Nápoles, la felicidad está en la calle
Por G. Rouzeau
Italia es mucho más que la clásica triada Roma-Florencia-Venecia. Olvidada durante largo
tiempo, arrinconada y a veces desdeñada, Nápoles ha sufrido las consecuencias de su mala
reputación. Barroca y excesiva, fascinante y desconcertante, la capital del Mezzogiorno
italiano se toma la revancha y muestra al fin con orgullo sus abundantes riquezas artísticas y
su peculiar forma de entender la vida.
Apreciar Nápoles
Según algunos, Nápoles es la ciudad más bella del mundo; según
otros, un laberinto ruidoso y horrible. Es cierto que si se visita
sólo con los ojos, es muy probable que sus calles -de limpieza un
tanto dudosa-, sus deteriorados palacios y su circulación caótica
irriten y decepcionen. El neófito en la ciudad, tiene la impresión
de que los napolitanos se divierten dando vueltas sin cesar en sus
coches. Un curioso ballet ritmado por los cláxones que dura hasta
las cuatro de la mañana. Alrededor de la estación central además,
se extiende el mayor mercado de mercancías robadas de Europa
occidental.
Esta antigua ciudad griega poblada desde hace tres mil años por el
mismo pueblo, no es ni será jamás una ciudad-museo como otras
tantas ciudades italianas. Sin embargo, guarda extraordinarias
sorpresas para el viajero que baja la guardia y decide lanzarse sin
© Frédéric d'Avella
más a este magma humano.
Spaccanapoli, corazón, vientre
y alma del viejo Nápoles.
Nápoles es un lugar vivo cuya historia se transforma y se
transmite de generación en generación como un auténtico patrimonio genético. Esta estratificación
mestiza se lee en los propios edificios: un muro romano descansa sobre cimientos griegos que
reposan a su vez sobre una colada de lava. "Nápoles es la Pompeya que no quedó cubierta por las
cenizas" -explica Jean-Noël Schifano, traductor francés de Umberto Eco y uno de los mejores
conocedores de esta ciudad.
Esta fuerte identidad se alimenta directamente de su larga historia. Un pasado que la ciudad vive en
tiempo presente desde hace tres mil años con los mismos gestos, las mismas voces y la misma
teatralidad. Algo que quedaba ilustrado a la perfección en la ceremonia de las capuzelle (las
cabecitas): en el cementerio de Fontanelle, en el barrio de la Sanità (feudo de la camorra), los vivos
tomaban un cráneo con el que mantenían una conversación muy cariñosa salpicada de besos,
caricias y confidencias a media voz. Un rito que se celebró hasta que un obispo decidió abolirlo en
los años 50. De la misma forma, el día de Todos los Santos la familia napolitana al completo sale
para merendar sobre la tumba de sus antepasados...
Sólo en un crisol así es posible esta única filosofía de la vida, un apetito de vivir desesperado, una
mezcla de ironía y de fatalismo, un modo incomparable de aceptar nuestra triste condición terrestre.
Y es que Nápoles es barroca en todos los sentidos, desde las escaleras del arquitecto San Felice
hasta los dulces y helados. Todo aquí despierta los sentidos y estimula el espíritu... A imagen del
célebre estilo artístico tortuoso y recargado del que Nápoles acumula muchos ejemplos, aquí la
sangre se mezcla con el oro, el placer con la muerte, la felicidad con el dolor...
Una ciudad griega y española
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¿Qué hay que saber de Nápoles para llegar a entender su
forma de ser? Nápoles es una verdadera nación (con lengua
incluida) mezcla del genio griego, el espíritu romano y la
pasión española. Tan singular es esta ciudad que podría
estar en cualquier otro país meridional que no fuera Italia.
Las grandes ciudades rivales del norte no han dejado sin
embargo de recordarle que la declaración de la unidad
italiana marcó también el inicio de su declive. En el
s. XVIII, cuando Nápoles era junto con Londres y París una
de las principales metrópolis del mundo civilizado, las
© Frédéric d'Avella ovejas todavía pacían en el Capitolio de Roma.
