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Asilo Diplomático: Conceptos y Diferencias

El asilo diplomático es la protección que un Estado ofrece a individuos en sus instalaciones diplomáticas ante persecuciones en su país de origen, diferenciándose del asilo político. Aunque no existe un marco normativo internacional unificado, su práctica es reconocida en América Latina a través de tratados regionales y se fundamenta en principios de derechos humanos, como el non-refoulement. La aplicación del asilo diplomático depende del derecho interno de cada país, lo que genera variaciones en su reconocimiento y procedimientos.
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Asilo Diplomático: Conceptos y Diferencias

El asilo diplomático es la protección que un Estado ofrece a individuos en sus instalaciones diplomáticas ante persecuciones en su país de origen, diferenciándose del asilo político. Aunque no existe un marco normativo internacional unificado, su práctica es reconocida en América Latina a través de tratados regionales y se fundamenta en principios de derechos humanos, como el non-refoulement. La aplicación del asilo diplomático depende del derecho interno de cada país, lo que genera variaciones en su reconocimiento y procedimientos.
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Marco conceptual del asilo diplomático

1. Definición legal y doctrinal del asilo diplomático.

1.1. Definición legal

El asilo diplomático se define legalmente como la protección otorgada a un

individuo por un Estado en sus instalaciones diplomáticas, como embajadas o

consulados, cuando este enfrenta persecución o amenazas a su vida y libertad en su

país de origen. Esta figura jurídica no debe confundirse con el asilo político, que se

concede por razones de persecución política y que generalmente se tramita conforme

a leyes nacionales o convenios internacionales. En la práctica, el asilo diplomático

permite a los solicitantes refugiarse en la legación de un país en un contexto

internacional, donde las normas de respeto a la soberanía y las relaciones

diplomáticas juegan un papel crucial. El reconocimiento del asilo diplomático puede

variar de un país a otro y está sujeto a tratados internacionales, como la Convención

Americana sobre Derechos Humanos, la Convención sobre Asilo Diplomático de

Caracas de 1954 y la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961.

Esta última, aunque no regula el asilo expresamente, establece el principio de

inviolabilidad de las sedes diplomáticas, lo cual permite que los Estados asilantes

protejan a una persona sin que esta pueda ser arrestada o capturada por el Estado

receptor dentro de la embajada. Además, la resolución de las solicitudes de asilo

diplomático a menudo implica la evaluación de los riesgos que enfrenta la persona

solicitante, así como la consideración de las relaciones políticas entre los países

implicados, lo cual puede desencadenar crisis diplomáticas. La Corte Internacional de

Justicia, en el caso de Colombia vs. Perú (1950), se pronunció señalando que el asilo

diplomático no es una costumbre internacional general, sino una práctica limitada a

ciertas regiones, principalmente América Latina. La falta de un marco normativo

internacional unificado ha generado interpretaciones diversas sobre la legitimidad y el

alcance del asilo diplomático, lo que en ocasiones da lugar a controversias en el


ámbito diplomático y político. No obstante, algunos sistemas jurídicos nacionales

reconocen de manera expresa esta figura dentro de su legislación interna. A pesar de

estas diferencias, el principio fundamental que sostiene dicha figura es la búsqueda de

protección ante situaciones de grave riesgo, reafirmando el compromiso del Estado

que ofrece el asilo en salvaguardar la vida y la dignidad de los individuos perseguidos,

en atención al respeto de los derechos humanos fundamentales y al principio de no

devolución (non-refoulement), aceptado como norma consuetudinaria internacional.

