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Reflexiones sobre el amor perdido

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Reflexiones sobre el amor perdido

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Si tan solo supieras que aún te extraño, que tú recuerdo es imposible de

olvidar. Aún te pienso en el silencio de mis días, aún te espero en el


rincón más secreto de mi alma. Todo ocurrió tan deprisa, tan
confusamente, que apenas puedo entender en qué instante el color de
mi mundo se desvaneció frente a mi y yo no me daba cuenta . Desde tu
partida, camino entre sombras, vacío de mí mismo, ajeno al amor, ajeno
al sentir. He mutado tanto que ya no me reconozco, y me duele no haber
comprendido antes cómo te desvanecías frente a mi y yo no me daba
cuenta. poco a poco, de mi vida, como el sol que se esconde sin ruido
pero en llanto.

Lo más triste es que, en esos cuatro años, no acumulé suficientes


recuerdos para el amparo del frío. Tengo solo un resumen de nosotros:
un suspiro largo, un eco de lo que fue y dejó de ser, y una trago de
conciencia que me amarga el alma.

A veces deseo decirte algo, cualquier cosa. A veces solo deseo oír tu
voz, aunque sea una vez más. Sé que me odias, y con razón, porque a lo
largo de este tiempo hice cosas que solo alimentan ese rencor. Pero, en
mi dolor, solo sé que nadie ocupará tu lugar en mi alma. Me rompe
imaginar que otra persona sea ahora el refugio donde tú solías
encontrarme. Intento convencerme de que fue lo mejor para ti, que te
alejé antes de que te consumiera aún más mi oscuridad. Fui un egoísta
ingenuo que no creyó que realmente te marcharías. Me confié de tu
paciencia, y abusé de tu amor.

Hoy todo dentro de mí es un campo de batalla. Hago cosas sin alma,


esperando que salgan bien por azar. Pero yo mismo destruyó mi camino,
porque ya no encuentro propósito.

El trabajo se convirtió en un paréntesis entre la culpa y la nostalgia.


Llego agotado y me azotan las preguntas: ¿qué habría pasado si…? ¿Por
qué fui así? Me torturo reviviendo momentos, culpándome por los
errores, recordando también tus heridas. No consigo ver la fortaleza que
alguna vez creíste en mí. Me siento pequeño más pequeño, frágil.

La vida se volvió hostil conmigo, y el amor, contigo, fue la única


primavera que conocí. Cada vez que salía, cada vez que llegaba tarde al
cuarto donde alguna vez compartimos el calor de nuestros cuerpos y
nuestras almas, sentía que estabas ahí. No en pensamiento, sino en
presencia sutil. Tu aroma, tu risa, tu forma de ocupar el espacio. Pero
cuando noto tu ausencia, mi cuerpo se quiebra; el alma, inerme, se
desploma.
Cuando te fuiste, me convertí en un niño herido, sin forma de reparar
aquello que no entendía. Era la primera vez que algo escapaba de mis
manos sin esperanza de volver. No quedó siquiera un hilo de amor al
que aferrarme.

Fuiste dura, sí. Hubiese preferido que te marcharas antes, sin alimentar
falsas esperanzas, aunque yo te suplicara que te quedaras. Me
prometías cambios, y yo también lo hacía. Pero mi carácter, mis celos,
esa necesidad torpe de poseerte, me cegaban. Te amaba, por eso temía
perderte, pero ese amor se volvió prisión para los dos.

Te juzgué, te reproché… y tú también lo hiciste. Pero tú querías sanar,


buscabas el perdón. Yo me aferré a una falsa fuerza y me olvidé de lo
esencial. Tú amaste más. Aunque también jugaste con fuego.
Compartías tu atención con otros, pero volviste a mí porque, al final,
sabías que en mí estaba tu refugio. Yo te quise profundamente, y
permanecí contigo porque tú eras mi hogar. El resto era ruido,
distracción, vacío disfrazado. Lo entendí tarde, demasiado tarde.

Te extraño.

Extraño tu risa desordenada, tu mirada de niña, tu forma de hablarme


como si el mundo fuera sencillo sigo amando la forma en la que
hablabas como niña pequeña, mi niña... Extraño tu piel, tus pies, tu
cabello alborotado, ese color claro en tu mirada que calmaba mis
tormentas. Amaba esa naricita tuya, tan sutil, tan única.

