Texto 4
Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la
bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura
extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una
respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los
bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano
Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más
lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su
asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios.
Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas,
madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas
sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de
marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda
a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que
Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal? -le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa
de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las
sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor
misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer,
en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue
la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y
dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con
la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que
abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en
los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
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