Conflictos en la Estructura Dramática
Conflictos en la Estructura Dramática
Serrano
RAÚL SERRANO: Pedagogo, director e investigador teatral, Raúl Serrano egresó del Instituto
Ion Luca Caragiale de Bucarest, con el título de Licenciado en Artes, especialidad teatro. En
este trabajo de investigación desarrolla profundamente sus ideas sobre la estructura dramática y
la influencia que ejerce sobre el actor.
Los elementos constituyentes de toda estructura dramática son necesariamente los siguientes:
1) Los conflictos; 2) El entorno, que no debe ser confundido con el mero lugar de la acción; 3)
Los sujetos activos; 4) Las acciones físicas o trabajo específico propio del actor y , finalmente, 5)
El texto, tan sólo en sentido condicionador de las acciones.
Pasemos por turno ahora, a la descripción de cada uno de estos componentes.
1-LOS CONFLICTOS
Nosotros nos ocuparemos de los conflictos no tanto en su nivel literario de existencia sino en su
proceso de transformación en actos reales y contradictorios entre dos o más sujetos o, a veces,
en su aparición como conductas contradictorias en el seno mismo de un sujeto teatral.
Coincidiremos antes en considerar al conflicto como el choque o la colisión entre dos o más
fuerzas, y no simplemente como una situación afligente o dolorosa. Expliquémonos. El actor, al
acercarse a una situación dramática y por ende conflictiva, tiende a describir el conflicto y para
ello se sitúa fuera de él, adopta un punto de vista exterior que lo abarca entonces como una
totalidad unitaria. Entiende, por ejemplo, los tormentos de Edipo, o la duda de Hamlet, las ve, es
capaz de hablarnos sobre ellas, incluso de caracterizarlas desde un punto de vista psicológico.
Y esos tormentos y dudas aparecen en verdad como situaciones dolorosas y lamentables. Pero
este acercamiento, si bien puede ser exacto, deja sin resolver el problema técnico que se le
plantea al actor para la solución de su tarea específica en el escenario. ¿Cómo procederá el
actor para atormentarse, o para dudar?
Stanislavski hablaba de la imposibilidad que tiene para poner frente a sí los sentimientos como
tareas ya que aquellos tienen un origen involuntario. Y los conflictos, generalmente, cuando
intentan ser descriptos desde afuera, desde actitudes poco técnicas, tienden a aparecernos
como sentimientos.
El enfoque técnico, propio de la metodología que intentamos explicitar, sugiere que el actor los
aborde tratando de visualizar cuáles son los dos o más elementos en pugna que se le aparecen
como tendencias opuestas en su accionar, como propuestas contradictorias para su trabajo
específico. De este modo, el actor puede intentar asumirlas aunque se le presenten como un
quehacer contradictorio y más bien, justamente por eso, ya que es así como surgen y se
materializan los conflictos sobre la escena en clara vinculación a la acción.
Para el actor, y considerando el problema desde un punto de vista técnico, nunca el conflicto se
le aparece como una palabra que lo describe sino como un objetivo a alcanzar que entra en
colisión con otro, por lo menos, que se le opone. Estos dos objetivos contradictorios pueden
pertenecer a personajes diferentes que se enfrentan, o bien pueden manifestarse como
tendencias dentro de una sola conducta: el deber y el honor, con sus objetivos diferentes, por
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“Estructura dramática”. R. Serrano
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tiempo, como dos propuestas para el proceder, aunque diferentes, y a veces antagónicas. Y sin
embargo el actor debe cuidarse de absolutizar los conflictos, los enfrentamientos.
Recordemos a Engels, en su crítica al pensamiento de Darwin cuando absolutiza la lucha por la
supervivencia de las especies, en que le recordaba el rol que jugaba el ambiente en el desarrollo
y destacaba la función del metabolismo. No sólo la lucha por el objetivo conflictivo se
transforma. El entorno enmarca y determina también en cierto modo esa conflictividad.
Todo conflicto es, además de dos fuerzas opuestas, su unidad. Si no lo tenemos en cuenta
caeremos en una especie de combate físico entre los personajes que se asemejan muy poco a
la conducta socialmente desarrollada. El personaje teatral no sólo quiere conseguir sus
objetivos, y lucha por ello, sino que también comprende los "para qués" de su oponente, los
tiene en cuenta, los internaliza y asume como propios a veces, justamente en su intento por
vencerlos. Todo choque entre personajes implica el planteo además, de una contradicción en el
seno de cada uno de ellos: si bien el personaje quiere alcanzar su objetivo, asume, considera,
valora sus dificultades y riesgos, valora al oponente. Todo conflicto interpersonal, en el
teatro,genera un conflicto intrapersonal.
Los conflictos pues, deben ser asumidos como lucha de contrarios, pero también en su unidad.
Al luchar contra él creo a mi antagonista y me uno a él con este lazo conflictivo. Sin tener en
cuenta esto caeríamos en conductas autónomas, animálitas, poco inteligentes. Este matiz que
introducimos nos permitirá superar en la práctica la tendencia hacia la violencia física, propia de
las improvisaciones, y que aparece especialmente cuando el actor solamente considera sus
objetivos propios sin tener en cuenta las complejidades apuntadas. Esta complejidad, esta
internalización de los conflictos interpersonales, eleva la conducta a un nivel social capaz de
interpretar comportamientos tan sutiles como los de los personajes chejovianos, por ejemplo.
Finalmente, y con el fin de intentar una clasificación que ordene un poco el tema y arroje
claridad sobre nuestra comprensión del mismo digamos que, técnicamente hablando, existen
tres clases de conflictos: 1) Los conflictos con el entorno; 2) conflictos con el partener y 3)
conflictos consigo mismo.
La primera clase: los conflictos con el entorno. Son los más fácilmente descriptibles de un modo
teórico, por cuanto uno de los momentos oponentes, el entorno, permanece relativamente
invariable. Ello podría inducirnos a pensar que se trata de un conflicto que difícilmente avance,
prospere, pero no es así debido a que el sujeto involucrado aprende, tras el primer abordaje del
choque, de su propio accionar, avanza en la búsqueda de las soluciones modificando sus
acercamientos al tema. De este modo se obtiene un desarrollo o progreso. Un ejemplo: alguien
quiere abrir una puerta que está cerrada. Primero intentará hacerlo naturalmente, luego actuará
con un poco más de fuerza, probará después si está cerrada con llave, probará algunas, varias.
Luego golpeará, finalmente llamará a alguien. Por último podrá hasta cejar su intento, lo que en
la práctica significa la solución-superación del conflicto y el abordaje de uno nuevo: ¿qué hago
aquí ahora encerrado? Porque una de las características de la situación dramática, en general,
de los conflictos en particular, es su extrema inestabilidad. Ningún conflicto, si se acciona sobre
él, permanece idéntico a sí mismo por mucho tiempo. Por el contrario evoluciona, crea nuevos,
otros conflictos.
Pasemos ahora a considerar la situación conflictiva que se crea entre dos o más antagonistas.
Es la más frecuentemente hallada en el teatro y, a su vez, la más lábil y cambiante, justamente a
causa de la ductilidad de los protagonistas. En este caso podemos llegar a plantearnos
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teóricamente el momento inicial, desencadenante del conflicto, pero no podemos nunca prever
teóricamente, de modo cierto, su desarrollo. Resulta impensable "a priori" la complicadísima
cadena de la interacción. Si intentamos pensar su desarrollo, lo que lograremos será una simple
versión simplificadora, muerta, armada y vacía de real contacto transformador entre los
parteneres. ¿Quiere decir entonces que este tipo de conflictos no puede analizarse? Tan sólo
afirmamos que no puede preverse abstractamente su desarrollo. Pero este tipo de conflictos
puede y debe ser analizado con el método de las acciones físicas, mediante el planteo de un
punto de partida correcto, la previsión de instrumentos a utilizar de modo eventual, y sobre todo
mediante este desarrollo, una vez que tenemos delante nuestro un objeto material
independiente de nosotros mismos, podemos sí reflejar los momentos fundamentales de su
desenvolvimiento, reflejar en una secuencia teórica los principales objetivos por los que lucharon
los contenedores, los vericuetos de su lógica interna, etc. Y entonces, tan sólo después de
efectuado este análisis en la práctica (debidamente reflejado en esquemas teóricos dinámicos)
podremos repetirlos. ¿Por qué todo esto? Por cuanto la complejidad del accionar simultáneo de
dos o más sujetos generan un trabajo espacio-temporal complejísimo que halla su propia lógica
en la adecuación inmediata, espontánea de las situaciones, más que en la fría planificación
abstracta. Distinta es la situación, desde el punto de vista cognoscitivo, cuando ya la
improvisación se ha efectuado materialmente ante nuestros ojos. Ahora ya podemos rescatar
algunos de los "para qué" esenciales surgidos en el fuego de la interacción, y si los ordenamos
de acuerdo a su lógica interna, podemos replantear una nueva práctica interactiva, rica y
compleja, que aunque no resulte jamás idéntica a la anterior, conserve sus momentos e
inflexiones esenciales, y sobre todo, haga surgir la vivencia.
