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Ensayos Jurídicos de Fernando Flores García

El documento presenta una reseña sobre los ensayos jurídicos de Fernando Flores García, un destacado procesalista mexicano, que abordan temas relevantes en derecho procesal y teoría general del proceso. Se destaca su contribución a la academia y su participación en la elaboración de reformas legislativas, así como su influencia en la enseñanza del derecho en México. El prólogo de Gonzalo Armienta Calderón resalta la calidad y el impacto de los trabajos de Flores García a lo largo de su carrera.

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Ensayos Jurídicos de Fernando Flores García

El documento presenta una reseña sobre los ensayos jurídicos de Fernando Flores García, un destacado procesalista mexicano, que abordan temas relevantes en derecho procesal y teoría general del proceso. Se destaca su contribución a la academia y su participación en la elaboración de reformas legislativas, así como su influencia en la enseñanza del derecho en México. El prólogo de Gonzalo Armienta Calderón resalta la calidad y el impacto de los trabajos de Flores García a lo largo de su carrera.

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Antes de ahora he tenido oportunidad de reseñar trabajos del distinguido tratadista

Fernando Flores García. Fue el caso de su Teoría general de la composición del litigio; lo
es, hoy, de este excelente volumen de Ensayos jurídicos, que reúne un buen conjunto de
estudios elaborados por el notable procesalista en el curso de varias décadas —que
desde luego no agotan su amplia producción hemerográfica—, y que se presentan con
prólogo de Gonzalo Armienta Calderón, también procesalista descollante y rector, hasta
hace poco, de la Universidad de Occidente en el Estado de Sinaloa. el prologuista ha sido
presidente, por muchos años fecundos, del Instituto Mexicano de Derecho Procesal, del
que Flores García fuera vicepresidente.

Armienta menciona, con justicia, que Flores García "ha contribuido, conjuntamente con
la pléyade de juristas nacionales que concurrieron a su creación (del Instituto Mexicano
de Derecho Procesal) y con aquellos que actualmente lo integran, a difundir los principios
de la ciencia del proceso bajo la moderna óptica de la teoría unitaria". En esta línea,
añade el comentarista, se ha distinguido "por la alta calidad de sus trabajos académicos,
así como por su decisiva participación en la celebración de los congresos que con la
presencia de los más preclaros juristas del mundo latinoamericano y europeo, viene
realizando este prestigioso organismo científico desde hace más de ocho lustros".

El doctor Flores García es profesor emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad


Nacional Autónoma de México. También tiene esa alta calidad en el Sistema Nacional de
Investigadores. Se halla vinculado con el Instituto de Investigaciones Jurídicas. Tiene en
su haber una amplia trayectoria como catedrático de Teoría general del proceso y
Derecho procesal civil en aquella Facultad. Ha representado a la academia procesal en
numerosos congresos, conferencias, seminarios, mesas redondas, talleres, simposia de
su especialidad, dentro y fuera de nuestro país. Milita en el Instituto Iberoamericano.
Tuve el honor de sucederlo como director de la Revista de la Facultad de Derecho de la
UNAM, que dirigió durante una larga etapa. Este desempeño contribuyó a la
consolidación de la Revista y a la difusión, a través de sus páginas, de centenares de
artículos que dan cuenta de la doctrina jurídica en diversas especialidades.

Flores García, que ha sido funcionario público —integrante del Tribunal Electoral, en una
etapa de esta magistratura previa a la actual—, también ha participado en la elaboración
de proyectos legislativos. Debo recordar, a título de ejemplo, la invitación que le hice y
tuvo a bien aceptar para intervenir en la comisión redactora de reformas a la legislación
procesal civil, en 1985-1986, de la que formaron parte, además del propio Flores —que
se refiere a este hecho en la presente obra—, los profesores Gonzalo Armienta Calderón,
José Becerra Bautista, Héctor Fix-Zamudio, Ignacio Medina Lima, Sergio García Ramírez
y Fernando García Cordero. Flores García coordinó los trabajos de la comisión, y a él se
deben en buena medida, como en otra ocasión he manifestado, los progresos que fue
posible alcanzar entonces. Es pertinente señalar, además, que el mismo tratadista y
catedrático fue autor del proyecto, convertido en ley, del Código de Procedimientos
Civiles del Estado de Morelos.