Castel dell'Ovo
Su historia comienza con una fundación griega y prosigue con una conquista romana que dejó
intactas la lengua y la cultura griegas: Augusto, Cicerón y Nerón quedaron fascinados por este
pequeño vestigio de civilización helénica que siguió viviendo inmutable ante sus ojos. Gracias a la
clemencia del clima, la belleza de su bahía y el refinamiento de sus costumbres, Nápoles se
convirtió en el cuartel de invierno de los romanos adinerados, entre ellos el general, hombre de
letras y gastrónomo Lúculo, amigo de Virgilio.
Nápoles resistió a las invasiones bárbaras hasta el s. XII. Luego, varias dinastías (normanda, casas
de Suabia, Anjou y Aragón) se fueron sucediendo en su gobierno. Cada una dejó su huella en la
ciudad, pero fue sin duda el largo dominio español el que dio a Nápoles su fisonomía grecorromana
e ibérica. El XVII fue para Nápoles el siglo de oro: vio florecer una importante escuela de pintura y
se cubrió de palacios, claustros e iglesias, lo que dio lugar al apodo de "ciudad de las 500 iglesias".
Al igual que Venecia, la ciudad fue el centro de una importante actividad musical, algo que
desembocó en la apertura de la primera ópera, el San Carlo. Corría 1737 y aún faltaban cuatro
décadas para que se inaugurara la Scala de Milán...
La vida en la calle
En Nápoles todo tiene lugar en la calle: cada vicolo, callejón
estrecho y húmedo como hace mil años, es un escenario
teatral, un lugar desbordante de vida que depara visiones
inolvidables. Pasee por los barrios españoles, los
Spaccanapoli y sus callejas perpendiculares: la vida le
saldrá al paso. No dude en acercarse hasta la Forcella, el
tridente del Diablo, uno de los barrios de la camorra en el
extremo de la via San Biagio dei Librai a dos pasos de la
catedral. A no ser que lleve un Rolex no tendrá nada que
perder.
© Frédéric d'Avella
Jugadores de scopa, juego de naipes
típicamente napolitano.
La calle napolitana es ruidosa: en ella se habla, se canta, se grita. Radios y televisores suenan a todo
volumen. Cada artesano trabaja en el portal de su casa. Del cielo caen cestas vacías que los tenderos
se encargan de llenar: una muestra más de que los napolitanos se las ingenian para teñir de arte
hasta los gestos más cotidianos. Las ancianas sacan las sillas a la calle para ver la telenovela de la
televisión. Ésta por supuesto se queda dentro de la casa con el volumen al máximo...
Y por si todo esto no bastase está la Vespa, encarnación del alma exuberante y rimbombante del
napolitano: ningún obstáculo es capaz de parar a este centauro moderno que transporta una, dos y
hasta tres o cuatro personas sin casco, a veces una familia al completo desbordante de alegría. El
tráfico rodado en Nápoles es un espectáculo insólito. La primera vez que cruce una calle le dejará
un recuerdo que tardará tiempo en olvidar: no busque pasos de cebra, semáforos, stops o ceda el
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paso. Los coches no se paran nunca, simplemente se esquivan entre sí y a los peatones con maestría.
Al igual que toda ciudad o pueblo italiano, Nápoles se organiza alrededor de sus múltiples piazze
(plazas). Entre nuestras preferidas citaremos la piazza San Domenico Maggiore, al pie de la iglesia
que le da nombre y de Scaturchio, una excelente pastelería donde podrá degustar un pastel
borracho, y la piazza Bellini, donde jóvenes e intelectuales se dan cita junto a la estatua del
compositor napolitano. En ella abundan los cafés, como el Caffè Letterario Intra Moenia,
emanación francófila de una editorial. Clásico entre los clásicos, el Gran caffé Gambrinus, en
piazza Plebiscito al principio de la elegante via Chiaia, es una institución artístico-literaria (por
aquí pasaron de Verdi a Oscar Wilde) toda de mármoles y dorados. Menos caro, pero muy
recomendable para hacer una cena ligera a base de productos frescos y dulces encontramos el café
trattoria L.U.I.S.E que se encuentra justo al lado del funicular que sube hasta la colina del Vomero
zona muy joven y animada. La mejor heladería es para muchos Scimmia, en piazza Carità. Su
helado de plátano con forma de plátano recubierto de chocolate es una obra maestra.
