El león rojo Mária Szepes
Cuando Hans Burgner oye hablar por primera vez de la
Piedra Filosofal y el Elixir de la Vida, resuelve alcanzar a
cualquier precio el dominio de tales conocimientos, sin
detenerse ni siquiera ante el asesinato. Esta decisión mar‐
ca el comienzo de una emocionante aventura, a la vez al‐
química y espiritual, que se despliega a lo largo de varias
vidas en sucesivas reencarnaciones, y que va de la Alema‐
nia del siglo XVI a la Francia del siglo XIX, hasta llegar a su
culminación en un místico Tíbet espiritual.
El león rojo es una narración imaginativa y apasionante
que combina de un modo magistral lo histórico con lo
esotérico, y en la que el fuego de todas las pasiones hu‐
manas sirve finalmente para refinar el oro del espíritu. Pu‐
blicada en Hungría, esta novela permaneció desconocida
para el lector occidental durante varios decenios hasta
que el éxito de su edición alemana la impulsó más allá de
las fronteras de su país.
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El león rojo Mária Szepes
PRAELUDIUM
EL MANUSCRITO DE
ADAM CADMON
La carta de Adam Cadmon me llegó hace muchos años,
en el verano de 1940. Por entonces yo vivía en una casa
pequeña de la que, a excepción de algunos amigos ínti‐
mos, nadie sabía nada. Era una granja de una sola planta,
con un porche cubierto de parras silvestres, contraventa‐
nas verdes y paredes encaladas, situada en la suave pen‐
diente de una colina y protegida por la sombra de viejos y
aromáticos tilos. No se podía llegar a ella ni en tren ni en
coche, y desde la estación de ferrocarril más cercana ha‐
bía una hora de camino por una región de colinas. El co‐
rreo tan sólo llegaba tres veces por semana al «Arca de
Noé», que es el nombre que yo había dado a mi refugio.
Había hecho reformar las habitaciones para convertirlas
en estancias cómodas y modernas, pero aun así tenía que
bombear el agua a mano para que subiera hasta los depó‐
sitos, y por la noche debía servirme de lámparas de petró‐
leo y velas. Sin embargo, en 1940, las personas sensibles
abandonábamos gustosas las furibundas bendiciones de
la llamada «cultura» para emigrar hacia un pasado «más
primitivo».
Desde mi porche y mi ventana la vista abarcaba las ex‐
tensas colinas pobladas de vides, a cuyos pies resplande‐
cía el curso del Danubio.
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El león rojo Mária Szepes
Había elegido la casa en un lugar tan oculto e inaccesi‐
ble como aquél deliberadamente y tras mucho buscar,
pues tenía la sensación de que nunca podría terminar mi
obra si no conseguía liberarme del ajetreado ambiente de
la gran ciudad.
Debido a mi profesión estoy atado a la ciudad, y en mi
calidad de director del departamento neurológico de un
gran hospital parecía bastante improbable que pudiera li‐
berarme de la carga de mis obligaciones. De entre todas
las diferentes carreras que existen, quizá sea la de médico
la más esclavizante, ya que se trabaja en un ámbito donde
las cosas no pueden controlarse. Cada acontecimiento so‐
breviene de forma inesperada y con escalofriante premu‐
ra, y no tolera ningún aplazamiento.
La orientación que yo seguía, como pionero, me puso
ante un grave dilema: tanto el ejercicio de mi profesión
como mi libro exigían una dedicación exclusiva. Aunque
llevaba años acumulando material para el libro, aún tenía
mucho que leer para aclarar ciertos detalles. Intenté sacri‐
ficar parte de la noche, pero eso repercutió de forma ne‐
gativa, no sólo en mi salud, sino también en mi trabajo. Te‐
nía que enfrentarme a problemas que requerían un esfuer‐
zo de concentración sostenido, pues de lo contrario mis
tesis empezarían a debilitarse y acabarían siendo un mag‐
nífico blanco de ataque; no podía defender un auténtico
acontecimiento de importancia capital con argumentos
ambiguos, ralos e insuficientes. Tras largos titubeos y algu‐
nos compromisos, solicité finalmente un permiso de cua‐
tro meses por motivos de salud y me entregué a la tarea
como quien se lanza al abismo: con el ánimo exaltado y
con unos remordimientos de conciencia casi imposibles
de acallar, que sin embargo fueron superados por mi ínti‐
mo apremio. Así pues, designé a mi asistente más capaz
para que me sustituyera en el hospital y me retiré sin más
de este mundo.
