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El niño lector y su viaje al amor

El relato narra la historia de un niño que encuentra refugio en los libros mientras lucha por encajar en el mundo. A medida que crece, se enfrenta a la soledad y a la búsqueda de conexión, especialmente con una chica que se convierte en un pilar en su vida. A través de altibajos emocionales y el reconocimiento de sus propios miedos, el protagonista busca redescubrir el amor y la importancia de la comunicación en sus relaciones.

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El niño lector y su viaje al amor

El relato narra la historia de un niño que encuentra refugio en los libros mientras lucha por encajar en el mundo. A medida que crece, se enfrenta a la soledad y a la búsqueda de conexión, especialmente con una chica que se convierte en un pilar en su vida. A través de altibajos emocionales y el reconocimiento de sus propios miedos, el protagonista busca redescubrir el amor y la importancia de la comunicación en sus relaciones.

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Capítulo I – El niño que leía para no desaparecer

Antes de comenzar, déjame advertirte algo: esta no es una historia de héroes


invencibles ni de amores de cuento de hadas. Es una historia real. Mía. Nuestra.
Y aunque esta vez seré el protagonista del relato, jamás lo fui de mi mundo.

Porque desde que tengo memoria, siempre observé la vida desde una esquina. Era
ese niño callado que no sabía muy bien cómo encajar, que sentía que el mundo
giraba demasiado rápido para su corazón lento.

Antes de que el mundo tuviera color, antes incluso de que la palabra "amor"
significara algo más que una fantasía en papel, existía un niño.

No era un niño ruidoso, ni el centro de los juegos, ni el alma de las fiestas infantiles.
Era ese que pasaba desapercibido, que caminaba por los pasillos con la cabeza
agachada, no por vergüenza, sino porque así era más fácil perderse entre
pensamientos.

Había una constante en su infancia: el silencio.


Y, sin embargo, dentro de él, vivían mil voces. Las de los libros.

Porque allí, entre páginas gastadas y letras minúsculas, encontraba algo que el
mundo no le daba: paz.
Cada historia era un lugar seguro. Cada palabra, una mano extendida. Cada final feliz,
una posibilidad que no se atrevía a pedir en voz alta.

Cuando los demás jugaban fútbol o hablaban de caricaturas, él imaginaba que


estaba en algún rincón olvidado de un bosque encantado, o viajando en un tren
invisible hacia una ciudad donde alguien —al fin— lo esperaba con los brazos
abiertos.

En esos libros, no era invisible. Era valiente. Era importante.


Era querido.

Y aunque los años pasaban, y con ellos venían nuevas responsabilidades, nuevas
caras, y una vida cada vez más ruidosa, el niño lector seguía allí. Solo que ahora
escondía los libros en la mochila de su alma, y leía cuando nadie miraba, en los ratos
en que el corazón le dolía en silencio.

Pasaron los años, y con ellos llegaron las pocas amistades. Superficiales, a veces
pasajeras, pero necesarias para no quebrarse del todo. Entre esas amistades estaba
ella. Una chispa que apenas iluminó en su momento, pero que el tiempo se
encargaría de encender después.
Y entonces llegó ese período.
Oscuro. Denso.
Donde el mundo ya no dolía… simplemente no importaba.
Alejarse de todos no fue una decisión. Fue una consecuencia. Una necesidad. Como
cerrar los ojos ante una tormenta de la que no se sabe salir.

El silencio regresó, esta vez no como un refugio, sino como una prisión.
Los días eran largos. Las noches, más.

Pero incluso en esos días, ella aparecía en su mente. De forma breve. Silenciosa.
Como una nota suelta en una canción que aún no empezaba a sonar. Pensó en
escribirle muchas veces.
Nunca lo hizo. Hasta que lo hizo.

Y aunque no era todavía el momento de renacer, esa pequeña idea —el recuerdo de
su voz, su forma de mirar, su manera de existir— plantó una semilla.

