La tradición del boxeo ha generado un sistema de enseñanza de la disciplina que se
extiende en el tiempo y en el espacio con notable regularidad. Al tiempo que reproduce una
serie de tecnologías del yo (Foucault), se inscribe en un orden simbólico que otorga valores y
lugares jerárquicos en función del género, por lo cual sostenemos que se trata de una
tecnología de género (De Lauretis). La investigación empírica que se presenta en este artículo
permite observar cómo el aprendizaje de la práctica boxística integra a los peleadores en una
estructura social compleja, separada y defendida como un coto de exclusividad masculina
con un funcionamiento que abarca varias dimensiones del cuerpo, el género y la educación.
El boxeo es un deporte limítrofe cuya legitimidad es puesta en duda con frecuencia. Su
finalidad expresa es la destrucción del cuerpo del enemigo, a diferencia de lo que ocurre en la
mayoría de los deportes institucionalizados, en los que la violencia se disfraza o se atenúa
con objetivos que no son los cuerpos de los otros contra los que se compite. El boxeo
manifiesta de manera muy franca su relación con el ethos guerrero. Despliega al mismo
tiempo una extremada destreza física y un pronunciado desarrollo de habilidades corporales
con uno de los más altos riesgos de destrucción y muerte. Es visiblemente somático —físico,
material, corporal—, pero se postula estratégico. Depende de virtudes tremendamente
antiintuitivas —quizá irracionales—, como el arrojo hasta el grado de la temeridad, la
negación del dolor, el sostenimiento de la voluntad por encima de las indicaciones de alarma
que el cuerpo expresa, de modo tal que no es difícil encontrar entre las historias de la
tradición boxística muchas en las que el grave daño a la salud, o incluso la muerte del
boxeador, se debió a su enorme "corazón", a su decisión de desoír esas señales.1 El boxeo,
como disciplina corporal, cultiva un cuerpo destinado a su propia aniquilación.
No obstante, hay una interpretación mística del boxeo —la cual inspira una
producción cultural extensa—, a partir de la que se elabora una figura heroica que se mueve
en el mundo boxístico para fabular mitos de la modernidad, como el de la construcción de la
masculinidad, la conversión del niño en hombre o la salida de la pobreza con base en el
mérito individual. En todas estas expresiones el boxeo "es conquista y destrucción,
competencia pura, hombre contra hombre" (Hauser, 2000: 7).
El boxeo en la Ciudad de México
El presente artículo forma parte de un trabajo de investigación para obtener el grado
de doctora en Ciencias Sociales, con especialidad en Mujer y Relaciones de Género, por
parte de la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Xochimilco, que se titula Orden
discursivo y tecnologías de género en el boxeo. Las labores de investigación comenzaron en
septiembre de 2005 y concluyeron en septiembre de 2008. El trabajo de campo se llevó a
cabo en diferentes lugares (gimnasios, parques de entrenamiento, arenas y campos
deportivos) donde se practica el boxeo en la ciudad de México. En total, entrevisté a 10
boxeadoras, 19 boxeadores, ex boxeadores, entrenadores y managers, una entrenadora y 14
personas con otros cargos (funcionarios, médicos del deporte, un periodista, un industrial,
un anunciador). Las entrevistas se efectuaron en esos mismos lugares, y su duración varió
entre 45 minutos y dos horas.
Desde el inicio, los y las informantes supieron que estaban participando en un
proyecto que podría llevar su voz al espacio público. En las transcripciones de las entrevistas
se utiliza el nombre de los sujetos, sin intención de "proteger su anonimato". Esta variedad
investigativa, en donde "se da la cara", no necesariamente contradice los supuestos
etnográficos y presenta ciertas ventajas metodológicas respecto de las entrevistas
"protegidas", entre las que se cuenta el hecho de que la aparición pública implica una
asunción de responsabilidad, una rendición de cuentas (accountability) que puede no
presentarse en otras circunstancias.
Las preguntas que se formularon en las entrevistas estuvieron enfocadas en
reconstruir historias de vida e itinerarios corporales en torno a la práctica deportiva y al
deporte como un campo social en el que se escenifican performativamente "actos de
género" (Butler, 1998, 2001, 2002) y se aplican "tecnologías de género" (Foucault, 1984, 1990,
interpretado por De Lauretis, 2000). El cuestionario se enfocó en las trayectorias de ingreso al
boxeo, la relación con la familia, las características del entrenamiento y reflexiones acerca
del cuerpo, el tiempo y el espacio. Se "dejó hablar" a las y los informantes con bastante
libertad, siempre que se mantuvieran dentro de los objetivos de la entrevista. No se utilizó un
formulario fijo, sino una guía general y flexible.
