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Problemas Fundamentales de la Ciencia

El libro de Karl R. Popper aborda la lógica de la investigación científica, centrándose en la crítica a la inducción como método para justificar teorías científicas. Popper argumenta que las inferencias inductivas no están justificadas lógicamente y propone un enfoque deductivo para contrastar hipótesis. Además, distingue entre la psicología del conocimiento y la lógica del conocimiento, enfatizando que la lógica se ocupa de la validez y justificación de los enunciados científicos.

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Problemas Fundamentales de la Ciencia

El libro de Karl R. Popper aborda la lógica de la investigación científica, centrándose en la crítica a la inducción como método para justificar teorías científicas. Popper argumenta que las inferencias inductivas no están justificadas lógicamente y propone un enfoque deductivo para contrastar hipótesis. Además, distingue entre la psicología del conocimiento y la lógica del conocimiento, enfatizando que la lógica se ocupa de la validez y justificación de los enunciados científicos.

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Libro: Karl R.

Popper (1980) LA LÓGICA DE LA


INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA. TECNOS. MADRID

INTRODUCCIÓN A LA LÓGICA DE LA CIENCIA.


Capítulo I. —Panorama de algunos problemas fundamentales

1. El problema de la inducción
2. Eliminación del psicologismo
3. Contrastación deductiva de teorías
4. El problema de la demarcación
5. La experiencia como método
6. La falsabilidad como criterio de demarcación
7. El problema de la «base empírica»
8. Objetividad científica y convicción subjetiva

1
CAPITULO PRIMERO

Panorama de algunos problemas fundamentales

El hombre de ciencia, ya sea teórico o experimental, propone enunciados —o


sistemas de enunciados— y los contrasta paso a paso. En particular, en el
campo de las ciencias empíricas construye hipótesis—o sistemas de teorías—
y las contrasta con la experiencia por medio de observaciones y experimentos.
Según mi opinión, la tarea de la lógica de la investigación científica—o lógica
del conocimiento— es ofrecer un análisis lógico de tal modo de proceder: esto
es, analizar el método de las ciencias empíricas.
Pero, ¿cuáles son estos «métodos de las ciencias empíricas»? Y, ¿a qué cosa
llamamos «ciencia empírica»?

1. EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN

De acuerdo con una tesis que tiene gran aceptación —y a la que nos
opondremos en este libro—, las ciencias empíricas pueden caracterizarse por
el hecho de que emplean los llamados métodos inductivos: según esta tesis, la
lógica de la investigación científica sería idéntica a la lógica inductiva, es decir,
al análisis lógico de tales métodos inductivos.

Es corriente llamar «inductiva» a una inferencia cuando pasa de enunciados


singulares (llamados, a veces, enunciados «particulares»), tales como
descripciones de los resultados de observaciones o experimentos, a
enunciados universales, tales como hipótesis o teorías.

Ahora bien, desde un punto de vista lógico dista mucho de ser obvio que
estemos justificados al inferir enunciados universales partiendo de enunciados
singulares, por elevado que sea su número; pues cualquier conclusión que
saquemos de este modo corre siempre el riesgo de resultar un día falsa: así,
cualquiera que sea el número de ejemplares de cisnes blancos que hayamos
observado, no está justificada la conclusión de que todos los cisnes sean
blancos.
2
Se conoce con el nombre del problema de la inducción la cuestión acerca de si
están justificadas las inferencias inductivas, o de bajo qué condiciones lo están.
El problema de la inducción puede formularse, asimismo, como la cuestión
sobre cómo establecer la verdad de los enunciados universales basados en la
experiencia —como son las hipótesis y los sistemas teóricos de las ciencias
empíricas—. Pues muchos creen que la verdad de estos enunciados se “sabe
por experiencia”; sin embargo, es claro que todo informe en que se da cuenta
de una experiencia—o de una observación, o del resultado de un experimento
— no puede ser originariamente un enunciado universal, sino sólo un
enunciado singular. Por lo tanto, quien dice que sabemos por experiencia la
verdad de un enunciado universal suele querer decir que la verdad de dicho
enunciado puede reducirse, de cierta forma, a la verdad de otros enunciados —
éstos singlares— que son verdaderos según sabemos por experiencia; lo cual
equivale a decir que los enunciados universales están basados en inferencias
inductivas. Así pues, la pregunta acerca de si hay leyes naturales cuya verdad
nos conste viene a ser otro modo de preguntar si las inferencias inductivas
están justificadas lógicamente.

Mas si queremos encontrar un modo de justificar las inferencias inductivas,


hemos de intentar, en primer término, establecer un principio de inducción.
Semejante principio sería un enunciado con cuya ayuda pudiéramos presentar
dichas inferencias de una forma lógicamente aceptable. A los ojos de los
mantenedores de la lógica inductiva, la importancia de un principio de inducción
para el método científico es máxima: «...este principio —dice Reichenbach—
determina la verdad de las teorías científicas; eliminarlo de la ciencia la
significaría nada menos que privar a ésta de la posibilidad de decidir sobre la
verdad o falsedad de sus teorías; es evidente que sin él la ciencia perdería el
derecho de distinguir sus teorías de las creaciones fantásticas y arbitrarias de
la imaginación del poeta»1

Pero tal principio de inducción no puede ser una verdad puramente lógica,
como una tautología o un enunciado analítico. En realidad, si existiera un
1
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1980, pág. 186. (Cf. también las págs. 64 y sig.) • Cf. los comentarios de Russell acerca de Hume,
que he citado en el apartado*2 de mi Postscript.
3
principio de inducción puramente lógico no habría problema de la inducción;
pues, en tal caso, sería menester considerar todas las inferencias inductivas
como transformaciones puramente lógicas, o tautológicas, exactamente lo
mismo que ocurre con las inferencias de la lógica deductiva. Por tanto, el
principio de inducción tiene que ser un enunciado sintético: esto es, uno cuya
negación no sea contradictoria, sino lógicamente posible. Surge, pues, la
cuestión acerca de por qué habría que aceptar semejante principio, y de cómo
podemos justificar racionalmente su aceptación.

Algunas personas que creen en la lógica inductiva se precipitan a señalar, con


Reichenbach, que «la totalidad de la ciencia acepta sin reservas el principio de
inducción, y que nadie puede tampoco dudar de este principio en la vida
corriente»2. No obstante, aun suponiendo que fuese así —después de todo, «la
totalidad de la ciencia» podría estar en un error— yo seguiría afirmando que es
superfluo todo principio de inducción, y que lleva forzosamente a incoherencias
(incompatibilidades) lógicas.

A partir de la obra de Hume *1 debería haberse visto claramente que aparecen


con facilidad incoherencias cuando se admite el principio de inducción; y
también que difícilmente pueden evitarse (si es que es posible tal cosa): ya
que, a su vez, el principio de inducción tiene que ser un enunciado universal.
Así pues, si intentamos afirmar que sabemos por experiencia que es
verdadero, reaparecen de nuevo justamente los mismos problemas que
motivaron su introducción: para justificarlo tenemos que utilizar inferencias
inductivas; para justificar éstas hemos de suponer un principio de inducción de
orden superior, y así sucesivamente. Por tanto, cae por su base el intento de
fundamentar el principio de inducción en la experiencia, ya que lleva,
inevitablemente, a una regresión infinita.

Kant trató de escapar a esta dificultad admitiendo que el principio de inducción


(que él llamaba «principio de causación universal») era «válido a priori». Pero,

2
REICHENBACH, ibid., pág. 67.
*1 Los pasajes decisivos de Hume se citan en el apédice *VII (texto correspondiente
a las notas 4, 5 y 6); véase también, más adelante, la nota 2 del apartado 81.
4
a mi entender, no tuvo éxito en su ingeniosa tentativa de dar una justificación a
priori de los enunciados sintéticos.

