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Macbeth

El relato sigue a Alonso, un joven que se embarca en una aventura para reunirse con su padre en el Nuevo Mundo en 1539, donde se preparan para participar en la conquista de América. A medida que navegan hacia Perú, Alonso experimenta la emoción y el miedo de lo desconocido, aprendiendo sobre la cultura inca y las tensiones entre los conquistadores españoles. La historia destaca la complejidad de la ambición humana y la importancia de la comprensión y el respeto hacia las culturas diferentes.
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Macbeth

El relato sigue a Alonso, un joven que se embarca en una aventura para reunirse con su padre en el Nuevo Mundo en 1539, donde se preparan para participar en la conquista de América. A medida que navegan hacia Perú, Alonso experimenta la emoción y el miedo de lo desconocido, aprendiendo sobre la cultura inca y las tensiones entre los conquistadores españoles. La historia destaca la complejidad de la ambición humana y la importancia de la comprensión y el respeto hacia las culturas diferentes.
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nso en el de los incas EL BARCO DE VAPOR alena Ibajiez Maria José Zegers Ilustraciones de Alfredo Caceres MAGDALENA IBANEZ VIAL MARIA JOSE ZEGERS RUIZ-TAGLE ALONSO EN EL PAIS DE LOS INCAS ILUSTRACIONES DE, CARLOS ROJAS MAFFIOLETTI EDITORIAL ANDRES BELLO Capitulo T RUMBO A PERG No podia creerlo, Me encontraba con mi padre a bordo de un pequeio barco que navegaba en ese inmenso mar que es el océano Pacifico. Me parecia que habfan transcurrido siglos desde mi sali- da desde Espaiia, mi tierra natal, cuan- do emprend una verdadera aventura para SEE buscar a mi padre en el Nuevo Mundo. iY lo habia halladot Estébamos en el mes de julio de 1539 y yo habia salico de mi casa en el mes de febrero. Sentia que habia concluido con éxito una etapa de mi vida: la busqueda de mi padre. Ahora iniciaba junto a él una nueva aventura. Nada menos que participar en la conquista de América, en nombre de nuesiro emperador, Carlos I. Estas tierras habfan sido descubjertas hacta cuarenta y siete afios por Cristébal Colén, quien tomé posesién de cllas en nombre de los Reyes Catdlicos, los abuelos del ‘emperador. Desde entonces, los espaioles habiamos conquista- do los temitorios de Nueva Espana y del Peri. Incluso algunos conquistadores exploraron las regiones situadas al sur de PerG, pero sin éxito. 6 MAGDALENA IRANEZ / MARIA JOSE Z8G5RS Mi padre viaj6 al Nuevo Mundo en busca de mejor fortuna, ya que en Extremadura, y especialmente en nues. tro pueblo de Torremocha, se vivian tiempos muy diffci- les. ¥ yo me encontré con él milagrosamente, segtn todos me dijeron, en el momento en que se estaba embarcando con destino a Peri. Ahora pienso que realmente fue un milagro encontrarnos en este inmenso continente Desde ese instante todo fue tan rapido que todavia me maravillaba verme en la nave, sobre la cubierta, con- templando con mi padre Ja puesta de sol. Era la primer vez que presenciaba un atardecer sobre el Pacifico ‘A mi padre también le costaba convencerse de que estabamos juntos. Me repetia que nunca habria podido imaginar que a los diez aitos yo era capaz de realizar una hazafta como esa. Pero junto a él, ya me sentia seguro y leno de optimismo. —Padre, qué haremos ahora? —le pregunté. Y sin esperar a que me contestara, segui preguntando— ,Cuan- do podremos reunimos con mi madre? ¢Podra ella venir a América pront —Trataré de que sea lo antes posible, hijo mio, sobre todo ahora que esti ms sola. Ti y yo la necesitamos aqui —me respondié—. Y respecto a tw primera pregunta —me explicO—, ahora navegamos hacia el puerto de Ca- lao, en Peri. Alli desembarcaremos para ditigimos hacia nuestro destino final que ¢s la ciudad de Cuzco. Me quedé pensativo... Peri, Callao, Cuzco... Para mi todo esto era nuevo. Vela a mi padre tan contento de tenerme a su lado y yo tenia tanta confianza en él, que el futuro se me presentaba leno de esperanzas, pero al mismo tiempo —y eso me gustaba mucho— de misterio No sabja casi nada acerea de las tierras hacia las que nos dirigiamos. Volvi a lanzar una pregunta tras otra, con gran curiosidad: 8 MAGDALENA IBANEZ / ARIA JOSE TRG ERS —Dénde esté el Peni? {Fs cierto que es tan rico como dicen? Cuiles son esas riquezas? {Cémo son los indios? {1% conoces a algunos? Son malos? Son muy salvajes?... Mi padre aproveché la pausa que hice para respirar; riendo, me interrumpi6: —Calma, Alonso, calma. No pitedo contestar tntas preguntas a la vez, A ver, veamos —y con una voz imencionalmenie pausada, dijo—: Desde exte punto don- de estamos ahora, el Peri esté bastante mas al sur. Alli viven los “incas’. —iLos incas? —repeti—, es un nombre raro. —ile parece raro? (Pues espera a ver el idioma que hablan! —exclamé—. A ver... qué te parecen estos nom- bres?: Huayna Capac, Atahualpa, Hudscar 0 Tupac. —No sigas, por favor. :Voy a tener que aprender esas palabras tan exttanas? En tono burléa, mi padre respondié —Fsas son muy Ficiles; s6lo te he nombrado al rey y a los principes. —Podrian tener nombres mas normales, como Felipe © Juan. Mi padre de pronto cambi6 la expresin de su rosiso ¥, poniéndose més serio, me dijo unas palabras que se me quedaron muy grabades en mi mente y en mi coraz6n: —Piensa bien, hijo mio: es0s nombres que wi dices que son nommales, para ellos no lo soa. Y quiero que tengas en cuenta una cosa, Vamos a unas tierras nuevas, con cosium- bres diferentes. Verés cosas que nunca antes imaginaste. Algunas te parecerén buenas y otras te causarin temor, 0 incluso repugnancia —y mirindome fijamente a los ojes, prosiguié—, pero ni has de tener respeto por las personas y, aunque te Cueste a veces, debes recordar siempre que son tus semejantes, y que nosotros podremos ense‘tarles mucho, pero también tenemos muchas cosas que aprender de ellos. ALONSO BN EL Pals DEE LOS INCAS ’ Los dias pasaban y la travesia no era nada de facil. El barco era muy pequeno y cada rinobn estaba ocupado por mercaderias, lo que lo hacia avanzar muy lentamente. Ademis, pronto comenzaron a escasear los viveres fres- cos, Para conseguir mejores alimentos, me dediqué a pes- car, ocupacion que me gustaba mucho y en la que pasaba sus buenas horas. Un dia, en que el mar estaba muy tranquilo, al mirar por la borda vi un animal inmenso, de cuerpo robusto y provisto de un enorme caparaz6n. Nadaba muy cerca del arco. Jamés habia visto nada parecido, asi es que, leno de curiosidad, pregunté 2 un marinero qué pez era. —No es un pez, es una tortuga gigante —dijo el hombre—. jPero qué raro me parece encontrarla en este lugar! Sabfas que su carne es una de las mds deliciosas que existen? —zEn serio? Es muy dificil cazarla? Je pregunté, —Bastante, pues hay que matarla por la panza. Su concha es muy dura. No me dejé intimidar por las palabras de! marinero, y apenas ste se ale}6, busqué un arpon y lo até fuertemente a tun gancho en la cubierta. Gon él en la mano y no sin clficultad, me deslicé por una escalera de cuerda hasta el agua. Cuando estuve cerca de Ia tortuga, y mientras rezaba Para que no se escapara, le clavé con todas mis fuerzas el arpon en la parte blanda de su cuerpo. Cogi la cuercla, y comencé a recogerla para subir mi presa a bordo, De pronto, senti un fuerte tirén que casi me hizo caer de cabeza al agua. Qué estaba pasando? ¢Estaria viva ‘a tortuga? Pero al mirarla, vi unos enormes y horribles dientes clavados en ella. Con espanto adverti que esos dientes salian de una cabeza puntiaguda y negra, cuyos 0s furiosos miraban amenazantes Me di cuenta de que estaba luchando con aquel Pavoroso animal por la misma presa. Por el forcejeo, la 0 WAGDALENA {BANE / MABLA JOS# ZEGERS tortuga se fue desgarrando y el agua se Hn6 de un sojo intenso, Asustado ante la desigual pelea, comencé a gritar pidiendo ayuda, “—iSuela