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Susurros del Bosque Ocelado

El relato sigue a Elaia, una joven que se adentra en el Bosque Ocelado en busca de su madre desaparecida, guiada por susurros y recuerdos. A medida que avanza, se encuentra con un Guardián del bosque que le revela que su madre es parte de la Raíz Madre y que su búsqueda implica una elección entre el reencuentro y sacrificar su tiempo. Finalmente, Elaia decide unirse al bosque, convirtiéndose en parte de su magia y dejando atrás su historia, mientras el bosque continúa susurrando su legado a futuras generaciones.

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Susurros del Bosque Ocelado

El relato sigue a Elaia, una joven que se adentra en el Bosque Ocelado en busca de su madre desaparecida, guiada por susurros y recuerdos. A medida que avanza, se encuentra con un Guardián del bosque que le revela que su madre es parte de la Raíz Madre y que su búsqueda implica una elección entre el reencuentro y sacrificar su tiempo. Finalmente, Elaia decide unirse al bosque, convirtiéndose en parte de su magia y dejando atrás su historia, mientras el bosque continúa susurrando su legado a futuras generaciones.

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Título: El susurro del Bosque Ocelado

Capítulo I: La Niebla Azul


El pueblo de Noharan yacía en el borde de un bosque antiguo que los
mapas modernos evitaban nombrar: el Bosque Ocelado. No era un lugar
maldito, ni siquiera peligroso según los ancianos, pero nadie entraba. Se
decía que el tiempo dentro no pasaba igual, que uno podía salir días
después sin notar el cambio, o nunca salir en absoluto. Pero más extraño
aún, eran los susurros.
Cada luna llena, una niebla azul descendía desde las ramas del bosque y
tocaba los primeros tejados del pueblo. Los perros dejaban de ladrar, los
niños se acurrucaban en sus camas y los ancianos miraban al bosque con
ojos vidriosos. Nadie hablaba de los susurros. Nadie, excepto Elaia.
Elaia tenía 17 años, y más curiosidad que sentido común. Su madre había
desaparecido en el bosque hacía una década. Le habían dicho que murió.
Pero Elaia no lo creía. Recordaba los cuentos que su madre le contaba,
sobre reinos escondidos en raíces, aves que hablaban en acertijos y árboles
con ojos. Y sobre todo, recordaba lo último que dijo antes de partir: "Si
oyes mi voz entre la niebla, no temas. Significa que encontré el camino."

Capítulo II: El Guardián de Corteza


La noche de la luna azul, Elaia cruzó el umbral de los árboles con una
linterna, una daga de cobre y una piedra con un símbolo grabado: el mismo
que su madre le dejó en un colgante. La niebla se arremolinaba a su
alrededor, susurrando fragmentos de palabras que no comprendía.
Tras horas de caminar en círculos, Elaia encontró una figura inmensa
recostada contra un tronco. Era un ser hecho de corteza, musgo y raíces
trenzadas. Sus ojos eran dos hongos que brillaban con luz dorada.
—No eres del bosque —gruñó la criatura sin abrir la boca.
—Tampoco soy de fuera del todo —respondió Elaia, mostrando la piedra.
Los ojos-hongos se iluminaron más.
—Eres hija de Miraleth. La que cruzó el Límite y despertó la Raíz Madre.
¿Por qué vienes?
—Busco a mi madre. Y respuestas.
El Guardián se levantó con un crujido profundo, como si el bosque entero
respirara.
—Entonces sigue los ecos. No la voz más cercana, sino la que suena vieja
y quebrada. La que parece recordar más que hablar.

Capítulo III: Ecos del Otro Lado


Elaia atravesó claros donde la gravedad se curvaba, puentes hechos de
ramas vivas que crecían bajo sus pies y arroyos que cantaban melodías sin
idioma. A veces sentía pasos detrás de ella, pero al volverse, sólo
encontraba hojas cayendo en cámara lenta.
Finalmente, llegó a un círculo de piedras talladas con símbolos parecidos
al de su colgante. Allí, una figura encapuchada esperaba.
—Tu madre cruzó el Velo —dijo sin presentarse—. No puede volver como
era.
—¿Está viva?
—Sí. Pero ahora es parte del bosque. Parte de la Raíz Madre. Lo que tú
buscas no es un reencuentro, sino una elección. Puedes hablar con ella,
pero deberás dejar algo atrás.
—¿Qué?
—Tu tiempo. Tus años.
Elaia dudó. Pero luego colocó la piedra en el centro del círculo.
—Entonces que el bosque me escuche.

Capítulo IV: La Raíz Madre


Un susurro profundo, como ramas frotándose bajo tierra, invadió su mente.
No era una voz, sino mil memorias entrelazadas. Y entre ellas, una la
reconoció.
Elaia… hija mía… has venido…
Lágrimas surcaron su rostro. El bosque alrededor comenzó a latir con una
luz verde suave. De entre las raíces, emergió una silueta: su madre, o algo
parecido. Era más alta, de piel con vetas como madera, ojos como savia.
—¿Por qué no volviste?
—No podía. El bosque me eligió. Aquí, soy guardiana de lo que aún no ha
nacido. Pero tú… tú aún puedes decidir.
—¿Puedo quedarme?
—Sí. Pero perderás tu nombre. Tu historia. Solo recordarás que una vez
amaste mucho a alguien… tanto que cruzaste todo para hallarla.
Elaia respiró hondo. Acarició la mano-rama de su madre. Luego, cerró los
ojos.

Capítulo V: Las Crónicas del Silencio


Años después, el Bosque Ocelado volvió a entrar en las historias de
viajeros que aseguraban haber oído risas suaves entre los árboles. Algunos
hablaban de dos figuras danzando bajo lunas imposibles. Otros decían que
en noches de niebla azul, se veían luces como faroles flotando.
Nadie en Noharan volvió a ver a Elaia. Pero una mañana, un niño del
pueblo encontró una piedra con un símbolo tallado junto al sendero del
bosque. La llevó a su abuela, quien la observó largo rato antes de decir:
—Es una llave. Pero no para puertas. Para corazones que aún creen en la
magia.
Y desde entonces, los susurros ya no daban miedo. Sonaban más…
familiares.

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