Cogobierno y MAS en Bolivia (2006-07)
Cogobierno y MAS en Bolivia (2006-07)
La idea y la práctica del cogobierno significó en Bolivia que los movimientos de matriz sindical
dirigieran el país junto a –o en el lugar tradicional de– los partidos políticos, encarnando la
concreción en el nivel estatal de la construcción contrahegemónica del campo popular. El artículo
se propone dar cuenta de esta práctica histórica durante el primer año de gestión del gobierno del
Movimiento al Socialismo (MAS). Se analiza, pues, la relación entre Movimientos Sociales y el
gobierno enfocando la mirada en el Ministerio de Aguas y el Ministerio de Minería y Metalurgia,
además de revisar el papel de las organizaciones sociales en la totalidad del entramado político del
poder ejecutivo. Más en detalle, se repasa el sentido dado a la instancia de control social, a la
relación entre dirigentes y núcleos de autoorganización, a la dinámica del instrumento político para
finalmente desbrozar la diferencia entre cogobierno y administración estatal. La hipótesis central
que subtiende el trabajo es que el MAS cumple el papel dirigente del proceso político, de modo
que es en su accionar donde se deben encontrar las causas que potencien los niveles deliberativos y
democráticos presentes en el país andino-amazónico.
En el año 1952, la Revolución Nacional sentó las bases del Estado moderno en Bolivia y el
entramado institucional que nacía tuvo al cogobierno como una de sus piedras fundantes. Desde
entonces, la interrelación entre el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y el
proletariado minero vencedor del ejército oficial dio origen a una de las principales ideas-fuerza
que nutrieron la memoria colectiva del país andino-amazónico, la cual representó en su variante
práctica que los movimientos de matriz sindical dirigieran el país junto a –o en el lugar tradicional
de– los partidos políticos, encarnando la concreción en el nivel estatal de la construcción
contrahegemónica del campo popular.
En concreto, el cogobierno consistió en la presencia de representantes de la Central Obrera
Boliviana (COB) en las instancias neurálgicas del poder ejecutivo. Pero este diseño institucional
era efecto de una democracia de base sostenida en los socavones mineros, de una fuerza de masa
encarnada en las estructuras sindicales y de una capacidad coercitiva de las milicias populares,
obreras y campesinas. En este tiempo de convulsiones, la presidencia de Víctor Paz Estenssoro
(1952-56) tuvo en la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal las
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Historiador. Investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad
de Buenos Aires. CONICET y CLACSO.
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acciones de gobierno que irían consolidando un nuevo bloque histórico destinado a durar, la
escritura del “Libro de Abril” que afianzó el ideologema nacional-revolucionario en el país. Y así
y todo, la dirección última de la apertura política fue encauzada por el MNR, burgués en lo
ideológico y pequeño burgués en lo económico-social, frente a la debilidad de la dirección
ideológica del movimiento minero, inhibiendo la creación de una sociedad postcapitalista como
desenlace de la situación revolucionaria
A pesar de la modernización económica y política, el Estado ha continuado recibiendo el
adjetivo de “aparente”, a causa de la tradicional gelatinosidad de su armazón institucional, de la
imposibilidad de hacer converger en su accionar a una clase dirigente ausente, pero también
debido a la singular potencia de sus mediaciones sindicales, desde 1952 la naciente COB pasó a
representar un actor político decisivo sólo opacado por la dictadura militar de Barrientos (1964-
69). Es esta misma “irreversibilidad de las masas” –como manifiesta Zavaleta– la que gestó un
nuevo proceso de cogobierno. La asamblea popular fue caracterizada como la mayor experiencia
estatal de la clase obrera en América Latina. Durante la presidencia de Torres (1970-71) un
verdadero germen de poder dual reemplazó al poder legislativo nacional y convocó al sector
trabajador de la nación a ejecutar un programa socialista, redimensionando los alcances del
cogobierno instaurado en 1952. El proletariado poseía el sustento ideológico del que carecía años
atrás, pero esta vez no contó con el control del aparato coercitivo para imponer su voluntad estatal,
de modo que el golpe banzerista perpetuaría los regímenes de facto conservadores por casi diez
años (Zavaleta, 1987).
En noviembre de 1979, la movilización de las masas trabajadoras persigue la instauración de
un régimen democrático, conquista que logran plenamente para 1982. La llegada al sistema
eleccionario permitió que la Unión Democrática Popular (UDP), constituida por los principales
partidos de izquierda y apoyada por la COB, se hiciese del gobierno, encumbrando a Siles Zuazo
en la presidencia de la República. Atravesando una galopante crisis económica, la UDP trató de
reponer el cogobierno, que apenas fue respaldado por la central sindical, y tras una sucesión de
fracasos (inflación incontrolable, precios inocuos de los minerales) la experiencia de la izquierda
partidaria se precipitó anticipadamente, dejando abierto el camino a nuevas elites políticas que
instalarían el ideario neoliberal. En definitiva, exceptuando los períodos militares y la era de
“reformas estructurales” que surcó Bolivia desde 1985, el cogobierno ha estado de continuo
presente –con diferentes grados de intensidad– en la historia contemporánea de Bolivia.
Ciertamente, desde mediados del siglo pasado las visiones sobre el sistema político del país se
fundaron en el derecho popular a intervenir los procesos de deliberación y toma de decisiones a
nivel nacional desde los niveles básicos de autoorganización colectiva. Ni propiamente moderna –
aunque embebida en la tradición socialista– ni propiamente “liberal”, la práctica del cogobierno es
un producto “mestizo” donde los sindicatos provocaron una fusión político-cultural que ahonda
sus raíces en la persistente dimensión agraria y comunitaria. Si su práctica resulta clave, ello se
debe a que subtiende una forma de afirmar el nombre de la democratización. En definitiva, tal
como sostiene Luis Tapia: “Históricamente, la igualdad ha sido pensada como cogobierno” (Tapia,
2006). A la par, era una dinámica que hacía pareja con la cogestión, que implicaba la presencia de
las organizaciones obreras en la administración macroeconómica. Los trabajadores y sus
representantes formaban parte de todos los niveles de las empresas nacionalizadas, de cada ámbito
público ligado a la minería. De este modo, la cogestión daba cuenta de una singular composición
política de clase en la que el bastión de la estructura productiva se convertía en un elemento
inmediatamente disruptivo, al identificar proceso de trabajo, organización sindical y
administración colectiva.
Las condiciones estructurales en las que se desenvuelve la presidencia de Evo Morales distan
de parecerse a las que abrigaron a esta “forma estatal” en sus sucesivas manifestaciones históricas
y, sin embargo, su huella aparece como un índice problemático para dar cuenta de la actual
relación entre organizaciones sociales y Estado; incluso esta misma diferencia lleva a la pregunta
por su vitalidad actual. Aquellos papeles jugados por los representantes de clase en los sitios
neurálgicos del poder político se nos aparecen como un índice problemático que señala la
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posibilidad de escudriñar ejes históricos signados por una longue durée, al tiempo que se inscriben
en un nuevo marco.
La práctica del cogobierno da cuenta en Bolivia de una escala –un “efecto estatal”– y una
recurrencia histórica profundamente singular. En este sentido, nos convoca la necesidad de pensar
el cogobierno al interior de una coyuntura en la que la acción colectiva tiende a verse
comprometida de manera irreversible con los ribetes estatistas que embargan a las actuales
gestiones del continente, abriendo a la problematización acerca de la aparición de la lucha dentro
de los marcos institucionales. La idea de cogobierno pivotea entre la dimensión social y la política,
circula entre las instancias de autoorganización y el gobierno nacional, pasa de la flexibilidad del
movimiento social a la ordenación más rígida del partido político, mientras comunica todas estas
dimensiones. En el plano normativo no sólo da cuenta de un nivel ampliamente desarrollado de
“independencia de clase” o de autonomía política, también muestra las derivas hacia la
subordinación, jerarquización o cooptación de las organizaciones por parte de los niveles macro-
institucionales del Estado.
El ciclo que se abre parece desplegar una incógnita frente a los contenidos fuertemente
antiestatistas que bien nutrieron el ciclo político con el alzamiento zapatista de mediados de la
década del noventa (Barrett et al., 2005). El dilema no se asienta solamente en cómo los
movimientos aparecen como poderes antiestatales, sino en qué medida logran componer la
autonomía con formas de articulación de democracia directa nacional, y de qué manera desde el
gobierno se potencian las formas de participación gestadas desde abajo, hasta qué punto es posible
distinguir entre política de gobierno y acción de Estado. Hemos comprobado para América Latina
la inusitada capacidad destituyente de una sociedad civil activada. Desde Buenos Aires a Oaxaca,
los movimientos lograron interrumpir las mediaciones tradicionales del poder político, pero
posiblemente no haya sido tan contundente su capacidad para crear una nueva institucionalidad.
Así, la idea de cogobierno busca indagar sobre una suelo coyuntural hoy nítido para las prácticas
de emancipación, lo que parece estar en juego es la problematización de una experiencia
postleninista del Estado.
En apertura de perspectivas, lo que se presenta en el horizonte es la capacidad constituyente de
los movimientos, la posibilidad de expandir el denso entramado organizativo que hasta aquí los
vivificó, más aún si se tiene en cuenta que las organizaciones consideran al gobierno como el suyo.
Y a su vez, se ponen a prueba las expectativas de materializar una vida mejor en el país más pobre
de Sudamérica, sosteniendo una apropiación de excedentes en el Estado capaz de crear las
condiciones para una mayor autonomía productiva. Al hacer esta afirmación no sólo apuntamos a
señalar la evidencia de que se ha modificado la coyuntura, sino a señalar que el ensayo de
múltiples movimientos sociales constituyendo la trama del gobierno nacional es una novedad, tal
como recordaba García Linera, que no guarda similitudes geográficas ni históricas (García Linera,
2006).
Por tanto, en este trabajo intentamos indagar acerca de la dinámica del gobierno de Evo
Morales en su relación con las organizaciones sociales. Dentro del vasto sistema de gobierno nos
centramos en el poder ejecutivo, base del poder del MAS, instancia de gran centralidad para las
organizaciones afines, ante todo porque el Poder Legislativo se encuentra fuertemente subordinado
a las directivas que parten de la presidencia, tal como afirma un legislador del MAS paceño: “A
veces tengo la impresión de que vienen los proyectos de la presidencia y estar acá para una sola
cosa: Levantar la mano”. Y el Poder Judicial se muestra en todo contrario a los nuevos aires, por lo
cual a mediados de 2007 el oficialismo se encontraba avanzando sobre él. Nos concentraremos en
dos instancias privilegiadas, el Ministerio de Aguas y el Ministerio de Minería y Metalurgia, para
luego reseñar los perfiles asociativos más amplios y los nuevos modelos de articulación que los
movimientos establecen con el brazo ejecutivo del Estado. En este desarrollo, tratamos de
identificar el accionar de una serie de sujetos políticos centrales del bloque de poder en ascenso: la
Federación de Juntas Vecinales de El Alto (FEJUVE) –ciudad que “contiene a la nación”–, el
Movimiento al Socialismo (MAS), el proletariado minero y el movimiento indígena.
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El trabajo se inscribe en el marco de la sociología política, utiliza la imprescindible historia, y
se funda en un seguimiento de la realidad local a través de periódicos de circulación nacional y de
numerosas entrevistas realizadas a informantes claves 1 . En el recorrido del trabajo de campo, una
serie de preguntas fueron estructurando la investigación: ¿Cómo fue decidida la participación de
los movimientos en el Estado? ¿Cuáles son y qué grado de institucionalización y peso político
poseen las instancias de decisión y los canales de participación de las organizaciones sociales en el
gobierno? ¿Es el “evismo” una proyección que busca de manera casi absoluta la
autorepresentación y autonomía de las propias organizaciones subalternas o prevalecen las lógicas
de subordinación y cooptación? ¿Acaso se presentan las tendencias clientelares y corporativas en
la administración pública? ¿Cuáles son los proyectos que produjo el gobierno en el área próxima
de los movimientos y qué dificultades se presentaron en su gestión?
Nos proponemos, pues, dar cuenta de la marcha concreta que el cogobierno presenta en el
devenir del poder ejecutivo, puesto que será aquí donde pueda o no plasmarse, debido a que es en
esas prácticas cotidianas donde día a día se prueba su materialidad. Vale decir que también hemos
querido descentrar la atención de la Asamblea Constituyente, no sólo porque es una instancia lo
suficientemente visitada, también abrigamos el anhelo de que prácticas “micropolíticas” iluminen
igual sobre las tendencias no tan visibles pero igual de determinantes. Así, buscamos seguir un
recorrido problemático, tratando de esquivar definiciones tajantes o valoraciones apresuradas, para
mejor pegarnos a las encrucijadas de la política concreta que atraviesa hoy el pueblo boliviano.
