Origen del Hombre y Estructuras Comparativas
Origen del Hombre y Estructuras Comparativas
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Les différences réelles qui existent entre l' encéphale de l'homme
et celui des singes supérieurs, sont bien minimes. Il ne faut pas se
faire d'illusions acet égard. L'homme ese bien plus pres des sin-
ges anthropomorphes par les caracteres anatomiques de son cer-
veau que ceux-ci ne le sont non seulement des autres mammi-
feres, mais meme de certains quadrumanes, des guenons et des
macaques.*
5
Así, Rengger,5 que observó con gran atención y por mucho
tiempo el mariquiná de Azara* en su país natal, lo encontró sus-
ceptible al catarro, con los síntomas usuales y que, cuando son
recurrentes, conducen a la consunción.** Estos monos sufren
también apoplejía, inflamación de los intestinos y cataratas ocu-
lares. Los pequeños solían perecer de fiebre al perder los dientes
de leche. Las medicinas producían en ellos los mismos efectos
que en nosotros. A muchas especies de monos les gustan mucho
el té, el café y las bebidas espirituosas; también fuman tabaco con
evidente placer, como yo mismo he podido observar. 6 Brehm
afirma que los nativos del África nororiental capturan a los pa-
piones salvajes poniendo a su alcance vasos llenos de cerveza
muy fuerte, con la que se embriagan. Tuvo también ocasión de
ver ebrios a algunos de estos animales, que mantenía en cautivi-
dad, y proporciona un relato ameno y gracioso de su comporta-
miento y extrañas muecas. Cuenta que a la mañana siguiente esta-
ban muy irascibles y sombríos; sostenían la cabeza con ambas
manos y presentaban el más triste de los semblantes. Si se les
ofrecía cerveza o vino, volvían con repugnancia la cabeza a otro
lado, pero bebían con avidez jugo de limón.7 Un mono america-
no, un mono araña,*** que se embriagó con coñac, nunca más lo
probó, en lo que se mostraba más sensato que muchos hombres.
Estos hechos baladíes demuestran cuán parecidos deben ser los
nervios del gusto del hombre y de los monos, y asimismo la forma
tan semejante en que es afectado todo su sistema nervioso.
Al hombre le infestan parásitos internos, que a veces causan
efectos fatales, y le atormentan parásitos externos; todos ellos
6
pertenecen a los mismos géneros o familias que los que infestan
a otros mamíferos, y en el caso de la sarna a la misma especie.8 El
hombre se halla sujeto, como otros mamíferos, aves e incluso
insectos, 9 a esa ley misteriosa que hace que ciertos fenómenos
normales, como la gestación, así como la incubación y la dura -
ción de ciertas enfe rmedades, sigan los períodos lunares. Sus
heridas se reparan mediante el mismo proceso de curación, y los
muñones que quedan después de la amputación de los miem-
bros, sobre todo durante un período embrionario temprano,
poseen ocasionalmente cierto poder de regeneración, al igual
que en los animales más inferiores. lo
Todo el proceso de esta importantísima función, la repro-
ducción de la especie, es estrictamente idéntico en todos los ma-
míferos, desde el primer acto de cortejo por parte del macho 11
7
hasta el nacimiento y la lactancia de las crías. Los monos nacen
casi tan desamparados e indefensos como nuestros propios hijos,
y en ciertos géneros, las crías se distinguen tanto en su aspecto de
los adultos como nuestros niños lo hacen de sus padres adultos. 12
Algunos escritores han propuesto, como una distinción im-
portante, que en el caso de la especie humana las crías alcanzan la
madurez a una edad mucho más avanzada que en cualquier otro
animal. Mas, si nos fijamos en las razas humanas que habitan en
los países tropicales, la diferencia no es tan grande, pues se cree
que el orangután no llega a su edad adulta sino de los diez a los
quince años. 13 El hombre difiere de la mujer en tamaño, fuerza
corporal, vellosidad, etc., y asimismo en la mente, del mismo
modo que difieren también los dos sexos de muchos mamíferos.
De modo, pues, que la correspondencia en estructura general, en
la e~tructura fina de los tejidos, en la composición química y la
constitución entre el hombre y los animales superiores, especial-
mente los simios antropomorfos, es muy elevada.
8
.. .las patas de lagartos y de mamíferos, las alas y patas de las aves,
y asimismo las manos y pies del hombre, surgen todos de la misma
forma fundamental.
