LA MONA LISA DE LA
ORATORIA
SECRETOS DE LA ORATORIA
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Capítulo 1: El Lenguaje Corporal
− La forma en que te movés, cómo usás las
manos y dónde dirigís la mirada dice tanto
como tus palabras. En oratoria, el cuerpo es
parte del discurso. No basta con hablar bien:
hay que parecer que lo que decís te
pertenece.
Moverse de forma natural
− Evitá caminar de un lado a otro como si
buscaras salir del escenario. Tampoco te
quedes rígido. Lo ideal es moverse con
intención: dar un paso cuando hacés una
afirmación, moverte hacia adelante al hacer
una pregunta, o quedarte quieto cuando
necesitás que escuchen algo importante. Tu
movimiento debe seguir el ritmo de tu
discurso, no interrumpirlo.
Posición erguida y pies anchos de hombre
− Tu postura es tu primera declaración.
Mantené la espalda recta, los hombros
levemente hacia atrás y los pies separados al
ancho de tus hombros. Esa base te da
estabilidad y proyecta seguridad. No es
cuestión de parecer agresivo, sino sólido.
Cuando te parás con firmeza, tu cuerpo le
dice al público: “Estoy acá y estoy listo”.
Las manos se deben mover naturalmente
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− No escondas las manos en los bolsillos ni las
agites sin control. Usalas como herramienta
para subrayar ideas. Mostrar las palmas
transmite honestidad; cerrar los dedos en una
pinza al enfatizar, transmite precisión. Lo
importante es que los gestos acompañen lo
que decís, no lo contradigan.
Sostener la mirada en alguien cuando es el
público
− Uno de los errores más comunes es “mirar al
público” sin ver a nadie. En cambio, elegí una
persona en cada zona del salón y mirala
mientras hablás, como si estuvieras teniendo
una conversación. Esto genera conexión y
credibilidad. Si el auditorio es grande, rotá la
mirada en segmentos. Nunca esquives los ojos
del público: es ahí donde se construye la
confianza.
Capítulo 2: La Voz como Instrumento
− La voz es la herramienta más poderosa del orador. No solo
comunica ideas: transmite emociones, autoridad, dudas o certezas.
Aprender a usarla bien no es un lujo, es una necesidad. La buena
noticia: se puede entrenar.
Proyección de la voz
− Hablar fuerte no es gritar. Proyectar la voz significa que te
escuchen bien en toda la sala, sin esfuerzo. Para lograrlo, el aire
debe salir desde el diafragma, no solo desde la garganta. Ejercicio
simple: imaginá que hablás a alguien que está al fondo de una
cancha. Eso obliga a usar el cuerpo para sacar la voz con potencia.
Variar la velocidad y poner pausas
− No hables como si corrieras una maratón. Las mejores ideas
necesitan espacio. Acelerá cuando querés generar energía y
entusiasmo. Bajá el ritmo para generar expectativa o énfasis. Y
nunca subestimes el poder de una pausa. La pausa le da tiempo al
público para absorber lo que dijiste… y para esperarte con
atención.
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Elocuencia y fluidez
− Ser elocuente no significa usar palabras rebuscadas. Significa
elegir bien lo que decís, y decirlo con claridad. La fluidez es hablar
sin trabas, sin muletillas innecesarias (“eh”, “este”, “digamos”). La
práctica constante es la única manera de mejorar. Leer en voz alta,
grabarte, corregirte. Nadie nace orador, todos se hacen.
Modularla en subidas y bajadas
− La voz monótona duerme. Jugá con la entonación. Subí cuando
estés emocionado, bajá para confidencias. Este juego crea una
curva sonora que mantiene al público atento. Si hablás todo al
mismo nivel, por más interesante que sea el contenido, perdés a tu
audiencia.
Ejercicios prácticos
Trabalenguas: Mejoran la agilidad verbal. Practicá uno cada día y
aumentá la velocidad sin perder claridad.
Leer exageradamente: Elegí cualquier texto y leelo en voz alta
como si estuvieras actuando en una obra. Exagerá la entonación.
Este ejercicio libera la voz y rompe inhibiciones.
Lápiz en la boca: Poné un lápiz horizontal entre los dientes y tratá
de leer un párrafo en voz alta. Luego, leélo sin el lápiz. Vas a notar
cómo se libera la articulación.
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