Uno de los ejes de esta investigación tiene como base los relatos de vida —como los
definen Daniel Bertaux (1993, 2005) y Fortunato Mallimaci y Verónica Giménez Béliveau
(2006), es decir, como aproximaciones narrativas en las que la propia voz y la propia lógica de
las personas entrevistadas son los hilos conductores del acontecimiento vital— que las
personas entrevistadas urdieron en conversación. El campo deportivo, como ámbito
particular de la praxis humana, es una fuente de repertorios discursivos —con tipos (genres)
relativamente estables de enunciados cuyos contenido temático, estilo y composición les
dan un carácter más o menos uniforme— dentro de una muy específica esfera de la
comunicación.
El boxeo como ciencia y como arte
En el campo del boxeo de la ciudad de México, muchos informantes reprodujeron una
mirada ambigua, que idealiza una práctica cuestionable en función de su capacidad de
sublimar sus contenidos más inmediatos —violencia, brutalidad, riesgo— en imágenes de
espiritualidad y trascendencia, control corporal y sometimiento riguroso del cuerpo a la
mente, además de interpretarla como una vía para sobreponerse al ritmo frenético de la vida
cotidiana y como una disciplina cuyos dividendos más apreciados son el fortalecimiento de
la autoestima, la salud y el bienestar físico:
Rudy Pérez (ex boxeador y entrenador): Yo creo que es el mejor deporte de todos los
deportes, el más disciplinado, y lo he visto a través de... pues, licenciados en deporte. Da el
ritmo cardiovascular, la torrente sanguínea [sic], agilidad mental, agilidad... incluso hay
quienes mejoran su nivel académico, entonces, porque está uno más despierto. Me ha
pasado con niños que de repente van mal en la escuela y aquí los han traído y mejora su nivel
académico, sus mamás me lo han agradecido... (22 de noviembre de 2005).
En su caracterización del boxeo como "ciencia" y como "arte" existe un esfuerzo
discursivo —emitido en diferentes discursos tanto orales como escritos— por encontrarle un
lugar honroso dentro de las actividades humanas, pese a que exista un inconfundible
reconocimiento de su violencia expresa. Para Joyce Carol Oates, es el único deporte "donde
el enojo se acomoda, se ennoblece [...]; donde la ira puede ser transpuesta, sin
equivocación, como arte" (Oates, 2002: 63).
Según dicho esfuerzo discursivo, el enfrentamiento de dos cuerpos en el cuadrilátero
no significa la cruda exposición de la fuerza bruta, sino "un exhibidor maravilloso de aptitudes
cerebrales", en el que se ponen en juego cualidades tales como "balance, coordinación,
velocidad, reflejos, poder, instinto, disciplina, memoria y pensamiento creativo" (Hauser,
2000: 23). Una pelea, entonces, se convierte en la posibilidad de demostrar una combinación
de inteligencia, astucia, gracia, habilidad y, de manera muy especial, "lo que los boxeadores
llaman 'corazón'" (Oates, 2002: 79):
Antonio Solórzano (entrenador en jefe del equipo de boxeo de la Universidad Nacional
Autónoma de México, UNAM): Un atleta profesional, en boxeo, es tremendo. Mis respetos
para esa gente, porque es una gente con una mente y un espíritu indomables, fuertes, aparte
de la preparación físico-atlética que deben tener, ¿no? Son maravillosos los boxeadores
profesionales, por todo lo que implica ser un boxeador profesional. Éste es el deporte más
duro, en todos los aspectos, que cualquier otro. Para mí el boxeo es lo más hermoso que hay,
y más aquí en nuestra institución; es lo mejor que me ha pasado en la vida (14 de octubre de
2005).