Procuramos, por último, sopesar los atisbos de una nueva institucionalidad en disonancia con el
consolidado patrón neocolonial, con las dinámicas del discurso liberal-mercantil fuertemente
asentado en los últimos años; es decir, los caminos posibles de la imagen clásica de la sociedad
movilizada frente a los intentos de abroquelamiento de la región en la que se concentra el espectro
opositor: la media luna conformada por los departamentos del oriente.
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Las citas que forman parte del escrito son producto de un seguimiento de la realidad boliviana a través de periódicos
de circulación nacional, de entrevistas a informantes claves y otras fuentes primarias reunidas en el trabajo de campo.
No hemos incorporado los nombres propios de los entrevistados debido a que en Bolivia existe una ley que impide a
los funcionarios emitir juicios salvo que sea su función. En la práctica esto no sucede, pero dado que algunos preferían
mantener el anonimato, optamos por mantener uno generalizado.
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ineficiente, que la participación colectiva era un estorbo a la modernización mercantil y que los
partidos políticos eran los únicos depositarios de la soberanía, se terminaron consolidando los
núcleos de organización política-popular. Ellos expresan diferentes ejes históricos –las
comunidades del altiplano festejaban el 21 de junio el año nuevo 5.515 mientras que los cocaleros
se agruparon en el último tiempo–, formatos de acción colectiva disímiles –desde el bloqueo
rotativo de caminos, propio de la tecnología comunitaria, hasta el recorrido de las rutas a
dinamitazos como acostumbran los mineros–, marcos identitarios poco análogos –del clasismo al
modernismo indigenista–, demandas variadas –desde las necesidades vecinales mínimas hasta la
nacionalización de los hidrocarburos–. Y a la vez son núcleos que profesan un mismo rechazo al
neoliberalismo que quiso disolverlos, la igual matriz del sindicalismo combativo de raíz
comunitaria, los surca cierto aire nacional-popular, una memoria de derechos reivindicados e
inexorablemente propios, una igual axiomática autoorganizativa. Este último ha sido el rasgo
central de la acumulación colectiva, o su síntesis más saliente. En Bolivia no ha calado el proceso
de descolectivización propiciado por el neoliberalismo, antes bien, las redes de reciprocidad e
intercambio siempre mantuvieron su presencia, así como se ha intensificado la autonomía de las
organizaciones.
Por último, dispuestas a democratizar la arena política y a contraponerse al recambio partidario
de derecha que se gestó durante el período de pactismo neoliberal, en contra de la tesis del
“indianismo puro” y del “obrerismo puro”, el instrumento político surge en 1995 como una
mixtura, una llegada a la esfera política desde el terreno social: la Confederación Sindical Única de
Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Federación Nacional de Mujeres Campesinas
de Bolivia “Bartolina Sisa”, y las Seis Federaciones Coca Trópico del Chapare son los organismos
matrices del MAS: “Aquí no hay relaciones por afinidad, nada de eso –sostiene un dirigente
potosino–, sino que por naturaleza el MAS es dependiente de la CSUTCB y de otras
organizaciones porque es hijo nacido y criado en el seno de estas organizaciones. Son hijos, y el
hijo no puede gobernar a la madre o al padre”. El instrumento político encarnó una escalada que
tuvo a la democracia electoral como un espacio de intervención y acumulación colectiva,
orientación a la que también abonó el Movimiento Indígena Pachakuti conducido por “el malku”
Felipe Quispe. El crecimiento del MAS ha sido vertiginoso, tras la Ley de Participación Popular de
1994, bien importante porque descentralizó la administración y las instancias de elección
otorgando una importancia mayor a los poderes locales, pasó a ocupar la intendencia de muchos
municipios: “Ganábamos los concejales y los alcaldes casi por mayoría absoluta. El MAS combina
organización sindical, implantación territorial y organización política”. Luego, en las elecciones
presidenciales de 2002, Evo Morales ocupó el segundo lugar a pocos votos del “Goni”, y
consiguió 4 diputados, proyectándose como una fuerza de alcance nacional.
Para las elecciones de 2005, el partido contaba con el respaldo de las organizaciones que
dieron luz al instrumento político y estableció una serie de alianzas electorales con sindicatos
como la Confederación Nacional de Mediana y Pequeña Empresa (CONAMYPE), la Federación
Nacional de Cooperativas Mineras (FENCOMIN) y la Confederación Nacional de Jubilados y
Rentistas de Bolivia (CNJRB), además de trabar lazos con partidos políticos como el Movimiento
sin Miedo (MSM) y otras agrupaciones de izquierda de menor envergadura. Hubo sectores que no
se acoplaron orgánicamente pero brindaron su beneplácito, la FEJUVE y la Central Obrera
Regional (COR) de la ciudad de El Alto, por ejemplo, conformaron un “bloque social” que apoyó
la candidatura de Evo Morales. El sistema de alianzas construido por el MAS se estableció
fundamentalmente con aquellas organizaciones que compartían la misma matriz sindical, buscando
hasta cierto punto mantener las afinidades ideológicas. Para algunos sectores se prometieron
espacios de gestión a cambio de votos, otras agrupaciones no estaban tras los cargos pero sí de la
capacidad de influencia en un futuro gobierno, y algunas eran antiguas compañeras de ruta del
MAS.
Hay que mencionar que a la hora de la votación la capacidad interpelatoria del líder resultó
central, tanto la figura de Evo Morales como también la de García Linera aglutinaron tras de si los
significantes que convocaron a la muchedumbre electoral. La elección de Álvaro García Linera
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como candidato a vicepresidente permitió limar los ribetes más disruptivos del dirigente cocalero y
aumentar la apelación a los sectores medios citadinos. No es un dato a despreciar la pobre
campaña sustentada por el opositor Tuto Quiroga, quien procuró reciclar a antiguos dirigentes
políticos ampliamente desprestigiados para la población. Y a pesar de que no esperaba alzarse con
la victoria y mucho menos de un modo tan contundente, el MAS logró aglutinar tras de sí a los
movimientos sociales, al espectro político de izquierda, y hacer del campo popular un vencedor,
obteniendo un triunfo arrollador, con el 53.7 de los votos. Evo Morales expresó una voluntad
popular generalizada que apunta a la posibilidad de llevar adelante un proceso de cambio frente a
las elites neoliberales que gobernaron durante un cuarto de siglo el país, evidenciando una
transversalidad étnica, clasista y regional, un universalismo propio de la fuerza que se hace del
gobierno (Stefanoni y Do Alto, 2006). Esa encarnación de lo múltiple de la cultura y de lo social
boliviano se representó en la triple asunción de Evo Morales durante el mes de enero de 2006: una
primera “coronación” que guardó los preceptos tradicionalmente reciprocitarios en el antiguo
centro religioso de Tiwanaku, con miles de malkus formados militarmente y comunidades que
celebraban a su presidente, la inmediatamente posterior asunción oficial en la que un acalorado
discurso de Evo Morales bendijo la gesta continua de luchadores antiguos y actuales, y el festejo
final en la plaza San Francisco de la ciudad de la Paz en el que fue recibido por el pueblo, la
Bolivia plebeya.
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El gobierno de Bolivia ha presentado el Plan Nacional de Desarrollo, que aspira a “remover la desigualdad y le
exclusión que oprime a la mayoría de la población boliviana, particularmente la de origen indígena y busca un nuevo
Estado social comunitario, descolonizado y fundado en la multidiversidad”.
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Desarrollo Rural, Agropecuario y de Medio Ambiente, o el de Minería. A su vez, se crearon otros
como el Viceministerio de Coordinación con los Movimientos Sociales o el Ministerio de Aguas.
La designación de los mandos de poder que encararían la gestión del ejecutivo quiso
evidenciar el papel que las organizaciones sociales vendrían a representar en él. Para el estratégico
Ministerio de Hidrocarburos fue nombrado Andrés Solís Rada, un “viejo combatiente
nacionalista” y crítico de las petroleras, en relaciones exteriores al indianista David Choqueuanca,
en Justicia –contra las corporaciones de abogados– fue designada la ex empleada doméstica
Casimira Rodríguez, bajo la constatación de que nadie más que ella podía saber lo que eran las
injusticias, y el activista Hugo Salvatierra ocupó el Ministerio de Asuntos Campesinos. Otras
carteras fueron asignadas con criterios corporativos: Trabajo quedó en manos del obrero fabril
Alex Gálvez Mamani, y en el Ministerio de Aguas fue nombrado el ex líder de la FEJUVE del
Alto Abel Mamani, mientras el Ministerio de Educación quedaba en manos del sociólogo aymara
Félix Patzi, y el ex dirigente cocalero Felipe Cáceres iba a Defensa Social (a cargo de la lucha
contra el narcotráfico). Pese al temor frente a una limpieza de los antiguos funcionarios públicos,
como venía sucediendo ante cada recambio de autoridades, el MAS tendió a mantener a los
empleados públicos de menor rango –cerca del 80 por ciento de la administración– en sus puestos
de trabajo. Por un lado, arguyendo la ausencia de una intelectualidad orgánica apta para el
desarrollo de tareas técnicas –en su momento Evo Morales expreso que “no hay gente capacitada
en las organizaciones”–; por otro lado, la estrategia consistió en ocupar los puestos de perfil
político bajo la idea de que las líneas directrices serían trazadas por la nueva elite en el gobierno,
mientras que la gestión práctica pasaría sin mayores dificultades por los habituales funcionarios de
Estado.
Ahora bien, una de las primeras medidas llevadas adelante por Evo Morales fue la elevación a
la cámara legislativa de la convocatoria a la Asamblea Constituyente, la cual fue promulgada a los
dos meses de estar en el poder. Tras ella, el simbólico día del trabajador decretó la nacionalización
de los hidrocarburos, en medio de una espectacular puesta en escena, que incluyó la ocupación
militar de las reservas más importantes y el anuncio de la medida desde el campo gasífero San
Alberto, que pertenecía a la transnacional Petrobras. Medida en mucho significativa, en principio
porque se inscribía así en la cadena de nacionalizaciones que acompañaron históricamente a los
gobiernos progresistas de Bolivia. En segundo lugar, debido a que obtuvo un amplio aval de la
población, siendo aceptada por cerca del 75 por ciento de los bolivianos, quizás el momento de
mayor popularidad del mandatario. Por último, constituyó el puntapié inicial de la política
económica neodesarrollista que despliega el gobierno del MAS, la constitución de un “capitalismo
andino” –así lo llama el vicepresidente García Linera– capaz de hacer del Estado un motor de la
economía, captando excedentes que luego se derramen en la pequeña y mediana industria, bajo un
protocolo de desarrollo armónico proporcionado por la sobredeterminación cultural indígena.
Estos dos hechos, a los que pueden sumárseles la mayor dignidad soberana frente a Estados
Unidos y la reivindicación de la “hoja sagrada” de coca, resultaron bien importantes porque el
gobierno de Evo Morales hasta aquí ha llevado adelante el programa que hizo las veces de
articulación política de los movimientos durante los últimos años: la convocatoria a una asamblea
constituyente y la nacionalización de los recursos.
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posición y de propuestas de parte de las organizaciones campesinas, indígenas, vecinales, regantes
-afirmaban desde el Ejecutivo-, ahora se plasma en la creación del Ministerio del Agua”. A su
cabeza se nombró a Abel Mamani, quien siendo presidente de la Federación de Juntas Vecinales
(FEJUVE) alimentó la movilización alteña contra la ola privatizadora. A primera vista parecía que
se apuntaba a tejer un vínculo orgánico con la estructura de movilización de la ciudad, pero el flujo
de relaciones tendió a tomar otros carriles, puesto que Mamani fue inmediatamente declarado
“persona no grata” por los nuevos referentes de la FEJUVE bajo la consideración de que no había
consultado a las bases y que los estatutos de la organización barrial prohíben la participación en
política privilegiando “el trabajo cívico”.
Ya para mediados de 2006 el tratamiento de los recursos acuíferos tenía un lugar bien definido
en el Plan Nacional de Desarrollo, plasmado en las formas que adquirirían su marco institucional,
sus metas, estrategias y programas. Un año después el plan de cuencas y el de saneamiento básico
son los que se estuvieron implementando con más fuerza, y en menor medida los proyectos que
procuran afianzar el sistema de riego nacional. Empero, la aplicación de las políticas públicas tiene
un límite preciso señalado por una funcionaria del Ministerio: “Todo es casi financiamiento
externo. Los europeos dicen que algo es bueno y se invierte allí. El mayor obstáculo es la plata. Se
está gestionando conseguirla, hay carpetas que se juntan en el Viceministerio de Inversión Pública
y Financiamiento Externo. Para el plan de saneamiento de 500 millones que necesitamos hay 194
aproximadamente, por eso vamos despacio”. En definitiva, es más que evidente que un país que no
cuenta con recursos abultados es proclive a depender, tal como primó durante los 90, de la
consideración de las Organizaciones No Gubernamentales -que abundan en el país andino-
amazónico- y del financiamiento de los organismos multilaterales de crédito.
