Problemas Fundamentales de la Ciencia
Problemas Fundamentales de la Ciencia
1. El problema de la inducción
2. Eliminación del psicologismo
3. Contrastación deductiva de teorías
4. El problema de la demarcación
5. La experiencia como método
6. La falsabilidad como criterio de demarcación
7. El problema de la «base empírica»
8. Objetividad científica y convicción subjetiva
1
CAPITULO PRIMERO
1. EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN
De acuerdo con una tesis que tiene gran aceptación —y a la que nos
opondremos en este libro—, las ciencias empíricas pueden caracterizarse por
el hecho de que emplean los llamados métodos inductivos: según esta tesis, la
lógica de la investigación científica sería idéntica a la lógica inductiva, es decir,
al análisis lógico de tales métodos inductivos.
Ahora bien, desde un punto de vista lógico dista mucho de ser obvio que
estemos justificados al inferir enunciados universales partiendo de enunciados
singulares, por elevado que sea su número; pues cualquier conclusión que
saquemos de este modo corre siempre el riesgo de resultar un día falsa: así,
cualquiera que sea el número de ejemplares de cisnes blancos que hayamos
observado, no está justificada la conclusión de que todos los cisnes sean
blancos.
2
Se conoce con el nombre del problema de la inducción la cuestión acerca de si
están justificadas las inferencias inductivas, o de bajo qué condiciones lo están.
El problema de la inducción puede formularse, asimismo, como la cuestión
sobre cómo establecer la verdad de los enunciados universales basados en la
experiencia —como son las hipótesis y los sistemas teóricos de las ciencias
empíricas—. Pues muchos creen que la verdad de estos enunciados se “sabe
por experiencia”; sin embargo, es claro que todo informe en que se da cuenta
de una experiencia—o de una observación, o del resultado de un experimento
— no puede ser originariamente un enunciado universal, sino sólo un
enunciado singular. Por lo tanto, quien dice que sabemos por experiencia la
verdad de un enunciado universal suele querer decir que la verdad de dicho
enunciado puede reducirse, de cierta forma, a la verdad de otros enunciados —
éstos singlares— que son verdaderos según sabemos por experiencia; lo cual
equivale a decir que los enunciados universales están basados en inferencias
inductivas. Así pues, la pregunta acerca de si hay leyes naturales cuya verdad
nos conste viene a ser otro modo de preguntar si las inferencias inductivas
están justificadas lógicamente.
Pero tal principio de inducción no puede ser una verdad puramente lógica,
como una tautología o un enunciado analítico. En realidad, si existiera un
1
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1980, pág. 186. (Cf. también las págs. 64 y sig.) • Cf. los comentarios de Russell acerca de Hume,
que he citado en el apartado*2 de mi Postscript.
3
principio de inducción puramente lógico no habría problema de la inducción;
pues, en tal caso, sería menester considerar todas las inferencias inductivas
como transformaciones puramente lógicas, o tautológicas, exactamente lo
mismo que ocurre con las inferencias de la lógica deductiva. Por tanto, el
principio de inducción tiene que ser un enunciado sintético: esto es, uno cuya
negación no sea contradictoria, sino lógicamente posible. Surge, pues, la
cuestión acerca de por qué habría que aceptar semejante principio, y de cómo
podemos justificar racionalmente su aceptación.
2
REICHENBACH, ibid., pág. 67.
*1 Los pasajes decisivos de Hume se citan en el apédice *VII (texto correspondiente
a las notas 4, 5 y 6); véase también, más adelante, la nota 2 del apartado 81.
4
a mi entender, no tuvo éxito en su ingeniosa tentativa de dar una justificación a
priori de los enunciados sintéticos.
Por mi parte, considero que las diversas dificultades que acabo de esbozar de
la lógica inductiva son insuperables. Y me temo que lo mismo ocurre con la
doctrina, tan corriente hoy, de que las inferencias inductivas, aun no siendo
«estrictamente válidas», pueden alcanzar cierto grado de «seguridad» o de
«probabilidad». Esta doctrina sostiene que las inferencias inductivas son
«inferencias probables »3. «Hemos descrito —dice Reichenbach— el principio
de inducción como el medio por el que la ciencia decide sobre la verdad. Para
ser más exactos, deberíamos decir que sirve para decidir sobre la probabilidad:
pues no le es dado a la ciencia llegar a la verdad ni a la falsedad..., más los
enunciados científicos pueden alcanzar únicamente grados continuos de
probabilidad, cuyos límites superior e inferior, inalcanzables, son la verdad y la
falsedad»4
Por el momento, puedo hacer caso omiso del hecho de que los creyentes en la
lógica inductiva alimentan una idea de la probabilidad que rechazaré luego por
sumamente inoportuna para sus propios fines (véase, más adelante, el
apartado 80). Puedo hacer tal cosa, porque con recurrir a la probabilidad ni
siquiera se rozan las dificultades mencionadas: pues si ha de asignarse cierto
grado de probabilidad a los enunciados que se basan en inferencias inductivas,
tal proceder tendrá que justificarse invocando un nuevo principio de inducción,
modificado convenientemente; el cual habrá de justificarse a su vez, etc. Aún
más: no se gana nada si el mismo principio de inducción no se toma como
«verdadero», sino como meramente «probable». En resumen: la lógica de la
inferencia probable o «lógica de la probabilidad», como todas las demás formas
de la lógica inductiva, conduce, bien a una regresión infinita, bien a la doctrina
del apriorismo *2.
