Capítulo 1
ESPAÑA Y AMÉRICA
EN LOS SIGLOS XVI Y XVII
LAS ASPIRACIONES METROPOLITANAS
El emperador Carlos V adoptó como emblema las columnas de Hércules
de-
Coradas con volutas con el lema: Plus Ultra. Cuando el recurso fue
utilizado por
Primera vez en 1516 obedeció esencialmente a una idea humanística
destinada a
Sugerir que no existirían límites para el poder y los dominios del joven
Carlos de
Gante; pero de forma creciente, conforme el Nuevo Mundo iba siendo
descu-
Bierto y sometido a su dominio, el emblema adquirió una suerte de
pertinencia
Geográfica como símbolo del conjunto del imperio.
La conquista española de América creó la posibilidad del primer imperio
en
La historia humana de verdaderas dimensiones mundiales, como lo
percibió Her-
Nán Cortés con la rapidez característica en él cuando escribió a Carlos
desde
México que estaba al alcance de su poder convertirse en el «monarca
del
Mundo». Para Cortés, impresionado por el poderío de Moctezuma,
México
Constituía un imperio en sí mismo: «se puede intitular de nuevo
emperador [de
Esta tierra], y con título y no menos mérito que el de Alemania, que por
la gracia
De Dios vuestra sacra majestad posee».1
Sin embargo, para Carlos V y sus conse-
Jeros sólo podía existir un imperio en el mundo, el Sacro Imperio
Romano; e in-
Cluso después de que España y el imperio fueran separados por la
abdicación de
Carlos en 1556, Felipe II respetó esta convención conservando el título
de rey de
España y de las Indias. Desde luego, era algo cada vez más evidente
que Amé-
Rica había añadido una nueva e imperial dimensión al poder del rey de
España.
Felipe II y sus sucesores podían no ser más que reyes de las Indias
oficialmente,
Pero el gran cronista del Nuevo Mundo, Gonzalo Fernández de Oviedo, ya
ha-
Bía escrito sobre «este occidental imperio de estas Indias» en un
momento tan
Temprano como 15272
Y la reiterada mención, especialmente en el siglo XVII, de la frase
«imperio de las Indias» e, incluso, de «emperador de las Indias», era sín-
Toma de la existencia de una conciencia implícita de imperio americano.
Si la frase «imperio de las Indias» tuvo dificultad en ser aceptada
general-
Mente antes de la llegada de los Borbones, fue en parte porque las
Indias eran
Concebidas como constituyentes de un conglomerado mayor conocido
como la
«monarquía española». En esta agrupación de territorios, adquiridos
bien por
Herencia o por conquista, y que debían obediencia a un solo gobernante,
la ma-
Yoría de los estados eran iguales, pero algunos eran más iguales que
otros. Casti-
Lla llegó a disfrutar de una predominancia efectiva en la monarquía y,
desde el
Comienzo, las Indias permanecieron en una relación especial con
Castilla. La
Bula ínter Caetera de Alejandro VI de 1493 confirió el gobierno y la
jurisdicción
De las nuevas tierras descubiertas, no a los reyes de España, sino a los
de Castilla
Y León. Consiguientemente, las Indias serían consideradas como
posesión de
Castilla y se gobernarían, en lo que se considerase oportuno, de acuerdo
con las
Leyes e instituciones de aquélla. Ello implicaba que los beneficios de la
conquista
Se reservarían a los castellanos, un principio que Fernando de Aragón
burló
Cuando convino a sus propósitos, pero que dio a Castilla en el siglo xvi,
de he-
Cho, el monopolio sobre los cargos de gobierno y el comercio del Nuevo
Mundo.
Y significó también que a las instituciones parlamentarias y
representativas que
Eran el centro de la vida política de la corona de Aragón no se les
permitiera re-
Producirse en los nuevos territorios americanos.
La íntima asociación de Castilla y las Indias se reflejó en el destino dado
por
La corona a Juan Rodríguez de Fonseca, del Consejo de Castilla, para
llevar los
Asuntos de Indias en los primeros años de descubrimiento y conquista.
El volu-
Men de los negocios, que crecía rápidamente, supuso sin embargo que
lo que
Originalmente comenzó como el trabajo de un administrador muy
eficiente y un
Pequeño grupo de ayudantes, tendría que adoptar pronto una forma
institucio-
Nal. La presión se sintió primero en la organización de los contactos
marítimos
Con La Española y en 1503 se estableció en Sevilla la Casa de la
Contratación,
Una institución de comercio comparable a la Casa da India de Lisboa.
Aquélla
Pronto fue responsable de la organización y control del tráfico de
personas, bar-
Cos y mercancías entre España y América. Los amplios poderes
reguladores con-
Feridos por la corona a los funcionarios de la Casa durante los años
siguientes
Dieron lugar a un modelo de comercio y navegación que duraría un siglo
y me-
Dio, y que convirtió a Sevilla en el centro comercial del mundo atlántico.
Al canalizar todo el comercio americano a través de Sevilla, la corona
bus-
Caba asegurar el máximo grado de control sobre lo que se esperaba que
fuese
Una muy lucrativa empresa, para beneficio de sus propias finanzas y de
Castilla,
Que aspiraba a los derechos monopolísticos sobre las tierras
recientemente des-
Cubiertas. Únicamente mediante el ejercicio de un control riguroso sobre
la na-
Vegación podría mantenerse alejados de América a elementos
indeseables y el
Comercio americano, o al menos así se esperaba, podría conservarse en
manos
Propias. El tiempo se encargaría de demostrar, sin embargo, que un
comercio
Controlado podía producir su propia forma de infiltración incontrolada, y
que las
Indudables ventajas del monopolio en el terreno de la organización
tenían que
Ser consideradas frente a las no menos indudables desventajas de poner
un enor-
Me poder en manos de unos cuantos funcionarios estratégicamente
situados.
A estos funcionarios competía esencialmente la mecánica del comercio
con
Las Indias: el abastecimiento de los fletes, las licencias de pasajeros y el
registro’
De la plata. La política en relación con las Indias era diseñada a un* nivel
supe-
Rior; y de nuevo aquí la creciente presión de los negocios forzó los
desarrollos
Institucionales que sustituyeron la informalidad del régimen de Fonseca
por un
Aparato burocrático formalmente constituido. En los primeros años de la
coloni-
Zación, los reyes pedían asesoramiento en relación con las Indias a
Fonseca o a
Algunos de los miembros del Consejo de Castilla; pero en 1523 se
estableció un
Nuevo consejo, el Consejo de Indias. Dada la peculiar estructura de la
monarquía
Española, este desarrollo era lógico. Una organización en forma de
consejo, con
Distintos consejeros responsables para los diferentes estados y
provincias de la
Monarquía era el mejor medio de combinar intereses plurales con un
control
Central unificado. Situándose junto a los Consejos de Castilla y Aragón,
el de In-
Dias incorporaba la maquinaria formal para asegurar que los asuntos de
los nue-
Vos territorios llegaran regularmente a la atención del monarca, y que
sus deseos,
En forma de leyes, decretos e instituciones, fueran debidamente
transmitidos a
Sus posesiones americanas.
El gobierno real en América era, por otra parte, un gobierno consultivo,
en
El sentido de que las decisiones del rey eran adoptadas sobre la base de
«consul-
Tas» —los documentos que recogían las deliberaciones del Consejo, de
las que
Surgían una serie de recomendaciones— que eran elevadas al rey por el
Consejo
De Indias. Los consejos tenían lugar teóricamente en presencia de la
persona del
Rey y sólo en 1561 tuvieron su residencia permanente en el palacio real
de Ma-
Drid, que desde aquel año se convirtió en sede de la corte y capital de la
monar-
Quía. De todos los consejos, el de Indias era el que estaba más apartado
en el
Tiempo y en el espacio de su zona de jurisdicción, aunque incluso para
algunos
No lo estaba aún suficiente. Según sir Francis Bacon, «de Mendoza, que
fue vi-
Rrey del Perú, se afirma que decía: que el gobierno del Perú era el mejor
cargo
Que daba el rey de España, salvo que queda un poco cerca de Madrid».3
Los
Funcionarios reales en las Indias, teóricamente a sus anchas en los
abiertos espa-
Cios de un gran Nuevo Mundo, en la práctica se encontraban a sí
mismos atados
Por cadenas de papel al gobierno central en España. Pluma, tinta y papel
eran
Los instrumentos con los que la corona española respondía a los retos
sin prece-
Dentes de la distancia implícitos en la posesión de un imperio de
dimensiones
Mundiales.
Inevitablemente este estilo de gobierno mediante papel produjo su
propia
Casta de burócratas. De los 249 consejeros de Indias desde el tiempo de
su fun-
Dación hasta 1700, todos excepto un puñado de ellos, y éstos más en el
siglo xvn
Que en el xvi, fueron «letrados», hombres adiestrados en leyes en las
universida-
Des, aunque los miembros de la nobleza estuvieron fuertemente
representados
Entre los 25 presidentes del Consejo durante el mismo período. Muy
pocos de
Los miembros letrados del Consejo parece que tuvieran alguna
experiencia ame-
Ricana; sólo 7 a lo largo de 200 años ocuparon cargos en una de las
audiencias
Americanas antes de su promoción al Consejo.4
La mayor parte de ellos habían pasado sus carreras en puestos
judiciales o fiscales en la misma península, e ine-
vitablemente tendían a ver los problemas de Indias a través del prisma
de su ex-
periencia peninsular. Su formación y perspectiva eran legalistas; su
pensamiento
se expresaba en términos de precedentes, de derechos y de estatus; y
se veían a sí
mismos como los sublimes guardianes de la autoridad real. Esto condujo
a un
gobierno cuidadoso más que imaginativo, más inclinado a regular que a
innovar,
aunque de vez en cuando un destacado presidente como Juan de
Ovando (1571-
1575) inyectara vida en un sistema naturalmente lento y manifestara
dotes de
organización creativa que surtían efecto a miles de kilómetros de
distancia.
Sin embargo, una vez que los objetivos del gobierno en las Indias
estuvieron
determinados y su estructura establecida, y esto se puede considerar
alcanzado a
mediados del siglo xvi, los agudos problemas ocasionados por la
distancia ten-
dieron a asegurar que prevaleciera la rutina. Ésta tenía sus propios
defectos,
pero juzgado por el criterio de su capacidad para mantener un aceptable
grado
de orden público y el respeto por la autoridad de la corona, al gobierno
español
de América en los siglos xvi y xvn debe reconocérsele un notable éxito.
Tras el
colapso de la rebelión pizarrista en los años 1540 y un tumulto
conspirativo en la
ciudad de México en 1566 en torno a la persona de don Martín Cortés, el
hijo
del conquistador, no habría más amenazas directas a la autoridad real
por parte
de una comunidad de colonos que con frecuencia se sentía
amargamente resen-
tida por las órdenes de Madrid. Este alto grado de aquiescencia era en
parte un
reflejo del sentimiento de respeto hacia la corona inculcado de una
generación a
la siguiente; pero hay que atribuirlo sobre todo el carácter de un
sistema, el cual
también tenía enorme éxito en su casi obsesiva determinación por
impedir la ex-
cesiva concentración de poder en un solo lugar. No había necesidad de
provocar
un desafío a la autoridad real directamente cuando podía organizarse
con éxito
otra vía indirecta actuando sobre la debilidad de un sistema en el que el
poder
estaba tan cuidadosamente disperso.
La difusión de la autoridad se basaba en una distribución de
obligaciones que
reflejaban las distintas manifestaciones del poder real en Indias:
administrativa,
judicial, financiera y religiosa. Pero con frecuencia las líneas de
separación no es-
taban nítidamente trazadas: diferentes ramas del gobierno se
superponían, un
único funcionario podía combinar diversos tipos de funciones y había
infinitas
posibilidades de fricción que sólo tenían visos de poderse resolver, si
acaso, por
el largo proceso de apelación al Consejo de Indias en Madrid. Pero estas
aparen-
tes fuentes de debilidad podrían ser consideradas en cierto modo como
la mejor
garantía del predominio de las decisiones tomadas en Madrid, puesto
que cada
agente de autoridad delegada tendía a imponer un freno a los demás,
mientras
que, al mismo tiempo, a los subditos del rey en las Indias, oponiendo
una autori-
dad contra otra, se les dejaba suficiente espacio de maniobra en los
intersticios
del poder.
En los primeros años de la conquista los principales representantes de la
co-
rona en las Indias eran losN
gobernadores. El título de gobernador, normalmente
combinado con el de capitán general, fue concedido a algunos de los
primeros
conquistadores, como Vasco Núñez de Balboa, nombrado gobernador del
Da-
ñen en 1510. Al gobernador, como al donatario en los territorios
ultramarinos,
de Portugal, se le concedía el derecho de disponer de los indios y la
tierra, lo que era claramente un importante aliciente para emprender
posteriores expediciones
de conquista La gobernación era por tanto una institución ideal para
extender/el
gobierno español por las Indias, particularmente en regiones remotas y
pobres
como Chile, donde las recompensas de la conquista eran, por otra parte,
exiguas
Sin embargo, dado que la corona se había manifestado firmemente
contraria a la
creación de una raza de señores feudales en Indias, los días de la
gobernación
parecían estar contados Los nombramientos se hacían por plazos cortos,
de tres
a ocho años, y terminaron siendo no hereditarios Este principio fue
firmemente
establecido después de que el nieto de Colón, Luis Colón, fuera por fin
indu-
cido, tras largos y complicados trámites legales, a renunciar a la
reclamación fa-
miliar de una gobernación hereditaria, conservando sólo con este
carácter el sim-
ple título honorífico de almirante
Pero las gobernaciones no desaparecieron en Indias después de
completarse
la conquista Habían demostrado su utilidad como institución para
administrar y
defender regiones periféricas. Por tanto, en lugar de ser abolidas, se las
mantuvo;
pero como otras instituciones que lograron sobrevivir a la etapa de
transición de
la conquista, fueron gradualmente burocratizadas La generación de
gobernado-
res del período posterior a la conquista eran administradores, no
conquistadores,
y tenían funciones judiciales tanto como administrativas y militares
Existieron
35 gobernaciones provinciales en un momento u otro de los siglos xvi y
xvn,
aunque el número no era constante a causa de las fusiones de algunas y
modifi-
caciones de límites. En dicha cifra se incluían Guatemala, Costa Rica,
Honduras
y Nicaragua en América Central; Cartagena, Antioquía y el Nuevo Reino
de
Granada, que fue gobernado desde 1604 por los presidentes de la
Audiencia de
Santa Fe, Popayán, Chile, Paraguay, de la que fue segregado el Río de la
Plata
en 1617 para formar una gobernación, y en Nueva España, Yucatán,
Nueva
Vizcaya y Nuevo León Hernando de Soto, que murió en las riberas del río
Mis-
sissippi en 1542, fue gobernador conjuntamente de Cuba y Florida, como
tam-
bién lo fue Pedro Menéndez de Aviles desde 1567 a 1573, a partir de
esta fecha
la Florida se convirtió en gobernación independiente. Las Filipinas, cuya
con-
quista se había iniciado en 1564 por su primer gobernador, Miguel López
de Le-
gazpi, también fueron gobernación americana, dependiente de Nueva
España.
A pesar de la supervivencia de las gobernaciones, éstas no iban a ser la
uni-
dad administrativa más importante en Indias, sino el virreinato Colón
había os-
tentado el título de virrey, al igual que su hijo Diego Colón; pero con
Diego se
transformó en puramente honorífico y se perdió para la familia a la
muerte de su
viuda En 1535 fue cuando el virreinato fue resucitado como una
institución
efectiva, al crearse el virreinato de Nueva España y nombrarse a don
Antonio de
Mendoza primer virrey En 1543 Blasco Núñez Vela fue nombrado virrey
de un
segundo virreinato, el de Perú Nueva España y Perú, con sus capitales en
México y Lima, iban a ser los únicos virreinatos bajo los Austnas Los
Borbones
añadieron dos más: el de Nueva Granada en 1717, con su capital en
Santa Fe de
Bogotá, y el del Río de la Plata, con Buenos Aires como su capital, en
1776.
Las «Leyes Nuevas» de 1542 institucionalizaron el nuevo sistema de go-
bierno virreinal, «los reinos de Perú y Nueva España serán regidos y
gobernados
por virreyes que representen nuestra real persona». El virrey, por tanto,
era el
alter ego del rey, manteniendo la corte en su palacio virreinal y llevando
con él algo del aura ceremonial de la monarquía Combinaba en su
persona loiiltrihu-
tos de gobernador y capitán general y era considerado también, en su
papel de
presidente de la Audiencia, como el principal representante judicial de la
co-
rona El inmenso prestigio del cargo y las posibilidades lucrativas que
parecía
ofrecer naturalmente lo hicieron altamente atractivo para las casas de la
nobleza
castellana En la práctica, la corona, siempre suspicaz con las ambiciones
de los
grandes, tendió a reservarlo para los miembros más jóvenes de las
grandes fami-
lias o para nobles con título de rango medio Don Antonio de Mendoza,
primer
virrey de Nueva España (1535-1549) y uno de los más grandes de aquel
virrei-
nato, era el sexto de los 8 hijos del marqués de Mondéjar en su segundo
matri-
monio y había servido en la corte y en una misión diplomática en
Hungría antes
de ser elevado a tal distinción en el Nuevo Mundo a la edad de 40 años.
