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La historia de Jairo en la Biblia

La historia narra la desesperación de Jairo, un líder de la sinagoga, quien busca a Jesús para salvar a su hija enferma. A pesar de las malas noticias de su muerte, Jesús le dice que no tema y que crea, lo que culmina en el milagro de la resurrección de la niña. Este relato destaca la fe de Jairo y el poder de Jesús para traer vida y esperanza en situaciones desesperadas.

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La historia de Jairo en la Biblia

La historia narra la desesperación de Jairo, un líder de la sinagoga, quien busca a Jesús para salvar a su hija enferma. A pesar de las malas noticias de su muerte, Jesús le dice que no tema y que crea, lo que culmina en el milagro de la resurrección de la niña. Este relato destaca la fe de Jairo y el poder de Jesús para traer vida y esperanza en situaciones desesperadas.

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Aquella familia parecía una familia ideal.

El esposo era un hombre de prestigio en la comunidad; las


Escrituras lo llaman un príncipe de la sinagoga. Sin duda que era una persona respetada por sus
funciones en la sinagoga. Tenía esposa y una hija de doce años. Todo parecía andar bien hasta que esta
niña se enfermó. No sabemos si en cuestión de horas o de unos pocos días la situación en forma
progresiva empeoró y se dieron cuenta de que la niña estaba en peligro de morir.
El padre desesperado sale en busca del único que puede hacer lo que sólo un milagro podría resolver.
Sale a buscar a Jesús de Nazaret, y de alguna manera obtiene la información para encontrarlo.
Es que en esa otra orilla hay una emergencia de la que ninguno de los discípulos tiene conocimiento.
Una niña muy amada sin duda de sus padres, de doce años de edad, está muriendo.
Los datos médicos que tenemos son pocos: conocemos su edad, sabemos que estaba en cama.
"¡Qué suerte que lo encontré!", diría Jairo al llegar todo apurado donde está Jesucristo. Le expone la
situación al Maestro y con gran alivio en su corazón encuentra que Jesús de Nazaret está dispuesto a ir
con él. Observen que no hace una curación a distancia como en el caso del siervo del centurión.
En (Mr 5:22-23) leemos: Este hombre tiene persistencia; la Escritura nos dice que "le imploró mucho".
No fue una petición de cinco segundos y nada más. El hombre sabía que la situación de su hija era
desesperada. ¡Qué bueno es cuando nosotros hacemos lo mismo con nuestro Padre celestial! (Lc
18:7) dice: "¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a él de día y de noche? ¿Les hará
esperar?".
El Evangelio de Mateo nos da la idea de que el desenlace final acaba de ocurrir: "Mi hija acaba de
morir. Pero ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá" (Mt 9:18). No creo que esto sea una contradicción,
pero es muy probable que cuando el padre salió de la casa ella todavía estuviera viva y en el camino es
alcanzado por alguien que corre de la casa con la noticia de que acababa de morir. Esto es lo que se
infiere del relato de (Lc 8:49). Es sugestivo que no escuchamos ningunas palabras del Señor Jesús; pero
Mateo nos da un detalle interesante: "Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos" (Mt 9:19).
Yo puedo visualizar la prisa de Jairo. Seguramente que él aligera el paso tratando de imprimirle el
mismo ritmo a Jesús de Nazaret y a los discípulos. ¡Pero qué difícil lograrlo con una multitud que lo
apretuja! Es que Jairo sabe que cada minuto cuenta y que no tienen tiempo que perder.
Lucas nos aporta dos datos: nos dice que era la única hija y que Jairo le imploró al Señor Jesús que fuera
a su casa (Lc 8:41-42).
Pero observemos la fe de Jairo como aparece en (Mr 5:23): "Mi hijita está agonizando. ¡Ven! Pon las
manos sobre ella para que sea salva, y viva". De alguna manera este hombre tiene la certeza, la
seguridad, la confianza, que todo lo que tiene que hacer Jesucristo es poner sus manos sobre la niña y
todo va a estar bien. Y este hombre tenía razón: cuando Jesucristo pone las manos sobre nosotros todo
