El capítulo 9 de Daniel es un capítulo profundo y profundamente significativo en el
Antiguo Testamento, que ofrece ideas sobre la profecía, la oración y el plan
redentor de Dios para Su pueblo. Este capítulo es un rico tapiz de contexto
histórico, profundidad teológica y promesa escatológica. Para entender el mensaje
principal de Daniel 9, debemos profundizar en sus elementos clave: la oración de
confesión y súplica de Daniel, la respuesta del ángel Gabriel y la profecía de las
setenta semanas.
Daniel 9 comienza con Daniel estudiando las Escrituras, específicamente la
profecía de Jeremías, que predijo que la desolación de Jerusalén duraría setenta
años (Jeremías 25:11-12; 29:10). Al darse cuenta de que este período estaba
llegando a su fin, Daniel se vuelve a Dios en oración y ayuno, buscando
entendimiento y suplicando por la restauración de Jerusalén.
La oración de Daniel (versículos 3-19) es un modelo de humildad, confesión e
intercesión. Él reconoce los pecados del pueblo de Israel, su rebelión y su fracaso
en obedecer los mandamientos de Dios. Daniel no se excluye de esta confesión;
se identifica con los pecados de su pueblo, demostrando un profundo sentido de
responsabilidad corporativa. Apela a la misericordia y justicia de Dios, pidiendo
perdón y el cumplimiento de Sus promesas.
La oración es notable por su estructura y contenido. Daniel comienza exaltando la
grandeza y fidelidad de Dios (versículo 4), luego pasa a una confesión detallada
de los pecados de Israel (versículos 5-15) y finalmente presenta su petición por la
misericordia e intervención de Dios (versículos 16-19). Este patrón de adoración,
confesión y súplica es un modelo poderoso para la oración.
La preparación de Daniel para orar.
Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego,
en ayuno, cilicio y ceniza.
Y volví mi rostro: Esto implica determinación en la oración. Daniel
tenía una meta para alcanzar por medio de la oración, y él se acercó a
Dios como un hombre que no sería negado. Él hizo esto porque él estaba
correctamente convencido que su oración estaba en la voluntad de Dios,
y él sabía que no estaba motivado en un deseo egoísta.
b. Buscándole en oración y ruego: Daniel no se
quedó pasivo mientras el plan profético de Dios se revelaba delante de
él. En su acercamiento hacia Dios él hizo un ruego, pidiéndole a Dios
que llevara a cabo Su promesa en la manera que Daniel pensaba que
traería más gloria a Dios.
“Nosotros pedimos muy poco, y Dios lo da.”
En ayuno, cilicio y ceniza: esto reflejaba el corazón humilde de Daniel
al acercarse a Dios. Ayuno, cilicio y ceniza son símbolos de
humillación lamento.
Daniel estaba determinado de hacer lo que fuera necesario para hacer
que esta obra se hiciera en la oración. Él “no dejó nada sin hacer la cual
pudiera hacer de su oración menos efectiva o persuasiva.”
(4-15) Daniel confiesa el pecado de su pueblo, y glorifica la bondad y
justicia de Dios.
Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor,
Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la
misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos;
hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho
impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de
tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a
tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros
reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo
de la tierra. Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de
rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los
moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos,
en todas las tierras adonde los has echado a causa de su
rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la
confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y
de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová
nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque
contra él nos hemos rebelado, y no obedecimos a la voz de
Jehová nuestro Dios, para andar en sus leyes que él puso
delante de nosotros por medio de sus siervos los profetas. Todo
Israel traspasó tu ley apartándose para no obedecer tu voz; por
lo cual ha caído sobre nosotros la maldición y el juramento que
está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios; porque contra él
pecamos. Y él ha cumplido la palabra que habló contra nosotros
y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre
nosotros tan grande mal; pues nunca fue hecho debajo del cielo
nada semejante a lo que se ha hecho contra Jerusalén. Conforme
está escrito en la ley de Moisés, todo este mal vino sobre
nosotros; y no hemos implorado el favor de Jehová nuestro Dios,
para convertirnos de nuestras maldades y entender tu verdad.