En el prólogo, Armienta Calderón se ocupa en comentar, con la brevedad que impone un


trabajo de estas características, los artículos contenidos en Ensayos jurídicos. Hace ver
que en esta obra destacan temas que han sido y siguen siendo cuestiones del mayor
interés para Flores García, frecuentemente transitadas por su pluma y su docencia en el
curso de su carrera como profesor universitario y autor de obras y artículos jurídicos. Los
tópicos que aborda en este libro —señala el prologuista— "son preferentemente de
derecho procesal y judicial, de los que deben destacarse sus trabajos pioneros sobre
teoría general del proceso, por cuya implantación luchó denodadamente en el ámbito,
primero de su Facultad de Derecho, y luego en el seno de las casas de estudio de la
nación mexicana, y hasta en algunas sudamericanas" (p. IX).

Para mí, ha sido constante la presencia académica de Flores García, no sólo por su
desempeño docente y su participación en ambos institutos de derecho procesal, que he
citado, por su cercanía a mi ilustre maestro Niceto Alcalá-Zamora y Castillo y por su
actuación como director de la Revista de la Facultad de Derecho. También lo recuerdo en
la hora, ya muy distante, en que hice mis primeras armas en encuentros procesales,
como fue el caso del Segundo Congreso Mexicano de Derecho Procesal —en el que fui
ponente—, en la ciudad de Zacatecas, en 1966, muy reciente mi ingreso al entonces
Instituto de Derecho Comparado de la UNAM.

Por supuesto, no pretendo analizar o glosar todos los artículos que figuran en esta obra.
Me referiré únicamente a algunos de ellos —entre los más característicos del desvelo
jurídico de su autor—, en forma individual o agrupados a la luz de los temas que
abarcan. Entre los primeros artículos que contiene la obra, y probablemente también
entre los de fecha más antigua —que en este caso no se expresa a pie de página, como
se hace en otros—, se halla el denominado "Algunas consideraciones sobre la persona
jurídica" (pp. 35 y ss.). En él pasa revista al antiguo tema de teoría del derecho, con raíz
en la filosofía de nuestra materia, y analiza pormenorizadamente las diversas posiciones
que la doctrina ofrece para explicar esta cuestión. El desarrollo de las relaciones sociales
ha traído consigo un desenvolvimiento notable de los conceptos que alguna vez ciñeron
la noción de persona de derecho; ahora han surgido otras formaciones o figuras, más
allá de la persona física y de las expresiones tradicionales de la personalidad moral o
colectiva.

Me permitiré agregar —desde mi propia perspectiva actual— la situación que guarda este
asunto bajo la óptica del derecho internacional de los derechos humanos, y
específicamente de la Convención Americana de 1969, cuyo artículo 1.2 vincula el
concepto de persona titular de los derechos que la Convención reconoce con el ser
humano, la persona física, el individuo. No podía ser otra cosa, pues se trata de aquellos
derechos que el sujeto posee en su calidad de ser humano, inherentes a la dignidad que
entraña. Sin embargo, la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos no ha olvidado —como tampoco lo ha ignorado otra jurisprudencia
internacional— la proyección que tienen las personas colectivas en los derechos
reconocidos a las personas físicas, aunque aquéllas no sean sujetos directos del derecho
internacional de los derechos humanos.

