DERECHOS HUMANOS
BOLILLA VIII
LOS DERECHOS HUMANOS, LA EDUCACIÓN Y LA PAZ
EDUCACION EN DERECHOS HUMANOS – LA EDUCACION EN DERECHOS
HUMANOS EN LA JURISPRUDENCIA DE LA CORTE IDH
La educación en derechos humanos puede definirse como un conjunto de
actividades de educación, capacitación y difusión de información orientadas a
crear una cultura universal de los derechos humanos.
Una educación integral en derechos humanos no sólo proporciona conocimientos
sobre los derechos humanos y los mecanismos para protegerlos, sino que, además,
transmite las aptitudes necesarias para promover, defender y aplicar los derechos
humanos en la vida cotidiana. La educación en derechos humanos promueve las
actitudes y el comportamiento necesarios para que se respeten los derechos
humanos de todos los miembros de la sociedad.
Las actividades de educación en derechos humanos deben transmitir los principios
fundamentales de los derechos humanos, como la igualdad y la no discriminación
y, al mismo tiempo, consolidar su interdependencia, indivisibilidad y
universalidad.
En este sentido, en 2004, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el
Programa Mundial para la Educación en Derechos Humanos, con el objeto de
promover la aplicación de programas de educación en derechos humanos en todos
los sectores. Esta iniciativa refleja el reconocimiento, cada vez mayor, por parte de
la comunidad internacional, de que la educación en derechos humanos produce
resultados de gran alcance.
Al promover el respeto de la dignidad humana y la igualdad, así como la
participación en la adopción democrática de decisiones, la educación en derechos
humanos contribuye a la prevención a largo plazo de abusos y de conflictos
violentos.
Para contribuir a que el disfrute de los derechos humanos sea una realidad en
todas las comunidades, el Programa Mundial tiene por objeto promover el
entendimiento común de los principios y metodologías básicos de la educación en
derechos humanos, proporcionar un marco concreto para la adopción de medidas
y reforzar las oportunidades de cooperación y asociación, desde el nivel
internacional hasta el de las comunidades.
La educación en derechos humanos, al proporcionar un conjunto de principios
rectores para apoyar la reforma educativa y contribuir a solucionar los problemas
que aquejan actualmente a los sistemas de enseñanza de todo el mundo, puede
aumentar la eficacia general de los sistemas nacionales de enseñanza, los cuales, a
su vez, desempeñan una función decisiva en el desarrollo económico, social y
político de las naciones.
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DERECHOS HUMANOS
EDUCACIÓN EN DERECHOS HUMANOS EN LA JURISPRUDENCIA DE LA CORTE
IDH
En el caso Poblete Vilches y otros vs. Chile, la Corte Interamericana consideró, en el
marco de las garantías de no repetición, que “con el propósito de reparar el daño
de manera integral y de evitar que hechos similares a los del presente caso se
repitan, la Corte estima necesario ordenar al Estado que, dentro de un plazo de un
año, adopte programas de educación y formación permanentes dirigidos a los
estudiantes de medicina y profesionales médicos, así como a todo el personal que
conforma el sistema de salud y seguridad social, incluyendo órganos de mediación,
sobre el adecuado trato a las personas mayores en materia de salud desde la
perspectiva de los derechos humanos e impactos diferenciados”, y “dentro de
dichos programas se deberá hacer especial mención a la presente Sentencia y a los
instrumentos internacionales de derechos humanos, específicamente a los
relativos al derecho a la salud (. . . ) y acceso a la información”, debiendo el Estado
informar anualmente sobre su implementación.
Para recordar algunos hechos del caso, se puede mencionar que Vinicio Antonio
Poblete Vilches, de 76 años de edad, ingresó al hospital Sótero del Río por una
insuficiencia respiratoria grave. Días después fue dado de alta, pero se hizo
necesario un segundo ingreso al establecimiento de salud, durante el cual los
familiares del enfermo supieron que este necesitaba un respirador mecánico,
existente en la Unidad de Cuidados Intensivos Médica. Sin embargo, permaneció en
la Unidad de Cuidados Intensivos Quirúrgica, y una médica informó a uno de los
hijos del señor Poblete que no era posible que un “viejo” estuviera en la UCI Médica
porque había que darle esa posibilidad a alguien más joven, mientras que el
subdirector de la UCI Médica manifestó que al enfermo ya le habían dado una
oportunidad de estar ahí la primera vez que estuvo hospitalizado, por lo que no le
darían una nueva oportunidad.
En lo pertinente, el fallo dispuso: “El Estado debe implementar, en un plazo de un
año, programas permanentes de educación en derechos humanos, en los términos
referidos en el párrafo 237 de esta Sentencia”. Una solución similar ha adoptado la
Corte, respecto de los operadores de justicia y profesionales de la salud, en el caso
Albán Cornejo y otros vs. Ecuador.
Hay que recordar, asimismo, que en el Caso del Caracazo vs. Venezuela (2002), la
Corte ordenó por primera vez que el Estado adoptara todas las providencias
necesarias para evitar la repetición de las circunstancias y los hechos del caso,
debiendo “formar y capacitar a todos los miembros de sus cuerpos armados y
organismos de seguridad sobre los principios y normas de protección de los
derechos humanos y sobre los límites a que debe estar sometido, aun bajo los
estados de excepción, el uso de las armas por parte de los funcionarios encargados
de hacer cumplir la ley”.