Pero mientras esa flor germinaba, Kevin eligió otro camino para no sentir: la
velocidad.
La moto fue su nuevo escondite. Aquel rugido del motor que ahogaba sus
pensamientos. Aquel viento que lo arrancaba del cuerpo por unos segundos y lo
convertía en algo más liviano.
No era una búsqueda de adrenalina. Era un grito que nadie oía. Una danza con el
peligro, no porque quisiera morir… sino porque vivir dolía demasiado.

Y así, entre libros, motores, silencios y pensamientos de ella, se tejió el primer hilo de
esta historia.

Una historia que apenas comienza.


Una historia en la que, poco a poco, sin darse cuenta, dejaría de ser un niño perdido…
para convertirse en un hombre que empezaba, por fin, a ser encontrado.
Capítulo II – Ella

Hay personas que llegan como tormentas y otras como susurros. Ella llegó como un
atardecer tibio en diciembre, sin hacer ruido, pero pintándolo todo con su luz. Aunque
no dejé el mundo de las motos y la velocidad por completo —ese refugio ruidoso que
elegí para silenciar lo que dolía—, empecé a encontrar algo distinto. Una amistad
sincera, suave, que sin intención alguna, se volvió hogar.

Así comenzó nuestra historia.

No hubo fuegos artificiales ni promesas al oído. Solo risas. Compañía. Y un extraño


alivio en el pecho cada vez que aparecía su nombre en la pantalla. Fue lento,
imperceptible, como las raíces que crecen bajo tierra sin que nadie las vea, pero que
sostienen todo lo demás.

Recuerdo que fue a finales del 2023, poco después de noviembre, cuando
coincidimos de nuevo. No sé cómo ni por qué, pero tras años de apenas hablarnos en
el colegio —de conocernos sin conocernos— nuestras vidas volvieron a cruzarse. Y
esta vez, se quedaron juntas.

A mediados de diciembre comenzó a volverse costumbre. Ella era ese mensaje que
esperaba cada mañana, esa risa que atravesaba los días, esa presencia que me
enseñó lo que era compartir diciembre con alguien que no fuera familia. Día tras día
hablábamos más, y cada palabra suya era como volver a casa tras mucho tiempo
lejos.

Sin darme cuenta, empecé a confiar. Empecé a verla más seguido, y surgió una
amistad tan bonita que me asustaba de lo buena que era. Por alguna razón,
despertaba en mí un lado cursi que nunca antes había mostrado. Mimarla, abrazarla,
hablarle como si mi alma se hiciera pequeña y cálida a su lado. Y aunque intentaba
ignorarlo, algo en mí sabía que estaba sintiendo más de lo que quería aceptar.

Recuerdo ese abrazo. Uno que le di antes de irme o al regresar de Francia —no
importa el momento exacto, sino lo que me dejó—. Fue un abrazo distinto. Familiar.
Profundamente seguro. Y ahí, en ese instante tonto y sencillo, supe que algo era
distinto. Que ella era distinta.

Intenté ignorarlo. No quería arruinar lo que teníamos. Me gustaba cómo me hacía


sentir. Pero a veces se me escapaba un "amor" entre palabras, un descuido del
corazón que hablaba antes que la mente. Y llegó un día en que ella también me lo
dijo. No recuerdo los detalles exactos, solo la sensación. Ese calor tonto en el pecho,
esa felicidad quieta.
Nos veíamos por poco tiempo, en las escaleras del colegio, y en esos momentos
breves yo le robaba cientos de besos en la frente, en las mejillas. Era como si cada
roce le dijera: "Estoy aquí. Quédate."

Hasta que un día, cuando la cercanía era ya costumbre, ella preguntó si quería
besarla en los labios. Y fue como si el mundo se detuviera. Me llené de dudas:
¿Quiero? ¿Y si es raro? ¿Y si la pierdo? Pero no dijimos nada más. Yo me fui con mis
pensamientos revueltos y una madrugada de motos por delante.