A diferencia de lo que ocurre en otros espectáculos de la violencia —como la lucha
libre, pero también los géneros policiacos, bélicos, "de acción", incluso la pornografía en el
cine y la televisión—, el boxeo no es teatral; "su violación del tabú en contra de la violencia
[...] es abierta, explícita, ritualizada, y [...] rutinaria" (Oates, 2002: 106). En el ring se cumple lo
que Thomas Hauser denomina la ley básica del hombre: "si vas a derrotar a otro hombre,
derrótalo completamente" (Hauser, 2000: 7). No obstante, en la investigación de campo se
repite con frecuencia el argumento de que se trata de una "violencia controlada", una
expresión reglamentada de la agresión que, al ser asimilada por la cultura, se legitima a sí
misma:
Margarita Cerviño (entrenadora): Es técnico, es elegante, aunque me grite aquí la
mitad de la humanidad "¡¿Cómo es posible que me digas que es elegante?!". Porque es muy
técnico; bien trabajado, una muy buena pelea siempre se goza. Tenemos la idea de que en el
boxeo debe correr sangre, e incluso cuando vemos una pelea técnica —eso le pasaba mucho
al Finito López—, si ves una pelea técnica y limpia, a la gente no le gustaba mucho: "¡Ay, qué
aburrido, no se abrió la ceja, no salió con la boca toda...!". Ves a boxeadores que salen
enteritos, que salen muy bien, y han tenido peleas magistrales (6 de mayo de 2006).
El boxeo es espectáculo, negocio, empresa, apuestas y hasta contacto con el mundo
del hampa. Lugar de explotación, pero también camino —aunque precario— hacia la fama y
la fortuna. Como el control del negocio es monopólico, su crecimiento monetario implica un
extendido abuso de la fuerza de trabajo. John Sugden (1996) ha analizado esta dimensión del
boxeo de manera elocuente. Según Hauser, aunque la televisión aporta una cantidad enorme
de ingresos, muy poco de ese dinero se filtra hacia abajo; el grueso de las ganancias del
boxeo "se divide entre quienes no combaten". A los boxeadores les tocan "salarios pobres,
cuidado médico inadecuado y sin pensión más allá de un puñado de recuerdos cuando su
carrera termina". De modo que hasta los más famosos pueden terminar en la miseria (Hauser,
2000: 58).
Rudy Pérez: Cuando uno va empezando, está muy mal pagado, y aparte de muy mal
pagado, pues no peleamos cada ocho días, peleamos cuatro o cinco veces por año. Entonces
lo que uno juntó pues se va invirtiendo en los entrenamientos. El box pues es caro, es caro
porque tiene que comprar uno sus cosas, su alimentación, su equipo, pues todo eso, y
cuando no hay quién lo ayude y quién lo patrocine, pues es difícil (22 de noviembre de 2005).
El boxeo está lleno de paradojas, sobre todo en el plano económico, dado que se
mueve en una frontera muy borrosa entre legitimidad e ilegalidad, sobre todo por la
realización de las apuestas. Esto permite que los atletas mejor pagados del mundo sean los
boxeadores de campeonato, pero eso no quiere decir que los boxeadores como clase sean
los deportistas que reciben más altos sueldos, sino todo lo contrario. Como dice Oates: "la
cima de la pirámide es pequeña, la base amplia, bordeando el anónimo subsuelo de la
humanidad" (Oates, 2002: 34).
Justo Ríos Martínez (entrenador): Lo que pasa en esto —sí se puede decir, ¿verdad?—
es que es una mafia, desgraciadamente. Aquí el chiste [...] existen muchas apuestas,
principalmente en Las Vegas, en Estados Unidos. Yo estuve 28 años en Estados Unidos, yo
me daba cuenta en el béisbol, en el basquetbol, en el futbol americano cómo se cruzan
apuestas, cómo se dejan caer y cómo se dejan ganar... La verdad, esto es lo mejor: [en el
caso de] lo amateur, que es derecho, no hay ninguna ventaja. Ya cuando es de negocio ya es
otra cosa, y eso a mí no me gusta (2 de noviembre de 2005).
No podría haber boxeo sin un público ávido de emociones fuertes y dispuesto a
alimentar con furor irracional, de masa enardecida, la saña de un encuentro. Las actividades
boxísticas suelen ocurrir como parte de un conjunto de ceremonias, en un ambiente donde
juego, ritual, festival y espectáculo son géneros (genres) de actuación (performance) —
análogos a los géneros literarios— que se vinculan dentro de un sistema ramificado
(MacAloon, 1982: 104-106). Se trata de conjuntos de símbolos organizados como procesos
en el espacio y el tiempo. Funcionan como un aparato que procura, "de forma inseparable, la
participación individual del espectador en el espectáculo y la participación colectiva en la
fiesta cuya ocasión es el propio espectáculo" y, mediante las manifestaciones colectivas que
suscitan, satisfacen "al gusto y al sentido de la fiesta, de la libertad de expresión y de la risa
abierta" (Bourdieu, 1998: 32).
Pero sobre todo, el boxeo es una tecnología de género.2 Como afirma Sarah Fields
(2005: 130), el box "se ha contemplado como algo que salva la masculinidad (como lo
imaginó Teddy Roosevelt) o como algo que destruye la civilización (como lo temieron las
cortes en la década de 1860)".
