GUÍA DE ACTIVIDADES
a- ¿Qué es una distopía? (Breve definición)
b- ¿Cuál fue la trilogía fundacional de este género? Para responder esta pregunta, elabora una tabla
con tres columnas. En cada una de ellas menciona:
1º fila: título, autor y fecha de publicación.
2º fila: relata en un párrafo breve de qué trata esa historia.
c- Lee el cuento: El error, de Rosa Montero.
d- Menciona 4 características del género distópico y ejemplifica cada una de ellas con el cuento leído.
El error
ROSA MONTERO
El sensor pitó y las puertas transparentes se cerraron delante de ella con un siseo neumático. Alma se las quedó
mirando con esa expresión estúpida que el estupor provoca. Estiró el brazo y volvió a arrimar su ordenador de
muñeca al ojo rojizo del sensor, pero no pasó nada. No puede ser, se dijo. No me puede estar sucediendo esto
a mí.
-Perdone, pero está bloqueando la entrada dijo una voz de hombre a sus espaldas.
Alma se volvió. Era el típico ejecutivo. Traje elegante, buenos periféricos. No muy distinto a ella.
_ Es un error_ explicó con una sonrisa nerviosa, mientras seguía intentando que el aparato la identificara.
_ Si carece de autorización, deje pasar_ insistió el tipo.
_ ¡No carezco de autorización! ¡Le estoy diciendo que es un error!_ chilló Alma.
Inmediatamente supo que se había excedido. El hombre y la pequeña cola de personas que había detrás de él
la miraban en un silencio reprobador. Se hizo a un lado, avergonzada.
_ Está bien, adelante. Pero que conste que es una equivocación.
A nadie pareció importarle lo que decía, de la misma manera que a ella nunca le importaron demasiado las
personas que no podían acceder al Sector Uno. De hecho, cada vez que las puertas se habían cerrado para
alguien mientras ella entraba sin problemas, había experimentado, junto con un vago sentimiento de compasión,
la satisfacción inconfesable de pertenecer a los elegidos.
Y ahora era ella la rechazada.
Pulsó en su ordenador el código de incidencias que estaba escrito sobre la puerta. El programa se abrió
enseguida y Alma fue contestando las preguntas en voz alta: sí, me han negado el acceso; sí, resido en el Sector
Uno; sí, poseo una autorización permanente y vigente. El aparato zumbó y una neutra voz cibernética dijo:
"Identificación negativa, autorización inexistente, acceso denegado. Muchas gracias y buen día". Boquiabierta,
Alma se quedó contemplando fijamente la pequeña pantalla, aunque el programa ya se había cerrado. Los
viajeros seguían pasando con fluidez junto a ella. El procedimiento era muy sencillo: había que bajarse del tren
bala, atravesar a pie alguna de las numerosas puertas de cristal y volver a subirse al tren al otro lado. Era un
trayecto de dos minutos que ella había hecho cientos de veces. Más humillada que preocupada, Alma sintió que
la ira anegaba su pecho y ascendía por su garganta como un ácido abrasador. Desanduvo a grandes zancadas
el corto pasillo transparente, a contradirección de los demás pasajeros y profundamente mortificada por sus
miradas de curiosidad. Fuera ya de la zona de puertas volvió a encararse con el ordenador. Lo colocó en modo
holográfico y pidió una entrevista personal. La cabeza y el torso de
un hombre joven se materializaron en el aire delante de ella.
_ Archivos Generales. ¿En qué puedo ayudarle?
En realidad no debía de ser tan joven. Tenía hecha una cirugía
plástica estándar que hacía que su rostro fuera más o menos igual
que el de unos cuantos cientos de miles de personas. Alma le detestó
nada más verlo, pero intentó contener su frustración y explicó su
caso lo más calmadamente posible. Su profesión de ingeniera
energética, dijo, le obligaba a viajar muy a menudo a los sectores
más contaminados del país. Ahora mismo, por ejemplo, regresaba
de un Sector Cuatro. Su trabajo estaba catalogado de Interés
Especial y de Riesgo Máximo para la Salud, explicó con orgullo; y calló que, como compensación, cobraba un
sueldo tan alto que podía pagar con toda facilidad el aire limpio del Sector Uno. Muchos ciudadanos, quizá
incluso ese mismo pánfilo empleado de cara de plástico, tenían que vivir en zonas más polucionadas por no
poderse costear los recibos del aire; pero ella hubiera podido abonar el triple sin notarlo. El empleado atendió
sus explicaciones con aburrida impavidez; o puede que la barata cirugía estética hubiera vaciado de expresión
su rostro banal. Luego se puso a manipular algo invisible, porque sus brazos se difuminaban en el vacío.