Por mi parte, considero que las diversas dificultades que acabo de esbozar de
la lógica inductiva son insuperables. Y me temo que lo mismo ocurre con la
doctrina, tan corriente hoy, de que las inferencias inductivas, aun no siendo
«estrictamente válidas», pueden alcanzar cierto grado de «seguridad» o de
«probabilidad». Esta doctrina sostiene que las inferencias inductivas son
«inferencias probables »3. «Hemos descrito —dice Reichenbach— el principio
de inducción como el medio por el que la ciencia decide sobre la verdad. Para
ser más exactos, deberíamos decir que sirve para decidir sobre la probabilidad:
pues no le es dado a la ciencia llegar a la verdad ni a la falsedad..., más los
enunciados científicos pueden alcanzar únicamente grados continuos de
probabilidad, cuyos límites superior e inferior, inalcanzables, son la verdad y la
falsedad»4

Por el momento, puedo hacer caso omiso del hecho de que los creyentes en la
lógica inductiva alimentan una idea de la probabilidad que rechazaré luego por
sumamente inoportuna para sus propios fines (véase, más adelante, el
apartado 80). Puedo hacer tal cosa, porque con recurrir a la probabilidad ni
siquiera se rozan las dificultades mencionadas: pues si ha de asignarse cierto
grado de probabilidad a los enunciados que se basan en inferencias inductivas,
tal proceder tendrá que justificarse invocando un nuevo principio de inducción,
modificado convenientemente; el cual habrá de justificarse a su vez, etc. Aún
más: no se gana nada si el mismo principio de inducción no se toma como
«verdadero», sino como meramente «probable». En resumen: la lógica de la
inferencia probable o «lógica de la probabilidad», como todas las demás formas
de la lógica inductiva, conduce, bien a una regresión infinita, bien a la doctrina
del apriorismo *2.
3
Cf. J. M. KEYNES, A Treatise on Probability (1921); O. KÜLPE, Vorlesungen Uber Logik (ed. por Selz, 1923);
REICHENBACH (que emplea el término «implicaciones probabilísticas»), Axiomatik der Ifahrscheinlichkeitsrechnung, Mathem. •
Zeitschr, 34 (1932), y otros lugares.
4
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1930, pág. 186.
*2 Véanse también el capítulo X —especialmente, la nota 2 del apartado 81— y el capítulo *II del Postscript, en los que se hallará una
exposición más completa de esta crítica.
** Se habrá observado ya que empleamos las expresiones contraste, contrastación, contrastar, someter a contraste, etc., para traducir los
términos ingleses test, testing, to test, etc. Los autores de habla inglesa —incluyendo al de esta obra— utilizan también to contrast, pero
puede verterse sin dificultad —e incluso más conforme a su sentido— por contraponer o contraponerse. (N. del T.)
5
La teoría que desarrollaremos en las páginas que siguen se opone
directamente a todos los intentos de apoyarse en las ideas de una lógica
inductiva. Podría describírsela como la teoría del método deductivo de
contrastar**, o como la opinión de que una hipótesis sólo puede contrastarse
empíricamente —y únicamente después de que ha sido formulada.

Para poder desarrollar esta tesis (que podría llamarse «deductivismo», por
contraposición al «inductivismo»'5) es necesario que ponga en claro primero la
distinción entre la psicología del conocimiento, que trata de hechos empíricos, y
la lógica del conocimiento, que se ocupa exclusivamente de relaciones lógicas.
Pues la creencia en una lógica inductiva se debe, en gran parte, a una
confusión de los problemas psicológicos con los epistemológicos; y quizá sea
conveniente advertir, de paso, que esta confusión origina dificultades no sólo
en la lógica del conocimiento, sino en su psicología también.

2. ELIMINACIÓN DEL PSICOLOGISMO

He dicho más arriba que el trabajo del científico consiste en proponer teorías y
en contrastarlas.

La etapa inicial, el acto de concebir o inventar una teoría, no me parece que


exija un análisis lógico ni sea susceptible de él. La cuestión acerca de cómo se
le ocurre una idea nueva a una persona —ya sea un tema musical, un conflicto
dramático o una teoría científica— puede ser de gran interés para la psicología
empírica, pero carece de importancia para el análisis lógico del conocimiento
científico.

Este no se interesa por cuestiones de hecho (el quid facti de Kant), sino
únicamente por cuestiones de justificación o validez (el quid juris kantiano);
sus preguntas son del tipo siguiente: ¿puede justificarse un enunciado?; en

5
Liebig (en Indukíion und Deduktion, 1865) fue probablemente el primero que rechazó el método inductivo desde el punto de vista de la
ciencia natural: su ataque se dirigía contra Bacon. Dim EM (en La Théorie physique, son objet et sa structure, 1906; vers. ingl. por P. P.
WIENEK, The Aim and Structure of Physical Theory, 1954) ha mantenido tesis marcadamente deductivistas (* Pero en el libro de Diihem se
encuentran también tesis inductivistas, por ejemplo, en el cap. III de la primera parte, en el que se nos dice que con sólo experimentación,
inducción y generalización se ha llegado a la ley de la refracción de Desearles; cf. la trad, ingl., pág. 155.) Véanse, asimismo, V. KBAFT,
Die (Wundjormen der wissenschajllichcn Methoden, 1925, y CAUNAP, Erkennínis 2, 1932, pág. 440.
6
caso afirmativo, ¿de qué modo?; ¿es contrastable?; ¿depende lógicamente de
los enunciados? ¿O los contradice quizá? Para que un enunciado pueda ser
examinado lógicamente de esta forma tiene que habérsenos propuesto antes:
alguien debe haberlo formulado y habérnoslo entregado para su examen
lógico.

En consecuencia, distinguiré netamente entre el proceso de concebir una idea


nueva y los métodos y resultados de su examen lógico. En cuanto a la tarea de
la lógica del conocimiento —que he contrapuesto a la psicología del mismo, me
basaré en el supuesto de que consiste pura y exclusivamente en la
investigación de los métodos empleados en las contrastaciones sistemáticas a
que debe someterse toda idea nueva antes de que se la pueda sostener
seriamente.

Algunos objetarán, tal vez, que sería más pertinente considerar como
ocupación propia de la epistemología la fabricación de lo que se ha llamado
una “reconstrucción racional” de los pasos que han llevado al científico al
descubrimiento, a encontrar una nueva verdad. Pero la cuestión se convierte
entonces en: ¿qué es, exactamente, lo que queremos reconstruir? Si lo que se
trata de reconstruir son los procesos que tienen lugar durante el estímulo y
formación de inspiraciones, me niego a aceptar semejante cosa como tarea de
la lógica del conocimiento: tales procesos son asunto de la psicología empírica,
pero difícilmente de la lógica. Otra cosa es que queramos reconstruir
racionalmente las contrastaciones subsiguientes, mediante las que se puede
descubrir que cierta inspiración fue un descubrimiento, o se puede reconocer
como un conocimiento. En la medida en que el científico juzga críticamente,
modifica o desecha su propia inspiración, podemos considerar —si así nos
place— que el análisis metodológico emprendido en esta obra es una especie
de «reconstrucción racional» de los procesos intelectuales correspondientes.
Pero esta reconstrucción no habrá de describir tales procesos según acontecen
realmente: solo puede dar un esqueleto lógico del procedimiento de contrastar.
Y tal vez esto es todo lo que quieren decir los que hablan de una
«reconstrucción racional» de los medios por los que adquirimos conocimientos.

7
Ocurre que los razonamientos expuestos en este libro son enteramente
independientes de este problema. Sin embargo, mi opinión del asunto —valga
lo que valiere— es que no existe, en absoluto, un método lógico de tener
nuevas ideas, ni una reconstrucción lógica de este proceso. Puede expresarse
mi parecer diciendo que todo descubrimiento contiene «un elemento irracional»
o «una intuición creadora» en el sentido de Bergson. Einstein habla de un
modo parecido de la «búsqueda de aquellas leyes sumamente universales... a
partir de las cuales puede obtenerse una imagen del mundo por pura
deducción. No existe una senda lógica —dice— que encamine a estas leyes.
Sólo pueden alcanzarse por la intuición, apoyada en algo así como una
introyección ('Einfühlung') de los objetos de la experiencia»6.

