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Idealismo Trascendental de Kant

El documento presenta la filosofía de Kant, destacando su contexto histórico y su influencia en la Ilustración, así como su crítica a la metafísica y su teoría del conocimiento. Kant propone un giro copernicano en la epistemología, donde el sujeto cognoscente juega un papel activo en la construcción del conocimiento, y establece la ética formal basada en imperativos categóricos que obligan a todos los seres humanos. Además, plantea que la libertad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios son postulados necesarios para la moralidad y la realización del deber.

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Idealismo Trascendental de Kant

El documento presenta la filosofía de Kant, destacando su contexto histórico y su influencia en la Ilustración, así como su crítica a la metafísica y su teoría del conocimiento. Kant propone un giro copernicano en la epistemología, donde el sujeto cognoscente juega un papel activo en la construcción del conocimiento, y establece la ética formal basada en imperativos categóricos que obligan a todos los seres humanos. Además, plantea que la libertad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios son postulados necesarios para la moralidad y la realización del deber.

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UNIDAD 11: EL IDEALISMO TRASCENDENTAL: KANT

1.- El autor y su contexto filosófico.

Kant (1724-1804) nace y muere en Königsberg. Su vida no tuvo nada de


excitante ni extraordinario. Hombre de profunda religiosidad (fue educado en el
pietismo), sobrio de costumbres, de vida metódica, benévolo, provinciano y soltero,
Kant encarna las virtudes de una vida dedicada por entero al estudio y la enseñanza.
Estudió y fue profesor en la Universidad de Königsberg. Profundamente imbuido de los
ideales de la Ilustración, Kant profesó una gran simpatía por los ideales de la revolución
americana y de la revolución francesa. Fue pacifista convencido, antimilitarista y ajeno
a toda forma de patriotismo excluyente.
Sus obras suelen distribuirse en dos periodos, que usualmente se denominan
precrítico y crítico. El primero corresponde a su filosofía dogmática, a su aceptación de
la metafísica racionalista, siguiendo a su maestro Wolff. El segundo periodo, a partir de
1770, se corresponde con su propia filosofía y en él escribe sus obras más conocidas e
influyentes: “Crítica de la razón pura”, “Crítica de la razón práctica” y “Crítica del
juicio” y una notable cantidad opúsculos como por ejemplo “Respuesta a la pregunta:
¿Qué es la Ilustración?”.
En esta última Kant nos expone los requisitos de la Ilustración: que el hombre
salga de su autoculpable minoría de edad y que tenga la libertad de hacer siempre y en
todo lugar un uso público de la razón. Desde aquí se puede entender el lema kantiano de
la ilustración: ¡Atrévete a pensar! Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio
entendimiento! Kant es la figura más representativa de la Ilustración en filosofía, sobre
todo en lo referente a la historia, la política y la religión. La descripción que hace de la
Ilustración en “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? ha llegado a ser clásica.
La liberación intelectual y moral que promueve el espíritu de la Ilustración debe
realizarse desde la razón y la cultura y no a través de la revolución como propone
Rousseau.
En tiempos de Kant coexisten diversas y opuestas opiniones sobre el objetivo y
el sentido de la tarea filosófica. Esta situación se ha originado por la diversidad de
interpretaciones de la razón en el dogmatismo racionalista, en el escepticismo del
empirismo radical o con la hipervaloración del sentimiento en el irracionalismo. Para
poner orden entre tanta disputa y discusión, Kant se propone hallar la esencia de la
razón pura entendida ésta como facultad que establece desde sí misma y a priori los
principios y límites que rigen el conocimiento científico de la naturaleza, las leyes que
regulan la acción moral desde la libertad y el destino último del hombre junto con las
condiciones históricas bajo las cuales puede alcanzarse.
Desde este planteamiento a la filosofía le corresponde desde la teoría del
conocimiento, responder a la pregunta ¿qué puedo saber?, desde la ética, responder a
¿qué debo hacer? y desde la religión y su concepción de la historia, responder a ¿qué me
está permitido esperar?
La pregunta que engloba todas estas cuestiones es: ¿Qué es el hombre? Por
tanto, el proyecto y la meta de toda la filosofía kantiana en el marco de la Ilustración es
lograr una clarificación racional en todos los ámbitos al servicio de una humanidad más
libre, más sabia, más crítica, más justa y más encaminada a la realización de los últimos
fines del ser humano.
2.- La “Crítica de la razón pura”: La teoría del conocimiento y la
posibilidad de la metafísica como ciencia.