A su vez, en el caso Goiburú y otros vs. Paraguay el Tribunal dijo que, teniendo en
cuenta que la desaparición de las víctimas “fue perpetrada por miembros de la
Policía Nacional del Paraguay, en violación de normas imperativas de Derecho
Internacional, el Estado deberá adoptar medidas tendientes a formar y capacitar a
los miembros de sus cuerpos policiales sobre los principios y normas de
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protección de los derechos humanos. Para ello, el Estado deberá implementar, en
un plazo razonable, programas de educación en derechos humanos permanentes
dentro de las fuerzas policiales paraguayas, en todos los niveles jerárquicos.
Dentro de dichos programas se deberá hacer especial mención a la presente
Sentencia y a los instrumentos internacionales de derechos humanos y,
específicamente, a los relativos a la desaparición forzada de personas y tortura”.
La misma solución se adoptó en el caso Zambrano Vélez y otros vs. Ecuador
(2007), así como en el caso González y otras (“Campo Algodonero”) vs. México
(2009), entre otros casos45. En Campo Algodonero, señaló la Corte que “una
capacitación con perspectiva de género implica no solo un aprendizaje de las
normas, sino el desarrollo de capacidades para reconocer la discriminación que
sufren las mujeres en su vida cotidiana”, y que, “en particular, las capacitaciones
deben generar que todos los funcionarios reconozcan las afectaciones que generan
en las mujeres las ideas y valoraciones estereotipadas en lo que respecta al alcance
y contenido de los derechos humanos”46. Hizo hincapié, además, en que dentro de
los programas y cursos a implementar deben mencionarse la sentencia del caso y
los instrumentos internacionales de derechos humanos, específicamente los
relativos a violencia de género, entre ellos la Convención de Belém do Pará y la
CEDAW.
DECLARACIÓN Y PROGRAMA DE ACCION SOBRE UNA CULTURA DE PAZ
(1999)
La cultura de la paz consiste en una serie de valores, actitudes y comportamientos,
que rechazan la violencia y previenen los conflictos, tratando de atacar sus causas
para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las
personas y las naciones, con base en los derechos humanos.
Entre esos valores se destacan el respeto a la vida, la libertad, la democracia, la
educación, la tolerancia, la cooperación, la igualdad entre hombres y mujeres, y el
respeto al medio ambiente.
Supone, ante todo, un esfuerzo generalizado para modificar mentalidades y
actitudes con ánimo de promover la paz. Significa transformar y prevenir los
conflictos que puedan engendrar violencia y restaurar la paz y la confianza en
poblaciones que emergen de la guerra. Pero su propósito trasciende los límites de
los conflictos armados para hacerse extensivo también a todos aquellos ámbitos de
la sociedad civil.
La Declaración sobre una Cultura de Paz (2000), aprobada por la Asamblea
General, es un instrumento de paz que solicita a todos los Estados integrantes de la
ONU a fomentar (art. 1):
El respeto a la vida, el fin de la violencia y la promoción y la práctica de la
no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación;
El respeto pleno de los principios de soberanía, integridad territorial e
independencia política de los Estados y de no injerencia en los asuntos que
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DERECHOS HUMANOS
son esencialmente jurisdicción interna de los Estados, de conformidad con
la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional;
El respeto pleno y la promoción de todos los derechos humanos y las
libertades fundamentales;
El compromiso con el arreglo pacífico de los conflictos;
Los esfuerzos para satisfacer las necesidades de desarrollo y protección del
medio ambiente de las generaciones presente y futuras;
El respeto y la promoción del derecho al desarrollo;
El respeto y el fomento de la igualdad de derechos y oportunidades de
mujeres y hombres;
El respeto y el fomento del derecho de todas las personas a la libertad de
expresión, opinión e información;
La adhesión a los principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia,
solidaridad, cooperación, pluralismo, diversidad cultural, diálogo y
entendimiento a todos los niveles de la sociedad y entre las naciones; y
animados por un entorno nacional e internacional que favorezca a la paz.
La Declaración también explica cómo crear una Cultura de Paz y no violencia y
cómo fomentar el desarrollo pleno de la cultura de la paz en todos los países (art.
3). Se destaca:
o La promoción del arreglo pacífico de los conflictos, el respeto y el
entendimiento mutuos y la cooperación internacional;
o El cumplimiento de las obligaciones internacionales contraídas en virtud
de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional;
o La promoción de la democracia, el desarrollo de los derechos humanos y
las libertades fundamentales y el respeto y cumplimiento universales de
éstos;
o La posibilidad de que todas las personas a todos los niveles desarrollen
aptitudes para el diálogo, la negociación, la formación de consenso y la
solución pacífica de controversias;
o El fortalecimiento de las instituciones democráticas y la garantía de la
participación plena en el proceso del desarrollo;
o La erradicación de la pobreza y el analfabetismo y la reducción de las
desigualdades entre las naciones y dentro de ellas;
o La promoción del desarrollo económico y social sostenible;
o La eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer
promoviendo su autonomía y una representación equitativa en todos los
niveles de la adopción de decisiones;
o El respeto, la promoción y la protección de los derechos del niño;
o La garantía de la libre circulación de información en todos los niveles y la
promoción del acceso a ella;
o El aumento de la transparencia y la rendición de cuentas en la gestión de
los asuntos públicos;
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DERECHOS HUMANOS
o La eliminación de todas las formas de racismo, discriminación racial,
xenofobia e intolerancia conexas;
o La promoción de la comprensión, la tolerancia y la solidaridad entre todas
las civilizaciones, los pueblos y las culturas, incluso hacia las minorías
étnicas, religiosas y lingüísticas;
o El respeto pleno del derecho a la libre determinación de todos los
pueblos, incluidos los que viven bajo dominación colonial u otras formas
de dominación u ocupación extranjera.