1.2. Definición doctrinal

La doctrina del asilo diplomático se refiere a un entendimiento jurídico que

subraya la protección otorgada por un Estado a un individuo que busca refugio en sus

instalaciones diplomáticas. Esta figura se apoya en principios de derecho internacional

y en la soberanía estatal, estableciendo que los Estados tienen la facultad de ofrecer

asilo a personas que enfrentan persecución o graves situaciones de riesgo en su país

de origen. Desde un enfoque doctrinal, se considera que el asilo diplomático no solo

se justifica por razones humanitarias, sino también por la necesidad de salvaguardar

derechos humanos fundamentales, reflejando así los compromisos internacionales de

protección de personas en situaciones vulnerables. La doctrina argumenta que ofrecer

asilo en embajadas o consulados es un acto que puede tener implicaciones

diplomáticas y políticas, condicionando las relaciones entre el Estado asilante y el

Estado del que proviene el solicitante de asilo. En este sentido, se señala que el

derecho de otorgar asilo forma parte de las prerrogativas del poder soberano de cada

Estado, siempre que no contravenga normas imperativas del derecho internacional. A

nivel doctrinal, se discute también la diferencia entre el asilo político y el asilo

diplomático, siendo el primero más comúnmente aplicado dentro de la soberanía de un

Estado, en tanto que el asilo diplomático se encuentra físicamente en la sede de

representación de un país. Además, se analizan los límites de esta función, ya que los

Estados deben equilibrar su derecho a otorgar asilo con el respeto a los principios de
no intervención, la buena vecindad y la solución pacífica de controversias. Existen

también posiciones doctrinales que consideran el asilo diplomático como una práctica

en desuso en otras regiones fuera de América Latina, donde no se ha desarrollado una

costumbre internacional que lo respalde de manera general. Sin embargo, su

persistencia en la práctica latinoamericana lo convierte en un caso paradigmático de

derecho consuetudinario regional. En este sentido, el asilo diplomático surge como un

mecanismo donde coexisten la protección de derechos individuales y la realidad de las

relaciones internacionales, generando, en ocasiones, tensiones entre la política interna

de los Estados y sus compromisos internacionales, así como debates acalorados

sobre la interpretación y aplicación de este concepto en la práctica. Para algunos

autores, este tipo de asilo representa un punto de intersección entre la obligación

moral de proteger y las restricciones legales impuestas por la soberanía y el derecho

internacional público. En consecuencia, la doctrina continúa desarrollándose en torno

a su legalidad, legitimidad y relevancia en el contexto actual de protección

internacional de derechos humanos.

2. Diferencia entre asilo territorial y diplomático

El derecho de asilo, en sus diversas modalidades, encuentra su fundamento en

una combinación de normas internacionales, principios generales del derecho,

costumbre internacional y compromisos estatales asumidos en tratados multilaterales

y regionales. Tanto el asilo diplomático como el asilo territorial comparten un objetivo

común: la protección de personas perseguidas o en riesgo, pero se distinguen en sus

bases normativas, condiciones de aplicación y reconocimiento en el derecho

internacional.

El asilo territorial posee una sólida base jurídica a nivel internacional. Está

regulado principalmente por la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de

1951 y su Protocolo de 1967, instrumentos que definen quién es considerado

refugiado, establecen sus derechos y determinan las obligaciones de los Estados


receptores. Uno de los pilares fundamentales de este régimen es el principio de no

devolución (non-refoulement), consagrado en el artículo 33 de la Convención de 1951,

el cual prohíbe a los Estados expulsar o devolver a una persona a un territorio donde

su vida o libertad se vean amenazadas por motivos de raza, religión, nacionalidad,

pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas. Este principio ha

alcanzado carácter de norma de ius cogens en el derecho internacional, lo que implica

que es obligatorio para todos los Estados, incluso aquellos que no han ratificado los

tratados pertinentes.

A nivel regional, también se encuentran instrumentos que refuerzan el asilo

territorial, como la Declaración de Cartagena sobre los Refugiados de 1984 en

América Latina, que amplía los criterios para reconocer la condición de refugiado

incluyendo víctimas de violencia generalizada, agresión extranjera, conflictos internos

y violaciones masivas de derechos humanos. En ese contexto, el asilo territorial no

solo es una facultad del Estado, sino una obligación jurídica derivada del compromiso

con la protección de los derechos humanos, respaldada además por la jurisprudencia

de tribunales internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el

Comité de Derechos Humanos de la ONU.