En las etapas filosóficas anteriores, en teoría del conocimiento, ni el


racionalismo ni el empirismo trataron de poner en tela de juicio el sujeto que
conoce, sino que lo aceptaron como un hecho dado. No son criticistas en lo que se
refiere al sujeto del conocimiento. Sin embargo, Kant, considera el sujeto
cognoscente como algo cuestionable, como algo que debe ser analizado.

En esto consiste el giro copernicano en la teoría del conocimiento de Kant,


en que si con Copérnico es la Tierra la que gira alrededor del sol, a partir de Kant, es el
objeto el que comienza a girar en torno al sujeto. El sujeto cognoscente se
constituye como elemento activo del conocimiento que aporta su modo de ser al
objeto; aparece como ordenador de los datos de la experiencia, haciendo que los
objetos dependan del sujeto, que se adapten a su forma de conocer, a sus propias
estructuras cognitivas. No interesa tanto el contenido del conocimiento como la
forma de conocer del sujeto, no interesa el qué, sino el cómo.

Según el racionalismo el entendimiento puede conocer toda la realidad a


partir de unas ideas innatas y según el empirismo nuestro conocimiento no puede
llegar más allá de la experiencia. Kant afirma contra el empirismo que hay
conceptos que no provienen de la experiencia y contra el racionalismo que esos
conceptos solamente tienen aplicación en el ámbito de la experiencia. Por tanto, ni
la razón sola, ni la experiencia sola, en el auténtico conocimiento ha de darse una
unión o síntesis de los contenidos suministrados por la experiencia con los
conceptos proporcionados por el entendimiento. Todo conocimiento parte de la
experiencia, pero se adapta a la forma de conocer del sujeto y ese conocimiento es
verdadero si es fruto de una síntesis entre lo dado en la experiencia (lo material) y
lo puesto por la razón (lo formal). En esto consiste el criterio de certeza en Kant.
Existen en el entendimiento unas formas a priori, unas estructuras cognitivas
universales y necesarias, que pertenecen al sujeto, que son previas a la experiencia y la
hacen posible, organizan y dan sentido a la experiencia

Kant distingue tres facultades en el ser humano: la sensibilidad, el


entendimiento y la razón. Por medio de la sensibilidad percibimos lo dado en el
espacio y en el tiempo, es decir, el fenómeno, lo que aparece, lo que se manifiesta,
las impresiones sensibles ordenadas y estructuradas a través del espacio y del
tiempo que son propiedades del sujeto y no del objeto. Es imposible ver algo en
ninguna parte en ningún momento. El tiempo es un a priori que todos tenemos y que
nos permite organizar lo sentido en un antes y un después temporal. Igual el espacio, en
un lugar más próximo o más alejado. El espacio y el tiempo son las formas a priori
de la primera facultad y son universales y necesarias porque son comunes a todos
los hombres y convierten a las matemáticas que se basan en ellas en auténticas
ciencias (Aritmética y Geometría).

Pero percibir esos fenómenos no significa comprenderlos. La segunda


facultad unifica los datos provenientes de la sensibilidad, formula juicios
aplicando de forma espontánea unos conceptos puros, que pertenecen al sujeto y
que Kant denomina categorías, a los fenómenos. Por ejemplo, aplicando la categoría
de sustancia decimos “la casa es azul” y con la categoría de causa “el fuego quema”. De
este modo, el entendimiento conoce aplicando las categorías a lo dado en la
experiencia. Las categorías son las formas a priori de la segunda facultad y
también son universales y necesarias, comunes a todos los seres humanos. Por este
motivo la física que se basa en ellas es una ciencia. Recordemos que para Hume solo
era conocimiento probable.