DERECHO HUMANO A LA PAZ: CAMPAÑA MUNDIAL A FAVOR DE TAL
DERECHO (DECLARACIÓN DE LUARCA Y DECLARACIÓN DE SANTIAGO) Y EL
PROCESO DE SU CODIFICACIÓN EN EL CONSEJO DE DERECHOS HUMANOS
(2010-2016)
La Declaración sobre la preparación de las sociedades para vivir en paz (1978)
proclama que “toda nación y todo ser humano, independientemente de su raza,
convicciones, idioma o sexo, tienen el derecho inmanente a vivir en paz”.
En 1984, la Asamblea General aprobó la Declaración sobre el Derecho de los
Pueblos a la Paz, que proclama que “los pueblos de nuestro planeta tienen el
sagrado derecho a la paz” y agrega que proteger ese derecho y fomentar su
realización “es una obligación fundamental de todo Estado”. Subraya, además, que
para asegurar ese derecho “se requiere que la política de los Estados esté
orientada hacia la eliminación de la amenaza de la guerra, especialmente de la
guerra nuclear, a la renuncia del uso de la fuerza en las relaciones internacionales
y al arreglo de las controversias internacionales de conformidad con la Carta de las
Naciones Unidas. El instrumento contiene también un llamamiento a los Estados y
las organizaciones internacionales “para que contribuyan por todos los medios a
asegurar el ejercicio del derecho de los pueblos a la paz mediante la adopción de
medidas pertinentes en los planos nacional e internacional”.
En el preámbulo de la Declaración sobre una Cultura de Paz se reconoce que “la
paz no solo es la ausencia de conflictos, sino que también requiere un proceso
positivo, dinámico y participativo en que se promueva el diálogo y se solucionen
los conflictos en un espíritu de entendimiento y cooperación mutuos”. De esta
manera, junto con la concepción negativa de la paz (ausencia de conflicto armado)
aparece una concepción positiva cuyas implicancias van más allá, incluso, de lo que
dice ese instrumento.
La Declaración sobre el Derecho de los Pueblos a la Paz no incluyó en su
llamamiento final a las organizaciones de la sociedad civil (OSC), pero no cabe
duda de la importancia del rol que dichas organizaciones pueden desempeñar en el
impulso de diversas iniciativas. Por eso, trasladar el valor universal de la paz a la
categoría jurídica de derecho humano fue la tarea que emprendió la Asociación
Española para el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (AEDIDH) desde
2004, promoviendo una iniciativa legislativa internacional en el seno de la
sociedad civil.
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Esta tarea abarcó dos etapas: en la primera, se aprobó la Declaración de Luarca
sobre el Derecho Humano a la Paz (2006), y en la segunda la iniciativa se extendió,
sumando a muchas otras organizaciones.
La campaña mundial de la sociedad civil a favor del reconocimiento internacional
del derecho humano a la paz (2007-2010), conducida por la AEDIDH, apuntó a
difundir la Declaración de Luarca, introducir ese derecho en la labor del Consejo de
Derechos Humanos para iniciar su “codificación oficial en el seno de las Naciones
Unidas” y concluir la codificación privada con un proyecto que representara los
intereses de la sociedad civil ante las Naciones Unidas.
El segundo objetivo se alcanzó con la resolución 14/3 (2010) del Consejo de
Derechos Humanos, por la cual se encargó al Comité Asesor del Consejo la
elaboración de un proyecto de declaración sobre el derecho de los pueblos a la paz.
La resolución reconoció la importancia de la contribución de la sociedad civil al
desarrollo de ese derecho y llamó a los Estados miembros de la ONU y al sistema
de las Naciones Unidas a promover una efectiva implementación de la Declaración
y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz.
El logro del tercer objetivo requirió la revisión de la Declaración de Luarca a partir
de los aportes de las reuniones con personas expertas en todo el mundo que se
llevaron a cabo durante aquella campaña. Finalmente, en Santiago de Compostela
se reunió el Congreso Internacional sobre el Derecho Humano a la Paz58 y el 10 de
diciembre de 2010 el Congreso aprobó la Declaración de Santiago sobre el Derecho
Humano a la Paz, así como los Estatutos del Observatorio Internacional del
Derecho Humano a la Paz.
Pocos días después, la Asamblea General reafirmó el derecho de todos los pueblos
a la paz, remarcando que la paz es un requisito fundamental para la promoción y la
protección de todos los derechos humanos de todas las personas. Por su parte, la
XXI Cumbre Iberoamericana aprobó, el 29 de octubre de 2011, en Asunción,
Paraguay, un comunicado especial sobre el derecho a la paz60, apoyando el
proceso de codificación iniciado en el Consejo de Derechos Humanos,
reconociendo los importantes aportes de la sociedad civil e instando a las Naciones
Unidas a contribuir activamente al desarrollo progresivo del derecho a la paz en el
marco de los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas.