3. CONTRASTACIÓN DEDUCTIVA DE TEORÍAS

De acuerdo con la tesis que hemos de proponer aquí, el método de contrastar


críticamente las teorías y de escogerlas, teniendo en cuenta los resultados
obtenidos en su contraste, procede siempre del modo que indicamos a
continuación. Una vez presentada a título provisional una nueva idea, aún no
justificada en absoluto —sea una anticipación, una hipótesis, un sistema teórico
o lo que se quiera—, se extraen conclusiones de ella por medio de una
deducción lógica; estas conclusiones se comparan entre sí y con otros
enunciados pertinentes, con objeto de hallar las relaciones lógicas (tales como
equivalencia, deductibilidad, compatibilidad o incompatibilidad, etc.) que existan
entre ellas.

Si queremos, podemos distinguir cuatro procedimientos de llevar a cabo la


contrastación de una teoría. En primer lugar, se encuentra la comparación
6
Comunicación en el sesenta cumpleaños de Max Planck. El pasaje citado comienza con las palabras: «La tarea
suprema del físico es la búsqueda de aquellas leyes sumamente universales», etc. (citado según A. EINSTEIN, Mein
Weltbüd, 1934, pág. 168; traducción ingl. por A. HARRIS, The World as I see It, 1935, pág. 125). En LlEBIG, op.
cit., se liailan con anterioridad ideas parecidas; cf. también MACH, Principien der Wármelehre (1896), págs. 443 y
sigs. * La palabra alemana mEinfiíhlungí) es difícil de traducir; Harris vierte: «sympathetic understanding of
experience» (compreiisión sim-pática de la experiencia).
**Empleamos cl verlio falsar y sus derivados (falsable, falsación, falsador, etc.) como versión de to falsify y los suyos (falsifiable, falsification,
falsifier, etc.): pues tanto falsificar como falsear tienen en castellano un sentido perfectamente vivo, que provocaría incesantes malentendidos si se
empleasen aquí para traducir to falsify (que el autor emplea exclusivamente en el sentido de «poner de manifiesto que algo es o era falso»). Falsar es
un término técnico del juego del tresillo, al cual podemos dotar de este otro contenido semántico sin grave riesgo, al parecer; por otra parte, no es
inexistente en la historia del idioma con significado próximo al que aquí le damos: cf. BERCEO, Vida de Santo Domingo de Silos, 114 c, Milagros de
Nuestra Señora, 91 c; Historia troyana polimétrica, poema X, 151 {N. del T.).
8
lógica de las conclusiones unas con otras: con lo cual se somete a contraste la
coherencia interna del sistema. Después, está el estudio de la forma lógica de
la teoría, con objeto de determinar su carácter: si es una teoría empírica —
científica— o si, por ejemplo, es tautológica. En tercer término, tenemos la
comparación con otras teorías, que tiene por principal mira la de averiguar si la
teoría examinada constituiría un adelanto científico en caso de que sobreviviera
a las diferentes contrastaciones a que la sometemos. Y finalmente, viene el
contrastarla por medio de la aplicación empírica de las conclusiones que
pueden deducirse de ella.

Lo que se pretende con el último tipo de contraste mencionado es descubrir


hasta qué punto satisfarán las nuevas consecuencias de la teoría —sea cual
fuere la novedad de sus asertos— a los requerimientos de la práctica, ya
provengan éstos de experimentos puramente científicos o de aplicaciones
tecnológicas prácticas. También en este caso el procedimiento de contrastar
resulta ser deductivo; veámoslo. Con ayuda de otros enunciados anteriormente
aceptados se deducen de la teoría a contrastar ciertos enunciados singulares
—-que podremos denominar «predicciones»—; en especial, predicciones que
sean fácilmente contrastables o aplicables. Se eligen entre estos enunciados
los que no sean deductibles de la teoría vigente, y, más en particular, los que
se encuentren en contradicción con ella. A continuación tratamos de decidir en
lo que se refiere a estos enunciados deducidos (y a otros), comparándolos con
los resultados de las aplicaciones prácticas y de experimentos. Si la decisión es
positiva, esto es, si las conclusiones singulares resultan ser aceptables, o
verificadas, la teoría a que nos referimos ha pasado con éxito las
contrastaciones (por esta vez): no hemos encontrado razones para desecharla.
Pero si la decisión es negativa, o sea, si las conclusiones han sido falsadas**,
esta falsación revela que la teoría de la que se han deducido lógicamente es
también falsa.

Conviene observar que una decisión positiva puede apoyar a la teoría


examinada sólo temporalmente, pues otras decisiones negativas subsiguientes
pueden siempre derrocarla. Durante el tiempo en que una teoría resiste

9
contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no la deja anticuada otra
teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha
«demostrado su temple» o que está “corroborada”*7 por la experiencia.

En el procedimiento que acabamos de esbozar no aparece nada que pueda


asemejarse a la lógica inductiva. En ningún momento he asumido que
podamos pasar por un razonamiento de la verdad de enunciados singulares a
la verdad de teorías. No he supuesto un solo instante que, en virtud de unas
conclusiones «verificadas», pueda establecerse que unas teorías sean
«verdaderas», ni siquiera meramente «probables».

En este libro pretendo dar un análisis más detallado de los métodos de


contrastación deductiva; e intentaré mostrar que todos los problemas que se
suelen llamar “epistemológicos” pueden tratarse dentro del marco de dicho
análisis. En particular, los problemas a que da lugar la lógica inductiva pueden
eliminarse sin dar origen a otros nuevos en su lugar.

4. EL PROBLEMA DE LA DEMARCACIÓN

Entre las muchas objeciones que pueden hacerse contra las tesis que he
propuesto ahora mismo, la más importante es, quizá, la siguiente: al rechazar
el método de la inducción —podría decirse—privo a la ciencia empírica de lo
que parece ser su característica más importante; esto quiere decir que hago
desaparecer las barreras que separan la ciencia de la especulación metafísica.
Mi respuesta a esta objeción es que mi principal razón para rechazar la lógica
inductiva es precisamente que no proporciona un rasgo discriminador
apropiado del carácter empírico, no metafísico, de un sistema teórico; o, en
otras palabras, que no proporciona un “criterio de demarcación” apropiado.

7
Acerca de este término, véanse la nota *1 antes del apartado 79 y el apartado *29 de mi Postscript.
10
Llamo problema de la demarcación8 al de encontrar un criterio que nos permita
distinguir entre las ciencias empíricas, por un lado, y los sistemas
«metafísicos», por otro.

Hume conoció este problema e intentó resolverlo9; con Kant se convirtió en el


problema central de la teoría del conocimiento. Si, siguiendo a Kant, llamamos
«problema de Hume» al de la inducción, deberíamos designar al problema de
la demarcación como «problema de Kant».

De estos dos problemas —que son fuente de casi todos los demás de la teoría
del conocimiento— el de la demarcación es, según entiendo, el más
fundamental. En realidad, la razón principal por la que los epistemólogos con
inclinaciones empiristas tienden a prender su fe en el «método de la
inducción», parece ser que la constituye su creencia de que éste es el único
método que puede proporcionar un criterio de demarcación apropiado: esto se
aplica, especialmente, a los empiristas que siguen las banderas del
«positivismo».