Sin embargo, estas categorías no se pueden usar legítimamente más allá de


los fenómenos y no se pueden aplicar a realidades que estén más allá de la
experiencia. Nosotros conocemos el fenómeno, lo que aparece, pero no conocemos
el noúmeno, lo que no aparece, lo desconocido, la cosa en sí; nuestro conocimiento
científico está limitado al mundo de las intuiciones sensibles, al mundo fenoménico
y no tenemos conocimiento de las cosas en sí. (Fenomenismo igual que en Hume)

La tercera facultad del conocimiento, la razón, elabora razonamientos


unificando los contenidos del entendimiento, tratando de buscar juicios cada vez más
generales que abarquen y sirvan de fundamento a un mayor número de fenómenos.
Mientras se mantenga en el ámbito de la experiencia, así se construye la ciencia.

El problema llega cuando traspasamos los límites de la experiencia y nos


remitimos a las ideas de alma, mundo y Dios. Estas ideas son puros entes pensados
que se salen de los límites del conocimiento, son ideas trascendentales que están
fuera del mundo de los fenómenos y no podemos aplicar las categorías a esas realidades
de las que no tenemos experiencia alguna. Cuando decimos “el alma es inmortal”,
“el mundo es eterno” o “Dios existe” estamos haciendo un uso ilegítimo de las
categorías. Mediante estas ideas podemos pensar la totalidad de los fenómenos que
están detrás de ellas, pero no podemos conocer la existencia real del yo, del mundo
o de Dios. Según esto, la Metafísica como ciencia es imposible. El conocimiento
científico está limitado a los fenómenos y no puede abarcar el mundo de los
noúmenos que es el mundo de la metafísica. (Esquema)

Por tanto, Kant crítica la metafísica dogmática racionalista y junto a


Hume valora la experiencia como elemento indispensable para el conocimiento
(fenomenismo) pero rechaza su escepticismo total. Kant no niega la existencia de
las cosas en sí, ni la existencia del yo, ni de Dios, ni del mundo; únicamente dice
que no se pueden conocer científicamente. El campo de afirmación de estas
realidades es el de la moral. Por ejemplo, la libertad, la inmortalidad del alma y la
existencia de Dios hay que admitirlos como postulados de la Razón Práctica.
3.- La “Crítica de la razón práctica”: La ética formal kantiana.

Existen dos tipos posibles de imperativos: hipotéticos y categóricos. Los


hipotéticos son mandatos que obligan, pero solo a aquellos que quieren conseguir
el fin que en ellos se propone. Serían de la forma: “Si quieres A haz B”. Por
ejemplo: si quieres que te respeten, respeta tú a los demás; si quieres ser feliz, cumple
con tus deberes; si quieres aprobar, estudia. Los categóricos son mandatos
incondicionados que obligan a todos. Serían de la forma: “Haz B”. Siguiendo con
nuestros ejemplos: respeta a los demás; cumple con tus deberes; estudia. (Un ejemplo,
mínimo)

Pues bien, según Kant, las leyes morales solo pueden tener forma de
imperativo categórico, ya que solo los mandatos de este tipo afectan y obligan a
todos los seres humanos por ser racionales. Por su carácter de imperativo
categórico, las leyes morales solo pueden provenir de la razón y ser a priori,
universales y necesarias, ya que si viniesen de la experiencia sus mandatos serían
hipotéticos y solo obligarían a quienes quisieran alcanzar los fines que en ellos se
propusieran.

No se trata, pues, de que la razón descubra un deber que sea necesario


realizar para conseguir el perfeccionamiento de la naturaleza humana, o una
convivencia pacífica, o la felicidad (éticas teleológicas). En Kant, el deber proviene
de la razón, y la virtud, obrar moralmente bien, consiste en obrar por deber, en
cumplir la ley por respeto a la ley misma, en cumplir el deber porque es deber
(ética deontológica o del deber).

Consecuentemente, la ética kantiana es formal porque lo importante a la


hora de actuar bien no es tanto lo que se hace, el contenido, sino la forma, el cómo
se actúa, la intención que se pone al realizarla: obedecer a los imperativos de
nuestra propia razón. La bondad o malicia de las acciones depende de la intención
de la voluntad. La buena voluntad no es buena por lo que quiere, sino por cómo
quiere, por querer por deber. Si el ser humano al actuar posee una motivación distinta
de la del puro cumplimiento del deber su actuación no será moralmente buena, por no
ser racional, y eso, aunque cumpla la ley.

