Capítulo II
Las tostadas saltaron avisando el final de la jornada matutina de la tostadora, cuya época de
gloria ya hace rato que había acabado, pues de los 4 seres que habitan en la casa (DIRECCIÓN
DE LA CASA), solamente Lucía Tumbaco se negaba a creer en la superioridad de la freidora
eléctrica para esta labor. El reloj de pared con temática de carritos contradecía a los intrusos
rayos de sol que asediaban la cocina por la ventana, marcando las 4:50 de la mañana, habito
propio de sus agujas, y que nadie en la familia se ha preocupado por corregir en los últimos 5
meses.
Lo cierto es que la receta de los huevos con tocino decía que el aceite estaría listo para freír al
minuto de haber sido colocado al fuego de la sartén, así que daban las 7:22 am cuando Lucía
arrojó el pálido contenido de esos cascarones. Las claras poco a poco fueron adquiriendo el
color de las nubes de esa fabulosa mañana en la gélida capital del Ecuador y, en su centro,
aparecía un sol pero como naranja mientras las caderas de la cocinera seguían fielmente, en un
vaivén infinito, la percusión marcada por la güira y los bongos de uno de los éxitos del Rey de la
Bachata. Algunas moscas se vieron inspiradas por la escena y tuvieron intenciones de usar el
tocino en el plato como pista de baile, mismas que fueron desechas por una mano sin meñique
que sobrevoló sobre su objetivo, espantándolas.
—Eres un relajo para cocinar guambra—. Acababa de entrar a la cocina Lucas Tumbaco,
estudiante de (carrera), conocido como “el mago”, pero también por ser hermano de Lucía.
—En mis tiempos se decía “buenos días” y “gracias ñañita por hacerme el desayuno” —discutía
Lucía— Siéntate que ya te llevo los huevos.
Con eso, el trigueño de (edad) años llevó una sonrisa a la mesa, dejando un rastro de perfume
que recordaba a aquella fría pero viva mañana. La imagen del muchacho no era fácil de ignorar,
pues siempre llevaba una que otra prenda ostentosa e inusual de las que habitaban en su
armario. La ganadora seleccionada de ese día: una pesada chaqueta de cuero negro.
Lucas fijó su atención en los huevos fritados demás que Lucía estaba emplatando y pensó que
seguramente no tenían sal (no le faltaba razón). Buscó consuelo en el tocino, pero solo lo
encontró frío.
—Oye ñaña —decía el tono burlón del hermano—, yo sé que “a caballo regalado no se le mira
el rabo”, pero este “caballo” que vos me diste está muy feo, ¿no crees?
—Si quieres caballo, anda al potrero —respondió la hermana, comenzando a irritarse—. Si no
fuera porque tengo que acostumbrarme a cocinar por la universidad, te juro que saldrías de
aquí todas las mañanas sin probar bocado.
—Ojalá termines de acostumbrarte pronto —seguía Lucas—. Si te demoras mucho, quizás
termine por intoxicarme con lo que me das de comer.
Lucía tomó asiento en la mesa de cuatro sin contestarle al fastidioso que tenía en frente. Lucas
tomó dos huevos del plato que recién llegaba a la mesa en compañía de la hermana y
preguntó:
—¿Cuándo empiezas en eso de la Universidad?
La taza blanca con la frase “#1 Dad” (la favorita de Lucía estaba sucia) se detuvo en seco en el
aire mientras transportaba un poco de leche para la hermana. Unos ojos de miel, seguidos de
larga e interminable planicie de piel trigueña, terreno en el que habitaba un solo y rechoncho
lunar, se asomaron conforme Lucía bajaba la porcelana con su mano dominante, mientras
posaba su mejilla sobre la derecha. Un mechón lacio caoba se unió a la escena: Lucía Tumbaco,
aún en pijama como se encontraba, era simplemente un deleite visual. Sus facciones suaves y
armoniosas hacían juego con su personalidad cálida, pero su figura añadía un toque sensual a
su fórmula. Si Lucía hubiera existido en la tragedia de Shakespeare, es seguro que Romeo
habría dado la vida por ella y no por la hija de Capuleto.
—Salimos este viernes —respondía Lucía como quien no quiera la cosa—. La dueña del
departamento dijo que habría que ocuparlo de inmediato, pues ya habían aparecido otras
personas interesadas en alquilar la pieza.
Lucas, enmudecido por la comida medio fría que ocupaba su boca, echó un vistazo en su
teléfono. La pantalla dictaba la fecha del día: martes, 4 de marzo del 2025, esto debajo de la
hora, que cambió a 7:31 am para anunciar el ingreso de una tempestad a la escena en tan
tranquila mañana.
—Buenos días “guaguas” —con tres pasos llegó al mesón—, ando con el tiempo ahorita —
tomó dos rebanadas de pan de la hogaza—. ¿Ya desayunaron? –encendió la freidora eléctrica—
¡Ahh!, ya vi que están comiendo —puso los panes y marcó 5 minutos en el cronómetro de la
máquina—. Apúrense que a las 8 salimos —dio otros tres pasos a la puerta— Lucía, te vas con
tu “mama” —cerró la puerta de la cocina—. Lucas, ya te he dicho que arregles ese reloj… —la
voz se volvió inaudible desde la cocina.
—Ya papá —gritó Lucas con una voz de trueno, procurando que el personaje que ya se
encontraba un piso arriba de ellos lo escuchara—. Ese señor parece que está en competencia
con la vida —le dijo a Lucía—, ¡todo lo hace a la carrera!
—¡Déjalo pues!, ¿qué culpa tiene él de no ser un vago como “vos”? —se gozaba Lucía.
—Qué ganas de que sea viernes, así ya no habrá payasos en esta casa —se defendía el
hermano, tomando la última rebanada de pan de su plato.
SI bien el comentario de “el mago” era en son de hacer reír a su hermana, este no recibió la
respuesta común de la hilaridad, ni percibió dote alguno de alegría en la mesa. Un sollozo fue
lo que le hizo levantar la mirada del plato, y ojos iguales a los de Lucía contemplaron a sus
gemelos derramar lágrimas.
—Oye “ñañita”, era una broma —se levantó bruscamente de su silla y se acercó a Lucía,
rodeándola en un torpe abrazo—, no era para que te lo tomes así —le dio un sonoro beso en la
cima de su cabeza y repitió la acción, casi como un pájaro carpintero.