La duración de Mendoza en el cargo fue excepcional, una vez que el
sistema
se consolidó, lo que un virrey podía esperar permanecer razonablemente
en el
puesto eran 6 años Aunque esto no tenia que significar necesariamente
el fin de
sus funciones virreinales en Indias De los 25 hombres enviados desde
España a
servir de virreyes en México entre 1535 y 1700, 9 continuaron como
virreyes del
Perú. La experiencia adquirida por aquellos virreyes en el gobierno de las
Indias
debería haberles otorgado un papel enormemente valioso en los más
altos conse-
jos de la monarquía a su regreso a España; pero, sorprendentemente, no
fue
hasta 1621 cuando a un antiguo virrey de Indias, el marqués de
Montesclaros
(virrey en Nueva España, 1603-1606, y en Perú, 1606-1614), se le dio un
puesto en el más alto de los consejos, el Consejo de Estado
Los virreinatos americanos, a pesar de su aparente atractivo, con
excesiva
frecuencia resultaron ser una fuente de problemas para sus ocupantes,
arrui-
nando su salud, o su reputación, o ambas cosas El conde de Monterrey,
lejos de
hacer fortuna, murió en el cargo en Perú en 1606 y tuvo que ser
enterrado a ex-
pensas del rey. Don Martín Enríquez de Almansa, virrey de Nueva España
de
1568 a 1580, explicaba a su sucesor que. «aunque juzgan en España
que el ofi-
cio de virrey es acá muy descansado y que en nuevas tierras no debe
haber mu-
cho a que acudir, a mí me ha desengañado de esto la experiencia y el
trabajo Y
lo mismo hará V S porque yo hallo que sólo el virrey es acá dueño de
todas las
cosas que allá están repartidas entre muchos»
Uno de los predecesores de Enríquez, don Luis de Velasco (1550-1564),
describió su semana de trabajo Las mañanas de los lunes y jueves
estaban dedi-
cadas a recibir delegaciones de indios acompañadas por sus intérpretes
y a ela-
borar una lista de temas para tratar con la Audiencia, con la que se
reunía por la
tarde Posteriormente, de 8 a 10, despachaba con su secretario asuntos
de go-
bierno Los martes y viernes asistía a la discusión de los pleitos en la
Audiencia
por las mañanas y de 1 a 3 atendía a los problemas religiosos y recibía a
españo-
les, algo para lo que tenía que estar dispuesto en cualquier momento de
la se-
mana. A continuación se dedicaba a los asuntos financieros con los
oficiales de
la Hacienda Los miércoles por la mañana estaban dedicados también a
audien-
cias a indios y por la tarde se ocupaba de los problemas de la Ciudad de
México Y todo el otro tiempo es necesario para ver cartas de prelados,
religiosos, alcal-
des mayores, corregidores y otras personas particulares que estén
puestas para dar
avisos, que es un trabajo que no se puede significar. Y cuando vienen
navios o se
han de partir, son los trabajos triplicados. Y sobre todo el mayor trabajo
es proveer
al corregimiento y alcaldías mayores, y buscar las personas que
convienen para los
cargos y sufrir los conquistadores e hijos de ellos y de las otras personas
que traen
cédulas y pretenden todos que se les ha de dar de comer, y hay
doscientos cargos y
dos mil personas que pretenden ser proveídas a ellos.6
Pero las cargas de un virrey no terminaban aquí. Sus manos estaban
atadas
Desde el comienzo por las instrucciones que recibía del rey al ser
nombrado, y
Continuaba recibiendo nuevas órdenes desde Madrid, muchas de las
cuales eran
Totalmente inaplicables a la situación en que se encontraba. Don
Antonio de
Mendoza escribía desesperado que en sus 15 años como virrey de
Nueva España
Se habían producido tres cambios importantes en el sistema de gobierno
y que
Los miembros del Consejo de Indias eran como los médicos que
pensaban que no
Estaban curando al paciente si no lo purgaban y lo hacían sangrar
constante-
Mente.7
Mendoza y sus sucesores se encontraban constreñidos a cada momento
por
El vasto y creciente cuerpo de leyes y decretos promulgados para las
Indias, de
Los que había varios tipos con diferentes grados de solemnidad. La de
mayor al-
Cance de todas las órdenes de la corona era la provisión, que llevaba el
nombre y
Los títulos del rey y estaba sellada con el sello de la cancillería. La
provisión era,
En efecto, una ley general referida a materias de justicia o gobierno; las
Leyes
Nuevas, que contenían 54 artículos relativos a la organización del
gobierno y al
Tratamiento de los indios, eran de hecho provisiones. El documento más
común-
Mente usado era la real cédula, encabezada con las simples palabras «El
Rey»,
Seguidas por el nombre del destinatario. Comunicaba en la forma de una
orden
Una decisión real basada en una recomendación del Consejo de Indias, y
estaba
Firmada «Yo, el Rey». Además de la provisión y la cédula, estaba también
el
Auto, no dirigido a ningún destinatario en concreto, pero conteniendo
decisiones
Del Consejo de Indias o de las audiencias.
Ya hacia finales del siglo xvi había un enorme cuerpo de leyes y
provisiones
Referidas a las Indias. En 1596, Diego de Encinas publicó una
compilación de al-
Rededor de 3.500 de ellas, pero la necesidad de una verdadera
codificación se
Hacía cada vez más evidente. Juan de Solórzano Pereira, un distinguido
jurista
Del Consejo de Indias, realizó este trabajo fundamental en la década de
1630,
Pero hasta 1681 no apareció publicada la gran Recopilación de las Leyes
de In-
Dias, en 4 volúmenes. Las leyes publicadas en aquellos tomos eran más
una guía
De las intenciones de la corona en Madrid que una indicación de lo que
realmen-
Te sucedía en América; pero el mero hecho de su existencia
forzosamente iba a
Influir en los cálculos tanto de los gobernadores como de los
gobernados, a cada
Paso de su vida diaria en las Indias. Cada virrey sabía que sus enemigos
busca-
Rían usar el incumplimiento de alguna ley o real orden como un cargo
contra él.
E igualmente sabía que cada una de sus acciones era observada de
cerca por los uncionarios que estaban encargados de guardar la ley: los
oidores o jueces de la
Audiencia.
Durante el siglo xvi se constituyeron 10 audiencias en el Nuevo Mundo.
En
el virreinato de Nueva España: Santo Domingo (1511), México (1527),
Guate-
mala (1543), Guadalajara (1548). En el virreinato de Perú: Panamá
(1538),
Lima (1543), Santa Fe de Bogotá (1548), Charcas (1559), Quito (1563),
Chile
(1563-1573; fundada de nuevo en 1606). Entre todas ellas, estas
audiencias su-
maban unos 90 cargos en los niveles de presidente, oidores y fiscales.
Los 1.000
hombres que los ocuparon durante los dos siglos de gobierno de los
Austrias
constituyeron la élite de la burocracia de España en América. Los
virreyes iban y
venían, mientras que los oidores no tenían un límite fijado para su
permanencia
en el cargo, lo cual proporcionaba un importante elemento de
continuidad tanto
administrativa como judicial. Al tiempo que se pretendía que las
audiencias fue-
sen los tribunales supremos de justicia en el Nuevo Mundo, buscando la
obser-
vancia de las leyes en las Indias, también adquirieron ciertas
competencias de
gobierno, especialmente gracias a las Leyes Nuevas. En particular, las
audiencias
de México y Lima asumieron las funciones de gobierno en el ínterin entre
la sa-
lida de un virrey y la llegada del siguiente, mientras que los presidentes
de las au-
diencias menores podían actuar como gobernadores y capitanes
generales del
área de jurisdicción de su Audiencia. Sus obligaciones de gobierno, tanto
en su
capacidad directa o consultiva, daban a las audiencias del Nuevo Mundo
un
grado extra de influencia del que no gozaban las originales de la
península,
donde los tribunales estaban reducidos a funciones puramente
judiciales. Al dis-
frutar de comunicación directa con el Consejo de Indias, donde podían
contar
con la atención de sus compañeros letrados, los oidores estaban bien
situados
para hacer llegar hasta el rey las irregularidades de los virreyes.
Sin embargo, los oidores, como los virreyes, eran cuidadosamente
observa-
dos por una corona congénitamente suspicaz de los funcionarios
nombrados por
ella misma. Había normativas estrictas referidas a su estilo de vida y se
hacía
todo lo posible para preservarlos de la contaminación de su entorno. No
podían
casarse con ninguna mujer del área de jurisdicción de su Audiencia, ni
adquirir
tierras o intervenir en el comercio. Este intento de convertirlos en
guardianes
platónicos, juzgando y gobernando sin la distracción de vínculos locales,
estaba
condenado al fracaso, no menos porque sus salarios eran
frecuentemente inade-
cuados. Pero, si la corona estableció un ideal imposible, también es
cierto que no
mostró serias esperanzas de que se realizara. Al contrario, actuó
asumiendo que
los fallos humanos eran endémicos y legisló contra este desgraciado
estado de
cosas asegurando que las actividades de los oidores, como las de todos
sus fun-
cionarios, estarían sujetas a una cuidadosa observación. Por otra parte,
se envia-
ban jueces independientes para efectuar «visitas», o pesquisas, a áreas
concretas
o a actividades de determinados grupos de funcionarios, mientras que
cada fun-
cionario estaba sujeto a una «residencia» al final de su período en el
cargo, que
permitía a partes afectadas presentar cargos y exponer sus casos ante
el juez que
la presidía.
Virreyes, gobernadores y audiencias formaban el nivel superior de la
admi-
nistración secular en las Indias. Las áreas de jurisdicción sobre las que
gober-
naban estaban divididas en unidades más pequeñas, que recibían
diferentes nombres. En Nueva España se conocían bien como alcaldías
mayores o corregi-
mientos, y en el resto de las Indias como corregimientos. Algunos de los
más im- >
portantes alcaldes mayores y corregidores eran nombrados por la
corona, y los
menos importantes por los virreyes. Se les nombraba por un período
limitado y
al menos los más importantes no debían ser terratenientes o
encomenderos loca-
les. Su área de jurisdicción tenía como base una ciudad, pero se
extendía —como
ocurría en la misma Castilla— a la zona rural en torno a ella, de manera
que los
corregimientos eran esencialmente grandes distritos con un centro
urbano.
El énfasis del gobierno local en la ciudad era característico de las Indias
en su
conjunto. Desde el punto de partida de la ley, incluso aquellos colonos
españoles
de las Indias que vivían en el campo existían solamente en relación a su
comuni-
dad urbana. Eran vecinos del asentamiento urbano más próximo, y era
la ciudad
la que definía su relación con el estado. Esto estaba en la línea de las
tradiciones
del mundo mediterráneo; y, a pesar de la creciente importancia de la
gran pro-
piedad en la América española, los asentamientos rurales nunca
alcanzaron la
importancia de que disfrutaron en Brasil, aunque aquí también las
ciudades go-
zaron de una influencia preponderante.
Cada ciudad tenía su propio consejo, o cabildo, una corporación que
regu-
laba la vida de sus habitantes y ejercía la supervisión sobre las
propiedades públi-
cas —las tierras, bosques y pastos comunales y las calles donde
establecerse con
los puestos de las ferias— de las que procedían gran parte de sus
ingresos. Exis-
tían grandes variaciones en la composición y los poderes de los cabildos
a lo
largo de las ciudades de la América española, y la misma institución del
cabildo
cambió durante el curso de los siglos en respuesta a las cambiantes
condiciones
sociales y a los crecientes apuros financieros de la corona.
Esencialmente, de to-
das formas, los cabildos se componían de funcionarios judiciales
(alcaldes, que
eran jueces y presidían el cabildo cuando el corregidor no estaba
presente) y re-
gidores, que eran responsables del aprovisionamiento y la
administración muni-
cipal y representaban a la municipalidad en todas aquellas funciones
ceremonia-
les que ocupaban tan sustancial parte de la vida urbana.
Los cabildos, como se podía esperar del modelo de gobierno municipal
de la
España metropolitana, eran, o se convirtieron pronto, en oligarquías de
los más
prominentes ciudadanos que se perpetuaban a sí mismas. En los años
tempranos
de la conquista, los gobernadores y los capitanes nombraban alcaldes y
regido-
res, algunos de ellos de por vida. Donde había elecciones, el derecho de
elección
tendía a limitarse a los ciudadanos más destacados; y en la medida en
que, desde
los días de Felipe II, la corona recurrió a la venta pública de cargos, así la
ba-
lanza entre funcionarios electos y hereditarios se inclinó hacia estos
últimos, re-
duciendo aún más cualquier elemento «popular» que hubiera existido
original-
mente en la vida municipal. A veces se celebraba un «cabildo abierto»,
el cual
permitía a una más amplia representación de ciudadanos discutir
materias de ur-
gente interés, pero los gobiernos de las ciudades eran con mucho
corporaciones
cerradas que, por su carácter, eran más representativas de los intereses
del patri-
ciado urbano que de la generalidad de los ciudadanos.
Un puesto en un cabildo se hacía apetecible en diferente grado de
acuerdo
con la riqueza de la ciudad, los poderes de sus funcionarios y los
beneficios que
podían esperarse de él. Debe haber habido muchas ciudades como
Popayán, una de las ciudades más típicamente coloniales de la actual
Colombia, donde por lar-
gos períodos los puestos electivos permanecían sin cubrir. Con el
gobernador de
Popayán responsable de las principales funciones de gobierno, los
deberes del
cabildo se reducían sobre todo a elegir oficiales municipales menores.
Los bene-
ficios financieros del oficio eran limitados y las obligaciones,
fundamentalmente
honoríficas, absorbían tiempo.8
Sin embargo, un cabildo no era únicamente una institución de
autogobierno
local y una corporación en la que se resolvían las rivalidades de las
principales
familias. También formaba parte de la más amplia estructura de
autoridad que
alcanzaba por arriba a las audiencias, gobernadores y virreyes, y de allí
al Con-
sejo de Indias en Madrid. Era sólo operando dentro de esta estructura y
recu-
rriendo a los grupos de presión como estos patriciados urbanos podían
esperar
ejercer alguna influencia sobre la acción y los decretos del gobierno, ya
que no
disponían de otras salidas constitucionales. En 1528 la Ciudad de México
pidió,
sin éxito, a Carlos V un voto en las Cortes de Castilla. Después se
efectuaron pe-
riódicas sugerencias ya por la representación de las ciudades de Indias
en las
Cortes castellanas, o por reuniones regionales en las Indias mismas de
represen-
tantes de las principales ciudades. Pero la corona castellana del siglo xvi
se ma-
nifestó firmemente en contra de tales peligrosas tendencias
constitucionalistas.
América había sido conquistada y colonizada en una época en que la
tendencia
en la España metropolitana caminaba hacia el reforzamiento teórico y
práctico
de la soberanía real, y las Indias, como territorio virgen, facilitó
oportunidades
para la afirmación de la presencia del estado hasta un grado que no era
posible
incluso en Castilla, donde el constitucionalismo, aunque mortalmente
herido, no
había expirado todavía.
El poder del estado era mayor en las Indias a causa de la extraordinaria
con-
centración de poder eclesiástico en manos de la corona. Ello derivaba
original-
mente de precedentes ya establecidos en la corona de Granada, junto
con los de-
rechos incorporados a la corona de Castilla por las bulas papales que le
conferían la responsabilidad de la evangelización de las tierras
recientemente
descubiertas. Por una bula de 1486 el papado había concedido a la
corona el
«patronato», o derecho de presentar a todos los obispados y beneficios
eclesiás-
ticos en el reino morisco de Granada, que estaba a punto de ser
reconquistado.
Aunque nada se decía en las bulas de 1493 sobre la presentación, los
Reyes Ca-
tólicos tomaron Granada como modelo y, en 1508, la situación fue
regularizada
cuando Fernando aseguró para los gobernantes de Castilla a perpetuidad
el de-
recho de organizar la iglesia y presentar los beneficios en sus territorios
ultrama-
rinos. Una bula de 1501, ampliada por posteriores de 1510 y 1511, había
otor-
gado a la corona los diezmos recaudados en Indias, de manera que a la
nueva
iglesia se le había asegurado una dotación permanente, obtenida y
administrada
en conformidad con los deseos de la corona.
El efecto del patronato fue el de dar a los monarcas de Castilla en su go-
bierno de las Indias un grado de poder eclesiástico del que no había
precedente
europeo fuera del reino de Granada. Ello permitió al rey aparecer como
el «vicario de Cristo» y disponer los asuntos eclesiásticos en Indias
según su propia
iniciativa, sin interferencia de Roma. Por supuesto, no se permitió a
ningún nun-
cio papal poner los pies en Indias ni tener ninguna comunicación directa
con
ellas, y todos los documentos que fuesen en cualquier dirección entre
Roma y el
Nuevo Mundo necesitaban la aprobación previa del Consejo de Indias
antes de
Permitírseles continuar a su destino. El poder eclesiástico de la corona
en Indias
Era, en efecto, absoluto con derechos teóricos afianzados por un control
total del
Patronazgo.
