En un pequeño pueblo costero donde la niebla era más espesa que el silencio, se alzaba un antiguo faro
que no se encendía desde hacía veinte años. Los lugareños decían que estaba maldito, que quien se
atreviera a subir no regresaba igual.
Tomás, un adolescente curioso y valiente, decidió una tarde de otoño averiguar la verdad. Con una
linterna y su cuaderno de dibujo, entró al faro cuando el sol empezaba a ocultarse. El viento soplaba
como si intentara advertirle algo.
Los peldaños de piedra crujían bajo sus pies. En la penumbra, descubrió en las paredes símbolos
grabados y dibujos de barcos hundidos. Al llegar a la cima, encontró un cuarto redondo, polvoriento, con
una linterna rota y un espejo cubierto por una manta.
Tomás, sin pensarlo, destapó el espejo. Una sombra oscura emergió del vidrio, susurrando palabras que
no entendía. Sin embargo, en lugar de huir, Tomás sacó su cuaderno y comenzó a dibujar lo que veía.
La sombra se detuvo, sorprendida. Nadie antes la había enfrentado con arte. Entonces, cambió. Tomó la
forma de un anciano farero. Le contó que había sido atrapado hacía años por una tormenta que mezcló
lo real con lo mágico.
Gracias al dibujo de Tomás, la figura logró recordar quién era. El faro se encendió por primera vez en dos
décadas. Desde ese día, la costa estuvo más segura y el pueblo recuperó su antigua luz. Tomás siguió
dibujando, sabiendo que, a veces, el arte podía salvar incluso a las sombras.