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El león rojo Mária Szepes
La mágica paz de la soledad y el trabajo no me cautiva‐
ron de inmediato. Durante la primera semana aún bullían
en mí los casos que había abandonado de un día para
otro y revoloteaban a mi alrededor como moscardones in‐
quietantes; pero luego los aplasté sin misericordia con
aquel sano escepticismo que afirma que el ser humano,
en general, no es imprescindible, porque si lo fuera no se‐
ría continuamente substituido por la muerte como los bi‐
lletes de banco que se retiran de la circulación. Universali‐
zar el método que yo había descubierto, confirmado por
medio de experimentos y demostrado en la práctica, y de‐
tener la enfermedad en sí misma, me parecía mucho más
importante que la puntillosa preservación de la continui‐
dad o el tratamiento de algunos pacientes aislados. Pues‐
to que en este libro yo sólo tengo un papel accidental, no
quiero extenderme sobre la naturaleza de mi trabajo sino
en la medida en que contribuya a explicar en cierto modo
la figura y la aparición de Adam Cadmon y en tanto que
guarde relación con su singular historia.
Desde hace veinticinco años me ocupo de personas
que padecen trastornos mentales, y hace más o menos
diez que, abandonando el callejón sin salida de las consi‐
deraciones establecidas, emprendí un camino completa‐
mente nuevo, sin que hasta ahora haya publicado mis ex‐
perimentos y resultados. Conozco y respeto la cautela con
que actúa la ciencia y su rechazo, a menudo exagerado,
frente a aquellos que quieren abrir nuevas sendas, por lo
que estaba dispuesto a que mi trabajo fuese ridiculizado,
a que acabara sometido al fuego cruzado de numerosas
animosidades o a que, en definitiva, fuera ignorado; pero
todo ello no me importaba en absoluto. Algunos de mis
discípulos más destacados, a los que más adelante no se
podrá excluir sin más del ámbito de la ciencia médica, es‐
tán ya lo bastante «contaminados» para curar empleando
mi método. Nuestras estadísticas ofrecen cifras respeta‐
bles, y nuestros pacientes, esos fantasmas que andan
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El león rojo Mária Szepes
errando en tierra de nadie, se convierten de nuevo en se‐
res humanos.
He llamado a mi método metapsicoanálisis. Por «psi‐
que» entiendo la inteligencia inmortal que, en esta Tierra,
alcanza su culminación en la conciencia del ser humano.
Pero en relación con las dimensiones ilimitadas del espíri‐
tu, esta culminación es como un grano de polvo en el Cos‐
mos. La enfermedad del alma consiste en un defecto del
vínculo entre el cuerpo y el alma, una alteración de los ór‐
ganos que establecen esa comunicación. El médico del al‐
ma debe identificar ese fallo del cuerpo, diagnosticarlo y
corregirlo con toda la exactitud del método clínico. Si sólo
se dedica a tratar síntomas, puede llenar de muertos vi‐
vientes los establecimientos dedicados a la atención de
enfermedades nerviosas, y por lo tanto, también este
mundo. Por supuesto, no me refiero aquí a los trastornos
orgánicos del cerebro que influyen negativamente en to‐
da una vida humana; hablo de las enfermedades del alma,
invisibles e imposibles de localizar, que desencadenan de
forma paulatina cambios enfermizos en el organismo.