Cuando las noches son cálidas los napolitanos suelen buscar el fresco a orillas del mar, a lo largo
del Lungo Mare, el paseo marítimo. La costumbre es comprar un refresco en algún bar de los
alrededores y tomárselo sentado frente al golfo. Algo que sin duda ya hacían los griegos hace...
unos tres mil años.
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San Genaro, patrón de Nápoles
Feliz quien, como Ulises, se encuentra en la catedral de Nápoles un 19 de septiembre para asistir a
la tan esperada licuefacción de la sangre de San Genaro. En 305 Genaro, obispo de Benevento, fue
decapitado por los romanos en una zona cercana a Posillipo, entre Pozzuoli y Solfatara. Dos
ancianas recogieron un poco de sangre en dos ampollas de cristal que cerraron herméticamente.
Para tener la oportunidad de asistir a la ceremonia, acuda antes de las diez a los alrededores de la
catedral. Sólo así podrá percibir, en medio de un gentío exaltado y vociferante, un pequeño coágulo
seco del que se escapa un sutil hilo de lo que parece sangre. Cuanto menos tarda la sangre en
licuarse más próspero se anuncia el año para Nápoles y los napolitanos, que suelen implorar a
San Genaro protección contra las enfermedades y las iras del Vesubio. Aunque son muchos los
napolitanos que afirman públicamente no creer en el milagro, la mayoría alberga en su interior una
peculiar mezcla de espíritu crítico, religiosidad y superstición.
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Monumentos en Nápoles
Iglesia Gesu Nuovo
(Plaza del Gesú)
La fachada, con almohadillado de cabeza de diamante, formó parte antaño del Palacio de Sanseverin, del
siglo XVII. Los jesuitas la conservaron cuando compraron el edificio, que en 1584 fue transformado en la
vasta iglesia actual. El interior, barroco, está decorado con mármol multicolor y elaboradas obra de arte. La
capilla de San Ignacio de Loyola guarda dos de las mejores obras de Cósimo Fanzago: las dramáticas
esculturas de David y Jeremías. La estatua de la Virgen sobre un globo de lapislázuli, que está sobre el
altar, data de mediatos del siglo XIX.
Capilla de Sansevero
(Via San Francesco de Sanctis, 1)
La decoración de esta capilla familiar fue encargada por Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, en la
seguna mitad del siglo XVIII. En cada uno de los grupos escultóricos, una figura alegórica representa a un
miembro de esta poderosa familia.
La Modestia está colocada sobre la tumba del altar del príncipe. Sobre la de su padre, hombre al parecer
disoluto pero arrepentido de sus errores, se halla el Desengaño. El centro de interés es el extraordinario
Cristo Velado, obra del escultor Giuseoppe Sanmartino. Las hostorias sobre este famoso príncipe –inventos,
alquimista, amante de la ciencia y lo oculto – han engendrado leyendas que lo pintan como un demonio o un
hechicero.
Pio Monte della Misericordia
(Via Tribunali, 253)
Pio Monte sigue siendo una de las instituciones de caridad más importante de Nápoles. Fue fundada en
1601 para socorrer pobres y enfermos y para liberar a los cristianos esclavizados por el imperio otomano.
Nada más entrar en la iglesia la mirada se dirige inevitablemente al extraordinario retablo con Las siete
obras de misericordia obra maestra de Caravaggio, uno de los pintores italianos más geniales
Castel Nuovo
(Plaza Municipio)..
El castillo se llamó nuovo (nuevo) para distinguirlo de dos anteriores que eran demasiado pequeños para
acomodar a toda la corte angevina. Carlos I de Anjou empezó la construcción en 1279, pero la Capella
Palatina es lo único que queda del edificio primitivo. El castillo, con sus cinco torres cilíndrica, es de planta
trapezoidal y tiene por centro un bello patio; desde aquí se accede a la Sala dei Baroni (cuyo nombre
procede de los tristes hechos acontecidos en 1486: los grandes barones que habían urdido una
conspiración contra Ferdinando I de Aragón fueron detenidos y ejecutados) usada hoy por el Ayuntamiento
y que presenta una espléndida bóveda gótica. Gran parte del ala oeste del castillo y parte de la Capilla
Palatina las ocupa el Museo Cívico que alberga pinturas, esculturas y objetos artísticos procedentes del
propio castillo, iglesias vecinas y otros monumentos napolitanos.
