Cónclave
El cónclave es la reunión que celebra el Colegio Cardenalicio de
la Iglesia católica para elegir a un nuevo papa (también conocido como
sumo pontífice o romano pontífice), que es el obispo de Roma, y que
lleva aparejado el cargo de soberano del Estado de la Ciudad del
Vaticano. Según la doctrina católica, el papa, por ser obispo de Roma, es
el sucesor de san Pedro y la cabeza terrenal de la Iglesia.[1]
La Capilla Sixtina (aquí vista desde
la cúpula de la Basílica de San Pedro) es el lugar donde se celebra el
cónclave.
Los problemas de interferencias políticas en la elección papal dieron
lugar a varias reformas tras el interregno de 1268-1271. En 1274,
durante el Concilio de Lyon, el papa Gregorio X promulgó la bula Ubi
periculum, donde establecía que durante una elección papal, los
cardenales electores debían ser encerrados «bajo llave» (en latín: cum
clave) hasta que se eligiera a un nuevo pontífice. [2] Hoy día, los
cónclaves se celebran en la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico, en la
Ciudad del Vaticano.[3]
Desde la era apostólica, el obispo de Roma, al igual que otros obispos,
era elegido por consenso entre el clero y los laicos de la diócesis.[4] En
1059, por medio de la bula In nomine Domini, el papa Nicolás
II estableció a los miembros del Colegio cardenalicio como los únicos
electores del romano pontífice.[5] Desde entonces, el procedimiento de
elección papal se ha ido modificando a lo largo de los siglos. En
1970, Pablo VI promulgó el motu proprio Ingravescentem aetatem, por el
cual excluía del derecho de voto a los cardenales mayores de 80 años.
Actualmente, el cónclave se encuentra regulado en la constitución
apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II el 22
de febrero de 1996, a la que Benedicto XVI introdujo leves reformas en
2007[6] y 2013,[7] estableciendo el requisito de una mayoría
cualificada de dos tercios para elegir al papa.[8] El último cónclave tuvo
lugar en 2013 cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido como Francisco,
sucediendo a Benedicto XVI. Tras el fallecimiento de Francisco el 21 de
abril de 2025, está previsto un nuevo cónclave para mayo de 2025.
Desarrollo histórico
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Artículo principal: Elección papal antes de 1059
Las normas para la elección del papa se han desarrollado a lo largo de
casi dos milenios. Hasta la creación del Colegio Cardenalicio en 1059, los
obispos de Roma, al igual que los de otros lugares, eran elegidos
por aclamación del clero local y del pueblo. Los procedimientos similares
al actual se introdujeron en 1274, cuando Gregorio X promulgó la
bula Ubi periculum, formalizando las decisiones adoptadas por los
magistrados de Viterbo durante la prolongada elección papal de 1268-
1271.[9]
El proceso fue definido de forma más clara por Gregorio XV en su
bula Aeterni Patris Filius (1621), que establecía el requisito de una
mayoría de dos tercios de los cardenales electores para elegir a un papa,
[10]
lo cual ya había sido establecido en el Tercer Concilio de
Letrán (1179).[11] Este requisito ha ido variando desde entonces,
dependiendo de si el candidato elegido tenía permitido votar por sí
mismo, en cuyo caso la mayoría requerida es de dos tercios más uno de
los votos. La Aeterni Patris Filius prohibió está práctica y estableció los
dos tercios como la mayoría necesaria para la elección. Tampoco eliminó
la posibilidad de elección por aclamación, pero requería que se celebrara
primero una votación secreta antes de elegir al papa. [12]
Electorado
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Las primeras comunidades cristianas ya nombraban obispos, elegidos
por el clero y los laicos con la ayuda de los obispos de las diócesis
vecinas.[4] Según Cipriano de Cartago (fallecido en 258), el
papa Cornelio fue elegido obispo de Roma «por decreto de Dios y de su
Iglesia, por el testimonio de casi todo el clero, por el colegio de obispos
ancianos [sacerdotum] y de hombres buenos».[13] Como en otras
diócesis, el clero de la diócesis de Roma era el órgano electoral del
obispo de Roma. En lugar de emitirse votos, el obispo era elegido
por consenso o por aclamación. Después, el candidato era presentado
ante el pueblo para su aprobación o desaprobación general. Esta falta de
precisión en los procedimientos electorales dio lugar ocasionalmente a la
existencia de papas rivales o antipapas.[14]
El derecho de los laicos a rechazar al candidato electo fue abolido en
el Concilio de Roma del año 769, pero fue restaurado más tarde para
los nobles romanos por Nicolás I durante un sínodo celebrado en Roma
en 862.[14] El papa también estaba sujeto a un juramento de lealtad
al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que era el
encargado de mantener la seguridad y la paz pública en Roma. [15] Un
cambio notable se produjo en 1059, cuando Nicolás II decretó en la
bula In Nomine Domini que los cardenales debían elegir a un candidato
para el papado después de recibir el consentimiento del clero y los
laicos. Los cardenales obispos debían reunirse primero para debatir
sobre los candidatos y después convocar a los cardenales presbíteros y a
los cardenales diáconos para proceder a la votación propiamente dicha.
[13]
En 1139, el Segundo Concilio de Letrán eliminó el requisito de la
previa aprobación del clero y el pueblo; y en 1179, el Tercer Concilio de
Letrán otorgó iguales derechos a todos los miembros del Colegio
Cardenalicio para la elección de un nuevo papa. [16]
Durante gran parte de la Edad Media y el Renacimiento, la Iglesia
católica tuvo un número muy reducido de cardenales, tan sólo siete
con Alejandro IV (1254-1261)[17] o Juan XXI (1276-1277).[18][19] Las
dificultades para viajar redujeron aún más el número de cardenales que
llegaban a los cónclaves. El pequeño número de electores hizo aumentar
la importancia de cada voto e hizo casi imposible evitar las lealtades
familiares o políticas. Los cónclaves llegaron a durar meses e incluso
años. En la bula Ubi periculum (1274), que exigía que los electores
permanecieran recluidos durante el cónclave, Gregorio X también limitó
a dos el número de sirvientes para cada cardenal y ordenó racionar
progresivamente la comida cuando un cónclave llegaba a los cuatro y a
los nueve días de duración.[14] A los cardenales no les gustaban estas
normas, por lo que Adriano V las suspendió temporalmente en 1276
y Juan XXI las revocó ese mismo año mediante la bula Licet felicis
recordationis.[20][21] Los largos cónclaves continuaron siendo la norma
hasta 1294, cuando Celestino V restauró las normas promulgadas en
la Ubi periculum. En los años siguientes continuaron produciéndose
largos interregnos: de 1314 a 1316, durante el papado de Aviñón,
cuando los electores quedaron dispersados por mercenarios que
asediaron la ciudad de Carpentras, donde se celebraba el cónclave, y no
volvieron a reunirse durante casi dos años; y de 1415 a 1417, con
motivo del Cisma de Occidente.
