Herencia de la Cocina Africana en Colombia
Herencia de la Cocina Africana en Colombia
espantados, las velaciones); las “contras” (los riegos y los sahumerios), entre otros
aspectos y componentes de su cultura. La vida cotidiana de estas comunidades os-
cila, en gran parte, entre el cultivo y el consumo de plantas con poderes nutritivos
y terapéuticos que, consagradas, conjuradas, almacenadas y recetadas, se anclan
en el centro mágico-religioso de su acaecer histórico.
Las consideraciones de salud y enfermedad en la región del Pacífico colombia-
no tienen que ver con la armonía o la ruptura con la naturaleza. Como dice Ana
Virginia Robledo, lectora de orina,
Nos enfermamos porque no estamos cerca de Dios y limitamos la
vida a los problemas, al trabajo, a la terquedad, a los vicios, al miedo
y al rencor. Como quien dice, no nos cuidamos y por eso es que no
se nos mueven bien ni los pensamientos, ni la sangre, ni la energía, y
entonces nos estancamos. Como somos ignorantes no tomamos agua,
no respiramos bien, vivimos de afán y destruimos la naturaleza; por eso
nos enfermamos.
Para equilibrarnos tenemos que usar plantas limpiadoras, fermen-
tadoras y sanadoras que tenemos en la región, como la salvia, el limón,
la canela, el girasol, el geranio, los pétalos de rosas, el ajo, la ruda, el
tabaco, el escansé, la cebolla, el botón de oro, la ortiga, la mostaza, la
artemisa, el anís, la malva, la luminaria, el rábano, el pelo de maíz, el cura
hígado, el pepinillo, la linaza, la albagarria, el casco de vaca, el paico, la
albahaca, el toronjil, la yerbabuena, la manzanilla, la alvernia, el saúco,
el brevo, el hinojo, el nogal, el arrayán, el ojo de buey, la flor de árnica,
el achiote, el frailejón, la yedra de playa, el enebro, el cilantrón, la otoba,
el té de brusca, la hoja y la fruta del aguacate, la coca, el jengibre, la
pimienta, el clavo, el tomillo, el orégano, el sanalotodo, el borrachero,
la caléndula, el anamú, la penca sábila, la alfalfa, el cedrón, el copillo,
el marañón, el berro, las acelgas, las lechugas, las espinacas y el perejil
(Testimonio oral).
con albahaca, altamisa, anamú, botón de oro, eucalipto azul, hortensia, jengibre,
matarratón, rosa, venturosa y verbena blanca que exorcizan las malas intenciones;
y el porte de catapes, chochitos, lágrimas de San Pedro, mate, mostaza, ojo de
venado, ajo macho, amansaguapos, amansajusticia, hoja santa, y trébol de cuatro
hojas como semillas y plantas protectoras.
Como extensión de este misterioso catálogo aparecen –bien como boca’os
buenos, bien como boca’os malos– algunas secreciones del cuerpo humano (saliva,
sudor, semen, sangre, leche, cerumen), y hasta los mismos huesos, uñas y cabellos,
como principios vitales sugestivamente permeados de una profunda religiosidad
del Medioevo español, dispuestos “hipnóticamente” –como fetiches, pócimas o
talismanes– entre velas, perfumes y ciertas posturas corporales que dan, a través
del acto de ingerir (lamer, chupar, morder), la sensación de poder y seguridad, la
creencia de un mundo controlado a voluntad.
Así es como referentes espirituales, psicológicos y fisiológicos determinan
las prácticas alimenticias-sanadoras-hechiceras en el Pacífico colombiano, como
prácticas mixtas que entrelazan el demonio de los católicos, los espíritus indígenas
y los dioses africanos, dando cuenta de la sincrética relación hombre-naturaleza-
cultura. Relación que, a pesar de ser discriminada y violentada bajo la acusación
de brujería y demás formas de conducta moralmente proscrita, nombra, clasifica y
califica la realidad de acuerdo con una cosmogonía que permite encontrar y exor-
cizar el origen de los males. Prueba de ello son las siguientes recetas, que entre la
pasividad y la excitación dicen lo que la comunidad calla, y que son elaboradas,
en este caso, para curar el malestar que provocan el mal de ojo, la depresión y la
desgracia:
Para espantar el mal de ojo en un niño
Ingredientes
1 manojo de albahaca
1 litro de agua bendita
1 pañuelo blanco
Procedimiento. Invocar al orixa, el dios o el santo de cabecera
–Yemanyá, Jehová, Corazón de Jesús, San Pacho, San Antonio u
otro–. Humedecer la albahaca en el agua bendita. Acostar al niño
con el pecho descubierto y dibujar siete cruces sobre el “pechito”,
el vientre, las piernas, las manos y la frente. Después del exorcismo,
envolver el manojo de albahaca en el pañuelo y lanzarlo lejos de la
casa.
