III.
-“ADEFLOR”, CRONISTA DE GUERRA
III.1.-LEER A “ADEFLOR” HOY
En una conferencia reciente1, el estudioso de “Adeflor” por antonomasia, José
Luis Campal Fernández, se preguntaba, entre nostálgico y dolido: “¿Quién se acuerda
hoy de “Adeflor”?, ¿lee alguien hoy a “Adeflor”?” La respuesta a estas cuestiones,
intencionadamente retóricas, es obvia, pero lo importante no es que ahora el escritor
gijonés se encuentre sepultado en un olvido más o menos discreto, algo que le ha
sucedido y le sucede –y le sucederá- a un sinfín de autores con mejor obra y un mayor y
merecido prestigio que el nuestro. Al fin y al cabo, no hay nada más frágil y caprichoso
que la “fama” literaria, fruto muchas veces del capricho cambiante de la moda, de los
intereses académicos del momento o de las promociones y sistemas de publicidad
adoptadas por las editoriales y los medios de comunicación. Lo que de verdad
deberíamos plantearnos es si merece realmente la pena volver a leer a “Adeflor”, si hay
que fatigar a las prensas con las reediciones de sus escritos y, fundamentalmente, si
tenemos la obligación de animar a los lectores –y no sólo a una minoría de eruditos
especialistas- a que se aproximen de nuevo a su extensa y variadísima producción. Lo
más fácil para mí sería contestar con un rotundo “sí” y justificarlo luego con un
panegírico al uso sin más y con las manidas referencias que se repiten siempre en torno
al “gijonismo” del autor, su valor testimonial como escritor costumbrista, su sentido del
humor, su bonhomía, su altura como periodista, etc., etc., etc., pero la verdadera
respuesta no resulta tan fácil.
Alfredo García tuvo la -¿mala o buena?- suerte de nacer (1876) al año siguiente
que Antonio Machado y murió (1959) tres años después que Pío Baroja. Con esta pobre
imagen paralelística quiero hacer patente que su vida –y su obra- coincidió con la de
todos los nombres más señeros de las letras españolas y que figuran en la Historia de la
Literatura con rotundas mayúsculas, ya sea encuadrados en el Modernismo, la
Generación del 98, del 14, del 27, de la posguerra… ¿Será posible hacerle un hueco,
aunque sea mínimo, en un panteón tan ilustre y repleto como éste? Vayamos por partes,
pues “Adeflor” fue un escritor prolífico, rozando la categoría de grafómano y que tocó
casi todos los géneros imaginables. En sus mejores momentos llegaron a salir, a diario,
de su mano, hasta tres secciones distintas del periódico, -algo más de la quinta parte del
total- “El Comercio” y eso si no se añadía también el artículo de fondo, la crítica de
teatro o de música, las sesiones comentadas del Ayuntamiento y, para descanso, las
informaciones telegráficas que había que “hinchar”. Probablemente, por afición y por
ambición personal, su amor e interés por el teatro estuvieron muy por encima del que
puso en todo lo demás que escribió y, sin embargo, su producción teatral,
paradójicamente, no ha sido capaz de resistir el paso del tiempo; el empeño moralizante
y pedagógico -un tanto insufrible- que caracteriza sus obras para la escena ha
potenciado aún mas dicho envejecimiento. Las cuatro comedias 2 que estrenó, al margen
del interés casi arqueológico y de la curiosidad minoritaria que puedan suscitar como
reliquias de otros tiempos, poco tienen que hacer al encontrarse en las antípodas
temáticas y estéticas de lo que busca e interesa al público de hoy. En cuanto a su
extraordinaria facilidad natural para la versificación, quedó desperdiciada y
desperdigada en multitud de coplillas y aleluyas a las que ripió sin más pretensiones
1
Ateneo Jovellanos de Gijón, 6 de marzo del 2007.
2
Lucha de clases -o La eterna lucha- (1903), La señora del palco (1916), Los Rubianes (1918) y El
Milanu (1935) .
1
que las de divertir y arrancar una sonrisa instantánea, tal y como ya señaló
“Españolito”3. Algo muy parecido sucederá con sus cuentos y relatos breves que
entreveran buena parte de los otros escritos de su autoría aunque el proyecto de
publicarlos alguna vez agrupados –y además de forma conjunta con los de su amigo y
colega Vigil de Escalera- bajo el título Seis de cada uno, se quedaría en el aire como
tantos otros de sus sueños. Esta tendencia inveterada al automenosprecio que muestra
siempre “Adeflor” y que le lleva a no dar importancia alguna a lo que crea, es una
constante, que si bien nos da muestras de su elegancia personal, de su humildad y de su
rigurosa autocrítica permanente, algo que merecería sólo elogios en una época como la
nuestra sumida en el autobombo más estéril y aburrido, nos ha privado a la vez de una
buena parte de su genio creativo. Él mismo lo reconoce sin afectación ni pose alguna:
“Con todo lo mío hago lo mismo. Llevo escritas miles de crónicas de todos estilos, y
jamás se me ha ocurrido coleccionar ni siquiera las de viaje. Andan por las colecciones
de periódicos, desperdigadas.”4.