la cuerda! —me grit un marinero desde cubierta—. {Y sube rapido! ‘Obedeci sus ordenes lo mis aprisa que pude, porque estaba cada vez mis asustado. Ya a salvo, observé como Jos marineros habfan tomado la cuerda, atada aun sobre cubierta, y luchaban contra aquel pez, tratando de arreba- tarle nuestro alimento, Después de un buen rato, lograron recuperar la descuartizada presa. ‘Me acerqué curioso, para ver los despojos de la po- bre tortuga. Entre su carne, encontré un enorme diente inerustado. Lo saqué y, mientras lo observaba, se acered mi padre y me dijo. "—jBuena presa has cazado! Pero para fa préxima ver, no intentes pelear contra un tiburén. Es muy peligroso. = Un tiburon? —exclamé espantado, recordando cuan- do, durante la travesia a Amnérica, el capitin Alvarez nos habia advertido a Pelayo, mi gran amigo, y a mi, sobre lo feroces que eran esos animales. ‘Segui observando el diente y s¢ lo mostré a mi pa dre. No me gustarfa nada tenerlo enterrado en mi piet- nat Lo voy a guardar como recuerdo —Ie die. Poco después Hlegamos al final de nuestra wavesta por mar Capitulo 11 LA CARAVANA Estébamos en el puerto del Callao. El frio no disminuy6 cl entusiasmo que sentia al encontrarme ya en Pert, Por lo de- més, no dejaba de ser curioso sentir frio ‘ y ver esa densa niebla en pleno mes de \ julio. Me costaba comprender que las es- \ taciones se encontraban invertidas: en Bs- Pafia, mi made tenia mucho calor, pues estaba en pleno Yerano; aqui cra invierno. Pero era un invierno suave, mucho mas suave que los de mis tierras. No llegaba a calat los huesos. No tuye mucho tiempo para quedarme pensando. Mi padre tenfa mucha prisa por llegar a la ciudad de Cuzco, de manera que apenas desembarcamos las mer- caderias, emprendimos esta segunda etapa de nuestro viaje. Nos integramos en una caravana, ya que, segin me contaron, en esos dias era muy peligroso hacerlo sin com- pafia, Mi padre me explics que los primeros tiempos en el Peni habian sido muy revueltos, no sdlo por la lucha contra los incas, sino también por la guerra civil entre los mismos espafioles. 2 MAGDALENA RMSEZ / MARIA Jost ZeCERS —Pero, padre, spor qué peleamos entre nosotros? No puedo entender... Es légico que no lo entiendas, Alonso. Eres un niflo y es muy dificil que comprendas lo que ¢s la codicia y la ambicién de poder, que muchas veces es mas fuerte que cualquier otro sentimiento, a quiénes lucharon? —El problema se produjo porate el emperador Carlos I reparti6 estos dominios entre Francisco Pizarro, 2 quien le dio las tierras del norte, que Ilamé Nueva Castilla, y Diego de Almagro, a quien le concedié las de! sur 0 Nueva Toledo, para que ambos las gobemnaran en su nombre. —Pero si cada uno teniz sus tierras, jcudl fue el problema? —Lo que sucedié fue que los limites de ambos terti- torios no estaban claramente establecidos y comenzaron 2 disputarse la posesin de la riea ciudad de Cuzco, misma a la cual ahora nos dirigimos. —2¥ esto fue hace mucho tiempo? No, hace cinco afios comenzaron las peleas. Pero hace slo dos hubo una gran batalla en fa lanura de las Salinas, entre las tropas dirigidas por Hernando Pizarro, hermano de Francisco, y el efército de Almagro, llamado “Los de Chile”. —é'Los de Chile"? —Si, asi los llamaban porque Almagro, en 1536, junto @ una gran hueste, se dirigid a esos temitorios, que se encuentran hacia el sur, en busca de riquezas. Parece que los ineas le habian dicho que en esas regiones existian inmensas siquezas. Pero fue un fracaso, No encontraron nada, slo penurias y suftimientos. En medio de esta explicacién, mi padre hizo una pausa, y como hablando para sf mismo, dijo: —Esas tierras quizis no tienen oro. Pero algunos de los que allf estuvieron me han contado que tras un gran ALONSO BN BL Als DE LOS mas B desieto existen tierras fértiles con un clima muy bueno para cosechas y ganado. Pero yo queria que me siguiera contando esa historia —Cuéntame, padre, qué pas6 en aquella batalla? —Fue algo verdaderamente triste y vergonz0so. Cuen- tan que los indios vieron muy impresionados cGmo se ‘mataban entre ellos, precisamente quienes los habjan do- minacio con tanta facilidad y que eran ahora sus sefiores. Y esto motiv6 la insurreccién de algunos grupos, lo que dura hasta hoy. El grupo mis rebelde es el de Manco Inca, que ahora los dirige. A Dios gracias, estén casi domi- naclos AY quign gané al final? —Hernando Pizarro —dijo, y continué con acento ‘enétgico—: No sabes cudnto me alegra no haber pastici- pado cn esa batalla. Menos mal que yo no estaba alli, ya ‘que me encontraba junto al gobemnador Francisco Pizarro. No entendi por qué mi padre se alegraba de no haber estado en aquella batalla, jE1 era tan valiente! Por ¢s0 le pregunté con algo de temor —Padre, por qué dices que preficres no haber esta- do all? —Por lo que pas6 después. Hernando Pizarro, en tuna accién muy poco clara y, a mi modo de ver, vergon- zosa, condend a muerte a Almagro, quien ademas se en- contraba enfermo. Lo mand6 estrangular en la carcel y después lo decapits en la plaza publica de Cuzco. Al oir esas palabras, me estremect y comprendi el malestar de mi padre. —Pero eso no es todo —continud—, Ahora, un ano después de su muerte, los almagristas han jurado vengar la muerte de su capitan. Por eso el ambiente sigue revuel- toy es mucho mis seguro viajar acompafiados. El camino por donde avanz4bamos hacia Cuzco era estrecho y empedrado. El paso de las mulas resonaba 4 MAGDALINA IBANEZ / MARIA JOS 2BCHRS como un monétono cantar. Después de unas horas de cha, pregunté « mi padre: m wend ‘vamos # descansar? Fstoy agotado. Siento mis piernas como piedras ret legaremes a una posada. Los indios las aman “tambo”. . —#Tambo? —repeti, como lo hacia con todas las pa- labras nuevas que escuchaba, —Si, es una posada inca, Alli podremos descansar y comer algo. En efecto, un rato después nos encontribamos en el tambo. Mientras mi padre entraba en la pequefia constru cidn de piedra, yo permaneci afuera mirando asombrado aun extrafio animal, de cuelio largo y pequefa cabeza, ‘que pastaba en un corral. Me acerqué lentamente intenté acariciar sv cuerpo lanudo. E] animal escap6 asustado. Su trote me parecis muy divertido, ya que mantenia la cabeza erguida y daba la impresion de que sélo sus pies se movian. Empecé a correr tras 1, imitando sus movimientos, De pronto, el animal se detuvo y me lanz6 una asquerosa pasta de hierba que tenfa en su boca. Tuve tan mala suerte, que me flegé en plena cara. / Mientras, enrabiado, intentaba limpiarme, senti a mis espaldas unas sonoras carcajadas. Di media vuelta, atin mas furioso, y me encontré con un nifto indio, Este, al ver mi cara de cnojo, enmudecié y retrocedié unos pasos, con cierto temor. Durante cl trayecto habia visto algunos nifos incas, pero éste me Ilamé la atenci6n por su altura y la viveza de su rostro. Estaba cubierto por una manta que dejaba ver sus pies descalzos. E! pelo negro Ie caia sobre e] rostro tapando uno de sus ojos, - iY tii, de qué te ries? —le dije muy enojado. Pls BE LOS Incas . Al escuchar mis palabras, el muchacho salié corrien- dio, Fastidiado, entré a la posada en busca de agua para lavarme. Continuamos viaje a través de un tertitorio cada vez mis montanosos. Como el paso de las mulas era lento, aprovechaba para apartarme un poco de la caravana y explorar por mi parte, pero sin perder de vista a mis companeros En varias ocasiones, mientras vagaba solo, tuve la sensacién de set seguido y observado, Entonces, volvia la cabeza, pero no lograba ver a nadie. En una oportunidad, mientras exploraba una casa en muinas, tuve nuevamente aquella sensaci6n, Para salir de dudas, di la vuelta a una esquina de la casa y me escondi tras una muralla con un palo en la mano. Sin atreverme a respirar, espere... Al poco rato, sentf unos sigilosos pasos que se acer- caban. Con el corazén palpitante y haciéndome el valiente a pesar del