Así sucede con ciertos derechos individuales que adquieren sentido y "color" en el marco
de los derechos colectivos de los que provienen o en los que se hayan insertos: por
ejemplo, derechos de propiedad asociados a formas de tenencia colectiva de bienes en
comunidades indígenas (caso Mayagna Awas Tingni vs. Nicaragua) o a participación
societaria del titular personal de aquellos derechos (caso Ivcher Bronstein vs. Perú). De
esta manera se anima, para fines relevantes, la afortunada expresión del jusfilósofo
Cossío, citada por Flores García (p. 86):
Al decir 'hombres que son personas', se puede querer decir, con igual legitimidad,
hombres que son personas individuales u hombres que son personas colectivas; con lo
cual se ve que siempre en el hombre y sólo en el hombre está la existencia de la persona
jurídica; y con lo cual desaparece la oposición de antinomia planteada entre la tesis y la
segunda antítesis, para disolverse en dos modalidades del mismo existente.

Con esa cuestión enlaza la materia de otro artículo de Flores García, a saber: "La
responsabiliudad penal de la persona jurídica colectiva" (pp. 95 y ss.), en el que el autor
examina las tesis prevalecientes en esta materia, tradicionalmente gobernada por la
máxima societas delinquere non potest, habida cuenta de que en las personas colectivas
—criaturas del derecho, no entes naturales, dotados de conciencia y voluntad propias—
no se desarrollan los procesos internos que conducen, finalmente, a la imputación del
delito y la imposición de una verdadera pena. Autores o participantes del crimen son
individuos, personas físicas, vinculados de alguna manera con la persona colectiva, a la
que utilizan para sus acciones criminales o en cuyo favor delinquen.

Hoy, el tema reviste gran importancia, en cuanto ha proliferado la organización criminal,


que se vale de estructuras sociales para cometer delitos o encauzar los rendimientos de
la conducta ilícita. No es posible, pues, que el derecho penal pase de largo ante la
presencia, cada vez más frecuente, de personas colectivas en la fenomenología criminal.
Resolver este punto constituye un tema descollante para la política criminal, y desde
luego para la legislación de la materia. Tiene razón Flores García cuando subraya la
importancia de establecer un procedimiento por cuyo conducto alcance el juicio penal a
la persona colectiva (pp. 132 y 133), sin alterar o subvertir la naturaleza de la
responsabilidad penal y de la personalidad jurídica.

El derecho penal contemporáneo y, en esta línea, el orden penal mexicano, ha


encontrado soluciones de carácter sustantivo y procesal para este problema. Por una
parte, establece consecuencias jurídicas —ya que no penas o medidas de seguridad— del
delito proyectadas hacia las personas morales; por la otra, fija procedimientos penales
en los que se halla representada la persona moral comprometida por el delito de
personas físicas, a la que es preciso —en aras de garantías supremas— "oír y vencer" en
juicio. En esta dirección marcharon, innovadoramente, los códigos procesales penales
para los estados de Morelos (1996) y Tabasco, y el proyecto de Código tipo de
procedimientos penales elaborado en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la
UNAM.

En varios artículos contenidos en esta obra antológica se emprende el estudio de la


teoría general del proceso, desde la que es posible —y debido— analizar todas la
expresiones del enjuiciamiento, que durante mucho tiempo se analizaron en forma
separada, escisión inconveniente para el desarrollo científico. Esta separación
disciplinaria, que paulatinamente cede, se mostró con especial énfasis en el estudio del
proceso civil, por una parte (y las ramas procesales que tienen su fuente,
inmediatamente, en aquél), y el proceso penal, por la otra, cuyas diferencias tienen que
ver sobre todo —apuntó, en su hora, Alcalá-Zamora—, con la diversa naturaleza de la
materia sobre la que se forma el litigio. Ya dije que Flores García ha sido un promotor
decidido y eficaz del estudio unitario del proceso —sin perjuicio de los desarrollos
específicos de cada rama del tronco común—, y por ello se le debe, al igual que a otros
juristas mexicanos, la final adopción de la teoría general del proceso en la enseñanza
universitaria, de la que deriva —o en la que se acoge— el desenvolvimiento de la
doctrina.