3
Cf. J. M. KEYNES, A Treatise on Probability (1921); O. KÜLPE, Vorlesungen Uber Logik (ed. por Selz, 1923);
REICHENBACH (que emplea el término «implicaciones probabilísticas»), Axiomatik der Ifahrscheinlichkeitsrechnung, Mathem. •
Zeitschr, 34 (1932), y otros lugares.
4
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1930, pág. 186.
*2 Véanse también el capítulo X —especialmente, la nota 2 del apartado 81— y el capítulo *II del Postscript, en los que se hallará una
exposición más completa de esta crítica.
** Se habrá observado ya que empleamos las expresiones contraste, contrastación, contrastar, someter a contraste, etc., para traducir los
términos ingleses test, testing, to test, etc. Los autores de habla inglesa —incluyendo al de esta obra— utilizan también to contrast, pero
puede verterse sin dificultad —e incluso más conforme a su sentido— por contraponer o contraponerse. (N. del T.)
5
La teoría que desarrollaremos en las páginas que siguen se opone
directamente a todos los intentos de apoyarse en las ideas de una lógica
inductiva. Podría describírsela como la teoría del método deductivo de
contrastar**, o como la opinión de que una hipótesis sólo puede contrastarse
empíricamente —y únicamente después de que ha sido formulada.
Para poder desarrollar esta tesis (que podría llamarse «deductivismo», por
contraposición al «inductivismo»'5) es necesario que ponga en claro primero la
distinción entre la psicología del conocimiento, que trata de hechos empíricos, y
la lógica del conocimiento, que se ocupa exclusivamente de relaciones lógicas.
Pues la creencia en una lógica inductiva se debe, en gran parte, a una
confusión de los problemas psicológicos con los epistemológicos; y quizá sea
conveniente advertir, de paso, que esta confusión origina dificultades no sólo
en la lógica del conocimiento, sino en su psicología también.
He dicho más arriba que el trabajo del científico consiste en proponer teorías y
en contrastarlas.
Este no se interesa por cuestiones de hecho (el quid facti de Kant), sino
únicamente por cuestiones de justificación o validez (el quid juris kantiano);
sus preguntas son del tipo siguiente: ¿puede justificarse un enunciado?; en
5
Liebig (en Indukíion und Deduktion, 1865) fue probablemente el primero que rechazó el método inductivo desde el punto de vista de la
ciencia natural: su ataque se dirigía contra Bacon. Dim EM (en La Théorie physique, son objet et sa structure, 1906; vers. ingl. por P. P.
WIENEK, The Aim and Structure of Physical Theory, 1954) ha mantenido tesis marcadamente deductivistas (* Pero en el libro de Diihem se
encuentran también tesis inductivistas, por ejemplo, en el cap. III de la primera parte, en el que se nos dice que con sólo experimentación,
inducción y generalización se ha llegado a la ley de la refracción de Desearles; cf. la trad, ingl., pág. 155.) Véanse, asimismo, V. KBAFT,
Die (Wundjormen der wissenschajllichcn Methoden, 1925, y CAUNAP, Erkennínis 2, 1932, pág. 440.
6
caso afirmativo, ¿de qué modo?; ¿es contrastable?; ¿depende lógicamente de
los enunciados? ¿O los contradice quizá? Para que un enunciado pueda ser
examinado lógicamente de esta forma tiene que habérsenos propuesto antes:
alguien debe haberlo formulado y habérnoslo entregado para su examen
lógico.