Esta revolución general del espíritu y también de la
ciencia médica ya no puede condenarse al interior de un
frasco, como el genio del cuento, porque los tiempos es‐
tán preñados de ella, el latido de su corazón resuena en el
mundo y su nacimiento está a las puertas. Para explicar to‐
davía con mayor claridad lo herético de mis puntos de vis‐
ta frente a la ciencia, quiero reconocer con toda franqueza
las relaciones ocultas de mi orientación. Creo en Hermes
Trismegisto, proclamador de la doctrina de las analogías,
y en las antiguas tradiciones, cuyas raíces se pierden en un
formidable pasado prehistórico como en una niebla que
ahora, poco a poco, empieza a dispersarse. También en
épocas anteriores la Verdad salió a la luz, pero las gentes
se comportaron ante ella como gnomos malvados. Baste
con recordar a Paracelso, cuyos colegas envidiosos le des‐
trozaron el cráneo, un cráneo por el que en vano se ha‐
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El león rojo Mária Szepes
brían ofrecido miles de otros a cambio. Tampoco se pue‐
de obtener oro a cambio de tierra, aunque la ofreciéramos
a toneladas.
La carta de Adam Cadmon contenía tan sólo unas po‐
cas líneas:
Muy distinguido señor profesor,
Tengo la esperanza de que con mi visita pueda hacerme
perdonar el hecho de haberle molestado en su trabajo. Sólo
pretendo abusar de su hospitahdad durante dos días. La‐
mento no poder comunicarle el momento exacto de mi lle‐
gada, porque depende todavía de algunos asuntos que de‐
bo resolver, pero espero emprender el viaje esta misma se‐
mana.
Hasta que nos veamos en persona, le saluda de todo co‐
razón
Adam Cadmon
Así firmaba: Adam Cadmon. La carta había sido echa‐
da al correo en Budapest.
Mi primer pensamiento fue que alguno de mis amigos
se había permitido gastarme una broma. Mi dirección sólo
la conocían tres personas: mi asistente, mi ama de llaves
en Budapest, y un distraído colega soltero con el que ha‐
bía librado interminables batallas sobre el tablero de aje‐
drez y que se encontraba en el hospital tras una operación
de cálculos biliares. Su lealtad estaba fuera de toda duda.
Sabía que ellos no habrían revelado mi dirección a nadie,
y mucho menos a un desconocido. Por lo tanto, ¿de dón‐
de había sacado mi dirección ese Adam Cadmon, que se
atribuía un nombre cabalístico que significa «Cosmos»? ¿Y
qué quería de mí?
Mi enojo, provocado por el pretendido trastorno, fue
barrido por mi curiosidad. Tanto de la carta como del
nombre emanaba algo mágico. Una y otra vez volvía a re‐
leer ese escrito, que me preocupaba y me fascinaba al
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El león rojo Mária Szepes
mismo tiempo. Observaba y examinaba la delicada escri‐
tura rectilínea e inclinada, incomparable y singular; en esa
escritura había algo que me recordaba los jeroglíficos.
Además, en el sobre no sólo aparecía escrito mi nombre
con toda claridad, sino también el nombre de la casa, que
yo no había anotado en ninguna parte y que sólo había
mencionado a mis amigos: «Arca de Noé». El enigma me
parecía indescifrable, y con cierta excitación febril me dis‐
puse a esperar la aparición de Adam Cadmon.
Descubrí que por las mañanas, al despertar, mi primer
pensamiento iba dirigido a la posibilidad de que hubiera
llegado. Al tercer día no pude soportar más aquella incer‐
tidumbre. Con el pretexto de ir a comprar cerillas, velas y
algunas provisiones, bajé caminando a la estación. Pero
nadie descendió del tren. Sin embargo, cuando regresé
pude comprobar que mi visitante acababa de llegar a ca‐
sa.
Estaba sentado en el porche y, al verme, se levantó, se
acercó a mí y me alargó la mano.
No habría podido determinar su edad con exactitud.