Por tanto, Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros;
porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha
hecho, porque no obedecimos a su voz. Ahora pues, Señor Dios
nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano
poderosa, y te hiciste renombre cual lo tienes hoy; hemos
pecado, hemos hecho impíamente.
Señor, Dios grande: Daniel comenzó su oración como todos
debiéramos hacerlo – reconociendo la grandeza y bondad de Dios.
Algunas veces nos acercamos a Dios como si Él fuera una persona
tacaña la cual debe ser persuadida a darnos algo. Pero Daniel sabía que
el problema no estaba con Dios. Dios guarda el pacto y la
misericordia con los que te aman.
La oración de Daniel era notable por su entendimiento y seriedad.
Muchos oran con entendimiento, pero sin seriedad; otros son serios pero
no tienen entendimiento en la oración. Los dos en su conjunto son una
combinación poderosa.
“¡Oh! Que nuestras oraciones fueran más allá de la oración, hasta que
fueran a agonizar.”
Hemos pecado, hemos cometido iniquidad: Mientras Daniel
confesaba el pecado de Israel, él oraba como si él fuera tan malo como
el resto de Israel. Esta era una confesión de nosotros, no ellos. En este
sentido, las oraciones que hablan de ellos en realidad nunca llegan a
Dios; oraciones genuinas que dicen hemos hacen que uno se vea
correctamente, y ve a nuestros compañeros santos con compasión.
La confesión de Daniel del pecado pareciera falso hasta que nos damos
cuenta qué tan apasionadamente y completamente está enfocado él en
Dios. Comparado con Dios, aún el más piadoso entre nosotros se queda
corto.
“Creo firmemente que mientras el carácter de un hombre se hace
mejor, y mientras tiene más alegría del Señor en su propio corazón,
entonces es más capaz de que él tenga una tristeza compasiva; y,
probablemente, más de ello él tendrá. Si tienes lugar en tu corazón para
una alegría sagrada, entonces tendrás el mismo espacio para dolor
piadoso.”
Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro:
Daniel sabía que el pecado de Israel no era la culpa de Dios; Dios era
absolutamente justo y sin culpa. Cualquier confusión de rostro le
pertenecía a Israel, no a Dios.
Sería fácil el quejarse hacia Dios sobre los problemas de Israel. Daniel
no pensó por un momento que Dios era muy duro con Israel; él sabía
que Dios era completamente justo y que cualquier fracaso estaba del
lado de Israel.
En lugar de quejarse Daniel confesó. Durante los tiempos de gran
avivamiento entre el pueblo de Dios, el Espíritu Santo siempre trae una
profunda convicción y consciencia del pecado. Cuando eso se responde
con razón, la confesión se hace apropiadamente. J. Edwin Orr nos da un
buen principio para gobernar la confesión: “Si pecas en secreto, confiesa
en secreto, admite públicamente que necesitas la victoria, pero los
detalles quédatelos para ti mismo. Si pecas abiertamente, confiesa
abiertamente para quitar los bloques de tropiezo por parte de aquellos
que entorpecido. Si has pecado espiritualmente (falto de oración, falto
de amor, e incredulidad, así como sus vástagos, crítica, etc) entonces
confiesa a la iglesia que has sido un estorbo.”
Una confesión genuina y apropiada será sincera, específica, y
exhaustiva. Orr describe como en el avivamiento de 1952 en Brasil una
mujer en una iglesia abarrotada confesó, “Por favor, oren por mí,
necesitó amar más a las personas.” El líder le dijo gentilmente, “Eso no
es una confesión hermana. Cualquiera lo pudo decir.” Después en el
servicio, la señorita se paró de nuevo y dijo, “Por favor oren por mí. Que
lo que debí decir es que mi lengua aguda ha causado muchos problemas
en esta congregación.” El pastor se inclinó hacía Orr y le susurró,
“¡Ahora ella está hablando!”
Esto es orar desde un lugar bajo, y es muy efectivo. Los equipos de
fútbol americano tratan de golpear a su oponente bajo. Nuestras
oraciones son apalancadas cuando venimos al Señor con humildad y
sencillez.
No obedecimos a la voz de Jehová nuestro Dios: Daniel no sacó ni
la menor excusa sobre el pecado de Israel. Él sabía que la culpa estaba
en Israel y solamente en Israel. Estamos propensos a hacer excusas
para nuestro pecado, y a menudo damos excusas en nuestras
“confesiones”.
