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Conflictos en la Estructura Dramática

Raúl Serrano, pedagogo y director teatral, explora en su investigación la estructura dramática, destacando los conflictos, el entorno, los sujetos activos, las acciones físicas y el texto como elementos esenciales. Los conflictos son vistos como colisiones entre fuerzas opuestas que el actor debe abordar desde un enfoque técnico, visualizando objetivos contradictorios para dar vida a su personaje. Serrano clasifica los conflictos en tres tipos: con el entorno, con otros personajes y consigo mismo, enfatizando la importancia de la interacción y la complejidad en la actuación.

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Conflictos en la Estructura Dramática

Raúl Serrano, pedagogo y director teatral, explora en su investigación la estructura dramática, destacando los conflictos, el entorno, los sujetos activos, las acciones físicas y el texto como elementos esenciales. Los conflictos son vistos como colisiones entre fuerzas opuestas que el actor debe abordar desde un enfoque técnico, visualizando objetivos contradictorios para dar vida a su personaje. Serrano clasifica los conflictos en tres tipos: con el entorno, con otros personajes y consigo mismo, enfatizando la importancia de la interacción y la complejidad en la actuación.

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“Estructura dramática”. R.

Serrano

RAÚL SERRANO: Pedagogo, director e investigador teatral, Raúl Serrano egresó del Instituto
Ion Luca Caragiale de Bucarest, con el título de Licenciado en Artes, especialidad teatro. En
este trabajo de investigación desarrolla profundamente sus ideas sobre la estructura dramática y
la influencia que ejerce sobre el actor.​

Los elementos constituyentes de toda estructura dramática son necesariamente los siguientes:
1) Los conflictos; 2) El entorno, que no debe ser confundido con el mero lugar de la acción; 3)
Los sujetos activos; 4) Las acciones físicas o trabajo específico propio del actor y , finalmente, 5)
El texto, tan sólo en sentido condicionador de las acciones.​
Pasemos por turno ahora, a la descripción de cada uno de estos componentes.​

1-LOS CONFLICTOS​

Nosotros nos ocuparemos de los conflictos no tanto en su nivel literario de existencia sino en su
proceso de transformación en actos reales y contradictorios entre dos o más sujetos o, a veces,
en su aparición como conductas contradictorias en el seno mismo de un sujeto teatral.​
Coincidiremos antes en considerar al conflicto como el choque o la colisión entre dos o más
fuerzas, y no simplemente como una situación afligente o dolorosa. Expliquémonos. El actor, al
acercarse a una situación dramática y por ende conflictiva, tiende a describir el conflicto y para
ello se sitúa fuera de él, adopta un punto de vista exterior que lo abarca entonces como una
totalidad unitaria. Entiende, por ejemplo, los tormentos de Edipo, o la duda de Hamlet, las ve, es
capaz de hablarnos sobre ellas, incluso de caracterizarlas desde un punto de vista psicológico.
Y esos tormentos y dudas aparecen en verdad como situaciones dolorosas y lamentables. Pero
este acercamiento, si bien puede ser exacto, deja sin resolver el problema técnico que se le
plantea al actor para la solución de su tarea específica en el escenario. ¿Cómo procederá el
actor para atormentarse, o para dudar?​
Stanislavski hablaba de la imposibilidad que tiene para poner frente a sí los sentimientos como
tareas ya que aquellos tienen un origen involuntario. Y los conflictos, generalmente, cuando
intentan ser descriptos desde afuera, desde actitudes poco técnicas, tienden a aparecernos
como sentimientos.​
El enfoque técnico, propio de la metodología que intentamos explicitar, sugiere que el actor los
aborde tratando de visualizar cuáles son los dos o más elementos en pugna que se le aparecen
como tendencias opuestas en su accionar, como propuestas contradictorias para su trabajo
específico. De este modo, el actor puede intentar asumirlas aunque se le presenten como un
quehacer contradictorio y más bien, justamente por eso, ya que es así como surgen y se
materializan los conflictos sobre la escena en clara vinculación a la acción.​
Para el actor, y considerando el problema desde un punto de vista técnico, nunca el conflicto se
le aparece como una palabra que lo describe sino como un objetivo a alcanzar que entra en
colisión con otro, por lo menos, que se le opone. Estos dos objetivos contradictorios pueden
pertenecer a personajes diferentes que se enfrentan, o bien pueden manifestarse como
tendencias dentro de una sola conducta: el deber y el honor, con sus objetivos diferentes, por

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ejemplo, en cuyo cumplimiento el personaje aparece desgarrado.​


Esta visión técnica de los conflictos nos enfrenta, de un modo dialéctico, con el desdoblamiento
de la unidad (dramática en este caso) en sus partes contradictorias, concebidas además como
elevadamente movilizadoras, justamente a causa de su contradicción.​
Este modo de abordar los conflictos como partes u objetivos enfrentados o diversos, es el único
que permite al actor traducir su pensamiento, su comprensión intelectual, en praxis actoral, ya
que de otro modo tiende a ver los conflictos como "estados" y esto lo induirá a tratar de sentir y
de mostrar lo sentido, alejándose así de la vivencia que es justamente lo que buscamos.. El
actor, cuando se propone objetivos por alcanzar y lucha prácticamente en su procura, aunque
choque con oposiciones más o menos arduas, también de carácter material y concreto deja así
de pensar solamente, o de tratar de sentir y expresar, para asumir decididamente un hacer.​
Además el actor, que al comenzar su trabajo no es todavía lógicamente su personaje, se aboca
a la solución fáctica, aquí y ahora, en el entorno empírico que le plantea la escena, de tareas
que aparecen siempre como opuestas a otras y va objetivando así una conducta no sólo en sus
aspectos formales y exteriores sino y sobre todo en sus contenidos psicológicos. El actor se ve
obligado a asumir y a resolver los problemas que implica, y toma con ello una posición por los
menos homóloga a la del personaje. Todo esto constituye una base real sobre la que se
asentará la ulterior y compleja construcción del personaje en sus distintos niveles de existencia.​
Hablamos de situación homóloga porque el actor no entra en escena, probablemente, poseído
por las mismas causas psicológicas motivadoras del personaje que son las que, en el nivel
literario, lo llevan a ejecutar lo que hace. El actor no posee esos porqués y tan solo asume
(puede asumir), similares objetivos. Por ello su conducta a partir del aquí y de ahora, de este
ahora en adelante, la similitud de los objetivos a conseguir, la voluntariedad capaz de promover
actos transformadores de la realidad escénica con que se enfrenta, todo esto si puede coincidir
con los objetivos del personaje. Siempre se puede querer y asumir lo que otro quiere, y
desarrollar, en el futuro, a partir del ahora, y nunca hacia atrás en un recobramiento del pasado,
una cierta conducta. Aunque sólo sea al comienzo de un modo voluntario.​
Pero este hacer en el mismo sentido del personaje, me permitirá ir comprendiendo, ir queriendo
lo que él quiere, y en consecuencia y como resultado de esa praxis, ir transformándose en un
homólogo suyo. Al hacer realmente lo que el personaje hace, el actor estará dejando de "ser" él
mismo y comenzará a "ser" el personaje que se construye así con y desde su propia
personalidad. Adoptará un punto de vista interior a la problemática del personaje y en la técnica
de la vivencia. Ya no podrá describirlo: para ello necesitará ubicarse en un punto exterior que ya
no concibe. Al hacer lo que el personaje hace y querer lo que él quiere, comenzará a existir
como personaje construido con su propia vivencia.​
Si consideramos como ejemplo, la escena de Hamlet en la torre, cuando busca el encuentro con
su padre muerto: el actor (que encarna a Hamlet) podrá querer abrigarse aunque no tenga frío
(es de noche), podrá querer cuidar sus espaldas de lo desconocido (aunque se halle en el
escenario), podrá escrutar con cuidado las penumbras que lo rodean, etc. Al asumir esas tareas
comenzará a comprender su personaje de un modo diferente, pequeño quizás, sin grandes
implicancias ideológicas ni psicológicas. Pero este proceder resultará fundamental para poder
abandonar un punto de vista descriptivo y exterior al rol, y para asumirlo de un modo más
vivencial e interno.​
Los conflictos, deben ser siempre considerados como dos fuerzas que se oponen, al mismo

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tiempo, como dos propuestas para el proceder, aunque diferentes, y a veces antagónicas. Y sin
embargo el actor debe cuidarse de absolutizar los conflictos, los enfrentamientos.​
Recordemos a Engels, en su crítica al pensamiento de Darwin cuando absolutiza la lucha por la
supervivencia de las especies, en que le recordaba el rol que jugaba el ambiente en el desarrollo
y destacaba la función del metabolismo. No sólo la lucha por el objetivo conflictivo se
transforma. El entorno enmarca y determina también en cierto modo esa conflictividad.​
Todo conflicto es, además de dos fuerzas opuestas, su unidad. Si no lo tenemos en cuenta
caeremos en una especie de combate físico entre los personajes que se asemejan muy poco a
la conducta socialmente desarrollada. El personaje teatral no sólo quiere conseguir sus
objetivos, y lucha por ello, sino que también comprende los "para qués" de su oponente, los
tiene en cuenta, los internaliza y asume como propios a veces, justamente en su intento por
vencerlos. Todo choque entre personajes implica el planteo además, de una contradicción en el
seno de cada uno de ellos: si bien el personaje quiere alcanzar su objetivo, asume, considera,
valora sus dificultades y riesgos, valora al oponente. Todo conflicto interpersonal, en el
teatro,genera un conflicto intrapersonal.​
Los conflictos pues, deben ser asumidos como lucha de contrarios, pero también en su unidad.
Al luchar contra él creo a mi antagonista y me uno a él con este lazo conflictivo. Sin tener en
cuenta esto caeríamos en conductas autónomas, animálitas, poco inteligentes. Este matiz que
introducimos nos permitirá superar en la práctica la tendencia hacia la violencia física, propia de
las improvisaciones, y que aparece especialmente cuando el actor solamente considera sus
objetivos propios sin tener en cuenta las complejidades apuntadas. Esta complejidad, esta
internalización de los conflictos interpersonales, eleva la conducta a un nivel social capaz de
interpretar comportamientos tan sutiles como los de los personajes chejovianos, por ejemplo.​
Finalmente, y con el fin de intentar una clasificación que ordene un poco el tema y arroje
claridad sobre nuestra comprensión del mismo digamos que, técnicamente hablando, existen
tres clases de conflictos: 1) Los conflictos con el entorno; 2) conflictos con el partener y 3)
conflictos consigo mismo.​
La primera clase: los conflictos con el entorno. Son los más fácilmente descriptibles de un modo
teórico, por cuanto uno de los momentos oponentes, el entorno, permanece relativamente
invariable. Ello podría inducirnos a pensar que se trata de un conflicto que difícilmente avance,
prospere, pero no es así debido a que el sujeto involucrado aprende, tras el primer abordaje del
choque, de su propio accionar, avanza en la búsqueda de las soluciones modificando sus
acercamientos al tema. De este modo se obtiene un desarrollo o progreso. Un ejemplo: alguien
quiere abrir una puerta que está cerrada. Primero intentará hacerlo naturalmente, luego actuará
con un poco más de fuerza, probará después si está cerrada con llave, probará algunas, varias.
Luego golpeará, finalmente llamará a alguien. Por último podrá hasta cejar su intento, lo que en
la práctica significa la solución-superación del conflicto y el abordaje de uno nuevo: ¿qué hago
aquí ahora encerrado? Porque una de las características de la situación dramática, en general,
de los conflictos en particular, es su extrema inestabilidad. Ningún conflicto, si se acciona sobre
él, permanece idéntico a sí mismo por mucho tiempo. Por el contrario evoluciona, crea nuevos,
otros conflictos.​
Pasemos ahora a considerar la situación conflictiva que se crea entre dos o más antagonistas.
Es la más frecuentemente hallada en el teatro y, a su vez, la más lábil y cambiante, justamente a
causa de la ductilidad de los protagonistas. En este caso podemos llegar a plantearnos

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teóricamente el momento inicial, desencadenante del conflicto, pero no podemos nunca prever
teóricamente, de modo cierto, su desarrollo. Resulta impensable "a priori" la complicadísima
cadena de la interacción. Si intentamos pensar su desarrollo, lo que lograremos será una simple
versión simplificadora, muerta, armada y vacía de real contacto transformador entre los
parteneres. ¿Quiere decir entonces que este tipo de conflictos no puede analizarse? Tan sólo
afirmamos que no puede preverse abstractamente su desarrollo. Pero este tipo de conflictos
puede y debe ser analizado con el método de las acciones físicas, mediante el planteo de un
punto de partida correcto, la previsión de instrumentos a utilizar de modo eventual, y sobre todo
mediante este desarrollo, una vez que tenemos delante nuestro un objeto material
independiente de nosotros mismos, podemos sí reflejar los momentos fundamentales de su
desenvolvimiento, reflejar en una secuencia teórica los principales objetivos por los que lucharon
los contenedores, los vericuetos de su lógica interna, etc. Y entonces, tan sólo después de
efectuado este análisis en la práctica (debidamente reflejado en esquemas teóricos dinámicos)
podremos repetirlos. ¿Por qué todo esto? Por cuanto la complejidad del accionar simultáneo de
dos o más sujetos generan un trabajo espacio-temporal complejísimo que halla su propia lógica
en la adecuación inmediata, espontánea de las situaciones, más que en la fría planificación
abstracta. Distinta es la situación, desde el punto de vista cognoscitivo, cuando ya la
improvisación se ha efectuado materialmente ante nuestros ojos. Ahora ya podemos rescatar
algunos de los "para qué" esenciales surgidos en el fuego de la interacción, y si los ordenamos
de acuerdo a su lógica interna, podemos replantear una nueva práctica interactiva, rica y
compleja, que aunque no resulte jamás idéntica a la anterior, conserve sus momentos e
inflexiones esenciales, y sobre todo, haga surgir la vivencia.​
Finalmente pasemos a considerar los conflictos del tercer tipo: los conflictos con uno mismo. Se
trata, por lo general, de problemas de conciencia, de dilemas o disyuntivas, y también se hallan
frecuentemente en las situaciones teatrales.​
Mientras en los otros tipos de conflictos el ámbito en el que cobrar existencia es claramente
exterior al personaje, es decir, el entorno que los rodea, y por lo tanto pueden ser claramente
abordados mediante la conducta material o física, aquí los conflictos ocurren en el interior de los
propios personajes, en su conciencia, en su yo psicológico. ¿Cómo resolver este problema con
el método de las acciones físicas? Hasta ahora los conflictos internos de los personajes afloran
mediante su verbalización, su descripción más o menos literaria, o mediante procesos
emocionales que "trasunta" lo ocurrido interiormente. Pero este tipo de soluciones parece
alejarse de lo requerido en el método de las acciones físicas. Avancemos algunas ideas que nos
permitan atisbar la solución específica, aunque, por cierto, la total elucidación del problema
requiere una demostración práctica por las dificultades que implica.​
En primer lugar aceptemos que todo problema de conciencia aparece en un sujeto que se halla
inevitablemente en alguna situación física concreta, es decir haciendo algo, viniendo de algún
lado o yendo hacia otro. El estallido del dilema interior obliga justamente al personaje a
desatender, por lo menos parcialmente, la tarea autónoma que lo ocupaba, a despegarse
subjetivamente de ella y considerar su contradicción interior. Así, en pleno desarrollo del
problema, aparecen dos conductas físicas diferentes: una que tiende a proseguir lo que estaba
haciendo físicamente y sus objetivos, y otra que lo obliga a desatenderlos parcialmente, a hacer
superficialmente su trabajo para poder concentrarse en la conflictividad interior. Estas dos
tendencias, la de entregarse a la tarea o conducta exterior y la de abstraerse de ella, en una