Pese a estos impedimentos, el objetivo central del Ministerio ha sido confirmar la definitiva
expulsión de Aguas del Illimani, distribuidora privada de agua de La Paz y El Alto, lo cual se ha
alcanzado a principios de 2007. La filial de la transnacional Suez se comprobó que había
incumplido múltiples ítems del contrato de servicio, pero su salida fue “amigable”, es decir, se
produjo gracias a un acuerdo en el que aceptaba la necesidad de irse y recibía pocos capitales en
compensación pero no era expropiada, debido a que “se fue tratando de llegar a un punto medio
donde el gobierno de Bolivia no se perjudique ni la empresa, porque si nos perjudicábamos ambos
iba a ser terrible, iba a afectar directamente a los servicios de agua” 3 . Se fundó entonces la
Empresa Pública y Social de Agua y Saneamiento (EPSAS) que actualmente se encuentra en vistas
a diseñar su futuro perfil general mediante una comisión compuesta por representantes de las
municipalidades del Alto y La Paz, de ambas FEJUVES y del Ministerio de Aguas. Hasta tanto, ha
desarrollado un plan quinquenal que tiene dos características, por un lado es un plan estratégico
que proyecta llevar adelante infraestructuras de gran escala: redes primarias de agua potable, de
alcantarillado o plantas de tratamiento del agua residual para la ciudad del Alto; por otro, es un
conjunto de acciones de emergencia, ya que Aguas del Illimani había descuidado holgadamente la
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Una de las metas anunciadas por Abel Mamani al asumir fue la de completar el proceso de expulsión de la
proveedora de agua para la ciudad de la Paz y del Alto: Aguas del Illimani, filial de la transnacional Suez, de capitales
franceses, una de las dos empresas más importantes del rubro a nivel global. Durante el año que duró la definitiva
ruptura del vínculo -el decreto que ordenaba su terminación se firmó en enero de 2007- se sucedieron una serie de
negociaciones y entredichos que fueron centrales en la dinámica del Ministerio. Un abuso del precio de las
conexiones, cobros ilegales, falta de mantenimiento del alcantarillado, falta de cobertura de agua potable, inversiones
que provenían de créditos otorgados por organismos multilaterales, como el Banco Mundial, pero conseguidos con
ayuda del gobierno, fueron los argumentos que fundamentaron la medida. Los argumentos que apoyaban una “salida
amigable” de Aguas del Illimani esgrimidos por el gobierno son que si así no fuese se perjudicaría la normal
distribución del recurso en el último tiempo, que Bolivia perdería en un tribunal internacional como el CIADI -
instancia que a mediados de 2007 el país abandonó- haciendo mucho más abultada la suma a abonar, que de este modo
no se podrían producir futuros reclamos, que Bolivia se vería comprometida en el escenario internacional de créditos.
Desde el Ministerio afirman que la empresa Suez comenzó solicitando una indemnización de 45 millones de dólares
americanos, que “luego de 200 reuniones” terminaron siendo 11 millones de dólares, el cual constituyó el capital en un
comienzo invertido pero que finalmente se transformaron en 5 millones y medio de dólares pagaderos en cuotas
semestrales en un período de siete años -hasta el 2013- en bonos del Tesoro General de la Nación.
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provisión, orientándose a un crecimiento vegetativo del universo de usuarios en base a la
ampliación de las redes secundarias.
Los obstáculos que encuentran estos proyectos son relativamente claros, en principio se
requiere para el próximo quinquenio una inversión de 40 millones de dólares. Otro es el relativo a
las expectativas de la población respecto a la ansiada rebaja de tasas y tarifas, pero un estudio
recientemente realizado por una consultora -aseguran desde EPSAS- concluye que habría que
mantener los precios actuales. Hoy por hoy, el crédito de 5.5 millones de dólares otorgado por el
Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela (BANDES) -posible por el convenio de la
Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) que integran Venezuela, Cuba y Bolivia- es lo
que permite estabilizar la nueva entidad. En el Alto, la cobertura del servicio del agua ronda el 70
por ciento, la mayor deficiencia se encuentra en la red de alcantarillado sanitario, que requiere una
inversión no fácilmente recuperable. Evo Morales en junio de 2007 inauguró obras públicas para
las zonas más necesitadas de la ciudad, una primera inversión fue hacia el distrito cinco, para
infraestructura de alcantarillado, con recursos conseguidos por la misma EPSAS (200 mil dólares
es la ganancia mensual), puesto que el objetivo es siempre la reinversión.
Al definir el término “empresa social”, los objetivos que la guían parecen ser más bien
moderados, como ampliar los plazos de pagos para obtener la instalación del servicio o el
reforzamiento de la red de información ambiental, y otro tanto puede decirse de la instancia de
control social, a la que referencian como órgano de inspección anticorrupción y de presentación de
iniciativas ante la dirección, un esquema blando siempre proclive a las injerencias corporativas y al
nepotismo en la designación de cargos, como suele afirmarse que aconteció con la empresa
estatizada en Cochabamba (Mondaca, 2006) 4 . Es que, sea como fuese, las perspectivas están un
tanto alejadas del proyecto que el mismo Abel Mamani presentó cuando comandaba las protestas
de 2005 buscando la expulsión de la compañía francesa, donde sería una asamblea articulada en
todo el territorio alteño la que se situaría en el vértice superior del esquema organizativo de la
nueva empresa y le prescribiría su rumbo.
La nueva gestión estatal trajo consigo una alteración de los componentes político-ideológicos
que normaban el discurso acerca de los recursos hídricos. En el intento de reemplazar la “lógica
empresarial” que primaba, y a tono con nuevas concepciones que a nivel mundial retoman la
misma consigna de la lucha de Cochabamba en el año 2000 “el agua para la vida”, desde el
gobierno se busca ampliar las connotaciones tradicionales que son parte constitutiva de
comunidades indígenas y pueblos originarios. Así, el agua se concibe atravesada por lógicas
culturales, como puede ser su factor vital en la construcción de los lazos sociales o su carácter
armonizador de la relación del hombre con la naturaleza. En esta cosmovisión, los recursos
hídricos son expresivos de la “reciprocidad”, cuya distribución debe basarse en los “principios de
justicia, solidaridad, equidad, diversidad y sostenibilidad”. En definitiva, elementos que aparecen
asociados a la gestación de un “Estado Social y Comunitario”. Igualmente, se pretende tener en
cuenta un patrón de índole técnico-administrativa, donde las huellas de la eficiencia, la reinversión
y la planificación posean un espacio, así como la ganancia que debe redituar en su reproducción
continua. Finalmente, aparece la necesidad de que tal concepción se plasme en un nuevo marco
legal que venga a reemplazar al anterior de 1906, el ministro Abel Mamani afirmaba que “tenemos
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Como parte de las políticas privatizadoras impulsadas por el Banco Mundial para América Latina, en 1999 el
gobierno boliviano resuelve conceder a una empresa trasnacional, Bechtel (Aguas del Tunari en su nombre local), la
facultad de gestionar y distribuir toda el agua de la ciudad de Cochabamba y alrededores. Esto fue considerado por la
población como un atropello: el contrato fue casi clandestino, violentaba las formas tradicionales establecidas para la
distribución del recurso; incrementaba las tarifas para hacer pesar sobre la población las inversiones de modernización
del sistema, y expropiaba de hecho los pozos que alimentaban la red privada o comunitaria. El debate sobre la ola
privatizadora se convierte en una insurrección popular como nunca antes se había visto en Cochabamba, de la cual
surge la Coordinadora por la Defensa del Agua y de la Vida. En abril de 2000 la ciudad completa se levanta en contra
de la privatización del agua y decide, en cabildo abierto, mantener tomada Cochabamba hasta que se eche abajo la ley.
Se inicia un proceso de construcción política con la confluencia de sectores rurales y urbanos, indígenas y campesinos,
trabajadores fabriles y desocupados; inaugurando el ciclo político contencioso que deriva en la presidencia de Evo
Morales.
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urgencias, es muy importante tener una nueva ley de aguas, que reconozca a todos los recursos
hídricos como parte del dominio del Estado”.
Si enfocamos la participación popular y de las organizaciones en la recientemente creada
estructura del Ministerio, existen dos instancias específicas cuyo lugar en el organigrama político
administrativo las sitúa entre la cúspide ministerial y los viceministerios. El primero de ellos es el
Consejo Interinstitucional del Agua (CONIAG) que tiene por finalidad específica elaborar un
nuevo marco legal para la utilización de los recursos hídricos, una vez cumplida esta tarea se
disolverá. Su fin, ya pautado en el decreto supremo 26.599 del 20 de abril de 2002, es abrir un
espacio de diálogo y concertación entre el gobierno, del cual participan representantes de nueve
Ministerios, y las organizaciones económicas y sociales -21 en total-, para adecuar el actual marco
legal, institucional y técnico relacionado con la temática del agua, de manera que se ordene y
regule la gestión de los recursos. La idea es estimular un proceso de consulta, de “recepción de
propuestas” con miras a construir un preproyecto de la ley de aguas. El año 2006 realizaron
diversas reuniones y talleres-seminarios en distintas áreas del país. En la última reunión, tras 32
borradores, se han consensuado los diversos proyectos y presentado a la Asamblea Constituyente
uno en el que se reivindica el agua como “un derecho humano y un bien social para el beneficio de
todos los bolivianos” o se asegura que “la gestión del agua superficial y subterránea es
competencia del Estado unitario, plurinacional, comunitario, previa consulta y aceptación de los
pueblos indígenas, originarios y campesinos y las organizaciones sociales, siendo obligación del
Estado normar, proteger y promover el uso sustentable del agua”.
En paralelo, el Ministerio de Aguas cuenta con un dispositivo específico y permanente de
relación con las organizaciones sociales: el Concejo Técnico y Social -creado mediante la Ley
LOPE-, “abierto a la participación de las organizaciones sociales, directamente vinculadas a la
temática del agua, con el objetivo de definir, participar y opinar sobre las políticas públicas”. El
representante oficial afirma: “Es el único ministerio que tiene esta instancia. O sea, que si no la
aprovechamos para realmente hacerlo propio de los movimientos que han estado en las luchas,
sería como un fracaso”. Durante el año 2006, ha ido elaborando sus estatutos y reglamentos pero
se halla atado a una serie de dilemas: si son los técnicos o los referentes de las movimientos
quienes lo rigen, cómo paliar la falta de participación de movimientos imbuidos de la temática
como la Confederación Nacional de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) o el Consejo Nacional
de Ayllus y Markas del Qullasuyo (CONAMAQ), o de otros que prefieren no participar, y también
la ausencia en la discusión de temas sustantivos; todos elementos que llevan a que se encuentre, a
mediados de 2007, tras un tiempo de prueba, en un período de readecuación. Es que desde el
Ministerio resulta más que claro que las organizaciones sociales son actores muy significativos en
el área, que en ellos reside una parte no menor de la legitimidad de las políticas públicas: “La ley
de Agua Potable, ¿quiénes la van a sostener? Van a ser los usuarios con los cuales están
relacionadas las diferentes empresas en Bolivia de agua potable, y si tú no participas, si tú no
conversas, no los haces participar de unas instancia como la del Consejo Técnico Social, quizás tu
ley puede tener éxito pero también puede tener un fracaso, que dentro de un tiempo pueda caerse”.
Aunque se aprecie el intento por fomentar la participación, los actores sociales más
importantes del sector no están a tono con la política que parte del poder ejecutivo. La nueva
gestión de la FEJUVE encuentra fuertes disidencias de algunos distritos -cuatro de los nueve no
fueron proclives a su designación- y serias dificultades para movilizar a sus bases, imposibilidad
comprobada en los sendos intentos de protesta fallidos para destituir al prefecto local 5 . El poder
revocatorio de la FEJUVE no encuentra su lugar en el nuevo contexto, lo que deriva en decisiones
más bien individuales desligadas de las bases y en la búsqueda de canales institucionales de
5
La FEJUVE es una estructura de movilización que ha tenido un protagonismo de primer orden en las movilizaciones
que en octubre de 2003 derrocaron a Gonzalo Sánchez de Lozada y en el año 2005 al buscar la definitiva expulsión de
Aguas del Illimani. Agrupa cerca de 500 asambleas de base distribuidas en los nueve distritos de la ciudad de El Alto -
lindante a La Paz-, y produce reivindicaciones de fuerte carácter vecinalista que se combinan con demandas de escala
nacional en los momentos álgidos de la acción colectiva. Actualmente es un actor de primer orden en la política
urbano-territorial del país.