La primera etapa del proceso de codificación en las Naciones Unidas fue positiva,
pues el Comité Asesor, compuesto de dieciocho personas expertas independientes,
adoptó criterios similares a los convalidados por las OSC. El proyecto del Comité
Asesor fue entregado al Consejo de Derechos Humanos el 16 de abril de 2012, con
una notoria recepción de los aportes de la sociedad civil, pues incluyó el 85 % de
las normas propuestas en la Declaración de Santiago.
La segunda etapa codificadora comenzó el 5 de julio de 2012 con la resolución
20/15 del Consejo de Derechos Humanos, por la cual se estableció “un grupo de
trabajo intergubernamental de composición abierta encargado de negociar
progresivamente un proyecto de declaración de las Naciones Unidas sobre el
derecho a la paz, sobre la base del proyecto presentado por el Comité Asesor” y se
invitó “a la sociedad civil y todos los interesados pertinentes a contribuir activa y
constructivamente a la labor del grupo de trabajo”.
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DERECHOS HUMANOS
El Grupo de Trabajo sobre el Derecho a la Paz celebró tres períodos de sesiones
entre 2013 y 2015. En el curso de los dos primeros quedó en evidencia que ciertos
Estados no estaban dispuestos a una negociación conforme al mandato otorgado al
Grupo, pues negaban la existencia de bases jurídicas para el reconocimiento del
derecho humano a la paz. Por lo tanto, la vía del consenso patrocinada por el
presidente relator del Grupo de Trabajo se agotó, “ya que no era posible negociar
por consenso una declaración sobre el derecho humano a la paz, si algunos Estados
desarrollados negaban la existencia misma del derecho humano a la paz”, explica
VILLÁN DURÁN, quien comenta también que “el consenso se rompió a partir del
momento en que un solo Estado (Estados Unidos) rechazó entrar en la
negociación, lo que equivalió a reconocerle un derecho de veto que el Reglamento
del Consejo de Derechos Humanos no contempla”62 .
Las organizaciones de la sociedad civil lideradas por la AEDIDH solicitaron
entonces al Grupo de Trabajo que retomara su mandato original, es decir, que
iniciara una negociación de la futura Declaración de las Naciones Unidas sobre la
base del proyecto presentado por el Comité Asesor, inspirado a su vez en la
Declaración de Santiago. Reafirmaron además el derecho humano a la paz como un
derecho autónomo, sólidamente enraizado en el Derecho Internacional de los
Derechos Humanos. El tercer período de sesiones del Grupo de Trabajo se celebró
del 20 al 24 de abril de 2015, y el último día el presidente relator del Grupo
presentó su proyecto de declaración revisado, compuesto de un preámbulo de
treinta y seis párrafos y una parte dispositiva de cuatro artículos.
La parte dispositiva comienza con un artículo de este tenor: “Toda persona tiene
derecho a disfrutar de la paz de tal manera que se mantenga la seguridad, se
promuevan y protejan todos los derechos humanos y se alcance plenamente el
desarrollo”.
El Consejo de Derechos Humanos adoptó el 1 de julio de 2016 la resolución 32/28,
por la que recomendó a la Asamblea General la aprobación de la Declaración sobre
el Derecho a la Paz contenida como anexo de la resolución
El consejo siguió adoptando más resoluciones en años posteriores, re-afirmando
su postura y compromiso por los derechos humanos.
DERECHO HUMANO A LA PAZ: EL PROCESO DE SU CODIFICACION EN EL
CONSEJO DE DERECHOS HUMANOS DECLARACION SOBRE EL DERECHO A LA
PAZ (2016)
En 2016, la Asamblea General de la ONU, a propuesta del Consejo de Derechos
Humanos de las Naciones Unidas (CDH) aprobó una Declaración sobre el Derecho
a la Paz por la mayoría de sus Estados miembros.
La Declaración invita a todas las partes involucradas en orientar sus actividades,
reconociendo la gran importancia de practicar la tolerancia, diálogo, cooperación y
solidaridad entre todos los pueblos y naciones del mundo como un medio para
promover la paz.
Para alcanzar este fin, la Declaración señala que las generaciones presentes deben
asegurar que ellas y las futuras aprendan a convivir en paz con la alta aspiración de
evitar a las generaciones futuras el flagelo de la guerra.
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DERECHOS HUMANOS
Para su aplicación, la Declaración reconoce el papel crucial de la Organización de
las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) que, junto
con las instituciones internacionales y nacionales de educación para la paz en todo
el mundo, promoverán al espíritu de tolerancia, diálogo, cooperación y solidaridad.
Finalmente, es oportuno aclarar que a pesar de la fuerte presión de la sociedad
civil internacional, el CDH nunca hizo suyo el texto de la Declaración de Santiago, y
en cambio, la Declaración aprobada posee un texto que reduce su parte dispositiva
a dos artículos, que se limitan a afirmar que “toda persona tiene derecho a
disfrutar de la paz de tal manera que se promuevan y protejan todos los derechos
humanos y se alcance plenamente el desarrollo”; y que “los Estados deben
respetar, aplicar y promover la igualdad y la no discriminación, la justicia y el
estado de derecho y garantizar la liberación del temor y la miseria, como medio
para consolidar la paz dentro de las sociedades y entre estas.
DECLARACIÓN SOBRE EL DERECHO A LA PAZ (2006)
La Declaración sobre el Derecho a la Paz, adoptada por el Consejo de Derechos
Humanos de la ONU el 1 de julio de 2016, es un documento que reafirma la paz
como un derecho humano y un requisito fundamental para el pleno disfrute de los
derechos y el desarrollo sostenible. Este derecho se define en un marco de respeto
a los derechos humanos, justicia, y cooperación entre los Estados, en alineación
con los principios de la ONU.