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cierta detención, generan un conflicto físicamente visible, materialmente existente, cuyas


consecuencias no difieren de otras acciones físicas en su funcionamiento dentro del método.​
Otro caso más sencillo es aquél que pone frente al personaje dos alternativas opuestas: hace
esto o aquello, va por aquí o por allá. Este es el caso más simple de la contradicción interior por
cuanto se halla claramente emparentada a dos conductas físicas, exteriores en sí,
contradictorias y no requiere mayores explicaciones técnicas.​
Pero el caso más frecuentemente hallado de los conflictos interiores es el que plantea el
personaje una conducta material socialmente aceptable, posible, admitida por él mismo y por los
demás, a la que se opone una intención reprimida, abortada. Se oponen aquí algo que puede o
debe hacer y algo que querría hacer y no puede por muy diversas razones. La conducta
socialmente permitida se puede concebir claramente como comportamientos físicos pensables y
aún ejecutables sin problemas. ¿Pero cómo hacer surgir aquí la conducta reprimida? ¿Se trata
de algo que transcurre tan sólo en el interior del personaje? Esto negaría su existencia teatral,
de algún modo impide su carácter sígnico.​
En realidad lo reprimido surge siempre a la superficie física de la conducta, como conducta
derivada o sublimada. Como no puedo golpear a mi interlocutor y debo responderle
correctamente, retuerzo mis manos. Como no puedo responder a la agresión de otro, revuelvo
mi pocillo de café y descargó en él mi espontaneidad. La acción sublimada descarga la tensión
contenida del sujeto en otra acción que la deseada, otra cosa sería la que yo haría si ... En
cambio la acción sublimada, su sustituto es lo permitido, lo aceptable. De esta oposición entre
las conductas socialmente posibles y las sublimadas vuelve a plantearse la posibilidad de
resolver dentro del método de las acciones físicas problemas de índole subjetiva o interna.​
Naturalmente no pretendemos aquí, en esta somera descripción hecha además con la intención
de ejemplificar los aspectos heurísticos del método, agotar los complicados problemas que este
tema plantea. Pero nuestra intención es demostrar que el actor "piensa con su cuerpo", hace
pensando y piensa haciendo. No hay nada en su interioridad que no provoque un cambio en su
relación objetiva con el medio o el partener. No se trata de "ilustrar" lo que el actor piensa y
reprime. No. Pero no hay nada en el actor que modifique su conciencia (estrecho sumamente
vinculada a su accionar) y que no implique modificaciones objetivas. La acción física es siempre,
como veremos, un complejo psicofísico.​
Volvemos entonces al nivel inicial. El actor, al tomar contacto con su texto o con una escena,
puede detectar inmediatamente los conflictos allí contenidos y aún describirlos verbalmente con
acierto y profundidad. Pero ello no le resuelve el problema. De lo que verdaderamente se tratará
es de encontrar enseguida el procedimiento técnico para resolverlos en la práctica escénica..
Para ello, y en general, es pues necesario: dividir el conflicto en sus objetivos opuestos
(diferentes por lo menos) y factibles de ser abordados materialmente, como conductas
voluntarias, físicamente. Es decir pasibles de generar acciones y no de ser verbalizados como
intenciones. De este modo el conflicto se extrae de la cabeza del actor, se vuelca en relaciones
fácticas y la materialidad y la contradictoriedad de éstas comienza a poner en marcha el motor
del desarrollo de todo el proceso, ya que además de los objetivos que movemos se nos van
apareciendo los objetivos potenciales, aún no alcanzados y que impulsan toda la escena hacia
su culminación.​
Sin los conflictos asumidos de un modo físico, la razón abstracta se adueña de la controversia y
divide el desarrollo en una sucesión de momentos, separados el uno del otro, a los que se llega

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“Estructura dramática”. R. Serrano

por saltos, y sobre todo, los contenedores aparecen como "argumentadores", como el fiscal el
uno y el defensor el otro. Pero no se da una lucha real, natural, movediza, cambiante, orgánica,
aquí y ahora, sino tan sólo la que es propia del mundo de las ideas: los argumentos y sus
refutaciones, las tesis y las antítesis. Y por lo general esto ya lo ha hecho el dramaturgo y el
actor reduce su aporte a "pensar" (repensar) el mero nivel lingüístico.​
En cambio, en la lucha concebida como un objeto perteneciente a la situación dramática, que se
nos presenta escindida en sus partes contradictorias aparece un proceso dinámico, vivo, de
desarrollo visible. La contradicción dramática no resulta ajena al fenómeno, a la conducta.​
Volvamos a recordar aquí que el hallazgo de las contradicciones en el teatro, es algo
relativamente sencillo. Lo complicado resulta entrever su unidad y sobre todo su paso del
terreno ideal al terreno técnico, fáctico.​
Como hemos dicho, nunca un conflicto una vez planteado en la práctica permanece igual a sí
mismo. Esto sólo es posible si se lo mantiene en el terreno de la verbalidad, de la relativa
abstracción. En la realidad, el conflicto, que es en suma inestabilidad, se desarrolla, evoluciona,
se transforma en otro nuevo y no debe ser desechado o desconocido por esquematismos
teóricos, por dogmatismos conceptuales, sino que debe ser aceptado como la solución dialéctica
superadora del anterior y a la vez abordado de la misma manera creadora. La contradicción no
puede ser aislada, por supuesto, de los otros elementos estructurales. Es por eso que no hemos
podido evitar su mención, su intervención en este análisis. Recordemos que estos elementos
son inseparables unos de otros en "función mutuamente constitutiva" (Hauser)​

2 - EL ENTORNO​

Toda situación dramática es concreta. "No hay acciones en general" decía Stanislavski, lo que
significa que toda acción se desarrolla necesariamente en un cierto aquí y ahora determinado,
aunque los actores no lo consideren. La situación siempre reviste un carácter concreto, lo que
incide en la estructuración misma de los comportamientos. La conducta, descrita de un modo
muy simplificador, es la frontera en donde chocan una voluntad subjetiva transformadora y las
posibilidades reales ofrecidas por un cierto contexto histórico-material.​
Aún en aquellas situaciones, propias las más de las veces del teatro del absurdo o del teatro
fantástico, en los que se pretende sacar de un contexto real a los personajes, esa falta de apoyo
material en que los sitúan actúa como contexto real de sus comportamientos. Recordemos
"Esperando a Godot" de Becket. Los personajes habitan un paisaje totalmente carente de
definición histórico social: no hay nada en él más que un arbolito escuálido. Sin embargo, los
personajes que allí actúan, deben necesariamente, por ejemplo, sentarse en el suelo para
sacarse los zapatos ante la carencia de muebles o asientos. La concreción de la escena es
siempre el continente obligado de la acción que, en el método de las acciones físicas (y
pensamos que en el teatro esencialmente visto), no transcurre "en " la psicología de los
personajes sino en la objetividad de sus comportamientos.​
Pero antes que nada consideramos el entorno natural, paradigmático del teatro: el escenario, la
escena en cualquiera de sus modos históricos de existencia la "Skené" griega, el palco
isabelino, el patio o corral renacentista o el escenario frontal a la italiana. Siempre fue un lugar
cargado de convencionalidad, es decir, de acuerdo social, de significación socialmente
aceptada.​

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“Estructura dramática”. R. Serrano

Se trató siempre de un lugar, que al poder ser cualquier lugar, no era ninguno, para utilizar una
divertida aunque exacta definición.​
Este doble carácter del escenario, a la vez cuatro tablas (realidad física) y palacio ( realidad
convencional), le abre al actor la posibilidad de actuar adecuando su conducta a cualquiera de
los dos sentidos: o bien puede usar las cuatro tablas (esto es inevitable), o bien puede usarlas
como palacio ( y esto tan solo posible).​
El uso real de las cuatro tablas como tales no presenta problemas técnicos. ¿Pero cómo cobra
existencia el espacio convencional? ¿Cómo irrumpe en la realidad "lo imaginario" y lo
socialmente convenido?​
No sólo como escenografía situatoria ya que en muchas épocas simplemente no existió tal cosa,
sino y fundamentalmente porque el accionar del actor "crea" el espacio (convencional). Su
comportamiento es lo que da sentido a esa escisión fenoménica y lo convierte en un todo único
y homogéneo. Lo real y lo figurado se funden por la acción. Si un actor mira hacia "coté Jardín"
porque se supone que allí está el mar y acciona como si se aproximaran unas naves, el mar
comenzará a existir (teatralmente, con realidad convencional, con la realidad que le es propia al
género estético) para él y sobre todo para los espectadores. Pero si en cambio el mar se
encontrará figurado en la escenografía, reproducido en ella, pero si el actor no lo utilizara, no lo
incorporara a su acción, no ejecutara su tarea en una relación modificada por el objeto
pictóricamente presente, entonces el mar se desgajara de la estructura dramática y muchos
espectadores ni siquiera lo verán realmente. Ese mar no cobrará verdadera existencia teatral, es
decir, no se integrará a la estructura.​
En el escenario, tanto vacío como pleno de escenografía, construida o pintada, en esa compleja
mezcla de realidad y ficción, de verdadera existencia y convencionalidad, lo diverso sólo se
unifica y cobra homogeneidad ante el comportamiento de los actores. Y en este sentido
podemos decir que el accionar de los actores "crea" el entorno (así como los restantes
elementos de la estructura dramática en una reciprocidad ya mencionada).​
Por eso no aceptamos que el entorno sea, en el teatro, sinónimo de lugar.​
El entorno debe mejor ser considerado como el lugar en el que acontece la acción dramática
más el añadido de las condiciones dadas. Estas últimas carecen de contextualidad objetiva. Se
trata de atributos de la situación que difícilmente puedan ser materializados en escena, y en
muchos casos, se refieren a hechos anteriores en el tiempo pero que modifican, "desde afuera",
los acontecimientos dramáticos y por lo tanto actúan como condicionantes de los
comportamientos del actor. El entorno aparece así integrado por sus componentes materiales
reales, por algunos componentes materializados convencionalmente y finalmente por las
condiciones dadas que no son visualizables más que en las transformaciones, que por su causa,
sufren las acciones de los personajes.​
El entorno pues modifica, condiciona el accionar, pero es a la vez, el resultado de éste. La
acción escénica que aparece, como lo veremos enseguida, en forma de comportamientos
voluntarios y conscientes tiene en cuenta (o por lo menos debe tenerlo si aspira a ser profunda)
no sólo el contexto material real sino también el contexto imaginario integrado por componentes
espaciales muchas veces, pero sobre todo por componentes que participan desde el pasado,
desde el tiempo. Esto resulta absolutamente lógico y comprensible si recordamos que estamos
hablando de uno de los componentes de la estructura, el entorno, que al ser "actualizado"
(considérese el aspecto temporal de esta palabra) por la acción se produce y produce la

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“Estructura dramática”. R. Serrano

totalidad de la acción dramática.​


Y si tenemos en cuenta el rol constituyente de las conductas, la participación activa del entorno
en la formación de la acción, conviene desde el mismo comienzo de los ensayos someter la
práctica actoral a las presiones de un entorno construido del modo más concreto posible para
que los actores no deban esforzarse en imaginarlos, en suponerlos, lo que distraerá su trabajo
transformador sobre los parteners, y para que tropiecen con los condicionamientos del entorno
de la manera más efectiva posible.​
Proceder diversamente, durante las improvisaciones-investigaciones es favorecer el
desdoblamiento del actor: éste debería suponer y hacer, controlar lo que hace en función de lo
supuesto. Mientras que la presencia materializada del entorno lo aglutina alrededor de los
objetivos transformadores.​
Distinto es ya cuando el actor, en una etapa más avanzada, ha encontrado los carriles
esenciales de todos sus componentes superfluos. Debe desaparecer lo que no se utilice. Es
más, luego de construido en sus aspectos esenciales el comportamiento dramático posible,
comienza el trabajo del director y los actores en la búsqueda de los componentes estilísticos de
la puesta, y ése es el momento en que el entorno -como los otros componentes estructurales-
sufren el proceso de estilización y depuración de lo que sirvió inicialmente como frontera de la
conducta. Aparece la metáfora, la sugestión. Recordemos en este sentido las epístolas del
capitán Gabler que si no se disparará hasta el telón final, no tendrían razón teatral de existencia.​
Lo mismo ocurre con los entornos teatrales inicialmente utilizados como recipientes, como
continentes conformadores de las acciones.​