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Este mágico mundo, transmitido por una sonora oralidad, nos enseña el cono-
cimiento acumulado y el razonamiento práctico de una cultura que afirma –en la
primacía del pasado y en la preeminencia del futuro–, la benignidad o malignidad
de cada boca’o, que vive el cosmos en la palabra, en la relación dual entre amor y
gusto, entre comunión y convivio, entre erótica y gastrosofía. Una cultura de afros
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Guardado y horneado
En el gallego-portugués medieval se encuentran grafías como enpaada, empaada
y enpanada, que definen el vocablo “empanada”, derivado etimológicamente de
las voces latinas em y panis. Empanar, según el Diccionario de la Real Academia
de la Lengua Española, significa “encerrar una cosa en masa, pan o harina para
cocerla en el horno o freírla en una sartén”. En otra variación del término –según el
latín de los canteros–, se conoce con el nombre de empanada patiola a un apetitoso
manjar basado en productos (carnes, peces, vegetales...) muy bien condimentados
y encerrados entre dos capas de masa que puede ser especial o la misma masa del
pan.
Técnicas, sabores y funciones similares de guardado y horneado se han desa-
rrollado en todas las cocinas del mundo, con preparaciones como pastelillos de
vigilia, tartaletas o pasteles: bollos preñados (Orense), empolada (Verín), caminha
(Portugal), meatpie (Inglaterra), pirog, pirosyok y kuliebiakas (Rusia), turkey pot
pie y filete Washington (Norteamérica), caldudas (Chile), embarradillas (México),
nacatamal (Honduras), pierogi (Polonia), tamal (Colombia), pasticcio y calzone
(Italia), stroudell (Alemania), pastel de carne (Francia), okere (Países Vascos) o
1. Una versión de este apartado se publicó en la revista Generación, del periódico El Colom-
biano, Medellín, enero de 2010.
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Antecedentes legendarios
En las trescientas cincuenta líneas escritas en tres tablillas cuneiformes, datadas
hacia el año 1600 a. C., se develan secretos de la cocina mesopotámica –única con
una antiguedad tan destacada– recogidos en cuarenta recetas que relatan prácticas
de cocina, comida y bebida entre las que emergen los pasteles como antecedentes
legendarios de las empanadas.
El documento hace mención a marâsu, un tipo de batido que, preparado con
cereales macerados en mortero, remojados en agua y ligeramente expuestos al
calor, consagra al pan como base que se condimentaba y se moldeaba (en moldes
de ladrillos), para convertirlo en lo que hoy conocemos como panes de molde,
hogazas, galletas y pasteles.
A finales del siglo v a. C ., Miteco, contemporáneo de Platón, redactó en su
Tratado de cocina las instrucciones para preparar platos mediterráneos, en los que
reseña la forma de cocción y los ingredientes de los pasteles o empanadas. Como
prolongación de esta dimensión culinaria, Apicio, en su libro De re coquinaria,
compiló ciento veinte recetas entre las que presenta pasteles que eran amasados
con harina en flor, vino, aceite y grasa, o con miel, higos secos y nueces, para luego
ser cocidos al horno.
Para el siglo xv, Ruperto Nola describe, en su Libro de guisados, recetas de
empanadas con pescados como lamprea, salmón, barbo, sábalo, esturión, palami-
da, congrio, morena, atún y lobo de mar; todas ellas sazonadas con abundante
cebolla, jengibre y pimienta.
