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La vorágine: Explotación del caucho en Colombia

El documento analiza la explotación del caucho en la novela 'La vorágine' de José Eustasio Rivera, que denuncia las injusticias sufridas por indígenas y trabajadores durante la 'fiebre del caucho' en la región orinoco-amazónica. Se destaca el impacto ambiental y social de esta explotación, que transformó el mundo moderno a través de la industrialización, pero a costa de la vida y el entorno de los pueblos originarios. Además, se detalla la vida de Rivera y su proceso creativo, así como la evolución y traducción de su obra a lo largo del tiempo.

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La vorágine: Explotación del caucho en Colombia

El documento analiza la explotación del caucho en la novela 'La vorágine' de José Eustasio Rivera, que denuncia las injusticias sufridas por indígenas y trabajadores durante la 'fiebre del caucho' en la región orinoco-amazónica. Se destaca el impacto ambiental y social de esta explotación, que transformó el mundo moderno a través de la industrialización, pero a costa de la vida y el entorno de los pueblos originarios. Además, se detalla la vida de Rivera y su proceso creativo, así como la evolución y traducción de su obra a lo largo del tiempo.

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Partes

1. El árbol que devoró un mundo:Los rumbos del caucho en La vorágine

En esta exposición seguimos los rumbos de la explotación cauchera de la mano de La


vorágine de José Eustasio Rivera. Esta novela, publicada en Bogotá en 1924, relata
la historia de la esclavitud en las selvas bañadas por los ríos Orinoco, Atabapo,
Isana, Inírida, Caquetá, Putumayo y Río Negro, situadas en las zonas fronterizas
entre Colombia, Perú, Venezuela y Brasil.
La vorágine es una profunda e intensa denuncia de las injusticias del sistema bajo
el cual se sometió a los indígenas, colonos, caboclos y aventureros durante la
"fiebre del caucho". Cubre un periodo de unos 20 años, entre 1903 y 1923,
aproximadamente. Es un momento en el que Colombia, que ya había pasado por la
pérdida de Panamá, se encontraba resolviendo varias disputas fronterizas en el
oriente y el sur.
Cuando Rivera publica su novela, la región orinoco-amazónica ya no era la mayor
productora de caucho del mundo, pero continuaban la infame explotación de los
árboles y la despiadada escla-vización de los trabajadores.
Para el montaje de esta exposición rastreamos y recopilamos
material documental de esos
años que reposa en su mayoría en distintas instituciones de países que también
fueron parte de esta historia. Entre ese material se mentra, por un lado, el regis-
tográfico realizado por
Roger Casement, cónsul británico en Pará, durante su investigación de las
atrocidades cometidas por la Casa Arana contra los indígenas del Putumayo. Por otro
lado, tenemos imágenes del fotógrafo y documentalista luso-bra-sileño Silvino
Santos, comisionadas por la misma Casa Arana, cuyo propósito fue el de desmentir
las acusaciones. Estos archi-vos, en contrapunteo con obras de artistas
contemporáneos y con un valioso material de memoria de los pueblos amazónicos
afectados, tejen un entramado que devela el sistema de extracción y exterminio, así
como sus trágicas consecuencias.
La puesta en escena y el recorrido de la muestra están planteados a través de tres
elementos simbólicos: el tronco del árbol de caucho, el invernadero de Kew
Gardens como metáfora de la domesticación de la naturaleza y, fi-nalmente, una
maloca del pueblo bora, donde presentamos materiales de la memoria de los pueblos
indigenas.
Este escenario nos permite explorar uno de los aspectos que más le preocupaban a
Rivera, la que él mismo llamaba la "tras-cendencia sociológica" de su obra. Al
final, más que ilustrar la novela o reconstruir un pasado, buscamos las resonancias
en un presente en el que la región ori-noco-amazónica enfrenta viejos y nuevos
desafíos.