Es de destacar que hasta 1899 era una práctica habitual incluir a unos
pocos miembros laicos en el Colegio Cardenalicio. A menudo se trataba
de nobles importantes o de monjes que no eran sacerdotes y, en todos
los casos, se establecía como requisito el celibato. Con la muerte
de Teodolfo Mertel en 1899 se puso fin a esta práctica.[22] En 1917,
el Código de Derecho Canónico promulgado ese mismo año establecía
explícitamente que todos los cardenales debían ser sacerdotes. Desde
1962, todos los cardenales han sido obispos, con la excepción de unos
pocos sacerdotes que fueron nombrados cardenales a partir de 1975 y
que tenían 80 años o más, por lo que fueron dispensados del requisito
de la ordenación episcopal. En 1975, mediante la constitución
apostólica Romano Pontifici Eligendo, Pablo VI excluyó del derecho a
participar en el cónclave a los cardenales que tuvieran 80 o más años,
confirmando así una norma que ya había instaurado a través del motu
proprio Ingravescentem aetatem en 1970.
En 1587, Sixto V limitó el número de cardenales a 70, siguiendo el
precedente de Moisés, que fue asistido por 70 ancianos para gobernar a
los hijos de Israel: seis cardenales obispos, 50 cardenales sacerdotes y
14 cardenales diáconos.[17] Desde de los intentos de Juan XXIII de
aumentar la representación internacional en el Colegio Cardenalicio, ese
número ha aumentado. En 1970, Pablo VI dictaminó que los cardenales
que hubieran alcanzado los 80 años de edad antes del inicio de un
cónclave no podrían participar en él,[23] y en 1975 limitó el número de
cardenales electores a 120.[24] Aunque éste sigue siendo el límite teórico,
todos sus sucesores lo han superado durante breves períodos de
tiempo. Juan Pablo II también cambió ligeramente el límite de edad, de
modo que los cardenales que cumplan 80 años antes de declararse
la sede vacante (no antes del inicio del cónclave) no puedan ser
electores.[3] De este modo se eliminó la idea de programar el cónclave
para incluir o excluir a un cardenal que esté muy cerca del límite de
edad. En 2013, el cardenal Walter Kasper, que tenía 79 años cuando
comenzó el período de sede vacante, participó en el cónclave con 80
años ya cumplidos.
Electores y candidatos
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Originalmente, la condición de laico no impedía la elección como papa.
Los obispos de las diócesis a veces eran elegidos cuando aún
eran catecúmenos, como en el caso de San Ambrosio,[25] que se convirtió
en obispo de Milán en 374. A raíz de la violenta disputa sobre la elección
del antipapa Constantino II en 767, Esteban III decretó en el sínodo de
769 que sólo se podría elegir a un cardenal presbítero o un cardenal
diácono, excluyendo específicamente a los que ya eran obispos. [13][26] La
práctica de la Iglesia se desvió de esta regla ya en 817 y la ignoró por
completo a partir de 882 con la elección de Marino I, obispo de Caere.[27]
En el sínodo de 1059, Nicolás II codificó formalmente la práctica
existente al decretar que se debía dar preferencia al clero de Roma, pero
dejando a los cardenales obispos la libertad de elegir a un clérigo de otro
lugar si así lo decidían.[28] En 1179, el Tercer Concilio de Letrán anuló
estas restricciones de elegibilidad.[16] El 15 de febrero de 1559, Paulo
IV emitió la bula papal Cum ex apostolatus officio, una codificación de la
antigua ley católica según la cual sólo los católicos pueden ser elegidos
papas, excluyendo a los no católicos, incluidos los ex católicos que se
hubieran convertido en herejes públicos y notorios.
En 1378, Urbano VI se convirtió en el último papa elegido que no
formaba parte del Colegio Cardenalicio.[29] La última persona elegida
como papa sin ser ya sacerdote o diácono ordenado fue el cardenal
diácono Giovanni di Lorenzo de' Medici, elegido como León X en 1513.[30]
Su sucesor, Adriano VI, fue el último en ser elegido in absentia, en 1522.
[31]
Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán, recibió varios votos en
el cónclave de 1958 aunque aún no era cardenal.[32][33] Como la Iglesia
católica no permite la ordenación sacerdotal a las mujeres, ninguna
mujer puede acceder al papado.[37] Aunque el papa es el obispo de
Roma, no es necesario que sea de origen italiano. Los tres cónclaves
más recientes han elegido a un polaco (Juan Pablo II, 1978), un alemán
(Benedicto XVI, 2005) y un argentino (Francisco, 2013).
La obtención de mayoría simple fue suficiente hasta 1179, cuando el
Tercer Concilio de Letrán aumentó la mayoría requerida a dos tercios. [11]
Como a los cardenales no se les permitía votar por sí mismos (a partir de
1621), las papeletas fueron diseñadas para garantizar el secreto y al
mismo tiempo impedir el autovoto.[39] En 1945, Pío XII eliminó la
prohibición de que un cardenal votara por sí mismo, aumentando la
mayoría requerida a dos tercios más uno en todo momento. [40] También
eliminó el requisito de firmar las papeletas.[41] Su sucesor, Juan XXIII,
restableció inmediatamente la mayoría de dos tercios si el número de
cardenales electores es divisible por tres, redondeándose a dos tercios
más uno en caso contrario.[42]Pablo VI restableció el procedimiento de Pío
XII trece años después,[24] pero Juan Pablo II lo revocó nuevamente. En
1996, la constitución apostólica Universi Dominici Gregis permitió la
elección por mayoría absoluta si no se lograba elegir a ningún candidato
después de 33 votaciones,[43] o 34 votaciones si la primera votación se
realizaba en la primera tarde del cónclave. En 2007, Benedicto
XVI rescindió el cambio de Juan Pablo II (que había abolido
efectivamente el requisito de la mayoría de dos tercios, ya que cualquier
mayoría es suficiente para bloquear la elección hasta que una mayoría
simple sea suficiente para elegir al nuevo papa), restableciendo el
requisito de una mayoría de dos tercios.[6][8]
Antiguamente, los cardenales llevaban a cabo la elección a través de
diferentes sistemas: por adhesión (per accessus), por aclamación (per
inspirationem), por compromiso (per compromissum) y por escrutinio
(per scrutinium).[9]
La adhesión era un método consistente en que los cardenales
cambiaran su último voto y votaran a otro candidato para tratar de
alcanzar la mayoría de dos tercios requerida y poner fin al
cónclave. Este método fue rechazado por primera vez por
el cardenal decano en el cónclave de 1903 y fue más tarde
suprimido de la legislación de la Iglesia. [9]
Mediante la aclamación, los cardenales elegían unánimemente al
nuevo papa quasi afflati Spiritu Sancto (como inspirado por
el Espíritu Santo).[40] Si esto ocurría antes de llevarse a cabo una
votación formal, se denominaba adoración,[44] pero Gregorio
XV abolió este método en 1621.[45][46]
En la elección por compromiso, un electorado estancado delega
unánimemente la elección en un reducido grupo de cardenales
cuya decisión todos se comprometen a respetar. [40]
El escrutinio es la elección mediante voto secreto emitido a
través de papeletas.