Los antiguos positivistas estaban dispuestos a admitir únicamente como


científicos o legítimos aquellos conceptos (o bien nociones, o ideas) que, como
ellos decían, derivaban de la experiencia; o sea, aquellos conceptos que ellos
creían lógicamente reducibles a elementos de la experiencia sensorial, tales
como sensaciones (o datos sensibles), impresiones, percepciones, recuerdos
visuales o auditivos, etc. Los positivistas modernos son capaces de ver con
mayor claridad que la ciencia no es un sistema de conceptos, sino más bien un
sistema de enunciados10 En consecuencia, están dispuestos a admitir
únicamente como científicos o legítimos los enunciados que son reducibles a

8
Acerca de esto (y, asimismo, de lo tratado en los apartados 1 a 6 y 13 a 24), compárese mi nota; Erkenntnis 3, 1933,
pág. 426; *la incluyo aquí, traducida, formando el apéndice *I.
9
Cf. la última frase de su Enquiry Concerning Human Understanding. * Compárese con el próximo párrafo y la
alusión a los epistemólogos, por ejemplo, la cita de Reichenbach del texto correspondiente a la nota 1 del apartado 1.
10
Veo ahora que cuando escribí este texto sobreestimé a los «positivistas mo» dernos». Debería haber recordado que,
a este respecto, el prometedor comienzo del Tractatus de Wittgenstein —«El mundo es la totalidad de los hechos, no
de las cosas »— queda anulado por su final, en el que ataca a la persona que «no había dado significado a ciertos
signos de sus proposiciones». Véase también mi Open Society and its Enemies, cap. 11, apartado II [vers. cast, de E.
LODEL, La sociedad abierta y SU.1 enemigos, Paidós, Buenos Aires. 1957, págs. 230 y sig. (T.)], asi como el
capítulo •1 de mi Postscript, especialmente loa apartados • l l (nota 5), *24 (los cinco última párrafo») y *25.
11
enunciados elementales (o «atómicos») de experiencia —a «juicios de
percepción», «proposiciones atómicas», «cláusulas protocolarias» o como los
quieran llamar11'—. No cabe duda de que el criterio de demarcación implicado
de este modo se identifica con la lógica inductiva que piden.
Desde el momento en que rechazo la lógica inductiva he de rechazar también
todos estos intentos de resolver el problema de la demarcación: con lo cual
este problema aumenta de importancia en el presente estudio. El hallazgo de
un criterio de demarcación aceptable tiene que ser una tarea crucial de
cualquier epistemología que no acepte la lógica inductiva.

Los positivistas suelen interpretar el problema de la demarcación de un modo


naturalista: como si fuese un problema de la ciencia natural. En lugar de
considerar que se encuentran ante la tarea de proponer una convención
apropiada, creen que tienen que descubrir una diferencia —que existiría, por
decirlo así, en la naturaleza de las cosas— entre la ciencia empírica por una
parte y la metafísica por otra. Tratan constantemente de demostrar que la
metafísica, por su misma naturaleza, no es sino un parloteo absurdo
—«sofistería e ilusión», como dice Hume, que deberíamos «arrojar al fuego»12.

Pero si con las expresiones «absurdo» o «carente de sentido» no queremos


expresar otra cosa, por definición, que «no perteneciente a la ciencia
empírica», en tal caso la caracterización de la metafísica como un absurdo
carente de sentido será trivial: pues a la metafísica se la define normalmente
como no empírica. Pero —naturalmente— los positivistas creen que pueden
decir de la metafísica muchas otras cosas, además de que sus enunciados son
no empíricos. Las expresiones «absurdo» y «carente de sentido» comportan
una evaluación peyorativa (y se pretende que la comporten); y, sin duda
alguna, lo que los positivistas tratan realmente de conseguir no es tanto una

11
Desde luego, nada depende de los nomhres. Cuando inventé el nuevo nombre «enunciado básico» (o «proposición
básica»: véanse, más abajo, los apartados 7 y 28), lo hice sólo porque necesitaba un término no cargado con la
connotación de enunciado perceptivo; pero, desgraciadamente, lo adoptaron pronto otras personas, y lo utilizaron
para transmitir justamente la clase de significado que yo había querido evitar. Cf. también mi Postscript, apartado
*29.
12
Hume, por tanto, condenó su propia Enquiry en la última página, de igual modo que Wittgenstein, más tarde, ha
condenado su propio Tractatus en la última página. (Véase la nota 2 al apartado 10.)
12
demarcación acertada como derribar definitivamente13 y aniquilar la metafísica.
Como quiera que sea, nos encontramos con que cada vez que los positivistas
han intentado decir con mayor claridad lo que significaba «con sentido» la
tentativa conducía al mismo resultado: a una definición de «cláusula con
sentido» (en contraposición a «pseudocláusula sin sentido») que simplemente
reitera el criterio de demarcación de su lógica inductiva.

Esto «se hace patente» con gran claridad en el caso de Wittgenstein, según el
cual toda proposición con sentido tiene que ser lógicamente reducible14 a
proposiciones elementales (o «atómicas»), que caracteriza como descripciones
o «imágenes de la realidad»15 (caracterización, por cierto, que ha de cubrir
todas las proposiciones con sentido). Podemos darnos cuenta de que el criterio
de sentido de Wittgenstein coincide con el criterio de demarcación de los
inductivistas, sin más que remplazar las palabras «científica» o «legítima» por
«con sentido». Y es precisamente al llegar al problema de la inducción donde
se derrumba este intento de resolver el problema de la demarcación: los
positivistas, en sus ansias de aniquilar la metafísica, aniquilan juntamente con
ella la ciencia natural. Pues tampoco las leyes científicas pueden reducirse
lógicamente a enunciados elementales de experiencia. Si se aplicase con
absoluta coherencia, el criterio de sentido de Wittgenstein rechazaría por
carentes de sentido aquellas leyes naturales cuya búsqueda, como dice
Einstein16, es «la tarea suprema del físico»: nunca podrían aceptarse como
enunciados auténticos o legítimos. La tentativa wittgensteiniana de
desenmascarar el problema de la inducción como un pseudoproblema vacío,
ha sido expresada por Schlick17' con las siguientes palabras: «El problema de la

13
CARNAP, Erkenntnis 2, 1932, págs. 219 y sigs. Anteriormente, Mili había usado la expresión «carente de sentido»
de forma análoga, *sin duda alguna bajo la influencia de Comte; cf. también los Early Essays on Social Philosophy
de COMTE, ed. po» H. D. Hutton, 1911, citados en mi Open Society, nota 51 del capítulo II.
14
WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus (1918 y 1922), Proposición 5. [vers. cast, de E. TIERNO GALVÁN, Revista
de Occidente, Madrid, 1957 (T.)]. *Esto se escribió en 1934, y, por tanto, me refiero exclusivamente, como es natural, al Tractatus
(«se hace patente» es una de sus expresiones favoritas).
15
WITTGENSTEIN, op. cit., Proposiciones 4.01, 4.03 y 2.221.
16
Cf. la nota 1 del apartado 2.
17
Schlick atribuyó a Wittgenstein la idea de tratar las leyes científicas como pseudoproposiciones, con lo cual se resolvía el
problema de la inducción. (Cf. mi Open Society, notas 46 y 51 y sig. del capítulo 11.) Pero, en realidad, es mucho más antigua :
forma parte de la tradición instrumentalista que puede hacerse remontar a Berkeley e incluso más atrás. [Véanse, por ejemplo, mi
trabajo «Three Views Concerning Human Knowledge», en Contemporary British Philosophy, 1956, y «A Note on Berkeley as a
Precursor of Mach», en The British Journal for the Philosophy of Science, IV, 4, 1953, págs. 26 y sigs., reimpreso en mi
Conjectures and Refutations, 1959; se encontrarán otras referencias en la nota *1 que precede al apartado 12 (pág. 57). En mi
Postscript trato asimismo este problema: apartados *11 a *14 y *19 a *26.]
13
inducción consiste en preguntar por la justificación lógica de los enunciados
universales acerca de la realidad... Reconocemos, con Hume, que no existe
semejante justificación lógica: no puede haber ninguna, por el simple hecho de
que no son auténticos enunciados»18.

Esto hace ver que el criterio inductivista de demarcación no consigue trazar


una línea divisoria entre los sistemas científicos y los metafísicos, y por qué ha
de asignar a unos y otros el mismo estatuto: pues el veredicto del dogma
positivista del sentido es que ambos son sistemas de pseudoaserciones sin
sentido. Así pues, en lugar de descastar radicalmente la metafísica de las
ciencias empíricas, el positivismo lleva a una invasión del campo científico por
aquélla19.

Frente a estas estratagemas antimetafísicas —antimetafísicas en la intención,


claro está— no considero que haya de ocuparme en derribar la metafísica,
sino, en vez de semejante cosa, en formular una caracterización apropiada de
la ciencia empírica, o en definir los conceptos de «ciencia empírica» y de
«metafísica» de tal manera que, ante un sistema dado de enunciados, seamos
capaces de decir si es asunto o no de la ciencia empírica el estudiarlo más de
cerca.