Recuerdo muy bien la cicatriz en tu labio aquellos labios que decían que
me amaba.

Me causa emociones fuertes tus historias absurdas pero entrañables,


como aquella de la pepa del durazno en tu nariz o tus caídas de infancia.

No puedo no recordarte, porque tú fuiste la llama que iluminó la


habitación más oscura de mi alma. Ni mi madre, ni mi familia, nadie me
dio tanto como tú. A ti te conté mis sombras, mis traumas, mis
debilidades… y tú me abrazaste igual. Tengo todas nuestras fotos. No las
borré. Tampoco las miro. Están allí, como fantasmas.

El olvido sería más doloroso que la memoria. Te vi cambiar. Y debí


haberte llevado más lejos, a todos mis caminos, a cada rincón del
mundo. Debí haberte mostrado con hechos lo que mi corazón no supo
demostrar. Hay tanto que pude haber hecho para conservar tu corazón
cerca del mío…
Nuestro amor fue una primavera que yo transformé en un otoño
perpetuo. Donde tú traías veranos cálidos y noches de confidencias, yo
sembraba el hielo del invierno. Reímos mucho, lloramos más… Y aunque
me guste pensar que fui una buena persona, sé también que fui la
tormenta que arrasó con el jardín que tú cultivabas con amor.

Tú eras abrigo, paciencia, dulzura y carácter. Me esperabas con amor. Me


abrazabas, pedías mi beso cada mañana. Yo, en cambio, era caos,
desvelo, angustia, desconfianza. Fui el veneno que marchitó la flor que
me sostenía. No quise arrancarla, pero no supe cuidarla. Y así, tu
belleza, tu color, tu alma, se apagaron frente a mis ojos sin que yo
pudiera hacer nada.

Hasta que ese jardín, que fue nuestro refugio, se convirtió en un lugar
desierto. Silencioso. Y tan vacío como me siento yo ahora.

Te extraño, amada mía. Te hecho de menos con todo lo que soy y con lo
poco que me queda

Te acuerdas de la primera vez que te vi? Fue un momento tan


impactante para mí… No sabía en qué pensar: si en lo hermoso de tu
rostro o en cómo hacerte sonreír, aunque me pusiera hiperactivo.
Siempre fui tímido, bueno con las palabras, pero a tu lado me sentía
como un cachorrito perdido y asustado. Te abracé tan fuerte, porque
eras como esa mano que no me soltaba antes de caer a un abismo. Eras
una mezcla perfecta de pasión y belleza para mí. Y yo… solo un joven
que buscaba amor, placer, refugio. En ti encontré todo. Absolutamente
todo.

Pero todo pasó tan rápido que no supe si lo que sentía era amor de
verdad. Dicen que para amar no se necesita tiempo, sino un instante.
Quizás fue eso… tal vez Dios quiso ponernos a prueba. nuestro temple,
nuestra fortaleza, nuestro carácter. Pero somos humanos, y los humanos
también fallamos. Aun así, cada día era más lindo a tu lado. Trabajaba,
agotado físicamente, pero todo valía la pena porque tú ocupabas el
100% de mi mente. El cansancio se hacía pequeño cuando pensaba en
[Link] cuando pedí prestada la moto a uno de mis amigos que
trabajaba en el puente donde poníamos muros de contención, solo para
poder ir a verte. Fue un día maravilloso. No quería soltarte la mano.
Caminábamos hasta casi llegar a la curva del Alto, y las despedidas…
esas despedidas se hacían eternas. Solo nuestra presencia juntos valía
más que el tiempo mismo. Quería que el tiempo se detuviera, que los
minutos se pausaran, que las horas se durmieran, que el mundo se
frenara solo un instante. Pero frente al destino, éramos pequeños. La
despedida era lo más triste, pero el deseo de volver a verte era lo que
me motivaba día a día. Tú nunca supiste lo que yo sentía. Nunca
pensaste en mis temores, en mis problemas. No tenía dinero. Mi
familia… mi mamá, que lo es todo para mí, no supo manejar la situación
de mi carrera ni cómo ayudarme a salir adelante. Siempre discutíamos
por eso. Por eso tomé la decisión de irme a Retamas, cuando terminó el
trabajo en el puente. No podía quedarme con los brazos cruzados. En el
hotel donde trabajaba allá, me costaba mucho no poder ver a mi madre,
a quien necesitaba como apoyo... y mucho menos a ti. No podía apreciar
tu belleza, ni escuchar la melodía de tu voz, ni sentir la bendición de
tocar tu mano.