La última elección por compromiso fue la de Juan XXII en 1316; y la
última elección por aclamación, la de Inocencio XI en el cónclave de
1676.[47] En 1996, la Universi Dominici Gregis abolió formalmente los
métodos de elección por aclamación y por compromiso, que ya llevaban
mucho tiempo en desuso, dejando el escrutinio como el único método
autorizado para la elección de un nuevo papa. [48]
Influencia externa
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Durante una parte importante de la historia de la Iglesia, monarcas y
gobiernos poderosos influyeron en la elección de sus líderes. Por
ejemplo, los emperadores romanos llegaron a tener una influencia
considerable en las elecciones papales. En 418, el
emperador Honorio resolvió una elección controvertida, defendiendo al
papa Bonifacio I frente al contendiente antipapa Eulalio. A petición de
Bonifacio I, Honorio ordenó que en casos futuros, cualquier elección en
disputa se resolviera mediante una nueva elección. [49] Tras la caída del
Imperio romano de Occidente, la influencia pasó a los
reyes ostrogodos de Italia, y en el año 533, Juan II reconoció
formalmente el derecho de los monarcas ostrogodos a ratificar las
elecciones papales. En 537, la monarquía ostrogoda había sido
derrocada y el poder de influencia pasó a los emperadores bizantinos. Se
adoptó un procedimiento mediante el cual se requería que las
autoridades notificaran al exarca de Rávena el fallecimiento de un papa
antes de proceder a la elección.[50] Una vez que los electores llegaban a
un acuerdo, debían enviar una delegación a Constantinopla para solicitar
el consentimiento del emperador, que era necesario para que el elegido
pudiera asumir el cargo. Los viajes de ida y vuelta a Constantinopla
causaron largos retrasos.[51] Cuando Benedicto II se quejó por ello, el
emperador Constantino IV accedió a poner fin al requisito de que los
emperadores dieran su aprobación a las elecciones papales. A partir de
entonces, sólo se requirió que el emperador fuera notificado. [52] El último
papa cuya elección fue notificada a un emperador bizantino
fue Zacarías en 741.[53]
En el siglo IX, el Sacro Imperio Romano Germánico llegó a ejercer control
sobre las elecciones papales. Mientras que Carlomagno (emperador de
800 a 814) y Ludovico Pío (emperador de 814 a 840) no interfirieron en
la Iglesia, Lotario I (emperador de 817 a 855) declaró que las elecciones
sólo podían tener lugar en presencia de embajadores imperiales. [54] En
898, los disturbios obligaron al papa Juan IX a reconocer la supervisión
del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.[55][56] Al mismo
tiempo, la nobleza romana también continuó ejerciendo una gran
influencia, especialmente durante el período del siglo X conocido
como saeculum obscurum (en latín, «edad oscura»).[cita requerida]
En 1059, la misma bula papal que restringía el derecho de elegir al papa
únicamente a los cardenales también reconocía la autoridad del
emperador del Sacro Imperio (en aquel momento, Enrique IV), pero sólo
como una concesión hecha por el papa, declarando que el emperador no
tenía autoridad para intervenir en las elecciones, excepto cuando lo
permitieran los convenios papales.[28] Gregorio VII (papa de 1073 a 1085)
fue el último papa en someterse a la interferencia del emperador del
Sacro Imperio. La ruptura entre el papado y el Sacro Imperio Romano
Germánico provocada por la querella de las investiduras llevó a la
abolición del papel del emperador en las elecciones papales. [57] En 1122,
el Sacro Imperio Romano Germánico firmó el Concordato de Worms,
acatando la decisión papal.[58]
Aproximadamente desde principios del siglo XVII, ciertos monarcas
católicos europeos reclamaron un ius exclusivae (derecho de exclusión o
derecho de veto), es decir, un veto sobre las elecciones papales, ejercido
a través de un cardenal representante de la Corona del respectivo
estado. Mediante una convención informal, cada estado que reclamara
el veto podría ejercer el derecho una vez en cada cónclave. Por lo tanto,
un cardenal de la Corona no anunciaba su veto hasta el último
momento, cuando parecía probable que el candidato en cuestión iba a
ser elegido. No se podía ejercer el veto una vez realizada la elección.
Tras la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, su
poder de veto recayó en el Imperio austríaco. El último ejercicio del
derecho de veto se produjo en el cónclave de 1903, cuando el
príncipe Jan Puzyna de Kosielsko informó al Colegio Cardenalicio de la
oposición de Francisco José I de Austria a la elección de Mariano
Rampolla. Como consecuencia, el elegido fue finalmente Giuseppe Sarto,
que tomó el nombre de Pío X. Seis meses después, el 20 de enero de
1904, Pío X promulgó la constitución apostólica Commissum Nobis, por
la cual abolía formalmente el ius exclusivae y declaraba que cualquier
cardenal que comunicara el veto de su gobierno en el futuro sufriría la
pena de excomunión latae sententiae.[59][60]
Aislamiento y resolución
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Para resolver los prolongados estancamientos en las elecciones papales
de los años anteriores, las autoridades locales recurrieron a menudo al
aislamiento forzoso de los cardenales electores, como por ejemplo
en Roma en 1241 y posiblemente antes en Perugia en 1216.[61] En 1269,
durante la prolongada elección de 1268-1271, cuando a pesar del
aislamiento forzoso de los cardenales no se logró elegir a un papa, las
autoridades de Viterbo se negaron a suministrar a los electores ningún
alimento excepto pan y agua. Cuando ni siquiera esto dio resultado, la
gente del pueblo retiró el techo del Palacio Papal en un intento de
acelerar la elección.[62]
En un intento por evitar futuras elecciones prolongadas, Gregorio
X introdujo normas estrictas con la promulgación en 1274 de la bula Ubi
periculum. Los cardenales debían ser recluidos en una estancia cerrada
y no podrían disponer de habitaciones individuales. A ningún cardenal se
le permitía, a menos que estuviera enfermo, ser atendido por más de
dos sirvientes. La comida se suministraba a través de una ventana para
evitar el contacto con el exterior.[63] Después de tres días de cónclave,
los cardenales recibían sólo una comida al día; después de otros cinco
días, recibían sólo pan y agua. Además, durante el cónclave, los
cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas. [14][64]
Adriano V abolió las estrictas regulaciones de Gregorio X en 1276,
pero Celestino V, elegido en 1294 tras un interregno de dos años, las
restableció. En 1562, Pío IV emitió una bula papal que introdujo
regulaciones relativas al lugar del cónclave y otros
procedimientos. Gregorio XV emitió dos bulas que cubrían los detalles
más minuciosos relacionados con la elección: la primera, Aeterni Patris
Filius, en 1621, se refería a los procesos electorales; mientras que la
otra, Decet Romanorum Pontificem, en 1622, fijaba los ritos que debían
observarse. El 25 de diciembre de 1904, Pío X dictó una constitución
apostólica, Vacante Sede Apostolica, consolidando casi todas las normas
anteriores e introduciendo algunos cambios. [65] Juan Pablo II introdujo
varias reformas en 1996.[9]
La ubicación de los cónclaves quedó fijada en el siglo XIV. Desde el fin
del Cisma de Occidente en 1417, han tenido lugar en Roma (excepto
en 1799-1800, cuando las tropas francesas que ocupaban Roma
obligaron a celebrar el cónclave en Venecia), y normalmente dentro del
territorio que, mediante los Pactos de Letrán de 1929, se convirtió en el
estado independiente de la Ciudad del Vaticano. El cónclave de 1846 fue
el último celebrado en el Palacio del Quirinal, y desde entonces todos los
cónclaves se han celebrado en la Capilla Sixtina del Vaticano. A menudo,
los papas han reformado las reglas para la elección de sus sucesores a
través de distintas constituciones apostólicas: Vacantis Apostolicae
Sedis, de Pío XII (1945), rigió el cónclave de 1958; Summi Pontificis
Electio, de Juan XXIII (1962), el cónclave de 1963; Romano Pontifici
Eligendo, de Pablo VI (1975), los cónclaves de agosto y octubre de
1978; Universi Dominici Gregis, de Juan Pablo II (1996), el cónclave de
2005; y las dos reformas de Benedicto XVI a esta última (en 2007 y
2013), el cónclave de 2013.