3- LA ACCION​

Iniciamos ahora el estudio del elemento estructural que permite que la situación devenga hecho
correcto, que sea extraída de la pura abstracción. Se tratará del nexo vivificador por el cual las
distintas partes integrantes de la estructura dejan, en la práctica, de ser aisladas y , al ponerse
en relación recíproca unas con otras, al generarse entre sí dramáticamente por intermedio de la
acción, cobran cualidades inexistentes hasta el momento y debidas únicamente a su nuevo
nivel: el de aparecer en sistema (o estructuradas).​
Hablemos pues de la acción, física o escénica, o como quiera llamársele. La denominación de
acción física había ya provocado insatisfacción en la época del mismo Stanislavski porque
induce a desconsiderar los componentes psicológicos indispensables de su existencia. Si de
todos modos, el maestro ruso la adoptó fue porque quiso subrayar su carácter material y
diferenciarla de los trabajos notoriamente psíquicos con los que se había manejado hasta
entonces.​
Es por la acción que lo pensado se convierte en real y por la que se abandona el terreno de los
objetos resultantes de la praxis creadora, objetos en los que aparecen rasgos notoriamente
humanos. La estructura dramática materializa las objetivaciones propias del hombre.​
De la acción surge ese objeto poliestructurado, complejo, el del teatro en acto, de la situación
dramática temporal y espacialmente articulada, y que sirve luego al actor como criterio para
definir y adoptar con mayor y mejor conocimiento, los pasos concretos a dar en la creación.​
Cabe aquí recordar la tesis de Marx: "El problema de si puede atribuírsele al pensamiento
humano una verdad objetiva, no es un problema teórico sino un problema práctico. Es en la

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“Estructura dramática”. R. Serrano

práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la


terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento
-aislado de la práctica- es un problema puramente escolástico".​
Recordemos que la práctica a la que tiende el método de las acciones físicas no es la creación
del objeto estético en sí mismo. El método es una forma del análisis específico del actor y su
producto es un criterio, un modelo para luego crear el objeto estético. En este paso puede
desecharse enteramente lo obtenido en la investigación pero ésta habrá servido de basamento
negativo, al menos, de la ulterior creación.​
¿La teoría entonces, estaría de más? Claro que no. Estamos abogando por una teoría de, para,
con la práctica y tal postura se sustenta perfectamente con el método de las acciones físicas
entendido fundamentalmente en el sentido ya entrevisto por su creador, de método de análisis.​
Si el actor, munido de una correcta aproximación teórica a la acción física y a la estructura
dramática, asume y desarrolla este modo del análisis concreto, ascenderá a un conocimiento
mucho más complejo del objeto que busca e imagina, lo podrá analizar de un modo
infinitamente más variado y rico en significaciones y al que no podría llegar de ninguna otra
manera.​
No hemos encontrado en las obras de [Link] que consultamos, ninguna definición de
la acción, aunque de su lectura resulta evidente el rol protagónico y la utilización central que le
otorga en sus sistemas, el maestro.​
Fue Boris Zahava, eminente discípulo de Vajtangov, quien puso a nuestra disposición el material
teórico clave que contenía la definición necesaria.​
Dice así Zahava: "Acción escénica es toda conducta voluntaria y consciente tendiente a un fin
determinado". Definición clara, sencilla y tajante. En esta importante herramienta conceptual
rescatamos dos elementos fundamentales: 1) El carácter voluntario y consciente de la acción y
2) Su finalidad, igualmente precisada de modo consciente.​
Todo otro modo de la conducta actoral que pudiera presentarnos como alternativa queda de
lado.​
En primer lugar debemos descartar al movimiento que aparece a veces como sucedáneo de la
acción. Los movimientos o desplazamientos que se le indican al actor no poseen en sí una
intencionalidad transformadora que pueda ser asumida conscientemente: se trata de meros
traslados de un lugar a otro del escenario y, la mayor parte de las veces, su finalidad de índole
estética (para equilibrar la disposición escénica, por ejemplo) no pertenece al mundo del
personaje, a lo que éste persigue, sino que se encuadra, claramente, dentro de la problemática
del director (actor). Los movimientos traducen materialmente intenciones expresivas pero
desconocen los dobleces psicológicos, la intencionalidad del personaje.​
Todas las acciones, por ser necesariamente físicas, implican movimiento, pero no todos los
movimientos implican acción, transformación. La acción siempre se ejerce en un sentido
transformador del campo sobre el que se aplica. Por supuesto que hay que entender, que la
súbita detención del movimiento asumida conscientemente y con una finalidad, la inmovilidad
buscada para obtener algo, cabe perfectamente dentro de los límites de la acción concebida
según la definición de Zahava.​
El movimiento es la mera costra física, exterior, en el mejor de los casos, de la acción
desprovista de sus componentes psíquicos en los que reside su intencionalidad activa. Por lo
tanto el movimiento es incapaz de ejercer un rol estructural. No transforma, no vincula entre sí

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“Estructura dramática”. R. Serrano

los distintos elementos y deja ausente no al menos, importante: la psiquis del ejecutante que
permanece como tal, fuera de la estructura, sin introducirse en el personaje y a lo sumo
pintándolo desde el exterior.​
Otra de las conductas a descartar y que con suma frecuencia se nos presenta como alternativa
de la acción es el sentimiento.​
Cuando intentamos aproximarnos, intelectualmente, a lo que hace un personaje, se nos
imponen con cierta claridad los resultados emocionales de su conducta. Es más, en el terreno
de lo pensado, tanto las emociones como las acciones se expresan con verbos y por lo tanto la
confusión es aún más factible. Pero apenas ascendemos desde lo pensado a la práctica
comenzamos a notar su diferencia. Los sentimientos no tienen un origen voluntario, no pueden
ser puestos en funcionamiento nada más que porque lo necesitemos o deseemos. Más bien los
sentimientos son productos que tienen todo nuestro accionar, pero las más de las veces en
contra de nuestros propios deseos. Amar, sufrir, llorar, etc., pese a que expresan
conceptualmente con cierta precisión contenidos psíquicos reales y capaces por ello de
pertenecer a los personajes que intentamos componer, no pueden servirnos como herramientas
para lograrlo. Podemos a voluntad fingir que lloramos, amamos o sufrimos, podemos mimar con
más o menos precisión los comportamientos exteriores que ellos implican, pero se tratará
entonces de copias exteriores de comportamientos más complejos. Los verdaderos contenidos
psicológicos se nos escapará en este intento por imitar los sentimientos. Justamente para
mimarlos deberemos situarnos en posición de observadores y esto mismo implica nuestra
descarga emocional. Los sentimientos siempre, son el resultado de un proceso. Incluso en las
técnicas de Strasberg, que aquí hemos calificado de caso especial de la conducta general
objetiva. ¿Cómo entonces hacer de ellos, tan esquivos e involuntarios, la base firme y el punto
de partida de la técnica? ¿Podemos confiar la construcción del objeto que buscamos en
comienzo tan frágil y esquivo? Nos parece que no.​
Ya Stanislavski había descartado la posibilidad de plantear al actor la búsqueda consciente del
sentimiento. Había señalado que ello llevaba al cliché, al juego teatral inflado y
fundamentalmente mentiroso.​
El lema stanislavskiano "de lo consciente a lo subconsciente" excluye al sentimiento,
involuntario, como punto de partida y ya hemos mencionado que este hito epistemológico
constituye, a nuestro juicio, uno de los mayores aportes del maestro ruso, en sus comienzos, a
la técnica actoral. El sentimiento pues debe ser diferenciado netamente de la acción y ser
descartado como comienzo de la tarea. En consecuencia, la herramienta fundamental con que
el actor debe emprender su construcción es tajantemente la acción.​
¿Queremos con esto decir que los únicos componentes de la conducta escénica, son las
acciones y que todo lo demás debe ser desechado?​
Por supuesto que no. Aspiramos a obtener sobre la escena un comportamiento orgánico,
integral y complejo, que incluya todos los niveles de la vida psíquica, que sea capaz de producir
en el escenario un hombre tan rico y denso como el de la vida.​
Lo que decimos, y con toda la firmeza que nos permite nuestra experiencia, es que el actor debe
comenzar su trabajo técnico con las acciones y que éstas son las que desencadenan todo el
proceso ulterior que abarca luego distintos niveles psicológicos.​
Las acciones son las herramientas con las que el actor construye los tramos iniciales de la
interacción, la que a su vez, genera, ahora ya de un modo no totalmente consciente, los

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“Estructura dramática”. R. Serrano

restantes componentes psíquicos: sentimientos, actos reflejos, etc.​


Veamos este proceso un poco en detalle; yo comienzo a accionar sobre mi partener para
transformarlo en un cierto sentido. Este, a su vez, lo hace sobre mí, en función claro está del
conflicto.. Mi partener, que se ha planteado a su vez conscientemente y de modo voluntario su
accionar, recibe mis actos como estímulos físicos, concretos, con alta dosis de realidad. Por lo
tanto reacciona ante ellos como ante los estímulos reales porque, hasta cierto punto, lo son.
Decimos, re-acciona, ya no se trata de que accione, sino que responde de un modo no
totalmente consciente, a veces, muchas, reflejo. A mi vez yo recibo la presión de sus
comportamientos en lo que tienen de físicos, de objetivos y ejercidos sobre mi. Para mí se trata
de estímulos igualmente portadores de elevadas dosis de realidad: se me acerca, pide algo, me
acaricia, me esquiva, etc. Y mis objetivos, contrarios a los de él, a causa de nuestra disímil
posición ante el conflicto, me hacen enfrentarlo: si me quiere acariciar yo lo esquivo, si él lo hace
lo busco, si se me aproxima me alejo, etc. Nace la lucha. Comienzan a aparecer signos de carga
emocional. Por lo menos se crean de este modo las condiciones más favorables, en el
escenario, para la aparición de los sentimientos. Y éstos, pese a ser míos, son homólogos a los
del personaje puesto que han aparecido al asumir yo y mi adversario una circunstancia similar.​
Supongamos que tenemos ya la emoción en el escenario. Como resultado de ella asumo
comportamientos para nada conscientes. Han surgido con total espontaneidad y se trata de
conductas materiales que no pueden ya caber en la definición que Zahava da de la acción y
que, sin embargo, han sido producidas por aquel lejano comienzo racional.​
Si recapitulamos, a esta altura, nos hallamos ya con todos los niveles y componentes de una
conducta más orgánica, cuyo origen no es ahora tan sólo consciente ni voluntario, para
acercarse al modo de existencia de los comportamientos espontáneos, naturales y plenos de
afectividad. Fue la acción física la desencadenante de todo el proceso, pero sería torpe limitar
las posibilidades del actor al mero accionar sin comprender el rol instrumental que posee.​
Ahora bien, el lector habrá advertido que marcamos con machacona insistencia el carácter
transformador de las acciones físicas, y que nos parece que solamente así se logran obtener los
comportamientos más orgánicos y profundos. En nuestra práctica pedagógica creímos
necesario completar la definición de Zahava, con un subrayamiento de la función transformadora
y activa de la acción: , por ello, para nosotros, la definición de acción escénica sonaría más o
menos así: "Acción escénica es todo comportamiento voluntario y consciente, tendiente a un fin
determinado, transformador, aquí y ahora". ¿Por qué el aquí y el ahora? Porque muchas veces
nos hemos topado con actores que asumen la transformación como un proceso de larga
duración que debe desarrollarse primeramente en el terreno de la argumentación verbal, de las
palabras, de la convicción. Y de ese modo el actor llega a parecerse, en la improvisación claro
está, más a un fiscal o a un abogado defensor, según su rol, que a un actor. Repetidamente
hemos dicho a nuestros alumnos: "los actores son hacedores, ni habladores ni sentidores." Y
pese a los barbarismos empleados creemos que en la formulación aparecen claramente las
diferencias que buscamos y que corresponden con los efectos que pretende el método de las
acciones físicas: lograr que el actor al transformar a su partener se transforme a sí mismo.​
Ya Stanislavski lo había dicho en su oportunidad: "es imposible accionar en profundidad sin
comenzar a sentir". Claro, a condición que se accione en profundidad, es decir, realmente de
modo transformador. Debe desecharse el accionar superficial, formal, que sólo tiene en cuenta
las apariencias, los aspectos físicos y deja de lado los aspectos psicológicos, que son

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“Estructura dramática”. R. Serrano

esenciales y sin los cuales la acción no existe como tal.​


Porque -ha llegado el momento de definirlo con claridad- la acción escénica es siempre una
acción psico-física. Cuando barremos, por ejemplo, siempre lo hacemos porque antes hemos
tomado la determinación y porque perseguimos, de algún modo, una finalidad. Y esas
decisiones previas, al igual que los "para qués" caen plenamente en el terreno de lo psíquico. Si
la acción transcurre en el terreno de lo únicamente físico no podríamos diferenciarla del mero
movimiento y no incluiría la totalidad de mi yo psicológico en ella, ni me transformaría ni me
acercaría al personaje en el proceso de identificación que perseguimos. Por otra parte, si
transcurre en el terreno de lo puramente psicológico perdería mucho de su carácter
esencialmente teatral por cuanto pasaría desapercibida para los espectadores, destinatarios
últimos, es cierto, pero destinatarios al fin de lo que hacemos sobre la escena. Pero esto no es
lo esencial. La acción, si fuera únicamente psicológica perdería su materialidad transformadora,
esa realidad objetiva que acciona sobre el partener decididamente como estímulo y me
compromete a mí mismo en el aquí y ahora. La materialidad de la acción, unida a su contraparte
psíquica, es lo único que le asegura su carácter transformador, instrumental.​
La emoción siempre nos "con-mueve", nos "con-mociona" físicamente. Pero primero hay que
lograrla. Y eso parte de la concretez de la acción física como ya vimos. En cambio el puro
pensamiento se perdería en la cima de nuestra identidad sin trascender al exterior, ni por
consiguiente transformarlo. De todo lo anterior se desprende la necesidad de entender a la
acción física de Stanislavski como acción psico-física, única garantía para que pueda cumplir
con su tarea transformadora.​
Por supuesto que el actor recurre a "acciones" meramente psíquicas tales como el decidir algo,
el pasar de una acción a otra, etc., pero en realidad se trata de puentes entre acción y acción,
de trampolines necesarios para asumir alguna de ellas, sin que esto conmueva nuestra
afirmación de que lo realmente transformador tiene que ser necesariamente psicofísico.​
Nos detendremos ahora en un aspecto poco estudiado de la acción y que sin embargo se
desprende de su pertenencia a la estructura teatral y no al de la conducta totalmente real.​
La acción escénica posee un doble carácter: 1) Debe necesariamente ser transformadora,
ejercer su rol de herramienta creadora del partener y de mí mismo como personaje; y 2) posee
un carácter claramente sígnico, permite a quien la contempla penetrar en la conducta del
personaje, no sólo en lo que tiene de exterior sino que revela bien su intencionalidad, grado
emocional, sentido contradictorio con lo que dice, etcétera.​
Al actor de la vivencia, y a nosotros en el método, nos interesa en primerísimo lugar el carácter
transformador, activo, de la conducta escénica y recién posteriormente, cuando ya la estructura
ha sido creada y ha alcanzado un grado evidente de desarrollo, articular la "mise en scéne",
recién entonces, nos ocupan los aspectos significativos, demostrativos del accionar. Los
aspectos destinados a trascender, a atravesar la cuarta pared. Pero esos aspectos se crean
simultáneamente con el establecimiento de las relaciones, en la etapa generativa de relaciones.​
Este doble aspecto de la acción física permite un juego a veces no tenido en cuenta pero de
incalculables consecuencias para la realización escénica. Cuando el actor invierte los términos y
las finalidades de la acción, y tiene en cuenta en primer lugar los aspectos estéticos,
significativos de su hacer en lugar de los activos, transformadores, dificulta todo el proceso.
Aunque parta de lo estético y luego intente rellenar de vivencia lo obtenido. No es ya la génesis
natural, invierte su sintaxis. Para encontrar esos rellenos deberá proceder abstractamente