Mi criterio de demarcación, por tanto, ha de considerarse como una propuesta


para un acuerdo o convención. En cuanto a si tal convención es apropiada o no
lo es, las opiniones pueden diferir; mas sólo es posible una discusión razonable
de estas cuestiones entre partes que tienen cierta finalidad común a la vista.
Por supuesto que la elección de tal finalidad tiene que ser, en última instancia,
objeto de una decisión que vaya más allá de toda argumentación racional20.

18
SCHLICK, Naturwissenschaften 19, 1931, pág. 156 (la cursiva es mía). En lo que se refiere a las leyes naturales, Schlick escribe
(pág. 151): «Se ha hecho notar a menudo que, estrictamente, no podemos hablar nunca de una verificación absoluta de una ley, pues
hacemos siempre —por decirlo así— la salvedad de que puede ser modificada a la vista de nuevas experiencias. Si puedo añadir,
entre paréntesis —continúa Schlick—, algunas palabras acerca de esta situación lógica, el hecho mencionado arriba significa que
una ley natural no tiene, en principio, el carácter de un enunciado, sino que es Inás bien una prescripción para la formación de
enunciados ». * (No cabe duda de que se pretendía incluir en «formación» la transformación y la deducción.) Schlick atribuía esta
teoría a una comunicación personal de Wittgenstein. Véase también el apartado *12 de mi Postcript.
19
Cf. el apartado 78 (por ejemplo, la nota 1). * Véanse también mi Open Society, notas 46, 51 y 52 del capítulo 11, y mi trabajo
«The Demarcation between Science and Metaphysics», entregado en enero de 1955 para el lomo dedicado a Cfernap (aún no
publicado) de la Library of Living Philosophers, ed. por P. A. SciiiLPP.
20
Creo que siempre es posible una discusión razonable entre partes interesadas por la verdad y dispuestas a prestarse atención
mutuamente (cf. mi Open Society, capítulo 24).
14
Por tanto, quienquiera que plantee un sistema de enunciados absolutamente
ciertos, irrevocablemente verdaderos21, como finalidad de la ciencia, es seguro
que rechazará las propuestas que voy a hacer aquí. Y lo mismo harán quienes
ven «la esencia de la ciencia... en su dignidad», que consideran reside en su
«carácter de totalidad» y en su «verdad y esencialidad reales»22. Difícilmente
estarán dispuestos a otorgar esta dignidad a la física teórica moderna, en la
que tanto otras personas como yo vemos la realización más completa hasta la
fecha de lo que yo llamo «ciencia empírica».

Las metas de la ciencia a las que me refiero son otras. No trato de justificarlas,
sin embargo, presentándolas como el blanco verdadero o esencial de la
ciencia, lo cual serviría únicamente para perturbar la cuestión y significaría una
recaída en el dogmatismo positivista. No alcanzo a ver más que una sola vía
para argumentar racionalmente en apoyo de mis propuestas: la de analizar sus
consecuencias lógicas —señalar su fertilidad, o sea, su poder de elucidar los
problemas de la teoría del conocimiento.

Así pues, admito abiertamente que para llegar a mis propuestas me he guiado,
en última instancia, por juicios de valor y por predilecciones. Mas espero que
sean aceptables para todos los que no solo aprecian el rigor lógico, sino la
libertad de dogmatismos; para quienes buscan la aplicabilidad práctica, pero se
sienten atraídos aún en mayor medida por la aventura de la ciencia y por los
descubrimientos que una y otra vez nos enfrentan con cuestiones nuevas e
inesperadas, que nos desafían a ensayar respuestas nuevas e insospechadas.

El hecho de que ciertos juicios de valor hayan influido en mis propuestas no


quiere decir que esté cometiendo el error de que he acusado a los positivistas
—el de intentar el asesinato de la metafísica por medio de nombres infamantes
—. Ni siquiera llego a afirmar que la metafísica carezca de valor para la ciencia
empírica. Pues no puede negarse que, así como ha habido ideas metafísicas
que han puesto una barrera al avance de la ciencia, han existido otras —tal el
21
Esta es la tesis de Dingier; cf. nota 1 del apartado 19.
22
Tesis de O. SpANiv (Kate^orienlehre, 1924).
15
atomismo especulativo— que la han ayudado. Si miramos el asunto desde un
ángulo psicológico, me siento inclinado a pensar que la investigación científica
es imposible sin fe en algunas ideas de una índole puramente especulativa (y,
a veces, sumamente brumosas): fe desprovista enteramente de garantías
desde el punto de vista de la ciencia, y que —en esta misma medida— es
«metafísica»23.

Una vez que he hecho estas advertencias, sigo considerando que la primera
tarea de la lógica del conocimiento es proponer un concepto de ciencia
empírica con objeto de llegar a un uso lingüístico —actualmente algo incierto—
lo más definido posible, y a fin de trazar una línea de demarcación clara entre
la ciencia y las ideas metafísicas —aun cuando dichas ideas puedan haber
favorecido el avance de la ciencia a lo largo de toda su historia.

5. LA EXPERIENCIA COMO MÉTODO

La tarea de formular una definición aceptable de la idea de ciencia empírica no


está exenta de dificultades. Algunas de ellas surgen del hecho de que tienen
que existir muchos sistemas teóricos cuya estructura lógica sea muy parecida a
la del sistema aceptado en un momento determinado como sistema de la
ciencia empírica. En ocasiones se describe esta situación diciendo que existen
muchísimos «mundos lógicamente posibles» —posiblemente un número infinito
de ellos—. Y, con todo, se pretende que el sistema llamado «ciencia empírica»
represente únicamente un mundo: el «mundo real» o «mundo de nuestra
experiencia»24.

Con objeto de precisar un poco más esta afirmación, podemos distinguir tres
requisitos que nuestro sistema teórico empírico tendrá que satisfacer. Primero,
ha de ser sintético, de suerte que pueda representar un mundo no
contradictorio, posible; en segundo lugar, debe satisfacer el criterio de
demarcación (cf. los apartados 6 y 21), es decir, no será metafísico, sino
23
Cf. también: PLANK. Positivismus und r/Bale Aussenwelt (1931), y EINSTEIN, «Die Religiositat der Forschung»,
en Mein Weltbild (1934), pág. 43; trad. ingl. Por A. HARRIS, Tlie fVorld as I see It (1935), págs. 23 y sigs. * Véanse,
asimismo, el apartado 85 y mí Postscript.
24
Cf. el apéndice *X.
16
representará un mundo de experiencia posible; en tercer término, es menester
que sea un sistema que se distinga —de alguna manera— de otros sistemas
semejantes por ser el que represente nuestro mundo de experiencia.

Mas, ¿cómo ha de distinguirse el sistema que represente nuestro mundo de


experiencia? He aquí la respuesta: por el hecho de que se le ha sometido a
contraste y ha resistido las contrastaciones. Esto quiere decir que se le ha de
distinguir aplicándole el método deductivo que pretendo analizar y describir.

Según esta opinión, la «experiencia» resulta ser un método distintivo mediante


el cual un sistema teórico puede distinguirse de otros; con lo cual la ciencia
empírica se caracteriza —al parecer— no sólo por su forma lógica, sino por su
método de distinción. (Desde luego, ésta es también la opinión de los
inductivistas, que intentan caracterizar la ciencia empírica por su empleo del
método inductivo.)

Por tanto, puede describirse la teoría del conocimiento, cuya tarea es el análisis
del método o del proceder peculiar de la ciencia empírica, como una teoría del
método empírico —una teoría de lo que normalmente se llama experiencia.