Procedimiento actual
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Artículo principal: Universi Dominici Gregis
Desde el cónclave de 2005, los
cardenales electores residen en la Casa de Santa Marta durante el
cónclave.
El 22 de febrero de 1996, Juan Pablo II promulgó una nueva constitución
apostólica, Universi Dominici Gregis, que con dos ligeras modificaciones
introducidas por Benedicto XVI en 2007 y 2013, es la norma que rige
todo lo relativo al período de sede vacante y a la organización y
desarrollo del cónclave, aboliendo todas las constituciones anteriores
sobre la materia, pero preservando muchos procedimientos que datan
de épocas anteriores. Según la Universi Dominici Gregis, durante el
cónclave, los cardenales se alojarán en un edificio construido al efecto
en la Ciudad del Vaticano, la Casa de Santa Marta, pero las votaciones se
seguirán realizando en la Capilla Sixtina.[66]
Varias funciones son desempeñadas por el decano del Colegio
Cardenalicio, que es siempre un cardenal obispo. Si el decano no tiene
derecho a participar en el cónclave por superar el límite de 80 años de
edad, su lugar lo ocupa el vicedecano, que también es siempre un
cardenal obispo. Si el vicedecano tampoco puede participar, desempeña
las funciones el cardenal obispo participante de mayor antigüedad. [67]
Dado que el Colegio Cardenalicio es un organismo pequeño, ha habido
propuestas para ampliar el electorado. Las reformas propuestas incluyen
un plan para reemplazar el Colegio Cardenalicio como órgano electoral
por el Sínodo de los obispos, que tiene muchos más miembros. Según el
procedimiento actual, el Sínodo sólo puede reunirse cuando lo convoca
el papa. La Universi Dominici Gregis establece explícitamente que si se
está celebrando un sínodo o un concilio ecuménico en el momento de la
muerte del papa, sus miembros no pueden llevar a cabo la elección. Tras
la muerte del papa, la actividad de ambos organismos queda suspendida
y sólo puede reanudarse con la autorización expresa del nuevo papa. [68]
Se considera de mal gusto hacer campaña para ser elegido papa.
Siempre hay mucha especulación externa sobre qué cardenales tienen
más posibilidades de ser elegidos. La especulación tiende a aumentar
cuando un papa está enfermo o es anciano y en los medios aparecen
listas de candidatos potenciales. Un cardenal con probabilidad de ser
elegido se denomina «papable», un término acuñado por vaticanistas
italianos a mediados del siglo XX.
Muerte del papa
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El cardenal camarlengo proclama la muerte del
papa.
La muerte del papa es verificada por el cardenal camarlengo, que
tradicionalmente realizaba esta tarea llamando al papa tres veces por
su nombre de pila (no el papal) mientras le golpeaba suavemente en la
frente con un pequeño martillo de plata en presencia del maestro de las
Celebraciones Litúrgicas Pontificias, de los clérigos prelados, del
secretario y del canciller de la Cámara Apostólica. El camarlengo toma
posesión del anillo del Pescador del papa, que posteriormente es
destruido junto con el sello papal ante el Colegio Cardenalicio. Esto se
hacía tradicionalmente para evitar la falsificación de documentos, pero
hoy es simplemente una forma de simbolizar el fin de la autoridad del
papa.[69][70]
Durante la sede vacante (nombre con el que se conoce el período que
transcurre entre el fin de un pontificado y el inicio del siguiente), ciertos
poderes pasan de forma muy limitada al Colegio Cardenalicio, que es
convocado por el cardenal decano. Todos los cardenales están obligados
a asistir a las congregaciones generales de cardenales, excepto aquellos
cuya salud no se lo permita o que tengan más de 80 años (aunque estos
cardenales pueden optar por asistir si lo desean como miembros sin
derecho a voto). Las congregaciones particulares, que se ocupan de los
asuntos cotidianos de la Iglesia, están formadas por el cardenal
camarlengo y tres cardenales asistentes, uno de cada orden (un
cardenal obispo, un cardenal presbítero y un cardenal diácono), elegidos
por sorteo y que van rotando cada tres días. El camarlengo y sus
asistentes son responsables, entre otras cosas, de mantener el secreto
de la elección.[71]
Las congregaciones se encargan de organizar el funeral y el entierro del
papa, que tradicionalmente tiene lugar entre cuatro y seis días después
de su muerte, dejando tiempo para que los peregrinos acudan a ver el
cuerpo del pontífice fallecido. Tras el funeral se inicia un período de luto
de nueve días conocido como los novendiales. Las congregaciones
también fijan la fecha y hora del comienzo del cónclave. El cónclave
normalmente tiene lugar quince días después de la muerte del papa,
pero las congregaciones pueden ampliar el plazo hasta un máximo de
veinte días para dar tiempo a los cardenales electores de otros países
para llegar al Vaticano.
Funeral de Juan Pablo II (8 de abril de
2005).
Renuncia del papa
[editar]
Artículo principal: Renuncia al papado
La sede vacante también puede producirse en el caso de que el papa
renuncie a su cargo. El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI anunció
su renuncia, que se hizo efectiva el 28 de febrero. Se convirtió así en el
primer papa en renunciar en casi seis siglos, desde Gregorio XII en 1415,
[72]
y el primero en hacerlo voluntariamente desde Celestino V en 1294,
más de siete siglos antes.[73] En 1996, en su constitución
apostólica Universi Dominici Gregis, Juan Pablo II contempló la
posibilidad de renuncia del papa cuando precisó que los procedimientos
establecidos deben observarse «aun cuando la vacante de la Sede
Apostólica pudiera producirse por renuncia del Sumo Pontífice». [74]
En caso de renuncia del papa, el anillo del Pescador queda bajo la
custodia del cardenal camarlengo; más tarde, en presencia del Colegio
Cardenalicio, el camarlengo graba en el anillo una cruz con un pequeño
martillo y un cincel, desfigurándolo para que ya no pueda usarse para
firmar y sellar documentos papales oficiales.