La madrugada siguiente la pasé con amigos, subiendo a Palmas, dejando que el


viento me rasgara las dudas. En una parada coincidí con alguien. Sentí algo extraño.
Nada que pudiera nombrar, solo un ruido incómodo. Esa persona me dijo que nos
veríamos en las prácticas. No le di importancia, pero algo dentro de mí no se
calmaba.

El fin de semana, tras la carrera, le conté a ella. Y me robó un beso. Uno tierno,
inesperado. Uno que me dejó sin palabras, pero lleno de preguntas. Me fui así,
enredado, confundido, hasta que lo hablé con mis amigos. Todos coincidieron en una
sola frase: estás enamorado.

Y entonces lo supe.

Volvimos a Medellín. Durante el viaje lo confirmé todo. Solo pensaba en ella. En


besarla. En tenerla cerca. Pero el destino decidió torcerse. Al poco tiempo, ella me
dijo que no quería continuar. Que no estaba lista. Yo tampoco sabía cómo decirle que
sí lo estaba. Que me gustaba. Que me dolía pensar en perderla.

Y entonces cometí errores. Por miedo. Por nervios. Uno tras otro, hasta que reuní el
valor para ir a verla. Llegué a su casa. Me abrió con la seriedad de alguien que se
protege. Y yo, temblando, solté la peor declaración de amor de la historia. Torpe.
Desastrosa. Verdadera.

Pero resultó que ella sentía lo mismo.

Fue un alivio. Fue felicidad. Pero también una pregunta: ¿y ahora qué?

Vivimos meses hermosos. Intensos. De esos que no parecen reales. Pero también
vino lo oscuro. Lo doloroso. Discutimos. Dudamos. Nos herimos. Y todo se rompió un
poco.

Ella dijo cosas que tocaron fibras viejas. Duras. Dolorosas. Cosas que no eran solo
sobre nosotros, sino sobre mí. Sobre el niño que había aprendido a callar para no
molestar. Y empecé a dudar. A tener miedo. A esconder lo que sentía. Pensé en
desaparecer. No porque ella lo quisiera, sino porque mi cabeza lo gritaba.

Me alejé. Me encerré. La herida volvió a abrirse.

Pero ella siguió allí. Con su abrazo. Con su beso. Con su forma de estar, incluso
cuando no entendía del todo cómo me sentía.

Entonces fui a terapia. Porque sabía que si no aprendía a hablar, a decir lo que mi
corazón gritaba, todo acabaría. Y no quería perderla. Ni a ella. Ni a lo que éramos
juntos.

Esa llamada un sábado. Esa sesión de miércoles. Treinta minutos donde lloré todo.
Donde dije su nombre como si fuera oración. Donde la amé sin medida. Fue como
abrir una puerta que llevaba años cerrada.

Y cuando por fin pude escribirle, decirle todo, fue como si el universo respirara
conmigo. Mi corazón se aceleró, y mis dedos, temblando, le escribieron lo que
durante meses había callado.

Hoy puedo decir que el cursi está volviendo. Que el niño lector, el motociclista
solitario, y el hombre roto, encontraron algo en ella: refugio. Amor. Esperanza.

Y aunque las heridas aún sanan, aunque el miedo no se ha ido del todo, mientras ella
esté, todo estará bien.

Porque ella no fue un capítulo. Fue el comienzo del libro que siempre quise escribir.

Y esta vez, no pienso dejar que se cierre.


Capítulo III – A veces, el amor también olvida

No sé cómo empezar esto sin que duela. Tal vez no se pueda.

He estado pensando mucho en nosotros últimamente. En lo que fuimos, en lo que


somos… en lo que estamos dejando de ser. Y lo más duro de todo es saber que gran
parte de esa distancia que hoy existe —esa grieta silenciosa que separa nuestras
miradas— no vino de afuera, vino de mí.