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negociación. La falta de apoyo explícito al MAS y el carácter cívico hoy acentuado contribuyeron
a que se vea relativamente relegada del entramado político nacional y del control de los recursos.
La participación popular se mantiene en las reuniones vecinales, abocadas a las tareas locales en
sintonía con un gobierno que perciben como suyo: “Estamos esperando porque el gobierno es
nuestro” afirma una socióloga vecina de El Alto. Es que el Estado absorbió las demandas
populares; no es un dato menor que sea la primera ciudad del país que tendrá un sistema de
conexión de gas domiciliario, que se haya llevado adelante -con sus bemoles- la expulsión de
Aguas del Illimani y que se destinen recursos -magros pero presentes- para la infraestructura
pública de los distritos.
Paralelamente, resulta significativo que una organización que ha sido central en la apertura del
ciclo contencioso boliviano, que instaló la problemática acerca del manejo de los recursos hídricos
y aportó una renovación a las prácticas políticas, la Coordinadora del Agua y la Vida, se sitúe hoy
en la neta oposición. Lo propio hace la Asociación Nacional de Regantes, que acusa de prácticas
corruptas (malversación de las acciones de EPSAS) al ministro Mamani. En palabras del principal
referente de “La Coordinadora”, Oscar Olivera, el “Ministerio no funciona de manera transparente
y en movimiento porque es conducido unipersonalmente por Mamani”, y EPSAS está “peor que
antes, hay partidocracia, un sindicato que se ocupa de sus intereses y la participación social no
existe”. En fin, como corolario a estas apreciaciones, decidieron que en el transcurso de estos
meses finales de 2007 tomarán el Ministerio de Aguas con el propósito de obtener la renuncia de
Mamani.
6
Para 1980 la comercialización de minerales producidos por las empresas de COMIBOL representaba cerca del 60 por
ciento de las exportaciones bolivianas, para fines de la década del noventa sólo el 5 por ciento. De igual modo, hasta
1980 existían unos 17.000 cooperativistas en Bolivia y en el año 2000 el sector se triplicó al contar con 47.538 socios
y una cantidad de personas dependientes estimada en 251.951. A fines de 1991 se estimaba que existían 52
cooperativistas, 12 en la chica, 7 en la mediana y 5 en la estatal. El aporte de la minería al Producto Interno Bruto
(PIB) ha decrecido desde 1990.
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políticos del país pero que durante los tiempos neoliberales fue reducida a una Secretaría de Estado
para luego encontrar un destino aún menor. Presidió la cartera Walter Villarroel, antiguo
presidente de FENCOMIN y miembro de la cooperativa “La Salvadora” de Huanuni, una de las
ventajas que negoció el sector a cambio del apoyo al MAS para el proyecto “Evo Presidente”. Las
otras fueron la participación en la lista parlamentaria -hoy poseen tres diputados- y la entrega de
las concesiones mineras cuyos contratos tengan observaciones. El abultado caudal electoral de los
trabajadores por cuenta propia, por tanto, se inclinó en las elecciones hacia el actual mandatario, a
quien rápidamente exigieron la promulgación de medidas que les beneficien en su faena extractiva,
cargos en representaciones diplomáticas del extranjero y presentaron una lista de técnicos de
FENCOMIN para integrar la plana estatal -anteponiendo que “no se trata de un cuoteo político ni
sectorial”-. Ha sido la misma dislocación producida por la desaparición de la minería estatal en
1985 la que hizo crecer ampliamente al sector cooperativo, que lejos de sostener prácticas
productivas igualitarias tendió a tejer relaciones laborales asimétricas e individuales, bajo pautas
de funcionamiento cercanas a las de una pequeña empresa.
Desde un comienzo el ministro Villarroel procuró establecer una política consensuada con los
diversos actores del sector, hecho esperable pero complejo, tónica análoga a la que sustentaba el
primer mandatario, quien afirmaba ante la FSTMB la necesidad de “refundar COMIBOL y
recuperar las minas para el pueblo” y ante los cooperativistas “una política de captación de 1.300
millones de dólares de inversión privada y apoyo financiero y técnico”. No resulta extraño que
ante esta ambivalencia en el proyecto político-económico para el área la COB demandase
naturalmente la destitución del ministro y lo propio hiciese la FENCOMIN, ya que una de sus
corrientes buscaba un perfil técnico del que –decían- Villarroel carecía. Tampoco lo es, entonces,
que durante ocho meses se hayan sostenido un total de 16 reuniones infructuosas con los
principales actores de la minería, teniendo como eje las características que adquiriría la
refundación de COMIBOL. Mientras los mineros asalariados demandaban una estatal minera
productiva, los cooperativistas una que sea solamente administrativa, aunque ambos sabían de la
falta de financiamiento y reivindicaban el control estatal sobre los yacimientos. Eusebio Gironda,
asesor técnico de la presidencia, afirmo que “no aceptan nada, ni el uno ni el otro sector”.
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activó numerosas organizaciones sociales y cívicas orureñas, la obligó a quedarse en Huanuni y en
la actualidad permanece como la única mina bajo administración directa de la COMIBOL.
Asimismo, el cuadro del cerro Posokoni se completaba con otros actores igual de importantes,
que adquirieron una presencia cada vez mayor durante la década de los noventa. Luego de la
relocalización, en Huanuni se formarían las cooperativas La Salvadora, compuesta por
trabajadores provenientes de la mina situada a 100 kilómetros de Huanuni: Catavi Siglo XX, y
luego Nueva Karazapato, Playa Verde y Relaveros Libres, está última dedicada a la
aprovechamiento de los residuos de minerales echados al río. En total agrupaban a cerca de 4 mil
trabajadores. La actividad de los jukus -tradicionalmente conocidos como “ladrones de mineral”,
cuyo origen se remonta a tiempos coloniales- luego del decreto 21.060 se incrementó hasta niveles
nunca alcanzados en todo el siglo XX. Los “lobos”, así son llamados por los obreros
sindicalizados, se adentran por las galerías del cerro para lograr hacer una diferencia mínima,
generalmente se inmiscuyen en la noche por entradas laterales, arrastrándose por cavidades
mínimas a fin de burlar a la “policía sindical”. En 2000 COMIBOL informó que Huanuni era la
mina más afectada por esta actividad, reportándole una pérdida de cerca de medio millón de
dólares mensuales.
La convivencia de tantos sectores permite adivinar que la tensión en Huanuni no es nueva. En
abril de 1997 los cooperativistas hicieron estallar miles de dinamitas para así tomar por la fuerza
todo Posokoni, sólo un paro de 24 horas decidido por los asalariados y una serie de
intermediaciones hicieron que los cooperativistas se contentasen con ampliar sus conseciones
hacia los sectores de “Duncan” y “Harrison”, colindantes con los socavones de la COMIBOL,
tornando aun más precaria y compleja las actividades de explotación del cerro 7 . Los
cooperativistas, además, poseen cierta alianza con los jukus, en julio de 2001 por ejemplo, fueron
apresados por la policía sindical una serie de lobos que habían robado material y sólo las mujeres
de los trabajadores pudieron evitar una confrontación de considerables dimensiones frente a la
acusación cooperativa de haber tratado con excesiva rudeza a quienes carecen de otra alternativa
para llevar “el pan a sus hogares” (Cajías, 2007).
Es la misma tensión histórica alimentada por años en los que los antiguos trabajadores de
COMIBOL acusaban de “pequeño burgueses” y los cooperativistas retrucaban “rojos subversivos”
la que venía despuntando en los primeros meses del gobierno de Evo, alimentada por los sabrosos
ingresos que reporta actualmente el estaño, gracias a la bonanza de los precios internacionales. En
suma, quedó en nada la promesa de 2003, cuando los obreros de la empresa Huanuni y las
cooperativas lucharon juntos por la reversión estatal de la mina, y sus líderes acordaron con un
abrazo en el Paraninfo de la Universidad Técnica de Oruro pelear por su demanda y luego discutir
el trabajo conjunto del estaño del Posokoni. “Todo eso ha sido desechado, ahora las posiciones
divergentes traen discordia a la localidad y pueden derivar en consecuencias fatales. Sin embargo,
las bases pueden cambiar este horizonte, mascan la coca juntos en el interior de la mina”, en
palabras de Policarpio Calani, alcalde del poblado de Huanuni.
Efectivamente, la mañana del 5 de octubre de 2006 el distrito minero de Huanuni amaneció
con una serie de dinamitazos que tronaron en las cercanías del socavón Santa Elena del cerro
Posokoni. El sector cooperativo buscó ocupar las instalaciones estatales que acrecentarían sus
parajes en Huanuni topándose con la resistencia de los asalariados de la FSTMB, y de esta suerte
el pequeño poblado se transformó durante dos días en un campo de batalla. Evo Morales afirmó:
“Mis peores días en ocho meses de gobierno han sido ayer y anteayer, viendo a nuestros hermanos
mineros metiéndose bala y dinamita”; percibiendo a las claras las dimensiones que había adquirido
el enfrentamiento: 16 mineros muertos, 61 heridos de gravedad, pérdidas materiales por 10
millones de dólares, además de sumir en un estado de conmoción a todo el poblado minero y no
menos a la sociedad boliviana. Tal como señala Dunia Mokrani, se aparecía a la memoria sindical
como un “enfrentamiento fraticida”, cuyo desquicio general hay que rastrearlo en los efectos que
7
El cerro Posokoni tiene la característica singular, en comparación con otros de la región, de poseer una estructura
horizontal, lo que permite la existencia de diferentes explotaciones simultaneas sin que se entrecrucen fuertemente
entre ellas. La presencia de cooperativas en el cerro es anterior a la crisis de la minería.
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la era neoliberal produjo al disolver la cohesión política y productiva que caracterizaba al
proletariado boliviano, apenas resguardada por los mil obreros de Huanuni que buscaron revertir
ininterrumpidamente el proceso de capitalización desde el único yacimiento que quedaba en
manos del Estado (Mokrani, 2006). Una continuidad que podría resaltarse nuevamente, lo que
tenemos en el Sindicato de Mixto de Trabajadores Mineros de Huanuni es la perseverancia de la
estructuración sindical, una fuente de recreación identitaria, el núcleo de la irradiación obrera que
vemos en el proceso geopolítico de replicación organizacional.
Un atisbo de solución al conflicto comenzó con la propuesta de crear una empresa social
totalmente estatal que recibiera inversión y contemplara la inmediata creación de 4.010 fuentes
laborales para acoger a los cooperativistas locales bajo los alcances de la Ley General del Trabajo.
Luego de realizar populosas asambleas, en las que varios señalaron que ya no quieren cargar la
k’epirina (mochila de lona) porque prefieren percibir un salario, los cooperativistas de
K’arazapato, Libres Relaveros y La Salvadora aceptaron la iniciativa del gobierno -ante la
acusación de traidores de la matriz FENCOMIN-. El gobierno aseguró el anuncio de una Nueva
Política Nacional Minero Metalúrgica para el 31 de octubre, día clave en el que durante el año
1952 se habían nacionalizado las minas pertenecientes a los “barones del estaño” Patiño, Aramayo
y Rothschild, en el distrito minero de Catavi. Pero, sintomáticamente, una correlación tal del
tiempo encontró un desenlace menos tajante, debido a que la proclama quedó postergada, alegando
el poder ejecutivo falta de recursos y detalles a pulir pero teniendo de fondo la oposición de los
cooperativistas, cuyo líder potosino -Filomeno Qaqa Flores- afirmó en medio de una movilización
que la organización instruyó que en “cada mina, en cada socavón, un minero esté armado”.
Contribuyó también a ello la visita al Ministerio de funcionarios de la embajada de Suiza, quienes
expresaron su preocupación por el anuncio de estatización de los centros mineros que fueron del
ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y que estaban en manos de capitales de aquel país, o la
de los representantes de la minería mediana, inquietos por la decisión de revertir concesiones que,
aseguraron, dañarían la posibilidad de sostener proyectos grandes, como San Cristóbal y San
Bartolomé, impulsados por capitales estadounidenses..Así, pues, se anunció el más modesto pero
no poco importante Decreto Supremo 28.901 que determinó que todo el cerro Posokoni esté bajo
dirección y administración de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), tornando cierta la
terminante expresión del nuevo ministro Guillermo Dalence: “No más cooperativas en Huanuni”.