Algunos objetarán, tal vez, que sería más pertinente considerar como
ocupación propia de la epistemología la fabricación de lo que se ha llamado
una “reconstrucción racional” de los pasos que han llevado al científico al
descubrimiento, a encontrar una nueva verdad. Pero la cuestión se convierte
entonces en: ¿qué es, exactamente, lo que queremos reconstruir? Si lo que se
trata de reconstruir son los procesos que tienen lugar durante el estímulo y
formación de inspiraciones, me niego a aceptar semejante cosa como tarea de
la lógica del conocimiento: tales procesos son asunto de la psicología empírica,
pero difícilmente de la lógica. Otra cosa es que queramos reconstruir
racionalmente las contrastaciones subsiguientes, mediante las que se puede
descubrir que cierta inspiración fue un descubrimiento, o se puede reconocer
como un conocimiento. En la medida en que el científico juzga críticamente,
modifica o desecha su propia inspiración, podemos considerar —si así nos
place— que el análisis metodológico emprendido en esta obra es una especie
de «reconstrucción racional» de los procesos intelectuales correspondientes.
Pero esta reconstrucción no habrá de describir tales procesos según acontecen
realmente: solo puede dar un esqueleto lógico del procedimiento de contrastar.
Y tal vez esto es todo lo que quieren decir los que hablan de una
«reconstrucción racional» de los medios por los que adquirimos conocimientos.
7
Ocurre que los razonamientos expuestos en este libro son enteramente
independientes de este problema. Sin embargo, mi opinión del asunto —valga
lo que valiere— es que no existe, en absoluto, un método lógico de tener
nuevas ideas, ni una reconstrucción lógica de este proceso. Puede expresarse
mi parecer diciendo que todo descubrimiento contiene «un elemento irracional»
o «una intuición creadora» en el sentido de Bergson. Einstein habla de un
modo parecido de la «búsqueda de aquellas leyes sumamente universales... a
partir de las cuales puede obtenerse una imagen del mundo por pura
deducción. No existe una senda lógica —dice— que encamine a estas leyes.
Sólo pueden alcanzarse por la intuición, apoyada en algo así como una
introyección ('Einfühlung') de los objetos de la experiencia»6.
9
contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no la deja anticuada otra
teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha
«demostrado su temple» o que está “corroborada”*7 por la experiencia.
4. EL PROBLEMA DE LA DEMARCACIÓN
Entre las muchas objeciones que pueden hacerse contra las tesis que he
propuesto ahora mismo, la más importante es, quizá, la siguiente: al rechazar
el método de la inducción —podría decirse—privo a la ciencia empírica de lo
que parece ser su característica más importante; esto quiere decir que hago
desaparecer las barreras que separan la ciencia de la especulación metafísica.
Mi respuesta a esta objeción es que mi principal razón para rechazar la lógica
inductiva es precisamente que no proporciona un rasgo discriminador
apropiado del carácter empírico, no metafísico, de un sistema teórico; o, en
otras palabras, que no proporciona un “criterio de demarcación” apropiado.
7
Acerca de este término, véanse la nota *1 antes del apartado 79 y el apartado *29 de mi Postscript.
10
Llamo problema de la demarcación8 al de encontrar un criterio que nos permita
distinguir entre las ciencias empíricas, por un lado, y los sistemas
«metafísicos», por otro.
De estos dos problemas —que son fuente de casi todos los demás de la teoría
del conocimiento— el de la demarcación es, según entiendo, el más
fundamental. En realidad, la razón principal por la que los epistemólogos con
inclinaciones empiristas tienden a prender su fe en el «método de la
inducción», parece ser que la constituye su creencia de que éste es el único
método que puede proporcionar un criterio de demarcación apropiado: esto se
aplica, especialmente, a los empiristas que siguen las banderas del
«positivismo».
8
Acerca de esto (y, asimismo, de lo tratado en los apartados 1 a 6 y 13 a 24), compárese mi nota; Erkenntnis 3, 1933,
pág. 426; *la incluyo aquí, traducida, formando el apéndice *I.
9
Cf. la última frase de su Enquiry Concerning Human Understanding. * Compárese con el próximo párrafo y la
alusión a los epistemólogos, por ejemplo, la cita de Reichenbach del texto correspondiente a la nota 1 del apartado 1.
10
Veo ahora que cuando escribí este texto sobreestimé a los «positivistas mo» dernos». Debería haber recordado que,
a este respecto, el prometedor comienzo del Tractatus de Wittgenstein —«El mundo es la totalidad de los hechos, no
de las cosas »— queda anulado por su final, en el que ataca a la persona que «no había dado significado a ciertos
signos de sus proposiciones». Véase también mi Open Society and its Enemies, cap. 11, apartado II [vers. cast, de E.
LODEL, La sociedad abierta y SU.1 enemigos, Paidós, Buenos Aires. 1957, págs. 230 y sig. (T.)], asi como el
capítulo •1 de mi Postscript, especialmente loa apartados • l l (nota 5), *24 (los cinco última párrafo») y *25.