Finalmente pasemos a considerar los conflictos del tercer tipo: los conflictos con uno mismo. Se
trata, por lo general, de problemas de conciencia, de dilemas o disyuntivas, y también se hallan
frecuentemente en las situaciones teatrales.
Mientras en los otros tipos de conflictos el ámbito en el que cobrar existencia es claramente
exterior al personaje, es decir, el entorno que los rodea, y por lo tanto pueden ser claramente
abordados mediante la conducta material o física, aquí los conflictos ocurren en el interior de los
propios personajes, en su conciencia, en su yo psicológico. ¿Cómo resolver este problema con
el método de las acciones físicas? Hasta ahora los conflictos internos de los personajes afloran
mediante su verbalización, su descripción más o menos literaria, o mediante procesos
emocionales que "trasunta" lo ocurrido interiormente. Pero este tipo de soluciones parece
alejarse de lo requerido en el método de las acciones físicas. Avancemos algunas ideas que nos
permitan atisbar la solución específica, aunque, por cierto, la total elucidación del problema
requiere una demostración práctica por las dificultades que implica.
En primer lugar aceptemos que todo problema de conciencia aparece en un sujeto que se halla
inevitablemente en alguna situación física concreta, es decir haciendo algo, viniendo de algún
lado o yendo hacia otro. El estallido del dilema interior obliga justamente al personaje a
desatender, por lo menos parcialmente, la tarea autónoma que lo ocupaba, a despegarse
subjetivamente de ella y considerar su contradicción interior. Así, en pleno desarrollo del
problema, aparecen dos conductas físicas diferentes: una que tiende a proseguir lo que estaba
haciendo físicamente y sus objetivos, y otra que lo obliga a desatenderlos parcialmente, a hacer
superficialmente su trabajo para poder concentrarse en la conflictividad interior. Estas dos
tendencias, la de entregarse a la tarea o conducta exterior y la de abstraerse de ella, en una
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por saltos, y sobre todo, los contenedores aparecen como "argumentadores", como el fiscal el
uno y el defensor el otro. Pero no se da una lucha real, natural, movediza, cambiante, orgánica,
aquí y ahora, sino tan sólo la que es propia del mundo de las ideas: los argumentos y sus
refutaciones, las tesis y las antítesis. Y por lo general esto ya lo ha hecho el dramaturgo y el
actor reduce su aporte a "pensar" (repensar) el mero nivel lingüístico.
En cambio, en la lucha concebida como un objeto perteneciente a la situación dramática, que se
nos presenta escindida en sus partes contradictorias aparece un proceso dinámico, vivo, de
desarrollo visible. La contradicción dramática no resulta ajena al fenómeno, a la conducta.
Volvamos a recordar aquí que el hallazgo de las contradicciones en el teatro, es algo
relativamente sencillo. Lo complicado resulta entrever su unidad y sobre todo su paso del
terreno ideal al terreno técnico, fáctico.
Como hemos dicho, nunca un conflicto una vez planteado en la práctica permanece igual a sí
mismo. Esto sólo es posible si se lo mantiene en el terreno de la verbalidad, de la relativa
abstracción. En la realidad, el conflicto, que es en suma inestabilidad, se desarrolla, evoluciona,
se transforma en otro nuevo y no debe ser desechado o desconocido por esquematismos
teóricos, por dogmatismos conceptuales, sino que debe ser aceptado como la solución dialéctica
superadora del anterior y a la vez abordado de la misma manera creadora. La contradicción no
puede ser aislada, por supuesto, de los otros elementos estructurales. Es por eso que no hemos
podido evitar su mención, su intervención en este análisis. Recordemos que estos elementos
son inseparables unos de otros en "función mutuamente constitutiva" (Hauser)
2 - EL ENTORNO
Toda situación dramática es concreta. "No hay acciones en general" decía Stanislavski, lo que
significa que toda acción se desarrolla necesariamente en un cierto aquí y ahora determinado,
aunque los actores no lo consideren. La situación siempre reviste un carácter concreto, lo que
incide en la estructuración misma de los comportamientos. La conducta, descrita de un modo
muy simplificador, es la frontera en donde chocan una voluntad subjetiva transformadora y las
posibilidades reales ofrecidas por un cierto contexto histórico-material.
Aún en aquellas situaciones, propias las más de las veces del teatro del absurdo o del teatro
fantástico, en los que se pretende sacar de un contexto real a los personajes, esa falta de apoyo
material en que los sitúan actúa como contexto real de sus comportamientos. Recordemos
"Esperando a Godot" de Becket. Los personajes habitan un paisaje totalmente carente de
definición histórico social: no hay nada en él más que un arbolito escuálido. Sin embargo, los
personajes que allí actúan, deben necesariamente, por ejemplo, sentarse en el suelo para
sacarse los zapatos ante la carencia de muebles o asientos. La concreción de la escena es
siempre el continente obligado de la acción que, en el método de las acciones físicas (y
pensamos que en el teatro esencialmente visto), no transcurre "en " la psicología de los
personajes sino en la objetividad de sus comportamientos.
Pero antes que nada consideramos el entorno natural, paradigmático del teatro: el escenario, la
escena en cualquiera de sus modos históricos de existencia la "Skené" griega, el palco
isabelino, el patio o corral renacentista o el escenario frontal a la italiana. Siempre fue un lugar
cargado de convencionalidad, es decir, de acuerdo social, de significación socialmente
aceptada.
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Se trató siempre de un lugar, que al poder ser cualquier lugar, no era ninguno, para utilizar una
divertida aunque exacta definición.
Este doble carácter del escenario, a la vez cuatro tablas (realidad física) y palacio ( realidad
convencional), le abre al actor la posibilidad de actuar adecuando su conducta a cualquiera de
los dos sentidos: o bien puede usar las cuatro tablas (esto es inevitable), o bien puede usarlas
como palacio ( y esto tan solo posible).
El uso real de las cuatro tablas como tales no presenta problemas técnicos. ¿Pero cómo cobra
existencia el espacio convencional? ¿Cómo irrumpe en la realidad "lo imaginario" y lo
socialmente convenido?
No sólo como escenografía situatoria ya que en muchas épocas simplemente no existió tal cosa,
sino y fundamentalmente porque el accionar del actor "crea" el espacio (convencional). Su
comportamiento es lo que da sentido a esa escisión fenoménica y lo convierte en un todo único
y homogéneo. Lo real y lo figurado se funden por la acción. Si un actor mira hacia "coté Jardín"
porque se supone que allí está el mar y acciona como si se aproximaran unas naves, el mar
comenzará a existir (teatralmente, con realidad convencional, con la realidad que le es propia al
género estético) para él y sobre todo para los espectadores. Pero si en cambio el mar se
encontrará figurado en la escenografía, reproducido en ella, pero si el actor no lo utilizara, no lo
incorporara a su acción, no ejecutara su tarea en una relación modificada por el objeto
pictóricamente presente, entonces el mar se desgajara de la estructura dramática y muchos
espectadores ni siquiera lo verán realmente. Ese mar no cobrará verdadera existencia teatral, es
decir, no se integrará a la estructura.
En el escenario, tanto vacío como pleno de escenografía, construida o pintada, en esa compleja
mezcla de realidad y ficción, de verdadera existencia y convencionalidad, lo diverso sólo se
unifica y cobra homogeneidad ante el comportamiento de los actores. Y en este sentido
podemos decir que el accionar de los actores "crea" el entorno (así como los restantes
elementos de la estructura dramática en una reciprocidad ya mencionada).
Por eso no aceptamos que el entorno sea, en el teatro, sinónimo de lugar.
El entorno debe mejor ser considerado como el lugar en el que acontece la acción dramática
más el añadido de las condiciones dadas. Estas últimas carecen de contextualidad objetiva. Se
trata de atributos de la situación que difícilmente puedan ser materializados en escena, y en
muchos casos, se refieren a hechos anteriores en el tiempo pero que modifican, "desde afuera",
los acontecimientos dramáticos y por lo tanto actúan como condicionantes de los
comportamientos del actor. El entorno aparece así integrado por sus componentes materiales
reales, por algunos componentes materializados convencionalmente y finalmente por las
condiciones dadas que no son visualizables más que en las transformaciones, que por su causa,
sufren las acciones de los personajes.
