar la vida al
nuevo Pontífice, necesario al mundo, animado incluso a escribirlo por dos cardenales
desmesuradamente deseosos del mismo efecto. En la dedicatoria, vives igitur, dice:
beatissime pater, ni fallor, diutissime. Y en el interior de la obra, habiendo dedicado
un capítulo entero cur Pontificum supremorum nullus ad Petri annos pervenerit,
titula otro de este modo: lulius III papa videbit annos Petri et ultra; huius libri, pro
longava hominis vita ac christiana religionis commodo, immensa utilitate. Mas el
Papa murió cinco años después a la edad de sesenta y siete. En cuanto al autor,
prueba que si por caso no pasara o no llegara a los ciento veinte años, no será culpa
suya y sus preceptos no se deberán despreciar por esto. Se cierra el libro con una
prescripción titulada Iulii III vita longaevae ac semper sane consilium.
Página 217
[3] Véase Luciano, Dial. Menip. et Chiron. opp. tom. 1, pág. 514.
Página 218
[4] Píndaro, Pyth. od. 10, v. 46 et seqq. Estrabón, lib. 15, pág. 710 et seqq. Mela, lib.
3, cap. 5. Plinio, lib. 4, cap. 12 hasta el final.
Página 219
[5] Plinio, lib. 6, cap. 30; lib. 7, cap. 2. Arriano, Indic., cap. 9.
Página 220
[6] Lettres philosophiques, lett. 11.
Página 221
[7] Suida, voc. Λευκή ήμέρα.
Página 222
[1] Camoens, Lusiad., canto 5.
Página 223
[2] Séneca, Natural. Quaestion. lib, 6, cap. 2.
Página 224
[1] Tuvo Torquato Tasso, durante su período de enfermedad mental, una opinión
similar a la famosa de Sócrates: creía ver de cuando en cuando un espíritu bueno y
amigo, y tener con él muchos y largos diálogos. Así lo leemos en la vida de Tasso
escrita por Manso, el cual estuvo presente en uno de estos coloquios o soliloquios o
como prefiramos llamarles.
Página 225
[2] Apolonio, Hist. commentit., cap. 46. Cicerón, de Divinai., lib. 1, cap. 30; lib. 2,
cap. 58. Plinio, lib. 18, cap. 12. Plutarco, Convival. Quaestion., lib. 8, quaest. 10, opp.
tom. 2, pág. 734. Dioscórides, de Materia Medica, lib. 2, cap. 127.
Página 226
[3] Meursio, Exercitat. critic. par. 2, lib. 2, cap. 19, opp. vol. 5, col. 662.
Página 227
[1] Pausanias, lib. 2, cap. 20, pág. 157.
Página 228
[2] Lib. 1, ed. de Milán 1803, vol. 1, pág. 79.
Página 229
[3] Montesquieu, Fragment sur le Goût: de la sensibilité.
Página 230
[4] «Pobre y desnuda vas, filosofía». Petrarca, parte 4, son. 1., La gola e‘l sonno.
Página 231
[5] De Senect. cap. 23.
Página 232
[6] En Stobeo, ed. Gesner. Tigur. 1559, serm. 96, pág. 529.
Página 233
[7] Somn. Scip. cap. 7.
Página 234
[1] Véase, entre otros, sobre estas famosas momias, que en el lenguaje científico se
llamarían preparaciones anatómicas, a Fontenelle, Éloge de mons. Ruysch.
Página 235
[2] El estudio de Ruysch fue visitado dos veces por el zar Pedro I, el cual lo compró y
lo hizo llevar a San Petersburgo.
Página 236
[3] El medio usado por Ruysch para conservar los cadáveres fue la inyección de una
cierta materia compuesta por él, la cual producía efectos maravillosos.
Página 237
[4] De Senectute, cap. 7.
Página 238
[1] Económico, cap. 20, § 23.
Página 239
[2] Cap. 6.
Página 240
[3] Lib. 1, segm. 69.
Página 241
[4] Lib. 2, segm. 31.
Página 242
[5] Ibíd., segm. 95.
Página 243
[6] Lib. 4, segm. 48.
Página 244
[7] Praecept. gerend. reipub. opp. tom. 2, pág. 709 y ss.
Página 245
[8] Parad. 1 in fine.
Página 246
[9] Lib. 2, cap. 8, sect. 9; c. 9, sect. 5.
Página 247
[1] Peripl. in Geogr. Grte. min. pág. 5.
Página 248
[1] Cyneget. cap. 5, § 4.
Página 249
[1] Véase, entre otros, Buxtorf, Lexic. Chaldaic. Talmud, et Rabbin. col. 2653 y ss.
Página 250
[2] Como un gran número de gentiles y de cristianos antiguos, muchos de ellos
también judíos (entre los cuales, Filón de Alejandría y el rabino Maimónides), fueron
de la opinión de que el Sol, e igualmente los planetas y las estrellas, tenían alma y
vida. Véase Gassendi, Physic. sect. 2, lib. 2, cap. 5; y Petau, Theologic. dogm. de sex
dier. opific. lib. 1, cap. 12, § 5 y ss.
Página 251
[3] Esta es una conclusión poética, no filosófica. Hablando filosóficamente, la
existencia que nunca ha comenzado jamás tendrá fin.
Página 252
[1] Copérnico, en efecto, lo dedicó al pontífice Pablo III.
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[1] Diógenes Laercio, Vit. Plat. segm. 80.
Página 254
[2] Mucho difieren las opiniones del siglo decimonoveno con las de Porfirio relativas
al estado natural y a la civilización. Pero esta diferencia no tendría otra disputa que de
nombres en lo que pertenece a los argumentos de Porfirio sobre la muerte voluntaria.
Llamando mejoramiento o perfeccionamiento o progreso lo que Porfirio llama
corruptela, y naturaleza mejorada o perfeccionada lo que llama segunda naturaleza, el
valor de estos razonamientos no disminuirían en parte alguna.
Página 255
[3] Cicerón, Tuscul. lib. 1, cap. 34. Valerio Massimo. lib. 8. cap. 9. Diógenes Laercio,
lib. 2, segm. 86. Suida, voc. Άρίστιππος.
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[1] Parte 2, Canción 5, «Salía de la fuente de mi vida».
Página 257
[2] Véase Estobeo, Serm. 96, pág. 527 y ss. Serm. 119, pág. 601 y ss.
Página 258
[1] Como deja escrito el propio Leopardi, hemos decidido prescindir para esta edición
de los diálogos excluidos por el autor, así como de aquellos consistentes en
fragmentos o que quedaron inconclusos. [Nota del Traductor].
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