miedo que tenia, sali de mi escondite para enfrentar al cesconocido. (Qué sorpresa! Frente a mi esta- ba el nino que se habia reido de mi en el tambo. —Por qué me sigues? le grité indignado. El nifio me miré y no me contesto, —atiendes lo que te digo? —le pregunté con tono in mas fastidiado, —Si —me dijo, al mismo tiempo que asentia con la cabeza—. Y no te estoy siguiendo. Voy camino a Cuzco. Vas solo? —le pregumté curioso. ¥ dando media vuelta, se alej6. Su extrafta y desconcertante actitud me dejo estupe- facto y cuando reaccioné, ya habia desaparecido. Al dia siguiente, observé que el nino indio seguia Ia caravana desde lejos. Cuando lo comenté con mi padre, él me dijo que le parecta bastante raro que un nino anduvie- ra solo, pues los incas, desde antes de nuestra llegada, 6 MAGDALENA IBAREZ / MARLA JOSE zBGrES seguian manteniendo esa costumbre. —Algo le sucede a ese nifio —aseguré mi padre— @or qué no tratas de averiguarlo? Decidf hacerlo y, justo cuando tenia la intencién de acercarme al nifto, grandes piedras se desprendieron de repente de la montafa, Los animales se sobresaltaron y comenzaron a huir despavoridios, ‘Yo montaba una perezosa mula, la cual, con el ruido de las piedras, parecié despertar de su letargo y comenz6 a correr sin control. (Si hasta parecia un caballo al galope! Pero fue tal mi estupor, que no pude afirmar las riendas y el] animal, desbocado, corrié en direccién a un barranco. Sin poder frenarlo en su carrera despavorida, s6lo atiné a soltarme y dejarme caer del animal. Este se precipité en el barranco y en un segundo era una masa inerte en él fondo de la garganta rocosa. Yo quedé colgando, apenas sujeto de unas ramas, al borde del precipicio. Senti un dolor intenso en ¢l tobillo que me impedia apoyar el pie y darme impulso pare subir hasta la onilla Grité pidiendo ayuda, pero, al parecer, nadie me escu- ché porque nadie acudié en mi awxilio, Tuve mucho miedo. Cuvinto podria resistir colgando de ramas tan débiles? De pronto senti que dos manos tomaban fuertemente mis brazos y me tiraban hacia arriba. En ese momento perdi la conciencia, Era tanto el dolor que creo que me desmayé. Lo primero que recuerdo es que cuando despenté, estaba acostado sobre la hierba. A mi lado, el nifio indio me miraba fijamente. —£la me salvaste? —le pregunté al recordar que alguien me habia auxiliado. No alcanz6 a contestarme, pues, al ver que mi padre se acercaba, huy6 despavorido. MONSO RR EL PAIS DE 108 INCAS. v Alonso, ;qué sucedié? —pregunté preocupado— astas bien? —Creo que sf, pero me duele mucho el pie y no me puedo levaniar. Le conté Jo que habia pasado con mi mula, y cémo me habia ayudado el nifo indio. Su preocupacién, enton- ces, fue atin mayor. Es un milagro que te hayas salvado. No sé cémo le vamos a agradecer a ese niio. Debemos buscarlo. Me tomé en sus brazos y me llevo hacia donde se encontraban todos los demas viajeros, atin confusos por el repentino suceso. Me cxamin6 el tobillo y lo vend6, advirtiéndome que no apoyara el pie por unos dias "Donde se habrd metido el nito que me salve? —No tengo idea. Pero me gustaria tanto encontratlo pronto. Nos reorganizamos lo ms rapidamente que pudimos y reanudamos el viaje. CUZCO Y LA ENCOMIENDA DE MI PADRE La ciudad de Cuzco es imponente ¢ im- presionante, y esti situada en un valle rodeado de enormes montafas. Sus an- gostas calles y sus casas estaban hechas de inmensos bloques de piedra. Uegamos a la plaza principal, que los incas llamaban Huaycapata, un nombre ilva “Plaza de la alegrfa”. Pero yo entré en ella sin poder evitar un estremecimiento al recordar la espan- tosa_muerte de Diego de Almagro. (Qué contradictorio resultaba aquel nombre! —Quédate aqui un momento, Alonso, vuelvo ense- guid —me dijo mi padre mientras se dirigia a entregar las mercaderfas que trafamos, Me senté en una piedra, feliz de poder descansar. Aunque mi pie estaba mucho mejor, a veces me dolia. ‘Me dediqué entonces a mirar la actividad de la pla- za y en esto estaba cuando vi acercarse a mi padre. Atado a una cuerds, traia un gran perro blanco con manchas negras. El animal movia la cola sin parar. Me acerqué —iEs tuyo? —pregunté—. {Qué lindo est » » LMAGDALENA IBANEZ / MARIA JOSE ZEGERS —No, no es mio —me contest6, Pero al ver mi cara de desilusion, agrego—: Es wyo. —{Mio? {No puedo creerlo! {De verdad es mio? Mi padre refa al verme tan feliz —Gracias, gracias, padre —dije dando saltos de ale- gria—. Puedo ponerle un nombre? —Por supuesto, es tuyo. —Lo llamaré Bartolo. —2Bartolo? ¢No te parece muy raro ese nombre para un perro? —Si, es un poco raro —le contesté—, Pero, Los dias siguientes fueron de gran ai id, Compra- mos todos los viveres encargadas por mi padre y cumpli- mos todos sus encargos. Y también visité a dan Diego, que me recibié muy amablemente como siempre. Con todas las provisiones ya reunidas, cuatro dias después, muy de macrugada, Huacari emprendi6 el regre- so a la encomienda, Le pedi que informara a mi padre acerca de Maita: que ya lo habia encontrado y que trataria de ayudarlo. Y nos despedimos por tres semanas, que era al plazo en que él volveria a buscarme para regresar a la encomienda. Maita, en esos dias, habfa averiguado que el ladron se enconttaba en los alrededores reclutando gente para formar un pequefio grupo que le ayudara a someter al pueblo y convertirse en curaca. —Ya he cumplido todos los encargos de mi padre y ahora puedo dedicarme a ayudarte —comuniqué a Maita, a quien se le iluminé el rostro al oftme. —2De verdad lo harés? —exclamd, —Si. Y tenemos que comenzar de inmediato, pues en tres semanas Huacari volver a buscarme para regresar junto a mi padre. Dénde crees que podemos encontrar a ese sinvergtienza? —Yo creo que debemos ir nuevamente al mercado dijo. A pesar de que Maita habia estado alli todos los dias, pensaba que en algin momento lo encontraria, porque ese lugar era el centro de la ciudad y en él se juntaba mucha gente que iba a comprar o vender las més diversas especies. Paseamos durante varias horas, Para mf fue ademas muy entretenido, ya que pude observar muchos de los extrahos frutos y animales que se transaban. Todo me Hlamaba Ia atencidn: las aves de increibles coloridos que chillaban, ensordecedoramente, simpétieos monitos que pro- Fa IAGAUNA IRA / RA JOSE ZECEES venfan del oo lado de la gran cordillera, y las mis diversas frutas que los indios cambiaban a los espafoles por objetos y baratijas Al atardecer, cuando ya nos disponiamos a regresar a casa sin noticias de los bandidos, la tranquilidad de la plaza se vio repentinamente interrumpida por la entrada estrepitosa de un caballo desbocado. Lo montaba un in- dio, que cabalgaba sin montura. Ei hombre se vefa asusta- do y parecia bastante inexperto. En un momento vi comer a la bestia velozmente hacia nosotros. Miré a mi alrededor buscando donde esca- par. Estibamos rodeados de puestos y s6lo quedaba libre un abrevadero. Como si hubiéramos sido uno solo, Maita y yo saltamos al medio de Ia fuente. Caimos justo en el momento en que el caballo pasa- ba furioso junto a nosotros. Empapados, miramos 2 nues two alrededor. B] caballo pasé por encima de varios pues- tos del mercado, causando un gran alboroto, y, de repen- te, salt6 sobre una carreta. Ej jinete cay6 violentamente al suelo. El animal, sintiéndose més liviano, galopé veloz- mente fuera de la plaza. Nos acercamos al jinete y vimos que tenia una gran herida en Ia cabeza y sanggaba muchi- simo. Pero varias personas se preocuparon del herido y ‘nosotros nos alejamos del lugar. ‘Como pasaron algunos dfas y nuestra btisqueda con- tinuaba siendo infructuosa, Maita me dijo: —Tengo miedo de que esos hombres hayan salido de Cuzco. Ha pasado mucho tiempo y pienso que es mejor que vaya a mi pueblo para ver si ya estan allé. —Tienes raz6n. Quizas entonces deberemos separar- nos. Acompané a Maita hasta Ja salida de la ciudad, para que tomara