Y él ha cumplido la palabra . . . Conforme está escrito en la ley
de Moisés: Daniel se dio cuenta que aún en Su juicio en contra de
Israel, Dios era totalmente fiel a Su Palabra. Él prometió que maldiciones
caerían sobre un Israel desobediente (en pasajes como Levíticos
26 y Deuteronomio 28), y así ocurrió.
Todo este mal vino sobre nosotros; y no hemos implorado el
favor de Jehová nuestro Dios: Mientras Daniel confesaba su pecado y
el pecado de Israel, él recordaba el pecado de no hacer oración. Aún
cuando ellos enfrentaban una gran prueba y calamidad, Israel no
oró por el favor de Jehová. Cuando sentimos pruebas o dificultades,
nos debiera de conducir inmediatamente hacia la oración – cuando no
somos impulsados, esto debiera ser una llamada de atención a la dureza
de nuestro corazón.
Que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano
poderosa: Mientras Daniel oraba él recordaba que el Jehová había
librado a Israel de Egipto. Él recuerda el estándar del poder de Dios del
Antiguo Testamento, la liberación de Egipto. El estándar del Nuevo
Testamento del poder de Dios es la resurrección de Jesús (Efesios 1:19-
20).
(16-19) Daniel le pide a Dios que perdone y restaure a Jerusalén.
Oh Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora
tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén, tu santo monte;
porque a causa de nuestros pecados, y por la maldad de
nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos
en derredor nuestro. Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de
tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre
tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío,
tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la
ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos
nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en
tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona;
presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo,
Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre
tu pueblo.
Apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén:
Después de su confesión del pecado de Israel y la justicia de Dios, Daniel
simplemente le pide a Dios que con misericordia vuelva Su bondadosa
atención a Jerusalén y el templo (haz que tu rostro resplandezca
sobre tu santuario). Él también le pidió a Dios que hiciera esto sin
retardo (no tardes, por amor de ti mismo).
Daniel oró como un patriota – pero más como un patriota del Reino de
Dios que el Reino de Israel. Nosotros debiéramos de orar con un
patriotismo similar para el Reino de Dios. “Que nunca se diga que la
Iglesia de Dios no tiene sentimientos de patriotismo por la Ciudad Santa,
por la Tierra Celestial y por su glorioso Rey que está en el trono del cielo.
Para nosotros, el patriotismo cristiano significa amor para la Iglesia de
Dios.” (Spurgeon)
Daniel pidió todo esto conforme a todos Tus actos de justicia. Es
como si Daniel orara, “Jehová, no ten estoy pidiendo que hagas nada en
contra de Tu justicia. Estoy orando para avanzar en Tu gloria santa.”
Haz que tu rostro resplandezca: Este era el corazón del ruego de
Daniel. Él sabía que el pueblo de Dios necesitaba mucho, pero todas sus
necesidades se podían resumir en esto: ellos necesitan que el rostro de
Dios resplandezca sobre ellos.
“¡Oh, que podamos aprender como orar para que Dios pueda ser el
sujeto y el objeto de nuestras súplicas! ¡O Dios, la Iglesia te necesita a ti
por encima de todo! Un niño pobre, pequeño, enfermo y descuidado
necesita cincuenta cosas; pero puedes poner todas esas necesidades en
una si dices que el niño necesita a su madre. Así, la Iglesia de Dios
necesita mil cosas, pero puedes ponerlas todas en una si dices: ‘La
Iglesia de Dios necesita a su Dios.'” (Spurgeon)
Haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado . . .
no tardes, por amor de ti mismo: La oración de Daniel fue
consumada con la gloria de Dios, y no primordialmente con el beneficio
del hombre. Su propósito en la oración era el ver la obra de Dios
cumplida y Su causa glorificada.
No está mal el orar por nuestras propias necesidades. Jesús nos invitó a
pedir, danos el pan de cada día. Al mismo tiempo, necesitamos tener
una pasión más grande para la gloria y beneficio de Dios, en lugar de
nuestras propias necesidades.
Esto también habla de la pureza del motivo en la oración de Daniel.