En cambio, el asilo diplomático presenta una situación jurídica más compleja y

controvertida, debido a la ausencia de una regulación universalmente aceptada. A

diferencia del asilo territorial, no existe un instrumento internacional de carácter global

que reconozca y regule su práctica. Sin embargo, se encuentra aceptado en tratados

regionales, especialmente en América Latina, donde ha tenido una evolución más

concreta. Entre estos instrumentos destacan la Convención de La Habana de 1928, la

Convención de Montevideo de 1933 y, particularmente, la Convención sobre Asilo

Diplomático de Caracas de 1954, que regula las condiciones, los procedimientos y las

limitaciones del asilo diplomático en el ámbito interamericano. En estos tratados se

establece que el asilo en sedes diplomáticas puede concederse en casos de


persecución política, aunque no debe usarse para eludir la justicia por delitos

comunes.

Desde el punto de vista del derecho internacional consuetudinario, el asilo

diplomático ha generado opiniones divididas. La Corte Internacional de Justicia, en el

caso Colombia vs. Perú (Asunto Haya de la Torre, 1950), señaló que no existía una

costumbre internacional uniforme que permitiera reconocer el asilo diplomático como

un derecho obligatorio para los Estados fuera de los tratados regionales. Esto ha

llevado a que muchos países, fuera del contexto latinoamericano, no reconozcan el

derecho del Estado asilante a otorgar protección diplomática en territorio extranjero sin

el consentimiento del Estado territorial.

Otra diferencia clave radica en el espacio físico y jurídico donde se desarrolla

cada tipo de asilo. En el asilo territorial, la persona se encuentra ya en el territorio

soberano del Estado que le ofrece protección, lo cual facilita el ejercicio de sus

derechos conforme a la legislación nacional e internacional. En el caso del asilo

diplomático, el individuo permanece dentro del territorio del Estado donde se

encuentra físicamente, pero bajo la protección simbólica de otro Estado a través de su

misión diplomática, lo que genera una situación de excepcionalidad, tensión jurídica y

prolongada incertidumbre.

En cuanto al principio de soberanía estatal y no intervención, ambos tipos de

asilo deben armonizarse con estos pilares del derecho internacional. Sin embargo, el

asilo diplomático suele ser más problemático en este aspecto, pues puede ser

interpretado por el Estado territorial como una injerencia en sus asuntos internos,

especialmente cuando se niega a otorgar el salvoconducto que permita la salida del

asilado. Por el contrario, el asilo territorial se ejerce dentro del ámbito exclusivo de

competencia del Estado receptor, sin requerir coordinación con otro Estado, por lo que

es generalmente menos conflictivo desde el punto de vista diplomático.


El asilo territorial está jurídicamente consolidado en el sistema internacional

mediante tratados vinculantes y principios reconocidos, lo que le otorga mayor claridad

normativa y aceptación. En cambio, el asilo diplomático, aunque históricamente

desarrollado y con respaldo regional en América Latina, continúa siendo una figura

jurídicamente discutida en el plano global, sujeta a controversias sobre su legitimidad y

su impacto en las relaciones interestatales.

3. Fundamentos jurídicos del asilo

3.1. El principio de non-refoulement como piedra angular del derecho

de asilo

Uno de los principios jurídicos más relevantes y fundamentales dentro del

régimen de protección internacional de personas que buscan refugio es el principio de

non-refoulement, también conocido como principio de no devolución. Este principio

establece la prohibición de devolver, expulsar o extraditar a una persona hacia un

territorio donde su vida o libertad corran peligro, ya sea por motivos de raza, religión,

nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social o por sus opiniones políticas.