9
Dice el profesor Huxley: 14
10
algunas semejanzas asombrosas entre el hombre y los animales
inferiores. Dice Bischoff que al final del séptimo mes las circun-
voluciones del cerebro de un feto humano se encuentran casi en
el mismo estadio de desarrollo que en un papión adulto. 18 El
dedo mayor del pie, como señala el profesor Owen,19
...el dedo grande del pie era más pequeño que los otros, y en lugar
de ser paralelo a ellos formaba un ángulo con el lado del pie, lo
que corresponde a la posición permanente que esta parte presenta
en los cuadrumanos.
11
rior que no presente alguna parte de su cuerpo en estado rudi-
mentario, y el hombre no es excepción a esta regla. Es preciso
no confundir los órganos rudimentarios con los que son órganos
incipientes, aunque en algunos casos la distinción no es fácil.
Los primeros son absolutamente inútiles, como las mamas en los
Cuadrúpedos machos, o los dientes incisivos de los rumiantes,
que nunca perforan las encías; o prestan tan poco servicio a sus
actuales propietarios que es harto difícil suponer que se desarro-
llaran bajo las condiciones en que ahora existen. Los órganos en
este último estado no son estrictamente rudimentarios, sino que
tienden a serlo. Por otra parte, los órganos incipientes o nacien-
tes, aunque no han alcanzado todavía todo su desarrollo, son,
sin embargo, de mucha utilidad a sus poseedores, y son capaces
de un desarrollo completo. Los órganos rudimentarios son emi-
nentemente variables, y ello es en parte inteligible por ser inúti-
les o casi inútiles, y en consecuencia ya no están sometidos a la
selección natural. Con frecuencia llegan a desaparecer del todo.
Cuando esto ocurre, puede darse el caso de que reaparezcan
ocasionalmente más tarde, mediante reversión, circunstancia
digna de atención.
Las principales causas que hacen que los órganos se con-
viertan en rudimentarios parecen haber sido la' falta de uso en el
período de la vida en que el órgano se utiliza principalmente (y
ello ocurre por lo general en la edad adulta), y asimismo heren-
cia en un período correspondiente de la vida. El término «desu-
so» no se refiere simplemente a una acción reducida de los mús-
culos, sino que incluye también una afluencia disminuida de
sangre a una parte u órgano, por hallarse éstos sometidos a me-
nos alteraciones de presión, o por haberse convertido por una
razón u otra en menos activos de lo habitual. Sin embargo, p ue-
den, asimismo ser rudimentarias ciertas partes en un sexo que
en el otro son normalmente presentes; y dichos rudimentos,
como más adelante veremos, se han originado de manera distin-
ta de la que ahora hemos apuntado. En algunos casos, los órga-
nos se han reducido por medio de la selección natural, porque
12
habrían llegado a ser perjudiciales para la especie al cambiar ésta
su modo de vida. El proceso de reducción suele ser auxiliado
probableme;nte por los dos principios de compensación y de
economía del crecimiento; pero es difícil comprender bien las
últimas fases de reducción, después que el desuso ha producido
ya cuanto razonablemente se le puede atribuir, y cuando e1 aho-
rro producido por la economía del crecimiento es muy peque-
ño.23 La supresión final y completa de una parte, ya inútil y con-
siderablemente reducida de tamaño, en cuyo caso nada pueden
jugar ni la compensación ni la economía, tal vez pueda com-
prenderse mediante la hipótesis de la pangénesis. Comoquiera
que he tratado ampliamente en mis obras anteriores24 de esta
cuestión de los órganos rudimentarios, no creo necesario insistir
de nuevo sobre ella.
En muchas partes del cuerpo humano se advierten rudi-
mentos de varios músculos 25 y no pocos músculos, que se en-
cuentran regularmente en algunos animales inferiores pueden
en ocasiones detectarse en e1 hombre en una condición notable-
mente reducida. Todos deben de haberse fijado en la aptitud
que poseen muchos animales, los caballos principalmente, de
mover y sacudir la piel; esto lo produce el panniculus carnosus.
Restos de este músculo en estado eficiente se descubren en va-
rias partes de nuestro cuerpo, por ejemplo, e1 músculo de la
frente, por el que podemos levantar las cejas. El platysma myoi-
des, que está muy desarrollado en el cuello, pertenece a este sis-
tema. El profesor Turner, de Edimburgo según me informa, ha
detectado a veces fascículos musculares en cinco situaciones dis-
23. Los señores Murie y Mivart han ofrecido algunas buenas críticas
sobre este asunto, en Transadions o/ the Zoological Society, vol. vn, 1869,
pág. 92.
24. Variatio11s o/ Animals and Plants under Domesticatio11, vol. u, págs.
317 y 397. Véase asimismo Origin o/Species, 5.ª ed., pág. 535.
