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El Jardín de los Recuerdos y Casea

El primer capítulo describe la inocente relación entre un príncipe y una niña en un jardín, que se ve interrumpida por la noticia de la pérdida de sus padres, causando angustia en la niña, quien encuentra consuelo en el abrazo del príncipe. En el segundo capítulo, la protagonista, Aria, reflexiona sobre su vida mientras pasea por el mercado de Casea y se prepara para una cena con su amiga Kalia, quien está comprometida, lo que provoca en Aria sentimientos de soledad e incertidumbre sobre su propio futuro. A lo largo de ambos capítulos, se exploran temas de pérdida, amistad y el paso del tiempo en un entorno de fantasía.

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El Jardín de los Recuerdos y Casea

El primer capítulo describe la inocente relación entre un príncipe y una niña en un jardín, que se ve interrumpida por la noticia de la pérdida de sus padres, causando angustia en la niña, quien encuentra consuelo en el abrazo del príncipe. En el segundo capítulo, la protagonista, Aria, reflexiona sobre su vida mientras pasea por el mercado de Casea y se prepara para una cena con su amiga Kalia, quien está comprometida, lo que provoca en Aria sentimientos de soledad e incertidumbre sobre su propio futuro. A lo largo de ambos capítulos, se exploran temas de pérdida, amistad y el paso del tiempo en un entorno de fantasía.

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Capítulo Uno: El Jardín de los Recuerdos