Flores García, que reconoce a Carnelutti la paternidad de la denominación, el concepto y


el desarrollo de la teoría general del proceso, señala, en la misma línea de pensamiento
del gran maestro italiano, que "la exposición de los conceptos aptos para definir el
proceso y el derecho que lo regula no pertenece, en realidad, a la ciencia del derecho
procesal, sino a aquella región superior de la ciencia jurídica que recibe el nombre de
Teoría general del derecho" (pp. 138 y 139).

En el primer trabajo —de los que figuran en Estudios jurídicos— que el autor dedica a
este tema, hace votos por la admisión de las ideas unitarias del proceso en los planes de
estudio de las escuelas y facultades de derecho. En adiciones al mismo trabajo
comprueba el éxito de ese empeño: "Han volado los años y casi a tres décadas de que
redacté este ensayo, en numerosos centros de estudios jurídicos del país, y hasta en
varios sudamericanos, la idea que sustentamos de la incorporación... de la Teoría general
del proceso en los planes de estudio de la Facultad de Derecho de la UNAM, ha sido
también felizmente aprobada" (p. 150). Actualmente son ya muchas las obras mexicanas
que abordan la teoría general del proceso y sirven, bajo ese título, a la docencia
universitaria.

Se ha sumado Flores García, de tiempo atrás —lo acredita, por ejemplo, su artículo "La
Teoría general del proceso y el amparo mexicano" (pp. 431 y ss.), presentado al
Coloquio Italo-Latino-Americano de Derecho Constitucional—, a la corriente que procura
evidenciar la vinculación entre la Teoría general del proceso —y, en general, el régimen
procesal— y el juicio de amparo, sin perjuicio del carácter de éste como institución
constitucional vinculada al desarrollo de nuestro constitucionalismo. Al hacer "el
recorrido... de las figuras más representativas de la Teoría General del Proceso y de las
notas características del amparo mexicano —concluye— (es) de advertirse la
coincidencia de los denominadores comunes de la primera con la esencia del segundo"
(p. 460). En este sentido, coincide con opiniones expresadas por otros juristas,
señaladamente Héctor Fix-Zamudio.

El profesor Flores García solía comentar en clase o fuera de ella las características y
manifestaciones de las fuentes del derecho, a cuyo examen se dedica el trabajo de esa
misma denominación (pp. 165 y ss.). Criticaba la acostumbrada expresión de que son
fuentes del derecho la ley, el reglamento, la costumbre, la jurisprudencia, etcétera. No
es así, rectificaba: aquellas son normas, oriundas de una fuente normativa; ésta reside
en los procesos de generación de las normas; por lo tanto, fuentes son los medios de
creación de las leyes, los reglamentos, las costumbres vinculantes, y así sucesivamente.
En su artículo, publicado en 1973 en un volumen de homenaje al profesor García
Máynez, Flores García estudia, como es frecuente hacerlo, las conocidas categorías:
fuentes históricas, reales y formales. Digamos que las segundas son susceptibles de una
nueva versión —o de un enfoque diferente— a la que me he referido en algunos trabajos
(p. ej., mi libro Poder Judicial y Ministerio Público, 3a. ed., México, 2006): desarrollo
natural de las instituciones jurídicas, crisis generales o particulares, innovación
extralógica, "ilusión" normativa, etcétera.

Como es natural, el autor examina el poder vinculante de la sentencia judicial, tema que
estudia con invocación del pensamiento de varios autores. Me parece particularmente
importante seguir explorando, para los fines del derecho nacional y de la docencia en
nuestras escuelas y facultades, ese poder vinculante proyectado hacia la regulación
general de las relaciones sociales, y no necesariamente contraído al caso concreto, en el
que es obvia la imperatividad de la sentencia. El desenvolvimiento de la justicia
constitucional —con eficacia cuasilegislativa, no meramente jurisdiccional del litigio sobre
el que se dicta la sentencia—, que ha adquirido enorme fuerza en un gran número de
países —y comienza a tenerla en México, tras las reformas constitucionales de 1994,
vigentes en 1995— y de la justicia internacional, sobre todo en el ámbito de la
jurisdicción sobre derechos humanos, obliga a revisar los conceptos tradicionales y la
importancia —muy limitada— que hemos reconocido a la sentencia como fuente de
derecho o, mejor dicho, como norma de particular o general observancia.