Se trata de una garantía esencial para la salvaguarda de los derechos humanos,

reconocida expresamente en el artículo 33 de la Convención sobre el Estatuto de los

Refugiados de 1951, así como en otros instrumentos internacionales como la

Convención contra la Tortura de 1984 y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y

Políticos de 1966.

El principio de non-refoulement ha sido ampliamente reconocido como norma

de ius cogens, es decir, como una norma imperativa del derecho internacional general

que no admite derogación. Este principio no solo tiene fundamento en tratados

internacionales, sino que también forma parte de la costumbre internacional y ha sido

reforzado por la jurisprudencia de órganos judiciales y cuasi judiciales internacionales

como el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el Comité contra la


Tortura y la Corte Europea de Derechos Humanos, entre otros. De este modo, incluso

en situaciones en que un Estado no sea parte de la Convención de 1951, se encuentra

obligado a respetar este principio por su carácter consuetudinario.

Aunque el non-refoulement se desarrolla y aplica principalmente en el contexto

del asilo territorial, es decir, cuando una persona busca refugio dentro del territorio de

un Estado distinto al suyo, también ha sido extendido al ámbito del asilo diplomático.

En estos casos, se entiende que si una persona ha ingresado a una sede diplomática

en busca de protección, y existen motivos fundados para creer que al salir de ella será

arrestada, torturada o incluso ejecutada, se estaría produciendo una forma indirecta de

devolución contraria a este principio. Por ello, en ciertas circunstancias, se reconoce

que el non-refoulement también debe respetarse dentro del marco del asilo

diplomático, especialmente si existe un riesgo inminente, concreto y comprobable de

persecución.

3.2. El papel del derecho interno en la concesión del asilo diplomático

Si bien el asilo diplomático tiene un componente importante de derecho

internacional, también debe entenderse que su aplicación y reconocimiento dependen

en gran medida del derecho interno de cada Estado. En efecto, la soberanía estatal le

permite a cada país regular libremente el ingreso, permanencia y salida de extranjeros

en su territorio, y esta facultad se extiende al reconocimiento o negación del asilo

diplomático. Por esta razón, cada ordenamiento jurídico nacional puede establecer

criterios, procedimientos y requisitos específicos para conceder este tipo de

protección.

En algunos países, sobre todo en América Latina, el derecho de asilo se

encuentra consagrado en la propia Constitución, y se reconoce como un derecho

fundamental que puede ser invocado por cualquier persona que se sienta perseguida

por motivos políticos u otros motivos protegidos. Por ejemplo, constituciones como la
de México, Bolivia o Ecuador incluyen disposiciones explícitas sobre el derecho al

asilo, garantizando además ciertos procedimientos para asegurar su ejercicio. En otros

países, en cambio, el asilo diplomático no se encuentra directamente en la

Constitución, pero sí es regulado mediante leyes especiales o reglamentos

diplomáticos que establecen la forma en que debe tramitarse, qué instituciones son

competentes para decidir, y cuáles son los efectos jurídicos de su otorgamiento.

Asimismo, las leyes nacionales suelen establecer criterios de admisibilidad, es

decir, condiciones que debe cumplir el solicitante de asilo para que su petición sea

evaluada positivamente. Entre esos criterios figuran la existencia de una persecución

real, el carácter político de dicha persecución y la inexistencia de procesos judiciales

ordinarios que puedan garantizar un juicio justo. Estos aspectos también ayudan a

evitar el uso abusivo del asilo por parte de personas que buscan evadir

responsabilidades legales comunes, como crímenes o delitos no políticos.

3.3. La costumbre internacional y la legitimidad del asilo diplomático

El derecho consuetudinario internacional, es decir, aquel que surge de la

práctica constante y generalizada de los Estados acompañada del convencimiento de

que esa práctica es jurídicamente obligatoria (opinio juris), ha desempeñado un rol

decisivo en la consolidación del asilo diplomático como una institución válida dentro

del ordenamiento jurídico internacional. Aunque no existe un tratado internacional

universal que regule de manera uniforme el asilo diplomático, la práctica histórica de

los Estados latinoamericanos ha permitido su reconocimiento como una figura

legítima.