Hasta nuestros días, la empanada ha recreado, a lo largo de la historia de la
cocina, los sabores del pan; en épocas de paz y en épocas de guerra, introducir
en ellas tocino, chorizo o tomate convierte la comida de las más austeras mesas
en exquisitas delicias para el paladar. Hechas en hornos y fogones caseros, han
reunido a familias que –como en su origen remoto– juntan plato y pan en un solo
bocado que reduce el hambre y place los sentidos.
Periplo
La empanada ha recorrido y conquistado múltiples usos, escenarios y pa-
ladares; expuesta como un bien que se ha apartado de la intimidad del espacio
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Secretos familiares
A principios del siglo xx , las mujeres, convencidas de su labor religiosa y
s ocial, llegan a protagonizar nuevos roles. Ahora, como proveedoras de alimentos,
gestoras de bazares, fiestas, reuniones y encargos, exhiben los sabores, olores,
colores y sazones de sus cocinas –síntesis de técnicas, ingredientes, estéticas y
gustos mestizos–, con el reconocimiento y la admiración de la clase media del país.
Secretos familiares como el de las carnes que son adobadas antes de moler o
desmechar, el corte fino del relleno de tomate y cebolla, la temperatura media del
aceite que empuja la empanada hacia la superficie, el perfecto repulgue de la masa
que inhibe el escape de cualquier sabor, el color dorado y la crocancia logrados
con panela rayada y triguisar, y el sello personal en el cierre con moños, boleros y
medias lunas logradas con las uñas, reestrenan la cocina doméstica en el espacio
público, revolucionando la dinámica culinaria, popularizando el conocimiento de
otras recetas básicas y activando la economía informal.
El protagonismo de las empanadas es evidente; un extenso listado se inaugura
en el país con nombres de territorios: antioqueñas, bogotanas, caucanas, vallunas;
de ingredientes: pipián, huevo, jaiba; de mujeres: Efigenia, Rosa, Inés; y folclóricos:
chorriacorbatas, de viento o de iglesia.
Así, las empanadas forman un sistema de economía ágil y rápida, de poca in-
versión y gran beneficio. El ciclo de compra de ingredientes-preparación-venta
demanda menos de veinticuatro horas. Inicia en la madrugada cuando las “em-
panaderas” se abastecen, en las galerías de las plazas de mercado, de maíz, papa,
tomate, cebolla, cilantro, carne y aceite; continúa en las cocinas de sus casas cuan-
do, a punta de fogón, sartenes, máquina de moler y cuchillo, cocinan, pican, soban
y pampean masas, guisos y ajíes, magnífico mise en place que reservan mientras se
desplazan al mediodía o a media tarde al lugar de venta. Y antes de medianoche
–cual cuento de hadas– estas mujeres cuentan uno a uno monedas y billetes,
descubriendo las ganancias del día que les ha dejado, con la venta de sus comidas,
la posibilidad de iniciar nuevamente el ciclo que les permite comprar para hacer y
comer su propia comida y que, cual alcancía, atesora monedas para “echar el piso,
vaciar la plancha, levantar el muro o construir la casa”.
Comer y creer
La asociación madre-alimento-religión es una singular impronta cultural antio-
queña que atraviesa la historia de sus cocineros y comensales, creyentes y ateos,
que en la base de su creencia popular encuentran la sentencia “Dios nos da de
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comer y de beber sin merecerlo”. Una población que entiende el concepto de co-
munidad (común unidad) desde la religión y desde la idea de que familia que “reza
y come junta, permanece unida”; familia –casi siempre campesina– que vive en el
tránsito de la tierra a la cocina, de la cocina al comedor y del comedor a la iglesia.
Los domingos –días de fiesta, de resurrección– la población modifica la inten-
sidad de su jornada, yendo a misa y comiendo empanadas de iglesia que funcionan
como el “cielo prometido” a matronas sin ingresos, como limosna con beneficio
automático y como atractivo extra de los ritos litúrgicos.
Las empanadas de iglesia – “sin pecado concebidas” – las mismas que emulan
la carne con cáscaras de papa, son aquí símbolo de austeridad, sacrificio, caridad,
construcción y comunidad. El dinero recogido de su compraventa se multiplica
cual “parábola de los panes”, y se reparte entre hogares para niños campesinos,
asilos para ancianos, fiestas patronales, mercados para los pobres y construcción y
reparación de las mismas iglesias. En esta dimensión, las empanadas amasan en la
misma pasta lo sagrado y lo profano, y dinamizan el ser, el saber y el hacer de las
comunidades que las preparan, sirven y comen.
