En este análisis, se exploran cuatro variables importantes para entender las
características laborales y educativas de una muestra de mujeres y hombres:
edad, horas trabajadas al mes, años de educación y experiencia laboral. En
cuanto a la edad, tanto mujeres como hombres presentan distribuciones
similares, aunque con algunas diferencias sutiles. La media de edad para las
mujeres es de 40 años, mientras que la mediana se encuentra en los 39 años,
lo que indica que hay una ligera concentración de mujeres cercanas a esa
edad, pero también algunas mujeres significativamente mayores, lo que eleva
la media. La moda en las mujeres se encuentra en los 30 años, lo que refleja
que la mayor parte de ellas se agrupa en torno a este rango de edad. Este dato
podría estar relacionado con situaciones como la maternidad o cambios en las
etapas de su vida profesional. En el caso de los hombres, la moda se ubica en
los 34 años, lo que también muestra una concentración significativa en torno a
esta edad, aunque con un leve desplazamiento hacia rangos de mayor edad.
En términos de dispersión, las mujeres tienen una desviación estándar de 13.1
años, lo que sugiere una variabilidad considerable en las edades, destacando
que algunas mujeres son considerablemente mayores que otras. Este sesgo
positivo en la distribución refleja que las mujeres con más edad son menos
frecuentes, pero aún representan una proporción significativa. Para los
hombres, la media de edad es de 38.6 años, con una mediana de 38 años, lo
que refleja una estabilización en torno a los 40 años en su carrera. La
dispersión de edades en los hombres es algo menor que la de las mujeres, con
una desviación estándar de 12.8 años, lo que sugiere trayectorias profesionales
más estables o menos diversas. Sin embargo, los cuartiles indican que el 25%
de los hombres está por debajo de los 31 años, el 50% por debajo de los 38
años y el 75% por debajo de los 45 años, lo que subraya una mayor
concentración de hombres en las franjas de edad más maduras.
Con respecto a las horas trabajadas al mes, tanto mujeres como hombres
presentan una gran variabilidad, pero con ciertas diferencias notables. En el
caso de las mujeres, la media de horas trabajadas es de 185 horas mensuales,
mientras que la mediana es de 209 horas. Este sesgo negativo sugiere que una
proporción considerable de mujeres trabaja menos horas que la mediana, lo
que podría estar relacionado con trabajos a medio tiempo o con
responsabilidades domésticas no remuneradas. La moda en las horas
trabajadas para las mujeres se encuentra en las 209 horas mensuales, lo que
refleja que muchas mujeres trabajan jornadas laborales estables, aunque no
necesariamente largas. En los hombres, la media es de 192 horas, con una
mediana de 198 horas, lo que sugiere que los hombres tienden a trabajar más
horas que las mujeres. Los cuartiles indican que el 25% de los hombres trabaja
menos de 161 horas, el 50% trabaja menos de 198 horas y el 75% menos de
230 horas, lo que subraya que una mayor proporción de hombres realiza
jornadas laborales completas o incluso extendidas. La dispersión de horas
trabajadas en los hombres es considerable, con una desviación estándar de 63
horas, lo que indica una mayor concentración de hombres en trabajos de
tiempo completo.
En cuanto a los años de educación, se observan diferencias significativas entre
mujeres y hombres. La media de años de educación para las mujeres es de 12
años, lo que equivale a la finalización de la educación secundaria y algo de
educación superior. La mediana se sitúa en 11 años, lo que indica que una
parte significativa de las mujeres no alcanza el nivel universitario. Esta
distribución muestra un sesgo negativo, reflejando que muchas mujeres tienen
niveles educativos más bajos. Por otro lado, los hombres tienen una media de
años de educación de 12.5, ligeramente superior a la de las mujeres. La
mediana para los hombres es de 12 años, lo que indica que una mayor
proporción de hombres ha completado la educación básica y media. Los
cuartiles muestran que el 25% de los hombres tiene 12 años o menos de
educación, mientras que el 75% tiene hasta 17 años, lo que refleja una mayor
tendencia de los hombres a completar estudios superiores en comparación con
las mujeres.