En todo caso, no era viejo. Tenía el rostro pequeño, de fac‐
ciones delicadas y exento por completo de arrugas. Pero
tampoco era joven ya; no sabría decir por qué, pero esta
palabra era del todo inadecuada para describirle. Seria
mejor decir que parecía atemporal, que más bien causaba
una impresión como de perpetuación en el presente. Sus
rasgos tenían un ligero aire mongólico y su cutis era algo
moreno, pero no demasiado diferente a como se da tam‐
bién en Europa. Resultaba difícil apartar la mirada de sus
brillantes ojos almendrados, de un color verde azulado. La
frente, ancha y despejada, con sus nobles protuberancias
y las sienes delicadamente arqueadas, era para el experto
frenólogo como una obra de arte de la naturaleza. El pelo
negro, de un brillo mate y peinado con severidad hacia
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El león rojo Mária Szepes
atrás, descendía pegado a la cabeza hasta la nuca. Lleva‐
ba un traje blanco de verano que parecía bastante cómo‐
do. Pero mis palabras no pueden transmitir lo esencial de
su apariencia. ¿Cómo podría, por ejemplo, describir su
mirada alegre, penetrante y confiada, capaz de despertar
un eco en las profundidades más hondas del alma? En
ningún momento me pareció un extraño, aunque yo ni si‐
quiera supiese cómo se había establecido la relación entre
nosotros ni cuál era la naturaleza de esa relación.
Con su voz suave y uniforme, lo primero que hizo fue
recabar información acerca de mi trabajo. Trabamos con‐
versación y, por extraño que parezca, no me sorprendió
descubrir que estaba muy bien informado. Incluso cuando
citó pasajes enteros de mi libro supuse que los habría leí‐
do en alguna revista de medicina; pero en mitad de la
conversación me interrumpí desconcertado, porque las
cosas que él decía no las había mencionado en ninguna
parte. Aquello sólo lo sabíamos el papel que había sobre
mi escritorio, la pluma estilográfica y yo. Eso significaba…
Me quedé mirándolo con fijeza y él me sonrió.
—¡No se trata de brujería! Sólo estoy un paso más ade‐
lantado en ese ámbito en el que usted también trabaja. En
su conciencia, la obra ya está terminada, y yo la he leído.
Esta capacidad está latente en todas las personas; sólo
hay que desarrollarla.
Esta explicación me llevó de pronto a unos niveles en
los que la imagen del mundo adquiría nuevas dimensio‐
nes.
Nuestra conversación derivó hacia el tema de la gue‐
rra. Él dijo que había venido a propósito desde Lublin pa‐
ra visitarme, y que dentro de dos días iniciaría el viaje de
regreso. Esta revelación despertó en mí numerosas pre‐
guntas de diversa índole. ¿Qué se le había perdido a él en
Lublin, donde hacía estragos una guerra sin cuartel y rei‐
naba en esos días una terrible represión? ¿Quizás era po‐
laco? Hablaba el húngaro a la perfección, aunque con un
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El león rojo Mária Szepes
acento extranjero apenas perceptible. En Budapest había
pasado un solo día, no conocía a nadie, había venido di‐
rectamente a mi casa… Pero, entonces, ¿quién había
echado al correo la carta en Budapest cuatro días atrás?
¿Y cómo podía él, un simple particular, atravesar las zonas
de guerra?
—No soy polaco —respondió él a mis pensamientos—.
Me trasladé a Lublin en julio de 1939.
—¡Usted es alemán! —El pensamiento surgió en mí
acompañado de una desagradable sospecha—. ¿No será
acaso…?
—Vengo de Tíbet —dijo él con sencillez—. Me propuse
hacerle esta visita cuando me encontraba allí. Si libra a su
alma de todos los pensamientos efímeros, tan efímeros
como mariposas de un día, encontrará debajo de ellos la
certeza de que me ha estado esperando. Por supuesto, el
elegido no sólo espera con el entendimiento, sino con sus
intuiciones, sus premoniciones, su inquietud y su fe inago‐
table, a que un día se anuncie y manifieste lo esencial,
aquello que es inexpresable e inalcanzable mediante las
estrictas leyes de la vida tridimensional. Entre nosotros
dos, la diferencia estriba tan sólo en que usted intuye algo
y yo lo recuerdo. Pero eso no tiene importancia para nues‐
tro trabajo en común. Lo importante es que usted tiene
conocimiento de estas cosas, que cumple su cometido im‐
pertérrito y que ha conservado íntegras sus características.
