+ Primer eje temático: El mito como respuesta a la pregunta sobre el hombre.
Versiones psicoanalíticas y culturales.
MITO Y PSICOANÁLISIS
Dra. Liliana Ziaurriz – Psicoanalista didacta (Asociación Psicoanalítica Argentina)
Congreso Latinoamericano FEPAL 2014 - Buenos Aires
EL MITO EN LA CONFIGURACIÓN DEL SUJETO
“Había una vez en un país lejano…” Así comienzan los cuentos de hadas.
También en los mitos, la narración remite a un tiempo “otro” y a otra
escena. Esta doble incidencia sobre el tiempo y el espacio no sólo tiene eficacia
por el contenido de sentido sino, incluso, que la dimensión temporal del hablar -la
condición diacrónica del lenguaje- en ese transcurrir temporal de la narración va
ejerciendo un efecto de compañía y de sostén de las ansiedades y temores del
sujeto.
Todos conocemos la acción calmante y facilitadora del dormir que ejercen
los relatos para el niño.
La narración es una manera de temporalizar y dar orden a la existencia, es
decir, que la narración es eficaz en este vínculo de correspondencia y compañía
entre el relator y quien le escucha. Es una puesta en forma simbólica de fantasmas
y tendencias profundas sobre el fondo de una escucha compartida.
Los mitos aglutinan a los grupos humanos proveyéndoles un sustrato
cultural común y compartido.
Sostiene Lacan (Seminario 4, “La relación de objeto”, p. 329-330):
El mito a nivel individual se distingue por toda clase de características respecto de la mitología desarrollada.
Esta se encuentra en la base de todo equilibrio social en el mundo, como es patente allí donde los mitos están
presentes en su función. Pero incluso cuando están aparentemente ausentes (tal como se puede pensar respecto
de la ciencia actual) están actuando. Aunque no se puede igualar el mito individual a la mitología colectiva, ellos
tienen en común la función de solución en una situación de callejón sin salida. Consiste en enfrentarse con una
situación imposible mediante la articulación sucesiva de todas las formas de imposibilidad de la solución… el
significante no está aquí para representar la significación, sino para completar las hiancias de una significación
que no significa nada.
Es decir, que el relato mítico articula, marca y “rellena” los huecos de lo
imposible de conocer, lo que no es experimentado por el sujeto, lo imposible de
transparentar por el lenguaje: la muerte, los orígenes, el destino.
El mito reviste gran importancia para el psicoanálisis. Sigmund Freud, en
su descubrimiento del inconsciente y en la fundación de la disciplina del
psicoanálisis, primera teoría del psiquismo, método de investigación y nuevo y
especial modelo de relación vincular, se apoyó en el teatro, la literatura y en los
mitos.
Tanto es así que, para el Psicoanálisis, el “mito de Edipo” está en el
fundamento de la cultura y la exogamia así como en el fundamento del sujeto.
Si bien, como Uds. saben, los dos mitos centrales del psicoanálisis son el
“mito de Edipo” y “el mito de Narciso”, la elaboración mítica es una actividad
central, tanto del psiquismo individual, como del familiar y del grupal.
La producción individual de mitos se apoyará en la ensoñación fantasiosa.
En su búsqueda de sentido, le proveerá al sujeto una trama que lo signifique frente
al Otro, aunque paradójica y simultáneamente él mismo será tomado y significado
por ella.
No sólo la partera espera al niño. También los mitos familiares reciben al
sujeto. Ellos están prestos ready-made, ya preparados por la historia mítico
fantasiosa familiar, siempre embellecedora dirá Freud. Las caídas, las derrotas, las
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trampas, traiciones, asesinatos, suicidios, toda la dramática shakespeariana de la
vida, será poetizada y embellecida.
Al nacer, las hadas madrinas, tanto las amantes como las despechadas y
celosas, hilarán los designios del destino: el lugar que tendrá en la familia, a quien
reemplazará y reencarnará, quién será el ancestro que, desde la fantasmática
familiar lo habitará.
Hay una escenografía y una dramatización con elaboración de fantasías.
Para M. Abadi, el mito edípico se relaciona con el deseo de nacer, esto es, de
conocer sobre su propia identidad. Considera que el mito edípico es un mito de los
orígenes, un mito del fin o del destino, un mito de investigación de lo prohibido,
un mito del anhelo y fracaso de una imposible libertad frente al anhelo posesivo de
los padres.
Nos encontramos, entonces, con las improntas que ejercen los ancestros
sobre ese ser que devendrá, es decir, la manera en que se configurará su Yo ideal.
YO IDEAL
Entramos entonces en ese territorio interregno: el yo ideal que es un
elemento que relaciona al niño y sus padres en una red con puntos de indistinción.
Es inaugurado o fundado por los padres, tendrá existencia psíquica (no será solo
concreto, sino que advendrá a una existencia psíquica). Será identificado por los
padres.
En los comienzos inaugurales del psiquismo infantil ¿cuáles son las
improntas simbólicas, imaginarias, realizadas en él? ¿A quién ve una madre o un
padre en el hijo? ¿Cómo será la estructura de este doble, creación de la psique
parental que lo acompañará de ahí en más?
