Una riqueza que se esfumó entre la ambición y el desorden
“El Perú es un vagabundo sentado en una banca de oro." Esta frase resume la gran contradicción del
periodo de la Prosperidad Falaz (1845–1872), una etapa de aparente auge económico impulsado por
la venta del guano de isla, un fertilizante encontrado en las islas de Paracas altamente valorado en
Europa debido al reciente inicio de la Revolución industrial. Fue el historiador Jorge Basadre quien
acuñó el término Prosperidad Falaz para describir esta época, subrayando que se trató de una riqueza
engañosa, basada en un recurso natural agotable y mal administrado por el Estado peruano. Basadre
señalaba que fue una prosperidad sin bases sólidas, que no generó desarrollo real ni bienestar
duradero para la población, sino que reforzó la dependencia, la desigualdad y el centralismo. En este
contexto, la pregunta principal es: ¿Consideras que durante el periodo de la Prosperidad Falaz el
estado peruano administró de manera adecuada la venta del guano Europa? ¿Cuál fue su impacto en
la actualidad? Mi postura es crítica: no lo hizo, y como consecuencia, se desencadenaron crisis
económicas, exclusión social y debilidad institucional que todavía arrastramos en la actualidad.
La política peruana durante la era del guano estuvo marcada por el caudillismo militar, el centralismo
limeño y el uso patrimonial del Estado. Los presidentes del siglo XIX, empezando por Ramón Castilla,
priorizaron la estabilidad inmediata sobre la institucionalización democrática. Aunque Castilla
impulsó ciertas reformas, su gobierno se sostuvo mediante redes de clientelismo y recompensas a
las fuerzas armadas, lo que impidió la consolidación de un Estado moderno. Sus sucesores
profundizaron esta tendencia, utilizando los recursos del guano para consolidar alianzas políticas,
pagar favores o sostener ejércitos personales. El poder estuvo concentrado en una élite criolla limeña
que marginó a los sectores indígenas, mestizos y rurales del proceso político. Esta exclusión
estructural alimentó conflictos sociales y debilitó la legitimidad estatal. La política, en vez de construir
ciudadanía y cohesión nacional, reforzó una estructura excluyente, autoritaria y reactiva. Como
advirtió Jorge Basadre, el verdadero problema no fue la escasez de recursos, sino la ausencia de un
Estado capaz de actuar con visión y justicia . El control del guano por parte de grupos de poder
extranjeros, como la Casa Dreyfus, demuestra que el Perú entregó su soberanía económica a cambio
de dinero rápido. Esto provocó el crecimiento de una burocracia débil, con falta de planificación a
largo plazo y escasa fiscalización. Esta ausencia de institucionalidad provocó conflictos internos,
guerras (como la del Pacífico), y una profunda crisis cuando el gobierno colapsó.
El Estado peruano recibió aproximadamente 660 millones de soles por la venta del guano,
convirtiéndose en uno de los principales exportadores mundiales de fertilizantes en el siglo XIX. Sin
embargo, esta riqueza monumental fue administrada de forma caótica e irresponsable. Jorge
Basadre lo resumió con claridad: “el dinero del guano no transformó al Perú, solo lo cubrió con una
capa de modernidad superficial”. La comercialización se dio mediante tres sistemas ineficaces. En la
venta directa, el Estado negoció sin intermediarios ni fiscalización, lo que propició la corrupción. El
sistema de arriendo benefició a empresarios criollos afines al poder, quienes explotaron el recurso sin
control ni retorno social. Y la consignación, iniciada en 1862, entregó la gestión a terceros,
culminando en el Contrato Dreyfus (1869), que cedió el monopolio a una firma francesa, erosionando
la soberanía económica. Esta pésima administración impidió el desarrollo de una economía
productiva y diversificada: los fondos se destinaron a pagar deudas, sostener gastos militares o
enriquecer a la élite, en lugar de impulsar la industrialización, la reforma agraria o la infraestructura
estratégica. Así, el guano no solo fue desperdiciado, sino que reforzó una estructura de poder
excluyente y un Estado centralista, incapaz de generar desarrollo sostenido ni equidad.