La alianza que unía a la minería cooperativista con el gobierno de Evo se disolvió
abruptamente, mostrando claramente los límites corporativistas que orientaron la construcción del
entramado político y electoral del MAS, disolución que no fue ruptura. Como era de esperar,
emergió en contraparte una alianza estratégica con el sector asalariado de Huanuni, con la
FSTMB. Pero, por sobre todas las cosas, el conflicto puso en primer plano la evidencia de que aun
en el mismo gobierno de Evo Morales y a pesar de un grado mayor de receptividad, es en la
resistencia de los trabajadores del subsuelo donde hay que encontrar las causas que posibilitaron
refundar la actividad minera para que sea futuro patrimonio de todos los bolivianos. Comprobemos
que son los núcleos políticos movilizados los que fuerzan las medidas más progresistas, si así no
fuese las cosas tendían a seguir “como de costumbre”; esto es, en cercanía con los patrones de
funcionamiento inmediatamente recientes. De modo que la capacidad constituyente y el poder de
presión de los movimientos es un factor de primer orden a la hora de tornar radical la política del
gobierno.
Desde entonces, la agenda minera ha entrado en la sintonía de nacionalizaciones que busca
armonizar el gobierno del MAS. Arribó a las altas esferas ministeriales una capa intelectual de
arraigo nacionalista, con trayectoria en el determinante movimiento clasista de antaño. El actual
ministro, Alberto Echazú, de reconocida militancia maoísta, afirma que el plan de acción estatal
consiste en reconstruir la COMIBOL -cuyo actual presidente era el representante de la FSTMB en
el directorio- sobre la base estratégica de Huanuni y Vinto -recientemente nacionalizada- yendo
hacia la explotación de nuevos parajes y antiguos residuos aún productivos, sosteniendo
finalmente una presencia sustantiva en todos los procesos económicos: extracción,
industrialización y comercialización (actualmente en manos de empresas privadas que hacen una
14
gran diferencia monetaria). Un trayecto que aguarda consolidarse con un nuevo código minero,
cuyo adelanto fue la promulgación el 1 de mayo de 2007 de un decreto que declaraba a todo el
territorio boliviano reserva fiscal minera. Frente al sector cooperativista se trata de proveerlo de
material técnico o de una suba leve del Impuesto Complementario Minero, a fin de no enemistarse
con una organización que aglutina 60 mil trabajadores y en las explotaciones de gran envergadura,
como el yacimiento de hierro Mutún otorgado a la empresa india Jindal, se busca que prosigan
grandes capitales con un margen de ganancias en provecho del Estado mayor que el corriente.
Igualmente, la articulación de los actores que pugnan por un proyecto común no se encuentra
exenta de tensiones: a mediados de julio, la FTSMB fue reprimida y desalojada de la ruta a la
fuerza; entre otras cosas, demandaba un nivel más amplio de autogestión en Huanuni, en parte
conseguido al formarse una “comisión tripartita entre COMIBOL-trabajadores mineros-Ministerio
de Minería [para contemplar] el pedido de participación, control social y fiscalización de los
trabajadores” que contribuyera al diseño de la nueva Ley de Empresas Estatales. En estos casi dos
años de gobierno, ha vuelto a ser la protesta la que ha posibilitado que un dirigente de Huanuni
afirme: “Nosotros tenemos una herramienta política, que es la relación con el poder a través del
control obrero”.
8
Por focopolítica entendemos la puesta en marcha de procesos de empoderamiento de las redes sociales y los núcleos
de agregación colectiva pero bajo un protocolo marcado por el discurso mercantil que tiene como fin último el control
social. Los organismos multilaterales de crédito avalaron en los 90 estos mecanismos de contención para
Latinoamérica.
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marcada por el clasismo. En el Ministerio de Aguas tienden a definir al control social como una
herramienta de fiscalización que los aires de la época traen consigo, sin darle demasiada
importancia política, diferente es la práctica del movimiento minero, quienes también han logrado
apropiarse creativamente de la normativa vigente, haciendo del control social una instancia de
injerencia en el destino de la empresa. En Huanuni, el control social significa que los obreros
tienen derecho a conocer toda la información que forma parte de la administración de la empresa,
este manejo les permite múltiples posibilidades: desde calibrar los aumentos salariales posibles,
pasando por la apropiación del derecho a saber cada paso de la empresa, hasta la proyección de las
líneas posibles de trabajo, así es como la instancia de control social tiende a confundirse con
control obrero. En suma, el control social es el nombre actual de la cogestión, que al no tener un
formato probado marcha desde la ineficacia, pasando por la participación cívica simulada
propiciada en épocas pasadas, hasta el liso y llano control obrero. Así lo afirma un diputado de la
CSUTCB: “Los movimientos sociales mucho tiempo han impulsado el control social a un Estado
con características neoliberales, pero cuando llegamos al Estado no puede seguir siendo control
social, tenemos que ser responsables de la gestión pública. No sólo decir esto está mal esto está
bien, sino planificar la política pública estatal, evaluar el nivel de ejecución. Además, construir la
visión de Estado que tenemos en el mediano y en el largo plazo”.
El umbral de pasaje que instauró el arribo del MAS al poder crea un panorama radicalmente
diferente al que venía ofreciéndose cuando el gobierno era el claro antagonista que aglutinaba la
acción conjunta de todos los movimientos sociales, brindándole una coyuntura modificada al ciclo
contrahegemónico que despuntó en el año 2000. La actualidad boliviana se torna difícil de
comprender al interior de la polarización entre el papel activo de los movimientos sociales y el
devenir cosificador del Estado, en cambio ella nos ofrece un proceso que permite dar cuenta del
nivel de autonomía en el manejo de lo público, no necesariamente subsumido bajo las lógicas
clásicas de un Estado que, claro está, opera en última instancia como garante de la reproducción de
las relaciones sociales.
Este prisma para calibrar las modificaciones quisiera alejarse tanto de las visiones
institucionalistas que ven en el entramado estatal el lugar sobre el cual se conduce toda política así
como de las contrarias que la sitúan en la dimensión autónoma de lo social por fuera de todo
marco de articulación, aún presas de una persecución estadocéntrica en la que todo rasgo
institucional seguiría denotando la reproducción de una máquina fría. En este sentido, es hora de
suspender la mirada romántica que sitúa la política indefectiblemente en los movimientos, o en la
aún etérea multitud, y una valoración análoga pero invirtiendo los polos, como puede desprenderse
16
de la sorprendente denuncia por parte de voceros estatales de que algunas movilizaciones esconden
ahora “motivos políticos”. En suma, se trata de comprender lo que sucede en lo que vemos como
la apertura de un nuevo ciclo que inaugura época, redefiniendo el lugar de los actores, para mejor
valorar el papel cambiante que puede demostrar la figura del cogobierno. Una de las preguntas que
habilita la nueva situación es cómo crear una nueva institucionalidad compuesta por los núcleos
políticos de participación popular, es decir, un movimiento societal que opera e incide sobre la
forma estatal disolviendo sus funciones al crear nuevas instancias de gobierno comunal. De hecho,
el pensar en el cogobierno sólo tiene sentido a la luz del nuevo panorama que presenta la vida
histórica del país.
Sucede que los dos últimos años han modificado las condiciones, los objetivos, las dinámicas
internas, y demás dimensiones sobre las que venían desplegándose partidos políticos y
movimientos sociales, cada uno de los sujetos políticos protagonistas del pasado reciente. Se torna
claro que el instrumento político pasó a ocupar el sistema de gobierno, con lo cual su rol de
opositor se vio trasmutado por otro en el que debe ejercer funciones concretas de ejecución, en el
que Evo ya no encarna a un dirigente representativo de un sector -el cocalero- y a un candidato que
busca interpelar a muchos sino al presidente de todos los bolivianos. Algo análogo puede
postularse para las organizaciones sociales, en cuanto a sus repertorios de acción colectiva, aunque
la protesta continúa siendo llave para la obtención de recursos, no suelen pulular desmedidamente
los formatos disruptivos sino que tienden a privilegiar el trabajo “para adentro”, como sucede en la
FEJUVE, cuyas bases están dedicadas -afirma un socióloga alteña- a realizar el “trabajo de
organización de la infraestructura territorial que habían descuidado hasta aquí”. En su extremo, de
seguro que la movilización a escala nacional ya no se hará en contra de un mandatario en todo
ajeno sino frente a la elite económica de la “media luna” o en defensa de la Asamblea
Constituyente, pero de hecho no veremos desplegarse esa capacidad pasmosa de revocatoria que
supieron detentar. La gestión actual de la FEJUVE, por ejemplo, no consigue recursos
oponiéndose al MAS, mientras que la COR ha leído que llegaron los tiempos de la conciliación
institucional, una que no es vista como sumisión. El abanico de demandas también se muestra en
todo diferente, las organizaciones ganaron una legitimidad amparada por las urnas, y esperan una
eficacia propia de lo que les pertenece; sus peticiones tienden a desenvolverse en el ámbito más
particular y a dejarse en manos del gobierno las políticas de alcance nacional, aquellas genéricas
como lo fue la “nacionalización” en octubre de 2003. Vemos entonces que los elementos
tradicionales que distinguían el accionar del bloque contrahegemónico se transmutan, y ello debido
a que estamos ante una nueva etapa, nuestra idea es que el umbral de pasaje ha abierto una nueva
temporalidad, con otros problemas centrales, expectativas y protocolos de valoración.
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las organizaciones sociales han pasado a ocupar los puestos estatales, dando cuenta de la
consolidación de una nueva elite política. Si en la práctica podemos hablar de que la figura del
cogobierno se presenta cristalina es porque esa elite es en gran parte fruto de años de militancia en
las organizaciones de base, un rasgo que se aprecia en el mismo poder legislativo, donde la
CSUTCB posee cerca de un 30 por ciento de la bancada del MAS en diputados, que cuenta con
mayoría propia.
Ahora bien, la interacción de un mismo bloque de gestión puede impedir que se desarrollen de
manera más autónoma cada una de las instancias participativas de la política popular, ya que
comienza a mezclarse partido y gobierno, organización social y gobierno, en esa línea transversal
que ahora genera una divisoria entre los que son funcionarios y aquellos que quedan en el llano de
los movimientos. Bien representativo resulta que Evo Morales sea a la vez presidente de la
República, de la Coordinadora Nacional para el Cambio (CONALCAM), del MAS, y de los
sindicatos del trópico de Cochabamba, funciones polivalentes que también cumplen otros
dirigentes de peso, denotando la existencia de un bloque que corta todas las organizaciones en
relación a una jerarquización ahora consolidada. De hecho, no son pocos los que comentan
negativamente que se ha “descabezado a las agrupaciones”, quedando huérfanas de dirigentes con
trayectoria y experiencia política. Sin embargo, aunque tienden a concordar en líneas de acción
genéricas y respetan las más de las veces la cadena de mandos, sería un exceso decir que esta
cúpula es univoca, puesto que no son los mismos los proyectos, las visiones del país, y los
requerimientos que elaboran cada uno de los funcionarios, elemento que no se manifestaba al
interior de la estructura piramidal de la COB.
En la rediagramación del poder ejecutivo se han intentado alumbrar nuevas articulaciones que
cuenten con la participación de las organizaciones. Uno de ellos es el Viceministerio de
Coordinación con los Movimientos Sociales, reemplazando el anterior de Conflictos. El
Viceministerio se divide en tres unidades centrales. Una primera es la de gestión a la demanda
social, que se encarga de recibir en audiencia a los sectores sociales, adoptan sus reclamos y luego
los canalizan, enviándolos a las dependencias oficiales competentes, tras ello realizan un
seguimiento que finaliza cuando el área referida envía una carta a la organización, con copia al
viceministerio, explicando de qué forma se está avanzando. Durante el año 2006, el 30 por ciento
de las demandas ha llegado a buen puerto, lo cual –sostienen– es un porcentaje relativamente bajo.
Otra unidad es la de seguimiento y análisis, que diariamente elabora matrices de conflictividad, un
avistaje sobre todos los conflictos, alertando sobre su existencia, caracterizándolos, proponiendo
diferentes soluciones, etcétera.