Desde los pisos superiores del castillo se contempla una espléndida vista de la bahía de Nápoles y el
Vesubio.
Teatro San Carlo
(via San Carlo 98)
Se asoma a la plaza Trieste e Trento y enfrente tiene la Galería Humberto. Es el teatro lírico más antiguo de
Europa, fue inaugurado el 4 de noviembre de 1737 por Carlos de Borbón, el día de su santo, 40 años antes
que la Scala de Milán. En el transcurso de la secular historia del teatro, por el escenario desfilaron músicos
de fama mundial como Hasse, Bach, Strauss, etc. En 1816, un incendio dañó gravemente el interior, que
fue reconstruido, tan sólo 10 meses más tarde, por Antonio Niccolini.
Palacio Real
(Plaza del Plebiscito.)
Concebido por Domenico Fontana, las Obras se iniciaron en 1600 y no concluyeron hasta 1843. La fachada
de 169 m de longitud, fue reformada por Luigi Vanvitelli que creó los nichos donde ahora se emplazan las
estatuas de los reyes napolitanos. Visitas recomendadas del Palacio son: 1) la Biblioteca Nacional, la más
importante del sur de Italia y una de las mejores de todo el País; alberga más de dos millones de
volúmenes, manuscritos y una colección de pergaminos de Herculano. 2) el Teatrino di corte, construido
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en 1768 con ocasión de la boda de Fernando IV con María Carolina de Habsburgo, está decorado con
esculturas de papel maché.
Museo Nacional y Parque de Capodimonte
Desde 1735 Rey Carlos ordenó que las colecciones farnesianas de su madre Elisabeta Farnese se
transfiriesen a Nápoles: pinturas, dibujos, bronces, objetos de arte y muebles, medallas y monedas, gemas
y camafeos, vario material arqueológico que estaban en el Palacio Pilotta en Parma, en el Palacio del
Jardín, en el Palacio Ducal de Plasencia en la temporada de Colorno y en el Palacio Farnese en Roma.
Rey Carlos, que seguía siendo Duque de Parma y Plasencia dio orden que se hiciera un inventario.
La mayoría de las cosas se trasladaron a Nápoles en
el Palacio Real y luego al museo de Capodimonte.
En 1739 el Soberano encargó una comisión de
expertos para que estudiase una colocación idónea:
se estableció que las pinturas se colocasen en las
salas expuestas a mediodía y hacia la mar, con mejor
iluminación y temperatura; las medallas y otros
objetos, en las "retrohabitaciones" que se asomaban
al bosque.
El Parque
Sólo en 1758 se terminaron en el piso noble las primeras 12 de las 24 salas para la biblioteca, el medaller,
la pinacoteca y la colección de antigüedades. Antes del saqueo napoleónico de 1799, las pinturas eran 1783
(la pinacoteca farnesiana tenía "sólo" 329 dipintos que Carlos dejó ahí) y ya expuestas las de la colección
borbónica. Los franceses se los trayeron más que 300
.
En el siglo XIX el Museo se enriquece con nuevas secciones: las colecciones borbónicas, pinturas y objetos
de valor provenientes de los monasterios suprimidos, de donaciones reales y de privados y las obras-
maestras del cardenal Borgia, compradas por Fernando I de Borbón en 1817, antigüedades egipcias
etruscas, volscias, grecas, romanas, y el famoso Globo celeste.
La recolección gráfica, una de las más prestigiosas
en Italia, y el nuevo núcleo de obras de artistas
contemporáneos. Una demostración ejemplar,
fundada en el rigor, cultura, y con la pasión de cuidar
diario un patrimonio histórico increíble que se pone
otra vez a la luz artística internacional.
Museo Real de Capodimonte
y la ciudad de Nápoles
Otro saqueo tuvo en 1860, cuando Garibaldi ocupó el Reino: de los 900 cuadros se hallaron menos que
800.
Recomendamos: 1) Crucifixión de Masaccio: en esta pintura de Masaccio, del Renacimiento temprano, la
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intensidad emocional de los rostros y los gestos enfatiza la tragedia. 2) Dánae de Tiziano: una luz dorada
baña este lienzo de Tiziano en el que Júpiter se transforma en lluvia de oro para seducir a Dánae, hija del
rey de Argos. 3) Salón de porcelana de María Amalia: esta habitación fue construida en 1757-1759 para el
Palacio Real de Portci, desmontada y trasladada aquí en 1866. Las paredes y techos del salón de la reina
están azulejados con unas 3000 piezas de la mejor porcelana de Capodimonte.