La Iglesia en Indias fue por naturaleza y origen misional y catequizadora,
un
Hecho que hizo natural el que las órdenes religiosas tomasen la
iniciativa en la ta-
Rea de evangelización. Pero, una vez que los primeros trabajos pioneros
fueron
Cumplidos, los mendicantes, poderosos como eran, encontraron un
desafío a su
Ascendiente en el clero secular con base en las ciudades y que operaba
dentro del
Esquema de una Iglesia institucional por entonces bien establecida. A
fines del
Siglo xvi se permitió a otras órdenes religiosas unirse a las tres
originales de los
Agustinos, franciscanos y dominicos; y los jesuítas, que fundaron su
Provincia de
Paraguay en 1607, iban a jugar un papel especialmente importante en el
trabajo
Misional de las áreas más remotas y las regiones de frontera. La misión
de fron-
Tera llegó a ser una de las instituciones más eficaces de España dentro
de los
Límites del imperio, bien en Paraguay, en el margen oriental de los
Andes, o en
El norte de México. Pero hacia 1574, cuando la Ordenanza del
Patronazgo de la
Corona estableció unos topes al trabajo del clero regular incorporándolo
al con-
Trol episcopal, se hizo claro que, al menos en las áreas urbanizadas, la
heroica
Época misional había llegado oficialmente a su fin.
Los agentes utilizados por la corona para llevar a la Iglesia misional al
redil
Fueron los obispos, una proporción considerable de los cuales,
especialmente en
Las primeras décadas, pertenecieron ellos mismos al clero regular. La
primera
Diócesis del Nuevo Mundo, la de Santo Domingo, fue fundada en 1504;
la pri-
Mera diócesis en el continente, Santa María de la Antigua del Darién
(más tarde
Transferida a Panamá), en 1513. Hacia 1536 había 14 diócesis; en 1546
Santo
Domingo, México y Lima fueron transformados en arzobispados; y hacia
1620
El número total de arzobispados y obispados en la América española era
de 34.
Los ocupantes de aquellas sedes eran de hecho funcionarios reales que,
además
De sus obligaciones espirituales, ejercían una influencia importante,
directa o in-
Directa, en la vida civil. La línea divisoria entre Iglesia y estado en la
América es-
Pañola nunca estuvo demasiado definida, y los conflictos entre obispos y
virreyes
Fueron un rasgo constante en la vida colonial. Es sintomático que Juan
Pérez de
La Serna, arzobispo de México desde 1613 a 1624, entrara en conflicto
primero
Con el marqués de Guadalcázar y, más tarde, con su sucesor, el
marqués de Gel-
Ves, dos virreyes que difícilmente podían haber sido más diferentes en
sus tem-
Peramentos y políticas.
Los obispos, como los letrados que formaban el personal de las
audiencias,
Eran metropolitanos, más que locales, en sus filiaciones, aunque Felipe
III
(1598-1621) reconociera las aspiraciones locales hasta el punto de
nombrar 31
Criollos para obispados americanos. Seleccionando de entre las órdenes
religio-
Sas, también mostró preferencia por los agustinos sobre los franciscanos
y los do-
Minicos. Los últimos, en particular, habían estado muy fuertemente
representa dos a lo largo del siglo xvi: de 159 ocupantes de obispados
en Indias entre 1504
Y 1620, 52 fueron dominicos.9
Esta alta proporción de dominicos, muchos de
Ellos amigos o seguidores de Las Casas, sugiere una determinación por
parte de
La corona en el siglo xvi por reforzar su política proindígena tanto como
fuera
Posible contra las presiones ejercidas por encomenderos y colonos.
Durante un
Tiempo, desde luego, la corona nombró obispos como funcionarios
«protectores
De indios», un experimento que demostró ser insatisfactorio porque,
como Juan
De Zumárraga, primer obispo de México, desgraciadamente descubrió,
las obli-
Gaciones del cargo estaban mal definidas y conducían a conflictos
interminables
De jurisdicción con las autoridades civiles. Pero, si se encontró necesario
transfe-
Rir estas obligaciones a funcionarios civiles, la corona continuó siendo
fuerte-
Mente dependiente del episcopado para supervisar tanto el bienestar
material
Como el progreso espiritual de la comunidad indígena.
En los primeros años del dominio español, los obispos tuvieron en sus
manos
Un importante instrumento de control, sobre los colonos así como sobre
los in-
Dios, en los poderes inquisitoriales con que fueron investidos. Un cierto
número
De desafortunados casos, sin embargo, plantearon la cuestión de si la
Inquisición,
Como un arma para prevenir el judaismo y la herejía, era un medio
apropiado de
Asegurar la ortodoxia de los indios; y en 1571 estos últimos fueron
alejados final-
Mente de toda jurisdicción inquisitorial y colocados bajo el control
directo de los
Obispos a los que concernían las materias de fe y de moral. Al mismo
tiempo, el
Santo Oficio comenzó a establecer sus tribunales en el Nuevo Mundo —
en Lima
(1570), México (1571)yun tercero en Cartagena (1610)— para guardar la
fe y
La moral de la comunidad colonizadora, bien contra la corrupción por
delincuen-
Tes sexuales o contra la contaminación por los numerosos conversos que
habían
Conseguido introducirse en América y por los extranjeros que extendían
sus peli-
Grosas herejías luteranas. Como era normal, esta Inquisición del Nuevo
Mundo,
Secreta, arrogante e implacable, como su original del Viejo Mundo, entró
en
Conflicto no sólo con el clero secular y regular, sino también con el
episcopado.
Como en otros terrenos de la iglesia en América, aquí también había
demasiadas
Organizaciones e intereses en competencia como para que se llegara a
constituir
Una institución monolítica.
Es este carácter fragmentado de la autoridad, tanto en la Iglesia como
en el
Estado, una de las más notables características de la América española
colonial.
Superficialmente, el poder de la corona era absoluto en la Iglesia y el
estado; una
Corriente de órdenes emanaba del Consejo de Indias en Madrid y una
masiva
Burocracia, secular y eclesiástica, se esperaba que las llevara a efecto.
Pero en la
Práctica había tanta disputa por el poder entre los diferentes grupos de
intereses
—entre virreyes y audiencias, virreyes y obispos, clero secular y clero
regular y
Entre los gobernadores y los gobernados— que las leyes mal recibidas,
aunque
Diferentemente consideradas según la fuente de las que procedían, no
eran obe-
Decidas, mientras que la autoridad misma era filtrada, mediatizada y
dispersa.
La presencia del estado, por tanto, aunque completamente penetrante,
no
Era del todo directora. Las seguridades de Madrid se disolvían en las
ambigúeda des de una América donde el «cumplir pero no obedecer»
era un lema aceptado
Y legitimado para no tener en cuenta los deseos de una corona
supuestamente
Mal informada De hecho, la corona estaba extraordinariamente bien
informada,
En el sentido de que una vasta cantidad de información” escrita fluía
atravesando
El Atlántico, una información que frecuentemente, sin duda, llegaba con
el re-
Traso de un año, pero que reflejaba la gama más amplia posible de
puntos de
Vista, desde los del circulo más íntimo del virrey hasta los de la más
humilde co-
Munidad indígena Un sistema en el que se podían utilizar 49 555 hojas
de papel
En el curso de la visita de un único virrey del Perú no es uno del que se
pueda
Decir que sufría de escasez de datos ‘”
Una administración bien informada en sus territorios ultramarinos llegó a
Ser, verdaderamente, casi una meta en sí misma para la corona,
especialmente en
El reinado de Felipe II con sus inclinaciones hacia el gobierno planificado
y orde-
Nado Juan de Ovando, uno de los funcionarios que más fielmente reflejo
el espí-
Ritu del régimen de Felipe II, concluyó después de realizar una visita al
Consejo
De Indias en 1569-1570 que aún necesitaba bastante información sobre
las tie-
Rras que gobernaba y durante su relativamente breve paso por la
Presidencia del
Consejo a principios de la década de 1570 se dispuso a remediar esta
deficiencia
Detallados cuestionarios se enviaron a los funcionarios de Indias sobre la
región
Y las gentes bajo su jurisdicción (un mecanismo que también fue
empleado en
Castilla), y las respuestas, conforme iban llegando, eran cuidadosamente
ordena-
Das y resumidas En 1571 se estableció el cargo de Cronista de las Indias
(cro-
Nista oficial e historiógrafo de Indias), y el primero que lo ocupo, Juan
López de
Velasco, produjo sobre la base de las relaciones enviadas por los
oficiales una
Descripción Universal de las Indias que representa la primera visión
estadística
Comprensiva de las posesiones americanas de España
La profesionahdad por sí misma parece ser siempre un rasgo del
gobierno
Cuando los burócratas toman su control Pero todos los imperialistas
necesitan
Una ideología, bien reconozcan esa necesidad o no Los castellanos del
siglo xvi,
Imbuidos de un profundo sentido de la necesidad de relacionar sus
empresas con
Un fin moral superior, tuvieron que articular una justificación para su
gobierno
En el Nuevo Mundo que situara sus acciones en el contexto de un
objetivo orde-
Nado con criterios divinos La plata de las Indias, que la corona quería
explotar
Al máximo para engrosar sus ingresos, fue considerada como un regalo
de Dios
Que permitiría a los reyes de Castilla cumplir sus obligaciones a escala
mundial
De defender y propagar la fe El imperio, por tanto, fue ratificado ert
función de
Su objetivo, y el imperio en las Indias fue considerado como un encargo
sagrado,
Cuyo carácter fue resumido por el gran jurista del siglo xvn Juan de
Solorzano y
Pereyra en su Política Indiana (1648) Los indios, escribía, «por ser ellos
tan
Bárbaros necesitan de quien, tomando su gobierno, amparo y enseñanza
a su
Cargo, los redujese a vida humana, civil, sociable, y política, para que
con esto se
Hiciesen capaces de poder recibir la Fe y Religión Cristiana» Pero, ¿con
qué derecho podrían los españoles declarar la guerra a los indios,
Sujetarlos a su dominio y reducirlos a una «vida humana, civil, sociable y
polí-
Tica»9
Aunque la cuestión jurídica del derecho de Castilla a someter a los
indios
Podría parecer claramente resuelta por las bulas papales de donación, la
con-
Frontación entre los europeos y los numerosos y muy diversos pueblos
de las In-
Dias provocaron un cúmulo de problemas, tanto morales como jurídicos,
tan
Nuevos y complejos que no era posible resolverlos sumariamente por
medio de
Una plumada papal En principio, la doctrina de compelle eos intrare
—«Anda
Por los caminos y setos, y oblígalos a venir» (San Lucas xiv, 23)— podría
pare-
Cer justificación suficiente para una reducción forzada de los paganos a
la cris-
Tiandad Pero no hacia falta un alto grado de sensibilidad moral para
apreciar
Que había algo de burlesco en el hecho de enfrentarse a los indios,
antes de
Atraerlos a una batalla, con la lectura del «requerimiento», el documento
redac-
Tado en 1513 por el jurista Palacios Rubios, que brevemente exponía la
historia
Del mundo desde Adán y apelaba a los indígenas que lo oían, que no
conocían ni
Una palabra de castellano, a someterse a la autoridad de la iglesia y de
los reyes
De Castilla
El malestar sobre el requerimiento surgió junto con la mas generalizada
Preocupación sobre el mal tratamiento de los indios una vez que se
sometían o
Eran conquistados, hasta el extremo de provocar un intenso y amplio
debate a lo
Largo de la primera mitad del siglo xvi sobre la cuestión de los títulos de
la con-
Quista y el sometimiento de los indios El debate se desarrollo en los
conventos y
Las universidades de Castilla, pero sus repercusiones se sintieron tanto
en la corte
Como en las Indias, gobernadas con una legislación diseñada sobre la
base de los
Argumentos del bando vencedor
A la vista de la vitalidad del pensamiento aristotélico y tomista en la vida
in-
Telectual del siglo xvi español, era inevitable que todas las quejas sobre
el go-
Bierno en Indias fueran sometidas a una crítica escolástica Ya en 1510 el
domi-
Nico escocés John Major había mantenido sobre bases aristotélicas que
la
Infidelidad era una causa insuficiente para privar a comunidades
paganas del de-
Recho de propiedad y jurisdicción, que les pertenecían por ley natural
Esta doc-
Trina aristotélica se encontraba en el corazón de la gran sene de
lecciones, la Re-
Lectio de Indis, pronunciada por el dominico español Francisco de Vitoria
en la
Universidad de Salamanca en 1539 Si la autoridad civil era inherente a
todas las
Comunidades en virtud de la razón y de la ley natural, ni el papa ni el
emperador
Podían reclamar justificadamente el dominio temporal en el mundo
dominando
Y anulando los derechos legítimos de las comunidades no cristianas De
un atre-
Vido golpe, Vitoria había socavado la justificación del gobierno español
en Indias
Sobre la base de la donación papal. Del mismo modo, rechazó los títulos
basados
En los pretendidos derechos de descubrimiento y en el rechazo de los
indígenas a
Aceptar la fe
En estas circunstancias no es sorprendente que una áspera
amonestación se
Dirigiera en noviembre de 1539 contra «aquellos teólogos que han
cuestionado,
Mediante sermones o lecciones, nuestro derecho a las Indias .». Los
argumentos
De Vitoria sólo podían suponer un grave apuro para el emperador en el
mo-
Mento en que otros estados europeos estaban desafiando las
pretensiones de
Castilla al exclusivo dominio americano. Sin embargo, no fue tan lejos
como para dejar a su soberano sin una hoja de higuera con que cubrir su
desnudez. Él
Estaba preparado para admitir que el papa, en virtud de una autoridad
regula-
Dora, podía encargar a un príncipe cristiano la misión de la
evangelización y que
Esta carga involucraba a sus colegas cristianos. Pero ello no implicaba
ninguna
Atadura sobre los indios en sí mismos, y se correspondía con la no
autorización
Para la guerra o conquista. ¿Cómo, entonces, podía justificarse el
dominio espa-
Ñol de las Indias que, después de todo, era ya un hecho consumado? Las
res-
Puestas de Vitoria, aunque razonadas de manera impresionante, no eran
total-
Mente cómodas. Si, como él sostenía, había una ley de las naciones, un
jus
Gentium, que se refería a toda la humanidad, los españoles tenían el
derecho de
Comerciar con los indios y predicarles el evangelio, y los indios estaban
obligados
A recibirlos de manera pacífica. Si no lo hacían así, entonces los
españoles tenían
Una causa justa para la guerra. Mientras que esta doctrina podía quizá
ser justifi-
Cación adecuada para los españoles en sus relaciones con los indios, les
era me-
Nos útil en sus relaciones con otros poderes europeos. Si existía
verdaderamente
Una comunidad mundial en la que todos los pueblos tenían libertad de
movi-
Miento y comercio, no parecía claro por qué a otros europeos, aparte de
los es-
Pañoles, se les prohibiría rigurosamente poner sus pies en las Indias. No
es sor-
Prendente, por tanto, que posteriores apologistas españoles del imperio
Prefirieran volver al argumento del primer descubrimiento, reforzado por
las
Pretensiones de la misión de cristianización y civilización confiada
formalmente
A Castilla.
Los argumentos de Vitoria, como él mismo aceptó, habían sido
desmentidos
Por los hechos desde hacía largo tiempo y permanecieron en un nivel de
abstrac-
Ción teórica que inevitablemente redujo el impacto de su mensaje
radical. Pero
Ilustran la dificultad inherente a la formulación de cualquier teoría
coherente de
Imperio, y sugiere por qué la corona española tendió a caer en una serie
de acti-
Tudes y respuestas más que a proporcionar una ideología de claro corte
imperia-
Lista. En tanto que el dominio de España sobre las Indias estuvo, a todos
los
Efectos, fuera del alcance de cualquier desafío por parte de sus rivales
europeos,
Los hechos hablaron más alto que las palabras, aunque ello no evitó la
aparición
De una clara actitud defensiva frente a la opinión pública internacional;
una acti-
Tud sugerida por la sustitución oficial en 1573 de la palabra «conquista»
por
«pacificación».
Sin embargo, en la más bien dudosa justificación de los títulos
castellanos so-
Bre las Indias elaborada por Vitoria había ciertos argumentos que podían
ser uti-
Lizados por la corona. En particular, él sugirió la idea de un posible
derecho de
Tutela sobre los indios si llegaba a demostrarse que eran seres
irracionales que
Necesitaban ser guiados. Pero, ¿qué tipo de control tutelar habría que
ejercer so-
Bre ellos y, sobre todo, quién debería ejercerlo?
Para Bartolomé de las Casas, empeñado en su amarga campaña contra
los
Malos tratos y la explotación de los indios por los colonos españoles, sólo
podía
Haber una respuesta. La corona, y sólo la corona, tenía jurisdicción sobre
los in-
Dios en virtud de las bulas de 1493. Esta jurisdicción, que estaba unida a
la em-
Presa misionera, no podía ser delegada a otros españoles, ni transferida
por me-
Dio de encomiendas a individuos particulares. Las Casas, de hecho,
estaba
Defendiendo una forma de reino tutelar, que proveyera las condiciones
necesarias para la conversión de los indios, pero que no les privara de
los derechos de
Propiedad y de gobierno por sus propios príncipes, que les pertenecían
en virtud
De la ley natural.12
.En las circunstancias de fines de la década de 1530 y de 1540 tales
argumen-
Tos estaban bien calculados para atraer a la corona. Si el emperador
estaba ocu-
Pado en un frente con el desafío internacional a su gobierno de las
Indias, estaba
Aún más interesado en el desafío interior representado por los
encomenderos
Como una potencial aristocracia feudal con siervos indios. Los colonos
amenaza-
Ban al mismo tiempo su propia autoridad y, con su escandaloso
tratamiento de
Los indios, la misión evangelizadora que era la razón de ser del gobierno
español.