Cada vez que se menciona a “Adeflor” siempre se le asocian infaliblemente dos
términos: “gijonés” y “gran costumbrista”; en la mayoría de los casos esto se hace con
la mejor de las intenciones y con una finalidad claramente elogiosa. No seré yo quien se
atreva a romper estos lugares comunes pero quizás sea bueno introducir alguna que otra
matización. A la postre, el apego de nuestro escritor por su patria chica le supuso
renunciar a una mayor y más brillante proyección profesional; como es sabido, por no
trasladarse de Gijón, renunció ni más ni menos que al puesto de redactor-jefe del diario
“El Sol” tan vinculado a la órbita personal e intelectual de Ortega y Gasset y uno de los
más influyentes rotativos de la época. ¿Qué hubiera sido de él en Madrid, qué hubiera
podido llegar a escribir, con quién se habría relacionado, qué consideración literaria
tendría…?, nunca lo sabremos. En cuanto a lo del costumbrismo, creo que constituye a
la vez su seña de identidad más marcada pero también su mayor limitación como artista.
Cierto es que alcanzó una maestría insuperable en el reflejo de los tipos populares de
nuestra villa, de su ambiente vital, de sus diálogos cargados de ingenio y expresados en
el “amestao” o “mecío”–el delicioso y peculiarísimo “patois” de Cimadevilla y
alrededores- que él recupera y eleva a una consideración escrita encomiable, aunque, en
lo que yo conozco, también lo recrea y hasta inventa, un poco al modo con el que
Arniches popularizó el argot castizo de los madrileños de buñolería y verbena que
acabaron hablando en realidad como los personajes de sus astracanadas…; en definitiva,
“Adeflor” fue el dueño y señor de todo ese microcosmos tan querido para él y con el
que se identifica plenamente porque además le permite colmar las expectativas de sus
miles de seguidores locales que esperaban ansiosos sus crónicas. “Adeflor” se sintió tan
a gusto en ese plano por él descrito y del que no quiso ir más allá, que acabó por ser su
propio prisionero, viéndose obligado a un convencionalismo manierista repetido casi
“ad nauseam”,, algo que, por otra parte, resulta ser propio del género costumbrista en
donde la sorpresa apenas existe y la originalidad de los asuntos, de los personajes y del
estilo resulta ser un valor muy escondido cuando no totalmente inexistente. En esto se
parece mucho a su maestro “Tarfe” (Ataulfo Friera), a quien debe su iniciación por esta
senda, aunque el discípulo acabaría superándole ampliamente. Volver a abrir las páginas
de sus colecciones de crónicas costumbristas, extraídas de sus columnas dialogadas
“Charlas gijonesas” y “Charlas populares” o hacerlo a través de la antología del año
3
SUÁREZ, Constantino: Escritores y artistas asturianos. Índice bio-biblográfico. [Link]ía de Sáez,
Oviedo, 1936.
4
“El Comercio” , 25 de enero de 1922.
2
1935 o de las otras recopilaciones efectuadas a medias con el citado Luis Vigil -0,505 de
tipos y tipadas (1900), Más tipos y más tipadas (1903)- supone todo un ejercicio de
recreación etnográfica-histórica y un pasatiempo ameno donde los haya, muy similar al
que se experimenta con la lectura de Mesonero Romanos, Pereda o Díaz Cañabate, tres
autores distintos de este peculiar reducto literario del costumbrismo hispano de
entresiglos con los que “Adeflor” puede –y debe- equipararse sin problema alguno.
Tan interesantes como los anteriores, aunque no tan populares en su momento,
resultan sus libros de viajes6que nos muestran a un “Adeflor” bastante menos tópico,
más cosmopolita y con una sensibilidad literaria y cultural que le acerca en expresividad
y en enfoque al mejor Azorín, quizás quien mejor dominó este tipo de narrativa de
viajes de raigambre francesa, y se anticipa, en cierto modo, a las crónicas posteriores de
otro gran autor y viajero humilde como lo será el genial catalán Josep Pla y con el que
“Adeflor” comparte muchos rasgos comunes; entre otros, la finísima ironía, la agudeza
en las observaciones y la creencia -que volverá a recalcar un par de veces en estas
mismas crónicas de la guerra de África- sobre el valor formativo y estético del viaje en
sí frente a la trivialización vulgarizante e invasora del turismo. Sus impresiones escritas
que recogen su experiencia viajera por distintos sitios (Andalucía, Tetuán, Portugal,
Italia…) están pidiendo urgentemente una reedición y una puesta en valor; sobre todo la
referida a Italia, país que visitó en marzo de 1920; mientras deambulaba por el norte de
la Península alpina, asistía como testigo privilegiado al chocante ascenso del fascismo,
llegando a conocer personalmente a Benito Mussolini en Milán del que nos ofrece una
descripción atinada y ferozmente satírica, a la vez que claramente premonitoria 7.