Pompeya y Herculano
Dentro de la Península italiana, en la región de Campania se situaban las ciudades romanas de
Pompeya y Herculano que fueron destruidas por una erupción del Vesubio durante el reinado del
emperador Tito. Estaban localizadas en una región con grandes posibilidades agrícolas y próximas a
la ciudad de Nápoles. Si bien constituían ciudades de poca relevancia dentro del Imperio romano, la
lava y las cenizas de un volcán como el Vesubio que prácticamente las enterró y permitió su
conservación, nos permiten conocer como eran en época romana. Este hecho se produjo en el mes
de Agosto del año 79 d.C., cuando un alud de fango enterró a la ciudad de Herculano, mientras que
Pompeya recibía una lluvia de cenizas, junto a trozos enormes de piedra pómez. Finalmente los
vapores de azufre envolvieron a estas ciudades y asfixiaron a sus habitantes. Una parte importante
de estos murió en el momento de su destrucción, entre ellos el famoso naturalista C. Plinio
Segundo, mientras observaba la actividad del volcán. En un radio de dieciocho kilómetros el
paisaje quedó afectado y también los campos fértiles que rodeaban a estas ciudades quedaron
arrasados.
Las excavaciones arqueológicas y estudios acerca de Pompeya y Herculano se iniciaron en el siglo
XVIII, y con escasas interrupciones han continuado hasta nuestros días. En la actualidad podemos
pasear por los restos de Pompeya, en la que se conservan perfectamente el trazado de sus calles, las
estructuras de sus tiendas y talleres así como los importantes edificios públicos de esta ciudad como
el Foro, el Templo de Isis o el Anfiteatro, junto a los restos de su su sistema de amurallamiento.
Numerosas casas particulares de esta ciudad han conservado sus estancias, atrios y jardines. En
bastantes ocasiones estas viviendas también presentan importantes restos de pintura mural y de
mosaicos. La ciudad de Herculano de menores proporciones que Pompeya, también ha
proporcionado numerosas casas particulares, termas privadas y algunos edificios públicos como el
Teatro. Algunas villas suburbanas próximas a la ciudad de Pompeya, también conservan junto a sus
dependencias importantes frescos de pintura mural, que utilizan frecuentemente temas de
inspiración griega. El hecho de permanecer sepultadas durante siglos por la lava y las cenizas ha
permitido una buena conservación de los restos de es- tas ciudades antiguas.
También esta región campana donde estaba localizada Pompeya, había recibido como todo el sur de
Italia, la influencia de la civilización griega. Prueba de esta importante influencia es la presencia no
lejos de Pompeya de la ciudad de Paestum, donde se alzan importantes templos griegos en buen
estado de conservación. En este sentido también la ciudad de
Nápoles (Neapolis), próxima a Pompeya y Herculano había sido una fundación griega.
El interés de Pompeya y de la cercana Herculano radica en el hecho de que podemos contemplar
con bastante exactitud lo que constituía la vida cotidiana de una ciudad romana del Imperio tal
como se desarrollaba hace 2000 años, con sus calles, y sus diversos espacios públicos y privados.
La visita a la ciudad puede ser completada con una visita al Museo de Nápoles, donde se conservan
numerosos restos de esta ciudad.
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El Palacio Real de Caserta.
De todas las espléndidas obras que los Borbones crearon para embellecer y modernizar el Reino de
las Dos Sicilias, la más preciosa es el Palacio Real de Caserta, proyectada por el arquitecto olandés
Ludwig Van Wittel, en italiano, Vanvitelli.
Fachada hacia el jardín
Rey Carlos, biznieto de Rey Sol, quiso un nuevo Palacio Real, digna "morada" de un soberano
Borbón. Un Palacio Real cerca de Nápoles para que resultase el más grande y estupendo Palacio
Real después de Versailles, en honor del nuevo Reino que iba a ser independiente y soberano.
