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Cuentos cortos para niños y valores

El documento presenta varias historias infantiles que transmiten valores como la generosidad, la importancia de la figura paterna y la valentía. En 'El regalo mágico del conejito pobre', un conejito ayuda a otros animales con ramitas mágicas, lo que resulta en una abundante granja. 'El club de las alas grandes' muestra cómo los niños fomentan la participación de sus padres, mientras que 'El gallo, el pato y las sirenas' y 'Cuento de la ratita presumida' abordan la amistad y las consecuencias de la superficialidad, respectivamente.

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Cuentos cortos para niños y valores

El documento presenta varias historias infantiles que transmiten valores como la generosidad, la importancia de la figura paterna y la valentía. En 'El regalo mágico del conejito pobre', un conejito ayuda a otros animales con ramitas mágicas, lo que resulta en una abundante granja. 'El club de las alas grandes' muestra cómo los niños fomentan la participación de sus padres, mientras que 'El gallo, el pato y las sirenas' y 'Cuento de la ratita presumida' abordan la amistad y las consecuencias de la superficialidad, respectivamente.

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EL REGALO MÁGICO DEL CONEJITO POBRE

Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales.
Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que
le entregó un saco con varias ramitas. "Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes
usarlas" El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando
en darles buen uso.
Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar.
"Dame algo, por favor", le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como
eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le
enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la
dio a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito
siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita
mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato
ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.
Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se
mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó
su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dio a él.
En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde
están las ramitas mágicas que te entregué? ¿qué es lo que has hecho con ellas? El
conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije
que si las usabas bien serían más mágicas? ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que, a partir de sus ramitas,
¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena
de agua y comida para todos los animales!!
Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su
generosidad hubiera devuelto la alegría a todos.
EL CLUB DE LAS ALAS GRANDES
Andrea llegó aquella tarde contentísima a casa.
- Mamá, ya podemos echar a papá de casa. Solo sabe poner normas y exigir. Y,
cuando está contento, se dedica a jugar en vez de hacer cosas importantes.
- Pero, hija ¿por qué dices eso?- preguntó su madre.
- Porque hoy en la escuela una señora nos ha explicado muy claro que los hombres no
sirven para nada y que las mujeres nos bastamos solitas para llevar una familia y una
casa. No me extraña, viendo a papá, yo ya me lo estaba imaginando.
- Te equivocas, cariño, los buenos papás como el tuyo hacen mucho más de lo que
parece…
Y entonces su madre empezó a sacar libros y revistas que hablaban de la importancia
de los padres en la educación, el desarrollo de la autoestima y la confianza, las
habilidades sociales y un montón de cosas de las que Andrea no entendió ni una
palabra.
- Mami - le interrumpió - ¿no me lo puedes decir de forma que yo lo entienda?
- Claro que sí. Los papás, haciendo las cosas a su manera, son los que hacen que os
crezcan las alas.
Andrea ya no quiso oír más ¡Iba a tener alas! Al día siguiente extendió su entusiasmo
a todos los niños y niñas de su clase. Pero algunos estaban preocupados. Carlos
apenas veía a su papá, pues pasaba casi todo el día fuera.
- Si no me regaña, ni juega conmigo, ni me exige, no creo que vayan a salirme las
alas.
- A mí tampoco- decía Marta, casi llorando- mis padres se separaron y a mi papá solo
puedo verlo de vez en cuando.
- Pues crearemos “el Club de las Alas Grandes” para obligar a nuestros papás a hacer
crecer nuestras alas.
Dicho y hecho. Todos en la clase se unieron al club y se lanzaron ilusionados a buscar
formas de pasar más tiempo con sus papás. Si hacía falta, los mismos niños les
enseñaban a poner normas, regañar o jugar a juegos tontos. Con su entusiasmo y sus
buenos resultados terminaron por convencer a muchos otros papás y mamás para
unirse al club y preparar todo tipo de excursiones, fiestas y actividades. Hasta el papá
de Carlos comenzó a salir antes del trabajo, y la mamá de Marta dejó que su padre
fuera a visitarla cuando quisiera.
Al finalizar el curso celebraron una gran fiesta. A ella asistieron todos los papás, que
fueron premiados con la insignia especial del Club de las Alas Grandes. Todos
estaban alegres y felices. Todos, menos una persona: aquella señora que les había
contado que los hombres no servían para nada. Acercándose a la madre de Andrea, le
preguntó en voz baja:
- ¿Por qué toda esta celebración? Aquí sobran muchísimos papás.
- ¡Qué va! -respondió- gracias a ellos a todos estos niños y niñas les van a crecer las
alas.
- ¡Menuda tontería! Los niños no vuelan.
- No es verdad - interrumpió Andrea- los niños volamos cuando nos salen las…
Pero no pudo acabar la frase. Al mirar a los ojos de la mujer solo pudo encontrar
rencor y, oculta entre tanto odio, la sombra de una triste niña que nunca había tenido
alas. Ella no sintió odio, sino pena, y fue entonces cuando comprendió que sus alas,
aquellas que estaba haciendo crecer su papá, nunca tendrían plumas, pero le
permitirían volar mucho más alto que cualquier pájaro.
EL GALLO, EL PATO Y LAS SIRENAS
Un gallo y un pato discutían tanto sobre si existían las sirenas, que decidieron
averiguarlo yendo al fondo del mar.