está bien.
Comienzan la marcha y sucede lo que parecería que siempre pasa cuando estamos muy apurados: ¡una
interrupción! El Señor Jesús se para y pregunta: "¿Quién me ha tocado?". Yo me pongo en el lugar de
Jairo y hubiera dicho: "Pero Señor, ¡apúrate, no te detengas! Ya podrás averiguar después quién te ha
tocado. Vamos pronto antes de que sea demasiado tarde".
Cuántas veces en nuestra vida el Señor permite que sucedan cosas que, como en este caso, parecería que
debido a la demora que provocan van a causar un daño irreparable.
Y allí está Jairo impaciente, quizás golpeando el suelo con su pie para tratar de apurar la situación, pero
el Señor Jesucristo no tiene prisa. Él ha preguntado: "¿Quién me ha tocado?", y está esperando
pacientemente la respuesta. Mientras él todavía estaba hablando llegan con las malas noticias de la casa
de Jairo. Es decir, el grupo no se había puesto en movimiento todavía, cuando llega la infausta noticia.
¡Y justo cuando ya están más cerca de la casa! "Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas más al Maestro?".
"Tu hija ha muerto", cuatro palabras que traspasan el corazón de un padre, hoy día, de la misma manera
que hace dos mil años.
En el versículo 36 de Marcos 5 leemos: "Pero Jesús, sin hacer caso a esta palabra que se decía, dijo al
principal de la sinagoga: No temas; sólo cree". En primer lugar, se le dice "no temas" porque él sabe
muy bien lo propensos que somos a temer. Le tenemos miedo al dolor, le tenemos pavor a la
enfermedad, le tenemos terror a la muerte, le tenemos miedo a quedarnos solos en la vejez, y así
podríamos seguir la lista. Pero Jesucristo le dice: "No temas"; y agrega: "sólo cree". Sólo creer; parece
tan fácil pero al mismo tiempo es tan difícil. La realidad en la vida de este hombre es la pérdida de su
única hija; y ahora Jesús de Nazaret le está diciendo: "No temas". En (Lc 8:50) leemos: "...cree, y ella
será salva". (Mr 5:37) nos dice: "Y no permitió que nadie le acompañara, sino Pedro, Jacobo y Juan, el
hermano de Jacobo". Cualquiera de nosotros en una situación similar hubiéramos tratado de tener el
mayor número posible de personas en el lugar para poder vanagloriarnos de lo que vamos a hacer.
Al llegar a la casa hay un gran alboroto por los que lloraban y lamentaban mucho. Con dificultad nos
podemos imaginar la escena, dado que en el medio oriente en estos casos se expresa el dolor en forma
espontánea demostrando con tremendos gritos el dolor intenso. En el versículo 39 de Marcos 5 leemos:
"Y al entrar, les dijo: ¿Por qué hacéis alboroto y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme". ¡Qué
palabras de consuelo hoy en día, cuando los padres ven el cuerpo sin vida de un hijo! Las palabras de
Jesucristo siguen vigentes: "no ha muerto, sino que duerme". O en las palabras de (Jn 11:25): "Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá". (Mr 5:41-42) nos dice: "Tomó la mano
de la niña y le dijo: Talita, cumi —que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate—. Y en seguida la niña
se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y quedaron atónitos".
Aquí vemos al gran médico tomando de la mano a la niña muerta y llamándola a la vida. Con cariño le
dice: "Niña, levántate". Luego se preocupa de que le den de comer. No sólo ella ha resucitado, sino que
la enfermedad que la llevó a la muerte ha sido completamente erradicada y ella se siente bien como para
alimentarse, lo que indica que su enfermedad ha desaparecido.
¡Qué escena tan conmovedora! Padre y madre ven cómo la hija que estaba muerta se levanta. La
Escritura nos dice que estaban maravillados, atónitos; y no era para menos.
Las cortinas que oscurecían el cuarto mortuorio son corridas y la luz del sol llena la habitación. Los
padres abrazan y besan a su hija y se arrodillan para adorar a aquel que hizo el milagro. La multitud que
había venido para consolar a los padres se va pasmada porque nunca vieron algo así

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