Argumentos
La eutanasia, entendida como la acción deliberada de terminar con la vida de un paciente para
evitarle sufrimientos, ha generado uno de los dilemas más complejos en el ámbito médico
contemporáneo. Si bien su despenalización en Colombia se presenta como una conquista en
términos del respeto a la autonomía y dignidad del paciente, la práctica de la eutanasia plantea
serios cuestionamientos éticos, legales y profesionales, especialmente para los médicos,
quienes son los encargados directos de ejecutarla.
Desde el punto de vista de la ética médica, la eutanasia representa una contradicción
fundamental con la razón de ser de la medicina: preservar la vida, aliviar el sufrimiento y
mejorar la calidad de vida de los pacientes. El médico, como garante de la vida, se ve
enfrentado a una paradoja profesional al tener que aplicar procedimientos que conducen a la
muerte. Esto compromete no solo su rol tradicional, sino también su integridad moral, al actuar
en contravía de los principios históricos de su profesión.
Además, la legalización de la eutanasia ha generado una serie de vacíos jurídicos en
Colombia. Pese a las múltiples sentencias de la Corte Constitucional (C-239 de 1997 que
despenaliza la eutanasia y establece condiciones,T-970 de 2014 da una exposición de la
muerte digna como derecho fundamental, T-423 de 2017 que informa sobre derechos y
deberes de eutanasia, T-544 de 2017 trata el tema de la eutanasia en menores y C-233 de
2021 trata el tema de la eutanasia en pacientes con enfermedades crónicas) que reconocen el
derecho a morir dignamente, no existe aún una ley clara que regule de manera integral su
aplicación. Esta falta de normativa precisa deja a los médicos en una situación de
vulnerabilidad legal, donde su actuación puede ser malinterpretada o incluso judicializada,
dependiendo de cómo se interprete su conducta ante la ley.
Otro de los principales problemas radica en la falsa percepción de que el médico actúa con
plena autonomía. En realidad, la normativa impone al profesional de la salud el deber de
ejecutar la eutanasia salvo que presente una objeción de conciencia formal. Esto transforma el
derecho del paciente en una carga para el médico, quien puede verse forzado a actuar en
contra de sus convicciones éticas o religiosas.
La experiencia de otros países, como Canadá, también plantea alertas. Tras su legalización, se
ha evidenciado un aumento considerable en la práctica de la eutanasia, lo cual genera
preocupación sobre una posible trivialización de la muerte asistida. Esta situación podría
replicarse en Colombia si no se establecen mecanismos de control claros, rigurosos y
respetuosos tanto del paciente como del profesional de la salud.
En el caso de los Países Bajos que fue el primer país del mundo en legalizar la eutanasia
activa en 2002, bajo estrictas condiciones. Desde entonces, el número de casos ha aumentado
significativamente: en 2024, representó el 5,8% de todas las muertes en el país, lo que equivale
a casi 10.000 procedimientos, la mayoría por enfermedades físicas como el cáncer.
Una de las principales preocupaciones es el aumento progresivo y sostenido en el número de
casos. En 2024, cerca del 6% de todas las muertes en el país fueron por eutanasia. Este
crecimiento plantea el riesgo de una “pendiente resbaladiza”, donde los criterios de aplicación
se amplían progresivamente, pasando de casos de sufrimiento físico terminal a incluir
enfermedades mentales, demencia e incluso sufrimiento emocional. Esta expansión ha
generado controversia, especialmente cuando se permite aplicar la eutanasia a personas con
padecimientos psíquicos que, en muchos casos, podrían ser tratados con un adecuado
acompañamiento terapéutico.
Otra desventaja es la dificultad para verificar el consentimiento informado, especialmente en
pacientes con demencia avanzada. Existen casos en los que los médicos han tomado
decisiones con base en voluntades anticipadas sin poder confirmar si el deseo de morir sigue
siendo válido en el presente. Esta situación pone en riesgo el respeto a la autonomía del
paciente y genera inseguridad jurídica para los profesionales de la salud.
Desde el punto de vista jurídico, el respeto a la autonomía implica no sólo reconocer la
capacidad del individuo para tomar decisiones sobre su cuerpo y su vida, sino también
garantizar que dicha capacidad esté presente y sea efectiva en el momento en que se toma la
decisión final. Cuando esto no se puede confirmar, el profesional de la salud queda expuesto a
dilemas éticos y a riesgos de responsabilidad penal, civil o disciplinaria, especialmente si se
considera que la eutanasia se ha practicado sin un consentimiento plenamente informado, libre
y actual.
También es preocupante la posibilidad de arrepentimiento. Hay testimonios de personas que,
habiendo iniciado el proceso para acceder a la eutanasia, cambiaron de opinión en el último
momento. Esto indica que las decisiones pueden tomarse en momentos de vulnerabilidad
emocional extrema y no siempre representan una voluntad constante y reflexionada.
Además, la legalización de la eutanasia podría provocar una disminución en la inversión en
cuidados paliativos, ya que la existencia de una “salida” rápida puede reducir la presión para
mejorar los tratamientos del dolor y el acompañamiento en la etapa final de la vida. Este
desbalance puede afectar especialmente a pacientes con menores recursos o menos acceso a
atención médica de calidad.
Finalmente, la práctica puede generar tensión moral en el personal de salud, que muchas
veces se ve presionado a participar en procedimientos que contravienen sus convicciones
éticas o religiosas. Aunque existen mecanismos como la objeción de conciencia, no siempre
son suficientes para proteger la autonomía y bienestar psicológico de los profesionales.
Aunque el derecho a morir dignamente se sustenta en principios factibles como la autonomía y
la dignidad del ser humano, su implementación a través de la eutanasia enfrenta serias
limitaciones en la práctica médica colombiana.
1. Valor intrínseco de la vida: Toda vida humana tiene un valor inherente, independientemente
de su condición física o mental. La eutanasia podría debilitar el respeto por la vida humana,
especialmente la de los más vulnerables.
2. Posible abuso o coacción: Existe el riesgo de que personas mayores, enfermas o con
discapacidades se sientan presionadas para elegir la eutanasia, ya sea por sentirse una carga
o por influencia de terceros.
3. Errores en diagnóstico o pronóstico: Los médicos pueden equivocarse. Hay casos
documentados de personas diagnosticadas con enfermedades terminales que superaron el
pronóstico o vivieron más de lo esperado con buena calidad de vida.
4. Alternativas paliativas: La medicina paliativa ha avanzado y puede aliviar gran parte del
sufrimiento físico y psicológico. Promover la eutanasia podría desincentivar la inversión en
cuidados paliativos y acompañamiento digno.
5. Impacto en los profesionales de la salud: La eutanasia puede generar conflictos éticos
profundos en médicos y enfermeros, cuyo deber tradicional es preservar la vida, no terminarla.
6. Peligro de banalización: Legalizar la eutanasia podría llevar, a largo plazo, a una
normalización de la muerte asistida como solución a problemas no solo médicos, sino sociales
o psicológicos.
7. Argumento religioso: Muchas religiones consideran que la vida es un don divino y solo Dios
tiene la autoridad de quitarla. La eutanasia sería vista como un acto inmoral y contrario a la
voluntad divina.
8. Apertura para la eliminación de personas que resulten una carga para el sistema de salud y
pensional llevando a una eugenesia implícita al tratar como indeseables a estos grupos
vulnerados.
Discordancia con los artículos 1, 11, 13, 16 y 95 de la Constitución Política de Colombia que
establecen la vida,dignidad humana, igualdad,libre determinación y principio de solidaridad los
cuales son considerados como bases fundamentales para fundar las decisiones de individuo