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“Estructura dramática”. R. Serrano

porque las acciones obtenidas serán un intento por embellecer la escena y a lo mejor no
contemplan los intrincados caminos de la real interacción. Lo que se obtiene se aproxima
peligrosamente a lo que hemos llamado teatro de la representación, en el que también, en
algunos casos se obtienen escenas vivenciadas. Claro. Pero se trata de las excepciones, de lo
encontrado y no querido. Lo que seguramente se dificulta de esta manera es la identificación
pues ha sido asumida desde afuera y la propia personalidad se ve constreñida, forzada a entrar
en un molde extraño, formalmente bello o expresivo quizás, pero ajeno a la identificación
natural.​
También existe el peligro contrario: el de aquellos que sólo ven en la acción su carácter
transformador espontáneo, vivencial y descartan los aspectos sígnicos, es decir demostrativos,
de la acción hallada. Estos últimos caen en un teatro naturalista, carente por completo de
teatralidad bien entendida. Estos incurren en el error de transformar el método de las acciones
físicas de instrumento de investigación, en instrumento capaz de llevarnos directamente y sin
otros procedimientos a la puesta en escena. Y esto es un error. La estructura obtenida con el
método debe ser trabajada desde otros ángulos que crecerán sobre su verdad (estética) inicial.
Vajtangov y Meyerhold cuando reclamaban la excesiva psicologización del teatro de su maestro
Stanislavski hablaban de esto.​
El método no debe ser desviado de su función heurística: no es la receta mágica que soluciona
los problemas estéticos y expresivos. No. Lo que permite es su abordaje desde un grado del
conocimiento concreto, ante la existencia de estructuras dramáticas desarrolladas ya en la
escena que facilitan los criterios expresivos, estéticos, sobre todo en el teatro que pretenda
alcanzar un elevado grado de realismo, pero sin excluir aquellos estilos (Shakespeare, Molière,
etc.) marcadamente ajenos al naturalismo de los comportamientos en los que sin embargo la
estructura lograda nos permite "entender" las situaciones y trabajar estéticamente sobre ellas,
en vez de hacerlo sobre el material abstracto, sólo pensado.​
Las acciones, principalmente, son instrumentos, las herramientas esenciales del actor en la
construcción de su personaje y en la asunción y comprensión (real) de los diversos elementos
que componen la estructura. La acción es la menor unidad a la que puede reducirse lo
dramático (en ella se vinculan, se tocan todos los demás elementos estructurales) sin perder su
carácter de tal. En una acción se refleja el sujeto, su estado de ánimo, su intencionalidad, sus
contradicciones, la época, su extracción social, los problemas del entorno, la interacción con el
partener, etc. Es por ella, por la acción física que la estructura dramática alcanza su dimensión
estructural y deja de ser una yuxtaposición de elementos dispares.​
La acción, como se desprende de todo lo anterior, no sólo sufre pues las determinaciones del
sujeto, manifestadas a través de los objetivos que persigue, sino también las limitaciones
transformadoras, condicionadoras del entorno, de sus contradicciones internas, etc.​
Es más. Si abandonamos por un instante nuestros razonamientos que nos ubican dentro de las
estructuras dramáticas, y nos volcamos a considerar las relaciones de éstas con las
macroestructuras sociales e históricas, veremos que estos condicionamientos sociales e
históricos son los que imprimirán un determinado sentido, darán determinados valores,
jerarquizan tales relaciones en detrimento de otras. Los comportamientos actorales sólo podrán
decodificarse en el seno de esas macroestructuras y es en este nivel, donde, según nuestro
parecer, se efectúa la traducción de lo ético, lo político, en conducta concreta. No se tratará
únicamente del texto que se vincula con "los grandes temas". Por el contrario las palabras

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“Estructura dramática”. R. Serrano

podrán velar, muchas veces, la consideración de esos temas que estarán sin embargo
presentes, en los comportamientos de los personajes entroncados en sus estructuras
dramáticas. Es en este nivel en el que lo social se expresa a través de los destinos individuales,
de sus posiciones concretas y complejas frente a los problemas. No es en el nivel de los
discursos.​
Pero ahondemos un poco en el modo en que toda la problemática estructural se expresa en la
conducta, a la que antes definimos como la frontera en la que se encuentran las presiones de la
subjetividad del agente con las limitaciones que le impone el entorno temporal-espacial en el
que actúa. Cuando el actor comienza a pensar qué comportamientos serían posibles en tal o
cual otra situación conflictiva, mi experiencia me ha llevado a valorar enormemente lo que
hemos dado en llamar acciones autónomas, es decir, aquellas acciones que el personaje haría
en la situación si no mediara el conflicto. ¿Por qué esta momentánea abstracción de los
conflictos? Quizás para pensar más fácilmente, para hallar mejor, los comportamientos
naturales, normales, en una situación en la que, cuando se enfrentan a los conflictos se cargan
de explosividad y se convierten en altamente dramáticos. La aparición del conflicto puede
provocar en el personaje una acción adecuada, impensada en la misma situación calma. Pero
esto ocurre generalmente cuando los conflictos son violentos, inesperados, claramente físicos.
En cambio, si los conflictos son más bien internos, de conciencia, que apenas si se traducen en
el texto de los personajes, como es el caso de Chejov, lo que ocurre es que las acciones
autónomas se cargan de conflictividad, varían su modo de existencia, justamente a causa de las
presiones disociativas que sobre ella ejercen los conflictos interiores.​
Tío Vania se encuentra a solas con Elena, en una noche tormentosa. Sufre por su amor
incomprendido, no correspondido. ¿Qué pueden hacer? ¿Qué hacen efectivamente? Aquí
aparecen las acciones autónomas: Elena trata de descansar de la fatiga que le ha producido su
marido Serebriakov, pero sufre la presencia acuciante del ansioso Vania. Este acomoda la casa:
son las once de la noche, todos se han retirado a dormir, se aproxima una tormenta, cierra una a
una las ventanas, apaga de a poco las luces, vuelve las sillas a su lugar, pero todo esto ganado
por la ausencia de Elena, por estar a solas con ella. Querría hacer cosas, pero no se anima, y
esto se refleja en su modo concreto de ejecutar lo que llamamos acciones autónomas. Y lo
mismo Elena. Hablamos de acciones posibles (es decir pensables con anterioridad) en la
escena. Cuando pasamos al trabajo concreto sobre la escena no establecemos un plan con
ellas. Simplemente pensamos en su posibilidad y dirigimos la atención del actor, que busca el
personaje, hacia esos objetivos físicos sencillos, pero eso sí, cargados ya de la contradicción
interna que los corroe. Si durante la improvisación surgen otras acciones no las desechamos,
por el contrario son muy bienvenidas y analizadas. Pero el planteo inicial de conductas
autónomas facilita la tarea extrovertida, transformadora hacia el exterior de los personajes. Evita
que Vania piense y sensorialice su sufrimiento y se sumerja en sí mismo para lograr expresarse
tan sólo en el texto. Y a la vez le plantea a Elena un tema exterior de preocupación al que debe
atender.​
¿Qué ocurre con ellos entonces? Comienza la interrelación entre el entorno, los conflictos, las
acciones vistas como posibles y autónomas, las modificaciones que sufren por la propia
interacción, las acciones no pensadas y surgidas por el choque (en casi todos los casos las
esenciales) etc. En una palabra: la estructura dramática comienza a materializarse ante nuestros
ojos con todos sus complejos niveles: los físicos, los psíquicos, los verbales, los factores

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“Estructura dramática”. R. Serrano

temporales, las distancias significativas, etc. El lugar y el momento se integran plenamente. De


este contexto inicial, relativamente pensado, preparado a causa de nuestras orientaciones
teóricas, se levantan las acciones halladas, necesarias entre estos dos actores en el aquí y el
ahora. Y de este modo logramos la complejidad a partir de una cuidadosa combinación de los
elementos teóricos y los prácticos, que se van sucediendo en un proceso ascendente de ajuste
y profundización.​
Ya hemos considerado la acción escénica como herramienta: intenta servir para la
transformación del partner pero en esta operación transforma al agente mismo.​
Dice Marx en "El Capital" hablando del trabajo: "A la par que de ese modo actúa sobre la
naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza desarrollando las
potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina". El
trabajo actoral no vemos por qué razón deba ser excluido de la consideración genérica citada.
La circularidad que une al sujeto con el objeto de su acción, propio de su concepción de la
actividad, y que nos permite rehuir por igual del voluntarismo idealista y del materialismo
determinista vulgar, explica científicamente la eficiencia del método de las acciones físicas. En
él, el actor acciona por transformar su objeto y en esta tarea produce sus propios contenidos
psicológicos. Las acciones van creando al personaje. El personaje no es algo que existe
poseyendo en sí todas las determinaciones a las que luego el actor pone en práctica, las extrae
de su cerebro y las analiza. No. Son las relaciones materiales del actor con el entorno y sus
parteneres las que van produciendo el personaje y no sólo en su existencia física sino y sobre
todo en sus contenidos psicológicos fundamentales.​
Es justamente en la praxis, en el proceso del trabajo, en la que aparece, como bien dice Lukacs,
la primera relación auténtica sujeto-objeto, y solamente por ella surge un sujeto en el verdadero
sentido de la palabra.​
Para afirmar aún más sus asertos Lukacs recuerda que Hegel había señalado acertadamente
"que con ello se resuelve la carencia de distancia inmediata entre el simple deseo y su pura
satisfacción". "El sujeto -continúa Hegel- convierte la herramienta en un punto medio entre sí y el
objeto, y este punto medio constituye la lógica real del trabajo . . . Surge de este modo un
producto creado por el hombre y que sirve exclusivamente a este objetivo: informar al hombre
sobre sí mismo mediante el reflejo de su mundo interior y de su entorno, y así elevarlo sobre sí
mismo tal como se muestra en la vida cotidiana, ayudarle a llegar a la autoconciencia. El hombre
llega a ser realmente él mismo cuando crea su propio mundo a partir del mundo reflejado por él,
y se lo apropia".​
La cita puede describir con igual precisión los comportamientos del actor en el método de las
acciones físicas.​
Veamos ahora un poco los "por qué" y los "para qué" generadores subjetivos de la acción.​
El "por qué" de una acción, es decir, su causa, nos habla fundamentalmente del pasado de la
misma. A ese pasado el actor puede recobrarlo de un modo abstracto: la causa puede ser
pensada (no será real por lo tano), puede ser sensorialidad (tendrá entonces una cierta
existencia material concreta cuyos defectos ya analizamos). En la segunda hipótesis esto
implicará trabajo de introspección, de regreso "sensorial" a un aquí y ahora distinto al de la
escena con todos los inconvenientes del transcurrir temporal y por lo tanto nos plantean la
imposibilidad de construirlos en la práctica de éste, nuestro contexto actual. Por supuesto que
no negamos la función intelectual que puede cumplir la determinación de las causas de una

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“Estructura dramática”. R. Serrano

acción, incluso sobre la acción misma ejecutada físicamente. Sobre todo en análisis
fundamentalmente teóricos. Dudamos, eso sí, de la función que los "por qué" puedan cumplir
esencialmente durante la improvisación, durante la práctica creadora inicial en el escenario.​
En cambio el "para qué" de la acción se inscribe en el futuro. Se trata de algo a conseguir, de
algo cuya existencia depende de mi accionar en este aquí y ahora de la circunstancia dramática.
Se me presenta como algo posible y cuya búsqueda me inserta, me vincula aún más
profundamente a la circunstancia que vivo. La acción es la respuesta a este "para qué" y no la
introspección psicológica. El "para qué" a obtener se ubica en el futuro inmediato, potencial de
este presente que enfrento y cuyo desarrollo, en un sentido u otro, depende, por lo menos en
parte, de lo que yo haga. La situación a la que tiendo preexiste, idealmente, en mi cabeza y
condiciona como ley mi propio comportamiento. Al revés de los "por qué" que nos retrotraen al
pasado, que nos extraen del aquí y ahora. los "para qué nos atornillan a él.​
El actor, por ser la realidad teatral conflictiva, no la acepta tal como es y tiende a cambiarla en
un sentido que no existe todavía. Ese fin que busco me presiona.​
Dice Adolfo Sánchez Vázquez: "El fin, por tanto, prefigura aquí el resultado de una actividad
real, práctica, que ya no es para actividad de conciencia. Gracias a ello, el hombre no se halla
en una relación de exterioridad con sus diferentes actos y con su producto como sucede cuando
se trata de un agente físico o animal, sino en relación de interioridad con ellos, ya que su
conciencia establece el fin como ley de sus actos, ley a la que se subordinan, y que rige, en
cierto modo, el producto. Este dominio jamás puede ser absoluto, ya que se halla limitado por el
objeto de la acción y los medios con que se lleva a cabo la materialización de los fines".​
Esto es lo que ocurre con el actor que se sumerge en la dialéctica compleja del método de la
acción física. Su conducta transforma la totalidad pero a la vez se ve limitada, configurada por
ella. Deviene así orgánica, insustituible, verdadera (estéticamente).​
Los resultados no intencionales registrados en este quehacer conflictivo lejos de desanimarnos
en nuestro planteo lo fortalecen, porque, ¿qué otra cosa que esa manifestación de la necesidad
en forma de casualidad buscamos para enriquecer nuestro pensamientos simplificadores?​
Esos resultados no esperados, pero bien venidos, no tienen origen mágico: provienen del
choque con las otras voluntades actuantes, de la imprevisibilidad temporal, del entorno jugando
activamente sobre nuestro quehacer, de la relación imprevisible de fuerzas en un momento
dado, etc.​
Es por todo esto que, en nuestra metodología los "para qué" juegan un rol determinante como
verdaderos motores voluntarios de la acción, como condicionantes esenciales (y reales en el
escenario) de mis acciones. Mientras que dudamos acerca de la "realidad" actual de los "por
qué", y no de su complementariedad lógica.​
La acción física aparece como la principal herramienta del actor para desencadenar todo el
proceso, justamente a causa de sus orígenes voluntarios y concientes. En efecto, basta tan sólo
querer para comenzar a accionar. No se precisan mayores preparaciones físicas (relajamientos,
etc.) ni de otra índole. No se debe estar ganado previamente por la emoción para luego actuar:
al contrario la emoción es producida por el accionar, se alcanza con, desde el trabajo.​
En el primer método stanislavskiano se exige del actor: 1) concentración y relajación adecuadas,
2) trabajo con la memoria de la escena, para alcanzar una justa motivación, y 3) recién entonces
se procede a la adaptación al entorno concreto, comienza la acción y en un plano que no
perturbe lo obtenido interiormente. Este proceso es adialéctico, antinatural y sumamente frágil.

