DE EMOCIONES, GESTOS Y SEÑALES: “EL IDIOMA DEL SOLDADO”
A veces por necesidad, otras por seguridad y en todos los casos por formación, los
soldados hacen de los gestos y las señales su idioma. Un inmenso diccionario de
ademanes comunes, compartidos en esa compleja organización que es el Ejército. Las
palabras sobran en la mayoría de las ocasiones.
Tan solo con la mirada, el subalterno interpreta a su Jefe. Lo conoce, y éste último a cada
uno de los suyos.
No hace falta hablar. El pensamiento se manifiesta en emoción y ésta, en acción.
Las palabras sobran, entorpecen, se vuelven innecesarias.
Encolumnados, inmersos en la más profunda oscuridad de la noche, una patrulla avanza.
De repente, el Jefe alza su mano y ambas se agitan hacia abajo y los laterales. La
fracción se arroja cuerpo a tierra. El Jefe mira al primer hombre detrás suyo y todos
cumplieron la orden. Todo transcurrió en segundos. La comunicación es clara. No hay
dudas. No hace falta hablar.
Un mástil ávido de su bandera espera por ella, frente al mausoleo de los caídos por las
Islas Malvinas. Dos Soldados se aprestan a izarla. El sol está despuntando sobre el
horizonte. Ningún peatón advierte esa ceremonia. Pero un soldado pasa próximo, detiene
su marcha y hace el saludo con reverencia marcial. No hace falta hablar.
Un llamado en medio de la noche con voz agitada, anuncia la antesala de una noticia
desagradable. “Mi Capitán, un Sargento se ha perdido en las aguas del río”. El reloj
parece detenerse. El tiempo se congela. La garganta se reseca. Las emociones fluyen.
Asombro, bronca, decepción, tristeza. No hace falta hablar.
El Capitán acude de inmediato a la zona del siniestro. El lugar está colmado de personas
yendo y viniendo sin rumbo fijo, aunque todos saben qué hacer. El aparente desorden da
paso a acciones perfectamente coordinadas, para buscar al Sargento.
Un Coronel visita a la madre y a los hermanos del Sargento, en su domicilio. El cortejo
completado por dos Suboficiales es el preludio de la peor noticia. El paradero del ser
querido no es conocido aún. La madre inmutable, calma y con enorme resiliencia
transmite serenidad. No hace falta hablar.
Los medios locales comienzan a agolparse en el lugar, ávidos de respuestas que den
claridad sobre el hecho y acribillan a un jefe a preguntas. Ellos buscan la primicia. Los
soldados, soportando el dolor, inician una búsqueda ordenada y sin cuartel, para
encontrarlo.
48 horas angustiantes trascurrieron desde el llamado inicial hasta el desenlace menos
querido. Una patrulla de jóvenes liderada por un Teniente, hallan el cuerpo del Sargento,
sobre la orilla de una pequeña barranca. No hace falta hablar.
La noticia corre al instante. Todos ya conocen el destino de aquel Sargento, que una vez
caído en el agua, alcanza a decirles a sus hombres “vayan por ayuda, yo llego
nadando hasta la costa”. El instinto de preservación propio es superado por el de
preservar a los soldados a sus órdenes.
Hoy despedimos a un hijo, a un hermano, a un padre, a un esposo, a un camarada. Hoy
despedimos al Sargento Sebastián Romero. Entre llantos, congoja, tristeza y otras
emociones, cada uno de los allí presentes quisieron darse cita para el adiós final, a quien
ya transfigurado, se encuentra al lado del Señor integrando aquel Ejército celestial. Las
palabras sobran. No hace falta hablar.
Descansa en paz Soldado de la Patria, ¡MISION CUMPLIDA!
Un soldado anónimo