25. Por ejemplo, M. Richard (Annales des sde11ces 11aturelles, 3.ª serie,
Zoologie, 1852, vol. XV!ll , pág. 13) describe e ilustra rudimentos de lo que de-
nomina el <qnuscle pédieux de la main» («músculo pedio de la mano»), del
que dice que a veces es «infiniment petiD> («infinitamente pequeño»). Otro
músculo, llamado «le tibia! postérieu0> («el tibia! posterioo>), suele hallarse
por lo general totalmente ausente de la mano, [Link] vez en cuando aparece
en una condición más o menos rudimentaria.
13
tintas, a saber: en las axilas, cerca de los omoplatos, etc.; todos
ellos deben relacionarse con el sistema del panniculus. Turner
ha demostrado también26 que el musculus sternalis o sternalis
brutorum, que no es una extensión del rectus abdominalis, sino
que está estrechamente ligado al panniculus, se encontró en una
proporción de cerca de un 3 por ciento en más de 600 cuerpos.
Añade que este músculo proporciona
14
Los músculos extrínsecos que sirven para mover el oído ex-
terno, y los músculos intrínsecos, que mueven sus diversas par-
tes, se encuentran todos en estado rudimentario en el hombre,
y pertenecen todos al sistema del panniculus; son asimismo va-
riables en su desarrollo o, al menos, en su función. He visto a
un hombre que podía dirigir las orejas hacia adelante; otros
hombres que podían dirigirlas hacia arriba, y otro, que las echa-
ba hacia atrás;28 y por lo que una de estas personas me dijo, es
probable que la mayoría de nosotros podríamos recuperar una
cierta capacidad de movimiento mediante pruebas repetidas si
nos tocáramos con frecuencia las orejas, y con ello atrajéramos
hacia ellas nuestra atención. La capacidad de levantar el pabe-
llón de la oreja y de poderlo dirigir a los diferentes puntos car-
dinales es, sin duda, de la más alta importancia para muchos
animales, porque así perciben la dirección del peligro; pero
nunca he oído, con pruebas suficientes, de un hombre que tu-
viera esta capacidad, la única que podría serle útil. Todo el pa-
bellón externo de la oreja puede considerarse como un rudi-
mento, junto con los diferentes pliegues y prominencias (hélix
y antehélix, trago y antitrago, etc.), que en los animales inferio-
res refuerzan y sostienen la oreja cuando la ponen enhiesta, sin
añadir mucho a su peso. No obstante, algunos autores suponen
que el cartílago del pabellón sirve para transmitir vibraciones al
nervio acústico; pero míster Toynbee, 29 después de recopilar
todo cuanto sobre esto se sabe, concluye que el pabellón exte-
rior no tiene una utilidad clara. Las orejas del chimpancé y del
orangután se asemejan extraordinariamente a las del hombre, y
sus músculos correspondientes están, de igual mánera, muy
poco desarrollados. 30 Asimismo, cuidadores del Jardín Zooló-
gico me hao asegurado que estos animales nunca mueven ni
28. CanesLrini cita a Hynl (Annuario della Societa dei Naturalisti, Móde-
na, 1867, pág. 97) en el mismo sentido.
29. J. ToYNBEE: The Diseases o/the Ear, FRS, 1860, pág. 12. Un distingui-
do fisiólogo, el profesor Preyer, me informa que últimamente estuvo experi-
mentando sobre la función del pabellón de la oreja, y ha llegado casi a la mis-
ma conclusión que se da aquí.
30. A. MACALISTER: Annals and Magazine of Natural History , 1871, vol.
Vll, pág. 342.
15
enderezan sus orejas, por lo que, en lo que respecta a su fun-
ción, se encuentran en el mismo estado rudimentario que las
del hombre. La razón por la que estos animales, así como los
progenitores del hombre, perdieron la capacidad de enderezar
sus orejas, es algo que no podemos decir. Es posible, aunque
esta idea no me satisfaga del todo, que debido a sus costumbres
arborícolas y asimismo a su extraordinaria fuerza, se hallaran
poco expuestos al peligro, de manera que durante mucho tiem-
po apenas movían las orejas, y gradualmente perdieron el hábi-
to de hacerlo. Éste sería un caso paralelo al de esas aves grandes
y pesadas que, por habitar en islas oceánicas, no se han visto
expuestas a ataques de animales depredadores, y en consecuen-
cia han perdido la capacidad de usar las alas para volar. La in-
capacidad de mover las orejas en el hombre y en varios simios
se ve en parte compensada por la libertad con que pueden mo-
ver la cabeza en un plano horizontal, para captar sonidos pro-
cedentes de todas las direcciones. Se ha afirmado que sólo la
oreja humana posee un lóbulo, pero «se ha encontrada un rudi-
mento de éste en el gorila»,31 y, según he oído al profesor Pre-
yer, no es rara su ausencia en el negro.