Artículo 1: Declara que toda persona tiene derecho a la paz, lo cual promueve y
protege los derechos humanos y facilita el desarrollo.
Artículo 2: Los Estados deben aplicar y promover los principios de igualdad, no
discriminación, justicia y estado de derecho para consolidar la paz en sus
sociedades y a nivel internacional.
Artículo 3: Insta a los Estados, la ONU y sus organismos especializados a tomar
medidas sostenibles para implementar la declaración, y anima a la sociedad civil a
apoyar estos esfuerzos.
Artículo 4: Propone la promoción de instituciones educativas para la paz, como la
Universidad para la Paz, para fomentar el espíritu de tolerancia, diálogo,
cooperación y solidaridad.
Artículo 5: Especifica que la interpretación de esta declaración debe alinearse con
los principios de la Carta de la ONU y otros instrumentos internacionales.
Esta declaración impulsa la creación de un ambiente global de paz, fundamentado
en la cooperación, la educación y el respeto a la dignidad humana.
DECLARACION UNIVERSAL SOBRE EL DERECHO HUMANO A LA PAZ
(PROYECTO ELABORADO POR LA SOCIEDAD ESPAÑOLA PARA EL DERECHO
INTERNACIONAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, ACTUALIZADO A ENERO DE
2023)
La Declaración Universal sobre el Derecho Humano a la Paz plantea la paz como un
derecho fundamental que integra derechos humanos, desarrollo sostenible, justicia
social y protección ambiental. Adoptada el 30 de enero de 2023, la declaración
detalla los elementos esenciales y las obligaciones de los Estados y la comunidad
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DERECHOS HUMANOS
internacional para garantizar este derecho. Esta propuesta considera la paz no solo
como ausencia de conflicto, sino como un proceso de equidad y desarrollo integral.
Artículo 1: Titulares
Define a los titulares del derecho a la paz, estableciendo la paz como un derecho
inalienable y universal.
Artículo 2: Elementos
Expone los elementos del derecho a la paz basados en tratados internacionales,
incluyendo el derecho a la vida, seguridad, y un nivel de vida adecuado. Permite a
las personas presentar quejas sobre violaciones de estos derechos y destaca la
atención especial a víctimas de conflictos y discriminación.
Artículo 3: Deudores
Los Estados son los principales deudores del derecho humano a la paz.
Los Estados deben prevenir conflictos, resolver disputas de manera pacífica y
abstenerse del uso de fuerza. También se comprometen a incluir a las mujeres en
procesos de paz, fortalecer los pilares de la ONU y respetar la autodeterminación
de los pueblos.
Artículo 4: Derecho al Desarme
Reconoce el derecho de las personas a exigir el desarme y obliga a los Estados a
eliminar armas de destrucción masiva. Insta a la creación de zonas de paz y el uso
de los recursos liberados para el desarrollo y la sostenibilidad.
Artículo 5: Derecho a la Educación en la Paz y los Derechos Humanos
Toda persona tiene derecho a recibir educación en paz y derechos humanos. La
educación es vista como esencial para desaprender la guerra, promover la
denuncia de situaciones que amenacen la paz y erradicar la violencia de género y
discriminación.
Artículo 6: Derecho a la Seguridad Humana
La seguridad humana incluye vivir libre de miedo y necesidad, y acceder a un
entorno seguro y saludable. La paz está vinculada con la satisfacción de derechos
económicos, sociales y culturales.
Artículo 7: Derecho a Resistir contra la Opresión
Los individuos tienen derecho a objetar conciencia, desobedecer órdenes
contrarias al derecho internacional y oponerse a crímenes como el colonialismo y
el genocidio. También exige que las empresas militares y de seguridad privadas
rindan cuentas por abusos.
Artículo 8: Derecho al Desarrollo
Las personas tienen derecho a participar y beneficiarse del desarrollo en todos los
ámbitos. Los recursos liberados por el desarme deben apoyar el desarrollo,
especialmente en países en desarrollo, fomentando la inclusión y equidad.
Artículo 9: Derecho a un Medio Ambiente Sostenible
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DERECHOS HUMANOS
Todas las personas tienen derecho a un medio ambiente sin riesgos y a la
cooperación internacional para mitigar el cambio climático. Los Estados deben
implementar políticas de protección ambiental y facilitar financiamiento para los
países en desarrollo.
Artículo 10: Implementación
Se establece que los Estados, la ONU y otras entidades deben adoptar medidas para
implementar esta declaración. El Consejo de Derechos Humanos monitorizará su
progreso, y se invita a la sociedad civil a participar activamente en su
implementación.
En conjunto, la declaración articula un marco de acción y cooperación para
construir una paz positiva, justa y duradera a nivel global.
DERECHO A LA SOLIDARIDAD – DERECHO A UN ORDEN INTERNACIONAL
DEMOCRATICO Y EQUITATIVO
¿Qué es el DDHH a la solidaridad?
La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos señaló la
dependencia mutua entre los Estados y otros agentes internacionales y definió la
solidaridad internacional como la unión de intereses entre los países del mundo y
la cohesión social entre ellos, con el fin de preservar el orden y la supervivencia
misma de la sociedad internacional y de alcanzar objetivos colectivos que
requieren la cooperación internacional y una acción conjunta. Consideró que esta
definición no se limitaba a la acción de los Estados y destacó que la expresión
“solidaridad global” era más amplia, abarcando también la relación de solidaridad
entre los Estados y otros agentes, como las organizaciones internacionales y la
sociedad civil.