6. LA FALSABILIDAD COMO CRITERIO DE DEMARCACIÓN

El criterio de demarcación inherente a la lógica inductiva —esto es, el dogma


positivista del significado o sentido (en ingl., meaning) equivale a exigir que
todos los enunciados de la ciencia empírica (o, todos los enunciados «con
sentido») sean susceptibles de una decisión definitiva con respecto a su verdad
y a su falsedad; podemos decir que tienen que ser (decidibles de modo
concluyente). Esto quiere decir que han de tener una forma tal que sea
lógicamente posible tanto verificarlos como falsarlos. Así, dice Schlick: “... un
auténtico enunciado tiene (que ser susceptible de verificación concluyente25”; y
Waismann escribe, aún con mayor claridad: «Si no es posible determinar si un

25
SCHLICK, Naturwissenschajten 19. 1931, pág. 150.
17
enunciado es verdadero, entonces carece enteramente de sentido: pues el
sentido de un enunciado es el método de su verificación»26.

Ahora bien; en mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción27. Por
tanto, será lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de
enunciados singulares que estén «verificados por la experiencia» (cualquiera
que sea lo que esto quiera decir). Así pues, las teorías no son nunca
verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que
nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia
natural28, debemos elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la
ciencia empírica incluso enunciados que no puedan verificarse.

Pero, ciertamente, sólo admitiré un sistema entre los científicos o empíricos si


es susceptible de ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones
nos sugieren que el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de
la verificabilidad sino el de la falsabilidad de los sistemas29. Dicho de otro modo:
no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para
siempre, en un sentido positivo ; pero sí que sea susceptible de selección en un
sentido negativo por medio de contrastes o pruebas científicas: ha de ser
posible refutar por la experiencia un sistema científico empírico30.

(Así, el enunciado «lloverá o no lloverá aquí mañana» no se considerará


empírico, por el simple hecho de que no puede ser refutado; mientras que a
este otro, “lloverá aquí mañana”, debe considerársele empírico.)

26
WAISMANN. Erkenntnis 1. 19.30. pág. 229.
27
No me refiero aquí, desde luego, a la llamada «inducción matemática»; lo que niego es que exista nada que pueda llamarse inducción en
lo que se denominan «ciencias inductivas»: que existan «procedimientos inductivos» o «inferencias inductivas».
28
En su Logical Syntax (1937, págs. 321 y sig.), Carnap admitía que se trataba de un error (y mencionaba mis críticas); y todavía avanzó
más en este sentido en TestabíUty and Meaning. donde reconoció el hecho de que las leyes universales no son solamente convenientes para la
ciencia, sino incluso esenciales (Philosophy of Science 4. 1937. Pág. 27). Pero en su obra inductivista Logical Foundations of Probability (1950)
vuelve a una posición muy semejante a la que aquí criticamos: al encontrar que las leyes universales tiene probabilidad cero (pág. 571) se ve obligado
a decir que, aunque no es necesario expulsarlas de la ciencia, ésta puede manejarse perfectamente sin ellas.
29
Observese que propongo la falsabilidad como criterio de demarcación, pero no de sentido. Advie'rtase, además, que anteriormente (en el apartado 4)
he criticado enérgicamente el empleo de la idea de sentido como criterio de demarcación, y que ataco el dogrna del sentido, aún más enerí^icíhuente.
en el at>artado 9. Por tanto, es un puro mito (aunque gran número de refutaciones de mi teoría están [Link] en él) decir que haya propuesto jamás la
falsaljilidad como criterio ile sentido. I.a falsahilidad separa dos tipos de enunciados perfectamente dolados de sentido, los falsahles y los no falsables :
traza una línea dentro del leníruaje eon sentidí). no alrededor de él. Véanse también el apéndice *I y el capítulo *1 de mi Postscript, especialmente los
apartados *17 y *19.
30
En otros autores se encuentran ideas análogas: por ejemplo, en FRANK, Die Katisaliliil and ilirp Cri'nzfn (I9,'il). capítulo I, § 10 {paps. 13 y sig.), y
en DlBlsi. AV, Die Definition {.'5." ed., í'Jül ), paps, 100 y sip, ((•{. [Link], más arrilia, la nota 1 Jel apartado 4.)
18
Pueden hacerse varias objeciones al criterio de demarcación que acabamos de
proponer. En primer lugar, puede muy bien parecer que toda sugerencia de que
la ciencia –que según se admite, nos proporciona informaciones positivas-
haya de caracterizarse por satisfacer una exigencia negativa, como es la de
refutabilidad se encamina en una dirección falsa. Sin embargo, haré ver (en los
apartados 31 a 46) que esta objeción carece de peso, pues el volumen de
información positiva que un enunciado científico comporta es tanto mayor
cuanto más fácil es que choque - debido a su carácter lógico— con
enunciados singulares posibles. (No en vano llamamos “leyes” a las leyes de la
Naturaleza: cuanto más prohíben más dicen.)

Puede también hacerse de nuevo un intento de volver contra mí mi propia


crítica del criterio inductivista de demarcación: pues podría parecer que cabe
suscitar objeciones contra la falsabilidad como criterio de demarcación análoga
a las que yo he suscitado contra la verificabilidad.

Este ataque no me alteraría. Mi propuesta está basada en una asimetría entre


la -verificabilidad y la falsabilidad: asimetría que se deriva de la forma lógica de
los enunciados universales31. Pues éstos no son jamás deductibles de
enunciados singulares, pero sí pueden estar en contradicción con estos
últimos. En consecuencia, por medio de inferencias puramente deductivas
(valiéndose del modus tollens de la lógica clásica) es posible argüir de la
verdad de enunciados singulares la falsedad de enunciados universales. Una
argumentación de esta índole, que lleva a la falsedad de enunciados
universales, es el único tipo de inferencia estrictamente deductiva que se
mueve, como si dijéramos, en «dirección inductiva»: esto es, de enunciados
singulares a universales.

Más grave puede parecer una tercera objeción. Podría decirse que, incluso
admitiendo la asimetría, sigue siendo imposible —por varias razones— falsar
de un modo concluyente un sistema teórico: pues siempre es posible encontrar
una vía de escape de la falsación, por ejemplo, mediante la introducción ad hoc

31
Me ocupo ahora más a fondo de esta asimetría en el apartado *22 de mi Postscript.
19
de una hipótesis auxiliar o por cambio ad hoc de una definición; se puede,
incluso, sin caer en incoherencia lógica, adoptar la posición de negarse a
admitir cualquier experiencia falsadora. Se reconoce que los científicos no
suelen proceder de este modo, pero el procedimiento aludido siempre es
lógicamente posible ; y puede pretenderse que este hecho convierte en dudoso
—por lo menos— el valor lógico del criterio de demarcación que he propuesto.

Me veo obligado a admitir que esta crítica es justa; pero no necesito, por ello,
retirar mi propuesta de adoptar la falsabilidad como criterio de demarcación.
Pues voy a proponer (en los apartados 20 y siguientes) que se caracterice el
método empírico de tal forma que excluya precisamente aquellas vías de eludir
la falsación que mi imaginario crítico señala insistentemente, con toda razón,
como lógicamente posibles. De acuerdo con mi propuesta, lo que caracteriza al
método empírico es su manera de exponer a falsación el sistema que ha de
contrastarse: justamente de todos los modos imaginables. Su meta no es
salvarles la vida a los sistemas insostenibles, sino, por el contrario, elegir el que
comparativamente sea más apto, sometiendo a todos a la más áspera lucha
por la supervivencia.

El criterio de demarcación propuesto nos conduce a una solución del problema


de Hume de la inducción, o sea, el problema de la validez de las leyes
naturales. Su raíz se encuentra en la aparente contradicción existente entre lo
que podría llamarse «la tesis fundamental del empirismo» —la de que sólo la
experiencia puede decidir acerca de la verdad o la falsedad de los enunciados
científicos— y la inadmisibilidad de los razonamientos inductivos, de la que se
dio cuenta Hume. Esta contradicción surge únicamente si se supone que todos
los enunciados científicos empíricos han de ser «decidibles de modo
concluyente», esto es, que, en principio, tanto su verificación como su falsación
han de ser posibles. Si renunciamos a esta exigencia y admitimos como
enunciados empíricos también los que sean decidibles en un solo sentido —
decidibles unilateralmente, o, más en particular, falsables— y puedan ser
contrastados mediante ensayos sistemáticos de falsación, desaparece la
contradicción: el método de falsación no presupone la inferencia inductiva, sino

20
únicamente las transformaciones tautológicas de la lógica deductiva, cuya
validez no se pone en tela de juicio32.