En el jardín del reino de dos niños jugaban ajenos al mundo fuera de ellos. El
pequeño príncipe corría entre los senderos, sus pasos ligeros, su risa resonando
con una alegría despreocupada que se mezclaba con el suave murmullo del
viento. La niña, con ojos de un ámbar profundo, trataba de alcanzarlo, sus
pequeños pies apurándose en la hierba, mientras sus palabras, llenas de un
tono suave y casi suplicante, le pedían que no fuera tan rápido. Pero él,
siempre tan veloz, seguía adelante, sintiendo la libertad de su juventud, ajeno
al tiempo que pasaba a su alrededor.
De repente, la llamada del consejero real rompió el hechizo de su juego. La voz
grave del hombre les indicó que el príncipe debía ir al salón, a lo que Asiel
respondió con una mueca, su rostro arrugado por la molestia. No le gustaba
que interrumpieran sus juegos. Pero esa vez, la sorpresa vino cuando el
consejero también se dirigió a la niña, la que lo miraba expectante, sin
entender del todo lo que estaba sucediendo.
Al llegar frente al rey la atmósfera en la sala ya no era tan cálida como el
jardín. El rey hablaba con un soldado, quien sostenía una bandera de Mithralor.
La imagen de la bandera blanca, el símbolo de la corona le fue entregada a la
niña con un gesto solemne. El rey se giró hacia ella, sus ojos llenos de una
tristeza que no se podía esconder. "Lamento mucho lo que ha pasado", dijo con
una suavidad que chocaba con la dureza de su figura, pero sus palabras no
lograron penetrar el muro de confusión y dolor que comenzaba a formarse en
el corazón de la niña.
Con la bandera en sus manos, ella miró al rey, intentando comprender las
palabras que no lograban alcanzar su mente. Su respiración se volvió más
pesada y su pequeña voz tembló al preguntar, "¿Dónde están mamá y papá?"
Al principio, fue solo un susurro, pero al repetirlo, la angustia llenó cada rincón
de su ser, transformando la voz en un hilo casi inaudible. Las lágrimas
comenzaron a rodar por sus mejillas, como un torrente que ya no podía
contenerse. Su mente solo quería negar lo que su corazón sabía.
El rey, incapaz de hacerla entender con palabras, giró la cabeza, diciendo algo
que ya no llegó a escuchar. Las palabras se ahogaron en su garganta mientras
las lágrimas continuaban cayendo, pero lo que sentía en su interior era un
vacío profundo, como si todo lo que había conocido hasta ese momento se
hubiera desvanecido en un solo golpe.
Fue entonces cuando el pequeño príncipe, a pesar de la dureza que a veces
mostraba en su juventud, se acercó a ella. Sin que nadie lo dijera, sus brazos la
envolvieron con la sinceridad que solo un niño podía ofrecer. Sin preguntar, sin
que le importara cuán pequeñas o grandes fueran las palabras, la abrazó. Y en
ese gesto tan simple, pero lleno de significado, ella encontró consuelo. No
entendió completamente lo que sucedía, pero en ese abrazo, el peso del
mundo parecía desaparecer, aunque fuera solo por un momento
Capítulo Dos: El Mercado de Casea
El bullicio del mercado de Casea se extendía a mi alrededor. Las voces de los
comerciantes, el sonido de los cascos de los caballos sobre el adoquinado, las
risas lejanas de los niños que corretean entre los puestos... todo me era tan
conocido. El aire estaba lleno de aromas tentadores: pan recién horneado,
hierbas frescas y especias Las calles son un espectáculo de colores vibrantes,
con telas que ondean y frutas que brillan bajo el sol.
Camino lentamente, disfrutando del paisaje, mientras mi doncella se detiene a
mi lado, observando los puestos de ropa y accesorios.
— ¿Va a llevar algo nuevo para su visita al castillo? —me pregunta, con su voz
suave como siempre.
La mención de Mithralor me arrastra de inmediato a mis pensamientos. Mi tío
lord Eryndor es el regente de Casea por lo que debe presentar un informe al
rey mensualmente sobre cómo van las cosas por aquí. Claro que yo siempre lo
he acompañado por lo que no puedo evitar sentirme emocionada por ver de
nuevo a Asiel y por supuesto que Eliana lo sabe.
— Tal vez algo sencillo, nada que llame mucho la atención. — Mi voz se aligera,
tratando de disimular el ligero rubor que siento en mis mejillas algo que espero
que sea solo visible para ella.
Eliana sonríe, aunque es una sonrisa tranquila, como si ya supiera mucho más
de lo que digo. Antes de que pueda continuar la conversación, nos
encontramos frente a la floristería de siempre. La puerta de madera tiene una
campanita que suena cuando la empujo. El aire fresco que sale de adentro me
recibe, cargado con la fragancia embriagante de las flores. El lugar es
acogedor, con sus estantes llenos de ramos perfectamente organizados, flores
de todos los colores, olores, tamaños y formas, como un jardín dentro de una
habitación.
una anciana de rostro arrugado, pero ojos amables, me saluda al instante. Su
delantal blanco, manchado de tierra, refleja la dedicación con la que cuida
cada flor que cultiva. Está arreglando un ramo de lirios y lavanda, un arreglo
sencillo pero lleno de elegancia.
Mientras mis dedos acarician suavemente los pétalos de una flor fresca, mis
ojos se posan en un ramo de peonías. Sus pétalos suaves, de un rosa pálido, se
abren como si estuvieran invitándome a acercarme. La fragancia que emanan
es suave, pero envolvente, como algo puro y sereno.
— Peonías, qué maravilla —dice, observando cómo mi mirada se ilumina al
verlas. Su voz es dulce —. Son hermosas, como tú, querida. Como una caricia
del sol, suave y llena de vida.