Paralelamente, cuenta con un ámbito de fortalecimiento a las organizaciones sociales que está
a cargo de la realización de las “mesas de dialogo”, a las cuales se las convoca, previo listado de
temas a tratar, y se llama a los distintos sectores del poder ejecutivo responsables de la temática. A
lo largo de estos casi dos años de gestión se han realizado múltiples encuentros, por ejemplo con la
Asamblea de Pueblos Guaraníes (AGP), quienes se han reunido con representantes del Ministerio
de la Microempresa, de Tierras, de Aguas, de Hidrocarburos, de Minería… El Viceministerio de
Coordinación con Los Movimientos Sociales hace las veces de moderador, de modo tal de que se
escuchen las ideas: “Una cosa de ida y vuelta. Hay cosas ricas, porque la APG no ha venido con su
demanda sino con su propuesta”. Aun esta iniciativa de fortalecimiento de las organizaciones, que
es la más novedosa del viceministerio, no supone en sí la participación de las agrupaciones, sino
que es un espacio en el cual son escuchadas, como acontece en la formulación de la Ley de Aguas
articulada por la CONIAG, lo cual se diferencia a las claras de las anteriores gestiones, pero
conserva la separación que las concibe como “proveedoras”. En consecuencia, se reedita la
tradicional subordinación frente a la institución tutelar, mientras que el cogobierno histórico tenía
de singular la intervención directa en la ejecución. Es que a veces en los pasillos del Palacio de
Gobierno se escucha una distancia ideológicamente especular, para unos hay demasiadas
demandas y para otros demasiados funcionarios. Con todo, a pesar de buscar canales de
articulación con las organizaciones, finalmente el Viceministerio de Coordinación con los
Movimientos Sociales es un organismo que se ve envuelto en un destino de control y seguimiento
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del “carnaval de protestas” –en palabras de Evo– más que en uno de neta participación, todavía
atado a los moldes tradicionales enquistados en el discurrir estatal que marcan las fronteras de lo
posible, incluso subsumidos por el carácter centralista propio del poder ejecutivo.
En torno a la articulación del cúmulo de movimientos que caracterizan a la sociedad boliviana
han existido a lo largo del tiempo diferentes instancias, una de ellas fue el Pacto de Unidad, una
composición bien propia de las organizaciones indígenas, originarias y campesinas, que se ha
desarrollado en 2003 y hoy en día además de las organizaciones matrices del MAS incluye, entre
otras, a la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) y al Consejo
Nacional de Ayllus y Marcas del Qullasuyu (CONAMAQ). Luego de un período de relativo
estancamiento fue resucitado con fuerza al momento al comenzar la Asamblea Constituyente,
aunque a principios de julio de 2007 mostraba ciertas rispideces internas a la luz de los vaivenes
que transitaba la convención. En su momento, el Estado Mayor del Pueblo ejerció también como
instancia articuladora de las organizaciones, pero fue puesto rápidamente en entredicho por la
COB, la cual advirtió que ella era por peso histórico la depositaria de una caracterización de esa
naturaleza. Tras la deriva más bien errante de estas articulaciones, que no han llegado a dotarse de
una organicidad concreta, a principios de 2007 se ha creado la Coordinadora Nacional para el
Cambio (CONALCAM), que vino a oficiar de estructura continua de los dos encuentros que Evo
Morales tuvo a mediados de 2006 y en enero de 2007 con los movimientos sociales para evaluar su
gobierno.
La CONALCAM se define como una instancia nacional de encuentro político entre los
representantes de los Movimientos Sociales, de la Sociedad Civil, del poder ejecutivo, del poder
legislativo y de la convención constituyente y se crea para constituirse, así lo afirman sus mismos
documentos oficiales, en la “dirección política revolucionaria de la Revolución Democrática y
Cultural”, analizando la situación general del país, delineando acciones y estrategias de corto,
mediano y largo plazo. Sin embargo, aunque se presenta como una articulación política situada por
encima de todos los poderes, incluyendo el sistema de gobierno y la asamblea, y que algunos
diputados aseguran que “delinea un poco el aspecto político actualmente, sus líneas matrices”, en
la práctica está dominada por la figura de Evo Morales, sus funciones son de fiscalización más que
de dirección y de discusión democrática. En concreto, sus facultades se muestran limitadas, puesto
que sólo alcanzan a “convocar a ministros de Estado y otros funcionarios del poder ejecutivo, a
objeto de que presenten la información requerida sobre proyectos, programas, leyes u otros
temas”, fue así como se le ha pedido un informe a la ministra de tierras a mediados de 2007 por
avances leves, pero en esta instancia las organizaciones no cuentan con poder de revocatoria.
Desde el partido, un integrante de la coordinadora reafirma la importancia de la estructura de
coordinación: “Hemos conformado la CONALCAM. Inicialmente creo que es para hacer
recomendaciones pero en el corto plazo tiene que constituirse en el sujeto político que dirija este
proceso de revolución democrática y cultural”.
Ya no es la central obrera la que de manera ascendente cohesiona los núcleos contestatarios, la
era neoliberal se ha establecido gracias a la disolución de una unidad clasista dando por resultado
una dispersión de estructuras organizativas, cada una de las cuales guarda rasgos propios. Hay un
suelo heterogéneo compuesto por una pluralidad de organizaciones y posiciones. Entonces el
cogobierno es pensado al interior de una multiplicidad de instancias que se ligan de manera
diferencial con el poder ejecutivo, así como el movimiento indígena se siente plenamente
representado por el primer presidente indígena, y en su interior la CSUTCB es parte orgánica del
MAS, lo es menos la CONAMAQ aunque participe del pacto de unidad, y a pesar de que el
movimiento minero en privado le reconozca a Evo morales la afinidad con la política pública del
área mantiene una independencia de clase que no pocas veces hace valer, y los cooperativistas
chocan directamente con el oficialismo, así como también lo hace el tradicionalmente trotskista
sindicato de los maestros, participe de una COB hoy reducida en poder, de demandas muy
sectorializadas y poco tolerante al discurso que predomina, alejado del clasismo. Este elemento
bien propio del carácter pluricultural y multisocietal de la sociedad boliviana, deriva en una serie
de especificidades: por un lado, se genera una diversidad de intereses que no pocas veces se
19
contraponen entre sí, como el litigio que parte de la explotación por parte de los cooperativistas de
parajes mineros que en verdad pertenecerían a las comunidades indígenas, por otro lado se tejen
lazos dispersos de manera diferencial con cada una de las organizaciones, no es lo mismo el papel
de las Bartolinas, creadoras del MAS, que la alianza estratégica más reciente con la FSTMB. De
este modo, el poder ejecutivo oficia como una suerte de mediador, y decide en última instancia los
vínculos más fuertes a tejer y a quienes dejar de lado. Actualmente no vemos los pliegos petitorios
que la COB elevaba como demanda genérica de los sectores populares, más bien se presentan una
multiplicidad de demandas particulares de lo más variopintas, mientras una agrupación puede
necesitar de manera acuciante tierras, como las ocupaciones que los colonizadores realizaron en el
departamento norteño de Beni, otra persigue el aumento de salarios, como es el caso de los
maestros de escuela pública. Son condiciones propias de una sociedad abigarrada caracterizada por
un patrón de heterogeneidad que demanda una nueva institucionalidad de carácter múltiple, por
fuera de los mandos unívocos y piramidales.
20
continúen debiendo responder orgánicamente a las asambleas territoriales, a las reuniones de los
comités barriales, a la directiva comunitaria, y de este modo son expresión de los núcleos políticos
de base. Debemos afirmar la persistencia de una dinámica asamblearia que se entreteje
deliberadamente en la red de movimientos y que forma parte de la acumulación organizativa
propia del país andino. Es que la matriz sindical como soporte de la participación colectiva se
esparce por doquier, tanto en los sindicatos campesinos, sean cocaleros o de la CSUTCB, como en
las memorias organizativas que arraigan en los distritos alteños o en los sindicatos clásicos, es
decir, el minero. Un asalariado de Huanuni no sólo referenciaba la palabra democracia en la
participación de todos en las asambleas de base, sino que ante la pregunta por el poder de veto de
la asamblea general para con un dirigente que no estaba cumpliendo sus funciones dejaba claro
que ella tenía “poder de vetar. Decir vos hasta aquí no más, no vengas nunca mas…”. Es que esa
dimensión comunitaria y de control, donde aún el ostracismo parece ser la peor condena, se
encuentra en Bolivia mucho más cerca de las palabras concretas que de moldes ajenos a la
experiencia cotidiana, lo cual nos permite comprender la singular designación de la idea
democrática.
21
dirigentes del MAS -afirma un dirigente histórico de la CSUTCB-, entonces ya quieren manejarse
de manera independiente como si fueran más superiores a las organizaciones cuando no es así.
Ellos tienen que estar necesariamente subordinados a las organizaciones porque son dirigentes de
ésa, por lealtad, por convicción. El gobierno de Evo es de los Movimientos Sociales al cien por
cien”. En efecto, no sólo por una raíz originaria el MAS estará atado a los dirigentes sociales,
también por una suerte de habitus que ha construido la legitimidad del instrumento político, de
hecho una parte sustancial de las organizaciones son el MAS, y aunque tome el complicado
discurrir de la partidización, dista de hacerlo como si fuese un partido moderno. Es que los
movimientos que constituyeron el instrumento político, que no son pocos, no dudan en afirmar que
el gobierno les pertenece, lo cual se manifiesta en que su sector cupular participa del entramado de
decisiones, y que reciben los ingresos leves que el Estado antes paupérrimo comienza a obtener; la
misma autoridad recién citada comentó: “No necesitamos ningún otro cargo más, ya tenemos
presidente…”.
22
Si repasamos lentamente lo visto, no abundan las instancias novedosas de institucionalización
de relación con los movimientos, a pesar de un contacto constante, de que las mismas
organizaciones poseen un nivel muy fuerte de articulación, aunque existe la voluntad política para
que emerjan, lo cierto es que esa forma del cogobierno se encuentra en ciernes. Es un dato
significativo que cuando llegó el momento de crear el Ministerio de Aguas prácticamente desde
cero se haya replicado el modelo institucional más bien tradicional que contiene viceministerios,
programas, líneas de acción, etcétera; aprovechando y naturalizando los ecos de la
institucionalidad dispuesta. Aunque una visión más mesurada nos llevaría a comprobar que un
organon político como la CONALCAM, que viene a concentrar a todas las organizaciones
sociales por encima del poder estatal, contiene en sí una práctica en sumo expectante.
23
autogobierno, y los movimientos avalan al MAS en tanto figura del cogobierno. No habría que
olvidar que las tendencias recorren aquel “óptimo” de la ecuación social entre las determinaciones
de la sociedad civil y el Estado, como pensaba René Zavaleta, donde las mediaciones hegemónicas
siguen siendo las organizaciones sociales, un movimiento indígena que constituye el gobierno y un
heterogéneo entramado societal que aplaza una mayor participación atento a las reivindicaciones
centrales cumplidas.
Uno de los núcleos que reenvían al ciclo de la Revolución Nacional es la tendencia a la
estatización de los recursos naturales, sobre la cual se proyectan las expectativas de la población y
el mayor impulso de la gestión actual. Así como ha terminado en manos del Estado buena parte del
proceso de producción hidrocarburífero, hemos visto que la misma voluntad se vuelca sobre el
patrimonio hídrico y minero. La primacía de lo económico en la gestión quiere también ser
considerada como la base para una apropiación colectiva de la riqueza que modifique
integralmente los precarios patrones de la vida material de los bolivianos.
El segundo núcleo a sondear en relación al 52 es la primacía armada del movimiento minero.
Si vislumbramos la ratio última del Estado, en Bolivia el sector militar supo contener prácticas de
fuerte raíz nacional-popular, como durante el gobierno de Torres en el 71, o trabó lazos fuertes con
la clase campesina, así ocurrió en el gobierno de facto conservador de Barrientos, que se sustentó
en el conocido pacto militar-campesino. Un pacto singular se reedita con el sector militar, al cual
Evo Morales legitima y del que espera su apoyo para conservar la “integridad de la nación”. No es
casual que un ala castrense de elite que antes se encargaba de erradicar plantaciones de coca y era
financiado por [Link]. en este tiempo se ocupe de tareas directamente ordenadas por la
presidencia. El gobierno no posee el peso de las armas como sucedió cuando surgieron las milicias
en la Revolución Nacional, pero si una legitimidad electoral, y aunque el dominio neto de la
coacción le está vedado lo cierto es que nadie en el último tiempo ha podido hacerse del manejo de
lo público a contracorriente de la fuerza erosionante de los movimientos.
La democracia de cuño local fue nutrida por una doble vertiente desde la misma Revolución
Nacional: existe un modo de concebir los derechos políticos, la ciudadanía, la democracia, en
relación a la autoorganización como núcleo político y al cogobierno como participación,
representación y expansión de ese núcleo, pero también otro modo ligado al liberalismo más bien
clásico, con un tipo de presencia diferida y dilatada en el tiempo, un sistema eleccionario siempre
secundario en la historia del país. Aunque el MNR instaurase el sufragio universal, no es sino en
este último tiempo cuando el sistema electoral y el entramado partidario que le es inherente se
presentan con un grado de mayor de duración y uno no menor de crisis e inestabilidad.