11
enunciados elementales (o «atómicos») de experiencia —a «juicios de
percepción», «proposiciones atómicas», «cláusulas protocolarias» o como los
quieran llamar11'—. No cabe duda de que el criterio de demarcación implicado
de este modo se identifica con la lógica inductiva que piden.
Desde el momento en que rechazo la lógica inductiva he de rechazar también
todos estos intentos de resolver el problema de la demarcación: con lo cual
este problema aumenta de importancia en el presente estudio. El hallazgo de
un criterio de demarcación aceptable tiene que ser una tarea crucial de
cualquier epistemología que no acepte la lógica inductiva.
11
Desde luego, nada depende de los nomhres. Cuando inventé el nuevo nombre «enunciado básico» (o «proposición
básica»: véanse, más abajo, los apartados 7 y 28), lo hice sólo porque necesitaba un término no cargado con la
connotación de enunciado perceptivo; pero, desgraciadamente, lo adoptaron pronto otras personas, y lo utilizaron
para transmitir justamente la clase de significado que yo había querido evitar. Cf. también mi Postscript, apartado
*29.
12
Hume, por tanto, condenó su propia Enquiry en la última página, de igual modo que Wittgenstein, más tarde, ha
condenado su propio Tractatus en la última página. (Véase la nota 2 al apartado 10.)
12
demarcación acertada como derribar definitivamente13 y aniquilar la metafísica.
Como quiera que sea, nos encontramos con que cada vez que los positivistas
han intentado decir con mayor claridad lo que significaba «con sentido» la
tentativa conducía al mismo resultado: a una definición de «cláusula con
sentido» (en contraposición a «pseudocláusula sin sentido») que simplemente
reitera el criterio de demarcación de su lógica inductiva.
Esto «se hace patente» con gran claridad en el caso de Wittgenstein, según el
cual toda proposición con sentido tiene que ser lógicamente reducible14 a
proposiciones elementales (o «atómicas»), que caracteriza como descripciones
o «imágenes de la realidad»15 (caracterización, por cierto, que ha de cubrir
todas las proposiciones con sentido). Podemos darnos cuenta de que el criterio
de sentido de Wittgenstein coincide con el criterio de demarcación de los
inductivistas, sin más que remplazar las palabras «científica» o «legítima» por
«con sentido». Y es precisamente al llegar al problema de la inducción donde
se derrumba este intento de resolver el problema de la demarcación: los
positivistas, en sus ansias de aniquilar la metafísica, aniquilan juntamente con
ella la ciencia natural. Pues tampoco las leyes científicas pueden reducirse
lógicamente a enunciados elementales de experiencia. Si se aplicase con
absoluta coherencia, el criterio de sentido de Wittgenstein rechazaría por
carentes de sentido aquellas leyes naturales cuya búsqueda, como dice
Einstein16, es «la tarea suprema del físico»: nunca podrían aceptarse como
enunciados auténticos o legítimos. La tentativa wittgensteiniana de
desenmascarar el problema de la inducción como un pseudoproblema vacío,
ha sido expresada por Schlick17' con las siguientes palabras: «El problema de la
13
CARNAP, Erkenntnis 2, 1932, págs. 219 y sigs. Anteriormente, Mili había usado la expresión «carente de sentido»
de forma análoga, *sin duda alguna bajo la influencia de Comte; cf. también los Early Essays on Social Philosophy
de COMTE, ed. po» H. D. Hutton, 1911, citados en mi Open Society, nota 51 del capítulo II.
14
WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus (1918 y 1922), Proposición 5. [vers. cast, de E. TIERNO GALVÁN, Revista
de Occidente, Madrid, 1957 (T.)]. *Esto se escribió en 1934, y, por tanto, me refiero exclusivamente, como es natural, al Tractatus
(«se hace patente» es una de sus expresiones favoritas).
15
WITTGENSTEIN, op. cit., Proposiciones 4.01, 4.03 y 2.221.
16
Cf. la nota 1 del apartado 2.
17
Schlick atribuyó a Wittgenstein la idea de tratar las leyes científicas como pseudoproposiciones, con lo cual se resolvía el
problema de la inducción. (Cf. mi Open Society, notas 46 y 51 y sig. del capítulo 11.) Pero, en realidad, es mucho más antigua :
forma parte de la tradición instrumentalista que puede hacerse remontar a Berkeley e incluso más atrás. [Véanse, por ejemplo, mi
trabajo «Three Views Concerning Human Knowledge», en Contemporary British Philosophy, 1956, y «A Note on Berkeley as a
Precursor of Mach», en The British Journal for the Philosophy of Science, IV, 4, 1953, págs. 26 y sigs., reimpreso en mi
Conjectures and Refutations, 1959; se encontrarán otras referencias en la nota *1 que precede al apartado 12 (pág. 57). En mi
Postscript trato asimismo este problema: apartados *11 a *14 y *19 a *26.]