— Gracias —respondo en un susurro, casi sin saber qué decir mientras tomo el
ramo de peonias que la florista ha preparado con esmero y lo sostengo con
delicadeza. — Es perfecto.
Con una sonrisa de satisfacción, la florista coloca el ramo cuidadosamente en
mis manos, mientras yo busco en mi bolsa cinco mithros para pagarle. La
anciana la recibe con una mirada de agradecimiento
el sol de la tarde me acaricia el rostro. El aire estaba fresco y la ciudad parecía
más tranquila al final del día.
hoy estaré en casa de los wrianfost le dije a Eliana, quien solo asintió
Mi mejor amiga Kalia se había comprometió con Glius, un soldado con un
espíritu noble, aunque algo rudo en apariencia. Al principio, sus padres
estuvieron reacientes al compromiso, como si pensara que Glius no fuera
suficiente para su hija sin embargo la determinación de ambos los hizo darse
cuenta de que no desistirían de la decisión que ya era un hecho.
Una parte de mí sentía felicidad por ella, pero otra no podía evitar pensar en lo
que eso significaba para mí. Kalia y Glius estaban dando un paso hacia lo que
la mayoría de las personas consideran "lo correcto": un compromiso, un futuro
juntos. Yo ya estaba en esa edad, ¿verdad? Era la edad en que las mujeres se
comprometían, y el hecho de que mi mejor amiga lo estuviera haciendo me
dejaba un poco sola, como si las piezas de mi vida no encajaran del todo.
Me quedé pensando en eso mientras Eliana decía algo que a lo que no le
preste atención, Sabía muy dentro de mi sin necesidad de decirlo en voz alta,
que el amor que yo sentía por él no era correspondido. Y aunque al principio
me había aferrado a esa esperanza tonta, con el tiempo me di cuenta de que
era solo una ilusión que no llevaría a ningún lado. A veces me preguntaba si,
tal vez, ya era hora de dejar ir esos sentimientos, pero no podía. El corazón no
entiende de razones, y mucho menos el mío.
— ¿Esta triste por la señorita Kalia? —preguntó Eliana, con su tono tan familiar
y cercano.
Sonreí, intentando ocultar lo que sentía, y negué con la cabeza.
— No es eso —respondí, mirando al frente, distraída. Aunque sabía que, en el
fondo, lo que realmente me pesaba era ver cómo los demás comenzaban a
avanzar en sus vidas mientras yo seguía atrapada en la misma incertidumbre.
Eliana me observó en silencio, como si supiera que había algo más en mi
mente, pero no dijo nada. A veces, parecía que conocía mis pensamientos más
que yo misma.
— Parecen tan felices —comentó, con una sonrisa en sus labios de repente.
— Sí —respondí en voz baja, y un suspiro se me escapó sin querer—. Kalia es
afortunada.
El regreso a casa fue en silencio y agradecí por eso tenía mucho en mente,
pero no deseaba hablar sobre ningún tema.
Las enredaderas trepan por las columnas de la casa, como si quisieran
adornarla por sí solas. Las ventanas de madera oscura siempre están limpias y
las cortinas, aunque sencillas, tienen bordados delicados hechos por manos
pacientes. En su interior hay una mezcla perfecta entre lo antiguo y lo cálido, y
me reconforta cada vez que cruzo la puerta.
Eliana se adelanta para dejar su canasto en la cocina, mientras yo subo
lentamente a mi habitación, con las peonías aún en brazos. Al entrar, lo
primero que hago es acercarme a la ventana para colocar las peonías en un
jarrón de vidrio junto al marco, justo donde entra la luz del sol. Sus pétalos se
abren un poco más, como si también ellas quisieran ver el cielo de ese
atardecer pintado en tonos de carmín, lavanda y melocotón.
Me quedo ahí por unos segundos, apoyada en el marco de la ventana,
pensando en que solo faltaban tres para ir al palacio con mi tío. Tres días para
volver a pisar las enormes salas de mármol de Mithralor, para ver los jardines
que tanto me gustaban… y para verlo a él.
Respiro hondo y me giro, sabiendo que ya era hora de prepararme para la cena
con mi mejor amiga.
El vestido que escogí no era extravagante, pero me gustaba. Era de un azul
marino profundo, ceñido a la cintura con una cinta del mismo tono. Las mangas
eran cortas, con bordados en hilo plateado que apenas se notaban a la luz,
dejando expuesta la piel de mis brazos. Me dejé el cabello suelto, con algunas
ondas que acentuaban el dorado natural de mi melena, como si el sol se
hubiera quedado atrapado entre los mechones.
Mientras bajaba las escaleras, escuché a Eliana ajustar los platos en el
comedor. La casa comenzaba a iluminarse con la luz cálida de los candelabros,
lanzando destellos suaves sobre las paredes de piedra. Un aroma a guiso de
cordero con hierbas frescas romero, tomillo y un toque de laurel envolvía el
ambiente. Al llegar al último escalón, la figura de mi tío me esperaba junto a la
puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa tenue.
—No vuelvas más tarde de las diez, ¿sí? —me dijo— Y si algo sucede, no salgas
de la casa de Kalia. Me enviaras un aviso y yo iré por ti en la mañana.
Lo miré, un poco desconcertada.
—¿Ha pasado algo? Dije preocupada
Negó con la cabeza, pero no me convenció del todo.
—Solo precaución. Nunca está de más. Ahora ve, antes de que se haga más
tarde.
Asentí, algo pensativa, y subí al carruaje. En el trayecto, observé las calles
adoquinadas de Casea desfilando bajo la luz del atardecer. Las farolas
comenzaban a encenderse una a una, y algunas ventanas dejaban escapar la
luz dorada que estaba dentro. En Casea rara vez pasaba algo. Era un lugar
tranquilo, casi predecible… y, tal vez por eso mismo, su advertencia me dejó
había dejado pensantiva.