En conclusión el yo ideal es proyectado por los padres sobre el niño y por
lo tanto en él estarán las novelas familiares y el ejercicio inconsciente de la
sexualidad de los padres sobre el hijo: acompañante, completante en la falta de la
madre, el que realizará las proezas que el padre no ha realizado, será la pieza de
ofrenda a lo que oscuramente se sentirán como mandatos del destino, mandatos
del superyo inconsciente, o incluso encarnará, desde el deseo de la madre, la
identidad de alguien ya desaparecido a quien el “infans” debe recrear, o deberá
ocupar, por proyección, el lugar de niña que tuvo con su madre, pagando así su
deuda con ella en esta entrega.
Precisando, la condición del psiquismo materno en relación con el “infans”
es determinante para la estructuración del niño. Considero que es a traves de la
actitud de la madre, de sus palabras, sus silencios, su accionar y su presencia-
ausencia significativos, que la anaclisis del psiquismo del “infans” se hace posible,
como así también se lleva a cabo su impregnación narcisista, con la complejidad
delicada que esto implica: quién es él, si él es presente, si es vigente para ella, si
puede conmocionarla, etc. Será la madre la creadora, receptora y filtro de la
estructuración del psiquismo temprano.
Por otra parte, además de las exigencias de la conciencia moral, a veces se
le presentan al niño los mandatos de sostener un lugar en el grupo de referencia.
¿Es el yo-ideal de los padres, la confirmación de la omnipotencia de los
padres (o de la impotencia sexual o social, el “hacerse respetar”? Por ejemplo:
¿qué afrentas o cobardías de los padres debe “levantar” un hijo o una hija?
Estos determinantes de destino nos remiten a la afrenta sufrida por el viejo
Jacobo Freud, la cual su hijo prometió vengar. Efectivamente, Sigmund “levantó
la gorra” e hizo suya la calle y la vereda, en una titánica tarea de reformular la
cultura, imprimiéndola con su sello. El redimió la humillación de su padre.
El niño ideal, “his majesty the baby” del narcisismo primario, yo-ideal,
omnipotente, anterior a la diferencia de los sexos, es una fantasía prototípica del
inconsciente, una de sus formaciones estructurales y estructurantes que sucumbe a
la represión. Posteriormente al corte de la castración, es una fantasía inconsciente
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en sentido freudiano, reprimida, que continúa creciendo (a la manera en que
construye en el psiquismo la fantasía).
La estructura de mito, entonces, es un texto que intenta una red en los
puntos de lo incognoscible.
Para Levy-Strauss, no sufre la influencia histórica, no refieren a lo
religioso, ni a lo trascendente; carece de significado y sólo lo tiene en relación a
otros códigos. No es una forma de conocimiento y está destinado a resolver
contradicciones lógicas. No está destinado a explicar los fenómenos naturales, ni
actitudes psíquicas ni formas simbólicas. No hay relaciones con las estructuras
sociales (no hay relación causal). Son innatas, conjuntos de disposiciones que se
rigen por reglas propias. La característica de todos los mitos es la idea de
mediación entre dos polos opuestos.
Es decir, que el relato mítico prestará texto para aquello que por su índole
es incognoscible: cómo fue originado donde no estuvo, quién será él para ese Otro
siempre desconocido, inquietante, temido y anhelado y, finalmente, dará por tierra
con él, por sorpresa, con avasallante y caprichosa decisión.
Pretender que los hombres puedan elaborar sus temores, pérdidas e
incertidumbres sin un anclaje de referencia mítica y sin rituales compartidos,
como ha sido la expectativa del positivismo, no se ajusta a realidad humana.
Es importante no comprender el mito reduciéndolo a algo distinto. No es
escritura cifrada y no representa a otra cosa sino que es. Es eficaz y produce
efectos a nivel del sujeto, es decir, que actúa sobre él a la manera de una acción
sagrada. No es mera representación o teatro representacional. No significa sino
que es y opera.
El ser humano, a diferencia de las demás especies, desde su indefensión,
nace en estado de precariedad, puesto que no se vale de sí mismo ni en su
alimentación ni en su deambular. El lenguaje, don humano por excelencia - lo
significa y determina a él antes de nacer y, ya como infans, el recurso de emplear
el lenguaje, decía, aparece también tardíamente. Es decir que nace inerme en un
mundo que lo significa a él, en extrema pasividad y desconocimiento.
En este punto, y desde este lugar de incertidumbre - que es una constante
en la vida de una persona - el mito será un organizador básico y primero de las
ansiedades, impulsos y deseos del ser humano atinentes a un ámbito que lo
excede.
Su temática anclará entonces sobre lo desconocido que lo determina; la
gama incluye el develamiento de los orígenes, los misterios de la sexualidad, la
sinrazón de la muerte, el sentido de su vida, el destino.
Es decir que el relato mítico prestará texto para aquello que por su índole
es incognoscible: cómo fue originado donde no estuvo, quién será él para ese Otro
siempre desconocido, inquietante, temido anhelado, qué es lo que, finalmente,
dará por tierra con él, por sorpresa, con avasallante y caprichosa decisión.
En su indefensión y soledad, el hombre apelará a construir
representaciones que oficien de explicación y que, aunque no incidan sobre los
fenómenos que lo inquietan, se tornarán imprescindibles para su psiquismo. De
esta manera, ya más sereno, podrá sobreponerse al terror, seguir pensando y
acceder entonces a soluciones eficaces de las catástrofes que lo amenazan.
Pretender que los hombres puedan elaborar sus temores, pérdidas e
incertidumbres sin un anclaje de referencia mítica, y sin rituales compartidos,
como fue la expectativa del positivismo, se hace difícil de conciliar con la realidad
de la condición humana.
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