Míster Woolner, el célebre escultor, me señala una pequeña
particularidad del oído externo que él ha observado a menudo
en hombres y mujeres, y de la cual comprendió su verdadero
significado. La primera vez que se fijó en ella fue cuando estaba
trabajando en la escultura de Puck,* a la que había dotado de
orejas en punta. Ello le hizo examinar las orejas de varios mo-
nos, y en consecuencia estudiar también detenidamente las del
hombre. Esta peculiaridad consiste en un pequeño punto romo
que sobresale del borde replegado hacia dentro o hélix. Cuando
está presente, se desarrolla desde el nacimiento y, según el pro-
fesor Ludwig Meyer, es más frecuente en el hombre que en la
mujer. Míster Woolner hizo un modelo exacto de un tal caso, y
me envió la figura que se adjunta (fig. 2). Estos puntos no sólo
se dirigen hacia adentro, hacia el centro de la oreja, sino a menu-
do también un poco hacia fuera de su plano, de manera que re-
16
sultan visibles cuando se mira a la ca-
beza directamente de frente o desde
atrás. Son variables en tamaño y algo a
en posición, situándose tanto un poco
más arriba, como un poco más abajo; a
veces se encuentran en una oreja nada
más, pero no en la otra. No están tam-
poco limitados a la especie humana,
pues he observado un caso en uno de
los monos araña (A teles belzebuth)
de nuestro Jardín Zoológico, y el d r. E. F1G . 2. - Oreja humana,
modelada y dibujada por
Ray Lankester me informa que existe
míster Woolner.
otro caso en un chimpancé del Parque a. Punto saliente.
Zoológico de Hamburgo. El hélix está
evidentemente formado por el borde externo de la oreja reple-
gado hacia dentro, y este repliegue parece estar conectado de
alguna manera con el hecho de que codo el oído externo se en-
cuentra comprimido hacia atrás de modo permanente. En mu-
chos monos que no se sitúan en una posición elevada dentro del
orden, tales como los papiones y algunas especies de Macacus, 32 *
la parte superior de la oreja es algo puntiaguda, y el borde no se
halla en modo alguno plegado hacia dentro; pero si, por el con-
trario, el borde formara repliegue, entonces un ligero punto ten-
dría que sobresalir necesariamente hacia adentro y hacia el cen-
tro, y acaso también un poco por fuera del plano de la oreja. Y
esto creo que es, en la mayoría de los casos, el origen de esta
prominencia. Por otra parte el profesor Ludwig Meyer, en un
notable estudio publicado recientemenre,H sostiene que todo
17
esto no es más que un simple caso de variabilidad; que las pro-
minencias no son reales, sino debidas a que el cartílago interior
de cada lado no se ha desarrollado por completo. Estoy dispues-
to a admitir que ésta es la explicación correcta para muchos ca-
sos, como los que ilustra el profesor Meyer, en los que se advier-
ten numerosos puntitos prominentes, o en que todo el borde es
sinuoso. Yo mismo he observado, gracias a la amabilidad del
dr. L. Down, la oreja de un idiota microcéfalo, que tenía una
prominencia en la parte exterior del hélix y no en el repliegue
interior, lo que parece indicar que este punto puede no tener
relación con un primitivo ápex de la oreja. A pesar de esto, creo,
sin embargo, que en algunos casos sigue siendo probable mi
idea original de suponer que las prominencias son vestigios de
puntas de antiguas orejas puntiagudas y erectas. Así me lo hace
pensar la frecuencia con que se presentan y porque su posición
corresponde, de manera general, a la punta de una oreja puntia-
guda. En un caso, del que se me ha enviado fotografía, la promi-
nencia es tan considerable que si se acepta la idea del profesor
Meyer de suponer que la oreja sería perfecta con el desarrollo
igual del cartílago en toda la extensión del borde, el repliegue
hubiera cubierto una tercera parte de la oreja. Me han comuni-
cada dos casos, uno en Norteamérica y otro en Inglaterra, en los
que el borde superior no se ha replegado hacia dentro, sino que
termina en punta, lo que le da extraordinaria semejanza al perfil
de la oreja puntiaguda de un cuadrúpedo ordinario. En uno de
estos casos, que era el de un adolescente, su padre comparó la
oreja con el dibujo que publiqué34 de la de un mono, Cynopithe-
cus niger," y dice que ambos perfiles se parecen mucho. Si, en
estos dos casos, el borde se hubiera plegado hacia dentro a la
manera normal, se habría formado entonces una protuberancia
interna. Puedo añadir que en otros dos casos el perfil de la oreja
sigue siendo algo puntiagudo, aunque el borde de su parte supe-
rior está doblado hacia dentro normalmente, aunque en uno de
los dos casos sólo muy poco. El grabado siguiente (fig. 3) es una
copia precisa de una fotografía del feto de un orangután (que
34. DARWJN: The Expression o/ the Emotions in Man and Animals, 1890,
2.' ed., pág. 103.