Alma cerró los párpados y se apretó suavemente los ojos con las yemas de los dedos. El dolor de cabeza volvía
a estar ahí. Un latido de fuego que nacía detrás del puente de la nariz, en el centro mismo de su cráneo. Las
molestias habían empezado una semana atrás y no habían hecho más que incrementarse. Pidió hora en el
médico y hacía tres días que hubiera debido ir a la consulta, pero al final su trabajo en el Sector Cuatro se
complicó y decidió alargar el viaje y anular la cita. Ahora se arrepentía: la brutal contaminación no había hecho
sino empeorar su estado. Los dolores eran cada vez más fuertes y además comenzaba a tener alteraciones
visuales, un síntoma típico de las migrañas. Ahora mismo, mientras hablaba con el empleado, la realidad se le
redujo a una especie de pantalla rectangular, como si estuviera mirando por un visor.
_ Perdone por la espera_ dijo el hombre, alzando el inexpresivo rostro.
Alma sintió un pellizco de inquietud. Se enderezó, olvidando por un momento la jaqueca.
_ Su identificación es negativa y sus datos no constan. No posee ninguna autorización porque su identidad no
existe.
_ ¿Cómo?
_ Con los datos que me ha dado, usted no existe.
_ Pero ¡no puede ser, es una confusión!
_ Imposible. He hecho las comprobaciones cruzadas.
Años atrás, para evitar el caos que podía generar hasta la más pequeña equivocación en un mundo totalmente
informatizado, se había creado una compleja estructura de seguridad que almacenaba los datos en tres circuitos
independientes. Se suponía que era un sistema libre de fallos. Alma sintió que una mano helada le apretaba la
nuca.
_ ¡Pe… pero… ¿cómo es posible, qué pasa, qué hago ahora?!
_ Puede pedir una última verificación en el Archivo Central del Estado. Pero le dirán lo mismo. Hasta ahora el
sistema no se ha equivocado nunca. Es usted quien nos debe de estar dando unos datos erróneos. Tal vez con
ánimo de engaño. Le advierto que, siguiendo el protocolo previsto en estos casos, he avisado al servicio de
seguridad. Gracias y buen día.
La holografía se vaporizó en un instante. Ahora los latidos de dolor retumbaban dentro de la cabeza de Alma y
apretaban sus ojos por detrás, enviando a la retina oleadas de sangre que parecían teñir intermitentemente su
visión con un matiz rojizo. Se sentía enferma, se sentía fatal, peor que nunca en toda su vida; ya era mala suerte
que su creciente indisposición coincidiera con esa situación absurda y asfixiante.
Tenía que pedir ayuda, tenía que hablar con alguien conocido. Una cuchillada de pena pura atravesó su pecho:
cinco años atrás habría tenido muy claro a quién recurrir. Cinco años atrás aún vivía Jarque, su pareja. Él habría
sabido qué hacer, él habría venido a rescatarla. Él se habría alarmado si ella no llegaba. Ahora, en cambio, nadie
la esperaba. No tenía hermanos y sus padres habían muerto. Trabajaba como autónoma y los clientes cambiaban
a menudo. Y, en cuanto a los amigos, tampoco eran muy íntimos. De nuevo la pena de la muerte de Jarque
volvió a dolerle tanto que casi agradeció poder concentrarse en el latigazo de la jaqueca.
Decidió llamar a Martín: no era el amigo más antiguo, pero seguramente era el más generoso. Acababa de
establecer la comunicación cuando el ordenador se quedó en blanco: la holografía le había chupado toda la
batería. Alma corrió aterrada hasta el poste de recarga más próximo, sintiendo reverberar sus pasos en la
dolorida base del cerebro. Pero, como se temía, el poste no la reconoció. No tenía crédito. No tenía dinero. No
podía cargar el ordenador. No podía hacer nada. Pensó: esto es una pesadilla. Pensó: ¿estaré durmiendo, estaré
delirando, será todo una alucinación? La boca le sabía a metal caliente. Se recostó en el muro porque las piernas
no le sostenían y sujetó su torturada cabeza entre las manos. Tenía que encontrar una solución, pero su cerebro
parecía estarse derritiendo. Doscientos metros más allá, la larga línea de puertas soportaba un tránsito constante
y los trenes llegaban y se iban con regularidad. El material cristalino del control hacía que todo pareciera
engañosamente fácil, pero era un muro inexpugnable. Piensa, se dijo Alma con desesperación. ¡Piensa en una
manera de salir de aquí! De pronto, una idea se abrió paso como un gusano venenoso por su embotada mente:
¿Y si todo estuviera preparado? ¿Y si se tratara de una conspiración contra ella? Alma iba a dar un informe
bastante negativo de la planta química que acababa de visitar en el Sector Cuatro. ¿Y si alguien estuviera
intentando cerrarle la boca? Gimió, asustada y exhausta. Piensa, Alma, piensa. Sabía que había contrabandistas
que ayudaban a los ilegales a pasar las puertas, pero, ¿dónde encontrarlos?
La jaqueca estaba partiéndole las sienes. Vomitó y todavía se sintió peor. Aturdida y tambaleante, echó a andar
hacia los lavabos para asearse, pero de pronto aparecieron dos energúmenos del servicio de seguridad y la
agarraron del brazo.
_ Tiene que venir con nosotros.
_ ¿Qué?
_ Carece de autorización. No puede estar junto a las puertas.