—¿En qué consiste mi cometido? ¿Quiénes me lo han
encomendado? ¿Qué características he conservado? —Las
preguntas se abrían paso desde mi interior.
—Las palabras tienen la gran desventaja de que cada
uno las emplea en cada ocasión de modo distinto. Prime‐
ro hay que ponerse de acuerdo en cuanto a su significado,
al igual que se sincronizan diferentes relojes. Cuando ha‐
blo del recuerdo, me refiero al recuerdo de una vida ante‐
rior. Usted sabe y cree que la reencarnación es una reali‐
dad, usted posee sus propios conocimientos e intuiciones.
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El león rojo Mária Szepes
Yo me acuerdo. Usted tiene la sensación de que hoy no
nos encontramos por primera vez; yo lo sé. Usted se ha re‐
tirado a este lugar, al «Arca de Noé», obedeciendo una or‐
den interior, a fin de terminar su obra, que es necesaria
para el futuro. Pero yo sé que esta orden interior es un en‐
cargo procedente de aquel lugar en donde los revolucio‐
narios del espíritu preparan los nuevos eones a través de
los conspiradores de alma renovada. Usted pertenece a
ellos sin saberlo en esta vida, pero yo puedo asegurarle
que en su momento prestó ese juramento de manera
consciente. Esto es tan claro como la luz del sol, ¿no es
cierto?
Asentí involuntariamente, aunque esa «claridad» más
bien me cegaba en lugar de hacerme ver. Durante todo el
tiempo que Adam Cadmon se alojó en mi casa, estuve in‐
merso en un extraño entusiasmo que me cautivaba con
fuerza. En su presencia yo era incapaz de discutir, de anali‐
zar y de ofrecer resistencia. De vez en cuando, aparecía en
mi mente la sospecha de que quizás era víctima de alguna
sugestión, ya que cada una de las palabras que él pronun‐
ciaba contra mis conocimientos, contra hechos palpables
que podían demostrarse con argumentos, me alcanzaba
con tal fuerza persuasiva que incluso la menor de mis du‐
das se disipaba. Pero yo había realizado suficientes experi‐
mentos, precisamente con la sugestión, para saber que
ahora me encontraba frente a cosas de una índole muy
distinta. No había en él ningún intento de cambiar mi esta‐
do anímico, ni la más ligera corriente de violencia; se limi‐
taba a ser él mismo, con aquel dominio de las fuerzas y ca‐
pacidades mentales, y sus manifestaciones no estaban lle‐
nas de la dubitativa y humana inseguridad, sino repletas
de una penetrante y grave seguridad.
Después de cenar nos sentamos en el jardín. Sobre noso‐
tros el cielo se oscureció y se llenó de estrellas. Los signos
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del zodíaco pintados sobre una cúpula invisible brillaban
a nuestro alrededor. La Vía Láctea se derramaba sobre el
horizonte como una corriente oscura, cargada de misterio.
En la proximidad de una gran luna llena refulgían dos pla‐
netas de brillante claridad: Saturno y Júpiter en estrecha
conjunción. Mi mirada quedó prendida en esos dos cuer‐
pos celestes y reflexioné acerca de su poder, de sus fuer‐
zas opuestas, que sin embargo se complementan una a
otra. Júpiter es el gran benefactor, llameante, lleno de im‐
pulso, constructor; Saturno, por el contrario, es el inhibi‐
dor, el que produce aflicción y por medio de ella enseña.
Júpiter es amigo del Sol; Saturno, de la gran soledad. El
peligro del uno es el fuego; el del otro, la rigidez helada.