En su libro Luz del mundo: El Papa, la Iglesia y los signos de los
tiempos (2010), escrito junto a Peter Seewald, Benedicto XVI admitió la
posibilidad de renunciar por motivos de salud. [75]
Inicio del cónclave
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Antes de proceder a la elección, los cardenales escuchan dos sermones:
uno antes de entrar al cónclave y otro ya dentro de la Capilla Sixtina.
Ambos sermones tienen como objetivo exponer el estado actual de la
Iglesia y sugerir las cualidades necesarias que debe poseer un papa en
ese momento específico. En el cónclave de 2005, el primer predicador
fue Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia y miembro de
la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que habló en una de las
congregaciones de cardenales celebradas el día anterior al inicio del
cónclave.[76] Tomáš Špidlík, antiguo profesor del Pontificio Instituto
Oriental y miembro sin derecho a voto (debido a su edad) del Colegio
Cardenalicio, dirigió otro sermón justo antes del cierre de la Capilla
Sixtina para el cónclave.[77]
En la mañana del día designado por las congregaciones de cardenales,
los cardenales electores asisten a una misa pro eligendo Pontifice en
la Basílica de San Pedro, presidida por el cardenal decano. Por la tarde
se reúnen en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico y marchan
en procesión hasta la Capilla Sixtina mientras entonan la Letanía de los
Santos. También cantan el Veni Creator, invocando al Espíritu Santo.[78]
Una vez dentro de la Capilla Sixtina, cada cardenal presta juramento de
cumplir con los procedimientos establecidos por las constituciones
apostólicas; de, si es elegido, defender la libertad de la Santa Sede; de
mantener el secreto y de hacer caso omiso de cualquier instrucción
externa sobre la votación. El cardenal de mayor antigüedad lee en voz
alta el juramento completo, y por orden de precedencia (su rango es el
mismo, por lo que se hace por orden de antigüedad), los demás
cardenales electores repiten el juramento, con la mano sobre
los Evangelios. El juramento es el siguiente:[79][80]
Et ego [praenomen] Cardinalis [nomen] spondeo, voveo ac iuro. Sic me
Deus adiuvet et haec Sancta Dei Evangelia, quae manu mea tango.
Y yo [nombre] Cardenal [apellido] prometo, voto y juro. Así me ayude
Dios y estos Santos Evangelios que toco con mi mano.
Salida de los no electores
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Después de que todos los cardenales presentes hayan prestado
juramento, el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias ordena
a todas las personas, excepto a los cardenales electores y participantes
en el cónclave, que abandonen la capilla. Tradicionalmente, se coloca en
la puerta de la Capilla Sixtina y exclama: «Extra omnes!» (en latín,
«¡Todos fuera!»). A continuación cierra la puerta. En la práctica
moderna, no es necesario que el maestro de Celebraciones Litúrgicas
Pontificias se coloque en la puerta de la Capilla Sixtina; durante
el cónclave de 2013, el maestro Guido Marini se colocó delante del altar,
dando la orden a través de un micrófono, y sólo fue a las puertas de la
capilla para cerrarlas después de que todos los no electores hubieron
salido.[81]
El propio maestro puede permanecer en la capilla, junto con un
eclesiástico designado por las congregaciones antes del comienzo de la
elección y que es el encargado de dirigir a los cardenales electores un
discurso acerca de los problemas que debe afrontar la Iglesia y las
cualidades que debe tener el nuevo papa. Una vez concluido el discurso,
el maestro y el eclesiástico también se marchan. Las puertas de la
Capilla Sixtina quedan cerradas y custodiadas por guardias suizos. En
ese momento podrá procederse a la primera votación (única del día) o
aplazarla hasta el día siguiente. El cardenal de mayor antigüedad
pregunta si persisten dudas sobre el procedimiento. Si las hay, una vez
aclaradas podrá comenzar la elección. Los cardenales que lleguen una
vez iniciado el cónclave serán admitidos, y un cardenal enfermo o que
necesite usar el baño puede abandonar el cónclave y ser posteriormente
readmitido; sin embargo, un cardenal que se marche por cualquier
motivo que no sea una enfermedad no puede regresar al cónclave. [82]
Aunque antiguamente los cardenales electores podían estar
acompañados por asistentes (denominados «conclavistas»), ahora sólo
un enfermero puede acompañar a un cardenal que, por razones de salud
confirmadas por las congregaciones de cardenales, necesite dicha
asistencia.[3] También son admitidos en el cónclave el secretario del
Colegio Cardenalicio, el maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias,
dos maestros de ceremonias, dos oficiales de la Sacristía Papal y un
eclesiástico que asiste al decano del Colegio Cardenalicio. Puede haber
sacerdotes para escuchar confesiones en diferentes idiomas, y también
están admitidos dos médicos. Por último, se permite un número
estrictamente limitado de personal de servicio para las tareas de
limpieza y preparación y servicio de comidas.
Durante el cónclave se mantiene un estricto secreto; tanto los
cardenales como el personal de asistencia y de servicio tienen prohibido
revelar cualquier información relativa a la elección. Los cardenales
electores no pueden relacionarse ni conversar con nadie externo al
cónclave por correo, radio, teléfono, Internet, redes sociales ni de ningún
modo, y las escuchas ilegales son un delito punible que conlleva
la excomunión automática (latae sententiae). Sólo tres cardenales
electores pueden comunicarse con el mundo exterior en circunstancias
graves, previa aprobación del Colegio Cardenalicio, para cumplir con sus
deberes: el penitenciario mayor, el cardenal vicario de la Diócesis de
Roma y el vicario general de la Ciudad del Vaticano.[3]
En el cónclave de 2013, la Capilla Sixtina fue «barrida» utilizando los
mecanismos electrónicos más modernos en busca de posibles
dispositivos ocultos de escucha o vigilancia (no hubo informes de que se
hubiera encontrado ninguno, pero en cónclaves anteriores se descubrió
a periodistas disfrazados haciéndose pasar por sirvientes del cónclave).
La Universi Dominici Gregis prohíbe expresamente cualquier medio de
comunicación o información como periódicos, radio o televisión. [83] La
conexión wifi queda desconectada en toda la Ciudad del Vaticano y en la
Capilla Sixtina se instalan inhibidores de frecuencia para evitar cualquier
forma de comunicación electrónica entre los cardenales electores y el
exterior.[84]
Votación
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Antiguamente, los cardenales utilizaban
unas complejas papeletas de votación, como esta que se muestra
doblada. En la actualidad las papeletas son simples tarjetas que se
doblan por la mitad una sola vez y llevan impresa la frase en latín Eligo
in Summum Pontificem («Elijo como Sumo Pontífice»).