Aunque El Concejal (1908), se concibiera como un libro8 a caballo entre la sátira
política, el ensayo filosófico y el más puro humorismo, su estructura interna y su
lenguaje nos remiten nuevamente a las crónicas periodísticas y al columnismo, la
aportación fundamental de “Adeflor” al mundo de la Literatura española en todos los
sentidos y eso que la lleva a cabo en unos momentos en que la figura del escritor-
periodista alcanza en nuestra Nación una altura y una calidad que absolutamente nadie
discute9. Desde Larra hasta el maestro Umbral de nuestros días hay una larga cadena de
nombres de escritores-periodistas autores de algunas de las páginas más memorables, no
ya del periodismo, sino de las letras hispanas en general y que, como tales, aparecen
siempre en las antologías. No es éste el lugar adecuado para glosar los méritos de
“Adeflor” como periodista, ni soy yo la persona idónea para hacerlo, habiendo
estudiosos mucho más caracterizados y verdaderos especialistas. Me daré por
plenamente satisfecho si Alfredo García queda incorporado de una vez –y en calidad de
igual- a la lista de sus grandes colegas de oficio de los años 20 y 30 en donde figuran,
por citar sólo algunos fácilmente identificables por parte de todos, Azorín, Wenceslao
5
50 céntimos era el valor establecido gubernamentalmente –y subsidiado- de todos los periódicos en
España.
6
En vacaciones, de 1901, y escrito a medias, una vez más, con Luis Vigil, sobre sus rutas por Aragón y
Cataluña; Crónicas (a través de Galicia), de 1902 y dedicado ni más ni menos que a Dª. Emilia Pardo
Bazán.
7
Notas que recogería más tarde en “El Comercio”, 2 de noviembre de 1922.
8
Según, una vez más, los estudios de José Luis Campal, el libro El concejal quiso inaugurar una
tetralogía humorística que no llegó a cuajar nunca y que iba a incluir, como siguientes protagonistas y
blanco de sus dardos afilados al diputado, al ministro y hasta el mismo rey.
9
Historia del periodismo en España
3
Fernández Flórez, Julio Camba, Eugenio Noel, Gómez Carrillo, Víctor de la Serna,
Pérez de Ayala, Corpus Barga o César González Ruano10.
III.2.-“CRÓNICA DE NUESTRO DIRECTOR”
El día 6 de agosto de 1921, “El Comercio” anunciaba en portada el viaje de su
director al escenario de la guerra; justo cuatro meses más tarde –el día 6 de diciembre-,
“Adeflor” hacía las maletas para regresar apresuradamente desde Tetuán a Gijón
poniendo fin a esta larga corresponsalía especial. Una vuelta a la que se vio forzado por
la huelga carbonera que dejó a su periódico en el dique seco por el cierre del puerto, la
falta de papel y el boicot establecido en contra de su venta y distribución. Entre las dos
fechas mencionadas, va a hacer llegar a su público 113 crónicas más otras tres que
añadirá luego a su vuelta, bajo el título de “recuerdos de campaña” y que deberían haber
conformado una sección fija aunque, como tantos otros de sus proyectos, quedaría
interrumpida para siempre en el mes de enero de 1922. Lo primero que sorprende de
todo ello es lo abultado del número de las entregas y su periodicidad mantenida en
medio de las circunstancias. Hecha, obviamente, la excepción de los corresponsales de
los periódicos melillenses como “El Tebib-Arrumi” de “El Telegrama del Rif” y la ya
dicha de José Díaz, el otro gran corresponsal asturiano, pocos pudieron igualar una
marca como ésa, al menos en lo que se refiere a cantidad y a constancia informativa.