13
inducción consiste en preguntar por la justificación lógica de los enunciados
universales acerca de la realidad... Reconocemos, con Hume, que no existe
semejante justificación lógica: no puede haber ninguna, por el simple hecho de
que no son auténticos enunciados»18.
18
SCHLICK, Naturwissenschaften 19, 1931, pág. 156 (la cursiva es mía). En lo que se refiere a las leyes naturales, Schlick escribe
(pág. 151): «Se ha hecho notar a menudo que, estrictamente, no podemos hablar nunca de una verificación absoluta de una ley, pues
hacemos siempre —por decirlo así— la salvedad de que puede ser modificada a la vista de nuevas experiencias. Si puedo añadir,
entre paréntesis —continúa Schlick—, algunas palabras acerca de esta situación lógica, el hecho mencionado arriba significa que
una ley natural no tiene, en principio, el carácter de un enunciado, sino que es Inás bien una prescripción para la formación de
enunciados ». * (No cabe duda de que se pretendía incluir en «formación» la transformación y la deducción.) Schlick atribuía esta
teoría a una comunicación personal de Wittgenstein. Véase también el apartado *12 de mi Postcript.
19
Cf. el apartado 78 (por ejemplo, la nota 1). * Véanse también mi Open Society, notas 46, 51 y 52 del capítulo 11, y mi trabajo
«The Demarcation between Science and Metaphysics», entregado en enero de 1955 para el lomo dedicado a Cfernap (aún no
publicado) de la Library of Living Philosophers, ed. por P. A. SciiiLPP.
20
Creo que siempre es posible una discusión razonable entre partes interesadas por la verdad y dispuestas a prestarse atención
mutuamente (cf. mi Open Society, capítulo 24).
14
Por tanto, quienquiera que plantee un sistema de enunciados absolutamente
ciertos, irrevocablemente verdaderos21, como finalidad de la ciencia, es seguro
que rechazará las propuestas que voy a hacer aquí. Y lo mismo harán quienes
ven «la esencia de la ciencia... en su dignidad», que consideran reside en su
«carácter de totalidad» y en su «verdad y esencialidad reales»22. Difícilmente
estarán dispuestos a otorgar esta dignidad a la física teórica moderna, en la
que tanto otras personas como yo vemos la realización más completa hasta la
fecha de lo que yo llamo «ciencia empírica».
Las metas de la ciencia a las que me refiero son otras. No trato de justificarlas,
sin embargo, presentándolas como el blanco verdadero o esencial de la
ciencia, lo cual serviría únicamente para perturbar la cuestión y significaría una
recaída en el dogmatismo positivista. No alcanzo a ver más que una sola vía
para argumentar racionalmente en apoyo de mis propuestas: la de analizar sus
consecuencias lógicas —señalar su fertilidad, o sea, su poder de elucidar los
problemas de la teoría del conocimiento.
Así pues, admito abiertamente que para llegar a mis propuestas me he guiado,
en última instancia, por juicios de valor y por predilecciones. Mas espero que
sean aceptables para todos los que no solo aprecian el rigor lógico, sino la
libertad de dogmatismos; para quienes buscan la aplicabilidad práctica, pero se
sienten atraídos aún en mayor medida por la aventura de la ciencia y por los
descubrimientos que una y otra vez nos enfrentan con cuestiones nuevas e
inesperadas, que nos desafían a ensayar respuestas nuevas e insospechadas.
Una vez que he hecho estas advertencias, sigo considerando que la primera
tarea de la lógica del conocimiento es proponer un concepto de ciencia
empírica con objeto de llegar a un uso lingüístico —actualmente algo incierto—
lo más definido posible, y a fin de trazar una línea de demarcación clara entre
la ciencia y las ideas metafísicas —aun cuando dichas ideas puedan haber
favorecido el avance de la ciencia a lo largo de toda su historia.
Con objeto de precisar un poco más esta afirmación, podemos distinguir tres
requisitos que nuestro sistema teórico empírico tendrá que satisfacer. Primero,
ha de ser sintético, de suerte que pueda representar un mundo no
contradictorio, posible; en segundo lugar, debe satisfacer el criterio de
demarcación (cf. los apartados 6 y 21), es decir, no será metafísico, sino
23
Cf. también: PLANK. Positivismus und r/Bale Aussenwelt (1931), y EINSTEIN, «Die Religiositat der Forschung»,
en Mein Weltbild (1934), pág. 43; trad. ingl. Por A. HARRIS, Tlie fVorld as I see It (1935), págs. 23 y sigs. * Véanse,
asimismo, el apartado 85 y mí Postscript.