Hoy día, los cardenales electores reciben
varias papeletas de votación, papeletas de escrutinio y un ejemplar
del Ordo Rituum Conclavis («Orden de los Ritos del Cónclave»). En la
imagen se muestran las papeletas utilizadas por el cardenal Roger
Mahony en el cónclave de 2013.
En la tarde del primer día se puede realizar una votación (denominada
«escrutinio»), pero no es obligatoria. Si la votación se lleva a cabo en la
tarde del primer día y no resulta elegido nadie, o no se ha realizado
ninguna votación, se realizarán un máximo de cuatro votaciones en cada
día sucesivo: dos por la mañana y dos por la tarde. Antes las votaciones
de la mañana y de las de la tarde, los electores prestan juramento de
obedecer las reglas del cónclave. Si no se obtiene ningún resultado
después de tres días de votación, el proceso se suspende durante un día
para hacer oración y oír un discurso del cardenal diácono más antiguo.
Después otras siete votaciones más, el proceso puede volver a
suspenderse de manera similar, y el discurso será pronunciado por
el cardenal presbítero más antiguo. Si después de otras siete votaciones
no se logra ningún resultado, la votación se suspende una vez más,
pronunciando el discurso el cardenal obispo más antiguo. Después de
siete votaciones más, habrá una jornada de oración, reflexión y diálogo.
En las siguientes votaciones, sólo los dos candidatos que hayan recibido
el mayor número de votos en la última votación serán elegibles en
una segunda vuelta en la que aún se requiere una mayoría de dos
tercios. Las dos personas votadas, aunque sean cardenales electores, no
tendrán derecho a votar.[6]
El proceso de votación consta de tres fases: el pre-escrutinio, el
escrutinio y el post-escrutinio.
Pre-escrutinio
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Durante el pre-escrutinio, los maestros de ceremonias preparan
papeletas de voto con que llevan impresa la frase Eligo in Summum
Pontificem («Elijo como Sumo Pontífice») y entregan al menos dos a
cada cardenal elector. Cuando los cardenales comienzan a escribir sus
votos, salen de la capilla el secretario del Colegio Cardenalicio, el
maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias y los maestros de
ceremonias. Luego, el cardenal diácono de menor antigüedad cierra la
puerta. A continuación, este mismo cardenal extrae nueve nombres por
sorteo; de ellos, los tres primeros serán los escrutadores; los tres
segundos, los infirmarii; y los tres últimos, los revisores. Los mismos
nueve cardenales realizan la misma tarea en el segundo escrutinio.
Después del almuerzo, se reanuda la elección con el juramento de
obedecer las reglas del cónclave, que se vuelve a prestar cuando los
cardenales se reúnen nuevamente en la Capilla Sixtina. A continuación
se procede a elegir a otros nueve cardenales para hacer las funciones de
escrutadores, infirmarii y revisores. Entonces comienza el tercer
escrutinio y, si es necesario, sigue inmediatamente un cuarto.
[3]
Benedicto XVI no realizó cambios en estas reglas en 2007, por lo que
fueron las que se siguieron (hasta donde puede saberse, dado el estricto
secreto de un cónclave) en la elección del papa Francisco en marzo de
2013.
Escrutinio
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La fase de escrutinio consiste en lo siguiente: los cardenales electores
proceden, en orden de precedencia, a llevar sus papeletas escritas (sólo
con el nombre de la persona que han elegido) al altar, donde se
encuentran los escrutadores. Antes de emitir el voto, cada cardenal
elector presta el siguiente juramento en latín: [85]
Testor Christum Dominum, qui me iudicaturus est, me eum eligere,
quem secundum Deum iudico eligi debere.
Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto
a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido.
Si algún cardenal elector está presente en la capilla pero no puede ir
hasta el altar por enfermedad, el último escrutador puede acercarse a él
y tomar su papeleta después de haber pronunciado el juramento. Si
algún cardenal elector se encuentra en su habitación por enfermedad,
los infirmarii van a sus habitaciones con papeletas y una urna. El
cardenal enfermo rellena su papeleta, presta juramento y la deposita en
la urna. Cuando los infirmarii regresan a la capilla, se cuentan las
papeletas para comprobar que su número coincide con el de cardenales
enfermos; posteriormente se depositan en el recipiente correspondiente.
Este juramento lo prestan todos los cardenales al emitir su voto. Si nadie
resulta elegido en el primer escrutinio, se realizará inmediatamente un
segundo escrutinio. Se podrán realizar un máximo de cuatro escrutinios
cada día, dos por la mañana y dos por la tarde.
Según las normas actuales, el juramento prestado al emitir el voto es
sólo verbal, ya que el cardenal elector ya no tiene que firmar la papeleta
(anteriormente, la papeleta era firmada por el elector, que incluía su
correspondiente lema para identificarse. Luego la doblaba dos veces
para ocultar su firma y su lema. Después se sellaba con cera, dando
como resultado un voto sólo parcialmente secreto). Los sellos de cera se
abrían sólo si un candidato recibía el mínimo necesario para la elección;
esto se hacía para asegurar que el elegido no hubiera votado por sí
mismo. Este fue el procedimiento utilizado desde 1621 hasta 1945, y se
utilizó por última vez en el cónclave de 1939. Antes de 1621 no se
prestaba juramento antes de emitir el voto.[86] A veces se utilizaban
votos completamente secretos (a criterio de los cardenales electores
presentes), pero en estos votos secretos no se prestaba juramento
cuando se emitía el voto. En algunos cónclaves anteriores a 1621, los
cardenales votaban verbalmente y en ocasiones formaban grupos para
facilitar el recuento de los votos emitidos. La norma de la firma y el lema
del elector cubiertos por dos partes dobladas de la papeleta fueron
añadidos por Gregorio XV mediante la bula Aeterni Patris Filius (1621),
para impedir que nadie pudiera darse el voto decisivo a sí mismo. El
cardenal inglés Reginald Pole se negó a darse el voto decisivo a sí mismo
en 1549 (lo que habría dado lugar a su elección por adhesión) y no fue
elegido, pero en 1492 el cardenal español Rodrigo de Borja (Alejandro
VI) muy probablemente sobornó en privado a otros cardenales para que
votaran por él, al no tener permitido darse a sí mismo el voto decisivo.
La elección por adhesión permitía a los electores que no habían votado
por el candidato más votado la oportunidad de cambiar su voto y hacer
la elección unánime (o casi), excepto por el voto del posible nuevo papa.