Finalmente, en términos de experiencia laboral, las mujeres tienen una media
de 22 años de experiencia, con una mediana de 20 años, lo que indica que
muchas mujeres cuentan con una experiencia considerable, pero la moda en
las mujeres se encuentra en los 6 años, lo que revela que muchas tienen
carreras laborales no continuas. La desviación estándar de 15 años es bastante
alta, lo que sugiere que la experiencia laboral de las mujeres varía
significativamente. En cuanto a los hombres, la media de experiencia es de 23
años, con una mediana de 22 años, lo que refleja que los hombres en general
tienen trayectorias laborales más estables. La moda se encuentra en los 7
años, lo que también refleja diversidad en las trayectorias laborales. Los
cuartiles para los hombres indican que el 25% tiene menos de 11 años de
experiencia, mientras que el 75% tiene más de 20 años, lo que muestra que la
mayoría de los hombres tiene experiencia considerable, especialmente en
sectores que requieren largos periodos de formación.
Este análisis destaca las diferencias y similitudes entre mujeres y hombres en
relación con su edad, horas trabajadas, educación y experiencia laboral. Las
mujeres tienden a trabajar menos horas al mes, tienen menos años de
educación y presentan una experiencia laboral más dispersa, lo que podría
estar relacionado con las expectativas sociales y las responsabilidades
familiares. Sin embargo, también es importante notar que tanto hombres como
mujeres muestran patrones de educación y experiencia que reflejan la realidad
de sus respectivos sectores laborales, lo que evidencia la necesidad de abordar
las desigualdades de género en el acceso a la educación y la participación
laboral.
Una vez aplicada la transformación logarítmica, se observa que la distribución del salario
de las mujeres se aproxima en mayor medida a la forma de campana (ver Anexo 12), al
igual que la de los hombres (ver Anexo 14). No obstante, en ninguno de los dos casos se
logra un ajuste perfecto, debido principalmente a la alta proporción de ceros en la variable
original. En el caso de las mujeres, estos ceros exageran un sesgo hacia la izquierda y
aumentan la curtosis. Esto indica que, incluso después de la transformación, la distribución
sigue presentando colas pesadas y valores extremos. Por otro lado, en los hombres, la
transformación logra reducir sustancialmente tanto la curtosis como la asimetría; sin
embargo, también se observa un sesgo hacia la izquierda. Esto se debe a que la fórmula del
coeficiente de asimetría (skewness) mide el desbalance de la distribución respecto a su
media, utilizando el cubo de las diferencias con esta. Como resultado, unos pocos valores
extremos pueden influir de forma considerable, incluso si no parecen tan representativos
visualmente.
En suma, aunque la transformación logarítmica mejora la aproximación de la distribución
de ingresos a la normalidad, las particularidades de la muestra, como la alta proporción de
personas sin ingresos, impiden un ajuste completo. Precisamente, la presencia de estos
ceros en la distribución levanta dudas sobre la calidad de los datos, ya que se esperaría que
el efecto de las horas trabajadas sobre el ingreso fuera positivo. Sin embargo, la inclusión
de personas que trabajan sin recibir ingresos sesga los datos de tal forma que la relación
entre ambas variables aparece sin tendencia definida (ver Anexo 18).
Por otro lado, en el caso de la edad, se esperaría una relación positiva con el ingreso, dado
que una mayor edad podría estar asociada a niveles educativos más altos o, al menos, a una
mayor experiencia laboral (ver Anexo 19). De manera consistente, también se encuentra
una relación positiva entre los años de educación y el ingreso, lo cual refleja que una mayor
cualificación tiende a estar asociada con salarios más altos. Este comportamiento se replica
de forma análoga cuando se analiza la variable de nivel educativo (ver Anexo 20).
Finalmente, se esperaría que, a mayor experiencia, los ingresos también fueran más altos, al
menos hasta alcanzar un punto máximo dentro del ciclo de vida laboral, momento en el que
la productividad percibida puede disminuir y, con ella, la remuneración. Sin embargo,
nuevamente, la alta presencia de individuos que reportan trabajar pero no perciben ingresos
podría estar sesgando los resultados. Aunque es comprensible que la experiencia sin
educación formal tenga un efecto más limitado sobre el ingreso, no se esperaría, en ningún
caso, una relación negativa significativa.