Estaba claro que se estaba abusando cruelmente de los .indios no sólo
por las
Violentas denuncias del mismo Las Casas, sino también por las
continuas cartas
Que llegaban desde las Indias: del arzobispo Zumárraga, del virrey
Mendoza y
Del licenciado Vasco de Quiroga, aquel admirador en el Nuevo Mundo de
sir
Tomás Moro, cuya Utopía le proveyó de un modelo para las comunidades
indí-
Genas que establecería en el Valle de México y cerca del lago de
Pátzcuaro en su
Diócesis de Michoacán.
La agitación acerca del bienestar de los indios estaba alcanzando el
climax
Cuando Carlos V regresó a España después de 2 años de ausencia en
1541.
Junto a los informes sobre las luchas entre pizarristas y almagristas en
Perú,
Aquel problema contribuyó a crear un clima en el que un
replanteamiento radical
De la política real en Indias se convirtió en un asunto de urgencia. Los
consejeros
De Indias, sospechosos de estar pagados por los encomenderos, no
fueron con-
Sultados, y el emperador reunió una junta especial para que le
aconsejase sobre
La cuestión de la encomienda. Fue esta junta la que elaboró las Leyes
Nuevas de
20 de noviembre de 1542, leyes que, si se hubieran implantado, habrían
reali-
Zado los ideales de Las Casas aboliendo todas las formas de servicio
personal y
Transformando a los indios de encomienda en vasallos directos de la
corona.
La explosiva reacción de los colonos del Nuevo Mundo forzóuna retirada
Del emperador. Pero la campaña contra las Leyes Nuevas no estaba
declarada
Sólo en las Indias mismas, sino también en la corte, donde el grupo de
presión de
Los encomenderos trabajaba duro para sobornar e influir en los
consejeros reales,
Y donde Cortés y sus amigos organizaron una fuerte oposición al grupo
de Las
Casas. Sin embargo, ellos necesitaban un publicista eficaz y lo
encontraron en el
Gran estudioso aristotélico Juan Ginés de Sepúlveda, cuyo Democrates
Alter, es-
Crito en 1544-1545, circuló manuscrito por los consejos, aunque no llegó
a con-
Seguir un permiso de publicación. En su tratado, Sepúlveda planteaba la
cues-
Tión que era fundamental para todo el problema del gobierno de
América: la de
La capacidad racional de los indios. John Major había mantenido en 1510
que vi-
Vían como bestias y que, consecuentemente, de acuerdo con los
principios aristo-
Télicos, su inferioridad natural los condenaba a la servidumbre. Fue esta
línea de
Razonamiento la que continuó Sepúlveda, aunque con una dificultad
mayor que
El pensador escocés, porque el descubrimiento de las civilizaciones
mexicana y
Andina había revelado la existencia de pueblos con una capacidad de
organiza ción social y política impresionante, incluso a los ojos de los
europeos. No obs-
Tante, Sepulveda, a una distancia suficiente en Castilla, hizo todo lo que
pudo
Para no dejarse impresionar. Estaba claro que los indios eran gente
naturalmente
Inferior a los españoles y como tales estaban correctamente sujetos al
régimen
Español.
Sepulveda no argumentaba en favor de la esclavitud de los indios, sino
por
Una forma de estricto control paternalista de sus propios intereses. Era
un ar-
Gumento en favor del tutelaje, ejercido, sin embargo, por los
encomenderos y
No por la corona. El Democrates Alter defendía, de hecho, el gobierno de
una
Aristocracia natural emanada de la comunidad de colonos y que, como
tal, sería
Antitética a las autoridades reales. Igualmente era un anatema para Las
Casas,
Quien se apresuró a regresar a España desde su diócesis mexicana de
Chiapas
En 1547, en un desesperado intento de apuntalar la política
antiencomendero
Que veía arruinarse a su alrededor. En abril de 1550, la corona respondió
a la
Tormenta de protestas desencadenada por Las Casas y sus compañeros
de or-
Den, suspendiendo temporalmente todas las expediciones de conquista
al
Nuevo Mundo, y convocando una reunión especial de teólogos y
consejeros
Para considerar la cuestión de la conquista y la conversión de los indios
en su
Conjunto. En el gran debate que tuvo lugar en Valladolid en agosto de
1550
Entre Las Casas y Sepulveda, el obispo de Chiapas, de 76 años, se
embarcó en
Una lectura pública de 5 días de su nuevo tratado En defensa de los
indios, en
El curso del cual refutaba la teoría de Sepulveda de la misión civilizadora
de
España.13
Aunque el debate Sepúlveda-Las Casas tenía que ver superficialmente
con la
Justicia de la conquista militar, lo que reflejaba realmente eran dos
visiones fun-
Damentalmente opuestas de los pueblos nativos de América. Dentro del
es-
Quema aristotélico en el que el debate se desarrolló, la prueba de
«bestialidad» o
«barbarismo» serviría como justificación para la subordinación de los
indios a
Los españoles y esto fue lo que hizo tan importante para Las Casas el
probar que
Los indios no eran ni bestias ni bárbaros. Pero, a pesar de la violencia del
desa-
Cuerdo, existía una cierta irrealidad en relación con ello, en el sentido de
que Las
Casas, incluso aunque cuestionó los beneficios recibidos por los indios
de los es-
Pañoles, no dudó realmente de la misión de España en Indias. En lo que
discre-
Paba de Sepulveda era en el deseo de que la misión se llevara a cabo
por medios
Pacíficos y no de manera coercitiva, y por la corona y los misioneros y no
por los
Colonos.
Los miembros de la junta se encontraban divididos, lo cual no era
sorpren-
Dente: los juristas aparentemente apoyaban a Sepulveda y los teólogos
lo hacían
Con Las Casas. Este último podría decirse que «ganó» en el sentido de
que la
Prohibición de publicar Democrates Alter se mantuvo. Las rigurosas
nuevas con-
Diciones contenidas en las ordenanzas de 1573 de Felipe II para los
procedi-
Mientos a seguir en las futuras conquistas en las Indias, pueden ser
consideradas
También como una expresión de la determinación de la corona de
impedir la re-
Petición de las atrocidades que el obispo de Chiapas había venido
condenando
Reiteradamente. Pero la época de la conquista, incluso bajo el
eufemismo de pacificación, había tocado a su fin en el momento en que
las ordenanzas fueron pu-
Blicadas; y Las Casas perdió la batalla que más había deseado ganar, la
batalla
De rescatar a los indios de las garras de los españoles.
Sin embargo, consiguió otra victoria más ambigua, ésta en el tribunal de
la
Opinión pública internacional. La «leyenda negra» de la brutalidad de los
espa-
Ñoles era anterior a Las Casas, como también lo era, al menos de alguna
forma, a
Cualquier preocupación europea sobre las noticias procedentes de
América. Pero
La devastadora denuncia de Las Casas de la conducta de sus
compatriotas en
Breve relación de la destrucción de las Indias, publicada por primera vez
en Es-
Paña en 1552, iba a suponer, junto con la Historia del Nuevo Mundo de
Giro-
Lamo Benzoni (Venecia, 1565), una reserva de historias de horror que
los enemi-
Gos europeos de España explotarían en su beneficio. Las traducciones
francesa y
Holandesa aparecieron en 1579 y la primera edición inglesa, en 1583,
cuando el
Antagonismo entre la España de Felipe II y los protestantes del norte
alcanzaba
Su climax. Los espeluznantes grabados de Theodore de Bry reforzaron la
palabra
Escrita con imágenes visuales de las atrocidades españolas contra indios
inocen-
Tes, lo cual imprimió un crudo estereotipo del régimen imperial español
en las
Mentes de generaciones de europeos.
Inevitablemente, el ataque a la acción de España en Indias provocó una
lite-
Ratura apologética en respuesta y ayudó a crear aquella sensación de
España
Como una fortaleza sitiada defendiendo los valores cristianos que se
convirtió en
Un elemento importante de la conciencia nacional castellana. Medido
por la le-
Gislación surgida de las discusiones del Consejo de Indias, el saldo del
siglo xvi
De España en América resultó notablemente iluminado. Se hicieron
enormes es-
Fuerzos para proteger a los indios de las más groseras formas de
explotación y
Hubo un auténtico, aunque erróneo, intento por parte de la corona y de
la Iglesia
De introducir a los habitantes de las Indias en lo que se asumió
automáticamente
Como un modo de vida más elevacjo. Pero la distancia entre la intención
y la
Práctica era con demasiada frecuencia desesperadamente grande. Las
aspiracio-
Nes metropolitanas, derivadas de diferentes grupos de intereses,
tendían a ser
Muy frecuentemente incompatibles entre sí; y una y otra vez las mejores
inten-
Ciones naufragaban en las rocas de las realidades coloniales.
LAS REALIDADES COLONIALES –
Cuando el primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, entregó el
Gobierno a su sucesor, don Luis de Velasco, en 1550, dejó clara la
existencia de
Una incompatibilidad fundamental entre el deseo de la corona de
proteger a los
Indios y el de incrementar sus ingresos en las Indias. La corona estaba
interesada
En proteger la llamada «república de los indios», amenazada por las
depredacio-
Nes de colonos sin escrúpulos que sacaban ventaja de la inocencia de
los indios y
De su ignorancia de los métodos europeos. Por otra parte, la perenne
escasez de
Dinero de la corona naturalmente la condujo a aumentar al máximo sus
ingresos
De las Indias por cualquier medio a su alcance. El grueso de aquellas
rentas se
Derivaba directamente de los indios en forma de tributo, o
indirectamente en
Forma de trabajo que producía bienes y servicios que dejaban un
dividendo a la corona En un momento en que el tamaño de la población
indígena se reducía
de forma catastrófica, el mero intento de conservar las tasas de tributos
en los ni-
veles del período inmediato posterior a la conquista significaba una
manera de
incrementar la dureza sobre las comunidades indígenas, cuando al
mismo tiempo
se producía también una disminución de la fuerza de trabajo disponible
para su
distribución Cualquier pretensión, por tanto, de aumentar la contnbución
indí-
gena sólo podía quebrar aún más la «república de los indios» que
parecía clara-
mente condenada a la destrucción como resultado del impacto de la
conquista y
de la caída de la población
El pago del tributo, en producto o dinero, o en una combinación de los
dos,
fue obligatorio para los indios bajo la administración española desde la
conquista
hasta su abolición durante las guerras de independencia a comienzos
del siglo
xix Pagado bien a la corona o bien a los encomenderos, el tributo
ocupaba un
lugar central en la vida indígena como una imposición ineludible,
severamente
discriminatoria puesto que a ella sólo estaban sujetos los indios. En la
década de
1550 en Nueva España el tributo tuvo que ser retasado a la vista de la
evidente
incapacidad de las menguadas comunidades indígenas para pagar sus
cuotas, y el
mismo proceso tuvo lugar en Perú durante el virreinato de don Francisco
de To-
ledo (1568-1580), aquel austero servidor de un austero real señor. Todos
los no-
bles indígenas, al margen de los caciques y sus hijos pnmogénitos,
perdieron por
entonces la exención fiscal y lo mismo ocurrió con otros grupos infenores
en la
escala social, que por una u otra razón habían escapado al tnbuto El
resultado
inevitable de esto fue acelerar el proceso de homogeneización que ya se
había
iniciado en las comunidades indígenas, y socavar aún mas su ya
debilitada es-
tructura
14
La organización de la recaudación del tributo se dejó en manos de un
nuevo
grupo de funcionarios, los corregidores de indios, que comenzaron a
hacer su
aparición en las áreas más densamente pobladas de la América
española desde la
década de 1560 Estos corregidores de indios, con nombramiento sólo
por dos o
tres años, fueron designados como respuesta de la corona a los
encomenderos
Ya fueran peninsulares, salidos del círculo de personas que cada virrey
traía con-
sigo de España, o criollos sin tierras o encomiendas de su propiedad, se
esperaba
que funcionaran como agentes de confianza de la corona en una medida
en que
los encomenderos, con un interés directo en los indios bajo su cargo,
nunca pu-
dieran serlo. Sin embargo, los nuevos corregimientos comenzaron a
mostrar mu-
chos de los defectos de las viejas encomiendas junto a otros propios,
aparecidos
con la nueva institución. Las obligaciones del corregidor de indios
incluían no
sólo la recaudación del tributo, sino también la administración de justicia
y la or-
ganización del abastecimiento de mano de obra para obras públicas y
particula-
res Dependiendo de un pequeño salario extraído del tributo indígena,
normal-
mente el corregidor usaba su corta permanencia en el cargo para
obtener el
máximo del enorme poder con que había sido investido. Poco podía
hacerse
para impedirle que hiciera sus propias extorsiones pavadas, puesto que
el orga-
nizaba el tributo y desviaba parte de la fuerza de trabajo hacia empresas
de beneficio personal. Donde el encomendero había confiado en las
autondades tradi-
cionales indígenas para hacerse obedecer, el corregidor, que vivía como
un señor
entre sus indios, disponía de su pequeño ejercito de funcionarios cuyas
activida-
des recortaban’y reducían aún más la influencia de los caciques sobre su
pueblo.
Por esto, los mismos funcionarios que se pretendía que cuidaran de los
inte-
Reses de la «república de los indios» se encontraban entre sus más
peligrosos
Enemigos Pero es el funcionamiento del sistema de mano de obra bajo
supervi-
Sión de los corregidores lo que más nítidamente revela las
contradicciones inhe-
Rentes a la política indígena de la corona En teoría los indios vivían de
manera
Segregada en el mundo colonial A los españoles, excepto los
funcionarios reales,
No se les permitía vivir entre ellos y, a su vez, a los indígenas no se les
permitía
Residir en las ciudades de españoles, salvo que lo hicieran en barrios
especial-
Mente reservados Pero, al tiempo que se realizaban enérgicos intentos
para con-
Finarlos en un mundo propio, eran inexorablemente incorporados a un
sistema
De trabajo y a una economía monetaria europeos Esta era una
consecuencia na-
Tural de la abolición del sistema de trabajo personal a los encomenderos
en
1549. Con la esclavitud prohibida y la encomienda de servicios que
tendía a ser
Reemplazada por la encomienda de tributo, se hacía necesario diseñar
métodos
Alternativos para movilizar la fuerza de trabajo indígena Los virreyes de
la se-
Gunda mitad del siglo xvi estimularon hasta donde fueron capaces un
sistema de
Trabajo asalariado, pero con la población indígena disminuyendo
rápidamente
Tuvieron que recurrir a la coerción para salvar del colapso la frágil vida
econó-
Mica^ de las Indias. La mano de obra forzada no significaba nada nuevo
ni en
México ni en Perú, había existido antes de la conquista y después de
ella, pero
Fue reorganizada en la década de 1S70 sobre una base sistemática,
aunque con
Variaciones regionales inspiradas en anteriores prácticas Los
trabajadores indios
Reclutados eran arrancados cruelmente de sus comunidades y
trasladados a los
Campos, a las obras públicas o a los obrajes para la producción de ropa
de lana y
Algodón y, sobre todo, a las minas La corona hizo esfuerzos a comienzos
del si-
Glo XVII legislando contra los peores abusos de este sistema de trabajo,
aunque
Sin mucho éxito. El que el despliegue de la mano de obra fuera
controlado más
Estrechamente fue facilitado por la vasta reorganización de la
decreciente pobla-
Ción indígena que había tenido lugar, tanto en Nueva España como en
Perú, du-
Rante la segunda mitad del siglo xvi y la primera decada del xvn Bajo la
llamada
Política de las «congregaciones» y «reducciones», los indios dispersos
por las
Áreas rurales habían sido concentrados en asentamientos donde podían
ser mas
Fácilmente controlados y cristianizados
Hacia comienzos del siglo xvn el viejo estilo de la «república de los
indios»,
Basado en estructuras heredadas del período anterior a la conquista, se
hallaba
En un estado de avanzada desintegración y el supuesto que había regido
la polí-
Tica de la corona en relación con los indios en las pnmeras décadas de la
con-
Quista —el de que el viejo orden indígena podía ser preservado sin
cambios im-
Portantes— había perdido toda su vigencia. Las presiones para
incorporar a los
Indios a la vida y la economía de la nueva sociedad colonial —incluso
intentando
Aún mantenerlos a distancia de los activos colonos del Nuevo Mundo, de
los
Mestizos y de los mulatos— eran sencillamente demasiado poderosas
como para
Poderlas resistir. Los indios que se trasladaban a las ciudades para
convertirse en criados y empleados de los españoles eran gradualmente
asimilados e hispaniza-
Dos. Fuera de las ciudades de los españoles, sin embargo, un mundo
nuevo es-
Taba en proceso de formación. Paradójicamente, el establecimiento del
nuevo
Corregimiento de indios y de las reducciones dio nueva vitalidad a la
«república
De los indios», aunque se trataba ahora de una república de un estilo
muy dife-
Rente a la del período inmediatamente posterior a la conquista. Los
indios con-
Gregados en asentamientos asimilaron, de hecho, ciertos elementos del
cristia-
Nismo; se apropiaron de técnicas europeas, de plantas y animales y
entraron en
La economía monetaria del mundo que les rodeaba. Al mismo tiempo,
conserva-
Ron muchas de sus características originales, de modo que continuaron
siendo
Comunidades genuinamente indígenas, organizando sus propias vidas
bajo la su-
Pervisión de los funcionarios reales, pero en gran parte mantuvieron la
autono-
Mía de sus instituciones municipales. Las municipalidades indias de
mayor éxito
Desarrollaron sus propias formas de resistencia contra las intrusiones del
exterior.