Bajaron viendo primero pececitos de colores, luego peces medianos y grandes, hasta
que todo estaba oscuro y no veían nada. Entonces les entró un gran miedo y subieron.
El gallo estaba aterrado y no quería volver, pero el pato le animó a seguir intentándolo,
y para calmarle llevó una gran linterna.

Bajaron, y al llegar a la oscuridad, cuando estaban pasando más miedo, encendieron


la linterna y descubrieron que estaban totalmente rodeados de sirenas, que les podían
ver en la oscuridad. Ellas les contaron que pensaban que no les querían, porque la
otra vez se habían ido justo cuando les iban a invitar a una gran fiesta, y se alegraron
muchísimo de volver a verles.

Y gracias a su valentía y su perseverancia, el pollo y el pato fueron grandes amigos de


las sirenas.
CUENTO DE LA RATITA PRESUMIDA
Érase una vez una ratita que era muy presumida. Un día estaba barriendo su casita, cuando de
repente encontró en el suelo algo que brillaba: era una moneda de oro. La ratita la recogió del
suelo y dichosa se puso a pensar qué se compraría con la moneda.
“Ya sé, me compraré caramelos. ¡Oh no!, se me caerán los dientes. Pues me compraré pasteles.
¡Oh no! me dolerá la barriguita. Ya sé, me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.”
La ratita guardó la moneda en su bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el mercado le pidió al
tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casita.
Al día siguiente, la ratita se puso el lacito en la colita y salió al balcón de su casa para que todos
pudieran admirarla. En eso que aparece un gallo y le dice:
— Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?
Y la ratita le dijo:
—No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?
—Yo cacareo así: quiquiriquí —respondió el gallo.
—¡Ay, no!, contigo no me casaré, me asusto, me asusto —replicó la ratita con un tono muy
indiferente.
Se fue el gallo y apareció el perro:
— Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?
Y la ratita le dijo:
—No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?
—Yo ladro así: guau, guau — respondió el perro.
—¡Ay, no!, contigo no me casaré, me asusto, me asusto —replicó la ratita sin ni siquiera mirarlo.
Se fue el perro y apareció el cerdo.
— Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?
Y la ratita le dijo:
—No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?
—Yo gruño así: oinc, oinc— respondió el cerdo.
—¡Ay, no!, contigo no me casaré, me asusto, me asusto —replicó la ratita con mucho desagrado.
El cerdo desaparece por donde vino, llega un gato blanco y le dice a la ratita:
— Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?
Y la ratita le dijo:
—No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?
—Yo maúllo así: miau, miau— respondió el gato con un maullido muy dulce.
—¡Ay, sí!, contigo me casaré, tienes un maullido muy dulce.
La ratita muy emocionada, se acercó al gato para darle un abrazo y él sin perder la oportunidad
de hacerse a buen bocado, se abalanzó sobre ella y casi la atrapa de un solo zarpazo.
La ratita pegó un brinco y corrió lo más rápido que pudo. De no ser porque la ratita no solo era
presumida sino también muy suertuda, esta hubiera sido una muy triste historia.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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