No podía más, por más que lo intentara.

Perdóname si te hice renegar, si alguna vez te mentí. Pero yo también


estaba luchando. Trabajaba, buscaba la manera de enviarte algún
regalito, algún detalle, solo para que pensaras en mí, aunque fuera por
un momento.

Porque en mi mente y en mi corazón, tú siempre estabas ahí.

A veces no había tema de conversación, pero yo recuerdo muy bien tu


gusto por la poesía, por las frases profundas, por lo intangible. Eras una
mujer complicada… con muchos secretos, con misterios que no podían
descifrarse con una simple mirada. Aquel silencio entre nosotros nunca
fue vacío: era un eco de lo no dicho, de lo sentido y nunca confesado.
Una noche no recuerdo la hora exacta, me encontré escribiendo un
poema. Era sobre la esperanza y en ti encontré esa chispa. Pocas líneas
quedaron grabadas en mi memoria, pero lo esencial perdura: me sentía
caminando sobre un péndulo, en equilibrio precario, esforzándome por
no caer. Iba de un punto A a un punto B y al final de ese recorrido
estabas tú. Tú, el significado de mi esperanza. La única constante en mi
vaivén emocional.

Amabas la poesía al igual que yo, y por un instante compartimos algo


más que palabras: compartimos el alma. Perdimos el rumbo, quizás,
entre lo profundo y lo prohibido. Inventamos, sí. Yo más que tú. Pero
contigo aprendí a recrear mis fantasías, a colorear mis vacíos. Sexual y
emocionalmente, eras todo lo que yo deseaba: esbelta, blanca, bonita
con ese toque de misterio que me enloquecía. Eras deseo y adicción,
eras poesía encarnada. No necesitaba más. Tú eras lo único que volvía
mis días interesantes. Vivía aburrido, buscando a alguien, y tú fuiste esa
ruptura en la monotonía. Algo cambiante, algo vivo. Me esforcé por ser
algo más, por dar más. Pero todo lo bonito tiene un principio que brilla y
un final que arde. Cometí el error más cruel. mirar tu pasado con ojos
de juicio. Fui un necio. Reproché tus caídas, tus relaciones, tu entrega a
quienes no supieron valorarte. Te traté como si te hiciera un favor al
quedarme, como si fueras un presente con historia defectuosa. Y me
equivoqué. Tú me quisiste. Fuiste detallista, dulce. Y aunque yo también
lo intenté lo hice desde la arrogancia. Soñaba con la idea de una mujer
más pura, más intacta, como si tu pasado empañara lo que eras
conmigo. Te amaba, sí. Amaba tu esencia, pero despreciaba tus
cicatrices. Ahora que cometí los mismos errores, qué fallé, que mentí,
que herí, siento un remordimiento que quema. Es un pensamiento
estúpido, pero me da paz.

pensar que no fuiste tú quien debió llorar por un niño malcriado como
yo. Y sin embargo, estuve allí. A mi forma, torpe y limitada, pero estuve.
Te apoyé, porque me importabas. Porque la Miss Lisset no era solo un
nombre. era una historia, una mujer, un universo. Y quizás tú no lo
sepas, pero tu presencia dejó versos escritos en cada rincón de mi
memoria.

Olvidando lo absurdo y estúpido que soy, todo tenía un significado


hermoso cuando se trataba de ti. Siempre fue excitante estar a tu lado,
¿sabes? Y tú lo comprobaste muy bien… Era un caliente, un maldito
desgraciado con las manos temblando de deseo por ti. Motivado por la
cólera, por la inseguridad, por las ganas de sentirme suficiente, me
esforzaba en el sexo… lo intentaba, lo deseaba. Aprendí mucho. Aprendí
a comerte con la boca, a saborearte con los labios, a hacer maravillas
con la lengua. Me encantaba perderme ahí, entre tus gemidos y tu olor.
Pero jamás, jamás supe cómo usar bien los dedos… Qué ridículo, ¿no?
Me lo imaginaba, creía que era bueno, pero solo era un idiota
hambriento, torpe, desesperado por complacerte.