Como él mismo, y por una vez, reconoció: “Yo que fui de los pocos cronistas que
estuvieron aquí desde el principio, seguiré hasta el fin”11 y así lo hizo a diferencia de
muchos de sus compañeros –por ejemplo Prieto o Pérez Lugín- cuya estancia media no
solía superar las tres o cuatro semanas y, en cuanto al número de artículos, lo más
habitual era en torno a la treintena –i.e.: Sánchez Mazas o Eduardo Ortega-. Pero no son
éstas ni las únicas ni las más importantes peculiaridades. “Adeflor” fue también un más
que discreto fotógrafo y sus instantáneas, hechas con su inseparable cámara Kodak,
acompañaron muchas veces a sus propios textos en los que, siempre que pudo, intercaló
una serie de croquis y panorámicas explicativos dibujados por su amigo y colega
Burgos; con este uso de la imagen como complemento de la palabra, se situó a la
vanguardia de su oficio que para muchos se basaba aún en los manguitos, las tijeras y el
tarro de engomar. Todavía más importante fue su permanente ubicuidad que le llevó a
ser testigo directo de combates casi en primera línea, acompañó las entradas de tropas
en las reconquistas sucesivas, recorrió por su propio pie todos los escenarios más
señalados, pero a la vez estuvo en los hospitales, en los acuartelamientos, en las oficinas
de los altos mandos, en los cafés, en las tabernas, en las calles de la Melilla sitiada y en
los zocos y aún le quedó tiempo para ir a Sevilla en pos del Regimiento Tarragona y
visitar allí, una vez más, sus principales monumentos y sitios de interés. En pos de la
noticia padeció catarros, insolaciones y mojaduras, esquivó las balas de los
francotiradores, sufrió las picaduras de mosquitos y pulgas que le dejaron las piernas
abotargadas, escaló montes y a punto estuvo de fallecer asfixiado en el intento. Todo
esto hace que las crónicas de “Adeflor” ofrezcan una de las visiones más poliédricas de
cuantas se han escrito sobre el tema, constituyendo una radiografía completa de lo que
estaba sucediendo en la escena marroquí, al mostrarnos sus muy distintas realidades y a
10
Vid. SEOANE, María Cruz y SAIZ, María Dolores: Historia del periodismo en España, III: el siglo
XX, 1898-1936. Alianza Editorial, Madrid, 1998.
11
“El Comercio”, 17 de noviembre.
4
todos y cada uno de sus actores. Por las páginas de sus columnas desfilan soldados
conscriptos, armeros de Trubia y generales, pillos y héroes, princesas y huérfanos de
guerra, pobres gentes, personajes altruistas y ambiciosos sin disimulo y a todos se les
concede similar protagonismo, al igual que hace con las batallas a las que iguala en
importancia de tratamiento con los sinsabores y las miserias de la tropa componiendo un
cuadro de la vida militar que merece el reconocimiento que no ha alcanzado aún. Las
pequeñas historias personales van de la mano de la crítica política y de la denuncia
valiente de la sinrazón de la guerra o de las condiciones lastimosas de los hospitales de
sangre o de los deficientes equipamientos de los soldados. No deja de ser chocante el
imaginar a nuestro “Adeflor”, siempre impecable en su traje con corbata, chaleco y
sombrero panamá, con su aspecto de “bon vivant”12, tan alejado de –según sus
palabras- los “periodistas de la guerra, que con sus trajes de campaña, sus prismáticos
y sus leguis parecen militares que empuñan pluma como si ciñeran espada”13,
arrastrándose por los montes, vivaqueando, siguiendo a las columnas (formó parte del
primer contingente de periodistas que entró en el fuerte de Monte Arruit, el 21 de
octubre de 1921) y comiendo el rancho cuartelero, a la vez que era capaz de efectuar
unos análisis tan acertados como independientes.
Cuando él arriba a Melilla, se encuentra de bruces con un sistema de
información totalmente adocenado y rutinario, que se basaba sobre todo en las
interminables tertulias periodísticas y en los “partes” militares, convenientemente
filtrados por la censura; un ambiente al que marcaba la desidia y cierta tendencia a
maquillar una guerra de transcurrir moroso y de difícil comprensión para los legos en la
materia. Él mismo nos lo cuenta: “Mis primeros pasos al poner pie en Melilla se
encaminan a Telégrafos a dar cuenta de mi llegada… Luego, a organizar el servicio
telegráfico diario de noticias, independiente de las crónicas y una documentada
información de campaña que hoy inaugura uno de los periodistas más enterados:
Eduardo Rubio, el redactor de “El Mundo Gráfico” de Barcelona”, que comienza hoy
mismo sus trabajos, con el triste motivo de la evacuación del monte Arruit, que es la
primera noticia con que me encuentro al llegar a Melilla. Los lectores de El Comercio,
aparte de mis impresiones personales, encontrarán en la labor de Eduardo Rubio,
orientación firme y autorizada, cosa que yo no puedo improvisar a las pocas horas de
llegar a Melilla. Después de una mañana no mal aprovechada, “me hago cargo” de
cómo se hace aquí la información; acudo a presentarme a la Alta Comisaría donde a
las doce de la mañana y a las ocho de la noche dan, generalmente, lo que no se puede
transmitir; nos reunimos luego los compañeros en “La Peña”, una cervecería
animadísima, a cambiar impresiones, y cada cual cobra enseguida su libertad de
acción…” 14. A los pocos días, fue capaz de escaparse de esta rutina y, multiplicándose
por tres, estableció un método de trabajo muy diferente, el de un verdadero reportero de
guerra tal y como los conocemos hoy en día, tan distinto del de sus adocenados colegas
a los que retrató con la mordacidad que le caracterizó toda su vida aunque sin llegar
nunca a la crueldad a la que nos tiene tan acostumbrados Arturo Pérez Reverte cuando
se refiere a sus camaradas de oficio acusándoles de cobardes, falsarios, petulantes,
insensibles, ignaros… Las descripciones en torno al variopinto y excéntrico colectivo de
informadores desplazados –“la harka periodística” como la bautizó- son una fuente de
12
Fue también un buen “gourmet” y, de hecho, no es extraño el encontrar en estas crónicas bastantes
referencias gastronómicas, siempre teñidas de su consabida ironía amable, ya fueran dedicadas a la dureza
proverbial de las chuletas de los hoteles, la comida indígena, los banquetes de los oficiales, las raciones
en frío de los soldados o los ingredientes de la fajina cotidiana en campaña.