El entorno pues modifica, condiciona el accionar, pero es a la vez, el resultado de éste. La
acción escénica que aparece, como lo veremos enseguida, en forma de comportamientos
voluntarios y conscientes tiene en cuenta (o por lo menos debe tenerlo si aspira a ser profunda)
no sólo el contexto material real sino también el contexto imaginario integrado por componentes
espaciales muchas veces, pero sobre todo por componentes que participan desde el pasado,
desde el tiempo. Esto resulta absolutamente lógico y comprensible si recordamos que estamos
hablando de uno de los componentes de la estructura, el entorno, que al ser "actualizado"
(considérese el aspecto temporal de esta palabra) por la acción se produce y produce la
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los distintos elementos y deja ausente no al menos, importante: la psiquis del ejecutante que
permanece como tal, fuera de la estructura, sin introducirse en el personaje y a lo sumo
pintándolo desde el exterior.
Otra de las conductas a descartar y que con suma frecuencia se nos presenta como alternativa
de la acción es el sentimiento.
Cuando intentamos aproximarnos, intelectualmente, a lo que hace un personaje, se nos
imponen con cierta claridad los resultados emocionales de su conducta. Es más, en el terreno
de lo pensado, tanto las emociones como las acciones se expresan con verbos y por lo tanto la
confusión es aún más factible. Pero apenas ascendemos desde lo pensado a la práctica
comenzamos a notar su diferencia. Los sentimientos no tienen un origen voluntario, no pueden
ser puestos en funcionamiento nada más que porque lo necesitemos o deseemos. Más bien los
sentimientos son productos que tienen todo nuestro accionar, pero las más de las veces en
contra de nuestros propios deseos. Amar, sufrir, llorar, etc., pese a que expresan
conceptualmente con cierta precisión contenidos psíquicos reales y capaces por ello de
pertenecer a los personajes que intentamos componer, no pueden servirnos como herramientas
para lograrlo. Podemos a voluntad fingir que lloramos, amamos o sufrimos, podemos mimar con
más o menos precisión los comportamientos exteriores que ellos implican, pero se tratará
entonces de copias exteriores de comportamientos más complejos. Los verdaderos contenidos
psicológicos se nos escapará en este intento por imitar los sentimientos. Justamente para
mimarlos deberemos situarnos en posición de observadores y esto mismo implica nuestra
descarga emocional. Los sentimientos siempre, son el resultado de un proceso. Incluso en las
técnicas de Strasberg, que aquí hemos calificado de caso especial de la conducta general
objetiva. ¿Cómo entonces hacer de ellos, tan esquivos e involuntarios, la base firme y el punto
de partida de la técnica? ¿Podemos confiar la construcción del objeto que buscamos en
comienzo tan frágil y esquivo? Nos parece que no.
Ya Stanislavski había descartado la posibilidad de plantear al actor la búsqueda consciente del
sentimiento. Había señalado que ello llevaba al cliché, al juego teatral inflado y
fundamentalmente mentiroso.
El lema stanislavskiano "de lo consciente a lo subconsciente" excluye al sentimiento,
involuntario, como punto de partida y ya hemos mencionado que este hito epistemológico
constituye, a nuestro juicio, uno de los mayores aportes del maestro ruso, en sus comienzos, a
la técnica actoral. El sentimiento pues debe ser diferenciado netamente de la acción y ser
descartado como comienzo de la tarea. En consecuencia, la herramienta fundamental con que
el actor debe emprender su construcción es tajantemente la acción.
¿Queremos con esto decir que los únicos componentes de la conducta escénica, son las
acciones y que todo lo demás debe ser desechado?
Por supuesto que no. Aspiramos a obtener sobre la escena un comportamiento orgánico,
integral y complejo, que incluya todos los niveles de la vida psíquica, que sea capaz de producir
en el escenario un hombre tan rico y denso como el de la vida.
Lo que decimos, y con toda la firmeza que nos permite nuestra experiencia, es que el actor debe
comenzar su trabajo técnico con las acciones y que éstas son las que desencadenan todo el
proceso ulterior que abarca luego distintos niveles psicológicos.
Las acciones son las herramientas con las que el actor construye los tramos iniciales de la
interacción, la que a su vez, genera, ahora ya de un modo no totalmente consciente, los
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porque las acciones obtenidas serán un intento por embellecer la escena y a lo mejor no
contemplan los intrincados caminos de la real interacción. Lo que se obtiene se aproxima
peligrosamente a lo que hemos llamado teatro de la representación, en el que también, en
algunos casos se obtienen escenas vivenciadas. Claro. Pero se trata de las excepciones, de lo
encontrado y no querido. Lo que seguramente se dificulta de esta manera es la identificación
pues ha sido asumida desde afuera y la propia personalidad se ve constreñida, forzada a entrar
en un molde extraño, formalmente bello o expresivo quizás, pero ajeno a la identificación
natural.
También existe el peligro contrario: el de aquellos que sólo ven en la acción su carácter
transformador espontáneo, vivencial y descartan los aspectos sígnicos, es decir demostrativos,
de la acción hallada. Estos últimos caen en un teatro naturalista, carente por completo de
teatralidad bien entendida. Estos incurren en el error de transformar el método de las acciones
físicas de instrumento de investigación, en instrumento capaz de llevarnos directamente y sin
otros procedimientos a la puesta en escena. Y esto es un error. La estructura obtenida con el
método debe ser trabajada desde otros ángulos que crecerán sobre su verdad (estética) inicial.
Vajtangov y Meyerhold cuando reclamaban la excesiva psicologización del teatro de su maestro
Stanislavski hablaban de esto.
El método no debe ser desviado de su función heurística: no es la receta mágica que soluciona
los problemas estéticos y expresivos. No. Lo que permite es su abordaje desde un grado del
conocimiento concreto, ante la existencia de estructuras dramáticas desarrolladas ya en la
escena que facilitan los criterios expresivos, estéticos, sobre todo en el teatro que pretenda
alcanzar un elevado grado de realismo, pero sin excluir aquellos estilos (Shakespeare, Molière,
etc.) marcadamente ajenos al naturalismo de los comportamientos en los que sin embargo la
estructura lograda nos permite "entender" las situaciones y trabajar estéticamente sobre ellas,
en vez de hacerlo sobre el material abstracto, sólo pensado.
Las acciones, principalmente, son instrumentos, las herramientas esenciales del actor en la
construcción de su personaje y en la asunción y comprensión (real) de los diversos elementos
que componen la estructura. La acción es la menor unidad a la que puede reducirse lo
dramático (en ella se vinculan, se tocan todos los demás elementos estructurales) sin perder su
carácter de tal. En una acción se refleja el sujeto, su estado de ánimo, su intencionalidad, sus
contradicciones, la época, su extracción social, los problemas del entorno, la interacción con el
partener, etc. Es por ella, por la acción física que la estructura dramática alcanza su dimensión
estructural y deja de ser una yuxtaposición de elementos dispares.
La acción, como se desprende de todo lo anterior, no sólo sufre pues las determinaciones del
sujeto, manifestadas a través de los objetivos que persigue, sino también las limitaciones
transformadoras, condicionadoras del entorno, de sus contradicciones internas, etc.
Es más. Si abandonamos por un instante nuestros razonamientos que nos ubican dentro de las
estructuras dramáticas, y nos volcamos a considerar las relaciones de éstas con las
macroestructuras sociales e históricas, veremos que estos condicionamientos sociales e
históricos son los que imprimirán un determinado sentido, darán determinados valores,
jerarquizan tales relaciones en detrimento de otras. Los comportamientos actorales sólo podrán
decodificarse en el seno de esas macroestructuras y es en este nivel, donde, según nuestro
parecer, se efectúa la traducción de lo ético, lo político, en conducta concreta. No se tratará
únicamente del texto que se vincula con "los grandes temas". Por el contrario las palabras
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podrán velar, muchas veces, la consideración de esos temas que estarán sin embargo
presentes, en los comportamientos de los personajes entroncados en sus estructuras
dramáticas. Es en este nivel en el que lo social se expresa a través de los destinos individuales,
de sus posiciones concretas y complejas frente a los problemas. No es en el nivel de los
discursos.
Pero ahondemos un poco en el modo en que toda la problemática estructural se expresa en la
conducta, a la que antes definimos como la frontera en la que se encuentran las presiones de la
subjetividad del agente con las limitaciones que le impone el entorno temporal-espacial en el
que actúa. Cuando el actor comienza a pensar qué comportamientos serían posibles en tal o
cual otra situación conflictiva, mi experiencia me ha llevado a valorar enormemente lo que
hemos dado en llamar acciones autónomas, es decir, aquellas acciones que el personaje haría
en la situación si no mediara el conflicto. ¿Por qué esta momentánea abstracción de los
conflictos? Quizás para pensar más fácilmente, para hallar mejor, los comportamientos
naturales, normales, en una situación en la que, cuando se enfrentan a los conflictos se cargan
de explosividad y se convierten en altamente dramáticos. La aparición del conflicto puede
provocar en el personaje una acción adecuada, impensada en la misma situación calma. Pero
esto ocurre generalmente cuando los conflictos son violentos, inesperados, claramente físicos.
