0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas2 páginas

La Esencia del Genio en el Arte

El genio se define como una amplitud de inteligencia y una profunda conexión emocional con el mundo, que permite evocar ideas y sentimientos de manera intensa. A diferencia del gusto, que se basa en reglas y convenciones, el genio se manifiesta en la originalidad y la ruptura de estas normas, produciendo obras que sorprenden y conmueven. En las artes y las ciencias, el genio transforma la naturaleza de las cosas y anticipa el futuro, siendo una cualidad innata y difícil de definir.

Cargado por

arnaupeig
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas2 páginas

La Esencia del Genio en el Arte

El genio se define como una amplitud de inteligencia y una profunda conexión emocional con el mundo, que permite evocar ideas y sentimientos de manera intensa. A diferencia del gusto, que se basa en reglas y convenciones, el genio se manifiesta en la originalidad y la ruptura de estas normas, produciendo obras que sorprenden y conmueven. En las artes y las ciencias, el genio transforma la naturaleza de las cosas y anticipa el futuro, siendo una cualidad innata y difícil de definir.

Cargado por

arnaupeig
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ARTÍCULO "GENIO" (EN LA ENCICLOPEDIA)

El genio es la amplitud de la inteligencia, la fuerza de la imaginación y la actividad del alma.


Del modo en que recibe sus ideas depende aquel en que las evoca. El hombre, proyectado
en el universo, recibe, mediante sensaciones más o menos vivas, las ideas de todos los seres.
La mayoría de los hombres no experimenta sensaciones vivas sino por la impresión de los
objetos que tienen una relación inmediata con sus necesidades, sus gustos, etc. Todo lo que
es ajeno a sus pasiones, todo lo que carece de analogía con su modo de existir, o no lo
perciben o no lo ven sino un instante, pero no lo sienten, y muy pronto lo olvidan para
siempre.
El genio es aquel cuya alma más amplia, afectada por las sensaciones de todos los seres,
interesada en todo lo que está en la naturaleza, no recibe una idea que no despierte un
sentimiento; todo lo anima y lo conserva todo.
Cuando el objeto conmueve al alma, lo hace también por el recuerdo; pero en el genio, la
imaginación va más lejos: recuerda las ideas con un sentimiento más vivo que como las
recibió, porque a esas ideas se unen otras mil, más apropiadas para hacer que nazca el
sentimiento.
El genio, rodeado de los objetos de los que se ocupa, no recuerda, ve; no se limita a ver, se
emociona; en el silencio y la oscuridad del gabinete disfruta del campo alegre y fecundo; le
congela el ulular del viento; le quema el sol, le espantan las tormentas. El alma se complace
en estas impresiones momentáneas, le proporcionan un placer que le es precioso; se entrega
a todo aquello que puede aumentarlo; quisiera, mediante colores verdaderos, mediante trazos
imborrables, dar cuerpo a los fantasmas que no son sino su obra, que la transportan o la
llenan de gozo.
[...]

El gusto está a menudo separado del genio. El genio es simplemente un don de la naturaleza;
lo que produce es obra de un momento; el gusto es obra del estudio y del tiempo; depende
del conocimiento de una multitud de reglas establecidas supuestas; produce bellezas que no
son sino convencionales. Para que una cosa sea bella según las reglas del gusto, tiene que ser
elegante, perfecta, trabajada sin parecerlo; para ser genial, tiene que ser descuidada; tiene que
tener un aspecto irregular, intrincado, salvaje. Lo sublime y el genio brillan en Shakespeare
como relámpagos en una larga noche, y Racine siempre es bello; Homero está lleno de genio
y Virgilio de elegancia.
Las reglas y las leyes del gusto pondrían trabas al genio, pero él las rompe para volar a lo
sublime, a lo patético, a lo grandioso. El amor a la eterna belleza que caracteriza a la
naturaleza; la pasión por ajustar sus cuadros a no sé qué modelo que ha creado, y según el
cual posee las ideas y los sentimientos de lo bello, son el gusto del hombre de genio.
Continuamente la gramática y la costumbre entorpecen la necesidad de expresar las pasiones
que le conmueven; con frecuencia el idioma en el que escribe se resiste a la expresión de una
imagen que sería sublime en otro idioma. Homero no podía encontrar en un solo dialecto
las expresiones que necesitaba su genio; Milton viola a cada instante las reglas de su lengua y
busca expresiones enérgicas en tres o cuatro idiomas diferentes. En fin, la fuerza y la
abundancia, una especie de rudeza, la irregularidad, lo sublime, lo patético, todo eso, en las
artes, es el carácter del genio; no conmueve débilmente, no satisface sin sorprender y
sorprende incluso por sus faltas.