En lugar de crear una estructura fiscal sólida o reinvertir los ingresos en desarrollo productivo, como
la agricultura moderna o la industrialización. Se construyeron ferrocarriles, sí, pero por la mala
malversación de los ingresos se terminaron construyendo solo uno, el cual era inútil y no conectaba
zonas productivas, como lo señaló Basadre: “El ferrocarril debía unir al Perú, no dividirlo más”. Esta
falta de visión provocó que, al agotarse el guano, el país quedara endeudado y sin una economía
sólida. Esta dependencia de un solo recurso sigue vigente hoy, reflejada en nuestra vulnerabilidad
frente al vaivén de los precios internacionales de minerales o hidrocarburos, sin una estructura
tributaria diversificada y progresiva.
En el plano social, la prosperidad del guano no benefició a la mayoría de peruanos, sino a una élite
criolla asentada en Lima. El Estado no usó los ingresos para educar, integrar o dar acceso a servicios
básicos a la población indígena, afrodescendiente o rural. Aunque se abolió la esclavitud en 1854,
muchas personas afroperuanas quedaron en situación de pobreza extrema, sin tierras ni
oportunidades. La sociedad siguió dividida en jerarquías coloniales, con clases sociales rígidas y
discriminación estructural.
La llegada de miles de migrantes chinos e italianos tampoco fue signo de integración, sino de
explotación. Muchos de ellos fueron tratados como trabajadores semi-esclavizados, utilizados en
haciendas costeras o en las islas guaneras, donde las condiciones eran inhumanas. Como lo ha
señalado la historiadora Carmen McEvoy, este modelo no apostó por una ciudadanía inclusiva, sino
por la concentración del poder y la exclusión de las mayorías. Este legado persiste: hoy en día, la
desigualdad social en el Perú sigue siendo una de las más altas de América Latina, con brechas
marcadas entre la capital y las regiones andinas o amazónicas, muchas de las cuales nunca
recibieron inversión durante la bonanza guanera.
Los ecos de la Prosperidad Falaz siguen presentes en el Perú contemporáneo, revelando una
continuidad preocupante en la ineficiencia administrativa, la corrupción y la falta de visión estructural
que marcaron el periodo del guano. Así como en el siglo XIX, cuando el guano fue mal administrado y
se destinó a proyectos inmediatos sin una visión nacional, hoy en día los gobiernos regionales
enfrentan crisis de gestión, con más del 60% evaluados negativamente por la Contraloría. Esta
ineficiencia se refleja en megaproyectos como la Línea 2 del Metro de Lima o los hospitales
inconclusos en Cusco, que muestran cómo, en pleno siglo XXI, los recursos siguen malgastándose
sin planificación adecuada, repitiendo los mismos errores del pasado. En lo económico, la
dependencia del país de los recursos naturales como el cobre y el litio refleja un patrón similar al de
la explotación del guano, donde los ingresos no se canalizan hacia una industrialización sostenible ni
al desarrollo de un sistema productivo diversificado. Las regalías mineras, al igual que los ingresos
del guano, no llegan equitativamente a las comunidades, y la evasión fiscal de 40 mil millones de
soles anuales evidencia una falta de control y justicia tributaria que perpetúa la desigualdad.
Políticamente, el país sigue sufriendo una concentración del poder económico en manos de unos
pocos, algo que ya ocurría con el Contrato Dreyfus en el siglo XIX, donde la soberanía económica fue
entregada a empresas extranjeras. Hoy, aunque no en términos de monopolios tan explícitos, el
control empresarial sobre las decisiones de Estado sigue siendo un obstáculo para una verdadera
reforma estructural. La desigualdad social también persiste: la brecha entre Lima y las regiones sigue
siendo notoria, con pueblos como Loreto o Huancavelica sumidos en la pobreza y la falta de acceso a
servicios básicos. Así, la Prosperidad Falaz no sólo marcó un periodo histórico, sino que sembró las
bases de una forma de gobernar que ha prevalecido, favoreciendo a unos pocos y dejando atrás a la
mayoría. Sin una transformación profunda de las instituciones, el Perú sigue atrapado en un ciclo de
desigualdad, ineficiencia y corrupción que no ha logrado superar desde la época del guano.