En cambio, si los conflictos son más bien internos, de conciencia, que apenas si se traducen en
el texto de los personajes, como es el caso de Chejov, lo que ocurre es que las acciones
autónomas se cargan de conflictividad, varían su modo de existencia, justamente a causa de las
presiones disociativas que sobre ella ejercen los conflictos interiores.
Tío Vania se encuentra a solas con Elena, en una noche tormentosa. Sufre por su amor
incomprendido, no correspondido. ¿Qué pueden hacer? ¿Qué hacen efectivamente? Aquí
aparecen las acciones autónomas: Elena trata de descansar de la fatiga que le ha producido su
marido Serebriakov, pero sufre la presencia acuciante del ansioso Vania. Este acomoda la casa:
son las once de la noche, todos se han retirado a dormir, se aproxima una tormenta, cierra una a
una las ventanas, apaga de a poco las luces, vuelve las sillas a su lugar, pero todo esto ganado
por la ausencia de Elena, por estar a solas con ella. Querría hacer cosas, pero no se anima, y
esto se refleja en su modo concreto de ejecutar lo que llamamos acciones autónomas. Y lo
mismo Elena. Hablamos de acciones posibles (es decir pensables con anterioridad) en la
escena. Cuando pasamos al trabajo concreto sobre la escena no establecemos un plan con
ellas. Simplemente pensamos en su posibilidad y dirigimos la atención del actor, que busca el
personaje, hacia esos objetivos físicos sencillos, pero eso sí, cargados ya de la contradicción
interna que los corroe. Si durante la improvisación surgen otras acciones no las desechamos,
por el contrario son muy bienvenidas y analizadas. Pero el planteo inicial de conductas
autónomas facilita la tarea extrovertida, transformadora hacia el exterior de los personajes. Evita
que Vania piense y sensorialice su sufrimiento y se sumerja en sí mismo para lograr expresarse
tan sólo en el texto. Y a la vez le plantea a Elena un tema exterior de preocupación al que debe
atender.
¿Qué ocurre con ellos entonces? Comienza la interrelación entre el entorno, los conflictos, las
acciones vistas como posibles y autónomas, las modificaciones que sufren por la propia
interacción, las acciones no pensadas y surgidas por el choque (en casi todos los casos las
esenciales) etc. En una palabra: la estructura dramática comienza a materializarse ante nuestros
ojos con todos sus complejos niveles: los físicos, los psíquicos, los verbales, los factores
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acción, incluso sobre la acción misma ejecutada físicamente. Sobre todo en análisis
fundamentalmente teóricos. Dudamos, eso sí, de la función que los "por qué" puedan cumplir
esencialmente durante la improvisación, durante la práctica creadora inicial en el escenario.
En cambio el "para qué" de la acción se inscribe en el futuro. Se trata de algo a conseguir, de
algo cuya existencia depende de mi accionar en este aquí y ahora de la circunstancia dramática.
Se me presenta como algo posible y cuya búsqueda me inserta, me vincula aún más
profundamente a la circunstancia que vivo. La acción es la respuesta a este "para qué" y no la
introspección psicológica. El "para qué" a obtener se ubica en el futuro inmediato, potencial de
este presente que enfrento y cuyo desarrollo, en un sentido u otro, depende, por lo menos en
parte, de lo que yo haga. La situación a la que tiendo preexiste, idealmente, en mi cabeza y
condiciona como ley mi propio comportamiento. Al revés de los "por qué" que nos retrotraen al
pasado, que nos extraen del aquí y ahora. los "para qué nos atornillan a él.
El actor, por ser la realidad teatral conflictiva, no la acepta tal como es y tiende a cambiarla en
un sentido que no existe todavía. Ese fin que busco me presiona.
Dice Adolfo Sánchez Vázquez: "El fin, por tanto, prefigura aquí el resultado de una actividad
real, práctica, que ya no es para actividad de conciencia. Gracias a ello, el hombre no se halla
en una relación de exterioridad con sus diferentes actos y con su producto como sucede cuando
se trata de un agente físico o animal, sino en relación de interioridad con ellos, ya que su
conciencia establece el fin como ley de sus actos, ley a la que se subordinan, y que rige, en
cierto modo, el producto. Este dominio jamás puede ser absoluto, ya que se halla limitado por el
objeto de la acción y los medios con que se lleva a cabo la materialización de los fines".
Esto es lo que ocurre con el actor que se sumerge en la dialéctica compleja del método de la
acción física. Su conducta transforma la totalidad pero a la vez se ve limitada, configurada por
ella. Deviene así orgánica, insustituible, verdadera (estéticamente).
Los resultados no intencionales registrados en este quehacer conflictivo lejos de desanimarnos
en nuestro planteo lo fortalecen, porque, ¿qué otra cosa que esa manifestación de la necesidad
en forma de casualidad buscamos para enriquecer nuestro pensamientos simplificadores?
Esos resultados no esperados, pero bien venidos, no tienen origen mágico: provienen del
choque con las otras voluntades actuantes, de la imprevisibilidad temporal, del entorno jugando
activamente sobre nuestro quehacer, de la relación imprevisible de fuerzas en un momento
dado, etc.
Es por todo esto que, en nuestra metodología los "para qué" juegan un rol determinante como
verdaderos motores voluntarios de la acción, como condicionantes esenciales (y reales en el
escenario) de mis acciones. Mientras que dudamos acerca de la "realidad" actual de los "por
qué", y no de su complementariedad lógica.
La acción física aparece como la principal herramienta del actor para desencadenar todo el
proceso, justamente a causa de sus orígenes voluntarios y concientes. En efecto, basta tan sólo
querer para comenzar a accionar. No se precisan mayores preparaciones físicas (relajamientos,
etc.) ni de otra índole. No se debe estar ganado previamente por la emoción para luego actuar:
al contrario la emoción es producida por el accionar, se alcanza con, desde el trabajo.
En el primer método stanislavskiano se exige del actor: 1) concentración y relajación adecuadas,
2) trabajo con la memoria de la escena, para alcanzar una justa motivación, y 3) recién entonces
se procede a la adaptación al entorno concreto, comienza la acción y en un plano que no
perturbe lo obtenido interiormente. Este proceso es adialéctico, antinatural y sumamente frágil.
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naturales (hambre, sed, miedo, etc) que provocan la acción, o como recuerdos o evocaciones de
experiencias anteriores. En el teatro resulta muy difícil (si no imposible) provocar en el actor
antes que nada "necesidades naturales". Strasberg intenta reemplazarlas con su modo más
material y concreto de existencia en este género: la evocación sensorial. Pero para ello debe
distraer el yo consciente del actor ed la interacción con su medio y su partener, para volcarlo a la
evocación. De aquí surgen las dificultades descritas.
Los "para qués", en cambio, pese a ser abstractos también, (se trata al principio de presencias
ideales de resultados a obtener) se ubican en un futuro cuya concreción depende de mi accionar
voluntario y conciente sobre este presente que me rodea y al que debo empujar con mi trabajo
hacia la aparición de los resultados. Es algo posible aquí y ahora, materialmente afuera mío, y
surgirá tras un proceso que comienza de modo voluntario y conciente y posee un lado tangible
cuyos efectos el actor palpa de inmediato. Es por ello que destacamos la importancia que tienen
los "para qué" u objetivos en el método que estudiamos.
Nuestra intención es encuadrar el método de las acciones físicas elementales de Stanislavski
dentro de la teoría general del trabajo concebida por Marx, aunque, lo reconocemos, quizás nos
falten conocimientos filosóficos suficientes como para hacerlo en la medida necesaria. El
método nos aparece como un modo particular de existencia del trabajo en general. Y esta
aproximación a la técnica, creemos que permite profundizar algunos problemas hasta hoy muy
mistificados y esclarecerlos de un modo imposible de obtener desde otras posiciones.
Veamos pues, antes que nada, qué es el trabajo para Marx: "Nuestro punto de partida es el
trabajo bajo una forma que corresponde exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta
operaciones que se asemejan a las del tejedor. La estructura de las celdas de cera construidas
por una abeja desconcierta a más de un arquitecto. Pero lo que desde el primer momento
distingue al peor arquitecto de la abeja más experta, es que él ha construido la celda en su
cabeza antes de construirla en la colmena. El resultado que se logra mediante el trabajo
preexistente, idealmente, en la imaginación del trabajador. No es sólo que opera un cambio de
forma en las materias naturales; al mismo tiempo realiza su propia finalidad, de la cual tiene
conciencia, que determina como una ley su modo de acción y a la que debe subordinar su
voluntad".