La formulación general del imperativo categórico kantiano dice: “Obra de


tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo
como principio de legislación universal”. En este imperativo no se dice qué
(contenido) es lo que hay que hacer o lo que hay que evitar; simplemente se señala
cómo (forma) hay que actuar, cómo plantear las leyes morales en cualquier
situación.

Según esto podemos distinguir en Kant tres tipos de acciones:

- Contra el deber: Cuando se incumple la ley moral. (ejemplo)

- Conforme al deber: Se cumple la ley moral, pero por motivos distintos


del puro respeto a la ley, del puro respeto al deber, porque me interesa de
algún modo. (ejemplo)
- Por deber: Se cumple la ley moral por un único motivo, el puro respeto
a la ley, el respeto al deber, el deber por el deber, por el mero hecho de
que es mi obligación. (ejemplo)
Para Kant la virtud, la única acción moralmente correcta es la que se
realiza por deber, aquella en la que a intención de la voluntad es cumplir el deber
porque es deber, porque su razón práctica así se lo dicta.

Por tanto, otras dos características fundamentales de una ética así


entendida serían la autonomía y la universalidad. En una ética en la que el ser
humano solo obra bien cuando cumple los mandatos de su razón porque provienen
de su razón, en la que la virtud consiste en que la voluntad se someta a la razón, el ser
humano es totalmente autónomo porque se obedece a sí mismo al cumplir la ley.
Por otra parte, al provenir de la razón y ser la misma razón patrimonio de todos
los seres humanos, nos diría a todos lo mismo y, así, la ética kantiana es también
una ética universal.

Los postulados de la razón práctica como condiciones indispensables para


la existencia de la ley moral universal (obra por deber), expresión de la razón
humana, cuya existencia es un hecho indiscutible para Kant son tres: la libertad,
la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.

La libertad: Si el ser humano no tuviera un dominio sobre sus actos, si no


pudiera determinar su comportamiento desde su voluntad, no tendría sentido que
existieran unas normas morales que se impusieran como deber desde su razón. Sin
la libertad, el hecho de la moralidad es inconcebible. El hombre es moral porque es
libre y, si no fuese libre no sería moral.

La inmortalidad del alma: Un deber que no se pueda realizar carece de sentido.


Todo deber exige el poder ser realizado. Sin embargo, la pureza de intención que
supone el cumplimiento del deber por el puro respeto a su carácter de deber es
algo que el ser humano no puede realizar plenamente por mucho que se lo
proponga. La virtud se alcanza cuando se da una concordancia perfecta entre la
voluntad y la ley moral, es decir, cuando la voluntad actúa siempre por deber. Pues
bien, para que el deber tenga sentido, es, pues, necesario que exista otra vida
donde se alcance esa perfección.

La existencia de Dios: El deber y la felicidad no pueden ser como dos líneas


paralelas que nunca se encuentren. El bien supremo, como máxima aspiración del
ser humano, consiste en la unión entre virtud y felicidad. Sin embargo, de hecho,
el cumplimiento del deber no está armonizado con la felicidad en esta vida y no
tendría sentido que una vida virtuosa se quedara sin recompensa. Tiene que existir
un ser que garantice que el cumplimiento del deber va a hacer al ser humano
plenamente feliz, tiene que existir Dios como garantía de la realización efectiva del
bien supremo como unión de virtud y felicidad en la otra vida. El hombre no ha de
ser virtuoso para ser feliz, sino que por ser virtuoso ha de ser feliz. Dios premia al
hombre virtuoso digno merecedor de la felicidad. Dios no es el fundamento de la
obligación moral, solamente es el consuelo y la esperanza de los que aquí son
virtuosos pero infelices.
Las preguntas que, según Kant, preocupaban al ser humano, y no
quedaban contestadas en la “Crítica de la razón pura” lo son en la “Crítica de la
razón práctica”. ¿Qué debo hacer? Cumplir con el deber que me impone la razón
por respeto al deber mismo. ¿Qué me cabe esperar? Que mi alma no morirá y que
después de esta vida será feliz en el cumplimiento perfecto del deber, felicidad que
quedará garantizada por Dios.

