DEUCALIÓN Y PIRRA
Los castigos de los
dioses son tremendos,
así como sus premios y
consuelos, magníficos.
Furioso contra los
hombres y las mujeres
a los que consideraba orgullosos y llenos de vicios, Zeus resolvió acabar
con ellos.
—¿Quién poblará las tierras si acaba con el género humano? ¿Quién llevará incienso a los divinos
altares? —se preguntaban los dioses cuando se enteraron de la catastrófica decisión. Pero Zeus les
prohibió preocuparse, puesto que todos morirían, excepto los únicos justos: Deucalión, hijo de
Prometeo, y su esposa, Pirra, hija de Epimeteo y de Pandora.
A punto estaba Zeus de lanzar sus destructores rayos para quemar todo, cuando concibió un castigo
inverso: la humanidad se perdería bajo las aguas.
Prometeo, protector de los hombres, aconsejó a su hijo que construyera un arca y que en ella
guardara todo lo necesario para subsistir. Este así lo hizo, y se embarcó junto con Pirra.
En la balsa iba el afligido matrimonio mientras las aguas todo lo inundaban y las corrientes
provocaban gigantescas olas. Y es que Zeus había encadenado a Aquilón, dios de los vientos del norte,
y soltado a Noto, la deidad del viento que trae las tormentas del final del verano y destruye las
cosechas.
Noto voló con su terrible cara cubierta de negras nubes, su barba cargada de borrascas; de sus
blancos cabellos fluía agua, y en su frente se asentaban nieblas. Entonces, apretó las nubes, se oyó un
espantoso estruendo, y desde el cielo se desataron las tempestades.
En su ira, Zeus convocó también a su marino hermano, Posidón, que golpeando su tridente ordenó
breve pero funestamente a los caudales:
—¡Inunden todo!
Así lo hicieron y cubrieron las casas, los campos, los sembrados, hasta que no se distinguió el mar
de la tierra. Nadie ni nada se salvó.
El diluvio que sumergió casi todo el territorio duró nueve días y nueve noches, al término de los
cuales Deucalión y Pirra arribaron al monte Parnaso. Su primera acción al desembarcar fue ofrecer un
sacrificio a Zeus, que los había protegido en la huida.
Cuando el dios vio que solo habían quedado los dos sobrevivientes, ambos inofensivos y temerosos
de las divinidades, ordenó que se retiraran las aguas.
Frente a la tierra vacía, Deucalión se lamentaba:
—Pirra, ¿qué habrías hecho si el mar me hubiera arrasado? Créeme que si hubieras muerto, yo te
habría seguido al mar. ¡Ay! ¡Cómo quisiera que hubiese humanos poblando la tierra, pues solo estamos
nosotros como ejemplo del género mortal!
Entre llantos se dirigieron al templo y suplicaron a Temis que les revelara el modo de restituir la vida
humana.
—Retírense del templo y cúbranse la cabeza, y arrojen por detrás de su espalda los huesos de su
gran madre —dijo la diosa.
Pirra rompió el largo silencio:
—¡Jamás arrojaré los huesos de mi madre! No puedo herir de ese modo su memoria.
—Calma, Pirra —respondió Deucalión—. Los oráculos no nos ordenan nada abominable. Los huesos a
los que se refieren son los de Gea, nuestra gran madre tierra.
Los esposos dudaban, pero los movía la esperanza. Entonces, se cubrieron la cabeza y tomaron
piedras que arrojaron hacia atrás. He aquí que el milagro se produjo: las rocas crecieron hasta alcanzar
tamaño humano. Las arrojadas por Deucalión adoptaron forma de varón, y las que
lanzó Pirra tomaron forma femenina.
Por haber nacido de rocas es que somos un género duro y
acostumbrado a los sufrimientos.
En el antigua Tebas, unas criatura aterradora llamada la Esfinge asolaba
el ciudad. Esta bestia, con cuerpo de león, alas de águila y rostro de mujer,
se posaba en los puertas de la ciudad y planteaba unas enigma a cada
viajero que intentaba entrar. Aquellos que no lograban responder
correctamente eran devorados sin piedad. Las desesperación de la tebanos
era tal que su rey, Creonte, ofreció el trono a quien lograra vencer a unas
criatura.