Lo que para Marx diferencia el trabajo de la mera actividad, que puede ser cumplida incluso por
animales, es justamente la inversión por la cual los objetivos a conseguir aparecen idealmente
en la cabeza del agente antes del proceso mismo del trabajo y lo condicionan como una ley más
a observar. Justamente, trabajar consiste en adecuar los comportamientos al logro de las
finalidades en medio de la ineludible observancia y sometimiento creador a las legalidades
naturales. El trabajo sufre así una doble presión conformadora: la de las leyes objetivas de la
materia y la presión de la propia finalidad perseguida. De esta interacción nace un proceso por
el cual el modelo ideal abandona su existencia en mi cabeza y comienza a aparecer
materialmente, objetivamente como resultado del trabajo.
De estas premisas generales, que requieren ser estudiadas en cada circunstancia concreta de
su existencia, se desprenden algunas conclusiones: 1) el trabajo es una actividad material,
concreta, psico-física del hombre. No hay ningún modo de trabajo que no lo involucre como
individuo, que no exija su participación física y mental con los efectos consiguientes que esto
implica, 2) por su materialidad el trabajo se desarrolla en el espacio y en el tiempo, no en mi
mente. Por supuesto que una parte del proceso transcurre en ella, pero esta parte intelectual
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“Estructura dramática”. R. Serrano
necesita del momento material desencadenante. En realidad es en el teatro donde los procesos
edl reflejo psíquico superan la mera sensorialidad animal y consiguen abstraer legalidades
invisibles a la pura contemplación. Esas legalidades reflejadas como leyes objetivas de los
procesos materiales, actúan ya desde la cabeza del agente como índices modificadores,
orientadores de su actividad. Pero son también adquisiciones que no pueden desligarse de su
origen material en el proceso de la praxis humana, 3) el trabajo además, siempre se ejerce
sobre algo, sobre un objeto cuya modificación se persigue. Al lograr esta modificación del objeto,
no sólo emerge un nuevo objeto humanizado, adaptado a las necesidades o requerimientos
humanos, sino Marx nos hace notar que el mismo sujeto ha sufrido una transformación. Ya no
es el mismo que antes del trabajo. El trabajo ha creado "no sólo un objeto para un sujeto, sino
un sujeto para un objeto". Además, en el proceso del trabajo, y en la medida en que el hombre
va reflejando intelectualmente las legalidades de la materia, prolonga su capacidad activa, la
incrementa con las herramientas e instrumentos, que son en realidad objetos, producidos por el
hombre mismo, y tendientes a facilitarles su transformación del mundo circundante.
Esta sucinta reflexión de las ideas de Marx, nos parece enormemente sugestiva si tratamos de
vincular sus asertos al método de las acciones físicas.
El método se adapta a la caracterización general del trabajo y por lo tanto puede ser admitido
como un modo particular de su existencia. Quizás alguien se pregunte, en el caso del método,
¿cuáles son las herramientas mediatizadoras propias de todo trabajo? Nosotros creemos que
esas herramientas mediatizadoras son justamente las acciones físicas. Ellas de ningún modo
son planteadas por nosotros como objetivo, como el resultado a conseguir con el trabajo actoral,
sino por el contrario, somos conscientes de su rol instrumental. Las acciones físicas son las
herramientas, torpes quizás, burdas aún, con las cuales el actor va construyendo la conducta de
su personaje mucho más sutil y matizada, jerarquizada por la presencia del lenguaje como
forma superior de la acción. Y esas acciones-instrumentos van produciendo la conducta
compleja del personaje y desapareciendo en la medida en que ésta emerge. Podríamos decir,
parafraseando a un clásico, que así como el hombre es el producto de su propio trabajo, el
personaje se nos aparece como la primera y mayor consecuencia del accionar físico del actor en
personaje.
Pero el trabajo es efectivo en su capacidad transformadora justamente a causa de su realidad.
En el caso del teatro, con toda su carga de convencionalidad, ¿cómo logra la acción esa
transformación? Recordemos la especificidad de lo estético. Su falta de utilidad inmediata. Un
árbol pintado no da manzanas, un asesino en el teatro no deja realmente ningún muerto, un
duelo en el teatro no mata. Recordemos que el trabajo estético satisface necesidades de orden
espiritual. Y el teatro se encuentra en el nivel de lo estético. ¿Cómo aplicar, sin una explicación
más específica y detallada, este paralelo que hacemos entre la eficiencia del trabajo material y
el de la acción física, que se encuentra en el nivel de lo estético? Tampoco las acciones físicas
tienen una utilidad inmediata: ni matan, ni enamoran realmente, ni engañan de verdad. ¿Y
entonces?
Para explicar esta particularidad deberemos internarnos en el análisis de lo convencional en el
teatro como una de sus partes constitutivas, y el modo en que esto interviene, pese a todo, en la
modificación de la conducta de los actores en su camino hacia el personaje.
Hay un doble peligro en el accionar: si se extrema el carácter convencional de los
comportamientos escénicos, no lograremos vivencia ni convencimiento. La falsedad anula toda
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“Estructura dramática”. R. Serrano
posibilidad de identificación con el espectador. Sí, permite, sin duda, otro tipo de participación
estética, pero no la identificación y su secuela, la vivencia. Y esto es lo que nos interesa a
nosotros. Pero por otra parte, si sobre la escena accionamos de un modo absolutamente
verdadero, real, que persiga la realización efectiva del objetivo, correremos serios riesgos de
abandonar lo estético y entrar en el terreno de la crónica policial incluso: es imposible matar a
una Desdémona por función.
El teatro de la vivencia vive justamente en el delicado equilibrio que hacen una convención
creíble para el espectador y creída por el actor, y la realidad de sus comportamientos en el aquí
y ahora.
En primer lugar digamos, que en escena, hay acciones posibles y hay acciones imposibles. En
el caso de las acciones posibles (barrer, coser, peinarse, acariciar, etc.) su efectividad no puede
ser cuestionada ya que se encuadran dentro de todos los requisitos propios de cualquier otro
"trabajo" real. El problema se plantea con las acciones, a las que provisionalmente
denominamos "imposibles": matar, violar, etc.
La clave, en gran medida, de la acción física en lo que respecta a su capacidad para
desencadenar los procesos vivenciales del actor reside justamente en los aspectos materiales
de su existencia, en sus componentes físicas reales. En las acciones llamadas por nosotros
"imposibles" a causa de sus consecuencias morales o sociales, éstas no pueden llegar a
cumplirse en plenitud, pero de ninguna manera ello significa que las acciones de este tipo
permanezcan por completo en el terreno de lo psicológico o de lo pensado: no, mantienen gran
parte de sus elementos materiales aunque desistan de su actividad final. El actor que encarna a
Otelo puede tomar del cuello a Desdémona, voltearla sobre el lecho, arrojarse sobre ella, etc.,
sin llegar a matarla. Estos aspectos físicos crean un mínimo de condiciones de credibilidad
debido a su existencia material. Y sobre ellos se basa la efectividad del método aún en este
caso. Se trata pues, de limitar técnicamente el alcance de las acciones "imposibles" y de
mantener al máximo sus restantes componentes físicos.
Ahora bien. Podría argumentarse que de este modo se preserva la apariencia exterior de la
acción, pero que un tal proceder difícilmente llegue a modificar, en el sentido del conflicto
orillado, las consecuencias psicológicas.. Creemos que puede no ser así, si el actor sabe
accionar en profundidad dentro de los convencionalismos técnicos.
Expliquémonos. La acción, aunque sea del tipo de las "imposibles" debe continuar poseyendo
un cierto nivel físico, decimos. Pero como la acción no puede ejecutarse hasta el fin y choca con
el límite de lo convencional acordado técnicamente, es preciso hacerla real en el empleo de los
"para qué" u objetivos. El actor debe empujar subjetivamente la acción igual que en un
comportamiento real. Subjetivamente el podrá querer lo mismo, pero su accionar físico hallará
un límite. Es como si quisiera hacer algo maniatado o limitado por una reja. Esta situación
permite la total entrega subjetiva y una limitada participación física. De este modo los efectos
transformadores, en un sentido psicológico, siguen existiendo, sostenidos por los componentes
físicos dentro de las limitaciones convencionales o técnicas introducidas previamente, durante
los ensayos, por los actores. La acción conserva así, aún en este caso su poder ed herramienta
transformadora gracias justamente al uso de la convencionalidad: más acá o más allá de ella,
salimos del terreno de la estética vivencial del teatro. Si estamos más acá nos adentramos en
los comportamientos racionales, fríos y exteriores. Si superamos los límites
técnico-convencionales, llegaremos al "happening" o a los comportamientos reales de la vida
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“Estructura dramática”. R. Serrano
que nos extraerán de la vivencia estética, algo muy diferente como esperamos haber apuntado.