La noción de solidaridad se corresponde con la noción de cooperación, ya que sólo
se coopera en un acto de solidaridad. La solidaridad es uno de los valores más
importantes en la construcción de los derechos humanos.
¿Qué implica el derecho a la solidaridad?
El derecho a la solidaridad no se limita a la asistencia y la cooperación, la ayuda, la
caridad o la asistencia humanitaria internacional. Incluye la sostenibilidad de las
relaciones internacionales, especialmente las económicas, la coexistencia pacífica
de todos los miembros de la comunidad internacional, las asociaciones en
condiciones de igualdad y la distribución equitativa de beneficios y cargas, el
derecho de los pueblos a la paz y la preservación de los sistemas ecológicos.
Requiere de la completa eliminación de todas las formas de discriminación, como
la discriminación contra los pueblos indígenas, las minorías, los trabajadores
migrantes, los niños, las personas de edad y las personas con discapacidad, y en
particular la discriminación contra las mujeres, así como la igualdad de género en
todos los aspectos de la actividad humana.
Solo será posible con el comportamiento ético de todos: gobiernos, políticos,
empresas y personas en general. Es necesario, por tanto, movilizar a la opinión
pública, a nivel tanto nacional como internacional, en apoyo de los principios y
normas del derecho a la solidaridad, principalmente mediante la educación y la
enseñanza de los derechos humanos.
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DERECHOS HUMANOS
El derecho a la solidaridad implica que los países cumplan plenamente sus
obligaciones internacionales en las que están comprometidos con las Naciones
Unidas, apliquen los convenios y tratados ratificados, se comprometan en el
desarme, las políticas de energía limpia, fortalecimiento de los sistemas sanitarios,
etc.
Obligaciones de los estados y pueblos
La promoción de la solidaridad internacional es una obligación común de todos los
pueblos y Estados. Como todo derecho, la solidaridad genera a los Estados
diferentes obligaciones:
OBLIGACIONES POSITIVAS:
• La adopción de medidas concretas para regular los mercados financieros;
• La cooperación para regular las migraciones sobre la base de la solidaridad;
• La garantía del acceso a la tecnología de la información y las comunicaciones,
especialmente para los grupos marginados y desfavorecidos;
• La aplicación de medidas que garanticen la participación en la adopción de
decisiones;
• Y la lucha contra las violaciones sistémicas de los derechos humanos.
OBLIGACIONES NEGATIVAS:
• No adoptar acuerdos de libre comercio que menoscaben los medios de vida u
otros derechos de las personas;
• No fomentar ni contribuir al aumento del calentamiento del planeta;
• No causar el agotamiento de los recursos naturales y la biodiversidad ni dañarlos
de manera irreparable;
• No participar en el comercio ilícito de armas;
• Y no impedir el acceso a la tecnología de la información y las comunicaciones
Como todos los derechos, la solidaridad es interdependiente e indivisible en su
relación con los derechos humanos. Con relación al derecho al desarrollo, este
necesita para su ejercicio de una aplicación normativa del derecho a la solidaridad.
Esta alternativa internacional implica el apoyo y creación de una cultura común
que favorezca la realización de los derechos humanos.
MEDIO AMBIENTE Y DERECHOS HUMANOS
Los seres humanos son parte de la naturaleza y nuestros derechos humanos están
interrelacionados con el entorno en que vivimos. Los daños ambientales
interfieren en el disfrute de los derechos humanos y el ejercicio de esos derechos
contribuye a proteger el medio ambiente y promover el desarrollo sostenible.
Los principios marco sobre los derechos humanos y el medio ambiente resumen
las principales obligaciones de derechos humanos relacionadas con el disfrute de
un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible. Constituyen
orientaciones integradas y detalladas para el cumplimiento de tales obligaciones
en la práctica y sirven de base para su ulterior desarrollo a medida que evoluciona
nuestra comprensión de la relación entre los derechos humanos y el medio
ambiente.
Los principios marco no son exhaustivos: muchas normas nacionales e
internacionales son pertinentes para los derechos humanos y la protección del
medio ambiente y ninguna parte de los principios marco debe interpretarse en el
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DERECHOS HUMANOS
sentido de que limita o menoscaba normas que ofrecen un nivel más alto de
protección con arreglo al derecho nacional o internacional.
Los derechos humanos y la protección del medio ambiente son interdependientes.
Un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible es necesario para el
pleno disfrute de los derechos humanos, incluidos los derechos a la vida, al más
alto nivel posible de salud física y mental, a un nivel de vida adecuado, a la
alimentación adecuada, al agua potable y el saneamiento, a la vivienda, a la
participación en la vida cultural y al desarrollo, así como el derecho a un medio
ambiente saludable per se, que se reconoce en diversos acuerdos regionales y en la
mayoría de las constituciones de los países.
Al mismo tiempo, el ejercicio de los derechos humanos, incluidos los derechos a la
libertad de expresión y de asociación, a la educación, a la información, a la
participación y al acceso a recursos efectivos, es fundamental para la protección
del medio ambiente.