24
Cf. el apéndice *X.
16
representará un mundo de experiencia posible; en tercer término, es menester
que sea un sistema que se distinga —de alguna manera— de otros sistemas
semejantes por ser el que represente nuestro mundo de experiencia.
Por tanto, puede describirse la teoría del conocimiento, cuya tarea es el análisis
del método o del proceder peculiar de la ciencia empírica, como una teoría del
método empírico —una teoría de lo que normalmente se llama experiencia.
25
SCHLICK, Naturwissenschajten 19. 1931, pág. 150.
17
enunciado es verdadero, entonces carece enteramente de sentido: pues el
sentido de un enunciado es el método de su verificación»26.
Ahora bien; en mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción27. Por
tanto, será lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de
enunciados singulares que estén «verificados por la experiencia» (cualquiera
que sea lo que esto quiera decir). Así pues, las teorías no son nunca
verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que
nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia
natural28, debemos elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la
ciencia empírica incluso enunciados que no puedan verificarse.
26
WAISMANN. Erkenntnis 1. 19.30. pág. 229.
27
No me refiero aquí, desde luego, a la llamada «inducción matemática»; lo que niego es que exista nada que pueda llamarse inducción en
lo que se denominan «ciencias inductivas»: que existan «procedimientos inductivos» o «inferencias inductivas».
28
En su Logical Syntax (1937, págs. 321 y sig.), Carnap admitía que se trataba de un error (y mencionaba mis críticas); y todavía avanzó
más en este sentido en TestabíUty and Meaning. donde reconoció el hecho de que las leyes universales no son solamente convenientes para la
ciencia, sino incluso esenciales (Philosophy of Science 4. 1937. Pág. 27). Pero en su obra inductivista Logical Foundations of Probability (1950)
vuelve a una posición muy semejante a la que aquí criticamos: al encontrar que las leyes universales tiene probabilidad cero (pág. 571) se ve obligado
a decir que, aunque no es necesario expulsarlas de la ciencia, ésta puede manejarse perfectamente sin ellas.
29
Observese que propongo la falsabilidad como criterio de demarcación, pero no de sentido. Advie'rtase, además, que anteriormente (en el apartado 4)
he criticado enérgicamente el empleo de la idea de sentido como criterio de demarcación, y que ataco el dogrna del sentido, aún más enerí^icíhuente.
en el at>artado 9. Por tanto, es un puro mito (aunque gran número de refutaciones de mi teoría están [Link] en él) decir que haya propuesto jamás la
falsaljilidad como criterio ile sentido. I.a falsahilidad separa dos tipos de enunciados perfectamente dolados de sentido, los falsahles y los no falsables :
traza una línea dentro del leníruaje eon sentidí). no alrededor de él. Véanse también el apéndice *I y el capítulo *1 de mi Postscript, especialmente los
apartados *17 y *19.
30
En otros autores se encuentran ideas análogas: por ejemplo, en FRANK, Die Katisaliliil and ilirp Cri'nzfn (I9,'il). capítulo I, § 10 {paps. 13 y sig.), y
en DlBlsi. AV, Die Definition {.'5." ed., í'Jül ), paps, 100 y sip, ((•{. [Link], más arrilia, la nota 1 Jel apartado 4.)
18
Pueden hacerse varias objeciones al criterio de demarcación que acabamos de
proponer. En primer lugar, puede muy bien parecer que toda sugerencia de que
la ciencia –que según se admite, nos proporciona informaciones positivas-
haya de caracterizarse por satisfacer una exigencia negativa, como es la de
refutabilidad se encamina en una dirección falsa. Sin embargo, haré ver (en los
apartados 31 a 46) que esta objeción carece de peso, pues el volumen de
información positiva que un enunciado científico comporta es tanto mayor
cuanto más fácil es que choque - debido a su carácter lógico— con
enunciados singulares posibles. (No en vano llamamos “leyes” a las leyes de la
Naturaleza: cuanto más prohíben más dicen.)
Más grave puede parecer una tercera objeción. Podría decirse que, incluso
admitiendo la asimetría, sigue siendo imposible —por varias razones— falsar
de un modo concluyente un sistema teórico: pues siempre es posible encontrar
una vía de escape de la falsación, por ejemplo, mediante la introducción ad hoc
31
Me ocupo ahora más a fondo de esta asimetría en el apartado *22 de mi Postscript.
19
de una hipótesis auxiliar o por cambio ad hoc de una definición; se puede,
incluso, sin caer en incoherencia lógica, adoptar la posición de negarse a
admitir cualquier experiencia falsadora. Se reconoce que los científicos no
suelen proceder de este modo, pero el procedimiento aludido siempre es
lógicamente posible ; y puede pretenderse que este hecho convierte en dudoso
—por lo menos— el valor lógico del criterio de demarcación que he propuesto.