La vorágine salió a la venta por primera vez en Bogotá el 25 de noviembre de 1924,


publicada por la Editorial Cromos. En 1926 y 1927, la Editorial Minerva publicó dos
ediciones revisadas. En 1927 apareció una reimpresión de la tercera edición, que se
conoce como la cuarta. En 1928, Rivera fundó la Editorial Andes en Nueva York y
publicó la que se conoce como la quinta edición, considerada la definitiva. Le
siguieron cuatro reimpresiones, una en ese mismo año y otras tres en 1929.
A un siglo de su primera aparición, La vorágine se ha publicado múltiples veces en
todos los países hispanoha-blantes. En 1988, cuando la obra cumplía sesenta años,
el crítico, catedrático e investigador Hernán Lozano, gran conocedor de la obra de
Rivera y apasionado coleccionista de ediciones de la novela, había registrado más
de cien ediciones, entre ellas un gran número de clonaciones y publicaciones
pirata. Hoy habría que sumar, además de nuevas ediciones impresas, las numerosas
ediciones digitales que han proliferado desde que la obra entró en dominio público
en 2004.
La vorágine se ha traducido a por lo menos veinte len-guas, entre ellas portugués,
inglés, francés, alemán, ruso, checo, rumano, chino, coreano y japonés.

José Eustasio Rivera nació en Neiva el 19 de febrero de


1888. Poco después de su nacimiento, la familia se trasladó al sector comunal de
Aguas Calientes, donde el padre había adquirido unas tierras. Aprendió las primeras
letras con su madre y, más adelante, en la escuela en San Mateo, una población
cercana que hoy lleva el nombre de Rivera en homenaje al autor de La vorágine.
Entre 1895 y 1904 estuvo matriculado en varios cole-gios, pero no se adaptaba a la
disciplina escolar e incluso lo expulsaron de un par de planteles. Finalmente, en
1906 se matriculó en la Escuela Normal de Institutores en Bogotá.
Con la guía de su profesor de Lengua e Historia, Luis Gon-zaga, escribío sus
primeros poemas y en 1907 publicó uno de ellos, "Aguila andina", en la revista Sur
América.
En marzo de 1909, el país se vio sacudido por las protestas contra la intención del
Presidente Rafael Reyes de firmar los acuerdos Cortés-Root y Cortés-Arosemena que
legalizarían la separación de Panamá. Con un enardecido discurso, Rivera movilizó a
sus compañeros de la Escuela
Normal y se unieron a las multitudes que protestaban.
Pocas horas después y tras haber evadido a la policía en varios puntos del centro
de la ciudad, las autoridades arrestaron a Rivera y a sus compañeros. En este
momen-to, se manifestaron varios elementos que serían característicos de su
quehacer futuro: su profunda necesidad de luchar contra la injusticia, su accionar
apasionado y hasta intempestivo, su preocupación por la soberanía nacional.
Ese mismo año de 1909, Rivera se graduó de normalista y aceptó un cargo de
inspector escolar en Ibagué, pero renunció al año siguiente y comenzó a trabajar
para la Gobernación del departamento. Publicó su único cuento, "La mendiga de
amor", en la revista Tolima de Ibagué. De esa época datan también varias piezas de
teatro que no transcribió y Juan Gil, la única que se conserva, escrita
posiblemente en 1911.

En 1912, regresó a Bogotá para trabajar en el Ministe rio de Goblerno y dar inicio
a y dar inicio a sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia.

En 1916 Rivera viajó por primera vez a los Llanos Orientales. De ese viaje, surgió
otra pleza poco conocida "Impresiones de los llanos", rica en elementos no solo te
máticos, sino también estilísticos, que se verán más tarde en La cordgine. Al año
sigulente, en marzo de 1917, obtuvo I titulo de doctor en Derecho y Ciencias
Politicas con una el tesis sobre la liquidación de herencias

En abril de 1918 se presentó la oportunidad de volver a los Llanos Orientales, esta


vez a Casanare, como abogado en un pleito de tierras relacionado con una herencia.
La experiencia en Casanare habria de dejar una fuerte im- pronta y servir de base
para la redacción de la primera parte de La vorágine.

En enero de 1921 publicó sulibro de poemas. Tierra de promisión, que incluye 55


sonetos de los más de 150 que tenía escritos. Emprendió una misión diplomática de
varios meses por Perú, México y los Estados Unidos.