Consecuencias
Las biografías de las empanadas son las mismas de mujeres y hombres que ven
en las comidas y las cocinas una posibilidad de sustento y una acción con connota-
ciones religiosas, económicas, simbólicas y sociales. Las empanadas reivindican la
labor de antropólogos, sociólogos, artistas, médicos, nutricionistas, economistas,
escritores, cocineros y comensales de todo el país, quienes las han estudiado, codi-
ciado, saboreado, sancionado y, secreta o públicamente, han sucumbido al encanto
de su grasoso y crocante consumo callejero.
Sin duda, las empanadas son una rica expresión del eclecticismo que revela,
en un mordisco, un mundo de sabor múltiple para el paladar y la memoria de una
tradición a la historia de los alimentos. La empanada, como proceso y producto,
entraña el dinamismo cultural, la diversidad étnica y la realidad de la fusión.
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1. Desde el griego zeo, “vivir”, hasta el taíno mahís, “planta que sostiene la vida”, el término
maíz ha sido el milho portugués, el avatí o avachí guaraní, el nasolék mocoví, el aw(a)rá toba,
el wa araucano, el corn o turkey corn ingleses, el blat d’indi catalán, el boroña, danza, mijo,
millo, panizo, zara o choclo castellanos, el arto euskera, el panizu mileka, el maïs, blé d’inde
o gaude franceses, el milhâo y milho gallegos, el sara quechu, el ixim maya, y el cintli nahua.
Y desde el latín pappa, “comida de niños”, hasta el quechua yoma o iomza, “nicho de vida”
y “regalo de dioses”, la papa ha sido el acús de los peruanos, el amka, cchoque o choke de
losaymaras, el kuraji de los Andes Orientales, el poñi y la malla de los chilenos, la amista y
quinqui de los aguarunas, la cachariqui y maaona de los machinguengas, la patata de los es-
pañoles, la pomme de terre de los franceses, la potato inglesa, la kartoffel alemana, la kartochfel
rusa, la kumpir de los Balcanes, la krompir de Yugoeslavia, la mamfarang tailandesa, la nuez
de la tierra en China, la kantang holandesa, la khoaitay indonesa, la alu vietnamita, la sib-i de
la India y la manzana de tierra iraní-iraquí.
2. El pan es el deseo supremo porque satisface la necesidad más esencial, la más elemental:
la de sobrevivir, y, por extensión, todas las necesidades. Por eso en todos los países donde
forma parte de la alimentación cotidiana está en la base de las metáforas populares asociadas
con la posesión y con la vida: simboliza todos los alimentos posibles, los del vientre y los del
corazón, los del cuerpo y los del alma: “quitarse el pan de la boca”; “largo como un día sin
pan” (Noëlle Châtelet).
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¿Qué sería del hombre sin el alimento básico, sin el pan, sin el maíz, sin la papa?
Otros serían los conceptos de nutrición y de placer, otros el significado y el sentido
alimenticio, otras la cadena y la práctica del comer, otros la evolución, el desarrollo,
el mito y la poética; otra sería la súplica a los dioses y, como respuesta, una amarga
constante: el miedo a la muerte sin la ventura de los alimentos.
La papa (“el pan de la tierra”) y el maíz (“la causa de vida”), en sus respectivos
8.000 y 7.000 años de historia1, han alcanzado la plenitud de sus efectos en las
sociedades ancestrales y actuales de América. Son parcelas fundamentales de la to-
talidad culinaria, mágica, medicinal, económica, política y social de comunidades
indígenas, afrodescendientes, mestizas y mulatas (rurales y urbanas), que se legan
como saberes y sabores de tiempos inmemoriales.