13
“El Comercio”, 9 de noviembre de 1921.
14
“El Comercio”, 14 de agosto de 1921.
5
primera mano para conocer un aspecto poco tratado de la Guerra de África y poder
deleitarse, a la vez, con un conjunto de sabrosas anécdotas sobre este abigarrado mundo
de la escritura profesional de los años 20 en donde bohemios y exquisitos, consagrados
y meritorios vivían en una estrecha relación y con una cierta armonía -no exenta de las
típicas pugnas y envidias personales- antes de que la Guerra Civil posterior los
enfrentase, a su pesar, en los dos bandos irreconciliables y cainitas tal y como hizo con
Rafael Sánchez Mazas y con Indalecio Prieto, por poner un ejemplo lo suficientemente
explícito. El mismo “Adeflor” nos explica un poco el original sistema que puso en
marcha: “Indagando aquí y allá, (la confidencia en una tienda de campaña, el
charloteo en un rincón de la cantina, el discutir por lo bajo en un parapeto, el
murmurar apagado en la escalera que conduce al heliógrafo)…”15 y que completó
hábilmente con una red de confidentes indígenas que añadió a sus cultivados y bien
cuidados contactos con la colonia asturiana en el Protectorado tanto con los elementos
civiles como con los militares; fueron, precisamente estos últimos quienes le allanaron
el camino para poder acercarse así a la figuras mediáticas del momento –Millán Astray,
González Tablas, Franco, Cabanellas…- y conseguir además la exclusiva entrevista con
el general Dámaso Berenguer (19 de noviembre de 1921). Este “scoop” informativo,
que efectuó junto a su inseparable Burgos, el cronista de “La Correspondencia de
España”, le proporcionó una fama generalizada por toda España potenciada por el hecho
de que fue reproducida en otros muchos rotativos; no debiera pasarse por alto que, a la
larga, estas declaraciones sinceras que la habilidad de Alfredo García consiguió arrancar
del siempre hermético Alto Comisario, fueron una de las causas que contribuyeron a la
caída en desgracia del propio D.Dámaso. Esta conocida interviú nos muestra también el
grado de maestría absoluta que alcanzó en este subgénero informativo que aplicó con
extraordinaria fortuna e igual consideración a todo tipo de personas. “Adeflor” usó en
las entrevistas de un marcado estilo moderno, casi de documental cinematográfico en el
que el autor queda intencionadamente al margen para no restar protagonismo a los
entrevistados que, a partir de unas preguntas muy abiertas, responden libremente y con
sus propias palabras, las cuales son recogidas al pie de la letra y sirven para retratar su
personalidad a la vez que para ofrecernos detalles sobre el suceso en cuestión al que se
refiere la misma. Todas ellas llevan, como entradilla, una breve referencia al marco en
el que se desenvuelve y unas pinceladas sobre el sujeto entrevistado a modo de las
acotaciones teatrales que encabezan los actos y escenas.
No será éste el único rasgo de modernidad que aplicó “Adeflor” a sus crónicas.
El director de “El Comercio” va a desdibujar intencionadamente las fronteras que
separan a los distintos géneros y vehículos literarios, pues en sus crónicas se mezclan la
narrativa breve con el ensayo, la denuncia de corte político-social con el reportaje y la
lírica con la comedia más hilarante o con la tragedia contenida; y todo esto está hecho
sin caer jamás en el pastiche, aunque a veces se asome a él peligrosamente. Quizás, su
estilo de escritura no discurra luego tan en paralelo como la avanzada visión que tuvo
del oficio de cronista. Cierto es que fue –según Constantino Suárez- “un gran estilista
que defendió siempre el buen uso del idioma”, pero el peso que en su formación y en
sus propios gustos ejerció la literatura decimonónica y el melodrama se hacen notar en
exceso. Fuertemente influido, además, por el quehacer de los cronistas autobiográficos
al uso que tanto proliferaron entre los enviados especiales del periodismo de entonces y
cuya actuación intentaba ceñirse a la manida máxima stendhaliana del espejo a lo largo
del camino aunque con mucho reflejo del propio escritor que se convertía en un
elemento decisivo de las narraciones cuando no en centro de las mismas. Adoptando
15
“El Comercio”, 6 de septiembre de 1921.