Comenzó a escribir La voragine el 22 de marzo de 1922, mientras se encontraba en


Sogamoso. Ese mismo año, lo nombraron miembro de la Segunda Comisión Co- lombiana
de Límites, una de las tres comisiones que ha- brían de encargarse de la cuestión
limítrofe con Venezuela.

Entre septiembre de 1922 y agosto de 1923, viajó con la Co- misión por e rel
Orinoco, el Atabapo, el Guaviare y el Inírida.

En una segunda etapa, atravesó el Casiquiare y llegó hasta el Río Negro. Permaneció
varios meses en Yavita, sobre e el rio Temí, afluente del Atabapo, en espera de que
el gobier no enviara dinero y equipos para ejecutar la labor de esta- blecer los
límites. Allí escribió una porción importante de la segunda y la tercera parte de
La vonigine. A su regreso a Bogotá, recibió el nombramiento de suplente de su tío
en la Cámara de Representantes y se posesionó en noviembre.
El 21 de abril de 1924, exactamente dos años después de haber iniciado su
redacción, José Eustasio Rivera terminó de escribir La vorágine. El 28 de agosto se
publicó un aviso en el que se anunciaba su aparición:
"Trata de la vida de Casanare, de las atrocidades peruanas en La Chorrera y en el
Encanto y de la esclavitud cauchera en las selvas de Colombia, Venezuela y Brasil.
Aparecerá el mes entrante".
La novela salió a la venta el 24 de noviembre.
Rivera regresó a sus funciones como suplente en la
Cámara de Representantes. Al poco tiempo, lo nombraron secretario de la Comisión
Investigadora del Congreso, encargada de supervisar los malos manejos en la
conducción de los asuntos del Estado. En ese cargo, investigó las irregularidades
que se presentaban en las concesiones petroleras y la construcción de oleoductos.
El informe que presentó causó gran descontento por las denuncias contra importantes
y poderosos miembros de la clase dirigente.
Con estó, llegó a su fin la carrera política de Rivera. Pensaba utilizar los
materiales de las investigaciones que emprendió para su siguiente novela, La mancha
negra. Tras su muerte, no se encontró manuscrito de esta entre sus pa-peles.
En marzo de 1928 viajó a La Habana como representante del país en un congreso
internacional y, una vez cumplida su misión, en abril viajó de allí a Nueva York.
Llevaba sus ahorros y unos dineros ganados en un pleito.
Con ello fundó la Editorial Andes, en la que habría de publicar la última edición
de La vorágine, y comenzó a negociar la traducción de la novela al inglés. Buscaba
además interesados en hacer una versión cinematográfica. En las últimas semanas de
noviembre, su salud decayó
José Eustasio Rivera murió el 1.º de diciembre de
1928, a la edad de 40 años.

2. El árbol que cambió el mundo

El proceso de transformación del caucho en una gran cantidad de mercancías


industriales
cambió el mundo. El látex de un puñado de variedades tropicales sirvió de base para
la revolución en el transporte, las comunicaciones y los procesos industriales, así
como para la producción de prendas de vestir, enseres domésticos y numerosos
objetos de uso diario.
El caucho transformó el mundo moderno. Por su lado, la explotación del caucho en
las regiones tropicales, la cuenca del
Amazonas, el Congo e Indochi-na, se devoró el mundo natural y la vida de sus
habitantes.
Los pueblos originarios
americanos utilizaban el hule o caucho desde tiempos prehis-pánicos. El mundo
europeo tuvo algún conocimiento de su existencia desde la época de la Conquista
española, pero su uso solo se hizo extensivo a partir del siglo XIX.
Hacia 1850, los zapatos de caucho manufacturados por los
indígenas en Brasil atrajeron a varios comerciantes norteame-ricanos. Primero
dominaron el comercio; luego se apropiaron de la técnica y comenzaron a
manufacturar productos similares a los de los pueblos indige-nas del Amazonas, como
prendas de vestir impermeabiliza-das, zapatos y botas, botellas, jeringas y otros
implementos de uso médico. La industria indígena de productos de caucho sucumbió y
la región pasó a ser fuente de la materia prima.
La introducción del proceso de vulcanización (Goodyear,
1839), que evita que el caucho se derrita con el calor y se endurezca y pierda
elasticidad con el frío, posibilitó mayores aplicaciones del producto y les dio una
ventaja tecnológica a los países industrializados. El invento del neumático
(Dunlop,
1888) impulsó decisivamente la revolución en los transportes, primero con las
llantas de bicicleta y luego con el automóvil y el avión.