¿Qué efectos podía tener sobre este mundo la lucha de
ambos gigantes?
—La constelación de los ungidos —dijo en voz baja
Adam Cadmon, a mi lado.
Me asusté. De pronto me sentí lleno de la magia de
esa noche incomparable. Y la frase de Adam Cadmon res‐
pondía con exactitud a mis pensamientos, al igual que la
vez anterior.
—La conjunción de Júpiter y Saturno también precedió
al nacimiento de Cristo —continuó él con toda calma—. En
aquella época la gran conjunción aparecía en el signo de
Piscis. Ahora aparece en el de Tauro. Aquella trajo al mun‐
do el cristianismo; ésta trae la revolución filosófica y social,
la liberación del espíritu de su servidumbre a la materia. El
Mesías que ha de nacer ahora abrirá las puertas a una
Nueva Época.
—¿Nacerá un nuevo Mesías? ¿Dónde? ¿Y cuándo? —
pregunté incrédulo.
—En Lublin, en abril de 1941. En el gueto de Lublin, allí
donde la carga es más pesada y donde reina la más oscu‐
ra de las tinieblas. Allí, entre los humillados y los atormen‐
tados. Su sombra lo precede con mucha anticipación: el
hombre del pecado, el infractor de la ley con todo su po‐
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El león rojo Mária Szepes
der y con todos los signos de la mentira ya ha aparecido. Y
allí donde su sombra cae sobre la Tierra, allí aparece tam‐
bién su brillante contrapartida, la realidad junto a la ofus‐
cación, el Salvador frente al Anticristo. Y para que se cum‐
pla la escritura y se haga audible el ritmo siempre repeti‐
do del eterno oleaje del tiempo, nacerá como hijo ilegíti‐
mo de una muchacha judía, una joven agobiada por la
aflicción, por la horrible cordura de sus sufrimientos, por
la terrible ternura que se muestran unos a otros durante
las persecuciones. Esta apacible madre virginal es la ima‐
gen de aquella primera madre que hace mil novecientos
cuarenta años dio a luz a su hijo en un establo.
Hablaba con voz queda y sobria, pero desencadenó un
fuego en miinterior. Me vi aplastado por esa ilimitada cer‐
teza, que va más allá de toda comprensión, de que cada
palabra era verdad de una forma estremecedora, más ver‐
dad que las cosas visibles que me rodeaban…
—Y usted…, ¿por qué vive en Lublin? —Fue la primera
pregunta que le hice referida de forma directa a su perso‐
na.
—Cuando, llegado el momento, la sabiduría nazca en el
establo del odio humano y de la limitación de la sabiduría,
irán a visitarla, siguiendo a la estrella, todos aquellos que
han sido invitados al bautismo. Yo ya he percibido la lla‐
mada. Fie regresado de la anonimía para procurarle un lu‐
gar y anunciarlo. He venido para anunciar a los justos: ha
llegado el día del que hablan los profetas. Se acercan los
días en que los molinos molerán despacio y reducirán a
polvo cualquier soporte humano. Habrá un gran fuego
que también destruirá los últimos refugios de la materia.
No habrá un palmo de tierra ni un palmo de bosque don‐
de el perseguido pueda descansar, donde el acosado
pueda ocultarse. El becerro de oro caerá definitivamente
de su pedestal. El río de lágrimas no conmoverá el cora‐
zón de los demonios inmisericordes. La sangre se conver‐
tirá en un mar e inundará tierras, ciudades, calles, casas,
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El león rojo Mária Szepes
campos, lagos y ríos; porque antes del fresco océano de
Acuario, la Tierra será purificada por la sangre.