Así fue como el cardenal Borja fue elegido como Alejandro VI en 1492. [87]
Ante el grave desafío al papado que suponía el protestantismo, y
temiendo un cisma debido a varios cónclaves turbulentos a finales del
siglo XVI y principios del XVII, Gregorio XV estableció el procedimiento
de votos firmados para impedir que cualquier cardenal se diera el voto
decisivo a sí mismo. El sistema de elección por adhesión no fue abolido,
pero rara vez fue utilizado hasta que Pío XII lo abolió en 1945.[88] Desde
entonces, un cardenal puede darse el voto decisivo a sí mismo sin la
elección por adhesión, aunque la regla de la mayoría de dos tercios
siempre se ha mantenido, excepto cuando Juan Pablo II la modificó en
1996 (estableciendo que una mayoría simple era suficiente después de
33 votaciones infructuosas),[43] pero Benedicto XVI la restableció en
2007.[6]
Hasta 1621, el único juramento que se prestaba era el de obediencia a
las normas del cónclave vigentes en aquella época, cuando los
cardenales entraban al cónclave y se cerraban las puertas, y cada
mañana y cada tarde cuando entraban a la Capilla Sixtina para votar.
Gregorio XV añadió el juramento adicional, que se toma cuando cada
cardenal emite su voto, para evitar que los cardenales pierdan tiempo
emitiendo «votos de cortesía» y así se reduzca el número de posibles
candidatos al trono papal a quizá sólo dos o tres. La rapidez en la
elección de un papa era importante, y eso significaba utilizar un
juramento para que los cardenales se dedicaran a la seria tarea de elegir
un nuevo papa y reducir el número de candidatos potencialmente
elegibles. Las reformas de Gregorio XV promulgadas en 1621 y
reafirmadas en 1622 crearon el procedimiento escrito detallado paso a
paso utilizado para elegir un papa; un procedimiento que fue
esencialmente el mismo que se utilizó en 2013 para elegir al papa
Francisco. El mayor cambio desde 1621 fue la abolición de la regla que
exigía que los electores firmaran sus papeletas, lo que dio lugar a un
procedimiento de votación detallado de escrutinio mediante simples
juramentos verbales. A partir de 1945, un elector podía votar por sí
mismo y luego invocar a Dios, mediante el juramento que hacía al
depositar su voto, para declararse el más apropiado para ser elegido. El
sistema de elección por adhesión impedía esto, pero bajo la normativa
actual es posible.[40][89]
Una vez emitidos todos los votos, el primero de los tres escrutadores
agita el recipiente y el último escrutador extrae y cuenta las papeletas.
Si el número de papeletas no coincide con el número de cardenales
electores (incluidos los cardenales enfermos que estén en sus
habitaciones), las papeletas se queman sin ser leídas y se repite la
votación. Si no se observan irregularidades, se procede a abrir las
papeletas y a contar los votos. Cada papeleta es desdoblada por el
primer escrutador, y cada uno de los tres escrutadores toma nota del
nombre indicado en la papeleta. El último de los escrutadores lee el
nombre en voz alta.
Una vez abiertas todas las papeletas, comienza la fase final, el post-
escrutinio.
Post-escrutinio
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Los escrutadores suman todos los votos y los revisores verifican las
papeletas y los nombres en las listas de los escrutadores para
asegurarse de que no se haya cometido ningún error. A continuación, los
escrutadores queman todas las papeletas con ayuda del secretario del
Colegio Cardenalicio y de los maestros de ceremonias. Si el primer
escrutinio de la mañana o de la tarde no da como resultado una
elección, los cardenales proceden al siguiente escrutinio
inmediatamente. Los documentos de ambos escrutinios se queman
juntos al final del segundo escrutinio.
La fumata negra indica que ningún
candidato ha obtenido los votos suficientes para ser elegido papa.
La fumata blanca indica que un nuevo
papa ha sido elegido.
La fumata
[editar]
Artículo principal: Fumata negra y fumata blanca
A principios del siglo XIX, las papeletas utilizadas por los cardenales se
quemaban después de cada votación para indicar una elección fallida. [90]
[91]
En cambio, la ausencia de humo indicaba una elección exitosa. [92][90]
Desde el cónclave de 1914, el humo negro («fumata nera») que emerge
de una chimenea instalada temporalmente en el tejado de la Capilla
Sixtina indica que la votación no ha dado lugar a una elección, mientras
que el humo blanco («fumata bianca») anuncia que un nuevo papa ha
sido elegido.[93][94]
Antes de 1945 (cuando Pío XII cambió la forma de las papeletas para
utilizar papeletas sin firmar, lo que se llevó a cabo por primera vez en
el cónclave de 1958), el lacre de las papeletas utilizadas hasta entonces
hacía que el humo producido al quemar las papeletas fuera blanco o
negro, dependiendo de si se añadía o no paja húmeda. Hasta el siglo XX,
el lacre solía contener cera de abeja en su composición. El uso de cera
hecha únicamente de grasa animal no produce un humo tan blanco
como el que produce la cera de abeja. En el cónclave de 1939 hubo
cierta confusión sobre el color del humo, que se hizo aún más evidente
en el cónclave de 1958. La confusión sobre el color del humo se debió a
que las papeletas utilizadas ya no contenían lacre. La llamada «tesis
de Siri»[97] se basó en la confusión sobre el color del humo en el primer
día de ese cónclave.
Desde el cónclave de 1963 se han agregado productos químicos al
proceso de combustión para acentuar el color blanco o negro del humo.
A partir del cónclave de 2005, la elección del nuevo papa se anuncia
también con el sonido de las campanas de la Basílica de San Pedro junto
con la aparición de la fumata blanca.[98][99]
Durante el cónclave de 2013, el Vaticano reveló los productos químicos
utilizados para colorear el humo: perclorato de
potasio, antraceno y azufre para la fumata negra; y clorato de
potasio, lactosa y colofonia para la fumata blanca.[100][101][102]
Aceptación y proclamación
[editar]
Una vez concluida la elección, el cardenal decano convoca al secretario
del Colegio Cardenalicio y al maestro de las Celebraciones Litúrgicas
Pontificias. El decano pregunta en latín al papa electo si acepta la
elección: Acceptasne eleccionem de te canonice factam in Summum
Pontificem? («¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?»). [103]
No hay ningún requisito de que el elegido deba aceptar, y es libre de
rechazar la elección si lo desea.
En la práctica, un cardenal que no tenga la intención de aceptar la
elección lo declarará expresamente antes de recibir un número
suficiente de votos como para convertirse en papa, como hizo Giovanni
Colombo en el cónclave de octubre de 1978.[104][105]
Si el elegido acepta y ya es obispo, asume inmediatamente el cargo. Si
no es obispo, primero debe ser consagrado como tal antes de poder
asumir el cargo.[106] Si es elegido un sacerdote, el decano del Colegio
Cardenalicio le ordernará inmediatamente obispo; si se elige a un laico,
el decano primero le ordenará diácono, luego sacerdote, y sólo entonces
le ordenará obispo. Sólo después de convertirse en obispo el papa electo
asume el cargo.[107] Estas funciones del decano son desempeñadas, si es
necesario, por el subdecano, y si el subdecano también está impedido,
son asumidas por el cardenal obispo presente de mayor antigüedad. En
el cónclave de 2005, el decano, Joseph Ratzinger, fue elegido papa, no
pudiendo así desempeñar las funciones indicadas. En el cónclave de
2013, el decano (Angelo Sodano) y el subdecano (Roger Etchegaray) no
pudieron asistir por superar ambos el límite de edad, y estas funciones
fueron asumidas por el cardenal Giovanni Battista Re.