Me veo obligado a admitir que esta crítica es justa; pero no necesito, por ello,
retirar mi propuesta de adoptar la falsabilidad como criterio de demarcación.
Pues voy a proponer (en los apartados 20 y siguientes) que se caracterice el
método empírico de tal forma que excluya precisamente aquellas vías de eludir
la falsación que mi imaginario crítico señala insistentemente, con toda razón,
como lógicamente posibles. De acuerdo con mi propuesta, lo que caracteriza al
método empírico es su manera de exponer a falsación el sistema que ha de
contrastarse: justamente de todos los modos imaginables. Su meta no es
salvarles la vida a los sistemas insostenibles, sino, por el contrario, elegir el que
comparativamente sea más apto, sometiendo a todos a la más áspera lucha
por la supervivencia.
20
únicamente las transformaciones tautológicas de la lógica deductiva, cuya
validez no se pone en tela de juicio32.
Por tanto, los problemas de la base empírica —esto es, los concernientes al
carácter empírico de enunciados singulares y a su contrastación—
desempeñan un papel en la lógica de la ciencia algo diferente del representado
por la mayoría de los demás problemas de que habremos de ocuparnos. Pues
gran parte de éstos se encuentran en relación estrecha con la práctica de la
investigación, mientras que el problema de la base empírica pertenece casi
exclusivamente a la teoría del conocimiento. Me ocuparé de ellos, sin embargo,
ya que dan lugar a muchos puntos obscuros: lo cual ocurre, especialmente, con
las relaciones entre experiencias perceptivas y enunciados básicos. (Llamo
«enunciado básico» o «proposición básica» a un enunciado que puede servir
de premisa en una falsación empírica: brevemente dicho, a la enunciación de
un hecho singular.)
32
Acerca de esta cuestión, véase también mi trabajo mencionado en la nota 1 del apartado 4, * que ahora está incluido aquí en el apéndice
*I, y, asimismo, mi Postscript, especialmente el apartado "'2,
21
Se ha considerado con frecuencia que las experiencias perceptivas
proporcionan algo así como una justificación de los enunciados básicos: se ha
mantenido que estos enunciados están «basados sobre» tales experiencias,
que mediante éstas se «manifiesta por inspección» la verdad de aquéllos, o
que dicha verdad se hace «patente» en las experiencias mencionadas, etc.
Todas estas expresiones muestran una tendencia perfectamente razonable a
subrayar la estrecha conexión existente entre los enunciados básicos y
nuestras experiencias perceptivas. Con todo, se tenía la impresión (exacta) de
que los enunciados sólo pueden justificarse lógicamente mediante otros
enunciados: por ello, la conexión entre las percepciones y los enunciados
permanecía obscura, y era descrita por expresiones de análoga obscuridad que
no aclaraban nada, sino que resbalaban sobre las dificultades o, en el mejor de
los casos, las señalaban fantasmalmente con metáforas.
22
Las palabras «objetivo» y «subjetivo» son términos filosóficos cargados de una
pesada herencia de usos contradictorios y de discusiones interminables y
nunca concluyentes.
Ahora bien; yo mantengo que las teorías científicas no son nunca enteramente
justificables o verificables, pero que son, no obstante, contrastables. Diré, por
tanto, que la objetividad de los enunciados científicos descansa en el hecho de
que pueden contrastarse intersubjetivamente34.
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Kant se dio cuenta de que de la objetividad que se ha requerido para los enunciados científicos se sigue que deben. ser
contrastables intersubjetivamente en cualquier momento, y que han de tener, por tanto, la forma de leyes universales o teorías.
expresó tal descubrimiento, de modo poco claro, por medio de su «principio de sucesión temporal de acuerdo con la ley de
causalidad» (principio que creyó podía demostrar a priori por medio del razonamiento que hemos indicado). Yo no postulo
semejante principio (cf. el apartado 12); pero estoy de acuerdo en que los enunciados científicos, puesto que deben ser contrastables
intersubjetivamente han de tener siempre el carácter de hipótesis universales.
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En la bibliografía de la física se encuentran varios ejemplos de informes presentados por investigadores serios sobre la aparición de efectos que no
podían ser reproducidos a voluntad, ya que otras contrastaciones posteriores habían llevado a resultados negativos. Un ejemplo muy conocido, y
reciente, es el resultado positivo •—que no ha recibido explicación— del experimento de Michelson, resultado observado por Miller (1921-1926) en
Mount Wilson, después de haber reproducido él mismo (así como Morley) el resultado negativo de Michelson. Pero, puesto que otras contrastaciones
posteriores volvieron a dar resultados negativos, es costumbre considerar que los decisivos son estos últimos, y explicar las observaciones divergentes
de Miller como «debidas a causas de error desconocidas». * Véase también el apartado 22, en especial la nota *1.