La vivencia estética, implica de algún modo, la posibilidad de entregarse orgánicamente a los
comportamientos en todos sus niveles (volitivos, emocionales, racionales, físicos, etc.) sin que
este modo de vivir implique las mismas consecuencias de la vida real. La muerte en el teatro
nos hará vibrar, pero nos dejará luego reflexionar sobre ella. Una herida teatral nos hará sufrir,
pero luego de la función no dejará cicatrices físicas. Si esto no ocurriera el teatro se habría
transformado en una repetición indiferenciada de la vida real, y su utilidad social aparecería
confusa.
La acción escénica se halla en el movedizo límite que separa la convencionalidad de la realidad,
límite variable históricamente, y en el que pese a su carácter altamente conflictivo, conserva
toda su capacidad de herramienta transformadora.
Es la acción escénica la que extrae la estructura dramática desde el terreno de lo pensado y la
convierte en objeto real, de existencia independiente y exterior a mi propia conciencia. Tan sólo
el entorno, y algunos elementos de la utilería tenían existencia objetiva con anterioridad al
quehacer actoral. El resto de los elementos estructurales deviene objetivo, en su funcionamiento
dramático, teatral, justamente como consecuencia de la acción.
Como ya vimos anteriormente, no es lo mismo pensar un objeto aún no construido con todos los
procedimientos y casualidades (además de las legalidades) que nos debieran permitir acceder a
él, que pensar (analizar para superar) un objeto de existencia objetiva.
En el caso del teatro no hay que perder de vista que, al analizar el texto con sus implicancias
como si fuera la totalidad que buscamos, o por lo menos su causa, estamos intentando analizar
un objeto cuyo grado de existencia es dudosa y cuya técnica menos visible aún. Mientras que al
poner en práctica la estructura mediante la acción, a la par que construimos un objeto lo vamos
pensando en su desarrollo hacia una complejidad cada vez mayor.
Recordemos que concebimos la conciencia como factor segundo del ser, y en la medida en que
avanza en su capacidad de reflejar adecuadamente, objetivamente, las características de la
realidad, crece también y se desarrolla su capacidad para plantear nuevos objetivos a conseguir,
nuevas metas a alcanzar todavía invisibles en el momento del comienzo del proceso y notorias
ahora justamente a causa del grado de madurez alcanzado por las contradicciones y sus
efectos. ¿Cómo el actor va a poder pensar objetivos delicadamente adecuados a su objeto, con
toda su labilidad propia, si antes no es capaz de construir su objeto (el dramático) en toda su
complejidad? Y justamente en ese camino constructivo iremos reflejando las legalidades
internas que quedan al descubierto, que afloran dado el desarrollo alcanzado por las
contradicciones, y que nos sugieren paralelamente nuevos y cada vez más complicados
objetivos para la acción que se humaniza de paso en paso. Esos objetivos podrán en
determinado momento ser inmateriales todavía. Podrán ser mera planificación de la acción
futura. Pero la densidad, el progreso en el sentido social y humano de esa planificación, jamás
podrá hacerse en abstracto sino ante los hechos, las relaciones y los conocimientos que se van
desprendiendo de la construcción del objeto mismo que se investiga.
Si no se procede así, si no se crean los hechos que deben ser estudiados, no podremos obviar
la construcción de relaciones y vínculos apriorísticamente concebidos, y que arriesgarán ser
falsos o a veces imposibles de ser construidos en la práctica. En general cuando se piensan
esas relaciones en vez de crearse, los sujetos teatrales, los actores, tienden a entrar en un
proceso significativo, semántico, antes que interactivo. Lo que quiero decir es que las
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“Estructura dramática”. R. Serrano
situaciones abordadas de un modo puramente teórico, permiten al actor en el mejor de los casos
concebir sus "significaciones", pero no los efectos movedizos de la interacción. Ahí aparece el
actor buscando resultados, estados finales, de procesos que nunca existieron. El actor tiende a
mostrar, a sumergirse en las consecuencias de caminos o recorridos psicológicos nunca
abordados en el escenario. Lo que propone el método de las acciones físicas, en suma, es
construir sistemas complejos a partir de sus más simples componentes, los actos físicos
basales.
Por otra parte, al ser la situación dramática una contradicción en sí misma, resulta sumamente
dificultoso tanto para el actor como para el director concebir simultáneamente y con igual grado
de profundidad y adhesión, dos puntos de vista contradictorios e inconciliables. Y por ende la
movediza situación que de allí deriva. ¿Es esto posible? En todo caso ese proceso puede
describirse desde afuera, desde la descripción. En el caso de los grandes novelistas o
dramaturgos a veces éstos logran penetrar en la intimidad de cada uno de los personajes, pero
siempre permaneciendo en el terreno de lo pensado, de lo escrito. En cuanto ese movimiento
asciende hacia su concreción encarnada por actores que no son un solo cerebro y cuya
personalidad es difícilmente manejable hasta en sus más mínimos detalles, esto se torna
imposible.
Nadie sabe lo que todos hacen, cada uno posee su propio punto de vista pero no la totalidad
conflictiva. Esta nueva argumentación que aportamos tiende, en este estudio, a destruir
nuevamente los métodos de ensayo que se aproximen al texto y al nudo dramático de modo
eminentemente teórico. Es el caso del primer método stanislavskiano, superado por la correcta
interrelación dialéctica entre lo pensado y la praxis propia del segundo método. Marx dice: "El
materialismo histórico pone término a la filosofía en el campo de la historia, al igual que la
concepción dialéctica vuelve tan inútil como imposible cualquier filosofía de la naturaleza. En
cualquier terreno, ya no se trata de imaginar en la propia cabeza los encadenamientos sino de
descubrirlos en los hechos". Y este procedimiento gnoseológico sólo es posible, en el caso del
teatro, si se tratan de construir primero los hechos que se persigue conocer en profundidad. Y
ello ocurre con la aplicación del método de las acciones físicas.
4- EL SUJETO
¿Cuál es el sujeto real, presente, del arte teatral? Si es el actor: ¿cua´l es su mundo escindido,
contradictorio? ¿cuál su identidad y en qué nivel de existencia la ubicamos : en el psicológico,
en el verbal, en el ideal, en lo físico?
Hagamos una primera constatación: el actor, en el momento de comenzar su trabajo como tal,
enfrenta un mundo no homogéneo: por una parte pisa un escenario, ubicado en una calle y en
una dirección de la ciudad que habita, su piso es de madera y resuena, y por la otra, de enfrenta
por ejemplo, con el castillo de Elsinore. No es sencillo para el actor, ese ser real con nombre,
apellido y documento de identidad, resolver la alternativa: o bien pisa las tablas, se basa en su
buena voz y presencia y en la potencia de los versos de Shakespeare en busca de un buen
efecto "teatral" (¿acaso no es eso "hacer" Hamlet?) o bien indaga en la conducta del príncipe
renacentista ascendiendo a la torre en busca de su padre. Si se decide por este segundo
camino, ¿dónde buscar la verdad de sus actos? ¿En la profundidad de su imaginación, en la
perfección de un arte imitativo que copie los movimientos y las inflexiones de voz de ese ser
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“Estructura dramática”. R. Serrano
contenidos psicológicos de sus comportamientos. Bastará en el momento inicial que yo, el actor
en primera persona, asuma, en las condiciones de la escena, los "quiero" del personaje y me
ponga en marcha en procura de su realización.
Stanislavski acepta con claridad que, por ahora, al iniciarse el proceso, el personaje posea tan
sólo una existencia literaria, incompleta, teórica, mientras que al actor posee ya un status real. Y
propone, con una lógica incuestionable y hasta perogrullesca, pero ignorada por muchos, que el
tránsito del uno al otro se haga pasando de la existencia empírica del uno a la creación del
personaje mediante la materialización, la realización de las acciones físicas que le son propias.
Esas acciones físicas que, como ya hemos visto no carecen de implicancias psicológicas, irán
creando las condiciones para la aparición de los contenidos psicológicos del personaje que así,
no serán ya la causa de su accionar, sino que aparecerán como los productos de su quehacer.
El actor al hacer lo que hace el personaje se irá transformando en él.
La paradoja propia de la creación del personaje, la que no podía evitar el momento del control
distinto del momento de la entrega, comienza a desaparecer, a esfumarse, al aclararse la
temporalidad de los procedimientos. Es en un proceso que se extiende en el tiempo en el que
ocurren, preferencialmente, a veces el control y a veces la total entrega. Al principio es sólo, el
actor quien existe efectivamente y se le pide que acciones en su propio nombre, que luche aquí
y ahora en procura de los objetivos propios de cada acción. Que invente incluso procederes.