7. EL PROBLEMA DE LA «BASE EMPÍRICA»

Para que la falsabilidad pueda aplicarse de algún modo como criterio de


demarcación deben tenerse a mano enunciados singulares que puedan servir
como premisas en las inferencias falsadoras. Por tanto, nuestro criterio aparece
como algo que solamente desplaza el problema —que nos retrotrae de la
cuestión del carácter empírico de las teorías a la del carácter empírico de los
enunciados singulares.

Pero incluso en este caso se ha conseguido algo. Pues en la práctica de la


investigación científica la demarcación presenta, a veces, una urgencia
inmediata en lo que se refiere a los sistemas teóricos, mientras que rara vez se
suscitan dudas acerca de la condición empírica de los enunciados singulares.
Es cierto que se tienen errores de observación, y que dan origen a enunciados
singulares falsos, pero un científico casi nunca se encuentra en el trance de
describir un enunciado singular como no empírico o metafísico.

Por tanto, los problemas de la base empírica —esto es, los concernientes al
carácter empírico de enunciados singulares y a su contrastación—
desempeñan un papel en la lógica de la ciencia algo diferente del representado
por la mayoría de los demás problemas de que habremos de ocuparnos. Pues
gran parte de éstos se encuentran en relación estrecha con la práctica de la
investigación, mientras que el problema de la base empírica pertenece casi
exclusivamente a la teoría del conocimiento. Me ocuparé de ellos, sin embargo,
ya que dan lugar a muchos puntos obscuros: lo cual ocurre, especialmente, con
las relaciones entre experiencias perceptivas y enunciados básicos. (Llamo
«enunciado básico» o «proposición básica» a un enunciado que puede servir
de premisa en una falsación empírica: brevemente dicho, a la enunciación de
un hecho singular.)
32
Acerca de esta cuestión, véase también mi trabajo mencionado en la nota 1 del apartado 4, * que ahora está incluido aquí en el apéndice
*I, y, asimismo, mi Postscript, especialmente el apartado "'2,
21
Se ha considerado con frecuencia que las experiencias perceptivas
proporcionan algo así como una justificación de los enunciados básicos: se ha
mantenido que estos enunciados están «basados sobre» tales experiencias,
que mediante éstas se «manifiesta por inspección» la verdad de aquéllos, o
que dicha verdad se hace «patente» en las experiencias mencionadas, etc.
Todas estas expresiones muestran una tendencia perfectamente razonable a
subrayar la estrecha conexión existente entre los enunciados básicos y
nuestras experiencias perceptivas. Con todo, se tenía la impresión (exacta) de
que los enunciados sólo pueden justificarse lógicamente mediante otros
enunciados: por ello, la conexión entre las percepciones y los enunciados
permanecía obscura, y era descrita por expresiones de análoga obscuridad que
no aclaraban nada, sino que resbalaban sobre las dificultades o, en el mejor de
los casos, las señalaban fantasmalmente con metáforas.

También en este caso puede encontrarse una solución, según creo, si


separamos claramente los aspectos psicológicos del problema de los lógicos y
metodológicos. Hemos de distinguir, por una parte, nuestras experiencias
subjetivas o nuestros sentimientos de convicción, que no pueden jamás
justificar enunciado alguno (aun cuando pueden ser objeto de investigación
psicológica), y, por otra, las relaciones lógicas objetivas existentes entre los
diversos sistemas de enunciados científicos y en el interior de cada uno de
ellos.

En los apartados 25 a 30 trataremos con algún detalle los problemas referentes


a la base empírica. Por el momento, he de volverme hacia el problema de la
objetividad científica, pues los términos «objetivo » y «subjetivo» que acabo de
utilizar necesitan aclaración.

8. OBJETIVIDAD CIENTÍFICA Y CONVICCIÓN SUBJETIVA

22
Las palabras «objetivo» y «subjetivo» son términos filosóficos cargados de una
pesada herencia de usos contradictorios y de discusiones interminables y
nunca concluyentes.

El empleo que hago de los términos «objetivo» y «subjetivo» no es muy distinto


del kantiano. Kant utiliza la palabra «objetivo» para indicar que el conocimiento
científico ha de ser justificable, independientemente de los caprichos de nadie:
una justificación es «objetiva» si en principio puede ser contrastada y
comprendida por cualquier persona. «Si algo es válido —escribe— para
quienquiera que esté en uso de razón, entonces su fundamento es objetivo y
suficiente»33.

Ahora bien; yo mantengo que las teorías científicas no son nunca enteramente
justificables o verificables, pero que son, no obstante, contrastables. Diré, por
tanto, que la objetividad de los enunciados científicos descansa en el hecho de
que pueden contrastarse intersubjetivamente34.

Kant aplica la palabra «subjetivo» a nuestros sentimientos de convicción (de


mayor o menor grado)35. El examen de cómo aparecen estos es asunto de la
psicología: pueden surgir, por ejemplo, «según leyes de la asociación»36;
también pueden servir razones objetivas como “causas subjetivas del juzgar”37,
desde el momento en que reflexionamos sobre ellas y nos convencemos de su
congruencia.
Quizá fue Kant el primero en darse cuenta de que la objetividad de los
enunciados se encuentra en estrecha conexión con la construcción de teorías
—es decir, con el empleo de hipótesis y de enunciados universales—. Sólo
33
Kritik der reinen Vernunft, Methodenlehre, 2. Haupslück, 3. Abschnitt (2." ed., página 848; trad. ingl. por N. KEMP SMITH, 1933:
Critique of Pare Reason, The Trascendental Doctrine of Method, capítulo II, sección 3.", pág. 645) [vers. cast, de J. DEL PEROJO y F. L.
ALVAREZ, 1952 (4." ed.): Critica de la razón pura (Sopeña Argentina, Buenos Aires), Teoría trascendental del método, capítulo II, sección
3.", página 192 del t. II (T.)}.
34
Desde que escribí estas palabras he generalizado esta formulación: pues la contrastación intersubjetiva es meramente un aspecto muy
importante de la idea más general de la crítica intersubjetiva, o, dicho de otro modo, de la idea de la regulación racional mutua por medio del
debate crítico. Esta idea más general, que he tratada con cierta extensión en mi Open Sociaty and its Enemies, capítulos 23 y 24, y en
mi Poverty of Historicism [traducción castellana por P. SCHWAKTZ, JAI miseria del historicismo, Taurus, Madrid. 196t (T.)],
apartado 32, se somete a estudio también en mi Postscript, en particular, en los capítulos *I, *II, y *V[.
35
Ibíd.
36
Cf. Kritik der reinen Vernunft, Trascendentale Elementarlehre, § 19 (2.* ed., página 142; trad. ingl. por N. KEMP SMITH, 1933,
Critique of Pure Reason, Trascendental Doctrine of Elements, § 19, pág. 159). [vers. esp. cit., pág. 136 del t. I (T.)l
37
Cf. Kritik der reinen Vernunft, Methodcnlchre, 2, Haupstiick, 3. Abschnitt (2." ed., pág. 849; vers, ingl., capítulo II, sección 3.",
pág. 646 [trad. cast, cit., página 193 del t. II (T.)}.
23
cuando se da la recurrencia de ciertos acontecimientos de acuerdo con reglas
o regularidades —y así sucede con los experimentos repetibles— pueden ser
contrastadas nuestras observaciones por cualquiera (en principio). Ni siquiera
tomamos muy en serio nuestras observaciones, ni las aceptamos como
científicas, hasta que las hemos repetido y contrastado. Sólo merced a tales
repeticiones podemos convencernos de que no nos encontramos con una mera
«coincidencia» aislada, sino con acontecimientos que, debido a su regularidad
y reproductibilidad, son, en principio, contrastables intersubjetivamente38.