El carruaje se detuvo frente a la casa de los Eldrin. Era una vivienda con un
encanto particular: una entrada de piedra con enredaderas trepando por los
muros, faroles colgando junto a la puerta, y un pequeño jardín con lavandas
creciendo entre las piedras del sendero. El padre de Kalia, un conocido
prestamista, era cuidadoso con los detalles.
Una doncella abrió la puerta apenas el cochero anunció mi llegada. Tendría
quizás mi edad, tenía un delantal pulcro atado a la cintura. Hizo una pequeña
reverencia y me invitó a pasar con una sonrisa breve.
El interior de la casa olía a pan recién horneado y a velas perfumadas. Las
paredes estaban adornadas con tapices de tonos cálidos y estanterías repletas
de libros y figuras talladas en madera.
—¡Aria! —La voz alegre de Kalia rompió el silencio de la estancia mientras
bajaba las escaleras, levantando un poco su falda para no tropezar.
Llevaba un vestido color lavanda, y su cabello castaño caía en suaves bucles
por sus hombros. Sus ojos grises se iluminaron al verme
—Qué gusto verte, querida —dijo la señora Eldrin, apareciendo desde el
comedor, elegante como siempre, con su cabello recogido y una copa en la
mano—. Pasa, por favor. Ya casi estamos listas para cenar.
Asentí con una sonrisa mientras mi amiga me tomaba del brazo para guiarme
al comedor. Su entusiasmo era contagioso.
En el centro de la mesa estaba un pastel con especias dulces, su corteza
dorada y crujiente dejaba escapar un aroma cálido de canela, nuez moscada y
mantequilla derretida. A los lados, platos con verduras glaseadas en miel de
tilo y una ensalada fresca de hortalizas de invierno adornaban la mesa. El pan
oscuro, de trigo rústico, aún humeaba, y una jarra de vino de frambuesa
reposaba entre tres copas.
Entre bocados y risas, la conversación fluía comentábamos novedades en las
telas de lino, y —por supuesto— la gran comidilla social: el desastre en el baile
de Burn.
—¿Supiste lo de Ilora? —preguntó Kalia, mientras ríe.
—¿La hija del sastre? —pregunto, fingiendo sorpresa.
—La misma. Se le enredó la falda al bajar las escaleras del salón y cayó
rodando hasta los pies del hijo del magistrado. —Kalia se cubrió la boca con la
servilleta, tratando de contenerse—. ¡Y justo él iba entrando con su nueva
prometida! Dicen que la pobre terminó con la cara más roja que un tomate.
Reímos las tres al unísono
Las horas pasaron rápido entre el vino y la comida. por un momento, mientras
observaba cómo Kalia hablaba con su madre, no pude evitar sentir un pequeño
vacío en el pecho, me pregunté si mi vida habría sido así, si mi madre siguiera
viva. Tal vez estaríamos sentadas en nuestra propia mesa, hablando de
vestidos y flores, o sobre cualquier tema que se me pudiera ocurrir.
Me perdí en el resplandor titilante de una vela, cuando la voz de Kalia me trajo
de nuevo al presente.
Me perdí en el resplandor titilante de la vela, hasta que la voz de Kalia, más
baja que antes, me sacó de mis pensamientos.
— Sabes —dijo, como si quisiera asegurarse de que nadie más escuchara—. mi
prometido a veces actúa como mensajero para el rey de Mithralor, me conto
que llevo un mensaje hoy indicando que se había celebrado la coronación del
nuevo rey en Velkris.
El nombre de Velkris cayó sobre la mesa como una sombra. Era un reino al
norte que siempre estaba envuelto en el misterio, es de allí donde la última
guerra tuvo lugar. Solo mencionarlo me dejó un escalofrío recorriéndome la
espalda.
Kalia se inclinó un poco más, sus ojos grises brillando con una mezcla de
nerviosismo y algo más. Algo que me hizo sentir incómoda.
— An habido ataques en algunas aldeas al norte de Mithralor. Los hombres del
rey están preocupados. Siente que algo se está gestando, algo grande… Y el
rey, parece que está cada vez más inquieto. —Su voz se volvió más baja.
El aire en la habitación se volvió pesado al menos para mí.
— Hace más de 200 años que no hay guerra en estas tierras. La paz ha sido…
absoluta. Digo enfatizando lo obvio.
—Dicen que en su corte hay algo… algo que inquieta incluso a los soldados. Y
no tiene que ver solo con poder o alianzas. Es algo más oscuro. Algo que no se
puede explicar.
El sonido del reloj de pie en el rincón del comedor marcó las diez con un tañido
profundo y prolongado. Las tres nos sobresaltamos apenas, como si el tiempo
nos hubiera estado espiando en silencio, aguardando para recordarnos que la
noche ya era vieja.
—¡Por los cielos! —exclamó la madre de Kalia—. No me di cuenta de la hora.
—Ni yo —añadió mi amiga con una risita nerviosa, aún con las palabras de su
prometido flotando entre nosotras.
Me incorporé con suavidad, alisando las arrugas de mi vestido.
—Debo irme, mi tío me pidió que regresara temprano.
Mientras Kalia pedía a la doncella que avisara al cochero, mis pasos me
llevaron hasta la entrada, donde me envolví con la capa que llevaba. El aire
afuera se había vuelto más frío. El cielo ya no era rosado como al llegar, sino
un negro profundo salpicado de estrellas titilantes.
Me detuve un momento en el umbral, mientras la brisa me revolvía el cabello,
y no pude evitar que una idea me atravesara la mente como una flecha: ¿Será
por esto por lo que mi tío me dijo que, si pasaba algo, no saliera y me quedara
aquí? ¿Acaso él ya sabe algo?
La inquietud se instaló en mi pecho, silenciosa.
Y, de pronto, la paz que siempre había sentido en Casea ya no se sentía tan
firme.
Tres días. Solo tres días para ir al castillo de Mithralor. Era lo que pensaba de
regreso a casa.