Eso implica actuar en nombre propio. Pero las acciones pertenecen a una situación que no es la
"natural" del actor. Los objetivos que él asume allí tal vez no sean los que él se propondría en su
vida, sino los que debe hacer para recorrer ese camino que lo separa del personaje. A veces
hasta la acción le es impuesta desde afuera. Debe matar necesariamente a Desdémona. Y lo
único que el actor debe hacer es "querer" eso aquí y ahora. Luchar por ello comenzando con
sus acciones voluntarias y conscientes. No necesitará ninguna otra motivación emocional previa.
Bastará con que quiera hacerlo, aunque le repugne a su propia personalidad. Deberá actuar
como si alguien lo obligara a asumir subjetiva y realmente los objetivos de acciones que tal vez
no sean las suyas. Así la acción lo va transformando en otro, en el personaje construido sobre
su propia identidad y no empieza a plantearse falsos dilemas ni a juzgarse a sí mismo. Soy yo
quien debo hacer (y el hacer es voluntario y consciente) esto y para lograr tal o cual finalidad
transformadora. Este modo del accionar nos va transformando al transformar el objeto sobre el
cual se vierte. Vamos penetrando en su lógica. Nuestro monólogo interior comienza a tener una
coherencia cada vez mayor. Al final del proceso será difícil encontrar diferencia entre mis
procedimientos y los del personaje en idénticas circunstancias y con motivaciones que hemos
ido descubriendo vivencialmente por el camino y no intelectualmente en la comparación de las
distancias que hay entre mi personalidad y la del personaje. Yo soy lo que hago, parece
decirnos Stanislavski, y en la medida en que acciono en profundidad (es decir procurando aquí y
ahora el "para qué" transformador) con acciones que no me pertenecen comienzo a dejar de ser
yo mismo -en la medida en que esto es materialmente posible- para ser otro, el sujeto que
asumo en la obra, el personaje.
En realidad este procedimiento que describimos aquí como propio del método de las acciones
físicas ocurre numerosas veces en el comportamiento real de los seres humanos ya que se
hallan obligados a adoptar roles, propuestos por la vida social a veces en total contradicción con
la propia personalidad del agente. ¿Acaso podemos decir que este proceso deje al sujeto sin
cambios, que no lo transforme en un personaje distinto a él mismo?
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Se trata de algo natural, de comportamientos que ocurren en la vida y que por lo tanto pueden
ser cumplidos en la escena sin forzamientos antinaturales.
En el método de las acciones físicas, lejos de romperme del entorno para investigar en mi
subjetividad, para trabajar sobre mi interioridad en busca de transformarla, encuentro justamente
en mi accionar sobre el entorno los modos de transformar mi personalidad en el sentido
deseado. Tal la propuesta que deducimos del método de las acciones físicas en lo referente al
sujeto de la acción y a sus procesos.
Nos ubicamos pues en la posición que concibe la personalidad humana como el resultado,
primero de un prolongado proceso filogenético, y segundo -y esto es lo que realmente nos
importa- como resultado de un proceso ontogenético que se repite millares de veces.
Si aceptamos estas tesis generales para explicarnos la aparición de los sujetos psicológicos
reales, nos costará mucho menos entender que la creación de la subjetividad de un personaje
teatral podrá ser producida por nosotros sobre la propia personalidad del actor tras someter a
éste a los cambios que implica adoptar profunda y vivencialmente los actos atribuidos al
personaje. ¿Por qué, de qué modo podría existir realmente una psicología del personaje, sin que
esto implicara hipostasiar definiciones, conceptos o imágenes, antes de que el actor -yo- recorra
un proceso psicofísico similar al que se supone que recorre el personaje? ¿De dónde surgiría la
materialidad de las vivencias? ¿Pueden recatarse acaso desde mi pasado para "insertarse" en
este presente teatral sin mayores distorsiones?
Creemos que el proceso transformador que va del actor al personaje, con toda la cohorte de
vivencias que implica, solamente puede abordarse mediante la capacidad transformadora del
trabajo humano, en este caso el específicamente teatral, la acción física, entendida sin duda en
toda su complejidad e integrada a la estructura dramática descripta.
Justamente, por no comprender lo procesal que tiene esta tarea ni explicar los nexos dialécticos
que existen entre los diversos niveles estructurales, creemos que Strasberg se equivoca y
propone generalizar una técnica, la introspección sensorial, que sólo responde objetivamente a
los requerimientos del soliloquio subjetivo pero que no explica la interacción, para nosotros base
del accionar teatra.
Tratemos, en esta tarea de definir las relaciones actor-personaje de reproducir los
razonamientos del maestro norteamericano: el personaje no tiene existencia real, tan sólo existo
yo, el actor; la psicología de aquél tan sólo puede ser pensada, definida abstractamente, en
cambio la mía es real. Por lo tanto la técnica debiera encontrar en mi propia realidad psicológica
lo más parecido que haya al personaje, debiera reflotar esas vivencias mías y con ello construir
el sujeto dramático. Salgamos a buscar esos elementos parecidos, esos contenidos
emocionales similares. ¿Dónde? En mi propia subjetividad y en mi pasado. No cabe más pues
que reflotarlos escándalos. Y esto debe hacerse del modo más material posible. No pensando
tan sólo en ello, sino sensorializándolos de manera que ejerzan su influencia sobre mi conducta
actual hasta emocionarme realmente. Una vez "actualizados" estos contenidos emocionales
sólo resta "recubrirlos de conductas materiales" de acciones objetivas.
Como vemos la acción aparece aquí totalmente desconsiderada en su aspecto ed herramienta
transformadora. Es tan sólo un signo que recubre lo psicológico, que lo muestra.
Y el actor, ¿a qué atiende en este proceso, al reflotamiento subjetivo de la emoción
anteriormente vivida o a la conducta interactiva que plantea la pieza? Pues bien: al actor no le
queda más que desdoblarse, ser dos al mismo tiempo, uno que se entrega a la revivencia, y otro
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Para completar la descripción de los diversos elementos que integran la estructura y su
funcionamiento, de modo necesariamente somero e incompleto, falta detenernos en el
funcionamiento del texto dramático literario.
De él ya dijimos que, en general, constituye el punto de partida del proceso todo, pero que no
debe ser confundido con el objeto complejo y translingüístico que es la real base del desarrollo
material del mismo. Veamos algunas reflexiones al respecto.
El texto dramático, como tal, visto como literatura, no tiene espacialidad real, es puro transcurrir
y su sujeto, un sujeto ideal, mientras que el objeto teatral que perseguimos y llegará a ocupar el
escenario posee en cambio, una clara existencia espacio-temporal que debe ser alcanzada
mediante un trabajo que no puede excluir, de modo alguno, los comportamientos humanos. En
este caso las acciones.
La lectura de un texto dramático genera pensamientos, ideas, imágenes mentales o en el mejor
de los casos sonidos (palabras, frases) cuya capacidad para transformarse en hechos sobre el
escenario resta comprobar. Esta parte del proceso, lo que va de lo pensado al escenario, es la
que por ser ignorada hace fracasar la mayor parte de las técnicas. La distancia que va desde la
cabeza hasta la mano es mucho mayor de lo que imaginamos, o por lo menos, es un camino
complejo de describir y de transitar.
El escenario del teatro leído, es lógicamente, mi propio intelecto. ¿Cómo atravesar la distancia
que lo separa de los actores de carne y hueso, de las tablas del escenario? ¿Pueden los actores
traducir simplemente, por un procedimiento espontáneo y natural, lo pensado y leído, en actos
escénicos? Ya hemos dicho que este trayecto es el abismo en el que han caído la mayor parte
de las técnicas.
Es necesario descubrir, inventar, tornar concreto al sujeto (a los sujetos) del habla y las
circunstancias de ese discurso en el mundo.
Si no se consigue esa irrepetibilidad de lo único, de lo concreto, lo que implica una sola relación
estructurada entre la palabra, los sujetos (los personajes) y las circunstancias (las reales y las
imaginarias que cobran realidad justamente en el hacer actoral), se cae en el teatro recitado, no
en el inter-actuado. Ese antiguo modo de decir el teatro está fundamentalmente dirigido al
espectador. El personaje parece vincularse más con él que con sus parteneres, y encontrará sus
leyes técnicas más en la oratoria que en la actuación. De donde el antiguo "voce, voce e ancora
voce" es una técnica referida a una moda, a una poética particular ( la romántica) más que a una
técnica objetiva de la actuación.