Caucho: fue importante para la revolución del transporte , comunicaciones, prendas


de vestir, procesos industriales y enseres domésticos.

Las semillas de el caucho se modificaron genéticamente para que pudieran crecer


allá y para conseguir lo que se necesitaba, se distribuyeron hacia Asia sudeste y
África central y las llevaron a Londres .

La explotación del caucho devoró el mundo natural y la vida de sus habitantes

3. Siringa y sangre

La explotación cauchera en el
Amazonas produjo una dramática transformación ambiental y poblacional. Fue una
vorágine que se devoró el mundo existente.
La creciente demanda de la sustancia alimentó el desplaza-miento masivo de muchos
pue-blos indígenas de sus territo-rios; a otros se les esclavizó en sus propias
tierras. El método privilegiado para someter a los pueblos era el «endeude»: a
cambio de materiales de traba-jo suministrados a sobreprecio, las comunidades
debían entregar cantidades cada vez mayo-res de caucho para subsanar una deuda que
nunca termina-ban de pagar.
Con promesas de fortuna, las compañías caucheras en-gancharon también a miles de
campesinos pobres de Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, Ecua-dor y Venezuela, que se
movili-zaron hacia el Amazonas solo para verse esclavizados por las deudas que
habían contraído incluso antes de llegar.
La vida de los caucheros era ardua no solo por las difíci-
les condiciones de trabajo, sino por los tratos crueles y despia-dados que sufrían.
Las compa-ñías caucheras sometieron a miles de indígenas y enganchados a trabajos
forzados y tortu-ras. También perpetraron ma-sacres en las que murieron otros
tantos centenares; famosas son las cometidas por la Casa Arana en el Putumayo y por
el coronel Funes en San Fernando de Atabapo, en Vene-zuela, narradas magistralmente
en La voragine.
La explotación cauchera, como todo proceso extractivo, produjo también un fuerte
impacto en la selva. En las zonas en que se explotaba la varie-dad Castilla, los
caucheros de-rribaron millones de árboles y sangraron millones más de ár-boles de
Hevea hasta que se se-caron. A esta devastación de la selva contribuyeron también
el flujo creciente de nuevos po-bladores, la expansión de los centros urbanos y la
apertura de rutas comerciales, que alte-raron el espacio vital de la cuenca
amazónica.

Durante el ciclo del caucho, las que habían sido pequeñas ciudades a lo largo de
los ríos se transformaron en grandes centros de co-mercio, especialmente Iquitos,
Manaos y
Pará (hoy Belém do Pará).
La población de la región cambió sustan-cialmente. En 1820 se calculaba que la
cuenca del Amazonas tenía aproximadamente 137.000 habitantes. Para 1870, ese número
se había casi triplicado a 324.000. En 1900, la población llegó a cerca de 700.000
habitantes y solo diez años después contaba con más de 1.200.000 personas.
Diseño: Piedra Tijera Papel.
La extracción de Herea se organizaba en «estradas», pequeñas trochas en el
bosque que conceradan arboles dis persos chue la densa vegetacion. Las estradas
tenian un número variable de árboles que se sangraban, día de
por meulo, durante untos seis mese en la temporada de verano.
En este plano se ven las estradas que se controlan desde cada barraca asi como el
número de arboles en cada estrada. Al pie se anota el número de hombres que hay
para extraer causho en cada estrada. La barraca 1 (HUT1) tenia quince estradas y
contaba con siete hombres para extraer la goma, la barraca 2 (HUT 2) tenia doce
estradas en las que trabajaban seis hombres y la barraca 3 (HUTS) tenia cinco cs-
tradas con solo dos hombres a cargo.
Al final del día, recogian el caucho de los árboles sangrados y lo procesaban en
bolas o láminas.