Si el deporte en general es un campo clara e intensamente generificado, el boxeo
multiplica de manera fundamental estas características en todas sus dimensiones, como
espacio para la masculinización de los niños y los jóvenes, como el lugar donde se endurecen
el cuerpo y el carácter por medio de técnicas corporales intensas, repetidas y deliberadas.
Técnicas dirigidas al establecimiento de una disciplina rigurosa cuya finalidad es preparar no
sólo para la pelea, sino también para la vida. Hay una conciencia expresa de esta función en
los testimonios de nuestros informantes:
Ricardo Contreras (presidente de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur): Es la
disciplina que hace de un caballero en el ring un hombre en la vida real, en la vida civil.
Entréguenos un niño aquí y nosotros le regresamos un hombre. Eso es (28 de noviembre de
2005).
La primera condición del boxeo —en su estructura tradicional— es el aislamiento de
los pupilos en un ambiente estrictamente homosocial: el gimnasio. En el imaginario del
boxeo, los roles de género están rigurosamente repartidos. Las mujeres pueden ocupar el
lugar de espectadoras o pueden funcionar como la red de apoyo que mantiene las
condiciones de posibilidad de la vida de un atleta. Pero en el gimnasio, "agotan la energía de
los varones y como compañeras sexuales destruyen la concentración de un boxeador"
(Fields, 2005: 130), por lo cual se les prohíbe la entrada a esa especie de santuario.
Aunque no exista una barrera formal para su participación [...], las mujeres no son
bienvenidas en la sala porque su presencia perturba, si no el buen funcionamiento material,
al menos el orden simbólico del universo pugilístico. Sólo en circunstancias excepcionales,
como la proximidad de un torneo importante o el día después de una victoria decisiva, se
permite a las amigas o esposas asistir a un entrenamiento de su hombre. Cuando van, deben
quedarse sentadas inmóviles y en silencio en las sillas colocadas detrás del ring; y
normalmente se sitúan a los lados, contra la pared, de forma que no entren en la zona de
ejercicio propiamente dicha, aunque no esté ocupada. Se da por supuesto que no deben
interferir de ningún modo con el entrenamiento, excepto para ayudar a prolongar sus efectos
en casa tomando a su cargo las tareas cotidianas de limpieza y a los niños, cocinando los
platos necesarios y proporcionando un apoyo emocional e incluso financiero sin tacha
(Wacquant, 2004: 59-60).3
En las peleas, el papel de las mujeres se limita a
...funciones estereotipadas que se realizan usualmente de manera entusiasta y
estereotipadamente femenina [como la de anunciar, casi siempre en traje de baño y con
maquillaje y peinados vistosos, el número del episodio], porque de otra manera, las mujeres
no tienen un lugar natural en el espectáculo (Oates, 2002: 72).
De esta forma, mientras se considera que el boxeo es una actividad "normal" para los
varones, aparece como la más inapropiada para las mujeres.
Hay que subrayar que las formas de respeto habituales en el gym son formas
exclusivamente masculinas, que afirman no sólo la solidaridad y la jerarquía de los
boxeadores entre sí sino, además, y de una forma más eficaz puesto que no es consciente, la
superioridad de los hombres (es decir, de los "verdaderos" hombres) sobre las mujeres,
término físicamente ausente pero simbólicamente omnipresente en negativo tanto en la sala
como en el universo pugilístico (Wacquant, 2004: 74).
No obstante, el mundo del boxeo es inconcebible sin la presencia discreta, silenciosa
y cálida de mujeres que funcionan como la principal motivación de los peleadores —como el
componente imaginario fundamental del hogar que le da sentido a la acción masculina—, al
tiempo que representan uno de los peores peligros a los que se enfrenta la carrera boxística:
Ricardo Contreras: Siempre, en los deportes que hay fama y dinero, siempre hay
mujeres. Usted ve que al boxeador que está en el pináculo, en lo máximo de la fama, se le ve
rodeado de las mejores vedettes, de las mejores artistas, y entonces cuando sucede alguna
situación relacionada con esto, no con el boxeo, sino con estas circunstancias, que
sorprenden a un boxeador que se quedó a dormir con la artista fulana de tal y que ya lo acusó
por violación para sacarle dinero, que lo encontraron al señor tomando unas gotas de alcohol
y ya estaba borracho, que lo vieron con una mujer y ya engaña a la señora... (28 de noviembre
de 2005).