Rey Carlos y la Reina fueron las guías inspiradoras
por Vanvitelli sin obsta colar su proyecto
originario. Se creó una perfecta unión de almas
como Vanvitelli escribió en una carta a su hermano
donde expresaba su felicidad por las alabanzas de
los Soberanos y la concreta armonía del trabajo.
Vista del Palacio Real
Cuando los Soberanos se fueron a Madrid en 1759, Vanvitelli lamentó los dias serenos de los años
'50: quejando por las absencias del Rey Católico cada vez terminaba una parte del Palacio Real (los
espléndidos jardínes, por ejemplo); dijo una vez: «La fabbrica fa un bell’effetto, ma a che serve? Se
vi fosse il Re Cattolico sarebbe molto, ora non è niente».
La situación empeoró cuando Tanucci tomó el
control del Reino, limitando el dinero de
Vanvitelli; si en los '50 trabajaban 2000 obreros,
en los '60 resultaban ser la mitad. Sin embargo,
Vanvitelli siguió trabajando con pasión y empeño;
en 1766 Galiani, Secretario de la Embajada
napolitana en Páris llegó a Caserta y se asombró al
ver la maravilla construida por Vanvitelli,
juzgando los jardínes los más bellos y perfumados
que los de Varsailles. Vanvitelli se alegró
muchísimo. Tenía 65 años y estaba enfermo y ya
Vista perspectiva del escalón central pensaba en dejar su trabajo a su hijo.
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En 1767 el Vesuvio le ayudó bastante con su violenta erupción: Rey Fernando IV se mudó desde
Portici a Caserta y los trabajos empezaron de nuevo hasta su muerte en 1773; de todos modos, se
añadieron variaciones al Palacio Real hasta 1920.
Isla de Capri
Paisajes paradisíacos, construcciones históricas, funiculares,
diversión nocturna, y la posibilidad de tener todas estas atracciones a
mano, sin necesidad de hacer grandes recorridos
La región napolitana conocida como Campania posee una de las costas más maravillosas de toda
Italia, incluyendo una gran variedad de islas mágicas, muchas de ellas repletas de una rica herencia
rica de ruinas antiguas.
La isla de Capri, anclada en las azules aguas del Golfo, y considerada en la época romana como un
"lugar dado por la naturaleza para al descanso del espíritu y el placer de los sentidos", es una de las
preferidas por todas las personas que desean abandonar el continente para dirigirse a ellas, en un
paseo que no necesita de más de un día para ser recorrido a pleno.
Desde el puerto del continente, se embarca un ferri con destino al puerto principal de Marina
Grande. Luego se aborda el funicular para llegar a Capri, y es entonces cuando uno se da cuenta que
ya no está más en su ciudad...
En ese momento gran parte de la bella costa del continente de Italia se asoma ante los turistas, así
como las paradisíacas islas Faraglioni. Bien debajo, el agua parece una alfombra azul con una perla
en el medio: las olas de la orilla de esta fantástica isla, donde a medida que se llega se puede divisar
la Piazzeta, dominada por la Torre del Reloj y antiguo Palacio del Arzobispado. Desde esa gran
posición, usted realmente creerá que hay algo mítico sobre todo esta área.
Capri fue centro del antiguo poblado medieval, y desde ese entonces se ha venido reuniendo la alta
sociedad desde la época romántica. En la actualidad, continúa siendo lugar de encuentros de los
personajes del jet-set.
Las atracciones naturales y comerciales de Capri tienen más de lo que cualquier viajero podría
buscar. La isla abunda en arboledas de olivas, acantilados, colinas, y grandes terrazas de jardines
desde los que se puede ver todo el azul del mediterráneo. A la distancia, se logra también
contemplar las magnificas ciudades de Nápoles y Mt. Vesuvius, rodeadas por blancos ferris y
aliscafos que cruzan todos los puertos, así como la Marina Piccola, las Islas Faraglioni Y Punta de
Tragara.
El hecho de que casi todas las trayectorias sean cortas y fáciles de realizar sin ningún vehículo,
ofrecen la posibilidad de explorar la isla a pie, atravesando los los Jardines de Augusto, iglesias,
antiquísimos chalet, ruinas, y toda clase de construcciones históricas.