el camino hacia el norte. Nos despedimos, y solo habia dado unos pasos para regresar a Cuzco, cuan- do escuché un grito. ALONSO nN EL Pals DE 408 INCAS * —iAlonso, espera! Me di vuelta y vi a Maita que corria hacia mi. —iQué pasa? —le pregunté extranado ante tan re- pentino cambio. Maita me tom6 del brazo y me Hev6 tras unos mato- ales —Son ellos! —dijo jadeante seftalando con el dedo a unos hombres que converszban y comfan alrededor de uuna fogata —iTe han visto? —pregunté excitado. Estoy casi seguro de que no. Nos. mantuyimos ocultos, Maita me dijo en un susu- 0. —Esperaré a que terminen su comida y los seguirs. ‘Esta es mi oportunidad, Quieres que vaya contigo? —le pregumeé Maita me miré y respondié: fas? —Por supuesto. Vine para ayudarte, —aDe verdad me acompafiarias? SB que te voy a nccesitar! Me sentiré mucho mas seguro si td y Bartolo van conmigo —murmur6. —Lo tinico que tengo que hacer es ir a avisar a don Diego que salgo contigo hacia el norte, a tu aldea. Prome- if.a mi padre que no me alejaria de Cuzco sin decitle a don Diego. Pero su casa esti muy cerca, asi es que creo que, mientras esos bandidos comen, yo voy de una carre- ray vuelvo. Con el mayor sigilo que pude me alejé y cuando, después de explicar a don Diego lo que habia decidido, regresé al lado de Maita, este me dijo: —Estaba asustado de que no regresaras. Mira, estin listos para salir. Debemos seguirlos. Esperamos a que se alejaran un poco y salimos al camino, guardando cierta distancia. * Capitulo V LA HUIDA Seguitnos durante todo ese dia al grupo de hombres. La caminata fue largufsima y, ademas, nos dominaba la inquietud de ser descubiertos. Sin duda esto hizo que por la tarde nos sintiéramos exhaustos. i | Fue un alivio cuando los vimos entrar a |) =F una casa en rainas y encender fuego. ‘+8 Nosotros debimos permanecer afuera, en- vidiando la fogata y et olor a comida que salia del refugio de fos bandidos. Ia noche era cada vez mis frfa y para no conge- lamos nos acurnicamos muy cerca uno del otro, entre unas rocas que nos protegian del viento. Bartolo se eché junto a nosotes, dndonos asi un poco de calor con su pelaje. Al mismo tiempo, intentamos no pensar en el ham- bre que teniamos y dedicamos a planear cémo recuperar el basten. Qué crees 16 que podemos hacer? —pregunté Maita speremos a que ellos se duerman. —Tienes raz6n. Cuando estén dormidos, nos acerca- remos con cuidado para misar por la ventana y localizar al susurpador. 4 MAGDALENA IRAREZ / MARLA JOSE ZEIRRS —Claro, y después le quitaremos el bastén. Creo que a Bartolo sera mejor dejarlo atado aqui para que no nos vaya a delatar con sus ladridos. Esperamos un buen rato hasta que nos parecié que nadie se-movia. Entonces nos acercamos con cuidado, tratando de no hacer ningiin ruido con nuestras pisadas para no despertar a los hombres, ‘A medida que nos aproximibamos, escuchamos cada ‘vez. con més nitidez algunos ronquidos de os malhecho- res, lo que nos tranquiliz6. Dormian profundamente y el momento era el mds apropiado para actuar. Pero senti Panico al pensar que tendria que entrar alli Estabamos a punto de llegar a la ventana, cuando un agudo chillido rompié cl silencio de la noche. Cre que me paralizaria de terror, pero, reaccionando, me tendi en igual que Maita. Estébamos acostados en la hietba sin atrevernos si- quiera a respirar, cuando de pronto aparecié una silueta en Ia puerta de la ruinosa casa. Mird hacia afuera y, volviendose, dirigio unas palabras a los que estaban aden- tro, en un idioma que no entendi. Después de un momen- to lo sentimos acostarse nuevamente. —1Qué dijo? —pregunté a Maita en un sususro. —Que sdlo habia sido el chillido de un murciélago —y sefalando con el dedo hacia el techo, me mostré decenas de esos repugnantes bichos que colgaban de una viga. Esperamos un rato para estar seguros de que los hombres se hubieran dormido de nuevo. Nos levantamos en el més profundo silencio y nos acercamos a la ventana para mirar hacia adentro. Los bandidos estaban tendidos junto a las cenizas del fuego. Fl jefe se encontraba justo al otro extremo de la habitacion. ;Qué mala suerte! Para Megar a él tendriamos que pasar sobre los otros tres. Maita me indic6 con sefias que me quedara vigilando mientras él entraba, ALONSO 9 BL SDE Los micas 2 Vi cGmo se deslizaba cautelosamente entre los hom- bres que domfan, hasta llegar donde estaba su enemigo. Se detuvo un momento frente al morral donde suponia- mos estaba guardado el baston. Lo aparto lentamente con mucho cuidado y revis6 su interior, Me hizo senas de que alli estal En el momento en que iba a tomarlo, el ladrén se movi6 y emitié un grunido, Maita, empavorecido, agarré cl bastén y salié corriendo con gran torpeza y provocando tuido. Los hombres despertaron y salieron del refugio, pero nosotros ya_nos habiamos alejado. Nos dirigimos a toda velocidad al lugar donde habfamos dejado a Bartolo, Al verme, se puso a ladrar y de inmediato pudimos ver que Jos hombres corrian en direcciGn a nosotros. Desaté répidamente a mi perro y comenzamos a co- rer perseguidos por los ladrones. Sus gritos de furia nos hacian movemos con ms y mas velocidad. ;De verdad estibamos aterrados! Después de un buen rato de carrera y cuando mis piemas estaban a punto de flaquear por el 2gotamicnto, vi un enorme drbol cuyas races sobresalian por encima del terreno, Sin pensarlo dos veces, me su- mergi como una serpiente por el espacio que quedaba entice las raices y la Gera. Bartolo me siguic, y como si comprendieta la situaciGn, permanecié en silencio a mi ado, Con dificultad, a causa de Ia oscuridad de la noche, busqué a Maita que venfa un poco mas atris. De repente me di cueata de que estaba casi al lado, y que nos buscaba cesesperado tratando de ver en la oscuridad. Sali por un instante de mi escondite, le agarré la piema y lo tiré hacia nosotros. Al principio mir6 aterrado, pero luego al reconocerme se introdujo sipidamente hajo las rafces. A los pocos segundos escuchamos 4 nuestros perse- guidores que se detenian may cerca del arbol. Yo s6lo » MAGDALENA IBARIEZ / MARA 1096 ZeGEBS rezaba para que Bartolo no emitiera algtin ruido que nos delatase, pues si asi ocurria, estabamos perdidos. ‘Miré a Maita, cuyo corazén latia tan fuerte a causa del miedo que podia escucharlo, Le hice un gesto para calmarlo, a Io que me respondis con una forzada sonrisa Permanecimos inméviles, como si nos hubieran transfor- mado en estatuas, mientras ofamos lo que ocurria a nues- to alsededor. Los hombres, desconcertados, iban de un lugar a otro. Su jefe, en un tono de gran enojo, emitia érdenes en su lengua. En un momento, uno de ellos se acercé a nuestro escondite y se sent6 sobre las raices bajo las cuales nos encontribamos. Pensé que seria nuestro fin, ya que mi perro se movid. Para que no ladrara, le tapé el hocico con una mano y lo acaricié. Gracias a Dios, el hombre no nos oy6. Al rato, se levant6 y se alej6. Respira- mos aliviados a tranquilidad no duré mucho, ya que poco después regres6 todo el grupo. Imaginé que habrian decidido es- perarnos bajo ese Arbol y solo pensarlo me hizo sentir un agudo dolor de estémago, ya que si no se alejaban, era mis que seguro que nos descubririan. jMenos mal que me equivoqué en mis suposiciones! ‘Al poco rato el grupo se alej6. Supuse que volverfan a la ‘casa en ruinas donde esperarian el amanecer para prose- guir la busqueda Aguarclamos inméviles cn ¢l escondite un buen rato, hasta que el silencio de la noche nos asegus6 que se habjan ido. Entonces Maita me hizo un gesto para que saliéramos, atin sin atreverse a hablar. Una vez fuera, agradeci a Dios que nos encontrira- mos a salvo, mientras Maita acariciaba a Bartolo. Luego, algo mis tranquilos, decidimos pastir de inmediiato. —Tenemos que alejarnos lo més posible de estos hombres —dijo Maia [ALONSO #3 PAIS DE LOS INCAS » —No podemos hacer otra cosa mds que imos, a pesar de que