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“Estructura dramática”. R. Serrano

La concentración se pierde ante un choque inesperado. La interacción es superficial, bifurcada


hacia adentro y afuera, y preconcebida.​
En cambio en el método de las acciones físicas ocurre exactamente lo contrario: si bien debe
aceptarse que el comienzo de la acción está teñido únicamente por la racionalidad, en la medida
en que profundiza su acción transformadora sobre él, va obteniendo mayores resultados
psicológicos y significativos y sobre todo referidos al personaje y la situación. Como se
desprende de esta muy incompleta descripción, el proceso marcha aquí siempre en la dirección
de una conexión cada vez mayor con lo que ocurre realmente en escena. Y esto elimina las
falsas disyuntivas acerca del desdoblamiento por técnicas anteriores. El personaje aparece en el
método de las acciones físicas en la misma medida en que se profundiza sobre la situación
material que se va creando con el accionar en el escenario. El control que sobre ello ejerce el
actor es el mismo control que cualquier persona ejerce sobre sus comportamientos en la vida,
sin que esto cercene sus posibilidades emocionales.​
Es más: la acción, pese a su origen estrictamente voluntario, si es transformadora, activa aquí y
ahora, genera espontáneamente la concentración necesaria que aparece entonces, ya no como
premisa del trabajo, sino como resultado de la lógica adecuación del agente a la consecución de
sus fines. Exactamente como lo que ocurre en la vida cotidiana con lo que llamamos atención
espontánea. Lo mismo ocurre con las tensiones musculares. No nos exigen un control aparte o
individualizado de su funcionamiento, ni durante los ensayos ni durante la función. La
adaptación muscular correspondiente, es decir la justa, resultará de la capacidad para verterse
sobre el objetivo a lograr de un modo efectivo. Las tensiones musculares seguirán en esto,
espontáneamente, al comando de la voluntad de trabajo. Como en la vida.​
Y si volvemos a la consideración de los "por qués". ¿Cómo deberá plantearse el actor para que
no sean pantallazos fugaces sin efectos, razones abstractas incapaces de generar conducta
orgánica? Tan solo mediante el trabajo de sensorialidad introspectiva profundamente analizado
por Strasberg que acarrea, como ya lo vimos repetidamente, una serie de inconvenientes, entre
los cuales el principal, a nuestro juicio, es la desconexión efectiva con lo que está ocurriendo
realmente en el escenario.​
Una técnica que no pretenda violentar el aparato psicofísico normal del actor, del hombre en
general, ya que el actor no es ningún superdotado, debe plantearse un comienzo voluntario y
consciente. Todo proceso técnico o de trabajo invierte la causalidad natural. Primero se plantea,
aunque idealmente, los resultados a obtener, y luego endereza los medios necesarios para su
consecución. Por ello la causalidad no funciona aquí "naturalmente", espontáneamente, en el
mismo sentido temporal, sino que es utilizada, provocada conscientemente por el hombre. En
realidad debemos adentrarnos en la consideración de las características propias del trabajo ya
que hemos visto que la técnica actoral, en la concepción del método, se encuadra dentro de sus
normas generales.​
En el trabajo humano el quehacer se constriñe, se somete como ante una legalidad más, ante la
finalidad que persigue y que ha aparecido en la mente del trabajador, aunque sólo sea de modo
ideal o abstracto. El quehacer humano ya sometido materialmente a la presión inexorable de las
legalidades naturales -recordemos que se trata de acciones físicas en nuestro caso- añade
como una ley más a observar el enderezamiento de los procedimientos que provoca la
existencia de una finalidad aún por obtener.​
Los "por qués" cuando influyen en el trabajo, aparecen de dos modos: como necesidades

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“Estructura dramática”. R. Serrano

naturales (hambre, sed, miedo, etc) que provocan la acción, o como recuerdos o evocaciones de
experiencias anteriores. En el teatro resulta muy difícil (si no imposible) provocar en el actor
antes que nada "necesidades naturales". Strasberg intenta reemplazarlas con su modo más
material y concreto de existencia en este género: la evocación sensorial. Pero para ello debe
distraer el yo consciente del actor ed la interacción con su medio y su partener, para volcarlo a la
evocación. De aquí surgen las dificultades descritas.​
Los "para qués", en cambio, pese a ser abstractos también, (se trata al principio de presencias
ideales de resultados a obtener) se ubican en un futuro cuya concreción depende de mi accionar
voluntario y conciente sobre este presente que me rodea y al que debo empujar con mi trabajo
hacia la aparición de los resultados. Es algo posible aquí y ahora, materialmente afuera mío, y
surgirá tras un proceso que comienza de modo voluntario y conciente y posee un lado tangible
cuyos efectos el actor palpa de inmediato. Es por ello que destacamos la importancia que tienen
los "para qué" u objetivos en el método que estudiamos.​
Nuestra intención es encuadrar el método de las acciones físicas elementales de Stanislavski
dentro de la teoría general del trabajo concebida por Marx, aunque, lo reconocemos, quizás nos
falten conocimientos filosóficos suficientes como para hacerlo en la medida necesaria. El
método nos aparece como un modo particular de existencia del trabajo en general. Y esta
aproximación a la técnica, creemos que permite profundizar algunos problemas hasta hoy muy
mistificados y esclarecerlos de un modo imposible de obtener desde otras posiciones.​
Veamos pues, antes que nada, qué es el trabajo para Marx: "Nuestro punto de partida es el
trabajo bajo una forma que corresponde exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta
operaciones que se asemejan a las del tejedor. La estructura de las celdas de cera construidas
por una abeja desconcierta a más de un arquitecto. Pero lo que desde el primer momento
distingue al peor arquitecto de la abeja más experta, es que él ha construido la celda en su
cabeza antes de construirla en la colmena. El resultado que se logra mediante el trabajo
preexistente, idealmente, en la imaginación del trabajador. No es sólo que opera un cambio de
forma en las materias naturales; al mismo tiempo realiza su propia finalidad, de la cual tiene
conciencia, que determina como una ley su modo de acción y a la que debe subordinar su
voluntad".​
Lo que para Marx diferencia el trabajo de la mera actividad, que puede ser cumplida incluso por
animales, es justamente la inversión por la cual los objetivos a conseguir aparecen idealmente
en la cabeza del agente antes del proceso mismo del trabajo y lo condicionan como una ley más
a observar. Justamente, trabajar consiste en adecuar los comportamientos al logro de las
finalidades en medio de la ineludible observancia y sometimiento creador a las legalidades
naturales. El trabajo sufre así una doble presión conformadora: la de las leyes objetivas de la
materia y la presión de la propia finalidad perseguida. De esta interacción nace un proceso por
el cual el modelo ideal abandona su existencia en mi cabeza y comienza a aparecer
materialmente, objetivamente como resultado del trabajo.​
De estas premisas generales, que requieren ser estudiadas en cada circunstancia concreta de
su existencia, se desprenden algunas conclusiones: 1) el trabajo es una actividad material,
concreta, psico-física del hombre. No hay ningún modo de trabajo que no lo involucre como
individuo, que no exija su participación física y mental con los efectos consiguientes que esto
implica, 2) por su materialidad el trabajo se desarrolla en el espacio y en el tiempo, no en mi
mente. Por supuesto que una parte del proceso transcurre en ella, pero esta parte intelectual

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“Estructura dramática”. R. Serrano

necesita del momento material desencadenante. En realidad es en el teatro donde los procesos
edl reflejo psíquico superan la mera sensorialidad animal y consiguen abstraer legalidades
invisibles a la pura contemplación. Esas legalidades reflejadas como leyes objetivas de los
procesos materiales, actúan ya desde la cabeza del agente como índices modificadores,
orientadores de su actividad. Pero son también adquisiciones que no pueden desligarse de su
origen material en el proceso de la praxis humana, 3) el trabajo además, siempre se ejerce
sobre algo, sobre un objeto cuya modificación se persigue. Al lograr esta modificación del objeto,
no sólo emerge un nuevo objeto humanizado, adaptado a las necesidades o requerimientos
humanos, sino Marx nos hace notar que el mismo sujeto ha sufrido una transformación. Ya no
es el mismo que antes del trabajo. El trabajo ha creado "no sólo un objeto para un sujeto, sino
un sujeto para un objeto". Además, en el proceso del trabajo, y en la medida en que el hombre
va reflejando intelectualmente las legalidades de la materia, prolonga su capacidad activa, la
incrementa con las herramientas e instrumentos, que son en realidad objetos, producidos por el
hombre mismo, y tendientes a facilitarles su transformación del mundo circundante.​
Esta sucinta reflexión de las ideas de Marx, nos parece enormemente sugestiva si tratamos de
vincular sus asertos al método de las acciones físicas.​
El método se adapta a la caracterización general del trabajo y por lo tanto puede ser admitido
como un modo particular de su existencia. Quizás alguien se pregunte, en el caso del método,
¿cuáles son las herramientas mediatizadoras propias de todo trabajo? Nosotros creemos que
esas herramientas mediatizadoras son justamente las acciones físicas. Ellas de ningún modo
son planteadas por nosotros como objetivo, como el resultado a conseguir con el trabajo actoral,
sino por el contrario, somos conscientes de su rol instrumental. Las acciones físicas son las
herramientas, torpes quizás, burdas aún, con las cuales el actor va construyendo la conducta de
su personaje mucho más sutil y matizada, jerarquizada por la presencia del lenguaje como
forma superior de la acción. Y esas acciones-instrumentos van produciendo la conducta
compleja del personaje y desapareciendo en la medida en que ésta emerge. Podríamos decir,
parafraseando a un clásico, que así como el hombre es el producto de su propio trabajo, el
personaje se nos aparece como la primera y mayor consecuencia del accionar físico del actor en
personaje.​
Pero el trabajo es efectivo en su capacidad transformadora justamente a causa de su realidad.
En el caso del teatro, con toda su carga de convencionalidad, ¿cómo logra la acción esa
transformación? Recordemos la especificidad de lo estético. Su falta de utilidad inmediata. Un
árbol pintado no da manzanas, un asesino en el teatro no deja realmente ningún muerto, un
duelo en el teatro no mata. Recordemos que el trabajo estético satisface necesidades de orden
espiritual. Y el teatro se encuentra en el nivel de lo estético. ¿Cómo aplicar, sin una explicación
más específica y detallada, este paralelo que hacemos entre la eficiencia del trabajo material y
el de la acción física, que se encuentra en el nivel de lo estético? Tampoco las acciones físicas
tienen una utilidad inmediata: ni matan, ni enamoran realmente, ni engañan de verdad. ¿Y
entonces?​
Para explicar esta particularidad deberemos internarnos en el análisis de lo convencional en el
teatro como una de sus partes constitutivas, y el modo en que esto interviene, pese a todo, en la
modificación de la conducta de los actores en su camino hacia el personaje.​
Hay un doble peligro en el accionar: si se extrema el carácter convencional de los
comportamientos escénicos, no lograremos vivencia ni convencimiento. La falsedad anula toda