Aun así, te amaba. Amaba todo tu cuerpo, cada parte. Eras tan delgada,
tan perfecta a mi modo, como un poema que no necesitaba rima para
ser hermoso. Llegaste a mí con miedo, sí, pero con esa decisión firme de
quedarte. Y lo hiciste. Viniste con tu mamá, una mujer que siempre te
protegió como si fueras de cristal, y a quien yo valoro mucho. Ella
siempre estuvo para ti. Y tú, tú confiaste tu vida a un niño inmaduro
como yo… Qué locura. Pero tú no eras como yo. Siempre fuiste más
madura, más consciente, más mujer. Aunque, claro, también tenías tus
torpezas... como esa forma adorable de amar dormir.
Y yo… yo amaba verte hacerlo. Acariciaba tu cabello mientras te
abrazaba por la espalda. Dormía pegado a ti solo para sentirte. Sujetaba
tu seno mientras dormías, maravillado por el cuerpo de la mujer que era
mía. Me encantaba tenerlo entre mis dedos, acariciarlo con suavidad o
apretarlo un poco, como si fuera mi ancla al paraíso.

Suena hilarante, quizás, pero lo que nunca podré olvidar es cómo te


veías al despertar. Esa carita rosada, los labios hinchados, los ojos
entrecerrados por el sueño. Era una mezcla de inocencia y deseo, de
amor y desvelo. Y cuando te acercabas medio dormida para darme un
beso antes de irme al trabajo… joder, era lo más hermoso que me podía
pasar. Tu aliento tibio, tu lengua apenas rozando la mía, tus pechos
desnudos contra mi pecho. Esa imagen me quemaba durante todo el
día.

Cuando trabajaba en San Francisco, las horas se hacían eternas. Quería


salir corriendo, huir del tiempo, ir a verte. Ir a ese pequeño cuarto donde
escondimos nuestras locuras, nuestras noches de sudor, gemidos y piel.
Ese cuarto donde tus piernas se abrían para mí con confianza, con
deseo. Donde me recibías húmeda, tibia, con la espalda arqueada y los
ojos cerrados, mordiéndote los labios mientras te devoraba. Ese lugar lo
guardo dentro de mí… con cada recuerdo, cada gemido tuyo, cada vez
que gritaste mi nombre con la voz rota de placer.

Ese día amaneció nublado. El cielo, cubierto por una manta espesa de
nubes. Todo esta silencio. Melancolía suspendida. Sin embargo, dentro
de mí, algo brillaba con suavidad. una alegría tibia, callada, que me
recorría. Era como si el clima se hubiera puesto de acuerdo con mi
memoria para llevarme de regresar a ese lugar.

Recordé mi pueblo. Ese rincón perdido en el mapa, casi olvidado por el


tiempo, donde el aire olía a tierra mojada y el alma encontraba reposo
en lo sencillo. Allí, nuestros corazones encontraron un hogar, aunque
separados por caminos largos y horas de viaje. La distancia, sin
embargo, nunca fue una barrera. Nuestro amor supo construir puentes
más fuertes que cualquier carretera. Ese día gris me trajo de vuelta a
Retamas, a una escena que aún vive con claridad en mí. Tú salías del
trabajo a las 8 en punto, siempre puntual, y yo fui con ese paraguas azul
marino. Las lluvias caían con furia. Yo te esperaba a mitad del camino,
justo en la avenida principal. Y entonces te veía venir. Mojada. Hermosa.
El agua había aplacado tu cabello lacio transformándolo en una cascada
que caía sobre tus hombros. Tus brazos se cruzaban sobre tu pecho
buscando calor, y tus piernas, temblorosas, se juntaban como si
quisieran protegerse entre sí. Era un cuadro perfecto. Un arte sin
pretensiones. Una belleza sin esfuerzo. En medio de ese paisaje lluvioso,
tú eras el centro de todo. Tu rostro, ligeramente rosado por el frío, tus
ojos que me buscaban entre la bruma, tu andar apurado y torpe… Nadie
podría haberme convencido de que aquello no era una obra maestra del
universo. Cuando por fin llegábamos al cuarto, tú solías reír. Te
despojabas del abrigo con gracia, y comenzabas a secarte el cabello con
la toalla rosa que nunca supe por qué no secaba nada jajaja, la desnudez
de tu cuerpo no era simple piel, era revelación, verdad, misterio. Y
cuando, por fin, te vestías, lo hacías con la calma de quien sabe que ya
lo ha dicho todo sin palabras. Yo, mientras tanto, te miraba. Te
observaba en silencio, con respeto, y con la sensación de que, en ese
momento, el mundo entero se detenía. Ese día no fue especial para el
calendario. No hubo fiesta, ni anuncios, ni testigos. Pero en mi memoria,
se quedó grabado como un poema que se niega a borrarse con el
tiempo. Un día gris, de esos que parecen insignificantes, pero que se
transforman en eternidad cuando el corazón sabe mirar.