tengo tanto suefio... —repliqué—. Aunque quizas podriamos dormir un rato corto. —No creo que sea buena idea —dijo Maita— No olvidemos que ahora que el bast6n esté en nuestras ma- nos, haran cualquier cosa por encontramos. —Tienes razon —asenti, procurando vencer mi ago- tamiento. Capitulo VI PERDIDOS EN MEDIO. DE LAS MONTANAS: ra una noche sin luna, pero las estrellas iluminaban el camino. Maita me mostro un grupo de ellas con las cuales podriamos guiamos para no errar nuestra rata al norte. —Mira, jves esas cuatro estrellas? dijo. J senalando los astios que estaban sobre nosotros—. Ustedes los espafoles las llaman Ia cruz del sur, por la forma en que estan distribuidas, Busqué con la mirada hacia el cielo, hasta que por fin descubri esas cuatro estrellas que me mostraba. Era cierto que tenia forma de eriz, pero no me parecia muy perfecta —Una de sus puntas muestra siempre el camino ha- cia mi pueblo —explicé—. Sigimosla y no nos perdere- mos. ‘Asenti con la cabeza, no muy convencido de la teoria de Maita. Caminamos intentando seguir la direccién de las es- trellas. No era facil, ya que el abrupto terreno nos obliga- ba a subir escarpados montes. »” ” MAGDALENA tRANEZ / MARIA JOSE ZEGARS El camino se hacfa cada vez més dificil. Me costaba respirar y estaba agotido. Me parecia que mis pies eran de plomo, hasta que llegé un momento en que tuve que parar. No crefa poder continuar soportando tanto cansan- cio y tanta hambre. fo puedo dar un paso vist Busquemos un lugar protegido y paremos a descansar —dije a Maita, dejindo- me caer sobre el suelo. Sin embargo, Maita continué caminando hasta unas rocas y yo, con gran esfuerz0, me levanté y lo segui. Alli nos tendimos los tres acurucados, con Bartolo inchiido. Debiamos protegemos de un intenso frfo que calaba hasta los huesos. Despertamos cuando el sol estaba muy alto, al calor de sus tibios rayos. Miré a mi alrededor y quedé sorpren dido ante la belleza del paisaje. Nos encontribamos en una pequeiia planicie en medio de altas montafas neva- das. El cielo, de un azul intenso, estaba salpicado de albas aubes sobre las que me parecié que podria acostarme. Comprendi la raz6n de nuestro profundo cansancio de la noche anterior. ;Cuanto habiamos subido para llegar a ese lugar! Me levanté, y al dar unas pasos, me di cuenta de que se me hacia muy dificil respicar, —Estoy enfermo, creo que me voy a morir... —dije a Maita, asustado—. jNo puedo respirar! —Es la altura dijo, intentzndo calmarme—. 8s nor- mal lo que te pasa, no te esfuerces demasiado y con el tiempo te acostumbraras. ‘Algo mds calmado con su explicaciéin, me senté intenté varias veces respirar profundo. Me senti atin peor. Terminé por echarme en el suclo y esperar a que se me pasara. A medida que transcurrian las horas fui sintiéndo- me mejor, pero entonces me invadié un hambre tremen- da, Miré a mi alrededor y pregunte a mi amigo: —iQué podemos comer? 2 LMAGDALPNA TRAN? / MARIA JOSE Z5GERS Aqui no hay nada Permaneci pensativo imaginando a mi padre en nuestra nueva casa, y me reproché el no estar con él en vez de haber emprendido esta tonta aventura. iba a decirle a Maita que debiamos partir antes de que nos alcanzaran los bandidos, cuando senti los ladridos de Bartolo seguidos por un grufido. Luego sobrevino un silencio, Me parecié un milagro cuando lo vi aparecer con una liebre en el hocico. Me acerqué dispuesto a arrebatar- le su presa, Fue un forcejeo dificil, ya que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Incluso me arriesgué 2 ser mordido, pero nada me importaba, slo queria comer. Le grité a Maita que intentara atar al perso. El corrié y le pas6 Ja soga por el cuello, amarrindolo a un arbusto. ‘Asamos la liebre cuando logramos hacer fuego con unas miseras ramas. Su came estaba deliciosa. A pesar de ello, no la pudimos disfrutar totalmente por los furiosos gn dos de Bartolo. Pero le dejamos algo de carne y todos los huesos. Los lamié con ansiedad y parecio calmarse su razonable rabia hacia nosotros. Después de saciat en parte nuestro apetito, abrimos los ojos a la realidad: Estabamos perdidos! —Qué podemos hacer? —preguaté molesto a Maita, culpindolo por verme envuelto en esta odiosa situaci6n —Debemos descender y buscar un valle. Desde alli seguiremos avanzando siempre hacia el norte —me con- test6 intentando demostrar seguridad. Caminamos durante varias horas. Me parecié que no avanrébamos nada. El terreno era dificil y yo me sentia constantemente mareado por Ia altura. A cada momento teniamos que desviarnos por las enormes rocas que obs- tnuian nuestro camino, Jo que significaba subir y bajar en forma continua. —No saldremos nunca de estas montafas.... —dije agobiado—. Qué pasard si no encontramos el camino? ALONSO HN BL PAIS DE LOS INCAS o -Si seguimos bajando, Hlegaremos de todas maneras a un lugar donde haya gente, Estos territorios son mas poblados de lo que te imaginas —me contest6 Maita, imtentando ser optimista. Seguimos nuestra ruta, que interrumpimos s6lo para recolectar algunas hierbas que Maita conocia y sabia que podiamos comer y con ellas calmabamos el hambre, Pero al atardecer seguiamos perdidos, sin hallar nin guno de esos poblados de que hablaba Maita. Slo encon- {ramos una cueva, en la que pasamos una noche horrible. ‘Teniamos hambre, hacia un intenso fro y estébamos de- sesperados por la incertidumbre. No habjamos visto a rningiin ser humano. Ta mafana Ileg6 fria y gris, al igual que nuestro nimo. Muy deprimidos, emprendimos nuevamente la mar- cha, Pero poco después del mediodfa, Maita anuncié jubi- loso: —jMira, es un sendero! Ditigi la vista hacia cl lugar que sefalaba y vi una pequefia huella, ;Por fin teniamos una esperanza! Segui- mos la senda durante toda la tarde sin encontrar a nadie. Nuestro optimismo se transformata poco a poco en un nuevo y amargo pesimismo. No nos detuvimos cuando lleg6 la noche. Como el cielo estaba despejado, sin nubes, la luz de la tuna alum- braba el sendero. Capitulo VIE HACIA EL PUEBLO DE MAITA La noche avanz6 y nosotros continuaba- mos caminando. Bartolo, que iba unos pasos a nuestra delantera, comenz6 a la- drar. Me acerqué con cuidado. ;Que ha- bia encontrado? 4 —jMaital, jMaita! Es un pueblo! —grité & como loco, lamando a Maita, que cami- naha algo rezagado, Ei comié y no se detuvo al pasar a mi lado, S6lo me dijo: —iCorre! [De prisa! Lo segui, olvidando mi cansancio, y corrimos hasta llegar a las primeras viviendas, unas sencillas casas de piedra, Ansiosamente tocamos una puerta, pero nadie nos abrié. Maita insistié nervioso, y finalmente un hom- bre aparecié en el umbral. Hablé con él en su idioma. Las respuestas de! hombre sonaban desconfiadas. Por fin, nos permitié entrar, pero debimos dejar fuera a Bartolo. R4pidamente, y olvidando por un momento que éra- mos extrafios, nos acercamos a la fogata para calentamos. Con bastante poca amabilidad, una mujer nos ofrecié unas tontillas de maiz, que devoramos. Cuando terminamos de 6 «6 MAGDALENA mite. Asia TOS 220 comer, nos dieron unas mantas y el hombre nos lewd a una especie de granero. Alli, entre las mazorcas, nos acos- tamos. No alcancé a poner la cabeza en el suelo cuando me dormt profundamente. 