* Macaco negro o crestado, Macaca (Cynopithecus) nigra. (N. del t.)
18
F1G. 3. - Feto de orangután. Copia exacta de una fotografía , que
muestra la forma de la oreja en esta edad temprana.
35. MOLLER: Elements of Physiology, traducción inglesa, 1842, vol. 11, pág.
1.117. ÜWEN: Anatomy o/ Vertebrales, 1868, vol. m, pág. 260; ibid, sobre la
morsa, Proceedings o/ the Zoolcgical Society, 1854. Véase asimismo R Knox,
19
El sentido del olfato es de la mayor importancia para la in-
mensa mayoría de mamíferos; a unos, como los rumi~ntes, les
anuncia el peligro; a otros, como los carnívoros, les ayuda a en-
contrar la presa, y a algunos, finalmente, como al jabalí, les ad-
vierte de ambas cosas. Sin embargo, el sentido del olfato presta
al hombre muy poco servicio, sin exceptuar a las razas de piel
oscura, que siempre lo tienen más desarrollado que en las razas
blancas y civilizadas. 36 No obstante, no les advierte del peligro,
ni los guía hasta su sustento; ni impide a los esquimales dormir
en una atmósfera hedionda, ni a muchos salvajes comer carne en
putrefacción. En los europeos, esta capacidad difiere mucho en -
tre individuos, como me lo ha asegurado un eminente naturalis-
ta que tiene este sentido muy desarrollado y ha estudiado el
asunto. Los que creen en el principio de la evolución gradual no
admitirán fácilmente que el sentido del olfato, tal como ahora
existe, haya sido adquirido primitivamente por el hombre en ese
mismo estado. El hombre hereda el olfato en una condición de-
bilitada y rudimentaria, de algún progenitor primitivo, para
quien sin duda era de gran utilidad y lo tenía en constante uso.
En aquellos animales que tienen este sentido muy desarrollado,
como los perros y los caballos, el recuerdo de personas y de lu-
gares está estrechamente ligado con su olor; y así podemos quizá
comprender cómo es, tal como ha señalado acertadamente el
dr. Maudsley,37 que el sentido del olfato en el hombre
Great artists and Anatomists, pág. 106. Este rudimento es aparentemente ma-
yor en los negros y australianos que en los europeos; véase Car! Vogt, Lect11res
on Man, traducción inglesa, 1864, pág. 129.
36. Es harto conocida la descripción que hizo Humboldt de la capacidad
olfativa que tienen los indígenas de América del Sur, y que se ha visto confir-
mada por otros. M. Houzeau (Études sur les /acultés mentales des Animaux,
1872, vol. I, pág. 91) afirma que hizo repetidos experimentos que le demostra-
ron que los negros y los indios pueden reconocer a las personas en la oscuridad
por su olor. El dr. W. Ogle ha hecho algunas obseivaciones curiosas sobre la
relación que existe entre la capacidad olfativa y la materia que colorea la mem-
brana mucosa de la región olfativa, así como de la piel del cuerpo. Por ello he
dicho en el texto que las razas de color oscuro tienen un olfato mucho más
sensible que las razas blancas. Véase su artículo, Medico-Chirurgical Transac-
tions, Londres, 1870, vol. Lm, pág. 276.
37. MAUDSLEY: The Physiology and Pathology o/Mind, 1868, 2.' ed., pág. 134.
20
... es singularmente efectivo a la hora de rememorar vívidamente
las ideas e imágenes de escenas y lugares olvidados.
21
alcanza mayor longitud que el de la cabeza. Eschricht40 ha ob-
servado un bigote de este género en un feto hembra, cosa que no
es tan extraordinaria como a primera vista parece, porque los
dos sexos se asemejan considerablemente en todos sus caracte-
res externos durante el período temprano del desarrollo. La di-
rección y disposición del vello en el cuerpo del feto son las mis-
mas que en el adulto, bien que sujetas a gran variabilidad. Toda
la superficie del feto, incluida la frente y las orejas, se halla así
espesamente cubierta de vello; pero es un hecho significativo
que las palmas de las manos, así como las plantas de los pies,
están desprovistas de pelo, como las superficies internas de las
cuatro extremidades de la mayoría de los animales inferiores.