Las «cajas de comunidad» les permitían crear reservas financieras para
afrontar su
Tributo y otras obligaciones. Aprendieron cómo asegurar sus tierras con
títulos le-
Gales y cómo emplear las técnicas para solicitar y presionar que eran
esenciales
Para la supervivencia política en el mundo hispánico. Como resultado,
estas comu-
Nidades indígenas, que se consolidaron a sí mismas durante el siglo xvn,
llegaron a
Actuar como protección contra el lazo asfixiante de la gran propiedad o
de la ha-
Cienda, que se estrechó en torno a ellas sin llegar a asfixiarlas.
El desarrollo separado de la «república de los indios», que servía a las
nece-
Sidades de la república de los españoles sin formar parte de ella,
implicaba el de-
Sarrollo en la América española de dos mundos, indígena y europeo,
unidos en-
Tre sí en numerosos puntos, pero manteniendo sus identidades
diferentes. Entre
Ellos, sin pertenecer por completo ni a uno ni a otro, estaban los
mestizos, cre-
Ciendo rápidamente en número y adquiriendo durante el siglo xvn
característi-
Cas de casta. Pero, inevitablemente, en esta sociedad tripartita que se
encontraba
En proceso de constitución era la república de los españoles la que
dominaba.
Dentro de la comunidad hispánica, la corona, aunque había triunfado
sobre
Los encomenderos, fue incapaz de impedir el establecimiento de lo que
era en la
Práctica, aunque no de nombre, una nobleza indiana. Esta nobleza se
diferen-
Ciaba en cuestiones importantes de la de la España metropolitana.
Mientras que
En Castilla la sociedad estaba dividida en pecheros y aquellos que, en
virtud de
Su status noble, estaban exentos de impuestos, toda la población
hispánica en las
Indias estaba exenta del pago de impuestos y, por tanto, permanecía en
una rela-
Ción aristocrática con la población india que pagaba tributo.
Consecuentemente,
La élite entre los criollos1S
—aquellos españoles de sangre nacidos en Indias— no se distinguía por
ningún especial privilegio fiscal. Tampoco tenía, a diferencia de
Su equivalente metropolitana, derechos de jurisdicción sobre vasallos
desde el
Momento en que su intento de transformar las encomiendas en feudos
había fra-
Casado. Igualmente le faltaba cualquier sustancial diferenciación titular.
La co-
Rona era extremadamente ahorrativa en títulos para los criollos; y en
1575 supri-
Mió para los encomenderos ciertos privilegios honoríficos asociados con
el status
De hidalgo en Castilla, aunque en 1630, bajo la presión de las
necesidades fisca-
Les, cambió su política y autorizó a los virreyes a poner a la venta
privilegios de
Hidalguía en las Indias. De manera similar, aquel otro gaje de muchos
nobles es-
Pañoles e hidalgos, su pertenencia a una de las grandes órdenes
militares de San-
Tiago, Calatrava o Alcántara, fue bastante inaccesible a los
conquistadores y a los
Colonos de la primera generación. Sólo 16 de ellos llegaron a ser
miembros de
Estas órdenes durante el siglo xvi. En este sentido, sin embargo,
también se pro-
Dujo un cambio importante durante el siglo xvii cuando a 420 criollos se
les con-
Cedió el ingreso en alguna de dichas órdenes.
La mayor inclinación de la corona a responder en el siglo xvii más que
en el
Xvi a las impacientes demandas de honores por los criollos fue un reflejo
obvio
De sus acuciantes problemas financieros que, en un ámbito tras otro, la
hicieron
Sacrificar lo que una vez fueron políticas tenazmente mantenidas, en
búsqueda
Del beneficio fiscal inmediato. Pero también reflejaba cambios sociales
en el
Mismo Nuevo Mundo, conforme la élite criolla se fue consolidando a
pesar de la
Poca disposición de la corona a concederle su reconocimiento formal.
Hacia finales del siglo xvi esta élite tenía una composición mixta, basada
en
La vieja colonización, la nueva riqueza y conexiones de influencias. Los
conquis-
Tadores —la aristocracia natural de las Indias— parece que tuvieron
sorprenden-
Temente poco éxito en resolver el primer desafío que afrontan todas las
aristocra-
Cias, el establecimiento de una sucesión dinástica. En 1604 Baltasar
Dorantes de
Carranza decía que había sólo 934 descendientes vivos de los 1.326
conquista-
Dores de México; e incluso si hubiera omitido algunos nombres, está
claro que
Los conquistadores, al menos en lo que se refiere a hijos legítimos,
habían sido un
Grupo de hombres demográficamente desafortunados. De aquellos que
sobrepa-
Saron el azar demográfico, muchos cayeron en el siguiente obstáculo.
Fue sólo
Un muy pequeño grupo de entre los conquistadores, salido sobre todo
de los ca-
Pitanes y los hombres a caballo, el que adquirió riquezas y encomiendas
impor-
Tantes. Éstos vivían en las mayores ciudades, como México o Puebla,
mientras
Que sus antiguos compañeros, muchos caídos en los momentos difíciles,
llevarían
Vidas oscuras en pequeños asentamientos lejanos de los centros
urbanos.
A este pequeño grupo de conquistadores con éxito se unió un cierto
número
De colonos tempranos que, por una u otra razón, prosperaron en su
nuevo am-
Biente. Era una ventaja importante, por ejemplo, tener parientes
influyentes en
La corte, como les sucedía a las familias Ruiz de la Mota, Altamirano y
Cervantes
Casaus en Nueva España, así como tener acceso a fuentes de
patronazgo. Fun-
Cionarios reales, y especialmente de la Real Hacienda, con grandes
sumas de di-
Nero al menos temporalmente a su disposición, como Alonso de Estrada,
Ro-
Drigo de Albornoz y Juan Alonso de Sosa, casaron a sus familias con
aquellas de
Los más prominentes colonos de la Nueva España. Y lo mismo hicieron
los
Miembros de cada nuevo séquito virreinal y los jueces de las audiencias,
a pesar de los intentos de la corona de mantenerlos aislados. El virrey
saliente de Nueva
España en 1590, por ejemplo, informaba a su sucesor que el fiscal de la
Audien-
Cia de Guadalajara había casado a su hija sin recibir la licencia real, y
que la Au-
Diencia se había volcado en su defensa cuando se intentó privarle de su
cargo.16
Conforme avanzaba el siglo este núcleo de familias dirigentes asimiló
nuevos
Elementos, especialmente de entre aquellos que habían hecho fortuna
en la mi-
Nería. Alianzas matrimoniales cuidadosamente planeadas, en las que las
ricas
Viudas de los encomenderos jugaban un papel decisivo, produjeron una
red de
Familias interconectadas que recurrieron al sistema castellano del
mayorazgo,
Para impedir una disgregación de la fortuna familiar.
Inevitablemente, la consolidación de las oligarquías locales demostró ser
más
Fácil en ciertas áreas de Indias que en otras. Dependía mucho de la
posibilidad
Biológica de supervivencia de la familia y del grado de riqueza
disponible en el
Área. En un centro provinciano como Popayán, donde las encomiendas
eran po-
Bres, las familias terratenientes locales fracasaron en su intento de
establecer ma-
Yorazgos y se produjo un rápido cambio en el patriciado urbano;
aparentemente
Sólo una de sus veinte familias principales a fines del siglo xvn procedía
por línea
Masculina de la primera generación de colonizadores. En otras partes,
sin em-
Bargo, y especialmente en los virreinatos de Nueva España y Perú, un
grupo de
Familias destacadas, beneficiándose de estrechas asociaciones tanto con
la admi-
Nistración virreinal como con influyentes figuras en la España
metropolitana,
Consiguieron construir una base formidable de poder en sus respectivas
regiones.
El proceso por el cual esto se llevó a cabo aún espera ser reconstruido
en de-
Talle; pero por lo que respecta a Nueva España, los virreinatos de los dos
don
Luis de Velasco, padre e hijo, parecen haber sido períodos cruciales. El
segundo
Don Luis tuvo una fuerte vinculación criolla, viviendo en México como
niño y jo-
Ven durante el mandato de su padre de 1550 a 1564. En una merecida
carrera,
Él mismo llegó a ser virrey, entre 1590-1595, y de nuevo entre 1607-
1611, vol-
Viendo entonces a España donde, con el título de conde de Salinas, fue
presi-
Dente del Consejo de Indias hasta 1617, año de su muerte. Esta larga y
estrecha
Conexión de los Velasco con la élite criolla parece haberles
proporcionado am-
Plias oportunidades de obtener privilegios lucrativos y de consolidar su
control
De importantes cargos no reservados a españoles. Los vínculos con
funcionarios
Importantes podían influir en pleitos sobre asuntos de trascendencia,
especial-
Mente en pleitos por el control de la mercancía más preciada en un país
seco, el
Abastecimiento de agua. La propiedad de tierras de regadío en zonas
bien elegi-
Das proporcionaba a los miembros de la élite el monopolio de la
provisión de
Granos a las ciudades, donde ellos y sus parientes ocupaban
regimientos y alcal-
Días y usaban su influencia para controlar el mundo de la política local.
Inevitablemente, los lazos de parentesco e intereses que unían a esta
cre-
Ciente oligarquía criolla con sectores de la administración virreinal, así
como con
Nobles y altos funcionarios de la España metropolitana, hacían
potencialmente
Difícil para Madrid sacar adelante cualquier política consistente que
tendiera a
Entrar en conflicto con los deseos de la oligarquía. El reforzamiento de
las oli-
Garquías indianas coincidió, por otra parte, con el debilitamiento del
gobierno central en Madrid que siguió a la muerte de Felipe 11 en 1598;
y este debilita-
Miento, a su vez, dio nuevos ímpetus a la consolidación del poder de
aquellas
Oligarquías que ya estaba teniendo lugar como resultado de las
condiciones loca-
Les. Para las Indias, como para la misma España, el reinado de Felipe III
(1598-
1621) fue un período en que la visión del último monarca de una
sociedad justa
Gobernada por un soberano fiel a los intereses de la comunidad en su
conjunto
Fue empañada por el éxito de determinados grupos de intereses en
asegurar sus
Posiciones aventajadas de poder. A este respecto, el virreinato mexicano
del
Marqués de Guadalcázar (1612-1621) fue característico del reinado. El
go-
Bierno fue laxo, la corrupción creciente y la colaboración entre los
funcionarios
Reales y un puñado de familias dirigentes condujo al continuo
enriquecimiento
De unos pocos privilegiados.
Una vez que las oligarquías estuvieron establecidas en las Indias,
práctica-
Mente fue imposible que perdieran su posición. Hubo un intento
abortado de
Conseguirlo en Nueva España al comienzo del reinado de Felipe IV, en
1621,
Por un celoso virrey, el marqués de Gelves, que fue enviado desde
España con la
Específica misión de reformar el sistema. En un corto período tras su
llegada a la
Ciudad de México, Gelves consiguió enfrentarse con casi todos los
sectores in-
Fluyentes de la comunidad virreinal. Ello era en parte el resultado de su
inepti-
Tud, pero reflejaba también la fuerza de los intereses creados que se
sentían ame-
Nazados por sus proyectos reformadores. Durante el ínterin entre la
salida de
Guadalcázar y la llegada de Gelves, el gobierno había sido ejercido por
la Au-
Diencia bajo la presidencia del doctor Vergara Gaviria. Los jueces,
habiendo dis-
Frutado el placer del poder, se mostraron renuentes a abandonarlo.
Estaban tam-
Bién profundamente vinculados con los terratenientes locales que
controlaban el
Abastecimiento de grano a la Ciudad de México y que habían forzado la
subida
Del precio del maíz y el trigo hasta niveles artificiales. En un intento de
hacer
Descender los precios, Gelves ineludiblemente se enfrentó a algunos de
los secto-
Res más poderosos del virreinato, incluyendo la Audiencia de Vergara
Gaviria.
Al mismo tiempo, Gelves entró con pie firme en un mundo en el que
hasta los
Ángeles temían pisar —el de las capas altas de la iglesia mexicana—,
ganándose
También la enemistad de un sector tras otro, incluyendo a Juan Pérez de
la Serna,
El arzobispo de México. Por otra parte, hizo frente a la comunidad
mercantil y al
«consulado» de mercaderes de la Ciudad de México, intentando poner
freno al
Comercio de contrabando y obtener un crédito forzoso. Existía siempre
una
Aguda escasez de capital líquido en el virreinato, cuya economía
dependía del
Fluido funcionamiento de un sistema de crédito extraordinariamente
elaborado.
Al desafiar a los mercaderes y al insistir en que los oficiales reales
ingresaran en
La Hacienda directamente el dinero de los impuestos y tributos, en lugar
de rete-
Nerlo por un tiempo para usarlo en operaciones a interés, socavó el
sistema de
Crédito del que dependía la economía minera de México y hundió al
virreinato
En una crisis económica.17
No es, por lo tanto, sorprendente que el conflicto personal entre el virrey
y el
Arzobispo se incrementara hasta una confrontación a gran escala entre
Gelves por una parte y por la otra una alianza de funcionarios reales,
alto clero y oligar-
cas locales, cuyas propias rivalidades fueron de repente absorbidas por
su furia
común contra las actividades de un reformador ultraceloso. El 15 de
enero de
1624, después de días de creciente tensión en la Ciudad de México, la
multitud
manipulada por los antigelvistas atacó el palacio virreinal y obligó al
desafortu-
nado Gelves a huir buscando refugio en un convento franciscano. La
Audiencia
se hizo cargo del gobierno; Madrid envió un nuevo virrey; y aunque, para
salvar
las apariencias, Gelves fue restaurado en su cargo ceremoniosamente
por un día
después de la llegada de su sucesor, nada podía alterar el hecho de que
un virrey
había sido expulsado de su puesto por una poderosa combinación de
fuerzas lo-
cales determinadas a contradecir la política que había sido instruida
desde Ma-
drid.
Aunque se produjo otra revuelta en la Ciudad de México en 1692, provo-
cada por escaseces temporales de trigo y maíz, los tumultos mexicanos
de 1624
representaron un desafío más dramático a la autoridad de la corona en
Indias
que cualquier otro que tuviera que afrontar durante el siglo xvn. Pero, si
en
otros momentos y en otras partes el drama fue menos espectacular, de
hecho ac-
tuaban las mismas fuerzas subyacentes. Las oligarquías estaban en
proceso de
consolidarse a sí mismas a todo lo largo de la geografía indiana, en las
áreas más
desarrolladas así como en las regiones de frontera, y estaban generando
formas
eficaces de resistencia a las directrices de un distante gobierno real. El
creciente
poder y la confianza en sí mismas de estas oligarquías fue uno de los
más impor-
tantes —aunque no fácilmente documentado— elementos de cambio en
lo que
fue en realidad una situación en constante transformación. En efecto, la
relación
entre España y las Indias nunca fue estática, desde el momento original
de la
conquista hasta la desaparición de los Austrias españoles a la muerte de
Carlos II
en 1700. Cada sector de la relación tenía su propia dinámica interna,
que al
mismo tiempo afectaba y era afectada por los acontecimientos que
sucedían en
el otro. Y la relación tampoco existía en un vacío. Por el contrario, tenía
lugar
dentro de un esquema más amplio de intereses y rivalidades
internacionales, del
que no podían distanciarse por un momento ni las aspiraciones de la
metrópoli
ni las realidades de la vida en el Nuevo Mundo.
LA TRANSFORMACIÓN DE LA RELACIÓN ENTRE ESPAÑA Y LAS INDIAS
Carlos V, tras renunciar a sus títulos terrenales, murió en su retiro
español de
Yuste en 1558. Al dividir su herencia entre su hermano Fernando, quien
le suce-
dió en el título imperial y las tierras alemanas de los Austrias, y su hijo,
Felipe, a
quien dejó España, la Italia española, los Países Bajos y las Indias, estaba
de he-
cho reconociendo el fracaso del gran experimento imperial que había
dominado
la historia de Europa durante la primera mitad del siglo. Al fin había sido
derro-
tado por la multiplicidad de desafíos a los que tuvo que hacer frente: el
auge del
luteranismO en Alemania, la rivalidad de Francia, la perenne amenaza
de los tur-
cos en Europa central y el Mediterráneo y, además, por la escala de la
empresa
en que se había embarcado. Las distancias eran demasiado largas, los
ingresos
nunca lo eran suficiente; y cuando la corona española incumplió sus
obligaciones con los banqueros en 1557, la bancarrota lo fue de todo el
sistema imperial que
había comprometido desesperadamente su crédito.
La herencia de Felipe II era, al menos en teoría, más manejable que la de
su
padre, aunque los Países Bajos estaban tomando rápidamente la
apariencia de
una expuesta avanzada en la Europa del norte, cada vez más atraída por
las doc-
trinas de Lutero y Calvino. Al comienzo del reinado de Felipe la
necesidad más
apremiante era la de atrincherarse durante un período en España, donde
Castilla
mostraba la tensión de sus pesadas contribuciones a las finanzas del
emperador.
Al dejar los Países Bajos por España en 1559, Felipe II estaba
reconociendo las
realidades cotidianas: que España iba a ser el corazón de sus dominios,
como lo
era, dentro de España, Castilla.