Mencionemos una persistencia bien marcada, el carácter fuertemente participativo que ayer y
hoy caracteriza a las organizaciones sociales, que tienen a la dinámica asamblearia como instancia
base de la toma de decisiones, por encima de los mecanismos formales de ordenación institucional.
Tal como afirma Tapia, si la forma general de la desigualdad política consiste en la separación
entre gobernantes y gobernados, el cogobierno supone de por sí la igualdad y la representación,
pero es una delegación de un mandato siempre pensado bajo la lógica de la “representación de
clase”; esto es, los núcleos políticos constantemente estaban en la responsabilidad de controlar a
sus dirigentes y ellos en ser fieles al mandato de la asamblea general, unidos por un mismo
cimiento ideológico-político. Estos niveles de deliberación colectiva ya no se asientan sólo en la
democracia minera resguardada en los socavones, vienen desde la propia y anterior lógica
comunitaria, entremezclada sí con las estructuras sindicales modernas. Es, por lo tanto, la
democracia como autodeterminación de masa -así la denomina Zavaleta- un hecho singular que
atraviesa la época moderna en Bolivia (Tapia, 2006; Zavaleta, 1990).
Los cogobiernos históricos se ligaban a una estructura socioeconómica que a todas luces les
era solidaria. El proceso de trabajo minero, que tenía como empleador al Estado, requería niveles
de actuación colectiva de los sujetos obreros, dando el soporte para la organización sindical, y a la
vez la centralidad minera en la economía nacional vehiculizaba la amplia escala de su
intervención. Actualmente, pese a la desestructuración provocada por la era neoliberal, el proceso
de individualización natural a las relaciones capitalistas no ha calado en Bolivia, los procesos de
24
trabajo -aunque variables- continúan desplegándose sobre un sustrato de actuación común, así
ocurre con la producción de las comunidades indígenas y pueblos originarios, los cocaleros del
Chapare se encuentran en una situación intermedia entre las lógicas comunitarias y el
aprovechamiento individual, incluso en los espacios urbanos como el Alto, la empresa familiar
sigue siendo el patrón básico de las relaciones económicas. Además, como de algún modo ya
hemos mencionado, más allá de lo socio-económico la primera institución de ordenación política
ya enseguida es colectiva. Mejor dicho: una de las condiciones más interesantes del cogobierno
boliviano es la superposición de lo económico y lo político en un proceso unitario e
indiferenciado.
Si tomamos en su generalidad el carácter de las mediaciones hegemónicas resulta claro que
existe una serie de elementos diferentes: la articulación cobista sobre el campo popular llevada
adelante por el combativo y clasista movimiento minero ha dado paso a un archipiélago de
movimientos sociales y sindicales de fuerte arraigo territorial, con ritmos, culturas políticas y
objetivos no siempre coincidentes, y de fronteras ideológicas más amplias y pragmáticas que
conservan referencias nacionalistas revolucionarias al tiempo que incorporan un componente
étnico-cultural casi inexistente en la izquierda clásica. En este sentido, es el movimiento indígena
el principal sujeto articulatorio del bloque antagónico, compuesto por una multiplicidad de núcleos
políticos de base que impide pensar el cogobierno de modo unidireccional.
El MAS tiene poder de decisión, de balanceo y mediación frente a la heterogeneidad, el
gobierno negocia con las organizaciones el ser parte de instancias a las que en principio no
pertenecen, e incluso los movimientos pueden recibir su unidad desde el Estado. Es posible que
actualmente el MAS, el Gobierno, sea la fuente de articulación de lo nacional-popular en Bolivia,
que el gobierno sea la práctica concreta -y el significante concreto- que hace a la existencia de los
movimientos sociales como unidad. Además, si en un principio las reivindicaciones centrales
fueron producto del ciclo de movilización, hoy se han convertido en “proyecto de gobierno” a
partir del monopolio de la ejecución del MAS, que tendencialmente puede controlar el programa
de los movimientos. Cuando las demandas se estatizan parecen mantenerse como tales pero borrar
sus aristas más radicales, así pasó con la propuesta de Mamani para la nueva empresa de aguas que
transitó de asamblea general territorial como mando superior a una empresa con un directorio
supervisado por un control social del que aún no se conocen sus funciones. Es decir, de demanda
gestada en la movilización a la aplicación de gestión hay cambios sustanciales. En esta línea, la
demanda que poseía un camino ascendente no sólo puede ahora realizar el camino inverso sino que
constituye un vehículo de relación de Evo Morales con la población de modo directo, la
instalación del gas en el Alto también señala esta posible tendencia. Al observar la problemática
hídrica que tanto se jugó en el Alto, podremos vislumbrar que el instrumento político está incluso
en condiciones de saltear las tradicionales mediaciones de la urbe para encarar de modo directo las
necesidades postergadas de la población.
A su vez, la mediación central que realizaba la COB se desarrollaba en relación con un partido
político clásico -el MNR-, mientras que actualmente el MAS es un instrumento surgido del seno
de las organizaciones sociales, lo cual torna más difusa la frontera entre implantación territorial,
organización sindical, movimiento social y partido. El MAS tiene presencia en la sociedad civil,
escuchando y absorbiendo sus mandatos culturales y socioeconómicos, elementos que pueden
ayudar a sortear el proceso clásico de autonomización y separación de lo social, de centralización
del poder en el Estado, y que además se encuentran bien distantes de la red clientelar que
predominaba durante los gobiernos neoliberales. De hecho, es claro que el MAS es un producto de
la acción instituyente de la sociedad civil.
La Revolución Nacional no tuvo al sistema de partidos como un espacio privilegiado de
mediación política, mientras hoy parece consolidarse el privilegio de la instancia eleccionaria
como método central de distribución de cargos públicos y lugares políticos. Lo que en verdad
prevalece es una superposición no definida sobre el sistema de mediaciones hegemónicas central,
ya que se debilita el sistema de partidos, cuya base es la representación diferida, o se potencia el
sistema de cogobierno, cuya base es la autoorganización. De mantenerse la impronta actual las
25
organizaciones sociales deberán subordinarse a los partidos políticos y adaptarse a sus
temporalidades. Si a ello se suma el carácter presidencialista de la gestión, el restablecimiento de
los pactos partidarios como condición de gobernabilidad tal como sucedió en la democracia
procedimental durante la era neoliberal, la satisfacción compartida de un bloque homogéneo de
gestión política que pasa a ocupar cupularmente los cargos del Estado en relación con unas
organizaciones abocadas a resolver intereses particulares, se podrían acentuar los rasgos
prebendales históricamente presentes en los patrones de distribución bolivianos y la política
seguiría el destino opaco de la reproducción. En su límite sombrío, “la reforma intelectual y
moral” en marcha puede ser eclipsada por prácticas tenues que la tornarán retórica. Es decir,
veríamos un gobierno serpentear entre el consenso y el antagonismo, prefiriendo la estructura de
mandos del Estado antes que los embriones de nueva institucionalidad que pudiese potenciar.
Efectivamente, nadie duda de que una vez establecido el umbral de pasaje representado por la
presidencia de Evo Morales la efervescencia colectiva va naturalmente hacia la baja, como
cuestión típica de una muchedumbre electoral que espera la solución concreta de sus problemas
materiales más acuciantes, como efecto de un ciclo de actividad propio de los movimientos
sociales, pero justamente en Bolivia existe una inteligencia gubernamental que debería ser capaz
de crear nuevas demandas, de conducir una pujante formación político-ideológica, de suplir y
jalonar con concreción material y transformación política la onda de mayor quietud de los
movimientos. Nótese la paradojal claridad de un importante dirigente del instrumento político: “Y
nuestros cuadros políticos que han llegado a los municipios no están emponderando políticamente
a sus organizaciones sociales, están administrando un modelo municipal neoliberal, entonces ahí
también hace falta una conjugación entre la visión política y la capacidad de instrumentar esa
visión en la estructura interna de un gobierno municipal. Si nosotros hablamos del
empoderamiento en la gestión pública estatal en el micro espacio municipal se tiene que
desarrollar eso…”.
El cogobierno naufragaría en el reino de los particularismos o buscaría la configuración de lo
universal, tendría su curso entre lo corporativo con sus prolegómenos de negociación y lo ético-
político como un proyecto político base de los acuerdos y las articulaciones que surgen desde
abajo. En verdad, cuando Gramsci se dedica a pensar las relaciones de fuerza en una sociedad
antepone un momento intermedio entre el particularismo y el universalismo, aquel “campo
meramente económico”, momento en el que se “plantea la cuestión del Estado, pero sólo en el
terreno de lograr una igualdad político jurídica con los grupos dominantes, ya que se reivindica el
derecho a participar de la legislación y en la administración y hasta modificarla, de reformarla,
pero en los cuadros fundamentales existentes” (Gramsci, 1984:57). Es en el MAS, como
instrumento político y, al mismo tiempo, partido de gobierno, donde hay que situar el principal rol
y la responsabilidad última que puede acentuar una u otra tendencia, puesto que aparece con el
papel dirigente del proceso. Parecería necesario un privilegio de lo político-ideológico, creatividad
e innovación frente al pragmatismo que adviene bien con las urgencias coyunturales, un acto de
deposición del propio poder ofrecido por las instituciones clásicas.
No habría que olvidar dos características propias del cogobierno que le fueron bien centrales,
por un lado ha sabido ser un vehículo de subordinación y control del movimiento minero, allá por
el 54 la FSTMB venía a acentuar la potestad sobre sus representantes porque se les hacía que no
estaban cumpliendo a las claras los objetivos propuestos por las asambleas de base (Lazarate,
1988). Ocurre que además, y es otra de las características del cogobierno, es el nombre de una
dinámica movimientista: compartir el gobierno era el proceso que reflejaba el poder dual que
embrionariamente ya contenía las aristas del socialismo que debían establecerse en el futuro
cercano. El cogobierno no era una estructura consolidada a la cual llegar sino un movimiento en
transición hacia su superación. En 1971, la Asamblea Popular suele afirmarse que careció de la
dirección estratégica del partido como así también de las armas que impusiesen la voluntad de
crear una sociedad completamente nueva. El riesgo, esta vez, parece venir por la falta de una
dirección y un proyecto claro, desde el mismo MAS afirman: “No hemos logrado construir
escenarios donde los disensos se constituyan en algunas propuestas para algunos momentos, que
26
sean parte de una discusión colectiva. Hoy estamos en todos los escenarios públicos. Nos hacen
falta cuestiones más fuertes de propuesta y de discusión”. Hay que considerar que es posible que el
horizonte del gobierno no sea tan vasto como el que anunciaba el ciclo político que concluye en
2005, quizás se trata de un acuerdo en el que -así lo presenta el vicepresidente- “los grupos de
poder desplazados reconozcan la nueva hegemonía indígena-popular y los indígenas mantengan
ciertos privilegios a los primeros”.
Tenemos entonces un cuadro de geometría variable en la que existe un grado muy amplio de
co-responsabilidad. Para que el cogobierno tenga existencia requiere de grados de movilización
asambleario, de dirigentes comprometidos con ella, y de una elite dirigente dispuesta a potenciar la
autoorganización de los núcleos políticos, además de una sintonía ideológico-política y de intentos
colectivos de crear nuevos espacios no antes vistos. Tal como lo planteaba Zavaleta: “Un pueblo
que debe recibir la unidad del Estado es un pueblo que no ha sido capaz de sí mismo”, y la
ausencia de innovación es reemplazada por las prácticas ya disponibles, pero en realidad -dado lo
tajante de la afirmación- lo cierto es que el boliviano es uno de los únicos pueblos que puede
prometer no esperar del Estado lo que puede tomar por sí mismo.
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sedimentación en el código legal de una reforma intelectual y moral que viene a modificar la
totalidad del sistema ideológico boliviano, trastrocamiento centrado en la reivindicación de los
derechos indígenas, en la igualdad cultural frente a una sociedad tradicionalmente marcada por el
racismo y la segregación étnica. De igual modo, están presentes los intentos ministeriales por
generar procesos de mayor participación, aunque no acierten a encontrar un cause claro, lo cierto
es que en estas áreas las organizaciones sociales continúan siendo sujetos de primer orden a la hora
de tornar posible una desarrollo legítimo. La victoria del MAS ha sido apabullante en las urnas, y
no habría por qué pensar que de buenas a primeras una elite política iría a abandonar un campo
sobre el cual ha obtenido y podrá obtener tan buenos resultados. El problema real no consiste en la
negación de la instancia electoral, sino en el modo en que se entrecruza con las formas de
democracia directa y cogobierno.