Puesto que es difícil creer que ello sea una mera coincidencia
accidental, es muy probable que la cobertura lanosa del feto re-
presente la antigua capa vellosa permanente de los mamífe-
ros que nacen con pelo. Se sabe de tres o cuatro casos de personas
que han nacido con todo el cuerpo y cara densamente cubiertos
de pelo fino muy largo; esta singular condición es además riguro-
samente hereditaria, y se halla también en correlación con cierto
estado anómalo de la dentadura.41 El profesor Alexander Brandt
me informa que ha comparado el pelo de la cara de un hombre de
treinta y cinco años de edad, que tenía esta peculiaridad, con el
lanugo de un feto, y ha encontrada que las texturas de ambos eran
exactamente iguales; por ello, según señala, puede atribuirse ese
fenómeno a una detención en el desarrollo del pelo, junto a su
crecimiento continuado. Muchos niños enfermizos, según me ha
confirmado un cirujano de un-hospital infantil, presentan la espal-
da cubierta de largos pelos sedosos; probablemente tales casos
puedan explicarse de la misma manera.
Parece que los molares posteriores, o muelas del juicio, tien-
den a hacerse rudimentarios en las razas humanas más civilizadas.
Estas muelas son más pequeñas que las otras, hecho que también
se observa en las muelas correspondientes del chimpancé y el
40. EsCHRJCHT: «Über die Richtung der Haare», págs. 40, 47.
41. Véase mi Variation o/Animals and Plants under Domestication, vol. u,
pág. 327. El profesor Alexander Brandt me ha enviado recientemente un caso
adicional de un padre y un hijo, nacidos en Rusia, con dichas peculiaridades.
He recibido ilustraciones de ambos desde París.
22
orangután; además, sólo tienen dos raíces separadas. No rompen
la encía antes de los diecisiete años, y me han asegurado que están
más expuestos a la caries y se caen antes que las otras, hecho que
niegan algunos eminentes dentistas. Están también sujetas a mu-
cha más variación que las otras, tanto en su estructura como en el
período de su desarrollo. 42 En las razas humanas melánicas, por
el contrario, las muelas del juicio tienen por lo común tres raíces;
están generalmente sanas y difieren de las otras muelas mucho
menos de lo que sucede en la raza caucásica.43 El profesor
Schaaffbausen explica esta diferencia entre las razas porque, en
las razas civilizadas, «la parte posterior dental de la [Link]
está siempre acortada»,44 peculiaridad que creo puede atribuirse
con algún fundamento a que los hombres civilizados se alimentan
habitualmente de comida blanda y cocida, por lo que utilizan me-
nos sus dientes. Me informa míster Brace que cada día es más co-
mún en Estados Unidos la costumbre de arrancar a los niños algu-
nos molares, debido a que la quijada no crece siempre lo bastante
para el desarrollo perfecto del número normal de dientes. 45
En lo que se refiere al tubo digestivo, únicamente he hallado
la referencia de un solo rudimento , a saber, el apéndice vermi-
forme del ciego. El ciego es una rama o divertículo del intestino
que acaba en un callejón sin salida y suele ser extremadamente
largo en muchos mamíferos inferiores herbívoros. En el marsu-
pial koala es tres veces más largo que todo su cuerpo. 46 En algu-
nos casos se extiende en forma de apéndice ahusado; en otros
está estrechado en secciones. Parece como si, a consecuencia de
cambios en la dieta o los hábitos, el ciego se hubiera reducido
42. WEBB: Teeth in Man and the Anthropoid Apes, citado por el dr. C.
Carter Blake en Anthropologicat Reuiew, julio de 1867. pág. 299.
43. ÜWEN:Anatomy o/Vertebrales, vol. m, págs. 320,321,325.
44. SCHAAFFHAUSEN: «On the Primitive Form of the Skull», traducción
inglesa en Anthropological Reuiew, octubre de 1868, pág. 426.
45. El profesor Montegazza me escribe desde Florencia que últimamente
ha estado estudiando los últimos molares en las diferentes razas humanas, y ha
llegado a la misma conclusión que la que se ofrece en mi texto, es decir, que en
las razas superiores o civilizadas dichos dientes están en camino de atrofiarse o
eliminarse.
46. Ü WEN: Anatomy o/Vertebra/es, vol. m, págs. 416,434 441.