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Podemos volver ahora a un aserto planteado en el apartado anterior: a mi tesis
de que una experiencia subjetiva, o un sentimiento de convicción, nunca
pueden justificar un enunciado científico; y de que semejantes experiencias y
convicciones no pueden desempeñar en la ciencia otro papel que el de objeto
de una indagación empírica (psicológica). Por intenso que sea un sentimiento
de convicción nunca podrá justificar un enunciado. Por tanto, puedo estar
absolutamente convencido de la verdad de un enunciado, seguro de la
evidencia de mis percepciones, abrumado por la intensidad de mi experiencia:
puede parecerme absurda toda duda. Pero, ¿aporta, acaso, todo ello la más
leve razón a la ciencia para aceptar mis enunciados? ¿Puede justificarse
ningún enunciado por el hecho de que K. R. P. esté absolutamente convencido
de su verdad? La única respuesta posible es que no, y cualquiera otra sería
incompatible con la idea de la objetividad científica. Incluso el hecho —para mí
tan firmemente establecido—de que estoy experimentando un sentimiento de
convicción, no puede aparecer en el campo de la ciencia objetiva más que en
forma de hipótesis psicológica; la cual, naturalmente, pide un contraste o
comprobación intersubjetivo : a partir de la conjetura de que yo tengo este
sentimiento de convicción, el psicólogo puede deducir, valiéndose de teorías
psicológicas y de otra índole, ciertas predicciones acerca de mi conducta —que
pueden confirmarse o refutarse mediante contrastaciones experimentales—.
Pero, desde el punto de vista epistemológico, carece enteramente de
importancia que mi sentimiento de convicción haya sido fuerte o débil, que
haya procedido de una impresión poderosa o incluso irresistible de certeza
indudable (o «evidencia »), o simplemente de una insegura sospecha: nada de
todo esto desempeña el menor papel en la cuestión de cómo pueden
justificarse los enunciados científicos.
Las consideraciones del tipo que acabo de hacer no nos proporcionan, desde
luego, una respuesta para el problema de la base empírica; pero, al menos,
nos ayudan a caer en la cuenta de su dificultad principal. Al exigir que haya
objetividad, tanto en los enunciados básicos como en cualesquiera otros
enunciados científicos, nos privamos de todos los medios lógicos por cuyo
medio pudiéramos haber esperado reducir la verdad de los enunciados
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científicos a nuestras experiencias. Aún más: nos vedamos todo conceder un
rango privilegiado a los enunciados que formulan experiencias, como son los
que describen nuestras percepciones (y a los que, a veces, se llama «cláusulas
protocolarias»): pueden aparecer en la ciencia únicamente como enunciados
psicológicos, lo cual quiere decir como hipótesis de un tipo cuyo nivel de
contrastación intersubjetiva no es, ciertamente, muy elevado (teniendo en
cuenta el estado actual de la psicología).
Podría pensarse que esta tesis lleva a una regresión infinita, y que, por tanto,
es insostenible. En el apartado 1, al criticar la inducción, opuse la objeción de
que llevaría a un regreso infinito; y puede muy bien parecerle ahora al lector
que la misma objeción exactamente puede invocarse contra el procedimiento
de contrastación deductiva que defiendo a mi vez. Sin embargo, no ocurre así.
El método deductivo de contrastar no puede estatuir ni justificar los enunciados
que se contrastan, ni se pretende que lo haga; de modo que no hay peligro de
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una regresión infinita. Pero ha de admitirse que la situación sobre la que acabo
de llamar la atención —la contrastabilidad ad infinitum, y la ausencia de
enunciados últimos que no necesitasen ser contrastados— crea, ciertamente,
un problema. Pues es evidente que, de hecho, las contrastaciones no pueden
prolongarse ad infinitum: más tarde o más temprano hemos de detenernos. Sin
discutir ahora el problema en detalle, quiero únicamente señalar que la
circunstancia de que las contrastaciones no puedan continuar indefinidamente
no choca con mi petición de que todo enunciado científico sea contrastable.
Pues no pido que sea preciso haber contrastado realmente todo enunciado
científico antes de aceptarlo: sólo requiero que cada uno de estos enunciados
sea susceptible de contrastación; dicho de otro modo: me niego a admitir la
tesis de que en la ciencia existan enunciados cuya verdad hayamos de aceptar
resignadamente, por la simple razón de no parecer posible —por razones
lógicas— someterlos a contraste.
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