Nunca supe el valor de los momentos que tuvimos hasta que ahora solo
son recuerdos. Cómo cuando me regalaste por mi cumpleaños unos
zapatos azules muy cómodos o como cuando me sorprendiste con tazas
personalizadas con una foto de nosotros o con los brazaletes que
compartimos. Carajo tu fuiste tan detallista y querías que esto
funcionará, por qué no me di cuenta antes porque solo por qué no pude
tener una pisca de decencia y amor hacia eso, me remuerde todo. No
puedo hacer nada más ahora y ni siquiera llorar, mi corazón necesita
calma, la angustia y el remordimiento me vuelve loco. Me siento
atrapado en mi culpa.

Te extraño.

Te extraño, pero ya no te elijo. Te pienso pero ya no siento nada o quizás


si, pero son sentimientos fríos y sin color.

Es 13 de mayo y aún no encuentro respuesta al porqué te sueño tan


frecuentemente. Te veo… pero a tu lado siempre hay alguien más que
no soy yo. Me he convertido en espectador silencioso de tu felicidad,
mientras yo muero lentamente por dentro. Todo es tan real. mi cuerpo
siente la pena, el dolor, el vacío. Luego despierto, pero la sensación
persiste, clavada como una espina que no cesa de doler. En uno de esos
sueños esos que duelen más que mil recuerdos creo verte en Retamas.
Estás ahí, como suspendida en el tiempo, y todo parece un carrusel de
imágenes: te observo cambiar de sonrisas, de muecas, de ropa… como
si cada versión tuya fuera una herida distinta abriéndose en mí. En otro
sueño, vuelves a sonreír. Esa sonrisa tuya, tan tuya, medio pícara, medio
inocente… y me estremece. Porque es como revivir un fragmento de lo
que alguna vez fuimos tú y yo. Pero el sueño, cruel como siempre, no
termina ahí. No me deja quedarme en el consuelo fugaz de tu rostro. Te
veo con alguien más. Un tipo. Te abraza. Te besa. Y tu, tú sonríes. Ambos
lo hacen, como si el mundo no se hubiese roto en mil pedazos. Y yo, yo
aborrezco esa escena. Me consume. Me desgarra. Mi mente se hunde en
un caos que no puedo detener. Quisiera que nada de esto fuera real.
Pienso aunque pensar ya me duele que quizás nunca debió ser así. Y
entonces, como dicen que la vida se va en un cerrar de ojos… despierto.
Pero sólo el eco de lo que vi. Sólo el silencio de una vida devastada… sin
yo haberlo querido.

Decir “me equivoqué” no basta. El perdón verdadero nace cuando el


alma se arrodilla ante su propia miseria y deja de justificarse. Durante
mucho tiempo creí que mi dolor me hacía especial, como si sufrir fuera
un mérito, como si cargar con la culpa me absolviera del daño que
causé. ¡Qué engaño más soberbio! Me revolqué en la pena no como un
penitente, sino como un mártir orgulloso. Hice del dolor un altar y del
castigo, una identidad. Y en el fondo, lo sé: era una forma retorcida de
seguir haciéndome el protagonista. Decía que sufría por ella, pero en
realidad sufría por mí. Por haber fallado a la imagen idealizada de quien
creía ser. Decía que me dolía haberla perdido, pero lo que me carcomía
era haber perdido el control, el lugar en su historia, el pedestal que
ocupaba en mi mundo interno. La autodestrucción fue mi refugio, pero
también fue mi arma: una forma de manipular mi propia memoria, de
hacerme la víctima para no enfrentarme con el victimario que llevaba
dentro. Yo.