6
este punto de vista, su escritura se dejó llevar también por la estética dominante,
caracterizada por un predominio en el uso de largas frases subordinadas y concatenadas
y una tendencia a la adjetivación más tópica o a las figuras retóricas archiconocidas;
aunque hay que resaltar que cuando tiene que escribir espoleado por la urgencia, casi a
vuelapluma, obtiene sus mejores registros con un estilo impresionista e instintivo de
gran originalidad. Y es verdadera una lástima que no lo prodigue más porque, si lo
hubiera hecho en todas y cada una de las crónicas, estaríamos hoy hablando de un
escritor equiparable en calidad a los otros que tomaron como base argumental el
conflicto marroquí para dejar escritas algunas de sus mejores páginas; es decir, al lado
de los, tantas veces citados, Sender, Barea, Giménez Caballero o José Díaz entre otros.
Aún así, sus méritos literarios no son nada desdeñables; en primer lugar, está su
asombrosa habilidad para reproducir las distintas jergas, variedades regionales y los
modismos locales del habla, rayando a veces la minuciosidad del filólogo especialista;
nos encontramos con diálogos precisos llevados a cabo por andaluces, catalanes,
gallegos, cubanos, asturianos –en todas sus variedades- e incluso se atrevió con el árabe
y con el cherja o, al menos, con el español chapurreado por los marroquíes. Pareja a esta
gran habilidad a la hora de fijar el lenguaje hablado, está también una capacidad poco
habitual para recrear ambientes, tanto por el realismo en las descripciones como, sobre
todo, porque sugiere y evoca sensaciones de forma admirable; pocos han conseguido
trasmitir al lector la angustia e incertidumbre que se vivió en Melilla durante este sitio
no declarado o la monotonía y el aburrimiento cuarteleros, o la abigarrada y acre
atmósfera de las tertulias periodísticas y militares y, para mi gusto lo mejor, el ambiente
en los barcos y en los trenes, donde juntos –pero nunca revueltos- viajaban las distintas
clases sociales españolas hacia ese destino incierto de Marruecos, con sus también
diferentes formas de ser y de estar y hasta de hablar. Es aquí donde se encuentra, sin
duda, lo más granado de su prosa, con ejercicios estilísticos que nos recuerdan la
predilección por los asuntos nimios y por la melancolía de Azorín o por los personajes
descabalados y un tanto pintorescos tan queridos por Baroja a quien “Adeflor” admiraba
sinceramente16. Cuando pinta los paisajes cautivadores de Tetuán o los sobrecogedores
de la zona melillense, es difícil no pensar en Gabriel Miró y en su peculiar visión en
torno a la Naturaleza levantina, lo mismo sucede cuando se deja llevar por el esperpento
más valleinclanesco al abordar una serie de episodios que bien pudiera haber firmado
[Link]ón María como el del fraile legionario animando a las tropas en medio de un
asalto o las escenas macabras vividas tras la reconquista de Monte Arruit. Por otra parte,
sus años aporreando la máquina de escribir le proporcionaron una gran soltura y
agilidad a la hora de escribir así como para captar la atención permanente del lector
recurriendo a todo tipo de “trucos” incluyendo en ellos las técnicas propias del folletín,
bien fuera con el crescendo narrativo o bien con el recurso del “continuará en el
próximo episodio”.
Por todo lo anteriormente expuesto, no resulta nada extraño que su sección fuera
todo un referente y de lo más leído en el Principado; las otras columnas que en “El
Comercio” trataron este conflicto -“nuestra acción en Marruecos”, “Los asturianos en la
guerra”…- y aquellas otras que iban firmadas por soldados del cuerpo expedicionario
( “Alí, el del cafetín” -Acacio Francos-, entre otros), no alcanzaron ni de lejos el eco de
las de “Adeflor”. Lo más curioso del caso es que estas crónicas no se escribieron
conforme a un plan minucioso y previamente preestablecido, con unas pautas bien
señaladas; como casi toda su producción, fueron surgiendo de forma orgánica,
16
Él mismo lo confirma al señalar que estaba leyendo una novela de D.Pío –La Canóniga- (“El
Comercio”, 27 de septiembre).
7
espontánea tal y como si tuvieran vida propia y sin plegarse a condicionamiento previo
alguno sino a lo que buenamente fuera saliendo. La mejor muestra de esta
improvisación intuitiva la tenemos en el propio título de la sección que ni siquiera tuvo
un encabezamiento fijo. Comenzó titulándose “Desde Melilla. Crónicas de nuestro
director” y terminó con “Recuerdos de Campaña” 17, aunque usó otras diez formas
diferentes de encabezamiento para designar lo que todo el mundo conocía popularmente
como “lo de Adeflor en Marruecos” y que alcanzó su mayor seguimiento cuando se
dedicó a contar sus experiencias sobre la vida cotidiana de las tropas asturianas en los
sucesivos acantonamientos de Sevilla, Melilla y Tetuán. En esto, coincidiría con otros
muchos de los corresponsales de provincias dedicados en cuerpo y alma a informar
sobre los reclutas de sus respectivas patrias chicas; hasta el mismo Prieto, tuvo dicha
misión entre sus demás objetivos políticos y de denuncia contra la monarquía alfonsina.