Desde 533,[108] el nuevo papa también elige el nombre con el que será
conocido durante su pontificado. Juan II fue el primer papa en adoptar
un nombre papal, al considerar que su propio nombre, Mercurio, era
inapropiado, ya que también era el nombre de un dios romano pagano.
En la mayoría de los casos, incluso si no se dan tales condiciones, los
papas tienden a elegir nombres papales diferentes de sus propios
nombres. El último papa que mantuvo su propio nombre como nombre
papal fue Marcelo II, en 1555. Después de que el nuevo papa acepta su
elección, el decano le pregunta su nombre papal en latín: Quo nomine
vis vocari? («¿Con qué nombre deseas ser llamado?») Después de que el
elegido da su nombre papal, los oficiales son readmitidos en el cónclave
y el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias levanta acta de la
aceptación y del nombre del nuevo papa.
En el pasado, durante el cónclave, los cardenales se sentaban en tronos
adornados con dosel, que simbolizaban el gobierno colectivo de la
Iglesia por parte de los cardenales durante el período de sede vacante.
[38]
Tras la elección y aceptación del nuevo papa, cada uno de los demás
cardenales tiraba de una cuerda que bajaba el dosel de su respectivo
trono, lo que significaba el fin del período de gobierno colectivo, y sólo
quedaba alzado el dosel del papa recién elegido. [38] La última vez que se
utilizaron tronos con dosel fue en el cónclave de 1963. A partir de
entonces dejaron de utilizarse por la falta de espacio debida al aumento
del número de cardenales electores, que debían sentarse en dos filas de
asientos, y los doseles obstruían la visión de los cardenales sentados en
la fila trasera.
Al final del cónclave, el nuevo papa puede entregar su solideo al
secretario del cónclave, indicando que el secretario será nombrado
cardenal en el próximo consistorio. Antes del cónclave de 2013, esta
tradición fue seguida por última vez en el cónclave de 1958 por el recién
elegido Juan XXIII, que entregó su solideo cardenalicio a Alberto di Jorio y
le nombró cardenal en el consistorio celebrado el 15 de diciembre de ese
año. En 2013, la sección portuguesa de Radio Vaticano informó que al
concluir el cónclave, el recién elegido papa Francisco entregó su solideo
al arzobispo Lorenzo Baldisseri, secretario del cónclave,[109] y el 22 de
febrero de 2014, en el primer consistorio de Francisco, Baldisseri fue
formalmente nombrado cardenal con el título de cardenal
diácono de San Anselmo en Aventino.[110]
Después, el nuevo papa se dirige a la Sala de las Lágrimas, una pequeña
estancia adjunta a la Capilla Sixtina. La sala recibe este nombre debido a
que tradicionalmente se dice que el nuevo papa se retira allí a llorar
ante la enorme responsabilidad que acaba de asumir. Una vez allí, el
nuevo papa se pone las vestiduras pontificias (una sotana, un roquete y
una muceta, todo ello de color blanco), eligiendo entre tres tallas
disponibles que la sastrería romana Gammarelli se encarga de
confeccionar desde el siglo XVIII. También se coloca una cruz
pectoral con cordón dorado, una estola bordada en colores rojo y
dorado, y finalmente el solideo papal blanco en la cabeza. En 2013, el
papa Francisco prescindió de la muceta roja, el roquete y la cruz pectoral
dorada, vistiendo sólo la sotana blanca y su propia cruz pectoral de plata
cuando apareció ante los fieles. Tampoco usó la estola, sino que se la
puso sólo para impartir la bendición apostólica y se la quitó poco
después.
A continuación, el cardenal protodiácono (el cardenal diácono de mayor
antigüedad) sale al balcón central de la Basílica de San Pedro para
anunciar al nuevo papa, a través de la siguiente fórmula en latín: [111]
Annuntio vobis gaudium magnum:
Habemus Papam!
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum,
Dominum [prænomen]
Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem [nomen],
qui sibi nomen imposuit [nomen pontificale].
Os anuncio un gran gozo:
¡Tenemos papa!
El eminentísimo y reverendísimo señor
señor [nombre],
cardenal de la Santa Iglesia Romana [apellido],
quien se ha impuesto el nombre [de] [nombre papal].
El 19 de abril de 2005, el protodiácono Jorge Medina Estévez saludó
primero a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro con la
frase Queridísimos hermanos y hermanas en cinco idiomas
(italiano, español, francés, alemán e inglés) antes de proceder a la
fórmula oficial para anunciar la elección de Benedicto XVI.[112] Esto no se
repitió cuando, el 13 de marzo de 2013, el protodiácono Jean-Louis
Tauran anunció la elección de Francisco.[113]
En alguna ocasión en el pasado, el propio protodiácono fue elegido papa.
En tal caso, el anuncio lo hace el siguiente diácono en antigüedad, que
pasa a ser entonces protodiácono. La última vez que fue elegido el
cardenal protodiácono fue en 1513, cuando Giovanni de Medici fue
elegido como León X y el siguiente cardenal diácono en antigüedad,
Alessandro Farnese (futuro papa Paulo III), hizo el anuncio.
Al final del cónclave de 2013, el recién
elegido papa Francisco aparece por primera vez ante los fieles
congregados en la Plaza de San Pedro.
Después del anuncio, el cardenal protodiácono se retira y los asistentes
papales despliegan una gran pancarta que suele llevar el escudo
papal del pontífice anterior en el centro, colgándola de la barandilla de la
logia de la basílica.[114] Durante la presentación de los papas Juan Pablo
II (16 de octubre de 1978) y Francisco (13 de marzo de 2013), no se
utilizó ninguna imagen del escudo de su predecesor (lo que indicaba que
el papa anterior acababa de morir o todavía estaba vivo en el momento
del cónclave), y durante la presentación de Pío XI (6 de febrero de 1922),
la pancarta mostraba el escudo de Pío IX en lugar del de su inmediato
predecesor, Benedicto XV.[115]El nuevo papa sale entonces al balcón y se
presenta a la multitud, mientras una banda de música en la plaza toca
el Himno Pontificio. Después imparte la bendición Urbi et Orbi. Sin
embargo, el papa puede optar por dar la bendición episcopal, más corta,
como su primera bendición apostólica en lugar de la tradicional
bendición Urbi et Orbi. La ocasión más reciente en la que esto se produjo
fue con Pablo VI, después de su elección el 21 de junio de 1963. [116] Los
tres papas más recientes (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) han
dirigido un breve mensaje a la multitud antes de impartir la
bendición Urbi et Orbi. Además, en la primera aparición del papa
Francisco, éste dirigió a los fieles en una oración por su predecesor y
luego les pidió que rezaran también por él, antes de impartir la
bendición Urbi et Orbi.
Antiguamente, los papas eran coronados con el triregnum o tiara
papal en una ceremonia de coronación. Desde Juan Pablo I, todos los
papas han rechazado la coronación y han optado por una ceremonia de
inauguración más sencilla.