Desde el siglo XIX y a lo largo del siglo XX, América Latina ha sido escenario

de numerosos episodios en los que personas perseguidas por razones políticas han

buscado refugio en embajadas de países amigos. Esta práctica ha generado una

tradición jurídica regional, respaldada por acuerdos interamericanos como la


Convención de Montevideo de 1933 y la Convención de Caracas de 1954, así como

por sentencias de tribunales internacionales. Aunque estas convenciones solo vinculan

a los Estados que las han ratificado, han servido para fortalecer el reconocimiento del

asilo diplomático como mecanismo legítimo de protección frente a abusos de poder.

Uno de los casos más emblemáticos en esta materia fue el caso Haya de la

Torre, resuelto por la Corte Internacional de Justicia en 1951. En esta decisión, la

Corte no negó la existencia del asilo diplomático, pero estableció que su aceptación

debía evaluarse dentro del marco regional correspondiente y conforme al derecho

internacional vigente. El caso dejó claro que, aunque el asilo diplomático no goza de

una regulación universal, su existencia como institución jurídica es real y operativa en

ciertas regiones.

3.4. La inviolabilidad de los locales diplomáticos: base física del asilo

Un elemento crucial que permite la existencia práctica del asilo diplomático es

la inviolabilidad de las sedes diplomáticas, principio consagrado en el artículo 22 de la

Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961. Esta norma establece

que los locales de la misión diplomática son inviolables y que los agentes del Estado

receptor no pueden entrar en ellos sin consentimiento del jefe de misión. En otras

palabras, las embajadas y consulados no pueden ser intervenidos por las autoridades

del país donde se encuentran, lo que genera un espacio de protección física para

quienes se refugian en su interior.

Aunque esta convención no menciona directamente el asilo diplomático, el

hecho de que se garantice la inviolabilidad de las misiones diplomáticas permite que

estas puedan funcionar como refugios temporales. Así, una persona perseguida puede

permanecer dentro de una embajada durante semanas, meses o incluso años sin ser

arrestada por las autoridades del país anfitrión, siempre que el Estado asilante

mantenga su voluntad de protegerla.


Esta protección, sin embargo, no está exenta de tensiones diplomáticas, ya que

el país territorial puede considerar que se está interfiriendo en sus asuntos internos.

No obstante, mientras se respete la inviolabilidad de los locales, no existe una vía legal

para ingresar a ellos sin violar el derecho internacional. En este contexto, el asilo

diplomático se convierte en un mecanismo de defensa frente a regímenes autoritarios

o en situaciones de emergencia política, donde el sistema judicial nacional no ofrece

garantías mínimas.

3.5. El asilo diplomático como expresión del compromiso humanitario

del Estado

Más allá de su base jurídica, el asilo diplomático es también una manifestación

concreta del compromiso de un Estado con la protección de los derechos humanos y

los valores humanitarios universales. En un mundo donde aún existen gobiernos que

persiguen, torturan o asesinan a sus opositores, el asilo representa una forma de

solidaridad internacional con quienes sufren persecución.

El reconocimiento de obligaciones internacionales erga omnes, como la

prohibición de la tortura, la protección de la vida e integridad personal o el respeto al

debido proceso, refuerza la legitimidad del asilo diplomático como un mecanismo

destinado a evitar que se comentan violaciones graves de derechos humanos. Los

Estados que otorgan asilo no solo protegen a una persona específica, sino que

también envían un mensaje político y jurídico sobre su compromiso con los principios

democráticos y el Estado de Derecho.

Por tanto, el asilo diplomático no debe entenderse como una interferencia

arbitraria, sino como un instrumento de protección internacional, que permite a los

Estados actuar conforme a su conciencia jurídica y moral. En ese sentido, el asilo

diplomático es una expresión del derecho humanitario contemporáneo, una


herramienta jurídica que busca preservar la dignidad humana en situaciones de

extrema vulnerabilidad.