23
considerablemente en varios animales y el apéndice vermiforme
quedara cual rudimento de la parte reducida. La prueba de que
este apéndice es rudimentario la podemos inferir por su peque-
ño tamaño y en las pruebas que el profesor Canestrini47 ha acu-
mulado de su variabilidad en el hombre. A veces falta por com-
pleto; otras, por el contrario, está muy desarrollado. Su cavidad
está en algunas ocasiones cerrada del todo, hacia la mitad o los
dos tercios de su longitud, acabando entonces su parte terminal
en una expansión sólida aplastada. Este apéndice es largo y en-
roscado en el orangután; en el hombre arranca de la extremidad
del corto ciego, y mide, por lo general, de 10 a 13 centímetros de
largo y sólo alrededor de un centímetro de diámetro. No sola-
mente es inútil, sino que puede también en ciertos casos ser cau-
sa de muerte, como ha sucedido hace poco en dos hechos que
han llegada a mis oídos. Esto es debido a que penetran en la ca-
vidad cuerpos duros pequeños, tales como semillas, que ocasio-
nan una inflamación. 48
En algunos cuadrumanos inferiores, en los lemúridos y car-
nívoros, así como en muchos marsupiales, existe un paso cerca
del extremo inferior del húmero, el llamado foramen supracon-
diloide, a través del cual pasa el gran nervio del antebrazo, y a
menudo también su arteria principal. Pues bien, en el húmero
del hombre hay generalmente signos de este paso, que a veces
está bastante desarrollado y está formado por una apófisis ósea
ganchuda colgante, completada por una banda de ligamento. El
dr.' Struthers,49 que ha estudiado profundamente este asunto,
acaba de demostrar que esta particularidad se suele heredar,
24
como ha visto en un padre y en no menos ·de cuatro de sus siete
hijos. Cuando está presente, el gran nervio pasa invariablemente
a su través, lo que indica de modo bien claro que es el homólogo
y rudimento del foramen supracondiloide de los animales infe-
riores. El profesor Turner estima, según me informa, que se pre-
senta en alrededor del 1 por ciento de los esqueletos recientes.
Pero si, como parece probable, el desarrollo ocasional de dicha
conformación en el hombre se debe a reversión, se trata de un
retorno a un estado de cosas muy antiguo, porque se halla au-
sente en los cuadrumanos superiores.
Hay también otro foramen o perforación en el húmero, que
algunas veces se presenta en el hombre, y que puede denominar-
se intracondiloide. Se le halla, aunque no de manera constante,
en varios antropoides y otros simios,5° así como en muchos ani-
males inferiores. Es un hecho notable que esta perforación pare-
ce haber sido mucho más común en el hombre en los tiempos
antiguos que en los actuales. Míster Busk51 ha acopiado sobre
este asunto las pruebas siguientes: El profesor Broca
25
que es común encontrar esa disposición en esqueletos de guan-
ches.
52. Quatrefages ha recopilado hace poco pruebas sobre este aspecto: Re-
vue des cours scienti/iques, 1867 -1868, pág. 625. En 1840 Fleischmann exhibió
un feto humano que tenía una cola libre y en la que existían cuerpos vertebra-
les, cosa que no siempre sucede. Esta cola fue examinada críticamente por
muchos anatomistas presentes en la reunión de naturalistas en Erlangen (véa-
se Marshall en Niederlá'ndischen Archiv far Zoologie, diciembre de 1871).
53. ÜWfil<: On the Nature o/Limbs, 1849, pág. 114.
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mento es, sin duda alguna, homóloga de la médula espinal; pero la
parte inferior parece componerse sencillamente de la pia mater, o
sea, la membrana vascular que la envuelve. Aun en este caso pue-
de decirse que el hueso cóccix posee cierto vestigio de una estruc-
tura tan importante como la médula espinal, bien que ya no se
encuentre encerrada dentro de un canal óseo. El hecho siguiente,
que debo también al profesor Tumer, prueba cuán estrechamen-
te corresponde el hueso cóccix a la cola verdadera de los animales
inferiores: Luschka ha descubierto recientemente en la extremi-
dad de los huesos coccígeos un cuerpo enrollado muy particular
que es continuo con la arteria sacra media; y este descubrimiento
ha impulsado a Krause y Meyer a examinar la cola de un mono
(macaco) y de la de un gato, y en ambas han hallado, aunque no
en el extremo, un cuerpo enrollado semejante.