[...]

En las artes, en las ciencias, en los asuntos públicos, el genio parece cambiar la naturaleza de
las cosas; su carácter se derrama sobre todo lo que toca, y sus luces, al elevarse por encima
del pasado y del presente, iluminan el futuro; se adelanta a su siglo, que no puede seguirle;
deja lejos de sí a la inteligencia, que le critica con razón, pero que, en su regular evolución,
nunca sale de la uniformidad de la naturaleza. El hombre que quiere definirlo, lo siente mejor
que lo conoce; tendría que ser él mismo el que hablara de él. Y este artículo, que yo no debería
haber escrito, tendría que ser la obra de uno de los hombres extraordinarios que honran este
siglo y que, para conocer al genio, no tendrían sino que mirarse a sí mismos.

SOBRE EL GENIO

Hay en los genios, poetas, filósofos, pintores, músicos, una cualidad especial del alma, secreta,
indefinible, sin la cual no es posible ejecutar nada verdaderamente grandioso y de suprema
belleza. ¿Es acaso la imaginación? No. He conocido magníficas y poderosas imaginaciones
que prometían mucho y no contenían nada o muy poco. ¿es el juicio? No. Nada más corriente
que hombres enormemente juiciosos cuyas producciones carecen de nervio, son difusas y
frías. ¿Es el ingenio? No. El ingenio dice cosas bonitas y las hace insignificantes. ¿Es el calor,
la vivacidad, el entusiasmo? No. Las personas apasionadas se agitan mucho pero no hacen
nada que valga la pena. ¿Es la sensibilidad? No. He conocido hombres con un alma que se
conmovía rápida y profundamente, que no podían oír un texto elevado sin desprenderse de
sí mismos, arrebatados, embriagados, enloquecidos; un rasgo patético, pues no derramaban
una sola lágrima y balbucían como niños, ya sea hablando, ya sea escribiendo. ¿Es el gusto?
No. El gusto borra los defectos pero no produce la belleza; es un don que se adquiere más o
menos, y no un impulso innato. ¿Es acaso una cierta conformación de la cabeza y de las
vísceras, una cierta constitución de los humores? Lo admito, pero con la condición de que
se reconozca que ni yo ni nadie tiene de él una noción exacta y que habrá que remitirse al
espíritu observador. [...] El espíritu observador del que hablo se ejerce sin esfuerzo, sin
contención; no mira: ve; se instruye, se extiende sin estudiar; no tiene ningún fenómeno
presente, pero todos le han afectado; y lo que le queda es una especie de sentido que los
demás no tienen; es un raro mecanismo que dice: esto saldrá bien... y sale bien; esto no saldrá
bien... y no sale bien; estos es verdad y esto es falso... y ocurre como lo ha dicho. Lo advierte
en las cosas grandes y en las pequeñas. Esa especie de inteligencia profética no es la misma
en todas las condiciones de la vida; cada estado tiene la suya. No siempre preserva de los
derrumbamientos, pero el derrumbamiento que ocasiona jamás lleva consigo el desprecio, y
siempre va precedido de una incertidumbre. El genio sabe que supone al azar, y lo sabe sin
haber calculado las probabilidades a favor o en contra; el cálculo lo tiene hecho en la cabeza.

Denis Diderot, Escritos sobre arte, trad. E. del Amo, Siruela, Madrid, 1994.

También podría gustarte