Capri tiene dos lugares principales, el primero es la Ciudad de Capri, que se encuentra en la mitad
este de la isla. Un funicular asciende del centro de la ciudad hasta el puerto de Marina Grande,
desde donde zarpan los ferris y aliscafos. La otra parte es Anacapri, que se encuentra en la parte
más alta de Capri, por lo que se debe llegar en autobús o taxi. Anacapri tiene una elevación de 980
pies y es la que cuenta con más vida nocturna entre las dos.
Tanto Julius como Tiberious Caesar construyeron residencias de verano en Capri, pero año a año
varios turistas que visitan la isla siguen sus pasos, y compran o construyen una residencia propia
para pasar sus veraneos. Según afirman los especialistas, Tiberious construyó doce chalet en la isla.
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Sin dudas el que más se destaca, tanto desde lejos como desde cerca, es el Chalet San Michele,
construido en un altiplano sobre la isla de Capri. La vista que se tiene hacia el este desde ese lugar,
a través del puerto Marina Grande es, sencillamente, impactante. Hoy en día, el chalet es un museo
y un lugar a visitar en cualquier itinerario.
San Michele fue construido a principios de 1896 por el médico y autor sueco Axel Munthe. Su
estilo arquitectónico, es una mezcla de elementos de varias culturas y eras, cada una de ellas según
las propias instrucciones de Munthe. Cuando comenzaron las excavaciones para construir el San
Michele, fueron encontrados restos de una ciudad romana, que todavía pueden ser vistas. Muchas
de las esculturas clásicas de la ciudad fueron recuperadas del fondo del mar de Capri, hacia donde
fueron lanzadas (quizás durante la celebración por muerte de Tiberious) cientos de años atrás. El
Dr. Munthe escribió una controversial memoria sobre esta inusual residencia. El libro, que fue muy
elogiado por sus contemporáneos, es en parte un producto de la sola imaginación de Munthe.
Mucha gente elige como favorito el chalet Jovis, (chalet Júpiter) el más grande y preservado de
todos los chaletes romanos en la isla. En su apogeo, el chalet era un complejo que incluía cuartos
imperiales, magníficos pasillos y baños y extensos jardines.
La Gruta Azul de Capri, un espectáculo natural único
Ya conocida en la antigüedad por los antiguos romanos, fue redescubierta por un pintor alemán a
principios del siglo XIX, atrayendo consigo un inmenso incremento en el turismo. La Gruta Azul,
es uno de los espectáculos naturales más sencillos y a su vez sorprendentes del mundo que
deslumbra a todos sus visitantes.
Frente a las costas de Sorrento, recortada en el mar Mediterráneo, Capri es un territorio de mitos
y leyendas. En tiempos de los romanos, Augusto se retiraba a contemplar el espléndido paisaje.
Más tarde, Tiberio hizo de Capri la capital del Imperio, pero luego la isla fue abandonada hasta
comienzos del siglo XIX. Un día de 1826, un pescador de nombre Angelo Ferraro le mostró al
pintor alemán August Kopisch la “secreta” Gruta Azul y desde ese momento Capri se convirtió
en un destino masivo del turismo. La historia dice que sólo fue una broma del isleño, pero Kopisch
murió convencido de haber descubierto la famosa Grotta Azzurra. Los pescadores prácticamente
la evitaban porque creían que ahí vivía el fantasma de Tiberio, pero desde tiempo, los turistas
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se embarcan en botes de remo para entrar en ésta y poder admirar con ojos de sorpresa cómo la luz
del sol se refracta en el agua hasta el interior de la cueva, generando diferentes tonos de azul que
parecen surgir a través de la superficie del agua, creándose un fascinante espectáculo natural.
La entrada a la Gruta Azul es un agujero de 50 cm. de alto y 1 metro y medio de ancho a nivel del
mar en un acantilado, dentro mide unos 60 metros de largo y 25 de ancho, y debajo del agua el
agujero es mucho más grande de manera que la luz entra prácticamente toda, volviéndola de un azul
turquesa y de una fosforescencia que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo.
Al alcanzar las inmediaciones de la entrada varios barqueros te suben en sus barcas para visitar la
Gruta Azul. La gruta es suficientemente grande como para admitir varias embarcaciones pequeñas,
pero para que los botes puedan entrar, el mar debe conservar la calma. De hecho hay que agachar la
cabeza en la barca para poder acceder a la gruta.
Vale la pena experimentar que la barca está levitando sobre una brillante nube azul fluorescente.
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