'A la mafana siguiente, me desperté con Ia sensacién de que alguien me observaba. Por un momento tem que Jos handidos nos hubieran encontrado, pero cuando miré a mi alrededor, vi varios rostros de nifios que me conten plaban con mucha curiosidad desde cierta distancia. ‘Maita despert6, y con una sonrisa me explicé que eran los nihos del caserio, impresionados, porque nunca antes hnabian visto un espaiiol. (Qué diferente y qué ext fo les resultaba! Mi rostro blanco, mis ropas... Todo les lamaba la atencién. ‘Nos dirigimos a la casa del hombre y la mujer que nos habfan ayudado, seguidos de una larga hilera de ni- fos. El hombre nos acogio con mds confianza que noche anterior, escuch6 a Maita y luego le indics el cami- no que debia seguir. Estaba tan agradecido que le di mi navaja, El, a cambio, nos ofrecié comida y mantas. Lina vez provistos de lo necesario, reemprendimos la marcha, pero esta vez mas seguros. Seguimos un camino empedrado, interrumpiclo a cada twecho por escalones que Cubrian los’ terrenos empinados. Esta nueva via me pare~ do verdaderamente impresionante. Me sentia admirado © intrigado' al ver tales construcciones en parajes tan aisla- dos. —,Cémo han podido construit estos caminos en es- tos terrenos tan dificiles? —Nuestro pueblo, antes de que llegaran ustedes, do- minaba grandes territorios, y efa muy importante mante- nerlos bien comunicados —contest6. Me imagino que para ti y para tu pueblo tiene que haber sido muy terrible que nosotros hayamos venido & instalarnos aqui... —le dije, atreviéndome por primera vez ALONSO IRV HL PAS DE Los INCAS ” a tocar un tema que me parecia bastante dificil, sobre todo ahora, que éramos amigos. —Bueno, antes mi padre era muy poderoso. Su Uni- co jefe era el rey Atahualpa. Pero, como lo mataron, él siente que tiene que mantener unida a nuestra gente, jAh! {Qué terrible fue eso que pas6! Mi padre me conté Io que habia sucedido, y me dijo que jamas se debié haber dado muerte a Atahualpa, sobre todo que él habia cumplido su irato —le contesté. Me sentia muy incémodo hablando de este tema con Maita. —Si. Asi fire. A mi también me han contado que los emisarios del rey se encargaron de buscar el oro y la plata para Ilenar las habitaciones, tal como se habia convenido con el gobernador Pizarro, a cambio de obtener Ia libertad de Atahuaipa. —Me da mucha vergienza lo que me cuentas. Mi padre también me ha coniado que algunos espafioles han venido hasta aqui s6lo a enriquecerse. Pero te puedo asegurar que muchos otros hemos llegado con aspiracio- nes mis nobles. En ese momento, el camino se estreché bastante. Por un lado se elevaba una empinada montafia y por el otro habia un profund precipicio, al fondo del cual podia verse un hilillo de agua. Senti un gran yértigo y comencé a caminar con sumo cuidado, vigilando cada paso para ver dénde ponfa los pies, y evitando mirar hacia abajo. Y ast seguimos hasta liegar a un lugar donde Ja ruta se vefa interrumpida por tun puente de troncos. Miré a Maita que caminaba detrés de mf. —iYo no pasol —te dije, decidido. —Tenemos que hacerlo, es el tnico camino. ¥ te aseguro que no es peligroso, Deja que yo lo haga primero, Me hice a un lado pegindome a la pared rocosa y Maita cruzé llevando con él a Bartolo. Tave que armarme MAGDALENA IBANEZ / Manta JOs# 2HGERS de valor, y pensé que lo mejor serfa atravesar a gatas. Pero fue mucho peor Por entre los maderos del puente yo veia el fondo del precipicio... Y no podia dominar mi Vértigo. .Crefa que no iba a llegar nunca al otro lado, Cuando por fin me vi junto 2 Maita ya mi perro, sudaba y temblaba. Me cost6 ponerme de pie, y siempre tembloro- so proseguf el camino. Esa noche dormimos en un tambo abandonado. Al dia siguiente, la ruta se hizo més liviana porque fbamos descendiendo, Al atardecer, encontramos un te manso en el iorrentoso rio que bordedbamos, Al verio, Maita corrié entusiasmado a fa orilla. —iNos podemos bafar! \Ven! —exclamé, mientras se sacaba la ropa. est MRE aRIN. pene oe See ral pea loco! —iPor nada en el mundo! Hace frio y ademas me baiié en Cuzco le dije. Mientras nadaba con gran entusiasmo, Maita grité para hacerse oir sobre ef ruido del agua —jEstd deliciosal Al rato, salié del rio y se secé vigorosamente con la mania, Cuando estuvo vestido, me dijo: —Qué bueno estar fimpio nuevamente. Ya estaba desesperado con Ia suciedad. “Qué extraitas costumbres tienen los incas’, pensé. “¢A qué persona en su sano juicio se le podria ocurtir bafarse en aguas tan frias? Sélo a un loco. Ademas, ¢por qué iba a estar tan sucio?” Esa noche nos instalamos al aire libre. Encendimos una buena fogata, comimos nuestras provisiones, y nos dormimos. Pero al poco rato, cuando atin habia brasas encendidas en nuestra fogata, desperté sobresaltado y es- cuché nitidamente un grufido muy cerea de nosotros. Desperté a Maita de inmediato. ALONSO EN EL PAfS DE LOS INCAS ° —jDespiertal —le dije mientras lo remecta—. Hay algan animal cerca de aqui. ‘Vino un segundo grunido. —jEs un puma! —dijo Maita, y, poniéndose de pie, comenz6 a recoger todos los palos que encontrd a nues- tro alrededor—. jAytidame —me dijo—, tenemos que ha- cer una gran fogata para ahuyentarlo! Gracias a que la fogata no se habia apagado total- mente, al poco rato teniamos una gran hoguera. Nos sen- tamos muy cerca de ella y permanecimos alerta y avivan- do el fuego. Casi no dormimos. Sélo cuando comenz6 a clarear y no habjamos tenido senas del animal durante varias horas, pudimos descansar. Cuando despertamos, proseguimos nuestro camino. Poco a poco Maita se fue entusiasmando cada vez mas, ya que iba reconociendo el paisaje. Al atardecer divisamos las casas del pueblo. Capftulo VI PRISIONEROS EN CHAVIN Al reconocer su aldea, Maita quiso echar a comer. —\Date prisa, que quiero ver a mi padre! —exclamé feliz. Lo tomé del brazo, y seriamente le dije:) L Nita, comprendo que guiems ‘heeat _. ll pronto a tu casa, pero... —Pero ;qué? No te das cuenta de que hemos tardado cuatro dfas en Iegar. Necesito saber cémo est mi padre. —Por eso mismo —intenté explicarle—; piensa que en estos cuatro dias, los usurpadores pueden haber llega- do, y si es ast Maite me mird, y sentindose en una roca, me dijo con tristeza, aunque resignado: —Tienes razin. Tendremos que esperar a que oscu- rezea. Y aunque no faltaba mucho para que Hegara la no- che, la espera se nos hizo eterna. Al fin, cuando las tinieblas nos rodearon, empren mos la march, lo mds silenciosamente que podiamos, Con dlaridad y firmeza advertt a mi obedienie Bartolo que 2 MAGDALENA IBANEZ / MARIA JOSE ZeGuRS no podia ladrar. Para asegurarme, lo Ilevaba cogido de una cuerda alrededor del cuello. Ia aldea no tenia mas de veinte casas. Al llegar a la primera de ellas, nos pegamos a sus muros y avanzamos entre las sombras hasta llegar a la casa cle Maita. A través de la ventana, y gracias al resplandor del fuego pudimos ver a una mujer que, sentada en ef suelo, Nloraba quedamente. Como se encontraba sola, entramos, Maita comi6 hacia ella y le habl6é con carifio. Comprendi que era su madre, aunque no entendf ni una palabra de lo que se dijeron. Pero durante la conversaciGn, el rosiro de mi amigo fue poniéndose rojo de ira, La mujer parecia cada vez mis desconsolada, ; —iQué sucede? Le pasa algo a w padre? —me atrevé a preguntar a Maita, al cabo de un rato. —Lo tienen prisionero —me respondié Malta, con un gesto de amargura, pero con voz airada—. Han convenci- do al pueblo de que no es capaz de gobemar, porque no tiene el baston. ;Esos traidores me la van a pagat! —i8i, hay que rescatarlo y hacer que el pueblo lo vuelva a respetar, Pero... zhabla castellano tu madre? Tene- mos que preguntarle donde lo tienen preso. —No —me respondié—. Aquf nadie habla tu lengua Pero ya me dijo dénde esté mi padre: en Chavin, un lugar muy cercano. En él hay pirimides y un antiguo templo con muchos laberintos en su interior. —Vamos inmediatamente para alli. No ay tiempo que perder —dije, mientras pensaba donde habria apren- dido Maita a hablar tan bien el castellano. Mi amigo se dirigié a un rincén de la casa y levants una piedra, escondié el bast6n en un pequeno agujero, y colocé nuevamente la piedra en su lugar. Después hablé a su madre. Me pareci6 que se despedia de ella, pues de inmediato me hizo senas para que partiéramos. Tomé un ALONSO VL RAIS DE LOS INCAS 8 par de antorchas y un garrote de madera y salimos de la casa, para dirigimos de inmediato a Chavin, Al cabo de un rato nos encontrdbamos alli. Ilumina- dos por la luz de la luna pude ver unos edificios de piedra que me impresionaron por su grandeza, El templo