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“Estructura dramática”. R. Serrano

posibilidad de identificación con el espectador. Sí, permite, sin duda, otro tipo de participación
estética, pero no la identificación y su secuela, la vivencia. Y esto es lo que nos interesa a
nosotros. Pero por otra parte, si sobre la escena accionamos de un modo absolutamente
verdadero, real, que persiga la realización efectiva del objetivo, correremos serios riesgos de
abandonar lo estético y entrar en el terreno de la crónica policial incluso: es imposible matar a
una Desdémona por función.​
El teatro de la vivencia vive justamente en el delicado equilibrio que hacen una convención
creíble para el espectador y creída por el actor, y la realidad de sus comportamientos en el aquí
y ahora.​
En primer lugar digamos, que en escena, hay acciones posibles y hay acciones imposibles. En
el caso de las acciones posibles (barrer, coser, peinarse, acariciar, etc.) su efectividad no puede
ser cuestionada ya que se encuadran dentro de todos los requisitos propios de cualquier otro
"trabajo" real. El problema se plantea con las acciones, a las que provisionalmente
denominamos "imposibles": matar, violar, etc.​
La clave, en gran medida, de la acción física en lo que respecta a su capacidad para
desencadenar los procesos vivenciales del actor reside justamente en los aspectos materiales
de su existencia, en sus componentes físicas reales. En las acciones llamadas por nosotros
"imposibles" a causa de sus consecuencias morales o sociales, éstas no pueden llegar a
cumplirse en plenitud, pero de ninguna manera ello significa que las acciones de este tipo
permanezcan por completo en el terreno de lo psicológico o de lo pensado: no, mantienen gran
parte de sus elementos materiales aunque desistan de su actividad final. El actor que encarna a
Otelo puede tomar del cuello a Desdémona, voltearla sobre el lecho, arrojarse sobre ella, etc.,
sin llegar a matarla. Estos aspectos físicos crean un mínimo de condiciones de credibilidad
debido a su existencia material. Y sobre ellos se basa la efectividad del método aún en este
caso. Se trata pues, de limitar técnicamente el alcance de las acciones "imposibles" y de
mantener al máximo sus restantes componentes físicos.​
Ahora bien. Podría argumentarse que de este modo se preserva la apariencia exterior de la
acción, pero que un tal proceder difícilmente llegue a modificar, en el sentido del conflicto
orillado, las consecuencias psicológicas.. Creemos que puede no ser así, si el actor sabe
accionar en profundidad dentro de los convencionalismos técnicos.​
Expliquémonos. La acción, aunque sea del tipo de las "imposibles" debe continuar poseyendo
un cierto nivel físico, decimos. Pero como la acción no puede ejecutarse hasta el fin y choca con
el límite de lo convencional acordado técnicamente, es preciso hacerla real en el empleo de los
"para qué" u objetivos. El actor debe empujar subjetivamente la acción igual que en un
comportamiento real. Subjetivamente el podrá querer lo mismo, pero su accionar físico hallará
un límite. Es como si quisiera hacer algo maniatado o limitado por una reja. Esta situación
permite la total entrega subjetiva y una limitada participación física. De este modo los efectos
transformadores, en un sentido psicológico, siguen existiendo, sostenidos por los componentes
físicos dentro de las limitaciones convencionales o técnicas introducidas previamente, durante
los ensayos, por los actores. La acción conserva así, aún en este caso su poder ed herramienta
transformadora gracias justamente al uso de la convencionalidad: más acá o más allá de ella,
salimos del terreno de la estética vivencial del teatro. Si estamos más acá nos adentramos en
los comportamientos racionales, fríos y exteriores. Si superamos los límites
técnico-convencionales, llegaremos al "happening" o a los comportamientos reales de la vida

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“Estructura dramática”. R. Serrano

que nos extraerán de la vivencia estética, algo muy diferente como esperamos haber apuntado.
La vivencia estética, implica de algún modo, la posibilidad de entregarse orgánicamente a los
comportamientos en todos sus niveles (volitivos, emocionales, racionales, físicos, etc.) sin que
este modo de vivir implique las mismas consecuencias de la vida real. La muerte en el teatro
nos hará vibrar, pero nos dejará luego reflexionar sobre ella. Una herida teatral nos hará sufrir,
pero luego de la función no dejará cicatrices físicas. Si esto no ocurriera el teatro se habría
transformado en una repetición indiferenciada de la vida real, y su utilidad social aparecería
confusa.​
La acción escénica se halla en el movedizo límite que separa la convencionalidad de la realidad,
límite variable históricamente, y en el que pese a su carácter altamente conflictivo, conserva
toda su capacidad de herramienta transformadora.​
Es la acción escénica la que extrae la estructura dramática desde el terreno de lo pensado y la
convierte en objeto real, de existencia independiente y exterior a mi propia conciencia. Tan sólo
el entorno, y algunos elementos de la utilería tenían existencia objetiva con anterioridad al
quehacer actoral. El resto de los elementos estructurales deviene objetivo, en su funcionamiento
dramático, teatral, justamente como consecuencia de la acción.​
Como ya vimos anteriormente, no es lo mismo pensar un objeto aún no construido con todos los
procedimientos y casualidades (además de las legalidades) que nos debieran permitir acceder a
él, que pensar (analizar para superar) un objeto de existencia objetiva.​
En el caso del teatro no hay que perder de vista que, al analizar el texto con sus implicancias
como si fuera la totalidad que buscamos, o por lo menos su causa, estamos intentando analizar
un objeto cuyo grado de existencia es dudosa y cuya técnica menos visible aún. Mientras que al
poner en práctica la estructura mediante la acción, a la par que construimos un objeto lo vamos
pensando en su desarrollo hacia una complejidad cada vez mayor.​
Recordemos que concebimos la conciencia como factor segundo del ser, y en la medida en que
avanza en su capacidad de reflejar adecuadamente, objetivamente, las características de la
realidad, crece también y se desarrolla su capacidad para plantear nuevos objetivos a conseguir,
nuevas metas a alcanzar todavía invisibles en el momento del comienzo del proceso y notorias
ahora justamente a causa del grado de madurez alcanzado por las contradicciones y sus
efectos. ¿Cómo el actor va a poder pensar objetivos delicadamente adecuados a su objeto, con
toda su labilidad propia, si antes no es capaz de construir su objeto (el dramático) en toda su
complejidad? Y justamente en ese camino constructivo iremos reflejando las legalidades
internas que quedan al descubierto, que afloran dado el desarrollo alcanzado por las
contradicciones, y que nos sugieren paralelamente nuevos y cada vez más complicados
objetivos para la acción que se humaniza de paso en paso. Esos objetivos podrán en
determinado momento ser inmateriales todavía. Podrán ser mera planificación de la acción
futura. Pero la densidad, el progreso en el sentido social y humano de esa planificación, jamás
podrá hacerse en abstracto sino ante los hechos, las relaciones y los conocimientos que se van
desprendiendo de la construcción del objeto mismo que se investiga.​
Si no se procede así, si no se crean los hechos que deben ser estudiados, no podremos obviar
la construcción de relaciones y vínculos apriorísticamente concebidos, y que arriesgarán ser
falsos o a veces imposibles de ser construidos en la práctica. En general cuando se piensan
esas relaciones en vez de crearse, los sujetos teatrales, los actores, tienden a entrar en un
proceso significativo, semántico, antes que interactivo. Lo que quiero decir es que las

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“Estructura dramática”. R. Serrano

situaciones abordadas de un modo puramente teórico, permiten al actor en el mejor de los casos
concebir sus "significaciones", pero no los efectos movedizos de la interacción. Ahí aparece el
actor buscando resultados, estados finales, de procesos que nunca existieron. El actor tiende a
mostrar, a sumergirse en las consecuencias de caminos o recorridos psicológicos nunca
abordados en el escenario. Lo que propone el método de las acciones físicas, en suma, es
construir sistemas complejos a partir de sus más simples componentes, los actos físicos
basales.​
Por otra parte, al ser la situación dramática una contradicción en sí misma, resulta sumamente
dificultoso tanto para el actor como para el director concebir simultáneamente y con igual grado
de profundidad y adhesión, dos puntos de vista contradictorios e inconciliables. Y por ende la
movediza situación que de allí deriva. ¿Es esto posible? En todo caso ese proceso puede
describirse desde afuera, desde la descripción. En el caso de los grandes novelistas o
dramaturgos a veces éstos logran penetrar en la intimidad de cada uno de los personajes, pero
siempre permaneciendo en el terreno de lo pensado, de lo escrito. En cuanto ese movimiento
asciende hacia su concreción encarnada por actores que no son un solo cerebro y cuya
personalidad es difícilmente manejable hasta en sus más mínimos detalles, esto se torna
imposible.​
Nadie sabe lo que todos hacen, cada uno posee su propio punto de vista pero no la totalidad
conflictiva. Esta nueva argumentación que aportamos tiende, en este estudio, a destruir
nuevamente los métodos de ensayo que se aproximen al texto y al nudo dramático de modo
eminentemente teórico. Es el caso del primer método stanislavskiano, superado por la correcta
interrelación dialéctica entre lo pensado y la praxis propia del segundo método. Marx dice: "El
materialismo histórico pone término a la filosofía en el campo de la historia, al igual que la
concepción dialéctica vuelve tan inútil como imposible cualquier filosofía de la naturaleza. En
cualquier terreno, ya no se trata de imaginar en la propia cabeza los encadenamientos sino de
descubrirlos en los hechos". Y este procedimiento gnoseológico sólo es posible, en el caso del
teatro, si se tratan de construir primero los hechos que se persigue conocer en profundidad. Y
ello ocurre con la aplicación del método de las acciones físicas.​

4- EL SUJETO​

¿Cuál es el sujeto real, presente, del arte teatral? Si es el actor: ¿cua´l es su mundo escindido,
contradictorio? ¿cuál su identidad y en qué nivel de existencia la ubicamos : en el psicológico,
en el verbal, en el ideal, en lo físico?​
Hagamos una primera constatación: el actor, en el momento de comenzar su trabajo como tal,
enfrenta un mundo no homogéneo: por una parte pisa un escenario, ubicado en una calle y en
una dirección de la ciudad que habita, su piso es de madera y resuena, y por la otra, de enfrenta
por ejemplo, con el castillo de Elsinore. No es sencillo para el actor, ese ser real con nombre,
apellido y documento de identidad, resolver la alternativa: o bien pisa las tablas, se basa en su
buena voz y presencia y en la potencia de los versos de Shakespeare en busca de un buen
efecto "teatral" (¿acaso no es eso "hacer" Hamlet?) o bien indaga en la conducta del príncipe
renacentista ascendiendo a la torre en busca de su padre. Si se decide por este segundo
camino, ¿dónde buscar la verdad de sus actos? ¿En la profundidad de su imaginación, en la
perfección de un arte imitativo que copie los movimientos y las inflexiones de voz de ese ser

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“Estructura dramática”. R. Serrano

imaginario, o en la creación de una conducta, en parte real y en parte convencional, que se


apoye en una estructura dramática que va creando a su paso?​
Las alternativas enumeradas podrán no ser aceptadas, como tales. Alguien objetará: Elsinore no
existe por lo tanto ... Y nosotros podríamos responder: ¿y a qué viene entonces ese jubón
anticuado, recientemente confeccionado? ¿A qué la espada y la escalera de la torre? Ellas sí
existen. ¿Pero cómo!? Se trata de un grado de existencia inferior, distinto por lo menos. ¿Cuál?​
El caos de alternativas posibles podría crecer, y en igual medida crecen los desconciertos
técnicos del actor no preparado. Muchas de estas alternativas quedan descartadas con la
adopción de alguna "poética" teatral especial, pero si lo que nos proponemos es la vivencia
escénica, es decir, reproducir la conducta humana "en las condiciones de la escena" el problema
sigue apareciendo como igualmente complicado.​
Y enmarañados un poco más las cosas: el sujeto de ese mundo escindido también se nos
aparece como doble. El sujeto de la acción, ¿es el actor o el personaje?​
El actor entra al escenario pero sin decidirse aún por ser él mismo u otro.​
El actor,, en el teatro de la vivencia, es a la vez sujeto y objeto de su propio quehacer. Es
simultáneamente el instrumento y el instrumentista. Debe controlar, ejecutar y a la vez "sonar".
No le resulta accesible, posible, la contemplación objetiva de la obra realizada. No puede salirse
de sí mismo y contemplarse desde otro ángulo y otro momento. No. Se halla sumergido en su
propia creación y justamente de esta identificación depende la creación misma ( de la vivencia).​
En el teatro de la representación quizás los instrumentos del actor sean tan sólo su voz y su
cuerpo, y el sujeto sea su personalidad psicológica que no puede confundirse con ellos. Lo
mismo ocurre con el bailarín o el cantante.​
Pero esto no e así para el actor que instrumenta el personaje con su propia vivencia, con sus
propios estados de ánimo, sus concepciones, su cultura, su ideología, sus condicionamientos.
Cuando asistimos al trabajo de un gran actor de la vivencia no podemos separar al
instrumentista de su instrumento. Esta es su peculiaridad. Y la causa de tanto planteo
metodológico confuso. Y la formulación de técnicas paradojales.​
Los dos niveles de existencia a los que nos referimos, el real existente y el representado, con
propios sin duda de toda obra de arte. Se hallan en la base misma de toda mimesis. Pero en el
teatro la línea divisoria entre ambos resulta más difícil de demarcar. Lo real y lo imaginario se
dan en la persona del actor. No en dos materiales distintos. Y menos aún podemos distinguir
aquí entre el creador e instrumento. El que representa y lo representado. De allí las dificultades
y las confusiones. De allí lo tardío de las técnicas.​
¿Cómo se inserta la técnica propia del método de las acciones físicas en tan complejo
panorama?​
Partiendo de lo empírico y sobre ello procurando la construcción de lo imaginario, Stanislavski
plantea que la creación de un personaje es un proceso que, como ya apuntamos, parte de la
realidad del actor, de sus comportamientos más objetivos, los físicos, en su camino hacia la
corporización, la encarnación del personaje. El método de las acciones físicas comienza con
este sencillo reconocimiento.​
Propone a los actores que accionen ellos mismos en lugar de sus personajes. En realidad, les
propone que partan de considerar a los personajes, en un comienzo, como meros
aglutinamientos de "quieros", de objetivos a conseguir. Les propone que no definan al personaje
más allá de esto. Que no califiquen demasiado sus conductas ni intenten precisar en detalle los