Aquellas palabras apocalípticas pronunciadas con des‐
apasionamiento tardaron largo rato en penetrar en mi ce‐
rebro y en mis nervios. Aturdido, contemplé los oscuros y
delicados perfiles del paisaje, donde brotaba el canto de
los grillos. Frescos aromas me acariciaban el rostro, el per‐
fume de las acacias y del saúco. Desde una granja lejana
se oyó el ladrido de un perro. En la orilla del rio croaban
las ranas con voz ronca y suave pidiendo la lluvia. Los con‐
ceptos de sangre, muerte y malvada brutalidad eludían la
pura paz de la noche… Pero de pronto, procedente de las
dimensiones místicas del futuro y del Akasha,[1] cayó so‐
bre mí de forma súbita la percepción del horror de los
años futuros, esa destrucción y esa corrupción que supe‐
raban cualquier concepto imaginable, el desenfreno del
odio, la impotencia de las masas indefensas, las convulsio‐
nes infinitas y suicidas de una danza demoníaca; de pron‐
to, también el sereno paisaje se llenó de una vida omino‐
sa, un murmullo de voces temblorosas que anunciaban la
tragedia y que palpitaban en una desgarradora premoni‐
ción del horror. Esta sensación fue tan intensa y tan real
que me dejó sin respiración y mi corazón empezó a latir
desbocado.
—¡No! —grité sin poderme contener, lleno de rechazo—.
¡Semejantes abismos no se encuentran en el ser humano!
¡No hay ninguna alma humana que pueda soportarlo!
—El alma en su naturaleza es tan divina como demonía‐
ca, según sean las fuerzas de la luz o las de las tinieblas las
que muevan los resortes que la guían. El alma es la mate‐
ria prima mudable y sutil del ser. Los influjos que se derra‐
man sobre ella son tan elementales que penetran por to‐
dos los puntos desprotegidos y débiles. Ése es el poder
del odio. Y aquel que además manifiesta hacia él la más
mínima disponibilidad, que no lucha contra él con todas
sus capacidades y todos los conocimientos de su espíritu,
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El león rojo Mária Szepes
es alistado en el ejército de los demonios y está perdido.
El odio es la fuerza más terrible y mágica que ha apareci‐
do jamás sobre la Tierra. Vence y supera cualquier otra de‐
bilidad humana: el egoísmo, la tendencia a la comodidad,
el miedo a la muerte… Espolea el fanatismo hasta la in‐
candescencia y funde a los hombres en una masa que sólo
persigue la destrucción, aunque para ello tengan que pa‐
gar el precio de su propio aniquilamiento.
—¿Y por qué tiene que suceder así? —grité tan alto que
mi voz se derramó por entre los árboles dormidos—. Si de‐
trás de las cosas visibles se oculta un planificador y un
plan, ¿cómo pueden entonces abrirse a las fuerzas de la
destrucción puertas y portones?
—Justo porque detrás de las cosas visibles se oculta un
plan —me llegó su tranquila respuesta—. Ésta es la gran
transmutación de la Tierra. Su ser se transforma. Los co‐
rrompidos son vomitados, y los pocos que quedan dejan
de ser plomo para convertirse en metal noble. Se produce
entonces el efecto de una inyección provocadora; la en‐
fermedad sólo se manifiesta en aquellos en los que ya
existía de forma latente.
—El ser humano es débil, ignorante e irresponsable.
Son sus líderes quienes tienen el conocimiento y carecen
de conciencia; el mal uso de la magia negra de la propa‐
ganda es culpa suya, no de las gentes. El cerebro degene‐
rado y limitado se ve bombardeado por artículos de fondo
y discursos radiofónicos repletos del veneno de las ideas.
¿Cómo defenderse de eso? Sin ideas propias ni bastiones
éticos, sólo saben que les falta algo. Son como niños, que
al oír al flautista de Hamelin se arrojan ciegos a su destruc‐
ción. ¿Por qué se nos castiga con tanta dureza?
—La comparación es acertada. Los seres humanos son
como niños que juegan a un juego muy cruel. Son crueles
entre sí, hacia todos los seres vivos y hacia sí mismos. Pero
la Tierra ya no seguirá siendo por mucho tiempo más un
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FIN DEL FRAGMENTO
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