Todo físico experimental conoce esos sorprendentes e inexplicables «efectos»


aparentes, que tal vez pueden, incluso, ser reproducidos en su laboratorio
durante cierto tiempo, pero que finalmente desaparecen sin dejar rastro. Por
supuesto, ningún físico diría en tales casos que había hecho un descubrimiento
científico (aun cuando puede intentar una nueva puesta a punto de sus
experimentos con objeto de hacer reproducible el efecto). En realidad, puede
definirse el efecto físico científicamente significativo como aquél que cualquiera
puede reproducir con regularidad sin más que llevar a cabo el experimento
apropiado del modo prescrito. Ningún físico serio osaría publicar, en concepto
de descubrimiento científico, ningún «efecto oculto» (como propongo llamarlo)
de esta índole, es decir, para cuya reproducción no pudiese dar instrucciones.
Semejante «descubrimiento» se rechazaría más que de prisa por quimérico,
simplemente porque las tentativas de contrastarlo llevarían a resultados
negativos39. (De ello se sigue que cualquier controversia sobre la cuestión de si
ocurren en absoluto acontecimientos que en principio sean irrepetibles y únicos
no puede decidirse por la ciencia: se trataría de una controversia metafísica.)

38
Kant se dio cuenta de que de la objetividad que se ha requerido para los enunciados científicos se sigue que deben. ser
contrastables intersubjetivamente en cualquier momento, y que han de tener, por tanto, la forma de leyes universales o teorías.
expresó tal descubrimiento, de modo poco claro, por medio de su «principio de sucesión temporal de acuerdo con la ley de
causalidad» (principio que creyó podía demostrar a priori por medio del razonamiento que hemos indicado). Yo no postulo
semejante principio (cf. el apartado 12); pero estoy de acuerdo en que los enunciados científicos, puesto que deben ser contrastables
intersubjetivamente han de tener siempre el carácter de hipótesis universales.
39
En la bibliografía de la física se encuentran varios ejemplos de informes presentados por investigadores serios sobre la aparición de efectos que no
podían ser reproducidos a voluntad, ya que otras contrastaciones posteriores habían llevado a resultados negativos. Un ejemplo muy conocido, y
reciente, es el resultado positivo •—que no ha recibido explicación— del experimento de Michelson, resultado observado por Miller (1921-1926) en
Mount Wilson, después de haber reproducido él mismo (así como Morley) el resultado negativo de Michelson. Pero, puesto que otras contrastaciones
posteriores volvieron a dar resultados negativos, es costumbre considerar que los decisivos son estos últimos, y explicar las observaciones divergentes
de Miller como «debidas a causas de error desconocidas». * Véase también el apartado 22, en especial la nota *1.
24
Podemos volver ahora a un aserto planteado en el apartado anterior: a mi tesis
de que una experiencia subjetiva, o un sentimiento de convicción, nunca
pueden justificar un enunciado científico; y de que semejantes experiencias y
convicciones no pueden desempeñar en la ciencia otro papel que el de objeto
de una indagación empírica (psicológica). Por intenso que sea un sentimiento
de convicción nunca podrá justificar un enunciado. Por tanto, puedo estar
absolutamente convencido de la verdad de un enunciado, seguro de la
evidencia de mis percepciones, abrumado por la intensidad de mi experiencia:
puede parecerme absurda toda duda. Pero, ¿aporta, acaso, todo ello la más
leve razón a la ciencia para aceptar mis enunciados? ¿Puede justificarse
ningún enunciado por el hecho de que K. R. P. esté absolutamente convencido
de su verdad? La única respuesta posible es que no, y cualquiera otra sería
incompatible con la idea de la objetividad científica. Incluso el hecho —para mí
tan firmemente establecido—de que estoy experimentando un sentimiento de
convicción, no puede aparecer en el campo de la ciencia objetiva más que en
forma de hipótesis psicológica; la cual, naturalmente, pide un contraste o
comprobación intersubjetivo : a partir de la conjetura de que yo tengo este
sentimiento de convicción, el psicólogo puede deducir, valiéndose de teorías
psicológicas y de otra índole, ciertas predicciones acerca de mi conducta —que
pueden confirmarse o refutarse mediante contrastaciones experimentales—.
Pero, desde el punto de vista epistemológico, carece enteramente de
importancia que mi sentimiento de convicción haya sido fuerte o débil, que
haya procedido de una impresión poderosa o incluso irresistible de certeza
indudable (o «evidencia »), o simplemente de una insegura sospecha: nada de
todo esto desempeña el menor papel en la cuestión de cómo pueden
justificarse los enunciados científicos.

Las consideraciones del tipo que acabo de hacer no nos proporcionan, desde
luego, una respuesta para el problema de la base empírica; pero, al menos,
nos ayudan a caer en la cuenta de su dificultad principal. Al exigir que haya
objetividad, tanto en los enunciados básicos como en cualesquiera otros
enunciados científicos, nos privamos de todos los medios lógicos por cuyo
medio pudiéramos haber esperado reducir la verdad de los enunciados

25
científicos a nuestras experiencias. Aún más: nos vedamos todo conceder un
rango privilegiado a los enunciados que formulan experiencias, como son los
que describen nuestras percepciones (y a los que, a veces, se llama «cláusulas
protocolarias»): pueden aparecer en la ciencia únicamente como enunciados
psicológicos, lo cual quiere decir como hipótesis de un tipo cuyo nivel de
contrastación intersubjetiva no es, ciertamente, muy elevado (teniendo en
cuenta el estado actual de la psicología).

Cualquiera que sea la respuesta que demos finalmente a la cuestión de la base


empírica, una cosa tiene que quedar clara: si persistimos en pedir que los
enunciados científicos sean objetivos, entonces aquéllos que pertenecen a la
base empírica de la ciencia tienen que ser también objetivos, es decir,
contrastables intersubjetivamente. Pero la contrastabilidad intersubjetiva
implica siempre que, a partir de los enunciados que se han de someter a
contraste, puedan deducirse otros también contrastables. Por tanto, si los
enunciados básicos han de ser contrastables intersubjetivamente a su vez, no
puede haber enunciados últimos en la ciencia: no pueden existir en la ciencia
enunciados últimos que no puedan ser contrastados, y, en consecuencia,
ninguno que no pueda —en principio— ser refutado al falsar algunas de las
conclusiones que sea posible deducir de él.

De este modo llegamos a la siguiente tesis. Los sistemas teóricos se


contrastan deduciendo de ellos enunciados de un nivel de universalidad más
bajo; éstos, puesto que han de ser contrastables intersubjetivamente, tienen
que poderse contrastar de manera análoga —y así ad infinitum.

Podría pensarse que esta tesis lleva a una regresión infinita, y que, por tanto,
es insostenible. En el apartado 1, al criticar la inducción, opuse la objeción de
que llevaría a un regreso infinito; y puede muy bien parecerle ahora al lector
que la misma objeción exactamente puede invocarse contra el procedimiento
de contrastación deductiva que defiendo a mi vez. Sin embargo, no ocurre así.
El método deductivo de contrastar no puede estatuir ni justificar los enunciados
que se contrastan, ni se pretende que lo haga; de modo que no hay peligro de

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una regresión infinita. Pero ha de admitirse que la situación sobre la que acabo
de llamar la atención —la contrastabilidad ad infinitum, y la ausencia de
enunciados últimos que no necesitasen ser contrastados— crea, ciertamente,
un problema. Pues es evidente que, de hecho, las contrastaciones no pueden
prolongarse ad infinitum: más tarde o más temprano hemos de detenernos. Sin
discutir ahora el problema en detalle, quiero únicamente señalar que la
circunstancia de que las contrastaciones no puedan continuar indefinidamente
no choca con mi petición de que todo enunciado científico sea contrastable.
Pues no pido que sea preciso haber contrastado realmente todo enunciado
científico antes de aceptarlo: sólo requiero que cada uno de estos enunciados
sea susceptible de contrastación; dicho de otro modo: me niego a admitir la
tesis de que en la ciencia existan enunciados cuya verdad hayamos de aceptar
resignadamente, por la simple razón de no parecer posible —por razones
lógicas— someterlos a contraste.

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