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“Estructura dramática”. R. Serrano

contenidos psicológicos de sus comportamientos. Bastará en el momento inicial que yo, el actor
en primera persona, asuma, en las condiciones de la escena, los "quiero" del personaje y me
ponga en marcha en procura de su realización.​
Stanislavski acepta con claridad que, por ahora, al iniciarse el proceso, el personaje posea tan
sólo una existencia literaria, incompleta, teórica, mientras que al actor posee ya un status real. Y
propone, con una lógica incuestionable y hasta perogrullesca, pero ignorada por muchos, que el
tránsito del uno al otro se haga pasando de la existencia empírica del uno a la creación del
personaje mediante la materialización, la realización de las acciones físicas que le son propias.
Esas acciones físicas que, como ya hemos visto no carecen de implicancias psicológicas, irán
creando las condiciones para la aparición de los contenidos psicológicos del personaje que así,
no serán ya la causa de su accionar, sino que aparecerán como los productos de su quehacer.
El actor al hacer lo que hace el personaje se irá transformando en él.​
La paradoja propia de la creación del personaje, la que no podía evitar el momento del control
distinto del momento de la entrega, comienza a desaparecer, a esfumarse, al aclararse la
temporalidad de los procedimientos. Es en un proceso que se extiende en el tiempo en el que
ocurren, preferencialmente, a veces el control y a veces la total entrega. Al principio es sólo, el
actor quien existe efectivamente y se le pide que acciones en su propio nombre, que luche aquí
y ahora en procura de los objetivos propios de cada acción. Que invente incluso procederes.
Eso implica actuar en nombre propio. Pero las acciones pertenecen a una situación que no es la
"natural" del actor. Los objetivos que él asume allí tal vez no sean los que él se propondría en su
vida, sino los que debe hacer para recorrer ese camino que lo separa del personaje. A veces
hasta la acción le es impuesta desde afuera. Debe matar necesariamente a Desdémona. Y lo
único que el actor debe hacer es "querer" eso aquí y ahora. Luchar por ello comenzando con
sus acciones voluntarias y conscientes. No necesitará ninguna otra motivación emocional previa.
Bastará con que quiera hacerlo, aunque le repugne a su propia personalidad. Deberá actuar
como si alguien lo obligara a asumir subjetiva y realmente los objetivos de acciones que tal vez
no sean las suyas. Así la acción lo va transformando en otro, en el personaje construido sobre
su propia identidad y no empieza a plantearse falsos dilemas ni a juzgarse a sí mismo. Soy yo
quien debo hacer (y el hacer es voluntario y consciente) esto y para lograr tal o cual finalidad
transformadora. Este modo del accionar nos va transformando al transformar el objeto sobre el
cual se vierte. Vamos penetrando en su lógica. Nuestro monólogo interior comienza a tener una
coherencia cada vez mayor. Al final del proceso será difícil encontrar diferencia entre mis
procedimientos y los del personaje en idénticas circunstancias y con motivaciones que hemos
ido descubriendo vivencialmente por el camino y no intelectualmente en la comparación de las
distancias que hay entre mi personalidad y la del personaje. Yo soy lo que hago, parece
decirnos Stanislavski, y en la medida en que acciono en profundidad (es decir procurando aquí y
ahora el "para qué" transformador) con acciones que no me pertenecen comienzo a dejar de ser
yo mismo -en la medida en que esto es materialmente posible- para ser otro, el sujeto que
asumo en la obra, el personaje.​
En realidad este procedimiento que describimos aquí como propio del método de las acciones
físicas ocurre numerosas veces en el comportamiento real de los seres humanos ya que se
hallan obligados a adoptar roles, propuestos por la vida social a veces en total contradicción con
la propia personalidad del agente. ¿Acaso podemos decir que este proceso deje al sujeto sin
cambios, que no lo transforme en un personaje distinto a él mismo?​

24
“Estructura dramática”. R. Serrano

Se trata de algo natural, de comportamientos que ocurren en la vida y que por lo tanto pueden
ser cumplidos en la escena sin forzamientos antinaturales.​
En el método de las acciones físicas, lejos de romperme del entorno para investigar en mi
subjetividad, para trabajar sobre mi interioridad en busca de transformarla, encuentro justamente
en mi accionar sobre el entorno los modos de transformar mi personalidad en el sentido
deseado. Tal la propuesta que deducimos del método de las acciones físicas en lo referente al
sujeto de la acción y a sus procesos.​
Nos ubicamos pues en la posición que concibe la personalidad humana como el resultado,
primero de un prolongado proceso filogenético, y segundo -y esto es lo que realmente nos
importa- como resultado de un proceso ontogenético que se repite millares de veces.​
Si aceptamos estas tesis generales para explicarnos la aparición de los sujetos psicológicos
reales, nos costará mucho menos entender que la creación de la subjetividad de un personaje
teatral podrá ser producida por nosotros sobre la propia personalidad del actor tras someter a
éste a los cambios que implica adoptar profunda y vivencialmente los actos atribuidos al
personaje. ¿Por qué, de qué modo podría existir realmente una psicología del personaje, sin que
esto implicara hipostasiar definiciones, conceptos o imágenes, antes de que el actor -yo- recorra
un proceso psicofísico similar al que se supone que recorre el personaje? ¿De dónde surgiría la
materialidad de las vivencias? ¿Pueden recatarse acaso desde mi pasado para "insertarse" en
este presente teatral sin mayores distorsiones?​
Creemos que el proceso transformador que va del actor al personaje, con toda la cohorte de
vivencias que implica, solamente puede abordarse mediante la capacidad transformadora del
trabajo humano, en este caso el específicamente teatral, la acción física, entendida sin duda en
toda su complejidad e integrada a la estructura dramática descripta.​
Justamente, por no comprender lo procesal que tiene esta tarea ni explicar los nexos dialécticos
que existen entre los diversos niveles estructurales, creemos que Strasberg se equivoca y
propone generalizar una técnica, la introspección sensorial, que sólo responde objetivamente a
los requerimientos del soliloquio subjetivo pero que no explica la interacción, para nosotros base
del accionar teatra.​
Tratemos, en esta tarea de definir las relaciones actor-personaje de reproducir los
razonamientos del maestro norteamericano: el personaje no tiene existencia real, tan sólo existo
yo, el actor; la psicología de aquél tan sólo puede ser pensada, definida abstractamente, en
cambio la mía es real. Por lo tanto la técnica debiera encontrar en mi propia realidad psicológica
lo más parecido que haya al personaje, debiera reflotar esas vivencias mías y con ello construir
el sujeto dramático. Salgamos a buscar esos elementos parecidos, esos contenidos
emocionales similares. ¿Dónde? En mi propia subjetividad y en mi pasado. No cabe más pues
que reflotarlos escándalos. Y esto debe hacerse del modo más material posible. No pensando
tan sólo en ello, sino sensorializándolos de manera que ejerzan su influencia sobre mi conducta
actual hasta emocionarme realmente. Una vez "actualizados" estos contenidos emocionales
sólo resta "recubrirlos de conductas materiales" de acciones objetivas.​
Como vemos la acción aparece aquí totalmente desconsiderada en su aspecto ed herramienta
transformadora. Es tan sólo un signo que recubre lo psicológico, que lo muestra.​
Y el actor, ¿a qué atiende en este proceso, al reflotamiento subjetivo de la emoción
anteriormente vivida o a la conducta interactiva que plantea la pieza? Pues bien: al actor no le
queda más que desdoblarse, ser dos al mismo tiempo, uno que se entrega a la revivencia, y otro

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“Estructura dramática”. R. Serrano

que controla, muestra, significa.​


Creemos que todo lo descripto no traiciona el razonamiento strasberiano, pero sí deja al
descubierto su carácter ecléctico. El personaje aparece como la "yuxtaposición" de dos tareas
distintas, de dos niveles temporo-espaciales que debe hacer convivir en su conducta, y cada
uno de ellos con sus legalidades absolutamente diferentes. En cambio el método de las
acciones físicas encuentra una lógica del desarrollo del objeto-personaje sobre la base de la
personalidad del actor, ordena en un proceso temporal los diversos pasos que generan la
estructura compleja de lo dramático, evitando en gran medida por lo menos, las paradojas
enunciadas ya : por Diderot y ahondadas ulteriormente por técnicas erróneas.​
El método de las acciones físicas supera esas inconsecuencias e incluye, como un caso
particular, el procedimiento estudiado por Strasberg.​
Stanislavski halla la esencia del personaje en el conjunto de sus relaciones dramáticas y sugiere
que esas relaciones deben ser materializadas en un proceso de trabajo objetivo.​
El actor real (material con el que se construye el personaje) adopta primero tan sólo un rol, una
función dentro de la estructura. Marx lo llamaría una persona abstracta o rol social. Luego el
actor, al ir objetivando en su trabajo de un modo individualizado en el aquí y ahora ese rol, va
asumiendo una personalidad concreta, irrepetible. El tránsito general sería: actor, rol o función
abstracta, trabajo con acciones, personalidad concreta=suma dialéctica del actor "X" haciendo el
personaje "Y".​
El sujeto del método stanislavskiano es radicalmente activo: no es un mero receptor de influjos
externos, aunque se halla también lógicamente sometido a ellos, ni es mera exteriorización de
evocaciones hechas carne, aunque ellas también aparezcan, se produzcan en el curso del
trabajo.​
El sujeto de la estructura dramática no es el personaje antes de que existía materialmente, sino
que el sujeto se va haciendo, a partir del actor, en la misma medida en que surge la estructura
compleja y el personaje. Eso sí, la acción que debemos pensar abstractamente, es la que
propone el autor o la propia del personaje en las circunstancias imaginarias que, en muchísimos
casos, puede ser encontrada mediante el ejercicio de mi propia conducta en las circunstancias
dadas.​
El camino de este segundo método, a causa de sus planteos racionales, ha sido injustamente
calificado de racionalista y de incapaz de poner al desnudo la personalidad profunda, la capa
subconciente, del sujeto agente. Pero nada es más falso. Quizás uno de los pocos caminos que
permitan aflorar la personalidad recóndita del actor sin afeites estéticos ni modas, sea
justamente la de volcar la actividad de ese sujeto sobre un conflicto que le solicite su
compromiso activo y transformador y que le permita además escudarse en la personalidad del
otro -el personaje- para actuar en libertad. Su conciencia represora no estará entonces ocupada
en censurar su propia actividad sino que deberá volcarse profundamente en la realización de los
objetivos propuestos. Y así el yo profundo es probable que aparezca más sencillamente. "Sólo si
nos ponemos máscaras somos nosotros mismos".​
Para resumir: el sujeto en el método de las acciones físicas es el actor que en la medida en que
realiza la estructura dramática con su accionar, se va convirtiendo en el personaje, auténtico
sujeto de la situación.​

5 - EL TEXTO​

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“Estructura dramática”. R. Serrano


Para completar la descripción de los diversos elementos que integran la estructura y su
funcionamiento, de modo necesariamente somero e incompleto, falta detenernos en el
funcionamiento del texto dramático literario.​
De él ya dijimos que, en general, constituye el punto de partida del proceso todo, pero que no
debe ser confundido con el objeto complejo y translingüístico que es la real base del desarrollo
material del mismo. Veamos algunas reflexiones al respecto.​
El texto dramático, como tal, visto como literatura, no tiene espacialidad real, es puro transcurrir
y su sujeto, un sujeto ideal, mientras que el objeto teatral que perseguimos y llegará a ocupar el
escenario posee en cambio, una clara existencia espacio-temporal que debe ser alcanzada
mediante un trabajo que no puede excluir, de modo alguno, los comportamientos humanos. En
este caso las acciones.​
La lectura de un texto dramático genera pensamientos, ideas, imágenes mentales o en el mejor
de los casos sonidos (palabras, frases) cuya capacidad para transformarse en hechos sobre el
escenario resta comprobar. Esta parte del proceso, lo que va de lo pensado al escenario, es la
que por ser ignorada hace fracasar la mayor parte de las técnicas. La distancia que va desde la
cabeza hasta la mano es mucho mayor de lo que imaginamos, o por lo menos, es un camino
complejo de describir y de transitar.​
El escenario del teatro leído, es lógicamente, mi propio intelecto. ¿Cómo atravesar la distancia
que lo separa de los actores de carne y hueso, de las tablas del escenario? ¿Pueden los actores
traducir simplemente, por un procedimiento espontáneo y natural, lo pensado y leído, en actos
escénicos? Ya hemos dicho que este trayecto es el abismo en el que han caído la mayor parte
de las técnicas.​
Es necesario descubrir, inventar, tornar concreto al sujeto (a los sujetos) del habla y las
circunstancias de ese discurso en el mundo.​
Si no se consigue esa irrepetibilidad de lo único, de lo concreto, lo que implica una sola relación
estructurada entre la palabra, los sujetos (los personajes) y las circunstancias (las reales y las
imaginarias que cobran realidad justamente en el hacer actoral), se cae en el teatro recitado, no
en el inter-actuado. Ese antiguo modo de decir el teatro está fundamentalmente dirigido al
espectador. El personaje parece vincularse más con él que con sus parteneres, y encontrará sus
leyes técnicas más en la oratoria que en la actuación. De donde el antiguo "voce, voce e ancora
voce" es una técnica referida a una moda, a una poética particular ( la romántica) más que a una
técnica objetiva de la actuación.​
Como vemos, el texto teatral nos plantea una cierta interacción verbal -y no sólo verbal por
supuesto- entre los personajes. Algunos autores tratan de precisar la situación mediante
indicaciones, siempre sumarias en exceso o detalladas en demasía. ¿Pero es que acaso puede
comprenderse una situación de comunicación verbal sin tener en cuenta los elementos
extraverbales que intervienen en ella dándole su real sentido? Ninguna comunicación verbal
puede ser plenamente comprendida fuera de la situación concreta en que se produce ya que
está vinculada con otros tipos de comunicación gestual, social, vestimentaria, espacial o
proxémica, etc., cuyo encadenamiento hace substancialmente a sus contenidos.​
Debe aceptarse que un significado cualquiera se halla determinado no de modo exclusivo por
las formas lingüísticas que lo contienen, sino también -en el caso del teatro esto cobra una
importancia destacada- por todos los componentes extraverbales de la situación canónica