sobresalfa de las demas construcciones. ‘Como no conocfamos el interior de las construccio- nes, nos era imposible trazar ningtin plan para el rescate del padre de mi amigo. Decidimos entrar y comenzar la biisqueda al azar. Una vez. dentro del templo, nos vimos en medio de un laberinto de pasadizos oscuros. Con algo de angustia pensé que nuestra misién de rescate serfa mas dificil de lo esperado. Parccia tan Ficil perderse en ese lugar, que decidimos sefialar nuestro camino a medida que avanza- bamos. Apagamos una de las antorchas y con su mecha ennegrecida fuimos marcando las paredes de los tineles por los cuales transitébamos. De esa forma sabriamos cémo regresar a la entrada, Bartolo, que iba junto a mf, comenz6 de pronto a grufir furiosamente. {Qué le pasaré?” —me preguntaba, cuando antes de que pudiéramos darnos cuenta, senti que unas fuertes manos me agarraban violentamente por los hombros y me empujaban contra la pared. Otro hombre muy fornido se encargé de Maita. Bartolo intenté morder @ nuestros agresores, pero cuando vi que sacaban unas navajas, le grité ‘Bartolo, corre, escapa! El animal parecio entender de inmediato porque sali6 dlisparado y desapareci6 por un oscuro coredor. Los hombres, a empujones, nas Hlevaron a una peque- ‘ta cémara. En un rincén, sentado en el suelo y atado, se hallaba un hombre con cara de enfermo. Al escuchar que alguien entraba, levantd la vista lentamente. Por su cara de sorpresa y In de Maita, supuse que padre e hijo se habian * [NAGDALENA IBANEZ / ARIA JOSE 286885 encontrado, Pero ambos permanecieron silenciosos hasta ‘que los hombres, tras atarnos fuertemente, alyindonaron el Isgubre lugar, deJandonos en la més absoluta oseuridad. De inmediato, Maita y su padre comenzaron a con- versar. Yo intenté desatarme, pero con el forcejco sdlo logré que las cuerdas hirieran mis mufecas y tobillos. E] tiempo pasaba lentamente, Comencé a dormitar, a pesar de lo incémodo que me encontraba, Entve suctios, sentf que algo hiimedo me rozaba el cucllo. Desperte sobresaltado y percibi a mi lado ia familiar presencia de mi perro. — Bartolo! Qué maravilla! Como has llegado aqui? —le pregunté emocionado, como si fucra realmente un ser humane, — Qué pasa? —dijo Malta, que no vei de Ia oscuridad —Es mi perro que esti aqui —respondi; y, dandome ucla PATE ICRICET MS MNS CAS @ (g. HER el aeutTAAl, dije—: Bartolo, muerde las cuerdas. En un principio, parecio no entender, y pensando que se trataba de un juego, me lamié jas manos, al tiempo que saltaba a mi alrecedor. Le repeti la orden varias veces y al fin, quizés al ver que no me podia mover, mi noble pero comenzé a roer In cuerda. Yo segui aniniindolo para que no se detuviera, —jBien, Bartolo! Bravo! Sigue ast ‘A pesar de que no era su intenci6n, Bartolo me clave varias veces sus afilados colmillos en las mufecas, que ya estaban bastante lastimadas por In cuerda. Pero antes de lo que podréa haber esperado, me vi libre. Me desaté los pies que estaban fuertemente amarrados y luego iberé a Maita y a su padre. ‘Tal como nos habia encontrado con su olfato prodi- gioso, Bartolo nos gui a través de oscuros pasadizos hasta encontrar la salida. nada a causa Capitulo 1X EL TRIUNFO DEL CURACA Atin no habia amanecido cuando salimos de aquel templo. Sigilosamente, slemtas a cualquier ruido y siempre vigilando la posible aparicién de nutestros enemigos, nos acereamos al pue- \ blo de Maita. ‘condanse entre estos matorrales. Aqui estarvin seguros mientras yo voy por el bastén —dijo Matta, y, dirigiéndose a mi, suplico—: Por favor, Alonso, cuida a mi padre. -Asi lo haré, no te preocupes. Pero si no regresas antes del amanecer, iré a buscarte. Mi amigo me hizo un gesto despreocupado, como diciéndome que no tenfa nada gue temer y desaparecié en la oscuridad. Me quedé bastante inquieto. Al mirar al padre de Maita, vi que en su rostro también habia angustia. Me senti impotente al no poder dirigirle ni siquiera unas pala bras tranquilizador Pero no habia pasaco mucho tiempo cuando Maita segreso con aire triunfante, Hlevando en su mano el valio- so baston, Su padre, al verlo, quedé mudo de impresién, 36 MAGDALENA TBAREZ / MARIA JOSE ZEGERS aunque de inmediato parecié como si la vida volviera a él con toda su fuerza. Creo que se rejuvenecié en un instan- te. Su figura parecia elevarse cuando, lleno de orgullo, se puso de pie para ir junto a su hijo. Lo mird intensamente y después tomé su baston. Pasado un momento, Maita coment6: —En Ia aldea, todo est4 ranquilo. Fsos traidores es- én seguros de que seguimos prisioneros. Alcancé a verlos bebiendo despreocupados en una de las casas. —Y abriendo una bolsa, agregé—: Mira lo que traje! Y una gruesa capa de vivos colores, unos aros de plata y varios turbantes tejidos fueron saliendo del morrai de Maita, Como no comprendi para qué era todo eso, él me explic6: —Son las vestimentas ceremoni ataviarse con ellas para presentarse ante el pueblo, cor un verdadero curaca, con su bastén, A medida que lo ayudahamos a vestir sus ropajes, e padre de Maita fue transformandose. Su figura parecia engrandecerse y su rostro se mostraba joven y poderoso. Recordé que cuando Maita me hablaba de Ja humillacién que sintio su padre al serle robado su bastén de mando, yo pensaba que era absurdo que creyeran que el poder estaba en un basin, Pero en el momento en que io volvi6 a tener en sus manos, lo vi adquirir la prestancia de un rey. Con el bast6n y con sus vestidos recuperé toca su dignidad y sefiorio. jAhora si parecia un verdadero jefe! Un poco antes del amanecer, nos dirigimos a la plaza del pueblo. Silenciosamente, el padre de Maita se situ en el centro. Apenas asom6 el sol entre las montafas, el lugar empez6 a adquirir movimiento. Hombres, mujeres y nihos, comenzaron a salir tranquilamente de las c pero en cuanto vieron a su curica, se congregaron alred dor de él, mientras algunos corvian a llamar a los demé Y cuando ya se habia reunido un buen numero de pe: iales, y mi padre debe ss LMAGIDALERA RAS / ARIA JOSE ZG nas, el padre de Maita pronuncié un acalorado discurso, que finaliz6 con un gran griterio de aprobacion. ;Como sentia yo no entender nada de lo que decia el curacal Maita no habia despegado fos ojos de su padre y, cuando terminé de hablar, me dijo lleno de orgallo: —Alonso, ahora todos lo apoyan. Mi padre ha pect do al pueblo que lo ayude a vencer a los usurpadores. En ese momento, todo el pueblo se dirigié hacia la casa donde se encontraban los malhechores. Desde la noche anterior, éstos bebfan chicha de maiz para festejar su victoria... Bstaban tan borrachos que no fue dificil apre sarlos. Ese dia fue de fiesta para cl pueblo de Maita. Enire todos prepararon los festejos, y cuando cay6 la tarde, comenz6 la celebracion. Bailes, danzas y musica muy animada comenz6 a resonar en la plaza y a invadir todo el pueblo. Un grupo de mujeres, especialmente ataviadas, tocaban pequenos iambores hechos de troncos vacios cubiertos de piel de llama. Me Uamaron ka atenci6n unas fiautas que tocaban los hombres. —aDe qué son esas flautas? —pregunté a Maita, sena- Jando los extrafos instrumentos—. Parecea de hueso, —Si, Estin hechas de osamentas de un animal muy feroz Mamado jaguar —me explics y, algo timidamente, quizis porque presentia mi reacci6n, prosigui6— Ouras se hacen con huesos de piemna humana —De hombres? —exclamé sin poder esconder mi repugnancia. ;Qué horror! Iba a decir que eso me parecia indignante y salvaje, pero recordando lo que mi padre me habia dicho acerca del respeto, preferi quedarme callado para no ofenderlo. Nuestra conversacién se vio interrumpida por la en: trada de un animado grupo de danzarines a la plaza, que cubrian sus rostros con enormes mscatas que representa- ALONSO EN BL PAIS DE LOS INCAS %° ban animales. Al mismo tiempo las mujeres comenzaron a repartir una bebida —iQué buena esta! (Me moria de sed! —comenté a mi amigo al