CAPITULO DOS

Los días siguientes a la cena con Kalia transcurrieron en una aparente calma.
Le había preguntado a mi tío al respecto sobre lo que el prometido de mi amiga
le confio. A lo que él solo alzó una ceja, me observó un momento y respondió
con esa serenidad que a veces me exasperaba.
No insistí. ¿Para qué? A veces hablaba como si yo siguiera siendo una niña
incapaz de soportar una verdad cruda. Como si temiera que el mundo me
quebrara en mil pedazos.
De pie frente al espejo de mi habitación, contemple mi reflejo con un atisbo de
satisfacción. El vestido verde esmeralda caía con elegancia desde mis
hombros, delineando mis curvas con mucha suavidad. El escote en forma de
corazón dejaba ver apenas el inicio de mis clavículas, y las mangas
delicadamente bordadas con hilos dorados abrazaban mis brazos. La tela se
ceñía a mi cintura, realzándola, y luego descendía en una caída fluida que
rozaba mis tobillos, moviéndose con cada leve respiración.
El color parecía extraído de los ojos de Asiel en primavera: intenso, vibrante,
lleno de vida. Eliana había recogido parte de mi cabello en una trenza sencilla,
dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban mi rostro con suavidad.
Mi doncella había preparado algunos panes para el camino, como solía hacer
cuando era niña y salíamos a pasear por el bosque. “Panes de viaje”, los
llamaba. Los metí en una bolsa de lino junto con mi cuaderno de dibujos. El
trayecto a Mithralor tomaba casi todo el día, y el silencio del camino era
perfecto para dibujar. Esbocé un par de aves que volaban cerca del horizonte,
pero, sinceramente, la mayor parte del viaje la pasé dormida, con la cabeza
apoyada contra el marco del carruaje.
No fue hasta que sentí que el ritmo de los caballos disminuía y oí a los guardias
murmurando que me enderecé. Me asomé por la ventanilla, y allí estaba. La
frontera de Mithralor.
Los estandartes ondeaban en lo alto de las murallas, y más allá, las torres del
castillo se alzaban como viejos titanes, vigilando el mundo. Sentí un nudo en el
estómago. No sabía si era emoción o nervios. Quizá ambas.
Aquí estaba de nuevo…
El carruaje cruzó los portones de piedra que marcaban la frontera de Milthralor,
y el ambiente cambió casi de inmediato.
Las calles eran más estrechas que en Casea, y cada espacio parecía
aprovechado al máximo. Las tiendas se alineaban una junto a la otra, con
carteles de madera colgando sobre puertas talladas: una tienda de ropa con
vitrinas llenas de tocados exóticos, una pastelería de donde salía el aroma
embriagador de miel y canela, y para mi entusiasmo silencioso una pequeña
librería con estanterías visibles desde fuera. Me prometí volver allí apenas
termináramos nuestra visita al castillo.
A pesar del bullicio, había una sensación de orden férreo. La presencia de
soldados era notoria. Patrullaban en grupos de dos o tres, atentos, con el
uniforme azul profundo y ribetes dorados brillando bajo la luz que se colaba
entre los edificios. Las espadas al costado parecían más que decorativas.
Dos guardias nos escoltaban desde la entrada del reino, abriéndose paso entre
la gente cona autoridad. Algunos ciudadanos se apartaban al verlos, bajando la
cabeza.
A medida que nos acercábamos al castillo, el murmullo de la ciudad
comenzaba a diluirse. Las piedras bajo las ruedas se volvían más pulidas, y un
aroma sutil a lirios blancos, flotaba en el aire como una bienvenida. El castillo
de Milthralor se acercaba cada vez más, imponente, con enormes torres que
cortaban el cielo.
El sonido de mis pasos se pierde en el corredor alfombrado mientras sigo al
consejero real, que camina con esa rectitud que solo tienen los hombres que
llevan años sirviendo al reino. Reconozco cada piedra de este castillo.
Al llegar, el consejero empuja las grandes puertas dobles de la oficina de Asiel
me cede el paso y me hace una leve inclinación de cabeza antes de retirarse.
La habitación es exactamente como la recordaba, aunque más sombría. Las
cortinas azul medianoche solo dejan pasar un hilo de luz. Una chimenea crepita
suavemente al fondo. Estanterías repletas de libros rodean el lugar, y al centro,
el escritorio de nogal luce desordenado, como si el tiempo ya no alcanzara para
acomodar nada.
Y allí está él.
Asiel.
De pie junto al ventanal, con los brazos cruzados, la mirada perdida en los
patios del castillo. Su silueta se recorta contra la luz. Lleva una túnica azul con
bordes plateados, el emblema de Mithralor sobre el pecho. Su porte sigue
siendo firme y noble.
—Aria. —Se gira al notar mi presencia. Una sonrisa leve — se dibuja en su
rostro, iluminándolo por un instante—. Qué gusto verte.
—Su alteza —respondo, haciendo una inclinación ligera, con un tono más
juguetón que formal.
Él niega con la cabeza mientras suelta una risa breve.
—Siempre tan graciosa —dice, con esa expresión que mezcla afecto y
costumbre.
Sonrío. Es fácil hacerlo con él.
Hace un gesto hacia las sillas frente a su escritorio, indicándome que me
siente.
—Ven, quiero mostrarte algo.
Obedezco sin decir palabra. Él se acomoda frente a mí y comienza a mover
unos mapas abiertos sobre la mesa. Sus dedos recorren líneas y marcas, pero
sus ojos —de ese verde claro que siempre me recordaron a las esmeraldas bajo
la luz del sol.
—Estoy preocupado —admite, sin rodeos. Su voz cambia, se vuelve más grave,
más firme—. Cuatro aldeas arrasadas en apenas diez días. Todas cerca de
nuestras fronteras.
Despliega uno de los mapas con gesto ágil y señala varias marcas rojas.
—Al principio creímos que eran bandidos, pero los sobrevivientes... todos
describen lo mismo: estandartes negros. Escudos dorados.
Siento un nudo formarse en mi garganta. Esas banderas...
—¿Del reino del norte? —murmuro, aunque en el fondo ya lo sé.
Él asiente, sin apartar los ojos del mapa.
—Sí. El nuevo rey. Ascendió hace unos meses tras la muerte de su padre. Pero
no ha hecho una declaración formal. Solo ataca. Como si jugara una partida en
la que solo él conoce las reglas.
Miro el mapa. Cada marca representa una vida perdida, una familia que ya no
regresará. Y todo por el capricho de un hombre al que parece no importarle
nada.
El Reino del Norte nunca había sido una amenaza para Milthralor. Siempre se