En la diversidad geográfica, étnica y cultural de América, la papa y el maíz han
posibilitado el florecimiento de comunidades autodefinidas como hombres de la
papa y hombres del maíz, civilizaciones (maya, azteca, inca, muisca, entre otras)
que históricamente han dinamizado pensamientos y prácticas asociadas a la pro-
ducción, distribución, preparación y consumo de estos tesoros, como gustemas y
tecnemas (unidades mínimas del gusto y de la técnica, respectivamente) ligados al
folclor. Este patrimonio, en aras de su legitimidad y su intercambio, se transforma
incesantemente para convocar, provocar y evocar, de maneras dispares o iguales,
la cohesión, la memoria y la identidad comunal, la misma que para efectos de nu-
trición y placer dibuja en las comidas y bebidas de sal y de dulce la cosmovisión
de los grupos. Dicha cosmovisión es confiada como construcción e interpretación
del mundo, en un ordenamiento que, más allá del apetito, el hambre y la sed, es la
causa del crecimiento, el desarrollo y la conservación de las estirpes.
Este acervo, elemento de supervivencia práctica y simbólica, advierte au-
ténticos caminos del conocimiento y la satisfacción del apetito; discurre entre
la semilla y el rito, la palabra y el mito, el hambre y el placer; acontece como
lógica del hombre (antropología) y como amor al conocer (filosofía); improntas
indelebles estas que, como menú, abren el catálogo de la alimentación del cuerpo
y de la nutrición del espíritu, y ayudan al hombre a designar el qué, el cómo, el
1. Pruebas arqueológicas ubican el origen de la papa alrededor del lago Titicaca (Perú) hace
8.000 años, evidenciando las primeras variedades cultivables, las modificaciones y los de-
sarrollos que lograron los pobladores a partir de la silvestre solanum brevicaule; y el origen
del maíz en el sur de México hace 7.000 años, donde la domesticación del teocintle o maíz
cimarrón dio origen a la expresión actual “sin maíz no hay país” y a la gran diversidad que de
esta especie se ha logrado.
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América es un bello y extenso territorio que va del norte al sur del globo te-
rráqueo. Desde las islas circumpolares del norte (islas Aleutianas, Alaska, riberas
de la bahía de Hudson, tierra de Baffin y Groenlandia) hasta la Isla Grande de
Tierra del Fuego en el sur, en una gran composición gastropoética, resume sabe-
res y sabores ancestrales: va del hielo al fuego, de la fruta y el animal silvestres al
sembrado de maíz y papa, de la cocina indígena a la mestiza, y del sabor criollo a
la gastronomía internacional. Desde las aguas cálidas del océano Atlántico has-
ta las frías del Pacífico, éste es un continente encantado y encantador; ofrece en
su triple territorio un norte soñador que se sirve como foca cruda, estofados de
caribú, oso, ciervo o conejo, o como pavo relleno con salsa de arándanos, puré
de batata y maíz; un equilibrado centro que se degusta como afrodisíaco de fruta
dulce, pescado escalfado en leche de coco, plátanos con miel y cacahuetes, cacao
amargo y tamales de maíz –ardiente y evocadora Centroamérica que sabe a chiles
y a piña–, y un mágico sur que históricamente ha cocinado al aire libre sus bollos,
sancochos, ajiacos, asados y cebiches como expresiones de la opulenta comida
de madres y abuelas. Un sabroso y caleidoscópico universo que funciona como
alimento, moneda y ofrenda –preparado con distintos niveles de sabor y sofistica-
ción, sublimado y resignificado por específicas preferencias regionales–.
Decir cocina americana es decir adaptación ecológica y creatividad, valores y
gustos que nombran la comida como territorio (guachinango a la veracruzana),
como grupo (chicha muisca), como proceso (parrilla argentina) y como
ingredientes (ardilla con moras); topografía que de un lado es bosque, selva,
desierto, montaña, río, llanura y mar, y del otro es vajilla, secreto, técnica, norma
y sabor; historia que registra –con sorprendente posibilidad polisémica– un
especial inventario de productos vernáculos,1 herencia actual y permanente de
permutas y dificultades, adaptaciones y adopciones entre lo propio y lo ajeno.
Un universo que es testimoniado por las sementeras, los canastos, los fogones
y los platos colombianos con el usufructo consuetudinario del maíz y la papa
(ampliamente registrados en crónicas e historias de viajeros como productos
1. Maíz, papa y fríjol; cacao, aguacate y tomate; ají, achiote y vainilla; guayaba, pitaya y guaná-
bana; caribú, curí y chapulín, son ejemplos de esta afirmación.