He descubierto que no hay acto más egocéntrico que el de negarse a


sanar por orgullo. Que negarse al perdón a recibirlo o a darlo es, en
realidad, querer seguir teniendo razón. Pero uno no se redime teniendo
razón. Uno se redime aceptando la verdad… aunque duela. Y la verdad
es que fui yo quien lastimó. Que por querer llenar mis vacíos, le vacié a
ella el alma. Que por no tener la valentía de enfrentar mis miedos, la
arrastré a un abismo que no merecía. El perdón no empieza cuando ella
me disculpe. Empieza cuando yo deje de adorar mi culpa como si fuera
un trofeo del sufrimiento. Empieza cuando deje de mirar mi dolor como
un castigo y lo vea como una oportunidad. Una advertencia. Empieza
cuando el amor propio deje de ser discurso y se convierta en acción. He
aprendido que perdonarse no es olvidarse del daño que se hizo.

Es recordarlo sin justificarlo.

Es asumirlo sin dramatizarlo.

Es mirarse al espejo y decirse. No fuiste quien debiste ser… pero aún


puedes llegar a serlo.

Hoy dejo de hacer del dolor una excusa.

Hoy bajo la cabeza, pero no para hundirme… sino para recoger los
pedazos de quien alguna vez fui y con ellos construir algo más digno.
Porque al final, el perdón es eso: una decisión consciente de no volver a
destruirse.

Ya no es necesario encontrar un sierre o una conversación final por qué


ya tengo todo lo que necesito para avanzar, por qué la forma en la que
te alejaste de mi mostró mucho de lo que eres capaz.

Lo que tuvo que pasar pasó la existencia no tiene botón de reinició, no


tú e el control de mi mismo y mi mundo se desmoronó, no solo en el
tema amoroso, fui un mal hijo muy indiferente al amor más grande de
mi vida que es mi madre, fui totalmente deshonesto conmigo, en mis
estudios estuve muy mal y creía que no ver el problema me mantendría
tranquilo hasta que todo se me vino encima, fue una catástrofe que yo
provoque. Sin duda fui yo el enemigo de mi naturaleza pasada. No
puedo negociar con el pasado, pero puedo aprender de ellos, no hay
nada que pueda cambiar pero se que no debo hacer. Quise haber sido
contraria.

Recuerdo cuando discutimos ese fue el quiebre de un dolor.

—¿Por qué? —me dijo con la voz quebrada, como si cada palabra que
saliera de su boca rompiera un poco más la jaula donde había guardado
tanto dolor—. ¿Por qué me mentiste si decías que me amabas?

La miré. Sus ojos estaban inundados, pero no era sólo agua: era un
océano entero de confianza rota, de esperas que nunca regresaron, de
promesas que no supieron sostenerse de pie.

—Porque fui cobarde —le respondí, sin encontrar refugio en mis propias
palabras—. Porque me temblaba el alma de enfrentar mis heridas y te
arrastré sin querer al incendio que llevaba dentro.
Ella cerró los ojos, y una lágrima descendió como si fuera la última gota
de fe que le quedaba.

—Yo te creí… yo te amé con el alma. A veces pienso que te amé más de
lo que me amé a mí misma.

—Y eso fue lo que más me dolió —susurré—. Ver cuánto me dabas


mientras yo aún no sabía dar sin destruir.

—Yo lloraba por ti cada noche, —dijo— y tú salías a beber y llegabas a


dormir como si nada pasara.

—Dormía abrazado a mi miedo. A ese monstruo que me decía que


vendría por mi, que tenía que esconder partes de mí para que no te
fueras.

—Y sin embargo me perdías más cada vez que ocultabas algo.

Guardamos silencio. De ese silencio espeso que ya no es pausa, sino


abismo.

Luego ella habló, como si hablara desde una grieta que había nacido
dentro de su pecho:

—¿Sabes qué fue lo que más me dolió? No fue la mentira. Fue darme
cuenta de que confiaba en ti más que tú mismo. Yo era un hogar, y tú
entraste como un incendio.

Me estremecí.