Como vemos, el texto teatral nos plantea una cierta interacción verbal -y no sólo verbal por
supuesto- entre los personajes. Algunos autores tratan de precisar la situación mediante
indicaciones, siempre sumarias en exceso o detalladas en demasía. ¿Pero es que acaso puede
comprenderse una situación de comunicación verbal sin tener en cuenta los elementos
extraverbales que intervienen en ella dándole su real sentido? Ninguna comunicación verbal
puede ser plenamente comprendida fuera de la situación concreta en que se produce ya que
está vinculada con otros tipos de comunicación gestual, social, vestimentaria, espacial o
proxémica, etc., cuyo encadenamiento hace substancialmente a sus contenidos.
Debe aceptarse que un significado cualquiera se halla determinado no de modo exclusivo por
las formas lingüísticas que lo contienen, sino también -en el caso del teatro esto cobra una
importancia destacada- por todos los componentes extraverbales de la situación canónica
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entonces el actor puede analizar el texto, y tan sólo el texto, para hallar esas conductas
complejas? ¿Acaso puede rescatarse toda la riqueza dramática de Chejov trabajando sobre los
conflictos banales y superficiales que se revelan en el habla de sus personajes? ¿No
perderíamos así todo lo que éstos callan, lo que no se atreven a decir y que encierra justamente
los aspectos más conflictivos de sus conductas? ¿No será justamente ésta la razón por la cual
el estreno de "La Gaviota" en San Petersburgo resultó un fracaso, hasta que Stanislavski y
NemirovichDanchenko supieron hallar los elementos conflictivos no lingüísticos de la obra?
Para un actor que base su técnica en la declamación, en la búsqueda obstinada en el texto de
todos los secretos de su arte, Chejov resultará un autor no interesante. Se hallará más a sus
anchas en Alfieri, Racine. Con esto queremos recordar de pasada que el rol dramático cumplido
por la réplica teatral no es siempre el mismo. La relación entre una réplica teatral y la acción
implícita en ella, ha sido y será variable. Dependerá fundamentalmente de consideraciones
estilísticas en cuyo estudio no queremos aquí que intente simplemente (!!) "reproducir la
conducta humana sobre la escena" los elementos no verbales resultarán de una importancia tal
que toda la técnica actoral deberá basarse en su búsqueda.
Los niveles de conducta que se reflejan en una réplica dramática, pueden asemejarse a la parte
emergente de un iceberg: no muestran en general la dimensión real de los problemas y
conflictos. El actor debe buscar en los niveles materiales de los comportamientos, en los
conflictos afectivos, en las interrelaciones contradictorias propias del teatro para poder
comprender los verdaderos comportamientos de su personaje.
La personalidad del hablante, en el teatro, ya lo hemos dicho, surgirá de la totalidad de sus
relaciones dramáticas. ¿Y cómo establecerlas si nos mantenemos en los niveles verbales?
Por lo general las réplicas de un personaje reflejan lo socialmente permitido, lo que él mismo
considera el aspecto mostrable de su personalidad y de sus pensamientos, lo que es dable
exhibir sin sanciones. Mientras que los aspectos conflictivos, los realmente generadores y
básicos de la situación dramática permanecerán alojados en los niveles físicos, reprimidos, de
los comportamientos. Si así no ocurriera, entonces el espectador deberá tan sólo imaginarlos
como existentes.
Todo lo que venimos diciendo acerca del texto dramático hace que éste participe de distinta
manera, en las diversas etapas de la creación del personaje.
Primeramente el texto se le aparece al actor como lo único que tiene para iniciar su proceso,
pero sabe que no puede empezar a hablar, sino que debe primero indagar en él para buscar los
"indicios" extraverbales. El actor escudriña su texto para hallar la conducta subyacente. Pero
ese texto recibido, condiciona, del modo complejo que hemos intentado describir más arriba, su
ulterior comportamiento. Y en este sentido, el texto se nos presenta como integrante de la base
de desarrollo integral del proceso. El texto es base de desarrollo tan sólo en lo que tiene de
condicionante de las conductas.
Un personaje no procederá de igual manera si puede hablar que si se halla impedido de hacerlo.
Diferente será el comportamiento de quien disimula lo que le preocupa y no lo expresa
(verbalmente) mientras habla de bueyes perdidos, del de aquel que aborde frontalmente la
motivación real de su conducta. Burdamente hablando, diremos que es diverso el
comportamiento de alguien que puede hablar, que sabe hablar, de quien no puede hacerlo por
cualquier motivo. Pensemos en los sordomudos, o de cualquiera que intente comunicarse con
otro sin despertar a alguien que duerme. En estos casos, cuando el actor no puede hablar, el
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acerca ya a su fin.
Tenemos delante nuestro un objeto teatral complejo que nos sirve de criterio. Sobre él, desde él,
la tarea estética se nos presenta más densa y profunda.
Con el método de las acciones físicas seremos capaces de abordar la creación desde otro nivel
de conocimientos. Y no creemos que ello vaya en detrimento de la libertad creadora, sino todo lo
contrario.
Bucarest, septiembre 1986.
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In traditional Stanislavskian techniques, emotional memory is a cornerstone element used to evoke genuine emotions before action, relying heavily on introspection and past emotional experiences. In contrast, the method of physical actions positions emotional experience as a byproduct, focusing on action as the primary means of generating emotion. In this method, emotions emerge organically from the actor's physical engagement with the environment, which is seen as a more reliable and immediate source for character development within the performance .
The physical actions method facilitates a more authentic connection by blending the actor's life experiences with the character's actions in the moment, thus creating psychological realities unique to the performance. Unlike traditional methods that separate preparation from performance, this method sees action as self-expressive and transformative, allowing the character to emerge organically from the actor's engagement with real-time circumstances, making the process less artificial and more connected .
The actor's process in the method of physical actions mirrors human behavior in social contexts by involving the adoption of roles that may contradict personal identity, similar to how individuals navigate societal roles. This method emphasizes the actor's transformation through engaging with material conditions and actions, which in turn transform the character and integrate the actor's personal identity into the role. This mirrors the social adaptation process where individuals modify their behaviors to suit different contexts, thereby reinforcing the natural connection between acting practices and everyday social interactions .
The method of physical actions addresses the limitations of verbal expression by emphasizing the importance of the actor's physical behaviors and material interactions in revealing character depth. It suggests that dialogue often reflects socially acceptable aspects, while true conflicts and motivations are expressed through non-verbal actions. This approach pushes actors to focus on transforming their environment and partners through physical actions, allowing deeper psychological dimensions to emerge that may not be verbally articulated .
An actor might face challenges such as difficulty in transitioning from internal character motivations to outward actions if they are trained in more traditional, introspective techniques. To overcome this, actors need to focus on grounding their character's development in the physical realities of the performance space and their real-time interactions with other actors and the environment. This requires a shift in mindset towards viewing actions as the catalyst for character depth and emotional truth, which can be facilitated through exercises that emphasize material-based improvisations and the exploration of situational dynamics over pre-determined emotional states .
Hegel and Lukacs inform the method of physical actions by providing a philosophical framework where tools (and actions in this context) mediate between the subject and the object, facilitating self-awareness and transformation. This method leverages the idea that a person becomes more self-aware and fully actualized through engaging in transformative actions that affect their surroundings. The notion that the subject truly understands themselves through their interactions and transformations aligns with Lukacs' and Hegel's views on praxis as the authentic subject-object relationship .
The method of physical actions sees traditional Stanislavskian techniques as adialectical because they rely on preconceived psychological states and emotional memory before action, leading to a fragile process that can easily be disrupted by unforeseen events. This approach is seen as superficial as it separates internal and external elements and does not adapt to real-time changes in the scene. In contrast, the method of physical actions roots the character's development in their present interactions and material conditions, resulting in a more organic and resilient approach .
The method of physical actions transforms the actor's relationship with their character by emphasizing the creation of the character through actions that produce psychological content rather than relying on pre-existing character traits. This approach encourages actors to engage with their environment and co-actors, leading to the emergence of the character from these interactions. It dismantles the traditional division between the actor's self and the character, resulting in a seamless blend where the actor's actions directly influence the psychological reality of the character . The method aligns with the idea that the character is not fully pre-determined but evolves through the actor's transformative actions, aligning with Hegel's concept of tools mediating between the subject and the object of action .
In the method of physical actions, 'por qué' (the cause of an action) speaks to the past and is considered less real due to its abstract and intellectual nature. It is seen as a complementary logical facet but less relevant to the present action. In contrast, 'para qué' (the purpose of an action) serves as the driving force and the real condition in the present, guiding the actor's voluntary actions. It acts as a motor for voluntary action and is seen as essential and real within the performance, helping actors focus on the transformative aspects of their actions in the present moment .
Audience perception impacts the actor's use of physical actions by influencing how meaning is generated and interpreted during a performance. The material and physical interactions between actors are observed and interpreted contextually by the audience, meaning a performance's impact can vary greatly depending on the audience's social, historical, and cultural context. This variability demands that actors skillfully use physical actions to consistently convey the intended message across different audiences .