De nuevo la incredulidad, la humillación, la ira. Alma forcejeó intentando soltarse, pero los hombres la
inmovilizaron con brutal facilidad. Le estaban haciendo daño, cosa que no parecía importarles en absoluto. He
descendido un escalón, comprendió la mujer con acobardada sorpresa: soy un ser sin identidad y pueden
maltratarme. Y en ese justo instante entró una llamada en su ordenador; por fortuna, era posible seguir
recibiendo comunicaciones incluso con muy poca batería.
_ ¿Alma? Soy la doctora Roderer. Le llamo por la cita que anuló…¿Cuándo puedo verla? Convendría que viniera
cuanto antes.
¡Era su médico! Alguien que la conocía, alguien que sabía de su identidad. Alma se echó a llorar.
_ ¿Lo veis? ¡Existo!_ balbució triunfante a los gorilas.
La doctora lo arregló todo con asombrosa eficiencia. Media hora más tarde, y tras un corto trayecto en helijet,
Alma estaba entrando en su hospital habitual del Sector Uno. Los dos guardias de seguridad, ahora serviciales
y amansados, la ayudaron a caminar, porque apenas podía mantenerse en pie. Rítmicos latidos de dolor
martirizaban su cerebro, como si en su cabeza se alojara un corazón cubierto de cuchillas. La sentaron en una
silla y rodó por los largos corredores de la clínica; con extrañeza y cierta inquietud, observó que no se dirigían
a la zona normal de consultas externas, sino que descendían a un lugar subterráneo y remoto. Su inquietud
aumentó al cruzar unas puertas que decían: Unidad de Androides. Y el pánico se disparó al verse dentro de un
alarmante cubículo, una extraña mezcla de quirófano y taller mecánico, todo acero pulido y luces destellantes.
_ No, no, no es aquí, esto es un error, ¿dónde está la doctora Roderer? Yo no soy un androide_ gimió con
angustia mientras los gorilas la alzaban de la silla y la ataban a una mesa de metal con veloz eficiencia.
El rostro conocido de la doctora se inclinó sobre ella nimbado por el cegador foco del techo.
_ Tranquila, Alma. Todo va a ser muy rápido.
Clavaron agujas en sus venas, conectaron tubos. Perdió el habla y su visión empezó a virar al rojo y luego al
azul. No soy un androide, pensó Alma con espanto. Le zumbaban los oídos y en su cabeza seguía retumbando
un pálpito de sangre, aunque el dolor casi había desaparecido. No soy un androide, se repitió, aletargada; y
recordó aquella noche junto a Jarque, cuando su pareja ya se encontraba muy enfermo y el fin estaba cerca. Él
dormido en la cama, ella tumbada a su lado, leyendo. Llovía y el ruido del agua se mezclaba con la respiración
de Jarque, un poco acezante. Cuánto le quiso entonces, con qué intensidad sintió la vida en ese instante de
calma, en esa isla en mitad del sufrimiento. No, ella no podía ser una criatura artificial si era capaz de
experimentar unas emociones tan humanas. Ah, Jarque, suspiró Alma, el rumor de las gotas de aquella lluvia
acompasándose ahora a los latidos de su corazón. Entonces su visión se deshizo en una tormenta de píxeles y
todo se apagó súbitamente.
_ No soporto estas cosas_ rezongó la doctora Roderer mientras retiraba los electrodos de desactivación.
_ Sí, es desagradable_ convino Mike, el cirujano del equipo_. Menos mal que pasa pocas veces. Si hubiera venido
a su cita, como todos, no habría sufrido el colapso biológico. La hubiéramos dormido y no se habría enterado
de nada.
_ Pues no sabes lo peor: al llegar su fecha de caducidad, el Archivo Central simplemente la borró, aunque todavía
no estaba desactivada.
_ ¿De verdad? Y luego dicen que el sistema es infalible. A mí eso me parece un error bastante grande.
Las hábiles manos de Mike estaban midiendo el grado de degeneración de los tejidos siliconados de la criatura,
para determinar lo que podía ser reciclado. La doctora contempló el cuerpo exangüe, hermoso y aparentemente
tan humano.
_ Digan lo que digan, me parece una crueldad que los pobres no sepan que son androides_ gruñó la doctora,
conmovida a su pesar.
_ Pues por lo visto todos los estudios demuestran lo contrario. No saberlo hace que sean más felices y trabajen
mejor.
Durante cuatro años, pensó ella. Sólo vivían cuatro míseros años.
_ ¿Tú crees que de verdad ignoran que son artificiales?_ musitó la mujer.
_ Eso parece.
_ No sé, me extraña que no se den cuenta de que su pasado es falso.
Mike alzó el rostro:
_ Bueno, ya sabes. Ahora hacen unos implantes de memoria buenísimos.
Durante unos segundos, los dos médicos se miraron en silencio a los ojos. Entonces quizá tú, entonces quizá
yo, se dijo la doctora, estremecida. Pero luego le vino a la cabeza el recuerdo de una noche lejana, lluviosa y
melancólica. Una reminiscencia tan hermosa e intensa que era imposible que fuera artificial.
_ Pobre Alma_ suspiró Roderer.
Y se dispusieron a trocearla.