“Adeflor” cumplirá sobradamente con este propósito; aunque lo efectúa sin la acidez ni
el tremendismo intencionado de Prieto, consigue trasmitir sus mismos efectos críticos a
pesar de que da, a veces, la falsa impresión de comportarse como un acérrimo defensor
de la guerra y un partidario de valores éticos y políticos de lo más tradicionales; nada
más lejos de la realidad. El hombre que escribió estas crónicas y que trasluce en ellas su
auténtica personalidad era alguien muy intuitivo, de una gran cultura y con una
curiosidad siempre insatisfecha que, además, poseía dos cualidades que no siempre son
fáciles de encontrar, al menos en las proporciones necesarias, entre los periodistas:
memoria y capacidad de análisis. Su perfil humano sale aún más reforzado; tras la
lectura de las crónicas, nos damos cuenta de la vasta bonhomía de “Adeflor” presente en
multitud de detalles como por ejemplo el dolor que le produce el sufrimiento inútil
inflingido a los más desamparados –niños, soldados, viudas…-, la fidelidad permanente
a la amistad que le hace valorar como se merece a José Díaz, invitándole a comer, junto
con el pintor Moré, a pesar de que ambos jóvenes estaban en la nómina de un rotativo
rival como era “El Noroeste”; la absoluta imparcialidad demostrada en los elogios y en
críticas que reparte así como su proverbial llaneza traducida en una popularidad de la
que gozó siempre. Esta misma tendencia es la que le lleva a adoptar siempre en sus
crónicas un tono tranquilizador y consolador; de forma totalmente intencionada procura
no aumentar jamás la ya de por sí tremenda angustia que había entre los familiares y
afectados por el impacto del Desastre así que evita, en la medida de lo posible, la
truculencia, aunque también se muestra igual de poco complaciente con el triunfalismo
y el patrioterismo que movió a otros medios periodísticos. En cuanto a la ideología
personal que se trasluce en sus escritos, vemos a un “Adeflor” decantado por un
reformismo humanista muy cercano, como se sabe, a las opciones políticas defendidas
por Melquíades Álvarez y por el regeneracionismo social moderado que asumieron
personalidades conservadoras de la Restauración como el ministro Dato, en una
amalgama que no es tan contradictoria como a primera vista pudiera parecer. Cierto es
que en sus opiniones nunca hay un cuestionamiento radical del orden social establecido
17
La relación completa y por fechas es la siguiente: “Nuestro director a Melilla” (6 de agosto de 1921),
“Nuestro viaje a Melilla. A lo que vamos” (7 de agosto), “Crónica telegráfica de “Adeflor” (9 de agosto),
“Crónica telefónica de “Adeflor” (10 de agosto), “Dese Melilla. Crónicas de nuestro director (del 14 de
agosto al 20 de septiembre), “Desde Melilla. Crónica de nuestro director” (del 21 de septiembre al 11 de
octubre), “Nuestro director en Sevilla” (del 12 al 16 de octubre), “Desde Melilla. Crónica de nuestro
director” (desde el 17 de octubre al 1 de noviembre), “Nuestro director en Melilla” (del 2 al 6 de
noviembre), “Desde Melilla. Crónica de nuestro director (del 8 al 18 de noviembre), “Nuestro director
interviuva al general Berenguer” (19 de noviembre), “Desde Melilla. Crónica de nuestro director” (del 20
de noviembre al 26 de noviembre), “Nuestro director sale para Tetuán” (27 de noviembre), “Primeras
noticias de “Adeflor” desde Tetuán” (29 de noviembre), “Desde Tetuán. Crónica de nuestro director” (del
30 de noviembre al 6 de diciembre) y “Recuerdos de campaña” (del 17 al 25 de enero de 1922).