Te fallé. No con grandes traiciones, ni con mentiras oscuras. Te fallé con cosas
pequeñas. Con los detalles que un día te hicieron sentir amada. Con los gestos que
prometí sin palabras y que dejé de cumplir. Y eso es lo que más me duele: haber
dejado de hacer las cosas que construyeron este amor.

Los poemas que solía escribirte. Las palabras que salían de mi alma como si cada
letra llevara tu nombre. Dejé de enviártelos. No porque ya no nacieran en mí, sino
porque —en algún momento que aún no entiendo del todo— sentí que ya no te
interesaban. Un par de silencios, una que otra mirada que pasó de largo… y me callé.
No porque dejara de sentir. Me callé porque perdí seguridad. Porque pensé que ya no
te hacían falta.

Pero seguí escribiendo. A escondidas. Como quien escribe cartas sin dirección. Y
cada poema guardado era una forma más de esconderme. De no arriesgarme. De no
molestarte. Pero también era una forma de no cuidarte. De no amarte como
merecías.

A veces creo que soy mi peor enemigo. Que mi mala memoria no solo olvida fechas o
conversaciones, sino también las formas en que alguien como tú necesita ser amada.
Y eso me destruye. Porque nunca fue falta de amor. Fue torpeza. Fue confusión. Fue
miedo.

Me decías que habías esperado algo, algún gesto, y en mi mente solo había
frustración. Quería haberlo hecho. Quería volver el tiempo atrás y hacerlo bien. Y lo
único que podía hacer era preguntarme: ¿por qué no lo hice? ¿por qué no me di
cuenta antes?
Y entonces venía el enojo. Contra mí mismo. Contra esta forma rara y desordenada
que tengo de querer. Me sentía triste. Vacío. Me aislaba. Me volvía distante. Me
convertía en un rompecabezas imposible, mientras tú solo querías una caricia, una
palabra, un gesto sencillo que te dijera: sigo aquí. Sigo contigo.

Y yo, sin saber cómo, empezaba a desaparecer.


Así como desaparecieron mis palabras. Mis abrazos largos. Mis “buenos días” con
más alma que costumbre. Mi forma de estar presente.
Y en ese desaparecer silencioso, te fui perdiendo.

No quiero justificarme. Solo quiero que sepas que, aunque muchas veces no lo
parezca, sigo aquí. Que en medio de esta versión rota de mí mismo, sigues siendo mi
todo. Que cada vez que fallé, me dolió. Me dolió tanto que me cerré. Porque no sabía
cómo reparar lo que rompía sin querer. Porque me dio miedo que dejaras de verme
con los ojos con los que alguna vez me miraste.

A veces me preguntan si sigo enamorado. Y no sé cómo explicarles que el amor no se


fue. Que lo que se fue fue la versión de mí que te lo demostraba mejor. Que te amé
incluso cuando no supe hacerlo bien. Que te amo, incluso ahora, cuando mis actos a
veces parecen decir lo contrario.

Y tal vez por eso escribo esto. Porque aún no hemos terminado. Porque aún estamos
aquí. Dañados, sí. Cansados. Llenos de silencios incómodos y miradas que ya no se
encuentran tan fácil. Pero aún estamos.

Y yo…
Yo no quiero perderte.
No quiero que esta historia termine como una de esas que el lector cierra con
tristeza, deseando que el final hubiera sido distinto.

Quiero luchar. Volver a escribirte. Volver a amarte como antes… pero mejor. Más
consciente. Más real. Porque ahora sé lo que cuesta perderte. Porque ahora entiendo
que el amor no basta con sentirlo: hay que demostrarlo todos los días, aunque sea
con una sola palabra, con un solo gesto, con un solo poema.
Y aquí va uno, disfrazado de capítulo.

Tal vez aún no sea tarde.


Tal vez, si sigues leyendo, es porque aún queda esperanza.
Y si tú aún estás, yo también estaré.
Porque tú no fuiste una parte de mi historia. Fuiste la razón por la que la empecé a
escribir.

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