El sistema reproductor presenta varias estructuras rudi-
mentarias, pero que difieren en un aspecto importante de todos
los casos precedentes. Aquí no se trata ya de vestigios de partes
que no pertenecen en estado eficiente a la especie, sino de una
parte presente y eficiente en un sexo, mientras que en el otro se
ve representada por un simple rudimento. No obstante, la exis-
tencia de semejantes rudimentos es tan difícil de explicar, si se
cree en la creación separada de cada especie, como en los casos
anteriores. Más adelante volveré a hablar de estos rudimentos, y
demostraré que su presencia depende generalmente sólo de la
herencia, esto es, que ciertas partes adquiridas por un sexo han
sido parcialmente transmitidas al otro. Aquí me limitaré a señalar
algunos ejemplos de tales rudimentos. Es bien conocido que en
los machos de todos los mamíferos, incluido el hombre, existen
mamas rudimentarias. En repetidas ocasiones se han desarrolla-
do éstas perfectamente y han proporcionado copiosa leche. Su
identidad esencial en los dos sexos está asimismo demostrada
por la hinchazón accidental que sobreviene a ambos en los ata-
ques de sarampión. La vesícula prostática, que se ha observado
en muchos mamíferos machos, está hoy universalmente conside-
rada como homóloga del útero femenino, junto con el pasaje co-
nexo. Es imposible leer la notable descripción que hace Leuckart
de este órgano, y sus razonamientos, sin admitir la exactitud de
sus conclusiones. Ello es especialmente claro en aquellos mamí-
feros en que el verdadero útero de la hembra se bifurca, porque
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en los machos de esas especies igualmente se bifurca la vesícula.54
Todavía podrían añadirse aquí algunas otras estructuras
rudimentarias pertenecientes al sistema reproductor.55
No puede pasar inadvertida la importancia que tienen estas
tres clases principales de hechos que acabamos de presentar.
Pero sería totalmente superfluo recapitular la línea de argumen-
tación que se ofrece en detalle en mi obra El on'gen de las espe-
cies. Esta construcción homóloga de toda la estructura de los
miembros de una misma clase es inteligible si admitimos su pro-
cedencia de un progenitor común , juntamente con su ulterior
adaptación a condiciones diversas. Pensando de cualquier otra
suerte, es de todo p unto inexplicable56 la similitud que existe
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entre la mano del hombre o del mono, el pie del caballo, la aleta
de una foca, el ala de un murciélago, etc. Afirmar que todas han
sido formadas sobre el mismo plan ideal no es una explicación
científica. Con respecto al desarrollo, podemos fácilmente com-
prender, sobre la base del principio de las variaciones que tienen
lugar en un período embrionario algo tardío y que son hereda-
das en un momento correspondiente, cómo es que los embrio-
nes de formas maravillosamente distintas conservan siempre,
con mayor o menor fidelidad, la estructura de su progenitor co-
mún. Nunca se ha dado otra explicación del hecho extraordina-
rio que embriones de hombre, perro, foca, murciélago, reptil,
etc., apenas se distinguen unos de otros al principio. Para com-
prender la existencia de órganos rudimentarios sólo hemos de
suponer que un progenitor anterior poseyó las partes en cues-
tión en perfecto estado, y que debido a un cambio de los hábitos
de vida se redujeron mucho, bien debido a su menor uso, bien
mediante selección natural de aquellos individuos que estaban
menos sobrecargados de partes superfluas, y asimismo con ayu-
da de los otros medios que ya se han indicado.
Así pues, podemos comprender cómo ha sido que el hom-
bre y los demás animales vertebrados se hallan construidos se-
gún el mismo modelo general, por qué atraviesan idénticos esta-
dios tempranos de desarrollo, y por qué, finalmente, conservan
ciertos rudimentos comunes. Por consiguiente, hemos de admi-
tir con toda franqueza su comunidad de origen; adoptar cual-
quier otra hipótesis equivale a admitir que nuestra propia es-
tructura, y la de los animales que nos rodean, son sencillamente
artimañas, dispuestas para engañar a nuestro entendimiento.
Esta conclusión adquiere gran fuerza cuando contemplamos los
miembros de toda la serie animal y consideramos las pruebas
que nos suministran sus afinidades o clasificación, su distribu-
ción geográfica y sucesión geológica. Únicamente es nuestro
propio prejuicio, y la arrogancia que hizo que nuestros antepa-
sados se declararan descendientes de semidioses, lo que nos
hace poner reparos a esta conclusión. Pero no está muy distante
el día en que causará admiración que naturalistas conocedores
de la estructura comparada y del desarrollo del hombre y de los
demás mamíferos hayan podido creer que cada uno fue obra de
un acto separado de creación .
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