Esto lleva a meditar, asi mismo, acerca del método para la enseñanza del derecho, otro
de los temas explorados por Flores García. En nuestro medio, donde ha sido costumbre
la exposición de la ley y la doctrina a través de clases impartidas como conferencias,
comienza a abrirse paso el interés por examinar el derecho —y reconstruir las grandes
soluciones jurídicas— a través del estudio de casos. A esto se refiere Flores García, que
convoca puntos de vista de Couture, entre otros autores. El estudio de casos sirve para
aproximar la ciencia a la experiencia, sustentar el conocimiento en la vida misma (pp.
251 y 252). De esta cuestión se ocupa el autor de la obra que estoy comentando cuando
aborda temas de más amplio alcance: la docencia en las facultades de derecho, a cuyo
análisis destina un extenso trabajo presentado a la V Reunión de Escuelas y Facultades
de Derecho.

La formación de los juristas —en las diversas aplicaciones profesionales del experto en
derecho— constituye una de las dedicaciones vitales de Flores García, y a este materia
corresponden, en todo o en parte, varios artículos acogidos en Estudios jurídicos. A uno
de ellos me referí en el párrafo anterior. En otros alude a "El Doctorado en Derecho" (pp.
263 y ss.) y a "El papel del jurista y su relación con otros profesionales" (pp. 311 y ss.),
y en uno más realiza la evaluación de programas de estudio en las facultades de derecho
(pp. 467 y ss.). En el primero y el tercero hace la reseña de diversos esfuerzos
realizados en nuestra UNAM —en los que el autor ha participado activamente— para la
elevación del conocimiento jurídico y la formación de profesores.

Así, Flores García se refiere a las tareas emprendidas a partir de 1964 en la Facultad de
Derecho, consistentes en un "programa de formación de profesores". Flores García
coordinó dos etapas de este programa, acerca del cual cita la calificada y favorable
opinión de Wenceslao Roces (p. 280). En el mismo artículo comenta los planes de
estudio del Doctorado en Derecho, que inició —esta es mi propia experiencia, como
alumno en 1963 y 1964— como doctorado general, con un reducido número de materias
y un selecto grupo de eminentes catedráticos, y hoy abarca, enhorabuena, un conjunto
de especialidades con amplio conjunto de temas y horizontes.

En "El papel del jurista y su relación con otros profesionales" nuestro tratadista
reconoce, como no podía ser menos, que "el jurista moderno ha dejado de vivir y de
actuar como si estuviera aislado, desvinculado de los otros sectores o actividades
profesionales como ocurría antaño". La vida moderna no puede ser concebida como "una
serie de compatrimientos escindidos y hasta contrapuestos. Todo lo contrario. La
hiperpoblación y la complejidad creciente e irreversible de la humanidad han derivado en
una comunicación y conexión de todas y cada una de las actividades de la criatura
humana; y el jurista no ha escaspado a este acontecer inexorable" (p. 334).

Esos datos de la vida contemporánea —que se acentuarán en el futuro— han


determinado la necesidad de que el jurista reciba formación adecuada en disciplinas que
anteriormente se hallaban fuera del curriculum de la Facultad, y enfrente, en la vida
profesional, los problemas que suscita una mayor especialización para el trato de
diversas vertientes de la relación social en un mundo que evoluciona y se transforma sin
cesar. Añádase la "globalización" y el vínculo entre profesionales de diversos países para
el conocimiento y la aplicación, trascendiendo fronteras, de ordenamientos y prácticas
que desbordan los viejos linderos nacionales y profesionales. En Estudios jurídicos se
analiza el impacto del nuevo papel del jurista y la dinámica relación con otras
profesiones, por lo que toca a diversos quehaceres del graduado en derecho: abogado,
juez, legislador, funcionario del Ministerio Público, notario, docente, investigador,
consultor.