Resumen de resumen:

La explotación caucheros en el Amazonas produjo una transformación ambiental y


poblacional la alta demanda del caucho causó el desplazamiento más sido de muchos
indígenas de sus territorios y otros fueron esclavizados y sus propias tierras
usaron el endeude como método para someter a los pueblos a cambio de materiales de
trabajo con un gran precio las comunidades tenían que entregar mayores cantidades
de caucho para pagar una deuda que nunca terminarían de pagar

Los enganchados : son personas no nativas que fueron estafados con promesas de
dinero pero los endeudaban también se puede decir que eran filas de personas en
cadenas esclavizadas

Silvino Santos :fotógrafo artista trabajaba para la Casa Arana y en sus fotografías
ocultaba la historia real es decir el genocidio que estaba pasando en esa época y
hacía pasar como si estuviera civilizando y generando empleo a las indígenas

La definición de vorágine es un lugar preciso donde se conectan dos corrientes de


río

4. La Casa Arana: El paraíso del diablo

De las numerosas casas de explotación cauchera en el Amazonas, quizás la más


conocida, por el régimen de terror que implantó, es la Casa Arana, establecida en
1903.
La empresa cauchera Julio César Arana y
Hermanos, conocida como la Casa Arana, inició sus actividades en el territorio en
asociación con caucheros colombianos que llevaban allí muchos años y a quienes los
hombres de Arana terminaron asaltando, asesinando y despojando.
Un factor que favoreció a Arana fue la disputa territorial entre Colombia y Perú
por la franja norte del río Putumayo. Además, el cauchero peruano contaba con el
apoyo político y militar de su Gobierno. La Casa Arana hacia las veces de ocupador
territorial de los peruanos.
En 1907, Julio César Arana registró en Londres la Peruvian Amazon Company, una
sociedad de acciones con un capital de un millón de libras esterlinas que atrajo a
numerosos inversionistas británicos. Sin embargo
muy pronto comenzaron a publicarse en Inglaterra denuncias de las atrocidades que
se cometían en las caucherías del Putumayo. Un periódico inglés bautizó la región
con el nombre de «el paraíso del diablo» por la maldad y sevicia con las que
maltrataban a los esclavizados en estas caucherías.

En 1910, el Parlamento británico encargó a


Roger Casement, su cónsul en Brasil, que investigara los hechos y, tras la
presentación del informe de su agente diplomático, ordenó la liquidación de la
Peruvian Amazon Company.
A pesar de este revés, Arana siguió siendo amo y señor de la región: continuó con
la expansión territorial y llegó a ocupar una extensión de más de seis millones de
hectáreas. Avanzó incluso hasta la franja norte del Caquetá, como denunció José
Eustasio Rivera en varios artículos periodísticos publicados en 1924. La Casa Arana
continuó operando en la franja norte del Putumayo hasta 1928, cuando se ratificó el
acuerdo Salomón-Lozano, que estableció la SOberanía de Colombia sobre la zona.
En tan solo la primera década del siglo, la
Casa Arana causó la muerte de más de 40.000 indígenas y la devastación de numerosas
comunidades de los pueblos uitoto, murui muina, muinane, bora, ocaina, andoque,
carijona, miraña, yucuna, cabiyari, inga, siona y letua-ma, entre otros.
Con el despojo de los territorios y el desplazamiento de los pueblos, además de las
operaciones extractivas, la compañía cauchera produjo una catástrofe cultural y
ambiental.