27
“Estructura dramática”. R. Serrano

(recordemos la teoría de la comunicación) en la ue tiene lugar el mensaje. La tarea del actor,


dado que recibe íntegros los elementos lingüísticos de la situación, se situará pues
preferentemente en la averiguación, la localización, la construcción de los restantes factores que
no se le aparecen ni le son dados con tanta nitidez. Esta será su fundamental tarea técnica: la
de salirse del nivel lingüístico en procura de los restantes elementos significativos. Nos
sorprende que durante tanto tiempo esta simple comprobación haya estado tan oculta. Tal vez
se deba a la tradición occidental que hizo el teatro más bien un género literario destinado a ser
dicho, que una situación de vida en su existencia estética compleja.​
El actor no tendrá pues tanto que averiguar los subtextos, manteniéndose en un nivel de
comprensión y trabajo estrictamente literario, sino que hará mejor si se preocupa en construir los
contextos de naturaleza generalmente no lingüística. Esos contextos materiales -a los que
nosotros intentamos descubrir en sus modos de existencia estructurada- que el actor justamente
va construyendo con sus acciones son la base sobre la que se desarrolla el proceso real técnico
de la actuación teatral.​
Por lo tanto, y visto desde esta perspectiva, el lenguaje en el teatro es a la vez la premisa y la
consecuencia del trabajo del actor.​
Constituye su premisa, por cuanto se trata del material que el actor recibe al comenzar su tarea
y de él debe extraer los "indicios" necesarios para la posterior construcción de la estructura.
Pero al mismo tiempo, el lenguaje, las réplicas de cada actor concebidas inicialmente por el
autor, para llegar a poseer su nivel de significación más pleno, más denso, deberán ser
"producidas" por sus comportamientos. Queremos decir que esas réplicas, para no ser meras
declamaciones deberán emerger como resultado verbal necesario de la existencia previa de
ciertos conflictos o relaciones materiales entre los personajes. Es porque Romeo y Julieta se
aman que surgen sus palabras.​
El texto de las réplicas que entrega el autor pertenece al actor: forma parte de sus herramientas
de trabajo. El texto connotado por la estructura dramática compleja que se pronuncia ya sobre el
escenario, pertenece al personaje.​
El texto dramático inicial, el texto escrito, posee un significado relativamente idéntico a sí mismo,
si nos limitamos a su lectura: en ella vamos rescatando sus significaciones denotadas y en todo
caso, las significaciones connotadas por el mero nivel literario, por la sintaxis de las escenas,
etc. Mientras que el texto encastrado en la conducta de los personajes que participan ya de una
estructura objetivada, posee una significación que deriva en gran medida de estos últimos
elementos. Y ellos varían con cada puesta en escena, varían con cada actor, varían casi en
cada noche de función.​
La real significación de una escena teatral es inseparable de la situación concreta de su
realización y por ello cobra un carácter variable históricamente de un modo tal que no
encontramos en otros géneros. Los elementos dadores de sentido de una puesta en escena, por
lo general se explican en los niveles superestructurales de las macroestructuras históricas, y
dependen de factores tan poco artísticos como las circunstancias sociales, las luchas de clase,
etc.​
Además, ¿cuánto de la verdadera conducta del hombre se revela en su habla? Particularmente
en el teatro contemporáneo, el protagonista es un hombre destrozado por la lucha entre niveles
concientes y subconscientes. Su habla participa en esa batalla y a veces, en vez de develar los
contenidos reales de sus actos, sirve para ocultarlos, para disfrazarlos por lo menos. ¿Cómo

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“Estructura dramática”. R. Serrano

entonces el actor puede analizar el texto, y tan sólo el texto, para hallar esas conductas
complejas? ¿Acaso puede rescatarse toda la riqueza dramática de Chejov trabajando sobre los
conflictos banales y superficiales que se revelan en el habla de sus personajes? ¿No
perderíamos así todo lo que éstos callan, lo que no se atreven a decir y que encierra justamente
los aspectos más conflictivos de sus conductas? ¿No será justamente ésta la razón por la cual
el estreno de "La Gaviota" en San Petersburgo resultó un fracaso, hasta que Stanislavski y
NemirovichDanchenko supieron hallar los elementos conflictivos no lingüísticos de la obra?​
Para un actor que base su técnica en la declamación, en la búsqueda obstinada en el texto de
todos los secretos de su arte, Chejov resultará un autor no interesante. Se hallará más a sus
anchas en Alfieri, Racine. Con esto queremos recordar de pasada que el rol dramático cumplido
por la réplica teatral no es siempre el mismo. La relación entre una réplica teatral y la acción
implícita en ella, ha sido y será variable. Dependerá fundamentalmente de consideraciones
estilísticas en cuyo estudio no queremos aquí que intente simplemente (!!) "reproducir la
conducta humana sobre la escena" los elementos no verbales resultarán de una importancia tal
que toda la técnica actoral deberá basarse en su búsqueda.​
Los niveles de conducta que se reflejan en una réplica dramática, pueden asemejarse a la parte
emergente de un iceberg: no muestran en general la dimensión real de los problemas y
conflictos. El actor debe buscar en los niveles materiales de los comportamientos, en los
conflictos afectivos, en las interrelaciones contradictorias propias del teatro para poder
comprender los verdaderos comportamientos de su personaje.​
La personalidad del hablante, en el teatro, ya lo hemos dicho, surgirá de la totalidad de sus
relaciones dramáticas. ¿Y cómo establecerlas si nos mantenemos en los niveles verbales?​
Por lo general las réplicas de un personaje reflejan lo socialmente permitido, lo que él mismo
considera el aspecto mostrable de su personalidad y de sus pensamientos, lo que es dable
exhibir sin sanciones. Mientras que los aspectos conflictivos, los realmente generadores y
básicos de la situación dramática permanecerán alojados en los niveles físicos, reprimidos, de
los comportamientos. Si así no ocurriera, entonces el espectador deberá tan sólo imaginarlos
como existentes.​
Todo lo que venimos diciendo acerca del texto dramático hace que éste participe de distinta
manera, en las diversas etapas de la creación del personaje.​
Primeramente el texto se le aparece al actor como lo único que tiene para iniciar su proceso,
pero sabe que no puede empezar a hablar, sino que debe primero indagar en él para buscar los
"indicios" extraverbales. El actor escudriña su texto para hallar la conducta subyacente. Pero
ese texto recibido, condiciona, del modo complejo que hemos intentado describir más arriba, su
ulterior comportamiento. Y en este sentido, el texto se nos presenta como integrante de la base
de desarrollo integral del proceso. El texto es base de desarrollo tan sólo en lo que tiene de
condicionante de las conductas.​
Un personaje no procederá de igual manera si puede hablar que si se halla impedido de hacerlo.
Diferente será el comportamiento de quien disimula lo que le preocupa y no lo expresa
(verbalmente) mientras habla de bueyes perdidos, del de aquel que aborde frontalmente la
motivación real de su conducta. Burdamente hablando, diremos que es diverso el
comportamiento de alguien que puede hablar, que sabe hablar, de quien no puede hacerlo por
cualquier motivo. Pensemos en los sordomudos, o de cualquiera que intente comunicarse con
otro sin despertar a alguien que duerme. En estos casos, cuando el actor no puede hablar, el

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“Estructura dramática”. R. Serrano

comportamiento se vuelve notoriamente más "significativo" que activo, transformador. El


comportamiento reemplaza, aquí en gran parte, al lenguaje.​
Por todo esto, el texto que el autor entrega al actor, aún cuando posea tan sólo significaciones
denotativas condiciona su ulterior accionar. Funciona como si se tratara de una "condición
dada". "Dado que los personajes dicen esto y aquello" pero que los conflictos son tales y cuales,
las conductas resultantes serán unas y otras. En este sentido, el texto se articula con la base
material de la conducta sin disminuir el rol de las acciones físicas, sino por el contrario,
elevándolas a su verdadero nivel desarrollado socialmente.​
Justamente por esto, el actor que emplea el método de las acciones físicas como herramienta
heurística e investigadora, no deberá impedirse de hablar durante las improvisaciones, aunque
eso sí, y por todo lo dicho, debe centrar su atención en la búsqueda y ejecución de los
comportamientos materiales transformadores -de las acciones físicas- que lo llevan a cambiar al
partener y a la situación.​
El texto del autor es tan sólo dañino en la improvisación cuando impide el libre accionar del
actor, no cuando lo facilita. Un texto connotado por una intención, vinculado, generado por una
conducta material, destinado a transformar al partener, no es ya pura verbalidad y no debe ser
rehuido.​
Tan sólo cuando "en vez" de las relaciones materiales y activas aparecen relaciones verbales,
nos salimos del método de las acciones físicas, abandonamos sus principios esenciales. Son los
casos en que nosotros decimos que "los actores están hablando por teléfono", es decir, no están
considerando la situación canónica de la comunicación, sus diversos niveles de existencia
material. El método existe cuando un actor extrovierte su conducta en un sentido transformador,
emplee o no el texto, y centra en esta actividad material su atención, haciendo de ello la base de
todo el proceso. Tan sólo con los actores principiantes que no pueden eludir la fascinación de la
comunicación verbal, es que puede comenzarse el trabajo con textos propios e improvisados a
modo de paráfrasis para que se respeten los límites de la situación propuesta por el autor.​
De no ser así, y si el actor ya posee entrenamiento adecuado con las acciones físicas, podrá
comenzar su trabajo no digamos con todo el texto, que resultará una valla por la necesidad de
memorizarlo, pero sí con lo que llamamos las frases "pivot", es decir aquellos textos originales
del autor que hacen variar el curso de los acontecimientos. Bastarán unas pocas de ellas, las
esenciales, y el comportamiento físico básico, para analizar en profundidad una escena a la que
luego podrá agregarle todo el texto.​
La gradual complejidad que va alcanzando la estructura dramática gracias a la alternancia de la
crítica y la puesta en práctica de las acciones, llega así a un punto en que torna "necesaria" la
aparición de la totalidad del texto. El actor ha llegado ya con su aparición ed la totalidad del
texto. El actor ha llegado ya con su accionar a crear las condiciones suficientes para la aparición
de los plenos significados de esos parlamentos. El actor llega así, finalmente, a producir desde
su óptica el texto que aparece entonces henchido de sentido y función. De sentido, por cuanto el
contexto material, interactivo, lo aporta. Y de funcionamiento por cuanto el texto aparece
vinculado dialécticamente al comportamiento general del personaje: o en contradicción con lo
que hace, o subrayándolo, o desviando la atención. El texto ya no es más un algo aparte sino
una parte inseparable de la conducta total del personaje.​
De este modo lo que se persigue con el método de las acciones físicas, es decir, la construcción
de un objeto previo al estético que nos permita juzgarlo, apreciarlo y operar mejor sobre é, se

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“Estructura dramática”. R. Serrano

acerca ya a su fin.​
Tenemos delante nuestro un objeto teatral complejo que nos sirve de criterio. Sobre él, desde él,
la tarea estética se nos presenta más densa y profunda.​
Con el método de las acciones físicas seremos capaces de abordar la creación desde otro nivel
de conocimientos. Y no creemos que ello vaya en detrimento de la libertad creadora, sino todo lo
contrario.​

Bucarest, septiembre 1986.

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Common questions

Con tecnología de IA

In traditional Stanislavskian techniques, emotional memory is a cornerstone element used to evoke genuine emotions before action, relying heavily on introspection and past emotional experiences. In contrast, the method of physical actions positions emotional experience as a byproduct, focusing on action as the primary means of generating emotion. In this method, emotions emerge organically from the actor's physical engagement with the environment, which is seen as a more reliable and immediate source for character development within the performance .

The physical actions method facilitates a more authentic connection by blending the actor's life experiences with the character's actions in the moment, thus creating psychological realities unique to the performance. Unlike traditional methods that separate preparation from performance, this method sees action as self-expressive and transformative, allowing the character to emerge organically from the actor's engagement with real-time circumstances, making the process less artificial and more connected .

The actor's process in the method of physical actions mirrors human behavior in social contexts by involving the adoption of roles that may contradict personal identity, similar to how individuals navigate societal roles. This method emphasizes the actor's transformation through engaging with material conditions and actions, which in turn transform the character and integrate the actor's personal identity into the role. This mirrors the social adaptation process where individuals modify their behaviors to suit different contexts, thereby reinforcing the natural connection between acting practices and everyday social interactions .

The method of physical actions addresses the limitations of verbal expression by emphasizing the importance of the actor's physical behaviors and material interactions in revealing character depth. It suggests that dialogue often reflects socially acceptable aspects, while true conflicts and motivations are expressed through non-verbal actions. This approach pushes actors to focus on transforming their environment and partners through physical actions, allowing deeper psychological dimensions to emerge that may not be verbally articulated .

An actor might face challenges such as difficulty in transitioning from internal character motivations to outward actions if they are trained in more traditional, introspective techniques. To overcome this, actors need to focus on grounding their character's development in the physical realities of the performance space and their real-time interactions with other actors and the environment. This requires a shift in mindset towards viewing actions as the catalyst for character depth and emotional truth, which can be facilitated through exercises that emphasize material-based improvisations and the exploration of situational dynamics over pre-determined emotional states .

Hegel and Lukacs inform the method of physical actions by providing a philosophical framework where tools (and actions in this context) mediate between the subject and the object, facilitating self-awareness and transformation. This method leverages the idea that a person becomes more self-aware and fully actualized through engaging in transformative actions that affect their surroundings. The notion that the subject truly understands themselves through their interactions and transformations aligns with Lukacs' and Hegel's views on praxis as the authentic subject-object relationship .

The method of physical actions sees traditional Stanislavskian techniques as adialectical because they rely on preconceived psychological states and emotional memory before action, leading to a fragile process that can easily be disrupted by unforeseen events. This approach is seen as superficial as it separates internal and external elements and does not adapt to real-time changes in the scene. In contrast, the method of physical actions roots the character's development in their present interactions and material conditions, resulting in a more organic and resilient approach .

The method of physical actions transforms the actor's relationship with their character by emphasizing the creation of the character through actions that produce psychological content rather than relying on pre-existing character traits. This approach encourages actors to engage with their environment and co-actors, leading to the emergence of the character from these interactions. It dismantles the traditional division between the actor's self and the character, resulting in a seamless blend where the actor's actions directly influence the psychological reality of the character . The method aligns with the idea that the character is not fully pre-determined but evolves through the actor's transformative actions, aligning with Hegel's concept of tools mediating between the subject and the object of action .

In the method of physical actions, 'por qué' (the cause of an action) speaks to the past and is considered less real due to its abstract and intellectual nature. It is seen as a complementary logical facet but less relevant to the present action. In contrast, 'para qué' (the purpose of an action) serves as the driving force and the real condition in the present, guiding the actor's voluntary actions. It acts as a motor for voluntary action and is seen as essential and real within the performance, helping actors focus on the transformative aspects of their actions in the present moment .

Audience perception impacts the actor's use of physical actions by influencing how meaning is generated and interpreted during a performance. The material and physical interactions between actors are observed and interpreted contextually by the audience, meaning a performance's impact can vary greatly depending on the audience's social, historical, and cultural context. This variability demands that actors skillfully use physical actions to consistently convey the intended message across different audiences .

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