En un reinado de aproximadamente 40 años, Felipe II consiguió imponer
el
sello de su propio carácter al gobierno de la monarquía española. Una
profunda
preocupación por preservar el orden y mantener la justicia; una
concepción aus-
tera de las obligaciones de la monarquía, que entendía como una forma
de escla-
vitud; una profunda desconfianza en sus propios ministros y
funcionarios, de los
que sospechaba, normalmente con buena razón, que anteponían sus
propios in-
tereses a los de la corona; una determinación a estar completamente
informado
sobre cualquier problema imaginable, y una tendencia paralela a
perderse en mi-
nucias; y una actitud de indecisión congénita que imponía aún mayores
retrasos
a una maquinaria administrativa naturalmente lenta: estos iban a ser los
rasgos
fundamentales del régimen de Felipe II. El nuevo rey dio a sus dominios
un go-
bierno firme, aunque la eficacia de las órdenes y los decretos que salían
de Ma-
drid y El Escorial disminuía inevitablemente con la distancia y se
embotaba con
la oposición de los intereses locales en competencia. El monarca tuvo
éxito tam-
bién en salvar a sus dominios de la herejía, con la excepción de los
Países Bajos,
donde la revuelta estalló en 1566. Al mundo, y con mucho, su poder y
autoridad
le parecían impresionantes, especialmente después de haber
completado la unifi-
cación de la península Ibérica en 1580 asegurando su propia sucesión al
trono de
Portugal. Pero frente a estos logros, deben colocarse las tensiones
impuestas a la
monarquía, y especialmente a Castilla, por la guerra que apenas remitía.
Las esperanzas de paz que acompañaron a la vuelta de Felipe II a la
penín-
sula en 1559 se quebraron al reavivarse el conflicto con los turcos en el
Medite-
rráneo. La década de 1560 resultó ser difícil y peligrosa conforme
España con-
centraba sus recursos en el frente mediterráneo, para encontrarse
envuelta
simultáneamente en el norte de Europa en la revuelta de los Países
Bajos. Des-
pués de la gran victoria naval de España y sus aliados en Lepanto, en
1571, la
guerra contra el Islam se aproximaba a las tablas, pero un nuevo frente
de batalla
se abría en el norte de Europa al encontrarse España desafiada por las
fuerzas
del protestantismo internacional. Durante los años 1580 la lucha de las
provin-
cias del norte de los Países Bajos por conservar su libertad de España se
amplió
a un vasto conflicto internacional, en el que España, al proclamarse a sí
misma
defensora de la causa católica, intentó contener y derrotar a los
protestantes del
norte: los holandeses, los hugonotes y los ingleses isabelinos.
Era inevitable que esta lucha septentrional se extendiera a las aguas del
At-
lántico, porque era aquí donde España parecía más vulnerable a sus
enemigos y
donde podían obtenerse las grandes presas. Mientras que el imperio de
Carlos V había sido universal, al menos a los ojos de sus apologistas,
había sido siempre
en esencia un imperio europeo, aunque con una extensión americana de
cre-
ciente importancia. La monarquía española heredada por su hijo iba, en
con-
traste, a desarrollar las características de un imperio genuinamente
trasatlántico,
en el sentido de que el poder y las riquezas de la España de Felipe II
estaban di-
rectamente vinculados a la relación entre la metrópoli y sus posesiones
trasatlán-
ticas. Durante la segunda mitad del siglo xvi el control del imperio
ultramarino
llegó a ser determinante en las relaciones de poder dentro de Europa, y
así lo en-
tendieron los enemigos de Felipe II al considerar las ventajas sin par que
recibía
de su dominio de las Indias. Conforme la interdependencia de España y
las In-
dias llegó a ser más importante, la determinación de los europeos del
norte a de-
safiar el monopolio ibérico del Nuevo Mundo aumentó, y a su vez, tal
desafío
tuvo sus propias consecuencias para el carácter de la conexión
hispanoameri-
cana.
España y Europa vieron a las Indias como un imperio de plata. Antes del
Descubrimiento de México, las exportaciones de dinero desde las Indias
eran ex
Clusivamente de oro, pero en la década de 1520 hizo su aparición la
plata. La
Producción de plata americana en las dos siguientes décadas fue todavía
pe-
Queña en relación con la europea: las minas de plata en las tierras
patrimoniales
De los Habsburgo produjeron casi cuatro veces más que las de las Indias
entre
1521 y 1544. A fines de la década de 1540 y en la de 1550, sin
embargo, estas
Proporciones se invirtieron como consecuencia del descubrimiento y
temprana
Explotación de los ricos yacimientos de plata de México y Perú. La gran
mon-
Taña de plata de Potosí, en Perú, fue descubierta en 1545. Al año
siguiente se
Encontraron también grandes yacimientos en Zacatecas, en el norte de
México, y
Aún mayores en el sur, en Guanajuato. Tras la introducción en México, a
media-
Dos de la década de 1550, y en Perú, hacia 1570, del sistema de la
amalgama
Para refinar la plata con azogue, enormes incrementos en la producción
llevaron
A un extraordinario aumento de las exportaciones de plata a Europa.
La vida económica y financiera de España, y a través de ella, de Europa,
se
Hizo fuertemente dependiente de la llegada regular de las flotas de
Indias, con
Sus nuevos cargamentos de plata. Una vez que la plata llegaba a Sevilla
y era re-
Gistrada en la Casa de Contratación, se destinaba a diversos objetivos.
La cuota
Del rey, unos dos quintos del total de los envíos, procedente de la quinta
parte
Que le correspondía de toda la producción y del resultado de todos los
impuestos
Recaudados en Indias, se destinaba a sus compromisos internos e
internacionales,
Con los que siempre cumplía con retraso.
La contribución de las Indias a la Hacienda real era menos espectacular
de lo
Que las preocupaciones de la época pudieran sugerir. Un miembro del
Parla-
Mento inglés en los años 1620 sólo repetía un lugar común cuando se
refería a
Las minas del rey de España en Indias, «que proporcionan combustible
para ali-
Mentar su vasto y ambicioso deseo de una monarquía universal».18
En realidad,
Los ingresos americanos de la corona, aunque eran 4 veces más en los
años 1590 que en los de 1560, representaban sólo aproximadamente el
20 por 100 de sus
Ingresos totales a finales del reinado de Felipe II. Pero este 20 por 100
era, de
Hecho, crucial para las grandes empresas de los últimos años del
monarca: la lu-
Cha para suprimir la revuelta de los Países Bajos, la guerra naval contra
la Ingla-
Terra de Isabel y la intervención en Francia. Era precisamente porque
consistía
En capital líquido en forma de plata, y era objeto por tanto de fuerte
demanda
Por los banqueros, por lo que formaba una parte tan atractiva de sus
ingresos.
Era sobre la base del reforzamiento de los envíos de plata desde
América como
El rey podía negociar con sus banqueros alemanes y genoveses aquellos
grandes
«asientos», o contratos, que mantenían a sus ejércitos pagados y
ayudaban a pa-
Sar los períodos difíciles antes de que una nueva ronda de impuestos
volviera a
Llenar las arcas reales.
El resto de la plata que llegaba a Sevilla pertenecía a propietarios
individua-
Les. Parte de ella consistía en envíos de colonos a amigos y familiares.
Otra parte
Era traída por indianos que regresaban, aquellos que habían hecho
fortuna en In-
Dias y volvían para llevar una vida de ostentación en la patria. Pero una
gran
Proporción adoptaba la forma de pagos por mercancías que habían sido
embar-
Cadas en anteriores flotas a los importantes puertos americanos de
Veracruz,
Cartagena y Nombre de Dios. En la medida en que dichas mercancías
fueran de
Origen español, los pagos tendrían un destino español. Pero como la
misma Es-
Paña se mostró cada vez más incapaz de afrontar las necesidades de un
mercado
Americano en alza, los extranjeros aumentaron su participación en el
comercio
De Sevilla, y mucha de la plata pasaba automáticamente a las manos de
estos co-
Merciantes y productores no españoles. Tanto a través de la
participación ex
Tranjera en el comercio trasatlántico como del mecanismo de los
asientos, la
Plata «española» se dispersaba por Europa, de forma que cualquier
fluctuación
Importante en las remesas de Indias tenía amplias repercusiones
internacionales.
Los tiempos de largueza, o dinero fácil, en Sevilla lo eran de confianza
interna-
Cional en los negocios, pero cuando los sevillanos estornudaban, Europa
occi-
Dental temblaba.
La segunda mitad del siglo xvi, aunque comenzó con una recesión
(1555-
1559) y fue marcada por años de desgracia, fue en general un período
largo de
Expansión en el comercio con Indias. Desde los primeros años de la
década de
1590 a los de 1620, aunque el comercio no continuó en expansión,
permaneció
En un alto nivel de actividad, pero desde la década de 1620 tanto el
volumen
Como el valor del comercio comenzaron a descender de manera
pronunciada.
Hacia 1650 la gran época del comercio atlántico sevillano había
terminado, y
Conforme Cádiz comenzó a sustituir a Sevilla como la salida de Europa
hacia
América, y cada vez más los barcos extranjeros incursionaban en las
aguas hispa-
Noamericana comenzaron a organizarse nuevas pautas de comercio
trasatlántico.
Dentro de los límites fluctuantes del comercio oceánico, las relaciones
eco-
Nómicas de España con sus posesiones americanas sufrieron
importantes cam-
Bios. En la primera mitad del siglo xvi las economías de Castilla y de las
comuni-
Dades de colonos que se extendían por el Nuevo Mundo eran
razonablemente
Complementarias. Castilla y Andalucía eran capaces de abastecer a los
colonos
Con productos agrícolas —aceite, vino y granos— que necesitaban
abundante-
Mente y, al mismo tiempo, la demanda creciente en Indias servía como
estímulo a ciertas industrias castellanas, sobre todo la textil. Sin
embargo, hacia la década
De 1540 comenzaban a surgir problemas. En Castilla aumentaban las
quejas so-
Bre el alto precio de las manufacturas del reino, particularmente los
paños, y
Aparecía una tendencia a culpar de ello a las exportaciones a Indias. En
1548 y
De nuevo en 1552, las Cortes de Castilla urgieron a la corona a prohibir
la ex
Portación a América de paños de fabricación propia. La corona resistió
con
Éxito la presión de las Cortes para excluir a los textiles de Castilla de sus
propios
Mercados ultramarinos, pero resulta claro que el contacto con América,
aunque
Inicialmente actuó como animador de ciertos sectores de la industria
castellana,
También creó problemas a los que la relativamente simple economía
castellana
Tuvo dificultades en dar una respuesta.
No era sólo una cuestión de la capacidad de la industria castellana para
au-
Mentar el abastecimiento de una creciente demanda americana, sino
también de
Cómo producir, tanto para el mercado doméstico como para el
americano, a
Unos precios internacionalmente competitivos. Los altos precios que
eran el ori-
Gen de ruidosas quejas entre los consumidores castellanos a mediados
del siglo
Xvi no lo eran sólo en relación a los precios de Castilla a comienzos del
siglo,
Sino también en relación con los de las importaciones extranjeras. No
hay una
Única explicación de la incapacidad de las manufacturas castellanas
para ser
Competitivas internacionalmente, pero un lugar central se debe otorgar
al influjo
De los metales preciosos de América en una economía sedienta de
circulante, un
Influjo cuyos efectos se sintieron primero en Castilla y Andalucía antes
de exten-
Derse por toda Europa en una especie de efecto de onda. Fue, de hecho,
un es-
Pañol, Martín de Azpilcueta Navarro, quien primeramente relacionó con
clari-
Dad, en 1556, el alto coste de la vida con la llegada de metal precioso
desde las
Indias: «se vee que en Francia, do ay menos dinero que en España,
valen mucho
Menos el pan, vino, paños, manos, y trabajo; y aun en España, el tiempo,
que
Avia menos dinero, por mucho menos se davan las cosas vendibles, las
manos y
Trabajos de los hombres, que después que las Indias descubiertas le
cubrieron de
Oro y plata».19
La inflación de los precios que minó la competitividad internacional de
Es-
Paña fue un perturbador contrapeso para la cara positiva del imperio:
para la
Manifiesta prosperidad de la creciente ciudad de Sevilla y los ingresos en
alza de
La corona. Los logros del imperio, sin embargo, fueron más fácilmente
observa-
Bles que sus desventajas, y la apariencia de prosperidad ayudó a ocultar
las nega-
Tivas consecuencias que para Castilla tuvieron los grandes cambios que
estaban
Ocurriendo en el sistema del comercio trasatlántico, durante la segunda
mitad del
Siglo xvi. Hasta el período 1570-1580 los productos agrícolas de Castilla
y An-
Dalucía constituyeron las exportaciones dominantes desde Sevilla; pero
con-
Forme las Indias comenzaron a desarrollar su producción ganadera y a
cultivar
Cada vez más su propio trigo, la demanda de producción española
comenzó a de-
Caer. Su lugar en los cargamentos fue ocupado por bienes
manufacturados que
Encontraron una pronta salida. Algunas de las manufacturas eran de
origen pe-
Ninsular, pero alrededor de 1580 los artículos extranjeros parece que
tomaron la delantera sobre los castellanos en los fletes, una clara
indicación de la incapaci-
Dad de la industria castellana para adaptarse a las nuevas y más
sofisticadas exi-
Gencias del mercado indiano. Había una creciente demanda entre los
colonos de
Artículos de lujo europeos de cierto tipo que España no producía, así
como de
Sedas y tejidos de alta calidad, según las Indias iban desarrollando su
propia pro-
Ducción de textiles baratos.
En los años posteriores a 1567, cuando los lazos comerciales se
establecieron
Por primera vez entre México y Filipinas, los mercaderes de Perú y Nueva
Es-
Paña encontraron cada vez más ventajoso mirar al lejano Oriente, más
que a la
España metropolitana, para abastecerse de textiles de alta calidad. El
rápido cre-
Cimiento del comercio oriental, de textiles, porcelana y otros productos
de lujo
De la China, supuso una desviación traspacífica, vía Acapulco y Manila,
de gran-
Des cantidades de plata americana que de otra manera habría tenido un
destino
Trasatlántico. En 1597, por ejemplo, el volumen de la plata enviada
desde
México a Filipinas excedió del valor del comercio trasatlántico mexicano
de
Aquel año. Los intentos de la corona para restringir el comercio de
Filipinas a un
Galeón al año con destino a Manila y a impedir la reexportación de
productos
Chinos de México a Perú, prohibiendo en 1631 todo comercio entre los
dos vi-
Rreinatos, dio lugar a un contrabando en gran escala: las Indias no
podían ence-
Rrarse indefinidamente en un sistema exclusivamente hispánico
diseñado básica-
Mente para satisfacer los deseos de los mercaderes sevillanos.
Si las economías de Castilla-Andalucía y las Indias se complementaron
razo-
Nablemente bien hasta aproximadamente los años 1570, en adelante se
produjo
Una divergencia que ninguna cantidad de legislación proteccionista
podía evitar
Por completo. Simplemente las Indias tenían ya menos necesidad
económica de
La que una vez tuvieron de la España metropolitana; pero España, por
otra
Parte, tenía una gran y creciente necesidad de las Indias. Como si se
tratara de
Una adicción, se había hecho peligrosamente dependiente de las
inyecciones re-
Gulares de plata americana para mantener el estilo de vida expansivo,
acostum-
Brada al cual había crecido.
Cuando la plata no pudo obtenerse en la forma de pago por productos
caste-
Llanos, hubo que conseguirla por otros medios: a través de la
manipulación de las
Tasas de aduanas, de la introducción de determinados tipos de
impuestos y del
Recurso de toda una variedad de mecanismos fiscales. La población
blanca de las
Indias no estaba sujeta a impuestos directos; sin embargo, el impuesto
castellano
Sobre las ventas, la alcabala, fue introducida en Nueva España en 1574
a una
Tasa del 2 por 100, y en Perú en 1591. Desde las últimas décadas del
siglo xvi in-
Tentó aumentar igualmente sus ingresos americanos vendiendo tierras,
o los títu-
Los de las tierras que ya habían sido ocupadas ilegalmente, una forma
de venta
Conocida como composición de tierras. Por otra parte, conseguía dinero
de la le-
Gitimación de los mestizos, de donaciones «voluntarias» y de los
monopolios. Y
Tuvo que recurrir a una práctica que iba a tener importantes
repercusiones socia-
Les y administrativas: la venta de oficios, que producía un ingreso anual
de
38.000 ducados (el salario anual de un virrey de México era de 20.000
ducados,
Y el de uno del Perú de 30.000). Mientras se trató de oficios
administrativos me-
Nores o notariales, la práctica no ocasionó gran daño, aunque no se
puede decir
Lo mismo de la venta de los regimientos en las ciudades, que aceleró el
proceso por el que el poder municipal se concentró en manos de
cerradas oligarquías.
Pero ello también implicó la innecesaria multiplicación de los cargos,
creándose
Un gran número de nuevos puestos, especialmente en el siglo xvn, en
respuesta
Más a las necesidades del gobierno que a las de los gobernados. El
resultado fue
El surgimiento de una enorme y parásita burocracia, que consideraba
sus oficios
Como una inversión rentable. La presencia de otra capa más de
intermediarios
Con sus propios intereses que proteger sólo sirvió para embarazar aún
más la
Aplicación de las órdenes llegadas desde Madrid.
La combinación de un aumento en la producción de las minas con estos
nue-
Vos mecanismos para extraer dinero de la población colonizadora
produjo un
Gran incremento en los ingresos americanos de la corona en los últimos
años de
Felipe II. Si la corona recibía una media de 1 millón de ducados al año de
las In-
Dias en la década de 1570, la cifra se estabilizó en 2,5 millones en la de
1590. El
Incremento, sin embargo, no bastó para salvar a la corona —que ya
había incum-
Plido con sus deudas en 1575— de otra bancarrota en 1596. Los gastos
absor-
Bieron absolutamente los ingresos de Felipe II, comprometido como
estaba con
Las enormes empresas militares y navales de los últimos años de su
reinado.