La Casa Arana dividió su territorio en dos extensos


"distritos". Las sedes principales eran El Encanto, sobre el río Cara-Paraná, y La
Chorrera, en el Igara-Para-ná. Allí se acopiaba el caucho que traían de las
numerosas sucursales y de los campamentos que cada una controlaba y se embarcaba
hacia Iquitos. Cada sucursal tenía bajo su jurisdicción un gran número de
indígenas.
Sometian a comunidades
enteras, cada una de las cuales debía entregar una cuota de caucho. En 1905, la
compañía tenía registrados a unos 12.000 indigenas en sus libros de cuentas.
Mapa basado en los mapas de Norman Thomson en El libro rojo del Putumayo, Bogotá
1913

"Los pueblos indígenas de La


Chorrera emprendieron una serie de recorridos por sus territorios con el fin de
encontrar las estaciones de explotación del
caucho. La llegada a estos lugares fue posible gracias a la memoria y orientación
de los ma-yores. Este proceso fue acompañado por el registro de una serie de
testimonios de personas en cada pueblo descendientes directos de las víctimas de la
explotación cauchera.
El trabajo de investigación asociado al registro de estos campamentos requirió con
anterioridad la práctica de todo un protocolo ritual. Guiadas por la palabra del
tabaco, la coca y la yuca dulce, estas ceremonias celebradas por los abuelos,
inicialmente en el espacio de la maloca y luego en los lugares donde estuvieron
localizadas las estacio-nes, tuvieron varios objetivos de orden espiritual".
Endulzar la palabra, memorias indígenas para pervivir.
CNMH, 2018

Hay numerosos testimonios de «carnavales» en los que quemaban y asesinaban


indígenas «por diversión». Para el ingeniero norteamericano
Walter Hardenburg, que fue testigo de las atrocidades cometidas por los empleados
de la Casa
Arana, el Putumayo era «el paraíso del diablo».

"Caucheros, ya conocéis la munificencia del nuevo propietario. El señor Arana ha


formado una compañía que es dueña de los cauchales de La Chorrera y los de El
Encanto. ¡Hay que trabajar, hay que ser sumisos, hay que obedecer! Ya nada queda en
la pulpería para regalaros. Los que no hayan podido recoger ropa, tengan paciencia.
Los que están pidiendo mujeres, sepan que en las próximas lanchas vendrán cuarenta,
oídlo bien, cua-renta, para repartirlas de tiempo en tiempo entre los trabajadores
que se dis-tingan. Además, saldrá pronto una expedición a someter las tribus
andoques y lleva encargo de recoger guarichas donde las haya. Ahora, prestadme
todos aten-ción: cualquier indio que tenga mujer o hija debe presentarla en este
establecimiento para saber qué se hace con ella".
Discurso de un capataz de La Chorrera según lo relata Don Clemente Silva, personaje
de La vorágine.
Silvino Santos
Álbum de la Comisión Consular al Río
Putumayo y Afluentes
1912
Cortesía: Centro Amazónico de Antropología y
Aplicación Práctica (CAAAP)
Cuando llegaban los indígenas con el caucho a La Chorrera o El Encanto, los
capataces de esas estaciones retenían a las niñas y a las mujeres. Allí las
obligaban a desempeñar labores domésticas y de agricultura. A muchas las violaban y
las obligaban a permanecer como «concubinas» de los capataces.
Algunos de estos «hombres fuertes» tenían hasta cinco concubinas, muchas de ellas
niñas. Los trabajadores no indígenas en las estaciones de la Casa Arana recibían
una niña o una mujer indígena para que les sirviera como «su mujer temporal».

Mapa del modus


vivendi entre
Colombia y Perú
1905
Colección Especial de la Red de Bibliotecas del Banco de la
República, Colombia
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El régimen de terror que se implantó en las caucherías del Putumayo fue producto de
una conjunción de factores:
+ La disputa territorial entre y Colombia y Perú por esos territorios, que los
dejaban en una especie de limbo jurídico.
• La debilidad de Colombia para controlar sus fronteras. La guerra de los
Mil Días (1899-1902) dejó al país sumido en una profunda crisis que se vio agravada
con la separación de Panamá en 1903.
• El modus vivendi entre Colombia y Perú, establecido en 1905, en el que
Perú reconocía la soberanía colombiana sobre el territorio, pero la Casa Arana
seguía a cargo de la explotación del caucho y, de facto, mantenía el control de la
zona.
• La internacionalización de la Casa Arana, que la sujetaba a los
intereses de los accionistas.
• La producción del caucho amazónico estaba decayendo, pero la demanda
crecía aceleradamente con el avance de la industria automotriz. Para cubrir esta
demanda y responder a los intereses de los accionistas británicos, se ejerció mayor
presión sobre los jefes de estación para que entregaran mayores cantidades de
caucho. Los jefes de estación presionaban a los capataces, quienes maltrataban más
a los indígenas y a los enganchados a su cargo.