Las obligaciones de los Estados de respetar los derechos humanos, proteger el
disfrute de tales derechos frente a injerencias perjudiciales y hacerlos cumplir
esforzándose para darles plena efectividad3 se aplican en el contexto
medioambiental. Por consiguiente, los Estados deben abstenerse de vulnerar los
derechos humanos causando o permitiendo que se causen daños ambientales;
proteger frente a las injerencias perjudiciales en el medio ambiente procedentes
de otras fuentes, como las empresas, otros agentes privados y causas naturales; y
adoptar medidas efectivas para garantizar la conservación y el uso sostenible de
los ecosistemas y la diversidad biológica, de los que depende el pleno disfrute de
los derechos humanos.
Aunque no siempre sea posible impedir los daños ambientales que interfieren en
el pleno disfrute de los derechos humanos, los Estados deben actuar con la debida
diligencia para impedirlos y reducirlos en la medida de lo posible, y prever
reparaciones por el resto de los daños. Además, los Estados deben cumplir
plenamente sus obligaciones en materia de derechos humanos, como el derecho a
la libertad de expresión, cuando el ejercicio de tales derechos guarde relación con
el medio ambiente. Esas obligaciones no solo se asientan sobre bases
independientes en el derecho de los derechos humanos, sino que también son
necesarias a los efectos de respetar, proteger y hacer efectivos los derechos
humanos, cuyo disfrute depende de un medio ambiente sin riesgos, limpio,
saludable y sostenible.
ANALISIS DE LAS PRINCIPALES CONSIDERACIONES Y CONCLUSIONES DE LA
OC-23/17 DE LA CORTE IDH SOBRE DERECHOS HUMANOS Y MEDIO
AMBIENTE
La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) publicó una de sus
últimas e interesantes opiniones consultivas, en concreto la OC-23/17 referente a
“Medio ambiente y derechos humanos” a un tema ciertamente importante tanto
por la afectación que genera la degradación de aquel en el goce y ejercicio de éstos,
como por el deterioro que nuestro estilo de vida y distintas actividades está
teniendo sobre la flora, fauna, temperaturas y otros componentes del medio
ambiente, algo que tiene que parar.
La Corte resalta la innegable relación “entre la protección del medio ambiente y la
realización de derechos humanos, en tanto la degradación ambiental y los efectos
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adversos del cambio climático afectan el goce efectivo” de aquellos derechos ,
considerando el hecho de que “una calidad medioambiental mínima” es una
precondición “necesaria” para su ejercicio (párr. 49) y cómo hay “comunidades que
dependen económicamente o para su supervivencia” de recursos
medioambientales (párr. 67), lo que exige a los Estados tener en cuenta impactos
diferenciados adversos para tomar medidas apropiadas (párr. 68).
Sin embargo, la CorteIDH va más allá de esta evidente afirmación, que apoya en
jurisprudencia internacional y la interdependencia aludida (párr. 52). Al respecto,
en el párrafo 55 de la opinión consultiva la Corte Interamericana de Derechos
Humanos señala que el medio ambiente sano tiene autonomía “como un derecho
en sí mismo”, debiendo considerarse incluido entre los derechos económicos,
sociales y culturales y, en consecuencia, ante la interdependencia y ausencia de
jerarquía entre las “generaciones” o clasificaciones que algunos han hecho de los
derechos humanos, le considera un derecho exigible “en todos los casos ante
aquellas autoridades que resulten competentes” (párr. 57), aludiendo a una
justiciabilidad directa que fue cuestionada por dos jueces de la Corte que así lo
expresaron en sus votos concurrentes sobre la OC-23/17 (a saber, Vio Grossi y
Humberto Sierra Porto).
Además, la Corte destaca que el derecho humano a un medio ambiente sano tiene
“connotaciones tanto individuales como colectivas […] que se debe tanto a las
generaciones presentes y futuras”, lo cual es relevante y debe ser tenido en cuenta,
toda vez que acciones perjudiciales para el medio ambiente sin un impacto
inmediato pueden ser contrarias a aquel derecho si las consecuencias perjudiciales
van a sentirse en el futuro, algo con lo que estoy de acuerdo y busca impedir
visiones cortoplacistas y limitadas. Por otra parte, y quizá entre los aspectos más
curiosos e interesantes del pronunciamiento examinado, la Corte dice que el
derecho autónomo en cuestión
diferencia de otros derechos, protege los componentes del medio ambiente, tales
como bosques, ríos, mares y otros, como intereses jurídicos en sí mismos, aún en
ausencia de certeza o evidencia sobre el riesgo a las personas individuales. Se trata
de proteger la naturaleza y el medio ambiente no solamente por su conexidad con
una utilidad para el ser humano o por los efectos que su degradación podría causar
en otros derechos de las personas, como la salud, la vida o la integridad personal,
sino por su importancia para los demás organismos vivos con quienes se comparte
el planeta, también merecedores de protección en sí mismos. En este sentido, la
Corte advierte una tendencia a reconocer personería jurídica y, por ende, derechos
a la naturaleza no solo en sentencias judiciales sino incluso en ordenamientos
constitucionales.
De esta manera, el derecho a un medio ambiente sano como derecho autónomo es
distinto al contenido ambiental que surge de la protección de otros derechos, tales
como el derecho a la vida o el derecho a la integridad personal” (párrs. 62 y 63).