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pero sí hay una apuesta decidida por el progreso y la mejora de las condiciones
culturales, económicas y sociales de las clases más desfavorecidas. Lógicamente, esto le
llevará a defender el papel del Estado liberal y más o menos democrático por encima de
sus errores manifiestos y puntuales; similar defensa hará de las instituciones que lo
encarnan aunque una de ellas sea la del controvertido ejército africanista, lo cual no
impide que señale atinadamente a la vez sus principales defectos –improvisación, rutina,
falta de profesionalidad…- y el origen de los mismos. Este liberalismo doctrinario y
monárquico –aunque no exento de cierta crítica al rey Alfonso XIII- lo hace extensivo al
mundo empresarial, para el que siempre tiene palabras de elogio, y a las instituciones
benéficas como la Cruz Roja. Comparte también su españolismo indisimulado con un
gran amor hacia Asturias en general y hacia Gijón en particular, pero eso no quiere decir
que en ningún momento propugne tesis regionalista puesto que no se atreve a ir más
allá de un folclórico y casi irracional “¡Viva mi pueblo y sus gentes!” al que se aferra en
cuanto la ocasión se lo permite. Están presentes también en “Adeflor” sus creencias
religiosas de “católico cumplidor” que, además, mantiene buenas relaciones con los
capellanes castrenses asturianos, aunque siempre en un tono menor y lejos de cualquier
fundamentalismo fanático y de “Cruzada”; en este sentido, hay que resaltar el enorme
respeto que le produce siempre el Islam como religión y hasta como cultura, a la que
valora en sus representaciones artísticas y literarias sin que le duelan prendas algunas
puesto que reconoce públicamente su conocimiento del Corán. Es muy de agradecer que
nuestro autor apenas caiga en el tipismo falsamente exótico de lo norteafricano que se
puso de moda en su día a través de los cuadros de Mariano Fortuny y, lo que es peor, de
sus epígonos copistas de cromos o del relato panegirista de la primera guerra de África
salido de la pluma de Pedro Antonio de Alarcón al que luego siguieron imitando de una
forma u otra muchos de los autores de novelas populares de kiosco que tanto
proliferaron en estos años 20. Obviamente, Alfredo García no pudo librarse de muchos
de los tópicos raciales y morales que circulaban sobre los moros, pero aún así fue capaz
de reconocer sus valores y dar de alguno de ellos –especialmente de su amigo el erudito
y políglota Dris-Ben-Said- una imagen de respeto y consideración poco comunes. Un
pluralismo y una apertura mental que “Adeflor” aplicaba también en todas y cada una
de sus múltiples predilecciones culturales que quedaron reflejadas, a su vez, en sus
crónicas. Ya hemos visto su pasión permanente por la literatura en la que los clásicos –
Cervantes, Lope, Quevedo-, como no podía ser menos dada su formación de antiguo
alumno de Normal de magisterio, van de la mano de autores de éxito del XIX y de sus
propios coetáneos. A esta pasión unió una melomanía de verdadero experto; son muy
frecuentes los términos musicales que salpican su escritura sobre la guerra, hablando de
“calderones”, “fortísimos”, “piano piano”, “piano forte”…, aunque otras veces es
totalmente explícito y nos cuenta su animadversión absoluta hacia la revista musical y el
género chico y su admiración –y grandes conocimientos- por la ópera y el folclore. Otro
espectáculo, para él totalmente cautivador, fue el teatro; es muy conocida su faceta
como autor aunque bueno sería recuperar ahora la de crítico que llevó hasta el extremo
de que aprovecha una de sus crónicas para efectuar una reseña –bastante negativa, por
cierto18- de una obra vista en Sevilla. Su espíritu abierto le hace también asomarse al
teatro popular por horas y a las llamadas “variedades”, rescatándolos de una
marginalidad y una desconsideración inmerecidas, en una labor dignificadora muy
similar a la que estaba llevando a cabo desde Madrid el adalid de la vanguardia Ramón
Gómez de la Serna. Pero no paró aquí su interés por la denominada cultura de masas
que irrumpía por entonces y que le hizo apreciar el cine –en esto coincide, una vez más,
18
“No nos gustó la obra –Santa Isabel de Ceres-. Es un halago a los instintos vulgares” (“El Comercio”,
16 de octubre de 1921).
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con Azorín- considerado aún por muchos intelectuales como una mera atracción de
barraca ferial. “Adeflor” comprendió desde un primer momento las enormes
posibilidades de este medio como mecanismo informativo y de distracción, lo que le
llevó a escribir el guión y las cartelas de un documental rodado“in situ”, en el
Protectorado, por la prestigiosa casa francesa “Pathé”19, sobre los soldados gijoneses
del Tarragona. De todas formas, no se agotan aquí ni los conocimientos ni las
inquietudes de nuestro escritor un verdadero conocedor y divulgador del Arte en todas
sus manifestaciones y periodos como ponen de manifiesto sus comentarios y
descripciones. El mismo interés que puso en dominar la Geografía de la zona –se revela
como todo un experto en mapas y en toponimia- nos lo demuestra también en sus
amplios conocimientos históricos que él aplica muchas veces con un carácter
ejemplarizante bajo el concepto de “la Historia, maestra de vida” lo que le lleva a
hablarnos tanto del sitio de Numancia, de los caudillos resistentes a la dominación
romana –Viriato, Megara…- y, a la vez, de la guerra de Cuba y de las batallas de la
Gran Guerra Europea, tan reciente aún en el imaginario colectivo. ACABARLO
19
“El Comercio”, 11 de noviembre de 1921.
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