Algunas veces oramos para que Dios haga una gran obra para que
podamos ser conocidos como grandes obreros de Dios. Necesitamos
orar por el bien de la causa de nuestro Señor, tanto en nuestras palabras
y corazón.
En respuesta a la ferviente oración de Daniel, el ángel Gabriel es enviado para
darle entendimiento y comprensión (versículos 20-23). El mensaje de Gabriel, a
menudo referido como la profecía de las setenta semanas, es una de las profecías
más significativas y debatidas en la Biblia (versículos 24-27). Esta profecía
describe un período específico durante el cual se desarrollará el plan redentor de
Dios para Israel y el mundo.
Gabriel explica que se han decretado setenta "semanas" (literalmente "sietes", a
menudo entendidas como setenta conjuntos de siete años) para el pueblo de
Daniel y la ciudad santa de Jerusalén. Estas setenta semanas se dividen en tres
períodos distintos:
1. Siete semanas (49 años) – Este período probablemente se refiere al
tiempo que tomó reconstruir Jerusalén después del exilio babilónico, como
se describe en los libros de Esdras y Nehemías.
2. Sesenta y dos semanas (434 años) – Después de la reconstrucción de
Jerusalén, este período conduce a la venida del "Ungido" (el Mesías). Este
marco temporal se alinea con el período entre la finalización de la
reconstrucción y el ministerio de Jesucristo.
3. Una semana (7 años) – La semana final a menudo se interpreta como un
período futuro de tribulación y consumación del plan de Dios. Esta semana
incluye la confirmación de un pacto, el cese de los sacrificios y la derrota
definitiva del mal.
La profecía de las setenta semanas es una revelación compleja y multifacética.
Habla del contexto inmediato del tiempo de Daniel, la venida del Mesías y el
cumplimiento final del plan redentor de Dios. Las setenta semanas culminan en la
llegada del Ungido, quien "pondrá fin al pecado, expiará la maldad, traerá justicia
eterna, sellará la visión y la profecía, y ungirá el Lugar Santísimo" (versículo 24).
Desde una perspectiva teológica, Daniel 9 enfatiza varios temas clave:
1. La Soberanía y Fidelidad de Dios: El capítulo subraya el control de Dios
sobre la historia y Su fidelidad a Sus promesas. A pesar de la infidelidad de
Israel, Dios sigue comprometido con Su pacto y Su plan de redención.
2. El Poder de la Oración: La oración de Daniel demuestra la importancia de
la oración intercesora y el poder de la confesión. La humildad y fervor de
Daniel al buscar la misericordia de Dios son respondidos con una respuesta
divina, mostrando que Dios escucha y responde a las oraciones de Su
pueblo.
3. El Mesías Prometido: La profecía señala la venida del Mesías, Jesucristo,
quien cumplirá el plan redentor de Dios. El cronograma detallado y los
eventos específicos descritos en la profecía destacan la precisión del plan
de Dios y la centralidad de Cristo en la historia de la salvación.
4. La Esperanza de la Restauración: Para los israelitas exiliados, la oración
de Daniel y la profecía de las setenta semanas ofrecían esperanza de
restauración y renovación. El plan de Dios incluía no solo el fin de su
sufrimiento inmediato, sino también la restauración final de todas las cosas
a través del Mesías.
5. Cumplimiento Escatológico: La semana final de la profecía a menudo se
interpreta como señalando eventos futuros, incluyendo un período de
tribulación y la derrota definitiva del mal. Esta dimensión escatológica
recuerda a los creyentes la relevancia continua de las promesas de Dios y
la certeza de Su victoria final.
En resumen, el mensaje principal del capítulo 9 de Daniel es uno de esperanza,
redención y el cumplimiento de las promesas de Dios. A través de la oración de
Daniel y la profecía de las setenta semanas, vemos a un Dios que es soberano,
fiel y misericordioso. Él escucha las oraciones de Su pueblo, responde con gracia
y desarrolla Su plan redentor con precisión y propósito. El capítulo llama a los
creyentes a confiar en las promesas de Dios, buscar Su misericordia a través de la
oración y encontrar esperanza en la venida del Mesías, quien trae justicia eterna y
la restauración final de todas las cosas.