—Yo te amé —le dije, con la voz hecha cenizas—. Te amé con la torpeza
de quien no sabe amar limpio, de quien confunde apego con cuidado y
miedo con amor.

—Y yo te amé con los ojos cerrados… creyendo que tú me veías con los
tuyos abiertos.

Sus palabras eran puñales bañados en ternura.

Me acerqué, pero no la toqué. A veces el amor también sabe que debe


mantenerse a distancia.

—No sé si merezco tu perdón —dije—. Pero si alguna vez ves en mi


arrepentimiento la sombra de un hombre nuevo, recuerda esto: el amor
que te di estaba lleno de errores, sí… pero también de verdad. Sólo que
no supe cuidarlo. No supe cuidarte.
Ella respiró hondo.

—A veces el amor no muere porque se deja de amar, —murmuró—


muere porque la confianza sangra hasta que se vacía.

—¿Y tú… me sigues amando? —pregunté, como si de su respuesta


dependiera mi redención.

Ella no contestó con palabras.

Sus ojos, llenos de amor y de dolor, lo dijeron todo: sí… pero ya no como
antes.

Sí… pero con una herida que jamás olvidará cómo se hizo.

Tú no lo recuerdas.

Pero yo sí.

Yo lo recuerdo todo, como se recuerda un incendio que ya devoró la


casa.

Dormías, y el mundo parecía detener su marcha sólo para verte soñar.

Te estirabas, sin miedo, sin peso, sin culpa.

Y en tus sueños, tú eras libre…

Mientras yo, despierto, me convertía en prisionero de mi propia


cobardía.

Yo te miraba dormir y creía —ingenuo de mí— que el amor bastaba.

Tú sonreías en medio del silencio.

Y yo tocaba tu espalda como quien toca un milagro sin saber que lo va a


romper.

No lo entendía entonces.

No entendía que el amor no se sostiene si uno no se ama lo suficiente


como para no hacer daño.

Yo creía amarte.

Pero la verdad…

Te deseaba como se desea el aire en un cuarto sin ventanas.

Con desesperación, con ansiedad, con miedo a perderlo.


Y en ese miedo, mentí.

En ese miedo, desconfié.

Y por miedo… te perdí.

Tú fuiste la respuesta, Pero yo tenía demasiadas preguntas sin resolver


en mi alma.

Y el amor no es un refugio si se entra con las manos sucias.

Yo no fui cruel por maldad.

Fui cruel por egoísmo.

Porque pensé que bastaba con quererte mucho,

Sin cuidar el cómo.

Y tú…

Tú te fuiste apagando como una vela que nadie protegió del viento.

Ahora duermo en camas ajenas o vacías.

No importa.

En ninguna siento lo que sentía cuando respirabas al lado mío,

Cuando el silencio se vestía de ternura y no de ausencia.

Verte dormir era como ver a Dios hacer arte con tus párpados cerrados.

Y yo, estúpido, con el alma en ruinas,

Solo sabía amar a gritos… cuando tú pedías calma.

Tú ya no estás.

Y, sin embargo, vives en cada rincón donde yo intento reconstruirme.

Estás en la música que ya no puedo oír sin ahogarme,

En los colores que ahora me parecen más grises,

En las fotos que ya no abro, pero no me atrevo a borrar.

Vivo en automático.

Mi cuerpo va. Trabaja. Responde.

Pero mi alma…
Mi alma se quedó dormida contigo aquella última noche,

Cuando tú te fuiste de mí mucho antes de cerrar la puerta.

Necesito a Dios.

No para que me devuelva tu amor.

Sino para que me enseñe a perdonarme

Por haberlo malgastado.

Por haber destruido lo único puro que tuve entre las manos.

Y no sé si merezco que leas esto algún día.

Pero si lo haces, y si aún queda en ti una chispa de lo que fuimos,

Quiero que sepas esto:

No te recuerdo porque me duelas.

Te recuerdo porque fuiste verdad.

Y yo…

Yo era sólo un hombre que no supo vivir en la luz.

Así que cuando dormías…

Yo destruía, sin saber, lo que más amaba.

Hubo un tiempo en que la niebla de la inconsciencia me parecía libertad.