4.- La filosofía de la historia de Kant y el camino hacia la paz perpetua.

Una vez que Kant ha contestado a la pregunta de qué es lo que el ser


humano debe hacer en su ética (obrar por deber), se enfrenta con la última de las
cuestiones que, en su opinión, preocupaba a todo ser humano: qué es lo que me
cabe esperar. Es a través de la religión y de la historia como se resuelve el destino
individual de cada ser humano y el sentido final del conjunto de la humanidad, es
decir, el fin último y bien supremo del hombre como unión necesaria de virtud y
felicidad en la otra vida.

Las preguntas que, según Kant, preocupaban al ser humano, y no


quedaban contestadas en la “Crítica de la razón pura” lo son en la “Crítica de la
razón práctica”. ¿Qué debo hacer? Cumplir con el deber que me impone la razón
por respeto al deber mismo. ¿Qué me cabe esperar? Que mi alma no morirá y que
después de esta vida será feliz en el cumplimiento perfecto del deber, felicidad que
quedará garantizada por Dios.

Mientras tanto, en esta vida se requiere que el hombre se haga digno


merecedor del bien supremo a través de la vida virtuosa desde su libertad obrando
por deber. No ha de ser virtuoso para ser feliz, pero si es virtuoso debe ser feliz. Por
tanto, la clave para que el hombre alcance su plena realización es la libertad que
se convierte en el soberano bien o bien supremo en el mundo, en la sociedad y en la
historia.

Según Kant, el curso de la Historia es teleológico, es decir, es un conjunto


de acontecimientos orientados a un fin: la mayor realización posible de la libertad
y la capacitación del ser humano como ser moral, racional y libre para que alcance
la conexión necesaria entre virtud y felicidad en la otra vida.

En la filosofía de Kant, el hombre como fenómeno está sometido a las leyes


matemático-físico-biológicas de la naturaleza y su comportamiento se explica como
el de los demás objetos del mundo físico desde la razón teórica (mecanicismo). En
cambio, como noúmeno es considerado como un ser moral, racional y libre
conforme a su dignidad.

Relacionadas con esta distinción fenómeno-noúmeno aparecen dos


dimensiones en la constitución del ser humano: la dimensión empírico-sensible y la
ético-social. La primera nos presenta al hombre como un ser egoísta, individual,
cerrado sobre sí mismo, como un ser más entre los seres. Se habla entonces de su
natural insociabilidad. La segunda dimensión representa al hombre como
miembro de una comunidad de personas iguales y libres. Se habla entonces de la
natural sociabilidad del hombre.

Con lo cual, Kant concibe al ser humano dentro de una paradójica


complejidad: una insociable sociabilidad o una sociable insociabilidad, es decir
que movido por este antagonismo y por esta lucha interior tiende a entrar en
sociedad y a convivir, al mismo tiempo que manifiesta una resistencia egoísta ante
los demás. Al final, este antagonismo individual se resuelve con un contrato social,
unas leyes y unas instituciones que establezcan claramente los límites de la
libertad de cada uno.

Una vez creada la sociedad los antagonismos se trasladan a los Estados y lo


que Kant espera es que este juego de antagonismos y rivalidades conduzcan a una
gran federación de naciones, a una “sociedad de ciudadanos del mundo” guiados
por una razón pura práctica autolegisladora, todos libres actuando por deber, a lo
que él llama “la paz perpetua”.

Kant considera que está viviendo una época de ilustración en la que se va


preparando el camino, se va educando al pueblo para propiciar el surgimiento de
instituciones, ideologías y mentalidades a favor de una época ilustrada, la plena
sociedad libre: aquella que en la que el conjunto de las personas poseen plena
conciencia de su libertad sin la guía de otros y hacen un adecuado uso de sus
facultades intelectuales y de su libre albedrío.

Por tanto, la libertad, como soberano bien en el mundo, se realiza mediante


la actuación del hombre en la historia. En esa sociedad ilustrada, el ser humano
saldrá de su minoría de edad y como ser moral, racional y libre aprenderá a obrar
por deber, a no hacer lo que quiere sino a hacer lo que debe obedeciendo a la
razón. De esta manera, siendo virtuoso se hará digno merecedor de la felicidad
verdadera en la otra vida.

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