El desarrollo compartido —o compartible— y la posibilidad de aprovechar experiencias


ajenas para beneficio propio, o transmitir las de nuestro medio para beneficio de otros,
sugieren fortalecer la comunicación entre cultivadores del derecho en diversos países, y
proveer, en medida creciente, a la armonización de las instituciones y la normativa
jurídica. Este es el tema de "Armonización del derecho en la América Latina y
procedimientos para lograrla. Panorama sobre el Derecho procesal y el Derecho judicial",
que el autor elaboró para la VII Conferencia Latinoamericana de Escuelas y Facultades
de Derecho, reunida en Quito.

Flores García, que ha trabajado empeñosamente en el ámbito del Derecho comparado y


ha participado en innumerables reuniones internacionales, expone en este trabajo
—como en otros— su amplio conocimiento sobre la formación y las garantías del
juzgador, y postula —este es otro de los objetivos a los que ha dedicado gran esfuerzo—
el establecimiento de una verdadera carrera judicial, que por fortuna constituye ya, en
numerosos países, México entre ellos, un proceso en marcha y con estimables frutos.
Entre los planteamientos precursores del moderno régimen sobre esta materia, figuran
los que Flores García hiciera hace cerca de medio siglo ante los congresos nacionales de
Derecho procesal —primero y segundo—, aprobados por éstos y aludidos en el artículo
"Todavía sobre la carrera judicial", que apareció inicialmente en la Revista de la Facultad
de Derecho en 1960. A la cabeza de las conclusiones sostenidas entonces figura esta
frase rotunda: "Propugno por el establecimiento, consolidación y mejoría de una
auténtica carrera judicial en México" (p. 759).

Como mencioné, Flores García se ha ocupado del examen de la carrera judicial y, en


general, de la función judicial. A ello destina el artículo "La independencia judicial y la
división de poderes" (pp. 549 y ss.). En este trabajo se ocupa, entre otras cosas, del
régimen de designación de los juzgadores. Pondera la creación de los Consejos de la
Judicatura, merced a la reforma constitucional de 1994, pero al referirse a la integración
de estos organismos señala que sería mejor "desterrar para siempre la participación" de
los poderes Ejecutivo y Legislativo de la actividad judicial, refiriendose así a la presencia
de integrantes de los Consejos designados por esos poderes (p. 582). Por otra parte,
propone la existencia de "consejos judiciales" con representantes de la judicatura, los
colegios profesionales y las escuelas y facultades de derecho, con la misión de proponer
al correspondiente Poder Ejecutivo a los candidatos que deban ocupar los sitiales de
ministros de la Suprema Corte de Justicia o magistrados de los Tribunales Superiores de
los Estados y el Distrito Federal (idem).

En el estudio denominado "Elevada concepción e impartición de justicia de nuestros


antiguos indígenas", Flores García rinde homenaje al talento y a la sensibilidad jurídicas
de los pobladores originales de nuestro país y examina algunas de sus instituciones
judiciales con fuente en historias y crónicas. Estima que el ejemplo de los pueblos a los
que dedica su reflexión "debería ser en muchos casos seguido en la actualidad, pues
demuestra la rectitud, el sentido de responsabilidad y otras apreciables virtudes de los
jueces nativos, dignas de reconocimiento y emulación" (p. 691).