Para estas empresas se necesitaban cada vez mayores cantidades de
plata de
Las Indias. Pero el hecho de que Felipe II estuviera involucrado en el
norte de
Europa tuvo también el efecto paradójico de mantener la plata en Indias,
plata
Con la que pagar su defensa contra los ataques de sus enemigos del
norte. El
Contrabando y la piratería habían formado parte siempre de la vida
trasatlántica,
Desde que se estableció la navegación regular entre España y las Indias;
y la cap-
Tura por un corsario francés, en 1523, cerca de las Azores, de parte del
botín
Mexicano enviado a la península por Cortés no fue nada más que un
ejemplo,
Anormalmente espectacular, de los peligros a los que la «carrera de
Indias» es-
Taba cada vez más expuesta.20
Los barcos que salían de Sevilla comenzaron a na-
Vegar en convoyes desde la década de ,1520, y desde los años 1560 se
estableció
Un sistema regular de flotas. Este sistema, aunque caro, justificaba el
desem-
Bolso. Durante siglo y medio las flotas del tesoro sólo fueron víctimas de
ataques
Enemigos en tres ocasiones: en 1628, cuando el almirante holandés Piet
Heyn
Capturó la flota en la bahía de Matanzas, cerca de Cuba, y en 1656 y
1657
Cuando el almirante Blake la atacó una vez en aguas españolas y otra
vez en las
Proximidades de Canarias.
La defensa de las flotas demostró ser más factible que la defensa de las
Indias
Mismas. El área para ser defendida era sencillamente demasiado
extensa y esca-
Samente habitada por españoles. Conforme los enemigos europeos de
España
Identificaron la plata de las Indias como la fuente del poder español,
creció su
Deseo de cortar los vitales lazos trasatlánticos y de establecer sus
propias colonias
En el Caribe y en la tierra firme americana. Una posible respuesta de los
españo-
Les era fundar nuevos asentamientos en regiones que fueran
vulnerables a los
Ataques. Fue el intento de los hugonotes, en 1562, de fundar una colonia
en Flo-
Rida lo que hizo apresurarse a España a fundar su propio asentamiento
permanente en San Agustín en 1565. Pero esta política no podía
aplicarse uniforme-
Mente: cada nueva avanzada planteaba sus propios problemas de
abastecimiento
Y defensa, y sus aislados defensores tenían muchas posibilidades de
terminar,
Acuciados por las necesidades de supervivencia, realizando contrabando
con los
Mismos extranjeros cuyas incursiones se suponía que deberían impedir.
El fracaso de John Hawkins en San Juan de Ulua en 1568 mostró que,
como
La potencia colonial que era, España gozaba de muy considerables
ventajas en las
Aguas americanas contra las expediciones organizadas por sus rivales
europeos.
Pero, según se fue desarrollando la ofensiva protestante y, primero los
ingleses y
Después los holandeses, en el siglo xvii, fijaron su atención en las Indias,
un im-
Perio español excesivamente extenso comenzó a tomar cada vez más
conciencia
De su vulnerabilidad. Fue el ataque al Caribe de Drake, en 1585-1586, el
que
Obligó a los españoles a organizar un plan de defensa de las Indias sobre
una
Base sistemática. En 1586, Felipe II envió al ingeniero italiano Juan
Bautista An-
Toneli a revisar las defensas del Caribe. A la luz de su informe, se
construyeron
Elaboradas fortificaciones para la protección de los principales puertos:
La Ha-
Bana, San Juan de Ulúa, Puerto Rico, Portobelo y Cartagena. La eficacia
del
Nuevo sistema de defensa quedó demostrada con la derrota de la
expedición de
Hawkins-Drake en 1595, pero el coste de la construcción y el
mantenimiento de
Las fortificaciones inevitablemente impusieron una carga muy pesada
sobre los
Ingresos reales en las Indias.
El acceso de Felipe II al trono de Portugal en 1580 representó
inicialmente
Un incremento de la potencia española. Le proporcionó una flota
adicional; una
Nueva costa atlántica, con un puerto de primera categoría en Lisboa; y
un nuevo
Vasto dominio en Brasil. Pero ello fue seguido de la incursión por vez
primera de
Los holandeses en aguas sudamericanas, actuando como transporte de
los portu-
Gueses; y desde finales del siglo xvi los cargadores holandeses
comenzaron a
Mostrar un malsano interés tanto en el comercio de Brasil como en el del
Caribe,
Adonde se dirigían en busca de sal. La tregua de los doce años de 1609-
1621 en-
Tre España y las Provincias Unidas tuvo escaso impacto sobre el nuevo
interés de
Los holandeses por las posibilidades de América. Su infiltración en el
comercio
De Brasil continuó; y en 1615 una expedición holandesa, siguiendo la
ruta de
Drake a través del estrecho de Magallanes, subió por la costa del
Pacífico ca-
Mino de las Molucas. La aparición de los holandeses en las aguas
españolas del
Pacífico mostró que una enorme y desprotegida línea de costa no iba a
estar en
Adelante libre de ataques. Hubo que construir fortificaciones en
Acapulco, y el
Príncipe de Esquiladle, virrey del Perú entre 1614 y 1621, se embarcó en
un
Costoso programa de defensa costera, demasiado costoso en un
momento en que
España comenzaba a estar seriamente preocupada por la deteriorada
posición de
Los Austrias en la Europa central.
En 1617 y 1618 el Consejo de Hacienda de España se quejaba
amargamente
Del descenso de los fondos de la corona en las remesas de plata indiana
y cul-
Paba de ello a la retención de grandes cantidades por los virreyes de
México y
Perú. Mucho de este dinero se estaba usando para mejorar las defensas
contra
Los ataques de los corsarios, y Perú tuvo también que cargar con el peso
adicio-
Nal de destinar 212.000 ducados cada año a la interminable guerra
contra los in-
Dios araucanos de Chile. Las cifras de las remesas a Sevilla daban origen
a las quejas de los ministros Mientras que Felipe II recibía dos millones y
medio de
Ducados al año en la década de 1590, las cifras de los últimos años de
Felipe III
Apenas alcanzaban el millón y, en 1620, cayeron a solo 800 000
ducados21
Los costes de la defensa imperial, por tanto, estaban subiendo en una
época
En que los ingresos de la corona procedentes de las Indias mermaban, y
cuando
El comercio de Sevilla, en el que España estaba participando cada vez
menos,
Comenzaba a mostrar signos de estancamiento Consecuentemente, los
inicios
Del siglo xvn aparecen como un período crítico en las relaciones entre
España y
Las Indias Los tranquilos días de la plata fácil estaban terminándose, y
en Casti-
Lla surgía una creciente preocupación mas por los costes del imperio
que por sus
Beneficios En la medida en que los castellanos durante el reinado de
Felipe III
Iniciaron un gran debate acerca de lo que estaban comenzando a
percibir como
La decadencia de su país, no es sorprendente que se llegara a poner en
cuestión el
Papel de las Indias Después de todo, 6que beneficios reportaban las
Indias a
Castilla9
Para Martín González de Cellongo, que escribía en 1600, las conse-
Cuencias sicológicas del imperio habían sido desastrosas para sus
habitantes,
Creando falsas ilusiones de prosperidad y persuadiéndoles a abandonar
trabajos
Que los habrían hecho más neos que todos los tesoros de las Indias
22
En un momento en que la riqueza de los estados era medida cada vez
más
Por el numero de sus habitantes, surgía igualmente una preocupación
creciente-
Por las consecuencias demográficas que tenía para Castilla la
emigración a In-
Dias El mexicano Rodngo de Vivero y Velasco, que escribía a comienzos
de la
Década de 1630 con conocimiento de primera mano de las condiciones
a ambos
Lados del Atlántico, era uno de los muchos españoles del siglo xvn que
lamenta-
Ban la alta tasa de emigración a las Indias «Al passo que oy se camina
España
Quedará sin gente y las Yndias podrían correr riesgo de perderse pues
se les ba
Dando mucho mas de lo que cómodamente cabe ni combiene en ellas»
23
Vivero
Describía el gran número de pasajeros, que hacían la travesía sin
licencia, com-
Prando sus pasajes a los capitanes de los barcos en Sanlúcar, Cádiz o
Sevilla, con
Tanta naturalidad como si estuvieran comprando pan o carne Esta
corriente, de
Emigrantes, quizás a una media de 4.000 al año a lo largo del siglo xvn,
ayudó a
Crear en las Indias una población flotante sin ocupación que constituía
una
Fuente constante de preocupación para las autoridades Pero desde el
lado espa-
Ñol del Atlántico el problema parecía incluso más seno, porque las
Indias, en lu-
Gar de producir tesoros para Castilla, le estaban extrayendo la sangre
El sentido de desilusión sobre el valor de las Indias marcaba un profundo
Contraste con la idea del siglo xvi de que la conquista de America era
una señal
Especial del favor de Dios hacia Castilla El grado en que habían
cambiado las
Actitudes puede medirse por el hecho de que, en 1631, el principal
ministro de la corona, el conde-duque de Olivares (cuyas posesiones
familiares en Andalucía
Exportaban vino a las Indias), se preguntaba en voz alta en una reunión
del Con-
Sejo de Estado si las grandes conquistas no «han puesto esta monarquía
en tan
Miserable estado que se puede decir con gran fundamento que fuera
más pode-
Rosa si tuviera menos aquel nuevo mundo»
24
Una afirmación como ésta, incluso
Hecha en un momento pasajero de exasperación, sugiere una especie
de distan-
Ciamiento emocional que puede en sí mismo haber jugado un papel en
el cambio
De las relaciones entre España y las Indias en el xvn A ambos lados del
Atlán-
Tico surgían fuerzas que tiraban en sentido opuesto, un primer
debilitamiento de
Los lazos de natural afinidad entre la metrópoli y sus dominios
ultramannos
Y Castilla nunca necesito tanto a las Indias como tras la llegada de Felipe
IV
Al trono en 1621, cuando expiró la tregua con los Países Bajos y España
se en-
Contró una vez más sola con la carga de los enormes y pesados
compromisos eu-
Ropeos La nueva intervención de España en un conflicto que amenazaba
con
Extenderse por toda Europa la iba a obligar a incrementar su
dependencia de las
Posesiones americanas Amenazada con el colapso de la economía
castellana
Bajo presiones fiscales de guerra, el régimen del conde-duque de
Olivares (1621-
1643) se dispuso a explotar y movilizar los recursos de los diferentes
estados y
Provincias de la monarquía española, incluyendo los virreinatos El
desastroso
Gobierno de Gelves en México constituyó el primer intento de invertir la
tenden-
Cia de los decrecientes ingresos. Esfuerzos comparables se realizaron
también
Para aumentar las rentas de la corona en Perú En 1626 Olivares puso en
mar-
Cha un elaborado sistema para compartir los gastos de la defensa
Conocido
Como la Unión de Armas, según este sistema cada parte de la
monarquía garan-
Tizaría la contribución de un determinado número de soldados de paga
durante
Un período de quince años Se acordó en Madrid que no era práctico
solicitar
Soldados de las Indias y, en su lugar, el Consejo de Indias propuso en
1627 que
El Perú efectuara una contribución anual de 350.000 ducados y la Nueva
España
De 250 000, dinero que se dedicaría a la organización de una escuadra
naval
Para la protección de la navegación atlántica
La introducción de la Unión de Armas en Indias demostró ser casi tan
difícil
Como lo fvie en la España metropolitana, donde Portugal y los reinos de
la co-
Rona de Aragón se mostraron más conscientes de los costes que de los
beneficios
Del sistema El conde de Chinchón, nombrado virrey del Perú en 1627
con el en-
Cargo de introducir la Union, encontró buenas razones para incumplirlo,
y no
Fue hasta 1636 cuando el proyecto comenzó a funcionar doblando las
alcabalas
Del 2 al 4 por 100 y con comparables aumentos en las tasas de aduanas
En
Nueva España se subieron también las alcabalas al 4 por 100 con el
mismo pro-
Posito en 1639, esta vez para financiar un proyecto que había sido
discutido du-
Rante largo tiempo en España y en las Indias la creación de una flota
especial, la
Armada de Barlovento, para vigilar las rutas del Caribe
Las decadas de 1620 y 1630 pueden considerarse, por tanto, como un
Periodo de nueva e intensificada fiscalización en las Indias, lo mismo que
en Es-
Paña y en sus territorios europeos Impuestos aumentados, donaciones y
presta mos forzosos, y la venta de derechos, privilegios y cargos,
pueden considerarse
como los rasgos más destacados de los años de Olivares a ambos lados
del At-
lántico, cuando el gobierno de Madrid luchaba por sostener su
gigantesco es-
fuerzo militar y por salvar-a Castilla del colapso. Se apelaba a las Indias
para so-
portar los gastos de su propia defensa, mientras simultáneamente
también se
esperaba que contribuyeran, y cada vez más, a la Hacienda Real.
Pero ¿hasta dónde eran capaces los territorios americanos en estos años
de
responder a las crecientes demandas de Madrid? Al menos para Nueva
España,
existen claras indicaciones de que la década de 1620 fue una época de
dificulta-
des económicas. En parte esto fue el resultado de los duros esfuerzos de
reforma
de Gelves, con su desastroso impacto sobre la confianza y el crédito.
Pero fue
también una época de condiciones climáticas inusualmente malas,
reflejadas en
una serie de malas cosechas, alta mortalidad en el ganado y, en 1629,
una desas-
trosa inundación en la Ciudad de México causada por el desbordamiento
de las
aguas del lago Texcoco. Los propietarios de minas, por su parte,
informaban del
aumento en los problemas de la producción, con escasez en el
abastecimiento de
mano de obra y el agotamiento de vetas que anteriormente habían sido
ricas. Por
otro lado, las minas de Zacatecas, que respondían de hasta un tercio del
total de
la producción de plata mexicana en este período, continuaron
produciendo con
altos rendimientos hasta mediados de la década de 1630, cuando
comenzaron
una época de declive que duró 30 años. En las minas de plata de Potosí,
en Perú,
la producción, aunque nunca alcanzó las cotas logradas a fines del siglo
xvi, se
mantuvo razonablemente alta hasta los años 1650, ayudada en parte
por la dis-
posición de Madrid de dar prioridad a Perú sobre Nueva España en la
asigna-
ción de las exportaciones de azogue europeo que ayudaba a cubrir el
déficit de
abastecimiento local desde las minas de Huancavelica.
Mantener las minas en producción, sin embargo, era una operación alta-
mente costosa. Esto era en parte a causa de que la mano de obra era
escasa en
muchas regiones mineras y porque yacimientos fácilmente accesibles,
que habían
tenido un alto rendimiento durante el siglo xvi, se encontraban ahora
próximos
a agotarse. Pero ello reflejaba también el descenso del valor de la plata
misma en
Europa, donde su abundancia había hecho bajar el valor de un peso de
plata con
relación al oro. En España, la relación legal oro-plata, que había
permanecido
en 10,11 al a comienzos del siglo xvi, se desplazó hasta 15,45 a 1 hacia
media-
dos del siglo xvii ,
25
Las economías mineras del Nuevo Mundo, por tanto, eran
menos remunerativas para los productores que en años anteriores; y
mientras
que la vida económica de Perú y Nueva España se diversificaba durante
el siglo
xvn con el desarrollo de la agricultura y la industria locales, la fase de
transición
por la que estaban pasando los dos virreinatos los hacía altamente
vulnerables al
tipo de fiscalismo arbitrario al que se encontraron sujetos en los años de
Oliva blemente la confianza, sacando circulante de regiones donde ya
normalmente
era escaso y arruinando el sistema de crédito con el que se realizaban
las transac-
ciones locales y trasatlánticas. En estas circunstancias, no es extraño
que los
mercaderes de Indias, viendo su plata sujeta a la apropiación por la
corona, bien
allí o a su llegada a Sevilla, mostraran una creciente falta de disposición
a expo-
nerla a los azares de cruzar el Atlántico. Como resultado, el delicado
mecanismo
de la carrera de Indias, el vínculo marítimo entre España y el Nuevo
Mundo, co-
menzaba a aproximarse a una ruptura en la década de 1630. Si seguían
llegando
sumas sustanciales para la corona a Sevilla, sin embargo los particulares
se re-
traían ahora y consecuentemente había menos dinero disponible en la
ciudad
para invertir en la siguiente flota. En 1640, el año fatal para España
cuando Ca-
taluña y Portugal se rebelaron contra el gobierno de Madrid, no llegó
flota con
metales a Sevilla. Las excesivas demandas fiscales de la corona habían
llevado al
sistema trasatlántico al punto del colapso.