mantuvo aislado, tan al norte. En nuestras clases de historia apenas se hablaba
de él: solo se mencionaba a su antiguo rey, Melkros, un hombre rígido y poco
dado a las relaciones con otros reinos. Nunca se supo que tuviera hijos. Todo
esto me hace pensar que, si hay un heredero, debe ser ilegítimo. Un bastardo.
Lo que sí es sabido es que ese reino es más grande que Mithralor. En territorio,
en recursos, incluso en rutas marítimas. Tienen su propio comercio desde
Theralmas, su puerto principal, con embarcaciones que bajan por la costa norte
intercambiando metales y selamita, un material resistente y valioso que no se
consigue en ningún otro lugar.
Milthralor es fuerte, sí. Tiene un ejército disciplinado, y alianzas importantes
pero si el nuevo rey decide avanzar, no lo hará solo. Es evidente que está
probando nuestras defensas. Está tanteando el terreno como quien lanza una
piedra antes de cruzar un rio.
—¿Y el concejo?
—Dividido —responde con un suspiro—. Algunos aún quieren creer que esto se
puede resolver con diplomacia. Otros piden refuerzos inmediatos. Mi padre ha
enviado patrullas, pero si decide avanzar con todo su ejército… no será
suficiente.
Hace una pausa. Luego me mira. No como príncipe a súbdita. Me mira como
amigo. Como alguien que carga con más de lo que puede decir.
—Si esto continúa, podríamos estar al borde de una guerra.
Siento que algo en mí se encoge.
—¿Y tú? —pregunto, apenas un susurro—. ¿Qué crees que va a hacer?
Sé que no me gustará su respuesta. Pero necesito oírla.
—Creo que no se detendrá —dice con una firmeza que hiela el aire—. Y
mientras el consejo siga discutiendo en lugar de actuar, estaremos dándole
tiempo para afilar sus espadas.
Su expresión cambia apenas. Como si de pronto recordara que yo no era parte
del consejo. Que no estaba allí para trazar estrategias. Que era solo Aria.
—Pero no deberías preocuparte por eso —añade con voz más suave—.
Créeme… no dejaremos que toque nuestras fronteras.
Sus palabras, tan seguras, son como un vendaje sobre una herida abierta.
Calman. Pero no curan.
No sabe.
No sabe que lo miro como se mira un milagro inalcanzable. Que, por él, yo
sería capaz de quedarme en medio del fuego.
Y nada me preparo para lo que siguió diciendo.
—Mi padre ha empezado a evaluar alianzas, Velkris, principalmente. La
princesa Liane es… adecuada según él y de buen linaje. Una opción lógica.
Lo dice sin emoción. Como quien escoge un vino en una cena.
Pero en mí… se rompe algo tan profundo, que ni siquiera hace ruido al partirse.
—¿Estás de acuerdo con esa unión? —pregunto, obligando a mi voz a
mantenerse firme.
—No lo sé —admite—. A veces siento que ya no tengo derecho a querer o no
querer. Solo... a obedecer. —Se encoge de hombros. La risa que escapa de sus
labios es vacía, como una puerta que se cierra por dentro—. Supongo que eso
es ser heredero.
Mi alma grita. Pero yo no.
Yo sonrío. tragándome el fuego sin hacer cenizas visibles.
—A veces... —me mira, como si por un segundo me viera de verdad— me
gustaría que las cosas fueran más simples.
Yo también.
Tan simples como decirte que te amo.
Tan simples como quedarme y darte el poder que necesitas
Pero lo único simple aquí… es mi silencio.
Subí al carruaje sin mirar atrás. Sentía que, si lo hacía no iba a poder
contenerme.
El camino serpenteaba entre colinas verdes y árboles que comenzaban a
teñirse de tonos otoñales. Pero mi mente no estaba en la ruta…
Recordé las veces que jugaba con el cuando éramos niños, sostenía una
espada de madera y me enseñaba cómo blandirla sin que me golpeara la
cabeza. Se reía de mí, pero con ternura. Yo tenía las trenzas mal hechas y tierra
en la cara, pero a él no le importaba, el era mi compañía y el la mía. El tiempo
paso tan rápido en esa época
Y luego crecimos.
—Cuando lleguemos a casa, le pediré a Eliana que prepare algo rico de cenar…
—decía mi tío, pero sus palabras rebotaban como gotas de lluvia sobre piedra.
Me gustaba pasar tiempo en la biblioteca real, algunas veces compartíamos
ese espacio, Asiel siempre buscaba libros sobre historia militar y yo sobre
antiguos mitos, el tomo que quería estaba unos estantes más arriba y cuando
quise alcanzarlo nuestras manos se rozaron por accidente, reí nerviosa y él me
miró con esa expresión suya de diversión.
Para mí, nunca lo fue.
¿Alguna vez han deseado, con el alma, que alguien sienta algo por ustedes?
Quería saber cómo era Asiel enamorado. Cómo era su mirada cuando no solo
observaba, sino que deseaba ver.
Soñaba con que un día, al girar la cabeza, lo encontraría mirándome distinto.
Con ese brillo que vi tantas veces… pero nunca dirigido hacia mí.
Y sabía que me quería… pero no de la forma en que yo quería.
Y hay algo cruel en eso.
Cruel en amar a alguien que jamás va a sentir lo mismo.
Cruel en darte cuenta de que tu corazón late por alguien que ni siquiera se da
cuenta.
En el baile de invierno para conmemorar el VVIX cumpleaños del rey Alastor,
un general de otra provincia intento cortejarme, el tipo me triplicaba la edad,
me revolvía el estómago. Me sentía una presa en exhibición.
Asiel lo notó.
Él siempre notaba esas cosas.
Sin decir nada, se acercó con esa sonrisa que desarmaba cualquier
incomodidad y me ofreció su mano.
—¿Bailás conmigo? —dijo, como si fuera una broma, como si no supiera que
acababa de salvarme.
Acepté. Claro que acepté.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, su otra mano se apoyó con naturalidad
en mi cintura, y por unos minutos, el salón desapareció. Solo estábamos él y
yo.
Me guiaba con gracia y girábamos bajo las luces doradas mientras sus ojos
verdes, brillaban serenos, no se apartaron de los míos. Era el tipo de mirada
que hace que una chica crea cualquier cosa… incluso que hay esperanza.
Su risa escapó cuando me pisé el vestido. Él se rio como se ríe alguien que te
conoce de toda la vida
Ese fue el momento en el que supe que estaba perdida.
No porque hiciera algo grandioso… sino porque él me conocía. Sabía cuándo
mentía, cuándo me incomodaban las cosas, cuándo necesitaba escapar. Y ese
día, bailó conmigo hasta que el general se marchó del salón.
Jamás habló de ese gesto pero desde entonces, cada vez que alguien me
miraba de forma que no me gustaba, buscaba esos ojos verdes. Buscaba su
mirada… como quien busca refugio.