momento que tomaba con ansiedad un cuen- co leno. —Ten cuidaclo, porque estés bebiendo chicha. Entonces no comprendi su comentario, pero si unas horas mas tarde, cuando habia bebido varios cuencos. jNunca antes me habia sentido tan mal! Mi cabeza daba ‘yueltas y mi estomago parecia bailar. Los gritos y la musi- ca parecian agudizar el intenso malestar que sentia. Me tumbé en un rincin y me quedé dormido. El intenso frio me desperté a la mafiana siguiente. Sin saber donde estaba y con un gran dolor de cabeza, miré a mi alrededor. En Ia plaza, desparramados por todas partes, dormian los hombses después de la fiesta. Con pasos inseguros, logré llegar a la casa de Maita Alli encontré a su madre. Ella me dio un caldo caliente que pronto me reanimé y despej mi pobre cabeza, No habia terminado adn el brebaje, cuando Mego mi amigo. Donde estabas? —le pregunté. —En la plaza —me contest6. Miré a su macire y comenz6 a hablarle. Por su cara, © que estaba disculpandose por haber bebido tanto. —Nosotros acostumbramos beber mucho en las fies- tas —me explicé mientras tomaba caldo, y bajando Ia cabeza, como si estuviera algo avergonzado, prosigui6—: Siento no haberte advertido de lo que podia suceder. —No te preocupes. He aprendide que no volveré a tomar €s0 nunca mis. —Yo tampoco lo haré. Esta fue mi primera y Ultima supu vez. Con este firme propésito, volvimos i acostames, esta vez mds cémodos en elf interior de la casa, Dormimos muchas horas. Cy [MAGDALENA 18AREZ / MARIA JOSE 2ECERS Al dia siguiente, estaba totalmente repuesto y decidi- do a emprender el camino de regreso para reunirme con mi padre. Habia perdido un poco Ia nocién de los dias transcurridos y tenia miedo de que Huacari ya estuviera ‘en Cuzco, 0 que mi padre se inguietra al no saber de mi Maita y otros jovenes del pueblo me acompafiaron ‘en mi viaje, pues el curaca no quiso que volviera solo. Cuando se despidid de mi, me di cuenta de que queria expresarme su gratitud, a pesar de que no entendi ni una palabra de las que él me dijo. Luego me estrecho la mano y fi6 largamente en mi sus expresivos ojos. También me hablé Ia madre de Maita. Este me tradujo las hermosas palabras con que ambos me daban las gracias, Cargado con sabrosos alimentos, preparados por la madre de mi amigo y proviso de una maravillosa y ca- liente manta de alpaca, regalo del curaca, me alejé con mis compaieros por el camino en direccién al sur. Fueron varios dias de viaje. Entonces, en medio de una conversacién con Maita, le pregunté aquello que tanto me intrigaba: :Por qué él era el Gnico de su pueblo que hablaba castellano? Y ade- mds, lo hablaba muy bien, —Vivi dos afos junto a una de esas personas que ustedes aman misioneras. Se Hamaba padre Rodrigo y era muy bueno, £1 llegé un dia a nuestro pueblo, estuvo tun tiempo con nosotros, nos ense?ié muchas cosas, por- que él habia aprendido nuestra lengua y con nosotros aprendié mucho més, pues siempre nos preguntaba, Cuando se fue, pidio a mis padres que me pemnitieran ir con él Asi, de a poco, mientras lo guiaba de pueblo en pueblo, comencé a hablar tu lengua. Durante todo el camino conversamos y casi no me di cuenta cuando ya habjamos Megado al final. Al civisar Cuzco nos detuvimos: era el momento de la despedicla Sentf separarme de Maita. ALONSO BEL PAS DE LOS INCAS. o __ ~tAdi6s, Maital —le dije—. Si vienes algin dia a Curco © pasas cerca de la encomienda de mi padre, no dejes de visitarme. —Adis, amigo, y gracias de nuevo. Sé que mi padre nunca habria vuelto a ser curaca si r 1 Capitulo x | NUEVAMENTE LA ENCOMIENDA, Pocus dias después me encontraba nue- vamente en la encomienda junto a mi padre. Le conté fa historia de Maita y todas las peripecias que habfamos pasa- do hasta que logramos liberar al. padre de mi amigo. Mi padre se impresioné muchisimo, mas bien dicho se sintié es- pantado y muy alterado ante los peligros que habia cortido y tataba de que’ le prometiera que nunca mas volveria a comprometerme en un problema semejante. Al fin se calm6 y dijo: Gracias a Dios has regresado sano y salvo! Pero no vuelvas a hacer una gracia como ésta. El tiempo fue pasando y, a pesar de que los traba- jos de cada jornada eran quizas parecidos y monétonos, no habia dia en que no conociera algo nuevo, apren- diera una palabra diferente del quechus, 0 hiciera un nuevo amigo entre los ninos indios, Al principio, no nos fue facil entablar amistad, pues creo que de ambas partes nos miribamos con un poco de temor. Pero al cabo de un tiempo, en cuanto conclufa las tareas que mi padre me habia encomendado para ese dia, yo par- 6 IMAGDALENA faAREZ / MARIA JOSE zee tia con un buen grupo de muchachos a correr por los campos. Un dia quise ir mucho més lejos y pedi permiso a mi padre. Accedi6, pero siempre que fuera con Huacari. Saii- ‘mos temprano, Hlevando a Bartolo que, con sus brincos alrededor nuestro, apenas nos dejaba caminar, Subimos montafas durante todo el dia. El paisaje era maravilloso e imponente. En un momento de nuestra ex- cursi6n, luego de subir una escarpada colina, el perro se perdié de vista. Lo Ilamamos a gritos y al rato escuchamos. sus ladridos en Ia lejanfa. Nas acercamos hacia una cueva desde donde parecfan proyenir los ladridos. —No entres ahi —me dijo Huacari con yor temero- sa—, puede ser peligroso. —Es s6lo una cueva, espérame aqui y yo iré por mi perro. —No, no te dejaré solo —dijo, siguiéndome hacia la oscura abertura. Los ladridos de Bartolo retumbaban en las esitechas paredes. De pronto, senti un roce suave y biimedo en la cara y un extrafio cosquilleo en las piernas, —Qué es esto? —exclamé asustado, Avancé unos pocos pasos m4s y de pronto, como abriéndose paso en medio de la oscuridad, una tenue luz penetré por una grieta. Esto me dej6 ver unos extrafios bichos que caminaban por el suelo y las paredes y co- menzaban a encaramarse por mi cuerpo. —iSon arafas! —grité despavorido mientras corria tor- pemente hacia la salida de la cueva. Una vez fuera, me revolqué en a hierba intentando quitarme los bichos de mi cuerpo y ayudado por Huacari me liberé de las pegajosas telas de araha que cubrfan cara, Cuando me tranquilicé, me acordé de Bartolo. Hua se acercé a la boca de la cueva y comenzé a llamarlo. No ‘nos atrevfamos a entrar de nuevo. [ALONSO FW FL RAS DE OS INCAS 6 Después de un rato, lo vimos salir con unas plumas de colores en la boca. —zDe donde sacaste ¢s0? —dije tomandolas. Me di cuenta de que eran muy viejas porque al tocarlas se resquebrajaron, desprendiendo un polvilio. —iQue crees que hay alli? Je pregunté a Huacari, bastante extrafiado. —No lo sé —me contest6. taba decidido a averiguarlo. Pero necesitaba unas buenas antorchas para iluminar la cueva. Con Huacari buscamos unos palos, los cubrimos con unos trapos que tenia en mi morral y los encendimos. Pero esto fue lo mis dificil. Después de mucho trabajo, y cuando ya casi me a dado por vencido, por fin logramos sacar chispas de dos piedras y encendimos las antorchas. Entonces entramos, pero caminibamos algo temblo- rosos. Con las antorchas espantibamos a las arafias a medida que avanzabamos por el pasadizo. Llegamos a una ampli camara, en la que se interrumpia la excava- cion. En el centro de la camara habia un bulto. Qué podia ser? Me acerqué, mientras Huacari permanecia en la entrada con la antorcha ¢n alto. {Dios mio! —exclamé asombrado—. Es un muerto. Greo que estamos en una tumba, —iQué taro! —dijo Huscari—. Por qué lo habrin enterrado aqui’ Pero no te acerques —agrego—. No se debe molestar a los muertos. ‘Con mucho cuidado, me dispuse a investigar la tum- ba. Fl esqueleto se encontraba encuciillado con la cabeza apoyada en sus rodillas y varias cuerdas de viejo aspecto lo sujetaban, A su alrededor habia diversas vasijas de barro y pequefas armas. Al acercar la antorcha a su cara lancé un grito. (Qué horror! exclamé.

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