Durante aquellas décadas centrales del siglo, desde los años 1630 a los
1650,
Parecía efectivamente como si la monarquía española estuviera al borde
de la
Desintegración. La monarquía era tan extensa, sus líneas de
comunicación tan
Frágiles, sus limitados recursos estaban expuestos a una presión tan
intensa como
Consecuencia de la tensión de la guerra que se estaba librando
simultáneamente
En varios frentes, que había razones para temer que una parte tras otra
se fueran
Desgajando o que sucumbieran a los ataques de los enemigos. Aunque,
bajo Fe-
Lipe II, el conflicto internacional se había extendido a las aguas del
Atlántico,
América había permanecido al margen de la lucha. Sin embargo, bajo su
nieto
Las rivalidades europeas adquirieron una dimensión global, en la que el
Nuevo
Mundo se encontró en la línea frontal de ataque. Los asentamientos
ingleses en
América del Norte en los años que siguieron a la paz anglo-española de
1604
Habían mostrado que las esperanzas de mantener un monopolio ibérico
en Amé-
Rica eran ilusorias; pero fue la agresividad de los holandeses en los años
siguien-
Tes al fin de la tregua de los doce años en 1621 la que reveló la
verdadera escala
Del problema de la defensa que ahora tenía que encarar Madrid.
En 1624 una expedición organizada por la recientemente fundada
Compañía
Holandesa de las Indias Occidentales tomó Bahía, en Brasil. Otra
expedición
Conjunta hispano-portuguesa desalojó a los holandeses al año siguiente,
pero ello
Representó un gran esfuerzo para la maquinaria de guerra española,
difícil de re-
Petir en una época en que los recursos estaban fuertemente
comprometidos en
Europa. En 1630 ios holandeses lanzaron su segunda invasión de Brasil y
esta
Vez, aunque Olivares preparó un contraataque, hubo que posponerlo año
tras
Año. Durante la década de 1630, por tanto, los holandeses pudieron
consolidar
Su control sobre las regiones productoras de azúcar en el noreste de
Brasil, y la
Nueva armada finalmente enviada desde Lisboa en 1638 no consiguió
nada des-
Tacable y se dispersó tras un encuentro sin resultados con la flota
holandesa en
Aguas brasileñas en enero de 1640.
La incapacidad de la corona española para salvar Pernambuco de los
holan-
Deses tuvo grandes repercusiones en la península. La unión de las
coronas de Es-
Paña y Portugal en 1580 nunca fue popular en este último reino, pero
uno de los
Argumentos a su favor era que ello permitía a los portugueses
aprovecharse de los recursos de España para la defensa de sus propios
territorios ultramarinos.
Este argumento que ya se había revelado sin valor en las Indias
Orientales en los
Primeros años del siglo, lo perdía ahora con lo que había sido el territorio
más
Rentable de Portugal en ultramar, Brasil. Simultáneamente, los
mercaderes por-
Tugueses, que se habían beneficiado de la unión de las coronas para
introducirse
En la América española y especialmente en el virreinato del Perú, se
encontraron
Expuestos en los años 1630 a una creciente hostilidad y discriminación
por parte
De los españoles y los criollos. Hacia 1640, por tanto, se hacía obvio
para la co-
Munidad mercantil portuguesa que la unión no ofrecía ya las ventajas
que una
Vez la habían hecho aceptable; y esto a su vez predispuso a muchos de
ellos a
Aceptar los hechos consumados el 1 de diciembre de 1640, cuando el
duque de
Braganza fue declarado rey de un Portugal independiente.
La secesión de Portugal fue otro golpe para la carrera de Indias, que
socavó
Aún más la confianza de Sevilla y la privó de las inversiones de Lisboa
que tanto
Hacían falta. Además, al tiempo que Brasil se desgajaba de la
monarquía, ésta
Sufría aún más pérdidas en el Caribe. Aquí, una vez más, fueron los
holandeses
Quienes tomaron la iniciativa. En la década de 1620 fueron flotas
holandesas las
Que facilitaron una protección para que ingleses y franceses pudieran
dedicarse a
Ocupar las despobladas o escasamente habitadas islas de las Pequeñas
Antillas.
En 1634 los holandeses se establecieron ellos mismos en Curacao, y a
comienzos
De la década de 1640 el Caribe comenzaba a ser un lago europeo, con
Tortuga,
Martinica y Guadalupe ocupadas por los franceses, con los ingleses en
Barbados,
San Cristóbal y Antigua, y con puestos comerciales holandeses
establecidos en
Las islas de la costa venezolana.
Los españoles respondieron lo mejor que pudieron. La Armada de Barlo-
Vento entró por fin en acción en 1640, pero no fue tan eficaz como sus
defenso-
Res habían esperado, en parte porque frecuentemente tuvo que
dedicarse a escol-
Tar a los convoyes trasatlánticos. Los propios colonos tuvieron éxito al
rechazar
Algunos ataques, y la tierra firme y las principales islas estaban
defendidas satis-
Factoriamente gracias a las reforzadas fortificaciones. Pero la captura de
Jamaica
Por los ingleses en 1655 fue sintomática del cambio importante que
había tenido
Lugar en el Caribe durante el medio siglo anterior. Las relaciones
directas entre
España y Jamaica habían cesado virtualmente veinte años antes, en
1634. En
Efecto, por entonces España estaba concentrando sus recursos cada vez
menores
Y abandonaba avanzadas lejanas que habían llegado a ser
prohibitivamente ca-
Ras. Esta política funcionó en el sentido de que España salió de sus
problemas de
Mediados de siglo con su imperio de las Indias en gran medida intacto.
Lo que,
Sin embargo, se había perdido para siempre era su monopolio del Nuevo
Mundo. Este hecho fue tácitamente reconocido en el tratado de paz dé
Münster
En 1648 que ponía fin a 80 años de guerra con los holandeses, acuerdo
que per-
Mitió a estos últimos continuar en posesión de los territorios que estaban
ocu-
Pando aunque se les prohibiera comerciar con las Indias españolas. En
1670 se
Reconoció en una escala aún mayor en el tratado de Madrid, entre
España e In-
Glaterra, por el que España aceptaba de hecho el argumento inglés de
que no era
El primer descubrimiento, sino la auténtica ocupación y colonización, lo
que pro-
Porcionaba el derecho de posesión.
La relación entre España y las Indias experimentó, de este modo, un
cambio
Decisivo como resultado del conflicto internacional desde los años 1620
a 1650.
España misma resultó tremendamente debilitada; el Caribe se hizo
internacional
Y se convirtió en una base desde la cual el comercio ilícito podía
realizarse a gran
Escala con la tierra firme americana; y las sociedades coloniales de las
Indias se
Vieron dependientes de sus propios recursos, inclusive en la importante
área de
La organización militar.
La tarea de defender las Indias de ataques enemigos había recaído
tradicio-
Nalmente en los encomenderos, de quienes se esperaba que tomaran
las armas
Cuando se divisara una flota en señal de guerra. Pero, como la misma
enco-
Mienda perdió su eficacia institucional, los encomenderos dejaron de ser
una
Fuerza de defensa eficiente y hacia el siglo xvn la corona encontró más
ventajoso
Apropiarse de una parte de las rentas de sus encomiendas para
mantener un
Cuerpo de hombres pagados. Aunque de España se traían soldados para
servir
En las guardias virreinales y para las guarniciones de las fortificaciones
costeras,
Las irregularidades y la falta de idoneidad de estas tropas hicieron que
los desta-
Camentos tendieran a estar incompletos y los colonos tomaron
conciencia de
Que, en caso de peligro, había poca esperanza de salvación a menos
que se salva-
Sen ellos mismos. Las milicias urbanas y las levas voluntarias jugaron,
por tanto,
Un papel cada vez más importante en la defensa de las Indias conforme
avanzaba
El siglo xvn. El virreinato del Perú, por ejemplo, respondió al ataque del
capitán
Morgan al istmo de Panamá en 1668-1670 con una movilización general.
El fra-
Caso del esquema de Olivares de una Unión de Armas por toda la
monarquía
Había conducido a los colonos de las Indias a desarrollar sus propios
mecanismos
De defensa.
Asi, militar y económicamente los lazos entre las Indias y la España
metro-
Politana casi se habían perdido, al menos temporalmente, por el enorme
debili-
Tamiento de España durante las décadas centrales del siglo. Pero al
mismo
Tiempo las Indias seguían sujetas a presiones fiscales intensas y al duro
peso del
Control burocrático español. La combinación en el siglo xvn de abandono
y ex
Plotación no podía dejar de tener una profunda influencia en el
desarrollo de las
Sociedades americanas. Creó oportunidades para las oligarquías locales,
que se
Aprovecharon de la debilidad de la corona, para consolidar aún más el
dominio
En sus comunidades adquiriendo por compra, chantaje o usurpación
extensas
Áreas de tierra. Si para Nueva España y, en menor medida, para Perú el
siglo
Xvn fue el de la formación de los latifundios, ello no dejaba de tener
relación
Con el debilitamiento del control real en las Indias. Ni tampoco, para el
caso, de-
Jaba de tenerla otro fenómeno permanente en la vida de América Latina,
el caci-
Quismo rural. En el contexto político y administrativo del siglo xvn se
presenta-
Ban innumerables oportunidades para el magistrado local de convertirse
en el
Patrón local.
Latifundismo y caciquismo eran en cierto modo los productos del
abandono
Metropolitano. Un tercer resultado a largo plazo de la época fue el
crecimiento
Del criollismo, el sentimiento de la diferente identidad criolla, que
reflejaba esa
Otra faceta de la vida en las Indias durante el setecientos, la explotación
metro-
Politana. Las relaciones entre los criollos y los recién llegados de la
península, los llamados gachupines, nunca habían sido completamente
cordiales. Por una parte
existía resentimiento y por la otra desprecio. El resentimiento venía de
los innu-
merables pinchazos que los recién llegados de España inevitablemente
aplicaban
a los colonos con sentimientos ambivalentes acerca de la madre patria.
Venía
también de las frustraciones de una comunidad mercantil irritada por las
restric-
ciones que ejercía Sevilla en su monopolio. Pero sobre todo venía del
hecho de
que tantos y casi los mejores cargos, en la iglesia y el estado, estuvieran
reserva-
dos a los españoles.
Las órdenes religiosas, en particular, estaban fuertemente divididas por
riva-
lidades entre peninsulares y criollos. Fue para amortiguar estas
rivalidades por lo
que el sistema de «alternativa» se adoptó de manera cada vez más
general du-
rante el siglo XVII . Bajo este sistema el gobierno provincial de las
órdenes religio-
sas se alternaba entre individuos nacidos en la península y criollos. Pero
la
misma alternativa podía ser causa de conflictos, como sucedió con los
francisca-
nos peruanos en la década de 1660 cuando los españoles, a los que los
criollos
excedían en número ampliamente, se aseguraron un decreto papal
imponiendo
el sistema con el que salvaguardaban su propia posición. La verdad era
que cada
nueva generación de criollos se sentía un paso más alejada de la España
metro-
politana y, por tanto, cada vez más reacia a aceptar el tipo de tutelaje
implícito
en la relación entre la madre patria y sus colonias.
Pero los vínculos de parentesco, intereses y cultura que ligaban a la
metró-
poli con los colonos de las Indias eran profundos y no fáciles de romper.
La cul-
tura urbana desarrollada en América era, y continuó siéndolo,
fuertemente de-
pendiente de la española. Aunque la Ciudad de México dispuso de una
imprenta
en 1535 y otras se establecieron en los siglos xvi y XVII en Lima, La Paz,
Puebla
y Guatemala, la mayor parte de la producción local se reservaba para
libros usa-
dos en la evangelización de los indios. Para su cultura los colonos
dependían de
las imprentas de España; y da idea de la proximidad de los lazos y de la
notable
velocidad de transmisión el hecho de que en 1607, tres años después de
la publi-
cación de la primera parte de Don Quijote, el caballero de La Mancha y
su escu-
dero hicieran su primera aparición americana en una fiesta celebrada en
Pausa,
en Perú.26
Mientras que los libros y obras españolas mantenían a los colonos en
con-
tacto con las últimas tendencias intelectuales de Madrid, los colegios
dominicos y
jesuítas que se expandieron por el Nuevo Mundo daban la educación
hispánica
tradicional. En 1538, el colegiq dominico de Santo Domingo alcanzó el
rango de
universidad, según el modelo de la de Alcalá de Henares. La Ciudad de
México
y Lima tuvieron sus propias universidades en 1551. Sus estatutos,
privilegios y
programas de estudios fueron tomados de Salamanca, como Francisco
Cervantes
de Salazar, profesor de retórica en México, señalaba orgullosamente en
1554, en
un diálogo imaginario en el que a un visitante se le mostraban las
principales vis-
tas de la ciudad.27
La educación escolástica al estilo metropolitano que los hijos y
nietos de los primeros conquistadores y encomenderos recibían en las
universidades indianas era a la vez un símbolo de alta posición social y
un indicativo de
su participación en una amplia tradición cultural que no conocía frontera
atlán-
tica.
Pero, incluso cuando la cultura hispánica buscó reproducirse a sí misma
en
Ultramar, estuvo sujeta a sutiles cambios. Ello sucedió primeramente
con el vo-
Cabulario de los colonos que pronto incluyó palabras de origen indígena:
caci-
Que, canoa, chocolate. Nuevos estilos de sensibilidad lucharon por
encontrar vías
De expresión a través de formas artísticas y literarias tradicionales; y
había un
Sentimiento creciente de vinculación territorial entre los españoles
americanos
Con respecto a su propio Nuevo Mundo, una vinculación que comenzó a
encon-
Trar expresión literaria en obras como la Grandeza Mexicana, el largo
poema de
Bernardo de Balbuena, publicado en 1604.
Durante el siglo xvn se multiplican los indicios de que los criollos se
habían
Embarcado en la larga búsqueda para establecer su propia identidad. La
popula-
Ridad del culto a la Virgen de Guadalupe que iba en aumento en Nueva
España,
Por ejemplo, era un medio de proclamar que México era una entidad
distinta y
Separada, sin ir tan lejos como para romper los lazos de lealtad a la
corona y a la
Tierra española. Si se puede encontrar un símbolo que ilustre el recién
hallado
Sentimiento de una comunidad histórica diferenciada en Nueva España
es el
Arco triunfal erigido en la Ciudad de México en 1680 para la entrada del
nuevo
Virrey, el marqués de La Laguna. Por primera vez en un arco de esta
clase los
Dioses y emperadores de los aztecas fueron exhibidos. Una vez que el
pasado
Prehispánico podía ser usado por los descendientes de los
conquistadores como
Un medio de autoidentificación frente a un español metropolitano, es
claro que
Al menos una parte de la sociedad colonial había cruzado una
importante diviso-
Ria sicológica. ‘
Hacia 1700, por tanto, cuando la dinastía de los Austrias que había
gober-
Nado España y las Indias durante casi dos siglos se había extinguido, los
Borbo-
Nes se encontraron con un legado que no se prestaba a una fácil
administración.
Durante el siglo xvi la corona, a pesar de todos sus fracasos, había
conseguido
Mantener un control notablemente estrecho sobre la nueva sociedad
posterior a
La conquista que se estaba desarrollando en las Indias. Sin embargo, a
fines del
Reinado de Felipe II, y como sucedía también en la misma España, las
tensiones
Comenzaban a producir sus efectos. Las necesidades financieras de la
corona,
Causadas por sus enormes gastos en la búsqueda de una política
exterior inmen-
Samente ambiciosa, la estaban forzando en todos los sitios a
compromisos con
Las comunidades locales y los grupos sociales privilegiados. Y las Indias
no fue-
Ron una excepción. Allí, como en Castilla o Andalucía, se pusieron a la
venta
Cargos, se arreglaron tácitos acuerdos con las élites locales, y el estado,
aunque
Aún actuaba de manera entrometida, estaba en franca retirada.
Durante el siglo XVII la crisis se agudizó en la metrópoli y si ello ocasionó
Nuevos intentos de cruda explotación de las Indias para el beneficio de
aquélla,
También significó mayores oportunidades para las confiadas y firmes
oligarquías
De América de tornar en su beneficio las desesperadas necesidades del
estado.
Las restricciones con las que dichas oligarquías operaban seguían siendo
las mis-
Mas que en el siglo xvi; todo tenía que resolverse oficialmente con
referencia a Madrid. Pero, incluso así, existía un margen cada vez mayor
para maniobrar in-
Dependientemente. Una inflada burocracia indiana daba lugar a
interminables
Oportunidades para inclinar las normas y satisfacer las necesidades
locales; una
Corona lejana y en quiebra podía normalmente comprarse cuando
interfería de-
Masiado en los detalles de las relaciones entre la élite colonizadora y la
pobla-
Ción indígena. En las Indias, como en las demás partes de la monarquía
espa-
Ñola, el siglo XVII fue eminentemente la época de la aristocracia.
El sistema que los Borbones del siglo xvm encontraron en las posesiones
de
La América española podría ser descrito, pues, como de autogobierno a
la orden
Del rey. Las oligarquías de las Indias habían alcanzado un nivel de
autonomía
Dentro de un esquema más amplio de gobierno centralizado y dirigido
desde
Madrid. Era un sistema que no alcanzaba las aspiraciones de Carlos V y
Felipe
II, pero que aún conservaba a las Indias fuertemente dependientes de la
corona
Española. Reflejando un tácito balance entre la metrópoli y las
comunidades de
Colonos, ofrecía estabilidad más que movimiento, y sus principales
víctimas, ine-
Vitablemente, eran los indios. Permitió a la América española sobrevivir
a las ca-
Lamidades del siglo XVII e incluso prosperar moderadamente y, a pesar
de las de-
Predaciones extranjeras, el imperio americano de España seguía
prácticamente
Intacto cuando el siglo se aproximaba a su final. Quedaba por ver si un
sistema
Tan flexible y cómodo podría sobrevivir a un nuevo tipo de rigor, el rigor
de la
Reforma del siglo xvm.