Capitulo tres
el sol comenzaba a ponerse, bañando todo el jardín con un tono dorado. Nos
sentamos en la banca que daba al ala este, como tantas veces lo habíamos
hecho.
Asiel mordía una manzana, sin apartar la vista de las flores que florecían frente
a nosotros.
—¿Sabes? me preguntaron si tienes algo con alguien —le dije de repente, sin
pensarlo demasiado. Su mirada se desvió hacia mí, confundido, mientras
masticaba.
—¿Yo? —sonrió, como si no fuera posible. —¿Por qué te preguntan eso? Dijo
sonriendo
Lo miré de reojo y me encogí de hombros, intentando restarle importancia a mi
pregunta.
—No sé, ya sabes mis amigas quieren saber. —Me reí para disimular mi
incomodidad. —Solo, ¿te gusta alguien? —Lo dije rápido, como quien hace una
pregunta cualquiera.
El chico se quedó pensativo por un momento, casi sin darme una respuesta
clara, y yo me sentí ridícula por haber hecho esa pregunta.
—No, no realmente —respondió sin darle mucha importancia, como si fuera lo
más normal del mundo. —Y tú, ¿te gusta alguien?
Yo lo miré, sorprendida por la reciprocidad de la pregunta. ¿A mí? No pude
evitar reírme un poco.
—¿Qué? ¡No! No, nada que ver. —Mi tono fue demasiado rápido, demasiado
nervioso. —Solo… pensaba que, ya sabes, les gustas a todas las chicas.
Ambos nos quedamos en silencio por un momento, mirando el horizonte,
mientras el viento movía las hojas de los árboles. Había algo en ese momento,
algo sencillo, como si nada fuera importante y todo estuviera en su lugar,
aunque en el fondo… todo lo que sentía dentro de mí gritaba que las cosas no
eran tan simples.
—¿Te imaginas vivir en un mundo donde todo fuera un poco menos
complicado? —le pregunté, casi sin pensar. La pregunta salió de mi boca sin
querer, pero cuando me di cuenta, él ya me miraba con esa sonrisa ligera.
—¿Te gustaría? —respondió, y se recostó hacia atrás, dejando que el viento le
alborotara el cabello.
—No sé… a veces creo que no quiero saber qué haría si las cosas fueran más
sencillas —dije en voz baja, mirando cómo el viento jugaba con las flores. —
Pero supongo que, si todo fuera más fácil, probablemente yo estaría haciendo
algo diferente ahora mismo.
Ambos nos quedamos mirando el horizonte, riendo sin razón, mientras el
viento soplaba con fuerza. La calma de ese momento, la simpleza de estar ahí
con él me detuvo porque no quería arruinar nuestra amistad y que me mirara
diferente.