El anterior pasaje es interesante porque asigna titularidad de derechos
convencionalmente (y consuetudinariamente) protegidos a seres no humanos de
forma directa, en línea con lo expresado en Estados como Nueva Zelanda y
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Colombia frente a ríos y montes, pero extendiendo a los beneficiarios del régimen
o corpus juris que garantiza de forma no dada a las personas jurídicas que sí tienen
esas garantías (algo que no comparto plenamente, debo decir, creyendo yo que las
empresas no tienen ni pueden o deben tener derechos humanos, lo que genera
riesgos), como deja entrever otra de sus opiniones consultivas, la OC-22/16
referente, precisamente, a la titularidad de derechos de las personas jurídicas en el
Sistema Interamericano de Derechos Humanos.
A diferencia de otros derechos, protege los componentes del medio ambiente, tales
como bosques, ríos, mares y otros, como intereses jurídicos en sí mismos, aún en
ausencia de certeza o evidencia sobre el riesgo a las personas individuales. Se trata
de proteger la naturaleza y el medio ambiente no solamente por su conexidad con
una utilidad para el ser humano o por los efectos que su degradación podría causar
en otros derechos de las personas, como la salud, la vida o la integridad personal,
sino por su importancia para los demás organismos vivos con quienes se comparte
el planeta, también merecedores de protección en sí mismos. En este sentido, la
Corte advierte una tendencia a reconocer personería jurídica y, por ende, derechos
a la naturaleza no solo en sentencias judiciales sino incluso en ordenamientos
constitucionales.
De esta manera, el derecho a un medio ambiente sano como derecho autónomo es
distinto al contenido ambiental que surge de la protección de otros derechos, tales
como el derecho a la vida o el derecho a la integridad personal” (párrs. 62 y 63).
Obligaciones medioambientales y de derechos humanos concretas
La Corte también alude a obligaciones de prevención, precaución, mitigación del
daño y cooperación, que se encuentran en el derecho internacional
medioambiental y también “se derivan de las obligaciones generales de respeto y
garantía” de los derechos humanos (párr. 107). Al respecto, la Corte enfatiza en la
noción de la garantía de una vida digna, cuya contravención también vulnera los
derechos a la salud e integridad personal (párr. 114); habla de los derechos
específicos y garantías de comunidades indígenas y tribales y la protección de su
cultura, que tiene un nexo con sus territorios ancestrales (párr. 113); sobre la
necesidad de tomar todas las medidas jurídicas, políticas, administrativas y
culturales que permitan prevenir la vulneración de bienes jurídicos como deberes
de medio y no de resultado (párr. 118); del deber estatal de supervisar o fiscalizar
actividades de terceros que causen un daño al medio ambiente (párr. 119),
“Sin perjuicio de la obligación de los Estados de supervisar y fiscalizar las
actividades que pudieran causar daños significativos al medio ambiente, la Corte
toma nota que, conforme a los “Principios Rectores sobre las empresas y los
derechos humanos”, las empresas deben actuar de conformidad con el respeto y la
protección de los derechos humanos, así como prevenir, mitigar y hacerse
responsables por las consecuencias negativas de sus actividades sobre los
derechos humanos”
Adicionalmente, la Corte dice que ante actividades de riesgo significativo son
obligatorios los estudios previos de impacto ambiental con participación de los
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potenciales afectados e interesados, tanto si los proyectos son estatales como
privados, e incluso si los proyectos no se desplegarían en territorios de
“comunidades indígenas”, algo necesario pues aquellos estudios pueden prevenir
consecuencias desastrosas que deben evitarse en todo caso (párrs. 160-161).
Además, hay obligaciones de disponer de planes de contingencia y de mitigar los
daños medioambientales (de nuevo) significativos.
En relación con el principio de precaución, la Corte dice que, si bien otros órganos
de supervisión del derecho internacional consideran que el mismo puede haber
iniciado su ingreso en el derecho consuetudinario, a su juicio el mismo ya es
exigible como consecuencia de la obligación “general de debida diligencia”, siendo
aplicable ante la presencia de “indicadores plausibles [de] que una actividad
podría acarrear daños graves e irreversibles al medio ambiente, aún en ausencia
de certeza científica. Por tanto, los Estados deben actuar con la debida cautela”
(párrs. 177-180).
En cuanto al deber de cooperación del Estado de origen, se dice que ello es
importante para la protección de los derechos de personas fuera de su territorio
“que pudiera[n] verse afectadas por actividades realizadas dentro de este” (párr.
182); y se habla del deber de notificar sobre “posibles daños significativos al medio
ambiente de carácter transfronterizo, producto de actividades planificadas por el
Estado o por personas privadas con autorización estatal […] [y también] respecto a
las emergencias ambientales, también identificadas como desastres naturales”
(párrs. 189-190, subrayado añadido).
La cooperación también exige, según la CorteIDH, que se realicen consultas y se
negocien de buena fe posibles cambios a los proyectos (párr. 197), no debiendo
ejecutarse un proyecto mientras se surten aquellas consultas y negociaciones
(párr. 201). Los deberes estatales comentados en este sub-acápite son,
naturalmente, oficiosos “párr. 221).
También hay un deber de suministrar información, sin que los interesados deban
demostrar un interés específico frente a cuestiones medioambientales ante el
indiscutible interés público expuesto, por lo cual el rechazo a su entrega deberá ser
justificado por el Estado, invirtiéndose la carga de la prueba y debiendo él en estos
casos aportar las pruebas respectivas sobre su justificación (párrs. 224-225),
derivándose en parte estas cuestiones del derecho a la participación en los
“asuntos públicos” (párr. 227).
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