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1. Este término fue usado primeramente por Lambert para significar, en un sentido amplio,
la “ciencia de los fenómenos”. No obstante, puesto que los objetos se nos revelan en la con-
ciencia, se llama fenomenología, en acepción estricta, a la ciencia de los fenómenos que se
manifiestan en dicha instancia. La fenomenología fue fundada por E. Husserl, quien, con el
fin de lograr una base inatacable para todas las ciencias, se sirvió del método fenomenológico.
Este empieza con una doble reducción: la reducción eidética, que prescinde por lo pronto
de la existencia del yo, de los actos aprehensivos y de los objetos, considerando meramente
la esencia de estos en su concreción íntegra; y con una segunda, la reducción fenomenoló-
gica, llamada también “suspendida”, con independencia de estos contenidos con respecto a
la conciencia. La fenomenología considera sus objetos como correlativos de la conciencia,
quedando así la conciencia pura pero que no está, en modo alguno, vacía. Constituyen su
estructura el “tener conciencia” y lo tenido en la conciencia. Lo tenido en la conciencia no se
halla contenido en ella, pero es construido por ella como objeto. De ahí que el vonux pueda
ser aprehendido y descrito en una inmediata intuición de la esencia. Por eso la filosofía ha de
definirse como una teoría puramente descriptiva de la esencia de las configuraciones inma-
nentes de la conciencia. Puesto que todos los objetos de la experiencia están regulados por
las esencias a ellos subyacentes, a toda ciencia empírica corresponde una ciencia eidética de
la esencia u “ontología regional” (o de las esferas objetivas).
2. “Según las creencias chibchas, Chiminigagua o Chiminichagua es el ser supremo, omnipo-
tente y creador del mundo: “la única luz que existía cuando todo era noche”.
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lejos, a otra parte. Antes de irse, Betata enseñó a las mujeres a hacer los
cántaros y los canastos, a hacer la chicha, a tostar maíz, y a moler la ha-
rina. Después de ese día, a pesar de que las mujeres de Antigua solo tos-
taban y molían de noche, nadie volvió para hacer como Betata las tareas
de las mujeres. Betata sigue presente en la vida cotidiana de los emberá;
en la cosecha cuando aparecen mazorcas que cargan en hileras, o que
tienen varios colinos; cuando los colinos no cargan completamente y en
los puntos de contacto carecen de granos, la comunidad cree que es la
madre del maíz, el espíritu de la fertilidad y la abundancia; convirtién-
dola en objeto sagrado, la cuelgan en la puerta de entrada de su choza o
en el fogón y en el momento de la roza, la llevan a la chagra, la levantan
en gesto de ofrenda y súplica, y a manera de plegaria gritan: ¡Betata que
crezca grande mi maíz, Betata que cargue mucho mi maíz! Betata oye y
ese año habrá mucha comida, no faltará la harina, no faltará la chicha,
habrá fiesta y alegría (Vélez, 1990: 21).
Cuando ya había tierra, tunebo1 y animales, salió un tunebo al monte
a buscar guáimaro; de pronto, perdió el sentido y cuando menos pensó,
resultó en otra parte muy distinta que él no conocía; mientras camina-
ba alcanzó a ver a lo lejos unas kabaras (muchachas) muy bonitas; veía
también una casa de donde salía humo, y resolvió irse allá; al llegar, vio
a una tuneba que cocinaba maíz desgranado; ésta lo mandó entrar y le
dijo que se sentara; el tunebo estuvo mucho rato sentado y la tuneba no
le daba de lo que cocinaba, entonces resolvió irse; la mujer le dijo que
no se fuera, que esperara a una hermana suya que quería irse con él; la
tuneba salió del rancho y al rato llegó con una niñita, se la entregó y le
dijo que la cuidara bien, que no la dejara tocar de nadie y que no la fuera
a dejar morir; que cuando llegara, le preparara una laguna y la metiera
sin tocarla más, hasta cuando creciera; que cuando creciera la recogiera
y sin dejarla tocar, la guardara un tiempo y que luego la metiera en una
laguna más grande, hasta por cuatro veces y que a la cuarta vez, todos la
podían coger y hacer con ella lo que quisieran.
