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Dionisio y su encuentro con delfines

Dionisio, el dios del vino en la mitología griega, fue capturado por piratas que intentaron pedir un rescate por él. Sin embargo, utilizando su magia, transformó el barco en un mar de vino y convirtió a los piratas en delfines, ordenándoles ser amigables con los humanos. El contramaestre, Acetes, fue el único que no se lanzó al agua y posteriormente levantó un templo en honor a Dionisio.

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Dionisio y su encuentro con delfines

Dionisio, el dios del vino en la mitología griega, fue capturado por piratas que intentaron pedir un rescate por él. Sin embargo, utilizando su magia, transformó el barco en un mar de vino y convirtió a los piratas en delfines, ordenándoles ser amigables con los humanos. El contramaestre, Acetes, fue el único que no se lanzó al agua y posteriormente levantó un templo en honor a Dionisio.

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DIONISIO Y LOS DELFINES

Para los antiguos griegos, Dionisio era el dios del vino y el señor de algunos animales. Nació en
el principio del mundo y vivió incontables aventuras. Una de ellas sucedió antes de cumplir los
trece años, cuando una mañana salió a caminar a orillas del mar. Según dicen, lo vieron unos
piratas que habían bajado de su nave a buscar víveres. - ¡Miren su ropa y su corona! -dijo el
capitán-. Seguramente es hijo de algún poderoso. Vamos a raptarlo para pedir un buen rescate por
él. Por su parte, Acetes, el contramaestre que estaba con ellos, tal vez porque vio una luz distinta
en la mirada del joven, se dio cuenta de que se trataba de alguien especial -Déjenlo tranquilo -dijo.
Pero sus compañeros no quisieron escucharlo y subieron a Dionisio a un bote que los llevó al
navío. -Capitán -preguntó el chico no bien estuvo a bordo, atado de pies y manos-, ¿adónde
quieren llevarme? Como toda respuesta, el hombre, ciego de codicia, dio orden de levar anclas.
Pronto, el barco se sacudió y pareció dispuesto a partir; sin embargo, permaneció inmóvil como
una roca. El hombre no tardó en comprender la advertencia de su contramaestre. Aquel chico
tenía algo fuera de lo común. -A ver, muchacho -dijo-, quiero que uses esa magia tuya para
hacernos zarpar, y será mejor que me digas dónde está tu padre porque tendrá que pagar una
suma importante si quiere volver a verte. Un nuevo movimiento del barco dibujó una sonrisa de
satisfacción en la cara del capitán. Sonrisa que se borró de inmediato cuando vio las grandes olas
de vino que bañaban la nave. Al instante, una espesa hiedra creció y trepó con rapidez por los
mástiles mientras sarmientos de vid se enredaban en las velas para inmovilizarlas. Entonces, el
joven se liberó de sus ataduras y transformó los remos en panteras. Al ver las fieras, los piratas
llenos de miedo saltaron al mar. Todos se arrojaron al agua, menos Acetes. Cuando, por fin,
salieron a flote, comprobaron que el muchacho los había convertido en delfines. -Les mando que
desde ahora en adelante sean amigables con los seres humanos -dijo Dionisio. En cuanto al
contramaestre, viajó a su tierra y, una vez allí, levantó un templo en honor al dios.

DIONISIO Y LOS DELFINES

Para los antiguos griegos, Dionisio era el dios del vino y el señor de algunos animales. Nació en
el principio del mundo y vivió incontables aventuras. Una de ellas sucedió antes de cumplir los
trece años, cuando una mañana salió a caminar a orillas del mar. Según dicen, lo vieron unos
piratas que habían bajado de su nave a buscar víveres. - ¡Miren su ropa y su corona! -dijo el
capitán-. Seguramente es hijo de algún poderoso. Vamos a raptarlo para pedir un buen rescate por
él. Por su parte, Acetes, el contramaestre que estaba con ellos, tal vez porque vio una luz distinta
en la mirada del joven, se dio cuenta de que se trataba de alguien especial -Déjenlo tranquilo -dijo.
Pero sus compañeros no quisieron escucharlo y subieron a Dionisio a un bote que los llevó al
navío. -Capitán -preguntó el chico no bien estuvo a bordo, atado de pies y manos-, ¿adónde
quieren llevarme? Como toda respuesta, el hombre, ciego de codicia, dio orden de levar anclas.
Pronto, el barco se sacudió y pareció dispuesto a partir; sin embargo, permaneció inmóvil como
una roca. El hombre no tardó en comprender la advertencia de su contramaestre. Aquel chico
tenía algo fuera de lo común. -A ver, muchacho -dijo-, quiero que uses esa magia tuya para
hacernos zarpar, y será mejor que me digas dónde está tu padre porque tendrá que pagar una
suma importante si quiere volver a verte. Un nuevo movimiento del barco dibujó una sonrisa de
satisfacción en la cara del capitán. Sonrisa que se borró de inmediato cuando vio las grandes olas
de vino que bañaban la nave. Al instante, una espesa hiedra creció y trepó con rapidez por los
mástiles mientras sarmientos de vid se enredaban en las velas para inmovilizarlas. Entonces, el
joven se liberó de sus ataduras y transformó los remos en panteras. Al ver las fieras, los piratas
llenos de miedo saltaron al mar. Todos se arrojaron al agua, menos Acetes. Cuando, por fin,
salieron a flote, comprobaron que el muchacho los había convertido en delfines. -Les mando que
desde ahora en adelante sean amigables con los seres humanos -dijo Dionisio. En cuanto al
contramaestre, viajó a su tierra y, una vez allí, levantó un templo en honor al dios.

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