Me movía entre rostros y risas efímeras creyendo que estaba buscando
algo, pero lo único que hacía era perderme a mí mismo. Esta no es una
excusa, no busco redención gratuita. Solo quiero escribirlo como fue:
brutal, triste, vergonzoso.

Salí con tu amiga. No una, sino tres veces. Y en la última, cuando sus
labios rozaron los míos sin previo aviso, creí que era el destino jugando
sucio. Me dejé llevar. No por amor, ni por deseo auténtico, sino por una
especie de vértigo emocional que confundí con vivir intensamente. Fue
una estupidez. La miré como quien mira un reflejo distorsionado y pensé
que eso era belleza. Lo que sentí fue una mezcla de adrenalina y vacío,
un delirio histérico más parecido a una fuga que a un encuentro.

No la culpo. Fue mi decisión. Mi cobardía. Mi ignorancia sobre el


verdadero valor del respeto y la lealtad. Pensé que podía correr entre
brasas sin quemarme, pero el fuego no tuvo piedad. Yo mismo encendí
esa llama.

Mientras tanto, tú estabas allí… en nuestra habitación, sumida en una


espera silenciosa, tal vez aún creyendo en mí. Y yo, el que prometía
amor, salía con excusas baratas como. Iré con mis amigos o saldré a
tomar, cuando en realidad solo huía de lo que no sabía sostener: la
verdad, el compromiso, el amor real. Te fallé más de una vez. No solo
con traiciones físicas, sino con la ausencia emocional, con el descuido de
todo lo que valía la pena. Bebía, hablaba con otras, me envolvía en
ilusiones huecas que no llenaban nada. Solo proyectaban la sombra de
mis propias carencias.

Hoy me avergüenza esa versión mía. No porque quiera esconderla, sino


porque comprendo —por fin— que era un fantasma movido por
impulsos, sin propósito, sin sentido. Perdí el amor de mi vida por no
saber amar. Perdí tu confianza por no saber ser honesto ni conmigo.

Ya no soy esa persona. Me alegra decirlo con la voz temblorosa de quien


ha tocado fondo. Pero ese pasado me acompaña como un espejo roto:
cada pedazo refleja lo que fui, y al unirlos me recuerda el precio que
pagué por mi ceguera.

Ahora escribo esto no para justificarme, sino para entenderme, para


sanar desde la verdad. Porque solo quien se enfrenta a su propia
oscuridad puede comenzar a ver la luz con claridad.

Hace poco, el corazón me dolía como si alguien lo apretara con manos


invisibles, crueles y antiguas. No era un dolor cualquiera, era ese tipo de
angustia que no se puede nombrar sin quebrarse. En plena madrugada,
mi pecho se cerraba como si el mundo se encogiera dentro de mí. Me
ardía la espalda, me asfixia a casa momento la sensación. Y, sin
embargo, me era familiar. Demasiado familiar.

Era el mismo presentimiento oscuro que me visitaba cuando era niño —


cuando aún no sabía ponerle nombre a la ansiedad, pero sí podía
reconocer el presagio en los huesos. Siempre que algo malo iba a pasar,
algo en mí se estremecía antes que el mundo lo confirmara.

Esa noche, llamé a mamá. Llamé a mi familia, uno por uno, buscando
calmar esa alarma interna que me desvelaba. Pero todos estaban bien,
vivos, intactos. Sin embargo, mi temor persistía, como una sombra
detrás de la puerta. Temía por ti.
Sí, por ti.

Habías comenzado a aparecer en mis sueños con demasiada frecuencia.


Eran visiones difusas pero llenas de un simbolismo que me aplastaba el
pecho. No eran simples sueños, eran llamados. Ecos de algo que no
sabía cómo interpretar, pero que dolían más que cualquier herida visible.

Durante el día, vagaba por las horas con un solo deseo: encontrarte.
Hablarte. Decirte, aunque sea un “hola” tembloroso. Pero mi voluntad
era una criatura rota, frágil, hecha trizas por el miedo. Yo era un hombre
sin coraje, sin esa seguridad básica que uno necesita para tocar las
puertas que de verdad importan. La idea de acercarme a ti me
paralizaba tanto como me ilusionaba. Vivía entre la esperanza y la
cobardía, entre el amor que calla y el dolor que grita por dentro.

Y así, mi alma caminaba a ciegas, llevando un peso que solo tú podrías


entender.

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