Este tema mantiene vigencia y relevancia. Se ha ratificado —con diversos efectos: los
avances alternan con las frustraciones— la exigente presencia de los pueblos indígenas
en el continente americano, con planteamientos plenamente justificados y
reivindicaciones legítimas, que en determinados ámbitos se traducen en la recepción
normativa de usos y costumbres, proyectados hacia la administración de justicia. La
abundante legislación sobre esta materia —me refiero a la normativa continental, con
modalidades propias en cada país, y al ordenamiento internacional: Convenio 169 de la
OIT, que no ha logrado abrir el espacio que sería pertinente— no siempre caracteriza
claramente lo que debe entenderse por "considerarlos usos y costumbres", o bien, "el
derecho tradicional o ancestral" de los grupos indígenas a la hora de resolver
controversias, tanto en lo que concierne a la regulación sustantiva, como en lo que atañe
al sistema procesal. Debo mencionar aquí que la Corte Interamericana de Derechos
Humanos se ha ocupado, en diversos asuntos contenciosos, de las reivindicaciones
indígenas —señaladamente, aunque no exclusivamente, en cuestiones de propiedad e
incluso de participación política— y ha sostenido el respeto que merece la normativa
indígena y la aplicabilidad de ésta para la solución de conflictos.

El tratadista a cuya obra me estoy refiriendo no ha contraído sus reflexiones a temas


procesales. Como hemos visto, incursiona también, con rigir y maestría, en otros
ámbitos: teoría del derecho, historia del derecho, derecho penal, etcétera. El último
artículo que figura en Estudios jurídicos corresponde a un tema extraordinariamente
complejo y delicado, acerca del cual Flores García sostiene puntos de vista que
contribuyen a la polémica natural que estas cuestiones suscitan: "La inseminación
artificial y otras vías de fecundación en la vida humana". La materia debe ser
considerada desde diversas perspectivas, que alimentan las soluciones jurídicas con
aportaciones desde la ciencia, la ética, la política, la religión. No es fácil llegar a
conclusiones unánimemente aceptadas, al menos en lo que respecta a algunos extremos
de estas cuestiones, erizadas de interrogantes y sujetas a pensamientos encontrados. El
"avance incontenible" de la ciencia —señala el autor— "debe ser regulado por la ética y
por el derecho, que es el instrumento que salva al hombre del caos y de la disgregación
social" (p. 802).

Flores García se refiere a determinadas repercusiones de la inseminación artificial en el


orden penal y en el orden civil, por ejemplo. La ley penal mexicana ha incluido desde
hace algún tiempo tipos penales conducentes a la tutela de la libertad sexual frente a
inseminaciones indebidas, no deseadas por el sujeto pasivo, independientemente de que
conduzcan o no a la concepción de un nuevo ser. En lo que respecta a la consideración
civil-familiar del tema, el autor reprueba la inseminación artificial de la mujer casada
cuando aquélla no provenga de su esposo, aunque medie consentimiento de ambos (p.
805).

He dejado para el final de esta nota la referencia a un emotivo artículo de don Fernando
Flores García: "Semblanza del doctor Eduardo García Máynez" (pp. 527 y ss.). Tuvo la
fortuna Flores García de ser amigo cercano de García Máynez —de quien yo mismo fui
alumno en el curso de Introducción al estudio del derecho, materia a la que el jusfilósofo
mexicano dedicó un libro estupendo, que ha servido para la formación de millares de
profesionales dentro y fuera de México—, a quien frecuentaba y con quien compartía
experiencias y reflexiones. Esta es la fuente de lo que Flores García llama "modesto
tributo de veneración" (p. 527).

Celebro que Flores García haga el elogio humano y académico de uno de los profesores
más distinguidos de la Universidad Nacional, no sólo de la Facultad de Derecho, que
prestó servicios eminentes a su Casa de Estudios, y recibió en vida múltiples
reconocimientos de la Universidad y de la República. Lo celebro, porque García Máynez
era, además de investigador y tratadista sobresaliente, modelo de rigor académico y
austeridad en el trato personal. Traer a cuentas a esta figura sobresaliente del derecho y
la filosofía contribuye a exaltar virtudes genuinas de un profesor excepcional, y con ello
rescata, en tiempos de turbulencia, el ejemplo de mexicanos intachables que honran a
su patria, por encima de disputas estériles y ambiciones desbocadas.

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