El mandato de Evo continúa siendo fiel al elemento articulador de los movimientos sociales
que vino a reemplazar a la articulación cobista, la “agenda de octubre” resumida en
nacionalización y Asamblea Constituyente -en un rumbo en el que adviene el futuro electoral-.
Ambos elementos prosiguen su marcha y de este modo el instrumento político puede legitimarse y
relacionarse de manera directa con una población que finalmente ve el intento de llevar adelante la
consigna de suma kamaña (vivir bien) como dignidad primera de todos los bolivianos. Es desde el
poder nacional que una oleada neodesarrollista apunta a otorgarle un papel central al Estado en la
economía, elemento que se plasmó en la fundación de EPSAS y la nacionalización del cerro
Posokoni. Notemos que el Ministerio de Aguas se maneja con un presupuesto cercano a cero, lo
que convierte al proceso de estatización de los recursos en un impulso completamente necesario
para comenzar a sostener un nivel de autonomía económica.
Hacíamos referencia a la capacidad de innovar políticamente de las organizaciones durante el
último ciclo político -el “ocaso de un ciclo estatal”, al decir de García Linera (García Linera,
2002)-, es esa vitalidad a la vez constituyente y destituyente la que debe entroncarse con una de las
dimensiones de acumulación que aparecen como singulares del país, la capacidad
autoorganizativa. La reforma intelectual y moral en marcha es también el derecho al cogobierno, la
articulación de las instancias macro y micro de decisión colectiva por encima de la lógica
electoral; de modo que sea la democracia en tanto autoorganización la que se replica
incansablemente. El MAS, estructura central de mediación, puede privilegiar la voluntad política
existente de potenciar la acción instituyente de la sociedad civil, lo cual implica la paradójica
pretensión de consolidarse como instrumento político y perder peso como partido gestión; o, en
palabras de Gramsci, de sostener su carácter orgánico en tanto “continua adecuación de la
organización al movimiento real”, o sea: el cogobierno político.
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Lejos de apostar por el antagonismo que motivó gran parte del proceso político boliviano, el
partido dirigente parece ceder en las demandas neurálgicas que plantea la oposición. En este nivel
hay que subrayar la eficacia de la oposición para articular un discurso que combina independencia
política y soberanía económica, y claramente se ha apropiado de la demanda de autonomía que en
un principio era privativa de las comunidades indígenas y los pueblos originarios. Pero esa
capacidad, amplificada por los medios privados de comunicación, no llega a ser un proyecto de
país y la “oligarquía cruceña” avaló una parte significativa de las propuestas que sostuvo el MAS,
como la nacionalización, a falta de un consenso propio. Lo que sí resulta novedoso es su
posibilidad de movilizarse en sus lugares, la marcha que se realizó en Santa Cruz el mes de
diciembre de 2006 a favor de su autonomía política convocó a una multitud, expresando el carácter
“popular” de la demanda, del cual Evo Morales tomó nota. Últimamente las pasiones regionalistas
se han acentuado, la demanda de autonomía se entrelazó con las prerrogativas políticas que
reclama Sucre como capital histórica o con las pretensiones de mayor porcentaje de regalías
exigida por Tarija, ansias apuntaladas por la presidencia de Carlos Mesa que decretó la elección
local de los prefectos (aunque luego debiesen ser refrendados por el presidente, en los hechos su
legitimidad ahora proviene de los votos).
La central distribución de tierras en el oriente, que no marcha a pasos tan lentos, viene a
responder a un plan que le antecede un diagnóstico sobre la imposibilidad de dar cuenta de un
proceso de mayor expansión hegemónica sin que conduzca a escenario de crisis lo suficientemente
aguda como para no dar pauta de su posible desenlace, y entonces se trataría de sentar las bases de
una instalación socioeconómica en el terreno que hoy no le es propio al bloque de poder popular.
La acción territorial es una característica clave de las organizaciones sociales bolivianas, y algunas
de ellas pasan desde el ámbito local al nacional con relativa facilidad, no hace mucho tiempo que
el movimiento indígena del oriente se ha unificado, produciendo estructuras de agregación que se
espera consoliden una diferencia con el patrón de la oligarquía local. En los cinco años de reforma
agraria que impuso la Revolución Nacional ha habido una titulación de 10 millones de hectáreas,
mientras que en un año de gobierno del MAS se titularon 5 millones de hectáreas. El desafío es
económico, lograr que posean un mercado interno y eventualmente uno externo, y que se
conviertan en predios realmente productivos, puesto que en los años 50 la distribución no vino
acompañada de una modernización del agro; pero el desafío también es político a causa de que el
poder económico de la elite cruceña es la tenencia masiva de tierra. El presidente del Comité
Cívico de Santa Cruz está siendo procesado por la posesión ilegal de 26 mil hectáreas, y casi todos
sus dirigentes están vinculados a la actividad agrícola o a la actividad pecuaria. Paralelamente, el
conflicto regional también se expresa en las formas mediante las cuales el gobierno busca
intervenir sobre el poder de los prefectos y de los comités cívicos.
A principios de 2007, Evo Morales se dedicó a distribuir personalmente a los municipios una
abultada cantidad de dinero –30 millones de dólares– que la chequera generosa de su par
venezolano le había habilitado sin contraprestación cercana. Y, últimamente, el MAS busca
enfrentar a los municipios con las prefecturas, a partir de los dilemas con respecto a la distribución
del Impuesto Directo a los Hidrocarburos, que no serán otorgados a aquellos que no presentaron el
Programa Operativo Anual; buscan así que los municipios entren en colisión con las prefecturas.
Tenemos un enfrentamiento territorial de baja intensidad, y no se agudiza porque las fuerzas en
disputa bien o mal se desplazan, se canalizan vía la Asamblea Constituyente. Seguramente un
punto de quiebre importante, hito que viene a datar una periodización, lo constituye la aprobación
solitaria de la nueva Constitución en un cuartel de la ciudad de Sucre desbordados por la
manifestaciones callejeras circundantes. La presidenta de la Asamblea, la campesina quechua
Silvia Lazarte, anunció el 24 de noviembre de 2007 la aprobación de la Carta Magna en primer
debate por 136 de los 138 constituyentes presentes -de los 255 elegidos en julio de 2006-, a tan
sólo tres semanas de que venciese la prórroga fijada en agosto para entregar la Constitución. La
oposición y algunos líderes regionales rechazaron de inmediato el texto constitucional y
argumentaron que se ignoró a medio país y fue aprobado “bajo fusiles” y con “sangre en las
calles”.
29
Este antagonismo sumergido se combina con la apuesta más sólida por una disposición
consensualista. En definitiva, aún permanecemos en la situación de un empate hegemónico,
fricciones desplazándose por lo bajo, a la espera de otro resquicio por el cual salir a la luz. Así y
todo, tal tentativa no dejará de encontrar el protagonismo de los núcleos de autoorganización
colectiva que guardan un grado de densidad constante y que se expresaron con fuerza en el 52, y
después en la Asamblea Popular del 71, y luego hoy día, es decir, un entramado societal sobre el
que se imprime uno político que nada indica que vaya en menguar en la región ubicada en el
medio de Latinoamérica. Si de este análisis, que se quisiera apegado a los hechos concretos,
pudiese desprenderse un balance donde las sombras superan a la luces, es porque presta demasiada
atención a los hechos coyunturales. Pero poca duda cabe que Bolivia es hoy el país donde todos las
ámbitos de deliberación nombrados apenas tienen equiparación en el continente, por eso se le
exige al país andino lo que va a seguir pudiendo dar, una clave para pensar la política
emancipatoria de los nuevos movimientos sociales más allá del Estado, más acá de la hipérbole
autonomista, y en relación con instancias macro de democracia colectiva; elementos presentes en
la actual idea de cogobierno en Bolivia.
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Bajo el gobierno de Evo Morales, las mediaciones hegemónicas en Bolivia han transicionado a un sistema donde el MAS funge como un articulador directo entre el gobierno y las organizaciones sociales, reemplazando el rol tradicional de partidos políticos centrales . La inclusión de una perspectiva étnico-cultural a través del movimiento indígena ha diversificado los ritmos y objetivos políticos, superponiendo lo económico y lo político en un proceso unitario . Esta transformación ha generado una nueva dinámica que debilita la representación política diferenciada y potencia un cogobierno basado en la autoorganización .
En el contexto del cogobierno en Bolivia, la influencia de los partidos políticos tradicionales se ha minimizado a favor de un sistema de mediaciones más directo entre el gobierno y las organizaciones sociales. A diferencia del pasado, donde la COB mediaba a través de partidos tradicionales, el MAS, como producto de la sociedad civil, juega un papel más central en el cogobierno, articulando los intereses de las organizaciones sociales directamente . Esta dinámica ha permitido sortear las tradicionales mediaciones políticas, consolidando una estructura más participativa y menos dependiente de los partidos tradicionales .
Los movimientos sociales enfrentan el desafío de mantener su autonomía y evitar su cooptación cuando se integran con el gobierno en un contexto de cogobierno. Aunque las organizaciones consideran al gobierno como suyo, existe una tensión entre la flexibilidad de los movimientos sociales y la rigidez del partido político, lo que puede derivar en subordinación o jerarquización por parte de las macro-instituciones estatales . Además, el cogobierno desafía a los movimientos a distinguir entre política de gobierno y acción de Estado, todo mientras buscan expandir su capacidad constituyente y mantener una autonomía productiva mayor .
La intervención de COMIBOL en Huanuni ha sido fundamental para evitar la desaparición de la minería estatal en Bolivia. A pesar de las limitaciones impuestas por el código minero de 1997, que impedía su administración, la movilización de trabajadores forzó a COMIBOL a intervenir y mantener la gestión de la mina, sirviendo Huanuni como núcleo para reorganizar la minería estatal . Esto muestra la capacidad de las organizaciones sociales y sindicales de influir en decisiones nacionales estratégicas en el sector minero .
El ciclo político con Evo Morales se describe como una experiencia postleninista del Estado porque busca integrar la autonomía de los movimientos sociales con formas de articulación de democracia directa nacional, en oposición a un enfoque tradicionalmente centralizado y estatalista . Este enfoque destaca por la capacidad constituyente de los movimientos, en un contexto donde el gobierno se ve como suyo por parte de estas organizaciones, aunque enfrentando desafíos de subordinación y jerarquización cuando interactúan con las instituciones estatales .
Los mineros asalariados demandan que la refundación de COMIBOL resulte en una estatal minera productiva, mientras que los cooperativistas prefieren una administración que sea principalmente administrativa. Ambos grupos desean el control estatal sobre los yacimientos, pero la falta de financiamiento es un obstáculo significativo para lograr sus demandas . Estas diferencias reflejan tensiones inherentes al sector, derivadas de la historia de la minería estatal y cooperativa en Bolivia, así como debidas a sus distintos enfoques laborales y productivos .
El enfoque boliviano de cogobierno ofrece el beneficio de articular directamente las demandas de movimientos sociales en el contexto de ejecución del gobierno, aumentando la capacidad constituyente y autonomía productiva . Sin embargo, existen riesgos significativos, como la posibilidad de que las organizaciones sociales se subordinen al Estado, la pérdida de su autonomía debido a la cooptación, y la debilidad en establecer una nueva institucionalidad que refleje plenamente las demandas radicales y de base .
Con la llegada del MAS al poder, el sistema de mediación política en Bolivia ha transitado de una dependencia de partidos tradicionales hacia una estructura donde el MAS mismo, un producto del seno de organizaciones sociales, media directamente con ellas . Este cambio ha debilitado las mediaciones clásicas de partidos, privilegiando una estructura de cogobierno basada en la autoorganización, lo que ha diluido las fronteras entre partido político, movimiento social y organización sindical .
La problemática de gestión del agua en Bolivia ha sido tratada a través de la fundación de la Empresa Pública y Social de Agua y Saneamiento (EPSAS), que surgió tras la salida de Aguas del Illimani, una distribuidora privada de agua, debido a incumplimientos del contrato de servicio . Aunque el plan estratégico de EPSAS incluye la creación de infraestructuras de gran escala, su implementación enfrenta limitaciones significativas, principalmente la dependencia de financiamiento externo, lo cual ha ralentizado el progreso . Esto refleja una tendencia más amplia de limitaciones financieras que afecta a la aplicación de políticas públicas en el país .
Los movimientos indígenas son el principal sujeto articulatorio del bloque antagónico en Bolivia, componiéndose de múltiples núcleos políticos que impiden pensar en un cogobierno unidireccional . Su integración en el proceso político agrega un componente étnico-cultural significativo que había estado casi ausente de la izquierda clásica, y sustenta una superposición de mediaciones hegemónicas que enriquece el tejido político boliviano . Este papel crítico ayuda a balancear y mediar entre las diversas organizaciones sociales y el MAS .