Proceso de recuperación de tierras


Perú no tenía derecho a adjudicar los terrenos que le tituló a Arana. No obstante
esta irregularidad, en 1939, el Gobierno colombiano negoció una compensación de
200.000 dólares para el cauchero. Le pagaron en ese momento una quinta parte de la
suma acordada y, 25 años después, en 1964, la Caja Agraria pagó el resto al
causahabiente de la Peruvian Amazon Company (que ya no existía) y a los herederos
de Arana. En cambio, la compensación para los indígenas se hizo esperar.
En 1975, el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora) estableció varias
reservas en el río Caquetá, que beneficiaron a numerosos indígenas uitoto, muinane
y andoque.
En 1982 se propuso constituir un gran resguardo en el río Igará-Paraná, una zona
poblada por sobrevivientes de las atrocidades caucheras. La Caja Agraria, que había
pagado una gran porción de la compensación a Arana, se opuso con el argumento de
que era la propietaria de esas tierras.
Finalmente, en 1988, el presidente Virgilio Barco hizo entrega del Predio Putumayo
a las poblaciones indígenas, entre ellas a las comunidades uitoto, murui muina,
muinane, bora, ocaina, andoque, carijona, miraña, yucuna, cabiyari, inga, siona y
letuama.

5. La palabra del tabaco, la coca y la yuca dulce

Después de la caucheria, el silencio estremeció la selva, la tierra, el llanto de


la naturaleza. Y luego de alli, poco a poco fueron
Jormandose, organisdndose, pen-
sando cómo iban a resignificar este becho de dolor. En el espacio de diálogo, los
mayores ban
podido apaciguar a traves de en-
dulsar la palabra; ese es el per
miso que se biso a traves de un riuas para que esta generación caminara nuevamente
por esos
caminos, ocupara nuevamente
esos rastrojos o ese territorio para la pervivencia, porque después de eso también
quedó espantosa la selva. (Manuel Sueche Cañube y Juan Carlos Gittoma Maribba, en
representación de las comunidades de La Chorrera).
Los trabajos de memoria histórica de las comunidades indígenas amazónicas no se
presentan solo como una huella del pasado. Para los pueblos uitoto, ocaina, muina-
ne, bora y andoque, entre otros, «revisitar los dramáticos sucesos ligados a la
explotación significó abrir un plano en el mundo espiritual. Son hechos que se han
integrado a
sus formas de conocimiento, comprensión y organización del mundo». Hablar sobre
este genocidio no solo implica tramitar esta experiencia de hace más de un siglo,
es endulzarla con la intención de que no se repita.
Esta última parte de la ex-posición, más allá de ser un registro testimonial y
documental
—una cicatriz que no termina de cerrar—, es un espacio para entender y reconocer
hoy el trabajo de resistencias de estas co-munidades. Una lucha que ha tenido
muchas caras y que, en el caso de esta historia del caucho, comenzó con la
ocupación de los territorios, el desplazamiento y asesinato de más de 40.000
indígenas, aproximadamente 60% de la población.
Una lucha que comprende también el proceso de organización política que logró que
el Estado les reconociera su territorio ancestral en 1988 y les restituyera,
mediante la declaración del Gran Resguardo Predio Putumayo, las casi seis millones
de hectáreas que les habían sido arrebatadas durante la ocupación