Capítulo Tres

Desde mi visita al castillo habían pasado tres semanas en las que todo parecía
continuar, pero nada lo hacía realmente. Las clases seguían con la misma
rutina, el otoño se estaba instalando en Casea con sus días frescos y su
atmósfera melancólica. Estaba comenzando a acostumbrarme a la idea de que
la vida seguía
Mi clase de literatura con el señor Aldric había sido, tal vez, lo más cercano a
un refugio que había tenido últimamente, sus lecciones eran profundas y me
sumergían en mundos ajenos al mío, lo que me permitía desconectar de lo que
me rodeaba, aunque solo fuera por un par de horas. Mi profesor siempre tenía
algo sabio que decir, algo que me dejaba pensando mucho después de que la
clase terminaba.
Además, en casa, había pasado más tiempo con Eliana, ayudándola en la
cocina. A veces, me pedía que le ayudara con una receta vieja que había
aprendido de su madre. Aprender a cocinar se estaba convirtiendo en uno de
los muchos ratos que disfrutaba.
Con Kalia también nos habíamos visto más veces, el día siguiente que volví del
castillo fue corriendo a mi casa pidiéndome que le dijera si me había declarado
a Asiel por lo que su cara de desilusión me dio un poco de gracia, las
conversaciones que siguieron a esos días fueron alrededor de su boda, Ella
añadía detalles con emoción, hablaba del vestido, de las flores, de los anillos.
Yo la escuchaba, claro, pero mi mente a veces me jugaba mal y hacía que me
perdiera entre recuerdos.
El lunes a medio día al regresar de clases con Kalia, vimos a un grupo de
centinelas reales pegando un aviso en el tablón de anuncios. La gente se
detuvo para leer, sus murmullos se alzaron en el aire. Mi amiga se acercó a leer
lo que decían los carteles a paso veloz dejándome un atrás entre la multitud
que ya se comenzaba a aglomerar.
A como pude me habri paso hasta conseguir llegar al lado de la pelinegro, me
miraba con una expresión que no pude comprender, entonces dirigí mi vista al
tablón:

Con beneplácito del Rey Alastor se le hace saber a la querida provincia de


Casea
el compromiso nupcial entre Su Alteza Real, el Príncipe Asiel de Mithralor, y la
Princesa Liane de Velkris, hija del Rey Neryon. Esta unión simboliza no solo la
alianza entre nuestros reinos, sino también la esperanza de un futuro próspero
y en paz.
Que el compromiso sea recibido con júbilo y respeto, y que las bendiciones de
los antiguos acompañen esta sagrada unión.”
Año 714 del Calendario Real

Mi respiración se detuvo por un momento. Me sentí como si el aire me faltara.


El corazón, que ya se había roto varias veces en silencio, ahora se rompía aún
más, no pude evitar que la tristeza me envolviera por completo.
Mi amiga al ver mi reacción, guardó silencio por un momento sabía, tan bien
como yo, lo que él significaba para mí.
—Ya sabes hay que luchar por lo que se quiere no hay otra forma. Podemos ir
allí, interrumpir la boda, o tal vez conseguir unos minutos antes de que lleguen
al altar. Si nos vamos dentro de tres días, podríamos llegar a tiempo, justo
antes de que la ceremonia se lleve a cabo. O quizá…
—No puedo, Kalia —respondí al fin, con un susurro que se me escapó, como si
mis palabras no pudieran retenerse más—. No soy como tú. No soy valiente,
moriré guardando mis sentimientos y está bien así para mí.
Me mordí el labio, no era como Kalia. Ella tenía esa determinación, esa audacia
para ir tras lo que deseaba sin dudar. Pero yo no. Yo no tenía ese valor. No
sabía cómo luchar por algo que, en el fondo, sabía que no era mío. Asiel ya
había tomado su decisión. Había elegido comprometerse con alguien que
claramente le daría estabilidad al reino.
Kalia me miró con una mezcla de tristeza, pero también con comprensión, me
despedí de ella y me dirigi a mi casa, sentía que no iba a poder aguantar que
las personas que me encontraba y me saludaban deseándome una feliz tarde
notaban mis ojos rojos y quizá alguien me preguntaría si algo me pasaba y
posiblemente ni siquiera podría hablar, decirles algo solo echarme a llorar.

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