Terminadas estas advertencias el tunebo se fue, y después de andar
un poco, despertó y se dio cuenta de lo que pasaba: vio una laguna de
color verde; el humo que salía de donde estaba cocinando, era como
una nube blanca, y se acordó que a él le habían dado una niñita para
que la criara y que la traía de un bracito; miró entonces, y ya no encon-
tró la niña, pues vio que se le había convertido en una mazorca. Cuando
regresó a su casa, le contó a su mujer todo cuanto había pasado y al día
siguiente se fue para el monte a hacer la tumba para sembrar el maíz.
La primera huerta la hizo chiquita, y cuando el maíz estuvo maduro,
lo recogió todo él mismo y lo guardó para semilla. Después hizo otra
huerta más grande que la primera, y sembró todo el maíz que había
recogido; luego sembró otra, y de lo que produjo solo comieron los de
la casa, guardando el resto para la semilla; la cuarta huerta la hizo más
grande, y de lo que produjo alcanzó para guardar y para cambiar con
los demás tunebo. Desde entonces los tunebo cultivan el maíz anual-
mente (Márquez, 1981: 27).
en maquetas con masa de maíz, preparar las mejores recetas (platos de tamaño
descomunal), beber enormes cantidades de chicha, desgranar el mayor número
posible de mazorcas y pilar la mayor carga de granos de maíz; y por último, los
juegos de los “achotiados” y el de las “mulas y los ladrones” –a manera de juegos
de coordinación– confieren en Boyacá al tiempo ordinario el carácter de extraordi-
nario y divierten a los campesinos en las faenas del sembrado. Esta triple relación
sostiene la recolección y armoniza las tensiones del proceso del maíz en el sistema
alimentario; ella refleja, como dice Jesús Contreras, en su ensayo “Alimentación y
religión” (2007), “las manifestaciones del pensamiento simbólico y, en ocasiones,
una forma de simbolizar la realidad” (p.1).
A través de la transmisión generacional, oral y experiencial del saber y del
hacer que tienen los artesanos, maestros y artífices1 del sembrar y el cocinar papas,
también se manifiesta la relación magia-religión-lúdica como una cuestión de
saberes de la agricultura, la culinaria, la alopatía y el gusto. Aprendices de sembrador
y de cocinero recorren de la mano de sus maestros los mundos de la tierra y la
cocina como coordenadas del saber (detención de poder) frente al ecosistema y
la población; conocimiento que, transmitido como secreto, revela, por ejemplo,
que decir papas es decir maltosa, dextrosa, glucosa, proteína y almidón; que las
condiciones climáticas, las prácticas agroindustriales, la manipulación de la cosecha
y el acopio de este producto causan alteración en su composición química y en su
sabor; que los procesos de cocción y horneado permiten la adecuada absorción
del contenido total de almidón, la conservación de la fibra y las vitaminas de la
papa, además de una delicada textura y un versátil inventario de sabores que va del
caldo a la crema, del tamal al pan, del destilado campesino al vodka citadino; que
la papa es un efectivo antiespasmódico, hemostático y sedante, que actúa contra
las úlceras gástricas, el reumatismo, las picaduras de insectos, las quemaduras
1. Los artesanos recorren con sus manos la huerta, el fogón y la mesa tradicional; evidencian
en sus platos (suculentos y copiosos) una especial relación de conexión con la naturaleza.
Los artistas plasman con cerebro y manos (según las estaciones, el clima y los pisos térmi-
cos) cosmogonías y geometrías que revelan en la parcela y el comedor la especialización del
artificio (la cultura); y el artífice, con sus manos, su cerebro y su corazón ofrece su servicio a
la tierra y al hombre como ejercicio contemplativo de una realidad compartida. Los tres son
protagonistas de tradiciones agrarias y culinarias; cuentan y repiten la historia del aprender
viendo hacer; narran apetitos y formas de sublimación de los alimentos; enmascaran y revelan
secretos domésticos y públicos del sembrar y el cocinar; cuentan el pasado, inventan el pre-
sente y desean la coexistencia ética-estética –consigo mismos, su entorno y sus dioses– de los
hombres que siembran, cocinan y comen, como un contexto antropológico de futuro viable.
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