Relato del sitio de la maloca en el periódico


Unidad Indígena:
"Por culpa de tanto trabajo forzado -cuen-tan los Witoto Murui de la comunidad de
Monochoa— nuestros cultivos se fueron abandonando y estuvimos en peligro de
morirnos de hambre. Por eso se reunieron en Ya-rocamena —un poblado al cual los
misioneros han decidido llamar Santa María— y alla los capitanes (jefes) prepararon
la coca y el tabaco líquido o ambil, los símbolos sagrados de nuestras tradiciones,
para reunir a la gente y discutir la situación. Reconocieron la necesidad de
organizarse y por tres años estuvieron recogiendo armas, preparándose y atrayendo
más y más compañeros indígenas a la resistencia. En 1916 el ejército peruano empezó
a cercarnos y por eso nos trasladamos a otro pueblo llamado Atenas. Cuando llegó el
ejército éramos 1500 indígenas murui que estábamos dispuestos a luchar hasta la
muerte. El combate duró cuatro días. Casi toda nuestra gente murió. Los pocos que
no fueron llevados a Iquitos. No todo fue derro-ta. Habíamos mostrado nuestra
fuerza y los blancos se vieron obligados a tratarnos con menor crueldad, en parte
porque su mano de obra estaba desapareciendo, es decir, nosotros los indigenas...•
"Los Huitoto Murui del Caquetá cuentan su verdadera historia", Unidad Indígena, Año
1, No.3, mayo 1975.

Traslado de indígenas tras la firma del Tratado Salomón-Lozano


2016
Cortesía: Centro de Antropología Visual del Perú (CAVP)
A pesar del escándalo internacional y de la caída en los precios del caucho, Arana
continuó sus operaciones en el Putumayo. En 1922, poco antes de que se firmara el
Tratado Salomón-Lozano, que reconocía la soberanía de Colombia sobre la franja
norte del río Putumayo, el Gobierno peruano le tituló un área de más de seis
millones de hectá-reas. Cuando finalmente se ratificó el tratado en 1928 y Arana se
vio obligado a salir de las tierras colombianas que ocupaba, forzó a la población a
desplazarse hacia sus dominios en la franja sur del Putuma-yo. Pocos meses después,
un funcionario del Gobierno colombiano enviado a hacer un censo encontró que casi
ninguna localidad de la zona tenía pobladores. A una gran cantidad de ellos los
transportaron los hombres de Arana hacia el Perú; los demás escaparon hacia el
norte.

«La obra que realicé es una recopilación de la historia de hace un siglo, durante
el genocidio de las caucherías, en el Amazonas, Colom-bia, durante la bonanza del
caucho. De ese momento en el que mis abuelos fueron llevados desde La Chorrera
hacia el Perú, a un lugar que se llama San Pucaurco.
Cuenta mi papá que sus padres fueron embarcados en un barco grande y los llevaron
amarrados, maltratados, pero que fueron rescatados por los militares colombianos.
En todo ese trayecto murieron muchos porque no sabian hablar español. Entonces no
sabían decir si querían volver a Colombia o quedarse en el Perú. A muchos, por no
decir Colombia, los militares los asesinaron en el rio Amazonas y Putumayo. En
cambio, mi abuela, mi bisabuelo y mi bisabuela regresaron por la tierra. Ellos se
escaparon de ese campamento y caminaron hasta llegar a La Chorrera. Ellos demoraron
más de
cinco años
—cuenta mi papá—, de cinco a seis años.
Durante todo ese viaje, muchas gentes murieron por enfermedades. Otros por
enfrentamientos con animales salvajes, como jaguares y anacondas. Pero, finalmen-
te, ellos pudieron regresar nuevamente a su tierra ancestral.
Yo hago parte del clan de la Garza. Casi la mayoría de los abuelos del clan de la
Garza pudieron retornar a su territorio an-cestral, La Chorrera. En cambio, el clan
de mi mamá, el clan de Raitini, muy pocos pudieron llegar a su territorio. Ellos si
fueron extinguidos y exterminados durante la bonanza, por todo ese maltrato, ese
castigo, ese genocidio.
El clan de la Garza es uno de los 35 clanes del pueblo murui que hoy existen en
Colombia, más conocidos como los uitotos. Y también se lo debemos a esa resisten-
cia, a ese rescate, a ese sentido de pertenencia con su territorio ancestral, de
haber podido tomar esa decisión, tener esa voluntad de regresar allá, a su
territorio, a su cuna».
Aimema Uai
Bi Regreso de mis Abuelos del Clan
Aimeni (grulla) y el Clan Raitini bacia su territorio ancestral desde el Perú
Aimema Uau
2024

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