4. Tratados internacionales relacionados.

El asilo diplomático encuentra respaldo en diversos tratados internacionales

que, aunque no conforman un marco jurídico universal uniforme, establecen

lineamientos jurídicos fundamentales para su aplicación. Entre los más importantes se

encuentra la Convención sobre Asilo Diplomático de Caracas de 1954, suscrita en el

ámbito de la Organización de Estados Americanos (OEA), que regula de manera

específica esta figura en América Latina. Esta convención reconoce el derecho de los

Estados a conceder asilo en sus misiones diplomáticas en casos de urgencia,

especialmente cuando se trata de delitos políticos, y establece la obligación del Estado

territorial de otorgar un salvoconducto para permitir la salida segura del asilado.

Además, faculta al Estado asilante a calificar la naturaleza del delito, lo que ha sido

objeto de controversia internacional.

Otra norma relevante es la Convención sobre Asilo Político de La Habana de

1928, también en el contexto latinoamericano, que reconoce el derecho de otorgar

asilo en legaciones diplomáticas, buques de guerra y campamentos militares,

estableciendo principios similares a los de la Convención de Caracas. Ambas

convenciones han sido ampliamente invocadas por los países de la región para

legitimar la protección diplomática en contextos de crisis políticas o persecuciones

ideológicas.

Aunque la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 no

regula directamente el asilo diplomático, su artículo 22 establece la inviolabilidad de

los locales de la misión diplomática, impidiendo que las autoridades del Estado

receptor ingresen a una embajada sin consentimiento. Esta norma constituye uno de

los pilares prácticos del asilo diplomático, pues permite que los asilados permanezcan
dentro de las misiones sin ser aprehendidos por las autoridades locales, siempre que

el Estado asilante así lo disponga. Sin embargo, esta inviolabilidad no equivale a un

reconocimiento automático del asilo, ya que su aceptación también depende del

consentimiento del Estado territorial.

En el ámbito más amplio del derecho internacional de los derechos humanos,

la Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969 Pacto de San José de

Costa Rica, establece en su artículo 22.7 que toda persona tiene derecho a buscar y

recibir asilo en territorio extranjero, y se prohíbe expresamente la devolución (non-

refoulement) de quienes corran peligro de persecución. Aunque esta disposición está

más asociada al asilo territorial, sus principios han sido invocados por analogía para

proteger a personas refugiadas temporalmente en embajadas.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, aunque no es

vinculante, reconoce en su artículo 14 el derecho de toda persona a buscar asilo frente

a la persecución, lo que ha sido interpretado por diversos órganos internacionales

como una base para reforzar la legitimidad moral del asilo diplomático. En la misma

línea, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966 protege el

derecho a la vida, la integridad personal, la libertad de pensamiento y expresión, los

cuales son frecuentemente invocados por los solicitantes de asilo para justificar su

temor fundado de persecución.

Por otro lado, aunque la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los

Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967 se enfocan en el asilo territorial, muchos

de sus principios como el reconocimiento del estatus de refugiado y la prohibición de

devolución han influido en la interpretación del asilo diplomático en situaciones donde

los solicitantes no pueden abandonar físicamente el país de origen y recurren a la

protección en embajadas extranjeras.


Finalmente, la jurisprudencia internacional también ha aportado elementos

claves, como el fallo de la Corte Internacional de Justicia en el caso Haya de la Torre

Colombia vs. Perú, 1950, en el cual se estableció que el asilo diplomático no puede

imponerse unilateralmente al Estado territorial, y que su validez está sujeta a la

existencia de una práctica bilateral aceptada o de normas convencionales aplicables.

Este caso ha sido esencial para delimitar los alcances jurídicos del asilo en sedes

diplomáticas, especialmente en contextos de conflicto entre el principio de soberanía y

la protección internacional de los derechos humanos.

Bibliografia:

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